Los Señores de la Política

Julio 2013

Las encuestas de opinión que asignan al precandidato Sergio Massa una impactante cuota de favor público, ponen de relieve las graves fallas de base que afectan a nuestra democracia.
Iluminan la verdadera faz de un sistema infantilizante (sin debate real de ideas) diseñado para elevar caudillos paternalistas sin fin.
Todo lo que en tiempos de la organización nacional se ideó para proteger a las minorías del atropello y el expolio ve confirmada una vez más, por si hacía falta, su inviabilidad en la práctica actual.

El Sr. Massa es, desde luego, un kirchnerista de la primera hora y colaboracionista destacado en esta década infame, como integrante cabal del gobierno más corrupto y fiscalista de nuestra historia.
No deberíamos llamarnos a engaño: en el peor de los escenarios probables será un mero continuador en nuestro descenso hacia Argenzuela y en el mejor, un nuevo y simpático “iluminado” que hará (como de costumbre) todo aquello que no dijo que iba a hacer, sin salirse del clásico formato de negocios justicialista. A saber: corrupción, nepotismo, lobby empresario-sindical anti competencia, parches dirigistas sobre nuevos formatos estatistas, violencia impositiva, legislativa y mediática hacia adentro, aislamiento con victimización hacia afuera y (lo más importante para la decadencia sustentable) renovados relatos con pan y circo clientelista.
Con el agravante de que (omertá y/o “carpetas” mediante) el hombre garantizará impunidad y goce de fortunas malhabidas al elenco de traidores a la república y demás ladrones salientes que hoy se encuentran en turno de comando.

Hechos todos de una progresión previsible dentro del modelo democrático en curso, que a nadie deberían sorprender. Su hoja de ruta, por otra parte, es conmovedoramente simple: esclavizarnos por otra década para enriquecer a la siguiente banda.

El problema de fondo es, claro, el deseo de la mayoría de la gente de querer ser esclava… empujándonos a todos al arrodillamiento.
Es la cobardía, el miedo a ponerse de pié y plantarse frente al amo. A darle unas buenas pateaduras y quitarle el látigo para después hacerle pagar todas las humillaciones nacionales, trabajos forzados,  pobrezas y saqueos soportados.
Lo que Argentina hoy necesita es reemplazar esas dudas y temores por valentía; por quite de colaboración con desobediencia civil para cambiar la historia, como hicieron Belgrano, San Martín, Güemes o la misma Juana Azurduy, aunque en clave gandhiana.

Porque el gran vampiro, el gran amo oscuro es el mismo Estado, más allá de los “padrecitos” políticos trepados a su torreta artillada.
Ese Estado que nos condicionó desde la infancia para que lo viéramos como una institución salvadora y necesaria cuando en realidad es el resultado neto del sometimiento de las personas a su violencia. Una banda mafiosa con la que nadie firmó contrato alguno, que practica sobre pobres y ricos la extorsión más brutal a cambio de “protección”.
Una organización básicamente parasitaria que trata de convencernos de que es “legítimo” que sus integrantes vivan su confort a nuestra costa, nos guste o no. De que es “legal” y normal que nos desplume con sus impuestos, que nos abrume con su burocracia, que nos mate con su ineficiencia policial y que se burle de nuestra honradez, controlando y condicionando cada aspecto de nuestra forma de vida.

Siendo por demás evidente a esta altura, que la selección de sus integrantes por la simple fuerza bruta del número clientelizado, asegura que sólo personas muy peligrosas y sin frenos morales puedan llegar a la cima. Rara vez la gente buena o inofensiva.
Sus integrantes gozan, por añadidura, de una justicia especial heredada de las viejas prerrogativas del Rey (el “derecho público”), asegurando que la discrecionalidad de facto del gobierno sea garantía de riqueza también para multitud de oportunistas, pseudo-sindicalistas, empresarios cortesanos y vividores de toda calaña.
Traducido: todo lo que el Estado posee, hasta el último peso de su presupuesto multimillonario, es conseguido a través del robo. Jamás mediante intercambios voluntarios como el resto de nosotros.

Nuestro enemigo (y el de toda la humanidad) es ese Estado saqueador, depredador, rapaz y bestial que defeca a diario sobre nuestros derechos a la prosperidad y los de nuestros hijos.
Motor de un bien aceitado sistema de crimen social e injusticias, de delincuencia y opresión, que debemos combatir en nuestras plazas, en nuestras calles y en nuestras casas en toda forma pacífica imaginable y usando toda oportunidad de rebelión posible.

 La existencia de este leviatán se basa, en definitiva, en un solo argumento: la población es numerosa y los recursos a repartir, escasos. Abierta la posibilidad de conflictos ¿qué mejor que un Estado ecuánime garantizando la paz social; decidiendo en última instancia quien tiene razón en cada conflicto?
Falacia ingenua que cae tras advertir que es esa misma justicia monopólica y oficial (uno de sus 3 poderes) quien decidirá sobre los desacuerdos que (a través de sus legislaciones) involucran al mismo Estado. Ocurriendo en la práctica que el propio Estado provoque innúmeros conflictos de coacción reglamentaria para luego “resolverlos”, desde luego, en favor de su propio statu quo. Y como casi todo conflicto tiene su origen en el intervencionismo, se trata de una receta pensada para aumentar sine die su poder y peso.

Los honestos y mansos deberían acelerar la historia doblando la apuesta kirchnerista: apuntando a “democratizar” no ya la Justicia sino la entera democracia populista, finalmente entendida en este siglo XXI como… la estafa más grande de todos los tiempos.
Ya que por más maquinaria artillada que tengan, de última todo depende de la actitud de obediencia servil o no de cada gobernado. De su deseo o de su rechazo por una ruinosa “seguridad”: la de ser (por siempre) otro siervo, respetuoso de los oscuros Señores de la Política y de su sacro monopolio triturador de libre albedríos.

No será hoy ni mañana pero es con este norte revolucionario en mente que cada votante debería orientar apoyos hacia quien mejor represente su más profunda rebeldía a ser usado como medio, al servicio de acciones que le repugnan.
Para ser un día (no tan lejano) respetado como fin individual en sí mismo, anterior, más valioso y absolutamente superior al Estado.



Más Bases para el Repudio

Julio 2013

Lo que en la actualidad se entiende por “justicia distributiva” es solo el reverso de la moneda en cuya cara anterior se encuentra la “justicia retributiva”.
Para la mayoría que gusta mirar la realidad sin girar la moneda, es decir para quienes se centran en el “recibir” pasando por alto las implicancias del “dar”, los impuestos son la herramienta adecuada para ser y (sobre todo) parecer una sociedad justa en aquello que se supone más importante o urgente: lo distributivo.
Esta tan “justa” visión implica, empero, esconder bajo el poncho algunas incómodas aceptaciones. Veamos.

