Honores Inmerecidos

Septiembre 2009

Uno de los subproductos de la decadencia que, en todos los órdenes, caracteriza a nuestra República Argentina lo constituye esa turbia afición -desde unos 25 años a esta parte- por cambiar los nombres a calles y otros sitios públicos, imponiendo los de personas inapropiadas.
Difícilmente exista lugar en el país donde ediles, legisladores o mandatarios se hayan abstenido de este tipo de torpeza que desnuda, por cierto, penosas miserias culturales y éticas tanto de sus autores como de quienes los apoyan.

Es sabido que la verdadera Historia de cualquier personaje sólo puede empezar a escribirse, libre de apasionamientos, no menos de 50 años después de su muerte. Los períodos históricos no pueden ser calificados por los propios actores interesados. Serán entonces los estudiosos que nos sobrevivan quienes tendrán la última palabra con respecto a las políticas de Estado y los hacedores de hoy. Los resultados que, para el conjunto social, el prestigio y la potencia económica de la patria tengan sus acciones en el largo plazo marcarán el tenor de su inclusión en los libros definitivos, de la mano del análisis de los bisnietos de aquellos contemporáneos.

En definitiva, la ilusión de brindar lustre y grandeza precipitada a través de este tipo de “homenajes” amañados, sólo consigue un inútil desacuerdo generador de rencores. Y la seca enseñanza por defecto, de lo siguiente: el honor póstumo que se pretende imponer, no es más que un cínico recordatorio de aquellas personas que se creyeron con “derecho” a disponer por la fuerza la redistribución de la riqueza que otros produjeron, reduciendo a esos trabajadores-creadores a bienes de uso. Recordatorio subrayado por el desastre de desnutrición, delincuencia y pobreza “inexplicable” que nos viene golpeando, producto directo de haber conducido a la nación por esa senda infame. Porque es claro que no existe tal “derecho” de algunos hombres a violar el derecho de los demás; y que la única forma de llevar tal atropello adelante es poniéndoles un revólver en la espalda. Todo inmoral, primitivo y contraproducente, por cierto.

Como todos los populismos, el socialismo vampiro que nos viene arruinando es una sicótica búsqueda de lo inmerecido. Porque a la grandeza se llega a través de la racionalidad en apoyo del honesto esfuerzo productivo individual, mientras que los falsarios tratan (con soberbia) de dejar de lado el ejercicio racional de admitir la preeminencia de la libertad sin coacciones, sin robo, como único camino ético y moral hacia la gloria. Violando con espectacular descaro el grito sagrado de nuestro Himno y el espíritu liberal de nuestra Constitución.
Al no respetar cabalmente el derecho a la propiedad privada, los estatistas nativos dinamitaron por la base la construcción de una sociedad más inclusiva y progresista (en el buen sentido de ambas palabras). Asfixiantes y abusivos impuestos de toda clase o torniquetes reglamentarios contrarios al libre ejercicio de toda industria lícita son claras muestras de tal (estúpida) violación.

Las señoras y señores que nos perjudicaron gobernando mal, ya sea por ineptitud e ignorancia, ya sea por medio de mafias corruptas con fines de lucro malhabido, ya sea movidos por resentimientos derivados del odio hacia sí mismos o por una combinación de todo esto, son responsables de que hoy los argentinos no disfrutemos de los ingresos, infraestructuras y ventajas que desde hace tiempo deberíamos tener.
Abundancia de empleos ofrecidos e ingresos elevados a todo nivel para que cada cual pueda comprar lo que soñó o ser generoso en lo que quiera sin robárselo a otro, usando al gobierno como arma. O infraestructura normal con decenas de miles de kilómetros de autopistas, trenes bala entre ciudades y modernizados cargueros para mover la producción entre océanos, más y mucho mejores aeropuertos, energía limpia y renovable sin restricciones, educación y salud pública subsidiarias de primer nivel, seguridad y justicia súper tecnologizadas, grandes nuevos puertos de aguas profundas, asfalto en zonas rurales, agua potable y manejo de deshechos con la más moderna ingeniería urbana para todos los centros poblados, wi fi sobre todo el territorio nacional y cientos de otras ventajas básicas.

Como cientos de avenidas, instituciones y hasta poblaciones que llevan hoy los nombres de mujeres y hombres que dedicaron su vida a impedir, por limitaciones intelectuales e intereses personales, que nuestro despegue se concretara. A no dejar que los argentinos de los últimos 60 años viviéramos bien.
Jugaron con la falta de educación y la desesperación de los indefensos, maniobrando a espaldas de todo patriotismo para mantener su antigualla anti-empresa en el poder. Fracasaron en toda la línea y el pueblo pagó con su sangre esta caída.

Aún seguimos teniendo las herramientas y las oportunidades para volver a ser el faro ético y económico de los pueblos malgobernados del planeta. Para construir velozmente (y sin mucho esfuerzo) una Argentina opulenta y generosa, abierta a todos y llena de oportunidades.
Mas no podremos gozar ese destino sin antes convencernos de que el virus socialista que bajó de los barcos oculto entre las oleadas inmigratorias del Centenario y que hoy sigue causando nuestro desangre, debe ser combatido y aniquilado con masivos antibióticos capitalistas. Enormes aportes de capital. Enorme surgimiento de nuevos negocios y emprendedores. Enormes producciones y exportaciones. Enormes ganancias empresarias (por derecha) y reinversiones. Enormes aumentos (reales) de sueldos con requerimientos de más empleados. Enormes mejoras en el bienestar de los más postergados. Y para lograr ese milagro argentino, enormes libertades económicas, creativas, reglamentarias, laborales y de disposición patrimonial. Todo muy avanzado y abierto. Lejos de nuestras obsoletas, mezquinas obsesiones dirigistas.

Ese día, los carteles de dirigentes e intelectuales colaboracionistas que traicionaron y vendieron al país llevándolo de potencia acreedora a tierra de mendigos, serán descolgados en silencio.

El Porqué de un Imposible

Septiembre 2009

Bajo diversas denominaciones (desde FreJuLi a Frente para la Victoria), el partido peronista rigió con escaso impedimento los destinos nacionales desde 1945.
Sus postulados básicos de fuerte intervención del Estado, de menosprecio por la ciencia económica seria, de pactos con cúpulas corporativas y del mantenimiento de desigualdades sociales crónicas a través del tándem impuestos-subsidios-inflación-deuda, han marcado el derrotero y el resultado argentino desde entonces.
Los interregnos militares de facto, resultaron períodos signados a fuego no sólo por los oficiales de simpatías peronistas que siempre conformaron una considerable fracción de sus filas, sino por la adscripción mayoritaria del ejército a un sustrato ideológico nacionalista, corporativo y filo-fascista desde antes, incluso, de la irrupción de Juan Perón como elemento dominante.
Por su parte el radicalismo, tercera pata responsable de la actual situación, difirió sólo en cuestiones de grado y modo con aquella concepción de la sociedad. Sus sucesivos intentos de cooptar o transar con el aparato sindical y con las burocracias de educación, seguridad social o salud clientelizadas por los peronistas, terminaron en estruendosos fracasos. El omnipresente movimiento se rió de estos esfuerzos por trocar el refrito en un “populismo domesticado”, hostilizando sin piedad a los radicales y a sus aliados socialistas cada vez que fueron gobierno.

Vanos esfuerzos e inmensas pérdidas de tiempo, tratando por todos los medios de hacer funcionar un sistema paternalista de “reordenamiento” de ingresos y sujeción fiscal de empresas y ciudadanos, a todas luces inviable. Todos los recursos de la portentosa imaginación nacional se aplicaron a full, sin escrúpulos ni desmayos y durante más de seis décadas en aras de aquel objetivo imposible.

Los estudiosos saben que casi todos los fracasos éticos, conflictos de intereses, enfrentamientos armados, decepciones sociales o productivas y en general los males de la sociedad, son causados por entes colectivos; no por una supuesta agresividad individual. Parafraseando al brillante filósofo social Arthur Koestler (1905-1983) diríamos con mayor precisión que “los males de la humanidad no se deben a formas individuales de locura sino que son causados por delirios colectivos siempre generados por algún sistema de creencias basado en las emociones”. Koestler había evolucionado después de una vida dedicada a la reflexión, desde el socialismo marxista hasta la defensa de las libertades creativas y productivas manifestadas en la búsqueda personal de cada ser humano.

Nuestro Movimiento Peronista es claramente un sentimiento (una emoción) de escaso asidero lógico. Cualquier análisis objetivo de sus acciones y consecuencias, lo hubiera suprimido por contraproducente a poco andar.
La fría razón, sin embargo, poco tiene que ver aquí. Esto se trata (y eso sí provoca frío) de conveniencia mafiosa en pos del enriquecimiento de la casta dirigente, combinado con el sostenimiento de un gran número de parásitos-clientes.

La técnica usada consiste en el fomento deliberado de un atávico sentimiento tribal, que pone al valor seguridad por encima del (más riesgoso) valor progreso.
Apelando al instinto de pertenencia (el sentirse querido, contenido y aceptado) a la tribu, al grupo o a la masa, se desalienta intencionalmente la más laboriosa (y superadora) búsqueda personal de uno mismo.
Promoviendo una sumisión grupal con uniformidad de simbolismos, acciones y creencias se logra desarticular parte de la identidad individual en favor de la identidad de grupo, haciendo que la gente resigne libertad de pensamiento, de expresión y de actuación propia. Se trata de una identificación cómoda y segura; protectora; tranquilizadora…y sumamente funcional a los intereses de su dirigencia.

Pero el tribalismo no aporta al progreso social porque implica identificar al propio grupo como el más importante, considerando a “los otros” como distintos, de menor importancia relativa y por lo tanto inferiores en valor, o con menos derechos.
No debe olvidarse que las malintencionadas referencias al “bien público” olvidan que “el público” es sólo una cierta cantidad de individuos con nombre y apellido. Y que cualquier divergencia presunta entre los intereses de las personas reales y este difuso “bien público”, se traducirá en el atropello de legítimos derechos de algunas mujeres y hombres con familias, sueños y problemas en beneficio de los deseos y conveniencias de otras mujeres y hombres, también con nombre y apellido.

La trampa consiste en estimular la percepción de una sociedad claramente dividida, donde la concordia será siempre un bien transitorio. Esto bloquea en forma inevitable la corrección de desigualdades sociales, ya que las muchas tensiones subyacentes entre las diferentes “tribus” impondrán límites de corto alcance a cualquier forma de cooperación. La historia peronista, desde el “cinco por uno” hasta la “guerra de la soja” pasando por los “imberbes estúpidos”, se ha apoyado siempre en la desunión y es prueba viviente de dichas limitaciones.

