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El Dios que Falló

Junio 2024

 

Para la gran mayoría de las personas instruidas incluido el periodismo de opinión de élite, la república constitucional y su aplicación práctica a través de la democracia representativa (y del Estado nacional que la tutela) son sin duda el modo de organización social a elegir día tras día así como el modelo a defender con convicción a futuro.

Un sistema que, aún con sus muchas y humanas fallas, conserva la cucarda de ser el mejor de todos los posibles, probados y por probar.

Podría decirse que la percepción casi unánime de nuestra flor y nata intelectual es que en materia institucional, crudo realismo mediante, hemos llegado al Fin de la Historia.

Es esperable que así se perciba y en verdad sería raro que tal no fuese el caso tras tantas generaciones (desde la primera presidencia de J. A. Roca, al menos) de adoctrinamiento educativo a todo grado y nivel, tanto en las bondades del Estado como en su inevitabilidad.

Con el pretexto que fuere (en nuestro caso, la integración sociocultural) se llevó adelante la sacralización laica de conceptos como Estado-Nación, constitución, bandera, himno o patria -heroica historia oficial incluida- con uso psicológico de la emocionalidad en apelación a ese mix natural de temores y anhelos que todos llevamos dentro.

El combo estatista quedó así inculcado en mentes y conciencias siendo pocos los pensadores de espíritu crítico que, venciendo pre-juicios, se han atrevido a indagar profundizando en los porqué, cómo, a quién benefician en la práctica y a largo plazo estos dogmas organizacionales, en apariencia inamovibles.

Hoy, esto está cambiando. Sacudidos por los remezones de la batalla cultural iniciada por los libertarios a caballo de la crisis terminal de nuestro pobrismo redistribucionista, la proyección futura de estos supuestos apoya sus plantas en un tembladeral de interrogantes.

El raciocinio y la curiosidad intelectual principian en la élite el lento horadamiento de preconceptos que hasta ahora eran casi cuestiones de fe.

En un nuevo escalón evolutivo “de la izquierda de la juventud a la derecha de la madurez” mentes argentas se abren hoy a pensar lo impensable. A considerar como Norte lo que hasta ayer era anatema oficial: la anarquía, cuidadosamente aprehendida como caos y abuso con miseria generalizada.

Porque, claro ¿qué fue entonces el largo periplo que terminó en Diciembre (con bendición constitucional por parte de todas nuestras Cortes Supremas) sino un penoso tránsito hacia el caos y el abuso con miseria generalizada?

Recordemos que, despojada de sesgos estatistas, la palabra anarquía sólo significa “sin Estado” (del griego, an = sin + arké = mandato) y no “sin ley ni orden”. Vale decir, en anarquía puede haber gobierno… sin Estado. Algo a lo que el anarcocapitalismo claramente apunta como fin último.

Inobjetables estudios de opinión dan cuenta desde hace tiempo, por otra parte, de un alto porcentaje de la ciudadanía argentina que descree de las bondades del actual sistema; de la utilidad práctica, honesta, pedestre de la democracia representativa tal como hoy se la entiende y del eficaz funcionamiento del federalismo; duda seriamente de controles, contrapesos y divisiones de poderes.

Descree, en definitiva, de la conveniencia de la relación costo-beneficio (y chances de corrupción) que todos estos complejos organigramas y obligatoriedades entrañan.

Y comprende, confusamente, que no siendo un mayor autoritarismo en modo alguno la alternativa, lo libertario se erige por doctrina en sus antípodas.

Finalmente, toda explicación de por qué el republicanismo de una constitución escrita, por bella e ideal que sea, no funciona bien (o directamente funciona mal) en la mayor parte de los casos, no debería excluir las menciones que siguen. Ya que al quedar el Estado “controlante” integrado, obviamente, por seres humanos, no es sensato esperar que estos humanos “controladores” del resto se comporten contra-natura, cual ángeles, olvidando sus intereses particulares -innatos- para pasar a actuar movidos por una difusa “vocación de servicio público”.

Un sistema que se basa en la suposición de que debe controlarse a las personas para que no devengan algunas de ellas en “lobos del hombre”, es cuanto menos ingenuo en poner al comando de su ingenio coercitivo (el Estado) a una selección de esa misma gente, esperando que no hagan uso del poder concedido en su beneficio, el de sus familias, amigos y relaciones de conveniencia.

