Derechos más Humanos

Marzo 2014
En mayor o menor medida, todos los gobiernos están asociados en un sinnúmero de amenazas a nuestra libertad.
De hecho, los derechos se ejercen contra el poder y por tanto, no es este quien debe decidirlos ni concederlos graciosamente, sino sus mandantes; sus soberanos: los individuos de quienes deriva ese mandato; cada uno de nosotros.
Desde el sitio internacional https://www.change.org/petitions/a-todas-las-personas-de-buena-voluntad-del-mundo-declaracion-universal-y-privada-de-derechos-humanos, la conocida ONG Change.Org propone la firma de un petitorio planetario sin intervención de organismo estatal, grupo armado o poder religioso alguno.
Se trata de un listado de 9 derechos humanos de última generación: fuertes promotores de no-violencia, dignificantes y erradicadores de pobreza. Y aunque parezca increíble a esta altura del siglo XXI, violados aún hoy por quienes debieran promoverlos, mediante burdos sofismas tolerados sin mayor análisis por quienes debiéramos defenderlos.
Derechos absolutamente básicos y del más puro sentido común a los que esta columna adhiere sin reparos.

1. Toda persona tiene derecho natural al fruto de su propio trabajo, o a lo legítimamente heredado o donado sin fraude. Ello incluye al libre comercio.
2. Por ende, todo impuesto que grave la propiedad o la renta es contrario al derecho natural y por ende intrínsecamente inmoral.
3. Ninguna persona tiene por qué declarar ante nadie sus ingresos, ni su origen o el destino.
4. Toda persona es inocente excepto se demuestre lo contrario. Si alguien ha adquirido sus bienes por robo, fraude, dolo, violencia o evasión de los pocos impuestos justos que hubiera (viejo debate), debe ser previamente procesado y recién allí la justicia tiene derecho a inquirir sobre sus bienes y revisar su propiedad. Hasta entonces, toda pregunta coactiva sobre cuándo, cuánto, de dónde o hacia dónde, sobre los bienes propios, en viaje o no, es intrínsecamente inmoral.
5. Dado que el Estado sólo es tolerable en tanto sirve a la causa de la justicia, toda persona tiene derecho a discutir en los tribunales de modo amplio la legitimidad de cualquier clase de impuesto, tasa o contribución basándose en que el pago no lo beneficia, sin sufrir represalia alguna. Cualquier exacción que no se fundamente en la protección del contribuyente, es intrínsecamente inmoral, sin perjuicio de que se pueda discutir la moralidad de la exacción compulsiva en sí y de sus métodos y alcances.
6. Las relaciones personales, comerciales o de cualquier otra índole privada, no pueden ser afectadas por razones de nacionalidad. Los gobiernos no tienen autoridad sobre los contratos entre personas que no violen derechos concretos de terceros.
7. Toda persona tiene derecho a entrar, salir o permanecer en su territorio. Las personas privadas tienen derecho a cruzar las fronteras políticas con fines pacíficos.
8. Todas las personas que violen estos derechos, requisando, preguntando, expropiando y por ende robando bienes o impidiendo el derecho de las personas a circular y establecer vínculos privados pacíficos por razones de nacimiento, nacionalidad, étnicas, religiosas o de cualquier índole colectiva, cometen actos intrínsecamente inmorales y violatorios de esta declaración, lo sepan o no, de los cuales son responsables primarios desde los autores intelectuales de esas legislaciones, el poder ejecutivo que las impulsa, los legisladores que las sancionan, los jueces que las hacen cumplir y todos sus agentes.
9. Todos los que ejecutan y hacen cumplir normas de esa índole son por ende los criminales y delincuentes, y todo aquel que se resiste es el verdadero inocente que se está defendiendo del robo ejecutado por una banda de criminales o de la privación de su libertad personal, sin importar si aquellos pretenden o no representar a la ley con sus actos.






Idiotas Útiles

Marzo 2014

Es sabido que las crisis son también oportunidades y la nuestra no tiene porqué ser la excepción.
Inmersos como estamos bajo la marea de tres cuartos de siglo de socialismos (o estatismos de cotillón liberal) responsables de las reglas que nos hunden, puede que esta nueva crisis decenal sea, por flagelo reiterado, la gota que colme el vaso de muchas personas (llamémoslas así) bienintencionadas. Las mismas que vienen prestando su concurso, en calidad de idiotas útiles, a los populismos que ubicaron con firmeza a nuestra Argentina en el listado de países delincuentes, consolidando la pobreza clientelar.

Hay muchos ejemplos en la historia de sociedades que reaccionaron de la mejor manera frente a situaciones críticas. De pueblos que dieron la espalda a las élites corruptas que detentaban el poder, saliendo de la encerrona en busca de derechos efectivos y oportunidades económicas reales para todos.
En nuestro caso, deberíamos darles la espalda para dejar de temer por la propia vida y también por la confiscación impositiva que impide negocios, inversiones y crecimientos personales por derecha. Para llegar a la seguridad familiar; al buen trabajo, a la buena casa, al buen auto, al buen ocio y a la buena solidaridad. Para dejar atrás esta edad oscura del estatismo y salir finalmente a la luz de un modelo organizativo más evolucionado.
Porque a esta altura, la única manera de que podamos disfrutar de una sociedad económica y moralmente viable es recrear instituciones que vuelvan a dar fuertes incentivos a nuestra gente para capacitarse, trabajar duro, ahorrar e invertir.

Sabemos que los creadores, los innovadores, los emprendedores son siempre una fracción minoritaria de la población pero también que son las  “locomotoras” que arrastran inadvertidamente tras de sí el progreso del resto. Por eso, en tanto sociedad que actúe en defensa propia debemos cuidarlos, facilitarles las cosas y tratar de multiplicarlos en lugar de hundirlos al modo radical, peronista o al de algún otro de nuestros socialismos “protectores”.
Para ello no debe existir posibilidad de que se les expropie la renta; mucho menos el capital de trabajo. Tampoco de regulaciones de privilegio sectorial que afecten decisiones productivas, financieras o comerciales de otros sectores, existentes o potenciales. Aunque tales “atajos de vivos” sean apoyados por  gran número de idiotas útiles.

Cuantos más empresarios inversores (de cualquier origen) y cerebros productivistas haya (para cualquier desarrollo, cañones o caramelos, no tiene importancia), cuanto más estimule el sistema la expresión de la enorme potencialidad dormida y de las ventajas comparativas de nuestra sociedad, tanto más rápido creceremos y tanto más alto dentro del concierto mundial habrá de llegar nuestra bandera.
Donde la estimulación del sistema implica, claro, un tipo de acción letal para autoritarios, envidiosos o parásitos y cuyo único límite es la ambición comunitaria: la audacia en la decisión electoral de permitir elevarnos por sobre la violencia frenante de los socialismos.
Se trata de la muy amplia “libertad de industria” competitiva que nuestra incumplida Constitución asegura y que nuestras actuales instituciones extractivas (tanto políticas como económicas) boicotean. Vale decir, de la estafa de la actual democracia delegativa de masas cada década más ladrona y menos protectora de las minorías; creativas o no. Más cerrada y menos republicana.

