Levantando la Mirada

Julio 2011

Suman muchos millones los argentinos que no se conforman con la mera supervivencia en un mal sistema. Pateador serial de problemas que inevitablemente se agrandarán con el tiempo. Como viene sucediendo una y otra vez desde hace 66 años, por lo menos, mientras alimentamos villas miseria cerrando la economía con cargo a nuestra producción eficiente. “Piolada” argentina que nos llevó al espectacular retroceso-país en la tabla de posiciones, con cargo… a los sectores más vulnerables.
Son muchos los argentinos hartos de hartazgo absoluto. Hartos de pobreza-por-palos-en-la-rueda y dispuestos a cambios que, a la vista de lo actual, podrían definirse como revolucionarios.

Pero daría igual si fuese una sola persona la que se plantara frente al Leviatán para hacerle saber que su gobierno, su legislatura y sus jueces no la representan, que no los votó y que no les reconoce autoridad alguna sobre sí, moral ni electiva. Que no está de acuerdo en financiar a Madres comunistas amigas de lo ajeno, dádivas y fútbol a parásitos sociales o educación basura que siga inculcando polvorientos antivalores, cien veces fracasados.
Una sola mujer u hombre valiente, de pie y con voz tonante para hacerle saber al Estado que sólo accede a entregar sus tributos, propios de esclavo, para evitar las represalias que funcionarios opresores harían caer sobre él y su familia. Que no desea ser cómplice de las improvisaciones de un dirigismo resentido promoviendo más desocupación, miseria y delincuencia. Que tampoco quiere ser partícipe de posiciones diplomáticas tan estúpidas como mendaces ni apañar a sindicatos minados de mafiosos.
Y que se siente parte de una vasta resistencia silenciosa que abomina de la marea de corrupción que nos cubre y del populismo talibán que avanza con los imberbes fisco-terroristas de La Cámpora y con forzadores profesionales de la talla de C. Zanini, H. Verbitsky, D. Conti, R. Feletti o C. Kunkel, entre tantos otros.

La única forma civilizada de superar el suicida afán por los bienes del prójimo promovido por el culto oficial del parasitismo y de la envidia que emponzoñan la sociedad, es tomar como norma en todos y cada uno de los casos de interacción social el áureo principio de lo voluntario primando sobre lo coactivo.
No es algo imposible: como dijo Henry Ford antes de inventar el automóvil para todos, “imposible significa que aún no has encontrado la forma adecuada de hacerlo” agregando a continuación que “si a principios del siglo XX le hubiésemos preguntado a la gente qué cosa necesitaba, sólo hubieran respondido: un caballo mejor”.
Hoy responderían “una democracia política mejor”.

Es bien sabido desde la época de los reyes absolutos que los tributos son simples exacciones coactivas, no consentidas. Es decir, liso y llano robo por parte de la corona. Y que la única diferencia entre un ladrón y un recaudador de impuestos es que el segundo opera con una maquinaria monopólica de fuerza armada apoyándolo.
También es bien sabido que los actuales regímenes democráticos legitiman la continuidad de estas exacciones en el aval de una mayoría relativa de legisladores, avalados a su vez por el voto de una mayoría relativa del pueblo. Pueblo que quedaría obligado a pagar el “contrato” tributario así suscripto.

Aunque cualquier chico de 7 años sabe, a su vez, que esos mismos mandantes (el pueblo) desautorizarían en los hechos, en el acto y en bloque a sus mandatarios (los legisladores), si se diera el caso en que el gobierno decidiera dejar de apoyar la pistola en la espalda de los ciudadanos para efectivizar dicho cobro (despenalizando el “delito” de evasión impositiva, por ejemplo). Muy pocos pagarían, avalando los gastos de sus funcionarios.
La inmensa mayoría optaría por no hacerlo, sin importar sus consecuencias. Y estarían en absoluta y justa razón, en provocar que se vayan todos. En constatar (esta vez en verdadera libertad) aquello de vox populi vox dei.

El ruido de rotas cadenas, sin embargo, deberá esperar a que principie el fin de nuestra era del simio.

Sobrevivimos en un sistema podrido desde su misma base ya que es esta financiación tributaria -ilegítima por coercitiva- la que provee al gobernante de turno de fondos virtualmente ilimitados, con los que comprar votaciones populares, legisladores, pan, circo y jueces, trocando en inútil floreo dialéctico al delicado mecanismo teórico de los contrapesos republicanos.

Fondos que solventan un aquelarre de marionetas y fantoches, danzando al compás de las carcajadas de gobernantes amorales que tironean de los hilos mientras se hacen millonarios. Dando acabada forma a esta Argentina 2011 en la que, al decir de otro pensador, el español Francisco de Quevedo (1580-1645): “donde no hay justicia es peligroso tener razón ya que los imbéciles son mayoría”.

Desde luego y siendo que aún no fue derogado el precepto moral que enseña que el fin no justifica los medios, no existe argumentación alguna que pueda legitimar esta violencia pseudo legal sobre gente pacífica y honesta, imponiéndoles solidaridades forzadas como solución a las situaciones de miseria creadas y nutridas por las imbecilidades económicas (y éticas) aplicadas por los propios violentadores.

En verdad pagar impuestos es, en nuestro sistema, contribuir al fortalecimiento de la mafia estatal avalando el forzamiento sistemático como norma de organización social.
Arriando el ideal de una república de personas libres y protegidas, en capacidad de decidir su destino y el de sus hijos. Pero sin abandonar nuestro deber cívico de reflexión sin tabúes y de docencia socio-familiar en los valores de la no violencia que, donde fueron (en alguna medida) aplicados, siempre demostraron su fantástico poder benéfico a todo nivel.

Un Faro de Esperanza

Junio 2011

Cabal exponente de las peores facetas de su tradición clientelar, el presente ciclo peronista consiguió revivir del letargo la vieja tendencia argentina hacia la división.
Lejos de gobernar para todos trabajando por la unidad social con mutuas libre-conveniencias basadas en el esfuerzo integrado inteligente, los Kirchner y sus laderos buscaron y hallaron los medios para inyectar combustible pesado a la fragua -siempre latente- de nuestra desunión.

No es materia de la presente nota discurrir acerca de este “uso del enfrentamiento” modelo 2011, sus motivaciones reales, la categorización ética de las personas ahora alineadas en uno u otro bando ni la descripción del odio (y fuertes deseos de la más violenta acción directa), enquistados en mentes y corazones a ambos lados del abismo. Todo compatriota conoce la realidad de la partición nacional y está pronto a defender, vomitando más que explicando y desde sus entrañas, su visión económica de estos planteos.

La construcción pasa, en este caso, por preguntarnos desde una vereda opositora (aunque superadora) cómo neutralizar tanto rechazo fratricida.

De qué manera frenar la corrosiva permisividad cultural que existe hacia acciones o ideas de gobierno claramente ladronas, en un todo contrarias al espíritu de nuestro pacto constitucional. Ese que impide desde 1853 un retorno a iniciativas de secesión o guerra civil.
Cómo revertir el claro ambiente anti-empresa y anti-inversión que refuerza a diario nuestro propio “muro de Berlín”. Verdadera pared bloqueadora de oportunidades avalada si no de forma sí de fondo, por todo centroizquierdista sufragante.

Cómo evitar, en última instancia, el desarrollo y avance de otra ultraderecha fascista y vengativa, que sea percibida por millones de indignados como único contra-péndulo posible a un totalitarismo -creciente- en los 3 Poderes, tergiversador y destituyente de casi todos los derechos fundacionales de nuestra nacionalidad. Empezando por los derechos que protegen al patrimonio de las personas frente a las extorsiones del terrorismo de Estado fiscal, auténtica piedra basal de nuestro declive.

La respuesta a cómo lograrlo y cómo dar con la fórmula para que los argentinos reescalemos posiciones, poniendo “en su sitio” al más de medio centenar de países que nos superaron durante los últimos 70 años no se encuentra, está claro, entre lo hoy políticamente correcto o factible.
No existen soluciones reales de centro, de izquierda moderada, de manu militari o siquiera de derecha conservadora para la partición nacional. Para el enfrentamiento mortal entre aquellos que apoyan a repartidores de dádivas con dinero ajeno y efecto derrame hacia Ferraris, yates, hoteles o aviones y los que apoyan el respeto al capital y al trabajo con efecto derrame hacia los laboriosos que se lo ganen.

La única cura real y definitiva para este desangre esterilizador está en la gradual adopción del cuerpo de ideas más avanzado y superador que existe: el sistema liberal libertario.

Consideremos que, dentro de una institucionalidad podrida, la voz multiplicada de unos pocos y enérgicos representantes de este joven let it be (déjalo ser) económico-social, provocaría otro tipo de efecto derrame: el del fantástico poder inspirador de aquellas ideas fuertes y claras que propulsan sin miedo la abundancia material, calzada en la ética de un absoluto respeto al prójimo y a sus iniciativas innovadoras en el marco de una democracia “permitidora”, de grandes libertades personales.
Sería apostar a adelantarnos por segunda vez al futuro y a otras sociedades ya que si bien existen partidos libertarios en el mundo, ninguno llegó aún al poder del Estado para empezar a desmontar su aterradora capacidad coactiva de daño económico y cohecho. Capacidad ejercida, justamente, a través de la restricción de nuestras libertades comerciales para encadenarnos a su mafia.

Todo lo libertario es solución definitiva al odio y la desunión. Porque en la exacta medida en que empecemos a sacudirnos las leyes-basura impositivo reglamentarias del Estado-ladrón, empezarán a inundarnos los hoy esquivos capitales de inversión, las innovaciones jurídicas y tecnológicas, los emprendedores empresariales, los educadores de vanguardia y la súper infraestructura que necesitamos a todo orden, sin cargo alguno a nuestros impuestos. Creando, a igual velocidad, nuevo empleo y bienestar traducidos en dinero sólido (no en papel pintado inflacionario) en el bolsillo de cada ciudadano que se proponga ascender por su propio esfuerzo. Sin robar al vecino y a sus planes de mejora, por interpósito funcionario de la Afip.
Con impuestos en baja en esta nueva cultura tributaria (la de atraer capitales) y mayor ingreso real en las familias por trabajos creativos en oferta creciente, se esfumarían 9 de cada 10 razones para detenerse en el tiempo culpando a otro argentino, desde la insatisfacción de nuestro septuagenario juego de suma cero.