El nudo del conflicto entre grupos se halla en la renuncia a las identidades individuales en favor de una identidad colectiva. Perdiendo conciencia personal, se anestesia la tendencia a reconocer razón y humanidad a gente de otros grupos que podrían ostentar diferentes creencias o apariencia.
Esta modalidad segregante y desconfiada que actúa entre turbas (o legislaturas) disciplinadas e incitaciones al “voto clasista”, impide que nos acerquemos unos a otros como individuos iguales en nuestra propia humanidad. Único basamento válido para construir progreso y desmontar desigualdades, superando los prejuicios primitivos que el progresismo promociona sin descanso.

Es claro que los logros del ser humano alcanzan su realización más plena cuando las personas encuentran su identidad como seres únicos, valiosos e irrepetibles. Nunca cuando la pierden diluyendo sus responsabilidades en una identificación tribal.
Nadie podrá empujarnos a ejercer violencia (usando al gobierno como arma) sobre otro ser humano distinto, si nos sabemos parte de un solo grupo: la humanidad.
No existe otro modo civilizado de reconocer y ser reconocido como persona y de contar con el derecho humano individual a no ser violentado en forma alguna.

Pura Conveniencia

Septiembre 2009

El Estado poco puede hacer para generar riqueza, pero mucho para destruirla
Juan Bautista Alberdi

A gran parte de los empresarios argentinos, no les conviene el sistema de la libertad; de la sociedad abierta. Porque para seguir disfrutando sus bellos automóviles, mansiones de veraneo en Punta del Este, cuentas numeradas en las Islas Caimán, costosos colegios para sus hijos y viajes de shopping a Miami para sus mujeres necesitan del apoyo y la complicidad del Estado.

Dado que el Estado no produce ni crea nada, el apoyo que les da a estos millonarios para que no decaiga su tren de vida, consiste en dinero extraído por la fuerza de: a) empresarios que no piden subsidios ni reglas especiales para generar riqueza b) profesionales, comerciantes, asalariados, desocupados e indigentes de todo el país y c) rentistas, receptores de planes sociales, jubilados y pensionados.
Todos ellos aportan su tributo a esta causa nacional y popular a través de fuertes impuestos a la producción, al trabajo o al consumo cargados sobre cada cosa que tocan y cada movimiento de mejora que intentan. También aportan forzadamente a través de fraudes gubernamentales como inflación, corrupción o endeudamiento público. Y siguen aportando por medio de la pegajosa red de vallas y trampas, de zancadillas, mochilas y frenos “legales” de toda clase a la libertad económica, de inversión, de usufructo y creación, que impiden con eficacia cualquier crecimiento genuino aliviador.

La simbiosis entre estos señores de la prebenda y el Estado repartidor de lo ajeno es perfecta: los falsos empresarios amenazan con declararse en quiebra y despedir a miles de trabajadores si el gobierno les retira sus privilegios productivos de ley. El gobierno acepta la extorsión y mantiene el sistema, en la inteligencia de que los beneficiarios de este gran capitalismo de amigos apoyarán a la mano que les da de comer. Afirmando así el poder del Estado en favor de los oligarcas de la política y del sindicalismo, de sus parientes y de sus fuerzas de choque.
El medio para que esta asociación mafiosa funcione es el clientelismo, abonado por la pobreza y la des-educación crónicas que la propia falta de eficiencia económica del sistema asegura a rajatabla. Comprando los votos, las voluntades y las impunidades que sean necesarias para que este festín de los vivos no se detenga, y para que el sector honesto de la población siga pagando las cuentas que los parásitos generen.

Todo argentino con honradez intelectual y que tenga dos dedos de cultura histórica sabe que el drama de nuestro empresariado subsidio-dependiente, incapaz de competir sin perjudicar a otros argentinos, inició su malformación severa a partir de 1945.
Forzando políticas fascistas imbuidas de las ideas económicas derrotadas en la guerra, nuestro país se embarcó en un proteccionismo tan costoso y falto de visión cuanto fútil.
Fabricamos, así, un modelo de país inviable. Vampirizando nuestra fortaleza agroindustrial para canjear su cadáver por un festival de subsidios, impuestazos y reglas anti comercio que nos condujeron sin escalas a la mendicidad.
Naciones que estaban por debajo de nosotros (Canadá, Australia etc.) y que se resistieron al camino fácil, demagógico, estúpido de la “sustitución de importaciones” y del “vivir con lo nuestro”, hoy son potencias económicas, científicas, industriales ¡y también agroexportadoras! Nos pisan la cabeza contra el fango populista y (¡horror!) sus pueblos nos humillan a diario exhibiendo la alta calidad de vida que nos hubiera correspondido.

La poderosa Argentina liberal del Centenario (1910) ante la que Europa inclinaba sus testas coronadas, completará su trueque para el Bicentenario (2010) en esta Argentina socialista, mendiga, maleducada y de rodillas ante los países avanzados.

Salir del fangal no será sencillo. La conveniencia del pacto estatal-empresario-sindical-piquetero con su violencia a flor de piel, lo está impidiendo. Por eso, los patriotas que levanten la bandera de una Argentina otra vez admirada y respetada, de gran poder económico, vocación de élite mundial y alto nivel de ingresos para todos, deberán ser no ya “políticamente incorrectos” sino en verdad revolucionarios.

La revolución hoy, está en la conveniencia de la mayoría: de la gente pobre que ha sido usada, de la clase media expoliada y de los auténticos trabajadores y empresarios que insisten en producir bajo reglas de competitividad internacional.
Proponiendo una libertad de negocios sin límites de velocidad; con ideas audaces, extremas, inspiradoras, enarboladas por dirigentes íntegros y creíbles para dotar a este capitalismo poderoso y mítico, justamente, de integridad y credibilidad. Única manera de entusiasmar a la gente para que siga y apoye un cambio revolucionario de tal naturaleza.
Un camino gradual y no violento -aunque veloz- de evolución libertaria. Con inclusión expresa de compromisos-gatillo en distribución del crecimiento, con participación de los empleados en las ganancias (y pérdidas) de la empresa como audaz impulso de incentivación política y económica, mediante acuerdos libres e individuales. Con inclusión expresa de una sólida red básica de contención social, de educación y de salud con índices de protección atados contractualmente a los índices del crecimiento (o decrecimiento) de la riqueza nacional. Para hacer a toda la sociedad, socia responsable del progreso en las buenas y en las malas. Estableciendo de esta manera el compromiso maduro de cada votante con el pacto social que lo elevará.

Compromisos por parte del capital que tendrían como ineludible contrapartida, desde luego, la plena e irrestricta vigencia de los hoy conculcados derechos de propiedad privada y de absoluta libertad de empresa. Con las seguridades de una Justicia con mayúsculas, muy bajas alícuotas impositivas y un Estado de fuerte vocación hacia la subsidiariedad de todas sus funciones.

Los ladrones populistas y los timoratos socialistas atacan y calumnian con furia el ideario de la libertad humana pues es en el control, la pobreza y el sometimiento de las masas donde ellos medran y se reproducen. Saben bien que si en algún momento esa libertad de producción y creación impetuosa de riqueza lograra ser puesta en práctica, el liberalismo se tornaría en una fuerza inatajable, sin competencia, imposible de voltear en buena ley… y su “negocios” estarían liquidados.

Fábrica de Pobres

Agosto 2009

Los integrantes del gobierno han perdido por completo la credibilidad, si es que alguna vez la tuvieron. Durante seis largos años hicieron todo lo posible para llegar al punto de no retorno en que se encuentran. Mintieron sin descanso casi desde el principio al país y al mundo sobre cada asunto que encararon, consiguiendo que todo el sistema de la democracia de partidos, los poderes del Estado y la totalidad del aparato controlador y registrador de las variables socioeconómicas quedara falseado y desacreditado.

Son falsas las intenciones y los ideales políticos que los motivan. Es falsa la historia nacional que se inventaron para justificarlos, tanto como arcaica y fracasada hasta el hartazgo, la teoría económica aplicada para “corregir” dicho supuesto. Es errada su interpretación de cómo funcionan las relaciones internacionales y de lo que significa ser un país respetado… y educado. Como también son falsos sus preconceptos socialistas sobre las causas de miseria y riqueza de los pueblos. Falsearon y bastardearon diálogos, obras públicas, planes productivos y promesas sociales dinamitando todo puente que tendiera a unir y pacificar.

En la senda criminal de Chávez, Kim Jong Il, Castro, Ahmadineyad o Morales, el reino virtual de los progresistas argentinos está en su apogeo, con resultados a la vista. A esta altura cada cosa que dicen los falsarios, aunque sea un “buenos días”, es tomada como una mentira a priori hasta por sus mismos partidarios, en un guiño cómplice con mucho de delincuencial.

Es evidente hasta para los más distraídos que el modo democrático de “autogobernarnos” habiendo dejado atrás a reyes o dictadores, adolece de gravísimas fallas y limitaciones. Estas falencias -intrínsecas al sistema- se manifiestan aún en democracias ejemplares como las de Suiza o Estados Unidos, comprobándose en el avasallamiento de las mayorías numéricas sobre los derechos de las minorías*, con sus efectos en corrupción estructural y pésima distribución del ingreso (1).
En la Argentina ni siquiera funciona ese sistema imperfecto; lo nuestro es un híbrido mafioso o despotismo electivo, funcional a una kakistocracia agresiva (del griego; kakistoi: los peores).
No debe sorprender pues, en el contexto de manejos tan cavernarios, la severa advertencia del Papa a nuestro gobierno, tildando de escándalo a la pobreza provocada en nuestro país.

Provocada porque aquí, a diferencia de otros sitios, es algo absolutamente injustificable cuya única causa se halla en la increíble acumulación de errores de praxis y malas decisiones de la presidencia, con posterior superposición sedimentaria de fraudes, confiscaciones, subsidios y mentiras para encubrir sus consecuencias. Insistiendo con tozudez en ignorar las constantes advertencias de los expertos en contrario.
Unas pocas cifras reales lo demuestran: 14 millones de pobres más 6 millones de indigentes, con un 40 % de la población gravemente empujada hacia abajo y el 7 % de los hogares bajo serio riesgo alimentario.
Donde el escándalo, en definitiva, consiste en la decisión consciente de fabricar más miseria y seguir hundiendo la nación. Todo antes que admitir que subieron al poder para lucrar -como todo populismo- con el dolor de la indigencia, que su “modelo” no es más que una trampa caza-bobos y que son responsables de sufrimiento y exclusión social, trabajos informales y malpagos, desnutrición infantil (8 muertes por día), viviendas precarias, carencia de servicios básicos e inflación sobre millones de seres humanos inocentes por falta de educación y discernimiento.
Y donde la respuesta del gobierno peronista a tamaño descalabro de pobreza, consiste en… ¡insistir con más de lo mismo!

