Neo-Populismo en Campaña

Mayo 2009

Durante el curso de la presente campaña electoral apuntando a una renovación parcial de las legislaturas, el ex presidente Sr. N. Kirchner nos ha gritado “si pierde Cristina el país va a explotar”.
Expresión que se añade a otras como “si perdemos, la Argentina vuelve al 2001”, “no volvamos al neo-liberalismo de los 90” o bien el remanido “nosotros o el caos”.

Se trata de la clásica danza tribal del peronismo convocando al “voto con miedo”.

Miedo infligido a una vasta franja poblacional colocada en forma criminal por el neo-populismo (Alfonsín/ Menem/ De La Rua/ Duhalde/ Kirchner/ Kirchner) en situación de pobreza estresante y peligro cierto de terminar en la zanja de la indigencia. Miedo a que gane alguien con ideas razonables y éticas, que aplique la madre de las justicias retroactivas. A que gane alguien que realmente sepa cómo hacer de nuestra Argentina un país respetado, poderoso y con un alto nivel de vida para todos. Porque un giro económico y de corrección política tan brutal, creen, causaría turbulencias y reacomodamientos sociales que los harían caer, desde el precario equilibrio económico que a duras penas y con auxilio estatal todavía conservan. Creencia que por cierto es falsa.

Hay otras motivaciones además del miedo, claro está, para votar otra vez a los neo-populistas: odio por codicia de bienes ajenos, orgullo negado a reconocer que se ha estado traicionando (y hundiendo) a la patria con el voto durante años, resentimiento, envidia, pretensión de lograr “derechos” de ventaja parasitaria a costa del sacrificio de otros, etc. Toda una colección de sucias pulsiones vengativas enmascaradas bajo palabras altruistas.

El periodismo responsable tiene la obligación patriótica de desenmascarar ante toda la sociedad las torpes mentiras estatistas. Porque cuando escuchamos que “si pierde Cristina el país explota”, lo que debe ser comentado in extenso es que el país ya está en la cuenta regresiva de la explosión, debido a la incapacidad, vileza y soberbia ignorancia demostrada durante 6 largos años por el matrimonio presidencial.
Explicando que el “extraordinario” crecimiento económico 2003 – 2007 estuvo por debajo del de muchos otros países en desarrollo que también se beneficiaron de la “extraordinaria” suba del precio de las materias primas. Y que con semejante viento de cola pudimos haber hecho mucho más, sin hundir a los sectores productivos. Teniendo en cuenta, además, que el cacareado crecimiento kirchnerista fue en gran medida falso ya que se partió de cifras de PBI que habían retrocedido a valores de la década del 80 luego del colapso de la Alianza radical-socialista del 2001. Y que ni siquiera la recuperación del PBI así aplanado (para llegar a finales de la primera gestión Kirchner a valores que ya habíamos tenido en los 90) puede ser calificado de “récord” ya que hacia la época del Centenario, nuestra nación crecía mucho más. Alcanzábamos el 7° lugar entre las grandes potencias e íbamos camino de ubicarnos entre las 2 o 3 sociedades más ricas y avanzadas del mundo, cuando hoy ocurre lo opuesto.

Acabado el viento de cola, acotado el flujo de dólares robados a la reinversión agropecuaria que encubría las inmoralidades neo-populistas, queda al descubierto la realidad: una Argentina desnuda, violada y saqueada corre hacia esa explosión que el propio ex presidente vaticina. El país del 2001 está, si, a la vuelta de la esquina. No será más que el resultado matemático de lo perpetrado, cerrando el círculo vicioso de una nueva vuelta de tuerca de esta trampa caza-giles (y enriquece-políticos) denominada “justicia social redistributiva”.

Hacer periodismo responsable y veraz, sería desasnar al público acerca de la cantinela del “neo-liberalismo menemista de los 90”.
Porque sólo la intención de confundir con mala fe puede explicar el ansia furiosa de identificar a Menem con… ¡el liberalismo!

Las presidencias de C. Menem conformaron un acabado ejemplo de las más clásicas “virtudes” peronistas. Mafia fascista al gobierno, corrupción desatada, nepotismo, connivencia de caciques sindicales, pactos antirrepublicanos para la perpetuación del poder, empresarios “amigos” colmados de prebendas, parlamentos genuflexos, Justicia muy manoseada y con escasa independencia, intervencionismo económico, educación oficial basura con anti-valores, concentración de la riqueza en pocas manos con aumento de la desigualdad, impuestos confiscatorios, alto gasto del Estado con muy alto endeudamiento, altos niveles de pobreza y desocupación, bloqueo de instituciones destinadas al control de los funcionarios y despreocupación total por los marginados, una vez ordeñados sus votos. 100 % peronismo. ¿Qué más?

El que haya ordenado algunas privatizaciones (empresas estatales cuyo enorme déficit ya se había fagocitado al gobierno radical de R. Alfonsín) amañadas, desprolijas, torpes y plagadas de coimas monumentales, no lo hace liberal en modo alguno.

El sistema liberal abomina por definición de todas y cada una de las costumbres peronistas que signaron el gobierno del Sr. Menem. Gobierno que sobrevivió vendiendo “las joyas de la abuela” y que fue tan peronista como lo es el del santacruceño, que en aquel entonces no se cansaba de felicitar y apoyar el neo-populismo de tenue disfraz capitalista que a ambos beneficiaba.

“Nosotros o el caos” es otra confusión semántica (de las que está minado este gobierno) y quiere decir en realidad “nosotros somos el caos”. Caos que por cierto se extenderá a medida que avance electoralmente la Coalición Cívica de la Sra. E. Carrió (pan-radicalismo más socialistas) quienes ya mostraron sus afiladas y usualmente ocultas garras, en ocasión de apoyar al kirchnerismo en el reciente saqueo de los bienes privados a cargo de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones. Además de haber integrado con las mismas ideas el también desastroso gobierno del Sr. F. De La Rua.

Todo parece perdido, entonces. Aunque la prensa libre y con vocación patriótica de cierta docencia podría concluir al menos que, si los gobiernos son inevitables (cosa que dudamos), es mil veces preferible ser gobernados por empresarios que por abogados, poetas, filósofos, sociólogos, curas o comandantes.
Por lo menos los primeros poseen el know how de la riqueza. Los otros, ni eso.

El Poder como Problema

Abril 2009

Podríamos analizar brevemente esta cuestión, repensándola bajo el siguiente punto de vista: tenemos por un lado a los hombres y mujeres de los partidos que participan en el juego de la democracia, que sólo se diferencian en cuestiones cosméticas. Ya que en lo esencial están de acuerdo en cubrirse y protegerse mutuamente (la lealtad política) dentro de un sistema que les reserva privilegios, oportunidades de negocios y poder sobre la gente trabajadora que paga la cuenta.
Tenemos también a dueños de ciertas empresas y sindicalistas que, consecuentes con la lógica corporativa del sistema, se posicionan para resultar beneficiados en el dictatum de leyes, regulaciones económicas y prebendas a cambio de apoyo al gobierno. O más bien de apoyo al incremento patrimonial y a la impunidad de sus integrantes.
Están además todos los beneficiarios de planes sociales, subsidios indirectos, puestos de favor o jubilaciones de privilegio, interesados en mantenerse siempre en situación de ventaja parasitaria a costillas de lo que generen otras personas. Más otro dato importante: las tareas propias de la maquinaria del Estado están a cargo de una gran burocracia de empleados, que los contribuyentes no pueden remover ni cambiar.

Todos ellos están de acuerdo en sostener con votos, con propaganda, con movilizaciones, dinero o chantajes el poder coercitivo, aplanador y sin opciones, del Estado.

Como muchos otros, se confunden en la defensa de un monopolio: el monopolio del uso de la fuerza armada que respalda este poder, dando pie al cobro compulsivo de tributos sobre diversos bienes, propiedad de gente pacífica. Personas que no sólo se encuentran atomizadas y desarmadas sino con las mentes condicionadas por una vida de adoctrinamiento oficial en la conveniencia de someterse en majada al poder político dejando las cosas, básicamente, como están.
Tenemos también el elegante fraude que, bajo el nombre de Constitución Nacional, nos acuna en la creencia de que nuestros derechos y propiedades están amparados por un bello y complejo sistema de equilibrios y contrapesos entre los tres poderes independientes de la república. Se omite, por supuesto, la incómoda aclaración de que los tres forman parte de una misma organización (el Estado) y tienen, dentro de su área, el mismo monopolio coactivo apoyado en las armas -y en la política económica- que controla el partido de gobierno. La supuesta independencia, no es tal.

Todo descansando en el absurdo de querer suponer que las mujeres y hombres que nos gobiernan son seres honestos, desinteresados, imbuidos de amor a la patria y con verdadera vocación de servir al prójimo sin pensar en otra retribución que la satisfacción del deber cumplido. Y que además cuentan con el bagaje intelectual de conocimientos de avanzada como para asegurarnos una posición de inteligente preeminencia en el ranking de la prosperidad mundial. Mito que de ser (aún al 50%) cierto, garantizaría el funcionamiento de la democracia, tanto como de cualquier otro sistema (monarquía, aristocracia, dictadura, tribalismo etc.) sin inconvenientes ya que estaríamos en manos de reales servidores públicos. No existe tal. Quienes estén capacitados para verlo, habrán avanzado otro paso en la comprensión del problema.

Lo cierto es que el poder siempre corrompe, porque el ser humano es una criatura imperfecta, más allá de las excepcionalidades.
No existen mujeres ni varones que sean inmunes a la corrupción del poder. Quien posea poder para dominar y dañar, hacer el bien o ayudar, fatalmente dominará y dañará a sus semejantes de un modo u otro, porque usará ese poder en su propio beneficio, el de sus familiares y amigos, el de las personas que lo ayudaron a acceder a ese sitial y las que lo ayudan a mantenerlo. De eso se trata la corrupción. Y porque aún el “buen uso” del poder que brindan las armas queda totalmente deslegitimado desde el momento en que un solo ser humano se vea agredido sin haber iniciado agresión. Un ejemplo entre mil podría ser el del gobierno apropiándose del fruto de su trabajo, sus ahorros o su capital productivo para aplicarlo a iniciativas con las que esa persona no está de acuerdo y que no financiaría si estuviese en posición de decidirlo (tales como la “Universidad” de las Madres de Plaza de Mayo y sus planes de fomento al terrorismo intelectual liberticida).

En verdad, el poder no consentido aplicado sobre seres humanos pacíficos es el anti-camino. La contra-evolución. La tiranía de quien compra el mayor número de votos para expoliar con tranquilidad a las minorías. Es lo primitivo; la ley de las bestias. Y lo que todavía nos rige.

Debemos tender hacia un sistema de organización social que cumpla con aquella ley moral de “el fin no justifica los medios” si queremos dejar de ser cómplices de los violentos y de los ladrones. Si queremos empezar a construir la no violencia y la estricta justicia de méritos que todos afirmamos desear. Si pretendemos dejar de ser colaboracionistas para empezar a militar en la resistencia a favor de lo correcto.
Un sistema que subordine el poder a las decisiones voluntarias y responsables de cada persona. Que considere a cada ser humano como un fin en si mismo, en lugar de considerarlo como un medio al servicio de los fines socialistas. Alguien único, irrepetible, sagrado y con derechos in-avasallables. Aunque una mayoría opine lo contrario. Que sea la peor pesadilla de los totalitarios y de todos los que pretenden vivir del esfuerzo ajeno enarbolando un garrote agresor.