Aún una sola voz coherente, poderosa y amplificada dentro de esta cleptocracia en descomposición, podría hacer la diferencia despertando conciencias. Acelerando el fin de esta demencial fábrica de pobres (el “modelo” de subsidios, retornos y apoyos políticos) para saltar al lugar de liderazgo que nos corresponde. Arrojando por la borda los estúpidos complejos de inferioridad socialistas, absteniéndonos de pedir perdón por ser más ricos, más poderosos y más respetuosos de los derechos humanos que otros.

Cuando la libre unión estratégica entre empresario y empleado sea redescubierta como más conveniente para ambos que el tándem escalada de amenazas sindicales versus fuga de capitales, quedará superada esta falsa división que solo aporta al juego de los políticos profesionales, en su vil comercio de votos y coimas.
Entonces la Argentina dejará de ser una mujer golpeada y volverá a ser aquel faro de esperanza en la noche de nuestros abuelos inmigrantes, que un día fue.

¡Libertad de Elección Ya!

Junio 2011

De la mano de Internet, hoy nos resulta fácil dar un rápido giro virtual al globo. Está al alcance de todos observar (y aprender) que en naciones con Estados intervencionistas, como nuestra Argentina, la libertad de elección de la sociedad se encuentra restringida. Que en repúblicas aún más totalitarias (y pobres), como la socialista Tanzania, esta libertad es casi nula. Y que en países de mercado relativamente libre, como la capitalista Singapur, las personas gozan de una mayor libertad de elección.

¿Por qué decimos esto y qué significa libertad de elección?

Lo recordamos suponiendo que el objetivo de máxima de todo Estado y (dos pasos evolutivos más allá) de cualquier sistema de ordenamiento comunitario, es la felicidad de la gente. Felicidad que puede definirse, socialmente y de acuerdo a su interpretación más avanzada, como libertad de elección.
En efecto: una persona es más feliz cuanta mayor sea su posibilidad de elegir. De optar libremente entre distintos bienes, como dónde y con qué nivel de excelencia educará a sus hijos, a quién ayudará económicamente, qué motocicleta 0 Km. comprará, en qué momento dejará de ser víctima de un matrimonio violentador, cuál oferta laboral aceptará, a qué sistema jubilatorio, sindical o de medicina prepaga elegirá aportar, con qué ropa nueva se gratificará, qué crédito tomará para mudarse o para equipar mejor su casa, qué servicios de seguridad contratará en esta etapa de su vida, etc.

Siendo “la sociedad” una entelequia inexistente (¿alguien vio y tocó alguna vez una sociedad?) definida como la simple suma de las mujeres y hombres que coinciden en una misma comarca con diferentes sueños, problemas y necesidades, la posibilidad real para la mayor cantidad de personas de elegir y acceder a cosas percibidas como bienes, coincidirá siempre con la mayor felicidad social posible.
Todo gobierno que coarte la diversidad y contundencia de estas opciones, trabaja contra la felicidad de su pueblo. Sea por bloqueo intervencionista a producciones e importaciones o bien imponiendo políticas económicas anti-capital, que dinamiten el puente de acceso de los más al dinero necesario para efectivizar estas elecciones personalísimas.

Ciertamente el dinero no lo es todo. No hace, compra ni asegura una vida más plena y feliz, pero ayuda en un… ¿80 %?
Un gobierno que desee realmente, sin intereses de clase ni mafia de por medio la felicidad de su pueblo, procurará mediante protecciones inteligentes que cada persona de esa sociedad disponga de más dinero honestamente ganado, como facilitador de bienestar. Sin importar que haya quien acumule o gaste más y quien acumule o gaste menos, mientras todos tengan oportunidad cierta de mejorar su ingreso (lo contrario sería dar preeminencia a los factores resentimiento, parasitismo y sobre todo envidia).

Hace 100 años, hacia la época del Centenario y bajo ideas liberales, nuestro país había logrado ubicarse entre los 7 mejores del mundo con todo lo que eso significaba como proceso en marcha de mejora general. Y… desde hace unos 66 años, radicales socialistas y militares pero sobre todo peronistas, vienen tratando de detenerlo… basados en intereses de mafia y de clase.
Lo lograron en casi toda la línea: el resultado de su idiotez serial es terrorífico; de gran crueldad para con los que menos tienen.

Una manera de hacerlo visible pasa, precisamente, por el análisis de posiciones de ranking que pueden aparecer como frías y abstractas pero que explican los sufrimientos de la pobreza como enfermedades, agobios y muertes prematuras, des-educación, subempleo y estrés por impotencia con demolición de esperanzas, vejaciones que clavan sus garras con particular saña entre los más indefensos.

Recorriendo el índice de ingreso per cápita publicado por las Naciones Unidas, veremos que en el 2009 la Argentina ya ocupaba el puesto número… ¡50! con escasos 14.559 dólares (los primeros datos de cierre 2010 ahondan este naufragio), mientras que la socialista Tanzania era la economía 149° con un ingreso medio de 1.319 dólares y Singapur (un país diminuto, superpoblado y sin recursos naturales) se situaba en 4° lugar con 50.701 dólares de ingreso anual promedio por persona.

Los muy calificados doctores populistas que nos hundieron dirán “¡ah! pero esos son números en crudo, sin considerar el índice de paridad de poder adquisitivo que también calcula la ONU”.
Bien, veamos entonces las posiciones corregidas según dicho índice: en ese ranking nuestra Argentina pasaba al puesto… ¡59°! mientras Tanzania también descendía al número… 157 y el pequeño Singapur capitalista mantenía su 4° lugar.

La dura realidad, en síntesis, es que los desgraciados habitantes de Tanzania no pueden elegir prácticamente nada con sus miserables 1.319 dólares al año mientras que los más felices ciudadanos de Singapur disfrutan la decisión de cómo gastar o ayudar voluntariamente a otros con sus 50.701 dólares en el bolsillo.
La actual inflación argentina (clásica, deliberada política de Estado del peronismo para tapar desaguisados y sostener el recalentamiento inducido de la economía como anzuelo caza-bobos electoral) nos reafirma, casi a marcha forzada, en la senda de Tanzania. Nuestra libertad de elegir entre más bienes y mayor calidad de vida real disminuye por goteo, en verdad, día a día.

Oponerse fue, es y será inútil: el capitalismo de libre empresa demuestra una y otra vez su aplastante superioridad en crear riqueza para todos (aunque sea “de la nada”, como en Singapur) allí donde sea que se aplique, por más espasmos de contrariedad y furia que esta realidad provoque en la mayoría de nuestros votantes, y en los políticos inútiles que los representan.

A más capitalismo, habrá más diferencia entre ricos y pobres pero también más riqueza (con libertad de elección) para todos y en consecuencia, menos pobreza con mayor felicidad social.
Nuestros sobreabundantes referentes de centroizquierda, unidos al fin en algo, retrucarían entre dientes con la famosa pregunta del genocida Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) “¿Libertad, para qué?”

P.S.I. Pacto Social Inteligente

Mayo 2011

Bajo el lema “democracia real ya”, las multitudes españolas protagonistas de la protesta 15 M estuvieron abocadas -a través de asambleas abiertas- a la definición de sus exigencias, redactadas en un documento de 8 puntos considerados claves.
En casi todos ellos pueden verse propuestas interesantes y de relativa audacia intelectual que significarían mejoras ciertas (si bien modestas), en contradictoria mezcla con otras propuestas colectivistas francamente regresivas, que sin duda empeorarían la situación de desempleo y falta de horizontes que da origen a esta pueblada.
Como es natural en estos casos, la insatisfacción por el statu quo se expresa de manera confusa, a veces con ignorancia teñida de (justificado) resentimiento, pero siempre empapada en deseos de fuerte cambio que, en esencia, sólo pueden ser satisfechos con metodología liberal-libertaria. Con menos violencias impuestas y más libertades civiles.

Considerando el hecho argentino de encontrarnos en un proceso electoral nos pareció inspirador, a modo de reflexión, tomar esos mismos 8 puntos rescatando lo positivo, más el aporte de ideas como las mencionadas, de las que circulan profusamente hoy por las redes sociales del ibérico 15 M.
Podríamos llamarlo nuestro Pacto Social Inteligente, si se quiere. O considerarlo un vistazo a la vanguardia, a la línea de fuego de los que hoy levantan su puño derecho contra la opresión de un funcionariado peligroso, incapaz y de manos sucias.

1. Eliminación de los privilegios de la clase política.
Supresión de sus privilegios en el pago de impuestos, categorización de aportes y monto de jubilaciones.
Equiparación de sus salarios con la media nacional, más los viáticos indispensables para el cumplimiento de sus funciones.
Eliminación de sus inmunidades judiciales e imprescriptibilidad de los delitos de corrupción.
Publicación y control público permanente de sus patrimonios.
Reducción de los cargos de libre asignación y del uso de partidas discrecionales.
Control de ausentismo en cargos electos con rápida aplicación de sanciones específicas.

2. Contra el desempleo.
Eliminar toda traba a la contratación, para que los desempleados encuentren empleo, en lugar de depender de planes sociales. Desregular el mercado laboral para viabilizar el teletrabajo, el microemprendimiento, el cooperativismo, la contratación de horas o días sueltos, altas, bajas o reducciones de jornada, todo libremente negociado entre las partes.
No interferir, incentivar ni desincentivar el mercado laboral mediante medidas anti empresarias con el dinero de todos los ciudadanos.
Volver a las cuentas de capitalización voluntarias (esta vez sin las ruinosas imposiciones estatales que las destruyeron) permitiendo la decisión individual sobre la edad jubilatoria.

3. Derecho a la vivienda.
Respeto estricto al derecho de propiedad en todas sus dimensiones, desde el propio cuerpo y la vida de las personas hasta su patrimonio bienhabido. Reducción o eliminación de todos los impuestos y pseudo leyes que lo vulneran, encareciendo el acceso a la vivienda.
Reducción o eliminación de los costos laborales para que los empleados dispongan de una renta más elevada y puedan costear alquileres o hipotecas.
Profunda reforma del sistema bancario, que genere alta competencia real en libertad inyectando más fondos prestables en el mercado.

4. Servicios públicos de calidad.
Suprimir aquellos servicios que podría prestar directamente la sociedad civil organizada en cooperativas y entidades sin fines de lucro.
Drástica reducción de gastos inútiles con control independiente de los presupuestos y drástica reducción del peso, volumen y costo de las administraciones de gobierno en sus 3 niveles.
Universalización del acceso a la medicina y seguros médicos privados, encarando la transición con la mayor parte del actual presupuesto de salud pública, convertida en cheques de libre canje entregados a quienes necesiten esta atención.
Universalización del acceso a la educación privada mediante el mismo sistema, promotor de competencia y excelencia para todos.
Evitar la estatización de la investigación científica, desgravando y desregulando la importación e inversión privada para ese destino, de universidades, particulares y empresas.
Liberar el mercado del transporte de personas o mercaderías y bajar sus costos impositivos, propiciando la competencia y la aparición de nuevos actores, sin restricciones públicas (ni de mafias privadas) discriminantes.

