Justicia Libertaria

Septiembre 2013

Por fortuna existen personas capaces de ver más allá de lo obvio.
Mujeres y hombres que no se conforman con “lo que hay”; que no aceptan resignadamente el dogma oficial y la vileza consumada; que se atreven a concebir, plantear y apoyar algo distinto; algo mejor.
De no ser por su aparición esporádica a lo largo de la historia aún viviríamos en el oscurantismo. Seríamos más víctimas de la tiranía y la miseria de lo que actualmente somos.

Hablamos de individuos de fuerte conciencia cívica y social que se atrevieron a enfrentar tanto la soberbia del déspota como la descalificación del pusilánime. Hombres y mujeres que compartieron virtudes como la honestidad intelectual, el amor por la humanidad y un edificante espíritu crítico.
Revolucionarios que, cada uno en su tiempo, sentaron las utopías que jalonaron los avances de la civilización sobre el miedo y la coerción, a veces a costa de sus vidas.

En nuestro tiempo sigue habiendo revolucionarios, claro. Pero no son los que el mito urbano imagina sino los que luchan por cosas como la integración multicultural, una educación evolucionada para todos, el respeto absoluto por el prójimo, la no violencia en todo el campo de la acción humana, los derechos individuales frente al torvo simplismo del “somos más”, la persona como fin en si misma en lugar de como medio para los fines de otros o… por una justicia más comprometida con la equidad.
Los revolucionarios que hoy defienden ideas como estas entre la  melaza dominante del social-estatismo que las niega de hecho, se llaman libertarios.

El concepto libertario de Justicia está entre los que fascinan y atrapan la imaginación por su sentido común y bella simpleza, en total coincidencia con nuestra naturaleza humana.

Veamos primero cómo funciona la Justicia actual: cuando un individuo delinque, su delito se considera una ofensa contra la sociedad y es esa sociedad en tanto entelequia colectiva quien debe ser compensada por el delincuente.
Se recluye entonces al reo en una cárcel comunal como castigo por el daño causado y pasado cierto tiempo, es liberado para volver a convivir con los demás.

La víctima, supongamos que una mujer asaltada y golpeada, no es considerada en el sentido de resarcimiento quedando al margen del proceso, que sigue su curso en favor del conjunto social.
Posteriormente podrá tomarse la molestia y el gasto de demandar al delincuente intimándolo a que devuelva lo robado o a que pague por el daño moral, físico o lucro cesante, causa que podría incluso prosperar. Rara vez, sin embargo, conseguirá recuperar lo que en justicia le corresponde. Para no hablar de la escasa probabilidad ab initio de que la actual policía del Estado atrape al ladrón, recupere la totalidad de lo sustraído y devuelva rápidamente a su propietaria lo que le pertenece.

Así, en el mejor de los casos, todas las mujeres y hombres pertenecientes a esa sociedad que no fueron afectados por ese ilícito particular (todos menos una, en el ejemplo), habrán de pagar con sus impuestos los gastos que demande capturar, juzgar, vigilar, alimentar, brindar techo, calefacción, atención médica etc. a ese delincuente durante años.

El concepto libertario de Justicia es diferente: cuando un individuo delinque, su delito se considera una ofensa a la víctima.
El juez decidirá entonces el monto de dinero que el atacante del caso deberá entregar a su damnificada a fin de resarcir adecuadamente todo el daño causado, monto que por cierto podría resultar elevado. Si lo posee, previo acuerdo de conformidad con la víctima a través de sus abogados, puede pagar y quedar en libertad.

Aparece aquí un inusual derecho de  perdonar a alguien por una ofensa privada previa aceptación del acto indemnizatorio, abriéndose  un registro de alegato y arrepentimiento que figurará como prontuario disuasivo, con antecedentes que resultarán agravantes frente a la Justicia en caso de reincidencia.

Si el delincuente no posee esa suma o no llega a un acuerdo, pasa a una red de innovadores “campos de trabajo y educación”, con sistemas de seguridad y procedimientos de alta tecnología gerenciados por (o propiedad de) empresas especializadas, autofinanciadas.
Allí trabajará conforme a sus habilidades (previas o adquiridas in situ) para pagar en primer lugar los costos de su detención y juicio y en segundo término, su propio mantenimiento y educación en cautiverio. Los sobrantes producidos serán girados a la víctima hasta que los montos dispuestos por el juez queden saldados, sin importar el número de años que tal satisfacción demande.
Cabe esperar que la creatividad empresarial halle las maneras de disuadir al malviviente que se niegue a trabajar, a través de un duro protocolo progresivo de quite de estatus, facilidades y/o comodidades. Y viceversa, desde luego.
Pasado cierto tiempo, la víctima (o su heredera) tendrá también el derecho a dar por saldada la cuenta, recuperando el recluso su libertad.

Queda claro que tanto los tiempos mínimos de reclusión como los montos indemnizatorios se elevarían proporcionalmente en casos cuya gravedad lo amerite, como podrían ser los de violaciones, homicidios, estafa o corrupción gubernamental seria.
Como podría también ser de norma que los jueces designen como beneficiarias a instituciones de bien público en aquellos casos en los que la víctima no pueda o no desee ser indemnizada o en aquellos en los que la afectada sea, efectivamente, la comunidad.

Múltiples e imaginativas son las variantes o mejoras que una Justicia de este tipo podría admitir pero lo fundamental es el concepto de resarcir a la víctima. De no hacer pagar a otros cosas que no les competen… y de estimular un juego de responsabilidades personales, premios y devoluciones dinerarias de estricto cumplimiento.

Cambiando la óptica de “castigo” sin sentido preciso a la de implacable reparación efectiva y personal del daño causado, sumada a la siempre temida pérdida de la libertad lograríamos instalar un poderoso disuasivo contra la delincuencia potencial y habríamos avanzado en la protección de los derechos individuales a la vida y a la propiedad. El crimen dejaría de ser el “buen negocio” que en muchos casos hoy es.

Podría añadirse que en el marco de un sistema filo-libertario de fuerte innovación empresarial, con agencias de seguridad ultra eficientes, sin trabas fútiles a la actividad privada generadora de riqueza, con un alto grado de empleo y bienestar disponibles a todo nivel, cuestiones como la pobreza o la inseguridad se verían muy minimizadas.
Como sucedería también con gran cantidad de “delitos” de contravención a las reglas de un Estado opresor y ladrón como el que debemos sufrir, causas que hoy abarrotan los tribunales y que desaparecerían junto con los actuales bloqueos a la libertad de trabajar y progresar.

La delincuencia nunca desaparecerá pero tanto en esta como en otras cuestiones, la mejor solución siempre estará del lado de los derechos personales (en este caso, al resarcimiento y al no pago de gastos por algo que no hemos causado), como base inamovible para una sociedad más  justa, pacífica y civilizada.





Femenina Protección

Septiembre 2013

Una humorada que circula con motivo de las próximas elecciones, presupone el eslogan de campaña para el primer candidato a diputado de una nueva agrupación política argentina: el Partido HDP. “Soy un auténtico militante HDP. Y también un hombre común, del pueblo. Vóteme para  que pueda dejar de serlo”.