¿Alguno de nosotros acepta el principio que habilita a ser propietario de otra persona, como podríamos serlo de una vaca o de un automóvil? Desde luego que no. Nadie tiene derecho a poseer ni por tanto a usar contra su voluntad a otro ser humano. ¿Puedo ser propietario en parte (copropietario) de una casa o de un caballo? Eso sí. ¿Y acaso propietario en parte de alguna mujer u hombre? Otra vez no. De ninguna manera. La única propiedad válida de personas sigue siendo la instituida hace siglos por el liberalismo: la propiedad sobre uno mismo. Está claro que las demás personas nunca son equiparables a animales; mucho menos a objetos. Lo contrario sería volver a aceptar el principio que habilitaba la esclavitud.

Cuando una parte de la sociedad opina (y vota) en favor de un gran Estado paternalista, lo que hace en verdad es contratar a algunos profesionales (políticos) para que se apropien de parte de las actuaciones de otras personas, se queden con un porcentaje y distribuyan “paternalmente” el resto.
Quitar a alguien parte del resultado de sus trabajos o acciones es apoderarse de parte de sus horas. Para aplicarlas luego a aquello que los políticos decidan sin importar la opinión de quien las trabajó. Lo cual constituye, sin duda, una clase de trabajo forzado.

Aunque esos mismos votantes se negarían a forzar a trabajar part-time para la comunidad a quienes (por la razón que sea) no trabajan.
En efecto: pareciera no ser moralmente válido apoderarse, por ejemplo, del tiempo libre de un vago, una hippie o cualquier residente sin empleo ni inscripto en la Impositiva, sometiéndolos a alguna clase de trabajo temporal forzado. ¿Tampoco lo será aprovecharse de las horas de ocio de los trabajadores que, pudiendo hacer trabajos extras y ganar más, no los hacen prefiriendo relajarse?
Porque quienes sí prefieren trabajar más y ganar dinero extra para ahorrarlo en lugar de descansar, sí son sometidos en esas mismas horas extras a un trabajo forzado adicional de tipo impositivo.

Algo huele mal en Dinamarca ¿no? Sobre todo sabiendo por experiencia histórica que es justamente más trabajo honesto y duro lo que crea riqueza social (de todo orden y… ¡antes de impuestos!) para el conjunto. Quienes eligen producir más con sacrificio personal, quedan así obligados al trabajo forzado en beneficio de terceros mientras los que eligen en esas horas jugar fútbol, dormir o planear negocios políticos parasitarios con sus amigos, no.

De esta manera y a poco andar, la lógica distributiva dominante termina desalentando la acumulación de capital comunitario. Restringiendo con fuerza lo que laboriosos locales y foráneos podrían realizar, ahorrar, consumir y reinvertir; es decir, multiplicar.
Pero la grieta se torna boquete en la represa, cuando reparamos en que privar al que produce de decidir sobre el destino de lo que esas horas de trabajo produjeron, implica un derecho de propiedad parcial del político profesional sobre el trabajador contribuyente. Los votantes individuales que dieron poder a su empleado público son entonces copropietarios de personas contribuyentes, quienes se ven reducidas -a todo efecto teórico y práctico- a la condición parcial de esclavos. Una posibilidad negada enfáticamente, por aberrante, algunas líneas más arriba.

No puede negarse que la filosofía moral (no robar, no esclavizar, no vengarse, etc.) marca los límites de la filosofía política. Lo que la gente puede y no puede hacerse entre sí limita lo que puede hacer a otros utilizando como arma el aparato represor de una república.
Siguiéndose de suyo que lo que es válido para las “horas extras” es válido para el total de la fiscalidad coactiva, tornando inmoral y por tanto limpiamente repudiable al Estado que base su accionar distributivo en este tipo de execrable violencia esclavista.

Cuando afirmamos que nuestra Constitución de 1853 es sabia, lo hacemos basados en la virtual anuencia ciudadana a su “Contrato Social”, lograda en aquellos días mediante la interpretación veraz de su espíritu cual es la prescripción de un modelo de Estado Mínimo, ese sí, moralmente válido.

La diferencia con el Estado multi-opresor de hoy estriba en que este viola el derecho de la gente de no ser forzada a contribuir en cosas que le repugnan, mientras que una autoridad limitada a las funciones de aplicación de justicia en el cumplimiento de contratos, de efectiva seguridad frente a toda amenaza, robo o fraude y subsidiaria con inteligencia práctica en lo demás, no lo viola. Porque se trata de un modelo de Estado donde algunos pagan efectivamente más, sin ser forzados, para que los menos afortunados puedan ser protegidos -por lógica y por ética pero además por directa conveniencia de mercado- junto con ellos mismos, siendo entonces distributivo sin menoscabo de la justicia retributiva (la primera cara de la moneda).


Nuestros convencionales no eran tontos. El audaz ensayo de libertades públicas con individuos que no pudiesen ser usados como esclavos, que prometía colocar al pueblo argentino por encima de casi todos los demás, nos elevó durante 80 años. La decadencia que siguió fue el  justo castigo por ceder a la inmoralidad de Estado.




Es la Libertad, Estúpido o "avivando a la gilada"

Junio 2013

Un amigo viajero nos transmitía hace poco su asombro, tras pasar unos días en Singapur.

Conocido por sus espectaculares torres de vidrio y acero, Singapur es un pequeño país independiente ubicado en el sudeste de Asia. Una isla minúscula de poco más de 700 kms2, sin recursos naturales pero con una población que supera los 4,5 millones (después de Mónaco, la mayor densidad demográfica del planeta).
Su expectativa de vida promedio es de 81 años, están alfabetizados en un 92 % y su ingreso anual por habitante supera los 60.500 dólares (la Argentina actual apenas llega a 17.700).
Educación, salud, seguridad,  justicia, infraestructura y en general todos sus bienes y servicios públicos se ubican entre los mejores y más eficientes del mundo.
No tienen deuda externa ni son “paraíso fiscal” y el índice de desempleo es menor a 2 % lo que significa, técnicamente, cero subempleo o paro laboral involuntario. Es más: hay más millonarios per cápita allí que en ningún otro país: uno de cada seis ciudadanos es dueño de más de 1 millón de dólares y si hablamos de ingreso familiar, los singapurenses están asimismo al tope del ranking.

