Agosto 2026
En
palabras de Abel Posse (diplomático, académico y escritor argentino, 1934-2023)
“Perón fue el gran corruptor; dividió el país entre pueblo y explotadores,
entre oligarcas y grasitas, como si fuese una originalidad.
Distrajo
a los de debajo de seguir ganando y progresando con el trabajo honesto, como
los gallegos y los tanos. Frenó una marcha igual a la de Estados Unidos, de
Canadá o de Australia y sembró la sospecha de estafa de clases en una sociedad
realmente abierta”.
Fiel
pintura de lo sucedido entre 1945 y 2023, año en que una masa crítica de
connacionales hizo finalmente un “click” electoral disruptivo; efecto bisagra
motorizado por la batalla cultural anti pobrista iniciada por A. Alsogaray en
los ’70 y asentada por J. Milei en la actualidad.
Juan Perón y su esposa Eva fueron ciertamente los grandes artífices de la grieta ética nacional y de la consecuente, brutal decadencia de la República Argentina, además de autores intelectuales del entramado clientelar de las más de 6.000 villas miseria o “asentamientos precarios” que, a casi 80 años vista, atosigan los conurbanos de nuestras ciudades.
Difícil
haber esperado otra cosa de alguien que era básicamente un vivillo poco
ilustrado, violento, sobrador y misógino además de pedófilo que, entre el “5 x
1”, el “alambre de enfardar”, el “al enemigo ni justicia” y el “tendría que
haber matado un millón”, sólo le cabía su gran admiración por el nazi-fascismo (que
venía de perder la guerra) y su ruinoso sistema corporativo.
Mas
lo hecho, hecho está y si analizamos el presente con atención a sondeos de
opinión basados en el factor emocional (que es lo que al final cuenta)
advertiremos que la sociedad argentina se divide en este 2026 y a todo efecto
político en tres parcialidades: un 17 % “estatista” (peronistas doctrinales,
radicales clásicos, socialistas y comunistas), un 46 % “individualista”
(libertarios, liberales y conservadores clásicos) y un 37 % “solidario” (liberales
culturales pero dubitativos en lo económico y oportunistas en lo político). 37
% que, huelga decirlo, decidirá la compulsa del ´27 y el destino de la
transformación en curso.
Es claro a esta altura que el 17 % frontalmente opuesto al gobierno libertario y favorable a la ingeniería social estatista no quiere que la Argentina vuelva a ser una potencia. Vislumbran la posibilidad, pero no la desean ya que en el camino perderían el statu quo de privilegios (protecciones, amiguismos, coimas, transas y subsidios o “conquistas”) logrados por coacción semi mafiosa a costa de los derechos del resto.
El
medio por el que obtuvieron esto a lo largo de los últimos 78 años, como se
desprende de lo afirmado más arriba, se corresponde con el sistema de
democracia delegativa de masas (clientelismo clásico) en aplicación de alta
violencia impositiva y reglamentaria con aval -por acción u omisión- de nuestras
sucesivas Cortes Supremas.
Un modelo
que los intelectuales libres de prejuicios ya catalogan como paleo política.
Una que nos hundió década tras década sin que el sistema representativo,
republicano y federal con su división de poderes, sus autocontroles, frenos,
contrapesos y sobre todo con su bella constitución escrita pudieran impedirlo,
pese a su fuerte compromiso teórico con la propiedad privada (la institución
clave).
Para
esa élite pensante, cuestionadora del statu quo y alertada de adoctrinamientos
oficiales inculcados desde la infancia, la historia cierra en aquella suma de
ingenuidades institucionales pergeñadas durante el siglo XVIII, que no podía
sino llevarnos a donde nos llevó: un contexto condicionante de omertá y corrupciones
cruzadas entre los 3 poderes supuestamente independientes de la república
democrática, ajustando el nudo gordiano de ineficacias, hipocresías y avivadas
que hoy nos asfixia.
Lo libertario, lo no-violento por definición unido a lo anarcocapitalista (ancap: la sociedad de opciones múltiples y gestión privada en competencia, como puerto de destino a largo plazo) pertenece a otra esfera: la que desechando la soberbia socialista de pretender controlarlo todo, dando a luz a un improbable “hombre nuevo”, se allana a la humildad de aceptar al ser humano tal como es.
Para
luego (y desechando envidias) aprovechar el innato afán de innovación, lucro y
progreso familiar de la minoría más creativa en indirecto beneficio de la mayoría
menos creativa, mediante el aseguramiento contractual tanto de los derechos de
propiedad como de las libertades personales de todos los participantes. Porque,
y como es obvio, lo libertario tampoco excluye la posibilidad de no
participar. Opción voluntaria que podrían tomar en el futuro quienes prefieran
adherir a comunidades de corte estatista donde todo se comparta en aras de la
igualdad; obviando así el principal foco de conflicto social… cual es la
violencia de una succión impositiva y reglamentaria no consentida.
Hay una tendencia evolutiva hacia la no-violencia, incluso entre los dubitativos y oportunistas, resignificada a mediano plazo en un abandono del ideario del gran corruptor.
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