5. Control de las entidades bancarias.
Liberalización del sector acabando por ley con la discrecionalidad del Banco Central en el uso indebido de reservas o emisión de moneda y deuda carentes de respaldo.
El papel del Estado no es hacer de banquero, ni rescatar empresas, inversores ni bancos irresponsables con nuestro dinero.
Libre inversión y flujos de capital sin discriminación reglamentaria ni impositiva, hacia y desde cualquier lugar del mundo incluidos los paraísos fiscales, que por cierto denotan la existencia opresora de infiernos fiscales.
Firme tendencia a la separación de la economía del Estado, completando el círculo iniciado con la separación (igual de traumática) de la Iglesia del Estado.

6. Fiscalidad.
Proporcionalidad fiscal para no desincentivar la creación de riqueza y para no dejar a la sociedad civil sin los recursos necesarios para una máxima fluidez económica.
Eliminación de impuestos ideológicos, como los sucesorios y contra el patrimonio.
Drástica reducción de los restantes impuestos para desincentivar la fuga de capitales y la evasión. Y para incentivar la llegada de capitales, tecnologías y emprendedores en fuga, provenientes de sitios más fiscalistas.
Tope constitucional o férreamente legal a la presión impositiva, globalmente considerada para cada sujeto imponible.

7. Libertades ciudadanas y democracia participativa.
No al control de Internet. Protección a la libertad de información y al periodismo de investigación.
Utilizar las últimas tecnologías de comunicaciones para fomentar la participación del individuo en decisiones que puedan afectarlo, en una tendencia creciente a evitar la adopción de decisiones colectivas.
Modificación de las leyes electorales apuntando a un sistema auténticamente representativo, no discriminatorio y proporcional, donde la abstención, el voto en blanco y el voto nulo también tengan representación legislativa.
Garantizar la independencia del Poder Judicial, evitando todo nombramiento, influencia o interferencia por parte del Poder Ejecutivo.
Los partidos deben ser libres de organizarse internamente como deseen, por más que nos repugne la tiranía interna. Lo importante es que el sistema electoral general sea absolutamente libre, voluntario y democrático.

8. Reducción del gasto militar.
En este último punto, no podemos compararnos con España y su circunstancia.
La tendencia debe ser siempre hacia un mayor profesionalismo de alta retribución, priorizando la tecnología y la especialización más avanzada e innovadora por sobre el número físico de tropas.
Debe darse espacio a un futuro de inversión integrada con empresas nacionales o extranjeras líderes en ingeniería de armas, comunicación y robótica y a la eventual exportación de servicios argentinos de seguridad especializada.
El objetivo final es una protección ciudadana de amplia cobertura, totalmente privada, de altísima eficiencia y bajo costo individual para los contribuyentes.

Maduración de Indignados

Mayo 2011

Tal vez nuestra castigada sociedad debiera seguir -electoralmente hablando- el conocido pensamiento de la Sra. Mae West (actriz estadounidense 1893 – 1980) “cuando tengo que elegir entre dos males, siempre me gusta tomar el que nunca he intentado antes”. Al menos apuraríamos el proceso de prueba y error en el que se nos va la vida, evitando tropezar una y otra vez con la misma piedra. Tropezaríamos así con una distinta cada 4 años y con otra media piedra cada 2.

Consideremos objetivamente nuestra situación, mientras nos limpiamos el polvo de la última rodada.
Por caso: el famoso y vituperado diezmo (10 % de los ingresos) que imponía la más poderosa institución de forzamiento medieval (la Iglesia), se ve empequeñecido en nuestro país por el treintaycuatrezmo (34 % de los ingresos) que nos impone la más poderosa institución de forzamiento contemporáneo (el Estado). Una presión impositiva que está entre las más altas del mundo.

Sin embargo y contra lo que pudiera suponerse con sumas tan monumentales -y durante tantos años- a disposición de nuestra administración pública, la miseria asciende en este 2011 a más del 30 % y en el “país de las vacas y el trigo”, más del 9 % de los hogares se encuentran en “riesgo alimentario severo”, mientras que nuestro impuesto al pobre (la inflación deliberada) se ubica entre los más elevados del planeta.

Con solo ver esto y sin siquiera considerar el interminable muestrario de la caída argentina en todos los rankings comparativos, basta para concluir que el modelo no sirve. No funciona porque no produce riqueza social. No atrae inversiones a gran escala, no crea empresas nuevas ni empleo genuino al nivel que necesitamos. No libera potencia creativa. No innova ni cambia paradigmas de fondo, más allá del palabrerío.
Sólo sirve como frenética máquina emparchadora, obturando grietas sobre un volcán bajo presión, a través de un burdo (y destructivo) juego de aprietes a mercados y estadísticas.
Con desembolsos y prebendas políticas o empresarias discrecionales, muy corruptas, vengativas e ineficientes pero compra-votos, arrojadas en todas direcciones (¡12.000 millones de dólares al año sólo en subsidios (*) a transportes y energía!).

Emparchar para seguir violando la moderna comprensión de la ciencia económica con manotazos de aficionados nunca funcionó, aquí ni en ninguna otra parte como no sea para ganar una elección, robar entremedio y colapsar más temprano que tarde. Por más viento de cola en comercio exterior que toque en suerte (y la suerte de los Kirchner en este sentido ha sido, según expertos, la mejor de los últimos cien años), factor que explica casi por sí sólo en este caso el habernos podido sostener tanto tiempo en el dislate.

Es la gente trabajadora de las villas quien debe enriquecerse y no unos pocos funcionarios políticos y sindicalistas mafiosos. Es la gran clase media y no unos pocos “empresarios” cebados en el soborno y la ventaja.
Dueños de empresa que vemos hoy entre la fantasmagórica galería de pusilánimes y oportunistas que capitanean la Unión Industrial, por ejemplo, quienes en lugar de plantarse frente al poder exigiendo un entorno de alta competitividad para inundar el mundo con productos argentinos como firme sustento del crecimiento interno, continúan con su complicidad de lobistas apuntando a la ganancia inmediata y al eterno proteccionismo infantilizante, a costa del empobrecimiento general.
Actitud despreciable que nos recuerda aquellas palabras atribuidas a Carlos Marx “cuando empecemos a ahorcar capitalistas, se pelearán entre ellos para vendernos la soga”.

Lo que conviene, en particular al 30 % de argentinos pobres e indigentes, es la aparición de miles de nuevos emprendedores que traigan su dinero, lo arriesguen montando empresas y creando abundante empleo fresco para producir sin trabas estúpidas lo que sea, vendiendo agresivamente en el exterior y aquí mismo. Poniendo en competencia al “coto de caza” de los pseudo empresarios cortesanos obligándolos a pelear por sus mejores empleados, pagar sueldos de primer mundo, actualizar sus productos, bajar sus precios y retiros mal habidos o desaparecer.

Está claro que el campo progresista cuenta, a caballo de sus métodos, con los votos suficientes como para seguir inyectando a la sociedad con más toxinas anti libre-empresa.

De Cristina a Hermes y de Ricardo a Pino, pasando por Hugo y Daniel, la propia inercia de estos frenos llevará a sus ejecutores a la disyuntiva de hierro de profundizar el modelo o implosionar, abrazados a la bomba que -por acción u omisión- armaron. Una situación en la que, previsiblemente, optarán por seguir internándonos en el forzamiento totalitario sobre lo ajeno.
Lo harán, como ya se avizora, avanzando más aún sobre el capital de explotación y sobre la propiedad privada de los medios de producción. Vale decir, obteniendo a patadas, por poco tiempo y con final de tragedia asegurado, una fracción de lo que podríamos haber obtenido de manera permanente con las más inteligentes (pero menos útiles para la mafia) recetas de la libertad, sin necesidad de terrorismo fiscal de Estado.

Es lo que confusamente sienten los millones de simpatizantes de “los indignados” del 15 M español cuando gritan que no son marionetas ni mercancía en manos de políticos o banqueros y que quieren democracia real ya. El poder a la gente, a las personas individuales con sus convicciones, planes de vida y sufrimientos reales, para que dejen de ser un número (bi partidismo, listas masivas, totalitarismos) y empiecen a ser únicas, valiosas, escuchadas, autonómicas e in-avasallables (la persona absolutamente “sagrada”, protegida y en poder de su destino, esencia por otra parte de las nuevas ideas libertarias).


(*) Recordemos que se subsidia para forzar el funcionamiento de algo que no funciona en lugar de preguntarse porqué no funciona, procediendo a modificar lo que falla para dejar de tirar nuestro dinero. El motivo es que quien subsidia, clienteliza y manipula.

Hay Plata para Todo

Mayo 2011

Existe en toda sociedad la percepción cierta y generalizada de que “hacer lo correcto”, ser -a conciencia- intelectualmente honesto, laborioso, justo, benevolente y educado constituye una inversión (en esfuerzo de vida) que, tarde o temprano, rinde los mejores dividendos. O debería rendirlos, como veremos.
No sólo porque las religiones así lo aconsejen en referencia a nuestra vida en el más allá sino porque el propio sentido común nos compele a pensar que valores como el estudio, la honradez y la tenacidad en el trabajo, en un entorno “normal”, conducen tanto a la realización personal como a la prosperidad material en este mundo.

En verdad creemos que “el crimen no debería pagar” en ningún sentido y que un sistema de justicia perfecta debería premiar siempre, con resultados, a los muchos hombres y mujeres que hacen lo correcto.
Y aunque la realidad nos contraría con ejemplos de gente intelectualmente deshonesta, atropelladora y parásita (de quienes trabajan duro) que hace fortuna en pocos años, es por esa misma creencia que pocos los proponen de ejemplo para sus hijos.

Pues bien; resulta que la religión y el sentido común, en una comprensión ampliada del problema, no se equivocan. Las tendencias naturales y éticas se complementan para bien porque nuestro mundo está -realmente- bien diseñado; por Dios o por un orden natural evolutivo, como se prefiera.
Así como en la naturaleza (o en manejo igualado de condiciones) las plantas nobles suelen prevalecer sobre las malezas, el hacer lo correcto (sin distorsión estatal de por medio) llevaría naturalmente a la prosperidad del mayor número. El respeto por lo ajeno y la educación rendirían elevados dividendos. La honestidad y la generosidad voluntaria serían fuente virtuosa de bienestar. Y la justicia perfeccionada promovería riqueza, al tiempo que castigaría al distorsionador (o violentador) y al falso.

