Mosaico


Junio 2020

Son mayoría en nuestro país quienes, cuando escuchan las palabras libertario anarcocapitalista (ancap), retroceden un paso mental y se ponen en guardia.
Asocian estas etiquetas con el caos de lo anárquico, el sálvese quien pueda en lo económico, el abandono de toda solidaridad y compasión, la pérdida de derechos para los desfavorecidos, la ganancia individual antes de cualquier otra consideración y en general, con el egoísmo desatado en el marco de un sociedad regida por grandes empresas monopólicas y bancos transnacionales.
Siguiendo un reflejo condicionado, las asocian a la imagen de seres humanos empujados sin miramientos a la indigencia y la desesperación; convertidos en objetos al servicio de la fría productividad. A especuladores financieros y cínicos patrones con tendencia al esclavismo, parapetados tras los muros de sus mansiones.
En síntesis, asocian lo libertario con el zorro en el gallinero.

Tal el estereotipo promovido por la desinformación diseminada durante décadas por grandes instituciones como el Estado y su Ministerio de Educación, el empresauriado con privilegios de protección permanente y los sindicatos de afiliación obligatoria con sus mafias y estatutos de aplicación compulsiva. Auténticas oligarquías que se perciben a sí mismas (con toda razón) como  perdedoras en lo económico, de habilitarse un sistema de libertades populares reales y justicia proba. 
Una coalición formidable en poder y en dineros, por cierto, que involucra además a millones de empleados públicos (y aún privados), electoralmente inducidos al paternalismo proteccionista de izquierda. Personas que sin darse cabal cuenta, compran esa “seguridad” de mínima -que termina en pobrismo generalizado- al altísimo precio de perder su libertad y con ella, sus sueños; y lo que es peor los de sus hijos y nietos.

Lo cierto es que el caos y el egoísmo no es lo que sobrevendría a un eventual entorno ancap como pretenden hacernos creer sino lo que tenemos hoy, aquí mismo, frente a nuestras narices.
Vivimos bajo el yugo esclavizante de un Estado que es la quintaesencia del zorro en el gallinero. Que pesca en la pecera y que caza en el zoológico con impuestos asfixiantes (de hasta el 90 % de la renta) sobre los infelices inscriptos que cumplen con la “ley”. Pero que también carga con tributos de más de un 50 % (en este caso indirectos o encubiertos) al resto del abanico social supuestamente favorecido, encareciendo artificialmente todo lo que por fuerza debe adquirir para su supervivencia.
Vivimos sepultados por un mar de regulaciones que favorecen a los monopolios establecidos entorpeciendo de mil modos la competencia interna, la externa y la aparición de nuevos jugadores. Competencia limpia que sería garantía de multiplicación de empresas (y empleos reales), de efectivo control de  precios y de una geométrica expansión de opciones de todo y para todos.
Un Estado que ni siquiera es solidario; ni protector: tras siete décadas de paternalismo y “sensibilidad social” mal entendida, hoy nos aturde con el cachetazo de una realidad que abruma; confirmada por innúmeros estudios y gráficos descriptivos del proceso de conurbanización (decadencia) general de la Argentina: empobrecimiento, mala sanidad, justicia corrupta, hacinamiento en asentamientos precarios, descenso social (con más un efectivo bloqueo al ascenso), desesperanza, inseguridad, clientelismo forzado, caída de nivel educativo, escasa infraestructura, etc.

Cachetazo que nos despierta con el pavoroso hecho consumado de que fuimos ricos, cultos, educados y decentes y ahora somos maleducados, pobres, corruptos y lo peor, esclavos; literalmente, siervos de la gleba.

El egoísmo atribuido a los libertarios no es otro que el de las 3 oligarquías criollas imponiendo con cinismo este sistema. Las conocemos bien: las integran los sindicalistas, los “empresarios” cortesanos y los políticos de sonrisas falsas; todos con sus caras de piedra y su sed de riqueza rápida. El Estado como herramienta de poder e impunidad es su camino; los ciudadanos de a pie, los objetos finalmente a su servicio, como se demuestra una y otra vez.
Los integrantes de esta cruel Nomenklatura son  aquí, ahora mismo, esos tan temidos patrones y especuladores insensibles parapetados tras los muros de sus mansiones en Nordelta, Punta del Este o Miami; con cuentas numeradas en Seychelles, Nevada o Panamá. Con autos de alta gama, yates, aviones y hasta estancias compradas a precio vil a productores agropecuarios de generaciones, que se funden ahogados en impuestos.

El anarcopobrismo obligatorio y violento que nos rige, que no funciona si no es mediante la barbarie de un Estado policial apoyándolo, es lo opuesto al sistema libertario no-violento, contractual y voluntario.
Anarcocapitalismo que, en verdad, es la filosofía natural de la gente común ya que el principio de la no-agresión del pensamiento libertario es la base de la moral y la ética de la mayoría de las personas que viven de su trabajo con sacrificio, honestidad y respetando los derechos del semejante. De los ciudadanos de bien que enseñan a sus hijos a no comenzar peleas o agredir a otros. A no engañar, trampear o robar, asumiendo que todo lo pacífico es bueno y que la violencia, por principio, es mala. Que el que estudia y  trabaja, progresa y que el mérito es recompensado.
Que el que las hace… las paga; enseñando y practicando la asunción de la responsabilidad individual por las propias acciones sin escudarse en la montonera ni en la masa.

En realidad, como bien estableció hace años el catedrático, economista, premiado y agudo intelectual norteamericano David Friedman, “todo lo que el gobierno hace puede ser clasificado en dos categorías: aquello que podemos suprimir hoy y aquello que esperamos poder suprimir mañana. La mayor parte de las funciones gubernamentales pertenecen al primer tipo”.
Pues bien; los grandes avances tecnológicos, informáticos y de empoderamiento en red de los últimos años hacen posible que las funciones gubernamentales de esta segunda categoría también puedan ser suprimidas ya mismo. Es decir, lo privado puede suplantar con ventaja a lo público en todos los casos, sin excepciones; incluso en justicia, seguridad, previsión, salud, educación y asistencia social entre otros ítems, antes “vacas sagradas”.