¿Cómo fue posible que un sitio que durante siglos no fue otra cosa que una sucesión de poblaciones paupérrimas, pantanos y basurales pasara a convertirse en meca de comercio e inmigración calificada internacional; en una de las súper-ciudades más avanzadas y envidiadas de la tierra con ciudadanos que ya transitan el híper-primer mundo? La respuesta nos abofetea con solo caminar sus calles y mirar en derredor: fue su libertad económica.

La corrupción en Singapur es casi inexistente y la burocracia dirigista está reducida al mínimo haciendo fácil, en consecuencia, iniciar y hacer crecer cualquier clase de negocio.
Tratan bien a quien se apreste a invertir y competir, empezando por una presión impositiva moderada que opera atrayendo cada vez más capitalistas serios; exiliados fiscales de otros  sitios.
Por caso, un emprendimiento que genere ganancias por 100 mil dólares al año, sólo tributará alrededor del 1,2 % mientras que otro de 1 millón anual lo hará por menos del 12 % y si la inversión es muy importante, el gobierno premiará al empresario con tasas especiales, menores al 10 % de impuestos totales.
Los emprendedores creativos, su energía y talento son especialmente bien recibidos por las autoridades facilitándoles al máximo los trámites de residencia, financiación bancaria y logística operativa.

Ciertamente, su gobierno quiere hacer crecer (y rápido) el “pastel” económico nacional logrando así tajadas mayores para todos.

Una clara lección de apertura mental, libertad de negocios, seguridad jurídica y clima pro empresario en tiempo real para una Argentina como la nuestra, tan poco libre. En la que hay que pedir permiso y pagar peaje hasta para ejercer los derechos más elementales. Con un mercado interno a la defensiva; golpeado y anémico. Casi sin inversiones aunque desesperada por incrementar cada día las regulaciones estatales sobre su economía.
Una Argentina intoxicada con reinterpretaciones mafiosas de su Constitución. Y que impone a su gente un “pastel” a repartir en franco achique e impuestos elevadísimos, a los que debemos añadir la 2º tasa de inflación y corrupción más altas del mundo.

Resulta impresionante ver qué tan rápido puede crecer y florecer un pueblo tan carente de todo, mediante la sola decisión política de orientarse hacia lo obvio; hacia lo que todos y cada uno de nosotros queremos: poder quedarnos con aquello que ganamos honestamente, sin sufrir palos en la rueda en el proceso de lograrlo.
Porque el 90 % de lo demás -incluido lo solidario- viene solo.

Si bien los mercados no tienen la culpa de que hayamos elegido una pareja presidencial tan ladrona como incompetente, que nos hizo desperdiciar estúpida, criminalmente los mejores 10 años de “viento de cola” del siglo, sí la tienen los 11.601.000 clientes/cómplices que votaron por el oficialismo en las últimas elecciones.
O los “conciudadanos” que volverán a votarlo en Octubre de este año, a sabiendas de la catadura moral e intelectual de sus candidatos.

11 millones seiscientas mil mujeres y hombres que eligieron forzar, en Octubre del 2011, a los 30 millones seiscientos mil argentinos restantes a alejarse de la senda de la riqueza nacional. Del ejemplo de sentido común capitalista de Singapur y de otras sociedades inteligentes que hacían (y hacen) lo correcto.

Desatar la energía innovadora de la libertad para crear riqueza social a mayor velocidad y con más efectividad que otros pueblos implica darse cuenta de un par de cosas. Lo que en “argentino básico” significaría avivar a la gilada para que la gente del llano, los 30 millones hoy esclavizados y esquilmados a causa de esos otros 11 millones, se libere y decida… sobre su progreso y el de sus hijos.

Es necesario entonces dejar que los empresarios arriesguen, compitan y eventualmente se arruinen por las suyas evitando nuestra estúpida manía intervencionista, que sólo logra hacer posible que algunos de ellos se aprovechen de limitaciones artificiales y sobrecostos asimétricos eludiendo la competencia. Y por ende bajando la productividad-país, además de alentar negociados y torpedear la llegada de nuevos emprendedores y capitales.
Y es necesario comprender que los gobiernos, más que a maximizar la riqueza social apuntan a asegurar la creación de valor… accesible al Estado (fácilmente colectable a través de sus impuestos).

De donde se sigue que siempre y sin excepción en lo que respecta a gobierno y Estado, para el pueblo, menos será más.





Traición

Junio 2013

El notable jurista romano Marco Tulio Cicerón, un personaje que a lo largo de la historia ha sido considerado ejemplo de honor y rectitud, dejó como parte de su legado algunas reflexiones notables.

Entre las que revisten increíble actualidad en nuestro medio y refiriéndose al tema de la traición, escribió lo siguiente: “Una nación puede sobrevivir a sus locos y hasta a sus ambiciosos; pero no puede sobrevivir a la traición desde dentro. Un enemigo que se presente frente a sus muros es menos formidable, porque se da a conocer y lleva sus estandartes en alto; pero el traidor se mueve libremente dentro de los muros, propaga rumores por las calles, escucha en los mismos salones oficiales; porque un traidor no parece un traidor y habla con acento familiar a sus víctimas, teniendo un rostro parecido y vistiendo sus mismas ropas, apelando a los bajos instintos que hay ocultos en el corazón de todos los hombres. Roe el alma de una nación y trabaja secretamente amparado en las sombras de la noche para minar los pilares de una ciudad; infecta el cuerpo político de modo que ya no pueda resistir. Menos temible es un asesino. El traidor es como el agente portador de una plaga.”

Los redactores de nuestra Constitución Nacional de 1853 (no así los necios deformistas de 1957 ni los de 1994) fueron sin duda personas versadas en sabiduría clásica.
En su duro Art. 29, el que habla de los infames traidores a la patria, demuestran con claridad el haber tomado nota de las tragedias del pasado y de las amenazas “desde dentro”… a nuestro porvenir.

Comprendían muy bien las flaquezas del espíritu humano. Sabían del poder corrosivo de la demagogia intervencionista y de sus campeones: despreciables multiplicadores de indigencias morales y materiales sobre las que luego cabalgarían.
Preveían el advenimiento de individuos carentes de un código que les impidiese mentir, robar o violar libertades públicas y derechos privados; que procurarían escalar el Estado por cualquier medio incluyendo traiciones pero también coimas, difamaciones, aprietes y hasta homicidios.
Y que cuando llegasen al Olimpo del poder gubernamental mantendrían su estatus de impunidad a cualquier costo incluyendo cambio de reglas, fraudes electorales, confiscaciones vengativas, extorsiones y complicidades mafiosas. Corruptos que a través de su accionar infligirían pobreza innecesaria, vergüenza y desesperanza a multitud de infelices tan des-educados como manipulables.