Por cierto, según el lúcido analista y autor británico Aldous Huxley (1894-1963), lo único que aprendemos de la historia, es que no aprendemos de la historia.
Una sentencia particularmente apropiada para nuestro país. Y dentro de el, para el movimiento peronista. Sino en materia de ascenso a la fortuna para sus dirigentes, al menos en asignaturas tales como el ascenso de la Argentina en el mundo o el progreso ético y material de nuestro pueblo con respecto a otros.
Su logro (con ayuda parlamentaria del pleno de la centro-izquierda) de quebrar ética y materialmente a una nación “condenada al éxito” por la abundancia de sus recursos y las notables aptitudes de su gente, denota una falta de competencia extrema en la tarea de aprender de los propios errores.

Pero la incompetencia justicialista parece revelarse mejor, de un modo casi icónico… en la triste ineptitud de sus mujeres.
En efecto: unidas por una línea temporal que saltó 3 décadas por paso y habiendo tenido poder para convertirnos en uno de los dos o tres mejores países del orbe (no era muy difícil, dadas nuestras potencialidades) Eva, Isabel y Cristina son Historia encarnando lo peor de la argentinidad. Un extracto de sus trapos sucios, vía aportes a una sociedad más miserable en todo sentido surgida tras sus 3 mal-ejemplos vinculantes de división fogoneada con resentimiento feroz, pérdida total de valores inteligentes y mentiras a destajo con robo a gran escala.
Tres dirigentes poco creíbles abrevadas en el arroyo de la ignorancia, quedan así unidas por su lamentable incapacidad para aprender de la historia.

Hubiese sido más sencillo asegurar la permanencia de la baja imposición y la “libertad de industria” que -es historia- nos habían hecho grandes a través de una valoración superior de la honradez, la responsabilidad y el esfuerzo personal. Pero se optó (de 70 años a esta parte) por contrariar el espíritu constitucional mediante el cierre proteccionista y la fiscalidad exacerbada que aún perduran, dando gas al cáncer social argentino: parasitismo e inmoralidad. Saqueo caníbal y ventajismo económico.

A propósito de ello: hoy, igual que ayer y que siempre, los países más cerrados (proteccionistas) son los que más caen en el ranking de ingresos por ciudadano (productividad nacional).
Medir mal en los rankings de pobreza y peores empleos es el resultado directo de transferir fondos (vía impuestos y mercados cautivos) de las actividades más eficientes (competitivas a nivel global) a las más ineficientes (empezando por las estatales), que terminan pagando sueldos (o subsidios) más bajos.
Es claro que la innovación empresarial resulta aplastada cada vez que una norma dirigista da prioridad a los “derechos adquiridos” (en realidad intereses creados, que pujan por frenar el cambio) por sobre la libertad para producir y negociar.

Hablamos, por cierto, del corazón del proteccionismo clientelar como sistema: proteger (bloqueando la competencia) a algunos empresarios y sectores a costa de la creación de más y mejor empleo en otros rubros, potencialmente más competitivos.
Una distribución feudal de privilegios que va en contra de la igualdad de oportunidades del mundo del trabajo (capital + visión + mano de obra), por más que se declame lo contrario.

El feudalismo pre-democrático inherente a todo peronismo (del primer Perón a la última Kirchner, extensivo a Massa, Scioli y social-radicales en general) constituye una rica “sopa primordial” o abono ideal para el florecimiento de aquello que hoy abunda en la Argentina: electorado sin opciones, empresarios pusilánimes y multitud de vivillos fracasados de toda laya aspirantes a vivir de la política. Abono para el desarrollo de dirigencias enemigas del progreso del pueblo trabajador, enquistadas en el Estado y sólo atentas a sus propios intereses. Absolutamente olvidadas de conceptos como “honradez” y “vocación desinteresada de servicio”.

Ninguno de sus representantes hambrientos de poder sirve al efecto del necesario cambio de actitud ética en el voto ciudadano, ya que para generar un acompañamiento de mente y corazón por parte de la mayoría decente, el líder y su equipo deben ser percibidos antes que nada como creíbles y honestos, amén de capaces.

Cierto es que la decadencia argentina es moral: votar por ladrones y sus cómplices es inmoral. Como también es inmoral votar a mentirosos, votar “en negativo” por envidia, odio, resentimiento o venganza, votar en favor de “caer” con impuestos agresivos sobre la legítima propiedad de otros tanto como votar por personas que admiran a regímenes que no respetan y roban a sus minorías (y la minoría más pequeña es una sola persona), tal como manifiestan públicamente los señores Binner, Solanas, Altamira o Insaurralde.
Inmoralidad… de brutales pobrezas inducidas, creadas y mantenidas por totalitarios nativos que, ciegos y sordos, siguen desplegando sus banderas a contrapelo de toda la evidencia histórica disponible (¿se preguntarán alguna vez porqué hay miedo y hambre en Pionyang -o en Tartagal- y absoluta abundancia en Singapur? lo dudamos).


En recta línea con los tres iconos de la rama femenina peronista, el propuesto Partido HDP bien podría liderar hoy esa gran coalición del “campo nacional y popular” que represente cabalmente y sin exclusiones a nuestra tan “ética y moral” centro-izquierda.





La Autoridad de la Mafia

Agosto 2013

Una convención puede ser superada con sólo concebir hacerlo.

Por caso, es convención aceptada que el Estado sostenido por los impuestos de cada individuo brinde a cambio de ello, en primer lugar, protección para su vida y propiedad.
También es parte de la misma convención que con esos tributos subsidie luego las penurias evidentes de muchos conciudadanos, así como de empresas públicas deficitarias.
Impuestos coactivos -siempre cobrados por la fuerza- que cuestan a cada argentino más del 50 % de sus horas anuales de trabajo (recordemos que antes de la década K, en tiempos de Duhalde, dicha succión giraba en torno al 22%).

Pocos reparan sin embargo en que estas convenciones de aceptación de la existencia del Estado, reposan en una gran contradicción: la de una organización “expropiadora-protectora”.
¿No es eso, acaso, lo que se entiende por mafia? Expropiar bajo amenaza para luego proteger a su criterio; bajo sus códigos.

Organización que por añadidura produce cada día menos protección a vidas y propiedades con cada vez mayor expropiación tributaria.
Lo que supone un debilitamiento de la parte creadora y reinversora de la sociedad, generador a su vez de las penurias y pérdidas antes mencionadas… a subsidiar por el político “solidario” de turno.
Una progresión en espiral producto de la continua devaluación normativa del concepto propiedad, recorte “legalizado” por congresistas y jueces que viven de ese Estado y dependen para su progreso del flujo de esos mismos impuestos, claro.
Círculo vicioso propio de cavernarios, en un mundo que ya demostró -a un altísimo costo- que propiedad privada y bien común no son conceptos inversa sino directamente proporcionales.

La falsa idea de que un improbable Estado-no-mafioso tenga justificación, configura el hilo conductor de nuestro laberinto de opresión y robo, que es el de millones de vidas arruinadas a lo largo de más de 8 décadas de mito socialista en la mente popular. O lo que es igual, de aval electoral a los irresponsables ataques contra la propiedad que jalonan el declive argentino.