Para ello, resulta crucial entender en profundidad que si el poder no está repartido de manera efectiva en toda la sociedad, si está concentrado en pocas manos, las élites que lo detentan tenderán invariablemente a beneficiar no a los verdaderos emprendedores sino a sus propios amigos, legislando los usuales privilegios sectoriales y esperando de eso la usual retribución dineraria. Tal es la naturaleza humana (extensiva a los muy humanos legisladores, funcionarios y jueces) que tan bien entiende todo libertario.
Donde repartir el poder en toda la sociedad es una cuestión que implica aumentar en rápida gradualidad y para la mayor cantidad de ciudadanos las soluciones de mercado, de frente a todos los problemas y necesidades de nuestra vida diaria, desmontando en sincronía y con la misma veloz gradualidad las “soluciones” y servicios de Estado. Porque la acción de mover el pulgar hacia arriba o hacia abajo en un mercado altamente inclusivo (libre y competitivo), es el voto más masivo y cotidiano.

Aprovechar los impulsos de la naturaleza humana en nuestro favor en lugar de permitir que una élite corrupta los aplique en nuestra contra con la inestimable ayuda del sub-grupo idiotas útiles, es en esta cruzada civilizatoria un ítem vital. E implica hacer descubrir a dicho subconjunto que todos y cada uno de los beneficios que ellos suponen deben proceder necesariamente del Estado, desde verdadera justicia a seguridad o infraestructura, pasando por asistencia a los vulnerables, atención médica, previsión social y educación de primera para todos entre decenas de otros ítems básicos, pueden ser provistos a mediano y largo plazo en este siglo super-tecnológico… por otras vías. Incluso por las mismas personas (u otras con mayor interés en servir) bajo equipamiento y remuneración superior pero a menor costo, con mucha mayor potencia, alcance y eficiencia.

Hablamos de una vía libertaria de paradigmas avanzados más acordes con lo global, que use sin miedo la natural e inextinguible ambición humana individual (en lugar de combatirla), cual nodo energético para impulsar a toda la sociedad hacia adelante.
Incorporando en la misma sincronía inclusiva a los dos tercios “pobres” de nuestra población en un nivel de consumo civilizado, a través de un capitalismo popular y transgresor. Que extienda hacia esa franja de manera efectiva el más pleno ejercicio del Derecho de Propiedad (hoy severamente conculcado), ofreciendo a todos posibilidades reales de integrar una sociedad de propietarios aguerridos defensores del producto de su esfuerzo, en lugar de engrosar la retardataria fila de los idiotas útiles.




Buena Doctrina, Bienestar y Socialismo

Febrero 2014

El innovador empresario privado Steve Jobs (1955 - 2011), fundador de Apple, Pixar y otros fantásticos emprendimientos capitalistas no subsidiados con fondos del agro solía decir -y su vida fue cabal ejemplo de ello- que la relación correcta con el dinero es la de considerarlo una herramienta que nos permite ser independientes, sin formar parte de quienes somos.

Un pensamiento alejado de la cultura de la dádiva y alineado con la mejor doctrina pontificia. Que también considera a cada ser humano como único, con pleno derecho de libre albedrío, sagrado e independiente en tanto hecho a imagen y semejanza de Dios y -sin sombra de duda- un fin en sí mismo; nunca un objeto exprimible o un medio esclavizable a los fines de otros, quienesquiera que sean.
Pensamientos todos cuya contracara percibimos 44 millones de argentinos en el ejemplo de vida de la pareja presidencial, que tantos supieron elegir y reelegir. Sociedad conyugal iniciada al amparo de una despreciable tradición familiar de usura, dedicada luego a convertir a todos los habitantes de Santa Cruz en medios manipulables al servicio de sucios negociados y que culmina en la impúdica apoteosis nacional de riqueza malhabida, impunidad y soberbia que dan sentido a la existencia de la actual presidente, de su familia y de todos sus socios-cómplices. Para ellos, por historia expuesta, el dinero sí forma parte de quienes son.

Parece evidente, por otra parte, la predilección de un alto porcentaje de argentinos por una inclusión social basada en  la violación de todos los derechos de propiedad establecidos por la Constitución. Un abstruso tipo de “solidaridad” financiada con fuertes tributos regimentados, cobrados y administrados por funcionarios venales, haciendo pie no ya en el deseo de igualdad de oportunidades para ser independientes, sino en el anhelo mayoritario de un forzamiento impositivo orientado al simple rasamiento económico.
Por cierto, lo que Argentina necesita es mucho más un crecimiento explosivo que una nivelación de rentas hacia abajo. Crecimiento lograble cuadruplicando nuestro ingreso per cápita por el obvio camino de cuadruplicar inversiones y  exportaciones.

Los intentos progresistas de inclusión vía coacción resultaron sin excepción y en todas partes lentos, ineficientes, costosos, minados de robos, coimas e insostenibles a largo plazo. Aserto confirmado por los intentados aquí sin solución de continuidad durante las últimas 7 décadas (y por la historia socioeconómica de la humanidad en diferentes sitios durante las últimas 500 décadas). 
Con instituciones políticas y económicas extractivas (no-inclusivas) en lo comercial y leyes limitadoras de libertades en lo productivo, nunca se lograron buenos resultados.

Lo insólito es que aún haya aquí quien rechace la libre empresa a pesar de que el 98 % de nuestros problemas fueron creados por el Estado, en uso de su poder de freno contra la iniciativa privada. Que aún haya quien crea que insistiendo en la fórmula socialista lograremos (¡esta vez sí!) resultados diferentes. Que no perciba que la naturaleza humana en cooperación voluntaria ordenada por mutua conveniencia, siempre operó natural y enérgicamente en favor de aquel crecimiento explosivo del bienestar general toda vez que se dio libertad de acción y de renta a los emprendedores (cosa que hace más de 70 años que no ocurre). Parece mentira que haya gente que aún no asuma que no nacimos para ser forzados. Y que a más libertad de acción y de ganancia individual por derecha siempre se corresponde un mayor bienestar general, más deprisa (porque la vida es hoy y para los más vulnerables, ayer).
Datos todos que son parte de la fórmula áurea que una vez funcionó entre nosotros; cuando hacia el Centenario, el liberalismo hizo de la Argentina el segundo país más inclusivo y poderoso del continente.

El mismo multimillonario Steve Jobs, hombre de innovaciones audaces y esforzado empresario capitalista no subsidiado con fondos del agro solía decir también que en toda creación humana, “la sencillez es la máxima sofisticación”.

Tal como son sencillas las -hoy- sofisticadas propuestas libertarias integrales para un crecimiento exponencial de la fortuna de los argentinos, que supere la pobreza arrasando con todos los contra-valores estatales de  mentira, corrupción y violencia confiscatoria.
Propuestas de sentido común que dejarían atrás, en la caverna de los resentimientos y los garrotes tributarios, al mito de la igualdad económica. Caverna hipócrita en la que mal-vivimos, donde casi nadie se atreve a señalar que las comunidades que más progresan en inclusión y renta per cápita, donde la pobreza y la exclusión desaparecen más rápidamente, donde hay cada día  más ricos “trigo limpio” y menos deuda nacional, son aquellas donde también hay… ¡las más espectaculares desigualdades! y pocos impuestos.
Algo que tras la simple dinámica de un mercado competitivo debería ser evidente para todos. Salvo para los envidiosos, a quienes lastima en su orgullo ver que algunos de entre ellos se eleven en demasía, aún si ello implica que la mayoría se eleve muy por sobre donde estaba… aunque mucho menos que los exitosos.