En verdad hay dinero para todo, en cantidades literalmente asombrosas. Para salud pública y educación de primera. Para ciudades limpias y amigables, con seguridad de altísima tecnología. Para miles de kilómetros de autopistas, puertos, terminales aéreas, subterráneos y trenes ultra modernos. Para un sistema de justicia rápido, eficiente, que no cargue ningún costo a la víctima y sí todo al victimario, en prisiones de avanzada pensadas para el trabajo resarcitorio. Para sostener con verdadera dignidad a todos los que estén en real situación de penuria. Para invertir grandes sumas simultáneamente en cientos de miles de proyectos, líneas de investigación y desarrollos, mucho más allá de la capacidad de imaginar, permitir o prohibir de un legislador, de un juez o de un ministro dirigistas. Dinero volcado a pleno empleo y buenos sueldos. Y para todos los ítems de confort, consumo y solidaridad que nos propongamos alcanzar.

Hay mucho dinero, afuera y aquí mismo, listo para aterrizar y hacer a los argentinos la vida más agradable. Pero no puede obtenerse a patadas (disimuladas con mejor o peor educación) como pretende la centroizquierda criolla sino a través de un círculo de virtudes como las mencionadas más arriba, guiadas por los más avanzados conceptos socio económicos de libertad y no violencia.

La percepción general de lo que debería ser chocó hasta ahora contra la realidad de las mafias dominantes y contra la evidencia de una ciencia económica anquilosada, cuyo “reloj biológico” atrasa 50 años.
Pero los paradigmas evolucionan y las cosas cambian: porque a lo largo de la primera década de este siglo XXI la economía dio un importante salto evolutivo sobre la experiencia acumulada.
La vanguardia científica de la Escuela Austríaca, responsable de los “milagros” económicos alemán, italiano y japonés de posguerra y a la que adscriben numerosos premios nobeles, sostiene ya que la nueva concepción dinámica del orden espontáneo impulsada por la función empresarial globalizada concluyen dando por tierra con todas las viejas teorías justificativas de la propia existencia del Estado, como soporte social. Que el estatismo es teóricamente inviable, que su destino no es otro que un nuevo colapso empobrecedor (como empieza a verse incluso en Estados Unidos, Japón y Europa) y que, en definitiva y a esta altura de la evolución tecno-informática, la exclusividad del poder es totalmente innecesaria.
Nos aguarda un gran futuro de innovación, creatividad, alta competencia, producción sustentable y bajos precios. Días por venir de abundancia material y oportunidades reales para todo el que quiera progresar por derecha, con millones de nuevos empleos en áreas hoy inexistentes y miles de nuevas empresas proveyendo en libertad, con menos parásitos corruptos, lo que el estatismo hoy sofoca con sus pesados monopolios coactivos.

Es hora de hacer historia, sin importar el tiempo que tome. De promover una revolución de verdad, con ideales virtuosos y evolucionados. Poderosos. Tiempo de vender el mejor producto y de levantar la voz, subvirtiendo con dureza los “valores del robo y del atraso” (quito, me quedo, reparto y controlo).
Los dos tercios de nuestro electorado que se asumen estatistas sólo deben comprender que la resistencia libertaria es su amiga, que todo lo que desea es que dejen de combatirla con eslóganes desactualizados y que por propia y pura conveniencia presten su acuerdo en integrarse al mundo posible de este siglo.
Comprender que los resultados y el dinero más democráticamente repartidos son los que provienen de la diversidad y no de la homogeneidad forzada del conglomerado social. A través de los más audaces incentivos económicos para todos, potenciando sin trabas la mayor disparidad de acciones y pensamientos a todo nivel. Así enseña la nueva economía inteligente, trabajando a favor y no en contra de la naturaleza humana, que es como las sociedades se liberan y enriquecen y como las virtudes florecen.

Porque el enemigo nunca son los empresarios que arriesgan y crean sino los políticos mafiosos que no sólo no producen nada sino que siembran la ignorancia deliberada y su consecuencia: el temor a la libertad.

De Eso no se Habla

Mayo 2011

Toca a esta generación de argentinos ser testigos, tal como sucedió con nuestros abuelos a principios de los ’50, de cobardes ataques con todo el poder del Estado a la libertad de prensa, de corrupción a mansalva y de la profundización de un “modelo”, que nunca fue más que el “escofinado” a lo que nos queda del derecho de propiedad privada. A la garantía básica de todos los demás derechos humanos.
Un derrotero que sigue las tácticas del comandante Chávez y su “solución final” totalitaria, a las que nuestro gobierno adhiere con mayor tozudez cada día. Avizorando para el próximo mandato la reforma constitucional que, bajo los sones de “La Cámpora”, acabe de una vez la faena de degüello de la gallina de los huevos de oro, iniciada hace 65 años.

La caída de nuestra bandera y la derrota económica de la Argentina, hincada ante sus vecinos y ante el mundo, más allá de las risitas socarronas de chilenos y brasileños, de colombianos y uruguayos que apuestan a que en el país de los ciegos el tuerto es rey, tiene al menos la virtud de hacer ver con crudeza descarnada la realidad de lo que es la fuerza destructiva del Estado y de su sistema, la democracia política.
Pero de esto último no se habla, claro. Porque tocar al dios Estado y a su sistema, es iluminar el Tabú Mayor. Es provocar alaridos histéricos de la turba clientelizada y de inquisidores prontos a encender la hoguera, que apartará la atención de sus vilezas.

Parece que hay cosas que no deben ser analizadas, pensadas ni cuestionadas, sencillamente, porque el negocio es demasiado grande y sucio.

La no violencia, esa misma de la que Cristo consagró el concepto y más tarde Gandhi marcó el método, terminará sin embargo por imponerse. Es el camino inexorable de la evolución civilizada y con seguridad veremos el principio de su triunfo antes de que termine el siglo, apalancado por la tecnología de la comunicación y las imparables redes globales. Que harán estallar fronteras discriminatorias, legislaciones esclavizantes y castas vampiras de políticos y funcionarios que hacen de la dictadura ladrona por el atajo cavernario -y automutilante- del simplista “somos más”, su propia succión vital sobre los mansos.

Si bien hace ya 2400 años los propios griegos inventores de la democracia política -a través de la voz de Sócrates- se percataron de que el sistema estaba destinado a fracasar pues “la mayoría menos creativa siempre elegirá vivir en forma parasitaria de la minoría más creativa mediante la confiscación de su riqueza y su distribución entre ellos”, en lo que se considera la primera y más clara comprensión del socialismo, veamos algunas otras negatividades más actuales.

Está más que comprobado en la práctica que la competencia política conforma un hábitat ideal para personas que desarrollen aptitudes para la demagogia, el soborno o el oportunismo mentiroso. Favoreciendo de este modo las habilidades agresivas (violentas) en detrimento de las defensivas y creando un ambiente irrespirable para aquellas personas íntegras que sientan aversión por el robo y la coacción.
Optar finalmente por el menos mafioso, fraudulento, hipócrita y ladrón es una mala solución en orden a llegar de una vez por todas a la riqueza generalizada, con una justicia implacable y transparente.

La democracia política coloca a personas de estas características en puestos intercambiables a cargo de los monopolios del gobierno, con todas las “oportunidades” que esto implica.
El funcionario debe aprovechar esta ventaja táctica dilapidando y “mordiendo” dinero ajeno tan rápido como pueda ya que su continuidad nunca está asegurada. Mantener el valor patrimonial (y la sustentabilidad) de los recursos a su cargo no es cosa que esté entre sus prioridades, como sí sucede con los propietarios privados, “seguros” de la duración a largo plazo de su propiedad.

Aunque… para defender sus bienes de estos peligrosos monopolios estatales inmunes a la quiebra, muchos propietarios privados tenderán a su vez a corromperse, perdiendo tiempo y escrúpulos morales en el desarrollo de sus habilidades de negociación política “por izquierda”.

Tampoco los miembros de los poderes judicial y legislativo, que según la Constitución debieran controlar estos desfalcos, logran sus posiciones accidentalmente. A mayor demagogia y desinhibición ética, más probabilidades de llegar, y más rápido, a la cima de estos resortes del Estado. Mala tendencia que, por otra parte, se retroalimenta.

Los mismos jueces de la Corte Suprema son nombrados por el Ejecutivo y confirmados por el Senado. Como parte integral de la institución del gobierno, dependen de los impuestos para su retribución y difícilmente estén interesados en limitar el poder del Estado o en reducir la carga que pesa sobre los contribuyentes.

Como no podía ser de otra manera, montañas de leyes espurias, avaladas por esta Corte, frenan y obstaculizan la contratación, el comercio, el uso creativo de la propiedad y hasta nuestra vida privada. Esta verdadera usina de inseguridad jurídica no solo aleja a posibles inversionistas sino que promueve el caos social, la evasión, el estrés, la violencia y la fuga de jóvenes, cerebros y capitales. Un pegajoso fárrago estatista que sustituye a la Ley y al Orden, como cualquiera puede percibir en esta Argentina 2011.

Se trata de mucha gente peligrosa con un poder de saqueo demasiado grande, sobre el número cada vez menor de los honestos que se esfuerzan en innovar, poner dinero, asumir riesgos patrimoniales, producir y dar empleos reales.

Por otro lado y si todo el mundo está de acuerdo en que los monopolios son “malos” ¿por qué nos querrían hacer creer que los monopolios estatales son “buenos”? En conciencia, todos saben la respuesta.
El caso de la Seguridad podría ser un ejemplo, aunque hay muchos otros como Justicia, Defensa, Moneda, Asistencia Social, Infraestructura, Educación, Salud, Control Comercial etc.

Producir protección es una actividad competitiva como cualquier otra. Si no hay libertad total de contratación y acceso a este negocio (y no la hay) el precio siempre tenderá a elevarse, bajando su calidad tal como predice el manual económico.
El monopolio forzoso de la seguridad pública tiende, por lógica, a derivar en gangsterismo. En protección al Estado recaudador antes que a la gente. En un peligro para bienes y personas. En un obstáculo a lo que por justicia corresponde: el castigo de los reos y el recupero de lo que perdimos y donde la confianza en la autoridad de aplicación se degrada hasta desaparecer. ¿Le suena a proceso conocido?

