Acerca de la Elevación de Miras

Mayo 2016

El papa Francisco no es hombre versado en ciencias económicas; tampoco en las dinámicas empresariales más avanzadas en esta era del conocimiento, aunque sí lo sea en sus implicancias éticas.
Es por ello que su exhortación de Julio del año pasado desde Santa Cruz de la Sierra poniendo el acento en “las 3 T”, tierra, techo y trabajo para todos y en que la propiedad esté en función de las necesidades de los pueblos especialmente cuando afecta los recursos naturales, no incluyó detalles sobre el método práctico para llevar estas intenciones a buen puerto: “la Iglesia no tiene una receta para solucionar los males del mundo”, remató con meridiana claridad.

Debe darse por hecho entonces que no se nos están sugiriendo modelos que a tales nobles efectos hayan fracasado e implosionado en el pasado ni sistemas que hayan herido a la mayoría tanto por su violencia extractiva y escasa efectividad como por su venalidad estructural inherente.
Tal como los que siguen proponiendo todos y cada uno de los partidos de nuestra oposición. O los de quienes sueñan con el socialismo light de “Estados de Bienestar” que acaban sin excepción en decepcionantes estancamientos y deudas colosales. Tapando con la manta colectivista los hombros de los menos mientras se destapan los pies -y los sueños- de los más.
Con solidaridades forzadas (contradicción semántica y moral si las hay) que siempre terminan en pan para hoy y hambre para las futuras generaciones: la mayoría de los jóvenes europeos de países “ricos” con gobiernos paternalistas saben ya que no podrán alcanzar, siquiera, el nivel de vida de sus padres.

Para revertir esta farsa de Gran Hermano orwelliano en dirección a las buenas intenciones de Francisco el camino es muy otro, ciertamente. Para que los desposeídos y frenados por generaciones de legisladores estatistas (porque no lo han sido por otro motivo, desde los tiempos del Estado monárquico hasta los actuales del Estado socialdemócrata) tengan acceso a la tierra, al techo y al trabajo. Y para que los dos primeros términos sean resultado del buen accionar del tercero.

Para esto, las mayorías deberán adoptar cierta dosis de pragmatismo; de pensamiento lateral.  Cuestionando mucho de lo que hoy parece obvio. Siendo vanguardistas también en lo ideológico. Innovando en la rebeldía. Subiendo sus aspiraciones y dejando las envidias atrás.

¿Un ejemplo? estos son días en que periodistas, fiscales y ciudadanos de todas las tendencias se rasgan las vestiduras tras el “descubrimiento” de que hay personas que tienen cuentas y sociedades radicadas en paraísos fiscales.
No se cuestiona si son usadas para mover dinero sucio u honesto; se condena el mero hecho de tenerlas. Desnudando en los inquisidores los efectos del largo lavado de cerebro social-fascista sufrido, atacando al capital (al honesto, claro, porque al del pacto de proteccionismo corporativo-dirigista, al del capitalismo de amigos, no), cuando la pregunta pertinente es ¿porqué se fugó ese dinero de nuestro país en lugar de quedar ahorrado e invertido aquí? Siendo su obvia respuesta: por nuestra voracidad fiscal, falta de libertades financieras, sobrecostos laborales y burocráticos. Por nuestros afanes reglamentaristas de todo tipo. Vale decir, por nuestro escaso respeto al derecho de propiedad y disposición.

Regálese a un empleado administrativo de clase media, votante de estatismos, 6 millones de dólares en efectivo y tendremos en el lapso de un semestre a un hombre de negocios, multi-propietario y nuevo empleador partidario del Estado Mínimo, titular de al menos una cuenta off shore de ser posible en algún paraíso fiscal.
Zarpado realismo, como diría cualquier joven de 20 años.

La inversión de enfoque estaría aquí en atraer no sólo a los cientos de miles de millones de dólares argentinos fugados sino a otros cientos de miles de millones pertenecientes a exiliados fiscales de otros sitios, que siguen buscando dónde aterrizar. Exiliados económicos en fuga, espejo de los exiliados políticos que debieron fugarse de la Argentina durante los ’70 para salvar el pellejo.

Para llegar al ideal franciscano de que la propiedad esté en función de las necesidades de los pueblos (y de la sustentabilidad ecológica), deberíamos propiciar -y votar por- una verdadera sociedad de propietarios independientes, en lugar de hacerlo a contrapelo del espíritu emprendedor humano por una comunidad económicamente igualitaria, patria de “planeros” dependientes.

¿Nuestro país semi-paraíso fiscal al estilo de los estados norteamericanos de Wyoming, Dakota del Sur, Delaware, Nevada o del muy europeo y ultra civilizado Estado de Luxemburgo (mayor PBI per cápita del planeta)? ¿La República paraíso de seguridad jurídica en el respeto a los derechos de las personas y de sus propiedades honestamente adquiridas? ¿Argentina ejemplo del orbe y meca de capitales, tecnología, cultura e inmigración calificada otra vez?

Dice el saber popular que es regla de oro que quien tiene el oro hace las reglas. ¿Qué pasaría entonces con la bronca de las sociedades más expoliadoras y estatistas ante nuestra creciente actitud libertaria si el oro creciera veloz entre nosotros y desarrollara en serio nuestra tierra, efectivamente, por voluntad de su gente? Tal vez vuelvan a inclinar sus testas hoy coronadas de oportunismo neo-keynesiano como lo hicieran hace 100 años, en nuestro centenario.

Si la élite pensante tiene claro el norte, el peso de las acciones conducentes se transferirá a la tendencia, más importante en su real-politik que el efectivo logro de ideales cargados de cierto utopismo principista.
Contribuyamos a elevar a esa élite, por tanto, en sus aspiraciones tal como hizo la generación de 1880 porque como señala el mismo saber popular, sólo quienes apuntan a lo imposible son capaces de alcanzar lo improbable.








Mutua Conveniencia

Abril 2016

Para entrar al paraíso social del desarrollo necesitamos de un proceso previo de conversión. De rechazo del mal. Porque nuestros problemas no van a solucionarse cambiando autoridades sino (para seguir con la alegoría religiosa) haciendo vencer al bien.
Conversión hacia el bien que en términos laicos equivale a poner en marcha un profundo cambio de paradigma social, reorientándolo hacia el más rotundo y sustentable bienestar común.

Una senda evolutiva que implica el rechazo a todo medio violento. A toda política coactiva, generadora -en tanto tal- de estafas sin fin, resentimientos, grietas emocionales y atraso.
Un cambio progresivo hacia lo pacífico, lo diverso, lo tolerante y sobre todo hacia lo contractual-voluntario.
Orientado hacia el estímulo, el esfuerzo personal y el premio sustantivo antes que hacia la amenaza estatal, el falso sentimiento de culpa o el despojo como normas.

Evolucionando en definitiva hacia la mutua conveniencia; porque guste o no de eso se trata la vida, tómese en el sentido que se tome.

