Pensamientos de orientación libertaria bajo la forma de notas de opinión crítica sobre la realidad argentina. Redactados a partir del año 2004 y hasta la actualidad, la mayoría de estos artículos fueron y son publicados por periódicos zonales con independencia intelectual, en distintas provincias. Objetivo : actuar como revulsivo mental promoviendo ideas que nos conduzcan a una sociedad de capitalismo avanzado, de gran poder económico, solidaria y respetada en el mundo.
Elegir el Sufrimiento
Nuestra sociedad ha elegido apañar la desnutrición para muchos cientos de miles de niños, afectando para siempre su desarrollo neuronal y físico. También eligió educarlos (y a muchos otros más) de manera insuficiente, afectando severamente su capacidad de evolución intelectual y cívica. Eligió asimismo coartar sus posibilidades de progreso económico y social como adultos, afectando así su autoestima y sus chances de realización personal.
Nuestra sociedad sigue eligiendo cada día amargar la vida de millones de compatriotas a través de las ansiedades, mala calidad de vida (evitable) y consecuentes quebrantos de salud, provocados al vivir bajo un “modelo” agresivo y desactualizado. También elige castigar a sus mayores con inseguridad económica, humillación moral por dependencia y muerte prematura por privaciones, al haberles bloqueado el bienestar de modernidad civilizada que les hubiese correspondido.
Hemos elegido todo este sufrimiento durante más de seis décadas de manera deliberada. ¿Cómo? optando una y otra vez por demagogos, mafiosos, ignorantes ineptos, violentos o simples ladrones para que comandaran desde el Ejecutivo nuestro derrotero. No caben aquí las excusas del “no sabía”. Todos supimos perfectamente quién era quién. Y la fuerza bruta del número hizo lo suyo, arrastrando en su marejada primitiva a la totalidad de la población. Incluyendo a los muchos ciudadanos que estaban -y están- en absoluto desacuerdo.
A consecuencia de estas elecciones también tuvimos parlamentos dominados por incultos y oportunistas que convalidaron un reglamentarismo cerril de tendencia coactiva, retrógrada, confiscante. A contramano de la inteligencia pero funcional al “políticamente correcto” resentimiento de moda. Los delicados derechos de propiedad privada y de libertad de empresa que se suponía debían proteger, cayeron heridos de gravedad bajo la metralla socialista mientras nuestro brillante futuro de gran potencia se hacía añicos, ante la socarrona mirada del mundo.
Los mismos nefastos gobiernos militares, con su tosco estatismo nacionalista y sus excesos criminales, no fueron más que obvia, buscada y matemática consecuencia de la sumatoria de incapacidades, sinvergüenzadas y estúpidos desmadres de la clase política que elegimos. Basta mirar a nuestro alrededor o releer los primeros párrafos de esta breve crónica para comprobar la bajeza de lo que le hemos hecho a los más desprotegidos con nuestros muy democráticos votos.
No todo está perdido, sin embargo. Podemos seguir eligiendo cada tanto, entre otras acciones de resistencia. Y esa elección podría empezar a tornarse más autodefensiva, menos comprada en el caso de las familias más sufridas, votando a quienes más se acerquen a ideas realmente avanzadas en orden a su más pronto ingreso a la economía del conocimiento y sociedad de consumo modelo siglo XXI.
Tal vez sólo dependa de un buen publicista con un presupuesto generoso, aportado por instituciones y empresas dispuestas a una solidaridad inteligente. Tal vez no todos los sueños y anhelos puedan ser comprados por los corruptores. La verdad, la corrección, el sentido común… no han dejado de ser herramientas formidables. Tampoco el afán de verdadera justicia. Ni las nuevas ideas con capacidad de movilizar entusiasmos.
Ideas avanzadas, hoy, son aquellas que se basan en ciertos conceptos irrenunciables, soportes de un alto grado de civilidad.
Conceptos que son, por otra parte, los que potencian exponencialmente la tasa de capitalización (promoviendo inversiones, ahorro, producción, innovación, crecimiento, inclusión, bienestar) en cualquier sociedad. La evolución humana progresa por el camino de objetivos y verdades como las que siguen:
La meta debe ser establecer una sociedad libre y próspera donde nadie necesite y todos posean en abundancia. En el trayecto, una sociedad donde se fabricase riqueza sin pudores a todo nivel nos permitiría ser más solidarios, porque quien posee más, puede ayudar más con sus recursos.
La igualdad significa igualdad de oportunidades para conseguir mejor salario, justicia, seguridad, jubilación, vivienda o la felicidad que se desee mediante transacciones, convenios, arreglos, contratos, acuerdos voluntarios con otros hombres.
La política sólo actúa en el ámbito de la coerción mientras que la libertad, desde luego, significa ausencia de coerción aunque es también y principalmente, responsabilidad. Limitar el poder, pues, reduce el daño que la gente puede hacer a otros a gran escala a través de la política, violando libertades personales.
Tolerancia significa que no podemos usar la fuerza para imponer nuestras opciones a los otros. Siempre es inmoral tratar a las personas como medios, sin importar los pretextos que se usen. Las interacciones humanas deben ser estrictamente voluntarias y pacíficas. Convenzámonos: usar la fuerza o el fraude para conseguir algo de los demás tiene un nombre: robar.
A contramano del intercambio voluntario, los impuestos son un claro ejemplo del saqueo coercitivo a la propiedad de la gente sin tener su consentimiento previo. Debemos tender a aplicar al gobierno la misma norma de sentido común que se aplica cuando un individuo interfiere con otro. Y terminar aplicando estricta y coherentemente el principio de la no agresión a todo el campo de la acción humana. Quien no esté de acuerdo con esto, es agresivo.
Las guerras y matanzas, las disputas políticas que jalonan la historia humana subyacen a la pregunta ¿quién tiene derecho a imponer su voluntad sobre su prójimo para obligarlo a hacer lo que él quiere? y la respuesta correcta es: nadie. Ninguna persona o mayoría bajo ninguna circunstancia tiene el derecho de obligar a los demás a hacer (o dejar de hacer) nada. Es derecho básico del ser humano que los demás no puedan actuar en forma violenta contra su vida, su libertad y su propiedad. Y la propiedad de una persona es la extensión de su vida. Los derechos, señores, no se disfrutan a costa de otros. So pena de sufrimiento social elegido como el que tenemos.
Todos estos conceptos han sido ignorados o atropellados, en especial por el largo rosario de los gobiernos responsables de nuestra decadencia. Los anteriores los atropellaban menos, bastándonos eso para ser el país estrella que fuimos hacia la época del Centenario.
Lo que no quita que ahora sepamos que de elegir el camino de sociedad abierta y de libertad total a nuestra creatividad, la explosión de bienestar que nos elevaría podría dejar sordo y mareado al resto del planeta.
Sentido Común
Julio 2009
Situémonos por un momento en el mundo de los deseos argentinos promedio. Podría tratarse de una familia, obligada por las circunstancias a vivir en una modesta vivienda estandarizada de clase media baja, de un barrio pobre con mal asfalto “electoral” deteriorado. El padre empezó como encargado de sección en una fábrica que quebró y ahora se gana la vida manejando un camión para la municipalidad. La madre, antes ama de casa, ahora revende y arregla ropa para vecinos. Los hijos callejean o se demoran en el cyber mientras no están en su escuela pública de medio turno.
Imaginemos ahora sentar a esta pareja a una mesa, dejándolos expresar sus sinceros anhelos de vida; sus sueños. Poco tiempo les tomaría entusiasmarse en un listado que sin duda incluiría:
a) Trabajo seguro y bien remunerado para el padre en una industria novedosa y pujante. Dinero efectivo, tarjetas de crédito, cuenta bancaria y respetabilidad social. b) Buena educación para sus hijos en un colegio privado bilingüe de doble escolaridad con deportes y luego, en universidades empresariales con rápida salida laboral c) Medicina prepaga de calidad en sanatorios privados y clínicas de primer nivel. d) Casa de categoría con todo el confort moderno en un barrio de buena ubicación y ambiente familiar, con seguridad privada y accesos iluminados. e) Dos autos de modelo reciente, para independizar movilidades. Buen guardarropa para todos. Muy buena comida. Vacaciones en la playa. f) Seguros de vida y retiro para proveer a una vejez en plenitud, sin sobresaltos económicos. Y probablemente varias cosas más.
Perfectamente justo y válido. ¿Por qué no? En algunos países, metas como esas son realidades alcanzables. Está probado. Tal vez no en la escala en que sería posible para un país tan “rico” como el nuestro, pero forman parte de “la normalidad” en nuestro siglo XXI.
Es de notar que todo lo que nuestros empobrecidos padres de familia anhelan se sitúa en la órbita de la economía privada.
Si pudiesen elegir, abandonarían la órbita de lo estatal y de sus “servicios, subsidios y ayudas” públicas, huyendo raudos hacia lo que ofrece el capitalismo bien entendido; ese “malvado” sistema que nos enseñan a odiar: empresas dadoras de empleo real, banca real, educación real, salud real, hogar real, seguridad real, sociedad de consumo real o jubilación real. Entre muchas otras cosas.
El listado de deseos del argentino medio lo prueba. Tras más de 65 años de gobiernos populistas de todo pelaje, gastando dinero extraído al sector privado en el intento de “ayudar al pueblo” con servicios e intervenciones públicas, el pueblo sólo anhela escapar de los resultados reales de esta “distribución de la riqueza” al revés.
