Combatiendo al Leviatán

Septiembre 2014

Al mal lo tenemos aquí y ahora, no en un borroso “cuco” futuro signado por capitalistas de riesgo y emprendedores privados.
No existe en Argentina impulso empresarial innovador ni “sociedad de propietarios”. No hay aquí aumento alguno de ingresos reales ni de familias subiendo a clase media.

Ni siquiera tenemos un (de por sí lamentable) Estado “de Bienestar” sino uno… ¡de Malestar! Uno muy real creando desempleo, pobreza, inflación, privilegios y corrupción. Insoportable opresión impositiva y estafas sin cuento. Fabricando inseguridad, ignorancia, injusticia, sufrimientos, atraso y descrédito internacional a mayor velocidad de lo que las iniciativas particulares de cooperación voluntaria logran contrarrestar.

Una visión de 360º, más libre de prejuicios sobre nuestra realidad, nos haría percibir al Estado como lo que es: un monopolio netamente agresivo avalado por un pueblo embarcado por demás en una rapacidad de códigos suicidas y de desprecio por el prójimo trabajador. Contraria al espíritu de respeto liberal protector de la propiedad privada de todos nuestros próceres.
Nos haría ver el error de aceptar ese monopolio como un ente moral y necesario cuando no es ninguna de las dos cosas.  Y a su pegajosa telaraña de leyes, reglamentos, prohibiciones y decretos amañados para no ser lo que deberían (defensivos para con el ciudadano creador de riqueza productiva: de bien común), demostrando en la práctica el efecto perverso de dejarse gobernar por él.
En verdad deberíamos tratar al Estado como al villano peligroso que es, en lugar de sacralizarlo a cada paso. Desconociendo -como premisa mental de inicio, siempre- su supuesta autoridad.

Como bien dijo Pierre Joseph Proudhon (1809-1865, filósofo político francés y padre del pensamiento mutualista cooperativo): ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a su ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello.
Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido.
Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado.

Indignidad que se realimenta porque seguir a la manada, vale decir no pensar ni cuestionar al sistema que lo esquilma, es la clásica solución mental del mediocre para sentir que no se equivoca, diluyendo su responsabilidad individual en vacíos eslóganes colectivistas. Gente (por la causa que fuere) pusilánime al voto, poco dispuesta a admitir que los “remedios” así logrados resultan tarde o temprano peores que la enfermedad.

Todos quienes se consideran a sí mismos personas evolucionadas, que prefieren estar de pie a vivir arrodillados, deberían empezar a visualizar la idea del Estado benefactor y omnipotente (junto con otras tantas supersticiones) como perteneciente al pasado trágico de la humanidad; a su era oscura de persecuciones, pobreza y brujería. De contención infantilizante y déspotas paternales.
Sin olvidar que la veneración del poder, esa despreciable forma de servidumbre, nace del miedo y este, de la ignorancia.

Siendo como son cuestiones del más puro sentido común, sigamos por un momento el razonamiento de Murray Rothbard (1926-1995, notable catedrático y economista estadounidense, fundador del libertarianismo y auténtico hombre bisagra en la historia de las ideas), re-pensando el argumento en favor del Estado.
Tal como si, partiendo de una posición de cero gobierno, alguien nos propusiera: “Ciudadanos, démosle todas nuestras armas al Sr. Kirchner, un abogado exitoso de Santa Cruz dedicado a la usura, a sus familiares y amigos para que ellos nos protejan y resuelvan todas nuestras disputas. Y permitamos que obtengan sus ingresos por este gran servicio usando esas armas para exigir de nosotros el monto que consideren adecuado, por medio de la coacción”.

Una propuesta que, así planteada, sería descartada por ridícula ya que obligaría a todos a preguntarse de inmediato “¿Quién vigilará a los vigilantes?” ¿Acaso algunos amigos solventados por ese mismo vigilante (el propio Estado, juez y parte)?
Tal y como puede comprobarse analizando la historia de la decadencia argentina de los últimos 69 años (y la relativa pero constante de los Estados Unidos, “inventor” del republicanismo, durante los últimos 154 años), eso…  no funcionó.

Un Estado ladrón e invasivo, que fracasa aquí desde entonces en todo lo que emprende, que no es capaz de entregar siquiera una carta en término… sigue pretendiendo a esta altura de su catástrofe vejatoria, de este siglo de nuevas libertades individuales apoyadas en lo tecnológico, tomar en sus manos todos y cada uno de los resortes de la vida económica y social de los ciudadanos además de los de su salud,  educación, seguridad y justicia.

El camino de quienes se nieguen a ser siervos, entonces, deberá ser el de apoyar el más firme anti-estatismo a cada oportunidad de opinión que se presente, negándose a seguir alimentando parásitos saqueadores.  Negándose en cada ocasión posible a  hacerles una venia respetuosa; a pagar en silencio las armas y cadenas con las que serán esclavizados.

El mal solo puede sobrevivir en política si el bien está dispuesto a servirlo y esa es la razón por la que debemos denegar en alta voz cualquier validez moral al Estado y a sus esbirros de la Afip.

Será el primer paso para sacar a nuestra Argentina de las garras del leviatán  totalitario que la está devorando por partes.





Esclavitud y Educación

Agosto 2014

La educación es, por supuesto, la madre del borrego argentino.

Y en tal sentido, convengamos en que peor que matar a alguien es convencerlo para que se suicide: gobernados casi sin solución de continuidad por auténticas kakistocracias (del griego, kákistos: el peor de todos) desde hace más de 3 generaciones, esto es lo que la oligarquía política hace con el pueblo raso a través de su particular concepción de la educación pública y de su regimentación sobre la privada: seguir aceitando un sistema donde la víctima se encadene a sí misma y haga pública gala de este suicidio social… con tozudez verdaderamente ovina.

Si somos capaces de entender que el mensaje liminal que se inyecta de a pequeñas dosis a los argentinos durante sus años de instrucción primaria, secundaria y universitaria es que justicia significa pretender con descaro lo ganado por el prójimo, que egoísmo es intentar decidir sobre el dinero propio y que solidaridad equivale a que el Estado fuerce la transferencia, estamos entre la reserva pensante. Entre los llamados a reconstruir la libertad de decisión ilustrada de los que hoy son un simple hato de esclavos; una majada temerosa.

Tal y como decía Confucio “cuando las palabras pierden su significado, los pueblos pierden su libertad”. Significados que la escuela pública se guarda bien de pasar por el tamiz de la ética y de los dramas históricos que su tergiversación produjo.

En este magno relato socialista generador de indigencia, democracia económica (vulgo, “redistribución del ingreso”) se traduce en reparto clientelar del botín robado a gente que trabaja para vivir de lo suyo, favoreciendo a gente que vota para vivir de ese saqueo.
O en el endiosado proteccionismo, que en realidad es la explotación de los pobres para proteger a industriales privilegiados, tal como nuestra larga historia de villas miseria peronistas demuestra con meridiana claridad. O como cuando los populistas atiborran sus discursos con “derechos” demagógicos; sin aclarar que se trata de fantasías de cartón pintado y tiro corto para cuya consecución, además, es necesario esclavizar más y más a quienes las pagarán, empezando por el propio esclavo “beneficiario”.

Lo cierto es que al Estado le importa mucho más conservar el actual sistema de instrucción pública, criador de ovejas dóciles, que la educación de nuestros hijos. Claro: pensar, dudar, disentir, contrastar o innovar evolucionando hacia mayores niveles de responsabilidad individual, libertad y tolerancia constituyen peligrosas formas de insolencia intelectual. Para un control masivo, lo mejor es la ignorancia.