Sucias envidias que en modo alguno avala la doctrina pontificia, siempre deseosa de sacarse de encima otro persistente mito: el de un catolicismo de mente estrecha, retrógrado y amigo de la dádiva contribuyendo por siglos al atraso de sus fieles frente al de la ética de cultura productiva y riqueza social de los protestantes.

La Iglesia no las avala porque es consciente de la utilidad de la herramienta dinero reinvertida y multiplicada por medio del trabajo humano inteligente. Porque sabe que no puede considerarse virtud solidaria a ninguna contribución social obtenida a punta de pistola; por robo. Y porque conoce por experiencia la muy poderosa caridad empática que surge de las personas cuando han decidido, sin estúpidos cepos ni podas, sobre lo que les es propio.   




Violencia Estructural


Febrero 2014

Todos conocemos a muchas buenas personas, pudientes o no, que defienden las ideas del Estado Benefactor, de la redistribución solidaria del ingreso y del altruismo socialista. Se trata de las mismas que, sabemos bien, utilizan toda su inventiva y experiencia para evadir al máximo posible su colaboración impositiva con tales ideales.
Individuos que una y otra vez votan “izquierdas” embarcándonos a todos en su viejo crucero “Utopía Criolla” pero que son los primeros en negociar ventajas con la tripulación, bajarse en el primer puerto o acomodarse en las lanchas salvavidas cuando el paquebote (cada diez años, año más, año menos dependiendo del viento de cola) finalmente naufraga.
Y todos sabemos muy bien, finalmente, que el social-estatismo genérico que disfrutamos desde el ‘45 trata mucho más de los políticos y otros caciques sociales protegiendo sus privilegios corporativos que de una frugal, inteligente administración pública 100 % orientada al explosivo crecimiento nacional que necesitamos.

Pareciera deporte nacional de esta gente, por cierto, el “hacerse los tontos” y fingir que tips tan propios de su sistema como los que alimentan la violencia estructural de nuestro Estado, no lleven a ampliar los ya tremendos desniveles y empobrecimientos sociales superpuestos… de anteriores experiencias populistas.
Hablamos de la acumulación sedimentaria de legislación amañada y del acceso a la influencia política a través del poder económico malhabido. De la manipulación de reglas electorales y del clientelismo explícito. Del ahorcamiento y control de los medios o de la utilización de los servicios de inteligencia y de acoso impositivo a modo de garrotes “correctivos” contra la disidencia y la denuncia, entre infinidad de otras modalidades bárbaras de control, sometimiento y expoliación.
Hablamos del Estado subsidiador que acciona desde hace más de siete décadas (“tontos” aparte y a la izquierda por favor), no como atenuador sino como  garante de las peores desigualdades.

Mas no se trata de tontos y tontas quienes esto avalan una y otra vez con sus votos sino, sencillamente, de personas falsas y violentas.
Aunque en su exterior semejen abuelas de sonrisa beatífica, jóvenes ambientalistas solidarios, pacientes asalariados siempre respetuosos o padres de familia de mediana edad, profesionales y educados.

En oposición a esta nefasta violencia estructural facilitada por tantos millones de -supuestas- buenas personas, la vivencia cotidiana social y de intercambio de cualquier barriada o villa nos muestra multitud de ejemplos de modos de acción informal, operando solidarios por debajo de la línea del radar estatal (siempre forzador, burocrático y costoso). Entramando un mutualismo real, amistoso y sin jerarquías, que pone en evidencia la empatía natural de la mayoría de las personas en sus espacios de libertad. Simples relaciones transitorias de cooperación y coordinación espontánea.
La vida diaria de relación en los pueblos y los barrios funciona de hecho gracias a estas redes humanas espontáneas, familiares y de contención; de condena y premio social. Mujeres y hombres que pueden ser ignorantes de la teoría libertaria pero que actúan -sin costo para terceros- en esta realpolitik de base, bajo normas de libre asociación y cumplimiento: de no-violencia práctica.

Como bien observaba Colin Ward (libertario e intelectual británico, 1924 – 2010) “lejos de ser la visión conjetural de una sociedad futura (con poca o ninguna violencia estructural de Estado), es una descripción de un modo de experiencia humana en la vida diaria que opera codo a codo con, y a pesar de, las tendencias autoritarias dominantes de nuestra sociedad”.

Incluso el trabajo en oficinas, obradores, comercios, fábricas o campos se hace merced a entendimientos informales y a pequeñas improvisaciones eficaces, ajenas a los “dictum” y “peajes” estatales. Porque la realidad de nuestra naturaleza nos impele a un tipo de orden de sentido común y conveniencia general, no discriminatorio, mucho más libre, plural, respetuoso del modo ajeno, complejo y flexible… que el impuesto por la fuerza de las armas del gobierno.

En verdad, todo Estado autoritario (y no existe otro tipo de Estado) tiende fatalmente a anular el desarrollo de la responsabilidad personal y de las iniciativas naturales que surgen de la cooperación voluntaria, en aras de su propio régimen contra-natura de cooperaciones coactivas (impuestos mediante) apoyadas en irresponsabilidades masivas (voto secreto mediante).
Cuanta más planificación centralizada y regulación limitante aplique sobre el ámbito privado, más en evidencia queda la clase política de ser el gran parásito de todos aquellos procesos informales que su modelo no logra englobar, que no puede crear, controlar ni sostener… y sin los cuales no podría existir.

Las instituciones argentinas moldeadas voto a voto por estos “altruistas” -está a la vista- acabaron siendo motores de exclusión. Y como no podía ser de otra manera, favorecieron a grandes empresas y oligopolios en detrimento del pequeño comercio, la agricultura familiar y el mediano emprendimiento en general por la simple razón de que las primeras permiten a los (y las) burócratas un más fácil control con vistas a la succión tributaria. Los amplios bolsillos de grandes holdings privados les aseguran además el acceso a transas personalizadas, “retornos” y puestos, más tarde, en sus consejos de administración (corrompe, subvierte y vencerás).

Nada tienen los libertarios contra la gran empresa; al contrario.
Sí contra el intervencionismo rampante que coloca en situación de desventaja, asfixia o quiebra a su competencia; al innovador, al negocio familiar, asociativo o mutual de riesgo y esfuerzo.
Sí contra la muy costosa administración de una violencia estructural frenante… financiada a través de agresión impositiva.






Trabajo y Desempleo

Enero 2014

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la que nuestro país suscribe, toda persona tiene derecho al trabajo y a la protección contra el desempleo.