El odio y la descalificación al capitalismo real pueden entenderse en la clase política, sindical y de “empresarios” amigos que viven del sistema socialista repartidor de lo ajeno, de la violencia tributaria y de la inmunidad que les da el poder estatal.
No se justifica en el 95 % restante de la población, incluyendo a empleados públicos, beneficiarios de planes sociales, integrantes de fuerzas armadas o jubilados. Porque son justamente los más vulnerables y postergados quienes más sufren las consecuencias, frente al aborto de las condiciones básicas que permitirían su progreso; su salida de la miseria crónica.
El progresismo sólo hace lo que sabe hacer: retrasar nuestro despegue una y otra vez pisando las cabezas y los deseos de superación de millones de desgraciados para que sus líderes acumulen cuentas numeradas, tierras, negocios y mansiones. Para que un puñado de cerdos inconscientes juegue con ideologías perimidas de dirigismo intervencionista haciendo pagar los costos de su bárbara ignorancia a las familias del llano.
Es cuestión de sentido común. Las intervenciones estatales en la economía siempre son anti-mercado eficiente, anti-ganancias honestas y por lo tanto, anti-inversiones productivas. Son un verdadero fogonazo por la culata para el/la votante de izquierda, centro izquierda, izquierda vergonzante o con un toque de izquierda disfrazada.
La estatización de actividades que pueden ser gestionadas con mayor eficacia y economía de recursos por el sector privado, siempre genera pérdidas en cadena (directas o indirectas) que frenan severamente al conjunto. Ahuyentando el ingreso de dinero y emprendedores desde el exterior. O desde las reservas morales y económicas del interior. Impidiendo la posibilidad de que gente de mérito acceda a su propia y honrada riqueza sin procurar (inútilmente) incautarse la del vecino votando ladrones socialistas que se la roben.
Debemos entender, aunque sea en el plano teórico, que el gobierno siempre trabaja contra la gente. Aunque aparente lo contrario. El sólo costo operativo de todos esos caciques pedantes ordenándonos qué debemos hacer (¡como si lo supieran mejor que nosotros mismos!) y cómo debemos adorar al sistema que los sostiene, es una suma monumental. Suma que estaría mejor aplicada en capitalización productiva privada, creadora de cientos de miles de buenos empleos reales.
Ni hablar del daño económico, el freno anímico, las trabas laborales artificiales, la fuga de fondos, los sobrecostos administrativos, las colosales pérdidas de tiempo y oportunidades de crecimiento que generan todos esos jerarcas políticos lanzados a discurrir sobre la mejor manera de controlarlo todo. Ahogando nuestra libertad, nuestro natural solidario, nuestra cultura del trabajo y nuestra creatividad. Los buenos empleos reales perdidos se cuentan entonces por millones. Entre ellos, el empleo deseado por el padre trabajador de nuestro ejemplo inicial.
El engendro, la máquina de impedir que crearon se devora ya la mitad de la producción total anual de nuestra patria y va por más con la “profundización del modelo”. Los impuestos son hoy el arsénico que la sociedad bebe, forzada, con justa aprensión. Cada peso que se lleva el recaudador es una medida menos de poder financiero y sueños de progreso para las familias y una medida más de poder para la corrupta discrecionalidad estatal.
Evidentemente, cuanto más nos acerquemos al ideal de Cero Impuestos (*) más poderosa, justa, inventiva, captadora de capitales y con más poder inclusivo será nuestra sociedad.
Claro que siempre estará la posibilidad de seguir marchando (¿otros 65 años?) contra el sentido común.
(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Ver artículo Cero Impuestos, de Noviembre 08
Límites
Izquierda Inteligente
Tomemos el ejemplo de un tema caro a todo progresista que se precie: los pueblos indígenas, su postergación y pobreza, la pérdida de sus valores culturales y costumbres ancestrales tanto como la discriminación de que son objeto.
Como en casi todos los casos, los izquierdistas endilgan al sistema capitalista la culpabilidad sobre desastres, como este, de los que ellos mismos son directos responsables.
Lo primero que debe señalarse es que no somos una economía capitalista desde hace unos 80 años, al menos.
Lo nuestro es un híbrido mafioso con fuertes rasgos fascistas. Un corrupto prebendarismo de amigos y testaferros con asfixiante tributación de cuño socialista para el resto, condimentado con un reglamentarismo cerril y paralizante a todo nivel. Propiedad privada bajo ataque constante, Justicia con pistola en la nuca y legislaturas títere. Progresismo de manual si los hay.
En un entorno económico y jurídico tan esquizofrénico, el empresariado responderá al desafío adaptando sus acciones para sobrevivir y prosperar tanto como sea posible, dentro del marco-corset impuesto por el Estado.
No debe sorprender entonces que particulares y funcionarios hayan llevado las cosas por la senda de depredar ecosistemas, arrinconar etnias autóctonas y despreocuparse por las consecuencias económicas, morales y culturales de sus acciones. No sólo lo que es “de todos” no es “de nadie” sino que la falta de incentivos de verdadera ética capitalista abortó cualquier motivación favorable a los intereses de los nativos originarios.
Claramente, lo que debemos cambiar es el marco. Las reglas de juego que obligan a todos los argentinos a ocultar, trampear, desconfiar y aprovecharse pisando la cabeza del vecino para sacar la propia, de un agua estancada que nos llega a la barbilla.
Lo cierto es que las culturas autóctonas no deben asimilarse a fotos congeladas en el tiempo, que gente con pretensiones de élite y recursos para viajar, mantengan encerradas en un paleo-zoológico con tufillo cultural y “humanitario”. Como quieren ambientalistas retrógrados y sociólogos de izquierda.
Muy por el contrario, lo avanzado, lo libertario, es comprender que las tradiciones culturales o el lenguaje son modalidades vivas y dinámicas. Cada comunidad tiene derecho a reinterpretar sus ideales, reviviendo mediante la potencia del progreso económico el interés por el estudio y preservación científica de sus entidades más valiosas y conducentes. Es algo inevitable…y deseable.
En un entorno de seguridad jurídica y libertades individuales (del cual estamos muy lejos) las etnias originarias se habrían integrado al crisol de la nación, sus hijos serían universitarios graduados y propietarios en lugar de indígenas discriminados, muchos de los ecosistemas depredados serían explotados por ellos mismos con criterios agro-ecológicos de vanguardia y las condiciones de miseria que hoy tanto conmueven, no hubiesen tenido lugar.
Izquierda inteligente sería aquella que tuviera la decencia y valentía de admitir su enorme responsabilidad por crasos errores de enfoque en este y otra miríada de casos de desastre, humillación y muerte de los que está minada nuestra historia contemporánea. De retirarse al silencio de sus hogares y permanecer allí sin entorpecer más la recuperación del standard de vida evolucionado y próspero al que estábamos destinados.
El propio Ministro de Justicia acaba de admitir que durante todos estos años estuvo equivocado y que quienes pensaban distinto “lo convencieron”. Atenuó el bochorno bajo el recordatorio de que es necesario “ser valiente” para reconocer públicamente los propios yerros. El caso (esta vez) trató sobre el derecho de las parejas gay a adoptar. Un derecho defendido desde antaño por todos quienes sabemos que la libertad en todos los órdenes y la no violencia como regla fueron siempre el camino.
En absolutamente todos los casos de interacción humana en los que se pueda opinar sobre la manera más beneficiosa de resolver problemas de convivencia social, la opinión que se sitúe más cerca de la izquierda será siempre la peor y más contraproducente para todos los involucrados, su entorno, su comunidad y la humanidad global. No existen excepciones a esta regla negativa. Puede demostrarse caso por caso, error por error, conflicto por conflicto y fracaso por fracaso ad infinitum.
La regla de oro positiva que sitúa lo anterior en perspectiva tampoco tiene excepciones y es esta: en absolutamente todos los casos de interacción humana en los que se pueda opinar sobre la manera más beneficiosa de resolver problemas de convivencia social, la opinión que se sitúe más cerca de la libertad y la no-violencia será siempre la mejor y más productiva para todos los involucrados, su entorno, su comunidad y la humanidad global. Lo que también puede demostrarse caso por caso, éxito por éxito y progreso por progreso ad infinitum.
Todos sabemos que nada bueno puede resultar de líneas de acción cuyos cimientos se asienten en el barro de lo violento, de la fuerza bruta de la superioridad numérica, de la falta de respeto por la libertad real de elección y por la apropiación indebida de bienes vía impuestos. Genialmente resumido en palabras de Albert Einstein: “Es raro que se mencione un derecho humano destinado a tener gran importancia. Se trata del derecho y el deber que tiene la persona a no formar parte de asuntos que le parezcan errados o perjudiciales”.
Independientemente de que las “soluciones” de izquierda satisfagan las más deleznables inclinaciones humanas en orden al odio, la envidia, el resentimiento, la codicia de lo ajeno, la insatisfacción vital por propia incapacidad o por pereza, y que esta sea la razón profunda de su popularidad, izquierdismo y no-violencia serán siempre y en todos los casos, visiones de vida enfrentadas.
No hay un “grado bueno” de socialismo, como no hay un grado bueno de raticida que uno pueda tomar. En el compromiso entre raticida y salud, siempre perderá la salud. Nuestra historia y nuestro presente lo demuestran.
Evolución Individual
Se ha dicho que hombres y mujeres piensan y también enloquecen en rebaños, mientras que suelen recobrar la cordura lentamente, uno a uno.