Democratizando el poder para distribuirlo entre toda la población, impidiendo que se concentre en manos de unos pocos.
No es imposible. En todo caso es tan utópico como alguna vez lo fue la democracia. Porque democratizar el poder significa entregar a cada individuo de la sociedad la cuota de poder que le permita decidir cosas tales como cuándo, bajo qué cláusulas y a qué agencia supertecnologizada de seguridad privada me afiliaré aportando el dinero que hoy me quitan (con los impuestos) para brindarme una “protección” monopólica que no me conforma. (1)



(1) Para ampliar en este tema, ver nota Acerca del Sistema Libertario de Abril 09 en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Acerca del Sistema Libertario

Abril 2009

Por mínima que sea su capacidad de discernimiento, cualquier persona está en condiciones de darse cuenta de ciertas verdades.
Una de ellas es que la razón de ser del Estado es el control. Control que siempre implica invasión a la autonomía individual de alguien. Tanto controla un presidente como un invasor y la esencia de esa invasión no varía si esta es llevada a cabo por un hombre contra otro, tal como un delincuente común; por un hombre contra todos, como en una tiranía o por todos los hombres contra uno, como en las modernas democracias.
La gente se acostumbró a que el gobierno controle, reglamente y grave cualquier transacción de bienes o servicios que ocurra en la sociedad, en la misma forma en que antes lo hacía la Iglesia con los comportamientos y expresiones de las personas. El desafío de separar las cosas sigue siendo, aún hoy, el mismo.
Recordemos que la democracia llegó a ser popular porque prometió menos impuestos y más libertad de la que existía bajo la monarquía, mas no pudo cumplir su promesa.

Los libertarios sostienen con sólida fundamentación filosófica que la propiedad de una persona es la extensión de su vida y que la libertad puede definirse como ausencia de invasión a la persona o a sus bienes mientras que el precio del progreso puede resumirse en la no-limitación de la libertad.
No pretenden saber lo que es bueno para la humanidad, y defienden la idea de que cada persona puede hacer lo que desea siempre que no perjudique a los demás, sin otra limitación.
Cada quien es libre de perseguir sus propios fines en la vida y uno de esos fines podría ser un estado llamado felicidad. Sin perder de vista que aún viviendo en las condiciones de máxima libertad posible, habrá mucha gente que fallará en alcanzar sus metas.

El libertarianismo como sistema integral basa su funcionamiento en la economía de mercado, traducida en los planes personales de millones de individuos, cada cual coordinando el suyo con los de los demás, dando como resultado espontáneo una interacción extraordinariamente compleja. Tan imposible de idear como de controlar.

El sistema estatista, en cambio, magnifica el poder de los ricos a través de la concreción de sobornos con el fin de redirigir el dinero de nuestros impuestos hacia sus proyectos. Porque el Estado escucha mayormente a los grupos de presión o a los que prometen ganancias y ventajas para la clase política.

En una sociedad libre, el gobierno dejaría de interferir en la acumulación del ahorro y del capital de producción impulsando muy fuertes subas de la tasa de capitalización, lo que se daría en forma ilimitada creando el mejor ámbito posible para el progreso económico y las posibilidades reales de elección de la gente, en todos los ámbitos de la acción humana.
Tendríamos en Argentina a 40 millones de mentes trabajando para solventar los conflictos, votando voluntariamente con sus pesos por la mejor solución para cada uno de ellos bajo sus propias circunstancias. Bajo el Estado coactivo, tenemos a unas pocas personas intentando resolver los problemas de todos, y todos somos obligados a punta de pistola a aceptar las soluciones de quien gobierna.

Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o ningún Estado democrático detentando el monopolio de la fuerza. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias! Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías! Ahora todo es democracia intervencionista pero… la noche está en pañales.

Recordemos también que el Estado nació cuando la gente renunció a parte de su libertad por pereza, dejando que un “ente superior” llevara parte de sus asuntos. Y que el problema apareció cuando el ente se hizo tan fuerte como para pasar a extorsionar y presionar a todos; aún a quienes no lo querían.
Si bien hemos acabado con el “derecho divino” de los reyes, en realidad y en el estado actual de evolución social, lo hemos sustituido por el gobierno absolutista de la mayoría.


Al decir de Bakunin: “aquellos que reclaman lo posible, jamás logran nada. Pero aquellos que reclaman lo imposible, al menos logran lo posible”. Los servicios de seguridad y justicia, prestados por el Estado, son la base de funcionamiento de todo el orden social. Son considerados como “lo más importante” y parecería locura que el gobierno se desentendiera de los mismos. Sin embargo, podríamos considerar que la alimentación y el vestido son aún más básicos, aunque son pocos los que sugieren su estatización ya que es sabido que las granjas y fábricas colectivas llevaron a las hambrunas y desastres económicos más espeluznantes de la historia humana. No se ha encontrado un solo ámbito en el que la acción del Estado sea más eficiente o eficaz y barata que la provista por empresarios en el mercado. Podríamos referirnos a sanidad y educación tanto como a justicia y seguridad. Aunque menos obvio, esto puede aplicarse también a defensa militar, asistencia a los desposeídos, relaciones exteriores o sitios públicos entre muchas otras cosas.

El catálogo libertario incluye pensamientos como los que siguen: sólo yo debo decidir si le doy dinero a los pobres y cuánto; quien viola mis derechos debe pagarme a mi, no a la sociedad; sólo es delito lo que viola los derechos de otra persona (no los reglamentos arbitrarios del Estado o sus “leyes” injustas que más parecen licencias para extorsionar); tengo derecho a retener todo lo que gané honradamente; en vez de cobrar impuestos generales, debe cobrarse por los servicios que cada quien recibe; la propiedad privada es inviolable y sólo su dueño debe determinar su uso; sólo yo debo decidir lo que produzco, a quién se lo vendo y en cuánto; debe prohibirse al Estado endeudarse a mi nombre mediante deuda pública; deben utilizarse los activos del Estado para cancelar la deuda pública actual; tengo derecho a comprar productos “abaratados” (subsidiados) por gobiernos extranjeros; cada quien debe pagar por su jubilación sin obligar a otros a hacerlo; debe eliminarse el uso de los impuestos, subsidios e incentivos, para beneficiar a cualquier persona o grupo; sólo yo debo decidir cómo gasto mi dinero; debo responsabilizarme por mis actos sin pasarle mis facturas a otros; tengo derecho a portar un arma para defensa propia; sólo yo decido qué le introduzco a mi cuerpo (tabaco, alcohol u otras drogas) o si uso o no cinturón de seguridad; tengo derecho a trabajar sin tener que pedir permiso, licencia o pertenecer a una organización profesional u ocupacional. Y muchos otros de este tenor.

Se supone que necesitamos al Estado en la lucha contra el terrorismo, la pobreza o las drogas sin reparar en que son problemas que el propio Estado ha creado. Como aquella inscripción colocada en cierta institución de caridad “este hospicio fue construido por una persona piadosa, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan”. La pobreza podría ser erradicada con facilidad si tan solo el gobierno dejase de crearla.

La desaparición del inmenso gasto aplicado al mito del “Estado benefactor” con sus comisiones de rigor, implicaría mucho mayor riqueza en la sociedad haciendo a las personas más generosas, humanas y caritativas para con los marginados ya que la historia nos enseña que la indiferencia hacia el prójimo aumenta en la misma medida que crece la intervención del gobierno.

Sólo el Estado y los delincuentes comunes se basan en la violencia (o en la amenaza de su uso) para lograr sus metas. El resto de la población depende de la cooperación voluntaria. Porque ¿quién tiene derecho a imponer su voluntad sobre sus semejantes? Todos responderíamos ¡nadie! Y sin embargo aceptamos mansamente y a diario en los principios y en las prácticas que nos la impongan por la fuerza. ¿Cuántos impuestos pagaría Ud. si se despenalizara la evasión?

El objetivo del libertarianismo hoy, a pesar de todo esto, es aceptar el marco legal establecido como punto de partida y modificar gradualmente la legislación conforme las disposiciones constitucionales. Las instituciones privadas deberían ir reemplazando a las estatales a lo largo de años para que cuando finalmente el Estado desaparezca ni siquiera nos hayamos dado cuenta. Los movimientos secesionistas, una férrea oposición en el Congreso a proyectos totalitarios (como la que llevan a cabo los legisladores del Movimiento Libertario en Costa Rica) y toda protesta conducente a impedir que los seres humanos se arroguen el “derecho” de no respetar a otros en su persona o en su propiedad, se consideran caminos válidos.

En definitiva, todo se reduce a dar preeminencia a la cooperación por sobre el uso de la fuerza en un ámbito donde cada persona pueda seguir sus sueños, trabajar para lograrlos y disfrutar sus logros sin temor a perderlo todo por el capricho de algún político.

Es verdad que el Estado no posee mayor honestidad o buen juicio que el promedio de sus líderes, personas más bien mentirosas y de poca vocación abnegada de servicio. Lo que sí tiene es fuerza bruta, aunque ciertamente no hemos nacido para ser forzados.
No hay ningún buen acto que para ser llevado a cabo requiera otro malo. No está moral ni éticamente permitido conseguir un bien comenzando por un mal. Que el Estado sea moralmente malo, sería ya razón suficiente para abolirlo incluso si las soluciones del mercado no implicasen una mejoría.

Tal vez logremos que cada vez más gente despierte pensando “Si. Eso es en lo que yo creo. Este hombre está diciendo lo que pensé durante toda mi vida”… y proceda a votar en consecuencia.



Para ampliar en este tema, ver nota Libertarianismo de Marzo 2006 en
http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Robo Justificado

Abril 2009

Aún subsiste el mito de que los delitos constituyen “ofensas a la sociedad” y que el delincuente debe ser castigado (p/ej. enviándolo a prisión) con todos los gastos de captura, juicio y reclusión a cargo de la misma “sociedad” ofendida.
El engaño, para el caso, consiste en que “la sociedad” no es nadie. No tiene existencia real ni física. Es una entelequia que designa en abstracto a un conglomerado impreciso de individuos, que (ellos sí) son los que existen, tienen nombre y sentimientos; derechos y bienes. La ofensa del delincuente se ejecuta por norma contra uno o más individuos; personas concretas e identificables que deben ser resarcidas, debido a que sus derechos individuales fueron violados.
El sistema actual está planteado para justificar el cobro compulsivo de los impuestos que según nos dicen, se utilizarán para sostener el sistema carcelario de “la sociedad” que no puede, claro está, ser resarcida.
Si hubiese verdadera justicia, nada deberían pagar terceras personas que no tuvieron culpabilidad en ese delito particular y tampoco debería costearlo la víctima, desde luego, sino el propio ofensor en un campo de trabajo apropiado (1).

También goza de salud otro mito primitivo, consistente en justificar la delincuencia bajo el argumento de que “al delincuente lo hizo la sociedad”. Según esta línea de pensamiento, el sistema de libre mercado en vigencia promueve una cruel explotación del hombre por el hombre, dificultando la educación popular y las mejoras en el nivel de vida de las clases obreras. Esto conduce a pobreza crónica con inmovilidad social, generadoras a su vez de una gran desesperanza. Se empuja así a nuestros jóvenes por el camino de las drogas y el delito como vía de fuga para con un orden de vida tan alienante como injusto.
La violencia resultante, entonces, tiene su génesis en el egoísmo, la insensibilidad y el insaciable afán de lucro de los empresarios. Y en semejante contexto, se termina “razonando” que la propiedad es un robo, el impuesto una reparación social y el que delinque… es en el fondo un justiciero. Alguien que trata de sobrevivir y prosperar dentro de la ley de una selva que no eligió.