Si bien hubo en la antigüedad ejemplos de pueblos libres autogobernados con éxito, lo cierto es que las complejas sociedades modernas tienen hoy más facilidades que nunca para manejarse, si lo quisieran, prescindiendo del enorme peso muerto de un Estado.

Qué bella y revolucionaria idea, la de clavarle una estaca en el corazón al vampiro que succiona cada día la sangre vital de nuestra gente. Qué poderosa y noble aspiración la de abatir para siempre con la bala de plata del voto, al inmundo leviatán que nos roba, nos frena y nos somete.

Hasta hoy en pequeños (y muy prósperos) enclaves pero hasta el siglo IX en Inglaterra, hasta el XII en Francia, hasta el XIII en Italia o hasta el XIX en Alemania, imperó una partición política que dividía al orbe en numerosos principados, ducados, marquesados, condados o Ciudades-Estado independientes que resistieron por milenios la unificación forzada en grandes Estados-Nación. No siempre la masificación coactiva fue norma.
Incluso en la admirada Grecia clásica, creadora de la democracia y paradigma de nuestra civilización, la población se repartía en un mosaico de Ciudades-Estado absolutamente independientes que negociaron o guerrearon entre sí por siglos. No existió nunca un tal “Estado griego” unificado.

De haber sido otro el curso aleatorio de la historia y de haberse resistido con éxito las concentraciones manu militari que ocurrieron, tendríamos hoy, seguramente, un mundo del mismo tamaño pero mucho más rico y diverso; más interesante en lo cultural y étnico; más abierto e imbricado en lo comercial y sobre todo, más pacífico.

Los libertarios imaginan el largo plazo transitando una reversión gradual; desde el modelo centralizado y sus reglamentaciones generales esclavizadoras de minorías hacia un modelo basado en la elección individual y la contractualidad; descentralizado; de jurisdicciones independientes aunque con intensas redes de acuerdos de conveniencia en rubros como relaciones exteriores, sistemas penitenciarios, defensa o infraestructura, entre muchos otros.
Un mosaico policéntrico de regiones o megalópolis autónomas donde los ciudadanos (accionistas al estilo cooperativo o bien socios, siempre por contrato) se autogobiernen gerencialmente en todos los sentidos con avanzadas libertades civiles. Sin tener que vivir forzados, bajo las reglas contraproducentes y la histeria militante de votantes con los que no se está de acuerdo.

Algunas de estas comunidades o free cities (concepto ya incorporado como posibilidad cierta en la legislación de algunos países; otra posibilidad factible sería la secesión) bien podrían ser de corte socialista o comunista, compartiéndolo todo en fraterna igualdad y cobrando a sus socios las contribuciones que fuera menester recaudar; supuesto sitio ideal de vida para todo progresista honesto, por cierto.
Otras podrían ser del tipo capitalista tradicional dando prioridad al respeto por la propiedad, al mérito individual, al ahorro, a la inversión, al crecimiento económico, al aumento del bienestar y a la consecuente (y muy poderosa) solidaridad voluntaria inteligente desde la riqueza. 
Decantando el tiempo es probable que predominen, sin embargo, las comunidades mixtas donde impere tras sus fronteras la regla-base de la función social empresaria en el marco de un sistema muy libre, abierto y colaborativo (incluso participativo) basado en las nuevas normas de la eficiencia dinámica, hoy adscriptas a la Escuela Austríaca de economía de mercado.

Sociedades todas de adhesión no forzada donde, abolida la coacción, los impuestos serían reemplazados por el pago a nivel personal de servicios efectivamente prestados. Desde rutas, calles y parques a justicia, educación y defensa, pasando por ambientalismo, agua o energía.
Donde la inmensidad de dinero ahorrada tras la extinción de nuestras tres oligarquías parásitas quedara en poder de los ciudadanos, sus empresas y familias, quienes decidirían su mejor uso y reinversión; generando un fortísimo shock de crecimiento y riqueza generalizada, aun cuando esta se verificase con ostensibles desigualdades.
Y donde la libre competencia resultante asegurase una gran multiplicidad de opciones en precio y calidad de todos los productos y servicios imaginables (o inimaginables hoy), pensados para todo bolsillo y situación.

Aunque ello no funcionase de manera perfecta (nada de lo humano lo hará nunca), sería sin duda mucho mejor -y más esperanzador- de lo que tenemos ahora, imperfecto, insolente y vejatorio hasta lo insoportable.
¿El costo social de iniciar su puesta en práctica? Sin duda es menor que el precio que hoy mismo pagamos en términos de sufrimiento, decadencia ética y descalabro social.
Y mucho menor que el de la alternativa estatista (redoblando la apuesta al más de lo mismo) que el régimen gobernante se encuentra pergeñando para cuando termine la pandemia.

Simples razones de sentido común que abonan el entusiasmo por un nuevo e inspirador Norte hacia donde apuntar sabiendo que, como bien dice el refrán, nunca habrá vientos favorables para el que no sabe adónde va.




Inteligencia Emocional Social


Mayo 2020

Tomemos distancia por un momento de lo cotidiano y reflexionemos sin prejuicios, con una mirada política sobre el largo plazo. Como viajando por esas rutas del sur argentino donde, llegados a una elevación, se nos abre el panorama de otra larga recta perdiéndose en el horizonte. Una visión clara hacia lo distante que nos permite un rodar más seguro y veloz.

Será en todo caso un ejercicio de prospección inusitado para los argentinos, acostumbrados desde décadas a la visión de lo urgente tapando por completo a lo importante.
Hoy, enterrando las posibilidades de hijos y nietos, que corren de cara al futuro por el estrecho brete de un país que avanza a paso firme hacia el abismo de un fallido estructural de consecuencias catastróficas.
Que camina hacia un destino previsible; con modelo final en un ultracorrupto feudalismo a la formoseña, en indigencia general a la haitiana o bien en una narco-dictadura a la venezolana para todos y todas.
En síntesis, que camina hacia la muerte por ahorcamiento de cualquier sueño de república, libertad y progreso familiar. Proponiendo sólo más estatismo pobrista y su consecuencia: la emigración final de los más capaces, con sus capitales y sus ideas innovadoras.
Que nadie se sorprenda; ya lo advirtió el gran Thomas Jefferson hace 250 años: “la democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51 % de la gente puede mandar al diablo a los derechos del otro 49 %”.