Necesitamos ese cambio de paradigma, caminando en lo político por las más amplias libertades creativas y de iniciativa individual. Por el menor número de frenos legislativos y costos burocráticos. Por la no-violencia a ultranza en todo el campo de la acción humana.
Cambio signado por una nueva cultura, gradualmente “no tributaria”. Asumiendo que la palabra “tributo” deriva en línea recta del antiguo pago obligado, impuesto, que la comunidad invadida -y sojuzgada- debía realizar anualmente al grupo invasor. A la casta gobernante, que empezó su agresivo recorrido histórico como barbarie nómade para terminar bien afincada en palacios y ministerios.
Porque ese y no otro es el principal origen (y sostén económico) del Estado; de sus nefastos imperios, monarquías, dictaduras, satrapías, teocracias y de los más imaginativos formatos de tiranía, incluyendo a la del número en muchas de sus “modernas” formas democráticas.

Esta conversión laica hacia el bien, hacia un bienestar colectivo en fuerte libertad e implacable respeto mutuo, implica una maduración mental hacia la admisión -terrible para muchos- de que más que simples avalistas del capitalismo debemos serlo del egoísmo en tanto herramienta conducente; o peor: que más que simples defensores del mismo hemos de serlo… de la razón.
Inmersos en una sociedad de mayorías ideológicamente alineadas con lo neo-místico, el cambio de norte hacia la razón aparece en nuestra Argentina como… revolucionario: emerger del largo oscurantismo corporativo-socialista de 3 generaciones para volver a abrazar la ética de trabajo y audaz valentía de nuestros bisabuelos inmigrantes, podría ser traumático para muchos.

¿Quiénes votaron en Octubre pasado, acaso, a los concejales peronistas narcotraficantes de Tucumán y Formosa? Seguramente los mismos que votaron a los gobernadores J. L. Mansur y G. Insfrán, desenmascarados meses antes por el periodismo independiente como ladrones y corruptos ilícitamente enriquecidos. Con seguridad las mismas madres que ven hoy con desesperación cómo sus hijas e hijos ni-ni de 18 años trocan en vagos viciosos, “planeros” profesionales o “soldaditos” del dealer zonal. Abuelos y abuelas tal vez, responsables de empujar por vía electoral a sus nietos a una clara conversión hacia el mal.

Tras 75 años de populismo nacionalista preguntemos a cualquier argentino qué es, a su criterio, el bien común más allá de la esclavitud clientelar; qué cosa es, hoy, el bienestar honesto de los suyos.
De poder optar ¿Qué educación elegiría para sus hijos? Sin dudas, una privada, con valores y de excelencia. ¿Qué tipo de obra social querría para asegurar la salud de su familia? Sin dudas una privada de alta hotelería y nivel tecnológico. ¿Qué tipo de seguridad policial elegiría para su barrio o su negocio? Sin dudas una privada, aunque de manos libres, equipamiento avanzado y que le rinda cuentas tras cada facturación. ¿Qué tipo de empleo quisiera tener? Sin dudas no uno en el Estado sino en una empresa privada de punta en cuanto a lo productivo, en flexibilidad horaria, capacitación y ambiente laboral, que lo participe además en sus ganancias. ¿Qué clase de ruta o autopista elegiría transitar? Sin dudas no una pública minada de parches y huellones; más bien una privada; bien iluminada y mantenida con peajes.
Y así podríamos seguir inquiriendo hasta llegar al fondo de la cuestión ya que ¿qué clase de tributos pagaría ese ciudadano al Estado para seguir recibiendo sus malos (y caros, si consideramos la presión impositiva global) servicios, de no existir multas, embargos o cárcel por no hacerlo? Sin duda pocos… o ninguno. Nadie dudaría de ser capaz de utilizar esa cantidad (más del 50 % de lo que cada argentino gana) con mejor criterio; incluyendo el solidario.
Sentido común en estado puro: si todos saben que en un mercado competitivo los servicios privados pueden ser mucho mejores proveedores de bienestar, el cambio de paradigma no debería sino enfocarse a que el mayor número tenga oportunidad de acceso a los medios económicos que le permitan elegirlos y pagarlos contratando de por sí en cada caso particular, según mutua conveniencia.

Dotar de poder económico al bolsillo familiar elevando a millones a las clases media y media alta, por fortuna, no es algo difícil. Está probado en la práctica en unos cuantos sitios. Sólo requiere desechar el polvoriento ideal de la violencia redistribucionista para despertar a otro más práctico y efectivo: el de la razón capitalista.
Singapur, por ejemplo, un país superpoblado y sin recursos naturales aplica -hasta cierto punto- esta idea libertaria y hoy vemos allí que uno de cada 6 ciudadanos es millonario (dueño de más de un millón de dólares) mientras que el ingreso anual per cápita promedio se halla desde hace años en el top four mundial.

Parafraseando a Bill Clinton: “es la libertad, estúpido”.


De seguir esta máxima con razonada decisión, nuestra Argentina no tardaría en superar los índices de Singapur, ciertamente.






Participando las Ganancias

Marzo 2016

Dramas actuales, perturbadores y sobreactuados, como los que atañen a la puja salarial no tendrían lugar en una sociedad que se hallara en busca del paradigma libertario.
No lo tendrían porque en tal sociedad el poder estaría de manera creciente en manos de los asalariados, en lugar de estarlo en manos de gobernantes y grandes empresarios corporativizados.

El proceso libertario es un camino -el más directo, justo y sustentable que existe- hacia la elevación del pueblo llano, de las mayorías trabajadoras y por añadidura de los rebeldes, los soñadores y los inconformes.
Es el escape inteligente de quienes hoy están frenados y esclavizados por los poderes combinados del Estado, de incombustibles “barones de la industria” y sindicalistas millonarios que hacen de esa complementariedad (del todo oportunista) su norte.

En el caso que nos ocupa, la vía libertaria tampoco constituiría una situación fácil para el resto del empresariado, que debería enfrentar un marco desregulatorio en lo legal-comercial, financiero y laboral que desataría energías dormidas en la producción y en el consumo multiplicando la competencia interna en muchos de sus rubros. Con nuevos participantes y más capitales en el juego de proveer a la comunidad (y al mundo) de más y mejores bienes y servicios a menor precio.
Un marco que los forzaría a una mayor eficiencia administrativa,  ingentes reinversiones y a una austeridad personal, cooperación, contracción al estudio de situación y al trabajo… inéditas. Al menos para aquellos que pretendan que sus negocios subsistan.
Donde una parte fundamental del suceso estaría en asegurarse los mejores colaboradores posibles. Una situación “de mercado” muy distinta de la actual; donde los ofrecimientos de capacitación y de mejora de condiciones laborales (incluyendo sueldos y honorarios) jugarían con fuerza en favor de los empleados. Y que generaría fuertes incentivos para que hombres y mujeres de empresa encaren, además, el siguiente escalón empático.

Hablamos de la participación de los asalariados en las ganancias de la compañía. Algo que los prebendarios, corruptos gremialistas actuales vienen proponiendo bajo la forma de obligatoriedad legal y que en un sistema liberado se daría en forma natural: sin extorsiones, represalias, despidos, resentimientos, amparos, quebrantos ni costosas contrarréplicas judiciales.
Una modalidad bien conocida entre los hacedores más avanzados de nuestro entramado económico, como es el caso de los Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola dentro del sector agropecuario, mejor conocidos como Grupos CREA. Donde desde hace años está demostrado (y se aplica) que participar a la fuerza laboral de las ganancias reales de la producción, atando porcentajes remunerativos supra-salariales al logro de metas específicas individualmente consensuadas y mensuradas, redunda en beneficios para la empresa y para cada empleado en una sinergia virtuosa donde nadie pierde y todos ganan.