Habiéndose convertido nuestra Argentina, empero, en una nación retrógrada mayormente poblada por mezquinos y amigos de lo ajeno (al menos cuando de ingresar al cuarto oscuro se trata), los derechos humanos al trabajo y a la protección contra el desempleo tienden a ser interpretados en esa misma clave: la clave de izquierdas.
Lo prueba el que de acuerdo a encuestas serias, más del 80 % de nuestra población adhiere a esquemas coercitivos (estatistas) en lugar de voluntarios (privatistas) como mejor solución a nuestros problemas sociales. Y no sólo en lo que respecta a estos dos ítems, sino en temas como vivienda, educación, seguridad, desigualdad o dirigismo macro y microeconómico entre muchos otros.

Una mayoría transversal que desde hace décadas muestra una preocupante tendencia hacia el totalitarismo filo-fascista, a través de su apoyo a un rol central  del Estado en la vida de la gente y a la idea de una supuesta superioridad moral de lo masivo por sobre lo familiar. Incluyendo la cesión al gobierno de la más amplia facultad de imposición tributaria y de confiscación del capital de trabajo de ciudadanos argentinos, toda vez que lo considere conveniente.
Personas que en el fondo repudian la sabia Constitución de nuestros próceres y toleran bien su constante violación poniendo cierto interés, en cambio, en los confusos agregados de 1957 y 1994, torpes parches de un nivel intelectual que desmereció al original y que no aportaron beneficio alguno para la elevación de nuestro pueblo, demostrándose innecesarios y redundantes cuando no directos insufladores de pobreza.

El gran Juan Bautista Alberdi, un hombre de inteligencia superior, estudioso inspirador de la Constitución original y uno de nuestros Padres Fundadores, había reparado en los errores -letales para el trabajo bien pago y su protección- de otras sociedades caídas “de la esclavitud al jefe de la tribu a la esclavitud a la tribu” (de la monarquía a la democracia delegativa de masas, no republicana).
Y había reparado asimismo en las claves de la riqueza popular cuando nos advirtió: “Los pueblos del norte no han debido su opulencia y grandeza al poder de sus gobiernos, sino al poder de sus individuos. Son el producto del egoísmo más que del patriotismo. Haciendo su propia grandeza particular cada individuo contribuyó a labrar la de su país. El egoísmo bien entendido sólo es un vicio para el egoísmo del gobierno, que personifica al Estado”.

El casi único trabajo que demostraron poder crear socialismos como los que ha venido eligiendo ese 80 %, es el del empleo público y el provisto por algunas empresas o concesionarios subsidiados. Modelo que, cada día más, va haciendo de la Argentina un gran “taller protegido” con inaceptables niveles de desempleo (sobre todo juvenil), empleo negro y trabajos precarios.
La casi única protección contra el desempleo que esa misma y mayoritaria izquierda demostró poder crear -tras tantos años de viento internacional de cola- es una enorme y ultra-corrupta red clientelar de planes sociales, entregando un cada vez más miserable “pescado” a todo nuevo-pobre excluido, sin enseñarle a nadie “a pescar” ni permitir que otros lo hagan.
Populismo este, forjador de un país sin viabilidad de largo plazo. Sin futuro para nuestros hijos y nietos -con sus valores de trabajo honesto- aunque sí para los herederos de la oligarquía política, sus “amigos” y testaferros que hoy se enriquecen a manos llenas.

Es obvio que la explotación fiscalista que nos hunde en el fangal sin salida de más villas miseria, inseguridad, drogas y carencias educativas, es la explotación de la falta de un conocimiento holístico de la  filosofía de la libertad y por ende, del ABC de la economía.
La libertad con miseria, por otra parte, no sirve: la falta de medios impide desde el inicio a la gente sencilla disfrutar de la mayoría de sus potenciales beneficios. La verdadera libertad, la que propone todo liberal libertario, es la que desea el actual 40 % de argentinos pobres: la libertad de dejar de serlo.
Una libertad que las izquierdas (todas) les niegan, con el garrote de su violencia impositivo-reglamentaria en alto. Con el saqueo sistemático y progresivo de capitales, ahorros y rentas reinvertibles; familiares, cooperativas o empresariales. Con cierta igualdad, sí, pero ladrona y hacia abajo, sin lograr nunca agrandar el pastel para que la igualdad sea de oportunidades, sin robarle nada al vecino y hacia arriba, asegurando entonces el derecho al trabajo y a la protección contra el desempleo que brinda por los cuatro costados una economía libre y solidaria en poderoso crecimiento.

En el final del camino, allí donde los pensadores de élite ya vislumbran la superación de la vieja lucha por “la ventaja” económica a costa del prójimo, las sociedades más perspicaces en red ingresarán, antes que otras, a uno de los capítulos más cruciales y felices de la evolución humana: el de la abolición del Estado.
Por costoso, innecesario y golpeador. Por obsoleto. Por ser un sucio residuo de forzamientos cavernarios en esta era tecnológica, de economía del conocimiento, de inmensas oportunidades de bienestar y empleo en libertad… a la que Argentina sigue estando invitada.
Lo sabemos bien: la pelea por la ventaja económica no es otra que la pelea por el control de la maquinaria del Estado.

Como decía con gran sentido común Albert J. Nock (1870 – 1945, autor y pedagogo estadounidense): “Es más fácil apropiarse de la riqueza de los productores que producirla; y mientras el Estado haga de la apropiación de riqueza un asunto de privilegio legalizado, continuará esa lucha por ese privilegio”.

Un conflicto que terminará, llegado ese amanecer que ya se intuye, con el desguace de la inmunda maquinaria que lo produce.   





Malas Personas


Enero 2014

Es sabido que los radicales, peronistas y en general los socialistas todos consideran que la producción, el esfuerzo, el talento, el éxito, el ahorro acumulado -en realidad la diferencia- deben sancionarse.
Los argentinos que crean riqueza, los que hacen, deben ser (según ellos) sancionados en forma proporcional con mayores impuestos por unidad cuanto más hagan, como dictan las mejores teorías de izquierda.
La tributación promedio nacional supera, así, el 50 % de las rentas ciudadanas (sin contar el impuesto inflacionario) mientras que los integrantes del sector agrario, por mencionar sólo un caso de maltrato dañino entre miles, soportan más del 80 %. Guarismos ambos objetivamente destructivos, en tanto confiscatorios.
Se trata de un tipo de discriminación progresiva (que debería ser estudiada en profundidad, consecuencias incluidas, por un INADI inteligente: al servicio efectivo de los oprimidos). De una acción de forzamiento que impone una igualmente progresiva conversión del ciudadano libre, en mero medio al servicio de otros.  
Cargamos hoy así con un abstruso método-yugo legal tributario esclavo-frenante en beneficio de siempre renovadas oligarquías parásitas y de sus parcialidades amigas, que colisiona de frente con el espíritu y la letra de nuestra Constitución.

Constitución que ya molestaba al primer peronismo y que por tal motivo fue reemplazada por un libelo fascista en 1949 haciendo volar por los aires el “contrato social” argentino,  llevando al país al borde de una guerra civil hacia 1955.

