Crisis

Octubre 2008

El gobierno nacional quedó alineado, como de costumbre, con el nutrido grupo de ignorantes y rezagados ideológicos que siguen sosteniendo los postulados de un socialismo anti-mercado superado por la Historia.
Desde esa lamentable vereda, se regodean con la crisis del norte en una actitud que provoca tristeza y vergüenza ajena, aunque no sorpresa entre los argentinos pensantes. Ese sacarse la careta desnudando las miserias del resentimiento y la propia incompetencia constituye, a estas alturas, algo totalmente esperable de la obtusa dirigencia que nos toca.

Desde luego, lejos está la actual situación de demostrar las “fallas del mercado libre” o el “fracaso del capitalismo” que tanto desean los totalitarios, la mala gente violenta y en general los que quieren vivir a costillas del prójimo.
Demuestra, en cambio, las fallas del estatismo dirigista que asfixia y entorpece (también en los Estados Unidos) la potencialidad creadora y la capacidad de acuerdos voluntarios útiles de los hombres y las mujeres libres. El dueño del colapso financiero es una vez más, claro está, el Estado. En este caso puntual, la admirada administración norteamericana.

La democracia intervencionista que campea en los países del primer mundo en general basa, y supone con notable candidez que las decisiones que toman los gobiernos provienen de personas mayormente sabias y bondadosas que persiguen el bien común.
Sin embargo y a poco que se observen las tendencias naturales en el comportamiento usual de cualquier ser humano, debería asumirse que no funcionan así las cosas.

Esta simple observación empírica... se alza como verdadera “madre del borrego” de la mayor parte de los problemas de nuestro mundo.
Existen y predominan grupos de lobby y de intereses particulares organizados por gente que consigue grandes ganancias a través de la acción del Estado. El interés individual lleva velozmente a la corrupción y a los negociados cuando las personas encaramadas en el gobierno, ejercen su control sobre los muchos resortes obligatorios y “legales” de una economía dirigista como la actual.
Se trata del mismo interés individual que, en un mercado libre, provoca la cooperación benéfica creadora de riqueza.

Los gobiernos, en verdad, generan un “desorden espontáneo” (digamos que no intencional) allí donde intervienen, cual verdadera mano invisible en negativo. El mismo acto de decidir algo para ser aplicado coactivamente sabotea la medición de las preferencias individuales, medición imprescindible para la toma de decisiones económicas racionales (vale decir, buenas para los ciudadanos-consumidores).

Los incentivos para ejercer una administración de gobierno orientada al bien de toda la sociedad, por otra parte, son poco convincentes y efectivos en el mundo real: cada funcionario estatal se encuentra motivado en primer lugar, por sus intereses particulares. Sus eventuales decisiones “sabias y bondadosas” pensando en el conjunto, no le producirían rédito alguno y los descreídos contribuyentes-votantes, cansados de ser burros de pago, tampoco premiarían su sacrificio en el nivel que sería necesario.
Es más; el contribuyente ni siquiera se enteraría.

La crisis que nos ocupa constituye un ejemplo más de los malos actos gubernamentales: la burbuja inmobiliaria causante del colapso en cadena, fue motivada por decisiones de la Reserva Federal (hace no mucho tiempo) de mantener la tasa de interés en el 1 % durante 1 año y de consentir complejas operaciones financieras contrarias al derecho de propiedad.

Esta falsa señal al público indujo decisiones económicas erradas en la adjudicación de créditos hipotecarios. Quedaba así sembrada la semilla del desastre: el intervencionismo en acción, provocando la “falla del mercado”.

El pésimo gobierno actual de los Estados Unidos (igual de intervencionista y dañino que otros anteriores) no nos exime de reconocer la existencia de disidencias y alternativas en esa sociedad. El precandidato republicano Ron Paul lleva años denunciando la crisis del sistema económico y los manejos de la Reserva Federal.
Proponía un programa basado en el gobierno limitado, la libertad de comercio, el no intervencionismo militar, la salida de EE UU de la ONU y de la OTAN, la amnistía de los inmigrantes ilegales e incluso la vuelta al patrón oro. Todo en línea con la Constitución de 1787 y las 10 enmiendas de la famosa Carta de Derechos de 1791, sentencias del más puro liberalismo libertario que hicieron de esa nación el faro económico y moral del planeta.

En nuestra Argentina, las malas decisiones del gobierno (altos impuestos distorsivos, precios controlados, prohibiciones al comercio libre, ataques al derecho de propiedad etc. etc. etc.) provocan también desde hace años, malas decisiones privadas en la asignación de recursos. Consolidando la tendencia hacia un panorama económico esquizofrénico que espanta inversiones de capital restando puestos laborales, mejoras salariales y productividad.

Cae entonces la competitividad del país junto con nuestra posición en el ranking global mientras sectores enteros de la economía (como el campo y la agroindustria) sacrifican inútilmente crecimiento en aras de una minoría de beneficiarios: políticos profesionales, empresarios amigos, sindicalistas acomodados y clientes de la dádiva estatal.
El mundo tiene suerte de que seamos una sociedad necia, periférica, atrasada e irrelevante que solo se cuece en su propia salsa. De otra manera hubiéramos sido causantes hace tiempo, de gravísimos colapsos económicos a la humanidad.

Intervencionismo

Octubre 2008

Últimamente muy nombrada la ONCCA es, por cierto, blanco de fuertes cuestionamientos por parte de los representantes del agro. Sabemos que se trata de un organismo del gobierno cuya función es autorizar los movimientos comerciales internos y de exportación de todo el sector. La sigla significa, justamente, Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario.
Las quejas apuntan hacia esta dependencia estatal, como culpable visible de serios entorpecimientos a la producción a través del manejo discrecional de premios y castigos, autorizaciones y prohibiciones o liberaciones y regulaciones reglamentarias sobre bienes privados a escala masiva.
Aunque no sea la única responsable de la insólita caída en las producciones de granos, carne, lácteos y especialidades regionales, ni de la increíble pérdida de mercados y competitividad que golpean duramente al motor más importante de la economía la ONCCA es, sin duda, otro instrumento “de manual” de nuestra economía centralmente planificada ( totalitaria o socialista).

Se justifica su existencia bajo el argumento del bien común de toda la población argentina: prohibamos la exportación de carne (por ejemplo) para volcar al consumo interno todo lo que hubiese ido afuera. La sobreoferta local hará caer los precios beneficiando a los más pobres. ¡Brillante! Claro que a mediano plazo los que producen terneros quiebran, salen del negocio o reducen su actividad (menos genética, tecnología de insumos, intensificación y cantidades). Queda entonces listo el escenario para un faltante del producto que conducirá a una escalada mayúscula de precios. ¿Importar carne? Imposible porque hasta en Uruguay los precios son (y serán) mucho más altos que aquí. ¡Afuera no comen vidrio!
Resultado: pan para hoy y hambre agravado para mañana. Conclusión: el tan meneado bien común resultó burlado. Procedimiento: la Gestapo totalitaria de la ONCCA dio por tierra con las garantías constitucionales de libertad de comercio y propiedad privada para someter por la fuerza bruta y el imperio del miedo a los productores. Decidió a su antojo sobre cupos de exportación o prohibiciones de faena desechando las señales del mercado (el mercado ganadero fue durante décadas ejemplo de transparencia y libertad en las transacciones privadas) y llevó a efecto, con soberbia, la clásica política peronista de intervención.

Burlar a los pobres hundiéndolos más y más mientras sermonean sobre bien común y distribución de riqueza es la actividad tradicional del populismo igualitario. Poco les importa el destino de los desgraciados que van quedando en el camino o la vergüenza de poner a nuestro país de rodillas también frente a nuestros vecinos, antes más atrasados que nosotros. Lo importante es que la ONCCA (y cada repartición del entero gobierno) sea fuente de privilegios, honorarios, comodidades y eventualmente fortunas logradas desde posiciones de poder que provean oportunidades de decidir a discreción... ¡sobre los bienes y libertades de otros, que a nadie han dañado, engañado ni robado!

Bien sentenciaba la genial Ayn Rand (filósofa, visionaria y escritora, 1905-1982) que cuando los que producen algo necesitan la autorización de quienes no producen nada, la sociedad puede considerarse perdida.

Retornando al pequeño ejemplo de la ONCCA, podríamos guardar la esperanza de un sablazo electoral justiciero (¿a cada Gestapo le llega su Nuremberg?) que invirtiese los términos.
Podría haber una ONACRG, Organización Nacional Agropecuaria para el Control del Robo Gubernamental, con poder de veto sobre cualquier intento de violar la Constitución avasallando la libertad de comercio o la propiedad privada. Intentos de robo cuya consecuencia directa son el freno de la producción, la detención de inversiones y aplicación de tecnologías conservacionistas, la pérdida de mercados de exportación, el aislamiento internacional, el impedimento a la creación y distribución de riqueza genuina mediante trabas estúpidas y el empobrecimiento del interior.

Naturalmente los muy altos impuestos (explícitos u ocultos) aplicados con especial saña contra el agro pero que también castigan a las demás actividades, constituyen un asalto a la propiedad no consentido por los contribuyentes ni permitido por la Constitución.
Junto con los palos en la rueda de dependencias burocráticas como la ONCCA, constituyen un freno extraordinario al crecimiento de nuestro país. Freno a la prosperidad de las comunidades provinciales, al aumento de remuneraciones a empleados de empresas que generen (sin tanta rapiña estatal) más riqueza. E incluso freno al aumento de ingresos al fisco, a través de impuestos “sensatos” como el de Ganancias, ya que las empresas ganarían más. Más empleo real, mejor pago y por derecha.
El actual ciudadano pobre del ejemplo que necesita carne vacuna barata para subsistir con su indigno plan social, con su salario o jubilación de hambre, pasaría a poder comprarla al precio normal de mercado. Como ocurre en el primer mundo. Como corresponde a sistemas sociales que avanzan hacia niveles de vida superiores.

La ONCCA es sólo un ejemplo. Detengámonos a reflexionar sobre lo que venimos avalando, voto a voto, como lo más conveniente para nuestra Argentina.

Políticamente Incorrecto

Septiembre 2008

Los argentinos tenemos una Constitución extraordinaria desde hace 155 años. Mientras su enunciado de derechos y garantías individuales fue letra viva, la Argentina progresó pero cuando aquello pasó a ser letra muerta, (desde hace unos 78 años y hasta el dia de hoy) la decadencia ganó la partida. Un trayecto parabólico de país inexistente a potencia número 7 del mundo y de allí nuevamente a país inexistente. ¿Nos sirvió? No. La Constitución, como queda demostrado en la práctica real contemporánea y por más inteligente que sea, no nos sirve. No tuvo éxito en proveernos suficientes salvaguardas contra los quintacolumnistas que, desde adentro, nos hundieron. Las personas que (aún suponiendo con inocencia la mejor de las intenciones) nos hundieron, pudieron socavar con legalidad aquellos enunciados constitucionales apoyándose en las reglas formales de la democracia.
Esta aseveración horroriza ya que casi todos toman como un hecho incuestionable el que la democracia es la forma ideal de “gobernarnos a nosotros mismos”. La meta definitiva del largo camino de la humanidad en busca de la convivencia social perfecta. No hay nada mejor. ¿O si?
En tal sentido Papá-Estado está siempre pronto al puñetazo rector sobre la mesa de los infantes al grito de ¡la democracia no se cuestiona! ¡prohibido pensar! ¡no hay opciones más que esto o la dictadura! Y es muy entendible que la clase política reaccione así en defensa de sus privilegios.