Pruebas al canto: la presión fiscal en Argentina (que incluye el costo de esta pésima Seguridad estatal) está en una cifra récord pero la inseguridad y la impunidad son mayores que nunca antes. ¿Queremos más de lo mismo? Votemos pues otra vez a un socialista, partidario de una sociedad bien fiscalizada.
Los impuestos -ocultos y encareciendo todo lo que tocamos- ascienden ya al 34 % del producto bruto del país. Una carga económica que bien podría asemejarnos a los esclavos de las monarquías del siglo XVII.

Nadie pagaría estos tributos sin el brutal armamento del gobierno apuntándole por la espalda. Daríamos a ese dinero, por cierto, un uso más productivo, satisfactorio y multiplicador.

Lo real es que por más belleza literaria que posea, la Constitución no dota a los ciudadanos comunes ni a las minorías que declara proteger, con los medios para tutelar el cumplimiento de esta protección. No es posible en la práctica impedir que el partido de gobierno abuse de sus poderes porque no hay medios efectivos que obliguen al oficialismo a observar las normas redactadas para controlarlo. Su interpretación de estos mandatos restrictivos es invariablemente laxa mientras que aplica con criterio inverso los más imaginativos frenos legales y hasta amenazas penales, contra el accionar de sus adversarios ideológicos.
Los resortes coactivos del Estado hacen la diferencia en orden a quién prevalece en esta pulseada de doble standard.

Suena propio de imbéciles, por otra parte, confiar en que una institución (el Estado) “autorizada” a gravar sin consentimiento, pueda ser protectora del trabajo y su resultado: más propiedad para más gente.
Poco o nada es lo que puede hacerse contra la simple mayoría numérica en este sistema violento de democracia política, para contrarrestar la tendencia a la opresión y al abuso del poder. Aunque resulte doloroso, todo lo que se diga a favor de la noble idea de un gobierno constitucional y limitado, será siempre una utopía.

Se nos dirá entonces ¿cuál es la alternativa? Es, por supuesto, apoyar la democracia de mercado que, como en el caso-ejemplo de la Seguridad, dé a la sociedad posibilidades de elegirlo todo con votos diarios (en lugar de cada 4 años), en competencia abierta y sin pagar dos veces por la misma prestación de servicios básicos, como sucede con los casos actuales de la seguridad, la salud, la educación y tantas otras cosas.
¿Por qué? Porque es lo voluntario. Lo no violento. Lo correcto y porque además la competencia genera inversiones y trabajo. Y porque la multiplicación del empleo genera poder de compra en la gente. Y porque ese poder brinda la posibilidad de elegir en el mercado, lo que sea. Y porque poder elegir en serio, finalmente, hace más libres y felices a las personas.

El derrocamiento de una persona, de un gobierno o de todo un sistema es, por fin, una cuestión de opinión pública. Traspasados ciertos umbrales de desconfianza y sentido común, el forzamiento de los honestos y de los pacíficos, tendrá siempre sus horas contadas.

Doble Standard

Abril 2011

Consideremos las siguientes afirmaciones:
a) Nadie está en posesión de la verdad. b) Cada quien puede pensar y decir lo que quiera, sin pretender imponérselo a otros por la fuerza. c) Todos debemos respetar las ideas y la forma de vivir de los demás.
Imaginemos ahora estos tres puntos sometidos a una encuesta nacional de aprobación o rechazo: con seguridad, más de dos terceras partes de la gente afirmaría estar de acuerdo. Al menos si tuviesen que responder a cara descubierta con nombre, apellido y de pie frente a su comunidad.

Siguiendo una hipotética línea de coherencia, entonces, 7 de cada 10 argentinos deberían asumirse como liberales. Incluso libertarios, vale decir: pro absoluta libertad civil, económica y de creatividad aplicada, considerándose identificados con la ecología inteligente, con el pacifismo, con la supertecnología y la no violencia totales.
Pero una mayoría de connacionales no sólo no se consideran liberales sino que, fieles a un doble standard y en esa misma proporción (66 %), se declaran estatistas. Esto es, partidarios de un Estado-papá bien armado, omnipresente, regulador y subsidiador. Con mandato, claro está, para imponer sus ideas quitando por la fuerza “a otros”, a como dé lugar (aprietes mafiosos incluidos) y sin estúpidas cortapisas republicanas, los dineros necesarios a tales fines.

Esta hipocresía rampante, se manifiesta por todas partes. Como en materia educativa, donde la mayoría desea más escuelas públicas “gratuitas” con más docentes sindicalizados, mientras pasan a sus hijos a colegios privados con la velocidad del rayo ni bien logran una modesta mejora económica. O sea, quieren lo inferior “para el otro”. Cuando lo decente sería preguntarse cómo hacer para que el 90 % de la población acceda a buenos empleos, que permitan costear buena educación privada para sus hijos.

Lo mismo pasa con las coberturas de salud o con el acceso a zonas protegidas por seguridad privada. Y también pasa cuando, tras votar a otro estatista más, los habitantes de Buenos Aires y alrededores se desgañitan en quejas contra los constantes embotellamientos y piquetes. O por las demoras y accidentes en rutas estrechas y obsoletas, aún a sabiendas de que autopistas superpuestas, rutas ampliadas, trenes y subtes ultra modernos o seguridad vial modelo siglo XXI son cosas inherentes a un sistema decididamente respetuoso de la propiedad, capitalista, liberal y de altísima inversión privada.

Doble Standard para todo, como cantar loas a la humillante Asignación Universal por Hijo en lugar de admitir que ese mismo sistema de subsidios e intervenciones cada vez más extendido y que frena toda inversión, es criminalmente responsable de que los propios padres de esos hijos carezcan hoy de la educación y los empleos necesarios para proveer dignamente a sus familias.
Como mirar para otro lado cuando se explica que en 2007 el 8,7 % de los hogares argentinos estaban bajo “riesgo alimentario severo”, mientras que en 2010, con la AUH funcionando, ese mismo “riesgo alimentario severo” afectaba ya al 9,1 % de la misma población en crecimiento.

Esta extraña omertá puede simbolizarse en el caso del Sr. Pérez, empresario de barrio propietario de una heladería y cafetería, que emplea a tres personas. El sabe que el recalentamiento inducido de la economía que el peronismo fogonea mediante el tándem inflación deliberada - indexación general - subsidios clientelistas - confiscación tributaria - cierre al exterior (y otras insensateces), generó un relativo bienestar con su correspondiente boom de consumo, que es lo que mantiene su negocio en marcha. Lo que importa para Pérez y sus empleados de salario mínimo es el hoy y no si este modelo económico es justo o sostenible frente al próximo pestañeo del precio internacional de la soja o de la demanda asiática (el “viento de cola”). Por eso piensan volver a votar kirchnerismo u otro estatismo y así lo expresan ante el encuestador.

Si bien la presión impositiva es récord y el gasto público trepó por encima del 44 % del PBI (frente al 30 % promedio 1970/2000), lo que se ve es la cooperativa estatal de “trabajo” (aunque sea de bajos salarios) y el aumento de ventas de electrodomésticos, motos o autos.

Lo que no se ve es el aumento de los ni - ni (genéricamente, jóvenes que no estudian ni trabajan), que según las fuentes (Indec u oposición) son entre 800.000 y 1.400.000.
Lo que no se ve es la tremenda caída en la consideración global de nuestras universidades, su nula tarea de investigación y la ausencia de interés de otras casas de altos estudios extranjeras por radicarse en Argentina (sólo hay una, contra 170 en China).
Lo que no se ve es esa extraordinaria medición de productividad y excelencia que constituye el registro anual de patentes de un país.
La última cifra conocida es del 2008, cuando la Argentina patentó 79 innovaciones, frente a Corea del Sur que registró… 8.000.
Hace 4 décadas, este era un país mucho más pobre que el nuestro pero hoy día nos dobla en ingreso per cápita. ¿Qué pasó? La explicación, muy simple, está en su apertura exportable capitalista versus el proteccionismo estatista nacional. ¿Otro ejemplo? En los años ‘60 Singapur, una nación sin recursos naturales, tenía un ingreso per cápita 10 veces menor al argentino. Hoy nos supera ampliamente, ocupando el 9° puesto en el ranking mundial. Claro que en otro ranking que tampoco se ve, el de Libertad Económica, Argentina figura hoy en la posición 138 sobre un total de 179 economías testeadas. No hay sorpresas en nuestra decadencia.

Dicen las encuestas que al Sr. Pérez y a sus empleados no les interesan estas cosas tan abstractas, que “no significan nada” en su vida del hoy. Ellos siguen fieles al doble standard y a la vieja venda sobre los ojos. Pero también saben que sus decisiones incorrectas, insensibles para con los que sufren y para la siguiente generación, terminarán pasándoles factura y que llegado el momento habrán de enfrentar el antiguo dicho de el calavera no chilla.

Suerte y Destino

Abril 2011

No es un tema menor aquel de “la oportunidad de tener suerte”. Forma parte importante de las oportunidades que una sociedad justa debe brindar a sus integrantes, en especial a aquellos que parten desde una situación desfavorable: malas grillas de partida que podrían deberse al déficit de esfuerzo inteligente (o al mal voto) de padres y abuelos, a la propia incompetencia anterior… o simplemente a la mala fortuna.

Resulta innegable que la suerte es un gran igualador y que cualquiera (si el entorno es adecuado) puede beneficiarse de ella.
Si sólo se premiaran nuestras habilidades y competencias las cosas serían más injustas ya que no elegimos nuestras habilidades, y porque demostrar nuestra competencia depende de factores que con frecuencia no controlamos.
Evitando que siempre “gane” el mismo afortunado, el azar ofrece muchas veces la oportunidad de barajar y dar de nuevo en el mundo socio-laboral. La suerte, claro, es más igualitaria que la inteligencia.

Una vez más el capitalismo, ese sistema que por naturaleza beneficia más a los que menos tienen, auxilia a quienes estén listos para aprovechar las oportunidades maximizando la potencia niveladora del factor suerte. Porque un sistema que promueve la más amplia libertad de negocios, el real acceso al crédito, la desregulación burocrática y la rebaja de impuestos prepara eficientemente a una mayor cantidad de gente con ganas de progresar, para capturar con ventaja las variaciones y favores que se producirán en el mercado.