El manejo de majadas humanas a gran escala fue perfeccionado por el peronismo en el poder, haciendo girar a gran velocidad un corrupto círculo sinérgico donde ignorancia y clientelismo se potenciaron mutuamente. Se trata del corazón del “modelo de inclusión y producción” aplicado durante los últimos 11 años.
Una moderna arma populista primorosamente envuelta en la bandera del asistencialismo, en lucha solidaria contra la desigualdad debida a la falta de educación de las generaciones jóvenes.

El resultado de este despropósito quedó expuesto en un reciente trabajo de la periodista Raquel San Martín donde, entre otras cosas, constata la existencia de 42 programas sociales orientados a la juventud: de Conectar Igualdad a Yo Mamá; de Orquestas Juveniles a Más y Mejor Trabajo; de becas Bicentenario a la Asignación Universal por Hijo.
Muchas provincias y municipios tienen asimismo los suyos y hay otros 28 proyectos de ley en el Congreso destinados a la misma problemática.

Sin embargo, a los altísimos niveles generales de pobreza y a los pavorosos guarismos descendentes obtenidos por el país en las mediciones internacionales educativas Pisa, debemos agregar que el 62 %  de nuestros jóvenes no termina el secundario y que en esa franja etaria, desempleo y trabajo precario son flagelos 3 veces mayores que en el resto de la población.
A pesar de todos los “planes”, Argentina decae aceleradamente a contramano de lo que sucede en la región: crece el embarazo adolescente y el 74 % de los 900.000 ni-ni que hoy contabilizamos (algunos especialistas hablan de 1.500.000), son mujeres; el 41 % de ellas son madres y el 62 %, pobres. Desde luego, ninguna estudia ni se ilustra para mejorar su capacidad de decisión política; su futuro y el de sus hijos pensando en una tierra de libertad y oportunidades.

En una estimación general de ciudadanía adulta, podríamos contar hoy más de 60 programas de planes sociales con 18 millones de clientes… y a un tercio de la población económicamente activa “trabajando” para el Estado. Es el país de la auténtica mayoría leming saltando hacia el precipicio mientras escupe al cielo: comicio tras comicio, quienes votan a nuestros supra-abundantes referentes de la kakistocracia (la centro-izquierda argentina en pleno), se encadenan a sí mismos cometiendo suicidio social.

Y lo que es peor, nos aherrojan a todos quienes no los votamos, obligándonos a dejar cada año más atrás en el tiempo aquel heroico… “ruido de rotas cadenas”.

La fracción pensante de nuestra sociedad ya se dio cuenta de que, como en todo orden forzador, la burocracia educacional pertenece a la época de la palabra escrita sobre papel y la revolución industrial, mientras que el nuevo libre-mercado de la educación globalizada hacia el que deberíamos apuntar pertenece a la era de la comunicación electrónica y las redes sociales, rompedoras de cadenas.






Contratestimonios

Agosto 2014

Hace pocos días el Papa Francisco admitió públicamente que la credibilidad moral de la Iglesia está en crisis, entre otros motivos, por el de estar dando contratestimonios.

Una admisión que se refería en primer término a los escándalos de pederastia en los que incurrieron muchos clérigos haciendo abuso de su estatus de “autoridad moral”, mas sin agotar allí los contraejemplos de quienes, se espera, debieran ser los más confiables. Los menos falibles. Sobre todo en lo que respecta a su apego al mensaje (y ejemplo) de amor de Jesucristo excluyendo, como es sabido, todo forzamiento físico y psíquico o su mera amenaza en favor del convencimiento voluntario y del absoluto respeto por las decisiones personales, con su clarísimo correlato de responsabilidades individuales.   

Apoyada en el poder de su magisterio, la Iglesia conserva una influencia social difícil de medir, aunque sin duda muy grande.
Aún sabiendo que -con exclusión de cuestiones teológicas- lo que los religiosos quieran proponer en otras áreas del conocimiento no pasa de ser, con la mejor buena voluntad, materia opinable.
Por eso es de gran importancia que sus representantes eviten dar contratestimonios de violencia en todas aquellas acciones humanas que sean objeto de sus reflexiones.

Violencia contra jóvenes que, si tuviesen real libertad de opción, nunca elegirían ser mancillados físicamente. Pero también en el tácito aval, por caso, a la violencia fiscal contra millones de “contribuyentes” individuales que, si tuvieran real libertad de opción, nunca elegirían tributar contribuyendo a causas con las que no comulgan y que mancillan gravemente sus principios éticos.
Ya que aun situados en el extremo de acordar con el destino de este tipo de requisas, todo hombre y mujer de Dios sabe bien que el fin nunca justifica los medios.

La crisis de credibilidad (sobre todo entre gente pensante) derivada del apoyo genérico a este tipo de coacciones autoritarias bajo amenaza armada es, ciertamente, una rémora eclesial de larga data. Muchos de quienes debieran levantar la bandera de la no-violencia por principio moral, sin excepciones y en todo sentido, continúan mentalmente apegados a tradiciones de tiempos bárbaros tan violentas como fueron la aceptación de esclavitud y torturas, la Inquisición, los ejércitos papales, la conversión por la espada, los dictum políticos o las más duras discriminaciones -y condenas- religiosas aplicadas con escasa misericordia durante centurias.

Durante el pasado siglo, la lógica evolutiva de nuestra civilización occidental llevó a la separación de Iglesia y Estado. Un cambio traumático (habida cuenta de su tradición milenaria) pero sin duda muy sano, en especial para la espiritualidad y pureza material de la Iglesia. Bien haría a su credibilidad el profundizar esa separación terminando con toda dependencia económica de origen estatal.

Quedaría así liberada del tipo de clientelismos y transas espurias donde el fin justifica los medios, que Cristo jamás hubiese aceptado; situándose -aggiornada al supertecnológico siglo XXI, como bien quiere el Papa- en posición de exigir el desguace gradual de todos los impedimentos que las muy pesadas (y corruptas) burocracias gubernamentales usan para frenar el progreso del bien común en favor de sus propios intereses de facción, mediante la aplicación sistemática de violencia de Estado a través de sus sistemas impositivos.

Entre otras cosas, la Iglesia debería aportar con madurez a la elevación espiritual y económica de los pobres dejando finalmente de lado las ideas redistributivas vetustas y forzadoras que predominaron durante el último siglo, con los pésimos resultados que hoy tenemos a la vista.
Poniendo en cambio un interés sincero -despojado de ambiciones materiales, orgullos, envidias y resentimientos personales- en evolucionar con la vanguardia científica por el novísimo camino de la concepción dinámica del orden espontáneo, impulsado por la función empresarial. Avalando un flujo natural de innovaciones no bloqueadas, inversiones y empujes solidarios de enorme energía y sinergia empática, que se base en la captación por parte de todo emprendedor honesto del resultado pleno de la propia creatividad.
Hablamos de los últimos desarrollos de la Escuela Austríaca de Economía, uno de cuyos mejores y más brillantes exponentes en este particular es el filósofo político, economista y catedrático español (n. 1956) Jesús Huerta de Soto.
Desarrollos no-violentos de ínsita moralidad e inmenso impacto benéfico a futuro, que en modo alguno debieran escapar a la agudeza intelectual de su magisterio.

