Envejecidos

Julio 2014

Hace unos días se hicieron públicos ciertos datos demográficos que, aunque intuidos por muchos, no dejan de resultar impactantes.
Lo informado es que nos encontramos en el centro de un “período de oro” que comenzó hace 20 años y que terminará en otros 20. Situación caracterizada por una alta proporción de población en edad laboral (de 20 a 64 años de edad) y baja de población “dependiente” (menores de 20 y mayores de 64). Hacia el final del período, según los demógrafos, caeremos en la categoría de país envejecido, al pasar la proporción de ancianos al doble de la actual.

Durante el período de oro que hoy promedia, la Argentina cuenta con la mayor cantidad porcentual de jóvenes de su historia.
Un momento único de escasas 4 décadas de duración, apto para que estadistas inteligentes la hayan guiado y la guíen en dirección al diseño y consolidación de sistemas de previsión social más poderosos y sustentables, previendo el momento en que varíe el fiel de la balanza y menos personas activas se vean en la obligación de mantener a muchas más inactivas.

Son datos que siempre estuvieron al alcance de nuestros gobiernos. Al igual que las sugerencias de expertos en la materia, que invariablemente recomendaron prestar atención no sólo al problema de las jubilaciones futuras (y del previo ahorro nacional que ello implica) sino a las inversiones acordes en educación, con vistas a una óptima inclusión laboral de nuevos trabajadores jóvenes.
Modo casi excluyente de trocar en sustentable algo que presentaba (y presenta) todas las características de un drama social a plazo fijo.

Lo sucedido en los últimos 20 años, sin embargo, es harto conocido: el voto de mayoría en favor de populismos de gran esterilización impositiva y por tanto escasa inteligencia, fue colaboracionista (más allá de palabras, himnos y banderas) para que la mitad de nuestro “bono demográfico” de 40 años se perdiera sin remedio.
Y para que arribáramos trotando como reses por un brete al desastre actual de un pésimo nivel educativo, 800 mil ni-ni empujados hacia la delincuencia o el asistencialismo y más de 1 millón doscientos mil jóvenes con empleos precarios o informales. Entrampados todos en un corralón de asfixia tributaria, alta pobreza, desempleo y precarización general.
Por no hablar del parate casi total de inversiones en infraestructura y crecimiento empresario-exportador, dato que asegura en gran medida la continuidad en el tiempo de esta situación.

No inventamos nada. El de Estado benefactor y previsional es uno de los ítems que está llevando a la quiebra a la Comunidad Europea. Una sociedad ya envejecida, cada año más endeudada, menos competitiva y que por cierto también “comió” alegremente su bono.

Las directrices del giro de 180 grados que nuestra sociedad necesita para revertir el desastre, prevenir el drama previsional y volver a situarnos a la cabeza del mundo en este y otros temas, sólo existen entre el compendio de propuestas libertarias. Pensadas para una Argentina líder: abierta a los capitales lícitos del mundo, con un Estado no violento y economía altamente evolucionada. Ideas orientadas a desafiar conservadurismos de todo signo, facilitando la revolución de una poderosa movilidad social ascendente.
También podemos, claro, dar un semi-giro de 45 o incluso 90 grados siguiendo las usuales recetas de reajuste neo-socialista, neo-fascista o las del clásico mix nacional entre ambos populismos.
No prevendrán el colapso previsional pero (sonriendo al saberse otra vez “salvados”) sus jerarcas administrarán el sufrimiento de nuestro pueblo con la solvencia burocrática y la impostada calma paternal que los caracteriza.
Demás está decir que tampoco conducirán a nuestro país a la abundancia ni a liderazgo positivo alguno. Se trata de una película vieja que ya vimos varias veces, proyectada para seguir frenando una movilidad social que atentaría contra sus intereses (sin pobres se acaba el negocio de políticos redistribucionistas, vagos, punteros, “empresarios” protegidos y demás oportunistas): la política no sería el negocio que es sino un llano acto de servicio por vocación.

Lamentamos desilusionar asimismo a la legión de progresistas que secretamente sueñan con que los dividendos nacionalizados de Vaca Muerta u otras reservas potenciales de energía fósil, no renovable y contaminante, solucionen a futuro el déficit previsional y todo otro desaguisado que tengan a bien generar con sus envejecidas ideas anti cultura-del-trabajo. Más que ideas, atajos “de vivos”.
Basta mirar a la actual Venezuela (literalmente asentada sobre un mar de petróleo de fácil acceso), país que fracasó en toda la línea intentando esa exacta receta. Ese exacto y desesperado atajo.

La solución definitiva, libertaria, al problema demográfico que nos amenaza implica volver a privatizar los fondos de jubilaciones y pensiones. Subsidiando incluso a las empresas (nacionales o extranjeras) que asuman esta responsabilidad, conforme una tabla niveladora decreciente en el tiempo que corrija de algún modo el tremendo desfasaje entre aportes realizados (a veces nulos) y haberes al cobro, que arrastran millones de beneficiarios.
Con la mirada puesta en terminar esta vez con toda jubilación estatal y en asegurar para siempre la intangibilidad de los aportes, contra atracos como el de este gobierno (robo de los fondos privados de las AFJP) o el del peronismo anterior (colocación forzosa de gran cantidad de bonos basura en la cartera inversora de las compañías).
Y con la intención explícita de contribuir a un gran mercado de capitales, hoy inexistente, que apalanque una rápida reactivación del crédito de largo aliento, creación de oportunidades de negocios y apertura de nuevos emprendimientos “en blanco”, generadores de empleo… y de más aportes.


Apuntando otra vez a la sana meritocracia que nos hizo grandes, como cura para la cleptocracia parasitaria que hoy padecemos.





La Opción por los Pobres

Junio 2014

La igualdad parece haberse convertido hoy en la máxima aspiración de todos cuantos se definen como progresistas; con sensibilidad social. En general, demócratas (en la acepción actual del término, cada vez más alejado de lo republicano) que gustan de guiar sus votos con el corazón.

A pesar de lo que definiera con agudeza el periodista español José Carlos Rodríguez: “progresista es aquel que es generoso con lo ajeno”. Y de lo que advirtiera Milton Friedman (economista y premio Nobel estadounidense, 1912 – 2006): “una sociedad que pone la igualdad por encima de la libertad acabará sin igualdad ni libertad”.

Porque si nuestra opción solidaria es por los pobres, como pide la Iglesia junto con todas las personas de bien, debemos tener presente los 3 tipos reales de sociedades contemporáneas que han buscado solución a este problema: la comunista (caso Cuba) donde la pobreza extrema se solucionó mediante un manejo totalitario que mantuvo a toda la sociedad en una pobreza no extrema, la socialista (caso Suecia, aunque ahora estén volviendo sobre sus pasos) donde el problema se encaró a través de un dirigismo que privilegió la seguridad social de la cuna a la tumba a costa de elevadísimos impuestos desincentivantes del consumo, la reinversión productiva, la creatividad y las ganas de vivir experiencias emprendedoras… y la sociedad capitalista (caso histórico de Estados Unidos, hoy mejor representada en otros sitios), donde el dilema de la pobreza se dirimió a través de un sistema que privilegió las libertades individuales por sobre la idea de quitar a algunos para subsidiar a otros.

Con respecto a esto último, nos aclara Carlos Cáceres (catedrático y economista chileno, n. 1940): “en una sociedad abierta, la única igualdad compatible con la libertad es la igualdad de derechos”.