Vemos a la presidente redoblar esfuerzos en su siembra de división y odio entre argentinos, a modo de maniobra distractiva, bajo el expediente de lanzar a unos contra otros azuzando el más primitivo resentimiento caníbal. Tal como lo hiciera otra mujer del mismo signo a mediados del siglo pasado, dando el puntapié inicial al aspecto más irreparable de nuestro desbarranque moral.
Respuesta que también consiste en un nuevo plan que crearía 100 mil falsos empleos con cargo seguro al arruinado Tesoro nacional. Porque lo cierto es que el plan de la presidente se parece demasiado al plan de los autos, al de las heladeras, al de los créditos para inquilinos o a tantos otros planes estatistas e intervencionistas fracasados, o de muy magros resultados con relación a la inmensa escala de los logros que necesitamos para remontar la inmensa escala de nuestros retrocesos hacia la miseria.

Cualquier excusa sirve en lugar de dejar de pisar con la bota estatal el cuello de las empresas privadas, eliminando impuestos y regulaciones como modo inteligente de estimular enérgicas inversiones reales a gran escala, para generar no 100 mil subsidios más sino millones de nuevos empleos reales.
Porque el control que brinda el poder logrado a partir de esa agresión constituye la llave de toda kakistocracia en funciones.

Resulta obvio que el partido de gobierno no está interesado en resolver los problemas de base en orden al fin de la pobreza, porque tal acción sería equivalente a serruchar la rama que los sostiene. Se trata, por otra parte, de la misma rama que soporta el considerable peso de radicales, socialistas, nacionalistas o pinosolanistas y de todos quienes todavía apoyan la ficción de un Estado monopólico, salomónico, omnipresente, gran recaudador, reglamentador y solucionador de los dramas de pobres y ausentes.
Dramas como el de la pobreza, claro está, fabricados previamente por el mismo Estado.

Un gran escenario de fantoches avivados para engañar a un público poco informado, haciéndoles creer que todo aquello que viene fallando a escala-catástrofe desde que tenemos uso de razón, esta vez, ahora sí va a funcionar.
Despertemos. Lo único que crea el Estado son palos en la rueda de la economía privada, dificultando siempre el progreso. Por eso abolición de pobreza y abolición de estatismo son diagonales destinadas a coincidir.



* La minoría más pequeña es una sola persona.
(1) http://libertadynoviolencia.blogspot.com/2008/06/desigualdad-y-redistribucin.html
ver artículo “Desigualdad y Redistribución”

Seguridad

Agosto 2009

Los actuales Estados son máquinas de forzar gente en casi todos los sentidos. En especial el económico, creando, recreando y perfeccionando un campo minado de impuestos que cerca todos nuestros actos. Violentándonos con sus monopolios de empresas estatales que siempre pierden y de muchas otras áreas reservadas. Todo costoso, burocrático e ineficiente, como corresponde al dominio de lo coactivo.

La gente inteligente sabe que el futuro súper tecnológico que nos espera, el avance de la economía del conocimiento y la progresiva integración global, llevan en definitiva hacia sistemas de organización social cada vez más abiertos y descentralizados. Apoyados electrónicamente en interconexiones individuales para la resolución de necesidades, en grandes redes de diferentes niveles creadas por iniciativa privada y de integración voluntaria.
Literalmente, la tecnología y la educación nos liberarán en forma gradual de los déspotas agresivos. O más bien posibilitarán el desarrollo de una gran autonomía y libertad de elección con enorme cantidad de opciones, para aquellas sociedades que tengan la perspicacia de comprender sus ventajas y de defenderlas.

¿Es necesario el monopolio para que algo funcione mejor? Al contrario. ¿Porqué monopolio es mala palabra en el ámbito privado pero intocable vaca sagrada en el ámbito público?
La verdad es que si el Estado permitiese lealmente y en igualdad de condiciones la competencia de emprendedores privados en cualquiera de sus áreas de exclusión… estaría cavando su propia fosa. Una fosa para la impunidad, los “negocios”, los privilegios de sus integrantes y la continuidad del parasitismo social crónico que les asegura los votos. Razones suficientes para no hacerlo.
Y porque la gente se daría cuenta de que es posible recibir un mejor servicio de seguridad, por ejemplo, a una fracción del costo que hoy paga.

La seguridad es un tema que figura desde hace mucho como motivo central de disconformidad e indignación ciudadana.
La actual policía estatal tiene como prioridad la defensa y custodia del gobierno (que decide y efectiviza sus haberes) y el enorme sistema que lo sostiene. Los ciudadanos comunes con sus pretensiones y quejas, son potenciales amenazas… ¡para los gobernantes! De allí el frenético énfasis en mantener a la sociedad productiva desarmada para mejor controlarla y ordeñarla, bajo la excusa de “mantener el orden social”.

A medida que avance la civilización, los servicios de policía derivarán hacia lo competitivo. En la Argentina, ya son más de 150.000 los guardias de agencias de seguridad privadas, que hacen todo lo que el Estado no ha ilegalizado (y que irán por más cuando se abra el juego).
Las agencias privadas también están más interesadas en defender a sus mandantes, como vimos con el caso de la actual fuerza policial.
El gobierno puede permitirse gestionar la defensa de los ciudadanos en forma ineficiente y si falla, simplemente pide más dinero de impuestos. Así ha ocurrido siempre. Pero si una de estas agencias falla, el cliente prescindirá de ella y eventualmente quebrará quedando fuera del mercado. Si pudiésemos prescindir del Estado cada vez que falla, sin duda este habría sido abolido hace tiempo.

En la competencia de un mercado libre, las agencias de protección se verían compelidas a brindar el mejor servicio al menor precio posible. Estarían interconectadas y buscarían mayor eficiencia cooperando entre sí, tanto como elevando sus niveles en nuevas tecnologías, armas y equipos de última generación, alertas tempranas, investigaciones de inteligencia y servicios especiales para clientes con diversas necesidades, como comprobar las puertas, patios y ventanas de las casas cuando los propietarios están fuera.
A través de dicha competencia, los consumidores proveerían al mercado de los fuertes incentivos que un servicio de tanta importancia como la seguridad pública necesita, para funcionar cada vez mejor. Las prácticas más exitosas tenderán a desplazar a las menos apropiadas, a diferencia del actual funcionamiento monopólico sin auditoría del consumidor, donde los mayores incentivos actúan a favor de que el Estado mantenga la exclusividad en el uso de las armas… en apoyo de sus políticas.

Una derivación natural de organizaciones como las descriptas, será una alta participación de las compañías de seguros en el sistema. Asegurar una vida, una agresión, una casa, un auto, un barrio o una eventualidad de estafa con un plus costo, nos abonará a la agencia de seguridad que la misma compañía integrará y/o gerenciará. Esta estará interesada al máximo en que tales siniestros no ocurran o en recuperar los bienes robados.
Quedaría entonces instalada la práctica de la indemnización por fallas en la seguridad. Concepto impensable con el actual monopolio estatal, donde la policía no tiene incentivos para recuperar lo robado ni los funcionarios dejan de cobrar sus elevados salarios por más que los ciudadanos sigan siendo agredidos.
Las compañías y agencias procurarán asimismo que sus propios clientes y empleados no sean agresivos, ya que no querrán correr con las elevadas indemnizaciones que podrían corresponderles por daños a la propiedad de terceros. Campañas diversas para la disminución de la violencia social y el uso responsable de armas podrían ser de moneda corriente, y a su costa.

Cada persona o familia decidirá el nivel óptimo de seguridad compatible con lo que esté dispuesta a pagar, considerando que dicho costo de protección será individual y proporcionalmente menor al inmenso costo que hoy se solventa con impuestos, con inflación o con endeudamiento. En tal caso el gobierno deberá quitar imposiciones al consumo popular (entre muchas otras, las que se incluyen en las facturas de servicios como gas o electricidad) hasta compensar la correspondiente baja del gasto, poniendo así el dinero en manos de la gente. Habilitándola a contratar a la agencia privada de su medida y elección.

“Todo lo que el gobierno hace puede ser clasificado en dos categorías: aquello que podemos suprimir hoy y aquello que esperamos poder suprimir mañana. La mayor parte de las funciones gubernamentales pertenecen al primer tipo”. David Friedman.

Impacto Profundo: en la autopsia del error

Agosto 2009

Nuestra conciencia natural, nuestro saber innato nos dice que iniciar una agresión contra alguien que no nos ha agredido está “mal”. Y que defenderse de esa agresión no provocada mediante una reacción proporcional, está “bien”. Condenamos en nuestro corazón y en nuestra mente el ataque inicial que violenta la mansa privacidad de otra persona, tanto como justificamos la respuesta de la agredida en (y sólo en) defensa propia. Es un hecho correcto y natural que así lo sintamos y afirmemos. Es de persona bien nacida percibir lo pacífico y lo voluntario como moralmente superior a lo violento o lo coactivo.

El mandato primordial de nuestra conciencia es claro: obtener algo (cualquier cosa; desde dinero hasta sexo) irrumpiendo sin consentimiento en la esfera propia de un ser humano pacífico está mal. Sin excepciones e insanablemente, mal.

Nada cambia para estas invasiones forzadas a lo personal si el agresor, en lugar de ser uno, son tres. O es un grupo de treinta, una multitud de trescientos mil o una mayoría electoral de treinta millones que comisiona a algunos líderes políticos para que lleven a efecto agresiones a gran escala. Ni si el agredido deja de ser una sola persona para pasar a constituir una mayor cantidad de individuos que sean, supongamos, honestos propietarios de bienes que otras personas desean tomar.
Nuestro gobierno lo hace a diario y con soberbia, amenazando a quienes trabajan, crean y producen con temibles represalias si no pagan los abusivos impuestos que decide cobrarles o si no respetan los abusivos reglamentos que decide imponerles.
No hemos avanzado gran cosa, por cierto, desde la época del César, de Atila o de Luis XVI. La fuerza de las armas por sobre las fuerzas de la razón, del pacifismo o del derecho a no formar parte. Propio de los simios con su “ley del más fuerte”. Propio de la turba delincuente con su ley del “somos más” e impropio de seres que se consideran a sí mismos evolucionados.

Ese innato sentido de lo apropiado y justo nos dice también que todo lo que se logre a través del uso o amenaza de la fuerza bruta (como también del engaño político, que es otra forma de agresión) está viciado, podrido desde su génesis. Aún sin haberlo estudiado, todos “sabemos” o “sentimos” que no es posible obtener buenos resultados partiendo de malos procedimientos. Acciones impropias nunca podrán lograr resultados satisfactorios, virtuosos para todos o exentos de violencia contra los mansos.