Una visión de faros largos, entonces, en esta oscura noche argentina que ilustraremos con un pequeño ejercicio contrafáctico; tomando un problema que hoy afecta al mundo.
¿Qué hubiese pasado con el coronavirus de haberse encontrado con una  organización social de tipo libertario o anarcocapitalista?
La respuesta, para horror de los socialistas, es: nada.
No hubiese causado un número de muertes mayor al de una gripe común ni hubiera puesto de rodillas a sociedades “avanzadas”, obligándolas a la autoflagelación de frenar las actividades aplicando manu militari un “remedio” arcaico, de corte medieval, como las cuarentenas.

Por definición, una sociedad libre y contractual que adscriba al principio general de la no-agresión, invierte y reinvierte en su entorno una proporción muchísimo mayor de su renta que sociedades atrasadas como las nuestras, violentamente extractivas, autoritarias, injustas y opresoras, favorables por añadidura al parasitismo.
La inmensa diferencia en la eficiencia de uso de recursos y la creatividad y emprendedorismo que se desatan en entornos voluntarios y no violentos a causa de su implícita seguridad (jurídica, física, defensiva, previsional, etc.) y libre competencia, crean (y atraen) a gran velocidad riqueza, investigación y desarrollo en ciencia y tecnología privadas, gran solidaridad filantrópica, cooperativismo, economía colaborativa y oportunidades laborales de todo tipo; en suma, bienestar y responsabilidad individual. Impulsando avances tan poderosos como impensados en campos como el cuidado y la prevención sanitaria de todos cuantos se acogen contractualmente al sistema.
En un marco así, de fuerte innovación humanista con potencia económica liberada, el COVID 19 nos hubiera encontrado a) con una aparatología medicinal muy superior a la actual; b) sin bolsones de atraso social susceptibles; c) con mucho mayor equipamiento hospitalario preventivo y d) con avances laborales, genéticos, bioquímicos y de comprensión médica a gran distancia del opaco, atrasado, costoso, vejatorio y burocratizado sistema sanitario que hoy padecen incluso los países más “ricos”. 

Lo libertario, la no-violencia aplicada, el Estado mínimo o inexistente (por caro, innecesario y peligroso, claro está) y los impuestos mínimos o inexistentes son, obviamente, otro planeta; uno deseable como Norte ideal de largo plazo; técnicamente más posible hoy que nunca aunque sin ejemplos contemporáneos.
Lo que hay, sí, son algunas (pocas) sociedades que se adelantan al resto aplicando relativamente más de esta bella “receta de la libertad”; confiando más en su gente.
Y en efecto: los países con mayor ingreso promedio, con menor número de pobres y con mayor cantidad de millonarios por habitante son (oh, sorpresa) los más capitalistas.
Dentro del exclusivo top five de las sociedades cuyos ciudadanos gozan en promedio del máximo acceso mundial al bienestar se ordenan de la 5° a la 1° según sean más abiertas, libres y capitalistas que la anterior en el ranking, conforme el conjunto de parámetros (no sólo económicos) que definen a los vocablos apertura, libertad y capitalismo.

Berrinches ideológicos, mitos, relatos caza-bobos, teorías conspirativas, incapacidades y resentimientos personales aparte, los resultados sociales positivos son directamente proporcionales al grado de capitalismo que cada comunidad se permita experimentar.
La descarnada realidad es que cuanto más redistribuidora de lo ajeno es una sociedad, cuanto más reglamentarista, proteccionista y fiscalista (vale decir, cuanto menos libre, abierta y capitalista) menor es su ingreso, mayor su número de pobres y menor su número de millonarios (honestos) inversores promedio por habitante.
Nuestra Argentina, su caída desde el escenario del top five y su actual gobierno pobrista, son cabal ejemplo de ello.

¿Es entendible en nuestra ex gran nación esta ceguera mayoritaria?
Lo entendible es el desesperado afán de toda la corporación política por enmascarar estas verdades, preservando el poder coactivo del Estado. Es entendible también el afán de sus socios en las burocracias gubernamentales a todo nivel, de sus socios (cómplices) del “empresariado” con privilegios de protección y de sus socios (cómplices) del sindicalismo mafioso. Incluso es comprensible por miedo, enojo y vergüenza, el afán negador de millones de sub-ciudadanos; entrampados ya entre la espada y la pared de la indigencia o la dura red clientelar, tras decenas de inducidos “suicidios comiciales” a lo largo de 3 (tres) generaciones.

A nivel internacional, esto se replica con distinto grado de cinismo en todas las sociedades del planeta y en grandes organismos multilaterales como las Naciones Unidas, el Parlamento Europeo o el Fondo Monetario.
Vista esta formidable alianza de intereses que involucra a cientos de millones de personas que viven literalmente del trabajo ajeno, es comprensible que se tergiverse, complejice, descalifique, enturbie y silencie lo obvio. Lo simple y directo. Lo que en el fondo es claro como el agua por naturaleza y por sentido común.
Esto es, que cuanto más contundente sea la orientación de una sociedad hacia lo libertario, hacia el noble norte de la libertad responsable del ser humano en contraposición a su sometimiento y esclavitud, más empoderada se verá.
Que cuanto más se acerque una sociedad a la no-violencia (física, reglamentaria, tributaria, laboral, psicológica etc.) alejándose de lo autoritario, fraudulento y coactivo-estatal, más bienestar genérico conseguirá.
Es por el peso de esta alianza pro-parasitaria de cientos de millones que los restantes miles de millones de personas ven frenadas sus ansias de progreso y sueños familiares.
Quien quiera ver, que vea. Quien quiera ser timado en su inocencia, que lo sea… bajo su responsabilidad personal y parental.
Entretanto la gran serpiente estatal avanza, con nuestro dinero financiando su venenoso relato; haciendo suyo el consejo del recientemente desaparecido y genial Marcos Mundstock: “si no puedes convencerlos, confúndelos”.

