Abril 2010
¿Le parece que son demasiados los delitos violentos, los despojos y los hechos de corrupción que a policías y jueces “se les escapan”, y que quedan sin su justo castigo?
¿Le parece que el sistema de prisiones con escarmiento al delincuente, reeducación y posterior reinserción social no está funcionando como usted -ciudadano de opinión- cree que debería funcionar?
¿Le parece que los convictos quedan libres demasiado rápido y que las víctimas de sus delitos casi nunca reciben la reparación de daños que merecen?
¿Le parece que todo este modelo de apresamientos, condenas y cárceles obsoletas tan poco satisfactorio o la atención de los malvivientes presos viviendo de nuestros dineros como vagos enjaulados, “no cierra” y nos resulta caro?
Si su respuesta a estas preguntas es afirmativa, está usted del lado correcto de los barrotes y merece saber que existen explicaciones al desaguisado actual, tanto como alternativas libertarias inteligentes (aunque sólo para ciudadanos de mente abierta).
La noción de prisión como sitio de reeducación de criminales apareció recién a fines del siglo XVIII. Se intentó a partir de entonces y mediante técnicas de tipo militar, la reconversión de los reos en individuos dóciles a la autoridad y la ley del monarca.
A poco andar, sin embargo, se comprobó que el efecto logrado era el contrario: las cárceles se convirtieron en la “escuela de delito y vicios” que aún hoy conocemos. El egreso de individuos útiles fue siempre la excepción, no la norma.
Aunque la experiencia negativa aconsejaba un urgente cambio de enfoque, el sistema penitenciario siguió con su táctica de castigo y ocio militarizado. Permitiendo que el problema de la realimentación de violencias entre los convictos, siguiera vigente hasta nuestros días. ¿Por qué?
Porque las comunidades que se sienten amenazadas se avienen a resignar libertades, derechos y dignidades en aras de su seguridad.
Porque a más delincuentes, más delitos y más temor entre la gente de a pie, lo que a su vez hace deseable la mano firme de un “orden” centralizado: la supuesta necesidad de la existencia de un Estado omnipresente y “protector” se ve así reforzada.
Crecieron entonces fuerzas policiales e impositivas poderosas que además de proteger y servir a los gobernantes, asumieron autoridad para avasallarnos en intimidades financieras, laborales, de movimiento, de disenso y hasta de elecciones personales en formas de vida poco convencionales.
Por otra parte, los malvivientes sirven a toda una constelación de jerarcas estatales y sindicales que “redondean” sus ingresos con utilidades del juego, la trata de blancas, el narcotráfico, el contrabando, las extorsiones mafiosas, el lavado de dinero, la adulteración de medicamentos, las fuerzas de choque marginales y muchas otras acciones delictivas, que todos conocemos.
Nuestros gobernantes no solo se benefician con la promoción de mejores “operadores políticos” en sus cárceles sino que crean nuevos inadaptados en el seno de la sociedad civil. Hacen esto a través de políticas que bloquean un progreso económico rápido para individuos, familias y empresas.
Muy altos impuestos, leyes restrictivas e intervencionismo comercial constante no sólo frenan la reinversión privada y ahuyentan el aterrizaje de nuevos empleadores sino que brindan más poder discrecional (y corruptibilidad) al Estado y sus funcionarios. Que fabrican pobreza al disminuir la actividad productiva aumentando la desocupación, la irresponsabilidad social, el uso de drogas… y el delito, acicateado por la desesperanza. Despertemos: las altas tasas de criminalidad son una construcción política de primera necesidad, que se paga sola.
¿A qué cambiar el sistema, entonces? ¿Dónde estaría el negocio de una verdadera conversión de criminales y ladrones?
En el tema que nos ocupa, está claro el engaño estatal de pretender que quien delinque comete un crimen “contra la sociedad” y que es esta la que debe ser “compensada”… con castigo de prisión. Con todo el proceso (costo policial, costo judicial, costo penitenciario) a cargo del erario público, que es dinero de nuestros impuestos, dinero de nuestra inflación, dinero de nuestra deuda externa… ¡manejado por los mismos funcionarios corruptos!
El reo que resulta confinado no paga un centavo aunque sí lo hacen (a precio inflado) quienes nada tuvieron que ver con el ilícito. Despertemos otra vez: los damnificados por el inadaptado de turno son personas con nombre y apellido; no “la sociedad”, que no es nadie. El daño causado puede ser cuantificado en dinero, que debe destinarse a resarcir a los perjudicados. Y los costos ocasionados por la captura, el juzgamiento, y la posterior manutención del delincuente, no deben ser pagados “por todos” sino por él mismo.
El principal escollo para llevar esto a la práctica es el Estado, que verá reducido su “negocio” ya que serán necesarias prisiones privadas autofinanciadas, donde el convicto deberá trabajar en una línea de producción determinada, generando ingresos con los que pagará los costos de su propia estadía y los costos que ocasionó para ser llevado hasta ese sitio, más la indemnización fijada por el juez para reintegrar -con intereses- los daños causados a sus víctimas: personas con nombre y apellido.
Modernas cárceles de alta tecnología e implacable seguridad computarizada, con beneficio para empresarios creativos que se atrevan al desafío de manejar e instruir, en áreas diversas y bajo protocolos evolucionados, mano de obra tan especial.
Estará el castigo de largos años de privación de su libertad y la ventaja de su recuperación (real) a través de la disciplina del trabajo. Estará el fuerte disuasivo de tener que devolver con sudor, rutina y lágrimas todo lo “obtenido” violando derechos ajenos. Y estará la justicia de no cargar sobre los contribuyentes costos que no son de su incumbencia, mientras se compensa a las víctimas -al menos en parte- por los perjuicios sufridos.
Pensamientos de orientación libertaria bajo la forma de notas de opinión crítica sobre la realidad argentina. Redactados a partir del año 2004 y hasta la actualidad, la mayoría de estos artículos fueron y son publicados por periódicos zonales con independencia intelectual, en distintas provincias. Objetivo : actuar como revulsivo mental promoviendo ideas que nos conduzcan a una sociedad de capitalismo avanzado, de gran poder económico, solidaria y respetada en el mundo.
Envidia y Pobreza
Abril 2010
Se trata, qué duda cabe, de dos palabras que han caminado de la mano a lo largo de la historia. Dando fe de la antigua sabiduría religiosa que sindica a la envidia entre los siete Pecados Capitales, esperable fuente de perdición y desgracias.
Confirmando los más actuales análisis socio-económicos que vinculan la disminución de la pobreza al nivel de seguridad jurídica que proteja el derecho de propiedad sobre patrimonios y ganancias, como condición previa a la aparición de inversiones en gran escala.
La envidia y su primo hermano el resentimiento, se encuentran en el núcleo duro de la desgracia nacional. Constituyen, desde luego, el cimiento fundante que sustenta la versión justicialista K (al igual que todas las de su signo, basada en la confiscación de renta y capital ajeno), aunque su efecto tóxico pueda rastrearse mucho más atrás. Ambas iniquidades tuvieron participación estelar ya en el quiebre del dominio conservador a partir de 1916, cuando bajo el ingenuo paraguas principista de don Hipólito Irigoyen prosperó la novedad del “Estado subsidiador de vivos y ahuyentador de eficientes”, de una serie de jóvenes radicales y veteranos socialistas. Todos largamente abrevados en la penosa, oscura fuente del resentimiento personal.
El rencor hacia la élite que no había permitido elecciones irrestrictas y la envidia de comprobar que algunos se enriquecían más rápido que otros, prevalecieron. Triunfó en toda la línea el avance de un torniquete impositivo-reglamentario que consiguió en poco tiempo… que no se enriqueciera nadie, excepto los políticos corruptos y sus digitados. Porque la única movilidad social que generan pulsiones tan despreciables es la movilidad social descendente. Con estúpido regocijo de las mayorías se colgaron de la palanca, aplicando los frenos a esa locomotora lanzada que era nuestro país.
Recordémoslo una vez más: la Argentina venía hasta entonces creciendo a gran ritmo en su industrialización y exportaciones, en la educación e inclusión social de carenciados e inmigrantes, en su prestigio científico, cultural y en multitud de rubros perfilándose (desde la nada) en potencia de peso mundial. No fue suficiente. Primó una impaciencia irresponsable; casi adolescente.
Resulta obvio, por otra parte, que la convicción general de que la pobreza es moralmente inaceptable en un país rico, tuvo que esperar a la aparición de ese país rico, circunstancia que nunca se hubiese producido bajo un dominio dirigista y corporativo, como el que siguió al liberalismo conservador del Centenario. De hecho y al correr del siglo de predominio populista, Argentina dejó de ser un país rico. La política del perro del hortelano llegó -a partir de allí- para quedarse y nuestro país ingresó en la espiral de pobreza, pequeñez de miras y decadencia que sigue asombrando al orbe.
Lo que todavía no se entiende bien es que tampoco sirve disimular hoy resentimientos y envidias, bajo el disfraz del apoyo a los mismos partidos “socialmente sensibles” que nos condujeron al desastre. No sirve porque cada día son más visibles las motivaciones parasitarias de ese apoyo.
La tradición, las simpatías, el sustrato ideológico-económico de movimientos como el radicalismo, el socialismo, de todos los peronismos, del “partido militar” o de nuevas agrupaciones como la de F. Solanas e incluso E. Carrió, provienen de una misma matriz. De un mismo caldo conceptual primigenio entrampado en una melaza de creencias perimidas. Que no asimilan ni aceptan que la dictadura de los simios coactivos trepados a los monopolios del Estado va quedando atrás; que las tecnologías y conocimientos que acompañan al nuevo milenio ponen en ventaja a aquellas sociedades que comprenden que la libertad y no el gobierno, es la verdadera amiga de los desfavorecidos.
Dirigentes desactualizados a quienes resulta insoportable aceptar que no sirven los impuestos elevados. Que no sirve subsidiar a unos a costa de la productividad de otros. Que no sirve cargar de reglamentos y prohibiciones a quienes deben crear, invertir y fabricar en competencia con el mundo. Que la anquilosada “estatutocracia” laboral argentina no sirve para lograr más empleos de calidad. Que el intervencionismo en general no sirve al objetivo de generar riquezas ni de distribuirlas, sin pisotear el art. 17 de la Constitución (*). Y que desapareciendo los privilegios legales motorizados en última instancia por la envidia, la única manera de hacer dinero será enriqueciendo a los demás a través de la producción y el más amplio libre comercio, en honesta competencia.
No debemos perder de vista que, al decir del estudioso ibérico Xavier Sala-I-Martín “el espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho más bien para muchísima más gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo juntas”.
A los progresistas no les importa la pobreza, con tal que los ricos no se hagan más ricos. No así a las buenas personas sensatas a las que no les importa la desigualdad porque no son envidiosas: les importa la pobreza. Ellas saben que el objetivo de achicar las diferencias de fortunas y el objetivo de reducir el número de los postergados son mutuamente excluyentes. Y que la comunidad entera se beneficia cuando algunos se enriquecen más.
En síntesis: el pecado de la envidia trae implícito, también en política y para horror de los sociólogos de izquierda, su propio castigo como generador de indignidades y pobreza.
Toca a cada argentino decidir en el silencio de su conciencia, cómo traducir esto en acciones, votos, no-votos u opiniones expresadas que sirvan a una Argentina más inclusiva, con muchísimos más propietarios y cantidad de grandes fortunas.
(*) “La propiedad es inviolable y la confiscación de bienes queda
borrada para siempre del Código Penal Argentino”
Se trata, qué duda cabe, de dos palabras que han caminado de la mano a lo largo de la historia. Dando fe de la antigua sabiduría religiosa que sindica a la envidia entre los siete Pecados Capitales, esperable fuente de perdición y desgracias.
Confirmando los más actuales análisis socio-económicos que vinculan la disminución de la pobreza al nivel de seguridad jurídica que proteja el derecho de propiedad sobre patrimonios y ganancias, como condición previa a la aparición de inversiones en gran escala.
La envidia y su primo hermano el resentimiento, se encuentran en el núcleo duro de la desgracia nacional. Constituyen, desde luego, el cimiento fundante que sustenta la versión justicialista K (al igual que todas las de su signo, basada en la confiscación de renta y capital ajeno), aunque su efecto tóxico pueda rastrearse mucho más atrás. Ambas iniquidades tuvieron participación estelar ya en el quiebre del dominio conservador a partir de 1916, cuando bajo el ingenuo paraguas principista de don Hipólito Irigoyen prosperó la novedad del “Estado subsidiador de vivos y ahuyentador de eficientes”, de una serie de jóvenes radicales y veteranos socialistas. Todos largamente abrevados en la penosa, oscura fuente del resentimiento personal.
El rencor hacia la élite que no había permitido elecciones irrestrictas y la envidia de comprobar que algunos se enriquecían más rápido que otros, prevalecieron. Triunfó en toda la línea el avance de un torniquete impositivo-reglamentario que consiguió en poco tiempo… que no se enriqueciera nadie, excepto los políticos corruptos y sus digitados. Porque la única movilidad social que generan pulsiones tan despreciables es la movilidad social descendente. Con estúpido regocijo de las mayorías se colgaron de la palanca, aplicando los frenos a esa locomotora lanzada que era nuestro país.
Recordémoslo una vez más: la Argentina venía hasta entonces creciendo a gran ritmo en su industrialización y exportaciones, en la educación e inclusión social de carenciados e inmigrantes, en su prestigio científico, cultural y en multitud de rubros perfilándose (desde la nada) en potencia de peso mundial. No fue suficiente. Primó una impaciencia irresponsable; casi adolescente.
Resulta obvio, por otra parte, que la convicción general de que la pobreza es moralmente inaceptable en un país rico, tuvo que esperar a la aparición de ese país rico, circunstancia que nunca se hubiese producido bajo un dominio dirigista y corporativo, como el que siguió al liberalismo conservador del Centenario. De hecho y al correr del siglo de predominio populista, Argentina dejó de ser un país rico. La política del perro del hortelano llegó -a partir de allí- para quedarse y nuestro país ingresó en la espiral de pobreza, pequeñez de miras y decadencia que sigue asombrando al orbe.
Lo que todavía no se entiende bien es que tampoco sirve disimular hoy resentimientos y envidias, bajo el disfraz del apoyo a los mismos partidos “socialmente sensibles” que nos condujeron al desastre. No sirve porque cada día son más visibles las motivaciones parasitarias de ese apoyo.
La tradición, las simpatías, el sustrato ideológico-económico de movimientos como el radicalismo, el socialismo, de todos los peronismos, del “partido militar” o de nuevas agrupaciones como la de F. Solanas e incluso E. Carrió, provienen de una misma matriz. De un mismo caldo conceptual primigenio entrampado en una melaza de creencias perimidas. Que no asimilan ni aceptan que la dictadura de los simios coactivos trepados a los monopolios del Estado va quedando atrás; que las tecnologías y conocimientos que acompañan al nuevo milenio ponen en ventaja a aquellas sociedades que comprenden que la libertad y no el gobierno, es la verdadera amiga de los desfavorecidos.
Dirigentes desactualizados a quienes resulta insoportable aceptar que no sirven los impuestos elevados. Que no sirve subsidiar a unos a costa de la productividad de otros. Que no sirve cargar de reglamentos y prohibiciones a quienes deben crear, invertir y fabricar en competencia con el mundo. Que la anquilosada “estatutocracia” laboral argentina no sirve para lograr más empleos de calidad. Que el intervencionismo en general no sirve al objetivo de generar riquezas ni de distribuirlas, sin pisotear el art. 17 de la Constitución (*). Y que desapareciendo los privilegios legales motorizados en última instancia por la envidia, la única manera de hacer dinero será enriqueciendo a los demás a través de la producción y el más amplio libre comercio, en honesta competencia.
No debemos perder de vista que, al decir del estudioso ibérico Xavier Sala-I-Martín “el espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho más bien para muchísima más gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo juntas”.
A los progresistas no les importa la pobreza, con tal que los ricos no se hagan más ricos. No así a las buenas personas sensatas a las que no les importa la desigualdad porque no son envidiosas: les importa la pobreza. Ellas saben que el objetivo de achicar las diferencias de fortunas y el objetivo de reducir el número de los postergados son mutuamente excluyentes. Y que la comunidad entera se beneficia cuando algunos se enriquecen más.
En síntesis: el pecado de la envidia trae implícito, también en política y para horror de los sociólogos de izquierda, su propio castigo como generador de indignidades y pobreza.
Toca a cada argentino decidir en el silencio de su conciencia, cómo traducir esto en acciones, votos, no-votos u opiniones expresadas que sirvan a una Argentina más inclusiva, con muchísimos más propietarios y cantidad de grandes fortunas.
(*) “La propiedad es inviolable y la confiscación de bienes queda
borrada para siempre del Código Penal Argentino”
Insolentes Pretensiones
Marzo 2010
El desmoralizante hecho de estar viviendo un período tan negro de nuestra historia, conducidos por individuos de pocas luces y mentalidad adolescente, repitiendo los errores de anteriores gobiernos de incapaces y mafiosos, perdiendo años y más años de “vientos de cola” como jamás habíamos tenido, nos mueve a cuestionar la base sobre la que se asienta nuestra tolerancia de ciudadanos libres.
En el sistema que teóricamente nos rige, una persona tiene el derecho de elegir para sí el líder que más le guste aunque, claro, ese derecho termina donde comienza el de otra persona que podría no aceptar que la primera quisiera imponerle un déspota, un confiscador o un violador de instituciones.
Para evitar que la fuerza del número se transforme en el derecho de las bestias, la Constitución Nacional prevé protecciones y límites al poder. Mas como todos saben esas garantías son desde hace muchas décadas y por decisión del Poder Ejecutivo, entelequias inoperantes. Con la complicidad actual de un Poder Judicial tan presionado cuanto pusilánime y de un Poder Legislativo cuya mayoría (¿?) opositora está formada mayormente por mujeres y hombres de convicciones también contrarias al claro mandato de capitalismo protector prescripto por nuestros Padres Fundadores al redactar la Carta Magna.
El sistema real que nos rige es, pues, violación electiva serial de preceptos constitucionales. Violación del “contrato social” fundacional en el que basar una tolerancia respetuosa. Violación del “acuerdo” de renuncia a la resistencia y autodefensa armada a cambio de la vigencia de ciertos derechos y garantías que no son negociables.
Por eso, la mecha de la implosión nacional por pretensiones derivadas de la falta de límites, está hoy furiosamente encendida.
Insolentes pretensiones de un gran malón de jinetes parásitos en su intento de domar, someter, y apropiarse a rebencazos del trabajo y la honesta propiedad ajena. Matadores del espíritu de libre empresa que atrajo a nuestros bisabuelos inmigrantes y que puso a la Argentina en el mapa del respeto mundial. Idiotas útiles al sueño de los Kirchner, de un pueblo trabajando de rodillas para los políticos y sus amigos, con sumisión de majada y mirada bovina.
En verdad toda minoría (*) tiene el derecho de decidir cómo quiere vivir, qué tipo de reglas básicas civilizadas aceptar o, finalmente, a eligir qué líderes habrán de custodiar su sistema de valores. Y que en ausencia de acuerdo, la supremacía de la mayoría sobre la minoría no existe en absoluto. ¿O alguien se opone a estos principios, más allá de que nos hallemos hoy y aquí en plena era del simio? Porque oponerse a esto significa afirmar que existe el “derecho” de algunos al forzamiento sobre mujeres y hombres pacíficos que a nadie han dañado. Implica rotularse de usador de personas, de partidario primitivo de los sacrificios humanos. Acordando que las familias no tienen derechos que el malón no pueda atropellar.
Llevar ciertos razonamientos al extremo, a veces clarifica su grado de justicia o buena intención. Podríamos imaginar, por ejemplo, un acuerdo general que tienda a eliminar todo aquello que no sea voluntario en los procedimientos políticos, económicos y sociales. Excepción hecha del juzgamiento y castigo de delitos, todo lo impuesto, lo conseguido bajo amenaza, quedaría gradualmente desterrado del ordenamiento legal.
Vedado lo coactivo a nivel gubernamental, reinaría la cooperación voluntaria de mutua conveniencia. Imaginemos entonces a nuestros “solidarios” votantes de partidos filo-socialistas (¿70 % de los electores?) pagando los elevados impuestos y acatando los intrincados reglamentos comerciales y laborales que sus líderes siempre han predicado y practicado. Compartiendo por libre elección y entre todos quienes hayan votado ese acuerdo, el producto de su esfuerzo. Sin obligar a quienes no votaron eso a someterse a normas que ellos consideran contrarias al bien común. Este 30 % “contrera” podría contribuir con la sociedad sin forzamientos y en sus propios términos. Desde las variantes comunistas (¿5 % del padrón electoral?) a los diversos grados de capitalismo de mercado (¿25 % restante?). Suena fantástico. Muy civilizado y tolerante, por cierto.