El populismo actual, fiel exponente de aquel originario hasta en sus más mínimas sinvergüenzadas, procura avanzar por el mismo camino totalitario de enriquecimiento ilícito y agresión impositiva. Objetivo que alinea en indignas cópulas transables a los tres poderes del Estado, haciendo caer el resto de su ya escaso ropaje de legitimidad.
Con la complicidad parlamentaria del pleno de políticos filo-socialistas, se llegó al absurdo de que el fin declarado y acordado del sistema tributario argentino sea que “los impuestos permitan alcanzar la recaudación necesaria para hacer frente a las erogaciones del Estado, de modo tal de cumplir con los objetivos de la política macroeconómica del gobierno”.
Los ladrones de turno al mando se aseguran entonces mediante la expropiación impositiva sin coto, el endeudamiento nacional y la emisión inflacionaria el gozo pleno, personal, casi lascivo del producto de sus desfalcos y la impunidad para llevar adelante una y otra vez políticas macroeconómicas de una imbecilidad supina, superadas décadas ha por la ciencia y la experiencia. Pisando con fuerza, claro está, sobre proyectos familiares, derechos personales, iniciativas sociales innovadoras y sobre todas las demás libertades básicas garantizadas por nuestra vieja -pero sabia- Carta Magna.

El reducir a mujeres y hombres a números, a objetos usables, a medios de los que obtener dinero por la fuerza (o la amenaza de su uso) opera no sólo contra el círculo virtuoso de la inversión y el crecimiento sino contra la moral, tal como lo dictaminara San Agustín en la Summa Theologica: “la ley del impuesto se torna injusta cuando su peso no es igual para todos los miembros de la comunidad; en tal caso más que leyes estos son actos de violencia”.  

Resulta desesperante prever y luego comprobar cómo este despojo auspiciado por leyes injustas va frenando gradualmente al país. Cómo lo envilece, empobrece y embrutece sin pausa.
Pero es el herramental de nuestro enemigo interno; de las malas personas felices de ver como la Argentina retrocede en el concierto global mientras, eso sí, sus capitales honestos remanentes pagan cada vez más impuestos y sufren cada vez más trabas.
Nuestro entero “modelo” conforma hoy una melaza impositivo intervencionista que impide la elevación de los rezagados sociales en exacta sincronía con el insensato freno a las potenciales conquistas empresarias argentinas en la arena mundial.

Sabios juristas han demostrado a lo largo de la historia que la facultad de gravar con impuestos es poder para arruinar y destruir y que por eso, debe limitarse con firmeza.
Lo cual es desde luego correcto pero constituye solo el principio de un razonamiento más extenso y silenciado, muy peligroso para todo estatista que se oponga a los mandatos constitucionales mencionados y que apoye en el cuarto oscuro, en cambio, el vil saqueo tributario de los mansos.  Razonamiento desagradable para un enorme sector social cuya complicidad, omisiones y negaciones en lo que respecta al hundimiento de nuestro país y de su gente van quedando cada día más al descubierto, mostrando en forma clara y manifiesta su colaboración en la ejecución del mal.
Hablamos de un razonamiento desarrollado por los más brillantes economistas de vanguardia demostrando que reducir la presión impositiva, en especial sobre los más exitosos, resulta en un mayor aflujo de inversiones creadoras de empleo genuino. Y que bajarla más, conduce a una disminución del déficit público en servicios e infraestructura, en favor de aún mayores inversiones de riesgo y tecnología privadas para la cobertura en más de dichas necesidades, con aumento real de salarios y mayor demanda de empleo.
Y que en la medida en que los tributos tiendan a cero reduciendo el ámbito de las atribuciones monopólicas del gobierno… la creatividad social-empresaria, la solidaridad ahora pudiente, las inversiones de todo tipo y la impetuosa generación de nuevos e insospechados trabajos mejor remunerados, tenderán a infinito.
Más Sociedad y menos Estado, en definitiva, impulsando un círculo virtuoso con el poder de devolver a nuestra Argentina al estatus de potencia rica y respetada que nunca debimos perder.

La solución inteligente, la mejor para los desfavorecidos no es sancionar la diferencia sino potenciarla; dejando que los capitales compitan, sin tanto miedo (ni envidia) a nuestra mejor gente.
Más deberíamos temer a nuestra peor gente, malas personas cuyas malas ideas hoy son gobierno... y oposición de centro izquierda.






Sin Impuestos no hay Estado

Diciembre 2013

Resulta usual en la provincia de Buenos Aires que su agencia recaudadora (ARBA) incluya volantes de auto elogio y justificación en el envío de las boletas de impuestos a cada contribuyente. Propaganda estatista en estado puro, desde luego, pensada para mantener a las bestias de tiro bien uncidas al yugo de gastos del gobierno y alejadas de cualquier conato de rebelión fiscal.
En sus últimos envíos la agencia ha dado sin embargo en el clavo, con una papeleta en verdad notable. La misma reza en grandes letras “Sin Impuestos no hay Estado”. Notable porque precisamente de eso se trata siendo la provincia un caso paradigmático, desde el momento en que es una de las regiones con mayor presión impositiva de todo el planeta. Y con resultados a la vista entre los que destacan las -hoy- más de 864 villas miseria localizadas sólo en el conurbano de la ciudad de Buenos Aires, tras 26 años seguidos de regímenes justicialistas.

Resulta aquí evidente como dijo en cierta ocasión Ronald Reagan, que el Estado no es la solución sino el problema.
Un problema que gira sobre los aumentos de inseguridad, pobreza y descapitalización logrados en el distrito tras la metralla de estúpidos aplausos electorales mayoritarios en favor de una ilusoria igualdad económica y social, basada en depredar fiscalmente al trabajo productivo en aras de un Estado cada vez más grande e “inclusivo” (léase subsidiador). Estado provincial que a pesar de llevar adelante una persecución fiscal confiscatoria (claramente ahuyentadora de la inversión) no logra financiar su propio déficit si no es con mayor endeudamiento. Con pérdida gradual de calidad de servicios e  infraestructura públicas, trasladables a la siguiente generación.

Los socialistas en general y los radicales y peronistas en particular consideran que la producción, el esfuerzo, el éxito, el talento  -en realidad la diferencia- deben sancionarse.
Aquella parte del pueblo que crea riqueza, que se diferencia, debe ser castigada convirtiéndola en no-pueblo.
Son los discriminados por hacer, progresivamente más sancionados con impuestos cuanto más hacen, como dicta la buena teoría socialista. Una suerte de tribu esclava en su tierra, obligada a desangrarse década tras década bajo un yugo legal-tributario frenante en beneficio de una próspera oligarquía parásita que, demás está decirlo, no disminuye la pobreza ni hace crecer al país (sólo roba, extorsiona, subsidia y clienteliza).

De este modo y como lo describió el propio Karl Marx, el interés del Estado se convierte en un propósito particular privado, opuesto a otros propósitos privados.
Algo que no forma y que jamás formará parte del “contrato social” argentino (aquello que aún nos mantiene precariamente unidos como nación), inscripto en la parte dogmática de nuestra Constitución.