Un  liberalismo integral ( no sólo económico) como medio y un anarcocapitalismo (ancap) cabal como fin de largo plazo son la solución verdaderamente revolucionaria; la única vía posible para lograr la tan anhelada comunidad justa y rica. A un tiempo meritocrática y compasiva.
Materialmente poderosa y en uso de toda su ciencia, tecnología y avances en inteligencia artificial para la preservación del medio ambiente, conforme las iniciativas de vanguardia del ecomodernismo.
Simple inteligencia emocional social, en definitiva, en una más clara definición del puerto hacia donde orientar la proa de la averiada nave nacional.

Riesgo, Pandemia y Estatismo


Mayo 2020

Los intervencionistas son, de manera casi invariable,  gente que no aprende de sus errores. Y que comete al menos tres grandes yerros: nunca piensan en términos dinámicos sino estáticos, no piensan a escala total sino sectorialmente y lo hacen, además, en función de acciones y no de interacciones; sin prever efectos cascada o mariposa ni daños colaterales de segundo, tercer, cuarto o décimo grado, por más que aseguren  lo contrario.
Demás está decir, lo mismo da que esta gente practique sus toqueteos con candidez… o por interés. Intervenir munidos de la clásica soberbia socialista sobre sistemas complejos, usualmente opacos, que carecen de mecanismos unidimensionales de causa y efecto es altamente inconveniente. Génesis directa de innúmeras calamidades y frustraciones socioeconómicas: en la práctica todas las que vemos a nuestro alrededor hoy día, incluyendo al calamitoso coronavirus en virtud del sistemático atraso científico, de infraestructura, de pobreza y estrés generales.

Los que creen que nuestras penurias actuales se arreglarán con más de lo mismo (estatismo intervencionista) no tienen en cuenta, además, otro factor fundamental de la naturaleza humana: carecer del estímulo derivado del riesgo hace a los funcionarios menos propensos a cuidar lo que es “de todos”.
Por caso, si los quebrantos derivados de los sobreprecios en las compras de alimentos descubiertos recientemente por el periodismo tuvieran que ser soportados en primer término con su patrimonio por los burócratas que firmaron la orden, al menos los/nos aleccionaría. Algo que no ocurrirá.
En el ejemplo de máxima, si los errores y horrores de las guerras tuviesen que ser solventados con los patrimonios personales (hasta su extinción) de todos quienes las deciden, rara vez pasarían de la categoría de simples bravatas; eventualmente, pequeñas escaramuzas. Y muy distinto sería el mundo.
En verdad, la “corpo” estatal, en todas partes, es una suma de instituciones regladas a través de las cuales el burócrata resulta convenientemente apartado de las consecuencias, sobre todo económicas, de sus acciones. Puede decidir sobre vidas y haciendas tercerizando los costos: fórmula perfecta para la ruina comunitaria, tal como hoy se la ve.

El hecho de tomar riesgos mantiene a la natural soberbia humana bajo control. Esto ocurre de modo muy visible en la actividad privada y es base conceptual del capitalismo bien entendido, doctrina donde la responsabilidad patrimonial empresarial, personal y hasta familiar por los propios actos se asume sin contemplaciones.
No ocurre así en el planeta estatal. El peronismo filo-feudal o chavista (kirchnerista, por caso) tiene aquí campo libre para plasmar a gran escala sus fútiles relatos e idealismos en reingeniería social y en economía de la coerción entre muchos otros ítems sensibles (mega negociados incluidos), prácticamente sin consecuencias.
Los miles de millones de dólares y euros robados al pueblo y nunca devueltos (más allá de algunas monedas embargadas) por la asociación ilícita que nos gobernó hasta 2015 lo demuestran. Así como la falta de un adecuado castigo penal y civil por el bestial quebranto nacional resultante de sus irresponsables decisiones, por los desfalcos intelectuales y financieros, confiscaciones tributarias inconstitucionales, fuga de inversores y clientelismo aplicado a encubrir (con empleo público, subsidios, planes alimentarios etc.) sus estragos sociales.
Esta falta de feed back es uno de los factores determinantes tanto de la corrosiva (y literalmente mortal) corrupción que sigue hundiéndonos como del retroceso argentino a todo orden que hoy nos descoloca y agobia.
Otro lastre más (la no asunción de riesgos). Aunque sólo uno entre los muy numerosos puntualizados desde estas columnas a lo largo de años de divulgar conclusiones y propuestas de grandes pensadores; mentes contrarias, desde luego, al estatismo y a la actual democracia delegativa de masas, irrespetuosa de los derechos de propiedad.

Se trata, no obstante y para horror de ilusas “almas bellas”, de un proceso natural. La deriva democrática hacia lo autoritario, hacia la elefantiasis del Estado, a su constante gambeta/extorsión/coima/lobby/burla a la división de poderes, su gradual podredumbre y posterior gangrena estructural, no tiene antídoto intra-sistema conocido.
Como tampoco lo tiene su inmensa ineficiencia económica, causante (con el tiempo y la acumulación sedimentaria) de todas y cada una de las crisis que afectaron y afectan a nuestra civilización; la del supuesto mundo libre.
Incluyendo los problemas de deficiencias sanitarias que hoy ahogan al orbe a cuento de la pandemia.
Una deriva que, a caballo del virus y según todo indica, está siendo aprovechada por los coartadores de libertades de siempre para dar otra vuelta de tuerca a su conveniente “más de lo mismo”: más Estado controlador y menos Sociedad libre; más intervencionismo colectivista y menos decisiones personales; más reglamentarismo y menos ideas alternativas al dirigismo, menos inversiones productivas y menos innovación. En definitiva, menos mercado y más “socio bobo” gordo y violento.
Una crisis usada para dar impulso a la insólita  idea de que el gobierno puede gastar todo lo que quiera y de que el Banco Central simplemente imprimirá más dinero para pagarlo. Bingo! Según esta moderna teoría monetaria todo puede ser gratis y nadie tendrá que tomar decisiones difíciles nunca más. Genial! Porque además, de este modo nadie tiene que molestarse en encontrar una mejor solución; a nadie debe caérsele (presionado por la metralla de problemas) una idea, a no ser la de aumentar una y otra vez los impuestos sobre los idiotas que aún los pagan.
Si hay una oportunidad de gastar dinero clientelar, el pensamiento mágico termina allí. Punto final.