Porque al fin y al cabo ¿qué es tan fantástico en un gobierno de la mayoría? La mayoría puede ser tan dictatorial sometiendo a las minorías (y la minoría más pequeña es un solo individuo) como cualquier tirano.
La historia está llena a más no poder de ejemplos de personas -más pobres que ricas- explotadas por un gobierno de la mayoría.
Desde antiguo, los filósofos políticos descalificaron al sistema democrático bajo el argumento de que los demagogos usarían y alimentarían las pulsiones egoístas y apropiatorias de la mayoría con el fin de mantenerse en el poder. Tal presunción resultó absolutamente cierta. Como también la advertencia de que tales gobiernos podrían hacer “con justicia” casi cualquier cosa, con el solo requisito de que lo aprobase la consabida mayoría. Hoy resulta normal que las leyes dictadas por gobiernos populistas se acumulen como mera codificación de la injusticia porque su “derecho” es fiel expresión de intereses sectoriales y corporativos.
En palabras del patriota estadounidense Thomas Jefferson: desde tiempos remotos los déspotas utilizan una parte del pueblo para someter a la otra.

Eso si. Podemos votar. Mala suerte si la mayoría vota por quitarle a usted su dinero con la ilusión de repartírselo entre ellos. Su libertad consiste en votar por el candidato que le robe menos, aunque pierda una vez tras otra hasta quedar arruinado. Aunque la estadística demuestre que es más probable que muera camino del comicio a que su voto haga alguna diferencia. ¡Qué le vamos a hacer amigo, son las reglas!
Sin juicio previo ni derecho a defensa, la mayoría podrá castigarlo por vivir en este sistema, sacándole todo lo que crea conveniente a través de la inflación y los impuestos. Semejante penalidad monetaria de por vida difícilmente sería aplicada a estafadores y corruptos de la peor calaña, por corte alguna.

La democracia se basa en dos conceptos: libertad e igualdad.
Sin embargo tanto mujeres como hombres se sienten más atraídos por la igualdad, a la que entienden erróneamente como igualdad moral, de valor, de mérito y mental. El sufragio, que se cuenta pero no se pesa, ayuda a los ignorantes a imponer esta interpretación haciendo posible que cualquier inútil o delincuente resulte electo por una avalancha de votos.
No importa tanto que todos (aún los que no lo votaron) quedemos forzados a obedecer las órdenes insensatas del (o la) inútil, si “somos iguales”.
La libertad, por su parte, promete crecimiento personal y económico aunque con disciplina y sacrificio. Es el camino más gratificante... y el más difícil.
Evidentemente los límites de la democracia no son otros que nuestros límites como sociedad, lo que define como malo y burdamente ineficaz al propio sistema.
Otro grave problema es el inevitable fomento del profesionalismo político. Los funcionarios no buscan resultados a largo plazo con “visión de estadistas” sino resultados rápidos que los posicionen para el próximo puesto en la siguiente ronda electoral.
Su esperanza está en una mejor remuneración y más poder que los habilite con ventaja en el lucrativo negocio de conceder los “favores” estatales a cambio de votos o dineros.
Por desgracia, los resultados rápidos, mágicos, de efecto clientelista inmediato, muy rara vez favorecen al bien común de toda la sociedad, a la creación de riqueza genuina o a la elevación del nivel moral, intelectual y ético de la gente común.
Así planteadas las cosas, es obvio que el “secreto del éxito” de los políticos consiste en mantener el engaño encubriendo bajo la careta democrática el miedo a la libre competencia con que deben someter al pueblo, haciendo que combatan por su esclavitud como si fuese su salvación.

La verdad es que las sociedades crecen a pesar de los Estados y no gracias a ellos.

Saliendo de este momento de grave “incorrección política”, aclaremos que lo que debe esperarse de los argentinos correctos no es, por ahora, que se lancen al desguace de este modelo de reglas primitivas que nos sigue violentando como esclavos.
Es, si, aprovechar cada una de las escasas posibilidades que la democracia con su sistema de partidos nos ofrece, para combatir la corrupción y el avance de la melaza intervencionista en todos los frentes. Es defender sin “peros” la vigencia irrestricta de la Constitución Nacional, hoy seriamente bastardeada.
Es difundir desde la tranquilidad de una conciencia que despertó a la verdad sin cortapisas, el valiente credo de la libertad y de la no violencia.

Hombre Mirando al Norte

Septiembre 2008

Un antiguo aforismo asegura que para el navegante que no sabe adónde va, nunca hay vientos favorables.
Por fortuna, un número creciente de conciudadanos está levantando su vista del suelo y ahora otea el horizonte con creciente preocupación. Notan que el vendaval de cola del precio de los cereales está amainando. Con su ayuda hemos recorrido muchos kilómetros durante días y noches bailando bajo la cubierta. Consumiendo las viandas que había en nuestra bodega.
Pero... ¿dónde estaba el Norte?

El partido de gobierno con la presidente a la cabeza marcha otra vez en nerviosa procesión, a contramano de la Historia.
Millones la siguen por la escalinata descendente, ciegos a un futuro que ya nos cae encima como lápida. Un futuro que, por cierto, no se apiada de necios ni de ignorantes.
En la Argentina 2008 los que no saben adónde vamos, son legión.

La crisis hipotecaria de Estados Unidos y sus consecuencias sobre los mercados financieros marcan, probablemente, el fin de este ciclo de excepción. Una vez más el peronismo dejó a la Argentina parada en la estación y a sus habitantes varios escalones más abajo en el ranking mundial de nivel de vida.
Perdimos otra vez el tren. Otros 5 años de ineptitud y falta de visión, de lo peor del populismo demagógico, torcieron el brazo a la Argentina productiva forzándola a resignar más y más espacio a nuestros competidores. Desperdiciando con inteligencia cero un lustro de increíbles oportunidades de crecimiento sinérgico que nos hubieran colocado en ventaja y a las puertas del desarrollo.

Más allá de esta asombrosa irresponsabilidad “coyuntural”, sin embargo, la dirigencia gobernante sigue sin comprender dónde está el norte de mediano y largo plazo.
La interdependencia de los pueblos es cada vez mayor.
El comercio y los negocios, la banca y los servicios, las culturas y los códigos se integran a lo largo del planeta a velocidad de Internet. Crece una conciencia de humanidad global, un sentimiento de destino compartido, protección ambiental inteligente y de multiculturalismo imparable, al ritmo acelerado de las comunicaciones, la tecnología y los avances científicos.
La medida de la mejora en el nivel de vida de la gente se corresponde con lo que cada sociedad sea capaz de exportar, intercambiar, aprender y adaptar con eficiencia a su entorno de ventajas comparativas.
Las viejas fronteras nacionales crujen, incapaces de frenar los desplazamientos de bienes y personas, de arte y electrónica, de turismo y religiones, de idiomas y modas juveniles, de videojuegos e ingeniería genética. Y también de pobrezas innecesarias y riquezas al alcance de comunidades de ojos abiertos. Los gobiernos empiezan a verse superados por la rapidez de los cambios, con sus costosos reglamentos, prohibiciones y controles burocráticos muchos pasos por detrás del ritmo de adaptación social. Las necesidades van en avión y las instituciones en carreta. El fastidio de la gente con la inoperancia “oficial” en cientos de cuestiones diarias semeja el efecto gradual de una olla de presión con tapa roscada.
Los Estados-nación van por el mismo camino de obsolescencia y paquidérmica ineficacia que caracteriza a pesadas organizaciones inter-estatales como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario o la OTAN. Los aguarda el mismo destino de los dinosaurios.

El mundo es uno solo y la especie humana también. Los retrógrados racistas que no comprenden que la globalización vino para quedarse, que todavía se oponen al intercambio libre y creciente, sostienen una causa perdida. Tan miope como ruin.
La nueva economía del conocimiento domina el nacimiento de esta era post-industrial. Las fábricas y las manufacturas siguen estando, claro, pero ocupan ya un segundo plano en el mapa del poder, la riqueza y la influencia de los pueblos.

Cabrán retrocesos parciales; dos pasos adelante y un paso atrás, pero la tendencia de largo plazo es (por suerte para los honestos) inmodificable.
Lo pequeño va prevaleciendo sobre lo grande, lo especializado sobre lo masivo, lo creativo sobre lo rutinario y lo libre sobre lo coercitivo tanto como la inteligencia sobre la necedad ideológica.
La diversidad crece, poderosa y fecunda. A la par, los derechos del individuo ganan en todos lados espacio e importancia a expensas del viejo igualitarismo obligatorio de los colectivistas, en un avance mental cualitativo de importancia incontrastable.
Hacia fines de este siglo, es muy probable que la interacción de tendencias como las arriba apuntadas nos haya llevado a la abolición de límites territoriales y Estados tal como hoy los conocemos. Será otro mundo, por cierto. ¿Estamos preparados?

Nada de esto se ha asumido aquí en profundidad y no existe plan alguno para alinear con visión de estadista a nuestra Argentina en las “reglas para el éxito” del siglo XXI. Al contrario. Es obvio que el tema supera a esta dirigencia, que tiene puesta la prioridad en sus finanzas familiares.

Nuestra sociedad sigue siendo capaz de adaptarse a lo que viene, pero no con este sistema de manos atadas a la espalda. Con la melaza socialista a la cintura no podemos competir en esta maratón, donde se juega la opción de que nuestros hijos dejen un día de ser esclavos trabajando duramente para burócratas y parásitos. Sean estos nativos o (en el futuro) extranjeros.

Nuestro Leviatán *

Septiembre 2008

Sacudamos nuestra modorra mental y seamos “políticamente incorrectos” derribando algunos tabúes. Al menos por un rato.

Ninguna invención humana como la institución del Estado ha sido tan mitificada, sacralizada, idealizada, reasegurada y machacada como inevitable e imprescindible.
Con ningún otro preconcepto se ha intentado un lavado de cerebros tan persistente durante tanto tiempo sobre hombres y mujeres procurando persuadirnos de su necesidad, en oposición a convenientes imágenes de caos, anarquía, depredación y salvajismo. Inculcándonos desde la más tierna infancia la “razonabilidad” de respetar y apoyar activamente la moralidad y supremacía del Estado.

Un dato objetivo -probado a través de la historia- es la tendencia natural del ser humano hacia la obtención de poder para asegurar la provisión de dinero con el que comprar placeres, lujos y honores.
En cualquier escala, a más poder, más dinero y satisfacciones.
Otro dato objetivo -y probado- es el reiterado logro de este objetivo por parte de minorías que lo consiguieron, aferrándose a superestructuras de dominio sobre una determinada (y arbitraria) área geográfica, conocidas comúnmente como Estados.
Un tercer dato objetivo es la evidente conveniencia que, para esa minoría, tiene el mantenimiento de esta superestructura que detenta el monopolio del uso de la fuerza, del dictado de reglamentos y del cobro de tributos en forma coactiva. Y del apoyo a las instituciones internacionales que reaseguran, “reconocen” y refuerzan la potestad de los miembros de la cofradía de naciones-estado para seguir usufructuando de sus rentables monopolios extractivos individuales.

La existencia del Estado es, así, perfectamente entendible y muy deseable para este grupo de personas inclinadas a vivir y prosperar a expensas del esfuerzo ajeno, manteniendo siempre (en un aceitado sistema de postas electorales) los garrotes en alto.

A caballo de estos datos reales, a esta altura del siglo XXI , del avance de la civilización y la decadencia de nuestra nación, cabe a la gente pensante el deber de “quitarse el chip” de la nuca. De abstraerse del estereotipo vulgarmente aceptado deteniéndose a reflexionar con independencia sobre esta cuestión básica. Cuestión que desde luego afecta en forma muy grave a nuestra Argentina actual pero afectará más aún a futuro la vida de nuestros hijos y nietos.