Mas si nos guiamos -generalizando- por el voto real ejercido con la cabeza y con los pies, vemos que ningún argentino (progresista o no) quiso ir en los últimos 50 años a Cuba a ganarse la vida. Pocos desearon o intentaron ir a vivir y trabajar a Suecia. Pero muchos quisieron ir en cambio a Estados Unidos tras la promesa de que allí sus sueños podían, realmente, tornarse en realidad.

Viene entonces al caso la frase de Lenin (revolucionario ruso, 1870 – 1924) en una pregunta que haría historia: “¿Libertad? ¿Para qué?”, cuestión que ya había sido evacuada por el pensador político y viajero francés Charles de Montesquieu (1689 – 1755), tras constatar el axioma de que “los países mejor cultivados -en todo sentido- no son los más fértiles sino los más libres”.

Lo real, lo pedestre y práctico es que los sistemas que mejor han funcionado para erradicar la pobreza y donde resulta más estimulante vivir (un gran tema, ciertamente) son aquellos que más lejos han llegado en su opción por los derechos de la gente frente a las exacciones forzosas y el intervencionismo del Estado.
Porque a más respeto por los derechos de las minorías (el individuo es la más pequeña de las minorías), por la propiedad privada y por las libertades de elección personales, menos pobres. Allí donde la sociedad tiende hacia la no violencia (impositiva, monopólica, mafiosa, etc.) y la libertad en todos los órdenes (cultural, económico, educativo, etc.), el ingreso popular tiende a aumentar. Siempre. Igual que las desigualdades, al menos al principio.

“No me importa la desigualdad, porque no soy envidioso. Me importa la pobreza” nos recuerda por si acaso Pedro Schwartz (jurista español, n. 1935), completando lo que un tremendamente experimentado Winston Churchill (estadista británico, 1874 – 1965) ironizó cierta vez: “el vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes. La virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria”.

Señoras: el país más liberal-capitalista del planeta, uno de los de menor cantidad de recursos naturales, mayor densidad demográfica (¡y expectativa de vida!), Singapur, es el que, porcentualmente, menos pobres y más millonarios tiene. ¿Simple casualidad?

Señores: nos lo advirtió con lucidez el joven Johan Norberg (escritor y activista sueco, n. 1973): “la distribución desigual de la riqueza en el mundo se debe a la distribución desigual del capitalismo”.

Argentinos: la igualdad, aunque bella en su utopía socialista, no es el camino hacia la solución del drama de nuestra pobreza. La sería si quisiéramos seguir la vía cubana o la sueca: si quisiéramos dar satisfacción política a nuestros más viles resentimientos e inmadureces sin pensar en quienes nos siguen.

Y respecto de madureces emocionales, en otra frase que parece pensada para nuestra sociedad, disparó asimismo el gran André Maurois (rebelde intelectual francés, 1885 – 1967): “un joven de menos de 25 años que no sea socialista no tiene corazón; uno mayor de 25 que sigue siéndolo no tiene cerebro”.

La opción por los pobres, entonces, es la opción por la inteligencia. Como la que acreditan 8 de los 9 autores aquí citados. No hay otra.
Ya que para ser solidario en serio (voluntariamente, a través de grandes instituciones y fundaciones privadas o religiosas por fuera de la corrupción y el clientelismo estatales), hay que tener con qué.

La otra, la “solidaridad” coactiva financiada mediante violencia tributaria fue, es y será insanablemente inmoral y como tal, no puede conducirnos sino al desastre; a la degradación. Como la que vemos crecer a diario en cada rincón de nuestra patria.







La Sociedad Autoencadenada

Junio 2014

Las malas acciones de este gobierno (casos Campagnoli, Aerolíneas, Skanska, Milagro Sala, YPF; Islas Seychelles, Indec, Báez, embajada paralela, radares, Resolución 125, manejo de Pauta, Anticumbre… y una larga serie de etcéteras en progreso cuya sola mención superaría en mucho los 5.000 espacios de este ensayo) sacuden sin duda la conciencia de millones de argentinos.
Suerte de laxante mental en sobredosis cuyo efecto revulsivo está llevando a muchos a cuestionarse, por vez primera en sus vidas, creencias antes inamovibles.

Exhibido hoy en forma descarnada, el ejercicio del poder por parte del Estado real (no del teórico), rompe preconceptos y pone a todos en la disyuntiva de optar por la sobrevida en uno de dos bandos: ser un esclavo dador del 60 % o más de su labor a sus explotadores (promedio nacional estimado de tributación real de los que pagan, sin olvidar que un siervo de la gleba medieval entregaba al Señor feudal... hasta el 50 % de su labor) o bien ser un ladrón; un parásito que roba a compatriotas desarmados tratando de acceder mediante violencia (electiva, eso sí) de izquierda a lo que no quiso, no supo o no pudo ganar con su esfuerzo por derecha.
Un Estado ignorante, atropellador, que no se ha privado de enervar y empujar sin descanso a quienes no quieren ser esclavos (categoría inferior al siervo) ni encolumnarse detrás de su staff de ladrones profesionales. A los que se rebelan en fuero íntimo a la jurásica opción de ser predadores o quedar en el primer eslabón de la insustentable cadena alimentaria populista.

Son muchos quienes ya no aceptan las cosas como son sino que están dispuestos a poner lo suyo para que sean (al menos para sus hijos y nietos) como deben ser.

Una posición frente a la vida que encuentra antecedentes en los poco preparados y peor armados patriotas norteamericanos, que en Diciembre de 1773 decidieron empezar a quitarse del cuello el yugo impositivo de la monarquía británica, arrojándolo al mar. Y en nuestros valientes compatriotas de Mayo de 1810 que, siguiendo aquel ejemplo, se propusieron iniciar el fin de la opresión económica, burocrática y militar del reino de España en estas tierras.
En ambos casos personas honorables; comerciantes, profesionales y productores con una cierta posición, que tenían mucho que perder y poco que ganar adscribiéndose a la -en aquel momento muy incierta- rebelión contra la autoridad. Contra un gran sistema de Poder y Derecho asentado por siglos de aceptación.
No hubo en ellos mezquinos cálculos de conveniencia mercantilista (mercado cerrado = clientela cautiva) ni cobardes temores a dejar de lado el low profile ni la comodidad del statu quo.

Hubo, sí,  grandeza solidaria para con la comunidad y una clara visión del largo plazo. Hubo, si, ejemplos edificantes de audacia, sacrificio económico y ética personal.

El tipo personas y la clase de visión cuestionadora de creencias antes inamovibles que tanto necesita la Argentina postrada de hoy. Grandes espíritus que, al decir de Albert Einstein, “…siempre se han encontrado con la violenta oposición de los mediocres, que no pueden entender que un hombre no se someta irreflexivamente a los prejuicios heredados, sino que utilice su inteligencia con honestidad y valentía”.
Porque seguir a la manada, vale decir no pensar ni cuestionar al sistema que lo esquilma, es la clásica solución mental del mediocre para sentir que no se equivoca, diluyendo su responsabilidad civil.