Ciudadano peronista de clase media, no te preocupes, ya pensarán los brillantes asesinos de Nisman (que has tenido a bien votar, por cierto) en nuevas maneras de perpetuarse en sus privilegios usufructuando tu dinero, tu deuda, tus planes familiares, tu insomnio y el colapso de tu negocio.
Ciudadano peronista de clase baja, no te preocupes, los brillantes cráneos que has tenido a bien votar se están encargando, ya mismo, de atizar la llamarada impositivo-inflacionaria que liquidará definitivamente a tu insensible patrón, elevándote para siempre (como en Cuba o Venezuela) a la categoría de parásito del Estado.
Pobrismo franciscano en acción; todos pobres y racionados pero eso sí, unidos y solidarios combatiendo al vil metal.

No sabemos bien por qué de pronto nos viene a la mente, como cierre, esta ominosa y tantas veces probada  máxima:
“Las masas son femeninas y estúpidas; responden a un manejo basado en emociones y violencia”. Adolf Hitler.

Plagas


Abril 2020

En el siglo XIV, la llamada peste negra asoló Europa matando a más de un tercio de su población.
Una plaga de características catastróficas pero que causó que el sistema feudal (uno de los sistemas económicos más ridículos jamás creados) llegara a su fin.
Prosperaron a partir de allí las libertades personales, los derechos de propiedad privada, las exploraciones, los descubrimientos científicos, las mejoras económicas y el bienestar en general.  El mundo mejoró rápidamente.

El COVID 19, dependiendo de la proyección, puede resultar igual de catastrófico no ya en proporción de víctimas fatales a nivel planetario sino en  la amplia gama de consecuencias resultantes del cierre de la economía global, tales como la quiebra de empresas a gran escala con innumerables empleos perdidos, incumplimientos contractuales y bancarios generalizados o gobiernos y burocracias con gravísimos desfinanciamientos, entre otras. En suma: el efecto de cientos de miles de millones de dólares de prosperidad eliminados de la ecuación.

Una situación, la actual, que parece empujarnos a la opción brutal de salvar la economía condenando a muchos a morir o bien salvar a cientos de miles condenando a cientos de millones a sufrir. Algo que probablemente acabe en ingratas soluciones de compromiso, con grandes pérdidas.
Como sea y cuando esto finalmente termine, es posible que experimentemos un renacimiento como el de la Edad Media aunque mucho más veloz, donde las personas talentosas y responsables florezcan en medio de oportunidades sin precedentes.

En nuestro país, a los problemas económicos derivados del cierre comercial, debemos agregar importantísimos problemas estructurales que nos hacen inviables en tanto sociedad sin consensos básicos (la grieta moral y ética que nos parte por mitades) y en tanto país económicamente insustentable (cirugía mayor pendiente en los ítems tributario, previsional, laboral y de dimensión e intervencionismo estatal).
Una tendencia clara y visible hacia la solución del “problema económico” conllevaría, sin embargo, una importante reducción del “problema grieta” disminuyendo la cantidad de simpatizantes del pobrismo autoritario; modificando en millones de ciudadanos su percepción del “proyecto de país” deseable.

La fractura de expectativas causada por las duras consecuencias derivadas del coronavirus (y la angustia social consecuente), podría ser aprovechada con criterio superador, de verdadero estadista, por el actual Presidente.
Al decir del respetado economista libertario Roberto Cachanosky y ante lo imperativo que resulta bajar la carga tributaria, sería bien recibido el gesto (¿demostrando vocación de servicio, tal vez?) de reducir los ingresos de todos los políticos en un 50 %, significando esto un ahorro de $ 500.000 millones que podrían aplicarse en forma directa a la rebaja de impuestos de quienes producen.
Iniciada con este gesto, la nueva política del gobierno debería traducirse en primer lugar en dejar de castigar la venta de producción nacional al exterior (servicios, tecnología, minería, agricultura etc.), generadora de divisas. Recordando que durante décadas, mientras la economía argentina se mantuvo abierta al mundo y con baja imposición, nuestras exportaciones representaron entre el 2 y el 3 % del total planetario mientras que a 2018, con el país aún en los primeros puestos del ranking de los más cerrados y fiscalistas, representaron tan sólo el 0,3 %.
De haber mantenido nuestra participación, hoy estaríamos exportando por valor de 572.000 millones de dólares por año en lugar de los escuálidos 70.000 millones actuales.
 ¿Cuántos puestos de trabajo, cuánta riqueza, cuánta mejora en la calidad de vida se perdieron por exportar 500.000 millones de dólares anuales menos de lo que podríamos estar exportando? concluye preguntándose Cachanosky.

La decisión política de remover los palos en las ruedas de nuestra locomotora productiva liberándola, nos acercaría gradualmente a un presupuesto nacional más equilibrado, con una exacción impositiva que tendiese a la baja (los países hoy más exitosos la tienen en torno al 12 %).
Acciones que harían mucho por asentar una seguridad jurídica que, cambiando expectativas, se constituiría en pase franco, ahí sí, de inversiones productivas a gran escala.
Inversiones que generarían a igual velocidad, más empleos formales y mejor remunerados. Lo que a su vez aceitaría  la implementación de marcos laborales y educativos más modernos y flexibles tanto como de un sistema previsional más justo, que no cargase sobre el erario.

En verdad, la peste populista es mucho más longeva y destructiva en sufrimientos, vidas y haciendas que la peste pasajera del COVID 19.  Virus que podría ser, contrario sensu, punto de inflexión mental para nuestra sociedad.