La proporción en la que estas verdades tan elementales como evidentes fueron ignoradas, marcó el grado del castigo que cada sociedad, por pura lógica, sufrió. La Historia lo demuestra con gran claridad en el registro de milenios de cruel dominación de déspotas o monarcas endiosados, sobre seres humanos indefensos por ignorancia y pobreza. Y durante el paroxismo del terror estatista del pasado siglo, cuando entre el socialismo marxista (comunistas) y los nacional-socialistas (nazis) asesinaron a 170 millones de mujeres y hombres que trataron de oponerse a ser forzados en su patria y por sus conciudadanos.

Quienes defienden al Estado y a su potestad de forzar a seres humanos que no desean ser forzados, defienden a la máquina de matar, robar y oprimir más perfecta y efectiva que existe. La incapacidad para buscar, explorar o probar alternativas más justas, menos primitivas, no los exime de la vileza de estar apoyando algo intrínsecamente perverso.

Podríamos mal-argumentar que en una sociedad con muy poco o ningún Estado algunas personas darían rienda suelta a su más malvado egoísmo, olvidando que eso se vería muy acotado por los poderosos efectos de la competencia que se genera en un ambiente de gran libertad. Pensemos en cambio que lo que ahora mismo tenemos es a personas así pero con un poder de daño inmensamente magnificado, al comando de la máquina del gobierno con sus monopolios de fuerza armada, dictado de reglas, cobro de tributos y aplicación de sanciones. ¿O alguien por ventura cree que nuestros gobernantes son (o han sido) seres desinteresados, serviciales, plenos de virtuosa inteligencia y serena bondad?

La principal agresión del Estado sobre los ciudadanos es la de carácter económico (las demás son funcionales a esta, incluida la educativa). Se sabe que una reducción en la violencia impositiva redunda en un aumento de la tasa de capitalización de las empresas. Y que esto se traduce en mayores reinversiones con aumentos de producción y más empleos de calidad. También en más ingreso de dinero foráneo y emprendedores creativos. Haciendo rodar un círculo virtuoso que, de a poco, puede dejar a la coacción fuera -por innecesaria- y a los acuerdos voluntarios dentro. Acuerdos libremente pactados, innovadores, para todo fin imaginable y de todas las clases posibles.

A menos sobrecarga estatal forzosa, entonces, más bienestar para todos; no para los que están en el gobierno y sus “amigos”.

Es la lógica que explica porqué asistimos al desastre de pobreza, exclusión y descenso en todos los rankings de esta Argentina gobernada por peronistas filo-mafiosos, militares filo-fascistas o radicales filo-socialistas. ¡El crimen no paga! La estupidez tampoco: insistir en implementar sistemas sociales que pretenden terminar con la pobreza imponiendo ataduras, dogal y látigo a quienes crean riqueza, es poner el trineo delante de los perros. Es ir contra natura y contra conciencia.

Está claro que civilización y evolución son conceptos que van de la mano con la no-violencia; con el consecuente respeto y protección de las libertades individuales de elección.

Sabiendo cuál es nuestro Norte a largo plazo y qué cosa es lo correcto, sabremos poner la palabra y la acción debidas a cada circunstancia. Desde qué hacer con nuestro próximo voto hasta qué valores inculcar a nuestros hijos. Desde cómo aconsejar a los menos instruidos para ayudarlos a ayudarse, hasta despojar al Estado de su aura benefactora, para verlo como lo que realmente es: un agresor a gran escala y un enorme obstáculo en el camino, sobre todo, de los más indefensos.

Elegir el Sufrimiento

Julio 2009

Nuestra sociedad ha elegido apañar la desnutrición para muchos cientos de miles de niños, afectando para siempre su desarrollo neuronal y físico. También eligió educarlos (y a muchos otros más) de manera insuficiente, afectando severamente su capacidad de evolución intelectual y cívica. Eligió asimismo coartar sus posibilidades de progreso económico y social como adultos, afectando así su autoestima y sus chances de realización personal.

Nuestra sociedad sigue eligiendo cada día amargar la vida de millones de compatriotas a través de las ansiedades, mala calidad de vida (evitable) y consecuentes quebrantos de salud, provocados al vivir bajo un “modelo” agresivo y desactualizado. También elige castigar a sus mayores con inseguridad económica, humillación moral por dependencia y muerte prematura por privaciones, al haberles bloqueado el bienestar de modernidad civilizada que les hubiese correspondido.

Hemos elegido todo este sufrimiento durante más de seis décadas de manera deliberada. ¿Cómo? optando una y otra vez por demagogos, mafiosos, ignorantes ineptos, violentos o simples ladrones para que comandaran desde el Ejecutivo nuestro derrotero. No caben aquí las excusas del “no sabía”. Todos supimos perfectamente quién era quién. Y la fuerza bruta del número hizo lo suyo, arrastrando en su marejada primitiva a la totalidad de la población. Incluyendo a los muchos ciudadanos que estaban -y están- en absoluto desacuerdo.

A consecuencia de estas elecciones también tuvimos parlamentos dominados por incultos y oportunistas que convalidaron un reglamentarismo cerril de tendencia coactiva, retrógrada, confiscante. A contramano de la inteligencia pero funcional al “políticamente correcto” resentimiento de moda. Los delicados derechos de propiedad privada y de libertad de empresa que se suponía debían proteger, cayeron heridos de gravedad bajo la metralla socialista mientras nuestro brillante futuro de gran potencia se hacía añicos, ante la socarrona mirada del mundo.

Los mismos nefastos gobiernos militares, con su tosco estatismo nacionalista y sus excesos criminales, no fueron más que obvia, buscada y matemática consecuencia de la sumatoria de incapacidades, sinvergüenzadas y estúpidos desmadres de la clase política que elegimos. Basta mirar a nuestro alrededor o releer los primeros párrafos de esta breve crónica para comprobar la bajeza de lo que le hemos hecho a los más desprotegidos con nuestros muy democráticos votos.

No todo está perdido, sin embargo. Podemos seguir eligiendo cada tanto, entre otras acciones de resistencia. Y esa elección podría empezar a tornarse más autodefensiva, menos comprada en el caso de las familias más sufridas, votando a quienes más se acerquen a ideas realmente avanzadas en orden a su más pronto ingreso a la economía del conocimiento y sociedad de consumo modelo siglo XXI.
Tal vez sólo dependa de un buen publicista con un presupuesto generoso, aportado por instituciones y empresas dispuestas a una solidaridad inteligente. Tal vez no todos los sueños y anhelos puedan ser comprados por los corruptores. La verdad, la corrección, el sentido común… no han dejado de ser herramientas formidables. Tampoco el afán de verdadera justicia. Ni las nuevas ideas con capacidad de movilizar entusiasmos.

Ideas avanzadas, hoy, son aquellas que se basan en ciertos conceptos irrenunciables, soportes de un alto grado de civilidad.
Conceptos que son, por otra parte, los que potencian exponencialmente la tasa de capitalización (promoviendo inversiones, ahorro, producción, innovación, crecimiento, inclusión, bienestar) en cualquier sociedad. La evolución humana progresa por el camino de objetivos y verdades como las que siguen:

La meta debe ser establecer una sociedad libre y próspera donde nadie necesite y todos posean en abundancia. En el trayecto, una sociedad donde se fabricase riqueza sin pudores a todo nivel nos permitiría ser más solidarios, porque quien posee más, puede ayudar más con sus recursos.

La igualdad significa igualdad de oportunidades para conseguir mejor salario, justicia, seguridad, jubilación, vivienda o la felicidad que se desee mediante transacciones, convenios, arreglos, contratos, acuerdos voluntarios con otros hombres.

La política sólo actúa en el ámbito de la coerción mientras que la libertad, desde luego, significa ausencia de coerción aunque es también y principalmente, responsabilidad. Limitar el poder, pues, reduce el daño que la gente puede hacer a otros a gran escala a través de la política, violando libertades personales.

Tolerancia significa que no podemos usar la fuerza para imponer nuestras opciones a los otros. Siempre es inmoral tratar a las personas como medios, sin importar los pretextos que se usen. Las interacciones humanas deben ser estrictamente voluntarias y pacíficas. Convenzámonos: usar la fuerza o el fraude para conseguir algo de los demás tiene un nombre: robar.
A contramano del intercambio voluntario, los impuestos son un claro ejemplo del saqueo coercitivo a la propiedad de la gente sin tener su consentimiento previo. Debemos tender a aplicar al gobierno la misma norma de sentido común que se aplica cuando un individuo interfiere con otro. Y terminar aplicando estricta y coherentemente el principio de la no agresión a todo el campo de la acción humana. Quien no esté de acuerdo con esto, es agresivo.

Las guerras y matanzas, las disputas políticas que jalonan la historia humana subyacen a la pregunta ¿quién tiene derecho a imponer su voluntad sobre su prójimo para obligarlo a hacer lo que él quiere? y la respuesta correcta es: nadie. Ninguna persona o mayoría bajo ninguna circunstancia tiene el derecho de obligar a los demás a hacer (o dejar de hacer) nada. Es derecho básico del ser humano que los demás no puedan actuar en forma violenta contra su vida, su libertad y su propiedad. Y la propiedad de una persona es la extensión de su vida. Los derechos, señores, no se disfrutan a costa de otros. So pena de sufrimiento social elegido como el que tenemos.

Todos estos conceptos han sido ignorados o atropellados, en especial por el largo rosario de los gobiernos responsables de nuestra decadencia. Los anteriores los atropellaban menos, bastándonos eso para ser el país estrella que fuimos hacia la época del Centenario.
Lo que no quita que ahora sepamos que de elegir el camino de sociedad abierta y de libertad total a nuestra creatividad, la explosión de bienestar que nos elevaría podría dejar sordo y mareado al resto del planeta.

Sentido Común

Julio 2009

Situémonos por un momento en el mundo de los deseos argentinos promedio. Podría tratarse de una familia, obligada por las circunstancias a vivir en una modesta vivienda estandarizada de clase media baja, de un barrio pobre con mal asfalto “electoral” deteriorado. El padre empezó como encargado de sección en una fábrica que quebró y ahora se gana la vida manejando un camión para la municipalidad. La madre, antes ama de casa, ahora revende y arregla ropa para vecinos. Los hijos callejean o se demoran en el cyber mientras no están en su escuela pública de medio turno.
Imaginemos ahora sentar a esta pareja a una mesa, dejándolos expresar sus sinceros anhelos de vida; sus sueños. Poco tiempo les tomaría entusiasmarse en un listado que sin duda incluiría:

a) Trabajo seguro y bien remunerado para el padre en una industria novedosa y pujante. Dinero efectivo, tarjetas de crédito, cuenta bancaria y respetabilidad social. b) Buena educación para sus hijos en un colegio privado bilingüe de doble escolaridad con deportes y luego, en universidades empresariales con rápida salida laboral c) Medicina prepaga de calidad en sanatorios privados y clínicas de primer nivel. d) Casa de categoría con todo el confort moderno en un barrio de buena ubicación y ambiente familiar, con seguridad privada y accesos iluminados. e) Dos autos de modelo reciente, para independizar movilidades. Buen guardarropa para todos. Muy buena comida. Vacaciones en la playa. f) Seguros de vida y retiro para proveer a una vejez en plenitud, sin sobresaltos económicos. Y probablemente varias cosas más.