La experiencia empírica de 8.000 años de historia humana nos asegura que de llevarse esto a la práctica, en poco tiempo se vería cómo ese 25 % más libre cuadruplicaría en producción y aportes sociales al 75 % restante, transformándose en motor y bote salvavidas de la comunidad toda. ¡Resultado cantado!
Sin embargo, en un contexto no violento como el descripto lo que ocurriría sería otra cosa. Las personas con simpatías de izquierda o progresistas de ningún modo desean pagar impuestos y compartir ganancias sino obligar por la fuerza a quienes producen y crean, a entregarles a ellos (de una u otra forma) el producto de su esfuerzo. Una pretensión ruin aunque muy humana. Por tanto, quitado del medio el factor coactivo perderían interés en el sistema, derivando hacia su siguiente línea de conveniencia egoísta: el capitalismo liberal creador de riqueza.
Lo imaginado en este razonamiento utópico sirve para entrever el nudo de la cuestión social: un sistema de reglas que violenten libertades básicas de elección (como el que tenemos) saca a flote lo más oscuro y ruin del ser humano, aunque la motivación pueda parecer altruista. Reglas más flexibles y voluntarias, en cambio, tenderán a enmarcar un sistema de resultados virtuosos, aunque la motivación pueda parecer egoísta.
A la gente no le interesa la ideología, la Constitución, ni el voto. Le interesa el resultado. Le interesa su bienestar, la seguridad de su vejez, el futuro de sus hijos o la satisfacción de ganar más y retener, para poder disfrutar y ayudar. Y esas cosas no se logran en una escala que valga la pena mediante el violentado de voluntades y bolsillos, sino poniendo a la naturaleza humana a trabajar a favor. El dirigente que sepa ver esto, pasará al bronce.
(*) La minoría más pequeña, igual de inviolable, es una sola persona.
El desmoralizante hecho de estar viviendo un período tan negro de nuestra historia, conducidos por individuos de pocas luces y mentalidad adolescente, repitiendo los errores de anteriores gobiernos de incapaces y mafiosos, perdiendo años y más años de “vientos de cola” como jamás habíamos tenido, nos mueve a cuestionar la base sobre la que se asienta nuestra tolerancia de ciudadanos libres.
En el sistema que teóricamente nos rige, una persona tiene el derecho de elegir para sí el líder que más le guste aunque, claro, ese derecho termina donde comienza el de otra persona que podría no aceptar que la primera quisiera imponerle un déspota, un confiscador o un violador de instituciones.
Para evitar que la fuerza del número se transforme en el derecho de las bestias, la Constitución Nacional prevé protecciones y límites al poder. Mas como todos saben esas garantías son desde hace muchas décadas y por decisión del Poder Ejecutivo, entelequias inoperantes. Con la complicidad actual de un Poder Judicial tan presionado cuanto pusilánime y de un Poder Legislativo cuya mayoría (¿?) opositora está formada mayormente por mujeres y hombres de convicciones también contrarias al claro mandato de capitalismo protector prescripto por nuestros Padres Fundadores al redactar la Carta Magna.
El sistema real que nos rige es, pues, violación electiva serial de preceptos constitucionales. Violación del “contrato social” fundacional en el que basar una tolerancia respetuosa. Violación del “acuerdo” de renuncia a la resistencia y autodefensa armada a cambio de la vigencia de ciertos derechos y garantías que no son negociables.
Por eso, la mecha de la implosión nacional por pretensiones derivadas de la falta de límites, está hoy furiosamente encendida.
Insolentes pretensiones de un gran malón de jinetes parásitos en su intento de domar, someter, y apropiarse a rebencazos del trabajo y la honesta propiedad ajena. Matadores del espíritu de libre empresa que atrajo a nuestros bisabuelos inmigrantes y que puso a la Argentina en el mapa del respeto mundial. Idiotas útiles al sueño de los Kirchner, de un pueblo trabajando de rodillas para los políticos y sus amigos, con sumisión de majada y mirada bovina.
En verdad toda minoría (*) tiene el derecho de decidir cómo quiere vivir, qué tipo de reglas básicas civilizadas aceptar o, finalmente, a eligir qué líderes habrán de custodiar su sistema de valores. Y que en ausencia de acuerdo, la supremacía de la mayoría sobre la minoría no existe en absoluto. ¿O alguien se opone a estos principios, más allá de que nos hallemos hoy y aquí en plena era del simio? Porque oponerse a esto significa afirmar que existe el “derecho” de algunos al forzamiento sobre mujeres y hombres pacíficos que a nadie han dañado. Implica rotularse de usador de personas, de partidario primitivo de los sacrificios humanos. Acordando que las familias no tienen derechos que el malón no pueda atropellar.
Llevar ciertos razonamientos al extremo, a veces clarifica su grado de justicia o buena intención. Podríamos imaginar, por ejemplo, un acuerdo general que tienda a eliminar todo aquello que no sea voluntario en los procedimientos políticos, económicos y sociales. Excepción hecha del juzgamiento y castigo de delitos, todo lo impuesto, lo conseguido bajo amenaza, quedaría gradualmente desterrado del ordenamiento legal.
Vedado lo coactivo a nivel gubernamental, reinaría la cooperación voluntaria de mutua conveniencia. Imaginemos entonces a nuestros “solidarios” votantes de partidos filo-socialistas (¿70 % de los electores?) pagando los elevados impuestos y acatando los intrincados reglamentos comerciales y laborales que sus líderes siempre han predicado y practicado. Compartiendo por libre elección y entre todos quienes hayan votado ese acuerdo, el producto de su esfuerzo. Sin obligar a quienes no votaron eso a someterse a normas que ellos consideran contrarias al bien común. Este 30 % “contrera” podría contribuir con la sociedad sin forzamientos y en sus propios términos. Desde las variantes comunistas (¿5 % del padrón electoral?) a los diversos grados de capitalismo de mercado (¿25 % restante?). Suena fantástico. Muy civilizado y tolerante, por cierto.
La experiencia empírica de 8.000 años de historia humana nos asegura que de llevarse esto a la práctica, en poco tiempo se vería cómo ese 25 % más libre cuadruplicaría en producción y aportes sociales al 75 % restante, transformándose en motor y bote salvavidas de la comunidad toda. ¡Resultado cantado!
Sin embargo, en un contexto no violento como el descripto lo que ocurriría sería otra cosa. Las personas con simpatías de izquierda o progresistas de ningún modo desean pagar impuestos y compartir ganancias sino obligar por la fuerza a quienes producen y crean, a entregarles a ellos (de una u otra forma) el producto de su esfuerzo. Una pretensión ruin aunque muy humana. Por tanto, quitado del medio el factor coactivo perderían interés en el sistema, derivando hacia su siguiente línea de conveniencia egoísta: el capitalismo liberal creador de riqueza.
Lo imaginado en este razonamiento utópico sirve para entrever el nudo de la cuestión social: un sistema de reglas que violenten libertades básicas de elección (como el que tenemos) saca a flote lo más oscuro y ruin del ser humano, aunque la motivación pueda parecer altruista. Reglas más flexibles y voluntarias, en cambio, tenderán a enmarcar un sistema de resultados virtuosos, aunque la motivación pueda parecer egoísta.
A la gente no le interesa la ideología, la Constitución, ni el voto. Le interesa el resultado. Le interesa su bienestar, la seguridad de su vejez, el futuro de sus hijos o la satisfacción de ganar más y retener, para poder disfrutar y ayudar. Y esas cosas no se logran en una escala que valga la pena mediante el violentado de voluntades y bolsillos, sino poniendo a la naturaleza humana a trabajar a favor. El dirigente que sepa ver esto, pasará al bronce.
(*) La minoría más pequeña, igual de inviolable, es una sola persona.
Cooperación
Marzo 2010
Es un hecho que sólo los delincuentes y los gobiernos dependen de la fuerza o de la amenaza de su uso para el logro de sus fines, mientras que todas las demás personas dependemos exclusivamente de la cooperación voluntaria para obtener los nuestros. No por casualidad las palabras “delincuente” y “gobierno” son términos que nuestra historia va empujando a confluir, en el punto de la sinonimia.
Como sabemos, la cooperación entre individuos o empresas es por lo común ágil, fluida, imaginativa, económica, personal y libre…mientras que lo estatal es lento, burocrático, regimentado, costoso, genérico y obligatorio. Tanto así como comparar una computadora solar móvil de pantalla táctil, del grosor de una tarjeta y 150 gramos… con una vieja caja registradora mecánica en bronce lustrado de 30 kgs. de peso.
Una empresa que se manejara hoy día con aquellas cajas registradoras, colapsaría en el mismo caos de ineficiencias y crispaciones en el que está colapsando nuestro ordenamiento social.
Lo moderno y fácil, lo natural y previsible es la tendencia a la resolución personalizada de necesidades considerando los intereses de todos y cada uno de los involucrados, mediante el uso intensivo de tecnología informática, en especializaciones profesionales cada vez más avanzadas. Alejándonos de los sistemas paquidérmicos y sus “soluciones” masificantes.
El Estado y todos sus maravillosos “servicios” existen y funcionan merced al exclusivo expediente de restar energía (fondos invertibles) a la red de cooperación voluntaria de negocios, servicios e intereses personales de la gente. La parasitan; la entorpecen justificando su control, eventualmente la detienen y hasta la aniquilan. Para que el gobierno subsidie, con más fondos restados a la reinversión (más impuestos), a algunos de esos sectores previamente asfixiados.
La verdad es que todo lo coactivo, todo lo que para funcionar necesite de encañonamiento por la espalda siempre será menos útil y práctico que su variante voluntaria. Porque debemos saber que siempre y para cada caso y problema hay una variante cooperativa, opcional a la variante forzada. Con la ventaja de que esa opción no-violenta con acuerdo de las partes es, en todas las instancias, moral y éticamente superior.
No obstante y por razones ideológicas, jamás nuestro populismo de 80 años permitiría el desarrollo a gran escala de variantes privadas de libre elección alternativas al poder del Estado en temas centrales como, por ejemplo, justicia, educación o seguridad.
Nuestra Argentina actual es una demostración “de manual” de objetivos conseguidos parcialmente y a palos, que resultan de soluciones ineficientes, a través de un sistema que hace del forzamiento y la extorsión, un culto. Se extorsiona al votante, por caso, con el terrorífico despliegue de una pobreza que exige “urgente aporte estatal”, pero que es en realidad hija única y directa del estrangulamiento, también estatal, sobre la inversión empresaria.
Señores, señoras: lo colectivo es necesariamente represivo. Violento.
Pocos perciben que nuestra costosa burocracia es intermediación inútil. Que los servicios que presta el Estado pueden ser suplidos -gradualmente si se quiere- por prestadores profesionales en el marco de una cooperación voluntaria para contratos e intereses múltiples, dentro de un mercado desregulado. Y que los actuales trabajadores de esta burocracia coactiva serían los mismos que operarían el sistema de red de servicios privados, con trabajos mucho más estimulantes y mejor pagos.
Pocos perciben el pavoroso costo de los servicios estatales. Porque si sumáramos todos los impuestos (también los que están ocultos en el precio de cada cosa que tocamos, que bien pueden constituir la mitad de su valor) a la mensura económica de todos los entorpecimientos infligidos a los ciudadanos que “hacen” o a los que “hubieran querido hacer” cosas, arribaríamos a conclusiones que nos harían caer del asiento.
Nos cobran la mala seguridad, educación o justicia pública a precio de oro, para mantener al mismo tiempo un Estado intermediario voraz. Ese mismo dinero vuelto a manos de la gente sobraría para subcontratar en forma particular cualquier servicio que la vida civilizada demande.
Claro que los asalariados sufren hoy la falta de dinero en esta torpe economía de subsistencia, por simple ineptitud criminal de nuestros gobernantes pero si pusiéramos nuestra Constitución Nacional liberal en vigencia eso volvería a no ser así.
Recientes y muy serios cálculos hechos en India, nos demuestran qué tan costosa puede resultar la estupidez.
Este país de superficie similar a la Argentina, se obstinó como nosotros desde 1947 en políticas proteccionistas y subsidiadoras, enemigas de la libertad económica tanto como de la inversión extranjera y la competitividad.
Hacia 1990 viraron 180 grados tirando por la borda el socialismo que los frenaba, abriendo su economía y quitando al Estado del medio en lo posible, para globalizar sus producciones. Hoy, tras dos décadas de crecer a más del 7 % anual aumentando notablemente la riqueza de su población, la India se perfila como otra nueva superpotencia. Rango que no había alcanzado nunca en su milenaria historia.
No haber cambiado al liberalismo antes, le costó a esta nación la muerte por pobreza de más de 14 millones de chicos, el analfabetismo de 261 millones más y la condena a la indigencia para otras 109 millones de personas.
Y por casa ¿cómo andamos? Cada uno de nosotros tiene el deber de oponerse a la violencia en todas sus formas (incluido el terrorismo de Estado fiscal) en dirección a una sociedad cada día más pacífica, voluntaria, cooperativa por libre elección y no-violenta. No hay otro camino inteligente hacia una sociedad, finalmente más justa. Más rica. Más perfecta y respirable para nuestros hijos. ¡Meditemos con especial cuidado nuestras simpatías políticas!
Es un hecho que sólo los delincuentes y los gobiernos dependen de la fuerza o de la amenaza de su uso para el logro de sus fines, mientras que todas las demás personas dependemos exclusivamente de la cooperación voluntaria para obtener los nuestros. No por casualidad las palabras “delincuente” y “gobierno” son términos que nuestra historia va empujando a confluir, en el punto de la sinonimia.
Como sabemos, la cooperación entre individuos o empresas es por lo común ágil, fluida, imaginativa, económica, personal y libre…mientras que lo estatal es lento, burocrático, regimentado, costoso, genérico y obligatorio. Tanto así como comparar una computadora solar móvil de pantalla táctil, del grosor de una tarjeta y 150 gramos… con una vieja caja registradora mecánica en bronce lustrado de 30 kgs. de peso.
Una empresa que se manejara hoy día con aquellas cajas registradoras, colapsaría en el mismo caos de ineficiencias y crispaciones en el que está colapsando nuestro ordenamiento social.
Lo moderno y fácil, lo natural y previsible es la tendencia a la resolución personalizada de necesidades considerando los intereses de todos y cada uno de los involucrados, mediante el uso intensivo de tecnología informática, en especializaciones profesionales cada vez más avanzadas. Alejándonos de los sistemas paquidérmicos y sus “soluciones” masificantes.
El Estado y todos sus maravillosos “servicios” existen y funcionan merced al exclusivo expediente de restar energía (fondos invertibles) a la red de cooperación voluntaria de negocios, servicios e intereses personales de la gente. La parasitan; la entorpecen justificando su control, eventualmente la detienen y hasta la aniquilan. Para que el gobierno subsidie, con más fondos restados a la reinversión (más impuestos), a algunos de esos sectores previamente asfixiados.
La verdad es que todo lo coactivo, todo lo que para funcionar necesite de encañonamiento por la espalda siempre será menos útil y práctico que su variante voluntaria. Porque debemos saber que siempre y para cada caso y problema hay una variante cooperativa, opcional a la variante forzada. Con la ventaja de que esa opción no-violenta con acuerdo de las partes es, en todas las instancias, moral y éticamente superior.
No obstante y por razones ideológicas, jamás nuestro populismo de 80 años permitiría el desarrollo a gran escala de variantes privadas de libre elección alternativas al poder del Estado en temas centrales como, por ejemplo, justicia, educación o seguridad.
Nuestra Argentina actual es una demostración “de manual” de objetivos conseguidos parcialmente y a palos, que resultan de soluciones ineficientes, a través de un sistema que hace del forzamiento y la extorsión, un culto. Se extorsiona al votante, por caso, con el terrorífico despliegue de una pobreza que exige “urgente aporte estatal”, pero que es en realidad hija única y directa del estrangulamiento, también estatal, sobre la inversión empresaria.
Señores, señoras: lo colectivo es necesariamente represivo. Violento.
Pocos perciben que nuestra costosa burocracia es intermediación inútil. Que los servicios que presta el Estado pueden ser suplidos -gradualmente si se quiere- por prestadores profesionales en el marco de una cooperación voluntaria para contratos e intereses múltiples, dentro de un mercado desregulado. Y que los actuales trabajadores de esta burocracia coactiva serían los mismos que operarían el sistema de red de servicios privados, con trabajos mucho más estimulantes y mejor pagos.
Pocos perciben el pavoroso costo de los servicios estatales. Porque si sumáramos todos los impuestos (también los que están ocultos en el precio de cada cosa que tocamos, que bien pueden constituir la mitad de su valor) a la mensura económica de todos los entorpecimientos infligidos a los ciudadanos que “hacen” o a los que “hubieran querido hacer” cosas, arribaríamos a conclusiones que nos harían caer del asiento.
Nos cobran la mala seguridad, educación o justicia pública a precio de oro, para mantener al mismo tiempo un Estado intermediario voraz. Ese mismo dinero vuelto a manos de la gente sobraría para subcontratar en forma particular cualquier servicio que la vida civilizada demande.
Claro que los asalariados sufren hoy la falta de dinero en esta torpe economía de subsistencia, por simple ineptitud criminal de nuestros gobernantes pero si pusiéramos nuestra Constitución Nacional liberal en vigencia eso volvería a no ser así.
Recientes y muy serios cálculos hechos en India, nos demuestran qué tan costosa puede resultar la estupidez.
Este país de superficie similar a la Argentina, se obstinó como nosotros desde 1947 en políticas proteccionistas y subsidiadoras, enemigas de la libertad económica tanto como de la inversión extranjera y la competitividad.
Hacia 1990 viraron 180 grados tirando por la borda el socialismo que los frenaba, abriendo su economía y quitando al Estado del medio en lo posible, para globalizar sus producciones. Hoy, tras dos décadas de crecer a más del 7 % anual aumentando notablemente la riqueza de su población, la India se perfila como otra nueva superpotencia. Rango que no había alcanzado nunca en su milenaria historia.
No haber cambiado al liberalismo antes, le costó a esta nación la muerte por pobreza de más de 14 millones de chicos, el analfabetismo de 261 millones más y la condena a la indigencia para otras 109 millones de personas.
Y por casa ¿cómo andamos? Cada uno de nosotros tiene el deber de oponerse a la violencia en todas sus formas (incluido el terrorismo de Estado fiscal) en dirección a una sociedad cada día más pacífica, voluntaria, cooperativa por libre elección y no-violenta. No hay otro camino inteligente hacia una sociedad, finalmente más justa. Más rica. Más perfecta y respirable para nuestros hijos. ¡Meditemos con especial cuidado nuestras simpatías políticas!
Miedo al Debate
Marzo 2010
Es probable que el más demoledor argumento que pueda esgrimirse en demérito de nuestro sistema de elección de estadistas, se halle en que la mayoría de los electores habilitados carecen de libertad de entendimiento.
Nadie niega ya que la Argentina, a pesar de su enorme potencial, se hunde lentamente desde los años que siguieron a nuestro apogeo, en el Centenario (1910), cuando una real generalización del voto y la falta de liderazgo inteligente precipitaron el abandono del orden legal y económico liberal que nos venía elevando, de la mano de una élite.
Como en su momento advirtió Carlos Pellegrini “Lo que importaba y urgía antes de emancipar la masa electoral, era educarla y formar su criterio. Faltando esta condición previa, la libertad, puesta al servicio de la ignorancia, equivalía a un arma de fuego en manos de un niño: en lugar de la anarquía contra la ley se tendría la anarquía según la ley”. Que fue lo que, precisamente, nos sucedió.
La mayoría de las personas rehúye un debate de ideas de este calibre, porque lo consideran “políticamente incorrecto” y porque temen que sus conclusiones, llevadas a la fecha actual, las pongan en un callejón conceptual sin salida, de difícil digestión.
Sin embargo, para que una democracia no colapse con el tiempo, esa libertad de entendimiento, ilustración básica, madurez cívica o inteligencia social debe ser anterior al voto universal.
Nuestro pueblo sigue sin ser libre ya que tras los primeros tropiezos de esa turbulenta democracia de masas, el cuerpo social dio por tierra al quebrarse el orden constitucional con la irrupción del fascismo cívico-militar en el primer golpe, del año 1930.
La idea corporativa barrió definitivamente con la idea librecambista de mercado abierto, configurando un estrecho ataúd económico cuya tapa quedó bien remachada por el subsiguiente régimen peronista entre las décadas del 40 y 50.
La asfixia de la producción competitiva se mantuvo con imperceptibles altibajos hasta el día de hoy, constituyendo un mito muy pintoresco, por cierto, aquel que sostiene que la tapa del ataúd fascista se levantó para confirmar el fracaso liberal, con las duplas Videla/Martínez de Hoz y Menem/Cavallo.