En verdad, son cada día más quienes admiten que no debemos apoyo ni respeto ético (ni moral) alguno a quien obtiene nuestra colaboración “solidaria” bajo la amenaza de una pistola, como sucede con los jerarcas del actual modelo de democracia delegativa de masas y Estado clientelar no-republicano, a través de sus esbirros de la Administración Federal de Ingresos Públicos.
El abuso legal-tributario al que se somete a las personas que pagan, las está impulsando a repensar los supuestos sobre los que basaban su sumisión: sostener al Estado y respetar al gobierno (bien o mal) electo para, al menos, sentirse libres en lo personal-cultural y en lo personal-económico. 
Porque sucede que las libertades personales siguen siendo un derecho cuyos muchos beneficios directos e indirectos para el resto de la sociedad no son su fin sino su consecuencia. Conclusión de perogrullo que forma parte de un debate tiempo ha superado.

Aunque no tanto en esta Argentina arrodillada, donde el maltrato impositivo-reglamentario aplicado sobre los hacedores de riqueza por la izquierda gobernante, bloquea -o ralentiza seriamente- nuestro desarrollo como es de norma en todo socialismo cuando procede según su dogma, al invertir estos términos.
Entendidos como “al servicio” de terceros, los derechos de libertad (como los de trabajo, industria, comercio, finanzas, solidaridad y en general de contratos, renta y disposición de propiedad privada) quedan rebajados a simple materia regulable; opinable… en ámbitos donde campean en triunfo la ignorancia y el oportunismo clientelar.

Este solo “detalle” explica casi toda nuestra decadencia. Otro es la inevitable marea de descomposición que tal modelo genera. Y entre ambos explican con enceguecedora claridad por qué no somos a esta altura, por el contrario, una superpotencia.
Podio al que podríamos acceder si, haciendo uso de las lecciones dejadas por nuestro laxante mental, atinamos a dejar de votar estatismos nacionalistas por simple herencia o complejos de inferioridad. Cuando no por soberbia, resentimiento, ira o envidia (autodañándonos en una virtual cadena de pecados).

Claro está: el ideal del corrupto autoritario y el mensaje de casi toda la propaganda política (tanto oficialista como opositora) es, simplemente,  menguar en el uso del látigo a medida que los esclavos se encadenen a sí mismos.



Hoja de Ruta

Mayo 2014

La parte pensante de nuestra población, aquellos a quienes el populismo no consiguió reducir a la ignorancia desnutriendo su cerebro durante la etapa clave de su desarrollo o lavándolo después a través de la des-educación pública y el contra-ejemplo de su cleptocracia (por acción, omisión u incompetencia, da igual), sabe que cuando los impulsos naturales al bienestar y a la defensa propia se unen al pensamiento de mentes evolucionadas, los brutos que pretenden dominar (gobernar) a otros usando la fuerza tienen sus días contados.

Es con espasmódicos movimientos basados en patrones de este tipo que la humanidad consiguió elevarse desde las cavernas hasta el estadio post industrial en que nos hallamos.
Un presente bastante más contaminado y menos avanzado del que deberíamos estar gozando ya que si bien hemos conseguido cierto grado de evolución socio económica, esta se debió en general a la acción de emprendedores valientes a pesar del Estado y su extensa serie de gobiernos ladrones; siempre contra su monstruoso herramental de impedimentas.

Una tendencia obstructiva, extractiva, en favor de la transferencia de rentas reinvertibles hacia la corporación política y su cliente genérico, el parasitismo social, que viene in crescendo no sólo aquí sino en casi todo el orbe. En particular dentro de lo que llamamos nuestra civilización occidental, el neo imperio dominante cuya cabeza son los Estados Unidos de Norteamérica.
Se trata de un camino trillado. Previsible dentro de los cánones de estupidez humana contra los que pensadores, inversores de riesgo e innovadores debieron luchar a lo largo de la historia.
Es la vía muerta que transitaron el Imperio Romano, el Imperio Otomano, el Imperio de los Habsburgo, el Imperio de los Borbones y el Imperio Soviético antes que nosotros. Inmensas y costosísimas maquinarias de saqueo y desolación que dieron con sus catafalcos por tierra tras seguir una misma y exacta hoja de ruta. Aquella que enriqueció a sus oligarquías parásitas pero que implicó, sin excepción (igual que ahora), finanzas no sustentables, humillante opresión impositiva, expansión estatal, sobrerregulación, erosión de las libertades individuales y fatiga militar.

La supremacía de la actual civilización occidental heredera parcial del viejo Imperio Británico tiene como característica especial, además, la de estar basada en democracias delegativas de masas con erosión progresiva de su original pre-condición republicana.
Un amplio sistema mejor categorizado como dictaduras de mayoría perfectamente equiparables, en conjunto, a las de los imperios que nos precedieron.

Como vemos, los brutos siguen básicamente al mando pretendiendo imponer sus pesados sobrecostos y corrupciones, obligando a todos a alinearse tras los mismos errores retardatarios mediante la simple fuerza cavernaria, hoy, del número clientelizado.
Sus propagandistas camuflan sucias envidias, incapacidades y resentimientos exaltando ese modo de democracia. Ocultando que atropella cada día innúmeros derechos populares; que sus “leyes” acentúan la injusticia en lugar de bloquearla; que ya no son, como decía el gran pensador francés F. Bastiat, refugio del oprimido sino arma del opresor.

La corporación política nos promete aquí una y otra vez un país seguro y confiable… si los elegimos para que planifiquen nuestro futuro y el de nuestros hijos (¡guau!) y si no nos oponemos a que nos obliguen a costear con más trabajo gratis para el Estado (impuestos) sus abstrusas, multifracasadas fantasías socio-económicas. Porque esa y no otra es, fue y será su transparente hoja de ruta.

Así las cosas, esa reserva pensante de nuestra población a la que nos referíamos al principio está en tiempo de ponerse de pie y apelar a sus instintos de defensa propia y bienestar familiar, siguiendo más a aquellas mentes evolucionadas que les proponen en materia política, simplemente, lo que es correcto. Que es lo mismo que decir “lo que es mejor para el conjunto, inteligente, ético y de sentido común”.
Apoyando a las agrupaciones o personas dentro de organizaciones existentes que se muestren rebeldes a los muchos cepos legal-regulatorios que nos oprimen.
A quienes propongan la más plena realización de nuestras individualidades, en especial en lo cultural y económico, contra la extendida mala idea de acotarlas.
A los que sienten profunda vergüenza ajena ante el irresponsable deseo de tener un Estado omnipresente y maternal que nos diga constantemente “pobrecito” mientras nos da palmadas en la cabeza. A quien esté convencido de que no tenemos derecho al dinero del vecino (vía impuestos) del mismo modo en que, antes, tampoco teníamos derecho a los juguetes del niño vecino. De que el otorgamiento de “derechos” cuyo cumplimiento necesite del atropello de derechos anteriores de otros ciudadanos, no está sujeto a derecho y debe ser enmendado.
Al dirigente que se oponga, para Argentina, a la filosofía política autoritaria que hoy predomina en el planeta. Y que saque inmediata ventaja de ello para nuestra parcialidad.
Al político más cosmopolita, más de vanguardia y favorable al capital, a la integración global inteligente y la multiculturalidad; al fin de las fronteras artificiales y de toda forma de discriminación, sea impositiva, comercial, política o racial tras la conciencia profunda de que navegamos en una mota de polvo espacial llamada Planeta Tierra.

A los que tengan el coraje moral, en definitiva, de decirles toda la verdad a los votantes repudiando la típica “solución” política de pedirles al sabio y al imbécil que se encuentren en el medio.