Perfectamente justo y válido. ¿Por qué no? En algunos países, metas como esas son realidades alcanzables. Está probado. Tal vez no en la escala en que sería posible para un país tan “rico” como el nuestro, pero forman parte de “la normalidad” en nuestro siglo XXI.

Es de notar que todo lo que nuestros empobrecidos padres de familia anhelan se sitúa en la órbita de la economía privada.
Si pudiesen elegir, abandonarían la órbita de lo estatal y de sus “servicios, subsidios y ayudas” públicas, huyendo raudos hacia lo que ofrece el capitalismo bien entendido; ese “malvado” sistema que nos enseñan a odiar: empresas dadoras de empleo real, banca real, educación real, salud real, hogar real, seguridad real, sociedad de consumo real o jubilación real. Entre muchas otras cosas.

El listado de deseos del argentino medio lo prueba. Tras más de 65 años de gobiernos populistas de todo pelaje, gastando dinero extraído al sector privado en el intento de “ayudar al pueblo” con servicios e intervenciones públicas, el pueblo sólo anhela escapar de los resultados reales de esta “distribución de la riqueza” al revés.

El odio y la descalificación al capitalismo real pueden entenderse en la clase política, sindical y de “empresarios” amigos que viven del sistema socialista repartidor de lo ajeno, de la violencia tributaria y de la inmunidad que les da el poder estatal.
No se justifica en el 95 % restante de la población, incluyendo a empleados públicos, beneficiarios de planes sociales, integrantes de fuerzas armadas o jubilados. Porque son justamente los más vulnerables y postergados quienes más sufren las consecuencias, frente al aborto de las condiciones básicas que permitirían su progreso; su salida de la miseria crónica.
El progresismo sólo hace lo que sabe hacer: retrasar nuestro despegue una y otra vez pisando las cabezas y los deseos de superación de millones de desgraciados para que sus líderes acumulen cuentas numeradas, tierras, negocios y mansiones. Para que un puñado de cerdos inconscientes juegue con ideologías perimidas de dirigismo intervencionista haciendo pagar los costos de su bárbara ignorancia a las familias del llano.

Es cuestión de sentido común. Las intervenciones estatales en la economía siempre son anti-mercado eficiente, anti-ganancias honestas y por lo tanto, anti-inversiones productivas. Son un verdadero fogonazo por la culata para el/la votante de izquierda, centro izquierda, izquierda vergonzante o con un toque de izquierda disfrazada.

La estatización de actividades que pueden ser gestionadas con mayor eficacia y economía de recursos por el sector privado, siempre genera pérdidas en cadena (directas o indirectas) que frenan severamente al conjunto. Ahuyentando el ingreso de dinero y emprendedores desde el exterior. O desde las reservas morales y económicas del interior. Impidiendo la posibilidad de que gente de mérito acceda a su propia y honrada riqueza sin procurar (inútilmente) incautarse la del vecino votando ladrones socialistas que se la roben.

Debemos entender, aunque sea en el plano teórico, que el gobierno siempre trabaja contra la gente. Aunque aparente lo contrario. El sólo costo operativo de todos esos caciques pedantes ordenándonos qué debemos hacer (¡como si lo supieran mejor que nosotros mismos!) y cómo debemos adorar al sistema que los sostiene, es una suma monumental. Suma que estaría mejor aplicada en capitalización productiva privada, creadora de cientos de miles de buenos empleos reales.
Ni hablar del daño económico, el freno anímico, las trabas laborales artificiales, la fuga de fondos, los sobrecostos administrativos, las colosales pérdidas de tiempo y oportunidades de crecimiento que generan todos esos jerarcas políticos lanzados a discurrir sobre la mejor manera de controlarlo todo. Ahogando nuestra libertad, nuestro natural solidario, nuestra cultura del trabajo y nuestra creatividad. Los buenos empleos reales perdidos se cuentan entonces por millones. Entre ellos, el empleo deseado por el padre trabajador de nuestro ejemplo inicial.

El engendro, la máquina de impedir que crearon se devora ya la mitad de la producción total anual de nuestra patria y va por más con la “profundización del modelo”. Los impuestos son hoy el arsénico que la sociedad bebe, forzada, con justa aprensión. Cada peso que se lleva el recaudador es una medida menos de poder financiero y sueños de progreso para las familias y una medida más de poder para la corrupta discrecionalidad estatal.
Evidentemente, cuanto más nos acerquemos al ideal de Cero Impuestos (*) más poderosa, justa, inventiva, captadora de capitales y con más poder inclusivo será nuestra sociedad.
Claro que siempre estará la posibilidad de seguir marchando (¿otros 65 años?) contra el sentido común.



(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/
Ver artículo Cero Impuestos, de Noviembre 08

Límites

Junio 2009

Un paquebote desvencijado y venido a menos ingresa a hélice muerta deteniéndose de a poco en un canal portuario sin salida, rodeado de basura flotante.

La viabilidad real de la Argentina y con ella las oportunidades de progreso ofrecidas a nuestra gente, ingresan en una zona límite. Un límite de perspectiva mental más allá del cual las personas creativas (las que crean, hacen, producen, invierten) pasan a orientar su creatividad hacia una prioridad: huir. Sacar de aquí su patrimonio, sus esfuerzos diarios, sus esperanzas de integrar productivamente una sociedad avanzada. Achicando el negocio para abandonar el barco en busca de horizontes menos asfixiantes. Al menos en lo que respecta al trabajo empresario y la ambición de ganancias honestas que puedan disfrutarse y reinvertirse, a salvo de la confiscación. Muchos ya lo han hecho: fuga de empresas y capitales dando trabajo, creando valor e invirtiendo en otra parte. O más inventiva en la elusión fiscal.

La presión de los impuestos sobre nuestra población, se sitúa hoy en el 50 % del producto bruto del país. De cada 2 pesos que genera toda la economía argentina, uno se lo lleva el gobierno. Una cifra colosal. Desmoralizante, ahuyentadora y absurda. Como los colmillos de un vampiro clavados en la yugular social. Fuera de límite. Que explica la mayor parte de los quebrantos privados y los males de la república.
A eso debe sumársele el demencial desmadre de lo que debería haber sido honesta e inteligente acción de gobierno: asombrosas mentiras, insultos, fraudes, abusos, prepotencias, vendettas, defraudaciones, favoritismos, coimas, discriminaciones etc. etc. redondeando un “modelo” marcado por el subjetivismo, el cinismo amoral y el más crudo gangsterismo mafioso.
Todo lo cual nos sigue empujando, por supuesto, hacia el infierno de la pobreza totalitaria: al sometimiento final, vía trituradora fiscal aplicada sobre la mayoría silenciosa.


Casi sin darnos cuenta, fuimos violando límites. Primero, el Estado ingresó como el socio vago a las empresas, con pesados retiros de fondos que se restaban a la reinversión y al reparto de dividendos. Pasando ahora de socio a dueño o socio mayoritario, relegando a los “propietarios” al rol de simples administradores. Que aportan sus esfuerzos y “know-how” (saber-cómo) para obtener una renta mínima respecto del riesgo, el trabajo y el capital puestos en juego, sobre un total que les es “propio” solo en los papeles.

Se trata de la situación actual de las empresas argentinas: auténticas meretrices trabajando “para el macho”. Para el Estado cafisho. La propiedad privada ya no es privada, sino propiedad condicionada al capricho y la fusta del amo.
Es estafa socialista en estado puro: confiscar “legalmente” la renta sin expropiar el comercio, la fábrica, la empresa de servicios o la tierra, haciendo que las cautivas trabajen gratis para el cacique y sus amigos… ¡creyéndose dueñas de sus emprendimientos y del producto! Yugo genialmente calzado sobre las cervicales de una sociedad pusilánime, que desde hace tiempo decidió someterse entregando virginidad… y dignidades.

La del impuesto es una ideología dañina. Ya se sabe. A más impuestos, menos renta empresaria y dinero honesto en las familias, menos inversión, creación de negocios y buenos empleos sustentables que generen consumo. A más impuestos más Estado pisoteador de derechos, des-educación con antivalores, burocracia, clientelismo y botín para los amigos. Más parasitismo social crónico y caciques ignorantes hostigando a los ciudadanos que se obstinen en crear riqueza.
Guste o disguste, en eso se basa el sistema peronista y radical que nos hundió. Ese es en núcleo duro de sus “doctrinas”. Es la madre del borrego y la madre de las recetas acerca de cómo hacer pedazos un gran país. De cómo quebrarle el espinazo a una gran sociedad. De cómo prostituir la cultura del trabajo y los sueños de nuestros abuelos inmigrantes reemplazándolos por el “modelo” de la obsecuencia delincuente con robo legalizado.
Llamando a las cosas por su nombre, es la ideología de la sinvergüenzada. Todo argentino y argentina, en su interior, lo sabe.

Al cruzar este tipo de límites, el gobierno provoca la reacción de un gran número de personas que comienzan a preguntarse cosas tales como ¿Qué utilidad me presta un Estado costosísimo que no me brinda seguridad, justicia, educación, jubilación, salud ni condiciones para mi desarrollo económico? ¿Pagaría los impuestos si el Estado no me obligara bajo brutal amenaza a hacerlo? ¿Prefiero trabajar para el macho del revólver o para mi familia? ¿Tengo opción real? ¿La caridad bien entendida empieza por casa, o por la casa del puntero populista de turno? ¿Por qué deberíamos apoyar con el producto de nuestra labor a violentos, autoritarios, intolerantes o dirigistas corruptos, cuando la historia universal y nuestra experiencia desde 1945 hasta hoy nos muestran que ese es el camino de la servidumbre, de la decadencia y de la exaltación de lo peor de nuestro pueblo? ¿Por qué temer a nuestra propia gente no brindándole las condiciones para crear riqueza sin agredir a otros ni ser agredidos cuando la historia de las sociedades más exitosas, inclusivas y civilizadas nos muestra que la diferencia estuvo en las libertades civiles irrestrictas, la apertura económica al mundo y el respeto por los bienes ajenos? ¿Por qué será que no nos dan la oportunidad de mostrar lo mejor de nosotros? ¿No vemos acaso que el Estado-zorro está en el gallinero llenando sus bolsas mientras nos grita que la libertad es peligrosa? Lo peligroso es lo coactivo. Son aquellos que nos prohíben elegir no pertenecer a lo vil. Eso es lo que hemos apoyado… y así hemos terminado.