Saquemos a la luz del sol lo que todos sabemos y tragamos. El actual Estado-nación es un gigantesco peso muerto que obstruye el crecimiento económico, las libertades y los derechos civiles tanto como las soluciones eficientes y de sentido común en todas las cuestiones en las que interviene.
Nuestra patria constituye, en tal sentido, un perfecto “ejemplo de manual”. De cómo el crecimiento de las regulaciones y prohibiciones ad infinitum, del torniquete impositivo, del fascismo sindical, del “empresariado” corrupto y protecto-dependiente, de la “inteligentzia” cobarde (docentes, intelectuales, artistas, periodistas etc.) cobijada al calor estatal, del paleo-nacionalismo militar y de cómo el uso clientelista del hambre y la desesperación así provocadas, quebraron el espinazo de un gran país.

El Estado ha sido en verdad el enemigo común de la humanidad.
Es la mayor fuente de violencia, freno a la creación libre de riqueza y narcótico que desbarata la maduración colectiva, el cuidado ambiental y la cooperación voluntaria, a escala mundial.
Sus intelectuales-clientes han contribuido por siglos adoctrinando en la creencia de que sería traición o locura no respetar el “contrato social” (que nadie firmó) de obediencia al gobierno, al soberano legítimo. Banderas, condecoraciones, pactos solemnes entre algunos individuos, himnos, ceremonias y rituales vistosos, marcial defensa de fronteras -todas artificiales y xenófobas- físicas, raciales o culturales y tantos otros símbolos de división nacionalista, inculcados para revestir de legitimidad a la minoría beneficiaria.
Algún día la gente simple comprenderá porqué Albert Einstein definió al nacionalismo como “el sarampión de la humanidad”, una enfermedad ciertamente infantil.

Se dirá: pero ¿puede una sociedad funcionar sin Estado, sin soberano, madurando hacia la adultez sin ese papá sabelotodo mezcla de bonachón y golpeador?
La respuesta es que no solo es posible sino que ya fue demostrado en la práctica. Vaya para ello tan sólo un ejemplo real: Irlanda, el país que está hoy en boca de todos. Porque bajando decididamente los impuestos, derogando trabas burocráticas, liquidando sobrecostos laborales y dando relativa rienda libre a la iniciativa individual pasó de eterna cenicienta de Europa a tigre regional. Encabezando los rankings de crecimiento y prosperidad popular mientras se posiciona velozmente como nueva potencia emergente del mundo globalizado.
Tal vez no por nada los irlandeses se encuentren hoy camino al estrellato. Durante unos 1.000 (mil) años y hasta su brutal sometimiento a las armas inglesas en el siglo XVII , la isla de Irlanda prosperó sin Estado alguno. Constituyeron una sociedad sumamente compleja, erudita, civilizada y la más avanzada de la Europa de su tiempo. Unidos en comunidades voluntarias respetuosas de los derechos del prójimo, conformaban unidades territoriales delimitadas por la extensión de las tierras de sus integrantes, quienes eran libres de permanecer en esa comunidad o unirse a otra vecina. Una vez al año elegían a un representante religioso para que presidiera los ritos (pre-cristianos) y asambleas donde se decidían cuestiones generales. Dicho líder no era soberano de nadie, no podía dictar leyes ni impartir justicia siendo que la ley se basaba en un cuerpo de tradiciones transmitida por juristas profesionales, elegidos en cada caso particular por las partes en litigio. Las condenas se aplicaban a través de un sofisticado sistema de seguros, compensaciones, castigos y garantías privadas en el que todo ciudadano estaba comprometido so pena de ostracismo.
¿Qué tal esos celtas? Todo sin un gobierno coercitivo y territorial obteniendo sus ingresos por la fuerza mediante el monopolio de las armas.

Señoras, señores, tenemos al zorro dentro del gallinero.
Existen desde luego muy modernos sistemas alternativos estudiados por personas inteligentes que aman la no violencia, la libertad, la prosperidad, el mutuo respeto y la paz. Que ofrecen tecnología sin tecnocracia, crecimiento sin contaminación, libertad sin caos, ley sin tiranía y defensa de todos los derechos personales sin discriminación. El estatismo, el igualitarismo y la uniformidad compulsiva, la supremacía del Estado sobre el individuo... no son la única opción.

Optemos en cada decisión cívica y docente de nuestras vidas por no transigir con la violencia. A no aceptar en ningún caso la declaración de derechos que, para ser cumplidos, necesiten de la existencia de un grupo de personas explotadas a las que se obliga a proveerlos.

* Leviatán: monstruo bíblico devorador de hombres.

Educación Pública

Agosto 2008

Millones de alumnos sufren en estos días las consecuencias de reiteradas huelgas docentes en la provincia de Buenos Aires. Maestras y profesores protestan contra el gobierno por sus magros salarios, negándose a trabajar.

Nótese que casi nunca los reclamos son por los contenidos o por la cantidad de días de clase.
Cualquiera puede observar el grave déficit en la enseñanza de valores (honestidad intelectual, cultura del trabajo, respeto del derecho ajeno, responsabilidad individual frente a la decadencia argentina etc.). O en la duración de nuestro ciclo lectivo en comparación con las sociedades de civilización avanzada a las que deseamos emular, alcanzar y superar.
Las quejas se centran en la incapacidad del Estado para resolver la ecuación económica que logre sueldos atractivos y jubilaciones dignas para los trabajadores de la educación.
Un mantra con visos de autismo, que se repite desde hace décadas porque quien pretende resolver el problema (el Estado) es precisamente el problema.

Los impuestos que nos quitan contra nuestra voluntad han tenido una tendencia creciente y se encuentran en la actualidad en niveles muy elevados para toda la población, cualquiera sea el modo en que se los mida (un obrero entrega más del 33 % de sus escasos ingresos entre impuestos explícitos y ocultos; un comerciante, más del 51 %).
Aún así, el dinero no alcanza para pagar a los docentes lo que con justicia merecen. ¡Ellos son sólo uno de los incontables gastos del Estado, que de por sí arrastra enormes deudas y déficit operativo crónico!

La respuesta peronista provincial será, una vez más, aumentar la presión tributaria (ya están pensando subir aún más los Inmobiliarios urbano y rural) además de aprovechar a fondo el impuesto inflacionario creado por el gobierno nacional.
Es una mala respuesta porque la Argentina que todavía produce se encuentra próxima al estallido de una rebelión fiscal y no parece dispuesta a seguir con una escalada de aprietes y exacciones que nos acerque cada día más al “paraíso” castrista.

La respuesta inteligente es que los docentes deben cobrar más que la pequeña mejora que les ofrece el Estado, y los ciudadanos contribuyentes deben tributar una menor proporción de sus ingresos. Y que al cabo del tiempo, los maestros y profesoras con mayor vocación, preparación y eficacia en la enseñanza cobren mucho más mientras que las personas que no utilizan el servicio educativo, no paguen nada. ¿Es posible? Desde luego. Pero antes debe entenderse algo: como en casi todos los problemas sociales, el Estado es el impedimento; el gran estorbo, el gran ladrón que impide por la fuerza de su codicia y estupidez las mejoras en nivel de vida y oportunidades, sobre todo, de los que menos tienen.

El sistema actual, maniatado entre un anticuado “estatuto docente” y la “máquina de impedir” estatal con su fárrago reglamentarista, se hunde haciendo agua por todos lados.
La otrora ejemplar educación argentina se ahoga en un mar de atraso tecnológico, precariedad edilicia, escasa oferta diferencial para padres que quieren “otra cosa”, salarios indignos, planteles burocratizados, colegios privados anémicos y subsidiados, programas desactualizados con respecto a un planeta que se globaliza velozmente al compás de la moderna economía del conocimiento y otras mil rémoras.

Es hora de salir de este pantano de sesenta años, saltando hacia un futuro creativo, poderoso, original, donde nuestra patria vuelva a marcar el paso adelantándonos al resto del mundo.
Para relevar al Estado de obligaciones que no sabe, no debe ni puede cumplir habría que acordar un plan gradual de algunos (pocos) años con objetivos como:

a) Transformar cada escuela pública posible en una institución privada de tipo cooperativo, donde el plantel directivo y docente asuma todas las responsabilidades, decisiones empresariales y de oferta educativa que considere más apropiadas. Incluyendo las de fijar su directorio, sus propias remuneraciones o decidir sobre sus sistemas de seguridad social, salud y agremiación.

b) Bajar del presupuesto educativo (tanto a nivel nacional como provincial o municipal) las importantes partidas relativas a todo el gasto burocrático y operativo que ahorre la reconversión citada. El Estado sólo fiscalizaría que se cumplieran contenidos básicos de mínima.

c) Con el presupuesto disponible así fortalecido, repartir todo el dinero, mensualmente, entre los padres cuyos hijos dependan total o parcialmente para su educación del sistema público, mediante algún sistema de pago electrónico que no pueda usarse con otro fin.
Los padres podrían elegir en qué institución inscribir a sus hijos, aplicando el crédito mensual al establecimiento que mejor interprete sus ideales, sean estos de tipo cultural, idiomático, religioso, ideológico, étnico etc.
El crédito podría ser considerable, dándose las condiciones descriptas. De tal manera, la misma escuela que antes dependía del gobierno, con los mismos alumnos de antes, dispondría de un mayor ingreso mensual ahora libremente administrado por sus nuevos dueños.

d) Las cooperativas tendrían libertad para fusionarse o asociarse entre sí o con instituciones de otros países, estableciendo convenios y proyectos de todo tipo con fundaciones filantrópicas, universidades, empresas comerciales o bancos y organismos argentinos o extranjeros a criterio de su dirección.
Con creatividad aplicada a pedagogías de punta, investigación, inserción laboral o universitaria. Decidiendo también sobre los programas de estudio, más allá del mínimo establecido.
Sacudidas las obsoletas trabas operacionales y programáticas tanto como las paralizantes regulaciones sindicales, una enorme cantidad de escuelas básicas, medias y superiores pasarían a ser rentables, compitiendo por los alumnos, posibilitando fuertes mejoras salariales y buenas ofertas laborales con prestigio jerárquico para los docentes que tengan vocación de progreso.

e) La mayor parte de estas nuevas instituciones estarían en condiciones de abonar al Estado un moderado alquiler por las instalaciones originales, fondo que el gobierno aplicaría para subsidiar aquellas escuelas que por motivos de distancia, pobreza o escasa cantidad de alumnos no pudieran financiarse solas.

Resulta lógico presumir que un gobierno con el coraje de poner al sistema educativo en una senda de avanzada como esta, también lo tendría para liberar las enormes energías creativas de nuestra nación en otros órdenes, como el económico, o de los sistemas judiciales y de seguridad por ejemplo.

Una Argentina que rompa las cadenas de sus temores adolescentes y se lance a un crecimiento explosivo, como sin dudas podría darse en el actual contexto internacional, generaría y distribuiría riqueza y bienestar a una escala asombrosa.
En ese marco, el aporte Estatal al presupuesto educativo disminuiría muy rápidamente a medida que los padres dejaran gradualmente de necesitar el crédito escolar y empezaran a pagar por sí mismos una buena educación para sus hijos al costo real de mercado, como ocurre hoy con los mejores colegios privados.
Eso sería, a años luz de lo actual, verdadera “igualdad de oportunidades” para todos.

