Junio 2026
Quienes
sean capaces de abandonar por un rato la visión en túnel que nos caracteriza, podrán
percibir que las diferentes sociedades del orbe (aglutinadas hoy, por caso, en
Estados) semejan un conjunto de cuerpos girando en anarquía.
Electrones
libres que a veces chocan parcial o totalmente con más o menos violencia y que
otras veces armonizan o vinculan sus movimientos.
Una
anarquía cívica visible en el hecho de que no hay entre estas 193 (ONU dixit)
independencias nacionales ni justicia ni ejército ni cabeza ejecutiva en común
sino tan solo circunstanciales tomas y dacas. Antipatías, simpatías, conveniencias,
amenazas, negociaciones y tratos. Amores y espantos en un mix típicamente
humano.
Nuestro
macro mundo es -desde siempre- anárquico; no caótico: simplemente, uno de diversidad
administrada.
La diversidad (contrario a su némesis, el monopolio) es un activo; y uno tanto más efectivo cuanto más grande, en orden a una mejor calidad de vida para los más. Baste imaginar el horror de un gobierno planetario: su totalitarismo opresor, su control total (monopólico) sobre vidas, pareceres y haciendas, haría de nuestro entorno algo irrespirable.
Por
otra parte, anarquía no es sinónimo de caos, como quiere hacer creer el relato monopolista
(estatista); de hecho, la palabra proviene del griego: an = sin, arkhé
= poder; no sin ley ni orden. Y remite a la inteligencia de administrarse sin
un poder ordenador único que aplaste sin opciones; vale decir, remite al orden
de la diversidad en libre competencia, tal como ocurre con los 193 países del
mundo actual.
Es claro que el problema siempre fue el poder ya que, por su natural concupiscente, el ser humano está mal preparado ética y moralmente para manejarlo a gran escala.
Y es
basado en tal obviedad que el anarcocapitalismo que proponen los libertarios
para el largo y muy largo plazo no remite a un infierno de inseguridad, incertidumbre,
explotación y miseria futura al que debamos temer sino a la utopía luminosa a
la que conviene apuntar… para empezar a alejarnos de la inseguridad, la incertidumbre,
la explotación y la miseria tangibles con las que convivimos hoy, día a día, debidas
en un 100 % al sistema “de Estado”. Al modelo dirigista, monopólico y
territorial que rige para el micro mundo de cada país.
Hoy,
los pensadores de vanguardia saben que la manera inteligente de “separar los
poderes” en la micro para conjurar un desmadre de corrupciones cruzadas como el
que tenemos entre manos no es resignándonos a seguir financiando grandes Estados
(extractivo-coercitivos por definición) impunes tercerizadores de costos, sino abriendo
el juego a su desregulación y diversificación en unidades más pequeñas, de
escala más local, con instituciones más cercanas y eficientes; más controlables.
Más humanas.
La
evolución de nuestra raza puede entreverse, así (tiempo y tecnología mediante),
como un inmenso mosaico de entornos contractual-voluntarios donde las libertades,
gustos y conveniencias locales puedan verse respetadas y donde administraciones
privadas contratadas y redes de acuerdos cooperativos de segundo, tercer y
cuarto grado provean los servicios que tales comunidades demanden, incluyendo los
de infraestructura civil, seguridad, justicia, inteligencia, defensa, salud,
educación, previsión social y, desde luego, poderosa solidaridad privada
inteligente, como se demostró que existe en el capitalismo cuando el gobierno
no saquea ni estorba.
Lo acotado
es mejor y, ciertamente, posible.
No se trata de una utopía en el sentido pleno de la palabra ya que, como todo historiador no sesgado sabe, modelos basados en estas premisas fueron testeados con éxito en diferentes momentos y lugares.
De
un modo embrionario, por caso, en la disruptiva y maravillosa red de polis o
ciudades-Estado de la Grecia clásica (siglos VIII a IV a. C.), inventoras de la
democracia, o más cerca en el tiempo en la miríada de ciudades-Estado, señoríos
y enclaves libres europeos (siglos XII a XVII d. C.) cuya más que interesante
evolución de libertades personales, derecho privado y capitalismo práctico resultó
finalmente aplastada -en aglutinamiento forzoso- por la bota militar-judicial
de grandes Estados-nación creados ad hoc entonces, a instancias de la conveniencia
mercantilista de élites monárquicas absolutistas; luego republicanas… mas ya
irreversiblemente monopólicas.
La fuerza de estos leviatanes “benevolentes” está en que todos creamos que son la única alternativa al caos cuando la evidencia disponible apunta, hoy más que nunca, a lo contrario. El estatismo y su temible “ingeniería social” son, en verdad, el caos; el parasitismo institucionalizado.
El
día que una cierta masa crítica de “avivados” despierte, deje de creer en este
mito y se cuestione seguir bancando mansamente a quienes nos esclavizan, veremos
el principio de su fin. Algo que, aun afectando fortísimos intereses, empieza a
delinearse.
La
bella idea futurista de un mundo dividido no en ciento noventa y tres Estados
nacionales sino en decenas de miles de unidades administrativas (pueblos, ciudades,
regiones libres) de escala humana responde finalmente a la pregunta de cómo
solucionar el problema de la concentración del poder. E intramuros, responde en
forma bastante satisfactoria a la pregunta de cómo superar las grietas (culturales,
morales, de “modelo de sociedad”, etc.) que sufren hoy casi todos los países ya
que el sistema de libre unión contractual en sí tiende a una mayor homogeneidad,
con consecuente disminución de la tasa de conflicto. Grietas muchas veces retardantes
e incluso obstructivas al progreso, como tan bien sabemos los argentinos.
Podría servir como ejemplo por similitud con lo que venimos poniendo a consideración, el caso de la pequeña ciudad húngara de Pilis (aprox.12.000 habitantes), que recientemente acordó ordenanzas legales que apuntan a asegurar el modo de vida e identidad local.
Lo
hicieron para poder denegar solicitudes de residencia o de compra de una casa a
personas que no hablen húngaro, que tengan prontuario judicial, que no sean
aportantes a la seguridad social ni tengan empleo legal asalariado o, en el
caso de empresarios, que arrastren deudas. Aun cumplidas estas condiciones
básicas, el Consejo Municipal se reserva el derecho de rechazo (como el muy
privado derecho de admisión o “bolilla negra”, diríamos).
Considérese
que cualquiera de las futuras regiones libres bien podría discriminar, por caso
y para citar una peligrosa grieta actual, a personas religiosas (¿musulmanas?) de
costumbres públicas que choquen con la idiosincrasia local.
El derecho a decidir el entorno vital… también es libertario.
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