Julio 2026
Que
nuestro mundo (o su “sistema operativo”) está en crisis, es algo que ya no
resiste discusión. Y que el entorno planetario de “crisis cruzadas” que signa
nuestra época es algo cada vez más parecido a un caos, tampoco.
En una nota anterior aludíamos a que el caos no es, como lo perciben los estatistas, el infierno de inseguridad, incertidumbre, explotación y miseria al que debemos temer si el anarcocapitalismo libertario llega a imponerse en algún momento del futuro lejano sino la muy real situación de inseguridad, incertidumbre, explotación y miseria que tantísimas personas sufren hoy a causa de desmanejos económicos, recorte de libertades, corrupción sistemática, contaminación, guerras y otras calamidades masivas (atención a esa palabra), debidas en un 100 % al sistema de “Estado-nación monopólico territorial” coactivo y dirigista, que nos rige desde hace unos 250 años con su ingeniería social aplicada.
Un sistema-corset
que desde entonces embretó y definió, década tras década, el cuadro de
situación al que la humanidad ha arribado.
China, por caso, es hoy la muestra viva de un “moderno” Estado-nación con capitalismo totalitario (no hay allí propiedad privada real -la tierra es del Estado- y los líderes de su nomenklatura se autoeligen) que acelera en su feroz capitalismo paraestatal asistido, hacia el avasallamiento comercial de otros Estados-nación para colonizar económicamente e imponer más tarde, bajo el peso de los hechos, su visión política totalitaria a nivel de pax global.
El
más efectivo contendiente sistémico del modelo chino es, claro, el capitalismo
libertario; un sistema coherente en su defensa de las libertades personales
y con el poder de superar desde lo económico -pero sobre todo desde lo ético y
moral- su faz colectivista, desmoronándola intramuros.
Un campeón,
empero, cuya operatividad a escala aún se encuentra en pañales.
La crisis puede verse, entonces, como el revulsivo que estimula el avance de nuevos formatos (libertarios) de organización social, cultural y económica, capaces de conjurar el caos. Se trata de los encuadres que nuestro disruptivo presidente, arrancando desde el séptimo subsuelo y confiando en el Postulado de la Tendencia, intenta establecer a largo y muy largo plazo en Argentina.
Responsabilidad
personal, equilibrio (económico) y virtud ética son los soportes explícitos de
la filosofía libertaria que, en oposición a la fuerza coactiva de la ley
impuesta (ineficiente frente a la más eficaz fuerza del estímulo), garantizan
la armonía social asentada en mérito que es, justamente, el valor
supremo predicado -sobre esas mismas bases- por Confucio, el gran sabio chino
del siglo IV a. C.
Estamos viviendo un cambio de era. Nuestras estructuras institucionales colapsan de manera lenta pero inexorable.
Entretanto
y como reacción visible, occidente se suicida emparchando con protocolos varios
-interesados o naif, lo mismo da- un sistema agotado. Uno de instituciones que sucumben
a su propia entropía de origen, rastreable hasta el absolutismo mercantilista
que dio origen a los actuales Estados-nación, transitando de la diversidad al
monopolio por la senda de la fuerza bruta.
La palabra clave, en el recambio, es aceleracionismo como propone un hoy visionario Peter Thiel (n. 1967, filósofo germano-norteamericano, pero también maestro de ajedrez, abogado y mega empresario).
Frente
a un gigante hostil que acelera doblando su apuesta de control tecnológico, dando
fusta a su sistema de capitalismo sin alma y sin valor para con el libre
albedrío, la propiedad ni la sacralidad de la vida (recordar Tiananmen), la
respuesta debe ser el aceleracionismo.
Hablamos
de la corriente de pensamiento vanguardista (su variante ambiental es el
ecomodernismo) que brega por intensificar sin complejos el capitalismo de libre
mercado y a través de él acelerar el desarrollo de tecnologías avanzadas,
expandiendo los procesos de crecimiento económico y transformación social de
occidente con vistas a superar la ineficiencia sistémica del estatismo y el
primitivismo de su democracia delegativa de masas.
Sería algo así como salir de la ratonera “por arriba” e implica, entre otras cosas, empezar a avanzar en lo que algunos ya denominan la “desterritorialización”.
Porque una parte de este cambio de era es asumir que el aglutinamiento forzoso -básicamente fiscalista- a partir del siglo XVIII de miles de sociedades pequeñas y locales con sus particularidades, en sólo 193 (ONU dixit) grandes Estados-nación, ralentiza y hasta frena hoy la posibilidad de una transformación socioeconómica significativa basada en las libertades individuales. Idea ya propuesta por pensadores de fuste y comentada un poco más in extenso en nuestra nota de divulgación de junio, El Principio del Fin.
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