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¿Igualdad, para qué?

Abril 2022

 

“¿Libertad, para qué?”  Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)

En un reportaje reciente, la escritora Isabel Allende (n.1942) afirmó refiriéndose a nuestra región que “la desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”.

Se trata por cierto de un concepto, el de la igualdad económica, muy meneado en los últimos años tanto por nuestros gobiernos y dirigencia social en general como por la jerarquía católica y de izquierda en particular y que se encuadra entre las muchas propuestas “políticamente correctas” que conducen por línea directa a efectos contrarios a los pretendidos: en este caso a peores promedios de pobreza, ignorancia y exclusión y a mayores desigualdades, dependencia y desesperanza con más predadores sociales activos (reales, no imaginarios).

Dicho esto bajo el supuesto -por obvios antecedentes puesto en duda- de que en verdad se pretendan evitar tales efectos antes que usarlos con frio cálculo político por conveniencia electoral (o falsamente pastoral, por qué no).

El tratar de igualar económicamente apelando a la redistribución forzada a través de impuestos es una noción foránea que choca contra el mandato constitucional de nuestros Padres Fundadores quienes nos prescribieron, en cambio, la igualdad de oportunidades a través del recto camino de la (anterior y fundante) igualdad ante la Ley.

Nuestros próceres abominaban sin excepciones del robo tributario; de su efecto discriminatorio y frenante, aplicado desde antaño por el imperialismo colonial. Mínimo Estado indispensable, máximo lucro productivo por mérito honesto y consecuente desarrollo nacional con mínima exacción impositiva posible, era su norte.

La historia de nuestro espectacular despegue (a partir de 1860) y llegada al estrellato planetario hasta el comienzo de nuestra decadencia al invertirse del todo esta fórmula en 1946, es harto conocida.

Llamemos entonces a las cosas por su nombre: la igualdad económica planteada en este 2022 no responde al “anhelo altruista de vastos sectores” sino a simples resentimientos individuales, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo a inconfesables sentimientos de inferioridad, culpa e impotencia personal por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Desde luego, no podemos ignorar este drama humano ni suprimir a los millones que se auto enjaularon en las mazmorras de la decadencia. Prisiones mentales que de hecho son el resultado a largo plazo del adoctrinamiento estatista operado a través de contenidos obligatorios sesgados en la educación nacional (pública y privada) en sus tres niveles durante 3 generaciones.

No podemos acallar esa sensación, tan extendida, de ira creciente frente a las desigualdades. Mas sí podemos reinterpretar esa ira con la misma mirada de estadista de los autores de nuestra Constitución, que dieron categoría rectora a la igualdad de oportunidades.

Un tipo de igualdad que, bien mirada, es la que en verdad demandan quienes hoy se rebelan ante la espiral de pobrezas y sometimientos, de resignaciones e injusticias a la que son empujados mientras nuestras oligarquías se enriquecen sin pausa a vista y paciencia de todos.

Ricas oligarquías modelo siglo XXI; bien argentas y bien definidas por diversos analistas y autores y que son 3: la oligarquía política (la casta y su enorme red de parásitos), la oligarquía de los empresarios protegidos (coimeros cortesanos de la Patria Contratista y el capitalismo de amigos) y la oligarquía sindical (millonaria, retrógrada y mafiosa por donde se la mire).

La ira de la gente buena y trabajadora se debe a la falta de oportunidades. A lo que perciben como el “portazo en la cara”; el cierre de facto a sus posibilidades de acceso a la elevación cultural y económica.

No hay bronca de gente honesta cuando existen oportunidades reales de crecimiento y movilidad social; cuando hay perspectivas ciertas de que los hijos estén un día mejor que sus padres. No existe ira cuando impuestos y regulaciones no asfixian su trabajo, su emprendedorismo ni su disfrute de lo ganado. Y sobre todo cuando la justicia se aplica pareja, no hay impunidad para nadie y los castigos son ejemplares; cuando robo y crimen… no pagan (caso Cuadernos y caso Nisman, por poner 2 ejemplos).

En esas condiciones, en ese “sistema”, la desigualdad entre patrimonios honestamente ganados importa un rábano a la gente buena, no envidiosa, porque la sociedad entera se encuentra en igualdad de oportunidades para elevarse.

Es la desigualdad de oportunidades reales de progreso, de llegar a “pertenecer” al escalón superior al propio en lo cultural o económico disfrutando de sus ventajas lo que motoriza desde lo profundo esa furia a la que se refiere la Sra. Allende, y que hoy crece.

La ira de la gente mala y empobrecida se debe, por otro lado, a sus previsibles dificultades de acceso a la “contención” tribal clientelar de las 3 oligarquías que, del brazo y en acuerdo de conveniencias, depredan (y rigen hoy) nuestra Argentina.

En definitiva y parafraseando a Lenin, bien podríamos preguntarnos ¿Igualdad económica nivelando hacia abajo, para qué?

Por el contrario, si los argentinos lográsemos mostrar más inteligencia emocional que resentimientos, aplaudiríamos el surgimiento de enormes desigualdades económicas honestas: decenas, cientos, miles de mujeres y hombres, empresarios emprendedores y multimillonarios al estilo de Bill Gates, del cual se ha calculado que su fortuna personal (unos 130 mil millones de dólares) representa sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás.

Y que es, además y con lo propio para horror de la izquierda, uno de los principales filántropos del mundo superando en monto con aportes de dinero inteligentes (reproductivos, no clientelares) a infinidad de Estados “solidarios” y “presentes”.