Lo Extractivo y Lo Inclusivo

Mayo 2014

Nos sentimos perdedores frente a otros pueblos y declinamos como nación, porque vivimos sin códigos. Bajo un contrato social (la Constitución Nacional) hueco; vaciado de contenido en sus artículos esenciales. Contrato legal que a esta altura, por cierto, no es más que letra muerta.
Transitamos un proceso de viraje hacia la izquierda. Una deriva socialista casi ininterrumpida, disolvente y decidida por mayorías, aunque al margen de todo republicanismo. Una larga marcha anarco-populista que tuvo la virtud de apearnos de nuestro destino de gran potencia, a partir de los años ’40 del pasado siglo.

Cuando el contrato social real de un país no es capaz de evitar que un autoritario/a se haga con el poder; cuando no puede impedir que cambie las reglas de juego y vulnere derechos de propiedad con el fin de confiscar el ingreso (y hasta el capital) de los que invierten su esfuerzo y su dinero (no importa con qué fin y siquiera en qué proporción; es irrelevante); cuando falla en evitar que el gobierno dificulte los planes de producción de los que crean o que se atente por defecto contra la vida (seguridad) de quienes trabajan y de sus familiares, ese contrato de facto no sirve y debe ser denunciado. Entre otras razones, por su inutilidad para promover los incentivos económicos necesarios para asegurar oportunidades reales de elevación y de prosperidad para todos. Que es lo relevante.

Las instituciones políticas y económicas derivadas de siete décadas de violación y vaciamiento de nuestro contrato social original (con el guiño cómplice de nuestras sucesivas Cortes Supremas que, al fin y al cabo, han sido parte constitutiva del mismo Estado-Problema), deben ser hondamente modificadas o bien abolidas y cambiadas por otras que sirvan.
Ellas rigen nuestro desorden: instituciones de tipo extractivo (no inclusivo) que tienen por finalidad la extracción de rentas, propiedad de ciertos subgrupos sociales “pagadores” para transferirlas a otros subgrupos “cobradores” entre los que se encuentra, naturalmente, la corporación política que redacta las reglas acodada en la espectacular corrupción a todo orden que le es inherente.
En la Argentina actual los subconjuntos cobradores son, como cabía esperar, cada vez más y los pagadores, menos. La sustracción impositiva a que nos estamos refiriendo supera, para los que pagan, el 60 % de sus ingresos a nivel global, aunque dicha quita se eleva a más del 80 % para el caso particular del subconjunto agropecuario.

Es obvio, aunque aún no para todos, que la riqueza de los pueblos se encuentra desigualmente distribuida debido a las diferencias existentes entre las instituciones que ellos mismos apoyaron o toleraron en sus respectivos países; a las normas políticas y económicas que rigieron los incentivos que estimularon a los individuos a esforzarse para estudiar, trabajar, ahorrar, invertir y progresar, traccionando al resto de sus sociedades hacia arriba.

Pareciera cosa sencilla, a primera vista, proponer a los votantes la opción de apoyar un cambio hacia instituciones inclusivas. Que son las que protegen a los que “hacen”; a los creadores, innovadores y emprendedores de la voracidad fiscal y de los frenos burocráticos, tan discrecionales y favoritistas cuanto contraproducentes.
Porque es claro que necesitamos instituciones que incluyan a más y más personas -por generación de más y mejores empleos- en niveles de ingresos más elevados. Con posibilidades de acceso, a partir de allí, a una mejor educación, salud y previsión social, privada o no, tal como ellos (y no un funcionario) lo decidan; con mucha mayor capacidad de consumo y más libertad real de elección en todo sentido dentro de un mercado libre y competitivo.
Instituciones protectoras de la más amplia libertad de prensa, como alerta permanente frente a la inevitable tendencia al autoritarismo y al robo gubernamental. Instituciones que bloqueen su violencia extractiva hacia las minorías a través de asegurar el imperio de leyes simples e igualitarias, que protejan en primer término la vigencia absoluta del derecho madre, base y garante de todos los demás derechos civiles y humanos: el derecho de propiedad.

Sin embargo, los grupos vampiros beneficiarios de la extracción (políticos profesionales, pseudo empresarios protegidos, envidiosos, vagas y vagos absorbedores seriales de planes sociales, sindicalistas corruptos, resentidos de toda laya etc.) siempre se opondrán al fin de la succión; al mero arranque de los motores capitalistas de la prosperidad.
La destrucción creativa inherente al avance económico en bloque de la comunidad hacia su madurez productiva no es conveniente al negocio vil de estas oligarquías parásitas. Saben que la innovación tecnológica trae crecimiento global pero para ellos, pérdida de poder (manejo de la miseria) e ingresos (manejo de las influencias).
Se trata de grupos temibles, hoy poderosos por su número o por la enorme fuerza corruptora del monopolio estatal que los aglutina y clienteliza.

Los succionadores de la sangre vital de nuestra nación, en tiempo real, están logrando obstruir con éxito el desarrollo económico. Ese que de la mano de nuestras ventajas comparativas podría sacar a muchos millones de la pobreza, llevándolos a la clase media.
El propio gobierno es hoy la mayor amenaza a los derechos humanos y al acceso a la propiedad de los más, montando en forma deliberada la base institucional de una economía atrasada.
Además, el hecho de que otros subgrupos luchen por obtener el favor de o para convertirse ellos mismos en parte de los extractores al comando del “monstruo grande que pisa fuerte”, como sistema, genera una crónica inestabilidad política. Y desde luego, económica. 

Apoyemos entonces la idea original de nuestros próceres, del respeto a la libre empresa que nos llevó a la cima, votando sólo a quienes quieren cambiar este repugnante modelo extractivo… de raíz.






Pseudo Empresarios, Lobos Mercantilistas

Abril 2014

Trabajosa, casi dolorosamente los argentinos van desencantándose con lentitud del mito del “Estado-Solución” para pasar a las filas de quienes advierten que nos enfrentamos a un muy serio “Estado-Problema”.

Más allá del mal menor que estén pensando apoyar el año próximo influidos por el miedo clientelar, la mayoría ya se percató de que su larga línea tradicional de apoyos políticos (de palabra y de hecho) durante las últimas tres generaciones, condujo al conjunto a dinamitar el futuro de los propios hijos y nietos. A dejarles una herencia de deuda interna, deuda social y deuda externa que implica condenarlos a vivir con menos bienestar, menos seguridad y menores oportunidades económicas, aún, de las que los adultos tenemos en el presente.
Prueba sensible de ello es el pesado tufo que se expande como smog, cubriendo nuestros hogares y nuestras vidas de relación en comunidad: un desagradable olor a “cosa corrompida”, sucia, matonesca y de altísima ineficiencia… gatillado hoy tras la sola mención de cualquier cosa que tenga relación con lo gubernamental.
Un opresivo ambiente  pro totalitario y  anti inversor, correlacionado de inmediato con sus impuestos, frenantes y abusivos.

Aún así, en la Argentina 2014 que supimos conseguir todavía predomina la decisión mayoritaria de enriquecer a algunos a costa de otros. De apoyar dirigismos estatales que sigan reemplazando a un libre mercado donde las personas sólo podían tener éxito y hacer fortuna si servían antes a otros. Sistema meritocrático que hoy se encuentra casi completamente abolido por ley.