¿Por qué creemos que esta contradictoria convención (la de aceptar la autoridad de una mafia) es la mejor solución para las tareas de las que hoy se encarga el gobierno (tan mal, a tan alto costo, atropellando tantas sensibilidades, tantos derechos civiles, penales y humanos)? No la es. Y deberíamos superarla, arrojándola al más profundo de nuestros retretes mentales.

Se nos dirá entonces ¿de qué sirve evolucionar en sentido libertario hoy, para no ser más que una gota de color en el océano estatista? Y sin embargo ¿qué es el océano sino multitud de gotas interactuando?
Además está la íntima satisfacción de conciencia, tanto moral cuanto intelectual de saberse en la posición correcta y más útil al interés general, sin aceptar jamás que el fin justifique los medios ni importar hacia dónde corra la jauría.
Una sensación tentadoramente agradable para otros muchos estresados de conciencia (y de bolsillo) que, sin saberlo, necesitan caminar en silencio hasta el límite del desierto para luego, sí, sumergirse en el gran océano turquesa de las libertades.
Demás está decir que los pensamientos racionales, el libre albedrío, la sacralidad de la persona y el absoluto respeto de lo ajeno suelen ser en nuestra actual “era del simio” lugares inhóspitos y solitarios. Aún así, hay que quedarse en ellos; sabiendo que “los pobres cosechan lo que los intelectuales siembran”.

La convención de que el Estado es una institución salvadora y necesaria debe ser desechada por falsa, cosa tan fácil de hacer como lo es el simple hecho de concebirla.
Siendo acto seguido nuestro deber cívico más elevado, promocionar a dirigentes democráticos convencidos de que la mayor preocupación de un gobierno consciente del futuro, debería ser acostumbrar poco a poco al pueblo a prescindir de él.

El viejo mito socialista inculcado en la mente de los sencillos afirma que el beneficio de la mayoría está en dar a cada quien según su necesidad, tomando de cada cual según su capacidad.
Pero la “efectividad conducente”, lo que sirve de verdad al bienestar social (siempre no-violento), pasa por otro lado según lo demostrara racionalmente el filósofo norteamericano Robert Nozic (1938-2002): dar a cada quien según lo que beneficia a otros, que tienen los recursos para beneficiar a aquellos que los benefician.
La distribución de acuerdo con el beneficio para quienes arriesgan, invierten, lideran y crean es pauta principal de toda sociedad exitosa y la condición de esa cooperación sistemática del asalariado es que el que la da reciba la máxima porción de resultado de manera tal que, si tratase de recibir más, acabaría recibiendo menos.

Es la nueva economía del conocimiento potenciando la eficiencia dinámica de la función empresarial (incluida la coordinación social voluntaria) lo que nos salvará. Es la competencia entre un gran número de emprendedores sin grilletes lo que beneficiará en todo sentido a la gente buena y trabajadora. ¡Deberíamos temerle a la pobreza, no a la riqueza! Al funcionario frenador, no al empresario.

El desastre que tenemos ahora, ese sí, es el resultado cierto de todo lo que no debimos (ni debemos) apoyar, cual es la existencia misma de un ente paternalista, mafioso, ignorante y golpeador.


Nunca más el monopolio del Estado con sus funcionarios haciéndose ricos, su corte de vividores, su capitalismo de amigos y su socialismo de masas subsidio-dependientes. Nunca más con sus sindicalistas corruptos, su despilfarro crónico y -para enmascarar todo lo anterior- su demencial robo tributario.




Entre el Cielo y el Infierno

Agosto 2013

Vemos en estos días cómo los candidatos de la oposición en un curioso arco que va de comunistas a conservadores, coinciden en la necesidad de que la Constitución no sea modificada.
Sólo desean cambiarla quienes están conformes con las vilezas del régimen gobernante y que anteponen alguna ventaja propia o resentimiento del hoy a toda consideración de razón, derecho, patria o futuro comunitario. Vale decir la suma de quienes como ciudadanos argentinos se asumen orgullosamente oportunistas, vividores, extorsionadores, ladrones y enemigos de los valores éticos o morales de los que quieren respetar al prójimo.  

Descartada esta última lacra antisocial de compleja recuperación, queda la publicitada “Argentina, país de buena gente” cuyos referentes aseguran querer cumplir, ellos sí, con la Carta Magna.
Es la gente que venera y escucha con atención a ese Papa surgido de las entrañas de nuestra inmigración europea y que hace pocos días, en Brasil, dijo “…debemos asegurar a cada joven un horizonte trascendente, un mundo que corresponda a la medida de la vida humana, las mejores potencialidades para ser protagonista de su propio porvenir y corresponsable del destino de todos”. Condenando al mundo actual dominado por una cultura del descarte y por una crisis económica que castiga especialmente a las nuevas generaciones, a las que llamó a salir a las calles y rebelarse contra la opresión de los políticos corruptos que bloqueen sus horizontes de elevación personal.

Un gran llamado que propone objetivos imposibles de cumplir bajo el peso de un Estado que, desde sus tres poderes, vive del saqueo tributario, beneficia a sus amigos y detiene la innovación por la vía de reducir los derechos de propiedad de todos los demás.
Incluido el Poder Judicial de la Nación que, con la Corte Suprema a la cabeza, convalida desde hace muchos años una presión impositiva inconstitucional por lo confiscatoria (se sabe que superar el 33 % lo es) en franco ataque a la propiedad privada.

Para el ejemplo emblemático del agro y con motivo de la exposición rural de Palermo (según críticos especializados, la mejor del mundo en su género) se han hecho públicos estudios que demuestran que el gobierno se apropia de entre el 75 y el 90 % de la renta anual de cada productor. A pesar de saber muy bien que casi todos ellos tienen grandes capitales lícitamente adquiridos, invertidos profunda y permanentemente en el país. O tal vez por eso mismo.
Una receta infalible para la desinversión y la ruina, verdadero tapón al progreso social de todo el interior que entre otras calamidades ya consiguió frenar (de 7 años a esta parte) el aumento de la producción granaria en el ridículo -para la Argentina- techo de 95 a 100 millones de toneladas. Algo brutalmente inmoral, antes que nada, en el ecuménico contexto de un mundo hambriento.

Por cierto, el orden económico que dispone la Constitución que la oposición dice avalar, logró colocar a nuestra Argentina entre los 7 pueblos más prósperos de la tierra con tan sólo 262 leyes de índole fiscal, entre 1862 y 1930. Simples reglas básicas para un contexto de libertad de industria y verdadera competencia.
Aunque resulte duro de admitir para muchos, no fue la democracia lo que hizo grande a nuestra nación sino sus empresarios, sus emprendedores, sus innovadores e inversores privados. Sus inmigrantes que, como los padres de Jorge Bergoglio, llegaron aquí huyendo del intervencionista “bienestar” estatal (y la consecuente miseria crónica inducida) de sus países de origen.

