Noviembre 2026
En
momentos en que recrudece la campaña anti capitalista en redes y entre el
periodismo a la sombra de una campaña electoral que ya comenzó, creemos
oportuno aclarar antes algunos “basics”.
Lo que padecemos y hemos padecido durante décadas, califica como genocidio electivo. Aniquilación sistemática de un gran país como tal y del nivel de vida de sus habitantes, en especial los de menores recursos.
Porque, así como el desconocimiento de la ley no exime
de su cumplimiento, la irresponsabilidad del voto por ignorancia, canibalismo
económico y desactualización ideológica tampoco exime de las consecuencias por
los desastres causados.
Ni los más necios pueden negar que hacia el primer tercio del siglo pasado, la Argentina era la segunda potencia de América, sólo detrás de los Estados Unidos.
Nuestra bandera flameaba entre las 10 mejores del
mundo en parámetros como educación y salud popular, nivel cultural, fortaleza
de moneda, exportaciones, vías férreas, crecimiento industrial, niveles
salariales, ingreso per cápita e investigación científica entre muchos otros
ítems.
Igualmente objetivo y mensurable es el registro
histórico de nuestra decadencia a lo largo de los siguientes 80 años, hasta los
deprimentes puestos que ocupamos hoy en cualquier ranking internacional
relevante.
Las consecuencias de esta
caída han sido devastadoras y el “lucro cesante” social es inconmensurable.
Un populismo tan irresponsable como cínico, tan
corrupto como resentido, compendio de ignorancias y de lo peor del “ser
argentino” ejecutó su número: sembró odios y depredó económica y culturalmente de
una manera brutal, dividiendo a fuego a nuestra sociedad. Sin importar las
intenciones, ese fue el resultado; precipitando
década tras década los estúpidos golpes militares y el cáncer de nazi-fascismo
corporativo que -a no dudarlo- aún nos desangra y devora.
Los campeones justicialistas del “Estado benefactor” y de la inefable “justicia social” ingresaron al poder tropezando entre los lingotes de oro del Banco Central para fundirnos en un revuelto de clientelismo explícito, prostitución cultural y miles de lobistas que, gorra en mano, vivieron hasta hoy del reparto del botín de su Estado ladrón.
Pero claro, para realizar
este perverso proceso mientras desguazaban orgullo nacional, cultura del
trabajo y espíritu competitivo, fue necesario transitar sobre un puente de
cadáveres.
Millones de compatriotas, durante más de 3 generaciones,
fueron empujados a la miseria por
políticos partidarios de esta “ingeniería social”. Verdaderos aprendices de
brujos que, mediante políticas “solidarias”, provocaron caídas de inversiones, caídas
de competitividad, caídas de creación de buenos empleos, caídas de ingresos
reales y caídas de calidad de vida y esperanza de mejora para la mayoría.
Realidades que se tradujeron en gravísimas deficiencias sanitarias,
alimentarias, de vivienda, educativas, de acceso a la propiedad y de promoción
socio económica para los débiles. Lacras
que sumadas a las muy graves deficiencias del monopolio estatal en seguridad,
justicia e infraestructura (entre muchas otras), y a la densa red tejida por
nuestra máquina de impedir a través todo tipo de excesos impositivo-dirigistas,
lograron lo impensable.
“Los débiles” (los integrantes de etnias originarias, los
asalariados de baja remuneración, las mujeres sometidas, los jubilados, los desocupados
y desamparados de toda clase) han sido la carne predilecta de estos
depredadores.
¿Sus colmillos? Estrés por alienación, enfermedades
evitables, hábitats indignos, trabajos insalubres o simple humillación por
desempleo, mala alimentación, salarios e infraestructuras de cuarta y una
educación pública que aseguró el sometimiento de todos al dios-Estado.
Zarpazos que resultaron en millones de muertes prematuras por dureza existencial, violencia criminal
y negación de futuro. Reducciones de
esperanza de vida para niños
arruinados por desnutrición y para adultos arruinados por trabajo esclavo en un
verdadero genocidio silente de inaudita crueldad, en el altar del mito
socialista. Todo para enriquecer a unos pocos jerarcas estatales, pseudo
empresarios cortesanos y sindicalistas avivados.
Ciertamente, este holocausto que nos empujó de nación poderosa a país mendigo, merece un juicio minucioso y castigos ejemplares. Argentina necesita su propio Nuremberg, que condene incluso post mortem a todos los (y las) culpables del horror en el que nos embretaron; que condene a sus cómplices y beneficiarios.
Algo que con la actual “familia judicial” nepótica y
corrupta, formada a través de décadas de peronismo en el senado, suena utópico.
Sin embargo, este y no otro debería ser el trasfondo
emotivo que guíe a los argentinos en octubre del ´27, evitando hasta donde sea
posible la recaída en el voto cómplice. En el voto delincuente.
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