La libertad económica y el respeto por la propiedad privada que reclaman los liberales, son así ideas carentes de sentido o sólo ventajosas para las clases acomodadas.
La libertad sin dinero ni propiedades es sólo una palabra hueca que no sirve de nada.

En mayor o menor grado, todos los socialistas han alimentado este mito con pasión, explotando la confusa sed de revancha vengativa que anida en muchos seres humanos, secretamente resentidos contra la vida, sus antecesores, el destino, sus pecados electorales o la propia incapacidad.
La trampa es convincente porque mezcla premisas correctas con derivaciones falsas para llegar a conclusiones erróneas.
Es cierto que libertad sin propiedad no sirve de mucho pero lo inteligente es crear las condiciones para que todos puedan ser propietarios y tengan buenos ingresos. Lo cual sólo es posible en una economía libre protegida por instituciones eficaces. Jamás donde gobiernan los ladrones del esfuerzo, los sueños y el ahorro ajeno.
Es verdad que cierta violencia social puede ser engendrada por la falta de sensibilidad y el afán sin coto de riquezas pero no de los empresarios honestos sino de la corrupta oligarquía política, sindical y de pseudo-empresarios prebendarios, dueños de cuentas numeradas en el exterior y mansiones fastuosas.
Es cierto que la desesperanza puede conducir al disloque moral y a la delincuencia, como también es cierto que la condena a permanecer en la pobreza aún cuando la gente se esfuerce duramente para salir de ella constituye una grave injusticia. Pero la causa de estas situaciones aberrantes no es el mercado libre (que no tenemos en Argentina desde hace muchos años) sino el freno populista a las inversiones y a la acumulación del ahorro que derivan en la vil explotación del pueblo por parte del gobierno, que provee educación de mala calidad e impide por clientelismo la mejora en el nivel intelectual y de vida de los más indefensos, dado que allí se encuentra su negocio.
Un ejemplo muy actual de esto último puede verse en la deliberada destrucción del poder económico de una pujante clase media del interior rural que iba surgiendo al calor del trabajo duro, fuertes reinversiones, nuevas tecnologías y eficiencia productiva de punta.
La solución (negocio) progresista fue bajarles la caña en el morro haciéndolos retroceder de propietarios a proletarios para domesticarlos forzándolos a hincarse y estirar sus gorras a la espera de alguna moneda bajo la forma de subsidios.

Resulta obvio que ni el sistema de propiedad privada es un robo ni los impuestos son una reparación. Muy por el contrario, los impuestos (exacción no consentida) son el verdadero robo mientras que el respeto cabal por la civilizada institución de la propiedad es la llave maestra del ahorro, la inversión, el éxito y la satisfacción consumista de los oprimidos.

Por lo tanto, al delincuente no lo hace “la sociedad” sino el gobierno, con sus políticas violentas y desactualizadas, de un intervencionismo obsoleto de conveniente impedimento a la creación masiva de nuevos propietarios.
En última instancia, quienes crean, multiplican, alientan y crían delincuentes son las mujeres y hombres que apoyan con su voto a los candidatos del social-estatismo que nos gobierna y nos hunde en la ley de la selva desde hace muchas décadas. Violando los derechos individuales de futuros criminales, como el derecho a obtener una educación de alta calidad y empleos estimulantes y bien remunerados, al forzar medidas económico-legales propias de la era de los simios. Muy convenientes para la gente astuta “del campo nacional y popular” pero lapidarias para “el campo de la patria y el trabajo”.

(1) para ampliar en este tema, ver

Revolucionarios y Oportunistas

Abril 2009

Es lugar común de sabiduría popular afirmar que las crisis generan oportunidades. Una Argentina decadente y arruinada, que se debate entre manotazos de ahogada con el segundo peor gobierno de su historia (el primero, aún más divisionista, dañino y pisoteador de derechos transcurrió entre 1945 y 1955), clama por esa oportunidad. Y la confusión económica mundial podría ser, vista con alguna perspicacia, un pasaporte dorado con destino directo a la economía de la abundancia.

Por muchas razones, nuestro país está mejor preparado que otros para dar un salto de calidades y cantidades que, obviando etapas, nos coloque en pocos años entre el pelotón de vanguardia sin apelar a sacrificios extraordinarios. Excepto el sacrificio político e intelectual de colgar el orgullo en el perchero, admitiendo que nos fue mal porque durante más de 7 décadas hicimos del resentimiento y la deshonestidad nuestras pulsiones rectoras.
Toda una revolución mental por cierto, a primera vista imposible. Aunque a segunda vista podría no serlo tanto ya que el período kirchnerista tiene la dudosa virtud de estar haciendo visible hasta para los más tontos, los horrores morales y económicos del populismo (o fascismo socialista).
La república bajo ataque, sacude las conciencias y corazones de millones de argentinos de bien.

El mundo desarrollado se encuentra en problemas. Se trata de una crisis provocada por la siempre torpe intervención del Estado (esta vez el norteamericano) en el mercado de capitales a través del consabido, pedante despliegue de prohibiciones y ordenanzas regulatorias y contrarregulatorias inconducentes. (1)
El resultado de este dirigismo consiste y seguirá consistiendo en un impactante freno a la actividad económica, alta desocupación y… más estatismo.
No ocurrirá otra cosa ya que las superestructuras gubernamentales de Estados Unidos, la Unión Europea, China, Japón y demás potencias emergentes junto con las instituciones supranacionales del tipo de las Naciones Unidas o el Fondo Monetario están dirigidas por una muy numerosa y bien paga casta de burócratas que no permitirá que poder y privilegios se les escapen de las manos.
No importa que la solución correcta esté en dejar quebrar a banqueros irresponsables, inversionistas angurrientos y deudores imprudentes. La solución conveniente es más gasto público que pase por sus manos, salvando o estatizando a bancos, empresas y particulares aprovechadores, con dinero succionado de impuestos pagados por millones de contribuyentes que nada tuvieron que ver.

Planteado el derrotero de la crisis, deberíamos entonces ser, aparte de revolucionarios, oportunistas aprovechando la estupidez ajena para catapultarnos hacia arriba. Dejemos que los gobiernos del Primer Mundo exploten a sus pueblos y detengan así sus economías como mejor les parezca.
Argentina debería reinventarse como la alternativa distinta, la opción inteligente a la falta global de sentido común. La viveza criolla podría mostrar su lado constructivo, al menos por una vez.

Abramos nuestra nación a las riquezas indecisas de todo el orbe para hacer estallar nuestra cacareada potencialidad en una generación. La nuestra. Usemos sin culpa el dinero acumulado durante años por otras sociedades quitándoselo a nuevos desarrollos en sus propias industrias o en otras regiones.

Aprovechémonos sin escrúpulos del miedo a las caídas accionarias, a la pérdida de valor de las propiedades en países centrales y a los altos impuestos sobre capitales y ganancias.

Quebremos la solidaridad mafiosa con sistemas bancarios y financieros que funcionan en complicidad con Estados que violan los derechos a la privacidad documental y a la absoluta libertad en las transacciones.

Ignoremos las quejas que vendrán de gobiernos fiscalistas y parasitarios convirtiendo a nuestro país en verdadero paraíso fiscal, refugio de fortunas, destino de negocios, meca de inversiones y centro financiero internacional con una legislación de avanzada para el control del dinero sucio combinada con el mayor respeto por las decisiones y bienes de los inversionistas.

Cortejemos el afán de ganancias y la ambición de extranjeros millonarios y empresas exportadoras en busca de expansión integrada facilitando el ingreso y absoluta protección de sus patrimonios en nuestro territorio. Si el dinero no tiene banderas, prestémosle la nuestra y que trabaje para nuestra gente.

Sustraigamos capitales de investigación, cerebros, artistas y emprendedores creativos a las sociedades más ricas del globo ofreciéndoles el entorno de libertad, apertura mental y respeto por la propiedad intelectual y económica más apropiado para su desarrollo.

Quitemos trabas al libre comercio, regulaciones laborales retrógradas e impuestos a propios y extraños, acercándonos a las presiones tributarias más bajas del planeta. Su consecuencia directa será el crecimiento exponencial de nuestra producción, seguida del crecimiento exponencial del bienestar de nuestro pueblo.

La gradualidad de estos cambios no debería superar los tiempos de un período de gobierno. Brindemos seguridad jurídica y estabilidad institucional con un Parlamento renovado que -para empezar- tome las riendas del desquicio actual plantándose con firmeza en algunas nuevas, pocas y expeditivas reglas consensuadas. Sin ceder ante la Presidencia ni ante la Corte frente a intentos de frenar el beneficio de sus representados.
Apartándonos de la confusión mundial, del apriete a los ciudadanos honestos de los países desarrollados y del juego vil de la costosa nomenklatura internacional podríamos mutar en “mosca blanca” del mundo, usando los errores ajenos en nuestro propio y directo beneficio.

Aunque tenemos el capital de inteligencia (escondido entre la actividad privada) suficiente como para manejar el caballo desbocado en que se transformaría nuestra nación lanzada a un crecimiento vertiginoso, esto es por ahora solo política-ficción.
Debemos sin embargo tener presente que las utopías inspiran, movilizan, entusiasman y cambian puntos de vista sobre cuestiones en las que el voto ciudadano puede ir marcando tendencias. Apoyando a los candidatos menos estatistas, por ejemplo.


(1) para más detalles, ver art. crisis de Octubre 2008

El Voto con Miedo

Marzo 2009

En Argentina se asimila legalidad a democracia y democracia a voto popular. Punto. Y falso ya que han existido y existirán sistemas legales con aplicación de una justicia muy superior a la que tenemos, sin democracia. Incluso sin Estado.
Y porque la democracia practicada como se la entiende aquí, de elegir cada 4 años un amo que haga lo que le venga en gana, es una caricatura impúdica, casi sin punto de contacto con el espíritu de nuestra Constitución.

En la Argentina de hoy el voto mayoritario pretende el poder de decidir sobre vidas, honras y fortunas, disponiendo de patrimonios y derechos privados hasta el límite de vampirismo o aniquilación que los incapaces (o “vivillos”) electos tengan a bien decidir. En un contexto tan primitivo e irracional, el voto de la gente adquiere una importancia monstruosa. Hipertrófica.
Es el vértigo del todo o nada. La ruleta rusa en cada elección.

Esta es la oscura realidad que todos sabemos existe, más allá de las bonitas garantías en contrario por escrito de nuestra carta magna.

Así las cosas, cobra desproporcionada importancia el “voto con miedo”: la decisión personal que deben tomar frente a la urna todos los ciudadanos colocados por este y otros gobiernos anteriores en una situación de equilibrio económico inestable.
Suman millones quienes dependen de “planes sociales”, quienes viven de jubilaciones insuficientes, quienes se resignan a un mal pago empleo público, quienes se consideran no preparados (por una educación oficial deficiente) para ingresar en una “economía del conocimiento” o quienes piensan con horror que desapareciendo la maraña de subsidios cruzados, frenos al libre comercio, muy altos impuestos e intervenciones sobre el dólar la inflación los devoraría. Más los parientes, proveedores y amigos de todas estas personas, que temen por las consecuencias que a ellos les generaría su caída desde el borde de subsistencia en que se hallan. Millones de personas que definen una elección, sobre la base de un voto temeroso rumiado sobre premisas falsas. Porque el criminal chantaje al que son sometidos opera al revés de lo que sus víctimas suponen.

Decenas de reflexiones constructivas, éticas y de sentido común podrían derivarse de esta brevísima exposición del problema pero limitémonos a lo básico.