Los convencionales del ’53 comprendían de lo que hombres y mujeres sin principios serían capaces, si se los habilitaba a manejar sin más la temible maquinaria represora de un Estado. Intuían, sin conocerlos, los modelos gemelos de Chávez y Kirchner.
Y asumían que si iban a prohijar una gran nación debían matar nonato al leviatán infame que se oculta tras toda democracia: la más despreciable y pertinaz forma de dictadura, que es la que clava espuelas a lomos de mayorías estupidizadas.

Los argentinos que los rodeaban, los que llegaron en aquel entonces al acuerdo de una Constitución consensuada, eran gente enérgica en su disposición de sacrificio por la patria, en su sentido común y en su consecuente respeto por la libertad ajena. Un pueblo de pie, poco dispuesto a seguir dejándose atropellar por caudillejos ignorantes.
Lo que procuraron aquellos constituyentes hace 160 años fue, ante todo, mantener vivo ese nuevo “nervio” nacional encadenando al Estado a la Ley Fundamental para evitar que deviniese delincuente y transformara a esa ciudadanía de pie en un hato de pusilánimes y sobre todo traidores a la Gran Argentina, resignados a declinar vegetando al servicio de algún vivillo de talante paternal.

Intentaron asegurarnos el futuro. Y lo lograron durante los primeros 80 años de vigencia alberdiana (en capitalismo & inmigración) pero fallaron en evitar el desbarranque de los siguientes 80, como vemos hoy día con impactante claridad: el hato de traidores aúlla en su apogeo y el modelo socialista contrario a toda libertad impera, estentóreo, sobre multitudes mientras la patria escora y se hunde a imagen del destructor Santísima Trinidad en el propio puerto.

Es evidente que a los regímenes democráticos -o pre democráticos como el nuestro, sin república ni federalismo- les resulta difícil integrar la preocupación por el largo plazo.
Las quimeras progre-populistas son, en este sentido, la corporización del mayor cortoplacismo posible con sus inevitables programas de más regulación, deuda, subsidios, confiscación impositiva y emisión, en proporción directa al retroceso de todas las libertades (y de la inversión productiva empresaria de riesgo a futuro, claro).

Todo líder político pondera la dificultad de hacer lo correcto y luego seguir siendo elegido. Pero no todos asumen que el poder da derecho a traicionar al país enriqueciéndose mientras se promueve el rechazo a las soluciones retributivas por mérito, siendo que todas las infamias y tragedias nacionales fueron hijas de la antítesis de la libre empresa: nuestra vieja violencia de Estado rasando hacia abajo.
Esta es la traición máxima, común denominador de 8 décadas: más que las violaciones a la Constitución y que el robo, la de matar nonata la posibilidad que tuvieron los más pobres de prosperar.

Lo dijo el gran Jorge Luis Borges ya en 1983: “Nuestro país sufre una derrota económica y lo que es sin duda más grave, una derrota ética”.


En Octubre tendremos una nueva oportunidad de seguir apoyando el engaño total de siempre; a insistir con el estatismo y su ristra de miserias o… de permitirnos dar un primer paso en el camino hacia la solución más evolucionada y definitiva: la libertaria.





Socialistas en su Salsa


Mayo 2013

El odio que suscitan las ideas novedosas, superadoras en los campos de la política y la economía que amenacen con tornar obsoletas preciadas creencias anteriores, es tan profundo e inexorable como el de las persecuciones religiosas ocurridas en tiempos pasados. Es, de hecho, el mismo tipo de rechazo irracional.

También es un hecho (y en modo alguno casual) el que en esta Argentina avergonzante que nos toca vivir, casi todos los partidos políticos sean de centro-izquierda.
Ya que incluso aquellos que no se definen de esa manera coinciden en postular un Estado dirigista; con fuerte presencia en la vida social y empresaria de la nación.
Podríamos afirmar así sin temor a equivocarnos que en mayor o menor grado, díganlo o no, la casi totalidad de la oferta electoral puede ubicarse dentro del amplio campo socialista.

Y el socialismo es justamente una de esas preciadas creencias anteriores bajo amenaza, que deberían ser mejor entendidas.

Porque se trata de una doctrina según la cual la vida y el producto del trabajo son propiedad social, no individual. Donde los seres humanos no tienen derecho a vivir buscando su propio bien. Y según la cual la justificación de la propia existencia consiste en servir a un Estado que puede disponer de cada uno como mejor le cuadre, con tal de conseguir el bienestar colectivo o tribal.
Objetivo que casi nunca se logra en la práctica por una larga lista de razones y excusas, todas muy humanas desde luego, y que cuando se logra es a un costo tan elevado que supera por mucho el valor global de las ventajas alcanzadas.

Puesto en el contexto de la valiosísima brevedad de una vida y de la alta prioridad que cada generación asigna al bienestar futuro de sus propios hijos, es grave.
Es muy grave que haya porcentajes tan mayoritarios de centro-izquierdistas argentinos sostenedores de una creencia que en todas partes produjo y produce, por defecto, una acumulación de lucros cesantes y daños emergentes tan pavorosa que nadie con algún nivel de responsabilidad política se atreve a mensurar.

El socialismo versa entonces sobre sistemas que sólo pueden ofrecernos, cuanto más, un lento declive y cuanto menos un freno de alto impacto a la iniciativa creadora individual, a la inversión reproductiva y al surgimiento de nuevas ocupaciones propias de este nuevo siglo, con nuevos paradigmas globales y millones de nuevos empleos sustentables (y de nuevos ex pobres).
Trata de antiguas creencias basadas en la amenaza sobre el manso y en lo no-voluntario (¿alguna duda? pruébese, sino, con despenalizar toda evasión tributaria: que la “vox dei” decida si les paga o no).

¿Queremos disfrutar de ciudades tecno-eco-amigables sin sucios cableados aéreos? ¿Queremos quintuplicar nuestras exportaciones agro-industriales? ¿Queremos una moneda prestigiosa y estable? ¿Queremos seguridad personal y Justicia implacables? ¿Queremos energía limpia y abundante? ¿Queremos impecables autopistas en cada ruta nacional y trenes ultra modernos? ¿Queremos educación privada (o símil privada) para todos? ¿Queremos una previsión social de primera? ¿Queremos más fuerza laboral y menos ni-ni? ¿Queremos diez o veinte etcéteras más en la misma línea de avance?
Cosas como estas podrían ser muy convenientes para gente evolucionada, para ecologistas, para viajeros, para consumidores, para inversores, para los más vulnerables, para jóvenes con espíritu, para los mayores, para los obreros… y también para los sindicatos.
En general para la buena gente con inquietudes, que deplora el robo y los aprietes. Las zancadillas, las mentiras y las extorsiones.