Fortuna o Desamparo


Marzo 2020

Hay dos formas de intentar cerrar la brecha de la riqueza.
La primera es operar con impuestos y reglamentaciones haciendo que las personas ricas sean menos ricas.
La segunda es operar ayudando a que las personas pobres sean menos pobres.
Esta última es la opción libertaria; la de quienes creemos que confiscar la riqueza ganada de manera legítima es algo notablemente estúpido, por contraproducente.
Y que es, de hecho, la piedra basal del desastre nacional en este siglo XXI confirmado por los inaceptables índices de pobreza e ignorancia en los que una Argentina cada vez más irrelevante desciende -a espasmos de populismo salvaje- desde 1945.
El “capitalismo salvaje” o librecambio liberal que creara un país poderoso desde la nada quedó muy atrás en el tiempo; tanto como fines del siglo XIX y principios del XX. Sólo quedaron de él, cual ruinas antiguas, las monumentales y bellas construcciones que todavía hoy asombran a los turistas, destinadas en su momento a testimoniar nuestra vocación de república imperial.

Peronistas, socialistas y la mayoría de los radicales nunca consideraron el segundo enfoque. Sólo se centraron en el primero: embozalar y aumentar impuestos a “los ricos” y a las empresas para solventar un Estado asistencialista más y más grande.
Nunca trataron de facilitar a la gente del llano el desarrollo de habilidades relevantes para la acumulación de capitales, el emprendedorismo comercial o la innovación en los negocios ni fomentaron la ambición por convertirse en empresarios millonarios y exitosos. Nadie se convirtió aquí en millonario no-corrupto o no dañino, por obra de tales políticas ni lo hará nunca.
Como tampoco vimos ni veremos, de seguir así, el poderosísimo efecto multiplicador y solidario de la riqueza real creada “por derecha”; por limpio mérito.
Ninguno de sus planes se enfoca en cerrar la brecha de fortunas, facilitando que ciudadanos promedio lleguen al éxito. Menos aún los más pobres: eso no encaja en la agenda “de izquierdas”, un lugar de relatos donde los líderes dependen de que sus partidarios se vean a sí mismos como víctimas, no como campeones… porque su poder proviene de mantener a la gente enojada, asustada y oprimida.
Es obvio, excepto para necios y crédulos, que los referentes estatistas nunca intentarán acortar las desigualdades ayudando a “los humildes” a triunfar, a enriquecerse ni a generar efecto multiplicador alguno.
Las pocas personas que durante las últimas 7 décadas lograron amasar en Argentina fortunas honestas, lo hicieron a pesar del Estado y no gracias a el ya que en 9,5 de cada 10 casos el Estado no fue parte de la solución sino del problema.

En la vereda opuesta, lo libertario es anticipatorio, utilitario y ético por muchas razones, entre las cuales no es menor la de adherir al progresivo reemplazo de nuestro asfixiante y desmotivador fiscalismo por estructuras institucionales más meritocráticas; menos parasitarias y coactivas. Que incentiven el esfuerzo y la diferenciación con mayor retribución efectiva, incluso con participación en las ganancias, con independencia del punto de partida socioeconómico. Que hagan redituable el ser decentes, el  educarse y el superarse como personas tanto como profesionales.
Instituciones simples y severas que aseguren que “el crimen no pague”, desterrando las prácticas de lobby, nepotismo, transa, privilegio y amiguismo así como la costumbre de convertir al empleo público y a las pensiones en premios a la militancia interesada y en subsidios encubiertos a la desocupación y a los bajos salarios que genera el propio estatismo.

¿La hoja de ruta? gobernando de manera cada vez más cooperativa (con más aceptaciones contractuales voluntarias vía estímulos) en lugar de por la violencia de la coerción impositivo-reglamentaria; algo repugnante.
Subiéndonos al tren de la tendencia descentralizadora delineada por los millennials y su creciente adhesión a estructuras igualitarias tipo heterarquía (de redes horizontales) más que a las de jerarquía (de redes en forma de pirámide), lograremos mayores libertades. Individuales y sociales; económicas y civiles, dando así impulso a las inversiones, al emprendedorismo, al progreso por mérito y, en general, a la no violencia como paradigma.

Todo libertario conoce la estrecha correlación existente entre las normas que hacen a las personas libres y las que las hacen felices.
Asume además, como persona colaborativa, la conexión profunda que existe entre la eficiencia económica operando en círculo virtuoso y las libertades, confianzas  y seguridades comunitarias que “abren el juego”.
Y comparte a conciencia el apotegma de que sin esperanzas de progreso, oportunidades reales ni medios económicos al alcance de la gente común, la libertad de elección es una entelequia.

Señoras, señores, el desamparo y la miseria son una elección. Una que en nuestra Argentina va encadenada al conformismo imbécil, a la impotencia por propia incapacidad y a la sensación de pertenencia a una cierta omertá mafiosa bloqueadora de progresos ajenos; en suma, encadenada a la indecencia: al voto cómplice por ladrones, violentas, vivillos, burladoras seriales de instituciones y hasta por asesinos.

Más allá de todas esas realidades, el bienestar y las riquezas para los más también son una simple elección.
La elección intelectual de orientar nuestro camino hacia la libertad. La elección verbal del rechazo frontal de nuestra actual esclavitud. La elección civil de quienes nos representen en las acciones de gobierno que tiendan a estos elevados ideales.









Solidaridad Forzada versus Voluntaria


Febrero 2020

¿Más solidaridad forzada a través de una batería de aumentos impositivos superpuestos a nivel nacional, provincial y municipal sobre la actividad privada, rebasando una sumatoria tributaria que ya era confiscatoria? ¿Y no disminuyendo sino aumentando un gasto estatal que era insustentable a pesar del saqueo fiscal, avanzando más sobre el capital de trabajo y sobre los fondos de inversión de empresas y emprendedores? No.

Debería resultar obvio a estas alturas que el asistencialismo que hoy nuestra Argentina aplica a apuesta redoblada, no sirve para disminuir la penuria nacional. Algo que es “cosa juzgada” desde el momento en que venimos elevando sin cesar el porcentaje del PBI aplicado a “gasto social” desde el 7,4 % de 1984 hasta el impactante 17 % de 2018… incrementando sin pausa la “conurbanización” del país (vale decir, la suma de índices crecientes de pobreza, ignorancia y desocupación en las periferias urbanas; atención monseñores ¡pobrismo franciscano en acción!)