El posterior intento peronista-radical-militar de reordenar la economía “redistribuyendo el ingreso”, viene sumando hasta hoy unas 10.000 leyes dirigistas que consiguieron hundir en la pobreza nada menos que al 32 % de los argentinos, mientras el Chile del “insensible derechista” Sebastián Piñera reducía ese índice al actual 14 % superándonos además este año y por primera vez en la historia, en ingreso per cápita. ¡Fantástico! La juventud del Papa argentino, agradecida a sus padres y abuelos (por sus fieros votos de izquierda).

Es la mentada “cultura del descarte” que cada año expulsa a más jóvenes fuera de la cultura del trabajo y la responsabilidad personal, hacia el “paco”, la delictuosa dádiva política y la desesperanza.
Un sistema que se agota en lo clientelar, en línea con el conocido “Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano”, premonitorio libro de los autores Vargas Llosa, Montaner y Mendoza. Y con su continuación “El Regreso del Idiota” donde aluden entre otros al idiota estrella, Hugo Chávez (con su socialismo jurásico), tan admirado por el matrimonio Kirchner.

Sólo será alejándonos de esta bestia coactiva que las palabras de Francisco I podrán hacerse carne en nuestra Argentina, en un primer paso mediante la restauración del imperio de la Constitución en lo que respecta a sus tácitos mandatos económicos, derechos y garantías individuales.

Para pasar más tarde a etapas superadoras por siempre de cualquier atroz dictadura política de mayorías con su correlato de opresiones inadmisibles -por esclavizantes- bajo la máquina estatista.
Una clase de evolución mental donde jóvenes y no tan jóvenes se permitan pensar seriamente en cuestiones prácticas, hoy revolucionarias como la no violencia impositiva, la cooperación voluntaria o el derecho inalienable a “no pertenecer” ni financiar lo que nos repugna. 
Incluido el derecho a la secesión federal y muchos otros paradigmas avanzados, ya estudiados por intelectuales de valía. Por pensadores de exquisita vanguardia como M. Rothbard, J. Huerta de Soto, A. de Jasay o H. H. Hoppe entre otros.


Porque señores, señoras, si la única herramienta mental que aceptamos es un martillo, nuestros problemas seguirán adoptando forma de clavo.




Los Señores de la Política

Julio 2013

Las encuestas de opinión que asignan al precandidato Sergio Massa una impactante cuota de favor público, ponen de relieve las graves fallas de base que afectan a nuestra democracia.
Iluminan la verdadera faz de un sistema infantilizante (sin debate real de ideas) diseñado para elevar caudillos paternalistas sin fin.
Todo lo que en tiempos de la organización nacional se ideó para proteger a las minorías del atropello y el expolio ve confirmada una vez más, por si hacía falta, su inviabilidad en la práctica actual.

El Sr. Massa es, desde luego, un kirchnerista de la primera hora y colaboracionista destacado en esta década infame, como integrante cabal del gobierno más corrupto y fiscalista de nuestra historia.
No deberíamos llamarnos a engaño: en el peor de los escenarios probables será un mero continuador en nuestro descenso hacia Argenzuela y en el mejor, un nuevo y simpático “iluminado” que hará (como de costumbre) todo aquello que no dijo que iba a hacer, sin salirse del clásico formato de negocios justicialista. A saber: corrupción, nepotismo, lobby empresario-sindical anti competencia, parches dirigistas sobre nuevos formatos estatistas, violencia impositiva, legislativa y mediática hacia adentro, aislamiento con victimización hacia afuera y (lo más importante para la decadencia sustentable) renovados relatos con pan y circo clientelista.
Con el agravante de que (omertá y/o “carpetas” mediante) el hombre garantizará impunidad y goce de fortunas malhabidas al elenco de traidores a la república y demás ladrones salientes que hoy se encuentran en turno de comando.

Hechos todos de una progresión previsible dentro del modelo democrático en curso, que a nadie deberían sorprender. Su hoja de ruta, por otra parte, es conmovedoramente simple: esclavizarnos por otra década para enriquecer a la siguiente banda.

El problema de fondo es, claro, el deseo de la mayoría de la gente de querer ser esclava… empujándonos a todos al arrodillamiento.
Es la cobardía, el miedo a ponerse de pié y plantarse frente al amo. A darle unas buenas pateaduras y quitarle el látigo para después hacerle pagar todas las humillaciones nacionales, trabajos forzados,  pobrezas y saqueos soportados.
Lo que Argentina hoy necesita es reemplazar esas dudas y temores por valentía; por quite de colaboración con desobediencia civil para cambiar la historia, como hicieron Belgrano, San Martín, Güemes o la misma Juana Azurduy, aunque en clave gandhiana.

Porque el gran vampiro, el gran amo oscuro es el mismo Estado, más allá de los “padrecitos” políticos trepados a su torreta artillada.
Ese Estado que nos condicionó desde la infancia para que lo viéramos como una institución salvadora y necesaria cuando en realidad es el resultado neto del sometimiento de las personas a su violencia. Una banda mafiosa con la que nadie firmó contrato alguno, que practica sobre pobres y ricos la extorsión más brutal a cambio de “protección”.
Una organización básicamente parasitaria que trata de convencernos de que es “legítimo” que sus integrantes vivan su confort a nuestra costa, nos guste o no. De que es “legal” y normal que nos desplume con sus impuestos, que nos abrume con su burocracia, que nos mate con su ineficiencia policial y que se burle de nuestra honradez, controlando y condicionando cada aspecto de nuestra forma de vida.

Siendo por demás evidente a esta altura, que la selección de sus integrantes por la simple fuerza bruta del número clientelizado, asegura que sólo personas muy peligrosas y sin frenos morales puedan llegar a la cima. Rara vez la gente buena o inofensiva.
Sus integrantes gozan, por añadidura, de una justicia especial heredada de las viejas prerrogativas del Rey (el “derecho público”), asegurando que la discrecionalidad de facto del gobierno sea garantía de riqueza también para multitud de oportunistas, pseudo-sindicalistas, empresarios cortesanos y vividores de toda calaña.
Traducido: todo lo que el Estado posee, hasta el último peso de su presupuesto multimillonario, es conseguido a través del robo. Jamás mediante intercambios voluntarios como el resto de nosotros.

Nuestro enemigo (y el de toda la humanidad) es ese Estado saqueador, depredador, rapaz y bestial que defeca a diario sobre nuestros derechos a la prosperidad y los de nuestros hijos.
Motor de un bien aceitado sistema de crimen social e injusticias, de delincuencia y opresión, que debemos combatir en nuestras plazas, en nuestras calles y en nuestras casas en toda forma pacífica imaginable y usando toda oportunidad de rebelión posible.

 La existencia de este leviatán se basa, en definitiva, en un solo argumento: la población es numerosa y los recursos a repartir, escasos. Abierta la posibilidad de conflictos ¿qué mejor que un Estado ecuánime garantizando la paz social; decidiendo en última instancia quien tiene razón en cada conflicto?
Falacia ingenua que cae tras advertir que es esa misma justicia monopólica y oficial (uno de sus 3 poderes) quien decidirá sobre los desacuerdos que (a través de sus legislaciones) involucran al mismo Estado. Ocurriendo en la práctica que el propio Estado provoque innúmeros conflictos de coacción reglamentaria para luego “resolverlos”, desde luego, en favor de su propio statu quo. Y como casi todo conflicto tiene su origen en el intervencionismo, se trata de una receta pensada para aumentar sine die su poder y peso.