Una selección, además, cuyos cuadros de liderazgo se dirimen mayormente entre las personas que, durante años, con escrúpulos menguantes y tenacidad a toda prueba, mayores deseos de poder y estatus (o dinero) demostraron. Algo poco compatible con la tan meneada como poco frecuente “vocación desinteresada de servicio al prójimo” o con el remanido “amor incondicional a la patria”.

Por otra parte el Estado, ya sea considerado en sus estamentos municipal, provincial y nacional, en sus tres poderes de legislación, juicio y ejecución o en sus órganos de contralor, es al fin del día un solo ente cuyos ingresos (y los sueldos y ventajas de todos y cada uno de sus integrantes) dependen de una única fuente: los tributos que, bajo amenaza, el resto de la sociedad debe efectivizar.

¿Cuánto es esto? tanto como los individuos que integran ese Estado vayan decidiendo que es justo y apropiado, ya que son los que hacen sus leyes, las aplican y controlan por la fuerza su ejecución presupuestaria, sin que “la firma” quiebre por mal que haga las cosas.

Algo que no puede sino derivar en un continuo crecimiento de sus atribuciones; de su tamaño y prebendas corporativas (costos) en desmedro del sector que crea, produce, sirve y comercia bajo estrés regulatorio… mientras los sostiene.

La historia muestra casi sin excepciones cómo los niveles de imposición, regulación y control sobre casi todo han ido en aumento década tras década desde la creación de los Estados-Nación, democráticos o no, y su muy alienante monopolio territorial de la violencia.

Aunque tal vez no sea tanto como la entera “asociación criminal” del furibundo planteo presidencial, lo cierto es que tampoco “el Estado somos todos” sino que constituye claramente un subgrupo social cuyos integrantes, con nombre, apellido y número de documento, comparten el interés de que su parcialidad se afiance y crezca. En primer lugar (y es lógico y natural que así sea) en beneficio propio.

Si por ventura, revolución o voto se volviese al muy republicano Estado mínimo inicial de hace 250 años (objetivo final de los liberales clásicos de hoy), el proceso recomenzaría ya que el fallo no está en lo implemental sino en el propio sistema, analizado en forma holística. Uno que más allá de cualquier buena intención, auto control intra-estatal o bella constitución escrita previa, procura torcer nuestro inmodificable ADN y termina en toma de ventaja para las lobo-oligarquías de turno. En nuestro caso, las tres millonarias y ultra depredadoras oligarquías política, sindical y “empresauria”. Las mismas que hoy vemos bloqueando al primer presidente libertario en el Congreso.

La posición de nuestros intelectuales es análoga a la de las élites ilustradas de hace dos siglos y medio: la república era entonces una propuesta de “caos”, subversiva del orden establecido. ¿Acaso alguien conocía alguna democracia que funcionara, más allá del inaplicable (por antiguo) antecedente de la Atenas griega del siglo VI a.C.?

Todas las sociedades civilizadas se regían, desde luego, por monarquías; en gran medida absolutistas.

El “fin de la historia” en lo institucional que los demócratas defienden hoy con tanta vehemencia bien podría no serlo tanto… a la luz de la Historia.

El día en que una masa crítica indubitable de la ciudadanía comprenda cabalmente que lo libertario (lo contractual voluntario) es el camino más directo a una justa y expeditiva distribución social del ingreso y al más efectivo control de los siempre posibles abusos individuales de la humana naturaleza, el vuelco será completo y el sistema actual, fallido y abusador desde hace tanto, habrá finalmente colapsado.





En Busca del Escalón Perdido

Septiembre 2015

Una amiga se preguntaba hace poco porqué la democracia, sin excepción, termina dejando en todos un regusto amargo en cuanto a sus resultados prácticos. Aún entre quienes usualmente votan “a ganador”. Para no hablar de los que, vez tras vez, “pierden”.
¿No es acaso el mejor modelo de organización social conocido por el hombre, el más civilizado y universalmente aceptado?
Se supone (así nos lo enseñaron) que es el sistema de los contrapesos más perfectos y las instituciones más confiables para la resolución pacífica de los innumerables conflictos que se dan en una sociedad moderna. El que protege los derechos de todos y en particular los de las minorías.
¿Por qué tenemos la pesada sensación, entonces, de que “no funciona” bien? ¿Puede equivocarse tanta gente al mismo tiempo?  ¿Hay acaso alguna alternativa que no sea volver a las dictaduras?