Divididos

Agosto 2008

Al igual que muchos otros pueblos -aunque impiadosamente visible tras la rebelión fiscal de Marzo- los argentinos estamos divididos.
De la boca para afuera la división es tenue; casi cuestión de detalles superficiales. Pero dentro de nuestras conciencias, la verdad sin anestesia es muy diferente.

En apariencia, salvo antisociales y dementes, todos están de acuerdo en aspirar a un modelo de país donde impere en serio la no violencia, el respeto al prójimo, a su propiedad, a sus opiniones y a su libre elección de forma de vida. Con libertad de comercio, de prensa y de circulación. Que haga fácil y generosa la solidaridad constructiva con los menos favorecidos tanto como el cooperativismo social y de negocios. Que logre afianzar la sensación general de que todo delincuente recibirá sin excepciones el castigo que se merece. Donde el trabajo honesto vuelva a ser paradigma ético y sinónimo de progreso económico.
Y que con todo eso en vigor, asegure para quien lo desee una educación de excelencia, un sistema de salud moderno e inclusivo y una seguridad social de largo plazo con fondos a salvo del saqueo estatal, tan solvente como justa y atractiva para quienes con sacrificio realizaron sus aportes.

Las diferencias de opinión acerca de estas aspiraciones básicas son, como dijimos, de detalle o de forma. Todos dicen querer esto.

Los argentinos, sin embargo, se dividen en dos clases de personas. Por un lado están quienes desean realmente vivir con honestidad de su trabajo, respetando los derechos del semejante sin engañar, trampear ni robar y renunciando a iniciar forma de violencia ni amenaza alguna contra quienes no los agredan. Sin importar por qué partidos o candidatos hayan votado en el pasado, este grupo reúne a la mayor parte de la población. Mujeres y hombres de conducta honrada, respetuosa, pacífica, sensible al dolor ajeno y con un recto sentido de lo que es ético, de lo que es moral y de lo que es justo. Son la “gente buena”, que todos conocemos.

Y por otro lado está la minoría de quienes no lo desean.
Estos últimos aspiran de palabra al modelo social aceptado por todos y descripto más arriba pero no aceptan en su fuero íntimo renunciar a vivir del esfuerzo de otro, a engañar, trampear, robar o amenazar con la violencia a quienes no los han agredido, para conseguir sus objetivos por la fuerza. No aceptan respetar los derechos del prójimo (en especial el de propiedad) ni su libertad de elegir con cuánto desean contribuir para sostenerlos, sin trabajar en algo que sea productivo para la sociedad.
Se trata de mujeres y hombres que no se atreven a confesar en público sus malas intenciones, ni a apoyar el revólver contra la nuca de un comerciante. Utilizan en cambio el cuarto oscuro a modo de arma para elegir a los sicarios que ejercerán coacción y robo en su representación. Amparados en el anonimato procuran dar rienda a sus deseos, vicios, conveniencias, odios y en ocasiones al acceso a fortunas, a costillas del duro trabajo productivo de otras personas.

Pisoteando preceptos constitucionales clarísimos, esta minoría lo ha logrado una y otra vez en Argentina con breves excepciones durante los últimos 78 años.
Los resultados están a la vista. Nuestra nación está hoy vencida, de rodillas frente a un mundo que nos pasa por arriba riéndose entre dientes de nuestra ciega estupidez.
Ha sido posible mediante el accionar inescrupuloso de algunos militares, intelectuales, mafiosos con grupos de choque, pseudo-empresarios, pseudo-educadores, vividores políticos profesionales, artistas o deportistas que oficiaron de “idiotas útiles” e incluso de religiosos. Grupos relativamente poco numerosos pero con gran ascendencia sobre la “gente buena”. Con dinero, prestigio, autoridad en algún tema, posiciones de poder o bien con cruel inteligencia y facilidad de palabra para convencer a millones de mentes sencillas sobre la “conveniencia” de votar su sistema. El sistema populista que les aseguró siempre (a ellos y a sus clientes) posiciones de ventaja. Porque las personas que en su fuero íntimo no quieren dejar de agredir a los honestos son las que viven de la mayoría trabajadora mediante subsidios e impuestos a discreción, ventajas monopólicas, prohibiciones selectivas, inmunidades legales de facto, jubilaciones o salarios de privilegio, nepotismo y las más amplias posibilidades de corrupción. Quedándose con el agradecimiento popular sobre caridades realizadas con dinero ajeno, para tapar desaguisados que les son propios. Y lo que es peor: hundiendo cínicamente a la República Argentina entre mendacidades, obcecaciones e irreparable pérdida de oportunidades, entre otros graves errores que bien podrían calificarse como verdaderos crímenes de lesa patria.

Superar esta división obligando a ganarse el pan a los deshonestos que frenan nuestro despegue es un objetivo cívico de primer orden. Desenmascarar ante la gente buena y sencilla a los aprovechadores que se turnan para succionar sus energías vitales empujándolos a la pobreza como frutas exprimidas, un deber patriótico ineludible.

Terrorismo Intelectual

Julio 2008

Lenta y solapadamente va cundiendo en la opinión pública una interpretación torcida de conceptos complejos como redistribución de la riqueza, combate a las diferencias de ingresos, inclusión social con crecimiento, reparto equitativo de la renta o el más básico los bienes del país son de todos.
No es necesario ser perspicaz para identificar un claro terrorismo intelectual de Estado ejercido hoy como estrategia de ataque a la propiedad, orientada a un paciente lavado de cerebros.
Se la lleva a cabo desde diarios y editoriales varias, estrados judiciales, universidades, televisión, escuelas, manifestaciones musicales y visuales, desde la Iglesia e incluso desde organizaciones empresariales. Estrategia que consiste en confundir a mentes poco avisadas con la infantil y pegadiza idea de que el Impuesto decidido por mayorías es la herramienta irreprochable, y el reparto a discreción del dinero obtenido, la faena natural del gobernante.

Las enseñanzas de Milenios de pobreza, violencia sobre el manso, miedo y sojuzgamientos; más siglos de dura experiencia en la evolución de la ciencia económica y del respeto por los individuos y décadas de arrollador avance tecnológico y productivo son arrojadas por la borda en esta Argentina que involuciona en majada hacia un simplismo lobotomizado.
Porque la faena de los gobernantes (si asumimos querer ser no violentos, respetuosos del prójimo, honrados y tolerantes) de ningún modo es quitar dinero a mansalva y obstruir libertades económicas por la fuerza para repartir dádivas, desgravaciones y subsidios con los que controlar votantes o funcionarios. Ni propiciar obras que dejen cometas, beneficiar a “empresarios” amigos del poder o estatizar funciones y empresas con cargo al Tesoro nacional, entre mil y un ejemplos de nuestra diaria realidad.

Su faena legítima, la única que justifica de alguna forma su existencia es sostener con férrea determinación la seguridad jurídica bajo el imperio de la Constitución, usar la fuerza para defendernos de la delincuencia o de agresiones externas y proporcionar una base subsidiaria de asistencia, salud y educación públicas, manejándose con estricto control y austeridad republicanos. Ya que dejando a un lado prejuicios primitivos y prestando acuerdo a una vieja sentencia, a pocos escapa que todo lo que el gobierno hace puede ser clasificado en dos categorías: aquello que podemos suprimir hoy y aquello que esperamos poder suprimir mañana. Y que la mayor parte de las funciones gubernamentales pertenecen al primer tipo.

Un gobierno pequeño pero honesto e inflexible en el cumplimiento de aquellos deberes esenciales garantizaría todo lo que el actual gigante, obeso de matonismo, corrupción y voracidad no logra: inversiones en enorme escala, re-inmigración calificada, fuerte innovación y creatividad empresarial, inserción exitosa en lo mejor de la globalización, multiplicación geométrica de nuestras producciones y saldos exportables, grandes aportes privados orientados a educación, capacitación laboral e investigación de punta y lo mejor de todo: reducción rápida y absoluta de pobreza y desocupación a través de trabajos reales (no subsidiados) con salarios de primer mundo que construyan la dignidad perdida, para millones de jefes de familia.

Más sociedad creando riqueza y menos Estado esterilizándola. Más reinversión y menos apropiación. Más libertad de comercio y menos regulación paralizante. Más confianza en la capacidad argentina y menos odio prejuicioso. Más apuesta a la moderna economía del conocimiento y menos fichas para sistemas de gestión paleolíticos que vienen fracasando desde hace tres cuartos de siglo. En suma, más propietarios y menos proletarios.

Sólo entonces comprobaremos que redistribuir riqueza significa reinvertir las ganancias en la propia comunidad. Que las diferencias de ingresos no tienen la menor importancia mientras el progreso económico sea evidente en todos los estratos sociales. Que la inclusión social con crecimiento únicamente se consigue dentro de una economía libre, impetuosa en la generación de dinero honesto. Que el reparto equitativo de la renta se corresponde con el reparto equitativo del mérito, la capacitación y el esfuerzo personal dentro de un sistema que premie al que trabaja con limpieza y repudie al que viva del tráfico de influencias sin producir nada. Entonces tendremos en claro que ni la tierra ni las empresas son “de todos” sino que son de sus legítimos propietarios, que pagaron por ellas y que por ellas tributaron ingentes cantidades de billetes en beneficio de toda la sociedad.
Atacar el derecho de propiedad privada como hoy se lo ataca en nuestro país implica serrucharnos las piernas, impidiéndonos descontar la distancia que otras sociedades nos sacaron.

Pueblos como el nuestro, que se creen inteligentes, acotan los derechos de propiedad rebanando la renta empresaria más eficiente para subsidiar el consumo y la sustitución de importaciones. No así los pueblos inteligentes.
No otra es la explicación a las diferencias en nivel de vida que se observan al cabo del tiempo, entre países como Nueva Zelanda y Uganda.

Estado

Julio 2008

Resulta aleccionador para muchos el hecho, hoy claramente visible, del avance del Estado sobre vidas, ahorros y propiedades. Vuelta tras vuelta, la tuerca colectivista va desangrando nuestra libertad de comerciar, de “ejercer toda industria lícita” o de disponer de nuestro patrimonio entre muchos otros atropellos. Exigiendo a grito de orden y golpe de vara un genuflexo alineamiento, indigno de hombres y mujeres libres.
La violenta trituradora impositiva. El control cada día más cerril del movimiento de los negocios privados. La adscripción del gobierno y sus clientes a la regresiva (y delincuencial) teoría de expropiar la renta a quienes la ganaron trabajando y arriesgando su capital, para mantener parásitos y enriquecer “empresarios” avivados, alimentando el reparto discrecional más corrupto. El vil propósito de someter y disciplinar al independiente a través de subsidios o amenazas. La turba del gulag stalinista otra vez intimidante con sus trapos rojos en alto. El antifaz de una democracia reducida a cáscara hueca y cartón pintado.

Todo está cruelmente a la vista. Caminamos hacia nuestro propio paraíso totalitario. Y su consecuencia: los más desprotegidos son condenados sin piedad a la hoguera de un estatismo obtuso, polvoriento de desactualización que frena la reinversión de las ganancias empresarias o el ingreso de capitales, dinamita la competitividad nacional y corta las piernas a la innovación productiva de los argentinos. Únicas puertas de salida a su pobreza. Únicas puertas de ingreso a su prosperidad.

Resulta aleccionador para muchos porque este nuevo desaguisado en proceso abre la cabeza a reflexiones superadoras, a pensamientos más elevados -y hasta utópicos- que pueden obrar como estimulante con la mirada puesta en un futuro mejor. Alejándonos con la mente del actual marasmo socialista y del reverso de su moneda: el Estado vampiro, que se nutre de la energía social.