Primero: nuestro país viene cayendo desde hace muchas décadas (también en los últimos 6 años) en los rankings internacionales que comparan todo tipo de desempeños. Desde índices de producción y exportaciones, pasando por índices de corrupción o de libertad económica hasta índices de pobreza, educación o mortalidad. La nación sigue hundiéndose y las agujas de todos los marcadores nos señalan alerta roja. Supimos estar en el puesto número 7 y ahora vamos por el ¿107? ¿Qué clase de argentinos seguirían apoyando “más de lo mismo”? Ya no hay lugar para distraídos y palurdos. El colaboracionismo se transforma cada día más en franca y vil traición a la patria. Y esto no es gratis: se paga con más miseria, humillación social y resignaciones.

Segundo: no existe (repetimos: no existe) otra forma de salir de la indigencia, de la precariedad económica, del equilibrio inestable que estresa y arruina la vida, que a través de la actividad productiva privada. Para lo cual se necesitan grandes inversiones, que sólo aterrizan donde hay seguridad jurídica y libertad económica garantizada. Jamás en sitios con gobiernos imprevisibles e impuestos confiscatorios.
Por lo tanto, millones de víctimas bajo chantaje deben saber que el sistema que podrían seguir sosteniendo por temor a perderlo todo, será el sistema que sin duda alguna los conducirá a perderlo todo, más rápido de lo que suponen. La desesperación que desnudan las últimas y temerarias maniobras del gobierno revelan la escasez de sus márgenes de tiempo. Nadie logró violar impunemente todas las reglas de la sana economía sin convocar al caos. Y el caos es la puerta del infierno para los que cuentan con pocos recursos de defensa. El ejemplo de los colapsos socialistas de 1989 y del 2001 todavía está fresco.

Tercero: no hay posibilidad alguna de que un eventual gobierno de la oposición relativamente más sensata, perjudique a los más vulnerables (se excluye a populistas y socialistas que siguen considerando justo el sistema que nos hundió: “quito por la fuerza y reparto lo que no es mío”). Porque ya no quedan en ese sector idiotas que coman vidrio.
Contrariamente a lo que se busca hacer creer, tal gobierno avanzaría con pies de plomo coordinando acciones de efectiva protección social con acciones de efectivo estímulo productivo.
Se han sugerido medidas de poderosa simpleza -incompatibles con el ciego odio ideológico del “modelo” actual- como la de computar a cuenta de impuestos, los aportes empresarios que se destinen a instituciones benéficas privadas (mucho más eficientes y menos corruptas que las estatales) y en menor medida (al principio) los que se destinen a fundaciones científicas, artísticas o culturales fomentando así el desarrollo y la creación de empleo estable de calidad en el llamado “cuarto sector”.
Con prioridad en la atracción de grandes capitales para dar “pleno gas” a la multiplicación de capacitación y empleos, se apuntaría a desmontar los insensatos impuestos “especiales” y regulaciones intervencionistas que asfixian e impiden el arranque de las locomotoras agroindustriales, petroquímicas, mineras, y de infraestructura concesionada entre otras con enorme poder multiplicador.
Los subsidios al consumo y los “planes” bajarían gradualmente en la medida que el despegue productivo genere demanda de trabajo y salarios crecientes para cada sector poblacional de la Argentina.
Un Estado más austero, más honesto y transparente, más cuidadoso de los resguardos republicanos y con ingresos crecientes en función del explosivo crecimiento “liberado” del sector privado podría sentar las bases de una Justicia más implacable y modernizada o de una función pública profesionalizada, con retribuciones que atraigan a los mejores elementos de la sociedad.

Nuestro país puede lograr en pocos años un bienestar sorprendente para todos, alcanzando objetivos que a otras sociedades les llevaría décadas. No debemos temerle al capitalismo, a la libertad, a la sociedad abierta ni a los empresarios más creativos y audaces.

El miedo no debería abroquelarse tras un voto retrógrado sino contra el modelo de mentiras, vendettas, envidias, odios, resentimientos, crasa ignorancia y bajezas que nos viene haciendo rodar por las escaleras de la decadencia.

Sociedad Abierta

Marzo 2009

Nos hallamos en la era del simio. Un tiempo donde prevalecen la violencia, la amenaza coactiva, las vejaciones humillantes, el despojo constante pretendiendo repartirse lo que pertenece a otro, las faltas de respeto y un temor primitivo a la represalia vil bajo el reinado de la ignorancia. Todos síntomas de escasa evolución cívica, que se manifiestan en nuestra Argentina siglo XXI con especial potencia y tozudez.

A diario vemos a amables abuelas, jóvenes llenos de nobles ideales, sesudas abogadas de edad mediana, trabajadores del comercio, enfermeras y viejos maestros retirados así como a amas de casa, ejecutivos bancarios o sacerdotes católicos sostener abiertamente que sus ideas son más bien “de izquierda”.
Millones de personas votan y se movilizan con un trasfondo ideológico de simpatías “progresistas”.
Creen (¿de buena fe?) que una fuerte presencia del Estado es imprescindible para promover la creación de riqueza, lograr que ésta se distribuya con justicia a través del tejido social y para mantener bajo control tanto el caos interno como la rapiña de poblaciones foráneas.
Piensan, ante todo, que es muy necesario sujetar el “egoísmo” capitalista dentro de límites estrictos para obligar a la caridad con los desfavorecidos, en la “jungla del mercado libre”. Todo conmovedoramente altruista y humanitario. De avanzada y generosa conciencia social.

Y mirando al piso cuando a renglón seguido admiten que el fin justifica los medios, al aceptar que para tratar por esa vía de conseguir estos fines es necesario aplicar violencia contra personas pacíficas que a nadie habían dañado, robándoles (quitarle a otro mediante amenaza algo que le pertenece fue, es y será siempre, robo) una parte importante del fruto de sus trabajos, ahorros y capital de producción. O entorpeciendo y recortando mediante leyes injustas, su derecho de vender, comprar, donar, trasladar o disponer libremente sin impedimentos artificiales de lo que es suyo. Mirando también para otro lado cuando la historia les demuestra que jamás Estado alguno creó riqueza y que cada vez que pretendió redistribuir por la fuerza la riqueza creada por el sector privado sólo logró caídas de productividad, de inversión, de tasa de capitalización, de crecimiento y de calidad y cantidad de empleo perjudicando con crueldad a los más pobres.
Y que las sociedades que menos “sujetaron” al egoísta ¡oh porca casualidad! son las que hicieron historia aumentando el nivel de riqueza social, el número de propietarios, el acceso al bienestar y los índices de inclusión.

En lo que respecta a los cuentos del caos y la rapiña foránea, son sólo eso: cuentos funcionales a la enriquecida y bien cebada oligarquía política, sindical y de empresarios cortesanos.
Las personas pensantes saben que lo que provoca caos social y rapiña es la miseria sostenida por el freno socialista a la inversión, el desastre de los sistemas educativos y sanitarios oficiales, la justicia corrompida o los parlamentos serviles al tirano. En suma, la desesperanza. Calamidades todas derivadas en línea recta de la rapiña estatal sobre el sector productivo.

Por tanto, no es más altruista y solidario quien bendice con su voto al violento que quedará a cargo de perpetrar el robo sino el capitalista que se arriesga a invertir en algún negocio honesto.
Ese “egoísta” brindará mejores oportunidades de empleos bien pagos contribuyendo al progreso económico general, con arreglo al mérito de cada uno.

Comprobaremos entonces que tanto la dulce anciana como el buen maestro del ejemplo son seres que abominan de la no violencia, de los acuerdos y desembolsos exclusivamente voluntarios y del respeto total por el libre albedrío del prójimo, sus libertades y derechos. Retrocederían como frente al mismo diablo si se les propusiera poner sus “nobles” ideales distributivos en práctica entre quienes sostengan estas ideas, sumando a quienes así lo deseen sin obligar a otros con un garrote a hacer lo mismo.
Nuestra amiga abogada progresista de edad mediana y el sacerdote de simpatías izquierdistas odian la libertad de elección (la ajena, claro), desean una sociedad cerrada y están prontos a garrotear al prójimo para que entregue de una vez la bolsa, votando “en democracia” sicarios que lo hagan ensuciándose las manos por ellos. Se encuentran aún inmersos en la era del simio.

Los “simios” violentos y totalitarios son legión en nuestra postrada república, que involucionó desde el luminoso camino de sociedad abierta que habían marcado prohombres de la talla de Alberdi, Sarmiento, Pellegrini o Alvear.
De haber seguido los sabios principios liberales de los padres del éxito nacional -de remoto desierto semisalvaje a potencia económica y cultural en pocas décadas- hoy estaríamos disfrutando de un nivel evolutivo muy distinto.
Con nuestros recursos naturales, con nuestra innata creatividad y capacidad (apreciada por otros cada vez que un argentino cualquiera descolla trabajando afuera, dentro de un sistema que lo estimule a crear y ganar), con nuestra calidez y hospitalidad multicultural seríamos a esta altura un país extraordinario.

La sociedad abierta hacia donde avanzaba la Argentina del Centenario hubiese evolucionado por un derrotero de libertad e inteligencia aplicadas. Derrotero opuesto al del fascismo ladrón y al del obtuso socialismo nacionalista, que signan la caída y el arrodillamiento de la patria desde hace más de 50 años.

Nuestro ingreso per cápita se situaría hoy entre los 3 o 4 más altos del mundo. No habría casi desocupación, incultura ni pobreza. Nuestra población estaría mejor distribuída con poderosos polos productivos en todo el interior, sería más numerosa y habría incorporado nuevas oleadas de inmigración calificada. Nuestra economía habría entrado de lleno haciendo punta en un plano post-industrial de alta tecnología, situándonos por PBI entre las 7 u 8 sociedades más ricas del planeta.
Inteligente y precozmente globalizados, nuestro mercado sería la humanidad, el prestigio de nuestros productos especializados altísimo y el nivel de vida de nuestra gente envidiado por todos.
Y probablemente nuestros líderes estarían sentados en la reducida mesa donde se deciden los destinos del mundo, aportando sensatez, apertura y solidaridad para con pueblos atrasados, víctimas de gobiernos violentos e ignorantes.

Tal vez podamos decir un día “¿comprende? No era usted. Era el sistema”.

Constituciones

Marzo 2009

Es sabido que nuestra Constitución Nacional, creada a mediados del siglo XIX, lleva una fuerte impronta de la Constitución de los Estados Unidos, creada a fines del siglo XVIII.
Nuestros Padres Fundadores se inspiraron en ella, atentos a la admiración que causaba en todo el orbe el sistema de libertades con estrictos y bien pensados controles al poder del gobierno, que estaba haciendo prosperar de manera espectacular a la joven república del norte.

El modelo norteamericano -más preclaro hoy que nunca- se basa en algunos conceptos-fuerza que pretendieron asegurar las libertades individuales y la propiedad privada (dos conceptos gemelos, interdependientes e indivisibles) contra el poder del Estado, que durante toda la historia había demostrado ser la mayor fuente de violación a estos principios, de despotismo, servidumbre forzada, violencia innecesaria, amenazas, corrupción, y la mayor fuente de limitaciones al crecimiento económico y cultural de la gente común. Vale decir, de las mayorías pobres con honestas inquietudes de progreso.