La libertad de empresa y de contratos podría hacer evolucionar las cosas hacia acuerdos voluntarios aún mayores donde empleador y empleado, veeduría o representación proporcional consensuada en el directorio mediante, se avengan a compartir riesgos empresariales, reinversiones, ganancias y también pérdidas.
En lo libertario, la creatividad asociativa, la innovación laboral y sobre todo la mutua conveniencia mandan. No así el Estado, el sindicato ni la corporación.

Las dosis de inversión y las tasas de capitalización de cada emprendimiento, en general, acaban determinando la productividad y con ella la viabilidad fáctica de mejores o peores sueldos.
Sin embargo y más allá de eso, en un contexto de empresarios y trabajadores unidos en -democrática- rebelión contra la actual atada de manos estatista, el pleno empleo no sería la utopía que hoy es.
Ambientes laborales estimulantes a tono con tal evolución conceptual, potenciarían relaciones de confianza y de honestidad intelectual ligadas a las ideas de integración y superación personal. Superación mejor entendida en tanto “competencia con uno mismo” dentro de verdaderos trabajos de equipo.

La libertad individual “de industria” y su potencial de inventiva sin trabas es otra vez y será, como durante toda la historia humana, la respuesta.
Y en este tiempo que nos toca, es también la mejor respuesta a la amenaza que plantean las tecnologías informática y robótica para el mercado laboral en su conjunto a mediano y largo plazo.

En todos estos sentidos nos parece muy importante apoyar la novedosa acción social encabezada por el conocido neurocientífico Facundo Manes en sus ONG’s, orientada a movilizar un cambio de paradigma social.
Porque es claro que con un paradigma de consenso socialista, asistencialista y dirigista basado en la redistribución del ingreso por vía coactiva, no vamos a llegar a otro sitio del que ya hemos llegado.

Uno que claramente no sirve. O que sólo sirve para ser llenado de gente que, de generación en generación, sólo consiga subsistir con lo mínimo sin acceder nunca a las herramientas necesarias para desarrollar una vida plena. Vale decir, a resignarse a una continua administración de pobrezas.
Una pesadilla que es muy real en esta Argentina de paradigma mayoritariamente pro-estatista que se “conurbaniza” cada vez más. Con villas miseria que se triplicaron en los últimos años. Y que ha sido hasta hoy incapaz de generar más (y nuevas formas de) trabajo a gran escala.

Para que quienes están en la informalidad, el clientelismo parasitario y el desempleo puedan incorporarse de lleno a la actividad productiva. A la única inclusión social válida, más allá de todo relato.






Adam y los Perros


Febrero 2016

Pese a las declaraciones y medidas de orden público que debió  adoptar y de otras (más proactivas) que debió resignar por motivos políticos, antes en la ciudad y ahora a nivel nacional, son varios los indicios que apuntan al hecho de que el presidente Macri es un hombre que cree en el potencial benéfico del mercado y que descree, por tanto, del estatismo como solución socio-económica de largo aliento.

Desde el iniciático estudio desarrollado en el libro La Riqueza de las Naciones por parte del filósofo moral y economista escocés Adam Smith (1723-1790), se sabe que los mercados libres sujetos a leyes de orden general se auto-regulan en beneficio del conjunto social a través de la mejor asignación posible de los recursos existentes, siempre escasos, mediante complejos mecanismos de decisiones participadas, que funcionan como operadas por una “mano invisible”.

Mano invisible que, a pesar de documentadas fundamentaciones de economistas tan célebres como Ludwig von Mises o  Friedrich Hayek entre otros fue siempre tomada en solfa por la izquierda internacional, partidaria de un intervencionismo estatal que asegurase ventajas personales y sectoriales a sus partidarios  (contrariando el beneficio del conjunto y en especial el de los más desfavorecidos) por vía del forzamiento en lo legal-impositivo.
Una situación de violencia de Estado –siempre contraproducente- que perdura aún hoy. Y que patentiza en qué punto tan atrasado de la evolución humana nos hallamos: optando al mejor estilo cavernario una y otra vez por la coacción en lugar de hacerlo por el estímulo.
Quienes en democracia han votado intervencionismos crecientes se han comportado como una auténtica jauría de perros de hortelano, no pasando ni dejando pasar.

La auto-regulación dentro del libre mercado tanto como la ventaja real que este aporta a las mayorías honestas, proactivas, pacíficas y trabajadoras es materia que desde los tiempos desde Adam Smith ha venido demostrándose cierta en cuanto caso se haya estudiado.
Lo que no obsta para que los partidarios –por cierto exitosos- del forzamiento interesado y los buscadores de la igualdad económica (no de la igualdad ante la Ley) por la igualdad misma sigan negando el cúmulo de evidencias de sus errores. Que a su pesar, se acumulan. Errores que se traducen en un aumento relativo de los niveles de pobreza, carencias estructurales, malnutrición, menor expectativa de vida o de acceso a la seguridad y a las posibilidades de elevación personal para millones. Algo que vemos a diario a nuestro alrededor.

La vanguardia científica de nuestro siglo XXI, no obstante, vuelve a reconfirmar hoy desde nuevos ángulos aquello que La Riqueza de las Naciones afirmaba desde el siglo XVIII.
Si bien es cierto que parece contra-intuitivo esperar que del azar aparezcan construcciones socio-económicas coherentes, no lo es tanto si  entendemos el principio de los fenómenos emergentes. Que lidia con sistemas complejos en los cuales el orden no surge desde arriba o desde afuera sino que emerge desde abajo, haciendo de su auto-organización eficiente… algo casi inevitable.
En biología, por ejemplo, podemos monitorear a millones de moléculas “tontas” que individualmente consideradas parecen incapaces de evolucionar, pero que interactuando por mera coexistencia espacio-temporal y sin coordinación jerárquica alguna dan origen a un estado superior de la materia denominado célula; capacitada para nuevas y avanzadas funciones tales como crecer y reproducirse. De millones de células “tontas” emergerá una nueva manera de auto-coordinación que dará lugar, por caso, a la formación de algo tan complejo como un corazón. Órgano “tonto” a su vez a no ser que, auto-coordinado con muchos otros durante la gestación, den lugar a la emergencia de… un ser humano.

El nuevo principio científico de los fenómenos emergentes se repite en muchos sistemas y asiste también al “misterio” de la mano invisible en mercados complejos, cumpliendo sus 4 condiciones: alto número de agentes interactuando; con agentes que siguen protocolos simples y rutinarios ignorando conductas emergentes de otros niveles; en una retroalimentación que afecta y modifica gradualmente los protocolos entre agentes; y donde la suma de estas acciones de proximidad conduce a la emergencia de fenómenos originales de escala superior en eficiencia conducente, no previstos como consecuencias obvias de lo precedente.