Las cuadrillas de desguace se acercan por el muelle. La hora está sonando para nuestro arruinado buque que casi no recuerda ya su tiempo de gloria, de hace un siglo. Cuando éramos faro y guía de progreso en un mar de desorientados. ¿Tendremos las reservas morales y de valentía necesarias para revertir este desastre?

Izquierda Inteligente

Junio 2009

Tomemos el ejemplo de un tema caro a todo progresista que se precie: los pueblos indígenas, su postergación y pobreza, la pérdida de sus valores culturales y costumbres ancestrales tanto como la discriminación de que son objeto.
Como en casi todos los casos, los izquierdistas endilgan al sistema capitalista la culpabilidad sobre desastres, como este, de los que ellos mismos son directos responsables.

Lo primero que debe señalarse es que no somos una economía capitalista desde hace unos 80 años, al menos.
Lo nuestro es un híbrido mafioso con fuertes rasgos fascistas. Un corrupto prebendarismo de amigos y testaferros con asfixiante tributación de cuño socialista para el resto, condimentado con un reglamentarismo cerril y paralizante a todo nivel. Propiedad privada bajo ataque constante, Justicia con pistola en la nuca y legislaturas títere. Progresismo de manual si los hay.
En un entorno económico y jurídico tan esquizofrénico, el empresariado responderá al desafío adaptando sus acciones para sobrevivir y prosperar tanto como sea posible, dentro del marco-corset impuesto por el Estado.
No debe sorprender entonces que particulares y funcionarios hayan llevado las cosas por la senda de depredar ecosistemas, arrinconar etnias autóctonas y despreocuparse por las consecuencias económicas, morales y culturales de sus acciones. No sólo lo que es “de todos” no es “de nadie” sino que la falta de incentivos de verdadera ética capitalista abortó cualquier motivación favorable a los intereses de los nativos originarios.

Claramente, lo que debemos cambiar es el marco. Las reglas de juego que obligan a todos los argentinos a ocultar, trampear, desconfiar y aprovecharse pisando la cabeza del vecino para sacar la propia, de un agua estancada que nos llega a la barbilla.

Lo cierto es que las culturas autóctonas no deben asimilarse a fotos congeladas en el tiempo, que gente con pretensiones de élite y recursos para viajar, mantengan encerradas en un paleo-zoológico con tufillo cultural y “humanitario”. Como quieren ambientalistas retrógrados y sociólogos de izquierda.
Muy por el contrario, lo avanzado, lo libertario, es comprender que las tradiciones culturales o el lenguaje son modalidades vivas y dinámicas. Cada comunidad tiene derecho a reinterpretar sus ideales, reviviendo mediante la potencia del progreso económico el interés por el estudio y preservación científica de sus entidades más valiosas y conducentes. Es algo inevitable…y deseable.
En un entorno de seguridad jurídica y libertades individuales (del cual estamos muy lejos) las etnias originarias se habrían integrado al crisol de la nación, sus hijos serían universitarios graduados y propietarios en lugar de indígenas discriminados, muchos de los ecosistemas depredados serían explotados por ellos mismos con criterios agro-ecológicos de vanguardia y las condiciones de miseria que hoy tanto conmueven, no hubiesen tenido lugar.

Izquierda inteligente sería aquella que tuviera la decencia y valentía de admitir su enorme responsabilidad por crasos errores de enfoque en este y otra miríada de casos de desastre, humillación y muerte de los que está minada nuestra historia contemporánea. De retirarse al silencio de sus hogares y permanecer allí sin entorpecer más la recuperación del standard de vida evolucionado y próspero al que estábamos destinados.
El propio Ministro de Justicia acaba de admitir que durante todos estos años estuvo equivocado y que quienes pensaban distinto “lo convencieron”. Atenuó el bochorno bajo el recordatorio de que es necesario “ser valiente” para reconocer públicamente los propios yerros. El caso (esta vez) trató sobre el derecho de las parejas gay a adoptar. Un derecho defendido desde antaño por todos quienes sabemos que la libertad en todos los órdenes y la no violencia como regla fueron siempre el camino.

En absolutamente todos los casos de interacción humana en los que se pueda opinar sobre la manera más beneficiosa de resolver problemas de convivencia social, la opinión que se sitúe más cerca de la izquierda será siempre la peor y más contraproducente para todos los involucrados, su entorno, su comunidad y la humanidad global. No existen excepciones a esta regla negativa. Puede demostrarse caso por caso, error por error, conflicto por conflicto y fracaso por fracaso ad infinitum.

La regla de oro positiva que sitúa lo anterior en perspectiva tampoco tiene excepciones y es esta: en absolutamente todos los casos de interacción humana en los que se pueda opinar sobre la manera más beneficiosa de resolver problemas de convivencia social, la opinión que se sitúe más cerca de la libertad y la no-violencia será siempre la mejor y más productiva para todos los involucrados, su entorno, su comunidad y la humanidad global. Lo que también puede demostrarse caso por caso, éxito por éxito y progreso por progreso ad infinitum.

Todos sabemos que nada bueno puede resultar de líneas de acción cuyos cimientos se asienten en el barro de lo violento, de la fuerza bruta de la superioridad numérica, de la falta de respeto por la libertad real de elección y por la apropiación indebida de bienes vía impuestos. Genialmente resumido en palabras de Albert Einstein: “Es raro que se mencione un derecho humano destinado a tener gran importancia. Se trata del derecho y el deber que tiene la persona a no formar parte de asuntos que le parezcan errados o perjudiciales”.

Independientemente de que las “soluciones” de izquierda satisfagan las más deleznables inclinaciones humanas en orden al odio, la envidia, el resentimiento, la codicia de lo ajeno, la insatisfacción vital por propia incapacidad o por pereza, y que esta sea la razón profunda de su popularidad, izquierdismo y no-violencia serán siempre y en todos los casos, visiones de vida enfrentadas.

No hay un “grado bueno” de socialismo, como no hay un grado bueno de raticida que uno pueda tomar. En el compromiso entre raticida y salud, siempre perderá la salud. Nuestra historia y nuestro presente lo demuestran.

Evolución Individual

Junio 2009

Se ha dicho que hombres y mujeres piensan y también enloquecen en rebaños, mientras que suelen recobrar la cordura lentamente, uno a uno.

Ya somos grandes y no deberíamos llamarnos a engaño: hace 2.400 años Sócrates sentenció que la democracia nunca funcionaría pues la mayoría menos creativa siempre elegiría vivir en forma parasitaria de la minoría más creativa mediante la confiscación de su riqueza para repartírsela. Pensamiento que se tiene como la primera y más clara comprensión del socialismo.
Otro sabio, el estadounidense Benjamín Franklin, también razonó sobre el caso afirmando que la democracia podía describirse como dos lobos y un cordero decidiendo qué iban a almorzar. Lo que resulta especialmente cierto en el modelo argentino, que más allá de bellas teorías de protección republicana y declamaciones ingenuas, ha degenerado en brutal despotismo electivo.
Un tercer sabio, Albert Einstein, dijo por su parte: “la investidura del dirigente político proviene parcialmente de la violencia y parcialmente de la elección de la masa. No representa al grupo de intelectuales avanzados. Es como si el destino de los países estuviera condenado a caer en manos de irresponsables, que detentan el poder político”.

Porque en rigor de verdad los comicios, hoy y aquí, son maniobras de grupos de personas organizadas afianzando su bienestar y seguridad a través del expediente de restringir la libertad y la propiedad de los demás. Apelando para empezar, a una subasta anticipada de los bienes que robarán “a otros” cuando lleguen al poder (lo que se conoce como campaña electoral).
La Organización política detenta el monopolio del uso de la fuerza armada y, es claro, del cobro bajo amenaza de pesados tributos cargados sobre cada cosa que tocamos. Tiene su código de silencios y lealtades para “hacer negocios” y también su propio blindaje legal y de controles para someter a los que producen y comercian -a la minoría creativa- capítulo con el que contribuiremos a fines de este mes (la elección de legisladores).

Por cierto robar “a otros” votando a esbirros que asalten la propiedad ajena, dinamita la única escalera de salida de la pobreza que tienen los votantes más desprotegidos. Porque dicho robo frena las inversiones, desalienta la producción, fomenta la fuga de cerebros y de capitales. Causa principalísima del arrodillamiento de la patria ante decenas de pueblos a los que mirábamos desde arriba; de la mala vida y muerte prematura por miseria asestada a generaciones de argentinos. Probable genocidio por terrorismo fiscal de Estado pendiente aún de reivindicación.

La clase política que conforma esta Organización se divide grosso modo en tres vertientes: la primera directamente convicta por propia acción y confesión; la segunda, mejor intencionada pero reacia a reconocer en el no-respeto a los derechos de propiedad la causa-base del desastre nacional. Y una tercera vertiente a la que denominaremos “la menos dañina”, aunque lejana aún de las ideas de avanzada que necesitaríamos para ser un gran país.

El increíble descaro con que el actual gobierno expropia, insulta, provoca, divide, miente, atropella, compra conciencias y falsea instituciones republicanas, es el regocijo de malvivientes y parásitos asumidos. Y es la indignación de los justos y honestos, que todavía son mayoría. Nuestros gobernantes, continuadores del peronismo más vil, corrupto y bárbaro, representan entonces la primera vertiente.

La segunda se identifica hoy con la Coalición de pan-radicalismo más socialistas y reedita la misma alianza (en organizaciones adherentes e ideas económicas) que fracasó tanto con R. Alfonsín como con F. De La Rua.
El socialismo repartidor de lo ajeno, reglamentador y gran-papá-Estado-que-lo-sabe-todo es una idea superada, propia de estadios infantiles de evolución social. Que condujo a estancamientos, asfixia impositiva y anímica, como frenos a la generación enérgica de riquezas toda vez que se lo intentó en el pasado. Aquí, en Uganda, en China o en Suecia.
Demostró ser un sistema de conceptos artificiales, mal adaptados a la naturaleza humana. Sencillamente no sirvió ni servirá por más que la enana resentida (compañera del enano fascista) que muchos llevan dentro, lo siga prefiriendo. Y cuidado: no puede disfrazarse de ético al conjunto de ideas que condujo una y otra vez al hundimiento de los sueños de buen dinero por derecha y bienestar, de millones de sumergidos.