Si la opción sincera es por los pobres, la misma lógica que llevó a la separación de Iglesia y Estado debe guiarnos como sociedad en el proceso de separación de Economía y Estado. Un matrimonio que se demostró funesto para el verdadero progreso de los menos favorecidos, tanto como útil para con sus oligarquías parásitas.






Nuestra Era Oscura

Julio 2014

Para cualquier argentino normal, llegar al éxito económico implica lograr la adhesión voluntaria de sus clientes comerciales o de sus jefes. Sus errores de gestión empresarial, por otra parte, son pagados con su patrimonio personal; al menos cuando la Justicia funciona (es decir, cuando en el sistema cuasi medieval que nos ata, el Ejecutivo no logra cooptarla del todo).
Por contraste, si de algo sirve el oscurantismo de este período de nuestra historia es por hacer más visible el hecho de que los funcionarios de gobierno llegan al éxito (a su éxito, claro) siempre que conserven el poder de usar la fuerza para obligar a todos los clientes-ciudadanos a obedecerlos, haciéndoles pagar con más impuestos, más deuda, peores servicios e infraestructura no sólo sus reiterados errores de gestión sino el aumento de sus patrimonios.

Sin embargo y aún frente a tal realidad, los progresistas piensan que es socialmente virtuoso que todos acepten en silencio y eventualmente a punta de pistola, infinidad de cosas que muchos no quisieran aceptar (por ejemplo, que impuestos que los ahogan y no los dejan crecer se usen para financiar los déficits de Aerolíneas, del Fútbol para Todos o de la “Universidad” de las Madres).
O que es socialmente dañino que la gente pueda ofrecerse mutuamente servicios o productos en libre competencia, a través de contratos privados y en intercambios abiertos. En acuerdos personales, no distorsionados por los reglamentos y prohibiciones de los lobbies clientelares de los 3 poderes del Estado.

Tanto Perón y Eva como Kirchner y Cristina intuyeron bien las miserias morales latentes de muchas personas, tales como la envidia y el oportunismo. Intuyeron también la forma de manipularlas para sus fines, transformando a los votantes en un arma al servicio de sus respectivas dictaduras de mayoría.
Gobernaron así a su antojo durante años, satisfaciendo su megalomanía y sed de riqueza malhabida, mientras estimulaban el odio entre argentinos. Mientras comenzaban (los primeros) y concluían (los segundos) la faena de convertir a nuestro país en un auténtico páramo ético.

Es así que todo estatista denosta al mercado con el mismo fervor con el que glorifica a la actual democracia delegativa de masas no-republicana porque sabe que el libre-mercado, la libre-elección, es la puerta por la cual los clientes-ciudadanos huirían de su eterna pretensión: la de obligarlos por la fuerza a avalar cosas que de poder elegir jamás harían ni financiarían, entre otras razones porque los hace perder tiempo creativo y oportunidades de inversión, creadoras de empleo y riqueza. Un freno repugnante y de enorme crueldad que afecta, primero, a los más pobres.

Aunque los autoritarios no lo admiten, saben que en un mercado competitivo (como el que no nos permiten tener) dentro de un capitalismo popular (que tampoco nos autorizan) con grandes diferencias, sí, pero casi sin pobres, el pueblo votaría todos los días con el pulgar arriba o el pulgar abajo, por el éxito o la ruina de sus muchos proveedores de productos y servicios a través de sus decisiones de compra o de no-compra. Mientras que sin tal mercado libre, esa misma gente ve sustituido su juicio (y su voto diario) por el de un empleado estatal autodenominado “la voz del pueblo”. Pueblo al que, extorsión “protectora” (mafiosa) mediante, consulta a través de procedimientos amañados una vez cada 2 o 4 años.

La libertad de mercado, la competencia honesta o los contratos particulares fuera del alcance del poder de funcionarios corruptos, son el antídoto de esta aberración. La ética libertaria bloquea la expropiación de rentas de propiedad privada y el atropello de otros derechos individuales, neutralizando con abundantes oportunidades de progreso la mayor parte del resentimiento social.
Por eso es la ideología más aborrecida por las izquierdas que, tras las huellas de nazis y fascistas promueven una densa red de reglamentaciones totalitarias para el control de precios y salarios, de inversiones y finanzas, de exportaciones e importaciones, de educación y seguridad. Para finalizar siempre con el intento de control del disenso en pensamientos y palabras.

Todo para quedarse con el resultado del trabajo ajeno haciendo laborar, pistola de la Afip mediante, al país creador-productivo bajo el yugo del país parásito-crónico (cual prostituta para su “macho”), sin necesidad de confiscarlo todo a la manera comunista.

Procederes que no pueden sino calificarse de Terrorismo de Estado fiscal. Y que en calidad de tal deben castigarse con la misma severidad con la que se castigó a los acusados de terrorismo de Estado durante el último gobierno militar, cuyos penados (en la mayoría de los casos sin siquiera la parodia de un juicio) van muriendo uno a uno en cárceles comunes.
Porque, volviendo al párrafo inicial de esta nota y a lo que va quedando como resultado del populismo, los 8.961 desaparecidos (cifra oficial de la Conadep) que motivaron las condenas de aquellos años, empequeñecen ante el número de muertes de estos años. Decenas de miles de muertes prematuras por miseria. Por desesperanza, sufrimiento y estrés vivencial evitables, origen de tantas enfermedades y discapacidades. O muertes en accidentes por infraestructuras viales obsoletas (aprox. 86.000 en 11 años), por desnutrición infantil (aprox. 33.000 en igual lapso) y muchas otras, derivación directa de la más innecesaria, irresponsable, desaprensiva y corrupta incompetencia de quienes nos gobernaron durante los años más favorables a nivel global-económico de toda nuestra historia.
Responsabilidad dolosa de centenares de dirigentes oficialistas y por supuesto de miles de subordinados, sin derecho a amparo -tampoco ellos, claro- en “obediencia debida” alguna.

Quitar a los funcionarios (al Estado) poder de forzamiento en toda oportunidad de opinión que se nos presente dándoselo a la gente (al mercado), colabora a que no lleguen a su éxito.
Porque a la inversa de lo que sucede con la actividad privada su éxito (y el éxito del Estado sobre el mercado libre) es, sencillamente, la ruina de toda la población a mediano y largo plazo.

Salgamos de esta Era Oscura: lo que Argentina necesita es más libertad de elección y la más drástica poda impositiva. Más Sociedad creciendo y menos Estado impidiéndolo. Más voto diario individual y menos soberbia política colectivista.





Envejecidos

Julio 2014

Hace unos días se hicieron públicos ciertos datos demográficos que, aunque intuidos por muchos, no dejan de resultar impactantes.
Lo informado es que nos encontramos en el centro de un “período de oro” que comenzó hace 20 años y que terminará en otros 20. Situación caracterizada por una alta proporción de población en edad laboral (de 20 a 64 años de edad) y baja de población “dependiente” (menores de 20 y mayores de 64). Hacia el final del período, según los demógrafos, caeremos en la categoría de país envejecido, al pasar la proporción de ancianos al doble de la actual.

Durante el período de oro que hoy promedia, la Argentina cuenta con la mayor cantidad porcentual de jóvenes de su historia.
Un momento único de escasas 4 décadas de duración, apto para que estadistas inteligentes la hayan guiado y la guíen en dirección al diseño y consolidación de sistemas de previsión social más poderosos y sustentables, previendo el momento en que varíe el fiel de la balanza y menos personas activas se vean en la obligación de mantener a muchas más inactivas.