En ciertos sentidos, aún no entendemos del todo cómo funciona un mercado liberado para beneficiar al mayor número; pero lo hace.
Igual que en el cerebro humano, donde billones de neuronas con un funcionamiento “simple” de impulsos eléctricos se auto-ordenan generando fenómenos emergentes de niveles tan altos como la inteligencia, la conciencia o la memoria, así el complejo -y tan humano- gusto por la libertad de “hacer en combinación con otros” origina emergentes tan perfectos como los descriptos por Smith en su momento. O como los previstos para nuestro futuro posible por brillantes teóricos libertarios en la actualidad.

Nuestro Presidente parece haber asumido la maravilla (y la promesa) que encierran tales claves. Su inmensa potencialidad para convertir a la Argentina, otra vez, en un país-meca de inteligencias y capitales a gran escala.

Millones de perros del hortelano aún se oponen a este salto cualitativo, sin embargo, porque su naturaleza fue educada por generaciones en la cultura de la dádiva, de la igualdad económica y de la silenciosa, resignada creencia culposa de que, finalmente, en el estancamiento encontrarán igualdad y cierta seguridad.

A esto, nuestro ilustrado Presidente deberá oponer el camino de los sabios: tal y como describió David Hume (sociólogo y filósofo, también escocés, 1711-1776) La naturaleza humana es inmodificable. Si queremos cambiar los comportamientos, deberemos cambiar las circunstancias”.





Libro de Cabecera

Enero 2016

El presidente Macri tiene, según se sabe, un libro de cabecera. Se trata de El Manantial, publicado originalmente en 1943 por la notable filósofa ruso-americana Ayn Rand (1905-1982), años antes que su influyente best seller La Rebelión de Atlas (de 1957).

Es una señal auspiciosa de parte de quien guía los destinos del país. Un signo de integridad y de claridad mental.
El protagonista de esta edificante novela, un arquitecto innovador de elevados estándares éticos se enfrenta casi en soledad a las trabas de una sociedad fanáticamente conservadora que se estanca (y retrocede), privilegiando un supuesto altruismo colectivista por sobre el trabajo creativo.
Es la eterna historia de la lucha desigual entre el ego como evidente fuente del progreso humano y la multitud intolerante, envidiosa y pusilánime acodada en el igualitarismo.
Su trasfondo recala en el capitalismo como la mejor base socio económica posible para que los creadores de riqueza y empleo prosperen: un sistema fieramente racional basado en grandes libertades, que exige y premia lo mejor de cada uno. El único que eleva al hombre a la sagrada condición de fin en sí mismo, rescatándolo de la esclavitud de saberse un medio u objeto “usable” (sin su consentimiento) para los fines de otros. El que lucha por los derechos de la gente del llano contra los cobardes tiburones del privilegio estatista.

La obra de Rand estimula la certeza de que la vida de cada persona es importante y que la expectativa individual de grandes logros se justifica y afianza en la confianza profunda en la propia capacidad.
Una confianza que los socialistas, aún negándolo, trabajan para destruir.
Peor aún, tendiendo siempre a juzgar a la persona que eleva su cabeza por sobre el común antes que a sus propuestas o al resultado multiplicador de sus acciones a mediano y largo plazo.
Está claro: es más fácil juzgar (o prejuzgar) a un hombre que se yergue superándose en relativa soledad que a una idea racionalmente demostrable; algo que el propio Ing. Macri, como el arquitecto de El Manantial, padece en carne propia.
El socialismo populista que venimos de padecer demostró su expertise en el arte clientelar de asegurarse poder para robar con tranquilidad, atacando personas e ideas éticas mediante eslóganes demonizantes sin fundamento racional serio.
Propaganda repetitiva y educación pública direccionada solventadas en contra de sus convicciones por quienes más se oponían a ello, hicieron lo suyo sabiendo que resulta difícil dominar a mujeres y hombres pensantes: una situación de elevación y empoderamiento popular que debían evitar -y evitaron- a nivel masivo.

El ingenuo (o cínico) altruismo colectivista declamado durante 3 períodos presidenciales seguidos como justificativo (irracional a esta altura evolutiva de la ciencia económica) para una supuesta igualdad terminó como era de preverse, aún contando con las mejores condiciones económicas internacionales de los últimos 100 años.
La Argentina de fines de 2015 acabó con un Estado sobredimensionado, aislada del mundo civilizado, con cepo productivo y crecimiento cero. Minada de regulaciones, con muy baja inversión y grave déficit energético. Terminó endeudada como nunca, con sus instituciones republicanas en estado crítico, con su Banco Central vaciado y un producto bruto por habitante menor al de 2011. Con más de 8 millones de personas viviendo de subsidios de emergencia, con 1 millón y medio de jóvenes ni-ni, con más de un tercio de su población trabajando en negro, otro tercio sumido en la pobreza y… enroscada en el gobierno más corrupto de su historia.

Todos los argentinos saben esto. Aun los más de 12 millones que votaron por la continuidad del modelo K.
Lo saben. Y tienen miedo porque se reconocen hijos y nietos de la cultura de la dádiva y porque la sola idea de un Presidente normal, de convicciones edificantes que apunten a un país mejor donde se privilegie la cultura del trabajo, es en si misma un reproche.
Como se revela en el libro, los colectivistas bregan secreta o abiertamente para que todos vivan del prójimo, para que todos se sacrifiquen y ninguno destaque: para que todos sufran y ninguno goce. Para que en última instancia el progreso se detenga y todo se estanque porque (y esto es lo más importante) hay igualdad en el estancamiento, donde todos quedan subordinados al deseo de otros.
Falsificando la moneda democrática de tal manera que cara sea colectivismo socialista y ceca colectivismo fascista: veneno como alimento y veneno como antídoto.

Tal y como relata el libro de Rand “Miles de años atrás un gran hombre descubrió cómo hacer fuego. Probablemente fue quemado en la misma estaca que había enseñado a encender a sus hermanos. Seguramente se le consideró un maldito que había pactado con el demonio. Pero desde entonces, los hombres tuvieron fuego para calentarse, para cocinar, para iluminar sus cuevas. Les dejó un legado inconcebible para ellos y alejó la oscuridad de la Tierra.”
Quien hoy defiende ideas libertarias, un camino al que se accede por la puerta liberal del mercado abierto y del respeto real de los derechos a “hacer” es, en Argentina, otro individualista transgresor aventurándose por territorios prohibidos.

A juzgar por lo observado en estos primeros días de gestión, nuestro Presidente parece haber comprendido bien estos condicionantes.
Y -rara avis en la historia- parece haber asumido también la necesidad no sólo política sino económica de incluir en esta gesta moral, integralmente y sin ningún tipo de prejuicios a los colonizados por el canto de sirena colectivista que no lo votaron.
Un error que en los años ’40 del pasado siglo les costó el poder a los conservadores. A pesar de los fantásticos índices de progreso social, superiores a los europeos, que con sus políticas económicas liberales habían logrado.