La tercera y “menos mala” está hoy representada por la alianza liberal-peronista de Unión Pro. No es más que eso: la menos desactualizada y dañina de las tres. La única con apertura mental y cultural como para allanar un tanto nuestra salida del infierno.
No evolucionaron aún hasta el Santo Grial de la potencia creadora de riqueza sin límites de las libertades máximas, la no-violencia aplicada sin excepciones y lo voluntario primando siempre por sobre lo coactivo. Pero concedamos al menos que las ideas y proyectos que exponen avanzan algunos pasos en la dirección correcta, cosa harto improbable (por su esencia estatista) para las dos opciones anteriores.

La corrección absoluta sería mucho más drástica, desde luego, y no se presenta aquí como opción. Pero si una mayoría de, digamos, el 60 o 70 % de los electores votara en blanco o simplemente se abstuviese de votar, la Organización política entera daría con su cara en tierra. Sería quitarles legitimidad, en la rebelión por hartazgo de un verdadero “que se vayan todos”.
En las elecciones de 2 años atrás, los que así lo hicieron superaron el 32 % del padrón. Cifra que se oculta cuidadosamente, contribuyendo al falseamiento institucional antes mencionado.

Sonaría entonces la hora de la gente. Sin déspotas iluminados que vivan de nuestro trabajo forzándonos a levantar las manos en silencio y a mirar al piso mientras les entregamos nuestra dignidad y el futuro de nuestros hijos.

Deber Ser

Junio 2009

Hemos sido reiterativos a lo largo de estas columnas, sobre el extraordinario logro de aquella nación joven, incivilizada y remota escalando velozmente posiciones hasta ubicarse entre los mejores países de la tierra. Superando a sociedades europeas, asiáticas y americanas en todos los rubros que definen el nivel de vida de los pueblos y la potencia de una economía en expansión.
No se trata de una opinión sino de hechos históricos: la Argentina liberal del Centenario (1910) era poderosa, respetada y admirada.
Líderes indiscutidos de todo el continente sólo superados por los Estados Unidos, éramos meca de inmigración calificada porque la inteligencia del mundo apostaba a nuestro brillante futuro.
Futuro del que querían participar, porque la apuesta era terminar de hacer de la República Argentina una sociedad de avanzada, inclusiva, libre y opulenta como ninguna otra.

Debimos ser todo eso y mucho más. Pudimos serlo con un mínimo de sentido común. Pero no fue así.
El Bicentenario nos hallará peleando los últimos puestos con ignotos países africanos y oscuras dictaduras asiáticas. Encabezando rankings de corrupción, dirigismo socialista y consecuente decadencia económica.
Caracterizados como caprichosos, mal educados, soberbios y poco confiables por el mundo civilizado, nuestra dirigencia gobernante y todos los votantes que la hicieron posible desde los años 40 en adelante, encarnan con precisión lo descripto en el magistral libro de Vargas Llosa “Manual del Perfecto Idiota Sudamericano” y en su continuación “El Regreso del Idiota”.

La realidad de hoy es, por ejemplo, la de un jubilado de 75 años, algo cojo y con rostro amargado, bajando de su mal mantenido automóvil de 35 años de antigüedad. El sol del verano lo ha hecho transpirar dentro del viejo habitáculo y recalienta el frente de su modesta casa de barrio con techo plano. ¿Vacaciones junto al mar? Imposible con su miserable retribución, tras décadas de aportes. Apenas si le alcanza para los muchos remedios que necesita, tras una vida de hacer colas en hospitales en busca de una salud pública preventiva que nunca encontró.

Pero la realidad de este mismo hombre podría ser otra. Basta imaginar una situación donde los votantes se hubiesen negado a encumbrar a nuestros campeones del Tercer Mundo populista desde los años 40 en adelante. Los mismos cuyos nombres desmerecen hoy numerosas calles, instituciones y parques.
Imaginemos una Argentina libre (o casi) de los peronistas, militares y radical-socialistas que nos mal-gobernaron. Siguiendo el otro camino: el de sociedad abierta marcado por los Padres de la Patria.

Veríamos entonces al mismo jubilado de 75 años bajando con una sonrisa de su automóvil de 1 año de antigüedad con aire acondicionado, fresco a pesar de un sol implacable. Esta vez estaciona en una calle arbolada, frente a su coqueto chalet de Mar del Plata. Se lo ve bronceado y saludable; erguido y con buena ropa. Su compañía de seguridad privada custodia su casa de dos plantas con jardín en un tranquilo suburbio rosarino. Tras décadas de trabajo y aportes a un seguro de retiro multinacional con plan de salud, hoy goza de una jubilación que le da solvencia y tranquilidad vitalicias.

La realidad de hoy también puede verse en una pareja de unos 30 años de edad. Ella aporta a la familia con su sueldo de empleada doméstica, mejorando un tanto el insuficiente salario de su marido, empleado municipal. Viven en un monoblock idéntico a muchos otros, en la zona sur del gran Buenos Aires. Es muy estrecho para ellos y sus 3 hijos, lo mismo que su pequeño automóvil de 10 años de antigüedad. Deberán aguantar, sin embargo, ya que su pobre horizonte no tiene visos de mejora. Y lo que es más doloroso: el futuro de sus adorados hijos tampoco parece prometedor. La igualdad de oportunidades ha sido sólo un cruel eslogan para ellos ya que las posibilidades prácticas reales de una educación superior competitiva, son escasas partiendo desde allí.

Pero en el planteo posible que nuestros dirigentes desecharon, la historia de esta familia trabajadora pudo haber sido muy diferente:
Así diez años atrás, de recién casados, calificaron para una empresa desarrolladora internacional que les brindó un crédito a 30 años con 5 de gracia. Comprendía el terreno con vivienda, los gastos de vida de los 2 primeros años, la infraestructura básica y el asesoramiento detallado para la producción de especialidades orgánicas de alto valor, sobre tierras irrigadas cercanas a un enorme y bello lago de la precordillera chubutense.

El emprendimiento prosperó en una gran comunidad de muchas decenas de miles de hectáreas antes desérticas, y ahora salpicadas de modernas empresas familiares.
En la actualidad, los millones de árboles plantados con criterio agro-ecológico por la desarrolladora comienzan a elevarse y a cambiar literalmente el clima. El verde se ve por doquier en un paisaje de calles vecinales asfaltadas, centros médicos y colegios privados, centros comerciales y una prolija zona industrial con empacadoras de última generación para colocar la producción local en mercados de todo el mundo, con el soporte de traders privados altamente especializados.
Grandes molinos de energía eólica y miles de metros cuadrados de paneles solares marcan, desde colinas adyacentes, la tónica de ciudadanos comprometidos con un sistema de vida sustentable y de mínima polución ambiental.
Nuestra pareja y sus hijos tienen una casa luminosa y confortable, una 4x4 de 2 años de antigüedad, una lancha para los fines de semana en el lago y están pagando sin inconvenientes las cuotas de su extensa hipoteca. Y lo que es mejor: la comunidad cuenta con un nuevo e impactante campus universitario sucursal de la Colorado University, que dicta diversos doctorados en ramas de la ingeniería genética.
Una autopista de ocho carriles enlaza ya a nuestra comunidad con el puerto, el aeropuerto y centro financiero de Rawson, terminal a su vez de un tren bala que conecta en pocas horas con Bahía Blanca, Azul y Buenos Aires. (Fin del sueño. Volvamos al monoblock elegido por nuestros votantes).

Los costos del atraso sufrido por la Argentina son pavorosos. En tiempo, vidas, humillación y sufrimientos inútiles.
Tal vez estos dos pequeños ejemplos gráficos de lo que deberíamos ser en todos los órdenes, ayuden a pensar con patriotismo nuestro próximo voto-castigo.

Ecologistas de Avanzada

Mayo 2009

El ecologismo, el conservacionismo, el uso de los recursos no renovables en forma sustentable, el rostro humano y amigable con el medio ambiente, en cultura, arte o espiritualidad, la economía al servicio del hombre y de la biodiversidad de nuestro planeta, son todas banderas claramente liberales. Con mayor propiedad aún, libertarias.

Los problemas alimentarios que hoy enfrenta el mundo, las amenazas climáticas con origen en la polución humana, las pruebas nucleares radioactivas, los derrames petroleros, la contaminación de espejos de agua dulce, la deforestación y prácticamente todos los desastres ecológicos, de extinción animal y sobreexplotación de los mares son culpa directa o indirecta de los Estados nacionales. Particularmente de aquellos con sistemas más dirigistas y contrarios al libre mercado. En especial de los regímenes de socialismo comunista, como puede comprobarse en la increíble acción depredadora de Rusia y China sobre sus territorios desde la segunda mitad del siglo XX, sin duda de índole genocida.

Que los Estados y los estatistas han sido la mayor fuente de desgracias humanas a todo nivel, es algo que a esta altura de nuestro camino evolutivo está fuera de cuestión. (*)

¿Se han preguntado porqué las gallinas, los caballos o las ovejas no se encuentran en peligro de extinción, mientras que sí lo están las tortugas marinas, las ballenas o los elefantes africanos?
Muy sencillo: sobre las 3 primeras especies rigen los derechos de propiedad mientras que para las 3 últimas rige el infantil son de todos.

Hablando de elefantes, observemos un edificante ejemplo al paso: diferentes países adoptaron diferentes estrategias con vista a su preservación. Zaire, Kenia y Tanzania, por caso, optaron hace unos años por lo convencional: los elefantes son de propiedad pública y se los protege con decisión (y aplauso de grupos verdes), con todos los gastos que ello implica a cargo de sus contribuyentes. El resultado de este accionar es…que se siguen extinguiendo. Hay ahora menos de la mitad de los elefantes que había al momento de tomarse la “opción estatista”.
Botswana y Zimbabwe, en cambio, adoptaron la estrategia inteligente: la mejor para los elefantes, no para los burócratas. Aquí el gobierno vendió en propiedad las manadas a los consejos tribales regionales y a particulares (con derechos de caza y de percibir cánones de cazadores y otros por cada animal utilizado). Y el resultado “liberal” obviamente, fue espectacular: la población de elefantes aumentó rápidamente. Por la misma razón por la que no se extinguen las vacas a pesar de su utilización intensiva como alimento humano.

¿Cuál creen que hubiese sido la opción tomada por Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Fidel Castro o Evo Morales? Si. Adivinaron. Los hundimientos de pueblos, economías y ecosistemas nunca son casuales.

La tecnología actual posibilita acciones que antes hubieran sido de difícil implementación. El riesgo de extinción de las ballenas azules, por ejemplo, puede conjurarse mediante el expediente de adjudicar derechos de propiedad a empresas que administren el recurso mediante su explotación racional. Podría ser con fines conservacionistas o meramente utilitarios. Como sea, el objetivo del empresario será siempre aumentar sus planteles, mantenerlos sanos, bien alimentados y electrónicamente protegidos de balleneros piratas y furtivos. A su costa. Sin corrupción posible.