Ya somos grandes y no deberíamos llamarnos a engaño: hace 2.400 años Sócrates sentenció que la democracia nunca funcionaría pues la mayoría menos creativa siempre elegiría vivir en forma parasitaria de la minoría más creativa mediante la confiscación de su riqueza para repartírsela. Pensamiento que se tiene como la primera y más clara comprensión del socialismo.
Otro sabio, el estadounidense Benjamín Franklin, también razonó sobre el caso afirmando que la democracia podía describirse como dos lobos y un cordero decidiendo qué iban a almorzar. Lo que resulta especialmente cierto en el modelo argentino, que más allá de bellas teorías de protección republicana y declamaciones ingenuas, ha degenerado en brutal despotismo electivo.
Un tercer sabio, Albert Einstein, dijo por su parte: “la investidura del dirigente político proviene parcialmente de la violencia y parcialmente de la elección de la masa. No representa al grupo de intelectuales avanzados. Es como si el destino de los países estuviera condenado a caer en manos de irresponsables, que detentan el poder político”.
Porque en rigor de verdad los comicios, hoy y aquí, son maniobras de grupos de personas organizadas afianzando su bienestar y seguridad a través del expediente de restringir la libertad y la propiedad de los demás. Apelando para empezar, a una subasta anticipada de los bienes que robarán “a otros” cuando lleguen al poder (lo que se conoce como campaña electoral).
La Organización política detenta el monopolio del uso de la fuerza armada y, es claro, del cobro bajo amenaza de pesados tributos cargados sobre cada cosa que tocamos. Tiene su código de silencios y lealtades para “hacer negocios” y también su propio blindaje legal y de controles para someter a los que producen y comercian -a la minoría creativa- capítulo con el que contribuiremos a fines de este mes (la elección de legisladores).
Por cierto robar “a otros” votando a esbirros que asalten la propiedad ajena, dinamita la única escalera de salida de la pobreza que tienen los votantes más desprotegidos. Porque dicho robo frena las inversiones, desalienta la producción, fomenta la fuga de cerebros y de capitales. Causa principalísima del arrodillamiento de la patria ante decenas de pueblos a los que mirábamos desde arriba; de la mala vida y muerte prematura por miseria asestada a generaciones de argentinos. Probable genocidio por terrorismo fiscal de Estado pendiente aún de reivindicación.
La clase política que conforma esta Organización se divide grosso modo en tres vertientes: la primera directamente convicta por propia acción y confesión; la segunda, mejor intencionada pero reacia a reconocer en el no-respeto a los derechos de propiedad la causa-base del desastre nacional. Y una tercera vertiente a la que denominaremos “la menos dañina”, aunque lejana aún de las ideas de avanzada que necesitaríamos para ser un gran país.
El increíble descaro con que el actual gobierno expropia, insulta, provoca, divide, miente, atropella, compra conciencias y falsea instituciones republicanas, es el regocijo de malvivientes y parásitos asumidos. Y es la indignación de los justos y honestos, que todavía son mayoría. Nuestros gobernantes, continuadores del peronismo más vil, corrupto y bárbaro, representan entonces la primera vertiente.
La segunda se identifica hoy con la Coalición de pan-radicalismo más socialistas y reedita la misma alianza (en organizaciones adherentes e ideas económicas) que fracasó tanto con R. Alfonsín como con F. De La Rua.
El socialismo repartidor de lo ajeno, reglamentador y gran-papá-Estado-que-lo-sabe-todo es una idea superada, propia de estadios infantiles de evolución social. Que condujo a estancamientos, asfixia impositiva y anímica, como frenos a la generación enérgica de riquezas toda vez que se lo intentó en el pasado. Aquí, en Uganda, en China o en Suecia.
Demostró ser un sistema de conceptos artificiales, mal adaptados a la naturaleza humana. Sencillamente no sirvió ni servirá por más que la enana resentida (compañera del enano fascista) que muchos llevan dentro, lo siga prefiriendo. Y cuidado: no puede disfrazarse de ético al conjunto de ideas que condujo una y otra vez al hundimiento de los sueños de buen dinero por derecha y bienestar, de millones de sumergidos.
La tercera y “menos mala” está hoy representada por la alianza liberal-peronista de Unión Pro. No es más que eso: la menos desactualizada y dañina de las tres. La única con apertura mental y cultural como para allanar un tanto nuestra salida del infierno.
No evolucionaron aún hasta el Santo Grial de la potencia creadora de riqueza sin límites de las libertades máximas, la no-violencia aplicada sin excepciones y lo voluntario primando siempre por sobre lo coactivo. Pero concedamos al menos que las ideas y proyectos que exponen avanzan algunos pasos en la dirección correcta, cosa harto improbable (por su esencia estatista) para las dos opciones anteriores.
La corrección absoluta sería mucho más drástica, desde luego, y no se presenta aquí como opción. Pero si una mayoría de, digamos, el 60 o 70 % de los electores votara en blanco o simplemente se abstuviese de votar, la Organización política entera daría con su cara en tierra. Sería quitarles legitimidad, en la rebelión por hartazgo de un verdadero “que se vayan todos”.
En las elecciones de 2 años atrás, los que así lo hicieron superaron el 32 % del padrón. Cifra que se oculta cuidadosamente, contribuyendo al falseamiento institucional antes mencionado.
Sonaría entonces la hora de la gente. Sin déspotas iluminados que vivan de nuestro trabajo forzándonos a levantar las manos en silencio y a mirar al piso mientras les entregamos nuestra dignidad y el futuro de nuestros hijos.
Deber Ser
Hemos sido reiterativos a lo largo de estas columnas, sobre el extraordinario logro de aquella nación joven, incivilizada y remota escalando velozmente posiciones hasta ubicarse entre los mejores países de la tierra. Superando a sociedades europeas, asiáticas y americanas en todos los rubros que definen el nivel de vida de los pueblos y la potencia de una economía en expansión.
No se trata de una opinión sino de hechos históricos: la Argentina liberal del Centenario (1910) era poderosa, respetada y admirada.
Líderes indiscutidos de todo el continente sólo superados por los Estados Unidos, éramos meca de inmigración calificada porque la inteligencia del mundo apostaba a nuestro brillante futuro.
Futuro del que querían participar, porque la apuesta era terminar de hacer de la República Argentina una sociedad de avanzada, inclusiva, libre y opulenta como ninguna otra.
Debimos ser todo eso y mucho más. Pudimos serlo con un mínimo de sentido común. Pero no fue así.
El Bicentenario nos hallará peleando los últimos puestos con ignotos países africanos y oscuras dictaduras asiáticas. Encabezando rankings de corrupción, dirigismo socialista y consecuente decadencia económica.
Caracterizados como caprichosos, mal educados, soberbios y poco confiables por el mundo civilizado, nuestra dirigencia gobernante y todos los votantes que la hicieron posible desde los años 40 en adelante, encarnan con precisión lo descripto en el magistral libro de Vargas Llosa “Manual del Perfecto Idiota Sudamericano” y en su continuación “El Regreso del Idiota”.
La realidad de hoy es, por ejemplo, la de un jubilado de 75 años, algo cojo y con rostro amargado, bajando de su mal mantenido automóvil de 35 años de antigüedad. El sol del verano lo ha hecho transpirar dentro del viejo habitáculo y recalienta el frente de su modesta casa de barrio con techo plano. ¿Vacaciones junto al mar? Imposible con su miserable retribución, tras décadas de aportes. Apenas si le alcanza para los muchos remedios que necesita, tras una vida de hacer colas en hospitales en busca de una salud pública preventiva que nunca encontró.
Pero la realidad de este mismo hombre podría ser otra. Basta imaginar una situación donde los votantes se hubiesen negado a encumbrar a nuestros campeones del Tercer Mundo populista desde los años 40 en adelante. Los mismos cuyos nombres desmerecen hoy numerosas calles, instituciones y parques.
Imaginemos una Argentina libre (o casi) de los peronistas, militares y radical-socialistas que nos mal-gobernaron. Siguiendo el otro camino: el de sociedad abierta marcado por los Padres de la Patria.
Veríamos entonces al mismo jubilado de 75 años bajando con una sonrisa de su automóvil de 1 año de antigüedad con aire acondicionado, fresco a pesar de un sol implacable. Esta vez estaciona en una calle arbolada, frente a su coqueto chalet de Mar del Plata. Se lo ve bronceado y saludable; erguido y con buena ropa. Su compañía de seguridad privada custodia su casa de dos plantas con jardín en un tranquilo suburbio rosarino. Tras décadas de trabajo y aportes a un seguro de retiro multinacional con plan de salud, hoy goza de una jubilación que le da solvencia y tranquilidad vitalicias.
La realidad de hoy también puede verse en una pareja de unos 30 años de edad. Ella aporta a la familia con su sueldo de empleada doméstica, mejorando un tanto el insuficiente salario de su marido, empleado municipal. Viven en un monoblock idéntico a muchos otros, en la zona sur del gran Buenos Aires. Es muy estrecho para ellos y sus 3 hijos, lo mismo que su pequeño automóvil de 10 años de antigüedad. Deberán aguantar, sin embargo, ya que su pobre horizonte no tiene visos de mejora. Y lo que es más doloroso: el futuro de sus adorados hijos tampoco parece prometedor. La igualdad de oportunidades ha sido sólo un cruel eslogan para ellos ya que las posibilidades prácticas reales de una educación superior competitiva, son escasas partiendo desde allí.