Evidencia empírica a pesar de la cual el modo coercitivo llegó a un nuevo límite en este 2020, ubicándose al borde mismo del bolcheviquismo: un agricultor argentino ve desaparecer hoy a manos del gobierno un brutal 95 % de la renta de su establecimiento viendo esfumarse al mismo tiempo el concepto de propiedad privada, trocado de facto en elevado arrendamiento múltiple sin cuyo cumplimiento podría ser (y de hecho muchas veces es) desalojado.
Siervos de la gleba trabajando en modo esclavo para el soviet argento sobre tierras… “patrimonio de todos”. En la práctica, de la corporación política cleptócrata; clientelar repartidora de bienes ajenos.
Un despojo vil replicado a diferentes escalas en los más diversos estamentos de la producción, el comercio y los servicios que choca de frente contra el espíritu y la letra de nuestra Constitución.

La redistribución de toda renta honesta a punta de pistola fracasó. Además de inmoral a este nivel (“no robarás”), es contraproducente. No sirvió, no sirve ni servirá.
La caridad coactiva (oxímoron si los hay) falló en toda la línea, tanto en los planos ideológico y ético cuanto en su aspecto práctico. Y debemos empezar a erradicarla.

¿Qué tal si además de poner a nuestra nación a trabajar y producir (profunda reforma laboral, estatal, previsional e impositiva mediante) probamos con la solidaridad? La verdadera, claro, que es la voluntaria.

El sordo resentimiento que caracteriza a la izquierda argentina, que sigue bloqueando nuestro despegue en un mar de estúpidas envidias y relatos, parece reflejarse hoy en los Estados Unidos de Norteamérica.
Un país donde la libertad económica sirvió en su momento para hacer surgir hombres como Jeff Bezos, Bill Gates o Warren Buffet entre muchos otros, que a la par de hacerse multimillonarios crearon directa o indirectamente millones de buenos empleos, generando prosperidad general desde la desigualdad del emprendedorismo personal.
Pero que en la prédica de populares políticos del partido demócrata como Bernie Sanders, Elizabeth Warren o Alexandra Ocasio Cortez son sólo sujetos a quienes hay que confiscar su riqueza para seguir solventando un estado más y más omnipresente.
Los comentarios que surgen de sus equipos de campaña, en perfecta línea con la solidaridad forzada de nuestros kirchneristas, son hoy notablemente bolcheviques.

La solidaridad voluntaria que hoy funciona allí a pesar del creciente estorbo estatal, se refleja en el caso de Jeff  Bezos, que acaba de donar en un sólo acto casi 100 millones de dólares a una docena de organizaciones benéficas que, como se sabe, son mucho más eficientes que los gobiernos en aquello de “ayudar a ayudarse” a los verdaderos necesitados.
Sin embargo y confirmando la proverbial estupidez humana de la que venimos hablando, un usuario de Twitter (punkassbamboo) se quejó: “Un enorme 0,09 % de su patrimonio. Muchas gracias, Jeff”.
Bill Gates, por caso, donó 21 mil millones de dólares sólo entre los años 1999 y 2000. Y viene de donar en 2019 4 mil seiscientos millones para fines filantrópicos.
Warren Buffet hizo lo propio con recientes donaciones por valor de 3.600 millones a fundaciones caritativas.
Estas tres personas integran, por ejemplo, un grupo con otros 165 millonarios denominado “El Compromiso de Dar”, que entrega regularmente (además de pagar grandes impuestos al fisco, claro) enormes sumas a ONG´s dedicadas a ayudar.
Se trata de montos que superan lo que la mayoría de los gobiernos del planeta destinan a estos fines.

Imaginemos por un momento lo solidaria que podría ser en este sentido nuestra creativa  sociedad y la cantidad de millonarios no-ladrones que podríamos generar, si votáramos, a diferencia de lo actual, permitirnos ser un pueblo libre (no esclavo) en todo sentido.
Imaginemos lo tremendo que sería entre nosotros ese poder multiplicador de dar inteligentemente con responsabilidad social empresaria, si desmontásemos los impuestos y regulaciones socialistas que nos ahogan lanzando al país tras el paradigma de una Argentina no sometida.  De vanguardia, más meritocrática y capitalista sin complejos; con una economía participativa en serio.

La caridad voluntaria siempre será superior en ética y en resultados a la des-incentivante pseudo caridad forzada.
Todo lo que se necesita para que saltemos hacia la abundancia es derribar los polvorientos prejuicios que nos frenan, desatando la fuerza solidaria de nuestra gente.



Vuelta de Tuerca


Enero 2020

Los ciudadanos votamos regularmente eligiendo entre candidatos para tal o cual puesto gubernamental, más para evitar males mayores (la elección de los peores al comando de la peligrosa maquinaria del Estado) que por real convencimiento y entusiasta aceptación del sistema.

De hecho, son muchos los sondeos de opinión (en nuestro país pero también en otras sociedades) que revelan un altísimo porcentaje de decepción con el sistema democrático en sí y con sus resultados a la hora de promover el “bien común”, facilitando la creación y el justo derrame de riquezas que eleven el poder de consumo y por ende, el bienestar general.
Si hiciese falta prueba irrefutable de la no-aceptación básica, de la falta de confianza y el fastidio de la gente para con el entero sistema, esta prueba está dada por la siempre violenta obligatoriedad impositiva. Que es, literalmente, un rifle en la espalda sin el cual nadie entregaría parte alguna del resultado de su esfuerzo en dineros al fisco; menos aún más de la mitad de sus ingresos como ocurre aquí. De bajarse ese rifle, pocos en su sano juicio optarían por tributar para que el gobierno (aún el elegido por ellos mismos) siguiera decidiendo a su criterio sobre el mejor destino del 50 % entregado y dictándoles de mil maneras qué no pueden hacer con el 50 % remanente.
En un escenario así, Gobierno y Estado darían por tierra en pocas semanas por directa, masiva, voluntaria y fulminante decisión popular de no-pago. Muchas decenas de miles de personas, integrantes de ejecutivos, legislativos, asesorías, ministerios y organismos paralelos, operadores, punteros y mafias de choque conexas deberían, finalmente, capacitarse y buscar trabajo… en algo productivo.
Distinta y selectiva sería, por cierto, la valoración de los agentes estatales que sí prestan servicios útiles a la sociedad como justicia, seguridad, salud, educación o infraestructura entre otros.