Se procuró salvaguardar estos derechos diseñando un sistema de gobierno no definido como democracia sino como república.
Se reconoce allí que los derechos de las personas nacen con ellas mismas, son más importantes y existen antes que el Estado. Por tanto, el Estado republicano se crea como mero servidor secundario, responsable de la custodia de estos derechos anteriores a él mismo. Esta es la misión protectora de los gobiernos, quienes de ningún modo están autorizados a reducirlos, condicionarlos o destruirlos.
Sistemas de elección indirectos y fragmentados, Estados federales con gran autonomía en atribuciones soberanas así como una cuidadosa división de poderes con complejos reaseguros de controles mutuos procuran asimismo minimizar el peligro del despotismo de las mayorías. Tenían muy presentes las sabias palabras de Cicerón: “el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y el nombre del pueblo”.

Con base en lo anterior, también ponen reparos a la formación de un gran poder militar y al involucramiento en guerras y conflictos innecesarios, que se transforman rápidamente en excusas para recortar libertades personales, reducir la transparencia de los actos oficiales y aumentar la intervención sobre la economía.

Se defiende igualmente el derecho a la tenencia y portación de armas entendiéndose esto en la justificada desconfianza de los constituyentes hacia el poder del Estado, que siempre ha pretendido detentar el monopolio de la violencia y la fuerza armada como elemento de dominio y amedrentamiento sobre toda la sociedad.
La disuasión por las armas debe estar en todo caso del lado de los propietarios. Si el gobierno se asemeja a un custodio contratado para proteger nuestros derechos, autorizaremos que porte armas mas no por ello le entregaremos las nuestras ya que nos colocaríamos en estado de indefensión frente al propio empleado. No tiene sentido, por otra parte, prohibir el uso de armas a quienes no están inclinados a delinquir.

Se pone énfasis asimismo en la inviolabilidad de la libertad de prensa en todos sus aspectos como garantía ineludible a la existencia del republicanismo y en la indispensable garantía que también representa el funcionamiento de una Justicia que defienda siempre la primacía de nuestros derechos individuales en toda circunstancia y sin excepciones, por sobre eventuales legislaciones injustas. Por supuesto defienden también el derecho a la libertad religiosa y a la privacidad de los datos financieros y personales tanto como del domicilio por sobre las pretensiones invasivas que con demasiada asiduidad y facilidad logran los aparatos fiscales y de investigaciones del Estado.

Como todos podemos ver, los propios estadounidenses han ido alejándose de los prudentes preceptos de su Constitución. Y es esa sin duda la causa principal de su relativa decadencia económica, de la mengua de su estatus de ejemplo de civilización en libertad y de la mala imagen internacional que genera su torpe actuación como gendarme del mundo.
Nuestra Constitución, pensada y redactada por próceres imbuidos de los mismos sabios principios, registra una violación todavía más flagrante, desaprensiva y torpe.
Lo que se logró mientras estos principios constitucionales fueron medianamente respetados hasta los años 40 del pasado siglo y lo que decaímos desde que fueron abandonados a partir de esa fecha puede traducirse en algunos datos objetivos de gran contundencia.
Tal sería el caso de un somero análisis de la evolución de nuestro PBI en comparación con el de algunos países. Veamos.

Con cifras tomadas en millones de dólares a moneda constante, tenemos que hacia 1820, el PBI argentino era de 799 millones, el de Brasil era de 3.105 (4 veces más), el de España era de 12.970 (16 veces más) y el de Estados Unidos de 12.412 millones, similar al español.
Las superpotencias eran Francia y el Reino Unido, con PBI de 38.423 y 35.129 millones de dólares respectivamente.

Hacia 1890 y con nuestra Constitución ya obrando su efecto, tenemos que Argentina llegaba a 8.885 millones (con un crecimiento real que galopaba al 10 % anual promedio desde 1880), Brasil tenía un PBI de 11.270 (sólo 20 % mayor al nuestro), España 32.793 (sólo 4 veces más) y Estados Unidos 214.712 millones (24 veces más que el argentino), habiendo dejado atrás a Francia (95.000) y al Reino Unido (144.719).

En 1930 el PBI argentino ya era de 51.360 millones, el de Brasil 36.618 (28 % menor), el de España 65.685 (sólo 22 % mayor) y el de Estados Unidos 768.272 millones, sólo 15 veces mayor al nuestro. La locomotora argentina iba descontando ventaja al gigante norteamericano, ya era la segunda economía de América y (aprox.) la séptima del mundo.

El abandono de los mandatos constitucionales de respeto por los derechos individuales y la propiedad privada que había empezado gradualmente antes de 1930, se fue acentuando a partir del golpe militar de aquel año y alcanzó su más perfecta culminación a mediados de la década de 1940.
Nunca más volvieron a aplicarse y el nuevo populismo (al menos en lo que respecta a su falta de respeto con esos principios) se tradujo en un rosario de mandatarios civiles y militares enemigos del claro legado ideológico y moral de nuestros Padres Fundadores. Tomemos como muestra el principio, un intermedio y el fin de este último período, analizando el desempeño nacional.

En 1943 el PBI argentino era de 65.875 millones. El de Brasil 60.339 (todavía un 8 % menor que el nuestro) y el de España, 63.449 millones (3 % inferior). Los Estados Unidos tenían para ese entonces (plena guerra mundial) un PBI de 1.581.094 millones, 24 veces más grande que el argentino.

Ya para 1976 (caía el gobierno de Isabel Perón) nuestro PBI era de 213.232 y el de Brasil, 498.823 (57 % mayor al argentino). El PBI de España era de 333.720 (36 % mayor) y el de los Estados Unidos 3.701.163 millones.

Las cifras actuales nos ubican en un panorama desolador: el PBI argentino es de 338.700 millones mientras que el brasileño alcanza 1.665.000 (5 veces el nuestro) y Estados Unidos 14.330.000 millones, con una economía que nos supera más de 42 veces.
Huelga cualquier comentario, ya que la explicación más cruda al empecinamiento esquizofrénico en autoliquidarnos que nos caracteriza, consiste en que nuestro Estado le teme a la prosperidad porque prefiere la redistribución de la pobreza, que garantiza las ventajas que para sus integrantes y amigos significa el control de la Caja.

La gigantesca trampa caza-bobos que representa el mal llamado “Estado de bienestar” fue desnudada con humor por el ex presidente norteamericano Ronald Reagan, quien dijo en una ocasión “aparentemente hay más conciencia de algo que nosotros los estadounidenses hemos sabido por algún tiempo y es que las diez palabras más peligrosas en el idioma inglés son: hola, soy del gobierno y he venido aquí para ayudar”.

Contrafáctica

Febrero 2009

La historia contrafáctica es el desarrollo teórico con base en la historia real, del conocido ¿qué hubiera pasado si…?
Diversos autores a lo largo del tiempo, han practicado este ejercicio imaginativo para algunas encrucijadas históricas permitiéndonos visualizar muy gráficamente aquello “de lo que nos salvamos” tanto como aquello “de lo que nos perdimos”.
Lo que nos permite extraer ciertas conclusiones y en definitiva, aprender algo más sobre lo actuado.

Los historiadores saben que lo que parece un avance lineal de acontecimientos inevitables es en realidad el resultado de miles de factores e imponderables interactuando en un caos escasamente controlado. Y que multitud de instituciones y creencias que hoy aceptamos cual verdades eternas, de ningún modo lo fueron en el pasado ni está escrito que lo sean en el futuro. Solo son estadíos transitorios producto de una superposición de ignorancias, golpes de audacia, indecisiones, circunstancias confusas o casualidades.

Podemos usar esta idea imaginando una posible evolución de la humanidad a lo largo del último siglo, en ausencia de la depredación mafiosa, los enfrentamientos y guerras inútiles o el brutal freno a la libertad creativa llevada a efecto sin excepción por los Estados nacionales.
Sabemos por otra parte que una y otra vez a lo largo de milenios de historia, desde las sociedades primitivas hasta las polis griegas de la edad clásica, desde la Irlanda libre de los siglos VII al XVII a las ciudades-estado renacentistas, desde el libertarianismo Jeffersoniano de la independencia de EEUU hasta la critarquía de Somalia en los ’90 entre muchos otros emocionantes intentos, las personas han tratado de vivir su vida en libertad, sin dañar a otros ni ser agredidos. Sin parásitos sobre las espaldas ni pistolas en la nuca para obligarlas a hacer y pagar aquello que voluntariamente no harían ni costearían.
El descreimiento general en la aptitud de los Estados para asegurar felicidad y progreso es de larga data y está plenamente justificado. Las modernas superestructuras estatales que segregan a la humanidad en naciones y erigen costosísimas burocracias destinadas al control de los seres humanos así encapsulados en casi todos los aspectos de sus vidas, han sido lapidarias para la mejor evolución de nuestra especie.

Paz, libertad comercial y financiera, creatividad económica y su consecuencia: creatividad científica, libertad de elección absoluta de forma y lugar de vida, justicia y seguridad imparciales sin hijos ni entenados, educación para la responsabilidad individual y la no violencia, destierro del cobro compulsivo por servicios “públicos” no solicitados y del cobro compulsivo para usufructo de la nomenklatura política y sus amigos han sido virtudes inexistentes en nuestro tiempo. Y por eso también han sido inmensos los frenos al progreso, al respeto y la felicidad de la gente.

Un mundo con más libertades individuales y menos superestructuras violentas (más sociedad y menos Estado), hubiera resultado en la inexistencia de los problemas más graves que en el presente amenazan a la humanidad.

El gobierno nos pide, por ejemplo, que ahorremos energía eléctrica, petróleo y agua potable. Se trata de bienes escasos que debemos cuidar cuya producción y consumo implica, además, una agresión a nuestro entorno ecológico.
La verdad es que nos enfrentan ahora a problemas que no deberían haberse presentado nunca. Problemas originados en los inmensos frenos al avance de la civilización aplicados por estas toscas superestructuras de control y ahogo productivo -los Estados nacionales- durante largas décadas.
La ausencia de impedimentos tales como falsos conflictos internos y externos, excesivo reglamentarismo, corrupción y burocracia prebendaria se hubiese traducido en una explosión de inversiones, producción, creatividad privada e investigación aplicada muchísimo mayor a la verificada hasta ahora. Lo que hubiera generado a su vez un nivel muy superior de bonanza económica general, de avance de las ciencias y de la tecnología (tanto como de la solidaridad, las artes o la educación), con soluciones preventivas a los problemas que hoy enfrenta, estúpidamente, nuestro planeta.

El mundo ya estaría siendo movido por combustibles como el hidrógeno (el elemento más abundante del universo) y las energías solar, eólica, geotérmica o mareológica, de escasa polución y virtualmente inagotables. Con base en estas disponibilidades, ya habría también abundante oferta de agua potable para todos obtenida tanto de la desalinización de aguas marinas cuanto del reciclado de las contaminadas. Nuevas tecnologías aplicadas en ingeniería genética y manejo climatológico tendrían ya en práctica soluciones imaginativas y sustentables para los problemas del hambre (mayor producción de alimentos), de un gran número enfermedades o del efecto invernadero entre otros.
Minimizada la dependencia del petróleo, disponibles las soluciones a los dilemas del hambre y la sed, avanzando hacia un ambiente de enriquecedora tolerancia multicultural sin tanta frontera discriminante, tenderían también a desaparecer los motivos que hacen de las guerras y los odios un drama recurrente. Motivos que hacen de los Estados una necesidad, sólo en apariencia inevitable.

Las limitaciones y sufrimientos impuestos por nuestros gobiernos no eran inevitables. Nos fueron endosadas como subproducto de su angurria y de su impericia.
Deberíamos estar disfrutando de toda la energía barata que nos viniese en gana gastar, usando toda el agua que considerásemos necesaria para nuestro solaz y movilizándonos en más veloces, potentes y accesibles vehículos tanto como deseáramos, sin culpa alguna, entre infinidad de otras ventajas y mejoras a nuestro nivel de vida.