Pero en el planteo posible que nuestros dirigentes desecharon, la historia de esta familia trabajadora pudo haber sido muy diferente:
Así diez años atrás, de recién casados, calificaron para una empresa desarrolladora internacional que les brindó un crédito a 30 años con 5 de gracia. Comprendía el terreno con vivienda, los gastos de vida de los 2 primeros años, la infraestructura básica y el asesoramiento detallado para la producción de especialidades orgánicas de alto valor, sobre tierras irrigadas cercanas a un enorme y bello lago de la precordillera chubutense.
El emprendimiento prosperó en una gran comunidad de muchas decenas de miles de hectáreas antes desérticas, y ahora salpicadas de modernas empresas familiares.
En la actualidad, los millones de árboles plantados con criterio agro-ecológico por la desarrolladora comienzan a elevarse y a cambiar literalmente el clima. El verde se ve por doquier en un paisaje de calles vecinales asfaltadas, centros médicos y colegios privados, centros comerciales y una prolija zona industrial con empacadoras de última generación para colocar la producción local en mercados de todo el mundo, con el soporte de traders privados altamente especializados.
Grandes molinos de energía eólica y miles de metros cuadrados de paneles solares marcan, desde colinas adyacentes, la tónica de ciudadanos comprometidos con un sistema de vida sustentable y de mínima polución ambiental.
Nuestra pareja y sus hijos tienen una casa luminosa y confortable, una 4x4 de 2 años de antigüedad, una lancha para los fines de semana en el lago y están pagando sin inconvenientes las cuotas de su extensa hipoteca. Y lo que es mejor: la comunidad cuenta con un nuevo e impactante campus universitario sucursal de la Colorado University, que dicta diversos doctorados en ramas de la ingeniería genética.
Una autopista de ocho carriles enlaza ya a nuestra comunidad con el puerto, el aeropuerto y centro financiero de Rawson, terminal a su vez de un tren bala que conecta en pocas horas con Bahía Blanca, Azul y Buenos Aires. (Fin del sueño. Volvamos al monoblock elegido por nuestros votantes).
Los costos del atraso sufrido por la Argentina son pavorosos. En tiempo, vidas, humillación y sufrimientos inútiles.
Tal vez estos dos pequeños ejemplos gráficos de lo que deberíamos ser en todos los órdenes, ayuden a pensar con patriotismo nuestro próximo voto-castigo.
Ecologistas de Avanzada
El ecologismo, el conservacionismo, el uso de los recursos no renovables en forma sustentable, el rostro humano y amigable con el medio ambiente, en cultura, arte o espiritualidad, la economía al servicio del hombre y de la biodiversidad de nuestro planeta, son todas banderas claramente liberales. Con mayor propiedad aún, libertarias.
Los problemas alimentarios que hoy enfrenta el mundo, las amenazas climáticas con origen en la polución humana, las pruebas nucleares radioactivas, los derrames petroleros, la contaminación de espejos de agua dulce, la deforestación y prácticamente todos los desastres ecológicos, de extinción animal y sobreexplotación de los mares son culpa directa o indirecta de los Estados nacionales. Particularmente de aquellos con sistemas más dirigistas y contrarios al libre mercado. En especial de los regímenes de socialismo comunista, como puede comprobarse en la increíble acción depredadora de Rusia y China sobre sus territorios desde la segunda mitad del siglo XX, sin duda de índole genocida.
Que los Estados y los estatistas han sido la mayor fuente de desgracias humanas a todo nivel, es algo que a esta altura de nuestro camino evolutivo está fuera de cuestión. (*)
¿Se han preguntado porqué las gallinas, los caballos o las ovejas no se encuentran en peligro de extinción, mientras que sí lo están las tortugas marinas, las ballenas o los elefantes africanos?
Muy sencillo: sobre las 3 primeras especies rigen los derechos de propiedad mientras que para las 3 últimas rige el infantil son de todos.
Hablando de elefantes, observemos un edificante ejemplo al paso: diferentes países adoptaron diferentes estrategias con vista a su preservación. Zaire, Kenia y Tanzania, por caso, optaron hace unos años por lo convencional: los elefantes son de propiedad pública y se los protege con decisión (y aplauso de grupos verdes), con todos los gastos que ello implica a cargo de sus contribuyentes. El resultado de este accionar es…que se siguen extinguiendo. Hay ahora menos de la mitad de los elefantes que había al momento de tomarse la “opción estatista”.
Botswana y Zimbabwe, en cambio, adoptaron la estrategia inteligente: la mejor para los elefantes, no para los burócratas. Aquí el gobierno vendió en propiedad las manadas a los consejos tribales regionales y a particulares (con derechos de caza y de percibir cánones de cazadores y otros por cada animal utilizado). Y el resultado “liberal” obviamente, fue espectacular: la población de elefantes aumentó rápidamente. Por la misma razón por la que no se extinguen las vacas a pesar de su utilización intensiva como alimento humano.
¿Cuál creen que hubiese sido la opción tomada por Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Fidel Castro o Evo Morales? Si. Adivinaron. Los hundimientos de pueblos, economías y ecosistemas nunca son casuales.
La tecnología actual posibilita acciones que antes hubieran sido de difícil implementación. El riesgo de extinción de las ballenas azules, por ejemplo, puede conjurarse mediante el expediente de adjudicar derechos de propiedad a empresas que administren el recurso mediante su explotación racional. Podría ser con fines conservacionistas o meramente utilitarios. Como sea, el objetivo del empresario será siempre aumentar sus planteles, mantenerlos sanos, bien alimentados y electrónicamente protegidos de balleneros piratas y furtivos. A su costa. Sin corrupción posible.
Si las selvas amazónica o filipina no fueran tierra fiscal concesionada sino vendidas en propiedad absolutamente privada y negociable (sin discriminación a extranjeros), la deforestación dejaría de ser un problema planetario. Las valiosas especies arbóreas quedarían protegidas de incendiarios y depredadores oportunistas a costa de los particulares, ya que la supervivencia de la empresa con su finca comercial incluido el recupero de la inversión inicial, dependería del uso racional del recurso, de la replantación constante y del manejo científico de la valiosa biodiversidad de la que es poseedora. Nadie trabaja para perder su patrimonio. Antes bien para incrementarlo en beneficio de su descendencia (¡y de la humanidad!), para lo cual el afán de ganancia oficia de poderoso estímulo. Descontando, como en el ejemplo anterior, que “explotación comercial” es un concepto tan amplio como para incluir… a un grupo de filántropos que aporten capital privado con el sólo objeto de preservar y permitir visitas de turismo ecológico, entre muchas otras posibilidades que el ingenio humano liberado de impuestos y bloqueos mentales nacionalistas podría crear.
Si en lugar de tanto estatismo imbécil nuestra república y otro centenar de naciones hubiesen determinado la propiedad privada del subsuelo, como hicieron algunas sociedades más perspicaces, el cercano agotamiento de recursos como el petróleo más la crisis energética no estarían en la agenda actual.
Los incentivos para la exploración, extracción y administración económica del recurso (cualquier recurso valioso) hubieran forzado un derrotero histórico totalmente diferente. El mercado siempre orienta, a través del precio libre, tanto la demanda racional cuanto la oferta de sustitutos o la creación de “reservas” de distinta disponibilidad, estimulando la investigación, el avance de nuevas alternativas comerciales y la máxima tasa de conservación o nueva prospección posible compatible con el crecimiento económico deseado por cada actor. Algo que el intervencionismo estatal jamás pudo ni podrá hacer. Porque los actores son unos 6.500 millones.
Argentina sería hoy, desde luego, una potencia productora y exportadora de petróleo, gas, oro, plata, aluminio, piedras preciosas, cobre, agua dulce, tungsteno y muchos otros recursos que hubieran estado al servicio de la riqueza de nuestra población, en lugar de dormir a la espera de la obsolescencia vía el desarrollo de sustitutos y nuevas tecnologías operativas.
El tema excede el espacio físico de esta nota pero la habilitación y el respeto de los derechos de propiedad, son el principio y el fin. El alfa y el omega del bienestar humano y ambiental.
Los ecologistas de mentalidad madura ya lo comprendieron. Los verdes antiglobalización adscriptos a la izquierda troglodita y al nacionalismo discriminador, aún no.
(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/ artículo “Estado” de Julio 2008
Sociedad de Esclavos
¿Somos una sociedad de mujeres y hombres libres, como nos gusta creer? ¿O se trata de un autoengaño?
Cuando algunos eligen crear o trabajar en empresas y negocios, producir bienes o servicios mientras otros hombres se dedican a usar las armas del Estado para saquear y confiscar a los primeros como modo de vida, parece aventurado catalogar a esa sociedad como libre.
Los vampiros del esfuerzo ajeno, cualquiera sea el grado de su vampirismo (y en la Argentina es muy elevado) conspiran contra el nivel de ingresos de toda la sociedad parasitando a sus víctimas, restándoles energía creativa e imponiéndoles una degradación que conlleva también el propio fin.
La historia de todas las dictaduras del globo y la de nuestra propia y terrible decadencia a manos de despotismos electos lo prueba.
Quienes se benefician de la sangría argumentan que sólo así puede solucionarse el grave conflicto de intereses entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada.
La verdad y la justicia, claro, están en otra parte ya que no hay divergencia de intereses entre personas que no pretenden lo que no han ganado siendo que en un marco de libre intercambio (del que estamos muy lejos), los intereses racionales no chocan entre sí. Sólo se complementan y potencian en la sinergia de un círculo virtuoso: el de la distribución de la riqueza vía el rápido aumento de los ingresos reales de todos. (1)
El bien común no puede lograrse mediante sacrificios humanos, como en la cultura precolombina, desangrando a algunas mujeres y hombres (o empresas y negocios) en beneficio de algunos otros. No somos animales sacrificables, medios para, números en la pantalla del burócrata cuyo destino es subsidiar la vida de vagos, avivados, mafiosas y otros, enriqueciendo políticos en el camino. Aunque una mayoría opine lo contrario.