Por tanto si ARBA, brazo ejecutor de esos bien cebados intereses privados, nos advierte que “Sin impuestos no hay Estado” es el ladrón en persona quien incurre en el fallido de señalar lo que todo ciudadano dotado de respeto por sí mismo y amor por sus hijos, debe hacer. Cual es resistir -sin violencia- tal cartel mafioso. Boicotearlo, desacreditarlo y repudiarlo en todo lugar, tiempo y modo en que le sea posible hacerlo. En las plazas, en las calles, en su casa, en sus lugares de trabajo y de reunión. Apoyando la elusión impositiva, en pos de una nueva cultura no-tributaria. 
Con condena social a los colaboracionistas de la actual economía de saqueo pero sobre todo participando en la resistencia civil dentro y fuera de sus instituciones; dentro y fuera de su sistema de partidos políticos. Reclamando sin desmayo un giro ético copernicano que comience, por supuesto, en juicio y castigo.
Reafirmando cada día a la palabra Estado como una mala palabra y a todo lo que a través de él se intente, como una mala solución para la gente. En una cruzada orientada a reemplazar gradualmente todo “lo público” (de todos; de nadie: ¡de los funcionarios!) que nos hunde en la suciedad moral y nos encadena al atraso… por iniciativas privadas en todas las áreas. A gran escala, creativas, originales, poderosas, de auténtico riesgo y responsabilidad empresaria (sin cortesanos avivados) que abran para nuestra Argentina las puertas de una abundancia tecno-capitalista de avanzada.
Abundancia popular no utópica de la que ya están disfrutando algunas otras (pocas e inteligentes) sociedades. Y aún parcialmente los propios ex socialistas chinos tras darse cuenta, finalmente, de la falacia contraproducente de oponer el interés general a la propiedad privada.

A los y las déspotas siempre les resultó más lucrativo aliarse con pequeños grupos a quienes dieron ventajas “legales” participando luego de ellas, que promover el verdadero bien común con pocas y sensatas reglas generales aplicables a todos por igual.

Como es obvio y para aleccionar a futuros votantes aprovechando cada nuevo error de la delincuencia estatal al mando, debemos saber hacia dónde vamos. Nuestro objetivo-brújula ha de ser el de “democratizar” más y más la autoridad quitando poder (dinero) al centralismo; sabiendo que en una sociedad con autoridad más dispersa, los costos de efectivizar privilegios sectoriales son más elevados y complejos y por tanto, menos practicables. Hemos, entonces, de orientarnos a descentralizar, disminuir y cercenar cada pieza de su poder monopólico. Un poder estatal de coerción que estimula la expresión plena de las peores pulsiones de la naturaleza humana, barbarismo en el que Argentina destaca.


Impulso atropellador y esclavista que también existe en algunos empresarios pero que en un sistema abierto, informatizado en red y cooperativo queda cercado por la mano invisible del mercado, sintetizada en la maravillosa palabra… competencia.





Volver a ser Inclusivos

Diciembre 2013

Dicen que la historia, como las mujeres, siente debilidad por los bribones y que su forma de manifestarlo es repitiendo la secuencia que comienza haciéndonos gobernar por un rey, para pasar luego a serlo por la aristocracia y finalmente por una democracia, que degenera a su vez en la consabida dictadura.
Nuestra actual cleptocracia con dictadura de primera minoría podría ser -con algo de suerte y perspicacia- la fase preparatoria de un cambio de fondo que impidiese repetir una vez más el ciclo, si es que (como parece) nuestra dictadora no logra reiniciarlo como reina.

Podría no ser ineluctable el ser usados; manejados siempre por bribones rodeados de aduladores oportunistas.
Sucede a veces. Como nos lo muestra la misma historia en el caso de Foción, un estadista probo y muchas veces reelecto en la antigua democracia griega. Cuando alguna de sus alocuciones en la Asamblea era ocasionalmente interrumpida por aplausos, preguntaba sorprendido: “¿Acaso he dicho alguna estupidez?”.
Simular confiar en el simple criterio del mayor número como respuesta racional a problemas de gran complejidad es por lo menos peligroso; sobre todo en nuestro país, con nuestra experiencia y tras haber oído hace muy poco al erudito M. Aguinis recordándonos la “casualidad” de que la única palabra que puede formarse con todas las letras de argentino sea… ignorante

Desde luego, la patria de nuestros ciudadanos pensantes es -como decía A. Einstein- el mundo y la integración tecnológica, la multiculturalidad enriquecedora y el mercado global como objetivos, nuestro destino (y desafío) manifiesto. Fueron pilares del ascenso argentino hace un siglo y su demolición ignorante, causa de nuestra decadencia al bloquear a los desaventajados sus oportunidades de inclusión en el progreso. ¿Cómo volver a ser inclusivos?

Las expectativas, los sentimientos o la simple intuición sobre un candidato, sin la base de cierta sabiduría social (agravada hoy tras muchas décadas de des-educación pública) son definitorias. Tienen una gran importancia, que no deberíamos subestimar dentro del mal sistema que nos ata, mas no son suficientes para reencauzar nuestro destino colectivo. El uso casi exclusivo de estas pulsiones a la hora de votar es un camino que conduce al pronto desencanto de una enorme cantidad de argentinos, obligados a tolerar graves incorrecciones con las que no comulgan en absoluto y peor aún a colaborar con ellas, financiándolas a punta de pistola.

Más y más gente empieza a darse cuenta de que quienes conducen el Estado, en su desesperada búsqueda de legitimidad para seguir con el forzamiento intentan unirnos en su torno agitando banderas e inventando amenazas exteriores, perentorias colaboraciones “solidarias” o reyertas entre sectores productivos. Calamidades que no tendrían lugar (o se verían minimizadas en proporción de 10 a 1) si ellos mismos dejasen de estorbar al capital de riesgo y a la gente emprendedora, quitándose de en medio.

En lento peregrinaje, vamos dejando de ser nación. Se estrangula en millones el deseo de vivir juntos que la define y cuando este se pierde, no hay política que pueda sustituirlo.
Un deseo que flaquea, tras recordar que una institución es eficiente cuando el servicio útil que brinda es mayor al costo que representa. Supuesto que nuestra institución Estado nacional no cumple ni remotamente desde hace más de 7 décadas.
Y tras comprobar que el declive institucional argentino está hoy bien consolidado en casi todo el arco político bajo la admisión (cobarde, injusta, falsa) de que existiendo por parte de los grupos beneficiarios de este sistema, resistencia a modificarlo, el costo (principalmente político) de hacer las cosas bien (aún con beneficio para los más) sería mayor que el de seguir haciéndolas mal.
Cosa que no sucede sólo aquí, claro, y que explica porqué las sociedades rara vez logran progresar de un modo lineal; menos aún sin sufrir.
A más de sugerirnos la clave para que nuestro pueblo sí  lo logre, aventajando al resto. Volteando el “arreglo” estatista anti propiedad privada, muy conveniente para quienes nos parasitan; como ocurre hoy con el nuevo peldaño violatorio de tales derechos, que se cuela de varias maneras en el proyecto oficial de Código Civil, retroceso con el que gran parte de la oposición (¡cómo no!) simpatiza.