Coincidimos con quienes advierten que en la vida real rara vez las instituciones, las personas y sus actitudes son blancas o negras sino que configuran una infinita gama de grises. Pero aún admitiendo estos grises, nos atropella la evidencia de que las principales asociaciones empresarias, con escasas excepciones (en el agro, por ejemplo), carecen de interés en buscar para la Argentina un mercado libre.
Quienes deberían ser adalides de la libre empresa y núcleo de potencia capitalista competitiva para una agresiva expansión de nuestra presencia en el comercio mundial, se oponen a ello.
Un efecto causado por la intervención del Estado contra la libertad de comercio (contra la competencia interna y/o externa) que da ventajas a sus carteles a costa de la inmensa mayoría de la gente: la transferencia de billetes de los consumidores hacia estos falsos empresarios, no puede ser libre; debe ser, y es, coactiva.

La “tribu” de los pseudo empresarios alineados con el capitalismo de amigos, entonces, puja y presiona sobre la oligarquía política para obtener ventajas a costa de otros argentinos. En general a costillas de otras tribus defensoras de privilegios sectoriales adquiridos de igual forma, que a su vez pujan torpe, irreflexivamente entre sí por el favor del mismo amo. De la misma realeza absolutista y ventajera de antaño. Del mismo y exacto perro, con distinto collar: del Estado-Problema.

Contribuyentes y pueblo asalariado en general son víctimas de una brutal transfusión de sangre económica (dinero efectivo extraído a través de decenas de tributos), de esfuerzos sin fin y dolorosas resignaciones… hacia la oligarquía política y sus amigos “empresarios”. Hacia la realeza y su bien cebada corte. Hacia un vampirismo que eleva sus niveles de poder y riqueza en la misma proporción en que disminuye la calidad de vida del resto de la población en un juego, esta vez sí, de suma cero.

Tal es lo que hoy significa el voto progresista o “de izquierdas”, en todas sus expresiones. Un voto que hizo y hará que unos pocos oligarcas, muy pocos, sigan robando y se enriquezcan de manera escandalosa al precio de obstruir, frenar y atrasar al resto, hundiendo a la nación en todos los rankings.
Y es lo que hoy se entiende -a la manera socialista- por “preservar la libertad de comercio” mediante subsidios, diferenciales cambiarios, barreras arancelarias protectoras de privilegios, prohibiciones de exportación y precios administrados apoyados en una costosísima insolencia burocrática y fiscal; vale decir, en el estatismo. El mejor modo, lejos, para que el hombre se convierta en lobo del hombre.

Señoras, señores, la madre del borrego está en el hecho de seguir defendiendo la existencia misma de un modelo (la democracia delegativa de masas, no republicana) podrido desde su base, con tal poder discrecional de daño sobre vidas y haciendas.
Con empresarios cómplices de un Estado corrupto que nos explota sin piedad en beneficio de sus comandantes. Con sus tribus armadas de leyes y decretos que intimidan, saquean y esclavizan a la menguante clase media y a los esforzados verdaderos productores, dándoles el trato de animales de faena.

Despertemos a lo inaceptable: nos encontramos cerrando el círculo, de regreso al mercantilismo colonial donde la realeza absolutista impide a los consumidores la soberanía de decidir sobre el éxito o fracaso de los empresarios que los proveen, para poder negociar con estos últimos pactando las ventajas de sus sectores económicos en perjuicio de otros sectores, existentes o potenciales (y de todos los que queden entrampados en esos mercados cautivos). Una verdadera y brutal discriminación institucionalizada.





  

Voto Cómplice

Abril 2014

Para cualquier demócrata de la vieja escuela, el ítem más importante del edificio político, aquello que da sentido y justificación a su fe democrática, es la esperanza real de ubicar en los principales puestos públicos a las mujeres y hombres más aptos.
Entendiendo por demócratas de la vieja escuela a las personas dispuestas a exigir de sus referentes el cumplimiento no sólo del mandato representativo de nuestra Constitución sino también del federal y sobre todo del republicano, con todas sus normas de respeto a la división de poderes y a las minorías disidentes, efectivizadas a través de la más decidida protección al derecho de propiedad en todas sus formas, como base ineludible de las libertades civiles y económicas, sustentadoras a su vez tanto del crecimiento como de las seguridades personales.

Una concepción ética de la política que se encuentra en abrumadora minoría dentro del pensamiento y el voto argentino ya que es sabido tanto por antecedentes como por declaración de intenciones, que ni el radicalismo ni los peronismos ni ninguno de los demás socialismos adhieren (ni de forma ni de fondo) a estos conceptos: la prosperidad popular resultante de instituciones inclusivas acabaría poniendo fin a sus privilegios corporativos. Ya no podrían vivir de la política, que perdería atractivo para el 99 % de sus aspirantes ante la imposibilidad de hacer las usuales diferencias a costillas del prójimo; a caballo del leviatán estatal.

Y es justamente a través de la negación o la relativización de tales mandatos, logradas mediante el montaje “legal” de instituciones políticas y económicas de tipo extractivo (no inclusivo), que la selección de “los más aptos” ha ido tornándose en un fantástico cuento del tío. Porque, en efecto, el consenso clientelar argentino funciona en modo inverso a la búsqueda de los mejores. En modo cavernario, habida cuenta de su anclaje en la violencia tribal.
Hoy, tras más de 7 décadas de espasmódica deriva institucional hacia lo extractivo, es casi imposible acceder al poder político sin ser un mentiroso consumado; un hipócrita, falso y traidor a propios y extraños; un auténtico ladrón; oportunista y cínico. Alguien de corazón duro, carente de vocación desinteresada de servicio y con nula empatía global.
Sólo los vanidosos ineptos, peleles útiles de gentes sin escrúpulos o ellos mismos en persona como es el caso actual, tienen chances ciertas de montarse a lomos del Estado, ese “monstruo grande que pisa fuerte”.

Está a la vista: pagando calladamente sus agobiantes impuestos, aceptando su nefasta “cultura tributaria” hemos propiciado el avance de la necrosis social, nutrida en una melaza de “leyes” bárbaras. Mafiosas. Verdaderas minas antipersonal contra inversionistas y emprendedores.
Porque también está a la vista: la repetida opción opositora por el estatista menos malo -el famoso “voto útil”- no tuvo otro efecto útil que el de conducirnos por el callejón sin salida en que nos encontramos, en cuyo fondo siempre pudo entreverse el letrero “decadencia” en luces de neón. Ha sido en la práctica, a largo plazo, un voto cómplice.
Han colaborado de este modo a que la ciudadanía quedase dividida en tribus: intereses sectoriales que pujan salvajes por el favor del amo (o por convertirse ellos mismos en amos), en la esperanza de prevalecer sobre “el otro”. Sobre el enemigo que casi siempre termina siendo, tristemente, un compatriota luchando por su familia y su trabajo con la melaza a la cintura, entre sus propias responsabilidades y problemas. Cuando el problema no está en ese “otro” sino en que avalemos la existencia misma de un amo (el verdadero enemigo) con tal poder discrecional.

Despertemos: más allá del barniz con el que pretenda cubrirse, todo político “de izquierdas” cualquiera sea su grado, es un autoritario sin remedio. Eterno reforzador de un círculo vicioso de violencia extractiva que se retroalimenta en la pobreza clientelar, la promoción de la ignorancia y el resentimiento sordo de quienes van comprendiendo que dentro del sistema de saqueos que sus elecciones nos impusieron a todos, quedó enterrado el futuro de sus propios hijos y nietos.
Político, líder, referente o burócrata que usualmente no es más que un incapaz afectado de hiperactividad improductiva. Que sin haber trabajado con éxito en el sector privado ni haber creado empleo productivo alguno en su vida pretende extraer por la fuerza cuantiosa renta reinvertible a quienes trabajan, ahorran y crean, para sostener su propia ventaja y para intentar “crear empleos” por alguna vía abstrusa, minada de privilegios digitados y encallada en las inmadureces ideológicas de su juventud.