¿Queremos en verdad acercarnos a la meritocracia apoyados en el poder de una riqueza generalizada? Porque eso y no otra cosa son la justicia social y la redistribución de sus ventajas, bien interpretadas.
¿Queremos en realidad salir de nuestra creencia en la cleptocracia y la violencia, como método para lograr el desarrollo?
Podrá caer el kirchnerismo, desaparecer La Cámpora, los bustos y calles en honor de Néstor (y de otros sinvergüenzas) pero si seguimos aferrados a taras mentales cuasi religiosas, ninguna de nuestras potencias llegará, nunca, a ser acto.
Simplemente, seguiremos declinando. Sacándonos la alfombra bajo los pies unos a otros a través de altos impuestos y nuevas desinversiones. Con aprietes económicos más prolijos “conforme a derecho” pero… sin cambio alguno de paradigma.

A nivel global, el muy bien pago funcionariado de la burocracia internacional y las nomenclaturas políticas locales con todos sus privilegios bloquean disimuladamente, por supuesto, toda iniciativa que apunte -en lo comunitario- a migrar de las jerarquías (estructuras verticales con forma de pirámide) a las heterarquías (estructuras horizontales en forma de red). La informática en proceso de redes comunicacionales, sin embargo, trabaja sin pausa contra este neo-colonialismo cultural y en favor de la gente honesta del llano.
Así como el Papa y el capitalismo demolieron el muro comunista, la gente pensante en red demolerá los clientelismos estatistas.

En definitiva, como nos lo muestra el derrotero Ecuador - Venezuela - Cuba, no hay gran diferencia de objetivos finales entre socialismo y comunismo, excepción hecha de los medios: el comunismo trata de esclavizar a los individuos por la fuerza bruta mientras que el socialismo procura hacerlo por medio del voto clientelar. La misma diferencia táctica que hay entre el asesinato y el aborto.   

Dicen los sabios que toda verdad pasa por tres etapas. Primero, es ridiculizada. Segundo, es violentamente objetada. Tercero, es aceptada como obvia.




La Infamia como Laxante

Mayo 2013

En una Argentina en descomposición, sacudida por el gobierno más ladrón e incompetente de su historia, mientras la Constitución Nacional y los valores más sagrados de nuestros próceres caen por tierra, mucha gente se pregunta cómo pudimos rodar tan bajo y qué cosa son en realidad el Estado y las creencias que lo sustentan.
Porque sucede que el negocio político está dejando caer parte de su disfraz y en la desnudez de su barbarie, permite a los ciudadanos entrever sus miserias como pocas veces antes.

Quienquiera que se tome la molestia de indagar en los orígenes de la institución que aún hoy -pleno informático siglo XXI- sigue teniendo el poder de obtener dinero de las personas mediante la fuerza de las armas (en una caracterización operativa que comparte únicamente con los asaltantes) entenderá, a su vez, el origen de su propio desasosiego cultural, económico y hasta parental.

Tal como nos explica Mancur Olson (profesor, economista y sociólogo norteamericano, 1932-1998), el origen histórico del Estado como institución remite a la transformación de grupos de bandidos ambulantes en bandidos estacionarios. De nómadas saqueadores de comunidades rurales estables, a dominadores de ellas y cobradores de tributos que pasaron a convertirse, a partir de allí, en sinónimo de labor esclava.
O en sus propias palabras “…si el líder de una banda de bandidos ambulantes que solo encuentra pequeñas ganancias es lo suficientemente fuerte como para tomar control de determinado territorio y de mantener fuera a los otros bandidos, él puede monopolizar el crimen en esa zona y se puede convertir en un bandido estacionario”.
Constatación de ADN originario que nos aclara de dónde vienen, quiénes son, a qué se dedican y qué futuro pretenden las oligarquías políticas, sindicales y cortesano-empresarias estacionadas desde entonces sobre la temible maquinaria represora del Estado.

Genocidios, opresiones, hambrunas y el despilfarro de recursos e ideas más terribles y demoledores, más frenantes y masivos a lo largo de todo el periplo humano fueron siempre el producto de personas malvadas y/o incompetentes, cuya maldad e incompetencia se vieron multiplicadas por mil en la mencionada maquinaria. Nunca el resultado de individuos (ni empresas) actuando a riesgo y costa propia, por más perversos que hubieren sido. 

Contrario sensu, siguiendo a la joven y brillante intelectual ecuatoriana Gabriela Calderón de Burgos en su artículo Verdaderos Revolucionarios, “…la idea de que una nación deje de ser pobre gracias a individuos que buscan lucrar, no gracias a una clase política todopoderosa que dice desear el bien para todos, resulta increíble para la gran mayoría. Pero si miramos los hechos dejando a un lado la carga emotiva, hay fuertes indicios de que precisamente eso es lo que nos cuenta la historia del desarrollo de la humanidad”.

Origen del Estado. Desastres históricos de Estado. Desasosiego y dura constatación de que la sociedad crece no “por” sino “a pesar” del Estado… son pensamientos de absoluta actualidad en una Argentina que concluye este mes su Súper Década Infame.
Nuestra década perdida de este siglo. Tan infame en desperdicio de oportunidades, inmoralidades y traiciones a la república, que deja como niños de pecho a los protagonistas de la anterior década infame de los años ’30 del siglo pasado.

Puede que no sea necesaria otra guerra civil, 160 años después. Tal vez basten como laxantes la infamia, la pobreza crónica y la vergüenza por el atraso con respecto a otros pueblos para que todos se den cuenta de que el asistencialismo no conduce a parte alguna. De que votándolo, condenan sobre todo a sus hijos y a sus nietos.
De que los Binner, Kirchner, Solanas, Alfonsín, Scioli, Lavagna, Stolbizer, Buzzi, Massa y tantos otros que hacen de la redistribución forzada el núcleo de sus programas nunca nos van a conducir a parte alguna que valga la pena, porque el estatismo -siempre esterilizante- está impreso en su ADN político. Ellos seguirán canibalizándonos, cual dinosaurios de evolución trunca. Como tantos jóvenes mentalmente viejos de nuestro país, verdaderos antipatria, “killers” de ignorantes, que trabajan en favor del clientelismo y de una estabilidad igualitaria en la pobreza.