Son datos que siempre estuvieron al alcance de nuestros gobiernos. Al igual que las sugerencias de expertos en la materia, que invariablemente recomendaron prestar atención no sólo al problema de las jubilaciones futuras (y del previo ahorro nacional que ello implica) sino a las inversiones acordes en educación, con vistas a una óptima inclusión laboral de nuevos trabajadores jóvenes.
Modo casi excluyente de trocar en sustentable algo que presentaba (y presenta) todas las características de un drama social a plazo fijo.

Lo sucedido en los últimos 20 años, sin embargo, es harto conocido: el voto de mayoría en favor de populismos de gran esterilización impositiva y por tanto escasa inteligencia, fue colaboracionista (más allá de palabras, himnos y banderas) para que la mitad de nuestro “bono demográfico” de 40 años se perdiera sin remedio.
Y para que arribáramos trotando como reses por un brete al desastre actual de un pésimo nivel educativo, 800 mil ni-ni empujados hacia la delincuencia o el asistencialismo y más de 1 millón doscientos mil jóvenes con empleos precarios o informales. Entrampados todos en un corralón de asfixia tributaria, alta pobreza, desempleo y precarización general.
Por no hablar del parate casi total de inversiones en infraestructura y crecimiento empresario-exportador, dato que asegura en gran medida la continuidad en el tiempo de esta situación.

No inventamos nada. El de Estado benefactor y previsional es uno de los ítems que está llevando a la quiebra a la Comunidad Europea. Una sociedad ya envejecida, cada año más endeudada, menos competitiva y que por cierto también “comió” alegremente su bono.

Las directrices del giro de 180 grados que nuestra sociedad necesita para revertir el desastre, prevenir el drama previsional y volver a situarnos a la cabeza del mundo en este y otros temas, sólo existen entre el compendio de propuestas libertarias. Pensadas para una Argentina líder: abierta a los capitales lícitos del mundo, con un Estado no violento y economía altamente evolucionada. Ideas orientadas a desafiar conservadurismos de todo signo, facilitando la revolución de una poderosa movilidad social ascendente.
También podemos, claro, dar un semi-giro de 45 o incluso 90 grados siguiendo las usuales recetas de reajuste neo-socialista, neo-fascista o las del clásico mix nacional entre ambos populismos.
No prevendrán el colapso previsional pero (sonriendo al saberse otra vez “salvados”) sus jerarcas administrarán el sufrimiento de nuestro pueblo con la solvencia burocrática y la impostada calma paternal que los caracteriza.
Demás está decir que tampoco conducirán a nuestro país a la abundancia ni a liderazgo positivo alguno. Se trata de una película vieja que ya vimos varias veces, proyectada para seguir frenando una movilidad social que atentaría contra sus intereses (sin pobres se acaba el negocio de políticos redistribucionistas, vagos, punteros, “empresarios” protegidos y demás oportunistas): la política no sería el negocio que es sino un llano acto de servicio por vocación.

Lamentamos desilusionar asimismo a la legión de progresistas que secretamente sueñan con que los dividendos nacionalizados de Vaca Muerta u otras reservas potenciales de energía fósil, no renovable y contaminante, solucionen a futuro el déficit previsional y todo otro desaguisado que tengan a bien generar con sus envejecidas ideas anti cultura-del-trabajo. Más que ideas, atajos “de vivos”.
Basta mirar a la actual Venezuela (literalmente asentada sobre un mar de petróleo de fácil acceso), país que fracasó en toda la línea intentando esa exacta receta. Ese exacto y desesperado atajo.

La solución definitiva, libertaria, al problema demográfico que nos amenaza implica volver a privatizar los fondos de jubilaciones y pensiones. Subsidiando incluso a las empresas (nacionales o extranjeras) que asuman esta responsabilidad, conforme una tabla niveladora decreciente en el tiempo que corrija de algún modo el tremendo desfasaje entre aportes realizados (a veces nulos) y haberes al cobro, que arrastran millones de beneficiarios.
Con la mirada puesta en terminar esta vez con toda jubilación estatal y en asegurar para siempre la intangibilidad de los aportes, contra atracos como el de este gobierno (robo de los fondos privados de las AFJP) o el del peronismo anterior (colocación forzosa de gran cantidad de bonos basura en la cartera inversora de las compañías).
Y con la intención explícita de contribuir a un gran mercado de capitales, hoy inexistente, que apalanque una rápida reactivación del crédito de largo aliento, creación de oportunidades de negocios y apertura de nuevos emprendimientos “en blanco”, generadores de empleo… y de más aportes.


Apuntando otra vez a la sana meritocracia que nos hizo grandes, como cura para la cleptocracia parasitaria que hoy padecemos.





La Opción por los Pobres

Junio 2014

La igualdad parece haberse convertido hoy en la máxima aspiración de todos cuantos se definen como progresistas; con sensibilidad social. En general, demócratas (en la acepción actual del término, cada vez más alejado de lo republicano) que gustan de guiar sus votos con el corazón.

A pesar de lo que definiera con agudeza el periodista español José Carlos Rodríguez: “progresista es aquel que es generoso con lo ajeno”. Y de lo que advirtiera Milton Friedman (economista y premio Nobel estadounidense, 1912 – 2006): “una sociedad que pone la igualdad por encima de la libertad acabará sin igualdad ni libertad”.

Porque si nuestra opción solidaria es por los pobres, como pide la Iglesia junto con todas las personas de bien, debemos tener presente los 3 tipos reales de sociedades contemporáneas que han buscado solución a este problema: la comunista (caso Cuba) donde la pobreza extrema se solucionó mediante un manejo totalitario que mantuvo a toda la sociedad en una pobreza no extrema, la socialista (caso Suecia, aunque ahora estén volviendo sobre sus pasos) donde el problema se encaró a través de un dirigismo que privilegió la seguridad social de la cuna a la tumba a costa de elevadísimos impuestos desincentivantes del consumo, la reinversión productiva, la creatividad y las ganas de vivir experiencias emprendedoras… y la sociedad capitalista (caso histórico de Estados Unidos, hoy mejor representada en otros sitios), donde el dilema de la pobreza se dirimió a través de un sistema que privilegió las libertades individuales por sobre la idea de quitar a algunos para subsidiar a otros.

Con respecto a esto último, nos aclara Carlos Cáceres (catedrático y economista chileno, n. 1940): “en una sociedad abierta, la única igualdad compatible con la libertad es la igualdad de derechos”.

Mas si nos guiamos -generalizando- por el voto real ejercido con la cabeza y con los pies, vemos que ningún argentino (progresista o no) quiso ir en los últimos 50 años a Cuba a ganarse la vida. Pocos desearon o intentaron ir a vivir y trabajar a Suecia. Pero muchos quisieron ir en cambio a Estados Unidos tras la promesa de que allí sus sueños podían, realmente, tornarse en realidad.

Viene entonces al caso la frase de Lenin (revolucionario ruso, 1870 – 1924) en una pregunta que haría historia: “¿Libertad? ¿Para qué?”, cuestión que ya había sido evacuada por el pensador político y viajero francés Charles de Montesquieu (1689 – 1755), tras constatar el axioma de que “los países mejor cultivados -en todo sentido- no son los más fértiles sino los más libres”.