Derechos Humanos y Coacción Estatal

Diciembre 2015

“Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos”
Jorge Luis Borges (1899-1986)

Frente al cambio republicano propuesto por el presidente Macri, las Sras. de Bonafini y de Carlotto acaban de convocar la una a la resistencia y la otra a una suerte de cínica paciencia, en espera ambas de un pronto retorno al populismo.
Dos mujeres icónicas del totalitarismo criollo, cuyos nombres quedaron en la historia de lo que para el peronismo han significado los derechos humanos. Madres responsables de educar a sus hijos en el anti republicanismo militante y en la violencia comunera, con su visceral desprecio por la vida ajena (tercer derecho humano según la respectiva Declaración Universal). De instruirlos en la delincuencia terrorista del irrespeto a la propiedad, base de nuestra Constitución y en su corolario: el agigantamiento de la misma pobreza que dicen deplorar. Señoras para las cuales las canas parecen haber crecido en vano y que a juzgar por sus declaraciones, poco han aprendido de las (injustificables) desgracias que debieron sufrir.

El populismo que las cobijó hasta el 10 de Diciembre de este año, que las enriqueció a costa de todos mientras hundía a la clase media “conurbanizando” a (volveré y seré) millones y que ambas sueñan restaurar es el mismo que ignoró, día tras día, la mayor parte del listado de los 30 derechos humanos básicos. Una cosa, claro, llevó a la otra.

La más brutal incompetencia por amiguismo, las constantes violaciones al derecho de propiedad y disposición, la discriminación ideológica contra sectores enteros bajo impuestos confiscatorios, los ataques a la libertad de industria lícita perpetrados por legislaciones regresivas, los quebrantos presupuestarios a caballo de una corrupción estructural desbocada o la más sucia manipulación judicial, de propaganda mendaz y espionaje interno de la historia nacional hicieron imposible -de facto- su vigencia.
La “titularidad” de tales anti-derechos bajo el gobierno kirchnerista en cabeza de personajes adscriptos a las ideologías más salvajemente retrógradas y genocidas que registra la historia universal, nos exime por otra parte de mayores comentarios.

Para cuantificar por aproximación el problema comprehensivo argentino, si bien el peronista Scioli obtuvo 12.300.000 votos en la segunda vuelta electoral, resulta sensato suponer que el resultado de las elecciones primarias (PASO, donde 8.900.000 personas lo apoyaron) refleja con mayor fidelidad el número de quienes comulgan con el kirchnerismo duro, cuyo falso concepto cliento-populista de los derechos humanos está representado en la imagen y en las opiniones de ambas damas.
Sobre un padrón electoral de 32 millones de personas, equivale a algo menos del 28 % de los adultos que además, según encuestas confiables, se ubican en el cuartil menos educado/informado.

En su carácter –ya clásico- de tema manoseado por autoritarios dirigistas, el gravísimo déficit de verdaderos derechos humanos en nuestro país (que no es patrimonio exclusivo del régimen que acaba de fenecer), implicó durante décadas un freno directo a la disminución de pobrezas e indigencias y al consecuente crecimiento de nuevas clases medias tanto como de su nivel educativo.
Y un freno muy fuerte, por derivación, a las posibilidades solidarias de nuestra gente, virtual “pata maestra” (en total acuerdo con la Iglesia) de cualquier transición hacia el bienestar definitivo de los más.

Y aunque la conciliación nacional, el cierre de grietas y el olvido de los crímenes cívicos de tantos argentinos durante tantos años de prostitución legislativa, resentimientos y avivadas desatadas estén en el centro de las buenas intenciones del gobierno entrante, la élite pensante debería tener muy presente el norte a seguir más allá de las necesarias consideraciones coyunturales de orden político, si no queremos lamentar dentro de cuatro años… un enésimo fracaso.
Un norte des-masificador; de responsabilidad individual sobre los propios actos, de implacable respeto a la propiedad ajena y de fortísimas libertades creadoras que, aunque se vea lejano al amparo del pensamiento de Borges que encabeza esta nota, nadie que se diga evolucionado debería perder de vista.

En tal sentido, valgan las también premonitorias y ultra vigentes palabras del sabio francés Frederic Bastiat (1801-1850) “La fraternidad es espontánea o no lo es. Decretarla es aniquilarla” y “Aunque deba amarse la conciliación, hay dos principios inconciliables: la libertad y la coacción”.








Terrorismo, Poder Nacional, Bienestar y Libertad

Diciembre 2015

Los recientes atentados terroristas de Estado Islámico en Francia resultan motivo de confirmación positiva respecto de las inmensas ventajas del sistema de la libertad y de los horrores que acarrea el autoritarismo.
Aunque las matanzas en Europa y otros sitios compelen al mundo civilizado a una reacción, sus autoridades estatales siguen sin mostrar la madurez requerida para actuar concertadamente, incapaces de dejar a un lado sus respectivos proyectos de dominación nacional. Priman así los objetivos de poder de los integrantes de cada gobierno y como consecuencia del aquelarre de intereses políticos cruzados, el nuevo califato sigue adelante saliéndose con la suya.
Apoyándose, desde luego, en tales divisiones: la guerra fría sigue viva y sus contrasentidos alimentan al monstruo del terror autoritario que pretende devolvernos al Medioevo cultural.

La reflexión pertinente tras la comprobación de que el gobierno francés decretase el estado de guerra y excepción, reduciendo más libertades personales de las que ha venido reduciendo con el pretexto de su defensa, debería hacernos asumir que la emergencia se ha tornado -allí y aquí- en algo constante. A entender que al revés de lo debido, hoy la ley es la excepción y las garantías suspendidas… la norma. Que tenemos a la peligrosísima e inasible “razón de Estado” (bajo este u otros pretextos) ganando la pulseada contra el bienestar.

Es comprobación cada vez más extendida que el poder político (en verdad el de quienes lo administran) sirvió de muy poco a lo largo de los siglos si el parámetro a considerar es el bienestar sustentable, creciente y a libre opción para las mayorías.
Porque tanto el poder de los políticos como su vieja y querida razón de Estado dependen del estado de miedo de esas mayorías; de mantener una perenne sensación de inseguridad física y financiera, laboral, sanitaria, educativa, patrimonial y previsional; necesitada de un Gran Hermano protector. Disciplinador. Autoritario.
Se guardaron bien que dependiera de un bienestar general sólido, de altos valores y autoestima, altas responsabilidad y capacidad intelectual de decisión. Hubiera sido trabajar contra sus intereses de casta; por su propia y natural extinción.

Uno de los innumerables resultados negativos de este orden de cosas es el terrorismo que hoy enferma y coarta a nuestra civilización.
Lo es porque se trata de un orden que no fue capaz de crear las condiciones sociales que evitaran el surgimiento de tal cantidad de fanáticos violentos.
Que no fue capaz de sostener en alto las fantásticas banderas de los Padres Fundadores de la revolución norteamericana, que sirvieran de ejemplo a nuestra Argentina y a tantos otros países.
 Banderas libertarias que intentaron plasmar en una constitución que asegurase el bienestar de los más. Aherrojando al Estado para impedir su deriva hacia el viejo autoritarismo fiscalista y regimentador que siempre acababa ahogando las iniciativas personales y el progreso de la comunidad. Para evitar que se transformara en un delincuente legal; en un ladrón y un forzador.
Hablamos de un orden meritocrático abierto, justo, inteligente y no discriminatorio que mientras funcionó impulsó a los Estados Unidos (y a la Argentina en su momento) al mayor crecimiento económico y a la más poderosa movilidad social sustentable que recuerde la historia de la humanidad.