La solidaridad obligada a través de impuestos anti-inversión para subsidiar corrupción y vagos improductivos no sirve.
Sólo debe ser usada en forma quirúrgica, nominal, como paliativo específico y dentro del esquema de transición hacia una Argentina poderosa. Absolutamente libre, abierta, inteligente, captadora de cerebros y de grandes capitales, original y creadora, pujante y competitiva, de riqueza extendida, Justicia implacable y con 90 % de clases medias donde el asistencialismo deje -casi- de ser necesario.

Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o (más allá en el futuro) ningún Estado detentando el monopolio de la fuerza para cooptar labor ajena (v. gr. tributos coactivos). ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias!
Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías!
Ahora todo es democracia intervencionista pero señores, señoras, jóvenes ¿saben qué?… la noche está en pañales (y la caballería tecnológica galopa bajo las estrellas en nuestra ayuda).

Asumámoslo: en el largo camino del pueblo hacia la libertad, la democracia liberal es un paso válido que podría conducirnos hacia nuestro siguiente escalón ascendente: el Estado Mínimo.




Igualitarismo Económico


Abril 2013

Al tiempo que nuestra Argentina intenta ingresar derrapando y con  acelerador a fondo en la recta totalitaria, nos parece apropiado insistir brevemente sobre la “cuestión igualitaria” en lo que respecta a las diferencias entre ricos y pobres.

La liberación de la miseria socialista (o intervencionista) insumirá a nuestra sociedad un largo tiempo, sin duda. Principalmente porque el atractivo mental que el “control” estatal sobre los exitosos ejerce sobre los bajos instintos de la gente (que desea que “no se escapen” demasiado lejos del promedio), es enorme.
Debemos tomar en serio el dato de que el pecado capital de la envidia (y su alter ego político, el igualitarismo económico) se traduce hoy en una pulsión nacional frenante, con serio peso electoral.

Ya está claro que este tipo de tendencia en países rezagados como el nuestro sólo conduce a una miseria crónica, institucionalizada y progresiva, tal como la que tenemos. Y en países más (previamente) desarrollados -como algunos del hemisferio norte- a internarse en una ciénaga de paternalismos infinanciables, como puede verse en sus cada vez más recurrentes crisis de deuda, fuga de capitales, ralentización del crecimiento y paro juvenil.
En todos los casos se intenta llegar a un inasible equilibrio entre el poder creador del capitalismo basado en la idea del afán de lucro y el poder desmoralizante de los impuestos basado en la idea de la solidaridad forzada; concepto contradictorio en sí mismo que, además, carece de justificación práctica.

A pesar de todo el voluntarismo socialista (que procura dar cauce político a la pulsión negativa de la envidia) y de la mala prensa siempre reservada a las aplicaciones capitalistas y a conceptos como propiedad privada o sociedad abierta, sucede que la Historia se ha emperrado en mostrarnos una y otra vez cómo, allí donde las iniciativas de los individuos prevalecen sobre las restricciones del Estado la sociedad florece en poder, bienestar y riqueza. 
Y nos ha mostrado también que a mayor dosis de audacia capitalista se corresponde un mayor impacto en “bien común” sustentable, a la inversa de lo que se ve en los casos de control intervencionista.

El periodista y escritor Carlos Alberto Montaner nos acerca un ejemplo reciente de lo anterior en su brillante artículo “Las tres duras lecciones de Corea del Norte”, donde compara la evolución gemela de ambas Coreas a partir de 1953 (la totalitaria del norte versus la liberal del sur), en una de cuyas partes expone “…sesenta años más tarde, Corea del Sur tiene 32.400 dólares per cápita (dos veces el ingreso de Chile, el país más rico de América Latina), mientras Corea del Norte apenas alcanza los 1.800 (la mitad del de Nicaragua, el país más pobre de América Latina)…”
Ambas habían partido por igual de un ingreso per cápita menor al de Honduras, en aquel entonces el país más pobre de Hispanoamérica.

El capitalismo liberal y más aún su futuro, el anarcocapitalismo, son los sistemas que tienen, por lejos, el mayor potencial de aumento de bienestar para el mayor número y en el menor plazo para cualquier grupo humano. 

Poder libertario verificable una y otra vez, parcial o totalmente a lo largo de toda la experiencia histórica.

Potencialidad que implica “dejar hacer” (e invertir) a emprendedores de todo tipo en toda clase de negocios sin que el gobierno los entorpezca ni despoje.
Y que implica “tolerar” que algunos (o muchos) de ellos se enriquezcan por derecha y en gran forma, separándose del resto (ese es el estímulo, precisamente). Y no sólo tolerarlo sino facilitarlo, para que cada vez haya más propietarios interesados en mejorar y proteger su propiedad y menos proletarios interesados en robar la del vecino como estrategia de supervivencia.

Ese humano afán de lucro y esas desigualdades tan opuestas a la idea igualitaria, sin embargo, no significan menos solidaridad sino más. Como puede verse en los casos de tantos multimillonarios del hemisferio norte que financian enormes fundaciones filantrópicas no clientelares, que generan empleo y brindan todo tipo de ayudas.  Más que muchos Estados corruptos, por cierto.
Aún así ellos sólo serían entre nosotros la punta de un iceberg social mucho más amplio, donde el crecimiento en número y poder económico de la clase media multiplicaría por cien el impulso solidario. Presunción confirmable con sólo ver la fantástica reacción de la ciudadanía argentina ante cada emergencia “natural” que se presenta. ¡Aún entre pobres! (o más bien… entre empobrecidos).

Una sociedad audaz, capitalista sin complejos, rica, tiene entonces menos carenciados y mucho más poder solidario. Una fórmula perfecta y por demás obvia a la que podríamos llamar, siguiendo el razonamiento de Ayn Rand (valiente filósofa y escritora, 1905-1982), “la virtud del egoísmo”. O como diríamos los libertarios, el aprovechamiento social inteligente de las tendencias más fuertes y permanentes de la naturaleza humana.

Dos obstáculos impiden el acceso de nuestra nación (que como nuestro papa, bien podría llegar a ser prima inter pares) a este círculo virtuoso: por un lado, el statu quo de las oligarquías política, sindical y cortesano-empresaria, con sus privilegios dependientes del forzamiento impositivo-reglamentario de la población. Y por otro, la estupidez casi masiva de la gente en dejarse usar por ellos bajo el embrujo de suciedades contraproducentes como el resentimiento social, azuzado en nuestra fragua estatal del odio de clases.