Si seguimos internándonos en la trampa de aceptar que el infortunio de algunos es una hipoteca con peso de lápida sobre las ganas de crecer de otros, seguiremos decayendo como lo venimos haciendo desde hace más de seis décadas. Años en los que el voto mayoritario apoyó a quienes, aplicando conceptos paleo-económicos, consolidaron la pobreza y la des-educación hundiendo a millones en la desesperanza. Provocando golpes militares que sólo atinaron a administrar el corrupto cáncer estatista, pasando la pelota al siguiente civil inepto.
No se puede vivir en una eterna emergencia que “justifique” fraudes, robos y violación de propiedades por parte del Estado.
Tampoco puede considerarse emergencia a todas las desdichas humanas, muchas elegidas por acción u omisión como pereza, vicios insalubres, incapacidad laboral o agresiva incultura limitante.
El dar es un acto de generosidad y nobleza moral mas no un deber coactivo que deba ser impuesto por la fuerza de las armas. La solidaridad voluntaria se troca en robo bajo amenaza cuando el Estado viola su obligación de proteger los derechos de las personas; en este caso los de aquellas forzadas a solventar el supuesto “derecho” de otras a una casa gratuita, a un trabajo para el que no se esforzaron en calificar o a boletos de ferrocarril a precios de quebranto. El vano intento de lograr fines contradictorios (redistribución de capital de trabajo con crecimiento social) sólo lleva a la destrucción económica y moral, caso del que nuestra patria es ejemplo palmario.
El votante populista dirá “la sociedad me debe una forma fácil de tener mi propia casa. Es mi ‘derecho’ a la vivienda digna. ¿Cómo? No lo sé. De alguna manera” El problema es que de alguna manera siempre significa alguien con rostro, familia, sueños, problemas, nombre y apellido. Y ocurre que no existe el “derecho” de algunas personas a violar los derechos de otras. So pena de africanización… como la que nos está distinguiendo.
Se sabe que sin el derecho de propiedad privada ningún otro derecho es real. Es el primer “derecho humano” después del derecho a la vida porque si el creador de algo no es dueño del resultado de su esfuerzo, tampoco es realmente dueño de su vida no pudiendo sustentarla en acuerdo a la inteligencia, el tiempo y el trabajo empleados en la creación de ese algo. Sostener lo contrario, negando el derecho a disponer de lo propio equivale a convertir a los seres humanos en propiedad del Estado, admitiendo que son sus esclavos o bienes de uso. De los que puede succionar toda la riqueza creada que le parezca conveniente, necesaria o “apropiada”.
En definitiva, los derechos individuales (primer enunciado de nuestra ignorada Constitución) son el medio civilizado de poner a sociedad y Estado bajo el control de la ley moral. Protección de mujeres y hombres libres contra la fuerza bruta de la “superioridad numérica”. La sociedad no es, para nuestra Constitución, un fin en sí misma. Sí lo es el hombre. La sociedad es sólo un medio para la coexistencia ordenada, voluntaria y pacífica de las personas. El individuo no le pertenece y no puede concederle (o revocarle) el permiso de ser libre puesto que cada ser humano posee su vida por completo, como derecho natural anterior a la sociedad y al Estado. Y su vida, como vimos en acuerdo con los más brillantes pensadores de la historia universal, incluye a sus bienes, como extensión del propio ser. El individuo que trabaja, produce y comercia mientras otros disponen del producto de su esfuerzo es, entonces, un esclavo.
Y como tal le asisten los derechos de rebelión, impugnación, resignación bajo protesto o secesión entre otros.
Si las doctrinas nacionalista (militar), peronista, radical o socialista desconocen los derechos del individuo (esencialmente el derecho in-avasallable a la propiedad con todo lo que de él se deriva) sus postulados son la ley del linchamiento legalizado.
Evitemos consolidar en las urnas este sistema criminal donde el gobierno se halla en libertad de hacer lo que le venga en gana mientras los ciudadanos sólo podemos trabajar, comerciar o producir algo si nos conceden el permiso.
Por el contrario, podríamos apoyar con nuestro voto a aquellos candidatos capaces de reeditar el honesto “sueño americano” traducido aquí en el sueño del inmigrante que podía, en una generación, construir su casa, acceder a una vejez con seguridad económica y dejar a sus hijos en buena situación inicial, sin pedir permiso ni parasitar a nadie.
(1) ver artículo “Capitalismo Popular” en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Destruyamos al Agro
Neo-Populismo en Campaña
Durante el curso de la presente campaña electoral apuntando a una renovación parcial de las legislaturas, el ex presidente Sr. N. Kirchner nos ha gritado “si pierde Cristina el país va a explotar”.
Expresión que se añade a otras como “si perdemos, la Argentina vuelve al 2001”, “no volvamos al neo-liberalismo de los 90” o bien el remanido “nosotros o el caos”.
Se trata de la clásica danza tribal del peronismo convocando al “voto con miedo”.
Miedo infligido a una vasta franja poblacional colocada en forma criminal por el neo-populismo (Alfonsín/ Menem/ De La Rua/ Duhalde/ Kirchner/ Kirchner) en situación de pobreza estresante y peligro cierto de terminar en la zanja de la indigencia. Miedo a que gane alguien con ideas razonables y éticas, que aplique la madre de las justicias retroactivas. A que gane alguien que realmente sepa cómo hacer de nuestra Argentina un país respetado, poderoso y con un alto nivel de vida para todos. Porque un giro económico y de corrección política tan brutal, creen, causaría turbulencias y reacomodamientos sociales que los harían caer, desde el precario equilibrio económico que a duras penas y con auxilio estatal todavía conservan. Creencia que por cierto es falsa.
Hay otras motivaciones además del miedo, claro está, para votar otra vez a los neo-populistas: odio por codicia de bienes ajenos, orgullo negado a reconocer que se ha estado traicionando (y hundiendo) a la patria con el voto durante años, resentimiento, envidia, pretensión de lograr “derechos” de ventaja parasitaria a costa del sacrificio de otros, etc. Toda una colección de sucias pulsiones vengativas enmascaradas bajo palabras altruistas.
El periodismo responsable tiene la obligación patriótica de desenmascarar ante toda la sociedad las torpes mentiras estatistas. Porque cuando escuchamos que “si pierde Cristina el país explota”, lo que debe ser comentado in extenso es que el país ya está en la cuenta regresiva de la explosión, debido a la incapacidad, vileza y soberbia ignorancia demostrada durante 6 largos años por el matrimonio presidencial.
Explicando que el “extraordinario” crecimiento económico 2003 – 2007 estuvo por debajo del de muchos otros países en desarrollo que también se beneficiaron de la “extraordinaria” suba del precio de las materias primas. Y que con semejante viento de cola pudimos haber hecho mucho más, sin hundir a los sectores productivos. Teniendo en cuenta, además, que el cacareado crecimiento kirchnerista fue en gran medida falso ya que se partió de cifras de PBI que habían retrocedido a valores de la década del 80 luego del colapso de la Alianza radical-socialista del 2001. Y que ni siquiera la recuperación del PBI así aplanado (para llegar a finales de la primera gestión Kirchner a valores que ya habíamos tenido en los 90) puede ser calificado de “récord” ya que hacia la época del Centenario, nuestra nación crecía mucho más. Alcanzábamos el 7° lugar entre las grandes potencias e íbamos camino de ubicarnos entre las 2 o 3 sociedades más ricas y avanzadas del mundo, cuando hoy ocurre lo opuesto.
Acabado el viento de cola, acotado el flujo de dólares robados a la reinversión agropecuaria que encubría las inmoralidades neo-populistas, queda al descubierto la realidad: una Argentina desnuda, violada y saqueada corre hacia esa explosión que el propio ex presidente vaticina. El país del 2001 está, si, a la vuelta de la esquina. No será más que el resultado matemático de lo perpetrado, cerrando el círculo vicioso de una nueva vuelta de tuerca de esta trampa caza-giles (y enriquece-políticos) denominada “justicia social redistributiva”.
Hacer periodismo responsable y veraz, sería desasnar al público acerca de la cantinela del “neo-liberalismo menemista de los 90”.
Porque sólo la intención de confundir con mala fe puede explicar el ansia furiosa de identificar a Menem con… ¡el liberalismo!
Las presidencias de C. Menem conformaron un acabado ejemplo de las más clásicas “virtudes” peronistas. Mafia fascista al gobierno, corrupción desatada, nepotismo, connivencia de caciques sindicales, pactos antirrepublicanos para la perpetuación del poder, empresarios “amigos” colmados de prebendas, parlamentos genuflexos, Justicia muy manoseada y con escasa independencia, intervencionismo económico, educación oficial basura con anti-valores, concentración de la riqueza en pocas manos con aumento de la desigualdad, impuestos confiscatorios, alto gasto del Estado con muy alto endeudamiento, altos niveles de pobreza y desocupación, bloqueo de instituciones destinadas al control de los funcionarios y despreocupación total por los marginados, una vez ordeñados sus votos. 100 % peronismo. ¿Qué más?