Inclusión social y propiedad inviolable van de la mano, por más que a la mayoría le disguste admitirlo. Ya que al proteger con firmeza constitucional este derecho asegurando al legítimo dueño el goce del beneficio más íntegro posible de lo creado y producido (algún día, idealmente, todo), la sociedad se asegura un aumento exponencial de las inversiones, del producto nacional y de las oportunidades de bienestar para todos y cada uno de sus integrantes.
Un giro mental de 180º que tendrá lugar cuando los representantes de la mayoría asuman que los beneficios de tal seguridad jurídica superan los costos de seguir acotándola.
Representantes, por otra parte, beneficiarios del “arreglo” que terceriza tales costos violando propiedad privada a través, por ejemplo, del ahorcamiento impositivo de los -aún- no  parásitos.


En tanto propiciamos el cambio de fondo (una poderosa sociedad cooperativa y libertaria de gran riqueza general, trabajadora y respetuosa de sus contratos sin el estorbo de un Estado ladrón) deberíamos dar apoyo efectivo a quienes proponen dejar de frenar con tantos impuestos (más del 80 % de su renta) al agro, nuestro sector con mejor capacidad de reacción. Produciendo y exportando más se incrementarían los ingresos regionales, con ampliación de sus mercados y con crecimiento de industrias subsidiarias y residentes. Así, agregando valor a lo producido y sirviendo mejor a los locales florecerían las áreas urbanas del interior, traccionando mayores inversiones periféricas en educación e investigación. 





El Estado Estorba

Noviembre 2013

La presión tributaria ha llegado en Argentina a su mayoría de edad. Quedándose el Estado con más de la mitad de todo lo que somos capaces de producir, es hoy una de las más altas del mundo.
El enorme peso de los impuestos sobre el quehacer económico se ha consolidado como uno de los dos principales frenos al desarrollo del país. El otro es un kafkiano intervencionismo, que asesina nonata nuestra gran capacidad para generar nueva riqueza innovando.

El Estado no sólo no ayuda. Estorba. Y mucho.

Hace poco más de 3 generaciones la economía argentina era mayor a la de toda Latinoamérica sumada y avanzaba, descontando terreno a las 5 o 6 potencias mundiales que todavía nos superaban. Nos gobernaba el liberalismo. El respeto a la propiedad ajena era norma.
Hoy, sólo Brasil ¡nos supera en más de 5 veces! Nada cabe agregar: quienes siguen votando progresismos deben ser conscientes de que su voto… es una puñalada en la espalda de la patria.

El lucro cesante y el daño emergente que sobre los más pobres ha resultado del largo peregrinaje populista de 3 generaciones hacia esta situación, es algo inconmensurable.
Difícil de cuantificar, por lo monstruoso. En sinergia social perdida y en bienestar del que no disfrutaron los que ya murieron durante el proceso. En ventajas de las que no disfrutaremos quienes vivimos y aún los no nacidos, hasta tanto el actual camino de sobrecarga estatista pueda ser desandado.
La historia económica del mundo nos ha enseñado que “quien las hace las paga”. Y también que lo que está mal que haga uno, sigue estando mal cuando es hecho por una mayor cantidad de personas. Es decir, que las normas éticas o morales no varían conforme la opinión mayoritaria (ni se eluden así los costos de su violación).

Observémoslo ahora desde otro ángulo: si alguien se abstiene de comprar algo a un tercero, no viola ningún derecho de esa persona. No violamos derecho alguno de la comerciante equis al decidir no comprarle, por ejemplo, un reloj cualquiera que sacó de la vidriera y que acaba de mostrarnos.
No puede obligarnos a salir de su local con el reloj y a continuación enviar a su personal de seguridad a quitarnos el importe de su costo en la calle y por la fuerza. La norma de sentido común que indica que eso está mal no variaría, si en lugar del comercio de marras se tratase de, por ejemplo, los tres representantes de muchas decenas de comerciantes agrupados en un shopping quienes nos hicieran arrojar al estacionamiento, para luego cerrar las barreras y despachar guardias armados a efectuarnos el cobro.

De generalizarse, habríamos perdido la libertad de opción sobre algo que necesitamos y para lo que, incluso, tendríamos cierta capacidad de pago, debiendo en lo sucesivo llevar lo que otros quieran elegirnos y darnos (“el” reloj, en este caso).
Aceptar tal regla general de no-opción sería de gran beneficio para el sub grupo de los comerciantes. No tardarían en alcanzar un acuerdo de Cámara para anular toda competencia y ajustar hacia arriba los precios hasta obtener la ganancia deseada. Para repartirse el mercado minimizando el riesgo patrimonial, la innovación y el costo financiero de mantener un buen stock de mercadería.
Votándolo o no; en las urnas o en el Parlamento; más allá o más acá del espíritu o de la letra constitucional, nos referimos a un sistema de mercado cautivo de poco costo para el sub grupo y que lo colocaría en situación de privilegio monopólico con respecto a todos los demás sub grupos.

Esto que parece en lo absoluto totalitario e inaceptable es precisamente lo que sucede hoy, aquí mismo y a gran escala.
Se trata del sub grupo Estado, tan promiscuo y simbiotizado en nuestro derredor que resulta difícil de visualizar con objetividad.
Un gobierno omnipresente que devora más de la mitad de nuestro esfuerzo y que nos entrega lo que él decide (muy poco, muy malo y muy tarde), es un cachetazo a la dignidad de los 44 millones que lo bancamos. Más aún si esta actividad estatal “de entrega” beneficia a quienes la comandan, a sus parientes, testaferros y amigos. Peor aún si la escala de ese abuso de poder es enorme, descarada ¡e  impune!

Golpea duro nuestro sentido común sufrir rutas llenas de pozos donde desde hace décadas deberíamos tener autopistas; calles y caminos de tierra donde deberíamos tener pavimento; trenes obsoletos donde deberíamos tener redes ultramodernas de pasajeros y cargas; playas barrosas y basurales donde deberíamos tener grandes puertos y estaciones aéreas; educación y salud públicas de cuarta cuando deberíamos estar proyectando a nuestros jóvenes a la ciber-igualdad de oportunidades y a nuestros pensionados a un retiro de vidas largas y sanas, pleno en comodidades a nivel del siglo XXI. Listado de necesidades básicas insatisfechas (y perfectamente posibles) que podría extenderse por hojas y hojas.
Indigna que para enriquecerse dándonos espejitos de colores, este sub grupo nos cobre bajo amenaza, por la fuerza bruta cual si fuésemos sus esclavos y a precio de oro todo aquello que jamás elegiríamos. Como la comerciante del reloj trocada presidente o los 3 representantes del shopping en ministros, legisladores y jueces.
Colman nuestra paciencia cuando, además, succionan nuestras horas de dura labor para financiar a hordas de vagos y atorrantes con “derechos” vitalicios y hereditarios a lo que de ningún modo se ganaron. ¿Sabrán que el ingreso no se redistribuía sino que se ganaba, cuando nuestro país iba camino de ser superpotencia?

Por abusos mucho menores guillotinaron al rey de Francia y a sus oligarcas, vampiros del esfuerzo ajeno como son aquí la casta política, los empresarios cortesanos y otros oportunistas, todos auténticos cipayos y vendepatrias que hicieron de aquella gran Argentina la cueva de ladrones y hazmerreír del planeta, que es hoy.