Los remaches corporativos, por el contrario, siguieron firmes en su sitio y esto siguió garantizando educación-basura (vacía de valores evolucionados) para las mayorías mantenidas en la pobreza, lo que a su vez sirvió de reaseguro a la oligarquía política, en su tarea de impedir la formación inteligente y civilizada de criterios que pretendía Pellegrini.
La marea avanzó demasiado como para empezar a hablar ahora de voto calificado, teniendo en cuenta que para emitir aquí un sufragio válido no es necesario siquiera saber leer y escribir. Y teniendo en cuenta también que los grados universitarios de los dirigentes de este último siglo no fueron óbice para la estúpida sucesión de agujeros que afanosamente taladraron en el piso de nuestro propio barco.
El presente gobierno, además, viene estimulando desde hace más de seis años un clima de intolerancia, persecución económica, división y odio; de venganza sucia, envidia y tergiversación de valores (como son la cultura del trabajo honrado y la vergüenza por el parasitismo social). Lograron reavivar así, por bestial conveniencia, la insensata polarización que tantas veces en la historia bloqueó el despegue de nuestra economía, y que tuvo su paroxismo de desunión en la época del “5 por 1”, del “alambre de fardo para ahorcar opositores” y de la quema de iglesias.
Pulsiones rabiosamente destructivas que han calado otra vez en el alma de muchos argentinos, con preocupante influencia sobre el arco del 70 % “no kirchnerista”, que también se sienta sobre la tapa del ataúd corporativo con el credo socialista: anti-producción competitiva y acogotamiento impositivo-reglamentario.
Todo lo cual no exime a los ciudadanos pensantes formadores de opinión de superar su miedo al debate de opciones de fondo. Aunque se trate de opciones de largo plazo, para orientar a las mayorías en la buena dirección. Adelantándonos otra vez, como hace cien años, a la tendencia mundial. Porque el desacuerdo extremo, la furia creciente alimentada por el convencimiento en cada bando de que sus derechos están siendo pisoteados, podrían acabar en alguna clase de enfrentamiento civil armado de autodefensa que haga colapsar lo que queda de nuestro ordenamiento social.
La manera inteligente de desactivar las tensiones anulándolas para siempre, pasa por la lógica de la cooperación voluntaria.
Dos países pueden alejar el espectro de una guerra interconectando sus sociedades con redes comerciales, de negocios, apertura económica y cooperación creciente de mutua conveniencia. Dos personas, dos grupos o dos bandos también.
Nuestro Estado intervencionista, metido en el medio de todos y de todo, azuza la discordia con leyes discriminadoras, corrupción descarada, y ventajas indignantes para quienes lo apoyan. Podríamos decir, parodiando a Bill Clinton: “es el sistema, estúpido”.
Las tendencias cooperativas y voluntarias de largo plazo son, en cambio, el debilitamiento progresivo de la violencia de las democracias numéricas y sus fronteras arbitrarias, la apertura comercial e inmigratoria entre los pueblos, la globalización de códigos, la fusión multirracial y multicultural o el avance de comunidades libres de la mano de alta tecnología informática y de seguridad, con el poder que da el dinero fluyendo en comunidades liberadas del agobio de políticos ladrones.
Toda acción conducente a este revolucionario shock de prosperidad y no discriminación, nos sirve.
Otros pueblos lo van comprendiendo. ¿Queremos un ejemplo concreto? El partido Movimiento Libertario de Costa Rica, con su mensaje de libertades individuales, libre comercio, Estado mínimo y economía del conocimiento para la riqueza popular logró más del 8 % de los votos presidenciales en las elecciones generales habidas en el 2006 y acaba de obtener más del 20 % con su candidato a presidente en las recientes elecciones 2010. ¿Son alienígenas…o fríos anglosajones nórdicos acaso? No. Hablan castellano igual que nosotros y se nos parecen bastante.
Es probable que el más demoledor argumento que pueda esgrimirse en demérito de nuestro sistema de elección de estadistas, se halle en que la mayoría de los electores habilitados carecen de libertad de entendimiento.
Nadie niega ya que la Argentina, a pesar de su enorme potencial, se hunde lentamente desde los años que siguieron a nuestro apogeo, en el Centenario (1910), cuando una real generalización del voto y la falta de liderazgo inteligente precipitaron el abandono del orden legal y económico liberal que nos venía elevando, de la mano de una élite.
Como en su momento advirtió Carlos Pellegrini “Lo que importaba y urgía antes de emancipar la masa electoral, era educarla y formar su criterio. Faltando esta condición previa, la libertad, puesta al servicio de la ignorancia, equivalía a un arma de fuego en manos de un niño: en lugar de la anarquía contra la ley se tendría la anarquía según la ley”. Que fue lo que, precisamente, nos sucedió.
La mayoría de las personas rehúye un debate de ideas de este calibre, porque lo consideran “políticamente incorrecto” y porque temen que sus conclusiones, llevadas a la fecha actual, las pongan en un callejón conceptual sin salida, de difícil digestión.
Sin embargo, para que una democracia no colapse con el tiempo, esa libertad de entendimiento, ilustración básica, madurez cívica o inteligencia social debe ser anterior al voto universal.
Nuestro pueblo sigue sin ser libre ya que tras los primeros tropiezos de esa turbulenta democracia de masas, el cuerpo social dio por tierra al quebrarse el orden constitucional con la irrupción del fascismo cívico-militar en el primer golpe, del año 1930.
La idea corporativa barrió definitivamente con la idea librecambista de mercado abierto, configurando un estrecho ataúd económico cuya tapa quedó bien remachada por el subsiguiente régimen peronista entre las décadas del 40 y 50.
La asfixia de la producción competitiva se mantuvo con imperceptibles altibajos hasta el día de hoy, constituyendo un mito muy pintoresco, por cierto, aquel que sostiene que la tapa del ataúd fascista se levantó para confirmar el fracaso liberal, con las duplas Videla/Martínez de Hoz y Menem/Cavallo.
Los remaches corporativos, por el contrario, siguieron firmes en su sitio y esto siguió garantizando educación-basura (vacía de valores evolucionados) para las mayorías mantenidas en la pobreza, lo que a su vez sirvió de reaseguro a la oligarquía política, en su tarea de impedir la formación inteligente y civilizada de criterios que pretendía Pellegrini.
La marea avanzó demasiado como para empezar a hablar ahora de voto calificado, teniendo en cuenta que para emitir aquí un sufragio válido no es necesario siquiera saber leer y escribir. Y teniendo en cuenta también que los grados universitarios de los dirigentes de este último siglo no fueron óbice para la estúpida sucesión de agujeros que afanosamente taladraron en el piso de nuestro propio barco.
El presente gobierno, además, viene estimulando desde hace más de seis años un clima de intolerancia, persecución económica, división y odio; de venganza sucia, envidia y tergiversación de valores (como son la cultura del trabajo honrado y la vergüenza por el parasitismo social). Lograron reavivar así, por bestial conveniencia, la insensata polarización que tantas veces en la historia bloqueó el despegue de nuestra economía, y que tuvo su paroxismo de desunión en la época del “5 por 1”, del “alambre de fardo para ahorcar opositores” y de la quema de iglesias.
Pulsiones rabiosamente destructivas que han calado otra vez en el alma de muchos argentinos, con preocupante influencia sobre el arco del 70 % “no kirchnerista”, que también se sienta sobre la tapa del ataúd corporativo con el credo socialista: anti-producción competitiva y acogotamiento impositivo-reglamentario.
Todo lo cual no exime a los ciudadanos pensantes formadores de opinión de superar su miedo al debate de opciones de fondo. Aunque se trate de opciones de largo plazo, para orientar a las mayorías en la buena dirección. Adelantándonos otra vez, como hace cien años, a la tendencia mundial. Porque el desacuerdo extremo, la furia creciente alimentada por el convencimiento en cada bando de que sus derechos están siendo pisoteados, podrían acabar en alguna clase de enfrentamiento civil armado de autodefensa que haga colapsar lo que queda de nuestro ordenamiento social.
La manera inteligente de desactivar las tensiones anulándolas para siempre, pasa por la lógica de la cooperación voluntaria.
Dos países pueden alejar el espectro de una guerra interconectando sus sociedades con redes comerciales, de negocios, apertura económica y cooperación creciente de mutua conveniencia. Dos personas, dos grupos o dos bandos también.
Nuestro Estado intervencionista, metido en el medio de todos y de todo, azuza la discordia con leyes discriminadoras, corrupción descarada, y ventajas indignantes para quienes lo apoyan. Podríamos decir, parodiando a Bill Clinton: “es el sistema, estúpido”.
Las tendencias cooperativas y voluntarias de largo plazo son, en cambio, el debilitamiento progresivo de la violencia de las democracias numéricas y sus fronteras arbitrarias, la apertura comercial e inmigratoria entre los pueblos, la globalización de códigos, la fusión multirracial y multicultural o el avance de comunidades libres de la mano de alta tecnología informática y de seguridad, con el poder que da el dinero fluyendo en comunidades liberadas del agobio de políticos ladrones.
Toda acción conducente a este revolucionario shock de prosperidad y no discriminación, nos sirve.
Otros pueblos lo van comprendiendo. ¿Queremos un ejemplo concreto? El partido Movimiento Libertario de Costa Rica, con su mensaje de libertades individuales, libre comercio, Estado mínimo y economía del conocimiento para la riqueza popular logró más del 8 % de los votos presidenciales en las elecciones generales habidas en el 2006 y acaba de obtener más del 20 % con su candidato a presidente en las recientes elecciones 2010. ¿Son alienígenas…o fríos anglosajones nórdicos acaso? No. Hablan castellano igual que nosotros y se nos parecen bastante.
¿ Justicia Social ?
Febrero 2010
Tómese el parámetro que se tome, todos los estudios, informes, índices comparativos o series estadísticas nacionales e internacionales coinciden en señalar a nuestra Argentina como un país que desciende hacia la pobreza.
Un descenso relativo desde hace ocho décadas parecido por momentos a un estancamiento, pero sumamente doloroso y humillante al constatar a diario cómo otras sociedades a las que antes mirábamos por sobre el hombro hoy nos aventajan, alejándose hacia modelos de respeto, orden, trabajo y abundancia.
“Ya hay 3 generaciones de argentinos que no saben lo que es trabajar y cuando no se sabe lo que es trabajar, no se sabe lo que es la ética, el esfuerzo y el tesón. Hoy mismo hay 800.000 chicos que no estudian ni trabajan”. Esta reflexión del filósofo y escritor Marcos Aguinis trasluce el horror de millones de personas de bien que conocen de primera mano esta realidad, y la verdadera historia de cómo en los últimos 80 años elegimos -por ley de la mayoría- caminar hacia la pobreza.
Porque al igual que los gobiernos anteriores y a pesar de las declamaciones de justicia social, nuestro actual gobierno trabaja por la pobreza. Es decir, por la injusticia social.
Trabajar por la justicia social, contrariando nuestras elecciones, sería trabajar por la distribución de la riqueza. Siendo la mejor y más genuina distribución de riqueza la creación de trabajos bien pagos. Recordemos que las empresas privadas, únicas generadoras de dinero, lo distribuyen pagando salarios y comprando insumos o servicios a otras empresas. También entregando dinero no voluntario mediante impuestos que el Estado utiliza para brindar salud, educación, seguridad, justicia e infraestructura, aunque la realidad de 200 años de intentarlo nos demuestre la terrible ineficiencia en resultados de este último tipo de distribución.
La respetada Fundación Getulio Vargas, del Brasil, acaba de publicar su informe-ranking actualizado referente a las condiciones más (o menos) favorables a las inversiones de capital para 11 naciones sudamericanas. Argentina figura en el puesto número 7 ¡superada por Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia y Paraguay! Compartimos los peores puntajes con países gobernados por matones ignorantes como Venezuela, Ecuador o Bolivia.
Estas “condiciones favorables” incluyen, desde luego, seguridad jurídica (respeto al derecho de propiedad) e impuestos acotados tanto como legislaciones laborales y comerciales modernas. Vale decir confianza en reglas de juego estables que aseguren la mayor libertad de empresa y disposición patrimonial posible.
Crear mucho trabajo bien pago requiere centrarse en la competitividad. Y la competitividad surge de la creatividad, la capacitación y la tecnología, tres valores que aparecen tras las inversiones de capital de riesgo privadas. Algo para lo que nuestra nación está mal posicionada desde 1930, por lo menos, al calor de votos cobijados tras ideologías estatistas que vienen privilegiando la protección al vago y al mafioso, con creciente cargo a la ganancia honesta del industrioso y el pacífico.
La verdadera justicia social está en ofrecer posibilidades de mucho más dinero y dignidad a quienes carecen de ambas cosas. Y la oferta de buenos trabajos cumple estos propósitos, revirtiendo la tendencia a la injusticia social generada por trabajos malos y desocupación. Crear pobreza, entonces, es avalar decretos, leyes o cualquier clase de órdenes que pongan trabas a la radicación de inversiones empresarias.
Trabas como los controles de precios, que falsean la correcta asignación de recursos y las relaciones de valor, ahuyentando inversiones en los rubros controlados. Trabas como la inflación y otros impuestos superpuestos a nivel de saqueo, que restan fondos a la reinversión productiva y persuaden a potenciales capitales de la inconveniencia de aterrizar aquí para generar empleo, teniendo a salvo la ganancia por lograr. Trabas poco creativas aplicando todo lo que ya fracasó una y otra vez.
Además, como también nos recuerda Aguinis “la existencia de un precio establece el respeto recíproco entre las personas, civiliza y crea relaciones entre iguales. En cambio el tributo fue durante la antigüedad un signo de esclavitud porque era lo que debía pagar una tribu cuando era ocupada por otra”.
Palabras ciertamente actuales en esta Argentina donde triunfan los corruptos violentos, bajo la égida de un Estado vampiro y depredador alejado, para colmo, de cualquier noción republicana.
Una Argentina sin ética donde “billetera mata convicciones”, donde el temor a la pérdida de un “plan” social, de un subsidio inmerecido, de una costosísima protección a “empresario amigo” induce al voto desalmado de apoyo a la más dura injusticia social. Desangrando a los más indefensos, promoviendo la desnutrición infantil, la depredación ambiental o la extinción por miseria de las etnias originarias. Porque esos (y muchos otros) son efectos directos de la falta de suficientes inversiones de capital, durante tantos años.
¡Y cuidado! Guardemos memoria de que radicales y aristas apoyaron cosas como la reestatización de Aerolíneas y la confiscación a las AFJP. De que Binner y Solanas se sumaron a la prórroga de superpoderes, a la Ley de Medios y al Consejo de la Magistratura. Y de que Cobos apoyó a los Kirchner desde el principio. Sus manos levantadas en el Congreso los condenan al bando de los que no aprendieron nada importante durante estos años de demolición nacional. Cada una de esas acciones hundió miles de posibilidades de nuevos negocios, de más universidades, investigación tecnológica, laboratorios, emprendimientos culturales y de aggiornamiento laboral o nuevas fábricas. De mejores ingresos y oportunidades para los que menos tienen… aunque esos políticos incombustibles se hayan desgañitado tratando de identificarse con la justicia social. Con el sentido común. Con el patriotismo. ¡Con la inteligencia!
Libertad
Febrero
2010
“¿Libertad?
¿Para qué?” Vladímir
Ilich Uliánov (Lenin)
La palabra lo molestaba, parece, como a todo buen
totalitario pero empecemos recordando que el autor de esta frase célebre carga
sobre su conciencia, donde sea que esta se encuentre -y tenemos fundadas razones para suponer dónde- con la aniquilación de 62 millones de seres humanos. Víctimas políticas de su sistema de intolerancia socialista
tan sólo en la Unión Soviética, sin contar a los caídos en sus guerras
internacionales.
Sigamos recordando que esa es exactamente la misma
locura que trató de aplicarnos la guerrilla setentista mediante violencia
armada, con el absoluto acuerdo de la actual presidente y su marido, lo mismo
que de numerosos funcionarios, legisladores e intelectuales que militan hoy en
favor del gobierno. Es el sistema criminal que propugnan abiertamente las
Madres, Hijos y Abuelas de Plaza de Mayo. El mismo de Guevara, Castro y tantos
otros impíos homicidas y canallas que someten, torturan y matan para imponer a otros su propio resentimiento,
quedándose de paso con el poder y el dinero.
Hecha esta indispensable introducción, hemos de
reconocer junto con Lenin que para una enorme cantidad de personas, el sistema
de la libertad resulta menos atractivo que el “sistema de la seguridad”. Seguridad
que ven representada en un Estado paternalista, subsidiador de pobres o
necesitados y redistribuidor de ganancias en un mundo casi siempre amenazante;
mezquino.
Piensan con razón que la libertad, si bien bella en
teoría, de poco sirve sin el dinero suficiente como para poder realmente optar
entre la diversidad (de lo que sea) que el mercado nos ofrece. Un pobre,
entonces, siempre será en lo material menos libre que un rico aunque ambos
tengan asegurada por ley la misma libertad de opciones. Pero lo que es más
importante, un pobre en este sistema de
la seguridad será, directamente, un esclavo privado de libertad real de elección. Vale decir privado de esperanzas y de un
futuro mejor para su familia.
Lo mismo sucede con los países. Una sociedad pobre,
como la nuestra, es menos libre de decidir sus destinos que otra más rica. Por
eso Gran Bretaña, en ejercicio de sus libertades de opción sigue conservando
las islas Malvinas y todo el campo petrolífero que las rodea. Su poder económico
hace la diferencia sobre la libertad de
opción de los isleños. Los ingleses confían tanto en este poder que hasta
nos aseguran que si los kelpers votasen libremente su anexión a la Argentina,
nos las devolverían.
La salida para cualquiera de
estos dilemas en el mediano plazo, por supuesto, reside en alcanzar el grado de
inteligencia social suficiente para que la opción del voto mayoritario coloque
a nuestra sociedad en el camino de la riqueza. Teniendo por meta una sociedad
sin pobres: de propietarios, de creadores de negocios, de inversores e
innovadores, de elevados salarios y enorme cantidad de empresas competitivas,
orientadas al mundo. Poder que se reflejaría de inmediato sobre nuestros
dirigentes, con más prestigio y opciones
reales para nuestro país a escala
mundial. Así, el primer paso para recuperar las Malvinas, como el orgullo
popular y tantas otras cosas habría sido dado porque la Argentina, sin duda,
puede ser mucho más poderosa, promisoria y rica que Gran Bretaña.
A diferencia de la mayoría de
las actuales naciones, la nuestra posee el potencial natural y humano como para
que su crecimiento sea veloz y poco traumático. Aunque perdimos 80 años de
tiempo en experimentos insensatos intentando obtener “seguridad” de aquel
espejismo del Estado paternalista, todavía conservamos muchas de las ventajas
que alguna vez nos permitieron llegar al top
ten.
La buena noticia es que para poner a nuestra sociedad
en ese camino de riqueza, no hay que hacer nada. Sólo tenemos que dejar de hacer algunas cosas. La
primera, dejar de lado la imbecilidad de impedir que nuestras fuerzas
productivas trabajen libremente: un argentino ilustre, Juan Bautista Alberdi,
vio con anticipación la piedra que había de interponerse en el camino de la
patria cuando escribió “sólo es libre el país que es rico y sólo es
rico el país que trabaja libremente”.
Riqueza y libertad caminan siempre juntas, claro,
tomadas del brazo de su tercera compañera inseparable: la propiedad privada.
El peso negativo de pecados
sociales como la envidia y la codicia sobre el esfuerzo ajeno ha impedido el
cumplimiento de la máxima alberdiana, maniatando mediante el mal-voto a
nuestras fuerzas productivas con un mezquino reglamentarismo estatista. Ahogándolas
con feroces podas socialistas de ganancias, mil impuestos expropiatorios,
exigencias, burocracia y prohibiciones de todo tipo, para subsidiar con
mercados cautivos y leyes a medida a otras empresas, inviables, eternamente
tomadas de las faldas del poder.
Ese ha sido el código no
escrito que hermana desde hace tantas décadas a gobiernos militares, radicales,
peronistas y socialistas.
¿Por qué habríamos de obtener
un resultado diferente apoyando una y otra vez a la misma gente y las mismas
ideas que nos hundieron? Menem impulsó
el mismo falso liberalismo corrupto que los generales del Proceso. La Alianza
de De la Rua intentó lo mismo que Alfonsín. Kirchner hace hoy lo mismo que
Perón hacía en los 50…y todos acaban igual. Otras sociedades no caen en tales
obcecaciones. ¡Despertemos! La preservación artificial de lo inerte entorpece
el advenimiento de lo nuevo.