El verdadero rostro de este succionador de sangre es el de la calavera. Los Estados causaron durante el siglo XX un total de 207 millones de muertes: 30 millones en guerras internacionales, 7 millones en guerras civiles y 170 millones de personas aniquiladas por oponerse a los designios de los gobernantes. De estos últimos, 62 millones en la Unión Soviética, 45 millones en China, 21 millones en Alemania y 42 millones más en diversos puntos del globo (“trabajos” como los del Che Guevara con Castro, Pol Pot, Idi Amín, Mugabe, Milosevic etc.). Los afortunados que conservaron la vida debieron sufrir y sufren, por su parte, expoliación, sumisión, opresión y temor constante.

El Estado ha sido hasta hoy (y lo seguirá siendo), la máquina de matar, robar y oprimir más perfecta y efectiva.
Cuidado: el terror es la naturaleza misma de la revolución socialista y nuestro gobierno ha demostrado ser particularmente afecto a esta cobarde “herramienta”. Preparando pacientemente el sitio con un socialismo a medias para que otros –o ellos mismos- vengan luego a aplicarnos un socialismo completo. Por las buenas o por las malas.

Lo correcto, lo no violento, lo justo, avanzado y pacifista consiste en empezar por impugnar la existencia misma del Estado, un mal innecesario y peligroso que inicia las agresiones de modo sistemático. Agresiones (económicas, por ejemplo) contra quienes no dañaron ni agredieron a nadie. En realidad no se trata sino de una banda de aprovechadores afianzando su bienestar y seguridad a través del expediente de restringir la libertad y la propiedad de los demás. Una mafia -con su propio blindaje legal y códigos de lealtad- que detenta el monopolio del uso de la fuerza y, claro, del cobro de impuestos.
Porque, señores, quienes están en el gobierno no son más que seres humanos. Hombres y mujeres comunes y corrientes. Con los mismos defectos y deseos de todos. De ningún modo abnegados superhéroes o santos y santas con una moral superior al resto. Tampoco especialmente inteligentes. Ni siquiera conocen bien su trabajo.
Igual que cualquier obrero o empresario, el alto funcionario aspira a llevar su bienestar tan lejos como pueda. La diferencia está en que el obrero y el empresario no pueden recurrir al uso de la fuerza ni a promesas que queden incumplidas. Ellos deben afrontar a diario la aprobación del gerente y de los clientes, satisfaciendo sus expectativas.

Los estatistas, por su parte, tratan de hacernos creer que la democracia tal como está planteada es la competencia en el mercado político. Mas la competencia es buena sólo en la producción de bienes, no de males. La competencia para elegir al mejor delincuente, asesino o mentiroso nunca beneficia a la gente honesta y trabajadora.
Las elecciones, así, son una gran mascarada donde los políticos subastan anticipadamente entre sus clientes, los bienes que robarán a otros cuando accedan al poder.
Claro que la ficción de que todos traten de vivir a costillas del prójimo revela su falsedad en el hecho de que nueve de cada diez de estas promesas de ventaja fácil queden sin cumplir. Y que la décima beneficie casualmente a los gobernantes y sus “amigos”.

El camino de toda persona libre, bienintencionada y pensante es el que conduce a nuestra sociedad hacia las metas de un Estado mínimo primero y de ningún Estado en absoluto al final. Final utópico que podría no llegar pero que sirve como fuente de luminosa inspiración.

Ausencia de Estado monopólico no significa anarquía, ciertamente. Muy por el contrario, supone el perfeccionamiento gradual de estructuras de ordenamiento cívico en red, mucho más justas y democráticas. Grandes redes de contratos voluntarios. Interconectadas, complementarias y compatibles en todas direcciones, que vayan desarrollándose a lo largo de años o décadas en un marco de evolucionado respeto a la propiedad e iniciativa privadas. Ofreciendo servicios de todo lo que la gente necesite a medida que el Estado deje libre el vasto campo de acción que nunca debió ocupar ni corromper.
Oferta de servicios que proveería rápidamente y con lo mejor de la iniciativa mundial a la exigente demanda social de seguridad, justicia o educación, por ejemplo. A costos inferiores a los que provee el ineficiente y coercitivo Estado actual, que los cobra a través de pesados impuestos cargados sobre cada cosa que tocamos. Generando en poco tiempo una riqueza explosiva, con inversiones que centupliquen las actuales y una asombrosa distribución de beneficios en trabajo, salarios, innovación y oportunidades.
Con la tecnología de sistemas actualmente disponible podrían prosperar redes de comunidades “autónomas” (virtuales o no), integradas voluntariamente a toda la oferta de bienes y servicios que sus integrantes consientan. Incluso comunidades socialistas donde sus integrantes (presuntamente todos los que hoy se dicen progresistas) compartan solidariamente sus propiedades, ahorros y libertades viviendo sus convicciones sin robar ni agredir a nadie. ¡La no violencia en acción!
No hay guerras, opresiones ni bravatas amenazantes cuando no hay Estado que pueda costearlas con plata y sangre ajenas. Porque aventuras fútiles y costosas como esas difícilmente hallarían financiamiento voluntario, excepto en casos de prevención y defensa frente a agresiones reales.

Tal el breve pantallazo de un futuro posible sobre el que muchos hombres y mujeres inteligentes vienen trabajando desde hace tiempo. Tal la enorme distancia que debemos acortar. Tal el norte que debe guiar, desde la educación de nuestros hijos al cumplimiento de nuestras actuales obligaciones cívicas. Tal el concepto más civilizado de las palabras libertad y responsabilidad.

El siglo que pasó (donde permanece anclado nuestro gobierno) ha sido del poder estatal, de los Hitler, Stalin, Castro; del dominio que surge del fusil. Con menos confusión mental y un poco de suerte, el siglo XXI puede ser el siglo del hombre libre.

La Verdad Desnuda

Junio 2008

La actual crisis del gobierno, enfrentado a la rebelión fiscal del sector más competitivo (y más cargado de impuestos) del país y a la “rebelión de los mansos” por hartazgo ciudadano ante el matonismo, está actuando como revulsivo mental sobre millones.
Preguntas que pocos se formulaban, están hoy en la reflexión íntima de todos los argentinos. Tanto de los honestos como...de los que apoyan el par coerción y apropiación.

¿Hasta dónde es lícito, moral... inteligente, sacarle la ganancia reinvertible de dinero -por la fuerza- a alguien que lo gana trabajando honestamente para “redistribuirlo” a quien no lo ganó de esa manera? Y aún así ¿La enorme comisión de esa transferencia, lo que se quedan los políticos (para todos los fines que ya conocemos) y la burocracia, es admisible? Y aún así ¿ Es ético, republicano... ecuánime, quitárselo a un solo actor económico y antes de que empiece a pagar los mismos -muchos y muy altos- impuestos que todos los demás?
Este prepotente modelo del Robin Hood socialista ¿condujo a algún país al Primer Mundo brindando empleos dignos y bien pagos a los más pobres? ¿Por qué no quitar también la “ganancia extraordinaria” a los hoteleros de Calafate, a los arquitectos de los barrios cerrados, a los industriales autopartistas o a los comerciantes de electrodomésticos? O a todos los que ganen más allá de lo “suficiente”. ¿Es este un razonamiento correcto o más bien producto de nuestras pulsiones más ruines y autodestructivas?
La Constitución Nacional a la que juró ceñirse el gobierno como condición o “contrato” para que todos lo respetemos, ¿tiene algo que decirnos acerca de estas cuestiones?
Contestar a estas preguntas sería una afrenta a la inteligencia de los lectores. En el silencio de su conciencia, todo argentino o argentina de bien conoce las respuestas y sabe de qué lado está nuestro eje del mal en este gran conflicto de fondo.

Dejemos de lado que sumando todos los impuestos un agropecuario eficiente está entregando alrededor del 80 % de sus ingresos al Estado. Y que su “ganancia extraordinaria” queda en verdad repartida a lo largo de toda la cadena de valor que va del potrero a la góndola. Y que nuestros gobernantes demuestran a cada momento su ignorancia respecto del complejo negocio de riesgo del agro, de su avanzada y costosa tecnología o de su inmensa diversificación. Dejemos de lado todas las mentiras, maniobras y obcecaciones adolescentes de un Poder Ejecutivo mendaz, soberbio y retrógrado como pocos en nuestra historia. Dejemos todo de lado porque el revulsivo mental que es su consecuencia, empieza a corrernos el velo de los ojos.

La verdad desnuda es que las retenciones son un robo. Violan la equidad tributaria y suben la presión a niveles incompatibles con la vigencia del derecho de propiedad privada. Las víctimas de esta iniquidad ya contribuían con muy elevados impuestos “normales”, a nivel de los más altos del mundo.
Si 10.000.000 de personas se ponen de acuerdo en redactar una ley que confisque los bienes de 1 sola persona, sigue siendo un robo. Igual que si 10 ladrones interceptan en la calle a 1 señora para quitarle su cartera. La cantidad no modifica la calificación porque el principio es universal y porque el fin no justifica los medios.

No corresponde “acordar” la reducción de un par de puntos sobre el botín del robo ni coparticiparlo en modo alguno. Simplemente es dinero de los productores y es a ellos a quienes corresponde decidir su “redistribución”. Decisión que será, como siempre, la de reinvertirlo en sus comunidades creando real actividad económica y más trabajo mejor pago. Tributando más impuesto a las ganancias, si corresponde. Y aumentando los ingresos de otros ciudadanos que pagarán a su vez más impuestos, esta vez por derecha.

Lo único que corresponde acordar es un cronograma que lleve esta violación constitucional a cero, comprometiendo con republicana severidad a la presidencia en el desguace de todo el jurásico modelo de precios falsos, subsidios cruzados y salarios indignos que provoca la asfixia de la caja estatal con la consiguiente compulsión al saqueo y al atropello. Siguiendo los ejemplos no ya de Nueva Zelanda o Estados Unidos sino los más modestos de Uruguay o Brasil cuyas economías en fuerte crecimiento sin retenciones no provocaron, que se sepa, la muerte por inanición de sus poblaciones. Precisamente lo contrario, como cualquiera puede comprobar.

Rompiendo Contratos

Junio 2008

El contrato social que nos une, el “pegamento” que evita la dispersión, la rebelión y la anarquía, el acuerdo previo que da sentido, forma y pertenencia a nuestra república es, por supuesto, la Constitución de 1853. Antes de aquella fecha sólo habíamos tenido la dominación monárquica por parte de España y una sucesión de guerras civiles entre cambiantes autocracias regionales de tendencia secesionista.
La Carta Magna aún en vigencia conjuró la posibilidad del desmembramiento nacional apelando a una clara serie de acuerdos de convivencia e ideas fundacionales inspiradas mayormente en la constitución capitalista y liberal norteamericana. Había quedado definido el “modelo de país”.

Eso y sólo eso posibilitó los 80 años de espectacular crecimiento que le siguieron, llevando a Argentina de comarca salvaje y semidesértica a país del primer mundo. Hacia 1930 éramos una potencia que, según analistas europeos, iba en firme camino de rivalizar con los Estados Unidos.
Los siguientes 80, son la historia de nuestra caída ininterrumpida (acelerada durante los últimos 5) hasta el puesto... ¿130? para rivalizar en la actualidad con corruptos estados delincuentes africanos.
¿La causa? Pisotear el respeto por las garantías individuales consagrado en la letra y el espíritu de nuestra Constitución.
Y dicho respeto constituye, señoras y señores, el núcleo irreductible del contrato social argentino.