Los honestos y mansos deberían acelerar la historia doblando la apuesta kirchnerista: apuntando a “democratizar” no ya la Justicia sino la entera democracia populista, finalmente entendida en este siglo XXI como… la estafa más grande de todos los tiempos.
Ya que por más maquinaria artillada que tengan, de última todo depende de la actitud de obediencia servil o no de cada gobernado. De su deseo o de su rechazo por una ruinosa “seguridad”: la de ser (por siempre) otro siervo, respetuoso de los oscuros Señores de la Política y de su sacro monopolio triturador de libre albedríos.

No será hoy ni mañana pero es con este norte revolucionario en mente que cada votante debería orientar apoyos hacia quien mejor represente su más profunda rebeldía a ser usado como medio, al servicio de acciones que le repugnan.
Para ser un día (no tan lejano) respetado como fin individual en sí mismo, anterior, más valioso y absolutamente superior al Estado.



Más Bases para el Repudio

Julio 2013

Lo que en la actualidad se entiende por “justicia distributiva” es solo el reverso de la moneda en cuya cara anterior se encuentra la “justicia retributiva”.
Para la mayoría que gusta mirar la realidad sin girar la moneda, es decir para quienes se centran en el “recibir” pasando por alto las implicancias del “dar”, los impuestos son la herramienta adecuada para ser y (sobre todo) parecer una sociedad justa en aquello que se supone más importante o urgente: lo distributivo.
Esta tan “justa” visión implica, empero, esconder bajo el poncho algunas incómodas aceptaciones. Veamos.

¿Alguno de nosotros acepta el principio que habilita a ser propietario de otra persona, como podríamos serlo de una vaca o de un automóvil? Desde luego que no. Nadie tiene derecho a poseer ni por tanto a usar contra su voluntad a otro ser humano. ¿Puedo ser propietario en parte (copropietario) de una casa o de un caballo? Eso sí. ¿Y acaso propietario en parte de alguna mujer u hombre? Otra vez no. De ninguna manera. La única propiedad válida de personas sigue siendo la instituida hace siglos por el liberalismo: la propiedad sobre uno mismo. Está claro que las demás personas nunca son equiparables a animales; mucho menos a objetos. Lo contrario sería volver a aceptar el principio que habilitaba la esclavitud.

Cuando una parte de la sociedad opina (y vota) en favor de un gran Estado paternalista, lo que hace en verdad es contratar a algunos profesionales (políticos) para que se apropien de parte de las actuaciones de otras personas, se queden con un porcentaje y distribuyan “paternalmente” el resto.
Quitar a alguien parte del resultado de sus trabajos o acciones es apoderarse de parte de sus horas. Para aplicarlas luego a aquello que los políticos decidan sin importar la opinión de quien las trabajó. Lo cual constituye, sin duda, una clase de trabajo forzado.

Aunque esos mismos votantes se negarían a forzar a trabajar part-time para la comunidad a quienes (por la razón que sea) no trabajan.
En efecto: pareciera no ser moralmente válido apoderarse, por ejemplo, del tiempo libre de un vago, una hippie o cualquier residente sin empleo ni inscripto en la Impositiva, sometiéndolos a alguna clase de trabajo temporal forzado. ¿Tampoco lo será aprovecharse de las horas de ocio de los trabajadores que, pudiendo hacer trabajos extras y ganar más, no los hacen prefiriendo relajarse?
Porque quienes sí prefieren trabajar más y ganar dinero extra para ahorrarlo en lugar de descansar, sí son sometidos en esas mismas horas extras a un trabajo forzado adicional de tipo impositivo.

Algo huele mal en Dinamarca ¿no? Sobre todo sabiendo por experiencia histórica que es justamente más trabajo honesto y duro lo que crea riqueza social (de todo orden y… ¡antes de impuestos!) para el conjunto. Quienes eligen producir más con sacrificio personal, quedan así obligados al trabajo forzado en beneficio de terceros mientras los que eligen en esas horas jugar fútbol, dormir o planear negocios políticos parasitarios con sus amigos, no.

De esta manera y a poco andar, la lógica distributiva dominante termina desalentando la acumulación de capital comunitario. Restringiendo con fuerza lo que laboriosos locales y foráneos podrían realizar, ahorrar, consumir y reinvertir; es decir, multiplicar.
Pero la grieta se torna boquete en la represa, cuando reparamos en que privar al que produce de decidir sobre el destino de lo que esas horas de trabajo produjeron, implica un derecho de propiedad parcial del político profesional sobre el trabajador contribuyente. Los votantes individuales que dieron poder a su empleado público son entonces copropietarios de personas contribuyentes, quienes se ven reducidas -a todo efecto teórico y práctico- a la condición parcial de esclavos. Una posibilidad negada enfáticamente, por aberrante, algunas líneas más arriba.

No puede negarse que la filosofía moral (no robar, no esclavizar, no vengarse, etc.) marca los límites de la filosofía política. Lo que la gente puede y no puede hacerse entre sí limita lo que puede hacer a otros utilizando como arma el aparato represor de una república.
Siguiéndose de suyo que lo que es válido para las “horas extras” es válido para el total de la fiscalidad coactiva, tornando inmoral y por tanto limpiamente repudiable al Estado que base su accionar distributivo en este tipo de execrable violencia esclavista.

Cuando afirmamos que nuestra Constitución de 1853 es sabia, lo hacemos basados en la virtual anuencia ciudadana a su “Contrato Social”, lograda en aquellos días mediante la interpretación veraz de su espíritu cual es la prescripción de un modelo de Estado Mínimo, ese sí, moralmente válido.

La diferencia con el Estado multi-opresor de hoy estriba en que este viola el derecho de la gente de no ser forzada a contribuir en cosas que le repugnan, mientras que una autoridad limitada a las funciones de aplicación de justicia en el cumplimiento de contratos, de efectiva seguridad frente a toda amenaza, robo o fraude y subsidiaria con inteligencia práctica en lo demás, no lo viola. Porque se trata de un modelo de Estado donde algunos pagan efectivamente más, sin ser forzados, para que los menos afortunados puedan ser protegidos -por lógica y por ética pero además por directa conveniencia de mercado- junto con ellos mismos, siendo entonces distributivo sin menoscabo de la justicia retributiva (la primera cara de la moneda).


Nuestros convencionales no eran tontos. El audaz ensayo de libertades públicas con individuos que no pudiesen ser usados como esclavos, que prometía colocar al pueblo argentino por encima de casi todos los demás, nos elevó durante 80 años. La decadencia que siguió fue el  justo castigo por ceder a la inmoralidad de Estado.




Es la Libertad, Estúpido o "avivando a la gilada"

Junio 2013

Un amigo viajero nos transmitía hace poco su asombro, tras pasar unos días en Singapur.