El que haya ordenado algunas privatizaciones (empresas estatales cuyo enorme déficit ya se había fagocitado al gobierno radical de R. Alfonsín) amañadas, desprolijas, torpes y plagadas de coimas monumentales, no lo hace liberal en modo alguno.
El sistema liberal abomina por definición de todas y cada una de las costumbres peronistas que signaron el gobierno del Sr. Menem. Gobierno que sobrevivió vendiendo “las joyas de la abuela” y que fue tan peronista como lo es el del santacruceño, que en aquel entonces no se cansaba de felicitar y apoyar el neo-populismo de tenue disfraz capitalista que a ambos beneficiaba.
“Nosotros o el caos” es otra confusión semántica (de las que está minado este gobierno) y quiere decir en realidad “nosotros somos el caos”. Caos que por cierto se extenderá a medida que avance electoralmente la Coalición Cívica de la Sra. E. Carrió (pan-radicalismo más socialistas) quienes ya mostraron sus afiladas y usualmente ocultas garras, en ocasión de apoyar al kirchnerismo en el reciente saqueo de los bienes privados a cargo de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones. Además de haber integrado con las mismas ideas el también desastroso gobierno del Sr. F. De La Rua.
Todo parece perdido, entonces. Aunque la prensa libre y con vocación patriótica de cierta docencia podría concluir al menos que, si los gobiernos son inevitables (cosa que dudamos), es mil veces preferible ser gobernados por empresarios que por abogados, poetas, filósofos, sociólogos, curas o comandantes.
Por lo menos los primeros poseen el know how de la riqueza. Los otros, ni eso.
El Poder como Problema
Podríamos analizar brevemente esta cuestión, repensándola bajo el siguiente punto de vista: tenemos por un lado a los hombres y mujeres de los partidos que participan en el juego de la democracia, que sólo se diferencian en cuestiones cosméticas. Ya que en lo esencial están de acuerdo en cubrirse y protegerse mutuamente (la lealtad política) dentro de un sistema que les reserva privilegios, oportunidades de negocios y poder sobre la gente trabajadora que paga la cuenta.
Tenemos también a dueños de ciertas empresas y sindicalistas que, consecuentes con la lógica corporativa del sistema, se posicionan para resultar beneficiados en el dictatum de leyes, regulaciones económicas y prebendas a cambio de apoyo al gobierno. O más bien de apoyo al incremento patrimonial y a la impunidad de sus integrantes.
Están además todos los beneficiarios de planes sociales, subsidios indirectos, puestos de favor o jubilaciones de privilegio, interesados en mantenerse siempre en situación de ventaja parasitaria a costillas de lo que generen otras personas. Más otro dato importante: las tareas propias de la maquinaria del Estado están a cargo de una gran burocracia de empleados, que los contribuyentes no pueden remover ni cambiar.
Todos ellos están de acuerdo en sostener con votos, con propaganda, con movilizaciones, dinero o chantajes el poder coercitivo, aplanador y sin opciones, del Estado.
Como muchos otros, se confunden en la defensa de un monopolio: el monopolio del uso de la fuerza armada que respalda este poder, dando pie al cobro compulsivo de tributos sobre diversos bienes, propiedad de gente pacífica. Personas que no sólo se encuentran atomizadas y desarmadas sino con las mentes condicionadas por una vida de adoctrinamiento oficial en la conveniencia de someterse en majada al poder político dejando las cosas, básicamente, como están.
Tenemos también el elegante fraude que, bajo el nombre de Constitución Nacional, nos acuna en la creencia de que nuestros derechos y propiedades están amparados por un bello y complejo sistema de equilibrios y contrapesos entre los tres poderes independientes de la república. Se omite, por supuesto, la incómoda aclaración de que los tres forman parte de una misma organización (el Estado) y tienen, dentro de su área, el mismo monopolio coactivo apoyado en las armas -y en la política económica- que controla el partido de gobierno. La supuesta independencia, no es tal.
Todo descansando en el absurdo de querer suponer que las mujeres y hombres que nos gobiernan son seres honestos, desinteresados, imbuidos de amor a la patria y con verdadera vocación de servir al prójimo sin pensar en otra retribución que la satisfacción del deber cumplido. Y que además cuentan con el bagaje intelectual de conocimientos de avanzada como para asegurarnos una posición de inteligente preeminencia en el ranking de la prosperidad mundial. Mito que de ser (aún al 50%) cierto, garantizaría el funcionamiento de la democracia, tanto como de cualquier otro sistema (monarquía, aristocracia, dictadura, tribalismo etc.) sin inconvenientes ya que estaríamos en manos de reales servidores públicos. No existe tal. Quienes estén capacitados para verlo, habrán avanzado otro paso en la comprensión del problema.
Lo cierto es que el poder siempre corrompe, porque el ser humano es una criatura imperfecta, más allá de las excepcionalidades.
No existen mujeres ni varones que sean inmunes a la corrupción del poder. Quien posea poder para dominar y dañar, hacer el bien o ayudar, fatalmente dominará y dañará a sus semejantes de un modo u otro, porque usará ese poder en su propio beneficio, el de sus familiares y amigos, el de las personas que lo ayudaron a acceder a ese sitial y las que lo ayudan a mantenerlo. De eso se trata la corrupción. Y porque aún el “buen uso” del poder que brindan las armas queda totalmente deslegitimado desde el momento en que un solo ser humano se vea agredido sin haber iniciado agresión. Un ejemplo entre mil podría ser el del gobierno apropiándose del fruto de su trabajo, sus ahorros o su capital productivo para aplicarlo a iniciativas con las que esa persona no está de acuerdo y que no financiaría si estuviese en posición de decidirlo (tales como la “Universidad” de las Madres de Plaza de Mayo y sus planes de fomento al terrorismo intelectual liberticida).
En verdad, el poder no consentido aplicado sobre seres humanos pacíficos es el anti-camino. La contra-evolución. La tiranía de quien compra el mayor número de votos para expoliar con tranquilidad a las minorías. Es lo primitivo; la ley de las bestias. Y lo que todavía nos rige.
Debemos tender hacia un sistema de organización social que cumpla con aquella ley moral de “el fin no justifica los medios” si queremos dejar de ser cómplices de los violentos y de los ladrones. Si queremos empezar a construir la no violencia y la estricta justicia de méritos que todos afirmamos desear. Si pretendemos dejar de ser colaboracionistas para empezar a militar en la resistencia a favor de lo correcto.
Un sistema que subordine el poder a las decisiones voluntarias y responsables de cada persona. Que considere a cada ser humano como un fin en si mismo, en lugar de considerarlo como un medio al servicio de los fines socialistas. Alguien único, irrepetible, sagrado y con derechos in-avasallables. Aunque una mayoría opine lo contrario. Que sea la peor pesadilla de los totalitarios y de todos los que pretenden vivir del esfuerzo ajeno enarbolando un garrote agresor.
Democratizando el poder para distribuirlo entre toda la población, impidiendo que se concentre en manos de unos pocos.
No es imposible. En todo caso es tan utópico como alguna vez lo fue la democracia. Porque democratizar el poder significa entregar a cada individuo de la sociedad la cuota de poder que le permita decidir cosas tales como cuándo, bajo qué cláusulas y a qué agencia supertecnologizada de seguridad privada me afiliaré aportando el dinero que hoy me quitan (con los impuestos) para brindarme una “protección” monopólica que no me conforma. (1)
(1) Para ampliar en este tema, ver nota Acerca del Sistema Libertario de Abril 09 en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Acerca del Sistema Libertario
Por mínima que sea su capacidad de discernimiento, cualquier persona está en condiciones de darse cuenta de ciertas verdades.
Una de ellas es que la razón de ser del Estado es el control. Control que siempre implica invasión a la autonomía individual de alguien. Tanto controla un presidente como un invasor y la esencia de esa invasión no varía si esta es llevada a cabo por un hombre contra otro, tal como un delincuente común; por un hombre contra todos, como en una tiranía o por todos los hombres contra uno, como en las modernas democracias.
La gente se acostumbró a que el gobierno controle, reglamente y grave cualquier transacción de bienes o servicios que ocurra en la sociedad, en la misma forma en que antes lo hacía la Iglesia con los comportamientos y expresiones de las personas. El desafío de separar las cosas sigue siendo, aún hoy, el mismo.
Recordemos que la democracia llegó a ser popular porque prometió menos impuestos y más libertad de la que existía bajo la monarquía, mas no pudo cumplir su promesa.
Los libertarios sostienen con sólida fundamentación filosófica que la propiedad de una persona es la extensión de su vida y que la libertad puede definirse como ausencia de invasión a la persona o a sus bienes mientras que el precio del progreso puede resumirse en la no-limitación de la libertad.
No pretenden saber lo que es bueno para la humanidad, y defienden la idea de que cada persona puede hacer lo que desea siempre que no perjudique a los demás, sin otra limitación.
Cada quien es libre de perseguir sus propios fines en la vida y uno de esos fines podría ser un estado llamado felicidad. Sin perder de vista que aún viviendo en las condiciones de máxima libertad posible, habrá mucha gente que fallará en alcanzar sus metas.
El libertarianismo como sistema integral basa su funcionamiento en la economía de mercado, traducida en los planes personales de millones de individuos, cada cual coordinando el suyo con los de los demás, dando como resultado espontáneo una interacción extraordinariamente compleja. Tan imposible de idear como de controlar.
El sistema estatista, en cambio, magnifica el poder de los ricos a través de la concreción de sobornos con el fin de redirigir el dinero de nuestros impuestos hacia sus proyectos. Porque el Estado escucha mayormente a los grupos de presión o a los que prometen ganancias y ventajas para la clase política.