La respuesta que casi nadie da pero que todos saben es que el consenso no calificado puede estar equivocado -y casi siempre lo está- sobre cualquier tema que se dirima por simple mayoría; en especial sobre las muy complejas cuestiones de política socio-económica.
Y que, en efecto, existe una propuesta o tendencia más avanzada de organización social: la libertaria, inexistente en la época en que Winston Churchill lanzara su famosa máxima “la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás”.
Un sistema de ideas desarrollado por notables pensadores desde los años ’70 del pasado siglo y que empieza a hallar condiciones ideales a su implementación a partir de la primera década de este siglo XXI, con sus redes globales de comunicación social y la explosión niveladora de la tecnología informática, aplicada en más y  más áreas de la vida cotidiana.

Intelectuales de la talla de John Locke (1632-1704), Thomas Jefferson (1743-1826), Bertrand Russell (1872-1970), Leonard Read (1898-1983), Murray N. Rothbard (1926-1995), Robert Nozic (1938-2002), Anthony de Jasay (1925), David Friedman (1945), Hans H. Hoppe (1949) o Jesús Huerta de Soto (1956) jalonan entre muchos otros una extensa lista de brillantes contribuyentes al pensamiento libertario a lo largo del tiempo. Como el catedrático español citado en último término, autor de uno de los más vanguardistas conceptos de capitalismo aplicado: el de la eficiencia dinámica en la función empresarial y su intrínseca moralidad.
Unidos todos en la coincidencia del estricto respeto de los derechos individuales, la libertad responsable y el principio de no-agresión inicial en todos los campos de la acción humana como pasaportes hacia una sociedad más tolerante y evolucionada, mucho más justa (sin nuestras atrasadas dictaduras de mayoría) y de la mayor abundancia en cuanto a bienestar material.

Celebridades del mundo del cine como Clint Eastwood, Angelina Jolie, Tom Selleck, Bruce Willis, Keanu Reeves o Kurt Russell son libertarios declarados, por caso, al igual que millones de personas comunes a lo ancho del planeta. Personas para las que el valor más importante es la libertad, no la democracia. Que priorizan la sociedad civil, que es voluntaria, en oposición a la sociedad política que es coercitiva. Y que promueven las soluciones de mercado, que son libres, en oposición al intervencionismo que es obligatorio. Porque es obvio que el mercado (el libre, no el que conocemos aquí) somos todos, superando en representatividad real y en eficiencias conducentes a cualquier padrón electoral.

¿Cómo se traduce, políticamente, esto? ¿Anarquismo? ¿Caos social, ley del más fuerte y triunfo de la codicia frente al debilitamiento o la desaparición del gobierno? Obviamente, no. Se traduce en orden y justicia sin hijos y entenados dentro de una heterarquía (o estructura horizontal en forma de red) reemplazando gradualmente al estatismo y su jerarquía (o estructura vertical en forma de pirámide).
Pero sepámoslo: la propaganda de los fascismos gobernantes (el nuestro es un buen ejemplo) seguirá enfocada en esos temores. En los mismos miedos atávicos que tantas veces paralizaron el avance de la humanidad en beneficio de la oligarquía dominante. Y lo hará, como es su costumbre, con inmensas sumas restadas a la producción para sumarlas al apoyo de una visión unidireccional, conservadora del status quo y al soporte de férreos controles sobre los contenidos de la educación pública y privada.

A quienes estuviesen interesados en profundizar en esta luminosa línea de pensamiento recomendaríamos… ajustarse el cinturón de seguridad mental y empezar por leer la obra El Mercado para la Libertad, de Morris y Linda Tannehill o en su defecto el libro de Raúl Costales Domínguez, Ni Parásito ni Víctima: Libre. Ambos publicados en nuestro país; de fácil lectura y gran claridad conceptual. Desnudan el hecho de que la democracia que hoy “disfrutamos”, como muchos sospechaban no es el fin de la historia -ni mucho menos- en el largo camino de la humanidad en la tarea de alumbrar el mejor sistema posible para vivir en sociedad. De que es sólo una etapa más en esa búsqueda; bastante primitiva además y destinada a ser superada como tantas otras.