Ciertamente, un baño de realismo bajo la forma de una mirada más adulta a la política vendría muy bien a la maloliente Argentina de hoy, donde tantos sufren tanto por tan pocos.

Puede que la “nueva” crisis moral que hoy arrecia sirva como disparador o laxante mental para mucha gente de trabajo, partidaria aún del “voto útil”. Tal vez los anime a levantar la mirada, como hicieron nuestros próceres, hacia un nuevo horizonte de libertades (hoy apoyadas en el enorme, imparable poder libertario, democratizante, cuestionador y libre-empresista de la tecnología informática de redes) para dejar de mirar hacia atrás apoyándose en ideologías autoritarias.
Puede que esta vez empiecen a considerar la opción “fácil” de dar su voto… al mejor. A aquel que tenga no solo el prontuario limpio sino la misma y profunda fe en el espíritu emprendedor de nuestros hombres y mujeres, que encarnara nuestra Constitución liberal. Esa que un día  y por más de 70 años nos llevara al top ten planetario.






Derechos más Humanos

Marzo 2014
En mayor o menor medida, todos los gobiernos están asociados en un sinnúmero de amenazas a nuestra libertad.
De hecho, los derechos se ejercen contra el poder y por tanto, no es este quien debe decidirlos ni concederlos graciosamente, sino sus mandantes; sus soberanos: los individuos de quienes deriva ese mandato; cada uno de nosotros.
Desde el sitio internacional https://www.change.org/petitions/a-todas-las-personas-de-buena-voluntad-del-mundo-declaracion-universal-y-privada-de-derechos-humanos, la conocida ONG Change.Org propone la firma de un petitorio planetario sin intervención de organismo estatal, grupo armado o poder religioso alguno.
Se trata de un listado de 9 derechos humanos de última generación: fuertes promotores de no-violencia, dignificantes y erradicadores de pobreza. Y aunque parezca increíble a esta altura del siglo XXI, violados aún hoy por quienes debieran promoverlos, mediante burdos sofismas tolerados sin mayor análisis por quienes debiéramos defenderlos.
Derechos absolutamente básicos y del más puro sentido común a los que esta columna adhiere sin reparos.

1. Toda persona tiene derecho natural al fruto de su propio trabajo, o a lo legítimamente heredado o donado sin fraude. Ello incluye al libre comercio.
2. Por ende, todo impuesto que grave la propiedad o la renta es contrario al derecho natural y por ende intrínsecamente inmoral.
3. Ninguna persona tiene por qué declarar ante nadie sus ingresos, ni su origen o el destino.
4. Toda persona es inocente excepto se demuestre lo contrario. Si alguien ha adquirido sus bienes por robo, fraude, dolo, violencia o evasión de los pocos impuestos justos que hubiera (viejo debate), debe ser previamente procesado y recién allí la justicia tiene derecho a inquirir sobre sus bienes y revisar su propiedad. Hasta entonces, toda pregunta coactiva sobre cuándo, cuánto, de dónde o hacia dónde, sobre los bienes propios, en viaje o no, es intrínsecamente inmoral.
5. Dado que el Estado sólo es tolerable en tanto sirve a la causa de la justicia, toda persona tiene derecho a discutir en los tribunales de modo amplio la legitimidad de cualquier clase de impuesto, tasa o contribución basándose en que el pago no lo beneficia, sin sufrir represalia alguna. Cualquier exacción que no se fundamente en la protección del contribuyente, es intrínsecamente inmoral, sin perjuicio de que se pueda discutir la moralidad de la exacción compulsiva en sí y de sus métodos y alcances.
6. Las relaciones personales, comerciales o de cualquier otra índole privada, no pueden ser afectadas por razones de nacionalidad. Los gobiernos no tienen autoridad sobre los contratos entre personas que no violen derechos concretos de terceros.
7. Toda persona tiene derecho a entrar, salir o permanecer en su territorio. Las personas privadas tienen derecho a cruzar las fronteras políticas con fines pacíficos.
8. Todas las personas que violen estos derechos, requisando, preguntando, expropiando y por ende robando bienes o impidiendo el derecho de las personas a circular y establecer vínculos privados pacíficos por razones de nacimiento, nacionalidad, étnicas, religiosas o de cualquier índole colectiva, cometen actos intrínsecamente inmorales y violatorios de esta declaración, lo sepan o no, de los cuales son responsables primarios desde los autores intelectuales de esas legislaciones, el poder ejecutivo que las impulsa, los legisladores que las sancionan, los jueces que las hacen cumplir y todos sus agentes.
9. Todos los que ejecutan y hacen cumplir normas de esa índole son por ende los criminales y delincuentes, y todo aquel que se resiste es el verdadero inocente que se está defendiendo del robo ejecutado por una banda de criminales o de la privación de su libertad personal, sin importar si aquellos pretenden o no representar a la ley con sus actos.






Idiotas Útiles

Marzo 2014

Es sabido que las crisis son también oportunidades y la nuestra no tiene porqué ser la excepción.
Inmersos como estamos bajo la marea de tres cuartos de siglo de socialismos (o estatismos de cotillón liberal) responsables de las reglas que nos hunden, puede que esta nueva crisis decenal sea, por flagelo reiterado, la gota que colme el vaso de muchas personas (llamémoslas así) bienintencionadas. Las mismas que vienen prestando su concurso, en calidad de idiotas útiles, a los populismos que ubicaron con firmeza a nuestra Argentina en el listado de países delincuentes, consolidando la pobreza clientelar.

Hay muchos ejemplos en la historia de sociedades que reaccionaron de la mejor manera frente a situaciones críticas. De pueblos que dieron la espalda a las élites corruptas que detentaban el poder, saliendo de la encerrona en busca de derechos efectivos y oportunidades económicas reales para todos.
En nuestro caso, deberíamos darles la espalda para dejar de temer por la propia vida y también por la confiscación impositiva que impide negocios, inversiones y crecimientos personales por derecha. Para llegar a la seguridad familiar; al buen trabajo, a la buena casa, al buen auto, al buen ocio y a la buena solidaridad. Para dejar atrás esta edad oscura del estatismo y salir finalmente a la luz de un modelo organizativo más evolucionado.
Porque a esta altura, la única manera de que podamos disfrutar de una sociedad económica y moralmente viable es recrear instituciones que vuelvan a dar fuertes incentivos a nuestra gente para capacitarse, trabajar duro, ahorrar e invertir.

Sabemos que los creadores, los innovadores, los emprendedores son siempre una fracción minoritaria de la población pero también que son las  “locomotoras” que arrastran inadvertidamente tras de sí el progreso del resto. Por eso, en tanto sociedad que actúe en defensa propia debemos cuidarlos, facilitarles las cosas y tratar de multiplicarlos en lugar de hundirlos al modo radical, peronista o al de algún otro de nuestros socialismos “protectores”.
Para ello no debe existir posibilidad de que se les expropie la renta; mucho menos el capital de trabajo. Tampoco de regulaciones de privilegio sectorial que afecten decisiones productivas, financieras o comerciales de otros sectores, existentes o potenciales. Aunque tales “atajos de vivos” sean apoyados por  gran número de idiotas útiles.