El objetivo libertario de una Argentina poderosa e integrada no depende sólo de dinero y dádivas, entonces. También depende de instalar entre el cuartil más postergado del electorado -elevándolo en la superación de la envidia- que lo inteligente, lo que debe importarnos, es eliminar la pobreza y no la desigualdad.




Voto Esclavo y Resistencia


Abril 2013

Volveré y seré millones de votos esclavos, podría haber dicho alguna demagoga de ley visto que la democracia, cuando es lastrada con demasiados millones de empleados públicos, de odiadores, de vagos, envidiosos e indigentes desesperados deja de ser un sistema civilizado de organización social.

Se transforma, como alguien dijo hace poco, en simple método para el arreo de ganado clientelizado.
Animales humanos usables (como cualquier bestia de servicio), con supervivencia gatillada a los “planes sociales” suministrados por un grupo de vivillos operando con dinero que no les pertenece.
La democracia republicana, representativa y federal deviene así en poco más que una bomba lubricadora de votos delincuentes, aunque (podría decirse, forzando la empatía) de electores cuasi inocentes por pura estupidez condicionada.

En dos palabras, voto esclavo.

La única forma de que algo así funcione superando la estupidez general, es que esta sea controlada por una élite inteligente.
Como la que operó a pesar de todo y con notable éxito durante los 80 años de progreso que siguieron a la sanción de nuestra Constitución (desde 1853; hace 160 años). Élite desaparecida en acción durante los siguientes 80 de decadencia (hasta 2013), reemplazada por los referidos grupos de vivillos.

Motivaciones diversas y muy distintos resultados, con forzamientos similares. Con el fraude patriótico de los caudillos conservadores durante el primer período o con el fraude clientelar de los punteros estatistas durante el segundo, pero siempre con el mismo voto falseado.

Un mal sistema que nos hizo subir a patadas violando el mandato electivo de la Constitución para luego hacernos declinar a trompadas violando, además, su mandato económico.
Retrocediendo durante la caída hasta el actual modelo jurásico donde la mayoría simplemente arrolla a las minorías, donde las leyes devienen arma y refugio de opresores antes que defensa de oprimidos y donde los cruciales derechos humanos de libertad y propiedad (base de todos los demás) se ven reducidos a materia residual opinable.

Algo no aceptable para que la totalidad de la población lo avale en tanto “contrato social” nacional de respeto y trabajo honesto.

Como sucede con los agropecuarios, a los que el Estado quita más del 80 % de su renta, a pesar de tener profundamente invertidos en el país grandes capitales, lícitamente adquiridos. Y que la quita sin mensurar las consecuencias en lucro cesante y daño emergente del conjunto (es decir, del bienestar popular) a largo plazo.
De hecho, se ha creado una situación en la que gran parte de la ciudadanía no avala -ni firmaría- en modo alguno el “contrato” de facto vigente cimentado en el voto esclavo y que nada tiene que ver con lo acordado hace exactas 16 décadas, en nuestra carta magna.

La pusilanimidad de los pueblos es proverbial cuando de rebelarse para destituir y encarcelar a los falsarios se trata aún cuando, como en nuestro caso, la Constitución lo prescriba con dureza.
Antes bien los ciudadanos suelen dejarse empujar, arrinconar, robar y matar en vidas miserables, presas de miedos y falsas esperanzas. 
Como lo probaron las interminables filas de mansas personas de bien insultadas, usadas y luego exterminadas en el Gulag de Stalin, en los campos de Mao, en el Reich de Hitler o en el violento eje corrupto de Castro y Chávez, excremento ideológico de anti-valores al que los sindicatos “docentes” (¿?) de nuestro país adscriben.

Caminando en filas como aquellas y más allá del voto esclavo, una importante mayoría de argentinos cree todavía en la magia del control socio-económico centralizado. Autoritario. Mesiánico.
Mas los delirios mágicos devienen fatalmente en delirios de persecución, transformando de a poco la planificación centralizada de la vida de la gente en un reinado del terror.

Equiparando esta experiencia trágica a un juego para su mejor comprensión, podríamos asimilar los problemas de nuestra sociedad a los planteados por mil partidas de ajedrez jugadas en simultáneo. De este lado, las figuras negras; de aquel lado, las blancas.
Nuestro líder dirigista pondría entonces a trabajar a sus funcionarios: celular en mano para dar órdenes, algún ministro sería responsable del movimiento de todos los alfiles y otro, de todas las torres. Procediendo así con cada tipo de piezas negras (peones, caballos etc.) a lo largo de la fila de tableros, el resultado previsible sería… una aplastante victoria para los ajedrecistas del bando blanco.

¿No hubiese sido mejor dejar a los funcionarios sin “ordenar” nada y a los ajedrecistas del bando negro tomar sus propias decisiones acerca de cómo y cuándo mover un caballo o una torre?

Si la línea de los tableros fuese la cordillera de los Andes, los chilenos serían sin dudas los jugadores de piezas blancas: sin hacer ninguna maravilla con su apocado gobierno de centro-derecha, Chile confió más que nosotros en su gente, en su cooperación espontánea e iniciativa privada. Eso fue suficiente para que en estos últimos 10 años (y a pesar del terremoto sufrido) nos “pasara el trapo” dejándonos atrás en todas las  mediciones de desempeño comparativo, empezando por las de educación, pobreza e inclusión.

Hoy, elegir izquierdas es ser colaboracionistas en la infame traición a la patria marcada por el voto esclavo. Votar menos Estado y más Sociedad, menos regimentarismo y más libertad de industria a todo orden es, en cambio, ponerse del lado correcto: el de la Resistencia.




Egoísmo y Utopía


Marzo 2013

¿Son los libertarios unos locos utópicos? ¿Es su norte económico capitalista, contrario a los impuestos, una idea egoísta y disolvente?

Quienes -tras un viaje intelectual que bien puede llevar una vida- arriban al puerto libertario, tienen muy presente la actual creencia mayoritaria que, en diferentes grados, avala (o tolera) al estatismo. Y que lo hacen pensando en problemáticas concretas que refieren en definitiva a la igualdad de oportunidades.

Asuntos comunitarios que van de la educación pública a la asistencia de pobres y desvalidos, pasando por la protección de derechos individuales, la sustentabilidad ambiental, el coto a los abusos laborales o la seguridad, entre muchos otros.
Problemas tan apasionantes como mal resueltos, que generan un gran desafío a la inteligencia y a la creatividad aplicadas, rubros, por otra parte, en los que el liberalismo ha estado siempre a la vanguardia habida cuenta de su natural innovador y de su consecuente eficiencia legal-económica, generadora de la confianza que se necesita para estimular a la gente más emprendedora y para atraer el capital de riesgo necesario a cada área potencial de avance.