Las fuerzas unidas de la demagogia, de la ignorancia y del humano resentimiento aflojaron sin embargo los grilletes del Estado y la deriva descendente se afianzó.
El orden que gobierna la civilización occidental no es hoy meritocrático ni abierto, salvo honrosas y pequeñas excepciones. Ni acredita ninguna de las otras características mencionadas, en el grado en el que sería necesario tenerlas.
Es así como, especialmente durante los últimos 100 años, no se verificaron los avances sociales y económicos que hubieran evitado, en retro-efecto dominó, las recientes masacres de Francia. Además de una inmensidad de otras calamidades observables a nivel mundial, en cuya raíz está el autoritarismo cortador de libertades que nos rige.

La vigencia efectiva de los derechos individuales y a la búsqueda de la propia felicidad, fundamentos de hierro de aquella revolución y de nuestra gloriosa Constitución, implican una “libertad de industria” de raigambre ética, lamentablemente olvidada.

En tal sentido, el desarrollo global de fuertes libertades en el comercio y los servicios, en los intercambios culturales y tecnológicos, en los flujos turísticos y financieros, en las infraestructuras y comunicaciones entre otros ítems provoca con el tiempo poderosas imbricaciones sociales a nivel transnacional.
Una red de relaciones, empatía, bienestares crecientes e intereses compartidos entre diferentes sociedades que dificulta enormemente la difusión de odios y enfrentamientos. Simplemente porque no le convienen a la gente; porque son caros, dolorosos e inconducentes. Del mismo modo que tampoco le convienen, por idénticas razones, los gobiernos autoritarios. O quemando etapas evolutivas, los gobiernos, a secas.
Asimismo, las libertades en tecnologías sofisticadas para usos defensivos a nivel individual y en redes privadas cooperativas de primero, segundo o tercer grado promoverían, combinadas, un altísimo nivel de seguridades e inteligencia que incluirían la posibilidad de letales represalias, disuasorias frente a ataques arteros de cualquier origen. Represalias avanzadas, implacables y mucho más desarticulantes que las del atacante que osara intentarlo.

Con el tiempo no cabrá más que aceptar que la seguridad depende de la expansión del bienestar, que este depende de la expansión de las relaciones globales a todo orden, que estas dependen de la expansión de la libertad en todos los campos y que esta depende de la contracción de los poderes estatales que la condicionan.

Se trata, claro, del ineluctable camino hacia la no-violencia.





Anticipándonos

Noviembre 2015

Dejemos de lado por unos minutos lo urgente y permitámonos levantar la mirada, repensando algunos temas de fondo.

Considerando, por ejemplo, qué tan arrinconada ha quedado nuestra sociedad por algunas creencias estúpidas, jurásicas, como la de que los precios están mayormente determinados por los costos físicos de producción, la de que el sistema de elecciones personales (el mercado, en toda su extraordinaria complejidad) puede ser manipulado desde el Estado en beneficio de los más necesitados o la de colocar a la gente que nos gobierna en un estándar intelectual y ético superior, creyendo seriamente en su “vocación desinteresada de servicio”.

Supersticiones que no son exclusivas de argentinos lumpenizados; obligados por generaciones a someterse a la picadora cerebral y de adoctrinamiento cretinizador de las escuelas públicas.
También lo son de muchos individuos educados, pudientes y hasta cierto punto ilustrados. No así de personas evolucionadas.

Estupideces de este tipo sólo produjeron pérdidas netas de “valor social” tanto financieras cuanto productivas; tanto cuantitativas como creativas que lenta pero fatalmente se expandieron en círculos concéntricos por la economía nacional, como ondas en el agua. Olas que terminaron llegando a las orillas de la indigencia, el “paco” y la malnutrición, visibles como nunca al cabo de estos últimos doce años en el impresionante, descorazonador crecimiento (en número y tamaño) de los asentamientos “de emergencia” o villas miseria en las márgenes de todas nuestras grandes ciudades.

Vivimos –y esto es muy grave- arrinconados por la costumbre de que cada consecuencia desastrosa de la intervención gubernamental contra las decisiones de la gente (contra el mercado) sea usada como justificativo para nuevos y más imaginativos palos en la rueda a las libertades de acción creativa de la sociedad.
Recordándonos que en lo esencial, el propósito del controlador estatal es impedir; no crear. Impuestos y regulaciones (siempre crecientes) básicamente frenan, no aceleran el ahorro, la innovación, la inversión, la creación de nueva riqueza y de oportunidades reales para la gente común.

El fracaso de las mayorías en entender esto no es una tara exclusiva de la Argentina: constituye en sí uno de los hechos más notables de la Historia. Y la explicación más directa de porqué a esta altura del tecnológico siglo XXI cientos de millones de oprimidos en todo el mundo siguen sufriendo pobreza, ignorancia y exclusión.

Lo cierto es que no tenemos porqué seguir esta receta ruinosa. No es obligatoria ni ineluctable. Es sólo un mito, orquestado por las castas opresoras (hoy a la intemperie, unidas tras la candidatura de D. Scioli) que de él se benefician.
La decisión de reconvertirnos en una superpotencia futurista implicaría, justamente, tirarla al tacho de las recetas perniciosas y de las creencias inservibles… antes que otras sociedades.
Puede que el cachetazo del actual, monumental fracaso peronista a todo orden sea el shock que despierte las energías (y genialidades) dormidas de nuestro pueblo.

La receta contraria a la pobreza es la abundancia. Y la experiencia práctica, el sentido común, los economistas de vanguardia y hasta los ambientalistas más evolucionados nos aseguran que para poner al alcance de la totalidad de las personas bienes hoy estúpidamente “limitados” (todo lo que es deseado y existe, como los mejores servicios de salud, los inmuebles, la educación de excelencia, la más efectiva solidaridad, los esparcimientos, las tecnologías de abaratamiento y abundancia sustentable etc. etc.) hay que pasarlos al área de la propiedad privada, haciéndola funcionar en un mercado abierto, libre, competitivo y sin sectores privilegiados.

Resulta coherente a esta verdad, observar cómo colectivistas que nos proponen el sacrificio tributario y la conformidad como forma de vida, que aborrecen la riqueza, el éxito personal, la felicidad e independencia humanas se dan la mano en nuestra Argentina 2015 con “industriales” y “empresarios” que resienten del capitalismo popular; que prefieren sostenerse sobre favores obtenidos de amistades, retornos y presiones sobre burócratas cebados antes que sobre derechos éticos y merecimientos igualitarios.
Claro está, es lo más conveniente para ambos extremos de la cadena: no tener que competir en un verdadero mercado laboral ni en un verdadero mercado comercial, donde los primeros beneficiados serían los integrantes del capítulo argentino de esos cientos de millones de oprimidos sin proyecto ni sueños de los que hablábamos más arriba.
Lo que no es de ningún modo conveniente para funcionarios y  “empresarios” e “industriales” protegidos es que el pueblo llano se sacuda esa cadena, liberándose de ellos. Haciendo tronar el escarmiento de las condenas social y judicial.