Cuantos más empresarios inversores (de cualquier origen) y cerebros productivistas haya (para cualquier desarrollo, cañones o caramelos, no tiene importancia), cuanto más estimule el sistema la expresión de la enorme potencialidad dormida y de las ventajas comparativas de nuestra sociedad, tanto más rápido creceremos y tanto más alto dentro del concierto mundial habrá de llegar nuestra bandera.
Donde la estimulación del sistema implica, claro, un tipo de acción letal para autoritarios, envidiosos o parásitos y cuyo único límite es la ambición comunitaria: la audacia en la decisión electoral de permitir elevarnos por sobre la violencia frenante de los socialismos.
Se trata de la muy amplia “libertad de industria” competitiva que nuestra incumplida Constitución asegura y que nuestras actuales instituciones extractivas (tanto políticas como económicas) boicotean. Vale decir, de la estafa de la actual democracia delegativa de masas cada década más ladrona y menos protectora de las minorías; creativas o no. Más cerrada y menos republicana.

Para ello, resulta crucial entender en profundidad que si el poder no está repartido de manera efectiva en toda la sociedad, si está concentrado en pocas manos, las élites que lo detentan tenderán invariablemente a beneficiar no a los verdaderos emprendedores sino a sus propios amigos, legislando los usuales privilegios sectoriales y esperando de eso la usual retribución dineraria. Tal es la naturaleza humana (extensiva a los muy humanos legisladores, funcionarios y jueces) que tan bien entiende todo libertario.
Donde repartir el poder en toda la sociedad es una cuestión que implica aumentar en rápida gradualidad y para la mayor cantidad de ciudadanos las soluciones de mercado, de frente a todos los problemas y necesidades de nuestra vida diaria, desmontando en sincronía y con la misma veloz gradualidad las “soluciones” y servicios de Estado. Porque la acción de mover el pulgar hacia arriba o hacia abajo en un mercado altamente inclusivo (libre y competitivo), es el voto más masivo y cotidiano.

Aprovechar los impulsos de la naturaleza humana en nuestro favor en lugar de permitir que una élite corrupta los aplique en nuestra contra con la inestimable ayuda del sub-grupo idiotas útiles, es en esta cruzada civilizatoria un ítem vital. E implica hacer descubrir a dicho subconjunto que todos y cada uno de los beneficios que ellos suponen deben proceder necesariamente del Estado, desde verdadera justicia a seguridad o infraestructura, pasando por asistencia a los vulnerables, atención médica, previsión social y educación de primera para todos entre decenas de otros ítems básicos, pueden ser provistos a mediano y largo plazo en este siglo super-tecnológico… por otras vías. Incluso por las mismas personas (u otras con mayor interés en servir) bajo equipamiento y remuneración superior pero a menor costo, con mucha mayor potencia, alcance y eficiencia.

Hablamos de una vía libertaria de paradigmas avanzados más acordes con lo global, que use sin miedo la natural e inextinguible ambición humana individual (en lugar de combatirla), cual nodo energético para impulsar a toda la sociedad hacia adelante.
Incorporando en la misma sincronía inclusiva a los dos tercios “pobres” de nuestra población en un nivel de consumo civilizado, a través de un capitalismo popular y transgresor. Que extienda hacia esa franja de manera efectiva el más pleno ejercicio del Derecho de Propiedad (hoy severamente conculcado), ofreciendo a todos posibilidades reales de integrar una sociedad de propietarios aguerridos defensores del producto de su esfuerzo, en lugar de engrosar la retardataria fila de los idiotas útiles.




Buena Doctrina, Bienestar y Socialismo

Febrero 2014

El innovador empresario privado Steve Jobs (1955 - 2011), fundador de Apple, Pixar y otros fantásticos emprendimientos capitalistas no subsidiados con fondos del agro solía decir -y su vida fue cabal ejemplo de ello- que la relación correcta con el dinero es la de considerarlo una herramienta que nos permite ser independientes, sin formar parte de quienes somos.

Un pensamiento alejado de la cultura de la dádiva y alineado con la mejor doctrina pontificia. Que también considera a cada ser humano como único, con pleno derecho de libre albedrío, sagrado e independiente en tanto hecho a imagen y semejanza de Dios y -sin sombra de duda- un fin en sí mismo; nunca un objeto exprimible o un medio esclavizable a los fines de otros, quienesquiera que sean.
Pensamientos todos cuya contracara percibimos 44 millones de argentinos en el ejemplo de vida de la pareja presidencial, que tantos supieron elegir y reelegir. Sociedad conyugal iniciada al amparo de una despreciable tradición familiar de usura, dedicada luego a convertir a todos los habitantes de Santa Cruz en medios manipulables al servicio de sucios negociados y que culmina en la impúdica apoteosis nacional de riqueza malhabida, impunidad y soberbia que dan sentido a la existencia de la actual presidente, de su familia y de todos sus socios-cómplices. Para ellos, por historia expuesta, el dinero sí forma parte de quienes son.

Parece evidente, por otra parte, la predilección de un alto porcentaje de argentinos por una inclusión social basada en  la violación de todos los derechos de propiedad establecidos por la Constitución. Un abstruso tipo de “solidaridad” financiada con fuertes tributos regimentados, cobrados y administrados por funcionarios venales, haciendo pie no ya en el deseo de igualdad de oportunidades para ser independientes, sino en el anhelo mayoritario de un forzamiento impositivo orientado al simple rasamiento económico.
Por cierto, lo que Argentina necesita es mucho más un crecimiento explosivo que una nivelación de rentas hacia abajo. Crecimiento lograble cuadruplicando nuestro ingreso per cápita por el obvio camino de cuadruplicar inversiones y  exportaciones.

Los intentos progresistas de inclusión vía coacción resultaron sin excepción y en todas partes lentos, ineficientes, costosos, minados de robos, coimas e insostenibles a largo plazo. Aserto confirmado por los intentados aquí sin solución de continuidad durante las últimas 7 décadas (y por la historia socioeconómica de la humanidad en diferentes sitios durante las últimas 500 décadas). 
Con instituciones políticas y económicas extractivas (no-inclusivas) en lo comercial y leyes limitadoras de libertades en lo productivo, nunca se lograron buenos resultados.

Lo insólito es que aún haya aquí quien rechace la libre empresa a pesar de que el 98 % de nuestros problemas fueron creados por el Estado, en uso de su poder de freno contra la iniciativa privada. Que aún haya quien crea que insistiendo en la fórmula socialista lograremos (¡esta vez sí!) resultados diferentes. Que no perciba que la naturaleza humana en cooperación voluntaria ordenada por mutua conveniencia, siempre operó natural y enérgicamente en favor de aquel crecimiento explosivo del bienestar general toda vez que se dio libertad de acción y de renta a los emprendedores (cosa que hace más de 70 años que no ocurre). Parece mentira que haya gente que aún no asuma que no nacimos para ser forzados. Y que a más libertad de acción y de ganancia individual por derecha siempre se corresponde un mayor bienestar general, más deprisa (porque la vida es hoy y para los más vulnerables, ayer).
Datos todos que son parte de la fórmula áurea que una vez funcionó entre nosotros; cuando hacia el Centenario, el liberalismo hizo de la Argentina el segundo país más inclusivo y poderoso del continente.

El mismo multimillonario Steve Jobs, hombre de innovaciones audaces y esforzado empresario capitalista no subsidiado con fondos del agro solía decir también que en toda creación humana, “la sencillez es la máxima sofisticación”.