En caso de abolirse la Constitución Nacional o simplemente de derogarse de facto las cláusulas fundamentales que protegen la libertad y la propiedad, millones de argentinos considerarían asimismo derogado el contrato social o acuerdo tácito de cada habitante, que permitió hasta aquí nuestra supervivencia como nación indivisa.
Algo parecido está ocurriendo ante nuestros ojos en la cercana Bolivia, donde un gobierno aymará filo-comunista pretende avasallar estos mismos derechos. La reacción lógica y civil de la población violentada apunta a abroquelarse en fuertes autonomismos de clara vocación secesionista.

El modelo de país aceptado por todos los argentinos es, entonces, el de la actual Constitución con sus férreas garantías de defensa de la libertad de comercio y propiedad privada, entre muchas otras.
Una enorme cantidad de ciudadanos experimenta en estos días la muy preocupante sensación de que el modelo que se intenta imponer está violando estos derechos absolutamente irrenunciables. Se observa con zozobra cómo nuestros gobernantes, a caballo de una victoria electoral, derogan en los hechos y con soberbia mendaz, las garantías básicas de nuestro contrato social.
Cierto es que la misma Constitución consagra como última instancia de autodefensa frente a expropiadores y totalitarios que pretendan pisotearla, al Tercer Poder encarnado en la Corte Suprema.
Sin embargo y tras (por lo menos) un lustro de sistemática prostitución de todas las instituciones de control republicano, del sistema federal y del delicado equilibrio de independencia de Poderes con especial saña en el sometimiento del Poder Judicial, esos mismos ciudadanos ven con serio escepticismo la capacidad de salvaguarda real y efectiva de la Corte.

El contrato está siendo rasgado ante la mirada de propios y extraños al confiscar hoy lo que por derecho le pertenece a un sector económico. El que más ha hecho en los últimos 80 años para sostener al país, siendo pato de la boda y pagando los platos rotos de todos los insensatos e inviables planes y gobiernos estatistas que nos condujeron al colapso. Al fracaso más traumático, humillante y vergonzoso frente a decenas de pueblos que antes nos miraban desde abajo con admiración.
Nueva confiscación al agro que implica esta vez transformarlos en meros arrendatarios en su propia tierra. Trabajando duramente para entregar a otros el producto de su esfuerzo y de su capital sin derecho, por ejemplo, a reinvertir sus legítimas ganancias en sus comunidades ni a mejorar sus capacidades de producción y conservación ambiental en bien de todos. Cuando no empujándolos a desaparecer. O a quedar sometidos a los subsidios vitales del amo. Todo muy, muy lejos del espíritu de la Constitución liberal y capitalista que nos hizo grandes, respetados, meca de inmigrantes e inversores y destinados a una prosperidad grandiosa.

Cuidado. Para millones de argentinos, la agresión verbal, la prédica irónica del odio, el ejemplo corrupto y la tergiversación mafiosa de leyes e historia que siembra este gobierno empiezan a hacerlos sentir relevados de las obligaciones del Contrato tácito que hasta ahora los unía.

Desigualdad y Redistribución

Junio 2008

No coincide con los ideales de la filosofía del resentimiento ni con los justificativos de la envidia. Tampoco con los ideales de quienes codician los bienes ajenos. Pero lo cierto es que los objetivos de sacar a millones de personas de la pobreza y de disminuir las diferencias de riqueza son mutuamente excluyentes.
Y con “sacar a millones de personas de la pobreza” no nos referimos a subsidiarlas con planes sociales y precios falsos sino a reconvertirlas en clase media próspera, con trabajos bien pagos, estabilidad económica seria y servicios de primera.

La evidencia mundial pone ante los ojos de quien quiera verlo, lo que privilegian los progresistas (radiografiados en los dos primeros párrafos de esta nota) a saber: que los ricos no se hagan más ricos es más satisfactorio e importante que terminar con la pobreza.
La revista The Economist se preguntaba a fines del año pasado ¿acaso importan las desigualdades mientras la pobreza disminuye? citando investigaciones del Banco de Desarrollo Asiático (ADB) demostrativas de una disminución mucho mayor de la pobreza en aquellos países donde las desigualdades de riqueza han aumentado con respecto a países donde las desigualdades de ingresos fueron menores.

Aunque la hipocresía nos ha caracterizado durante décadas, hoy estamos en un raro momento de maduración colectiva.
De cuestionamiento de todo un sistema de redistribución y crecimiento que supone, asimismo, la valentía de aceptar realidades, asumir errores y llamar a las cosas por su nombre.
Al pan, pan y al vino, vino. Las mujeres y hombres honestos que están en situación de pobreza no están interesados en acabar con los ricos sino en enriquecerse ellos mismos. Van despertándose al “descubrimiento” de que es mejor apoyar el aumento de rentabilidad de las empresas internacionalmente competitivas como estrategia inteligente para escapar a la desesperante pobreza social-demago-populista que nos asfixia.
Y que eso se logra quitándoles impuestos para que ganen en grande y reinviertan en grande. Sin miedos estúpidos de que alguien gane mucho.
“Descubriendo” que mientras la presión tributaria tienda a cero, la reinversión productiva tenderá a infinito en proporción geométrica.
Empieza a caer de maduro el concepto de que el crecimiento económico alineado con lo que el mundo pide atrae enormes sumas de dinero y que estas inversiones de capital se traducen en más empresas de todo tipo incorporándose al círculo virtuoso de la bonanza. Más empresas viables que compiten en una carrera de salarios y mejoras de vida, por los mismos que hoy están desocupados, sub-ocupados, con ocupaciones poco estimulantes y malpagas o con planes de limosna estatal.

En un entorno semejante, la posición patronal sería más difícil que la actual pues los empresarios se verían enfrentados a la necesidad de disfrutar menos para invertir más, crecer, mejorar en productividad y condiciones laborales asociando incluso a los empleados al éxito de la empresa mediante bonificaciones atadas al propio resultado so pena de sucumbir a la competencia perdiendo a los mejores colaboradores.
Las ventajas estarían entonces del lado de la mayoría honesta y trabajadora. La que prefiere ganar buen dinero con su esfuerzo en lugar de votar ladrones que se lo roben por izquierda a quienes lo ganaron en buena ley.
Eso se llama redistribuir riqueza. Tentar al capitalista a esforzarse y competir en busca de buenas ganancias, en bien de toda la sociedad aunque esa no haya sido su elección intencional.

En cuanto a la “igualdad” lo que las victimas del populismo quieren, es igualdad de oportunidades para salir adelante y poder pagar, por ejemplo, la mejor atención médica. Igualdad ante la Ley (que la oligarquía política, sindical o de empresarios prebendarios no puedan perjudicarlos comprando jueces). Igualdad de seguridad pública contra los delincuentes (aunque no puedan acceder a barrios cerrados). Igualdad de oportunidades en educación para sus hijos e igualdad de trato, libre de discriminaciones en todas las áreas de la vida.

Propiedad Privada

Mayo 2008

Los ataques al derecho humano básico de propiedad privada, han sido una constante en la historia moderna de nuestro país.
Gobiernos militares, radicales, peronistas e incluso conservadores amontonan responsables con nombre y apellido de haber firmado leyes, decretos, sentencias, declaraciones y órdenes que lo vulneran.
En tal sentido, el catastrófico resultado de haber violado nuestra sabia Carta Magna en letra y espíritu, está a la vista de propios y extraños.

Hay conceptos que no pueden ser separados: derechos de propiedad y prosperidad son dos de ellos. Los países que prosperan son aquellos en los cuales este derecho se respeta. Es directamente proporcional: a mayor respeto, más prosperidad general.
La propiedad privada hace literalmente la diferencia entre pobreza y prosperidad en cualquier sociedad. Cuanto mayor sea el énfasis del gobierno en la defensa de los derechos de propiedad, tanto mayores serán la inversión y el ahorro. Asegurar los bienes de los ciudadanos contra robos, daños, confiscaciones o impedimentos de uso (léase reglamentaciones totalitarias), se traduce de inmediato en poderosos incentivos para trabajar con eficiencia y en consecuencia, en mayores oportunidades de creación de riqueza y en mayor crecimiento de la economía del país.
No hay pobreza como la nuestra en los países que se desarrollaron por el honesto camino del respeto de la propiedad ajena. Desde luego, hay mucha más gente rica y la hay también de inmensa riqueza. Los “pobres” en aquellas sociedades, en cambio, son “ricos” gozando de un alto nivel de confort y seguridad, justicia, jubilaciones, salud y educación sin punto de comparación con la pobreza argentina real.

En el sistema de la propiedad privada las personas pueden usar sus recursos como deseen y también pueden cederlos a voluntad sin temor a celadas impositivas ni impedimentos pseudo-legales paralizantes. Todo lo contrario de lo que vemos aquí.
Cifras mundiales promedio de tan solo 2 años atrás nos muestran que los países donde más se respeta el derecho de propiedad, con una justicia “que funciona” tienen un producto per cápita de U$S 23.700.- mientras que los que la respetan un poco menos sólo logran llegar a U$S 13.000.-
Por su parte, los países con “protección moderada” de la propiedad privada y con un sistema judicial “no totalmente corrupto” caen a un producto per cápita de U$S 4.900.- y aquellos con muy poca protección y un sistema judicial corrupto, sólo llegan a U$S 2.600.-. Cualquier comentario sobra.

Las democracias sólidas y respetuosas de la división de poderes parecen ser, a la luz de la experiencia, las que mejor protegen estos derechos esenciales. Su éxito sin embargo no proviene de la fortaleza y solidez del gobierno sino de su preocupación por preservar la propiedad privada y el libre uso de esa propiedad en el comercio por parte de los propietarios.

Problemas como la economía “negra”, la evasión generalizada, la violencia en ascenso, la resistencia a respetar y ayudar al prójimo o tantos otros que nos abaten como argentinos son en realidad una adaptación social a sistemas de derechos de propiedad inciertos y condicionados al humor de los funcionarios, normas coercitivas de escaso sentido común y excesiva presión tributaria. Socialismo, que le dicen.

Mitos Urbanos

Mayo 2008

Para comprender la verdadera situación del campo (que con las cadenas de valor agroindustriales conexas, representa el 36 % del empleo total del país y el 44 % de sus recursos tributarios) debemos tener en cuenta algunos datos de la realidad del 2008, tomando distancia de la realidad modelo 1948 que, con 60 años de atraso, maneja el gobierno nacional.

El nuevo aumento con indexación automática de las ya aumentadas retenciones, sumado a todos los impuestos que, al igual que el resto, sufren los productores agropecuarios afectará gravemente a las explotaciones medianas y chicas. De eso no cabe duda y se inscribe en la más clásica doctrina peronista; la que creó las villas miseria en los conurbanos desde la década del 40 con emigrantes de un sector rural que se pauperizaba al influjo de políticas falsamente industrialistas que ya en aquel entonces empezaban a saquear y denigrar al agro.

En los últimos 5 años desaparecieron 4 o 5 mil tambos, especialmente pequeños, expulsando mano de obra rural sin empleo hacia las ciudades, volcando esas superficies mayormente a la agricultura. Es la directa, inapelable, brutal y palmaria consecuencia de las políticas de precios e intervenciones de mercado de los gobiernos kirchneristas.
Es sólo un ejemplo ya que también desaparecieron gran cantidad de productores chicos tanto ganaderos como agrícolas o de economías regionales inmolados por la misma e innecesaria causa.