Conocido por sus espectaculares torres de vidrio y acero, Singapur es un pequeño país independiente ubicado en el sudeste de Asia. Una isla minúscula de poco más de 700 kms2, sin recursos naturales pero con una población que supera los 4,5 millones (después de Mónaco, la mayor densidad demográfica del planeta).
Su expectativa de vida promedio es de 81 años, están alfabetizados en un 92 % y su ingreso anual por habitante supera los 60.500 dólares (la Argentina actual apenas llega a 17.700).
Educación, salud, seguridad,  justicia, infraestructura y en general todos sus bienes y servicios públicos se ubican entre los mejores y más eficientes del mundo.
No tienen deuda externa ni son “paraíso fiscal” y el índice de desempleo es menor a 2 % lo que significa, técnicamente, cero subempleo o paro laboral involuntario. Es más: hay más millonarios per cápita allí que en ningún otro país: uno de cada seis ciudadanos es dueño de más de 1 millón de dólares y si hablamos de ingreso familiar, los singapurenses están asimismo al tope del ranking.

¿Cómo fue posible que un sitio que durante siglos no fue otra cosa que una sucesión de poblaciones paupérrimas, pantanos y basurales pasara a convertirse en meca de comercio e inmigración calificada internacional; en una de las súper-ciudades más avanzadas y envidiadas de la tierra con ciudadanos que ya transitan el híper-primer mundo? La respuesta nos abofetea con solo caminar sus calles y mirar en derredor: fue su libertad económica.

La corrupción en Singapur es casi inexistente y la burocracia dirigista está reducida al mínimo haciendo fácil, en consecuencia, iniciar y hacer crecer cualquier clase de negocio.
Tratan bien a quien se apreste a invertir y competir, empezando por una presión impositiva moderada que opera atrayendo cada vez más capitalistas serios; exiliados fiscales de otros  sitios.
Por caso, un emprendimiento que genere ganancias por 100 mil dólares al año, sólo tributará alrededor del 1,2 % mientras que otro de 1 millón anual lo hará por menos del 12 % y si la inversión es muy importante, el gobierno premiará al empresario con tasas especiales, menores al 10 % de impuestos totales.
Los emprendedores creativos, su energía y talento son especialmente bien recibidos por las autoridades facilitándoles al máximo los trámites de residencia, financiación bancaria y logística operativa.

Ciertamente, su gobierno quiere hacer crecer (y rápido) el “pastel” económico nacional logrando así tajadas mayores para todos.

Una clara lección de apertura mental, libertad de negocios, seguridad jurídica y clima pro empresario en tiempo real para una Argentina como la nuestra, tan poco libre. En la que hay que pedir permiso y pagar peaje hasta para ejercer los derechos más elementales. Con un mercado interno a la defensiva; golpeado y anémico. Casi sin inversiones aunque desesperada por incrementar cada día las regulaciones estatales sobre su economía.
Una Argentina intoxicada con reinterpretaciones mafiosas de su Constitución. Y que impone a su gente un “pastel” a repartir en franco achique e impuestos elevadísimos, a los que debemos añadir la 2º tasa de inflación y corrupción más altas del mundo.

Resulta impresionante ver qué tan rápido puede crecer y florecer un pueblo tan carente de todo, mediante la sola decisión política de orientarse hacia lo obvio; hacia lo que todos y cada uno de nosotros queremos: poder quedarnos con aquello que ganamos honestamente, sin sufrir palos en la rueda en el proceso de lograrlo.
Porque el 90 % de lo demás -incluido lo solidario- viene solo.

Si bien los mercados no tienen la culpa de que hayamos elegido una pareja presidencial tan ladrona como incompetente, que nos hizo desperdiciar estúpida, criminalmente los mejores 10 años de “viento de cola” del siglo, sí la tienen los 11.601.000 clientes/cómplices que votaron por el oficialismo en las últimas elecciones.
O los “conciudadanos” que volverán a votarlo en Octubre de este año, a sabiendas de la catadura moral e intelectual de sus candidatos.

11 millones seiscientas mil mujeres y hombres que eligieron forzar, en Octubre del 2011, a los 30 millones seiscientos mil argentinos restantes a alejarse de la senda de la riqueza nacional. Del ejemplo de sentido común capitalista de Singapur y de otras sociedades inteligentes que hacían (y hacen) lo correcto.

Desatar la energía innovadora de la libertad para crear riqueza social a mayor velocidad y con más efectividad que otros pueblos implica darse cuenta de un par de cosas. Lo que en “argentino básico” significaría avivar a la gilada para que la gente del llano, los 30 millones hoy esclavizados y esquilmados a causa de esos otros 11 millones, se libere y decida… sobre su progreso y el de sus hijos.

Es necesario entonces dejar que los empresarios arriesguen, compitan y eventualmente se arruinen por las suyas evitando nuestra estúpida manía intervencionista, que sólo logra hacer posible que algunos de ellos se aprovechen de limitaciones artificiales y sobrecostos asimétricos eludiendo la competencia. Y por ende bajando la productividad-país, además de alentar negociados y torpedear la llegada de nuevos emprendedores y capitales.
Y es necesario comprender que los gobiernos, más que a maximizar la riqueza social apuntan a asegurar la creación de valor… accesible al Estado (fácilmente colectable a través de sus impuestos).

De donde se sigue que siempre y sin excepción en lo que respecta a gobierno y Estado, para el pueblo, menos será más.





Traición

Junio 2013

El notable jurista romano Marco Tulio Cicerón, un personaje que a lo largo de la historia ha sido considerado ejemplo de honor y rectitud, dejó como parte de su legado algunas reflexiones notables.

Entre las que revisten increíble actualidad en nuestro medio y refiriéndose al tema de la traición, escribió lo siguiente: “Una nación puede sobrevivir a sus locos y hasta a sus ambiciosos; pero no puede sobrevivir a la traición desde dentro. Un enemigo que se presente frente a sus muros es menos formidable, porque se da a conocer y lleva sus estandartes en alto; pero el traidor se mueve libremente dentro de los muros, propaga rumores por las calles, escucha en los mismos salones oficiales; porque un traidor no parece un traidor y habla con acento familiar a sus víctimas, teniendo un rostro parecido y vistiendo sus mismas ropas, apelando a los bajos instintos que hay ocultos en el corazón de todos los hombres. Roe el alma de una nación y trabaja secretamente amparado en las sombras de la noche para minar los pilares de una ciudad; infecta el cuerpo político de modo que ya no pueda resistir. Menos temible es un asesino. El traidor es como el agente portador de una plaga.”

Los redactores de nuestra Constitución Nacional de 1853 (no así los necios deformistas de 1957 ni los de 1994) fueron sin duda personas versadas en sabiduría clásica.
En su duro Art. 29, el que habla de los infames traidores a la patria, demuestran con claridad el haber tomado nota de las tragedias del pasado y de las amenazas “desde dentro”… a nuestro porvenir.

Comprendían muy bien las flaquezas del espíritu humano. Sabían del poder corrosivo de la demagogia intervencionista y de sus campeones: despreciables multiplicadores de indigencias morales y materiales sobre las que luego cabalgarían.
Preveían el advenimiento de individuos carentes de un código que les impidiese mentir, robar o violar libertades públicas y derechos privados; que procurarían escalar el Estado por cualquier medio incluyendo traiciones pero también coimas, difamaciones, aprietes y hasta homicidios.
Y que cuando llegasen al Olimpo del poder gubernamental mantendrían su estatus de impunidad a cualquier costo incluyendo cambio de reglas, fraudes electorales, confiscaciones vengativas, extorsiones y complicidades mafiosas. Corruptos que a través de su accionar infligirían pobreza innecesaria, vergüenza y desesperanza a multitud de infelices tan des-educados como manipulables.