Y señores; cada vez que un gobierno los conmine a circular a 80 por una ruta estrecha, piensen que esa molesta prohibición es otro ejemplo de nuestra pesada lápida estatista. A esta altura de la historia, la seguridad vial no pasa por reducir velocidades que todos deseamos aumentar sino por el ocultamiento de que deberíamos tener decenas de miles de kilómetros de ultraveloces autopistas inteligentes, y de que muchos argentinos mueren a diario, precisamente por no tenerlas. Aunque viajen a 80.

Patriotismo Inteligente

Enero 2009

¿Queremos recuperar las Malvinas? ¿Queremos que la República sea escuchada con atención, con respeto, con interés y -porqué no- con prudente temor por la comunidad internacional? ¿Queremos ser uno de los faros morales y económicos del planeta? ¿Queremos que nuestra moneda nacional sea buscada, atesorada y valorada por los extranjeros, que sea unidad de cuenta y refugio seguro frente a crisis provocadas en otras partes por Estados irresponsables? ¿Queremos que nuestra bandera sea reconocida con admiración y que nuestro país sea objeto de deseo por parte de la emigración industriosa, de los innovadores de punta, de los artistas e intelectuales de excelencia o de los más poderosos capitales de la producción? ¿Queremos sentirnos orgullosos del bienestar superior de nuestra sociedad, de un crecimiento que asegure el futuro de nuestros hijos y de una solidaridad generosa con poblaciones menos afortunadas, víctimas de gobiernos de ladrones e ignorantes?
Finalmente y como directa derivación de lo anterior ¿Queremos no uno sino cinco trenes bala y la modernización de los ramales existentes? ¿No diez sino cincuenta mil kilómetros de autopistas? ¿No un plancito estatal de cien mil sino un aluvión productivo de cinco millones de autos nuevos para todos los argentinos? ¿Y no treinta mil viviendas “soviéticas” en guetos monoformes como parideras en serie sino tres millones de nuevas casas confortables, con buena tecnología, ubicación y diseño, tan individuales y distintas como sus dueños, para todos aquellos que hoy no podrían pagarlas?

Si la respuesta a estas preguntas es “sí”, debemos entonces dejar de votar a traidores vendepatrias.
Porque patriotismo es amor a la patria. Y amarla es desear verla poderosa y respetada. Solidaria y rica. Admirada por sus logros morales y económicos. De población bien alimentada, bien educada, bien vestida, gozando de altos niveles de ingresos generales y de las ventajas de una civilización superior. Respetuosa de vidas y derechos, pacífica, culta, abierta y avanzada. Dando ejemplo de inteligencia social.

Los individuos que nos gobernaron durante los últimos 25 años de democracia ininterrumpida, apoyados en el voto incuestionable de la mayoría, así como la mayor parte de los legisladores de la oposición, también votados por importantes e incuestionables primeras minorías, sabotearon sistemáticamente el logro de estos nobles objetivos. Lo hicieron aplicando a todos (también a quienes no los avalaron con el voto) sus antiguas recetas de paleo-política y paleo-economía. Las que nos aseguraron el desprestigio y la decadencia. El embrutecimiento y la desnutrición infantil. Así como la prosperidad, claro, para avivados, vagos y mafiosos encaramados a la coacción estatal.
Con gravísimos errores de visión que se originan al fijar la prioridad en los efectos que una medida tiene a corto plazo y sobre un reducido sector en lugar de atender al largo plazo, a las oportunidades globales y a toda la sociedad en su conjunto.
Con gravísimos errores de apreciación moral de políticas y políticos que pugnaron por llegar a cualquier clase de poder que los habilitara para enriquecerse burlando consecuencias judiciales y a prostituir las instituciones republicanas, el federalismo y la misma Constitución Nacional en su directo beneficio.

Han lucrado sobre la sangre de los indefensos aniquilando su derecho a una vida mejor. Han promovido la inseguridad y cosificado nuestras vidas con un estatismo trasnochado y corrupto que jamás funcionó en parte alguna.

Han vendido nuestra Patria por un plato de lentejas. Traicionando a nuestros próceres y a nuestros padres fundadores; a San Martín, Belgrano, Alberdi y a Sarmiento.
En nuestras ciudades del interior, las “lentejas” son ahora algunas obras públicas (con dinero sucio, saqueado a sus legítimos propietarios) destinadas a comprar lealtades de voto que aseguren la perpetuidad de la ignominia.
Malvinas nunca estuvo más lejos. Jamás fuimos tan irrelevantes en el mundo. Nunca considerados tan soberbios en la necedad de nuestra ignorancia. Nuestra moneda no es atesorada por nadie y nuestra bandera va camino de simbolizar al “vivo” que se jacta de meter un gol con la mano, al guerrillero sicópata homicida de máscara romántica o a las que azuzan el odio de clases y la amenaza airada como motor de la historia. Esa es la dura realidad.
Nos sentimos humillados ante naciones con menos recursos humanos y naturales, que nos van dejando en la polvareda.

Es necesario acabar de asumir que votando delincuentes, mafiosos, pedantes ineptos o cavernarios anclados al pasado seguiremos remachando la tapa de nuestro propio ataúd colectivo. Precisamos un patriotismo inteligente que frene nuestro desbarranque y gire 180 grados hacia la decencia y la comprensión popular de cómo se crea la riqueza de las naciones.

Durante décadas nuestras mayorías practicaron un voto “no positivo” en favor de impedir la acumulación de capital.
Tiremos toda esa basura socialista por la borda y practiquemos este patriotismo inteligente difundiendo entre las personas poco informadas las virtudes de la libertad, la responsabilidad personal, la no violencia social ni económica y los enormes beneficios de un capitalismo popular creador de empleo y oportunidades verdaderas para todos. La soberanía sobre Malvinas y todo lo demás, vendrá solo.

Voto Cantado

Enero 2009

Los partidos políticos que compitieron por la presidencia de nuestra nación en los comicios de los últimos 25 años, pueden ser separados con bastante claridad en dos grandes grupos.

Por un lado están aquellos cuya tendencia general se orienta a dar preeminencia al respeto por los acuerdos particulares, por los derechos de propiedad privada, por la libertad de comercio, por un rol subsidiario del Estado (el gobierno no debe involucrarse en la solución de problemas y necesidades que pueden ser resueltos por la actividad privada), por el respeto a la plena vigencia de las instituciones republicanas, la independencia de poderes, el federalismo y la Constitución. Las personas que apoyan o conforman estas agrupaciones, además, tienden a ser poco tolerantes con las faltas de ética, transparencia, austeridad y honradez en las acciones de gobierno. O al menos son estos, postulados reiterados en la imagen y el discurso.
Estos partidos son conocidos como liberales o de centroderecha.

Y por otro lado están aquellos cuya tendencia general se orienta a dar preeminencia a lo colectivo, a la propiedad condicionada, al intervencionismo económico y a un rol preponderante del Estado en la vida diaria. Tienden a pensar que el fin justifica los medios y no dan mucha importancia a la pureza del funcionamiento republicano y constitucional, subordinando los principios a las urgencias. Las personas que apoyan o conforman estas agrupaciones (mayoritarias, desde luego), tienden a ser tolerantes con la corrupción y el enriquecimiento de sus referentes, no viendo relación alguna entre estas tendencias y la desgracia argentina en general. Son los partidos conocidos como populistas, socialistas o nacionalistas.

Repasando los resultados de las seis elecciones sucesivas habidas desde el retorno a la democracia hace un cuarto de siglo, vemos que nuestros conciudadanos apoyaron las ideas “populistas” impidiendo la prueba de los postulados “liberales”, con la siguiente contundencia (en números redondos):

1983
populistas……………….... 14.625.000 (97 %)
liberales………………....... 327.000 ( 3 %)
en blanco o no votaron.. 2.915.000 (16 % del padrón)


1989
populistas……………….......15.347.000 (92 %)
liberales……………….......... 1.397.000 ( 8 %)
en blanco o no votaron….. 3.150.000 (16 % del padrón)

1995
populistas……………….......16.691.000 (96 %)
liberales………………............. 703.000 ( 4 %)
en blanco o no votaron...... 4.630.000 (21 % del padrón)


1999
populistas……………….......17.090.000 (90 %)
liberales………………........... 1.859.000 (10 %)
en blanco o no votaron…... 5.050.000 (21 % del padrón)

2003
populistas……………….......16.085.000 (83 %)
liberales………………........... 3.302.000 (17 %)
en blanco o no votaron…... 5.747.000 (22 % del padrón)

2007
populistas………………........17.700.000 (97 %)
liberales………………............... 548.000 ( 3 %)
en blanco o no votaron….... 8.824.000 (32 % del padrón)

Con el fin de aventar confusiones aclararemos que candidatos presidenciales de este período como los señores Lavagna y Menem o la señora Carrió, por ejemplo, no pueden ser situados en el bando “liberal”. Son, por tanto, básicamente “populistas” ya sea por su tendencia hacia el Estado papá (sistemas de simpatía con el mal llamado “Estado de bienestar”), ya sea por su innata corrupción estructural o su inevitable “capitalismo” prebendario y deuda-dependiente entre muchas otras cosas.
El caso actual del señor precandidato Reutemann, por caso, tampoco difiere en esto.
Como sea, los populistas han monopolizado la escena, el control, las decisiones y la representación del país, sin duda alguna, durante este período.

Los resultados de esta elección son claros: por citar algunos ítems, aumentos de pobreza y desocupación, altísimo endeudamiento, inseguridad, deficiente educación y salud públicas, graves caídas en productividad interna y competitividad internacional, constante aumento de la voracidad fiscal, ausencia consecuente de inversión extranjera, notable desprestigio y brutal descenso en casi todos los rankings de comparación global, aún a nivel sudamericano.
Podemos concluir entonces con certeza… que estamos eligiendo mal. Un espejismo cíclico de euforias triunfalistas y caídas catastróficas tratando de evadir una realidad que a cada nuevo y genial manotazo estatista, nos deja un escalón más abajo.

Las votaciones mencionadas son impactantes. Lapidarias. Reflejan impotencia, inmadurez, tendencia autodestructiva, sordo y sólido resentimiento ante la propia incapacidad, muy baja autoestima nacional y una gran dosis de cinismo. Porque convengamos que el núcleo duro de palurdos y palurdas que “no sabían” lo que apoyaban una y otra vez, son tan sólo algunas decenas de miles de personas.

La inmensa mayoría “se equivocó” adrede. A sabiendas de que pasaría a ser cómplice de gobiernos depredadores, vengativos y altamente nocivos para la Argentina del trabajo y la producción.
Fueron votos cantados. Rebeldes. A contra-conciencia. Desafiantes. Con sed de ver al que ahorra, invierte, produce, comercia y gasta en su comunidad con un buen dogal al cuello. Un gran método, ciertamente, para hacer pedazos a un gran país.

La tragedia argentina parece una demostración cabal de que la mayoría se equivoca siempre. De que la democracia no funciona porque no es otra cosa que una torpe variante de la dictadura (“dictadura de la mayoría”). De que la demagogia y el negociado siempre triunfan sobre la industriosidad y el costoso igualitarismo de méritos sobre las libertades personales de progreso.
Cayendo presas de la más triste desesperanza, si no fuera porque también sabemos de sociedades que fueron capaces de rectificarse sacudiéndose a los parásitos, a los bandidos y a los idearios criminales que los atascaban en el fangal de la decadencia.
¿Seremos portadores ocultos de las reservas de patriotismo inteligente necesarias para salir del marasmo socialista que nos asfixia y nos hunde?