 

 

Igualdad

Noviembre 2009

“El Estado es el gran ente ficticio por el cual cada uno busca vivir a expensas de todos los demás”
Frederic Bastiat

Durante unos cien años, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, los Estados Unidos y la Argentina fueron receptores de un enorme caudal inmigratorio.
En ambos casos, los inmigrantes se vieron atraídos por sistemas jurídicos y económicos que se contaban entre los más libres de la tierra, haciendo accesible a más gente con voluntad de trabajo, la plena expresión del desarrollo personal. Eran mujeres y hombres de muchas procedencias; algunos de naciones culturalmente mediocres o con sistemas socio-económicos opresivos, que alcanzaron, en cualquier caso, logros de capacidad productiva que nunca hubiesen conseguido en sus países nativos.

Personas de diferentes niveles y grupos raciales que durante generaciones se habían enfrentado entre si en sus lugares de origen, aprendieron a cooperar viviendo en armonía. Y eso ocurrió porque tanto aquí como en el gigante del norte no se procuraba unir a la gente a través de una nivelación hacia lo colectivo -propia de las modernas cleptocracias- sino a través de un principio más inteligente: la protección de sus derechos individuales. De sus derechos a retener en forma casi íntegra el fruto de sus esfuerzos y a decidir, en gran medida, en qué forma aportaría cada uno a la solidaridad general.

Esta decisión benéfica y el crecimiento exponencial que lograba, comenzaron a desaparecer en paralelo con el avance del “Estado benefactor” y la “economía mixta”.
El incremento de cargas, controles y reserva de áreas económicas para el gobierno obró, así, en forma inversamente proporcional a las posibilidades de elevación social y evolución económica de las clases más bajas, que se traducía en una progresiva igualdad.

En Estados Unidos, actuó agravando el racismo contra negros e indios o la xenofobia contra los latinos por el camino de frenar las mejoras en su nivel de vida en proporción a las mejoras de los anglosajones originarios. Dicho de otro modo, al disminuir derechos individuales para aumentar los estatales lograron estancar el ascenso socio-económico de los débiles. Y en la Argentina obró estimulando resentimientos larvados, sembrados en su momento por anarquistas de izquierda y comunistas corridos de su Europa natal. Resentimientos de entraña negativa que nada bueno podían (ni pueden) generar, y que volcados a los partidos “socialmente sensibles” que tan bien conocemos, nos condujeron a un desastre de pobrezas y sufrimientos innecesarios incomparablemente mayor que el norteamericano.

También aquí la tecla equivocada fue el abandono de la protección gubernamental a los derechos de propiedad y su usufructo y de las libertades individuales para comerciar y ejercer toda industria lícita, con igualdad de reglas de juego para todos.

Lo comprobado es que la economía mixta desintegra a cualquier sociedad, lanzándola en el tiempo a una guerra de grupos de presión, cada uno de los cuales procura privilegios “legales” y tratamientos particulares a costa de todo el resto. Esto deriva, como lo vemos hoy y aquí, en “lobbys” sectoriales (industria subsidiada [reciente caso de Tierra del Fuego], movimientos piqueteros, sindicatos violentos, funcionariado “acomodado” etc.) que pujan abiertamente y con desparpajo por el favor del monarca, en detrimento del país en su conjunto. La ley de la selva es entonces inevitable y la igualdad de oportunidades cae bajo el hacha del propio Estado que debía preservarla.

El largo plazo, los derechos de las generaciones por venir, desaparecen poco a poco de la escena y los principios e ideales, por más nobles que sean, ceden su lugar a las urgencias del simio que empuja con más fuerza. De quien presiona con más palos y capuchas o de quien se vende mejor al negociado gubernamental.
En nuestra etapa terminal se trata de mafias estatizantes “colocando” funcionarios, jueces y legisladores para conseguir ventajas de corto plazo parasitando a “otros”, sin preocuparse por la destrucción general que inevitablemente los alcanzará. Porque quienes apoyan el aniquilamiento de los derechos ajenos, niegan y pierden también los propios cerrando su camino y el de sus hijos.

El supuesto Estado benefactor con su economía mixta cierra, obstaculiza y niega a cada argentino innúmeras oportunidades de expresar su potencial para hacer cosas más innovadoras, estimulantes y productivas elevando así su nivel de vida y dejando en mejor posición a sus descendientes.
Sus monopolios suman déficit al Tesoro, restando espacio y posibilidades de crecimiento a quienes podrían competir haciendo las mismas cosas a menor costo y con mayor productividad.
Reglamentaciones laborales paralizantes, financiamiento costoso y a cuentagotas, impuestos elevadísimos que cercan y depredan todo intento de actividad comercial o “leyes” discriminantes a medida de corruptos intereses particulares, son claros ejemplos de la evolución natural de este sistema maravilloso.

Parece inevitable que esto ocurra en poblaciones engañadas, como la nuestra, donde una masa crítica de votantes desea aliviar mediante más (¡más!) leyes totalitarias la desgracia visible de indigentes, sub ocupados y hasta de sinvergüenzas. Pero no a costa de si mismos sino mayormente ¡a costa de los demás! Aunque sea a través de vándalos y coimeros. Aunque se trate de apropiación de ganancias y hasta capitales de trabajo sin el asentimiento de sus dueños. Aunque sea mediante violencia. Aunque sea pisoteando más (¡más!) libertades y garantías en la búsqueda de ese inmaduro espejismo que tanto daño nos ha causado: la igualdad forzosa con dinero ajeno, rasando con el sable de la Afip-Gestapo las cabezas que pretendan sobresalir.

Porque muchos creen inocentemente, en sintonía con la edad mental inducida por nuestra des-educación pública que esta vez, ahora sí el método atropellador va a funcionar.