Tenemos gobernantes cada vez
más mentirosos, cínicos y corruptos. Jueces cada vez más comprables y
pusilánimes. Funcionarios y mayorías legislativas cada vez más soberbias e
ignorantes e intendentes cada vez más sumisos e inoperantes.
De este desfile de incapaces
no obtuvimos “seguridad” sino pobreza y decadencia “a caño lleno”, como no
podía ser de otra manera. ¿Y si probamos con la libertad?
Durmiendo con el Enemigo
Febrero 2010
Muchas veces se ha dicho -y es cierto- que la democracia es el peor sistema de gobierno, excepción hecha de todos los demás.
A pesar de ser hoy la forma de organización social más deseada y glorificada, todos quienes “gozan” de sus bondades tienen a mano un repertorio crónico de serias quejas, oprobios, impedimentos y atropellos atribuibles a su mal funcionamiento.
Pero el horror de estar gobernados por los peores -inmensa mayoría de la oposición incluida- pone a los argentinos en un sitial de dudoso privilegio. Comprobando con inusual claridad y bajo lente de aumento la peor cara del sistema. Asistiendo en vivo al espectacular fallido de las formas democráticas, en su fatal derrape hacia la demagogia.
El problema, y nos referimos al de fondo, es la propia existencia de gobiernos formados por personas que se arrogan el poder de obligar por la fuerza a otros seres humanos pacíficos a hacer cosas que por propia voluntad no harían. Porque dejando a salvo la absoluta responsabilidad sobre los propios actos, la cuestión queda reducida a someterse a la injuria cavernaria de un sistema que antepone por norma la imposición forzosa a la elección voluntaria.
Un ejemplo obvio de esta aseveración es el caso de millones de personas que no están de acuerdo en entregar dinero bajo amenaza (impuestos) para ser empleado en objetivos con los que tampoco comulgan, más allá de que otro grupo más o menos numeroso -sea de izquierda o de derecha- opine lo contrario, comisionando a delegados (gobiernos y “oposiciones”) para que lleven este forzamiento a efecto.
Y si a alguien le quedasen dudas, le sugeriríamos probar despenalizando la evasión…para ver qué elegiría pagar la gente bajo verdadera libertad de opción.
El sistema del arma en la nuca, desde luego, nunca será lícito, deseable, glorificable ni justificable. No es un objetivo válido desde el instante en que el fin no justifica los medios. Por el contrario, es deber moral de todos perseverar en la búsqueda de soluciones más inteligentes y superadoras apuntando a la no-violencia (y al ostracismo de los y las violentas) en todos los campos de la acción humana.
Demos una navaja a un mono y cortajeará a sus compañeros; demos todo el poder de un Estado a algunos ignorantes o delincuentes y obtendremos algo como esta Argentina gravemente herida.
Esta opción profunda, revolucionaria de civilización o barbarie empezará a dilucidarse de manera definitiva, con un poco de suerte, en el curso de este mismo siglo. Mientras tanto seguiremos durmiendo con el enemigo especialmente en nuestro país, donde en los últimos 80 años el Estado golpeador ha venido azotando a su compañera república hasta dejarla irreconocible.
El poder debe democratizarse, descentralizarse, municipalizarse para finalmente diluirse entre la misma gente, minimizando así el enorme daño que su concentración ha probado producirnos.
En modo alguno debería temerse que la retirada del leviatán (*) con su máquina de impedir y robar provoque una explosión de ganancias privadas “sin control”, ya que el control está dado por la libre competencia (cuanto más libre, más control y poder ciudadano) y la explosión de ganancias siempre significará explosión de demanda laboral agregada. A diferencia de nuestros sistemas cerrados, donde cualquier empresa con ventajas monopólicas digitadas sí puede causar grandes abusos y desastres con explotación de clientes cautivos. El más reducido y moderado de los Estados será siempre más dañino para los intereses de la gente común que la más insensible combinación de empresas bajo régimen de libre competencia.
Aquello de “estar gobernados por los peores”, por otra parte, es resultado directo del funcionamiento real del sistema que nos rige. Un sistema que obstruye el avance educativo fabricando masas de ignorantes, mediante el fomento deliberado de un cóctel que incluye escasez material (o miseria) en las familias de los alumnos, pobreza de medios, tergiversación histórica, bloqueo a la enseñanza de valores evolucionados, contenidos obsoletos y clientelismo vil.
Mentes así “educadas” conforman luego las mayorías que el sistema requiere para avasallar más y más el principio madre que nos separa de la barbarie comunista: el derecho de propiedad privada. Un derecho humano previo y cimentador de muchos otros, seriamente corroído en nuestro país al menos desde 1930 y cuya erosión constituye la primera explicación de nuestra decadencia.
El círculo vicioso del negocio político, cierra entonces de manera casi perfecta.
El “somos más; eres distinto; por eso te matamos” termina entonces como filosofía de fondo en países delincuentes como Venezuela, Ecuador o Bolivia que legalizan ignorancias, resentimientos, latrocinio e indolencia “matando” y reemplazando, por fin, la Constitución de sus mayores mediante perfectas votaciones democráticas. Sociedades que hoy por hoy se hallan en espectacular retroceso evolutivo hacia modelos (ya probados) de socialismo genocida, destinados a acabar en más violencia, muerte y miseria.
Los votantes argentinos que atacan desde una urna el derecho de propiedad privada también atacan la creación nacional de riqueza que tan sabiamente promovía nuestra muy violada y muy liberal Constitución. En el Centenario, nos encaminábamos a ser potencia; en el Bicentenario, nos encaminamos a ser mendigos; esto está claro. Si sigue prevaleciendo el voto delincuente, el voto traidor a los padres de la patria, aquel será sin duda nuestro destino.
Es probable que quienes esto leen, no alcancen a ver el final de este siglo ni a disfrutar el fin de la opresión totalitaria que hoy nos asfixia. Lo importante para todos ellos es el mientras tanto. Hay unos 28 millones de electores en el país. ¿Cuántos podrían afirmar que no tienen al enemigo en casa?
(*) Monstruo mítico devorador de hombres.
Muchas veces se ha dicho -y es cierto- que la democracia es el peor sistema de gobierno, excepción hecha de todos los demás.
A pesar de ser hoy la forma de organización social más deseada y glorificada, todos quienes “gozan” de sus bondades tienen a mano un repertorio crónico de serias quejas, oprobios, impedimentos y atropellos atribuibles a su mal funcionamiento.
Pero el horror de estar gobernados por los peores -inmensa mayoría de la oposición incluida- pone a los argentinos en un sitial de dudoso privilegio. Comprobando con inusual claridad y bajo lente de aumento la peor cara del sistema. Asistiendo en vivo al espectacular fallido de las formas democráticas, en su fatal derrape hacia la demagogia.
El problema, y nos referimos al de fondo, es la propia existencia de gobiernos formados por personas que se arrogan el poder de obligar por la fuerza a otros seres humanos pacíficos a hacer cosas que por propia voluntad no harían. Porque dejando a salvo la absoluta responsabilidad sobre los propios actos, la cuestión queda reducida a someterse a la injuria cavernaria de un sistema que antepone por norma la imposición forzosa a la elección voluntaria.
Un ejemplo obvio de esta aseveración es el caso de millones de personas que no están de acuerdo en entregar dinero bajo amenaza (impuestos) para ser empleado en objetivos con los que tampoco comulgan, más allá de que otro grupo más o menos numeroso -sea de izquierda o de derecha- opine lo contrario, comisionando a delegados (gobiernos y “oposiciones”) para que lleven este forzamiento a efecto.
Y si a alguien le quedasen dudas, le sugeriríamos probar despenalizando la evasión…para ver qué elegiría pagar la gente bajo verdadera libertad de opción.
El sistema del arma en la nuca, desde luego, nunca será lícito, deseable, glorificable ni justificable. No es un objetivo válido desde el instante en que el fin no justifica los medios. Por el contrario, es deber moral de todos perseverar en la búsqueda de soluciones más inteligentes y superadoras apuntando a la no-violencia (y al ostracismo de los y las violentas) en todos los campos de la acción humana.
Demos una navaja a un mono y cortajeará a sus compañeros; demos todo el poder de un Estado a algunos ignorantes o delincuentes y obtendremos algo como esta Argentina gravemente herida.
Esta opción profunda, revolucionaria de civilización o barbarie empezará a dilucidarse de manera definitiva, con un poco de suerte, en el curso de este mismo siglo. Mientras tanto seguiremos durmiendo con el enemigo especialmente en nuestro país, donde en los últimos 80 años el Estado golpeador ha venido azotando a su compañera república hasta dejarla irreconocible.
El poder debe democratizarse, descentralizarse, municipalizarse para finalmente diluirse entre la misma gente, minimizando así el enorme daño que su concentración ha probado producirnos.
En modo alguno debería temerse que la retirada del leviatán (*) con su máquina de impedir y robar provoque una explosión de ganancias privadas “sin control”, ya que el control está dado por la libre competencia (cuanto más libre, más control y poder ciudadano) y la explosión de ganancias siempre significará explosión de demanda laboral agregada. A diferencia de nuestros sistemas cerrados, donde cualquier empresa con ventajas monopólicas digitadas sí puede causar grandes abusos y desastres con explotación de clientes cautivos. El más reducido y moderado de los Estados será siempre más dañino para los intereses de la gente común que la más insensible combinación de empresas bajo régimen de libre competencia.
Aquello de “estar gobernados por los peores”, por otra parte, es resultado directo del funcionamiento real del sistema que nos rige. Un sistema que obstruye el avance educativo fabricando masas de ignorantes, mediante el fomento deliberado de un cóctel que incluye escasez material (o miseria) en las familias de los alumnos, pobreza de medios, tergiversación histórica, bloqueo a la enseñanza de valores evolucionados, contenidos obsoletos y clientelismo vil.
Mentes así “educadas” conforman luego las mayorías que el sistema requiere para avasallar más y más el principio madre que nos separa de la barbarie comunista: el derecho de propiedad privada. Un derecho humano previo y cimentador de muchos otros, seriamente corroído en nuestro país al menos desde 1930 y cuya erosión constituye la primera explicación de nuestra decadencia.
El círculo vicioso del negocio político, cierra entonces de manera casi perfecta.
El “somos más; eres distinto; por eso te matamos” termina entonces como filosofía de fondo en países delincuentes como Venezuela, Ecuador o Bolivia que legalizan ignorancias, resentimientos, latrocinio e indolencia “matando” y reemplazando, por fin, la Constitución de sus mayores mediante perfectas votaciones democráticas. Sociedades que hoy por hoy se hallan en espectacular retroceso evolutivo hacia modelos (ya probados) de socialismo genocida, destinados a acabar en más violencia, muerte y miseria.
Los votantes argentinos que atacan desde una urna el derecho de propiedad privada también atacan la creación nacional de riqueza que tan sabiamente promovía nuestra muy violada y muy liberal Constitución. En el Centenario, nos encaminábamos a ser potencia; en el Bicentenario, nos encaminamos a ser mendigos; esto está claro. Si sigue prevaleciendo el voto delincuente, el voto traidor a los padres de la patria, aquel será sin duda nuestro destino.
Es probable que quienes esto leen, no alcancen a ver el final de este siglo ni a disfrutar el fin de la opresión totalitaria que hoy nos asfixia. Lo importante para todos ellos es el mientras tanto. Hay unos 28 millones de electores en el país. ¿Cuántos podrían afirmar que no tienen al enemigo en casa?
(*) Monstruo mítico devorador de hombres.
Farsa con Vencimiento
Enero 2009
Es todavía muy arraigada la creencia de que el Estado, con su accionar en general, beneficia a las personas más de lo que las perjudica.
Dicha creencia encuentra sustentación en el ancestral temor que los seres humanos tienen al caos. La anarquía, la ley del más fuerte, el imperio del terror y la injusticia son espectros de los que el Estado nos protege, según el imaginario popular. Su existencia, se piensa, nos provee reaseguros contra las conductas antisociales, la explotación de los más pobres y los peores efectos de eventos catastróficos, sean estos de carácter natural o financiero.
Algo así como un padre buenazo, más trabajador que propenso al vino y más comprensivo que violento.
Se lo considera indispensable, asimismo, para brindar educación, salud y seguridad para todos aquellos que no pueden acceder a estos servicios pagándolos a prestadores privados.
En el futuro (no tan lejano; posiblemente hacia el último tercio de este siglo) tales percepciones cambiarán. Una impresionante evolución ciber-nano-tecnológica que conectará a todas las personas en redes de utilidad e información junto al avance de la interdependencia mundial por la vía del comercio y los códigos culturales, acelerarán la comprensión del gigantesco mito en el que hemos estado viviendo.
La evidencia palmaria de los hechos, así, acabará imponiéndose a las ventajas espurias de las oligarquías dominantes (en nuestro caso actual los políticos populistas, los empresarios subsidiados, los sindicalistas o piqueteros corruptos y la intelligentzia progre).
Estudiosos, expertos en las más diversas disciplinas y analistas perspicaces que observan el curso de macro-tendencias globales se encuentran decodificando ya, las formas de lo que vendrá (*)
La democracia como sistema dejará de prevalecer sobre un mercado planetario abierto, con fronteras que tenderán a desdibujarse. Multitud de nuevas y poderosas megaciudades ganarán independencia y protagonismo. Individuos y familias migrarán sin obstáculos en busca de bienestar y conveniencias donde sea que estas se hallen. Los Estados-nación se debilitarán para finalmente desaparecer al tiempo que los últimos servicios colectivos, seguridad y hasta soberanía pasen a control de los consumidores a través de agencias privadas de su elección, en libre competencia y sin nacionalidad. La fusión multicultural, multirracial, mostrará entonces todo su fecundo poder creativo. Habrá contratos en lugar de leyes y arbitrajes en lugar de justicia pública, entre muchos otros cambios que la informática ya hace posibles a escala total. Sin caos ni barbarie. Con aumento de responsabilidad individual, de riqueza general y de respeto por lo ajeno.
Puede gustarnos o no. Puede que llegue antes o después. Atravesado de avances diferenciales y retrocesos parciales. Con guerras y resistencias puntuales. Con conflictos de muchas clases o con pueblos que otra vez se nos adelanten. Puede no ser exactamente así pero el derrotero de nuestra civilización nos lleva en esa dirección. Y cuanto antes se posicione nuestra sociedad para aprovechar anticipadamente sus ventajas, tanto mejor.
Lo que tenemos en Argentina hoy huele a viejo. A superado. A violencia socialista, nacionalista y fascista del siglo pasado, aplicada a la obtención de fondos mediante coacción. Porque son ideologías básicamente esclavistas que sólo funcionan a palos, amenazas y latigazos; en las antípodas del respeto y la no-violencia. Se trata de la ley del terror… y está vigente entre nosotros.
El supuesto reaseguro que nos brinda el Estado contra las conductas antisociales, la explotación y las calamidades no es tal.
Nuestra vida se desarrolla dentro del caos de un anarco estatismo de cuño mafioso generador de degradación social, proceso cuyas señales se perciben por doquier. Una farsa criminal que, a buen seguro, tiene fecha de vencimiento.
El padre bueno, mirado de cerca, revela tras su sonrisa sardónica que está mucho más inclinado al alcoholismo y los golpes que al trabajo honrado y la comprensión. Lo único que “comprende” el Estado es la toma de ventajas económicas para sí y para sus aliados en el negocio de manejar el monopolio de la violencia, la creación de leyes y la aplicación de penas. Aquí y hoy, imperan la ley del más fuerte y la injusticia que tanto se temían.
Es, sin dudas, el gran explotador de pobres y excluidos ya que el inmenso monto de sus subsidios y gastos o la asistencia que presta frente a eventuales desastres, resultan obtenidos de la succión de fondos restados a la reinversión productiva. Reinversión que hubiese generado en el tiempo, un bienestar social muy superior al provisto por la máquina burocrática mediante inyecciones de dinero siempre insuficientes, poco productivas y minadas de corrupción.
Los humildes que pretenden abanderar terminan explotados, sometidos y cosificados pagando la estupidez de esta ineficiencia en la asignación de los -siempre escasos- recursos.
El Estado crea la miseria que luego impide a las personas enfrentar con más dinero en el bolsillo las desventuras que la vida normalmente les depara. Se trata de un negocio millonario, claro.
Obviamente, una sociedad que enriqueciera enérgicamente a sus integrantes a través de la meritocracia del estudio, el trabajo, la responsabilidad personal y el respeto mutuo, sería una sociedad donde un número creciente de familias pasaría a optar por sistemas de salud, seguridad y educación privados. La necesidad de lo público, del colectivo obligatorio, sólo surge de la pobreza.
Las generaciones futuras nos verán como nosotros vemos hoy a los antiguos babilonios, trabajando poco más que por la subsistencia en beneficio de los sátrapas megalómanos y su escandalosa corte de parásitos.
¿Seguiremos atascados en la vieja creencia estatista…esperando obtener resultados diferentes?
(*) Véase art. “Lo que vendrá” en secc. Enfoques, La Nación 27/12/09
Es todavía muy arraigada la creencia de que el Estado, con su accionar en general, beneficia a las personas más de lo que las perjudica.
Dicha creencia encuentra sustentación en el ancestral temor que los seres humanos tienen al caos. La anarquía, la ley del más fuerte, el imperio del terror y la injusticia son espectros de los que el Estado nos protege, según el imaginario popular. Su existencia, se piensa, nos provee reaseguros contra las conductas antisociales, la explotación de los más pobres y los peores efectos de eventos catastróficos, sean estos de carácter natural o financiero.
Algo así como un padre buenazo, más trabajador que propenso al vino y más comprensivo que violento.
Se lo considera indispensable, asimismo, para brindar educación, salud y seguridad para todos aquellos que no pueden acceder a estos servicios pagándolos a prestadores privados.
En el futuro (no tan lejano; posiblemente hacia el último tercio de este siglo) tales percepciones cambiarán. Una impresionante evolución ciber-nano-tecnológica que conectará a todas las personas en redes de utilidad e información junto al avance de la interdependencia mundial por la vía del comercio y los códigos culturales, acelerarán la comprensión del gigantesco mito en el que hemos estado viviendo.
La evidencia palmaria de los hechos, así, acabará imponiéndose a las ventajas espurias de las oligarquías dominantes (en nuestro caso actual los políticos populistas, los empresarios subsidiados, los sindicalistas o piqueteros corruptos y la intelligentzia progre).
Estudiosos, expertos en las más diversas disciplinas y analistas perspicaces que observan el curso de macro-tendencias globales se encuentran decodificando ya, las formas de lo que vendrá (*)
La democracia como sistema dejará de prevalecer sobre un mercado planetario abierto, con fronteras que tenderán a desdibujarse. Multitud de nuevas y poderosas megaciudades ganarán independencia y protagonismo. Individuos y familias migrarán sin obstáculos en busca de bienestar y conveniencias donde sea que estas se hallen. Los Estados-nación se debilitarán para finalmente desaparecer al tiempo que los últimos servicios colectivos, seguridad y hasta soberanía pasen a control de los consumidores a través de agencias privadas de su elección, en libre competencia y sin nacionalidad. La fusión multicultural, multirracial, mostrará entonces todo su fecundo poder creativo. Habrá contratos en lugar de leyes y arbitrajes en lugar de justicia pública, entre muchos otros cambios que la informática ya hace posibles a escala total. Sin caos ni barbarie. Con aumento de responsabilidad individual, de riqueza general y de respeto por lo ajeno.
Puede gustarnos o no. Puede que llegue antes o después. Atravesado de avances diferenciales y retrocesos parciales. Con guerras y resistencias puntuales. Con conflictos de muchas clases o con pueblos que otra vez se nos adelanten. Puede no ser exactamente así pero el derrotero de nuestra civilización nos lleva en esa dirección. Y cuanto antes se posicione nuestra sociedad para aprovechar anticipadamente sus ventajas, tanto mejor.
Lo que tenemos en Argentina hoy huele a viejo. A superado. A violencia socialista, nacionalista y fascista del siglo pasado, aplicada a la obtención de fondos mediante coacción. Porque son ideologías básicamente esclavistas que sólo funcionan a palos, amenazas y latigazos; en las antípodas del respeto y la no-violencia. Se trata de la ley del terror… y está vigente entre nosotros.
El supuesto reaseguro que nos brinda el Estado contra las conductas antisociales, la explotación y las calamidades no es tal.
Nuestra vida se desarrolla dentro del caos de un anarco estatismo de cuño mafioso generador de degradación social, proceso cuyas señales se perciben por doquier. Una farsa criminal que, a buen seguro, tiene fecha de vencimiento.