En una sociedad libre, el gobierno dejaría de interferir en la acumulación del ahorro y del capital de producción impulsando muy fuertes subas de la tasa de capitalización, lo que se daría en forma ilimitada creando el mejor ámbito posible para el progreso económico y las posibilidades reales de elección de la gente, en todos los ámbitos de la acción humana.
Tendríamos en Argentina a 40 millones de mentes trabajando para solventar los conflictos, votando voluntariamente con sus pesos por la mejor solución para cada uno de ellos bajo sus propias circunstancias. Bajo el Estado coactivo, tenemos a unas pocas personas intentando resolver los problemas de todos, y todos somos obligados a punta de pistola a aceptar las soluciones de quien gobierna.
Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o ningún Estado democrático detentando el monopolio de la fuerza. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias! Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías! Ahora todo es democracia intervencionista pero… la noche está en pañales.
Recordemos también que el Estado nació cuando la gente renunció a parte de su libertad por pereza, dejando que un “ente superior” llevara parte de sus asuntos. Y que el problema apareció cuando el ente se hizo tan fuerte como para pasar a extorsionar y presionar a todos; aún a quienes no lo querían.
Si bien hemos acabado con el “derecho divino” de los reyes, en realidad y en el estado actual de evolución social, lo hemos sustituido por el gobierno absolutista de la mayoría.
Al decir de Bakunin: “aquellos que reclaman lo posible, jamás logran nada. Pero aquellos que reclaman lo imposible, al menos logran lo posible”. Los servicios de seguridad y justicia, prestados por el Estado, son la base de funcionamiento de todo el orden social. Son considerados como “lo más importante” y parecería locura que el gobierno se desentendiera de los mismos. Sin embargo, podríamos considerar que la alimentación y el vestido son aún más básicos, aunque son pocos los que sugieren su estatización ya que es sabido que las granjas y fábricas colectivas llevaron a las hambrunas y desastres económicos más espeluznantes de la historia humana. No se ha encontrado un solo ámbito en el que la acción del Estado sea más eficiente o eficaz y barata que la provista por empresarios en el mercado. Podríamos referirnos a sanidad y educación tanto como a justicia y seguridad. Aunque menos obvio, esto puede aplicarse también a defensa militar, asistencia a los desposeídos, relaciones exteriores o sitios públicos entre muchas otras cosas.
El catálogo libertario incluye pensamientos como los que siguen: sólo yo debo decidir si le doy dinero a los pobres y cuánto; quien viola mis derechos debe pagarme a mi, no a la sociedad; sólo es delito lo que viola los derechos de otra persona (no los reglamentos arbitrarios del Estado o sus “leyes” injustas que más parecen licencias para extorsionar); tengo derecho a retener todo lo que gané honradamente; en vez de cobrar impuestos generales, debe cobrarse por los servicios que cada quien recibe; la propiedad privada es inviolable y sólo su dueño debe determinar su uso; sólo yo debo decidir lo que produzco, a quién se lo vendo y en cuánto; debe prohibirse al Estado endeudarse a mi nombre mediante deuda pública; deben utilizarse los activos del Estado para cancelar la deuda pública actual; tengo derecho a comprar productos “abaratados” (subsidiados) por gobiernos extranjeros; cada quien debe pagar por su jubilación sin obligar a otros a hacerlo; debe eliminarse el uso de los impuestos, subsidios e incentivos, para beneficiar a cualquier persona o grupo; sólo yo debo decidir cómo gasto mi dinero; debo responsabilizarme por mis actos sin pasarle mis facturas a otros; tengo derecho a portar un arma para defensa propia; sólo yo decido qué le introduzco a mi cuerpo (tabaco, alcohol u otras drogas) o si uso o no cinturón de seguridad; tengo derecho a trabajar sin tener que pedir permiso, licencia o pertenecer a una organización profesional u ocupacional. Y muchos otros de este tenor.
Se supone que necesitamos al Estado en la lucha contra el terrorismo, la pobreza o las drogas sin reparar en que son problemas que el propio Estado ha creado. Como aquella inscripción colocada en cierta institución de caridad “este hospicio fue construido por una persona piadosa, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan”. La pobreza podría ser erradicada con facilidad si tan solo el gobierno dejase de crearla.
La desaparición del inmenso gasto aplicado al mito del “Estado benefactor” con sus comisiones de rigor, implicaría mucho mayor riqueza en la sociedad haciendo a las personas más generosas, humanas y caritativas para con los marginados ya que la historia nos enseña que la indiferencia hacia el prójimo aumenta en la misma medida que crece la intervención del gobierno.
Sólo el Estado y los delincuentes comunes se basan en la violencia (o en la amenaza de su uso) para lograr sus metas. El resto de la población depende de la cooperación voluntaria. Porque ¿quién tiene derecho a imponer su voluntad sobre sus semejantes? Todos responderíamos ¡nadie! Y sin embargo aceptamos mansamente y a diario en los principios y en las prácticas que nos la impongan por la fuerza. ¿Cuántos impuestos pagaría Ud. si se despenalizara la evasión?
El objetivo del libertarianismo hoy, a pesar de todo esto, es aceptar el marco legal establecido como punto de partida y modificar gradualmente la legislación conforme las disposiciones constitucionales. Las instituciones privadas deberían ir reemplazando a las estatales a lo largo de años para que cuando finalmente el Estado desaparezca ni siquiera nos hayamos dado cuenta. Los movimientos secesionistas, una férrea oposición en el Congreso a proyectos totalitarios (como la que llevan a cabo los legisladores del Movimiento Libertario en Costa Rica) y toda protesta conducente a impedir que los seres humanos se arroguen el “derecho” de no respetar a otros en su persona o en su propiedad, se consideran caminos válidos.
En definitiva, todo se reduce a dar preeminencia a la cooperación por sobre el uso de la fuerza en un ámbito donde cada persona pueda seguir sus sueños, trabajar para lograrlos y disfrutar sus logros sin temor a perderlo todo por el capricho de algún político.
Es verdad que el Estado no posee mayor honestidad o buen juicio que el promedio de sus líderes, personas más bien mentirosas y de poca vocación abnegada de servicio. Lo que sí tiene es fuerza bruta, aunque ciertamente no hemos nacido para ser forzados.
No hay ningún buen acto que para ser llevado a cabo requiera otro malo. No está moral ni éticamente permitido conseguir un bien comenzando por un mal. Que el Estado sea moralmente malo, sería ya razón suficiente para abolirlo incluso si las soluciones del mercado no implicasen una mejoría.
Tal vez logremos que cada vez más gente despierte pensando “Si. Eso es en lo que yo creo. Este hombre está diciendo lo que pensé durante toda mi vida”… y proceda a votar en consecuencia.
Para ampliar en este tema, ver nota Libertarianismo de Marzo 2006 en
http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Robo Justificado
Revolucionarios y Oportunistas
Es lugar común de sabiduría popular afirmar que las crisis generan oportunidades. Una Argentina decadente y arruinada, que se debate entre manotazos de ahogada con el segundo peor gobierno de su historia (el primero, aún más divisionista, dañino y pisoteador de derechos transcurrió entre 1945 y 1955), clama por esa oportunidad. Y la confusión económica mundial podría ser, vista con alguna perspicacia, un pasaporte dorado con destino directo a la economía de la abundancia.
Por muchas razones, nuestro país está mejor preparado que otros para dar un salto de calidades y cantidades que, obviando etapas, nos coloque en pocos años entre el pelotón de vanguardia sin apelar a sacrificios extraordinarios. Excepto el sacrificio político e intelectual de colgar el orgullo en el perchero, admitiendo que nos fue mal porque durante más de 7 décadas hicimos del resentimiento y la deshonestidad nuestras pulsiones rectoras.
Toda una revolución mental por cierto, a primera vista imposible. Aunque a segunda vista podría no serlo tanto ya que el período kirchnerista tiene la dudosa virtud de estar haciendo visible hasta para los más tontos, los horrores morales y económicos del populismo (o fascismo socialista).
La república bajo ataque, sacude las conciencias y corazones de millones de argentinos de bien.
El mundo desarrollado se encuentra en problemas. Se trata de una crisis provocada por la siempre torpe intervención del Estado (esta vez el norteamericano) en el mercado de capitales a través del consabido, pedante despliegue de prohibiciones y ordenanzas regulatorias y contrarregulatorias inconducentes. (1)
El resultado de este dirigismo consiste y seguirá consistiendo en un impactante freno a la actividad económica, alta desocupación y… más estatismo.
No ocurrirá otra cosa ya que las superestructuras gubernamentales de Estados Unidos, la Unión Europea, China, Japón y demás potencias emergentes junto con las instituciones supranacionales del tipo de las Naciones Unidas o el Fondo Monetario están dirigidas por una muy numerosa y bien paga casta de burócratas que no permitirá que poder y privilegios se les escapen de las manos.
No importa que la solución correcta esté en dejar quebrar a banqueros irresponsables, inversionistas angurrientos y deudores imprudentes. La solución conveniente es más gasto público que pase por sus manos, salvando o estatizando a bancos, empresas y particulares aprovechadores, con dinero succionado de impuestos pagados por millones de contribuyentes que nada tuvieron que ver.
Planteado el derrotero de la crisis, deberíamos entonces ser, aparte de revolucionarios, oportunistas aprovechando la estupidez ajena para catapultarnos hacia arriba. Dejemos que los gobiernos del Primer Mundo exploten a sus pueblos y detengan así sus economías como mejor les parezca.