Violencia

Enero 2009

En su reciente mensaje de fin de año, el Papa Benedicto XVI reiteró un precepto moral caro al catolicismo, tanto como a la mayoría de los credos religiosos: “debemos condenar la violencia en todas sus manifestaciones”.
Y resaltamos la palabra todas llamando la atención sobre violencias tal vez menos obvias que matar o golpear a otro ser humano aunque no por ello menos inmorales y dañinas.

¿No es violento acaso, impedir con premeditación que aquella señora empleada de comercio pueda comprarse un auto nuevo? El “progresismo” la forzó durante años a utilizar modelos viejos y ruidosos que se descomponían con frecuencia. O a caminar y apiñarse en transportes públicos para cumplir con sus obligaciones. O para irse de viaje. Desde luego, no puede pagar lo que cuesta el auto que razonablemente debería tener. Sin embargo sabe que en Estados Unidos, por ejemplo, un vehículo similar cuesta…casi la mitad. O sea un precio que ella sí podría pagar. Fue violentada por “alguien” que decidió -deliberadamente- que no tuviera un mejor nivel de vida, a pesar de ser ello factible. Y ese “alguien” obtuvo de eso una ventaja a sus expensas.
La diferencia de valores por ese auto aquí o allá no es culpa del fabricante argentino (la producción automotriz nacional trabaja con eficiencia y costos razonables) sino del gobierno y sus abusivos impuestos, que cargan sobre el precio final de venta hasta hacer huir a la señora de la concesionaria.
Si bajaran los impuestos hasta un nivel “razonable” (digamos el de Estados Unidos, por caso, aunque también es demasiado alto) el precio de venta al público caería en picada. Millones de argentinos podrían tener mejores autos.

¿Quién es el gobierno para arrogarse la autoridad moral de violentar a la señora negándole el derecho a tener el auto que eligió y que podría comprar? ¡Ella ni siquiera los votó!
Tal vez el del auto no sea el mejor ejemplo, teniendo en cuenta la confusión que aporta el "plan autos" lanzado por la presidencia. En realidad, un manotazo de ahogado para sólo 100.000 "beneficiarios" con dinero saqueado a las jubilaciones privadas, sin resignar impuesto alguno, a tasas elevadas y plazos cortos.
Debemos despertar a una realidad que el Estado procura ocultarnos: cada cosa que tocamos está cargada por una larga lista de complejos impuestos que encarece su precio en forma artificial.

Creando -con parlamentarios cipayos de la cleptocracia- leyes tributarias convenientes a sus intereses, el gobierno nos obliga mediante amenaza de violencia -a través de la fuerza pública- a pagar enormes sobreprecios. No solo por los autos sino por el pan, los zapatos, los lavarropas o los cuadernos. Por las computadoras, los pasajes, los cigarrillos o las revistas. Por la pintura, los juguetes, los alquileres o el atún en lata. Y por todo lo demás. Impidiéndonos conseguir todo aquello que necesitamos y que con seguridad podríamos comprar si sus precios bajasen… a la mitad.
Se dirá entonces: sin cobrar esto el Estado no podría subsistir. No nos importaría que los políticos, sindicalistas y vagos avivados se quedaran sin su curro y tuvieran que empezar a trabajar en serio como cualquiera de nosotros, pero ¿qué pasaría con todas las familias que sobreviven gracias a la asistencia social?

Volvamos entonces al ejemplo de la primera señora: quitando impuestos del medio, ella compraría el auto nuevo que desea. La concesionaria ganaría y también la empresa de camiones que lo transporta desde la fábrica. Ganaría la fábrica haciendo un vehículo más y también el importador que trajo las cinco gomas, su fletero y la compañía de seguros en tránsito. Derivaciones que podrían multiplicarse por mil y por los cientos de miles de autos nuevos que se venderían. O usados. Y por los millones de nuevos compradores de pan, zapatos, lavarropas o cuadernos, con sus cadenas de valor de producción, ventas y servicios conexos.

Fábrica de autos que vende más, gana más e invierte más para crecer en producción, aumentando sueldos y dotación de empleados, desde ingenieros y contadores hasta obreros y administrativos. Y genera más trabajos conexos para más personas. Muchas de ellas podrían tener una familia. ¿No serán las mismas que recibían del gobierno su “plan social” de subsistencia? El mismo “alguien” que impide a la señora mejorar su calidad de vida, impide a todos los que dependen de estos indignos subsidios mejorar igualmente sus niveles de vida, saliendo del desempleo y la carencia.

El freno a la violencia que representa la exacción impositiva redunda inevitablemente en prosperidad. Lo agresivo, lo que restringe libertades entorpeciendo mercados, además de incorrecto es un muy mal negocio social.
Coincidimos con el Papa: la violencia no es negociable en ninguna de sus manifestaciones.

Mas el negocio político corre por otros carriles y otros son sus intereses de clase. Los conocemos.
Buenos Aires se apresta a un nuevo aumento de impuestos, empezando por el de patente. Ya es una exacción elevada e inadmisible, por el sólo derecho a usar un auto que habíamos pagado con todos sus irritantes recargos.
Sabemos que en Estados Unidos (primera potencia mundial, recordemos) un vehículo medio sólo tributa quince dólares al año, adhiriendo un sticker al parabrisas.

Salta a la vista que nuestros gobernantes se encuentran seriamente confundidos o son muy cínicos, cuando nos exhortan a no evadir impuestos apelando al slogan “por una nueva cultura tributaria porque menos deudores es más justo para todos”. En estricta justicia, esas palabras deberían ser su propia medicina ya que la nueva cultura tributaria es comprender que los tributos deben descender a marcha forzada con firme tendencia al cero.
Y que los deudores del sistema son todos los que, desde hace muchos años, viven y prosperan a costa del esfuerzo y el capital ahorrado por otros. La clase política y sus esbirros recaudadores en primer término.

Desesperanza y Complicidad

Diciembre 2008

Nuestra democracia está hueca. Vacía. Convertida en máscara mortuoria, cartón pintado y pantalla legal que sólo sirve a una minoría depredadora para ocultar la verdadera cara del horror.
Recientes encuestas dan cuenta de que el 80 % de los jóvenes descree de la democracia. Y que el 86 % de la población descree de la igualdad de la Justicia, de su independencia y de su funcionamiento. No es para menos y sería extraño que fuese de otra manera.
Sin retroceder demasiado, quienes esto leen fueron y son testigos presenciales de 25 años ininterrumpidos de prostitución de un sistema (el democrático) que tampoco había funcionado en el pasado. Nunca. Ni siquiera en tiempos de los gobiernos conservadores, cuando nuestro despegue hacia el estatus de gran potencia asombraba al mundo. Sostener lo contrario es hipocresía lisa y llana.

La evidencia de su ineficacia no sería tan impactante si, al menos del 83 hasta hoy, los gobiernos hubiesen respetado aquello de “representativa, republicana y federal” con decisión incorruptible.
Lo que presuponía división real de Poderes y perfecto funcionamiento del sistema de controles independientes previstos en las leyes fundacionales. Ello no sucedió y la decadencia argentina es hoy un drama que impacta con crueldad en el nivel de vida, sobre todo, de las familias más necesitadas.

Lo cierto es lo que tenemos: el peligrosísimo “aparato” estatal con la suma del poder público y todos sus resortes coactivos en manos de una minoría cuyos nortes son la siembra del odio, la expropiación impositiva, el negociado, el premio a la obsecuencia y un costoso pseudo-capitalismo subsidiado, tanto como el castigo y el ostracismo a todos aquellos que ostenten un espíritu de libertad para producir y comerciar o de respeto por la dignidad de las personas con sus derechos individuales de propiedad y elección.

Con dirigentes que no poseen ninguna de las virtudes necesarias para actuar como patriotas desinteresados, y que poseen en cambio todos los atributos e historias personales necesarios para la conformación de una asociación ilícita dedicada a fines inconfesables. Una verdadera kakistocracia (del griego kakistoi; el gobierno de los peores) o bien, vulgarmente, una mezcla de mentirocracia y ladrocracia.
Todo muy lejos de la democracia republicana con sus férreas garantías constitucionales. Todo muy cerca de un híbrido mafioso basado en el engaño histórico, la mentira constante, la ignorancia económica, una rampante falta de maneras y la impía, brutal utilización de la pobreza por ellos mismos provocada.

Esta trampa -que sus beneficiarios llaman democracia- fue armada con mayor o menor pericia y perfeccionada durante muchas décadas por peronistas y radicales con prolijo continuismo durante los gobiernos militares. Y es causa directa entre otras calamidades, de precariedad laboral y habitacional, desnutrición infantil, baja calidad educativa, falta de infraestructura, falta de inversión productiva, caídas en la competitividad y en la productividad nacionales.

La gente no confía en la Justicia ni en la honestidad de los políticos. Observa cómo sus vecinos no respetan las reglas (desde las impositivas hasta las de tránsito) y ve cómo otras sociedades a las que antes mirábamos de arriba, nos van dejando cada vez más abajo. Fracasando como inútiles.

Todo lo cual conduce directamente a la desesperanza, a una visión negra sobre las posibilidades de progreso personal por derecha y al abandono de los valores morales. Como la cultura del trabajo honrado, el respeto por lo ajeno y por las normas de convivencia social.

¿Para qué esforzarse trabajando con sacrificio durante toda la existencia para vivir miserablemente y terminar vieja/o con la salud quebrantada y una jubilación de hambre? Muchas personas preferirán, a ejemplo de su dirigencia, el camino fácil de la apropiación del producto del esfuerzo de otros.
Aunque puedan terminar mal. Porque verán como aceptable el riesgo de morir o de pasar años en una cárcel frente a la casi certeza de una vida de penurias, sin derecho al honesto “sueño argentino” de llegar a mayores sin sobresaltos y dejar a los hijos en una buena posición.
La aniquilación de la esperanza creó toda una generación de ciudadanos (¿ciudadanos?), estimada hoy en más de 800.000 hombres y mujeres de escasa instrucción, acostumbrados a esperar “derechos” bajo la forma de dádivas estatales, sin cultura laboral, propensos a la violencia como modo de expresión y a los vicios como modo de encontrar “felicidad”, aceptación o coraje.
El feroz crecimiento paralelo de la inseguridad en todo el país con el novedoso plus de las agresiones gratuitas no es algo casual, por cierto, y se conecta con lo anterior.

Con mala intención o sin ella, los políticos que crearon este “modelo”, los pseudo-empresarios, sindicalistas y amigos de lo ajeno que lo apoyaron no son otra cosa que criminales.

Cuando seamos llamados a las urnas se nos presentará la opción, cada vez más clara, de ser personas de bien (aunque sea votando en blanco) o de ser cómplices.
Muchos elegirán sin dudas ser cómplices de los criminales.
Su coartada será el anonimato del cuarto oscuro. Tirarán la piedra y esconderán la mano convencidos de que eluden su responsabilidad. Los ladrones totalitarios son muchos pero de ganar, no eludirán las consecuencias. Seguirán recayendo sobre ellos sus hijos y nietos. Y sobre nuestra patria, claro.

Por su parte el voto con miedo (a perder el plan social o el mísero trabajo estatal que detentan) condicionará otra vez a millones pero está en la misión de políticos probos e inteligentes (existen algunos, si) y de periodistas valientes, aventar estos temores-trampa con racionalidad y comprensión. Abriendo ventanas a la esperanza de un mañana que puede ser mejor, si no permitimos que nos sigan sobornando con monedas.
Como decía el gran Tato Bores: en tiempo de elecciones… ¡tengan cuidado de no agacharse en la calle para recoger esa moneda tirada!