El padre bueno, mirado de cerca, revela tras su sonrisa sardónica que está mucho más inclinado al alcoholismo y los golpes que al trabajo honrado y la comprensión. Lo único que “comprende” el Estado es la toma de ventajas económicas para sí y para sus aliados en el negocio de manejar el monopolio de la violencia, la creación de leyes y la aplicación de penas. Aquí y hoy, imperan la ley del más fuerte y la injusticia que tanto se temían.
Es, sin dudas, el gran explotador de pobres y excluidos ya que el inmenso monto de sus subsidios y gastos o la asistencia que presta frente a eventuales desastres, resultan obtenidos de la succión de fondos restados a la reinversión productiva. Reinversión que hubiese generado en el tiempo, un bienestar social muy superior al provisto por la máquina burocrática mediante inyecciones de dinero siempre insuficientes, poco productivas y minadas de corrupción.
Los humildes que pretenden abanderar terminan explotados, sometidos y cosificados pagando la estupidez de esta ineficiencia en la asignación de los -siempre escasos- recursos.
El Estado crea la miseria que luego impide a las personas enfrentar con más dinero en el bolsillo las desventuras que la vida normalmente les depara. Se trata de un negocio millonario, claro.
Obviamente, una sociedad que enriqueciera enérgicamente a sus integrantes a través de la meritocracia del estudio, el trabajo, la responsabilidad personal y el respeto mutuo, sería una sociedad donde un número creciente de familias pasaría a optar por sistemas de salud, seguridad y educación privados. La necesidad de lo público, del colectivo obligatorio, sólo surge de la pobreza.
Las generaciones futuras nos verán como nosotros vemos hoy a los antiguos babilonios, trabajando poco más que por la subsistencia en beneficio de los sátrapas megalómanos y su escandalosa corte de parásitos.
¿Seguiremos atascados en la vieja creencia estatista…esperando obtener resultados diferentes?
(*) Véase art. “Lo que vendrá” en secc. Enfoques, La Nación 27/12/09
Confusiones Peligrosas
Enero 2010
La mayoría de las buenas personas en nuestro país, y nos atreveríamos a decir en el mundo creen que el Estado beneficia más de lo que perjudica.
Piensan que las intervenciones de mercado o los subsidios son cosas positivas porque equilibran la producción local y ayudan al consumo. Están seguros de que un Estado asistencialista es imprescindible en la protección de los desvalidos, atemperando los efectos de la falta de educación, del desempleo y el hambre.
Justifican los impuestos, aún los de aplicación desigual y los distorsivos porque los perciben operando “la redistribución” bajo la forma de seguridad, salud, justicia y educación (incluso universitaria) gratuitas o al menos de muy bajo costo, “para todos”. No les molesta que sean elevadísimos para algunos, porque les parece que sirven para acortar la diferencia social y de ingresos entre “ricos y pobres”, en busca de una sociedad “más solidaria, igualitaria y justa”.
Dan poca importancia a los hechos de corrupción y enriquecimiento ilícito de funcionarios, amigos de la política y sindicalistas. Aunque parezcan un tanto escandalosos, porque “los pagan los contratistas ricos por su voluntad” y porque, además, quienes se hacen con esas fortunas son “gente común, como nosotros, que vienen de hogares humildes y fueron elegidos por el pueblo”. Algo así como una lotería sin mayor daño colateral.
El sistema democrático, la república, los Poderes independientes, la Constitución, el ejemplo (y mandato) de los próceres, el federalismo o las leyes que protegen nuestras inversiones y libertades tienen poco peso: se reducen en la práctica a elegir cada 4 años a un “jefe” que les asegure otro período de gobierno del “buenismo”. Encabezando un gran Estado-papá bueno, comprensivo y protector del “pueblo trabajador” aunque macho y justiciero poniendo coto a las ganancias patronales.
Gran cantidad de electores de clase media socialistas, cobistas, radicales, aristas, solanistas, duhaldistas, rodriguez-saístas y otros adscriben de manera natural a tales pensamientos, compartidos desde luego por los votantes del kirchnerismo puro, quienes… ¡no están solos en esto!
Esta sencilla exposición del pensamiento íntimo de la mayoría (que estimamos en más del 70 %) explica por sí sola porqué las Malvinas siguen en poder de los ingleses, porqué la Argentina retrocede año tras año en el concierto internacional, porqué huyen los capitales nacionales y porqué no aterrizan los capitales extranjeros. Explica la trágica expansión de sub-ocupación y pobreza o las pésimas calidades institucional, educativa, sanitaria, legal y de seguridad que nos hacen la vida tan difícil: impuestos a la alemana y servicios públicos a la africana.
Cuando la meta ni siquiera debería ser impuestos a la alemana con servicios a la alemana, sino impuestos a la Gran Caimán (mínimos) y servicios superiores a los alemanes. Tenemos potencialidad de sobra y la inteligencia para hacerlo.
Madurar como sociedad implica dejar atrás la cobardía y el temor de ver afectada nuestra quintita, para empezar a pensar en una escala más audaz… si en verdad queremos el más alto nivel de vida general, sin inmaduros terrores al poder del dinero, a las fortunas personales o a las más grandes inversiones.
Nuestros mayores, los que hicieron grande a la Argentina, vinieron de Europa huyendo de Estados omnipresentes que los aplastaban impidiéndoles crecer. Hoy y aquí, sus descendientes reconstruyen a fuerza de votos ese mismo Estado opresor. Con las ingenuas intenciones del buenismo vamos empedrando nuestro descenso al infierno estatista.
Lo cierto es que el Estado perjudica a la mayoría. Sólo beneficia a sus integrantes y a los que tomaron la decisión de vivir a costillas de otros.
Los subsidios, el proteccionismo (más correcto sería llamarlo “agresionismo”) y la intervención gubernamental en los mercados falsean las relaciones de precios. Distorsionan el cálculo económico que dictaría la lógica de la elección del consumidor y promueven graves errores en la asignación de recursos e inversiones. Esto se paga a mediano y largo plazo con pérdidas de productividad y competitividad a nivel país. No sirven. Provocan desempleo, pérdida de oportunidades y empobrecimiento, sobre todo, en los estratos más vulnerables.
Cientos de miles de desvalidos claman entonces por la “solución” de un Estado asistencialista que los proteja y que subsidie a los que van quedando golpeados por la crisis, sean empresas o particulares.
Es como aquel cartel en la puerta de un hospicio que rezaba: Este sitio fue construido por una persona piadosa, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan.
Los impuestos, en especial los muy elevados, los desiguales y los distorsivos, atentan contra la reinversión y contra la creación de nuevas empresas y negocios. A menos tributos, tendríamos más inversión creando empleo, más empresas y emprendimientos compitiendo por más personal y mejores retribuciones ofrecidas. Se trataría de una redistribución inteligente, claro.
Las mayorías deberían darse cuenta de que las mejoras de ingresos, oportunidades de ahorro y calidad de vida de millones son mucho más importantes que las diferencias de riqueza individuales que pudieran darse. Es la condición del progreso, más allá de la envidia, si el objetivo es poner mucho más dinero honesto en manos de mucha más gente. ¡Gente que podría entonces optar por los servicios privados de su elección, huyendo de la vejación estatal!
El servicio público no es redistribución; es monopolio abusivo con costos ocultos. El igualitarismo no produce riqueza; la impide. El Estado no crea riqueza; la esteriliza.
La corrupción, por su parte, debe ser severamente condenada sin importar el origen social del delincuente. Los “contratistas ricos” que en parte podrían pagarla, son empresarios-basura que con su actitud perjudican a otras empresas que, en competencia limpia podrían haberse adjudicado la misma tarea a menor costo. Sin cargar la “comisión” en la obra. Perjudican a contribuyentes, a usuarios, a empleados y proveedores de las firmas desplazadas. Perjudican al país.
El coto, entonces, hay que ponerlo a la corrupción, no a quienes arriesgan su dinero creando y haciendo crecer empresas que no pesen sobre los ciudadanos. Y la condena social debe ser para la fortuna malhabida, sin confundirla con el enriquecimiento por derecha.
Como se ve, todo un nudo de peligrosa confusión conceptual, a ser desatado a través de la libertad de elección, de la ética pública y de la no violencia económica.
La mayoría de las buenas personas en nuestro país, y nos atreveríamos a decir en el mundo creen que el Estado beneficia más de lo que perjudica.
Piensan que las intervenciones de mercado o los subsidios son cosas positivas porque equilibran la producción local y ayudan al consumo. Están seguros de que un Estado asistencialista es imprescindible en la protección de los desvalidos, atemperando los efectos de la falta de educación, del desempleo y el hambre.
Justifican los impuestos, aún los de aplicación desigual y los distorsivos porque los perciben operando “la redistribución” bajo la forma de seguridad, salud, justicia y educación (incluso universitaria) gratuitas o al menos de muy bajo costo, “para todos”. No les molesta que sean elevadísimos para algunos, porque les parece que sirven para acortar la diferencia social y de ingresos entre “ricos y pobres”, en busca de una sociedad “más solidaria, igualitaria y justa”.
Dan poca importancia a los hechos de corrupción y enriquecimiento ilícito de funcionarios, amigos de la política y sindicalistas. Aunque parezcan un tanto escandalosos, porque “los pagan los contratistas ricos por su voluntad” y porque, además, quienes se hacen con esas fortunas son “gente común, como nosotros, que vienen de hogares humildes y fueron elegidos por el pueblo”. Algo así como una lotería sin mayor daño colateral.
El sistema democrático, la república, los Poderes independientes, la Constitución, el ejemplo (y mandato) de los próceres, el federalismo o las leyes que protegen nuestras inversiones y libertades tienen poco peso: se reducen en la práctica a elegir cada 4 años a un “jefe” que les asegure otro período de gobierno del “buenismo”. Encabezando un gran Estado-papá bueno, comprensivo y protector del “pueblo trabajador” aunque macho y justiciero poniendo coto a las ganancias patronales.
Gran cantidad de electores de clase media socialistas, cobistas, radicales, aristas, solanistas, duhaldistas, rodriguez-saístas y otros adscriben de manera natural a tales pensamientos, compartidos desde luego por los votantes del kirchnerismo puro, quienes… ¡no están solos en esto!
Esta sencilla exposición del pensamiento íntimo de la mayoría (que estimamos en más del 70 %) explica por sí sola porqué las Malvinas siguen en poder de los ingleses, porqué la Argentina retrocede año tras año en el concierto internacional, porqué huyen los capitales nacionales y porqué no aterrizan los capitales extranjeros. Explica la trágica expansión de sub-ocupación y pobreza o las pésimas calidades institucional, educativa, sanitaria, legal y de seguridad que nos hacen la vida tan difícil: impuestos a la alemana y servicios públicos a la africana.
Cuando la meta ni siquiera debería ser impuestos a la alemana con servicios a la alemana, sino impuestos a la Gran Caimán (mínimos) y servicios superiores a los alemanes. Tenemos potencialidad de sobra y la inteligencia para hacerlo.
Madurar como sociedad implica dejar atrás la cobardía y el temor de ver afectada nuestra quintita, para empezar a pensar en una escala más audaz… si en verdad queremos el más alto nivel de vida general, sin inmaduros terrores al poder del dinero, a las fortunas personales o a las más grandes inversiones.
Nuestros mayores, los que hicieron grande a la Argentina, vinieron de Europa huyendo de Estados omnipresentes que los aplastaban impidiéndoles crecer. Hoy y aquí, sus descendientes reconstruyen a fuerza de votos ese mismo Estado opresor. Con las ingenuas intenciones del buenismo vamos empedrando nuestro descenso al infierno estatista.
Lo cierto es que el Estado perjudica a la mayoría. Sólo beneficia a sus integrantes y a los que tomaron la decisión de vivir a costillas de otros.
Los subsidios, el proteccionismo (más correcto sería llamarlo “agresionismo”) y la intervención gubernamental en los mercados falsean las relaciones de precios. Distorsionan el cálculo económico que dictaría la lógica de la elección del consumidor y promueven graves errores en la asignación de recursos e inversiones. Esto se paga a mediano y largo plazo con pérdidas de productividad y competitividad a nivel país. No sirven. Provocan desempleo, pérdida de oportunidades y empobrecimiento, sobre todo, en los estratos más vulnerables.
Cientos de miles de desvalidos claman entonces por la “solución” de un Estado asistencialista que los proteja y que subsidie a los que van quedando golpeados por la crisis, sean empresas o particulares.
Es como aquel cartel en la puerta de un hospicio que rezaba: Este sitio fue construido por una persona piadosa, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan.
Los impuestos, en especial los muy elevados, los desiguales y los distorsivos, atentan contra la reinversión y contra la creación de nuevas empresas y negocios. A menos tributos, tendríamos más inversión creando empleo, más empresas y emprendimientos compitiendo por más personal y mejores retribuciones ofrecidas. Se trataría de una redistribución inteligente, claro.
Las mayorías deberían darse cuenta de que las mejoras de ingresos, oportunidades de ahorro y calidad de vida de millones son mucho más importantes que las diferencias de riqueza individuales que pudieran darse. Es la condición del progreso, más allá de la envidia, si el objetivo es poner mucho más dinero honesto en manos de mucha más gente. ¡Gente que podría entonces optar por los servicios privados de su elección, huyendo de la vejación estatal!
El servicio público no es redistribución; es monopolio abusivo con costos ocultos. El igualitarismo no produce riqueza; la impide. El Estado no crea riqueza; la esteriliza.
La corrupción, por su parte, debe ser severamente condenada sin importar el origen social del delincuente. Los “contratistas ricos” que en parte podrían pagarla, son empresarios-basura que con su actitud perjudican a otras empresas que, en competencia limpia podrían haberse adjudicado la misma tarea a menor costo. Sin cargar la “comisión” en la obra. Perjudican a contribuyentes, a usuarios, a empleados y proveedores de las firmas desplazadas. Perjudican al país.
El coto, entonces, hay que ponerlo a la corrupción, no a quienes arriesgan su dinero creando y haciendo crecer empresas que no pesen sobre los ciudadanos. Y la condena social debe ser para la fortuna malhabida, sin confundirla con el enriquecimiento por derecha.
Como se ve, todo un nudo de peligrosa confusión conceptual, a ser desatado a través de la libertad de elección, de la ética pública y de la no violencia económica.
Claves
Diciembre 2009
Más allá del resultado de los tests de Coeficiente Intelectual, la inteligencia de una persona puede medirse a través de su capacidad para reconocer los propios límites y potencialidades. Para mejor conectar su empatía con la de los demás en busca de una vida más plena, productiva y feliz.
A nivel comunitario, la educación universal inculcando valores elevados es, a largo plazo, el factor más determinante en orden a dicho reconocimiento de límites y perspectivas de conjunto. Promoviendo la inteligencia social como llave de riquezas y cooperación voluntaria.
Durante más de 2 generaciones, desde la escuela primaria al posgrado universitario, muchos maestros y profesores, incluso jueces, clérigos, artistas e intelectuales de ambos sexos inculcaron en las mentes susceptibles de nuestros jóvenes, una visión ética preñada de “valores” socializantes. En sintonía con un sistema de ideas y procedimientos propios del siglo pasado. Proponiendo premisas y utopías refutadas por la historia y por la ciencia. Paleo-ideologías cargadas de violencia; de despojo contra el manso y el honesto, que promovieron ruina y sufrimiento innecesario cada vez que fueron aplicadas a medias (como hoy y aquí) o que causaron muerte y desolación donde se las impuso por completo.
Este abandono de los ideales sarmientinos, esta traición infame a la Argentina alfabetizada con valores ejemplares que admiró al mundo hace cien años, los tiene como grandes responsables de nuestra decadencia. Culpables de estafa intelectual agravada.
Los propios docentes de simpatías progre cosechan su siembra en indignos sueldos de hambre, condiciones de trabajo y de vida más cercanas a las del África sub sahariana que a las de la Argentina poderosa y justa que deberíamos ser.
Si el tiro en el pie se lo hubiesen descerrajado sólo ellos, vaya y pase; hubiese sido su elección. Lo grave es que millones de argentinos de trabajo pagan hoy con falta de oportunidades y penurias de todo orden esta estúpida adscripción a su miseria intelectual. O a su inmaduro resentimiento, según se prefiera.
La consecuencia, el costo de esta infamia se ve por doquier: las Malvinas nunca estuvieron más lejos; México y Brasil nos pasaron por encima; Uruguay y Chile van camino de hacerlo; más de un tercio de nuestra población empujada a la indigencia, la desnutrición y la desesperanza. No hay inversión externa ni interna a la vista que nos salve y cada vez más piqueteros, cual mutantes andrajosos, pelean con palos en las calles por un degradante “plan social”.
No cabe duda que la educación es la clave matriz de todo lo que nos pasa. Una buena educación de las mayorías de menos recursos abriría la puerta a trabajos más sofisticados y mejor retribuidos. Dejando a la inmigración de países limítrofes socialistas en proceso de hundimiento, las tareas de menor calificación. A mayor bienestar, más propietarios luchando por recuperar para Argentina el hoy derogado derecho de propiedad privada y más padres evolucionados presionando por la calidad educativa de sus hijos.
Asimismo, un electorado de intelecto creciente guarda relación inversa con una tendencia decreciente… a elegir extorsionadores e ignorantes al comando del Estado. Porque con ciudadanos esclavizados en la des-educación y la pobreza, cualquier primate o delincuente puede resultar electo para las más altas magistraturas. Nuestra historia lo prueba de manera reiterada.
No basta, sin embargo, con construir nuevas escuelas, aumentar los días de clase, pagar muy bien a los docentes y llenar las aulas de computadoras. No basta con adoptar los más modernos métodos pedagógicos estimulando la participación, comprensión e inclusión de cada alumno. Todo eso está bien pero no basta para descontar la ventaja que otras sociedades nos sacaron ni para proyectar a la Argentina hacia un crecimiento exponencial aprovechando a fondo y sin pruritos las ventajas de la globalización, transformando en acto lo que desde hace 80 años es mero potencial.
¿Cuáles son esos valores ejemplares abandonados? Desde luego, la férrea cultura de que el estudio y el trabajo pagan y el crimen o el parasitismo no. El asumir las reglas de convivencia respetando al prójimo, sus bienes, sus diferencias y sus elecciones personales de vida. La enseñanza temprana de un fuerte sentido de responsabilidad sobre los propios actos, aceptando el costo de los propios errores (sobre todo los errores políticos) sin cargárselos a “otros”. El vivir abiertos a los cambios, nuevas ideas radicales y oportunidades de progreso con aumento de las libertades de creación individuales.
La sociedad tecnológica del conocimiento es cambiante, veloz y siempre flexible pero ofrece a cambio impresionantes oportunidades de ascenso a todo nivel. El sólo apuntar a ello pondría a nuestra gente en posición de ventaja mental, promoviendo luego a aquellos dirigentes capaces de desbrozar la telaraña dirigista que impide nuestro despegue.
La educación es un camino lento. La comprensión popular de límites estructurales y posibilidades de riqueza podría llevarnos otra generación.
Entretanto, un atajo conducente podría traducirse en el diseño de una fortísima e imaginativa campaña publicitaria masiva, de saturación prolongada. Que haga ver a los votantes más extorsionados la maldad intrínseca de quienes los hundieron, tanto como las posibilidades de bienestar que entrañan las ideas de la libertad para producir y disponer; reinvertir, crear y crecer. La publicidad, con dinero y con espíritu de solidaridad inteligente, puede ser también educación.
La intelligentzia nativa debe bañarse en un espíritu de civilización evolucionada, dejando de promover el resentimiento, la envidia, la violencia social larvada y el vetusto socialismo vampiro, que nos condujo al presente desangre económico y moral.
El populismo de izquierdas que apoyaron, cambiando la república por la “ley del jefe”, no construyó justicia social. Construyó simple corrupción mafiosa en beneficio de una élite y sus amigos, a costa de inaceptables sufrimientos para la gente de trabajo.
Más allá del resultado de los tests de Coeficiente Intelectual, la inteligencia de una persona puede medirse a través de su capacidad para reconocer los propios límites y potencialidades. Para mejor conectar su empatía con la de los demás en busca de una vida más plena, productiva y feliz.
A nivel comunitario, la educación universal inculcando valores elevados es, a largo plazo, el factor más determinante en orden a dicho reconocimiento de límites y perspectivas de conjunto. Promoviendo la inteligencia social como llave de riquezas y cooperación voluntaria.
Durante más de 2 generaciones, desde la escuela primaria al posgrado universitario, muchos maestros y profesores, incluso jueces, clérigos, artistas e intelectuales de ambos sexos inculcaron en las mentes susceptibles de nuestros jóvenes, una visión ética preñada de “valores” socializantes. En sintonía con un sistema de ideas y procedimientos propios del siglo pasado. Proponiendo premisas y utopías refutadas por la historia y por la ciencia. Paleo-ideologías cargadas de violencia; de despojo contra el manso y el honesto, que promovieron ruina y sufrimiento innecesario cada vez que fueron aplicadas a medias (como hoy y aquí) o que causaron muerte y desolación donde se las impuso por completo.