Los convencionales del ’53 comprendían de lo que hombres y mujeres sin principios serían capaces, si se los habilitaba a manejar sin más la temible maquinaria represora de un Estado. Intuían, sin conocerlos, los modelos gemelos de Chávez y Kirchner.
Y asumían que si iban a prohijar una gran nación debían matar nonato al leviatán infame que se oculta tras toda democracia: la más despreciable y pertinaz forma de dictadura, que es la que clava espuelas a lomos de mayorías estupidizadas.

Los argentinos que los rodeaban, los que llegaron en aquel entonces al acuerdo de una Constitución consensuada, eran gente enérgica en su disposición de sacrificio por la patria, en su sentido común y en su consecuente respeto por la libertad ajena. Un pueblo de pie, poco dispuesto a seguir dejándose atropellar por caudillejos ignorantes.
Lo que procuraron aquellos constituyentes hace 160 años fue, ante todo, mantener vivo ese nuevo “nervio” nacional encadenando al Estado a la Ley Fundamental para evitar que deviniese delincuente y transformara a esa ciudadanía de pie en un hato de pusilánimes y sobre todo traidores a la Gran Argentina, resignados a declinar vegetando al servicio de algún vivillo de talante paternal.

Intentaron asegurarnos el futuro. Y lo lograron durante los primeros 80 años de vigencia alberdiana (en capitalismo & inmigración) pero fallaron en evitar el desbarranque de los siguientes 80, como vemos hoy día con impactante claridad: el hato de traidores aúlla en su apogeo y el modelo socialista contrario a toda libertad impera, estentóreo, sobre multitudes mientras la patria escora y se hunde a imagen del destructor Santísima Trinidad en el propio puerto.

Es evidente que a los regímenes democráticos -o pre democráticos como el nuestro, sin república ni federalismo- les resulta difícil integrar la preocupación por el largo plazo.
Las quimeras progre-populistas son, en este sentido, la corporización del mayor cortoplacismo posible con sus inevitables programas de más regulación, deuda, subsidios, confiscación impositiva y emisión, en proporción directa al retroceso de todas las libertades (y de la inversión productiva empresaria de riesgo a futuro, claro).

Todo líder político pondera la dificultad de hacer lo correcto y luego seguir siendo elegido. Pero no todos asumen que el poder da derecho a traicionar al país enriqueciéndose mientras se promueve el rechazo a las soluciones retributivas por mérito, siendo que todas las infamias y tragedias nacionales fueron hijas de la antítesis de la libre empresa: nuestra vieja violencia de Estado rasando hacia abajo.
Esta es la traición máxima, común denominador de 8 décadas: más que las violaciones a la Constitución y que el robo, la de matar nonata la posibilidad que tuvieron los más pobres de prosperar.

Lo dijo el gran Jorge Luis Borges ya en 1983: “Nuestro país sufre una derrota económica y lo que es sin duda más grave, una derrota ética”.


En Octubre tendremos una nueva oportunidad de seguir apoyando el engaño total de siempre; a insistir con el estatismo y su ristra de miserias o… de permitirnos dar un primer paso en el camino hacia la solución más evolucionada y definitiva: la libertaria.





Socialistas en su Salsa


Mayo 2013

El odio que suscitan las ideas novedosas, superadoras en los campos de la política y la economía que amenacen con tornar obsoletas preciadas creencias anteriores, es tan profundo e inexorable como el de las persecuciones religiosas ocurridas en tiempos pasados. Es, de hecho, el mismo tipo de rechazo irracional.

También es un hecho (y en modo alguno casual) el que en esta Argentina avergonzante que nos toca vivir, casi todos los partidos políticos sean de centro-izquierda.
Ya que incluso aquellos que no se definen de esa manera coinciden en postular un Estado dirigista; con fuerte presencia en la vida social y empresaria de la nación.
Podríamos afirmar así sin temor a equivocarnos que en mayor o menor grado, díganlo o no, la casi totalidad de la oferta electoral puede ubicarse dentro del amplio campo socialista.

Y el socialismo es justamente una de esas preciadas creencias anteriores bajo amenaza, que deberían ser mejor entendidas.

Porque se trata de una doctrina según la cual la vida y el producto del trabajo son propiedad social, no individual. Donde los seres humanos no tienen derecho a vivir buscando su propio bien. Y según la cual la justificación de la propia existencia consiste en servir a un Estado que puede disponer de cada uno como mejor le cuadre, con tal de conseguir el bienestar colectivo o tribal.
Objetivo que casi nunca se logra en la práctica por una larga lista de razones y excusas, todas muy humanas desde luego, y que cuando se logra es a un costo tan elevado que supera por mucho el valor global de las ventajas alcanzadas.

Puesto en el contexto de la valiosísima brevedad de una vida y de la alta prioridad que cada generación asigna al bienestar futuro de sus propios hijos, es grave.
Es muy grave que haya porcentajes tan mayoritarios de centro-izquierdistas argentinos sostenedores de una creencia que en todas partes produjo y produce, por defecto, una acumulación de lucros cesantes y daños emergentes tan pavorosa que nadie con algún nivel de responsabilidad política se atreve a mensurar.

El socialismo versa entonces sobre sistemas que sólo pueden ofrecernos, cuanto más, un lento declive y cuanto menos un freno de alto impacto a la iniciativa creadora individual, a la inversión reproductiva y al surgimiento de nuevas ocupaciones propias de este nuevo siglo, con nuevos paradigmas globales y millones de nuevos empleos sustentables (y de nuevos ex pobres).
Trata de antiguas creencias basadas en la amenaza sobre el manso y en lo no-voluntario (¿alguna duda? pruébese, sino, con despenalizar toda evasión tributaria: que la “vox dei” decida si les paga o no).

¿Queremos disfrutar de ciudades tecno-eco-amigables sin sucios cableados aéreos? ¿Queremos quintuplicar nuestras exportaciones agro-industriales? ¿Queremos una moneda prestigiosa y estable? ¿Queremos seguridad personal y Justicia implacables? ¿Queremos energía limpia y abundante? ¿Queremos impecables autopistas en cada ruta nacional y trenes ultra modernos? ¿Queremos educación privada (o símil privada) para todos? ¿Queremos una previsión social de primera? ¿Queremos más fuerza laboral y menos ni-ni? ¿Queremos diez o veinte etcéteras más en la misma línea de avance?
Cosas como estas podrían ser muy convenientes para gente evolucionada, para ecologistas, para viajeros, para consumidores, para inversores, para los más vulnerables, para jóvenes con espíritu, para los mayores, para los obreros… y también para los sindicatos.
En general para la buena gente con inquietudes, que deplora el robo y los aprietes. Las zancadillas, las mentiras y las extorsiones.