Lo real, lo pedestre y práctico es que los sistemas que mejor han funcionado para erradicar la pobreza y donde resulta más estimulante vivir (un gran tema, ciertamente) son aquellos que más lejos han llegado en su opción por los derechos de la gente frente a las exacciones forzosas y el intervencionismo del Estado.
Porque a más respeto por los derechos de las minorías (el individuo es la más pequeña de las minorías), por la propiedad privada y por las libertades de elección personales, menos pobres. Allí donde la sociedad tiende hacia la no violencia (impositiva, monopólica, mafiosa, etc.) y la libertad en todos los órdenes (cultural, económico, educativo, etc.), el ingreso popular tiende a aumentar. Siempre. Igual que las desigualdades, al menos al principio.

“No me importa la desigualdad, porque no soy envidioso. Me importa la pobreza” nos recuerda por si acaso Pedro Schwartz (jurista español, n. 1935), completando lo que un tremendamente experimentado Winston Churchill (estadista británico, 1874 – 1965) ironizó cierta vez: “el vicio inherente al capitalismo es el desigual reparto de bienes. La virtud inherente al socialismo es el equitativo reparto de miseria”.

Señoras: el país más liberal-capitalista del planeta, uno de los de menor cantidad de recursos naturales, mayor densidad demográfica (¡y expectativa de vida!), Singapur, es el que, porcentualmente, menos pobres y más millonarios tiene. ¿Simple casualidad?

Señores: nos lo advirtió con lucidez el joven Johan Norberg (escritor y activista sueco, n. 1973): “la distribución desigual de la riqueza en el mundo se debe a la distribución desigual del capitalismo”.

Argentinos: la igualdad, aunque bella en su utopía socialista, no es el camino hacia la solución del drama de nuestra pobreza. La sería si quisiéramos seguir la vía cubana o la sueca: si quisiéramos dar satisfacción política a nuestros más viles resentimientos e inmadureces sin pensar en quienes nos siguen.

Y respecto de madureces emocionales, en otra frase que parece pensada para nuestra sociedad, disparó asimismo el gran André Maurois (rebelde intelectual francés, 1885 – 1967): “un joven de menos de 25 años que no sea socialista no tiene corazón; uno mayor de 25 que sigue siéndolo no tiene cerebro”.

La opción por los pobres, entonces, es la opción por la inteligencia. Como la que acreditan 8 de los 9 autores aquí citados. No hay otra.
Ya que para ser solidario en serio (voluntariamente, a través de grandes instituciones y fundaciones privadas o religiosas por fuera de la corrupción y el clientelismo estatales), hay que tener con qué.

La otra, la “solidaridad” coactiva financiada mediante violencia tributaria fue, es y será insanablemente inmoral y como tal, no puede conducirnos sino al desastre; a la degradación. Como la que vemos crecer a diario en cada rincón de nuestra patria.







La Sociedad Autoencadenada

Junio 2014

Las malas acciones de este gobierno (casos Campagnoli, Aerolíneas, Skanska, Milagro Sala, YPF; Islas Seychelles, Indec, Báez, embajada paralela, radares, Resolución 125, manejo de Pauta, Anticumbre… y una larga serie de etcéteras en progreso cuya sola mención superaría en mucho los 5.000 espacios de este ensayo) sacuden sin duda la conciencia de millones de argentinos.
Suerte de laxante mental en sobredosis cuyo efecto revulsivo está llevando a muchos a cuestionarse, por vez primera en sus vidas, creencias antes inamovibles.

Exhibido hoy en forma descarnada, el ejercicio del poder por parte del Estado real (no del teórico), rompe preconceptos y pone a todos en la disyuntiva de optar por la sobrevida en uno de dos bandos: ser un esclavo dador del 60 % o más de su labor a sus explotadores (promedio nacional estimado de tributación real de los que pagan, sin olvidar que un siervo de la gleba medieval entregaba al Señor feudal... hasta el 50 % de su labor) o bien ser un ladrón; un parásito que roba a compatriotas desarmados tratando de acceder mediante violencia (electiva, eso sí) de izquierda a lo que no quiso, no supo o no pudo ganar con su esfuerzo por derecha.
Un Estado ignorante, atropellador, que no se ha privado de enervar y empujar sin descanso a quienes no quieren ser esclavos (categoría inferior al siervo) ni encolumnarse detrás de su staff de ladrones profesionales. A los que se rebelan en fuero íntimo a la jurásica opción de ser predadores o quedar en el primer eslabón de la insustentable cadena alimentaria populista.

Son muchos quienes ya no aceptan las cosas como son sino que están dispuestos a poner lo suyo para que sean (al menos para sus hijos y nietos) como deben ser.

Una posición frente a la vida que encuentra antecedentes en los poco preparados y peor armados patriotas norteamericanos, que en Diciembre de 1773 decidieron empezar a quitarse del cuello el yugo impositivo de la monarquía británica, arrojándolo al mar. Y en nuestros valientes compatriotas de Mayo de 1810 que, siguiendo aquel ejemplo, se propusieron iniciar el fin de la opresión económica, burocrática y militar del reino de España en estas tierras.
En ambos casos personas honorables; comerciantes, profesionales y productores con una cierta posición, que tenían mucho que perder y poco que ganar adscribiéndose a la -en aquel momento muy incierta- rebelión contra la autoridad. Contra un gran sistema de Poder y Derecho asentado por siglos de aceptación.
No hubo en ellos mezquinos cálculos de conveniencia mercantilista (mercado cerrado = clientela cautiva) ni cobardes temores a dejar de lado el low profile ni la comodidad del statu quo.

Hubo, sí,  grandeza solidaria para con la comunidad y una clara visión del largo plazo. Hubo, si, ejemplos edificantes de audacia, sacrificio económico y ética personal.

El tipo personas y la clase de visión cuestionadora de creencias antes inamovibles que tanto necesita la Argentina postrada de hoy. Grandes espíritus que, al decir de Albert Einstein, “…siempre se han encontrado con la violenta oposición de los mediocres, que no pueden entender que un hombre no se someta irreflexivamente a los prejuicios heredados, sino que utilice su inteligencia con honestidad y valentía”.
Porque seguir a la manada, vale decir no pensar ni cuestionar al sistema que lo esquilma, es la clásica solución mental del mediocre para sentir que no se equivoca, diluyendo su responsabilidad civil.

En verdad, son cada día más quienes admiten que no debemos apoyo ni respeto ético (ni moral) alguno a quien obtiene nuestra colaboración “solidaria” bajo la amenaza de una pistola, como sucede con los jerarcas del actual modelo de democracia delegativa de masas y Estado clientelar no-republicano, a través de sus esbirros de la Administración Federal de Ingresos Públicos.
El abuso legal-tributario al que se somete a las personas que pagan, las está impulsando a repensar los supuestos sobre los que basaban su sumisión: sostener al Estado y respetar al gobierno (bien o mal) electo para, al menos, sentirse libres en lo personal-cultural y en lo personal-económico. 
Porque sucede que las libertades personales siguen siendo un derecho cuyos muchos beneficios directos e indirectos para el resto de la sociedad no son su fin sino su consecuencia. Conclusión de perogrullo que forma parte de un debate tiempo ha superado.

Aunque no tanto en esta Argentina arrodillada, donde el maltrato impositivo-reglamentario aplicado sobre los hacedores de riqueza por la izquierda gobernante, bloquea -o ralentiza seriamente- nuestro desarrollo como es de norma en todo socialismo cuando procede según su dogma, al invertir estos términos.
Entendidos como “al servicio” de terceros, los derechos de libertad (como los de trabajo, industria, comercio, finanzas, solidaridad y en general de contratos, renta y disposición de propiedad privada) quedan rebajados a simple materia regulable; opinable… en ámbitos donde campean en triunfo la ignorancia y el oportunismo clientelar.