Este abandono de los ideales sarmientinos, esta traición infame a la Argentina alfabetizada con valores ejemplares que admiró al mundo hace cien años, los tiene como grandes responsables de nuestra decadencia. Culpables de estafa intelectual agravada.
Los propios docentes de simpatías progre cosechan su siembra en indignos sueldos de hambre, condiciones de trabajo y de vida más cercanas a las del África sub sahariana que a las de la Argentina poderosa y justa que deberíamos ser.
Si el tiro en el pie se lo hubiesen descerrajado sólo ellos, vaya y pase; hubiese sido su elección. Lo grave es que millones de argentinos de trabajo pagan hoy con falta de oportunidades y penurias de todo orden esta estúpida adscripción a su miseria intelectual. O a su inmaduro resentimiento, según se prefiera.
La consecuencia, el costo de esta infamia se ve por doquier: las Malvinas nunca estuvieron más lejos; México y Brasil nos pasaron por encima; Uruguay y Chile van camino de hacerlo; más de un tercio de nuestra población empujada a la indigencia, la desnutrición y la desesperanza. No hay inversión externa ni interna a la vista que nos salve y cada vez más piqueteros, cual mutantes andrajosos, pelean con palos en las calles por un degradante “plan social”.
No cabe duda que la educación es la clave matriz de todo lo que nos pasa. Una buena educación de las mayorías de menos recursos abriría la puerta a trabajos más sofisticados y mejor retribuidos. Dejando a la inmigración de países limítrofes socialistas en proceso de hundimiento, las tareas de menor calificación. A mayor bienestar, más propietarios luchando por recuperar para Argentina el hoy derogado derecho de propiedad privada y más padres evolucionados presionando por la calidad educativa de sus hijos.
Asimismo, un electorado de intelecto creciente guarda relación inversa con una tendencia decreciente… a elegir extorsionadores e ignorantes al comando del Estado. Porque con ciudadanos esclavizados en la des-educación y la pobreza, cualquier primate o delincuente puede resultar electo para las más altas magistraturas. Nuestra historia lo prueba de manera reiterada.
No basta, sin embargo, con construir nuevas escuelas, aumentar los días de clase, pagar muy bien a los docentes y llenar las aulas de computadoras. No basta con adoptar los más modernos métodos pedagógicos estimulando la participación, comprensión e inclusión de cada alumno. Todo eso está bien pero no basta para descontar la ventaja que otras sociedades nos sacaron ni para proyectar a la Argentina hacia un crecimiento exponencial aprovechando a fondo y sin pruritos las ventajas de la globalización, transformando en acto lo que desde hace 80 años es mero potencial.
¿Cuáles son esos valores ejemplares abandonados? Desde luego, la férrea cultura de que el estudio y el trabajo pagan y el crimen o el parasitismo no. El asumir las reglas de convivencia respetando al prójimo, sus bienes, sus diferencias y sus elecciones personales de vida. La enseñanza temprana de un fuerte sentido de responsabilidad sobre los propios actos, aceptando el costo de los propios errores (sobre todo los errores políticos) sin cargárselos a “otros”. El vivir abiertos a los cambios, nuevas ideas radicales y oportunidades de progreso con aumento de las libertades de creación individuales.
La sociedad tecnológica del conocimiento es cambiante, veloz y siempre flexible pero ofrece a cambio impresionantes oportunidades de ascenso a todo nivel. El sólo apuntar a ello pondría a nuestra gente en posición de ventaja mental, promoviendo luego a aquellos dirigentes capaces de desbrozar la telaraña dirigista que impide nuestro despegue.
La educación es un camino lento. La comprensión popular de límites estructurales y posibilidades de riqueza podría llevarnos otra generación.
Entretanto, un atajo conducente podría traducirse en el diseño de una fortísima e imaginativa campaña publicitaria masiva, de saturación prolongada. Que haga ver a los votantes más extorsionados la maldad intrínseca de quienes los hundieron, tanto como las posibilidades de bienestar que entrañan las ideas de la libertad para producir y disponer; reinvertir, crear y crecer. La publicidad, con dinero y con espíritu de solidaridad inteligente, puede ser también educación.
La intelligentzia nativa debe bañarse en un espíritu de civilización evolucionada, dejando de promover el resentimiento, la envidia, la violencia social larvada y el vetusto socialismo vampiro, que nos condujo al presente desangre económico y moral.
El populismo de izquierdas que apoyaron, cambiando la república por la “ley del jefe”, no construyó justicia social. Construyó simple corrupción mafiosa en beneficio de una élite y sus amigos, a costa de inaceptables sufrimientos para la gente de trabajo.
Legisladores
Diciembre 2009
En un sistema tan imperfecto y primitivo como el democrático, cobra vital importancia la orientación que la fuerza del número (el atávico “somos más”) imprima a la acción legislativa.
En nuestro caso, donde ni siquiera hemos alcanzado el escalón de la democracia republicana, es más vital aún: las cámaras del Congreso cargan aquí con una sobredimensión de sus responsabilidades. Deben enfrentar a un Poder Ejecutivo despótico, irrespetuoso de preceptos constitucionales y desligado tanto de reglas éticas (no mentir, no robar, no usar la pobreza etc.) como de normas de respeto y maneras civilizadas (no difamar, no cooptar con dinero público, no satisfacer resentimientos personales usando el poder del Estado etc.). Debiendo arreglárselas, además, con un Poder Judicial pusilánime, de escasa credibilidad y penosamente sometido al Ejecutivo mediante diferentes mecanismos extorsivos.
Difícil tarea la que se espera de los legisladores, casi propia de héroes dispuestos a sacrificarse arriesgándolo todo, en aras del bien de la gente de trabajo.
Porque esperamos comprendan que lo hecho por parlamentarios anteriores, podría resumirse en haber impuesto (por acción u omisión) a los ciudadanos nuevas obligaciones, restringiendo en cada caso sus previas libertades y derechos con aumento de sus cargas públicas. Disminuyendo la parte de las ganancias que antes se guardaban para sí y aumentando aquella parte de sus ingresos que ahora queda a disposición de los funcionarios.
La sórdida experiencia de estos últimos 6 años, para no ir más lejos, debería servirles para asumir en profundidad que la multiplicación de parches y soluciones artificiales buscando mitigar los sufrimientos de los necesitados, terminaron convirtiéndose en causa de esos mismos, nuevos sufrimientos. Faltó reflexión inteligente sobre los efectos colaterales, de mediano plazo y remotos de cada acción parlamentaria, que en su momento pudo parecer justificada. O bien primó la criminalidad apoyando, a sabiendas, medidas contrarias a la atracción de los capitales de inversión que necesitaba la enorme legión de los empobrecidos para salir de la miseria. Medidas contraproducentes que claramente engrosaron las filas de quienes dependen de algún subsidio, con graves implicancias en fomento de corrupción y desaliento productivo.
Bien miradas, la inmensa mayoría de las leyes votadas durante las últimas décadas no son otra cosa que intentos de corregir efectos negativos de anteriores leyes dirigistas, apoyadas a su tiempo por legisladores igualmente ineptos. Calesita que realimentó una progresiva necesidad de restricciones a la libertad y atropello económico, hundiendo cada vez más a la nación en el pantano.
Bloques parlamentarios de este nivel, se percaten de ello o no, son meras montoneras socialistas que se nutren de un creciente grado de esclavitud comunitaria. Servidumbre basada en la cada vez mayor cantidad de tiempo y trabajo que las personas sin privilegios deben emplear en beneficio de “otros” (la oligarquía política en primer término), achicando el beneficio propio. Y perdiendo cada vez más horas en colas de pago y reclamo, trámites para todo autocontrol imaginable o servicios de delación coactiva gratuitos, como el perverso juego cruzado de los “agentes de retención”. Mecanismos totalitarios si los hay.
Si la buena gente desea subsidiar a incapacitados, ancianos y seres en desgracia o padres y madres de familia que perdieron sus empleos, junto a vagos, irresponsables, violentos, ladrones y viciosos a quienes repugna el trabajo estable de horario completo, nos parece magnífico. Debieran anotarse en padrones de voluntarios donantes de impuestos especiales, para que los funcionarios distribuyan en forma ecuánime y caritativa sus dineros.
Lo que no debieran es votar a un grupo de esbirros que dispongan por ley que quienes no desean subsidiar a la gente del segundo grupo, deban hacerlo forzados bajo amenaza. Ni permitir que su sentido solidario, aún coactivo, inflija sufrimiento y haga más dura la lucha por la existencia para las mujeres y hombres que intentan mantener a sus familias y progresar por el propio esfuerzo. Los diputados y senadores progresistas han sido hasta hoy esos esbirros, al servicio de quienes proponen que “otros” paguen la cuenta de sus peregrinos ideales y deseos. Con el agravante de que esos “otros” que caen bajo las balas impositivas resultan ser, tanto en número como en porcentaje mayoritario de aportes, inadvertidas víctimas de las clases media y baja.
Los legisladores han conspirado hasta ahora, asimismo, contra consumidores y empresarios-no-subsidiados apoyando intervenciones de mercado y medidas proteccionistas, procurando que los empresarios-subsidiados protegidos ganen, a costa de que millones de argentinos pierdan. Las honorables cámaras deberían cambiar el término “proteccionismo” por el más correcto “agresionismo” para que quede clara la opción que han estado tomando: satisfacción de corto plazo a ser pagada por la siguiente generación (o gobierno) con derrumbes de competitividad, productividad, exportaciones y… nivel de ingresos de los más indefensos. Nuestra historia es aleccionadora prueba de ello.
Claramente, cuando parlamentarios ignorantes que no han comprendido ni estudiado el orden de la riqueza, pretenden poder para regular nuestra extraordinaria complejidad social, la posibilidad de que generen desastres de dimensión histórica es muy elevada. Con más razón cuando aún entendiendo el daño, lo apoyan levantando su brazo por conveniencia.
En suma: el patriotismo de los legisladores y sus servicios al pueblo quedarán demostrados solamente por aquellos que se planten con indoblegable fiereza frente a adversarios mafiosos, corruptos y ladrones. Defendiendo el núcleo duro de nuestra Constitución Nacional, que establece que cada ciudadano tiene derechos que ni las mayorías, ni los políticos todopoderosos, ni sus fuerzas de choque pueden atropellar.
¿Podremos esperar que hayan evolucionado algo, procurando salir de la era del simio en la que nos hallamos empantanados?
En un sistema tan imperfecto y primitivo como el democrático, cobra vital importancia la orientación que la fuerza del número (el atávico “somos más”) imprima a la acción legislativa.
En nuestro caso, donde ni siquiera hemos alcanzado el escalón de la democracia republicana, es más vital aún: las cámaras del Congreso cargan aquí con una sobredimensión de sus responsabilidades. Deben enfrentar a un Poder Ejecutivo despótico, irrespetuoso de preceptos constitucionales y desligado tanto de reglas éticas (no mentir, no robar, no usar la pobreza etc.) como de normas de respeto y maneras civilizadas (no difamar, no cooptar con dinero público, no satisfacer resentimientos personales usando el poder del Estado etc.). Debiendo arreglárselas, además, con un Poder Judicial pusilánime, de escasa credibilidad y penosamente sometido al Ejecutivo mediante diferentes mecanismos extorsivos.
Difícil tarea la que se espera de los legisladores, casi propia de héroes dispuestos a sacrificarse arriesgándolo todo, en aras del bien de la gente de trabajo.
Porque esperamos comprendan que lo hecho por parlamentarios anteriores, podría resumirse en haber impuesto (por acción u omisión) a los ciudadanos nuevas obligaciones, restringiendo en cada caso sus previas libertades y derechos con aumento de sus cargas públicas. Disminuyendo la parte de las ganancias que antes se guardaban para sí y aumentando aquella parte de sus ingresos que ahora queda a disposición de los funcionarios.
La sórdida experiencia de estos últimos 6 años, para no ir más lejos, debería servirles para asumir en profundidad que la multiplicación de parches y soluciones artificiales buscando mitigar los sufrimientos de los necesitados, terminaron convirtiéndose en causa de esos mismos, nuevos sufrimientos. Faltó reflexión inteligente sobre los efectos colaterales, de mediano plazo y remotos de cada acción parlamentaria, que en su momento pudo parecer justificada. O bien primó la criminalidad apoyando, a sabiendas, medidas contrarias a la atracción de los capitales de inversión que necesitaba la enorme legión de los empobrecidos para salir de la miseria. Medidas contraproducentes que claramente engrosaron las filas de quienes dependen de algún subsidio, con graves implicancias en fomento de corrupción y desaliento productivo.
Bien miradas, la inmensa mayoría de las leyes votadas durante las últimas décadas no son otra cosa que intentos de corregir efectos negativos de anteriores leyes dirigistas, apoyadas a su tiempo por legisladores igualmente ineptos. Calesita que realimentó una progresiva necesidad de restricciones a la libertad y atropello económico, hundiendo cada vez más a la nación en el pantano.
Bloques parlamentarios de este nivel, se percaten de ello o no, son meras montoneras socialistas que se nutren de un creciente grado de esclavitud comunitaria. Servidumbre basada en la cada vez mayor cantidad de tiempo y trabajo que las personas sin privilegios deben emplear en beneficio de “otros” (la oligarquía política en primer término), achicando el beneficio propio. Y perdiendo cada vez más horas en colas de pago y reclamo, trámites para todo autocontrol imaginable o servicios de delación coactiva gratuitos, como el perverso juego cruzado de los “agentes de retención”. Mecanismos totalitarios si los hay.
Si la buena gente desea subsidiar a incapacitados, ancianos y seres en desgracia o padres y madres de familia que perdieron sus empleos, junto a vagos, irresponsables, violentos, ladrones y viciosos a quienes repugna el trabajo estable de horario completo, nos parece magnífico. Debieran anotarse en padrones de voluntarios donantes de impuestos especiales, para que los funcionarios distribuyan en forma ecuánime y caritativa sus dineros.
Lo que no debieran es votar a un grupo de esbirros que dispongan por ley que quienes no desean subsidiar a la gente del segundo grupo, deban hacerlo forzados bajo amenaza. Ni permitir que su sentido solidario, aún coactivo, inflija sufrimiento y haga más dura la lucha por la existencia para las mujeres y hombres que intentan mantener a sus familias y progresar por el propio esfuerzo. Los diputados y senadores progresistas han sido hasta hoy esos esbirros, al servicio de quienes proponen que “otros” paguen la cuenta de sus peregrinos ideales y deseos. Con el agravante de que esos “otros” que caen bajo las balas impositivas resultan ser, tanto en número como en porcentaje mayoritario de aportes, inadvertidas víctimas de las clases media y baja.
Los legisladores han conspirado hasta ahora, asimismo, contra consumidores y empresarios-no-subsidiados apoyando intervenciones de mercado y medidas proteccionistas, procurando que los empresarios-subsidiados protegidos ganen, a costa de que millones de argentinos pierdan. Las honorables cámaras deberían cambiar el término “proteccionismo” por el más correcto “agresionismo” para que quede clara la opción que han estado tomando: satisfacción de corto plazo a ser pagada por la siguiente generación (o gobierno) con derrumbes de competitividad, productividad, exportaciones y… nivel de ingresos de los más indefensos. Nuestra historia es aleccionadora prueba de ello.
Claramente, cuando parlamentarios ignorantes que no han comprendido ni estudiado el orden de la riqueza, pretenden poder para regular nuestra extraordinaria complejidad social, la posibilidad de que generen desastres de dimensión histórica es muy elevada. Con más razón cuando aún entendiendo el daño, lo apoyan levantando su brazo por conveniencia.
En suma: el patriotismo de los legisladores y sus servicios al pueblo quedarán demostrados solamente por aquellos que se planten con indoblegable fiereza frente a adversarios mafiosos, corruptos y ladrones. Defendiendo el núcleo duro de nuestra Constitución Nacional, que establece que cada ciudadano tiene derechos que ni las mayorías, ni los políticos todopoderosos, ni sus fuerzas de choque pueden atropellar.
¿Podremos esperar que hayan evolucionado algo, procurando salir de la era del simio en la que nos hallamos empantanados?
Corrupción Intrínseca
Noviembre 2009
Concordamos con la opinión mayoritaria, de estar en presencia del gobierno más corrupto de la historia.
No repetiremos en esta nota el muy extenso listado de sus actos de ataque al bienestar general, harto difundido por otra parte. De coimas, negociados, favoritismo con testaferros y cómplices, compra de conciencias, abusos de toda clase desde la posición de poder, fantástica inmunidad penal y fraude legislativo bloqueando mecanismos de autodefensa democrática. O de simples robos de media en la cabeza y revólver al puño, como es el caso de tantos impuestos confiscatorios. Pocos ejemplos, de entre la enorme cantidad de actos corruptos de gran envergadura perpetrados por este gobierno, desde sus sitiales en el Estado central y antes, claro, desde la gobernación de Santa Cruz.
A primera vista se trata de niveles de atraco inusuales hasta para un gobierno peronista, aunque nada de esto debería sorprendernos: desde hace décadas el respetado ranking de Transparency International nos ubica, descendiendo, entre los países más corruptos del mundo.
En realidad no existe gobierno sin corrupción ni Estado justiciero y benefactor alguno. Nunca lo hubo ni jamás lo habrá. Son solamente mitos caza-bobos funcionales a castas mutantes de “vivillos”, de elevadísimo costo para los menos afortunados. La élite pensante tiene el deber de asumirlo a conciencia, en defensa de todos los abusados.
Sólo personas muy ingenuas pueden creer que los funcionarios estatales son mujeres y hombres con más honestidad o intelecto de lo normal. Que son seres imbuidos de gran amor al prójimo, desinterés personal y abnegada vocación de servicio. Que sus decisiones son ecuánimes y sabias; con la mira siempre puesta en una sociedad rica, avanzada, con oportunidades reales de estudio y progreso por derecha para todos; sin robar a nadie.
La realidad es la contraria y la vivimos a diario desde que tenemos uso de razón.
Por otra parte, el 60 % de la corrupción que nos desangra y desmoraliza es el resultado matemático, perfecto, del modelo de gobierno elegido por la mayoría: técnicamente, una déspota montada sobre otra kakistocracia agresiva (*). Situación real que no debe ser confundida con su pretensión teórica: la democracia republicana, representativa y federal.
En cuanto al 40 % de corrupción y maldad restante, lo hubiésemos padecido igual aunque nuestro gobierno hubiese sido aquella deseada democracia, porque el aprovechamiento del poder con fines de beneficio personal es cosa inherente al núcleo constitutivo del sistema. Por bien que funcionen la división y el equilibrio de la tríada de Poderes, ya que no debiera perderse de vista el hecho de que los tres forman parte del mismo Estado. Cuyos integrantes cifran su bienestar y crecimiento en el dinero que logren extraernos a través de tributos cobrados sin opciones y por la fuerza, de la cual también poseen el monopolio.
Si descendiera un ente dotado de un superpoder tal como para asegurar que cada funcionario no pudiese obtener más que el beneficio de su sueldo oficial sin más ventajas, el Estado quedaría acéfalo en pocas semanas por la dimisión en tropel de la mayoría de sus integrantes. Resultaría difícil, asimismo, hallar aspirantes a ocupar estos sitiales vacantes y aquellas bancas vacías. El “negocio” del servicio público pasaría a ser el que dice la Constitución. Verdadera carga pública. Dejando de existir tal y como se lo percibe aquí… y en todas las democracias y organismos multilaterales del orbe.
Retornando a la tierra no debería sorprendernos, entonces, que las posibilidades de ventaja por izquierda sean el premio principal de las carreras políticas. ¿Para qué habrían de molestarse sino? Las personas que ocupan cargos que importen poder “corrompible”, piensan primero en si mismas, sus familiares y los amigos que los ayudaron a “llegar”. Es lógico y natural; los santos, los altruistas, los incorruptibles que además sean estadistas…son muy pocos. Son la excepción, no la regla. La proporción estadística los barre.
Y como quienquiera que tenga capacidad de estadista es ciertamente alguien muy inteligente y preparado, le será difícil dejar su lucrativo puesto en la actividad privada para pasar a brindar sus mejores años a un prójimo ingrato. Es por ello que los ignorantes pujan por llegar al poder mientras que los ilustrados pujan por alejarse. Los más inescrupulosos de entre ignorantes y predadores, por selección natural, copan en primer lugar los puestos ejecutivos desde donde maniobran neutralizando con mano de hierro cualquier veleidad independista de auditores y jueces. Y esto no es mera paranoia sino la más pura práctica en nuestra Argentina contemporánea: la resultante de tales ultrajes no puede sino derivar en más socialismo salvaje, creando y alimentando más corrupción salvaje.