Es inocultable que contra esta clase de oportunidades para todos, trabajan los partidos de nuestra vieja centro izquierda progresista. La misma que desde 1945 cementó y fraguó el terrible piso de 30 % de indigencia y pobreza, tras bajarnos a garrotazos del top ten mundial que “la derecha” -con todo y sus errores- nos había legado.
Progresismo bien representado hoy en el arco que va de Solanas a Binner y de Alfonsín a Cristina, pasando por Moyano, Scioli y Bonafini entre otros. Dirigencia cavernaria que sigue combatiendo al capital mientras tensa el torniquete impositivo, con el polvoriento cuento marxista de los ogros corporativos capaces de engullir al mundo. De que los poderosos se hacen cada vez más poderosos y que los medios de explotación empresaria se autoalimentan, multiplicando la injusticia del sistema.

En realidad, y tal como observa el experto en la ciencia de la incertidumbre, matemático y filósofo libanés Nassim Taleb “hagamos un corte transversal de las empresas dominantes en un momento dado; muchas de ellas habrán desaparecido varias décadas después, mientras que empresas de las que nadie oyó hablar habrán aparecido en escena, salidas de algún garaje de California o de una habitación de algún colegio universitario. Consideremos la aleccionadora estadística siguiente: de las 500 mayores empresas de los Estados Unidos en 1957, únicamente 75 seguían formando parte de este ranking cuarenta años después. Sólo unas pocas habían desaparecido en fusiones; las demás se habían reducido o habían quebrado.
¿Porqué fue el capitalismo (y no el socialismo) el que destruyó esos ogros?” Como se ve en el país más capitalista “si uno deja solas a las empresas, estas tienden a ser devoradas. Históricamente, cuanto más socialista fue la orientación de un país, más fácil les resultó a las grandes empresas permanecer y dominar. Los gobiernos socialistas protegen a sus monstruos en problemas y al hacerlo, abortan a los posibles recién llegados. La suerte hizo y deshizo Cartago; hizo y deshizo Roma. Las corporaciones de talante ávido y bestial finalmente no significan amenaza alguna, porque la competencia las mantiene a raya.”

A más competencia, más raya. A más capitalismo, más competencia y menos ogros protegidos. En el oscurantismo político que nos toca vivir, el destino se elige votando en mayor número y el papel que la suerte desempeña en él, también.
Frenar la competencia (y la competitividad) es dar ventaja económica a los “amigos” monopolistas, impidiendo el desarrollo de los entornos favorables y cortando las piernas a la oportunidad de que los desfavorecidos se favorezcan.

Mientras que nuestros muy votados populismos se dedican a bloquear la libre competencia a través del dirigismo intervencionista que les es tan lucrativo, quienes sostenemos los ideales liberales (y en su extremo de potencia creativa, libertarios) luchamos por controlar en serio a las grandes empresas y a cualquier forma de monopolio (incluidos los estatales) a través del poder soberano de la gente común, eligiendo en libertad sobre mercados en verdadera competencia, que no estén intra-distorsionados con reglas discriminatorias.
En ese marco, las empresas pueden quebrar las veces que quieran mientras subsidian con sus propios fondos a esa gente común que aprovechará sin miramientos los precios, las ofertas, los saldos y las liquidaciones por cierre. ¡Que transfieran de manera voluntaria su dinero, literalmente, a nuestro bolsillo!
Tratándose del Estado, en cambio, el interés público está en asegurarnos de que no nos transfiera el costo de sus locuras.

Sería impropio de personas educadas urgir a nuestras mayorías a que -de una buena vez- dejasen de ser carne de prostitución política. Nos bastaría que lo fueran en los lugares adecuados, entre los que no se encuentra, por cierto, el cuarto oscuro electoral.

Dulce Democracia

Marzo 2011

El Sr. Pérez tiene una casa propia, donde habita con su esposa y cuatro hijos solteros de entre 17 y 23 años. También su madre forma parte del grupo ya que está a su cargo y vive con ellos.
Supongamos que la familia Pérez quiere iniciar una obra de ampliación en su casa. Su idea es un garaje de planta baja con vivienda incorporada en el primer piso.

Podrían entonces contratar a un constructor matriculado para que haga el cálculo de materiales, de estructura, de sistemas eléctricos o sanitarios y para que dirija las tareas propias de la obra.
O… podrían votar en familia, abuela incluida, decidiendo por simple mayoría cuál de sus 7 miembros se hará cargo del diseño, los cálculos estructurales y la dirección del proyecto.

De tomar esta última opción, lo más probable es que la construcción termine en desastre o al menos que adolezca de graves y peligrosas fallas.
Resulta evidente que no es esta una opción viable: nadie en su sano juicio dejaría algo tan importante en manos improvisadas, ni siquiera con la mejor buena voluntad de por medio.

Este ejemplo insensato es aplicable a la democracia política tal como la conocemos. Que no es otra cosa que adoptar por simple mayoría, “en dulce montón” y sin puerta de escape esta misma opción inviable, en lo que se refiere a la construcción del bienestar social.
Porque ¿qué pueden decidir -para todos- una “política” o un “político” frente a la inmensa complejidad de los deseos, opciones y problemas cruzados de millones de personas como las que interactúan sin pausa en cualquier sociedad, con diferentes ideas (todas respetables… ¿o no?) sobre lo que a cada uno conviene? ¿Qué puede saber -en nombre de todos- un ministro, un secretario de gobierno, un legislador, un “asesor” (o cientos, incluso miles de ellos) acerca de los millones de sueños, proyectos e intercambios personales diarios, superpuestos, cambiantes e inter-relacionados y con feed back creativo que se suscitan entre familias y amigos, entre la gente de trabajo, entre grupos, ONG’s y empresas o entre las propias sociedades? ¡Siempre estuvieron superados! ¡La utopía es pretender manejar a todos, interfiriéndolo todo contra natura!

Hablar de gobiernos hoy en día, es hablar el lenguaje del pasado. Como con las antiguas monarquías, se trata de castas ensorbecidas con privilegios robados al esfuerzo ajeno que no estuvieron ni están capacitadas para comprender, menos para dirigir y mucho menos para beneficiar sin exclusiones al conjunto.

Los funcionarios y legisladores designados por algunos para “solucionarnos la vida” a todos, solo tienen capacidad y poder para poner camisas de fuerza a los conocimientos e iniciativas, evitando que se generen más conocimientos e iniciativas por fuera de lo establecido por ellos mismos. Visión estrecha que se traduce en estancamiento y recorte de ingresos a gran escala, de factura garantida.
En nuestro país, esta clase de idioteces frenantes de grueso calibre pueden verse con especial nitidez y frecuencia.

La pobreza que experimenta gran parte de la humanidad se debe a esta falta de sentido común, que subterráneamente y gracias a tecnologías como Internet y a sus redes horizontales en crecimiento, se encuentra en retroceso. Los enlaces cibernéticos salvan hoy los obstáculos geográficos haciendo de fronteras y otras discriminaciones, especies en peligro de extinción.
Puede que el siglo XXI sea finalmente el de la desaparición del Estado: ese “mafioso simpático”, celoso patrón de territorios demarcados al que la gente le dará progresivamente la espalda, a medida que se percaten de que no lo necesitan. Nutriendo la tendencia naturista a considerar un “cerdo autoritario” a todo aquel que sostenga que el poder político es necesario y que confiere privilegios.

Naturalmente, esta costumbre de atarnos con correajes y cadenas que nos impiden crecer creó una corte de pseudo-empresarios genuflexos, de vagos excluidos (aterrados y violentos), de sindicalistas atropelladores y de funcionarios incombustibles, vitalicios todos en el absurdo privilegio de disponer a su antojo de bienes que no les pertenecen. Corte corrupta, como toda corte mafiosa, que lucra con la sangre de los necesitados y en favor de la propia supervivencia del sistema.

La soberbia nos gobierna pero lo cierto es que nadie puede manejarlo todo en dirección a maximizar riqueza, bienestar y aceptación generales. Ni siquiera podría hacerlo un grupo ilustrado, ni aún tratándose de uno muy grande y cargado de títulos. Mucho menos algún autócrata cretino que se crea con derecho a imponer sus normas económicas a minorías pacíficas que no las comparten.
Manejar de forma inteligente el muy complejo mercado de la interacción humana no es tarea de algunos ni de un lote de gobiernos pedantes sino de la humanidad entera.

Volviendo al Sr. Pérez, tal sería el caso de tomar la primera opción: la de contratar al especialista.
Y en los asuntos de todos, el especialista somos todos. Cada cual en su propio campo de excelencia, en competencia por brindar el mejor servicio (el que sea, sin tabúes decimonónicos) al menor costo. Y sin los monopolios de la mafia estatal interfiriendo, desde luego. ¿Existe una más perfecta forma de democracia? Es la democracia del mercado, donde el consumidor (de cualquier cosa, desde pan a educación pasando por asistencia social) es el soberano, votando a diario con su ayuda voluntaria, con su compra o con su abstención, bajando o subiendo el pulgar a los prestadores del servicio que necesite, tantas veces como quiera.

O como enseña, entre otros, el pensador español Enrique Fonseca: “La evolución lógica del capitalismo global es la muerte del Estado y el nacimiento de empresas privadas que le sustituyen. Estados privados si lo prefieres llamar así. Justicia, moneda, seguridad y defensa privada. Y todo mientras sigues tomando tu coca-cola en el bar de la esquina. Todos vivís en el mismo bloque de edificios, y tomáis café juntos. Pero de la misma forma que tenéis contratadas distintas compañías de telefonía móvil, usáis distintos servicios de justicia. Me diréis ¿qué pasa cuando haya un conflicto entre dos personas pertenecientes a distintos estados-empresa? Pues lo mismo que pasa actualmente cuando un francés tiene problemas con un español. Los gobiernos llegan a un acuerdo. En este caso, al ser empresas privadas, saben que cuanto mejores tratos firmen, mejor se situarán frente a la competencia y mayores beneficios lograrán. De lo contrario, la posibilidad de sus clientes de pasarse a cualquier otra empresa es tan fácil como la que tienes actualmente para cambiarte de Movistar a Claro. Estados compitiendo entre ellos para darte un mejor servicio a menor precio. ¿Existe mejor política de recorte de impuestos?”

La Política del Arrebato

Marzo 2011

Leyes de mayoría y aplauso público consagran aquí la política del arrebato. Verdadero tiro en el pie de nuestra república, compartido por casi todo el arco opositor.
A diario se inventan derechos que, al hacerse efectivos, demuelen derechos anteriores y más importantes. A diario se arman consensos sobre el negocio de la necesidad apelando al soborno más descarado, fraguando juridicidades a medida y dando andamiaje legal a un nuevo ejército invasor: el de los parásitos ladrones que avanzan colonizando la propiedad ajena.