Eso facilita la presencia de productores más grandes, que aumentan su escala incorporando la superficie que se les presenta como disponible. El aumento de escala es la respuesta racional, profesional a los desafíos que presenta un aumento tan irracional de impuestos y prohibiciones, que bloquean el mercado libre y disminuyen artificialmente la rentabilidad.
A mayor escala, más tecnología de punta aplicada (más siembra directa, implementos satelitales, maquinaria que desperdicia menos etc.), más insumos conservacionistas por unidad de producción (fertilizantes que devuelven lo extraído, controles de plagas biocompatibles etc.) y más eficiencia de costo por unidad de producto (kg. de carne, ton. de girasol, litro de leche, kg. de lana, pie de madera, kg. de miel, huevos por gallina etc.) con lo que se defiende un poco mejor la rentabilidad frente a la insaciable voracidad fiscal.
Si la rentabilidad empieza a bajar, los que tienen menos escala y reservas de dinero caen primero. Evidentemente los impuestos nunca favorecen a la gente que produce bien (sí a quienes no producen nada o a quienes producen bajo subsidio) sean estos grandes, medianos o chicos. Pero a mayor presión impositiva, mayor concentración de la producción en pocas manos.

Aclaremos que muchos productores grandes son pooles de siembra.
O sea personas ajenas al sector, que no tienen tierra ni herencias y que pretenden (¿por qué no?) participar del negocio que el mundo hoy nos ofrece en bandeja. Nada más democrático, por cierto. Se juntan 30 o 100 ciudadanos “de ciudad” que quieren ser productores agropecuarios y arriesgan sus ahorros. Contratan profesionales idóneos, dan trabajo a chacareros con máquinas, rotan agronómicamente los cultivos por directo interés propio, pagan muy bien a todos los proveedores locales de servicios, aplican la más moderna tecnología posible, pagan escrupulosamente todos los impuestos y gabelas requeridos, contratan personal “en blanco” con aportes y seguros, arriendan campo a altos precios a gente de los pueblos del interior y obtienen, desde luego, su ganancia si todo sale bien. Y en el campo muchas cosas pueden salir (y salen) mal, a diferencia de la producción bajo techo.
¿Cuál es el problema? ¿Qué producen mucho? Vamos, señores...en todo caso el problema es el minifundista, responsable de la degradación de los suelos y los perjuicios del monocultivo porque no le da (en este esquema fiscalista) para aplicar a conciencia, aunque quiera, la tecnología disponible que contrarreste los posibles daños.

Los subsidios y reintegros son una entelequia. Una estafa más, burda y cínica. Requieren presentaciones, colas, papelería, demostraciones de pagos de impuestos e infinidad de detalles que pocos están en condiciones de cumplimentar. La conocida historia de estos manejos de burócratas de escritorio es clara. Sólo algunos consiguen, a la larga, algún subsidio.
Las estadísticas dicen que por cada 10 que se le succiona al productor, se le devuelve 1,5. Y ese 1,5 va a parar mayormente a usinas lácteas, a frigoríficos de mafiosos amigos o destinos similares.
Además, los argentinos están dándose cuenta de que aceptar que el Estado se lleve nuestras ganancias bajo la promesa de que luego las “devolverá” a su criterio, implica someterse a la esclavitud y la indignidad de estar siempre pendientes de agradar al gobernante, so pena de quedar en su vengativa mira telescópica. Subsidios y reintegros son sistemas de dominación.

Por otra parte, es infantil y tendenciosa la pretensión de dividir en “malos” y “buenos” a los productores agropecuarios según el tamaño de su explotación. Lo que es bueno para el país (y para la recaudación de impuestos) es la producción de más saldos exportables y más producción volcada al mercado interno estimulando la competencia y atrayendo capitales, aumentando la productividad y la demanda laboral con altos sueldos.
Si es bueno para el chico, es bueno para el grande y es bueno para el país en su conjunto. Si es malo para el chico, es malo para el grande y es malo para el país en su conjunto. Necesitamos reglas claras, estables, no discriminatorias y de sentido común aplicadas a todos por igual, como garantizaba la Constitución Nacional.

Si queremos hablar de hechos y no de fantasías o deseos, sepamos que predio pequeño por lo general no es sinónimo de mejor persona con sus empleados, de mejor pagador de impuestos al fisco ni de mejor tecnología aplicada a manejos más eficientes y amigables con el ambiente. Más bien la tendencia apunta en sentido contrario a la luz de la historiografía rural comparada.
Y que el repoblamiento rural y sobre todo de los pequeños pueblos y ciudades del interior nunca vendrá de la mano de burócratas de escritorio ni de megaplanes de reingeniería social sino atraído por la riqueza y prosperidad generada por la labor fecunda en esos mismos sitios, y aún en ciudades grandes, en lugar de quedar esterilizada en malgasto estatal (por decirlo suavemente).

Por último seamos conscientes de que el desarrollo tecnológico que nos acerca los beneficios del progreso, sólo aparece tras las inversiones de capital de riesgo. Y estas solo aparecen en aquellos lugares donde se respeta la propiedad de los medios de producción. Si el derecho de propiedad no es respetado, inversiones, creatividad y desarrollo aterrizan en otra parte.
El derecho de propiedad es incompatible con impuestos confiscatorios, con reglamentaciones totalitarias o con la conculcación de libertades como la de ejercer toda industria lícita.
Si no hay seguridad jurídica que frene el comportamiento despótico de los gobernantes, no hay nada.

¿No estaremos durmiendo con el enemigo?

Democracia en Peligro

Abril 2008

Por comentarios de un estudiante en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, me enteré hace un tiempo de la existencia de un cartelón muy visible en las cercanías del “centro de estudiantes” de dicha facultad. En el mismo podía leerse en grandes caracteres “para qué querés tener razón si podés ser mayoría”.
Esta brillante máxima enrostrada a toda su comunidad universitaria por parte de líderes estudiantiles de tendencia socialista, marca con exactitud el modo de pensar de una gran cantidad de argentinos.
Se trata de quienes apoyan a nuestro actual gobierno peronista con su sistema de quito y reparto lo que me parece y quienes desde la oposición quisieran aplicar opciones similares o aún más drásticas.
Lo cual me recuerda otra máxima, esta de Benjamín Franklin, quien dijo: “la democracia son dos lobos y un cordero votando sobre qué se va a comer. ¡La libertad es un cordero bien armado rebatiendo el voto!” lo que nos conduce al nudo del problema: ¿democracia como dictadura de la mayoría o democracia republicana? En una sociedad libre, el sistema republicano de independencia total de poderes y vigencia plena de la Constitución en letra y espíritu garantizan el respeto por las minorías (y me permito aquí recordar que sobre el padrón electoral de Octubre último, sólo algo más de 3 de cada 10 ciudadanos votaron por Kirchner).
En la dictadura de la mayoría, los que “son más” someten por la fuerza a los que “son menos”, por lo general apoderándose de sus bienes. Fórmula perfecta, por otra parte, para disuadir nuevas inversiones de capital, única forma conocida por el ser humano para salir de la pobreza.

La propia presidente admitió en medio de la remezón general causada por la rebelión fiscal del agro, que lo que aquí se está poniendo sobre el tapete va más allá de las retenciones a las exportaciones y se inscribe en una disputa de fondo sobre el modelo de país.

El modelo de país peronista en vigencia no difiere del que fracasó entre las décadas del 40 y 50 del siglo pasado, de la mano de su fundador: brutal intervencionismo económico verdugo de reinversiones, demonización de la prensa libre, corrupción generalizada, enriquecimiento de funcionarios y empresarios amigos, violaciones desvergonzadas a la Constitución, amedrentamiento y compra de la independencia judicial, claque oficialista de muñecos con brazo mecánico en ambas Cámaras y en las gobernaciones, presión impositiva confiscatoria para sostener un sistema inviable, bárbara desactualización ideológica, aislamiento económico, creciente regimentación totalitaria etc. etc.
Sólo falta la quema de templos católicos, la persecución física de opositores (déficit parcial) y la expropiación de unidades productivas.

El modelo alternativo es simple: vigencia de la Constitución Nacional en lo que respecta al funcionamiento de Argentina como una república federal.
Esto presupone independencia (real, por favor) de los tres poderes del Estado y respeto (en efectivo, por favor) de las autonomías provinciales entre muchas otras cosas.
Debe protegerse la vigencia de derechos indiscutibles como los de propiedad privada y seguridad pública, seriamente lesionados hoy.
No es imposible. Desde hace unos años, la hermana república del Perú intenta este camino. Su economía ha crecido a tasas del 9 % anual y de 10 % anual en el último semestre. Se trata de crecimiento real, y no falso como el nuestro que, partiendo de cifras aplastadas por el colapso populista del 2001 se limitó a recuperar el uso de la capacidad instalada y a confiscar via impuestos la suba mundial de precios de los “comodities”.
Otro país pobre despega mientras Argentina vuelve a hundirse en las contradicciones de un resentimiento rabioso, por propia incapacidad.

Finalizo esta breve reflexión con una tercera cita: esta vez del pensador Jarret Wollstein “mientras que los hombres reconocen los actos criminales cuando son cometidos por individuos en interés propio, a menudo fallan en reconocer los mismos actos por lo que son cuando son cometidos por una gran banda en el nombre de la justicia social o el bien común”.
Señoras, señores, aceptémoslo de una vez: el fin nunca justificará los medios.

¿Argentina Ladrona?

Abril 2008

El enfrentamiento del sector agropecuario con el gobierno tiene la virtud de haber dejado al descubierto la trama profunda del problema argentino. Porque la pelea de fondo que hoy se libra va más allá del aumento de las retenciones.

Se trata de un cuestionamiento ético de base al núcleo filosófico que sustenta, no solo al peronismo gobernante sino a los populismos (militares incluidos) que jalonaron nuestra ruina como nación rodando por las escaleras del ranking mundial, y a las muchas agrupaciones opositoras que propugnaron -y en muchos casos lograron- políticas económicas de corte socialista y nacionalista como “opción” a la sucesión de desaguisados, estafas, crisis y parches que marcaron los últimos 78 años de nuestra historia.

El cuestionamiento entonces, es al modelo de país que surge detrás de la rebelión fiscal del agro, como respuesta al terrorismo de estado fiscal del gobierno.

Si todo va tan bien como dicen (baja inflación, menos desocupación y pobreza, gran crecimiento) teniendo a la Argentina que produce bajo una fantástica presión tributaria, ¿para qué vuelven a subir impuestos?
Más bien deberían estar bajándolos.
Pero las caretas cayeron al suelo tras el cachetazo y ahora el pueblo empieza a darse cuenta de que el Estado necesita cada vez más dinero para apuntalar el derrumbe del insensato sistema dirigista de subsidios cruzados, precios falsos y salarios indignos que desde hace años intenta aplicar a contramano de lo que hacen las sociedades inteligentes del resto del planeta. ¡Los argentinos somos más vivos!

El modelo de país que se está cuestionando (dejando de lado los rabiosos llamados al gulag comunista del Sr. D’Elia y sus pandilleros racistas) es un modelo de solidaridad forzosa (concepto contradictorio en si mismo) donde el sector eficiente debe entregar como norma todo ahorro legítimamente logrado al Estado, quien lo seguirá usando para subsidiar precios de alimentos, energía y servicios a 40 millones de personas.

Hasta aquí puede cuestionarse la cosa como mero disparate económico, cuyas consecuencias de mediano plazo (5 – 7 años) ya empiezan a verse.
Sin embargo es el error moral inherente a este modelo lo que subleva a los honestos : el dinero succionado también se usa para poner de rodillas a intendentes y gobernadores, para cooptar opositores, para financiar la mafia sindical, piquetera y de madres empañueladas, para promover irresponsablemente el crecimiento de industrias inviables y prebendarias, para estatizar y crear nuevos actores económicos que dependerán de más subsidios, para asegurar la próxima elección comprando votos mediante asistencialismo, o simplemente para facilitar condiciones ideales de corrupción en beneficio de su propia clase política.
No menos importante es el error moral de quitar a palos, a un solo sector y antes de impuestos, las ganancias del trabajo obtenidas por derecha.