La Historia nos muestra que cuanto más “espacio” ocupe el Estado en la sociedad por todo concepto, mayor será el nivel de corrupción que esa sociedad deberá tolerar, hasta que estalle. Se vio en la URSS, se ve en Bolivia, Ecuador y Venezuela (peor situados aún que nosotros en el ranking) y se está viendo aquí.
Existen notables excepciones a este aserto, como podría ser el caso de los archi-civilizados suecos pero hemos de admitir que si adoptamos como norte una virtuosa excepcionalidad, tan luego nosotros, muy probablemente nos frustraremos. Además ¿quién quiere hoy día emigrar a Suecia para crear negocios e invertir sus capitales? Los destinos más codiciados, para fastidio de los progres, son aquellos donde impera el capitalismo más libre. Mientras los propios suecos están desandando, por otra parte, su ruta socialista.
Ningún sistema de ideas como el liberal, comprende y asume como tal la realidad de la naturaleza humana. Y es con esta comprensión como guía, que el libertarianismo decodifica el genoma de la sociedad inteligente. Usando en favor de los más, el empuje natural e inevitable de los menos. Liberando la potencia creadora individual bajo implacables reglas de respeto en todo orden. Demos poder a una mujer o a un hombre y los corromperemos. Troquemos ese poder por un acuerdo voluntario y los proyectaremos hacia su desarrollo personal. Quizá se encuentre en esta sola idea, el valor-base de nuestra evolución.
(*) Hemos tenido varias. Del griego kakistoi = los peores.
Concordamos con la opinión mayoritaria, de estar en presencia del gobierno más corrupto de la historia.
No repetiremos en esta nota el muy extenso listado de sus actos de ataque al bienestar general, harto difundido por otra parte. De coimas, negociados, favoritismo con testaferros y cómplices, compra de conciencias, abusos de toda clase desde la posición de poder, fantástica inmunidad penal y fraude legislativo bloqueando mecanismos de autodefensa democrática. O de simples robos de media en la cabeza y revólver al puño, como es el caso de tantos impuestos confiscatorios. Pocos ejemplos, de entre la enorme cantidad de actos corruptos de gran envergadura perpetrados por este gobierno, desde sus sitiales en el Estado central y antes, claro, desde la gobernación de Santa Cruz.
A primera vista se trata de niveles de atraco inusuales hasta para un gobierno peronista, aunque nada de esto debería sorprendernos: desde hace décadas el respetado ranking de Transparency International nos ubica, descendiendo, entre los países más corruptos del mundo.
En realidad no existe gobierno sin corrupción ni Estado justiciero y benefactor alguno. Nunca lo hubo ni jamás lo habrá. Son solamente mitos caza-bobos funcionales a castas mutantes de “vivillos”, de elevadísimo costo para los menos afortunados. La élite pensante tiene el deber de asumirlo a conciencia, en defensa de todos los abusados.
Sólo personas muy ingenuas pueden creer que los funcionarios estatales son mujeres y hombres con más honestidad o intelecto de lo normal. Que son seres imbuidos de gran amor al prójimo, desinterés personal y abnegada vocación de servicio. Que sus decisiones son ecuánimes y sabias; con la mira siempre puesta en una sociedad rica, avanzada, con oportunidades reales de estudio y progreso por derecha para todos; sin robar a nadie.
La realidad es la contraria y la vivimos a diario desde que tenemos uso de razón.
Por otra parte, el 60 % de la corrupción que nos desangra y desmoraliza es el resultado matemático, perfecto, del modelo de gobierno elegido por la mayoría: técnicamente, una déspota montada sobre otra kakistocracia agresiva (*). Situación real que no debe ser confundida con su pretensión teórica: la democracia republicana, representativa y federal.
En cuanto al 40 % de corrupción y maldad restante, lo hubiésemos padecido igual aunque nuestro gobierno hubiese sido aquella deseada democracia, porque el aprovechamiento del poder con fines de beneficio personal es cosa inherente al núcleo constitutivo del sistema. Por bien que funcionen la división y el equilibrio de la tríada de Poderes, ya que no debiera perderse de vista el hecho de que los tres forman parte del mismo Estado. Cuyos integrantes cifran su bienestar y crecimiento en el dinero que logren extraernos a través de tributos cobrados sin opciones y por la fuerza, de la cual también poseen el monopolio.
Si descendiera un ente dotado de un superpoder tal como para asegurar que cada funcionario no pudiese obtener más que el beneficio de su sueldo oficial sin más ventajas, el Estado quedaría acéfalo en pocas semanas por la dimisión en tropel de la mayoría de sus integrantes. Resultaría difícil, asimismo, hallar aspirantes a ocupar estos sitiales vacantes y aquellas bancas vacías. El “negocio” del servicio público pasaría a ser el que dice la Constitución. Verdadera carga pública. Dejando de existir tal y como se lo percibe aquí… y en todas las democracias y organismos multilaterales del orbe.
Retornando a la tierra no debería sorprendernos, entonces, que las posibilidades de ventaja por izquierda sean el premio principal de las carreras políticas. ¿Para qué habrían de molestarse sino? Las personas que ocupan cargos que importen poder “corrompible”, piensan primero en si mismas, sus familiares y los amigos que los ayudaron a “llegar”. Es lógico y natural; los santos, los altruistas, los incorruptibles que además sean estadistas…son muy pocos. Son la excepción, no la regla. La proporción estadística los barre.
Y como quienquiera que tenga capacidad de estadista es ciertamente alguien muy inteligente y preparado, le será difícil dejar su lucrativo puesto en la actividad privada para pasar a brindar sus mejores años a un prójimo ingrato. Es por ello que los ignorantes pujan por llegar al poder mientras que los ilustrados pujan por alejarse. Los más inescrupulosos de entre ignorantes y predadores, por selección natural, copan en primer lugar los puestos ejecutivos desde donde maniobran neutralizando con mano de hierro cualquier veleidad independista de auditores y jueces. Y esto no es mera paranoia sino la más pura práctica en nuestra Argentina contemporánea: la resultante de tales ultrajes no puede sino derivar en más socialismo salvaje, creando y alimentando más corrupción salvaje.
La Historia nos muestra que cuanto más “espacio” ocupe el Estado en la sociedad por todo concepto, mayor será el nivel de corrupción que esa sociedad deberá tolerar, hasta que estalle. Se vio en la URSS, se ve en Bolivia, Ecuador y Venezuela (peor situados aún que nosotros en el ranking) y se está viendo aquí.
Existen notables excepciones a este aserto, como podría ser el caso de los archi-civilizados suecos pero hemos de admitir que si adoptamos como norte una virtuosa excepcionalidad, tan luego nosotros, muy probablemente nos frustraremos. Además ¿quién quiere hoy día emigrar a Suecia para crear negocios e invertir sus capitales? Los destinos más codiciados, para fastidio de los progres, son aquellos donde impera el capitalismo más libre. Mientras los propios suecos están desandando, por otra parte, su ruta socialista.
Ningún sistema de ideas como el liberal, comprende y asume como tal la realidad de la naturaleza humana. Y es con esta comprensión como guía, que el libertarianismo decodifica el genoma de la sociedad inteligente. Usando en favor de los más, el empuje natural e inevitable de los menos. Liberando la potencia creadora individual bajo implacables reglas de respeto en todo orden. Demos poder a una mujer o a un hombre y los corromperemos. Troquemos ese poder por un acuerdo voluntario y los proyectaremos hacia su desarrollo personal. Quizá se encuentre en esta sola idea, el valor-base de nuestra evolución.
(*) Hemos tenido varias. Del griego kakistoi = los peores.
Igualdad
Noviembre 2009
“El Estado es el gran ente ficticio por el cual cada uno busca vivir a expensas de todos los demás”
Frederic Bastiat
Durante unos cien años, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, los Estados Unidos y la Argentina fueron receptores de un enorme caudal inmigratorio.
En ambos casos, los inmigrantes se vieron atraídos por sistemas jurídicos y económicos que se contaban entre los más libres de la tierra, haciendo accesible a más gente con voluntad de trabajo, la plena expresión del desarrollo personal. Eran mujeres y hombres de muchas procedencias; algunos de naciones culturalmente mediocres o con sistemas socio-económicos opresivos, que alcanzaron, en cualquier caso, logros de capacidad productiva que nunca hubiesen conseguido en sus países nativos.
Personas de diferentes niveles y grupos raciales que durante generaciones se habían enfrentado entre si en sus lugares de origen, aprendieron a cooperar viviendo en armonía. Y eso ocurrió porque tanto aquí como en el gigante del norte no se procuraba unir a la gente a través de una nivelación hacia lo colectivo -propia de las modernas cleptocracias- sino a través de un principio más inteligente: la protección de sus derechos individuales. De sus derechos a retener en forma casi íntegra el fruto de sus esfuerzos y a decidir, en gran medida, en qué forma aportaría cada uno a la solidaridad general.
Esta decisión benéfica y el crecimiento exponencial que lograba, comenzaron a desaparecer en paralelo con el avance del “Estado benefactor” y la “economía mixta”.
El incremento de cargas, controles y reserva de áreas económicas para el gobierno obró, así, en forma inversamente proporcional a las posibilidades de elevación social y evolución económica de las clases más bajas, que se traducía en una progresiva igualdad.
En Estados Unidos, actuó agravando el racismo contra negros e indios o la xenofobia contra los latinos por el camino de frenar las mejoras en su nivel de vida en proporción a las mejoras de los anglosajones originarios. Dicho de otro modo, al disminuir derechos individuales para aumentar los estatales lograron estancar el ascenso socio-económico de los débiles. Y en la Argentina obró estimulando resentimientos larvados, sembrados en su momento por anarquistas de izquierda y comunistas corridos de su Europa natal. Resentimientos de entraña negativa que nada bueno podían (ni pueden) generar, y que volcados a los partidos “socialmente sensibles” que tan bien conocemos, nos condujeron a un desastre de pobrezas y sufrimientos innecesarios incomparablemente mayor que el norteamericano.
También aquí la tecla equivocada fue el abandono de la protección gubernamental a los derechos de propiedad y su usufructo y de las libertades individuales para comerciar y ejercer toda industria lícita, con igualdad de reglas de juego para todos.
Lo comprobado es que la economía mixta desintegra a cualquier sociedad, lanzándola en el tiempo a una guerra de grupos de presión, cada uno de los cuales procura privilegios “legales” y tratamientos particulares a costa de todo el resto. Esto deriva, como lo vemos hoy y aquí, en “lobbys” sectoriales (industria subsidiada [reciente caso de Tierra del Fuego], movimientos piqueteros, sindicatos violentos, funcionariado “acomodado” etc.) que pujan abiertamente y con desparpajo por el favor del monarca, en detrimento del país en su conjunto. La ley de la selva es entonces inevitable y la igualdad de oportunidades cae bajo el hacha del propio Estado que debía preservarla.
El largo plazo, los derechos de las generaciones por venir, desaparecen poco a poco de la escena y los principios e ideales, por más nobles que sean, ceden su lugar a las urgencias del simio que empuja con más fuerza. De quien presiona con más palos y capuchas o de quien se vende mejor al negociado gubernamental.
En nuestra etapa terminal se trata de mafias estatizantes “colocando” funcionarios, jueces y legisladores para conseguir ventajas de corto plazo parasitando a “otros”, sin preocuparse por la destrucción general que inevitablemente los alcanzará. Porque quienes apoyan el aniquilamiento de los derechos ajenos, niegan y pierden también los propios cerrando su camino y el de sus hijos.
El supuesto Estado benefactor con su economía mixta cierra, obstaculiza y niega a cada argentino innúmeras oportunidades de expresar su potencial para hacer cosas más innovadoras, estimulantes y productivas elevando así su nivel de vida y dejando en mejor posición a sus descendientes.
Sus monopolios suman déficit al Tesoro, restando espacio y posibilidades de crecimiento a quienes podrían competir haciendo las mismas cosas a menor costo y con mayor productividad.
Reglamentaciones laborales paralizantes, financiamiento costoso y a cuentagotas, impuestos elevadísimos que cercan y depredan todo intento de actividad comercial o “leyes” discriminantes a medida de corruptos intereses particulares, son claros ejemplos de la evolución natural de este sistema maravilloso.
Parece inevitable que esto ocurra en poblaciones engañadas, como la nuestra, donde una masa crítica de votantes desea aliviar mediante más (¡más!) leyes totalitarias la desgracia visible de indigentes, sub ocupados y hasta de sinvergüenzas. Pero no a costa de si mismos sino mayormente ¡a costa de los demás! Aunque sea a través de vándalos y coimeros. Aunque se trate de apropiación de ganancias y hasta capitales de trabajo sin el asentimiento de sus dueños. Aunque sea mediante violencia. Aunque sea pisoteando más (¡más!) libertades y garantías en la búsqueda de ese inmaduro espejismo que tanto daño nos ha causado: la igualdad forzosa con dinero ajeno, rasando con el sable de la Afip-Gestapo las cabezas que pretendan sobresalir.
Porque muchos creen inocentemente, en sintonía con la edad mental inducida por nuestra des-educación pública que esta vez, ahora sí el método atropellador va a funcionar.
“El Estado es el gran ente ficticio por el cual cada uno busca vivir a expensas de todos los demás”
Frederic Bastiat
Durante unos cien años, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, los Estados Unidos y la Argentina fueron receptores de un enorme caudal inmigratorio.
En ambos casos, los inmigrantes se vieron atraídos por sistemas jurídicos y económicos que se contaban entre los más libres de la tierra, haciendo accesible a más gente con voluntad de trabajo, la plena expresión del desarrollo personal. Eran mujeres y hombres de muchas procedencias; algunos de naciones culturalmente mediocres o con sistemas socio-económicos opresivos, que alcanzaron, en cualquier caso, logros de capacidad productiva que nunca hubiesen conseguido en sus países nativos.
Personas de diferentes niveles y grupos raciales que durante generaciones se habían enfrentado entre si en sus lugares de origen, aprendieron a cooperar viviendo en armonía. Y eso ocurrió porque tanto aquí como en el gigante del norte no se procuraba unir a la gente a través de una nivelación hacia lo colectivo -propia de las modernas cleptocracias- sino a través de un principio más inteligente: la protección de sus derechos individuales. De sus derechos a retener en forma casi íntegra el fruto de sus esfuerzos y a decidir, en gran medida, en qué forma aportaría cada uno a la solidaridad general.
Esta decisión benéfica y el crecimiento exponencial que lograba, comenzaron a desaparecer en paralelo con el avance del “Estado benefactor” y la “economía mixta”.
El incremento de cargas, controles y reserva de áreas económicas para el gobierno obró, así, en forma inversamente proporcional a las posibilidades de elevación social y evolución económica de las clases más bajas, que se traducía en una progresiva igualdad.
En Estados Unidos, actuó agravando el racismo contra negros e indios o la xenofobia contra los latinos por el camino de frenar las mejoras en su nivel de vida en proporción a las mejoras de los anglosajones originarios. Dicho de otro modo, al disminuir derechos individuales para aumentar los estatales lograron estancar el ascenso socio-económico de los débiles. Y en la Argentina obró estimulando resentimientos larvados, sembrados en su momento por anarquistas de izquierda y comunistas corridos de su Europa natal. Resentimientos de entraña negativa que nada bueno podían (ni pueden) generar, y que volcados a los partidos “socialmente sensibles” que tan bien conocemos, nos condujeron a un desastre de pobrezas y sufrimientos innecesarios incomparablemente mayor que el norteamericano.
También aquí la tecla equivocada fue el abandono de la protección gubernamental a los derechos de propiedad y su usufructo y de las libertades individuales para comerciar y ejercer toda industria lícita, con igualdad de reglas de juego para todos.
Lo comprobado es que la economía mixta desintegra a cualquier sociedad, lanzándola en el tiempo a una guerra de grupos de presión, cada uno de los cuales procura privilegios “legales” y tratamientos particulares a costa de todo el resto. Esto deriva, como lo vemos hoy y aquí, en “lobbys” sectoriales (industria subsidiada [reciente caso de Tierra del Fuego], movimientos piqueteros, sindicatos violentos, funcionariado “acomodado” etc.) que pujan abiertamente y con desparpajo por el favor del monarca, en detrimento del país en su conjunto. La ley de la selva es entonces inevitable y la igualdad de oportunidades cae bajo el hacha del propio Estado que debía preservarla.
El largo plazo, los derechos de las generaciones por venir, desaparecen poco a poco de la escena y los principios e ideales, por más nobles que sean, ceden su lugar a las urgencias del simio que empuja con más fuerza. De quien presiona con más palos y capuchas o de quien se vende mejor al negociado gubernamental.
En nuestra etapa terminal se trata de mafias estatizantes “colocando” funcionarios, jueces y legisladores para conseguir ventajas de corto plazo parasitando a “otros”, sin preocuparse por la destrucción general que inevitablemente los alcanzará. Porque quienes apoyan el aniquilamiento de los derechos ajenos, niegan y pierden también los propios cerrando su camino y el de sus hijos.
El supuesto Estado benefactor con su economía mixta cierra, obstaculiza y niega a cada argentino innúmeras oportunidades de expresar su potencial para hacer cosas más innovadoras, estimulantes y productivas elevando así su nivel de vida y dejando en mejor posición a sus descendientes.
Sus monopolios suman déficit al Tesoro, restando espacio y posibilidades de crecimiento a quienes podrían competir haciendo las mismas cosas a menor costo y con mayor productividad.
Reglamentaciones laborales paralizantes, financiamiento costoso y a cuentagotas, impuestos elevadísimos que cercan y depredan todo intento de actividad comercial o “leyes” discriminantes a medida de corruptos intereses particulares, son claros ejemplos de la evolución natural de este sistema maravilloso.
Parece inevitable que esto ocurra en poblaciones engañadas, como la nuestra, donde una masa crítica de votantes desea aliviar mediante más (¡más!) leyes totalitarias la desgracia visible de indigentes, sub ocupados y hasta de sinvergüenzas. Pero no a costa de si mismos sino mayormente ¡a costa de los demás! Aunque sea a través de vándalos y coimeros. Aunque se trate de apropiación de ganancias y hasta capitales de trabajo sin el asentimiento de sus dueños. Aunque sea mediante violencia. Aunque sea pisoteando más (¡más!) libertades y garantías en la búsqueda de ese inmaduro espejismo que tanto daño nos ha causado: la igualdad forzosa con dinero ajeno, rasando con el sable de la Afip-Gestapo las cabezas que pretendan sobresalir.
Porque muchos creen inocentemente, en sintonía con la edad mental inducida por nuestra des-educación pública que esta vez, ahora sí el método atropellador va a funcionar.
La Madre del Borrego
Noviembre 2009
Vemos en estos días cosas tales como la elección de Brasil para sede de los Juegos Olímpicos, el cambio de su condición de deudor a la de acreedor del FMI, o que más de 20 millones de pobres hayan trepado a la clase media durante los últimos años. Signos, entre otros, del despegue de nuestro vecino hacia el estatus de gran potencia.
Hoy día su economía es 5 veces la nuestra pero no siempre fue así. Como todo el mundo sabe, la Argentina, que llegó a ser la segunda economía de América y la séptima del planeta, estaba llamada a ser un país líder; de primer orden. Mucho antes y en forma más contundente que Brasil. Con un alto nivel de vida general e integrada al mundo sin indigentes ni ignorantes. Apuntando a una matriz productiva de altísima tecnología asentada sobre una sociedad evolucionada y cosmopolita.
¿Qué pasó? ¿Quién apagó la luz? ¿Dónde estamos? Estamos en la Argentina quebrada y mendicante, maleducada y violenta que supimos conseguir. Fiel reflejo de nuestros votos socializantes, dándonos con el bate en la propia nuca. Porque fue el sufragio mayoritario el que entronizó a la larga lista de ignorantes y ladrones que, bajo la promesa de satisfacer resentimientos vergonzantes, hizo pedazos aquel sueño de llegar a ser un país de primera división.
El razonamiento lineal que los políticos proponen a una población cada vez más hundida en la des-educación y la miseria es “saquémosle a los que más tienen para disminuir la pobreza”, “más impuestos progresivos” o “que la crisis la paguen los ricos”. Cuando lo justo -siempre- es que la crisis la pague quien la causó; en este caso, los votantes kirchneristas. Con el colaboracionismo de votantes “de izquierdas” cuyos legisladores apoyaron todos los ataques al capital, a la propiedad y su usufructo que impidieron el aflujo de cerebros y dinero. Y cuando ya deberíamos saber que extorsionando a “los ricos” bajo impuestos excesivos sólo se arriba al efecto opuesto, demostrado una y otra vez durante 8 mil años de Historia: la redistribución final de más pobreza.