En este sentido, el cambio de gobierno que se aproxima se presenta como tiempo propicio al cambio de ciertos paradigmas.
En particular los que apunten a empezar a liberarnos de las creencias irracionales que nos hundieron durante los últimos 70 años.
A romper otra vez las cadenas (como bien clama nuestro himno); sacarse el dogal del cuello, la media de la cabeza y el trapo de la boca para caminar hacia la libertad de opciones, dejando atrás el modelo socio-fascista de tribus beligerantes: grupos de presión económicos en lucha por los favores de la nomenklatura o bien para guarecerse de sus descargas de napalm impositivo y reglamentario.

La simple verdad es que el Estado será a corto, mediano y largo plazo, siempre, nuestro enemigo; por más amables que parezcan las caras de quienes lo dirigen. Y que el precio de una relativa prosperidad social será el someterlo a perpetua vigilancia en tanto evolucionemos lo suficiente en masa crítica como para comprender que hemos estado avalando un ingenio costosísimo, innecesario y sobre todo… muy peligroso. Siempre renovado y siempre listo a repotenciar el sistema de tribus beligerantes, fuerza bruta monopólica y discrecionalidad digitada que tanto conviene a los demagogos clientelistas.

Ninguna constitución, por buena que fuera, pudo limitarlo en el tiempo a sus funciones teóricas de servicio público eficiente. Por más que fatiguemos los libros de historia, no encontraremos en los últimos 8.000 años un solo ejemplo que contradiga esto.
Algo que se verifica por una enciclopedia de razones, de las que mencionaremos una: como cualquier otra persona, el funcionario de Estado con cierto poder desea su bienestar; no ingresa al “servicio público” para vegetar, empobrecerse ni granjearse antipatías; creer otra cosa implica una ingenuidad inaceptable a esta altura. Lo que es en sí algo natural y socialmente útil. Pero ocurre que a diferencia de cualquier otra ocupación -excepto la de ladrón- la única vía de acción con la que él cuenta para satisfacer su deseo es utilizar la fuerza que tiene a su disposición restringiendo, más y más, los derechos a la propiedad y la libertad de otras personas.
No existe otra manera de hacer auto sustentable su empleo e incrementar su ingreso. Una nefasta desigualdad con el resto de los mortales que se mantiene debido a la dificultad de un cálculo costo-beneficio comunitario imparcial de su productividad como frenador. La que en verdad es negativa.

Lo que facilita que la parte más ignorante o cínica de la población consienta en avalar despojos y atropellos pseudo-legales, camuflados bajo palabras previamente sacralizadas desde la currícula educativa tales como “razón de Estado”, “justicia distributiva”, “soberanía económica” y otros infantilismos tóxicos para la salud económica de todos.

Anticipémonos, como en su momento lo hizo la generación del ’80. Subamos la apuesta. Realineemos con mayor fineza nuestro norte intelectual. Y sigamos plantando las semillas de una nueva Argentina, rica sin complejos, poderosa, abierta, ética e inclusiva en serio.







Un País Leming

Noviembre 2015

Los lemings son unos roedores gregarios cuyo hábitat se sitúa al norte de los continentes euro asiático y americano.
Viven en cuevas formando grandes colonias de miles de individuos y no son muy diferentes de otras familias de roedores excepción hecha de una tenebrosa peculiaridad: transcurrido cierto lapso de tiempo (usualmente cada 4 años),  la colonia entera emprende una enloquecida carrera hacia territorios desconocidos siendo común que terminen lanzándose en masa por algún acantilado para perecer todos ahogados en el mar. 

Dejemos a los zoólogos el estudio de este extraño comportamiento suicida y viajemos hacia el sur de nuestro continente para observar in situ a otra población de tendencias autodestructivas, esta vez de la especie homo sapiens.
Se trata de los votantes populistas argentinos que, como los lemings, saltan periódicamente en masa al vacío del resentimiento, la pobreza auto infligida, la violencia y el odio al éxito.

Sucede, en efecto, desde hace unos 70 años. No ya los zoólogos sino los sociólogos deberían estudiar las razones por las que una enorme cantidad de argentinos apoya en las urnas a organizaciones que ostentan una visión tan primitiva -casi cavernaria- de nuestras opciones económicas.
Buscando el pleno empleo y la mejora de los salarios reales a través de hundir con impuestos y prohibiciones al sector exitoso de la economía para subsidiar al sector incompetente, tras la idea de cerrar el país sustituyendo importaciones; intentando fabricarlo todo de cualquier manera sin tomar en cuenta nuestras ventajas comparativas.

Modelo ya obsoleto en 1945 mas claramente suicida a esta altura del siglo XXI donde sólo se salvan aquellas sociedades que orientan sus economías hacia la exportación, la integración eficiente y la especialización global.
La antigualla que nos imponen el peronismo y otros retro-progresismos criollos supone ese crecimiento de patas cortas orientado al mercado interno que una y otra vez nos lanza por el acantilado, estrellando a la Argentina contra el mar del atraso y la indigencia.

Dejando de lado las tentadoras propuestas de campaña, guste o no, el ADN peronista (en sus estilos evista, isabelista, menemista, duhaldista, kirchnerista, sciolista o… massista) impone la prepotencia como sistema dentro de un solo modo de resolver las diferencias: mediante el sometimiento a la masa por ellos manipulada. Un libreto-base que reiteran desde los ’40.
Promueve un autoritarismo paternal que desvirtúa y viola las instituciones republicanas (incluyendo tanto auditorías y sindicaturas como el funcionamiento de los poderes Legislativo y Judicial, el federalismo o la propia Constitución Nacional), suponiéndolas trampas anti populares que es necesario eludir.
Una concepción tribal, donde la adhesión al líder siempre reemplazó a los valores éticos propios de sociedades civilizadas y que resulta clave para entender por qué nos hundimos.

El ideario pejotista posee, sí, algunos “valores” constantes: des-educación pública, elevación de impuestos distorsivos y gasto clientelar, corrupción endémica, colapso sanitario, estafa previsional, endeudamiento, destrucción de la moneda y sobrevolándolo todo, una defensa cerril de intereses sectoriales aunque estos obstruyan la creación de riqueza generalizada.

Uno de estos intereses sectoriales es la corporación gremial adicta comprada por el gobierno con inmunidades, cotos de caza monopólicos y privilegios, que no representa al mundo del trabajo sino al mundo de los sindicalistas. Instituciones como los gremios, que debieran ser profesionales, con amplia libertad de afiliación y políticamente neutrales, trocan en fuerzas de choque antidemocráticas serviles a los funcionarios que los apañan.
Con dinero de aportes obligatorios o de fondos destinados a ayuda social costean grupos piqueteros de presión social que  blindan al poder político peronista por fuera de las instituciones de la república y del sistema de partidos.