Argentina debería reinventarse como la alternativa distinta, la opción inteligente a la falta global de sentido común. La viveza criolla podría mostrar su lado constructivo, al menos por una vez.
Abramos nuestra nación a las riquezas indecisas de todo el orbe para hacer estallar nuestra cacareada potencialidad en una generación. La nuestra. Usemos sin culpa el dinero acumulado durante años por otras sociedades quitándoselo a nuevos desarrollos en sus propias industrias o en otras regiones.
Aprovechémonos sin escrúpulos del miedo a las caídas accionarias, a la pérdida de valor de las propiedades en países centrales y a los altos impuestos sobre capitales y ganancias.
Quebremos la solidaridad mafiosa con sistemas bancarios y financieros que funcionan en complicidad con Estados que violan los derechos a la privacidad documental y a la absoluta libertad en las transacciones.
Ignoremos las quejas que vendrán de gobiernos fiscalistas y parasitarios convirtiendo a nuestro país en verdadero paraíso fiscal, refugio de fortunas, destino de negocios, meca de inversiones y centro financiero internacional con una legislación de avanzada para el control del dinero sucio combinada con el mayor respeto por las decisiones y bienes de los inversionistas.
Cortejemos el afán de ganancias y la ambición de extranjeros millonarios y empresas exportadoras en busca de expansión integrada facilitando el ingreso y absoluta protección de sus patrimonios en nuestro territorio. Si el dinero no tiene banderas, prestémosle la nuestra y que trabaje para nuestra gente.
Sustraigamos capitales de investigación, cerebros, artistas y emprendedores creativos a las sociedades más ricas del globo ofreciéndoles el entorno de libertad, apertura mental y respeto por la propiedad intelectual y económica más apropiado para su desarrollo.
Quitemos trabas al libre comercio, regulaciones laborales retrógradas e impuestos a propios y extraños, acercándonos a las presiones tributarias más bajas del planeta. Su consecuencia directa será el crecimiento exponencial de nuestra producción, seguida del crecimiento exponencial del bienestar de nuestro pueblo.
La gradualidad de estos cambios no debería superar los tiempos de un período de gobierno. Brindemos seguridad jurídica y estabilidad institucional con un Parlamento renovado que -para empezar- tome las riendas del desquicio actual plantándose con firmeza en algunas nuevas, pocas y expeditivas reglas consensuadas. Sin ceder ante la Presidencia ni ante la Corte frente a intentos de frenar el beneficio de sus representados.
Apartándonos de la confusión mundial, del apriete a los ciudadanos honestos de los países desarrollados y del juego vil de la costosa nomenklatura internacional podríamos mutar en “mosca blanca” del mundo, usando los errores ajenos en nuestro propio y directo beneficio.
Aunque tenemos el capital de inteligencia (escondido entre la actividad privada) suficiente como para manejar el caballo desbocado en que se transformaría nuestra nación lanzada a un crecimiento vertiginoso, esto es por ahora solo política-ficción.
Debemos sin embargo tener presente que las utopías inspiran, movilizan, entusiasman y cambian puntos de vista sobre cuestiones en las que el voto ciudadano puede ir marcando tendencias. Apoyando a los candidatos menos estatistas, por ejemplo.
(1) para más detalles, ver art. crisis de Octubre 2008
El Voto con Miedo
En Argentina se asimila legalidad a democracia y democracia a voto popular. Punto. Y falso ya que han existido y existirán sistemas legales con aplicación de una justicia muy superior a la que tenemos, sin democracia. Incluso sin Estado.
Y porque la democracia practicada como se la entiende aquí, de elegir cada 4 años un amo que haga lo que le venga en gana, es una caricatura impúdica, casi sin punto de contacto con el espíritu de nuestra Constitución.
En la Argentina de hoy el voto mayoritario pretende el poder de decidir sobre vidas, honras y fortunas, disponiendo de patrimonios y derechos privados hasta el límite de vampirismo o aniquilación que los incapaces (o “vivillos”) electos tengan a bien decidir. En un contexto tan primitivo e irracional, el voto de la gente adquiere una importancia monstruosa. Hipertrófica.
Es el vértigo del todo o nada. La ruleta rusa en cada elección.
Esta es la oscura realidad que todos sabemos existe, más allá de las bonitas garantías en contrario por escrito de nuestra carta magna.
Así las cosas, cobra desproporcionada importancia el “voto con miedo”: la decisión personal que deben tomar frente a la urna todos los ciudadanos colocados por este y otros gobiernos anteriores en una situación de equilibrio económico inestable.
Suman millones quienes dependen de “planes sociales”, quienes viven de jubilaciones insuficientes, quienes se resignan a un mal pago empleo público, quienes se consideran no preparados (por una educación oficial deficiente) para ingresar en una “economía del conocimiento” o quienes piensan con horror que desapareciendo la maraña de subsidios cruzados, frenos al libre comercio, muy altos impuestos e intervenciones sobre el dólar la inflación los devoraría. Más los parientes, proveedores y amigos de todas estas personas, que temen por las consecuencias que a ellos les generaría su caída desde el borde de subsistencia en que se hallan. Millones de personas que definen una elección, sobre la base de un voto temeroso rumiado sobre premisas falsas. Porque el criminal chantaje al que son sometidos opera al revés de lo que sus víctimas suponen.
Decenas de reflexiones constructivas, éticas y de sentido común podrían derivarse de esta brevísima exposición del problema pero limitémonos a lo básico.
Primero: nuestro país viene cayendo desde hace muchas décadas (también en los últimos 6 años) en los rankings internacionales que comparan todo tipo de desempeños. Desde índices de producción y exportaciones, pasando por índices de corrupción o de libertad económica hasta índices de pobreza, educación o mortalidad. La nación sigue hundiéndose y las agujas de todos los marcadores nos señalan alerta roja. Supimos estar en el puesto número 7 y ahora vamos por el ¿107? ¿Qué clase de argentinos seguirían apoyando “más de lo mismo”? Ya no hay lugar para distraídos y palurdos. El colaboracionismo se transforma cada día más en franca y vil traición a la patria. Y esto no es gratis: se paga con más miseria, humillación social y resignaciones.
Segundo: no existe (repetimos: no existe) otra forma de salir de la indigencia, de la precariedad económica, del equilibrio inestable que estresa y arruina la vida, que a través de la actividad productiva privada. Para lo cual se necesitan grandes inversiones, que sólo aterrizan donde hay seguridad jurídica y libertad económica garantizada. Jamás en sitios con gobiernos imprevisibles e impuestos confiscatorios.
Por lo tanto, millones de víctimas bajo chantaje deben saber que el sistema que podrían seguir sosteniendo por temor a perderlo todo, será el sistema que sin duda alguna los conducirá a perderlo todo, más rápido de lo que suponen. La desesperación que desnudan las últimas y temerarias maniobras del gobierno revelan la escasez de sus márgenes de tiempo. Nadie logró violar impunemente todas las reglas de la sana economía sin convocar al caos. Y el caos es la puerta del infierno para los que cuentan con pocos recursos de defensa. El ejemplo de los colapsos socialistas de 1989 y del 2001 todavía está fresco.
Tercero: no hay posibilidad alguna de que un eventual gobierno de la oposición relativamente más sensata, perjudique a los más vulnerables (se excluye a populistas y socialistas que siguen considerando justo el sistema que nos hundió: “quito por la fuerza y reparto lo que no es mío”). Porque ya no quedan en ese sector idiotas que coman vidrio.
Contrariamente a lo que se busca hacer creer, tal gobierno avanzaría con pies de plomo coordinando acciones de efectiva protección social con acciones de efectivo estímulo productivo.
Se han sugerido medidas de poderosa simpleza -incompatibles con el ciego odio ideológico del “modelo” actual- como la de computar a cuenta de impuestos, los aportes empresarios que se destinen a instituciones benéficas privadas (mucho más eficientes y menos corruptas que las estatales) y en menor medida (al principio) los que se destinen a fundaciones científicas, artísticas o culturales fomentando así el desarrollo y la creación de empleo estable de calidad en el llamado “cuarto sector”.
Con prioridad en la atracción de grandes capitales para dar “pleno gas” a la multiplicación de capacitación y empleos, se apuntaría a desmontar los insensatos impuestos “especiales” y regulaciones intervencionistas que asfixian e impiden el arranque de las locomotoras agroindustriales, petroquímicas, mineras, y de infraestructura concesionada entre otras con enorme poder multiplicador.
Los subsidios al consumo y los “planes” bajarían gradualmente en la medida que el despegue productivo genere demanda de trabajo y salarios crecientes para cada sector poblacional de la Argentina.
Un Estado más austero, más honesto y transparente, más cuidadoso de los resguardos republicanos y con ingresos crecientes en función del explosivo crecimiento “liberado” del sector privado podría sentar las bases de una Justicia más implacable y modernizada o de una función pública profesionalizada, con retribuciones que atraigan a los mejores elementos de la sociedad.
Nuestro país puede lograr en pocos años un bienestar sorprendente para todos, alcanzando objetivos que a otras sociedades les llevaría décadas. No debemos temerle al capitalismo, a la libertad, a la sociedad abierta ni a los empresarios más creativos y audaces.
El miedo no debería abroquelarse tras un voto retrógrado sino contra el modelo de mentiras, vendettas, envidias, odios, resentimientos, crasa ignorancia y bajezas que nos viene haciendo rodar por las escaleras de la decadencia.