Políticas esquizofrénicas, llevadas a cabo por delincuentes (no importa su investidura) y que impactan por efecto derrame, a todo nivel.

Vivimos inmersos en una gran inseguridad pero ¿Sabía usted que -en suba al menos desde la época del presidente Alfonsín- los suicidios superan en 20 % a las muertes por homicidio? ¿Y que casi el 70 % son de jóvenes de 15 a 24 años? Sí. Un joven se suicida cada 3 horas en Argentina.
¿Se le ocurrió a usted pensar que podría existir algún punto de conexión con el hecho de que ocupemos el puesto 62 en el ranking de resultados educativos, entre 65 países testeados?
Con impecable lógica, el funcionariado docente ignoró el reciente bicentenario de Domingo F. Sarmiento, nuestro gran educador e incorruptible partidario, por cierto, de la poderosa sociedad abierta que nos elevó al primer mundo.

¿Pensó en la durísima indignidad, el íntimo sentimiento de traición a la patria de quienes sabiendo que votar centro-izquierdas es colaborar para que nuestra bandera sea usada como trapo de piso (o algo peor) por países que nos van dejando atrás, reiteran su “voto al delincuente” empujados por el temor y la necesidad? Porque el mapa del sufragio en esta Argentina inmoral es el aberrante mapa de la necesidad.

De acuerdo a las encuestas nuestra juventud, que debería ser la fuerza impulsora de un futuro nacional brillante, cree (sabe) que no podrá mantener siquiera el mismo nivel de vida de sus padres. No se engañan porque conocen el paño desde que nacieron. Salidas laborales que se cierran como un embudo, sueldos y subsidios de miseria crónica, imposibilidad de formar una familia asegurándole un bienestar acorde a los adelantos de este siglo, miedo a la emigración, desesperanza vital, desesperación y vicios estupidizantes para olvidarla, delincuencia desinhibida (cuando ya todo da igual) o bien… la muerte como elección.

La política del arrebato fue la escalera que la mayoría de los argentinos eligió para bajar a este pozo ciego de atraso, expulsión social y muerte. Y sigue siendo el camino para profundizarlo. La pala siempre se llamó “impuestos progresivos” y el balde “reglamentaciones legales”.

Arrebatando la ganancia reinvertible y hasta el capital de producción. Como hace el tándem Kirchner-Scioli con el sector agrario, por poner un ejemplo de producción eficiente, con el nuevo Impuesto a la Herencia provincial que se superpone al Impuesto nacional a los Bienes Personales que lo reemplazaba, a su vez superpuesto al Impuesto Inmobiliario rural provincial, que ya venía superpuesto al Impuesto Vial municipal, tributando todos con altas alícuotas una y otra vez sobre el mismo bien. Después de haberle podado con “retenciones” el 35 % del precio de su principal producto, claro. Y antes de esquilarlo nuevamente con los muy pesados Impuestos al Cheque, Ingresos Brutos, Ganancias y con innumerables “permisos” y “aportes”. Además de las elevadas tasas de IVA y del Impuesto Inflacionario. Porque lo demencial es la sumatoria, potenciada por nuestro enloquecedor reglamentarismo dirigista y de intervención extorsiva intra-mercados.

Arrebato contraproducente tanto en la agropecuaria como en otras áreas vitales de la red horizontal del trabajo honesto, que sólo sirve a la satisfacción de un igualitarismo tan envidioso como estúpido, y que conduce sin escalas a esa tan conveniente pobreza que sufren los necesitados.

A pesar de todo, el escape de la trampera sigue siendo sencillo ya que el desarrollo, al igual que la pobreza, está a la breve distancia de una elección.
Para desarrollarnos, sólo deberíamos elegir a personas comprometidas con la siguiente progresión: fuerte libertad económica y laboral = ingreso masivo de capitales de inversión = fuerte creación de empleo productivo y bien pago = más dinero honesto en manos de mucha más gente. Y que después cada ex-necesitado haga con su dinero lo que quiera: que lo done a la iglesia, que ayude a su abuela, que eduque a sus hijos o que monte una fábrica de caramelos. O de acero.

Si es tan fácil ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no se lo hace con decisión en casi ninguna parte? Porque somos sociedades esclavas, que producen mayormente para sus amos del gobierno (sin contrato alguno de servicios firmado, como corresponde a todo esclavo), y que no están en posición fácil de decidir ninguna cosa importante. La pseudo democracia que nos rige regula en los hechos -con mano de hierro en guante de terciopelo- un gran campo de trabajos forzados, rodeado por torres de vigilancia.

El brillante economista e historiador norteamericano Robert Higgs nos ilustra el caso recordando que la esclavitud tradicional, que existió en todas partes durante miles de años, siempre tuvo opositores, tratados invariablemente (por la sociedad) de idealistas utópicos o subversivos peligrosos, blancos en cualquier caso de agresión violenta.
En la actualidad, la idea de que la esclavitud es una institución justificada y moralmente defendible terminó. Pero los mismos argumentos que antaño se esgrimieron en su defensa, son utilizados hoy para oponerse a la abolición de esa nueva forma de esclavizar y someter, a la que llamamos Estado o gobierno: “un complejo institucional que reposa en las mismas endebles fundamentaciones intelectuales que la vieja esclavitud”.

Se dice (falsamente) que el Estado tal como lo conocemos es algo natural, que ha existido siempre y que todas las sociedades lo tienen. Exactos argumentos que sostenían los defensores de la antigua esclavitud: “todas las sociedades tienen esclavos; es algo natural y así ha sido siempre; no podemos cambiarlo”.
También se afirma hoy que la gente es incapaz de cuidarse por sí misma, que sin gobierno las relaciones comerciales entrarían en caos y que allí donde se carece de Estado las personas se encuentran mucho peor. Los esclavistas, claro, voceaban esta misma falacia argumental palabra por palabra reemplazando “gobierno o Estado” por “esclavitud”.
Y se dice, finalmente, que sin un Estado como el actual las personas vagarían sin control, robando y matando; que abolir el gobierno central es necio, utópico e impracticable y que el mal menor es procurar que la gente esté alimentada y entretenida para quitar de sus mentes toda idea de que existe explotación impositiva y reglamentaria.
Al igual que los modernos y costosos amos, nuestros antepasados también sostenían que los esclavos liberados se dedicarían al pillaje y la violencia, que terminar con la esclavitud era una utopía peligrosa y que lo mejor era mantener a los esclavos medianamente hospedados, alimentados y vestidos, quitando de sus mentes la estúpida noción de que sus necesidades podían ser mejor solventadas en libertad.

Todo absolutamente falso, ahora y antes. Tal y como se probó una vez abolida la antigua institución de esclavitud y como se probará cuando empiecen a abolirse por partes las infames obligaciones esclavas que nos imponen estos “demócratas” parásitos para mantenernos en el subdesarrollo, en la ignorancia y al servicio de sus lujos.
Todos y cada uno de los "servicios" que nos provee el Estado pueden ser prestados por diferentes personas sin monopolios legales, a menor costo y con muchísima mayor eficiencia.

La inseguridad es innecesaria. Las graves fallas en educación y justicia son innecesarias. Las tremendas deficiencias de los sistemas de salud e infraestructura vial son innecesarias. La pobreza misma y los suicidios juveniles son innecesarios. Y el Estado-mafia tal como lo conocemos, causa directa de todo lo anterior es también, por supuesto, innecesario.

El Desarrollo es una Elección

Marzo 2011

Argentina fue hasta 1930 e incluso hasta el ‘45 un país de gran progreso, respetado y escuchado. La inercia de este prestigio nos permitió circular con todo y nuestra creciente estupidez mayoritaria, quizá, hasta mediados de los ‘60 pero a juzgar por nuestro presente, podría concluirse que desde entonces venimos deconstruyendo una nación retrógrada. Lo cual remite a una población de electores mezquinos y corruptos.

Sostener este aserto sería, sin embargo, una verdad a medias ya que lo que hoy destaca, ante todo, es una gran ignorancia. Una caída de nivel cultural, de sentido de responsabilidad personal y de comprensión plena de consecuencias. Producto de la destrucción de nuestra educación pública, cuyo origen puede a su vez rastrearse hasta el aciago día en que una cierta masa crítica de Maestros terminó de ser degradada al rango sindical de “docentes” (o trabajadores de la educación).
Dimos así inicio a un camino de distorsión de valores y déficit de conocimientos actuales e históricos en gran parte de nuestra población, que trabó y frenó -como con un hierro- los delicados engranajes de la democracia para terminar infantilizando por completo el criterio de selección electoral.

En palabras de Marco Tulio Cicerón (sabio romano, 106 - 43 AC) “no saber lo que ha ocurrido antes de nosotros, es como seguir siendo niños”, sentencia que podría completarse con palabras de Harry Truman (político estadounidense, 1884 - 1972): “la mejor manera de dar consejos a los niños es averiguar primero qué desean y enseguida aconsejarles que lo hagan”. Enseñanza que resume la esencia –el auténtico Santo Grial- de todo pensamiento populista, sea cual sea el disfraz que lo disimule.

El egoísmo, la envidia, la pereza, el disfrute ante la desgracia ajena o incluso el deseo de apoderase por la fuerza de bienes de otros son pulsiones normales que pueden encontrarse en cualquier grupo humano. Una sociedad inmadura (mal - educada), claro está, tendrá menor autocontrol que otra educada y sus tendencias destructivas tenderán a aflorar con mayor facilidad.

Los populismos nacionalistas o socialistas y en general las agrupaciones políticas que se autotitulan humanistas, social demócratas o de izquierda, aprendieron a usar estas “fuerzas innatas”. Lo hicieron incorporando estas negatividades al modo normal de entender la competencia política, nutriéndolas con arte y manejándolas en beneficio de sus dirigentes y de algunos sectores por ellos digitados (empresariado y sindicalismo amigos, empleo público como sucedáneo a seguro de desempleo etc.)
Hallaron así su solución al problema de la desconfianza y el enfrentamiento social “instintivo”, afianzando su red de privilegios mediante el manejo de una instrucción pública orientada a la clientelización perpetua de la política. Y capitalizando para sí la lógica de la lucha entre grupos, por los restos de un pastel imposibilitado de crecer al mismo ritmo que las demandas de la gente.
Cuanta menos materia gris y cultura histórica en el padrón electoral, más fácil les será a esta clase de políticos persuadir a los votantes de que la vagancia, el robo y el reparto del botín, contraproducentes e inmorales en lo personal, trocan (por interpósita persona: el funcionario electo) en “bien” común. Ofrecer a alguien escaso de valores un atajo para vivir con menos dependencia del estudio, el trabajo y el mérito a cambio de su voto es, qué duda cabe, una gran idea y explica perfectamente la popularidad de la izquierda.