Es la Argentina ladrona, damas y caballeros. Y funciona con el acuerdo de 8.200.000 compatriotas que votaron otra vez a un Kirchner.
Aclaremos, por las dudas y hablando siempre de ciudadanos habilitados para votar, que 10.000.000 votaron por partidos de oposición y 8.800.000 no votaron a nadie.

El modelo de país que el empresariado eficiente propone es... el del mundo civilizado. Libertad económica para reinvertir y crecer, respeto por la propiedad ajena y absoluta seguridad jurídica contra atropellos de déspotas que creen que los votos legitiman la apropiación indebida. O sea, la aplicación en letra y espíritu de la Constitución Nacional de 1853, todavía vigente. El único pacto social legítimo.
La Argentina solidaria redistribuiría así la riqueza de su crecimiento en más trabajo mucho mejor pago para más personas.

Fracasaron

Marzo 2008

Una vez más, el peronismo demuestra su incapacidad fundacional y conforme a lo advertido por las personas sensatas al inicio de este enésimo intento de gobierno anti-empresa, fracasa en toda la línea arrastrando a la República tras de si.

La diana de este amanecer de un fin anunciado, la da hoy el mundo del interior agrario, que se resiste entre gritos y movilizaciones a esta nueva vuelta de tuerca en la expropiación masiva, en el robo excesivo, liso y llano de lo que por derecho les es propio : el fruto de su trabajo. Con estos 2.300 millones más, ya llegan a 15.000 millones los dólares extraídos en el año. Succionados de movida. Antes de empezar a pagar una larga lista de elevados impuestos.
Y además con “actualización automática” con lo que los productores ahora saben sin sombra de duda que sus precios quedan congelados en un contexto de inflación desbocada para sus insumos.
Más allá de que la amenaza de la fuerza bruta estatal consiga doblegar una vez más al caballo de tiro haciendo restallar el látigo de la necedad, este grito de la argentina profunda, real, ha marcado con el pié una raya en el suelo.

Las “retenciones” (¡impuestos a las exportaciones en un planeta que se globaliza!) vienen como anillo al dedo a los gobiernos populistas que las usaron. Consiguen el doble propósito de aportar ingentes fondos a las arcas de la clase política y de deprimir artificialmente los precios internos de algunos alimentos básicos o de los combustibles, ya que no sólo granos, carnes, aceites o lácteos cargan con esta iniquidad expropiatoria sino que también el petróleo y otros productos la sufren. Como las retenciones no son “coparticipables”, son dinero que sirve al gobierno central para someter mediante la chequera a provincias y municipios, subsidiar al empresariado ineficiente y prebendario que lo apoya, sostener así su política de precios falsos, pagar tributo a la mafia sindical o comprar votos mediante chantaje asistencial con vistas a la próxima elección. Negocio redondo. Círculo cerrado. Condiciones de corrupción asegurada. ¡Larga vida a los piolas!



Esto hace posible la descabellada estrategia peronista de mantener, fronteras adentro, bajos valores para alimentos, energía y servicios acordes con un bajo nivel general de salarios. Descabellada porque a) nadie que quiera invertir en agroindustria, nuevos recursos energéticos o servicios modernos para la población traerá dinero a la Argentina. Desde hace años no lo están haciendo y ya empiezan a verse las consecuencias. b) los desfasajes de precios con el resto del mundo nos descolocan y excluyen en el comercio internacional. Desde hace años Argentina viene perdiendo competitividad en un mundo cada vez más interdependiente y la consecuencia de ello es una cantidad cada vez mayor de “argentinos pobres globales” cada vez más lejos del standard de vida y demás ventajas de los países avanzados. Chile, Brasil o Uruguay entre muchos otros, ya nos dejaron en la polvareda.

La clase política argentina descubrió la pólvora. El pequeño detalle de de dónde sale el dinero ya fue resuelto hace tiempo : de los empresarios eficientes, claro está. De los que pueden exportar en abierta competencia con otros empresarios del mundo. ¿De dónde sino?
Los empresarios ineficientes que el populismo fabricó durante décadas mientras saqueaba a los eficientes, solo pueden subsistir en un país cerrado a la competencia internacional. Ellos necesitan subsidios, no impuestos.
El pueblo trabajador, condenado por estos mismos líderes a un miserable nivel de subsistencia durante largas décadas, tampoco puede hoy aportar nada. Ellos también necesitan precios subsidiados para vivir con sus salarios socialistas.

La raya en el suelo marcada con el pié está diciendo “hasta acá llegamos. Basta de tomarnos por idiotas. El nivel salarial de los argentinos debe subir ya mismo a valores internacionales y los productores argentinos deben recibir ya mismo los verdaderos precios de lo que producen. ¿El gobierno necesita ese dinero ajeno para tapar el desastre creado por ellos mismos? ¡Pues pídanlo prestado a quienes le pertenece, señores! El medioevo terminó. No somos siervos de la gleba, esclavos trabajando para una señora feudal que nos quitará lo que se le antoje. Aquí hay una Constitución que garantiza la propiedad privada. Leyes que condenan el robo. Queremos nuestros 15.000 millones para reinvertirlos en producción y crecimiento desde las comunidades del interior".

Un gobierno peronista está otra vez en el callejón sin salida del socialismo que expropia con prepotencia totalitaria alejándonos de la civilización.
Roguemos que la salida de este callejón no sea nuevamente un helicóptero.

Intendentes

Marzo 2008

Ser intendente de una ciudad mediana no es tarea fácil.
Nuestro país, nuestra provincia y nuestra propia comunidad necesitan ya, ayer, una enorme cantidad de cambios para satisfacer de una vez por todas los deseos de la gente.
Gente que clama a diario por aquellas cosas que percibe con disgusto como impedimentos para una mejor calidad de su vida.

La mayoría de los argentinos anhelamos un sistema que no dé oportunidad a los corruptos de enriquecerse, que facilite el progreso económico a los honestos y a los laboriosos, que simplifique nuestros trámites al máximo y reduzca nuestros impuestos a un mínimo.
Que provea una Justicia recta e implacable, sin hijos y entenados; expeditiva y con sentido común, para asegurar en nuestras ciudades un firme respeto al prójimo, a la propiedad y a la autoridad. Queremos pocas prohibiciones, amplias libertades y civilizada tolerancia con quienes deseen vivir entre nosotros y pensar en forma diferente sin agredir a nadie.
Un sistema donde lo voluntario prime siempre sobre lo coercitivo y donde la negociación dialogada reemplace siempre a la violencia, sea esta gubernamental o privada. Todo en un ambiente seguro y pacífico, donde dispositivos y métodos policiales de alta tecnología se combinen para protegernos eficazmente del delito. Queremos igualdad de oportunidades para todos y educación de primera para nuestros hijos en un entorno que premie el esfuerzo quitando todo estímulo a vagos y avivados.

Queremos, en definitiva, un gobierno municipal (y también provincial y nacional, claro) honrado, muy frugal y laborioso conformado por hombres y mujeres con real vocación de servicio público y sin ambiciones personales durante el tiempo que dure su mandato.
Lograr esto requiere no solo integridad y claridad mental sino mucho dinero. Y ese dinero solo aparece en sociedades que crecen en serio merced a una pujanza cultural y económica libre de trabas.
Ser intendente en una ciudad mediana, como vemos, no es tarea fácil.

El intendente que quisiera jugarse por su pueblo revirtiendo en un solo período décadas de inoperancia populista tendría que encarar una gestión decididamente frenética.
¡Poco y nada de encontrarse en su despacho! La mayor parte del tiempo debería estar viajando (con austeridad republicana) por el país y el mundo en procura de atraer a su ciudad capitales humanos y financieros, inversores de riesgo, nuevas empresas con nuevos productos, negocios de exportación no tradicional, servicios empresarios creativos, artistas experimentales, intelectuales en busca de un entorno estimulante, multimedios electrónicos, ONG`s interesadas en apoyar la experiencia de un polo de crecimiento social acelerado, instituciones de crédito internacionales de orientación global que asesoren y enlacen las producciones locales con las necesidades de sitios distantes, instituciones educativas con proyección nacional y educadores con pedagogía de punta que atraigan estudiantes de todas partes, laboratorios de investigación científica, fundaciones filantrópicas de avanzada, call centers, creadores de software, fabricantes de micro insumos tecnológicos de alto valor, expertos en desarrollo turístico no convencional, productores de agro-especialidades intensivas y... otros 700 etcéteras más.

Paralelamente, nuestro funcionario tendría que buscar soluciones efectivas y veloces a los mil y un problemas que un avance de esta naturaleza plantearía en un país como el nuestro, copado por la máquina de controlar e impedir estatal.
¿Problemas de papelería y autorizaciones para importar y exportar? Allí está nuestro hombre con su grupo de jóvenes profesionales buscando el mejor equipo de abogados, escribanos y despachantes de aduana que pueda hallarse en el país a fin de allanar con celeridad o facilitar el camino burocrático a las empresas.
¿Problemas de logística? El y su equipo de expertos trabajarán codo a codo con los emprendedores en su lucha sin feriados ni horarios en procura de lo mejor que el país pueda ofrecer para solucionar cada caso. O licitará internacionalmente las soluciones adecuadas en tiempos récord.
¿Problemas energéticos y viales? Nuestro intendente deberá acosar con cartas documento y requerimientos de obras al ministro de Infraestructura de la nación al tiempo de interponer severas acciones de amparo legal que “autoricen” la creación de empresas privadas que, con tecnología moderna amigable con el ambiente, den pronta respuesta a las necesidades fabriles de la comunidad en crecimiento. Caminos asfaltados en todo el partido, con peaje si hace falta, para interconectar la intensificación agropecuaria local con ventaja sobre otras zonas y dar atractivo a la radicación de emprendimientos modelo. Atrayendo industrias lácteas, aviares, porcinas, de acuicultura, de cultivos exóticos, super intensificación ganadera o de biocombustibles entre muchas opciones posibles.
¿Problemas impositivos? Desgravación productiva deberá ser el slogan de cabecera de nuestro servidor público. En lo municipal para empezar, pero también en lo provincial y nacional forzando acuerdos de crédito impositivo a cubrirse con aumentos sustanciales en la productividad y la producción de todo tipo de actividades económicas en proceso de creación.
Diferimientos tributarios, bonificaciones por eficiencia exportadora, exenciones de impuestos por interés público declarado, recursos de inconstitucionalidad fundacionales ante la Corte Suprema, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, La Haya o ante quien sea para llamar la atención del mundo sobre nuestro patológico terrorismo de Estado fiscal, y toda la artillería contable y legal proporcionada por los más aguerridos e influyentes estudios y asesores del país.

Y así con cada palo que la máquina de controlar e impedir ponga en la rueda del progreso de nuestra hipotética ciudad. Porque cada dinero municipal invertido en defensa de una sociedad y una economía libres redituará por diez sobre la comunidad.

Hace falta energía. Voluntad incansable a favor de su gente. Días y noches de trabajo silencioso. Garra, sentido común y una piel muy resistente a las críticas de los políticos y sindicalistas de nuestra nomenklatura progre.
Este y no otro es el camino directo al desarrollo, a los altos salarios, al pleno empleo, al crecimiento exponencial de una comunidad con real voluntad de progreso. ¿Existe, no ya tal intendente, sino tal comunidad? ¿O preferimos elegir los planes “trabajar” y el asfixiante marasmo socialista de la Argentina de hoy?