120 días

Septiembre 2026

Resulta estimulante ver cómo, un pasito a la vez, la batalla cultural libertaria va permeando el espíritu nacional.

Decía el gran Arthur Schopenhauer (filósofo alemán, 1788-1860) “Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, es ridiculizada. Segundo, es violentamente objetada. Tercero, es aceptada como obvia.”

Por caso y tras unos cuatro o cinco años de argumentaciones públicas, los argentos rezagados van saliendo de la primera etapa mientras nuestra vanguardia socialdemócrata ya inició el tránsito de la -más extensa- segunda. Al menos a juzgar por los sesudos intelectuales que nos aleccionan desde el Olimpo de medios otrora dominantes.

Hablamos del espíritu nacional mayoritariamente estatista que durante 78 años (1945/2023) edificó, voto a voto, un modelo regulatorio impulsor de búsquedas de protección antes que de innovación, de captura de rentas cautivas antes que de libre competencia y en el margen, de rápido lucro pseudo empresarial antes que de reinversión, dando como resultado una economía de baja eficiencia promedio y muy escasa capacidad de elevación social de las clases bajas.

El corporativismo nos frenó y los demás países de la región (y del mundo) nos pasaron por arriba de una manera que hasta el más “falto” de los nuestros sufrió.

Esa es la mentalidad que empieza a cambiar. Primero, aceptando racionalmente que lo anterior falló.

Otro sabio, Alexis de Tocqueville (historiador y jurista francés, 1805-1859), adelantó: “La mayor preocupación de un gobierno debería ser acostumbrar poco a poco al pueblo a prescindir de él”. Porque la médula del problema no es el tan mentado equilibrio fiscal (que es sólo una de las varias condiciones necesarias para llegar a un bienestar inclusivo) sino el propio sistema. El mismísimo Estado.

Hablamos, en definitiva, del sistema-marco que el libertarismo propone cambiar a largo y muy largo plazo, basado en su primer y más importante axioma: el Principio de No Agresión. Vale decir, la propuesta de institucionalizar la no-violencia que, de Cristo a Ghandi, ha sido el anhelo de miles de millones de personas de bien. Algo que en términos prácticos implica aceptar el no inicio de agresión como norma inexcusable, justificando el uso de violencia solo en función defensiva y ante una agresión previa.

El siguiente y más difícil paso una vez aceptado que todo lo anterior se probó y falló, es abrirse a la duda y a una honesta visión crítica del adoctrinamiento recibido para, una vez apartado el velo, sacar a la luz el engaño de la trampera estatista; algo evidente para cada vez más personas.

Quienes se benefician del engaño y quienes no consiguen evadir la historia oficial inculcada en sus mentes, proponen seguir pagando in aeternum impuestos al gobierno bajo el argumento de que si todos (¿todos?) los ciudadanos los pagan antes de que aparezcan los embargos bancarios, las armas policiales o los barrotes de la cárcel es porque aceptan hacerlo voluntariamente… como precio por vivir en un entorno civilizado (¿civilizado?).

Claro que también los esclavos obedecían las órdenes del amo antes de que saliera a relucir el látigo, siendo ridículo argumentar que tal cosa constituyera la aceptación de su servidumbre.

Como grandes pensadores han hecho notar, la única diferencia entre un asaltante callejero y un recaudador de impuestos es que el segundo opera con una organización artillada y organizada por detrás, apoyándolo.

Quitar dinero sin el consentimiento del dador es y será siempre un robo. Y ya se trate un ladrón o estafador solitario o de millones de personas votando a quien pondrán al frente de la inopinada succión (el número no cambia la esencia de lo que se califica), siempre implicará el inicio de violencia; o lo que es igual, de la amenaza cierta de su uso.

El origen de la mayor parte de los males del mundo moderno puede ser rastreado hasta la aparición del sistema que hizo de la violencia coactiva, de la agresión tributaria inicial, la piedra angular de su funcionamiento.

Emergencia ocurrida hace no tanto tiempo (unos 2 siglos y medio), cuando nacieron -violentando a terceros jugadores- los grandes Estados-nación que hoy monopolizan todo.

Es sabido: lo que basa su génesis y operación en algo intrínsecamente malo o agresivo (el garrote impositivo, en este caso) dinamita su legitimidad desde el vamos y, claro, difícilmente termina bien.

Si por ventura se despenalizara el no pago de impuestos, el Estado colapsaría en no más de 120 días. Ergo, no son voluntarios. Si los esclavos hubiesen podido abandonar las plantaciones sin temor a represalias, sus amos hubieran quebrado a poco andar.

El socialismo, su nube de envidias, resentimientos y Estado policial, nubla el sentido común: oscurece el hecho de que el sistema siempre funcionará mejor con incentivos que con garrotes. Excepto el sistema político estadocéntrico con su división (¿?) de poderes, sus ingeniosos autocontroles (¿?), su autoridad ética (¿?) y su muy republicana democracia delegativa de masas. Ese monopolio no.

Tal el tipo de razonamiento que abona la afirmación de nuestro presidente cuando dice que la rebelión libertaria, que está dando en nuestro país el primero de muchos pasos, es básicamente una revolución moral. No robarás. Punto. O bien, no iniciarás violencia. Punto. De ahí que se considere “topo” dentro de un sistema que debe empezar a mutar ya, dado que la alternativa a este gradualismo pacífico es un 95 % de pobreza “a la cubana” (la bien conocida ruta k) con derivaciones finales tales como el éxodo, la intervención armada de un Trump, la secesión… o la guerra civil.

¿Es difícil esta mutación, dado el marasmo global del que se parte? Si. Pero es lo correcto. Y ciertamente ganar la batalla cultural (sobre todo en las universidades) contra el pobrismo de izquierdas, su paleolítica violencia impositivo-reglamentaria y su nube clientelar, es el primer paso.

Porque las grandes revoluciones, las más disruptivas, suelen empezar por un pequeño núcleo de intelectuales decididos; y si no, veamos lo que pasó (en el peor de los sentidos) con Marx, Engels, Lenin y Stalin.

¿Estamos sembrando entonces no para nuestra generación sino para la de nuestros bisnietos? Muy probablemente.

Mal que les pese a los dinosaurios socialdemócratas que despotrican desde algunas redes, micrófonos y contratapas de abolengo, el meteoro libertario terminará, al cabo, por extinguir sus afanes.

Aceptando como obvio, correcto y conveniente todo lo que hoy, retornados al cobijo de sus amores socialistas de adolescencia, objetan con furia.




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