La energía y velocidad de acción de esta fórmula ganadora es lo que los libertarios, eventualmente, llevan a un nivel superior.

La opinión mayoritaria que hoy avala el estatismo, no cree que un sistema basado en acuerdos voluntarios sea una forma razonable de organización. Les parece evidente, en principio, la dificultad de coordinación que tendrá cualquier grupo de individuos que se esfuercen en realizar diferentes partes de una tarea en común (la construcción de una sociedad justa), accionando libremente sin un gobierno nacional que los discipline ni un plan que los guíe.

Sin embargo es exactamente lo que sucede con la comunidad científica y con el avance continuo de las ciencias, tanto teóricas como aplicadas: la investigación académica es mayormente libre y su coordinación y validación (o rechazo) a lo ancho del globo, espontáneas. La única condición para que esto sea posible es que exista un propósito subyacente (el avance del conocimiento a través del “método” científico) y que cada aporte se evalúe en relación con ese propósito. Así, cada aporte contribuye de manera espontánea con la práctica científica que se revele más eficiente y cientos de miles de acciones sin coordinación aparente proveen con gran efectividad el basamento diario para el avance de nuestra muy compleja civilización tecnológica.

Existen lamentables ejemplos históricos de lo que sucede cuando la planificación estatal pretende dirigir y coordinar las investigaciones científicas, como fue el caso en la Unión Soviética, orientándolas según criterios políticos y a través de actitudes totalitarias.
Cosa que ocurre aquí con el (des) manejo central -con criterios políticos- del ingreso, del gasto, de los valores relativos y de las relaciones contractuales entre 40 millones de particulares.
Un ámbito por lo menos tan complejo como el del avance de la ciencia. E igualmente apto, desde luego, a ser coordinado en forma espontánea y cooperativa por los propios interesados.

Situación libertaria que no implicaría el tan temido relajo de controles sino una intensificación de los mismos, habida cuenta de la fuerte competencia (e intenso premio al mérito) que imperaría en todos los sentidos sociales. Aplicando máxima presión sobre más empresas privadas en enérgico crecimiento cuanti y cualitativo, fuertes demandantes a su vez de empleo e insumos.
Un entorno más difícil para empleadores obligados a ceder en sueldos, “bonus” y participaciones (que percibirán condicionadas a su propia supervivencia), que para empleados pactando modalidades personalizadas, con re-calificaciones y entrenamientos laborales pagos crecientes. Una manera de invertir el reloj de la historia en favor de los asalariados, dando el puntapié inicial de un proyecto que incluya muy en concreto a los más pobres (hoy clientelizados).

Cosa que reduciría muy rápidamente las necesidades solidarias de nuestra sociedad a una fracción de las actuales, tornándolas manejables por medios no delincuenciales. Post estatales.

Una situación que podría darse fluyendo suavemente hacia un  capitalismo de vanguardia ultra tecnológica como el descripto por el brillante economista, filósofo y catedrático español Jesús Huerta de Soto (n. 1956).
Basándonos en los nuevos y superadores conceptos de eficiencia dinámica surgidos como natural derivación de los procesos más modernos de mercado, impulsados por la enorme potencialidad (a un tiempo creativa y coordinadora) de la función empresarial.  Entendida como la capacidad del empresariado para buscar, descubrir y superar coordinadamente los diferentes desajustes sociales que se presenten, en beneficio de la comunidad y de su área en la nueva red inteligente (horizontal y sin “coronitas” políticas).

Un capitalismo modelo siglo XXI que deje atrás los viejos paradigmas paretianos de eficiencia estática que siguen enseñándose en las universidades del atraso y que aún nos frenan y empobrecen.
Y tal vez lo más significativo: asegurando a su través la relación simbiótica entre economía y ética. Porque la no violencia libertaria presupone la responsabilidad social y moral empresaria tanto como la del trabajo. Tal como que no es posible construir un sistema virtuoso partiendo de dinero sucio; manchado en la sangre de una extorsión mafiosa. Como la implícita en la feroz agresión impositiva que los dirigistas pretenden hacer pasar por… ética.

Es claro que los avances sociales logrados mediante la “inteligencia en red” (como en las ciencias) no pueden ser obtenidos mediante ninguna técnica de coordinación por  manu militari.
Y asimismo lo es que hasta los más impactantes logros de la mutua y espontánea adaptación no están exentos de defectos y que siempre son relativos ya que lo libertario no es dogma coactivo (como nuestro nacional-socialismo) sino búsqueda en libertad, de lo mejor.  

No debería perderse de vista que el libertarianismo argentino actual, entendiendo de manera cabal la necesidad de evitar cambios traumáticos, adhiere al postulado de la tendencia.
Al convencimiento de que, aunque nunca se llegue al ideal, basta ponerse en marcha hacia el objetivo correcto para que la propia dinámica de las fuerzas económicas y sociales (o de mercado) guíe, mejore y acelere gradualmente el rédito comunitario del proceso.
Ya que una tendencia firme y explícita hacia la más honesta igualdad de oportunidades, contraria a cualquier tipo de privilegio, dentro de un marco de absoluto respeto a las garantías y derechos personales y a la más irrestricta libertad de empresa, redistribuirá riqueza casi desde el inicio demostrando el enorme poder de aquel círculo virtuoso donde el bien llama al bien y el beneficio social, a más beneficios. Sin violencia de arriba dando ejemplo a la de abajo.

Se trata ante todo de un sistema ético cuyo “descubrimiento” tiende a compeler a quienes llegan a él a esforzarse por la libertad de sus semejantes (perfectos desconocidos) más que en favor de sí mismos.
Algo verificable tras la comprensión de que la libertad del mayor número (para trabajar, ganar, multiplicar, crear y vivir como les plazca) hace crecer en forma directamente proporcional la cantidad de oportunidades de bienestar (felicidad) ofrecida por el conjunto a cada persona integrante de esa sociedad.

¿Qué será más egoísta y utópico, entonces? ¿Seguir confiando en el Estado o empezar a hacerlo en las personas del llano? ¿Quién nos dará más oportunidades reales? Los resultados de lo primero, están a la vista. Las posibilidades de lo segundo, también.
Está en nuestras manos presionar, inducir y votar por lo que más se acerque a esta concepción avanzada de sociedad.