¿Queremos en verdad acercarnos a la meritocracia apoyados en el poder de una riqueza generalizada? Porque eso y no otra cosa son la justicia social y la redistribución de sus ventajas, bien interpretadas.
¿Queremos en realidad salir de nuestra creencia en la cleptocracia y la violencia, como método para lograr el desarrollo?
Podrá caer el kirchnerismo, desaparecer La Cámpora, los bustos y calles en honor de Néstor (y de otros sinvergüenzas) pero si seguimos aferrados a taras mentales cuasi religiosas, ninguna de nuestras potencias llegará, nunca, a ser acto.
Simplemente, seguiremos declinando. Sacándonos la alfombra bajo los pies unos a otros a través de altos impuestos y nuevas desinversiones. Con aprietes económicos más prolijos “conforme a derecho” pero… sin cambio alguno de paradigma.

A nivel global, el muy bien pago funcionariado de la burocracia internacional y las nomenclaturas políticas locales con todos sus privilegios bloquean disimuladamente, por supuesto, toda iniciativa que apunte -en lo comunitario- a migrar de las jerarquías (estructuras verticales con forma de pirámide) a las heterarquías (estructuras horizontales en forma de red). La informática en proceso de redes comunicacionales, sin embargo, trabaja sin pausa contra este neo-colonialismo cultural y en favor de la gente honesta del llano.
Así como el Papa y el capitalismo demolieron el muro comunista, la gente pensante en red demolerá los clientelismos estatistas.

En definitiva, como nos lo muestra el derrotero Ecuador - Venezuela - Cuba, no hay gran diferencia de objetivos finales entre socialismo y comunismo, excepción hecha de los medios: el comunismo trata de esclavizar a los individuos por la fuerza bruta mientras que el socialismo procura hacerlo por medio del voto clientelar. La misma diferencia táctica que hay entre el asesinato y el aborto.   

Dicen los sabios que toda verdad pasa por tres etapas. Primero, es ridiculizada. Segundo, es violentamente objetada. Tercero, es aceptada como obvia.




La Infamia como Laxante

Mayo 2013

En una Argentina en descomposición, sacudida por el gobierno más ladrón e incompetente de su historia, mientras la Constitución Nacional y los valores más sagrados de nuestros próceres caen por tierra, mucha gente se pregunta cómo pudimos rodar tan bajo y qué cosa son en realidad el Estado y las creencias que lo sustentan.
Porque sucede que el negocio político está dejando caer parte de su disfraz y en la desnudez de su barbarie, permite a los ciudadanos entrever sus miserias como pocas veces antes.

Quienquiera que se tome la molestia de indagar en los orígenes de la institución que aún hoy -pleno informático siglo XXI- sigue teniendo el poder de obtener dinero de las personas mediante la fuerza de las armas (en una caracterización operativa que comparte únicamente con los asaltantes) entenderá, a su vez, el origen de su propio desasosiego cultural, económico y hasta parental.

Tal como nos explica Mancur Olson (profesor, economista y sociólogo norteamericano, 1932-1998), el origen histórico del Estado como institución remite a la transformación de grupos de bandidos ambulantes en bandidos estacionarios. De nómadas saqueadores de comunidades rurales estables, a dominadores de ellas y cobradores de tributos que pasaron a convertirse, a partir de allí, en sinónimo de labor esclava.
O en sus propias palabras “…si el líder de una banda de bandidos ambulantes que solo encuentra pequeñas ganancias es lo suficientemente fuerte como para tomar control de determinado territorio y de mantener fuera a los otros bandidos, él puede monopolizar el crimen en esa zona y se puede convertir en un bandido estacionario”.
Constatación de ADN originario que nos aclara de dónde vienen, quiénes son, a qué se dedican y qué futuro pretenden las oligarquías políticas, sindicales y cortesano-empresarias estacionadas desde entonces sobre la temible maquinaria represora del Estado.

Genocidios, opresiones, hambrunas y el despilfarro de recursos e ideas más terribles y demoledores, más frenantes y masivos a lo largo de todo el periplo humano fueron siempre el producto de personas malvadas y/o incompetentes, cuya maldad e incompetencia se vieron multiplicadas por mil en la mencionada maquinaria. Nunca el resultado de individuos (ni empresas) actuando a riesgo y costa propia, por más perversos que hubieren sido. 

Contrario sensu, siguiendo a la joven y brillante intelectual ecuatoriana Gabriela Calderón de Burgos en su artículo Verdaderos Revolucionarios, “…la idea de que una nación deje de ser pobre gracias a individuos que buscan lucrar, no gracias a una clase política todopoderosa que dice desear el bien para todos, resulta increíble para la gran mayoría. Pero si miramos los hechos dejando a un lado la carga emotiva, hay fuertes indicios de que precisamente eso es lo que nos cuenta la historia del desarrollo de la humanidad”.

Origen del Estado. Desastres históricos de Estado. Desasosiego y dura constatación de que la sociedad crece no “por” sino “a pesar” del Estado… son pensamientos de absoluta actualidad en una Argentina que concluye este mes su Súper Década Infame.
Nuestra década perdida de este siglo. Tan infame en desperdicio de oportunidades, inmoralidades y traiciones a la república, que deja como niños de pecho a los protagonistas de la anterior década infame de los años ’30 del siglo pasado.

Puede que no sea necesaria otra guerra civil, 160 años después. Tal vez basten como laxantes la infamia, la pobreza crónica y la vergüenza por el atraso con respecto a otros pueblos para que todos se den cuenta de que el asistencialismo no conduce a parte alguna. De que votándolo, condenan sobre todo a sus hijos y a sus nietos.
De que los Binner, Kirchner, Solanas, Alfonsín, Scioli, Lavagna, Stolbizer, Buzzi, Massa y tantos otros que hacen de la redistribución forzada el núcleo de sus programas nunca nos van a conducir a parte alguna que valga la pena, porque el estatismo -siempre esterilizante- está impreso en su ADN político. Ellos seguirán canibalizándonos, cual dinosaurios de evolución trunca. Como tantos jóvenes mentalmente viejos de nuestro país, verdaderos antipatria, “killers” de ignorantes, que trabajan en favor del clientelismo y de una estabilidad igualitaria en la pobreza.

La solidaridad obligada a través de impuestos anti-inversión para subsidiar corrupción y vagos improductivos no sirve.
Sólo debe ser usada en forma quirúrgica, nominal, como paliativo específico y dentro del esquema de transición hacia una Argentina poderosa. Absolutamente libre, abierta, inteligente, captadora de cerebros y de grandes capitales, original y creadora, pujante y competitiva, de riqueza extendida, Justicia implacable y con 90 % de clases medias donde el asistencialismo deje -casi- de ser necesario.

Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o (más allá en el futuro) ningún Estado detentando el monopolio de la fuerza para cooptar labor ajena (v. gr. tributos coactivos). ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias!
Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías!
Ahora todo es democracia intervencionista pero señores, señoras, jóvenes ¿saben qué?… la noche está en pañales (y la caballería tecnológica galopa bajo las estrellas en nuestra ayuda).

Asumámoslo: en el largo camino del pueblo hacia la libertad, la democracia liberal es un paso válido que podría conducirnos hacia nuestro siguiente escalón ascendente: el Estado Mínimo.