Este solo “detalle” explica casi toda nuestra decadencia. Otro es la inevitable marea de descomposición que tal modelo genera. Y entre ambos explican con enceguecedora claridad por qué no somos a esta altura, por el contrario, una superpotencia.
Podio al que podríamos acceder si, haciendo uso de las lecciones dejadas por nuestro laxante mental, atinamos a dejar de votar estatismos nacionalistas por simple herencia o complejos de inferioridad. Cuando no por soberbia, resentimiento, ira o envidia (autodañándonos en una virtual cadena de pecados).

Claro está: el ideal del corrupto autoritario y el mensaje de casi toda la propaganda política (tanto oficialista como opositora) es, simplemente,  menguar en el uso del látigo a medida que los esclavos se encadenen a sí mismos.



Hoja de Ruta

Mayo 2014

La parte pensante de nuestra población, aquellos a quienes el populismo no consiguió reducir a la ignorancia desnutriendo su cerebro durante la etapa clave de su desarrollo o lavándolo después a través de la des-educación pública y el contra-ejemplo de su cleptocracia (por acción, omisión u incompetencia, da igual), sabe que cuando los impulsos naturales al bienestar y a la defensa propia se unen al pensamiento de mentes evolucionadas, los brutos que pretenden dominar (gobernar) a otros usando la fuerza tienen sus días contados.

Es con espasmódicos movimientos basados en patrones de este tipo que la humanidad consiguió elevarse desde las cavernas hasta el estadio post industrial en que nos hallamos.
Un presente bastante más contaminado y menos avanzado del que deberíamos estar gozando ya que si bien hemos conseguido cierto grado de evolución socio económica, esta se debió en general a la acción de emprendedores valientes a pesar del Estado y su extensa serie de gobiernos ladrones; siempre contra su monstruoso herramental de impedimentas.

Una tendencia obstructiva, extractiva, en favor de la transferencia de rentas reinvertibles hacia la corporación política y su cliente genérico, el parasitismo social, que viene in crescendo no sólo aquí sino en casi todo el orbe. En particular dentro de lo que llamamos nuestra civilización occidental, el neo imperio dominante cuya cabeza son los Estados Unidos de Norteamérica.
Se trata de un camino trillado. Previsible dentro de los cánones de estupidez humana contra los que pensadores, inversores de riesgo e innovadores debieron luchar a lo largo de la historia.
Es la vía muerta que transitaron el Imperio Romano, el Imperio Otomano, el Imperio de los Habsburgo, el Imperio de los Borbones y el Imperio Soviético antes que nosotros. Inmensas y costosísimas maquinarias de saqueo y desolación que dieron con sus catafalcos por tierra tras seguir una misma y exacta hoja de ruta. Aquella que enriqueció a sus oligarquías parásitas pero que implicó, sin excepción (igual que ahora), finanzas no sustentables, humillante opresión impositiva, expansión estatal, sobrerregulación, erosión de las libertades individuales y fatiga militar.

La supremacía de la actual civilización occidental heredera parcial del viejo Imperio Británico tiene como característica especial, además, la de estar basada en democracias delegativas de masas con erosión progresiva de su original pre-condición republicana.
Un amplio sistema mejor categorizado como dictaduras de mayoría perfectamente equiparables, en conjunto, a las de los imperios que nos precedieron.

Como vemos, los brutos siguen básicamente al mando pretendiendo imponer sus pesados sobrecostos y corrupciones, obligando a todos a alinearse tras los mismos errores retardatarios mediante la simple fuerza cavernaria, hoy, del número clientelizado.
Sus propagandistas camuflan sucias envidias, incapacidades y resentimientos exaltando ese modo de democracia. Ocultando que atropella cada día innúmeros derechos populares; que sus “leyes” acentúan la injusticia en lugar de bloquearla; que ya no son, como decía el gran pensador francés F. Bastiat, refugio del oprimido sino arma del opresor.

La corporación política nos promete aquí una y otra vez un país seguro y confiable… si los elegimos para que planifiquen nuestro futuro y el de nuestros hijos (¡guau!) y si no nos oponemos a que nos obliguen a costear con más trabajo gratis para el Estado (impuestos) sus abstrusas, multifracasadas fantasías socio-económicas. Porque esa y no otra es, fue y será su transparente hoja de ruta.

Así las cosas, esa reserva pensante de nuestra población a la que nos referíamos al principio está en tiempo de ponerse de pie y apelar a sus instintos de defensa propia y bienestar familiar, siguiendo más a aquellas mentes evolucionadas que les proponen en materia política, simplemente, lo que es correcto. Que es lo mismo que decir “lo que es mejor para el conjunto, inteligente, ético y de sentido común”.
Apoyando a las agrupaciones o personas dentro de organizaciones existentes que se muestren rebeldes a los muchos cepos legal-regulatorios que nos oprimen.
A quienes propongan la más plena realización de nuestras individualidades, en especial en lo cultural y económico, contra la extendida mala idea de acotarlas.
A los que sienten profunda vergüenza ajena ante el irresponsable deseo de tener un Estado omnipresente y maternal que nos diga constantemente “pobrecito” mientras nos da palmadas en la cabeza. A quien esté convencido de que no tenemos derecho al dinero del vecino (vía impuestos) del mismo modo en que, antes, tampoco teníamos derecho a los juguetes del niño vecino. De que el otorgamiento de “derechos” cuyo cumplimiento necesite del atropello de derechos anteriores de otros ciudadanos, no está sujeto a derecho y debe ser enmendado.
Al dirigente que se oponga, para Argentina, a la filosofía política autoritaria que hoy predomina en el planeta. Y que saque inmediata ventaja de ello para nuestra parcialidad.
Al político más cosmopolita, más de vanguardia y favorable al capital, a la integración global inteligente y la multiculturalidad; al fin de las fronteras artificiales y de toda forma de discriminación, sea impositiva, comercial, política o racial tras la conciencia profunda de que navegamos en una mota de polvo espacial llamada Planeta Tierra.

A los que tengan el coraje moral, en definitiva, de decirles toda la verdad a los votantes repudiando la típica “solución” política de pedirles al sabio y al imbécil que se encuentren en el medio.









Lo Extractivo y Lo Inclusivo

Mayo 2014

Nos sentimos perdedores frente a otros pueblos y declinamos como nación, porque vivimos sin códigos. Bajo un contrato social (la Constitución Nacional) hueco; vaciado de contenido en sus artículos esenciales. Contrato legal que a esta altura, por cierto, no es más que letra muerta.
Transitamos un proceso de viraje hacia la izquierda. Una deriva socialista casi ininterrumpida, disolvente y decidida por mayorías, aunque al margen de todo republicanismo. Una larga marcha anarco-populista que tuvo la virtud de apearnos de nuestro destino de gran potencia, a partir de los años ’40 del pasado siglo.

Cuando el contrato social real de un país no es capaz de evitar que un autoritario/a se haga con el poder; cuando no puede impedir que cambie las reglas de juego y vulnere derechos de propiedad con el fin de confiscar el ingreso (y hasta el capital) de los que invierten su esfuerzo y su dinero (no importa con qué fin y siquiera en qué proporción; es irrelevante); cuando falla en evitar que el gobierno dificulte los planes de producción de los que crean o que se atente por defecto contra la vida (seguridad) de quienes trabajan y de sus familiares, ese contrato de facto no sirve y debe ser denunciado. Entre otras razones, por su inutilidad para promover los incentivos económicos necesarios para asegurar oportunidades reales de elevación y de prosperidad para todos. Que es lo relevante.