El Estado estorba y somos millones, sin duda, quienes aguardamos un duro y correctivo Nürnberg (o Juicio de Núremberg) criollo.





Agredidos

Noviembre 2013

Tras la euforia cívica de haber participado durante esos gloriosos (y costosos) 2 minutos de éxtasis electivo de los que gozamos cada 2 años, no estaría de más retomar por otros pocos minutos el perdido arte de la reflexión política, un grado más allá de lo usual.
Sabiendo, como sabemos todos, que fue estadísticamente mucho más probable haber caído muerto camino del comicio… que nuestro voto haya servido para cambiar -realmente- algo.

Nadie desconoce que en la democracia real son los más fuertes, con mayor influencia y/o capacidad de extorsión quienes pueden condicionar al gobierno haciendo que sus políticas los favorezcan, más allá de los discursos “políticamente correctos” y del voto de la gente.  Se trata de aquellos con poder “de facto” de presión.
Hoy y aquí, la corporación estatal en el intercambio de "favores" entre sus 3 poderes y con sus demás clientes naturales, los empresarios cortesanos partidarios del proteccionismo, los gremialistas corruptos, los líderes de turbas facciosas y otros grupos con similar… convicción democrática.

Indefectiblemente, intereses sectoriales que logran privilegios.

Simples agresores sociales que sustituyen sin ruborizarse el núcleo de nuestra bella teoría constitucional (igualdad de oportunidades y ante la ley, libertad de prensa, industria y comercio, no discriminación impositiva etc. etc.), por una suerte de Ley de la Selva donde pueden conseguir más del Estado para su parcialidad mediante sobornos, asociaciones ilícitas y retornos de negocios a costa de los intereses de la inmensa mayoría de la población.

En una democracia ideal, en cambio, el gobierno no podría (aunque quisiera) permitir que se violasen los principios constitucionales. Aquellos con el garrote más grande no tendrían entonces oportunidad de forzar el establecimiento “legal” de privilegios generadores de riqueza fácil pisando cabezas ni hundiendo el futuro de los demás ciudadanos.
Si viviésemos esa utopía no sería posible inclinar la cancha ni la balanza de la Justicia en favor de nadie. Tampoco trocar las infinitas negociaciones particulares que se dan a diario, en batallas desiguales donde algunos cuenten con árbitros (funcionarios, legisladores o jueces) que fallen en su favor.
Es decir: los poderosos no podrían aplastar la igualdad, frente a la sana competencia que siempre beneficia al mayor número.

La moderna democracia representativa, republicana y federal surgida hace escasos 226 años en los Estados Unidos y aplicada hoy en la mayor parte del mundo civilizado, es la real del primer párrafo. La ideal funcionó, sí, pero duró poco diluyéndose probablemente sobre el final de la gestión del presidente norteamericano James Monroe, hacia 1825.
Porque el sistema es, por más controles cruzados que se le agreguen, víctima de su intrínseca tendencia -de su gen letal- al crecimiento del intervencionismo “iluminado” en todos sus estamentos. De su pulsión, tan humana, al abuso de poder. Y del consecuente gasto estatal, convenientemente tercerizado a través de tributos cobrados de la única forma posible: bajo amenaza armada.
Llamando al pan, pan y al vino, vino: burdo forzamiento numérico comprado a través de la mencionada ley del más fuerte.

Es la razón por la que, en la cruda realidad, la democracia se limita a mantener -con mejor maquillaje, admitámoslo- la vieja fórmula de usar la estupidez humana en beneficio de castas parásitas.
Actuando en 2013 en espejo con lo que sucedía durante  las monarquías absolutistas, con despotismos como los de 1713 (nobleza desprestigiada, clero materialista, inmovilidad cultural etc.) que tantos cientos de millones de ilusos creyeron haberse sacado de encima mediante el advenimiento del “gobierno del pueblo”.

Soñar con pececitos de colores en política, siempre fue peligroso. Comprensible hoy, tal vez, en un entorno de mujeres y hombres de labores, vestimentas y distracciones simples. Productos del cínico pan y circo; del “plan” y el “Fito”; de la educación escasa y sesgada a que se redujo a la mansa mayoría de nuestro pueblo.
Pero preocupante en señores sofisticados de finos trajes y casas confortables. En señoras elegantes; cosmopolitas y educadas. En argentinos informados y profesionales de clase media; de alto orgullo patriótico y sentido global de responsabilidad histórica, que educan a sus hijos en buenos colegios y universidades.
Soñarlo allí, más que peligroso es, en tanto élite ética e intelectual, criminal. Además de irresponsable, cobarde y muy cruel con los que no tienen la suerte de “zafar”, como ellos, de la agresiva negación de progreso en curso. La real; la de los pobres de 3 generaciones.

Quizá tuvo razón un fastidiado Carlos Pellegrini cuando alguna vez ironizó por lo bajo: “Señores, no hay voto más libre que el voto que se vende”. O cuando en otra ocasión, comentando los resultados de la ley Saenz Peña de voto universal, secreto y obligatorio recapacitó sobre posiciones previas afirmando: “Acabamos de entregar un arma cargada a un niño”.

Hasta aquí, la realidad de facto. Lo desesperante por inadmisible. Por contrariar todo lo que nos inculcaron, siendo nuestra venerada diosa democracia la máquina de impedir (y vampirizar) que es.

Nuestro verdadero camino de liberación nacional, nuestro manifiesto más radical y movilizante sería el que llegase al corazón de las mayorías perforando aquella capa de centenaria estupidez humana, con la consigna de regalarnos una dirigencia impedida de agredir al común de la gente, legislando ventajas para algunos a costa de todos.
En un sistema que se orientase gradualmente hacia lo filo-libertario, con un Estado que se atenga al muy católico principio de oro de la subsidiariedad. Reducido a  instituciones administrativas dentro de una efectiva estructura asistencial y de servicios  privados, operando -como consecuencia- en una economía “con esteroides”, de plena ocupación, altos salarios y gran soberanía individual del trabajador. Gobierno que estaría inmerso, también él, en la mencionada igualdad ante la ley y que debería por tanto someterse como todos al aún más cristiano principio de no agresión.

Agresión inmoralmente avalada del vago sobre el laborioso, en primer término.

Los ladrones, intelectuales y ateos de izquierda odian al libertarianismo porque saben que a plazo fijo es el gran adversario filosófico al que deberán enfrentar. Y que serán los libertarios quienes finalmente desnuden al socialismo ante la gente, pasándole factura histórica de las miserias genocidas, de las terribles pérdidas de tiempo causadas y de sus robos monstruosos (como los desfalcos kirchneristas: ¡otra que “década infame” de los años ‘30!).
Porque los liberal libertarios son los portadores del único sistema de ideas de vanguardia para la elevación popular sin fisuras éticas; de un progresismo moral verdaderamente revolucionario en su no-violencia militante.
De inmenso potencial productivo, sí, pero con el inteligente atractivo adicional de fluir en perfecta armonía con la naturaleza humana.