A pesar del cúmulo de disconformidades, de los inmensos sobrecostos e ineficiencias, de penurias económicas, inseguridad y bretes laborales, del bloqueo de tantos horizontes de progreso y de la visible decadencia nacional, las críticas a la democracia raramente se verbalizan: la mayoría de las personas sienten pavor de quedar etiquetadas como “políticamente incorrectas”. Y entonces callan; miran al suelo gorra en mano y sólo mascullan por lo bajo las duras imprecaciones de su desacuerdo.
Así como es aceptado en penoso silencio que bajo el mismo y sacralizado término democracia se cobijen sin contradicción aparente formas de organización social real tan opuestas como las de Suiza y Venezuela. Y como interesante es saber que nuestra sabia Constitución de 1853 no menciona en parte alguna la palabra democracia y sí, en cambio, el término república.

La elección cada 4 años de un entero sistema de vida “a paquete cerrado” obligatorio para todos por simple mayoría, es en verdad un modo muy primitivo de dirimir cuestiones que involucran gran complejidad e innúmeras opiniones; en especial frente a la disponibilidad tecnológica que para las decisiones personalizadas brinda este siglo de la información, de la interconexión y de la más asombrosa diversificación potencial de opciones.
Digamos, en tanto manifestación de principios y por sentido común, que el ser humano no nació para ser forzado y que, cualquiera sea el área de acción a considerar, el forzamiento es de por sí ineficiente como método de gestión comparado con lo voluntario; con lo positivamente incentivado.
La libertad de elección personal que la tecnología de redes hoy nos propone, en línea con una economía más abierta y participativa, en orden a la tolerancia para con lo diverso y en sinergia con la no-violencia como norte evolutivo, hacen de nuestro actual sistema, guste o no, un fósil institucional. Un experimento más de organización social (por caso, de unos 244 años de edad) con muy graves defectos, destinado a ser reemplazado y superado como lo fueron tantos otros a lo largo de nuestra milenaria historia.

Las revueltas de izquierda (Chile y Colombia), derecha (Bolivia) o indigenistas (Ecuador) entre otras que se han visto alrededor del mundo, aunque impulsadas por motivaciones en apariencia disímiles tienen el común denominador de la creciente necesidad de la gente de tomar sus propias, diarias decisiones.
Las une el hartazgo de tener que depender de intermediarios políticos, instituciones impuestas y hasta constituciones que frenan, impiden, complican, sobre-regulan, tergiversan y frustran el logro de sus miles, millones… trillones de deseos individuales superpuestos. Propósitos lícitos y diversos; cambiantes e imbricados; originales; incluso vanguardistas. Casi nunca antisociales de por sí.
La gente ve encorsetadas su libertad de acción y sus sueños cooperativos por estructuras costosas, opacas y arcaicas, fácilmente presionables. ¡Comprables! Por imposiciones jerárquicas y edictos innecesarios; forzosos, invasivos de su privacidad y hasta ofensivos de su dignidad.

La arisca libertad tecnologizada del tercer milenio por un lado y el “paquete cerrado” sometedor y clientelar de la vieja democracia delegativa de masas por el otro chocan como trenes de frente dentro de los cerebros de la gente común, dolorosamente minados de paradigmas estatistas.
Es el entero sistema democrático (en los hechos, dictadura de mayoría), mortalmente detonado por el pobrismo en su protocolo retaceador de derechos individuales, justicia proba, respetos a la propiedad y contrapesos republicanos el que, tras la colisión, arde frente a nuestros ojos.

Disrupción mental cuya expresión local es la grieta moral que hoy nos divide por mitades, entre decentes e indecentes. Entre los que en Octubre tuvieron a bien rematar en el piso del baño al fiscal A. Nisman avalando con el arma de su voto a sus ultracorruptos mandantes… y el resto.
Disrupción que es parte de una nueva historia. Una de rupturas profundas donde, en acuerdo con el último diagnóstico del programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), la “desigualdad” genérica que motoriza levantamientos civiles en distintas partes del mundo debe traducirse en una disconformidad de nuevo cuño, no ya tan marcada por el nivel de ingresos sino por la falta de equidad en las posibilidades de acceso al bienestar, por las limitaciones de una educación pública incapaz de preparar a los menos afortunados para un futuro laboral globalizado y por un devenir ambiental amenazante, que demostró la impotencia de reglamentarismos abstrusos y deliberaciones sin fin por parte de las pesadas burocracias estatales, mayormente percibidas como superpobladas de parásitos costosos, soberbios e ignorantes.

Problemas todos tan ciertos como solucionables por la vía superadora del gradual acercamiento de nuestra abotagada intelligentsia… a un contexto libertario; como el que venimos sembrando desde hace años a través de estas notas de campo, divulgación general de otras tantas ideas anticipatorias.
Encuadre que propone orientarnos hacia un sistema capitalista que replique aquí, para empezar, las políticas de baja imposición y consecuentes altos ingresos promedio por ciudadano logrados por países como Irlanda o Singapur, con recursos naturales enormemente menores a los argentinos.
Al menos mientras esperamos que las decisiones libres, diarias, responsabilizadas y soberanas de la gente común empoderada por las tecnologías de redes -el “mercado”- sean las que rijan nuestra vida en sociedad y nos lancen hacia una abundancia meritocrática, esa sí, de nivel superlativo.

Un encuadre diametralmente opuesto a la orientación de este enésimo gobierno populista que al cabo y despejada ya la hojarasca inicial, no atina más que a proponernos una nueva vuelta de tuerca de… más de lo mismo (de lo que nos hundió, por supuesto): más gasto público y más impuestos.
Lápida de plomo que recaerá no sólo sobre el campo y los jubilados sino sobre el pleno de esa clase media urbana y juventud filo-estatista que, con su voto, ayudó esta vez a encumbrar a los Fernández.

Porque señores, señoras: como bien anticipó el gran Ludwig von Mises “lo peor que le puede pasar a un socialista es que su país sea gobernado por socialistas que no son sus amigos”.