Entretanto se impone lentamente el regusto amargo; la sensación de fracaso y de falta de resultados que mencionaba nuestra amiga.
Y se afianzan sus inconvenientes: tendencia al aumento constante de los impuestos y del tamaño del Estado, tendencia a la selección de los más cínicos y corruptos para conducirlo y tendencia a reducir las libertades de opción a los honestos para crear grandes masas de dependientes de la dádiva y del empleo público, que aseguren la permanencia del modelo en el tiempo.
Inconvenientes inherentes a la naturaleza misma del sistema, que lo hacen insustentable a largo plazo como no sea a través de un aumento también constante de la regimentación invasiva y del control de cada aspecto de nuestras vidas. Algo que leninistas, maoístas, castristas y chavistas nos mostraron, años ha,  dónde termina.

Como dijo alguien con sentido común -de seguro descendiente de aquel niño que vio que el rey estaba desnudo- si necesitamos apoyar una pistola en la espalda de las personas decentes para que nuestro sistema funcione, estamos en problemas. No sólo por las graves contradicciones morales que ello implica sino por sus inconsistencias económicas ya que, como cualquier estudiante de esa ciencia sabe, la eficiencia productiva, el crecimiento sustentable y la abundancia general “no funcionan bien” (o funcionan muy mal) bajo coacción digitada. 

O mirando las cosas desde otro ángulo… ¿aceptaría Ud. ser operado en una clínica donde los análisis, los procedimientos quirúrgicos y posoperatorios fueran decididos por mayoría a través del voto de todos los administrativos, el personal de maestranza, los médicos y sus auxiliares? Porque lo que hacemos en nuestra actual circunstancia es aceptar este proceder para las decisiones más serias desde la cuna hasta la tumba sin mayores cuestionamientos.

Aún así es mayoría la buena gente que en verdad quiere hacer algo para mejorar el mundo que recibirán sus hijos y nietos.
Y que quiere hacerlo en el sentido correcto; es decir colaborando a que la ética, el respeto por lo ajeno, las responsabilidades personales y la libertad a todo orden en un entorno de absoluta no-violencia sean los valores que se impongan.
Hablamos de esa mayoría silenciosa, en parte acallada por las extorsiones del clientelismo y del terrorismo de Estado fiscal, que intuye correctamente que nuestro país… ni siquiera vive en democracia. Que en realidad nunca lo hizo; ni durante las 3 generaciones (entre 1860 y 1940) de la época de oro de la Argentina liberal, ante la que el mundo se inclinaba con respeto.
Ciudadanos que intuyen que lo nuestro es algo más primitivo aún; que nuestras vidas se malgastan en un estadio pre-democrático; que saben que nuestra población es hoy como esa mujer golpeada que una y otra vez elige seguir junto al marido golpeador. Y que ese marido machista, “paternal” y sobrador que la degrada de mil maneras desde hace tanto tiempo no es otro que el peronismo. Siempre distinto en sus mil disfraces. Siempre igual en su corrupción esencial.

 Colaborar hoy a la resolución pacífica de los innumerables conflictos que se dan en una sociedad moderna, entonces, implica hacerlo con más inteligencia. Abjurando de la  esclavitud estatista que nos hunde sin remedio, aunque a veces pueda habernos resultado cómoda.
Para defender en cada casa, en cada familia, en cada escuela, en cada plaza, calle, club, empresa, comercio y organización… la sacralidad y preeminencia del hombre y de la mujer responsables de sus actos por sobre la masa indiferenciada que tira la piedra y esconde la mano igualando a justos y pecadores.
Para defender el respeto por sus elecciones personales, incluyendo las económicas, las educativas, las morales y las contractuales sin otro límite que el respeto de igual derecho en los demás.
Y para adaptar gradualmente todas nuestras instituciones a esos mandatos racionales de última generación republicana. Dificultando al ignorante forzar al sabio, al indolente parasitar al trabajador, al ladrón despojar al honesto y al violento atropellar al manso.

Simplemente porque son el siguiente escalón evolutivo en la búsqueda del mayor bienestar para el mayor número.
Y porque, disguste a quien disguste, es historia escrita en piedra que el capitalismo de libre mercado funcionó mejor que ningún otro método en orden a ese objetivo cada vez que se lo aplicó, aún en forma parcial (como fue casi siempre el caso). 
Y porque sus resultados fueron más espectacularmente benéficos para los postergados cuanta mayor decisión, amplitud, velocidad, profundidad y limpieza hubo en su implementación.