Las instituciones políticas y económicas derivadas de siete décadas de violación y vaciamiento de nuestro contrato social original (con el guiño cómplice de nuestras sucesivas Cortes Supremas que, al fin y al cabo, han sido parte constitutiva del mismo Estado-Problema), deben ser hondamente modificadas o bien abolidas y cambiadas por otras que sirvan.
Ellas rigen nuestro desorden: instituciones de tipo extractivo (no inclusivo) que tienen por finalidad la extracción de rentas, propiedad de ciertos subgrupos sociales “pagadores” para transferirlas a otros subgrupos “cobradores” entre los que se encuentra, naturalmente, la corporación política que redacta las reglas acodada en la espectacular corrupción a todo orden que le es inherente.
En la Argentina actual los subconjuntos cobradores son, como cabía esperar, cada vez más y los pagadores, menos. La sustracción impositiva a que nos estamos refiriendo supera, para los que pagan, el 60 % de sus ingresos a nivel global, aunque dicha quita se eleva a más del 80 % para el caso particular del subconjunto agropecuario.

Es obvio, aunque aún no para todos, que la riqueza de los pueblos se encuentra desigualmente distribuida debido a las diferencias existentes entre las instituciones que ellos mismos apoyaron o toleraron en sus respectivos países; a las normas políticas y económicas que rigieron los incentivos que estimularon a los individuos a esforzarse para estudiar, trabajar, ahorrar, invertir y progresar, traccionando al resto de sus sociedades hacia arriba.

Pareciera cosa sencilla, a primera vista, proponer a los votantes la opción de apoyar un cambio hacia instituciones inclusivas. Que son las que protegen a los que “hacen”; a los creadores, innovadores y emprendedores de la voracidad fiscal y de los frenos burocráticos, tan discrecionales y favoritistas cuanto contraproducentes.
Porque es claro que necesitamos instituciones que incluyan a más y más personas -por generación de más y mejores empleos- en niveles de ingresos más elevados. Con posibilidades de acceso, a partir de allí, a una mejor educación, salud y previsión social, privada o no, tal como ellos (y no un funcionario) lo decidan; con mucha mayor capacidad de consumo y más libertad real de elección en todo sentido dentro de un mercado libre y competitivo.
Instituciones protectoras de la más amplia libertad de prensa, como alerta permanente frente a la inevitable tendencia al autoritarismo y al robo gubernamental. Instituciones que bloqueen su violencia extractiva hacia las minorías a través de asegurar el imperio de leyes simples e igualitarias, que protejan en primer término la vigencia absoluta del derecho madre, base y garante de todos los demás derechos civiles y humanos: el derecho de propiedad.

Sin embargo, los grupos vampiros beneficiarios de la extracción (políticos profesionales, pseudo empresarios protegidos, envidiosos, vagas y vagos absorbedores seriales de planes sociales, sindicalistas corruptos, resentidos de toda laya etc.) siempre se opondrán al fin de la succión; al mero arranque de los motores capitalistas de la prosperidad.
La destrucción creativa inherente al avance económico en bloque de la comunidad hacia su madurez productiva no es conveniente al negocio vil de estas oligarquías parásitas. Saben que la innovación tecnológica trae crecimiento global pero para ellos, pérdida de poder (manejo de la miseria) e ingresos (manejo de las influencias).
Se trata de grupos temibles, hoy poderosos por su número o por la enorme fuerza corruptora del monopolio estatal que los aglutina y clienteliza.

Los succionadores de la sangre vital de nuestra nación, en tiempo real, están logrando obstruir con éxito el desarrollo económico. Ese que de la mano de nuestras ventajas comparativas podría sacar a muchos millones de la pobreza, llevándolos a la clase media.
El propio gobierno es hoy la mayor amenaza a los derechos humanos y al acceso a la propiedad de los más, montando en forma deliberada la base institucional de una economía atrasada.
Además, el hecho de que otros subgrupos luchen por obtener el favor de o para convertirse ellos mismos en parte de los extractores al comando del “monstruo grande que pisa fuerte”, como sistema, genera una crónica inestabilidad política. Y desde luego, económica. 

Apoyemos entonces la idea original de nuestros próceres, del respeto a la libre empresa que nos llevó a la cima, votando sólo a quienes quieren cambiar este repugnante modelo extractivo… de raíz.






Pseudo Empresarios, Lobos Mercantilistas

Abril 2014

Trabajosa, casi dolorosamente los argentinos van desencantándose con lentitud del mito del “Estado-Solución” para pasar a las filas de quienes advierten que nos enfrentamos a un muy serio “Estado-Problema”.

Más allá del mal menor que estén pensando apoyar el año próximo influidos por el miedo clientelar, la mayoría ya se percató de que su larga línea tradicional de apoyos políticos (de palabra y de hecho) durante las últimas tres generaciones, condujo al conjunto a dinamitar el futuro de los propios hijos y nietos. A dejarles una herencia de deuda interna, deuda social y deuda externa que implica condenarlos a vivir con menos bienestar, menos seguridad y menores oportunidades económicas, aún, de las que los adultos tenemos en el presente.
Prueba sensible de ello es el pesado tufo que se expande como smog, cubriendo nuestros hogares y nuestras vidas de relación en comunidad: un desagradable olor a “cosa corrompida”, sucia, matonesca y de altísima ineficiencia… gatillado hoy tras la sola mención de cualquier cosa que tenga relación con lo gubernamental.
Un opresivo ambiente  pro totalitario y  anti inversor, correlacionado de inmediato con sus impuestos, frenantes y abusivos.

Aún así, en la Argentina 2014 que supimos conseguir todavía predomina la decisión mayoritaria de enriquecer a algunos a costa de otros. De apoyar dirigismos estatales que sigan reemplazando a un libre mercado donde las personas sólo podían tener éxito y hacer fortuna si servían antes a otros. Sistema meritocrático que hoy se encuentra casi completamente abolido por ley.

Coincidimos con quienes advierten que en la vida real rara vez las instituciones, las personas y sus actitudes son blancas o negras sino que configuran una infinita gama de grises. Pero aún admitiendo estos grises, nos atropella la evidencia de que las principales asociaciones empresarias, con escasas excepciones (en el agro, por ejemplo), carecen de interés en buscar para la Argentina un mercado libre.
Quienes deberían ser adalides de la libre empresa y núcleo de potencia capitalista competitiva para una agresiva expansión de nuestra presencia en el comercio mundial, se oponen a ello.
Un efecto causado por la intervención del Estado contra la libertad de comercio (contra la competencia interna y/o externa) que da ventajas a sus carteles a costa de la inmensa mayoría de la gente: la transferencia de billetes de los consumidores hacia estos falsos empresarios, no puede ser libre; debe ser, y es, coactiva.

La “tribu” de los pseudo empresarios alineados con el capitalismo de amigos, entonces, puja y presiona sobre la oligarquía política para obtener ventajas a costa de otros argentinos. En general a costillas de otras tribus defensoras de privilegios sectoriales adquiridos de igual forma, que a su vez pujan torpe, irreflexivamente entre sí por el favor del mismo amo. De la misma realeza absolutista y ventajera de antaño. Del mismo y exacto perro, con distinto collar: del Estado-Problema.