Ignorancia

Diciembre 2008

Es conocida la afirmación de Buda de que la ignorancia es el origen de todos los males, igual que la sentencia de Sócrates de que el mal no es más que desconocimiento del bien y que por lo tanto un malvado no es otra cosa que un ignorante.
Las enseñanzas de estos y otros maestros remiten como anillo al dedo a la actualidad política y económica local.

Nuestros gobiernos son nocivos porque incurren en la maldad social de enriquecimientos ilícitos, ventajas a “empresarios” amigos, venganzas infantiles contra empresarios “enemigos”, nepotismo, fomento disolvente de resentimientos con codicia de propiedad ajena, devaluación de las culturas del trabajo, del respeto, de la honestidad etc. etc., acciones todas generadoras de concentración de capital y más pobreza.
Pero también son malos por una persistencia en el error económico atribuible a simple ignorancia.
La creencia en que la intervención del Estado es capaz de generar riqueza o incluso de distribuirla con equidad es reveladora de una profunda ignorancia.

Cuanto menos se esfuerce el Estado en utilizar su poder para reducir la desigualdad en la distribución del ingreso, más pronto disminuirá esta.

Está claro, y hasta un negado/a lo sabe, que el capitalismo es el único sistema creador de riqueza. También que el dinero y los emprendedores creativos que lo generan son muy recelosos, cobardes y poco afectos a ideas tales como patria y solidaridad.

Lo brillante de la exitosa idea capitalista consistió en admitir la realidad de que el ser humano es individualista y egoísta por naturaleza. Liberando esa enorme energía innata bajo algunas simples reglas de orden general, los liberales de los siglos XVIII y XIX lograron el más espectacular shock de avance creativo, productivo y de calidad de vida que el mundo hubiera conocido.
Se trataba del individuo egoísta “suelto” y protegido, trabajando duramente (y sin proponérselo) por el bien común a través de los fantásticos mecanismos del mercado libre.
El salto desde la miseria, la desesperanza y la esclavitud feudal fue tan grande que por fuerza generó situaciones transitorias de inequidad en los tiempos de acceso al bienestar para un enorme número de familias, que pugnaban a un tiempo por salir del infierno de siglos de sometimiento.

A más iniciativa individual y más libertad de negocios, se asistió por lógica a una disminución del control estatal. Al ver cómo se les escapaban poder y privilegios de las manos las aristocracias, mafias y camarillas intelectuales gobernantes usaron aquellos temores de río revuelto en su beneficio creando superestructuras socialistas de intervención que les permitieron seguir parasitando al pueblo productor.
Nuestra dirigencia estatista sigue esta senda de freno al progreso de las masas en libertad por una cuestión de conveniencia personal para las oligarquías violentas que hoy succionan riquezas: la política, la sindical, la de empresarios cortesanos y la de vagos que pretenden “derechos” a costa de la laboriosidad de otros.

Unos cuantos (demasiados) de estos aprendices de tiranos creen todavía con inmadurez rayana en lo criminal, que pueden cambiar la naturaleza humana mediante la acción política.
Contra toda la experiencia histórica de los genocidios soviéticos, nazis, chinos o vietnamitas. Contra toda la experiencia histórica del arco de fracasos socialistas de Suecia a Rumania o de Cuba a Chile. Contra toda la experiencia histórica de 78 años de empobrecimiento argentino, tras abandonar las libertades y respetos capitalistas que nos hicieran poderosos. Agrediendo económicamente a empresas y personas que a nadie habían dañado, y que sólo aspiraban a mejorar sus vidas trabajando sin robar a nadie.

Obviamente el “Estado de Bienestar” no existe. Es solamente una trampa caza-bobos diseñada por las oligarquías dominantes para seguir con sus negocios privados de espaldas al interés general. Las pruebas de ello son tan abundantes que basta con levantar la vista para percibirlas por doquier. Nuestro gobierno “popular” es el crupier de una gran mesa de ruleta que al grito de ¡cero! limpia una y otra vez todas las fichas sobre el tapete de juego.
Existe, si, el camino correcto. El camino honesto, moral y justo. Aquel que todos conocemos desde lo más hondo de nuestras conciencias: no agredir; no trampear; no robar. Respetar a todos en su persona y en su propiedad. Cumplir con el deber. Ganarse el pan, progresar y ayudar a otros mediante el propio trabajo duro y honrado. Gozar de nuestras libertades y derechos sin invadir los de nuestros vecinos. Responsabilizarnos de todos y cada uno de nuestros actos, incluido el de elegir a un dirigente que luego cause daños a un tercero.

Si en verdad el Estado quiere ayudar a los desprotegidos lo que debe hacer es apartarse. Quitarse del camino para liberar las energías productivas de toda la población.
Esto implicaría -entre otras cosas- reducir drásticamente todos los impuestos ya que constituyen el principal obstáculo para la inversión, la investigación tecnológica y el ahorro. El principal obstáculo para la creación masiva de empleos de calidad, para la capacitación y para el aumento de los sueldos. Para el consumo a todo nivel de todo tipo de servicios y productos (de gasoil a computadoras, de queso a materiales de construcción) cuyos precios están gravemente inflados por una abusiva cadena de tributos.
La inversión productiva es, sin dudas, la mejor solidaridad económica. Es el enseñar a pescar en lugar de regalar pescado.
Una gran rebaja de impuestos sería algo que los “recelosos, cobardes, egoístas y apátridas” poseedores del dinero ciertamente entenderían. Sería hablarles en su idioma.

Nuestro gobierno, claro, no quiere ayudar a los pobres, porque no le conviene. Se quedaría sin clientes. Pero aunque quisiera, no sabría cómo. La incultura agresiva que los caracteriza bloquearía la admisión necesaria y contrita de siete décadas de errores.

A Otro Perro con ese Hueso

Diciembre 2008


La acción depredadora del Estado es hoy más claramente visible que con otros gobiernos, y su enorme peso sobre la Argentina que trabaja y produce, más evidente para todos.
Mucha gente advierte con espanto que el ómnibus de nuestra nación se acerca a la curva acelerando a gran velocidad… con un adolescente alienado al volante.
Están dadas, así, algunas condiciones que propician el despertar de grandes sectores de la población a cuestionamientos largo tiempo abotagados al sopor narcótico del populismo.

Con reflexiones del tipo ¿Qué demonios estamos haciendo? ¿Cómo pudimos hundir de semejante manera un país como el nuestro? ¿Adónde acaba todo este raid suicida de violaciones a la propiedad privada? ¿Hasta cuándo vamos a seguir apoyando a los culpables fingiendo que no nos damos cuenta de su responsabilidad? ¿Cuál es el límite de traición a la patria y de humillación frente a otros pueblos necesario para que nos levantemos de la silla? ¿Qué ejemplo moral y qué inmanejable balurdo económico les estamos dejando a nuestros hijos? ¿Quiénes fueron los mal nacidos que armaron la trampera que destroza los tobillos de la república impidiéndole crecer con honestidad? ¿Falló la democracia que debía impedir el enriquecimiento descarado de sucesivas castas de crápulas? ¿Cuál fue nuestra participación en este modelo socialista de “quito, me robo y reparto lo que no es mío” que nos va africanizando sin remedio?

Veamos. Un delincuente “convencional” que roba, secuestra, extorsiona, amenaza y hasta golpea o mata tiene, a pesar de todo, cierta decencia: no miente diciendo que hace estas cosas para ayudar y proteger a otros. No pretende tener el derecho de aplicar violencia sobre su víctima. No la persigue durante toda su vida exigiéndole dinero, sumisión a sus reglas mafiosas y callado respeto. Y acepta la responsabilidad de saberse un abusador, que puede ser capturado y castigado por sus fechorías.

El Estado nacional también roba (por caso, impone impuestos por la fuerza contra nuestra voluntad), secuestra (por caso, priva de su libertad física o económica a quien se atreva a negarse a tributar), extorsiona y amenaza (por caso, el “secretario de ingresos públicos” ¿se dedica a alguna otra actividad?), golpea o mata si es necesario (por caso, a quien osara resistirse a ser detenido por no querer pagar, convalidando acciones que a todos perjudican).
Lo mismo que el malhechor “convencional” del ejemplo. Además nos miente asegurando que se queda con nuestro dinero para ayudarnos a progresar económicamente, para protegernos de ladrones y asesinos, para proveernos de seguridad jurídica o para educar al pueblo en la cultura del trabajo honrado y la civilidad. Décadas de dura insatisfacción cotidiana lo desmienten.

¿Será que el “acuerdo” de un grupo lo suficientemente numeroso de personas votando, basta para convertir en moral algo que realizado por una banda más pequeña o por un solo individuo sería considerado inmoral?
La respuesta a esta pregunta es que la cantidad no modifica el principio y que la agresión inicial contra alguien o su propiedad –es indistinto- siempre es un crimen. Ya sea que la agresión sea llevada a cabo por una sola persona, por diez mil o por cien millones. Y que el apoyo en las urnas a cualquier atropello criminal por mayoría trae implícito su propio castigo.

En nuestro caso, el castigo al resentimiento, al odio, a la envidia, al robo y a la codicia de los bienes ajenos entre otros pecados estúpidamente potenciados a partir de la cuarta década del siglo pasado, fue la decadencia.
Vale decir las villas de emergencia, las colas en obsoletos hospitales públicos, el genocidio de los ferrocarriles, la des-educación de los humildes, el acogotamiento a la Justicia, el avance de la corrupción sindical, el fin del “sueño argentino” a progresar en una generación a través del trabajo duro y honrado, la condena para los “nuevos pobres forzosos” a no tener cloacas, agua corriente, gas de red, asfalto, iluminación, seguridad y limpieza públicas, parques bien cuidados, buenos sueldos, buenos autos, buenas autopistas a todas partes, buenas casas con acondicionadores de aire y calefacción central y tantas otras cosas que desde hace décadas deberían ser de disfrute casi universal en un país como el nuestro.

Violar las reglas morales resulta ciertamente un mal negocio. Y denota poca inteligencia social, extraña cosa en un país lleno de “vivos”. De “punteros” rapidísimos y políticos que pueden “explicarlo” todo con doctoral suficiencia. Todo menos la decadencia a la que nos arrojaban, mientras se llenaban los bolsillos riéndose de los pobres.
Tratarán de “explicarnos” que tienen el derecho de disponer del fruto de nuestro trabajo porque todos tenemos con el Estado un Contrato Social que hemos aceptado (pago-por-protección), y que constituye tanto su origen como su legitimación.
Desde luego, jamás Estado alguno se originó en esta suerte de contrato que ninguno de nosotros aceptó ni firmó, sino que tuvieron su principio en medio de la conquista y la violencia.
Eventualmente un lote de Señores ambiciosos apoyados primero en la superstición y más tarde en la religión sometieron a la gente común en su directo beneficio, con el lucrativo cuento del caos y la igualdad.

A esta altura de la evolución, la corriente más civilizada sostiene con toda justicia y razón que las personas son “sagradas”, intocables, in-avasallables en sus derechos y anteriores al Estado. Que el Estado obtiene de ellas su poder y no tiene más derechos sobre esas personas de los que cada una le acuerde voluntariamente.

¿Ciencia ficción? ¿Utopía? No. Sencillamente lo que corresponde. Lo que en algún momento se impondrá por el propio peso de la dignidad. Del sentido común. De la inteligencia. O del hartazgo.