Abril 2026
Hay
dos formas de intentar cerrar la brecha de la riqueza.
La
primera es operar con impuestos y reglamentaciones haciendo que las personas
ricas sean menos ricas y que haya más igualdad económica. La segunda es hacer
operativa la libertad capitalista abriendo oportunidades para que las personas
pobres sean menos pobres, sin importar que algunas se hagan muy ricas.
Esta
última es la opción libertaria; la de quienes creemos que confiscar la riqueza
ganada de manera legítima es algo notablemente estúpido, por contraproducente.
Y
que es, de hecho, la piedra basal del desastre nacional en este siglo XXI, desastre
confirmado por los inaceptables índices de pobreza e ignorancia en los que Argentina
descendió -a espasmos de populismo pobrista- desde 1945.
El
“capitalismo salvaje” o librecambio liberal que creara un país poderoso y
educado desde la nada quedó muy atrás en el tiempo; tanto como fines del siglo
XIX y principios del XX. Sólo quedaron de él, cual ruinas antiguas, las
monumentales y bellas construcciones que todavía hoy asombran a los turistas,
destinadas en su momento a testimoniar nuestra vocación de república imperial.
Durante
décadas, gobiernos peronistas, militares y radicales amén de sus compañeros de
ruta nacionalistas y socialistas, se negaron a considerar el segundo enfoque.
Sólo se centraron en el primero: cerrar el país, embozalar con regulaciones y
aumentar impuestos (progresivos, cómo no) a “los ricos”, a las empresas y a
“todo lo que se mueva”, para solventar un Estado asistencialista más y más
grande.
Nunca
trataron de facilitar a la gente del llano el desarrollo de habilidades
relevantes para la acumulación de capitales, para el emprendedorismo comercial
o para la innovación en los negocios ni fomentaron la ambición por convertirse
en empresarios millonarios y exitosos.
Casi
nadie se convirtió aquí en millonario no-corrupto o no dañino, por obra de tales
políticas. Como tampoco vimos (ni veremos, de retornar a aquello en octubre del
’27), el poderosísimo efecto multiplicador y solidario de la riqueza real
creada “por derecha”; por limpio mérito.
Ninguno
de los planes de la oposición se enfoca en crear fortunas (honestas)
facilitando que ciudadanos promedio lleguen al éxito. Menos aún los más pobres:
eso no encaja en la agenda “de izquierdas”, un sitio donde los líderes dependen
de que sus partidarios se vean a sí mismos como víctimas, no como
campeones… porque su poder proviene de mantener a la gente enojada, asustada, carenciada,
inculta y oprimida.
Es
obvio, excepto para necios, que los referentes estatistas (por caso, muchos
gobernadores e intendentes) nunca intentarán acortar las desigualdades ayudando
a sus queridos “humildes” a triunfar, a enriquecerse innovando ni a generar
efecto multiplicador propio alguno.
Las
pocas personas que durante las últimas 8 décadas lograron amasar en Argentina
fortunas honestas y crear empleo sustentable, lo hicieron a pesar
del Estado y no gracias a él ya que en 9,5 de cada 10 casos el
Estado no fue parte de la solución sino del problema.
En
la vereda opuesta, lo libertario es anticipatorio, utilitario y ético por
muchas razones, entre las cuales no es menor la de adherir al progresivo
reemplazo de nuestro fiscalismo por estructuras institucionales más
meritocráticas; menos parasitarias y coactivas. Que incentiven el
esfuerzo con independencia del punto de partida socioeconómico y que apoyen la creatividad
con mayor retribución efectiva, incluso con participación consensuada en las
ganancias. Que hagan redituable el ser decentes, el educarse y el superarse
como personas tanto como profesionales.
Instituciones
simples y severas que aseguren que “el crimen no pague”, desterrando las
prácticas de lobby, nepotismo, transa, privilegio y amiguismo, así como la
costumbre de convertir al empleo público y a las pensiones en premios a la
militancia interesada y en subsidios encubiertos a la desocupación generada por
el propio pobrismo.
¿La hoja
de ruta? gobernando de manera cada vez más cooperativa (con más
aceptaciones contractuales voluntarias vía estímulos) en lugar de por la repugnante
violencia de la coerción impositivo-reglamentaria.
Subiéndonos
al tren de la tendencia descentralizadora inaugurada por los millennials y su
creciente adhesión a estructuras igualitarias tipo heterarquía (de redes
horizontales) más que a las de jerarquía (de redes piramidales). Libertades individuales
y sociales; económicas y civiles, atrayendo así a las inversiones de riesgo, a
exiliados fiscales de otros sitios, a la innovación en todos los campos, al
mérito como sistema contrapuesto a la mafia y, en general, a la no-violencia
como paradigma.
Todo
libertario conoce la estrecha correlación existente entre las normas que hacen
a las personas libres y las que las hacen más felices. Asume, además, como
persona colaborativa, la conexión profunda que existe entre la eficiencia
económica operando en círculo virtuoso y las libertades, confianzas y seguridades
comunitarias que “abren el juego”. Y comparte a conciencia el apotegma de que, sin
esperanzas de progreso, oportunidades reales ni medios económicos al alcance de
la gente común, la libertad de elección es una entelequia.
Señoras,
señores, la miseria es una elección. Una que en nuestra Argentina va
encadenada al conformismo imbécil y a la sensación de pertenencia a una cierta omertá
bloqueadora de progresos ajenos con el saqueo impositivo y la repartija
política como medio.
En
suma, el desamparo que algunos sienten es un tipo de impaciencia encadenada a
la indecencia: al voto cómplice por un colectivo de ladrones seriales, vivillos,
parásitos crónicos, sindicalistas mafiosos, empresaurios protegidos, burladoras
seriales de instituciones y hasta de asesinos.
Más
allá de todas esas realidades y de que nuestra Argentina cruje bajo el esfuerzo
de un cambio de modelo con destrucción creativa postergado por generaciones, el
bienestar para los más a mediano plazo sigue siendo una simple elección: la
elección intelectual y verbal del rechazo frontal a la esclavitud tributaria y normativa
responsable del actual desastre.
Y la
meditada elección civil de quienes en adelante nos representen en acciones de
gobierno que tiendan con patriótica honestidad, sin dudas, miedos ni frenos
pusilánimes, a los más elevados ideales libertarios.
Porque
no podemos volver a perder tiempo ni a dividir para fracasar.
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