Pero apelar al canibalismo social para deconstruir, burlando las reglas de la economía y de la ética tiene un costo muy elevado.
En un entorno semejante, las disconformidades, los enfrentamientos y los correspondientes cortes, usurpaciones, escarches, paros, marchas y piquetes no pueden sino estar cada vez más en primer plano.

Era esperable que esta concepción inmoral de la política nos trajera hasta el callejón sin salida donde renunciar a estas armas de alto poder equivale a renunciar a formar parte del juego o resignarse a obtener, en el mejor de los casos, un apoyo cercano al 20 % de los votos “válidos” (*).

El sistema se encuentra en descomposición por ignorancia. Des-aprendimos colectivamente el manejo inteligente de las pulsiones “peligrosas”, cual es, usarlas…pero a favor de toda la sociedad. Como en el judo, un deporte cuyo arte consiste en utilizar la fuerza, el impulso del adversario para quedar en ventaja, capitalizar la sinergia y ganar.

Cómo aprovechar el impresionante poder motivador del afán de lucro, de la envidia o incluso del egoísmo que sobresale en algunos individuos, encauzándolo en un orden que maximice el beneficio social, es algo que se sabe desde los tiempos de Adam Smith (economista y teólogo escocés, 1723 - 1790, autor del incunable “La Riqueza de las Naciones”).

Lo que se sabe, desde luego, es que el único sistema económico social que funciona es el capitalismo liberal, en cuyo novísimo extremo de potencia creativa se sitúa el modelo libertario. Se sabe que fracasados están los criminales experimentos comunistas de soviéticos y chinos. Que fracasados están los decepcionantes experimentos socialistas nórdicos y los cada día más patéticos intentos europeos por apuntalar el insostenible “Estado de bienestar”. Y que fracasado está, en fin, el largo experimento norteamericano con avance sin pausa del peso intervencionista de su Estado, que está haciendo virar a la superpotencia hacia el declive.
Casi todas las sociedades padecen el mismo cáncer, que en nuestro caso es metástasis y en otros, tumores en diferentes etapas. El estatismo y la coacción matan y en el extremo opuesto, ciertamente, el desarrollo es una elección de proporción directa al grado de inversión capitalista que nos atrevamos a permitirnos.

¿Importa más evitar las desigualdades que sacar a las masas de la pobreza? ¿Satisface más impedir el enriquecimiento por derecha de algunos que aumentar el nivel de ingresos de la mayoría? ¿Es preferible una sociedad estancada con tal de evitar la envidia resentida de ver el progreso del vecino? Tal parece nuestro credo nacional, al decir de las encuestas. Sigamos pues votando a los dirigistas de siempre. La miseria y la desesperanza, el barro y la desnutrición también son una elección.

(*) Forma parte de esta “lógica” que la clase política ignore la abstención, los votos en blanco o auto impugnados, definiéndolos como no válidos.

Ceguera Psicológica

Marzo 2011

El problema no está en la naturaleza de los sucesos sino en la forma en que los percibimos, configurando muchas veces una verdadera ceguera psicológica.

Vemos los resultados visibles pero no las consecuencias menos obvias de cada decisión de gobierno, las que de manera invariable resultan mucho más significativas.
Por caso, puede considerarse la forma como la Presidente gira cuantiosos fondos a municipios adictos para obras de pavimentación y embellecimiento urbano o con destino a sostener gremialistas aeronáuticos, paliando el déficit de Aerolíneas o bien al fútbol televisado gratuito. ¿Lo hace con dinero propio, con donaciones de la multitud de políticos enriquecidos o de los afiliados de su partido? No. Emplea para ello dinero público.

Dinero detraído entonces de otro lugar menos mediatizado, como podría ser la investigación sobre cáncer, diabetes, transplantes, cardiopatías y sida con fondos privados.
Pocos son los que se fijan en la calidad de vida de estos pacientes; la televisión casi no los muestra y además ellos no votan: para la próxima elección, incluso es probable que hayan muerto. Cada día mueren cientos pero aún así el dinero se toma de ellos, quizá indirecta o tal vez directamente, perpetrando una agresión “involuntaria” pero letal, que queda en silencio.

Con seguridad, un ordenamiento amigable a la democracia de mercado redireccionaría esos fondos dando prioridad a prevenir enfermedades y muerte, asuntos con evidente relevancia en la valoración pública, soberanía del voto consumidor mediante. Resultados complejos, creativos e interactivos que se dan por combinación de millones de micro opciones (cooperación espontánea de mutuo beneficio en red tridimensional) fruto de la libertad, que al planificador central por fuerza se le escapan.

En el mejor de los casos podemos ver lo que hace hoy la Presidente e incluso llegar a aplaudirla pero no vemos su alternativa: los políticos son expertos en publicitar lo que hacen sin mostrar lo que dejan de hacer.
Existe un pavoroso cementerio oculto de consecuencias invisibles -en todo gobierno censor de la libre iniciativa- cuyo costo nunca recae sobre quien decide desde un escritorio el destino de dineros ajenos. Haciendo que no funcione en la democracia política la lógica del aprendizaje en carne propia.
Las consecuencias positivas benefician a su autor mientras que las negativas, invisibles, son soportadas por todos los demás con un coste neto de pérdida para el conjunto social. El lucro cesante del país, claro, queda enterrado: no se mide ni se siente.

Ni qué decir si trasladamos este razonamiento a todo el ámbito de la tributación, destinada a un sinnúmero de fines discrecionales. Incluso la pensión mensual de quienes nunca aportaron o la Asignación por Hijo, por poner ejemplos de extrema sensibilidad, siguen restando con fuerza al capital de reinversión que hubiera generado la buena educación y/o el buen empleo que el padre y el abuelo de ese hijo necesitaban, para proveer adecuadamente a su familia sin necesidad de degradantes limosnas clientelizadas. ¿Hace falta decir que más de lo mismo que se probó durante tantos años no es la solución?

Pero el fondo oscuro de esta democracia política de suma negativa es mucho peor. Ya no es teoría ni especulación malintencionada. Ya no es parte del malvado discurso librecambista, bloqueador de soluciones solidarias al desastre social. Esta vez la impugnación ética y práctica proviene de hechos comprobados, modalidades y resultados fríamente expuestos tras estos dos nuevos períodos de gobiernos progresistas, del campo nacional y popular.

Porque si algo queda en claro después de otros 8 años de peronismo, es la maestría que el sistema populista en su conjunto ha adquirido en el sofisticado arte de abusar en beneficio propio de los mecanismos formales de la democracia vaciándolos por completo del espíritu republicano, viejo y sabio suavizador de sus aristas más violentas.
Nuestros reyes del subsidio llegaron a la mayoría de edad. La “ocupación veintenal” del sillón de Rivadavia sentó jurisprudencia: ya “es Ley” -aceptada hasta por la Corte- la costumbre de caminar, de aquí en más, por el sendero que discurre entre los límites interiores de la regla escrita civilizada y los bordes exteriores del hampa. Al menos mientras discurren cómo redactar, tal vez con ayuda de "La Cámpora", otra Constitución más acorde a este último parámetro.

Atrás quedaron estupideces como la independencia de los Poderes, la transparencia y austeridad en los actos de gobierno, la estricta honradez (aún a costa del propio patrimonio) implícita en la vocación del servicio público, la letra y el espíritu del único pacto social que nos une (la Constitución de 1853) o la simple educación en el trato y en el gesto, de quienes hablan al mundo representándonos.
Atrás quedaron utopías irreales, propias de locos y fanáticos como pensar en la próxima generación o siquiera más allá de la próxima elección, promoviendo la apertura de puertas y ventanas a las tecnologías, ideologías, y conocimientos de punta, a la innovación creativa, la eficiencia dinámica en producción e intercambio, la empresarialidad competitiva o la libre inversión a gran escala, con sus efectos en creación de nuevos emprendimientos, bienestar y más dinero limpio -también a gran escala- en manos de más gente.
Todas esas idioteces e inocentadas quedaron muy atrás, superadas por el lucrativo clientelismo nac&pop que inmoviliza la pobreza atornillando las caretas institucionales en su lugar, mientras compra conciencias con dinero sucio (es decir, sustraído con emisión inflacionaria y deuda financiera o robado a través de coacción impositiva, previa amenaza de cárcel).

Más aún. ¿Existe en todo esto diferencia real, de fondo, entre el oficialismo y la oposición con representación parlamentaria? ¿Es válido, en definitiva, acordar libertad a los enemigos de la libertad, de la riqueza argentina en grande y por derecha? La respuesta está dada por los propios hechos, como sugeríamos más arriba. Hechos de décadas, no de años.
Bienvenidos entonces al apriete que supimos conseguir. Porque ahora si; la dependencia permanente está instalada y con esta mafia se come, se cura y se educa.

Aunque la inmensa mayoría aún no se dio cuenta debido a la gradualidad del proceso, seguimos pagando tributo y recibiendo órdenes de gente que perdió la justificación moral, ética e incluso legal que, hasta cierto punto y bajo estrictas condiciones, la habilitaba.
El sistema sigue en marcha por inercia apoyado en su telaraña de prohibiciones y amenazas, dentro de un entorno vil donde casi todos están demasiado ocupados en sólo sobrevivir, pero al igual que en aquel cuento infantil, el emperador está desnudo y ya hay “chicos” que lo señalan.

Por cerrada que sea nuestra ceguera psicológica, no puede ocultarse que el contrato argentino está roto. El pacto de unión nacional bajo el sistema republicano, representativo y federal está muerto -y momificado- dentro de esa cáscara casi hueca, a la que damos el nombre de democracia.

Para reconstruirlo bajo normas que procuren excluir las facilidades mafiosas que lo destruyeron, bastaría reorientar nuestras opiniones -y votos- con ese norte: prohijando el voto diario y específico (no cada 4 años y genérico) de cada habitante del país, como la mejor manera de evolucionar profundizando la democracia. ¿De qué manera práctica? Apoyando a los candidatos que nos propongan un mercado y una sociedad lo más libre posible de violencia fiscal-reglamentaria, donde cada uno premie (haciendo crecer) o castigue (haciendo fundir) con su venia o no, al que nos ofrezca la mejor opción de lo que sea, desde pan a educación pasando por empleos. Corruptos y monopolios, fuera.