Contribuyentes y pueblo asalariado en general son víctimas de una brutal transfusión de sangre económica (dinero efectivo extraído a través de decenas de tributos), de esfuerzos sin fin y dolorosas resignaciones… hacia la oligarquía política y sus amigos “empresarios”. Hacia la realeza y su bien cebada corte. Hacia un vampirismo que eleva sus niveles de poder y riqueza en la misma proporción en que disminuye la calidad de vida del resto de la población en un juego, esta vez sí, de suma cero.

Tal es lo que hoy significa el voto progresista o “de izquierdas”, en todas sus expresiones. Un voto que hizo y hará que unos pocos oligarcas, muy pocos, sigan robando y se enriquezcan de manera escandalosa al precio de obstruir, frenar y atrasar al resto, hundiendo a la nación en todos los rankings.
Y es lo que hoy se entiende -a la manera socialista- por “preservar la libertad de comercio” mediante subsidios, diferenciales cambiarios, barreras arancelarias protectoras de privilegios, prohibiciones de exportación y precios administrados apoyados en una costosísima insolencia burocrática y fiscal; vale decir, en el estatismo. El mejor modo, lejos, para que el hombre se convierta en lobo del hombre.

Señoras, señores, la madre del borrego está en el hecho de seguir defendiendo la existencia misma de un modelo (la democracia delegativa de masas, no republicana) podrido desde su base, con tal poder discrecional de daño sobre vidas y haciendas.
Con empresarios cómplices de un Estado corrupto que nos explota sin piedad en beneficio de sus comandantes. Con sus tribus armadas de leyes y decretos que intimidan, saquean y esclavizan a la menguante clase media y a los esforzados verdaderos productores, dándoles el trato de animales de faena.

Despertemos a lo inaceptable: nos encontramos cerrando el círculo, de regreso al mercantilismo colonial donde la realeza absolutista impide a los consumidores la soberanía de decidir sobre el éxito o fracaso de los empresarios que los proveen, para poder negociar con estos últimos pactando las ventajas de sus sectores económicos en perjuicio de otros sectores, existentes o potenciales (y de todos los que queden entrampados en esos mercados cautivos). Una verdadera y brutal discriminación institucionalizada.





  

Voto Cómplice

Abril 2014

Para cualquier demócrata de la vieja escuela, el ítem más importante del edificio político, aquello que da sentido y justificación a su fe democrática, es la esperanza real de ubicar en los principales puestos públicos a las mujeres y hombres más aptos.
Entendiendo por demócratas de la vieja escuela a las personas dispuestas a exigir de sus referentes el cumplimiento no sólo del mandato representativo de nuestra Constitución sino también del federal y sobre todo del republicano, con todas sus normas de respeto a la división de poderes y a las minorías disidentes, efectivizadas a través de la más decidida protección al derecho de propiedad en todas sus formas, como base ineludible de las libertades civiles y económicas, sustentadoras a su vez tanto del crecimiento como de las seguridades personales.

Una concepción ética de la política que se encuentra en abrumadora minoría dentro del pensamiento y el voto argentino ya que es sabido tanto por antecedentes como por declaración de intenciones, que ni el radicalismo ni los peronismos ni ninguno de los demás socialismos adhieren (ni de forma ni de fondo) a estos conceptos: la prosperidad popular resultante de instituciones inclusivas acabaría poniendo fin a sus privilegios corporativos. Ya no podrían vivir de la política, que perdería atractivo para el 99 % de sus aspirantes ante la imposibilidad de hacer las usuales diferencias a costillas del prójimo; a caballo del leviatán estatal.

Y es justamente a través de la negación o la relativización de tales mandatos, logradas mediante el montaje “legal” de instituciones políticas y económicas de tipo extractivo (no inclusivo), que la selección de “los más aptos” ha ido tornándose en un fantástico cuento del tío. Porque, en efecto, el consenso clientelar argentino funciona en modo inverso a la búsqueda de los mejores. En modo cavernario, habida cuenta de su anclaje en la violencia tribal.
Hoy, tras más de 7 décadas de espasmódica deriva institucional hacia lo extractivo, es casi imposible acceder al poder político sin ser un mentiroso consumado; un hipócrita, falso y traidor a propios y extraños; un auténtico ladrón; oportunista y cínico. Alguien de corazón duro, carente de vocación desinteresada de servicio y con nula empatía global.
Sólo los vanidosos ineptos, peleles útiles de gentes sin escrúpulos o ellos mismos en persona como es el caso actual, tienen chances ciertas de montarse a lomos del Estado, ese “monstruo grande que pisa fuerte”.

Está a la vista: pagando calladamente sus agobiantes impuestos, aceptando su nefasta “cultura tributaria” hemos propiciado el avance de la necrosis social, nutrida en una melaza de “leyes” bárbaras. Mafiosas. Verdaderas minas antipersonal contra inversionistas y emprendedores.
Porque también está a la vista: la repetida opción opositora por el estatista menos malo -el famoso “voto útil”- no tuvo otro efecto útil que el de conducirnos por el callejón sin salida en que nos encontramos, en cuyo fondo siempre pudo entreverse el letrero “decadencia” en luces de neón. Ha sido en la práctica, a largo plazo, un voto cómplice.
Han colaborado de este modo a que la ciudadanía quedase dividida en tribus: intereses sectoriales que pujan salvajes por el favor del amo (o por convertirse ellos mismos en amos), en la esperanza de prevalecer sobre “el otro”. Sobre el enemigo que casi siempre termina siendo, tristemente, un compatriota luchando por su familia y su trabajo con la melaza a la cintura, entre sus propias responsabilidades y problemas. Cuando el problema no está en ese “otro” sino en que avalemos la existencia misma de un amo (el verdadero enemigo) con tal poder discrecional.

Despertemos: más allá del barniz con el que pretenda cubrirse, todo político “de izquierdas” cualquiera sea su grado, es un autoritario sin remedio. Eterno reforzador de un círculo vicioso de violencia extractiva que se retroalimenta en la pobreza clientelar, la promoción de la ignorancia y el resentimiento sordo de quienes van comprendiendo que dentro del sistema de saqueos que sus elecciones nos impusieron a todos, quedó enterrado el futuro de sus propios hijos y nietos.
Político, líder, referente o burócrata que usualmente no es más que un incapaz afectado de hiperactividad improductiva. Que sin haber trabajado con éxito en el sector privado ni haber creado empleo productivo alguno en su vida pretende extraer por la fuerza cuantiosa renta reinvertible a quienes trabajan, ahorran y crean, para sostener su propia ventaja y para intentar “crear empleos” por alguna vía abstrusa, minada de privilegios digitados y encallada en las inmadureces ideológicas de su juventud.

Ciertamente, un baño de realismo bajo la forma de una mirada más adulta a la política vendría muy bien a la maloliente Argentina de hoy, donde tantos sufren tanto por tan pocos.

Puede que la “nueva” crisis moral que hoy arrecia sirva como disparador o laxante mental para mucha gente de trabajo, partidaria aún del “voto útil”. Tal vez los anime a levantar la mirada, como hicieron nuestros próceres, hacia un nuevo horizonte de libertades (hoy apoyadas en el enorme, imparable poder libertario, democratizante, cuestionador y libre-empresista de la tecnología informática de redes) para dejar de mirar hacia atrás apoyándose en ideologías autoritarias.
Puede que esta vez empiecen a considerar la opción “fácil” de dar su voto… al mejor. A aquel que tenga no solo el prontuario limpio sino la misma y profunda fe en el espíritu emprendedor de nuestros hombres y mujeres, que encarnara nuestra Constitución liberal. Esa que un día  y por más de 70 años nos llevara al top ten planetario.