El populismo argentino conforma así una organización básicamente mafiosa, vengativa, minada de envidias, prejuicios, desactualización e ignorancia. Sin moral ni sed de verdadera justicia, a quien importa menos el progreso de la patria que el mantenimiento de los privilegios de la oligarquía que forman sus líderes con gremialistas millonarios y  “empresarios” subsidio-dependientes.
La historia de estas últimas siete décadas dominadas por el justicialismo, por sus ideas o bien por su oposición destructiva, son el ejemplo palmario de cómo se despedaza un gran país haciéndolo retroceder hasta el pelotón de cola del planeta, con un inmenso costo en sufrimiento y muertes prematuras pagado, en especial, por nuestros compatriotas más desprotegidos.
Tal como lo vemos hoy y aunque siga procurando cambiar caretas, cada vez que el peronismo gobierna deja a la economía al borde del colapso y a la sociedad en estado de grave confusión y desesperanza.

Una sociedad que, engañada o no, temerosa o no, por estúpido oportunismo inmediato o no, elige esto cada 4 años no puede sino retroceder hacia la barbarie y el empobrecimiento, hacia el enfrentamiento y la disgregación, hacia el sálvese quien pueda, la indignación de los expoliados y el descrédito internacional.

La fracción pensante de nuestra ciudadanía no debería engañarse: sobre unos 25 millones de votantes en la elección del pasado mes, con más de 14 millones que lo hicieron por variantes peronistas y más de 1 millón que optaron por plataformas “de izquierda”, estamos todavía y sin duda alguna… ante un país leming.

La responsabilidad de cambiar este descalabro moral e intelectual, que asumirá el Ing. Macri con el frente Cambiemos en nombre de todos, aparece tan abrumadora… ¡como desafiante!





Libre Mercado ¿Para Qué?

Octubre 2015

Tal vez sea obvio decir que la solución más inmediata a la mayoría de los problemas argentinos pasa por dotar de poder económico real, honesto y sustentable al mayor número de ciudadanos en el menor lapso posible. O no tanto: las elecciones generales de este mes amenazan con hacer avanzar a nuestro país desde la grieta interpersonal (entre los partidarios del país de matriz productiva y los partidarios del país de matriz parásita) al siguiente nivel de ruptura social: el que va de Argentina a  Argenzuela.
Un nivel que nos acerca a un sometimiento más severo y a más pobreza; a la emigración, a la secesión o a la guerra civil.
El modelo vigente nos lleva en línea recta, desde 2003, en esa dirección. Aún con los retoques que pueda hacer con su mejor voluntad populista, esperanza, fe y optimismo el Sr. Scioli.

Al momento de escribir esta reflexión, los candidatos peronistas Massa y  Rodríguez Saa tanto como los socialistas Del Caño y Stolbizer aportan como funcionales a esta marcha estorbando la consolidación del Sr. Macri, único con alguna posibilidad de detener el desbarranque nacional causado -como en los ’50, los ’70 y los ’90- por el Justicialismo. Movimiento político portador de una responsabilidad sin atenuantes (y una prospectiva aterradora para los más necesitados), desnudada por Fernando A. Iglesias en su último e impresionante libro “Es el Peronismo, Estúpido”.

Los cuatro candidatos nombrados en primer término, por caso, siguen tan ansiosos de tropezar con la misma piedra como lo estaban sus abuelos en los ’40.  Sus eventuales construcciones sociales están destinadas a quedar otra vez truncas cuando no a caer, toda vez que insisten en asentarlas sobre cimientos de barro.
Como la tara conceptual que les impele a equiparar el poder político con el poder económico, partiendo de la base de que la producción debe tener su contrapeso en la coerción, forzando así un juego de frenos mutuos con supuesto beneficio para todos. Algo que la malvada  realidad se encarga de desmentir a diario.

En los casos socialistas (Stolbizer y Del Caño) por una cuestión de orgullo y/o culpa mezclado con desactualización y en los casos peronistas (Scioli, Massa y Rodríguez Saa) por una cuestión de conveniencia oportunista de casta, lo cierto es que todos se niegan a asumir en profundidad el hecho de que el poder económico es ejercido por medios positivos (morales, éticos) al ofrecer a todos los participantes el incentivo de una recompensa, valor o pago voluntario si satisfacen a la sociedad con aquello que ofrecen, toda vez que se permite la libre competencia sin actores privilegiados. Mientras que el poder político es ejercido por medios negativos (inmorales, antiéticos por violentadores de quienes no han violentado previamente a nadie) al basar su razón de ser en exacciones bajo amenaza de castigo, daño y destrucción aplicadas en forma monopólica, así como en el otorgamiento de privilegios.

Debería estar claro para todo ciudadano, además, que la así llamada “competencia” por el poder político no es sino la opción entre dos o más variantes de forzamiento (opción entre males) mientras que la competencia comercial que posibilita el poder económico se define como la opción entre bienes, en un marco legal no coercitivo.

Vale decir, se trata de poderes que no son del mismo orden ni pueden ser equiparados como proveedores de bienestar ya que uno opera mediante valores ofrecidos y el otro mediante miedos impuestos.
La autoridad moral (y práctica) de un emprendedor creativo liberado de sus cadenas en relación al beneficio comunitario de su acción es incomparablemente superior a la de un burócrata, que no crea nada.
Ningún coaccionador debe tener autoridad sobre un productor que haya quedado sujeto al control popular del libre mercado. Punto.
Al menos si no queremos seguir internándonos en el fangal de mentiras, pobrezas y decadencia en el que millones de votos poco reflexivos nos metieron.
¿Por qué se aplican frenos y sobrecargas a personas dispuestas a arriesgar lo suyo, trabajar duramente y crear bienes generando empleos y oportunidades antes inexistentes?
Tal vez por esos cada vez más frecuentes aguijonazos de barbarie, como resentimiento de enano, que florecen en las familias argentinas al ritmo “tumbero” del clientelismo y sus ni ni.
Ya fracasamos colectivamente intentando privilegiar, entre otras, a una casta de industriales incompetentes, eternos talleres protegidos que lucraron alegremente durante décadas. Bancados por los consumidores y por los genuinos creadores argentinos de poder económico y trabajo. Todo ello a costa del hundimiento de la nación frente a la enormidad de lo que pudo ser y frente a una pléyade de naciones a las que antes mirábamos desde arriba.

Por forzar contra natura un menos efectivo uso del capital, accedimos a un nivel de bienestar general mucho menor al que de otro modo hubiésemos conseguido. Es eso y no el odiado respeto al derecho de propiedad y la denostada búsqueda de la propia felicidad lo que ha determinado los espantosos índices de desigualdad y podredumbre moral que padecemos.

Señoras: entre los gritos del aquelarre argentino del sálvese quien pueda, una notable mayoría sigue rechazando el libre mercado a pesar de que sus problemas, entre ellos el pavoroso déficit educativo,  fueron creados por gobiernos que se dedicaron a bloquearlo.
Clave maestra, si las hay, para encarar con la ayuda de valores más evolucionados la reconstrucción de nuestra república.
Nótese que la totalitaria Cuba tiene una sociedad “educada” y aún así sus ingenieros manejan taxis de los ’50, haciendo patente que sin mercado libre la educación tampoco sirve.
Hoy está claro: como bien dijo Mariano Yela (filósofo y psicólogo español 1921-1994) “Educar es liberar. Sólo educa el que libera. Pero a su vez, liberar es educar. Sólo libera el que educa”.

Señores: ¿Podremos evitar nuestro jueguito cuatrienal de ruleta rusa?

Todo indica que, esta vez, la bala quedó situada frente al percutor.