Tal como son sencillas las -hoy- sofisticadas propuestas libertarias integrales para un crecimiento exponencial de la fortuna de los argentinos, que supere la pobreza arrasando con todos los contra-valores estatales de  mentira, corrupción y violencia confiscatoria.
Propuestas de sentido común que dejarían atrás, en la caverna de los resentimientos y los garrotes tributarios, al mito de la igualdad económica. Caverna hipócrita en la que mal-vivimos, donde casi nadie se atreve a señalar que las comunidades que más progresan en inclusión y renta per cápita, donde la pobreza y la exclusión desaparecen más rápidamente, donde hay cada día  más ricos “trigo limpio” y menos deuda nacional, son aquellas donde también hay… ¡las más espectaculares desigualdades! y pocos impuestos.
Algo que tras la simple dinámica de un mercado competitivo debería ser evidente para todos. Salvo para los envidiosos, a quienes lastima en su orgullo ver que algunos de entre ellos se eleven en demasía, aún si ello implica que la mayoría se eleve muy por sobre donde estaba… aunque mucho menos que los exitosos.

Sucias envidias que en modo alguno avala la doctrina pontificia, siempre deseosa de sacarse de encima otro persistente mito: el de un catolicismo de mente estrecha, retrógrado y amigo de la dádiva contribuyendo por siglos al atraso de sus fieles frente al de la ética de cultura productiva y riqueza social de los protestantes.

La Iglesia no las avala porque es consciente de la utilidad de la herramienta dinero reinvertida y multiplicada por medio del trabajo humano inteligente. Porque sabe que no puede considerarse virtud solidaria a ninguna contribución social obtenida a punta de pistola; por robo. Y porque conoce por experiencia la muy poderosa caridad empática que surge de las personas cuando han decidido, sin estúpidos cepos ni podas, sobre lo que les es propio.   




Violencia Estructural


Febrero 2014

Todos conocemos a muchas buenas personas, pudientes o no, que defienden las ideas del Estado Benefactor, de la redistribución solidaria del ingreso y del altruismo socialista. Se trata de las mismas que, sabemos bien, utilizan toda su inventiva y experiencia para evadir al máximo posible su colaboración impositiva con tales ideales.
Individuos que una y otra vez votan “izquierdas” embarcándonos a todos en su viejo crucero “Utopía Criolla” pero que son los primeros en negociar ventajas con la tripulación, bajarse en el primer puerto o acomodarse en las lanchas salvavidas cuando el paquebote (cada diez años, año más, año menos dependiendo del viento de cola) finalmente naufraga.
Y todos sabemos muy bien, finalmente, que el social-estatismo genérico que disfrutamos desde el ‘45 trata mucho más de los políticos y otros caciques sociales protegiendo sus privilegios corporativos que de una frugal, inteligente administración pública 100 % orientada al explosivo crecimiento nacional que necesitamos.

Pareciera deporte nacional de esta gente, por cierto, el “hacerse los tontos” y fingir que tips tan propios de su sistema como los que alimentan la violencia estructural de nuestro Estado, no lleven a ampliar los ya tremendos desniveles y empobrecimientos sociales superpuestos… de anteriores experiencias populistas.
Hablamos de la acumulación sedimentaria de legislación amañada y del acceso a la influencia política a través del poder económico malhabido. De la manipulación de reglas electorales y del clientelismo explícito. Del ahorcamiento y control de los medios o de la utilización de los servicios de inteligencia y de acoso impositivo a modo de garrotes “correctivos” contra la disidencia y la denuncia, entre infinidad de otras modalidades bárbaras de control, sometimiento y expoliación.
Hablamos del Estado subsidiador que acciona desde hace más de siete décadas (“tontos” aparte y a la izquierda por favor), no como atenuador sino como  garante de las peores desigualdades.

Mas no se trata de tontos y tontas quienes esto avalan una y otra vez con sus votos sino, sencillamente, de personas falsas y violentas.
Aunque en su exterior semejen abuelas de sonrisa beatífica, jóvenes ambientalistas solidarios, pacientes asalariados siempre respetuosos o padres de familia de mediana edad, profesionales y educados.

En oposición a esta nefasta violencia estructural facilitada por tantos millones de -supuestas- buenas personas, la vivencia cotidiana social y de intercambio de cualquier barriada o villa nos muestra multitud de ejemplos de modos de acción informal, operando solidarios por debajo de la línea del radar estatal (siempre forzador, burocrático y costoso). Entramando un mutualismo real, amistoso y sin jerarquías, que pone en evidencia la empatía natural de la mayoría de las personas en sus espacios de libertad. Simples relaciones transitorias de cooperación y coordinación espontánea.
La vida diaria de relación en los pueblos y los barrios funciona de hecho gracias a estas redes humanas espontáneas, familiares y de contención; de condena y premio social. Mujeres y hombres que pueden ser ignorantes de la teoría libertaria pero que actúan -sin costo para terceros- en esta realpolitik de base, bajo normas de libre asociación y cumplimiento: de no-violencia práctica.

Como bien observaba Colin Ward (libertario e intelectual británico, 1924 – 2010) “lejos de ser la visión conjetural de una sociedad futura (con poca o ninguna violencia estructural de Estado), es una descripción de un modo de experiencia humana en la vida diaria que opera codo a codo con, y a pesar de, las tendencias autoritarias dominantes de nuestra sociedad”.

Incluso el trabajo en oficinas, obradores, comercios, fábricas o campos se hace merced a entendimientos informales y a pequeñas improvisaciones eficaces, ajenas a los “dictum” y “peajes” estatales. Porque la realidad de nuestra naturaleza nos impele a un tipo de orden de sentido común y conveniencia general, no discriminatorio, mucho más libre, plural, respetuoso del modo ajeno, complejo y flexible… que el impuesto por la fuerza de las armas del gobierno.

En verdad, todo Estado autoritario (y no existe otro tipo de Estado) tiende fatalmente a anular el desarrollo de la responsabilidad personal y de las iniciativas naturales que surgen de la cooperación voluntaria, en aras de su propio régimen contra-natura de cooperaciones coactivas (impuestos mediante) apoyadas en irresponsabilidades masivas (voto secreto mediante).
Cuanta más planificación centralizada y regulación limitante aplique sobre el ámbito privado, más en evidencia queda la clase política de ser el gran parásito de todos aquellos procesos informales que su modelo no logra englobar, que no puede crear, controlar ni sostener… y sin los cuales no podría existir.

Las instituciones argentinas moldeadas voto a voto por estos “altruistas” -está a la vista- acabaron siendo motores de exclusión. Y como no podía ser de otra manera, favorecieron a grandes empresas y oligopolios en detrimento del pequeño comercio, la agricultura familiar y el mediano emprendimiento en general por la simple razón de que las primeras permiten a los (y las) burócratas un más fácil control con vistas a la succión tributaria. Los amplios bolsillos de grandes holdings privados les aseguran además el acceso a transas personalizadas, “retornos” y puestos, más tarde, en sus consejos de administración (corrompe, subvierte y vencerás).

Nada tienen los libertarios contra la gran empresa; al contrario.
Sí contra el intervencionismo rampante que coloca en situación de desventaja, asfixia o quiebra a su competencia; al innovador, al negocio familiar, asociativo o mutual de riesgo y esfuerzo.
Sí contra la muy costosa administración de una violencia estructural frenante… financiada a través de agresión impositiva.