No es preciso ser muy listo para entender que a mayor ganancia, el privado destinará más dinero a inversiones en su afán de ser más competitivo; y que a mayor competitividad y crecimiento le seguirá una elevación del nivel salarial y una mayor demanda de personal, poniendo cada vez más dinero en manos de más gente.
Es más: también distribuirá riqueza sin intermediación estatal parasitaria, a través de una mayor demanda productiva de servicios y otros bienes creados por terceros.
Es el comienzo del capitalismo popular, fabricando una sociedad de propietarios. No existe modo más rápido, más sustentable y menos duro de poner dinero en bolsillos de los que menos tienen.
En este círculo virtuoso el impuesto es un serio obstáculo, ya que se extrae a costa de la ganancia y opera, por tanto, en el sentido opuesto a la creación de riqueza. Más impuestos significan menos dinero en manos de más gente, menos demanda puntual para lo que ofrecen los sectores comercial y de servicios, menos inversiones en crecimiento y menor competitividad del país en su conjunto.
También significan precios más altos para todo lo que un argentino cualquiera necesite para avanzar; desde una manzana a un movimiento bancario, pasando por un litro de gasoil, un teléfono celular con internet o la cuenta de la peluquería. Los impuestos están enquistados de manera intrincada en los costos de cada necesidad de nuestra vida, encareciéndola de manera notable.
Se supone que para proteger el derecho de todos a acceder al bienestar, el Estado se hace del dinero a través del sistema tributario, apoyado en la fuerza policial. Y cumple dicho supuesto a través de la provisión de servicios como educación, justicia, seguridad, salud y (ahora) jubilación… públicas y universales. Lo hace también a través de la construcción de calles y rutas, de centrales de energía, control de fronteras o asistencia a los desvalidos dentro de un cierto “modelo” planificado de sociedad.
Un creciente número de ciudadanos, no obstante, va cayendo en cuenta de la terrible contradicción existente entre ese derecho “a acceder al bienestar” y los resultados obtenidos mediante la provisión de todos estos servicios e infraestructuras.
Con niveles impositivos de entre los más elevados del mundo, el Estado argentino retribuye a su pueblo con calidades de educación, justicia, seguridad, salud, jubilaciones, caminos, energía, defensa y contención social… a niveles de desastre.
Señoras y señores: bienvenidos al mundo extorsivo y rasador del anarco-estatismo, con protestas simultáneas de todos los sectores y por todos los “servicios”, con marchas, cortes, huelgas, corrupción desbocada, matonismo gubernamental y violencias retroalimentadas. Bienvenidos a la consecuencia de los votos victoriosos como solidarios, progres, con sensibilidad social o simpatizantes de Papá-Estado-Benefactor.
Es la competencia lo que hace eficiente a un sistema, lo que mejora servicios y disminuye costos. Y es el dinero en poder de la gente de trabajo (no de la oligarquía política y sus amigos) lo que potencia esa competencia, con el público eligiendo entre distintas opciones. Mejorando el resultado cuanto mayor sea el número de áreas abiertas a la opción popular.
Lo estatal es la negación de la competencia y de sus incentivos. Es el pago obligatorio con independencia de la calidad del producto entregado. Es la ineficiencia, el derroche, la corrupción inevitable a gran escala y finalmente, el canibalismo social.
¿Queremos superar otra vez al Brasil? ¿Queremos acceder en serio al bienestar general? Quebremos los colmillos de este gobierno vampiro y sus “leyes” e impuestos desangrantes, volviendo esa enorme masa de dinero a manos de las personas del llano. Sobraría entonces poder económico para que, quienes son hoy víctimas de la escuela o el hospital estatal, elijan en competencia buenos colegios privados para sus hijos y medicina de primera para sus familias.
Vemos en estos días cosas tales como la elección de Brasil para sede de los Juegos Olímpicos, el cambio de su condición de deudor a la de acreedor del FMI, o que más de 20 millones de pobres hayan trepado a la clase media durante los últimos años. Signos, entre otros, del despegue de nuestro vecino hacia el estatus de gran potencia.
Hoy día su economía es 5 veces la nuestra pero no siempre fue así. Como todo el mundo sabe, la Argentina, que llegó a ser la segunda economía de América y la séptima del planeta, estaba llamada a ser un país líder; de primer orden. Mucho antes y en forma más contundente que Brasil. Con un alto nivel de vida general e integrada al mundo sin indigentes ni ignorantes. Apuntando a una matriz productiva de altísima tecnología asentada sobre una sociedad evolucionada y cosmopolita.
¿Qué pasó? ¿Quién apagó la luz? ¿Dónde estamos? Estamos en la Argentina quebrada y mendicante, maleducada y violenta que supimos conseguir. Fiel reflejo de nuestros votos socializantes, dándonos con el bate en la propia nuca. Porque fue el sufragio mayoritario el que entronizó a la larga lista de ignorantes y ladrones que, bajo la promesa de satisfacer resentimientos vergonzantes, hizo pedazos aquel sueño de llegar a ser un país de primera división.
El razonamiento lineal que los políticos proponen a una población cada vez más hundida en la des-educación y la miseria es “saquémosle a los que más tienen para disminuir la pobreza”, “más impuestos progresivos” o “que la crisis la paguen los ricos”. Cuando lo justo -siempre- es que la crisis la pague quien la causó; en este caso, los votantes kirchneristas. Con el colaboracionismo de votantes “de izquierdas” cuyos legisladores apoyaron todos los ataques al capital, a la propiedad y su usufructo que impidieron el aflujo de cerebros y dinero. Y cuando ya deberíamos saber que extorsionando a “los ricos” bajo impuestos excesivos sólo se arriba al efecto opuesto, demostrado una y otra vez durante 8 mil años de Historia: la redistribución final de más pobreza.
No es preciso ser muy listo para entender que a mayor ganancia, el privado destinará más dinero a inversiones en su afán de ser más competitivo; y que a mayor competitividad y crecimiento le seguirá una elevación del nivel salarial y una mayor demanda de personal, poniendo cada vez más dinero en manos de más gente.
Es más: también distribuirá riqueza sin intermediación estatal parasitaria, a través de una mayor demanda productiva de servicios y otros bienes creados por terceros.
Es el comienzo del capitalismo popular, fabricando una sociedad de propietarios. No existe modo más rápido, más sustentable y menos duro de poner dinero en bolsillos de los que menos tienen.
En este círculo virtuoso el impuesto es un serio obstáculo, ya que se extrae a costa de la ganancia y opera, por tanto, en el sentido opuesto a la creación de riqueza. Más impuestos significan menos dinero en manos de más gente, menos demanda puntual para lo que ofrecen los sectores comercial y de servicios, menos inversiones en crecimiento y menor competitividad del país en su conjunto.
También significan precios más altos para todo lo que un argentino cualquiera necesite para avanzar; desde una manzana a un movimiento bancario, pasando por un litro de gasoil, un teléfono celular con internet o la cuenta de la peluquería. Los impuestos están enquistados de manera intrincada en los costos de cada necesidad de nuestra vida, encareciéndola de manera notable.
Se supone que para proteger el derecho de todos a acceder al bienestar, el Estado se hace del dinero a través del sistema tributario, apoyado en la fuerza policial. Y cumple dicho supuesto a través de la provisión de servicios como educación, justicia, seguridad, salud y (ahora) jubilación… públicas y universales. Lo hace también a través de la construcción de calles y rutas, de centrales de energía, control de fronteras o asistencia a los desvalidos dentro de un cierto “modelo” planificado de sociedad.
Un creciente número de ciudadanos, no obstante, va cayendo en cuenta de la terrible contradicción existente entre ese derecho “a acceder al bienestar” y los resultados obtenidos mediante la provisión de todos estos servicios e infraestructuras.
Con niveles impositivos de entre los más elevados del mundo, el Estado argentino retribuye a su pueblo con calidades de educación, justicia, seguridad, salud, jubilaciones, caminos, energía, defensa y contención social… a niveles de desastre.
Señoras y señores: bienvenidos al mundo extorsivo y rasador del anarco-estatismo, con protestas simultáneas de todos los sectores y por todos los “servicios”, con marchas, cortes, huelgas, corrupción desbocada, matonismo gubernamental y violencias retroalimentadas. Bienvenidos a la consecuencia de los votos victoriosos como solidarios, progres, con sensibilidad social o simpatizantes de Papá-Estado-Benefactor.
Es la competencia lo que hace eficiente a un sistema, lo que mejora servicios y disminuye costos. Y es el dinero en poder de la gente de trabajo (no de la oligarquía política y sus amigos) lo que potencia esa competencia, con el público eligiendo entre distintas opciones. Mejorando el resultado cuanto mayor sea el número de áreas abiertas a la opción popular.
Lo estatal es la negación de la competencia y de sus incentivos. Es el pago obligatorio con independencia de la calidad del producto entregado. Es la ineficiencia, el derroche, la corrupción inevitable a gran escala y finalmente, el canibalismo social.
¿Queremos superar otra vez al Brasil? ¿Queremos acceder en serio al bienestar general? Quebremos los colmillos de este gobierno vampiro y sus “leyes” e impuestos desangrantes, volviendo esa enorme masa de dinero a manos de las personas del llano. Sobraría entonces poder económico para que, quienes son hoy víctimas de la escuela o el hospital estatal, elijan en competencia buenos colegios privados para sus hijos y medicina de primera para sus familias.
Argentina, Levántate y Anda
Noviembre 2009
Tallada en piedra sobre el Monumento a la Bandera en Rosario, Santa Fe, se encuentra la siguiente inscripción:
“Cuán execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución”
Manuel Belgrano
Sentencia que cae como una maza sobre la conducción política sin duda execrable, que a diario ultraja nuestra dignidad nacional, violando en letra y espíritu la Constitución protectora de libertades que nos legaran los Padres Fundadores. Verdadero decálogo para un desarrollo acelerado que, mientras fue letra viva, nos impulsó a la vanguardia del mundo.
Al gobierno argentino no le interesa la competitividad, el aumento de nuestras producciones ni la elevación real (a escala seria, con abundante empleo y altos salarios) del nivel de vida de su gente. No tiene como objetivos mediatos volver a superar a Brasil y México ni recuperar las Malvinas. No desea establecer condiciones de progreso para etnias autóctonas, pobres e indigentes ni promover un clima de concordia, austera eficiencia estatal ni sana cultura del trabajo. No busca que nuestro país sea meca inmigratoria de artistas, creativos, deportistas, científicos, educadores de avanzada, empresarios de punta y capitalistas emprendedores. O de toda mente valiosa y fortuna en fuga, que se sienta oprimida por la máquina de absorber e impedir de su Estado natal.
A nuestro gobierno le interesa antes que nada y como sea, atornillarse al poder para asegurarse impunidad, privilegios y oportunidades de seguir haciendo fortuna. Y en segundo lugar, exprimir y manejar a todo argentino que muestre alguna señal de actividad bajo su (varias veces) fracasado modelo de Estado atropellador, reglamentarismo obtuso y asfixiante presión impositiva. Acciones que, claro, chocan de frente con lo anterior.
A los votantes kirchneristas tampoco les interesan estas cosas. Prefieren la ventaja de corto plazo de un “plan” social, de vivienda o tarifas subsidiadas por “alguien”, de carne de vaca barata y de fútbol codificado “gratis”. Prefieren seguir siendo rentistas estatales como sea, en todo y hasta el fin a costillas de “otros”, con la secreta satisfacción de ver cómo quiebran o sufren vecinos y conocidos que pusieron capacitación y esfuerzo en superar la situación de pobreza que los igualaba. Para esos… ¡leña impositiva por alcahuetes individualistas! El hundimiento de la patria y su traición a los ideales de Belgrano y otros próceres les tiene sin cuidado; asumen muy bien su voto parásito o delincuente.
Por su parte los simpatizantes socialistas, cobistas, pinosolanistas, radicales, aristas y otros que en general dicen querer aquella Argentina de primera, en realidad no la desean.
Ya nadie puede llamarse a engaño sobre los antecedentes de sus candidatos “de oposición” que, cada vez que juzgan, gobiernan o legislan se atropellan en el apuro por regimentar más aún toda actividad productiva o ahuyentar inversiones a través de más quiebres a la seguridad jurídica. Siempre listos al aumento del torniquete tributario, a estatizar lo que se pueda y a sumarse a la inmadura estudiantina de chillidos antiliberales.
Lo que en realidad desean estos votantes es una Argentina pequeña, de cabotaje, pacata y bajo estricto control de un Estado-Papá, donde no despunten grandes negocios, grandes fortunas ni grandes libertades; creativas, personales ni de disposición patrimonial. Pulsiones que desnudan a un gran sector, penosamente mezquino y empantanado en un resentimiento vergonzante que es espejo de su propia cobardía.
La estúpida administración de pobrezas en la que todos estos argentinos están embarcados sólo nos lleva al desastre. Pobreza ética, pobreza de ideas superadoras, pobreza de ambiciones y sobre todo, pobreza de patriotismo nos conducen por una bien merecida espiral descendente cuyo espantoso fondo empezamos a distinguir: decadencia, desesperación, delincuencia, indigencia, desnutrición y muerte.
Es imperioso un cambio mental cualitativo que nos ayude a quebrar esa espiral. Acelerando el despegue y salteando etapas, apalancados por la potencia moral de valores definitorios. Como la decisión de no tolerar violencia social alguna. Como dar preeminencia a las elecciones personales por sobre las imposiciones coactivas. Como volver a confiar en las personas. Como responsabilizar y hacer resarcir sin atenuantes a quien cause daños o perjuicios a terceros o a sus bienes. Como empezando a entender el derecho humano básico "a no formar parte" y el absoluto derecho a decidir a qué organizaciones vamos a aportar, y a qué nivel, para formar parte. Y que bajo reglas contractuales de convivencia inteligente, los ciudadanos gocen de enormes libertades para florecer y desarrollarse como cada uno elija, en un entorno de civilizada tolerancia. En suma, iniciando un camino que democratice el poder de decisión poniéndolo en manos de la gente y quitándoselo a los simios del látigo.
La fabulosa tecnología informática, el imparable avance de las redes de interconexión personales y la fuerza de la economía del conocimiento en este siglo XXI, lo hacen más posible que nunca.
La proliferación de nuevos emprendedores y grandes capitales dispuestos a huir del dirigismo y de la torpe angurria impositiva de los países centrales, nos abren posibilidades únicas. Sólo hay que saber verlas. Logrando la claridad mental y el amor a la patria necesarios para usarlas en beneficio de nuestra población. Porque esto sería pasar a administrar riqueza bajo aquel mismo espíritu constitucional, bien reinterpretado.
En un entorno semejante, no sólo kelpers y brasileños pedirían formar parte de una Argentina en crecimiento exponencial, sino que hasta los propios europeos volverían a empujarse tras el mostrador de ingreso.
De tener en claro estos objetivos de máxima, cada quien podría apoyar con su voto a los candidatos cuyas propuestas se orienten en la dirección más conducente: aquellos que nos propongan más libertades de todo tipo y menos estatismo opresor.
Tallada en piedra sobre el Monumento a la Bandera en Rosario, Santa Fe, se encuentra la siguiente inscripción:
“Cuán execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución”
Manuel Belgrano
Sentencia que cae como una maza sobre la conducción política sin duda execrable, que a diario ultraja nuestra dignidad nacional, violando en letra y espíritu la Constitución protectora de libertades que nos legaran los Padres Fundadores. Verdadero decálogo para un desarrollo acelerado que, mientras fue letra viva, nos impulsó a la vanguardia del mundo.
Al gobierno argentino no le interesa la competitividad, el aumento de nuestras producciones ni la elevación real (a escala seria, con abundante empleo y altos salarios) del nivel de vida de su gente. No tiene como objetivos mediatos volver a superar a Brasil y México ni recuperar las Malvinas. No desea establecer condiciones de progreso para etnias autóctonas, pobres e indigentes ni promover un clima de concordia, austera eficiencia estatal ni sana cultura del trabajo. No busca que nuestro país sea meca inmigratoria de artistas, creativos, deportistas, científicos, educadores de avanzada, empresarios de punta y capitalistas emprendedores. O de toda mente valiosa y fortuna en fuga, que se sienta oprimida por la máquina de absorber e impedir de su Estado natal.
A nuestro gobierno le interesa antes que nada y como sea, atornillarse al poder para asegurarse impunidad, privilegios y oportunidades de seguir haciendo fortuna. Y en segundo lugar, exprimir y manejar a todo argentino que muestre alguna señal de actividad bajo su (varias veces) fracasado modelo de Estado atropellador, reglamentarismo obtuso y asfixiante presión impositiva. Acciones que, claro, chocan de frente con lo anterior.
A los votantes kirchneristas tampoco les interesan estas cosas. Prefieren la ventaja de corto plazo de un “plan” social, de vivienda o tarifas subsidiadas por “alguien”, de carne de vaca barata y de fútbol codificado “gratis”. Prefieren seguir siendo rentistas estatales como sea, en todo y hasta el fin a costillas de “otros”, con la secreta satisfacción de ver cómo quiebran o sufren vecinos y conocidos que pusieron capacitación y esfuerzo en superar la situación de pobreza que los igualaba. Para esos… ¡leña impositiva por alcahuetes individualistas! El hundimiento de la patria y su traición a los ideales de Belgrano y otros próceres les tiene sin cuidado; asumen muy bien su voto parásito o delincuente.
Por su parte los simpatizantes socialistas, cobistas, pinosolanistas, radicales, aristas y otros que en general dicen querer aquella Argentina de primera, en realidad no la desean.
Ya nadie puede llamarse a engaño sobre los antecedentes de sus candidatos “de oposición” que, cada vez que juzgan, gobiernan o legislan se atropellan en el apuro por regimentar más aún toda actividad productiva o ahuyentar inversiones a través de más quiebres a la seguridad jurídica. Siempre listos al aumento del torniquete tributario, a estatizar lo que se pueda y a sumarse a la inmadura estudiantina de chillidos antiliberales.
Lo que en realidad desean estos votantes es una Argentina pequeña, de cabotaje, pacata y bajo estricto control de un Estado-Papá, donde no despunten grandes negocios, grandes fortunas ni grandes libertades; creativas, personales ni de disposición patrimonial. Pulsiones que desnudan a un gran sector, penosamente mezquino y empantanado en un resentimiento vergonzante que es espejo de su propia cobardía.
La estúpida administración de pobrezas en la que todos estos argentinos están embarcados sólo nos lleva al desastre. Pobreza ética, pobreza de ideas superadoras, pobreza de ambiciones y sobre todo, pobreza de patriotismo nos conducen por una bien merecida espiral descendente cuyo espantoso fondo empezamos a distinguir: decadencia, desesperación, delincuencia, indigencia, desnutrición y muerte.
Es imperioso un cambio mental cualitativo que nos ayude a quebrar esa espiral. Acelerando el despegue y salteando etapas, apalancados por la potencia moral de valores definitorios. Como la decisión de no tolerar violencia social alguna. Como dar preeminencia a las elecciones personales por sobre las imposiciones coactivas. Como volver a confiar en las personas. Como responsabilizar y hacer resarcir sin atenuantes a quien cause daños o perjuicios a terceros o a sus bienes. Como empezando a entender el derecho humano básico "a no formar parte" y el absoluto derecho a decidir a qué organizaciones vamos a aportar, y a qué nivel, para formar parte. Y que bajo reglas contractuales de convivencia inteligente, los ciudadanos gocen de enormes libertades para florecer y desarrollarse como cada uno elija, en un entorno de civilizada tolerancia. En suma, iniciando un camino que democratice el poder de decisión poniéndolo en manos de la gente y quitándoselo a los simios del látigo.
La fabulosa tecnología informática, el imparable avance de las redes de interconexión personales y la fuerza de la economía del conocimiento en este siglo XXI, lo hacen más posible que nunca.
La proliferación de nuevos emprendedores y grandes capitales dispuestos a huir del dirigismo y de la torpe angurria impositiva de los países centrales, nos abren posibilidades únicas. Sólo hay que saber verlas. Logrando la claridad mental y el amor a la patria necesarios para usarlas en beneficio de nuestra población. Porque esto sería pasar a administrar riqueza bajo aquel mismo espíritu constitucional, bien reinterpretado.
En un entorno semejante, no sólo kelpers y brasileños pedirían formar parte de una Argentina en crecimiento exponencial, sino que hasta los propios europeos volverían a empujarse tras el mostrador de ingreso.
De tener en claro estos objetivos de máxima, cada quien podría apoyar con su voto a los candidatos cuyas propuestas se orienten en la dirección más conducente: aquellos que nos propongan más libertades de todo tipo y menos estatismo opresor.
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