Si las selvas amazónica o filipina no fueran tierra fiscal concesionada sino vendidas en propiedad absolutamente privada y negociable (sin discriminación a extranjeros), la deforestación dejaría de ser un problema planetario. Las valiosas especies arbóreas quedarían protegidas de incendiarios y depredadores oportunistas a costa de los particulares, ya que la supervivencia de la empresa con su finca comercial incluido el recupero de la inversión inicial, dependería del uso racional del recurso, de la replantación constante y del manejo científico de la valiosa biodiversidad de la que es poseedora. Nadie trabaja para perder su patrimonio. Antes bien para incrementarlo en beneficio de su descendencia (¡y de la humanidad!), para lo cual el afán de ganancia oficia de poderoso estímulo. Descontando, como en el ejemplo anterior, que “explotación comercial” es un concepto tan amplio como para incluir… a un grupo de filántropos que aporten capital privado con el sólo objeto de preservar y permitir visitas de turismo ecológico, entre muchas otras posibilidades que el ingenio humano liberado de impuestos y bloqueos mentales nacionalistas podría crear.

Si en lugar de tanto estatismo imbécil nuestra república y otro centenar de naciones hubiesen determinado la propiedad privada del subsuelo, como hicieron algunas sociedades más perspicaces, el cercano agotamiento de recursos como el petróleo más la crisis energética no estarían en la agenda actual.
Los incentivos para la exploración, extracción y administración económica del recurso (cualquier recurso valioso) hubieran forzado un derrotero histórico totalmente diferente. El mercado siempre orienta, a través del precio libre, tanto la demanda racional cuanto la oferta de sustitutos o la creación de “reservas” de distinta disponibilidad, estimulando la investigación, el avance de nuevas alternativas comerciales y la máxima tasa de conservación o nueva prospección posible compatible con el crecimiento económico deseado por cada actor. Algo que el intervencionismo estatal jamás pudo ni podrá hacer. Porque los actores son unos 6.500 millones.
Argentina sería hoy, desde luego, una potencia productora y exportadora de petróleo, gas, oro, plata, aluminio, piedras preciosas, cobre, agua dulce, tungsteno y muchos otros recursos que hubieran estado al servicio de la riqueza de nuestra población, en lugar de dormir a la espera de la obsolescencia vía el desarrollo de sustitutos y nuevas tecnologías operativas.

El tema excede el espacio físico de esta nota pero la habilitación y el respeto de los derechos de propiedad, son el principio y el fin. El alfa y el omega del bienestar humano y ambiental.
Los ecologistas de mentalidad madura ya lo comprendieron. Los verdes antiglobalización adscriptos a la izquierda troglodita y al nacionalismo discriminador, aún no.



(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/ artículo “Estado” de Julio 2008

Sociedad de Esclavos

Mayo 2009

¿Somos una sociedad de mujeres y hombres libres, como nos gusta creer? ¿O se trata de un autoengaño?
Cuando algunos eligen crear o trabajar en empresas y negocios, producir bienes o servicios mientras otros hombres se dedican a usar las armas del Estado para saquear y confiscar a los primeros como modo de vida, parece aventurado catalogar a esa sociedad como libre.

Los vampiros del esfuerzo ajeno, cualquiera sea el grado de su vampirismo (y en la Argentina es muy elevado) conspiran contra el nivel de ingresos de toda la sociedad parasitando a sus víctimas, restándoles energía creativa e imponiéndoles una degradación que conlleva también el propio fin.
La historia de todas las dictaduras del globo y la de nuestra propia y terrible decadencia a manos de despotismos electos lo prueba.
Quienes se benefician de la sangría argumentan que sólo así puede solucionarse el grave conflicto de intereses entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada.

La verdad y la justicia, claro, están en otra parte ya que no hay divergencia de intereses entre personas que no pretenden lo que no han ganado siendo que en un marco de libre intercambio (del que estamos muy lejos), los intereses racionales no chocan entre sí. Sólo se complementan y potencian en la sinergia de un círculo virtuoso: el de la distribución de la riqueza vía el rápido aumento de los ingresos reales de todos. (1)

El bien común no puede lograrse mediante sacrificios humanos, como en la cultura precolombina, desangrando a algunas mujeres y hombres (o empresas y negocios) en beneficio de algunos otros. No somos animales sacrificables, medios para, números en la pantalla del burócrata cuyo destino es subsidiar la vida de vagos, avivados, mafiosas y otros, enriqueciendo políticos en el camino. Aunque una mayoría opine lo contrario.

Si seguimos internándonos en la trampa de aceptar que el infortunio de algunos es una hipoteca con peso de lápida sobre las ganas de crecer de otros, seguiremos decayendo como lo venimos haciendo desde hace más de seis décadas. Años en los que el voto mayoritario apoyó a quienes, aplicando conceptos paleo-económicos, consolidaron la pobreza y la des-educación hundiendo a millones en la desesperanza. Provocando golpes militares que sólo atinaron a administrar el corrupto cáncer estatista, pasando la pelota al siguiente civil inepto.

No se puede vivir en una eterna emergencia que “justifique” fraudes, robos y violación de propiedades por parte del Estado.
Tampoco puede considerarse emergencia a todas las desdichas humanas, muchas elegidas por acción u omisión como pereza, vicios insalubres, incapacidad laboral o agresiva incultura limitante.

El dar es un acto de generosidad y nobleza moral mas no un deber coactivo que deba ser impuesto por la fuerza de las armas. La solidaridad voluntaria se troca en robo bajo amenaza cuando el Estado viola su obligación de proteger los derechos de las personas; en este caso los de aquellas forzadas a solventar el supuesto “derecho” de otras a una casa gratuita, a un trabajo para el que no se esforzaron en calificar o a boletos de ferrocarril a precios de quebranto. El vano intento de lograr fines contradictorios (redistribución de capital de trabajo con crecimiento social) sólo lleva a la destrucción económica y moral, caso del que nuestra patria es ejemplo palmario.

El votante populista dirá “la sociedad me debe una forma fácil de tener mi propia casa. Es mi ‘derecho’ a la vivienda digna. ¿Cómo? No lo sé. De alguna manera” El problema es que de alguna manera siempre significa alguien con rostro, familia, sueños, problemas, nombre y apellido. Y ocurre que no existe el “derecho” de algunas personas a violar los derechos de otras. So pena de africanización… como la que nos está distinguiendo.

Se sabe que sin el derecho de propiedad privada ningún otro derecho es real. Es el primer “derecho humano” después del derecho a la vida porque si el creador de algo no es dueño del resultado de su esfuerzo, tampoco es realmente dueño de su vida no pudiendo sustentarla en acuerdo a la inteligencia, el tiempo y el trabajo empleados en la creación de ese algo. Sostener lo contrario, negando el derecho a disponer de lo propio equivale a convertir a los seres humanos en propiedad del Estado, admitiendo que son sus esclavos o bienes de uso. De los que puede succionar toda la riqueza creada que le parezca conveniente, necesaria o “apropiada”.

En definitiva, los derechos individuales (primer enunciado de nuestra ignorada Constitución) son el medio civilizado de poner a sociedad y Estado bajo el control de la ley moral. Protección de mujeres y hombres libres contra la fuerza bruta de la “superioridad numérica”. La sociedad no es, para nuestra Constitución, un fin en sí misma. Sí lo es el hombre. La sociedad es sólo un medio para la coexistencia ordenada, voluntaria y pacífica de las personas. El individuo no le pertenece y no puede concederle (o revocarle) el permiso de ser libre puesto que cada ser humano posee su vida por completo, como derecho natural anterior a la sociedad y al Estado. Y su vida, como vimos en acuerdo con los más brillantes pensadores de la historia universal, incluye a sus bienes, como extensión del propio ser. El individuo que trabaja, produce y comercia mientras otros disponen del producto de su esfuerzo es, entonces, un esclavo.
Y como tal le asisten los derechos de rebelión, impugnación, resignación bajo protesto o secesión entre otros.

Si las doctrinas nacionalista (militar), peronista, radical o socialista desconocen los derechos del individuo (esencialmente el derecho in-avasallable a la propiedad con todo lo que de él se deriva) sus postulados son la ley del linchamiento legalizado.

Evitemos consolidar en las urnas este sistema criminal donde el gobierno se halla en libertad de hacer lo que le venga en gana mientras los ciudadanos sólo podemos trabajar, comerciar o producir algo si nos conceden el permiso.
Por el contrario, podríamos apoyar con nuestro voto a aquellos candidatos capaces de reeditar el honesto “sueño americano” traducido aquí en el sueño del inmigrante que podía, en una generación, construir su casa, acceder a una vejez con seguridad económica y dejar a sus hijos en buena situación inicial, sin pedir permiso ni parasitar a nadie.



(1) ver artículo “Capitalismo Popular” en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Destruyamos al Agro

Mayo 2009

El problema agropecuario es un caso serio. Un dilema que nos viene desde el fondo de la historia. Porque la Argentina (y antes el virreinato) inició su existencia apoyada en una sola columna: la producción agroganadera, base vital y dominante de toda la vida económica y comercial de la nación.
Nuestra historia, nuestra identidad, nuestra cultura, nuestra tradición y nuestro subconsciente colectivo, así como nuestra imagen en el extranjero desde siempre y aún hoy, están muy ligadas a lo agrario. Al campo argentino; a esa pampa tan desmesurada como nuestro carácter y tan mítica como nuestro destino de grandeza.

A partir de la sanción de la Constitución en 1853, nuestro país saltó a un ciclo de desarrollo acelerado que nos hizo trepar en el ranking de la prosperidad, hasta situarnos en las primeras décadas del siglo XX entre los 10 mejores países del mundo.

El modelo económico que motorizaba esta espectacular evolución, el que marcaba -y marca- la Constitución siguiendo el pensamiento de los Padres de la Patria, era el modelo liberal.
El sistema agro-exportador funcionó en sincronía con nuestros clientes compradores y los incentivos del mercado potenciaron la incorporación de tecnología y capitales allí donde la demanda marcara el mayor beneficio para el país en su conjunto. El mundo necesitaba alimentos de calidad y la Argentina, en efecto, los proveía. Así crecimos.

Ensamblando nuestras ventajas comparativas con las necesidades de un planeta hambriento, la producción agropecuaria se transformó en la locomotora natural de nuestro progreso.
El agro con su corriente exportadora no inhibió a las demás actividades y desde principios del pasado siglo XX pudo verse una industrialización creciente en gran cantidad de rubros.
A modo de ejemplo, tenemos que la cantidad de establecimientos industriales en esa época pasó de 36.500 en 1908 a 48.700 en 1913 y a 61.000 en 1924. Diversas situaciones en el comercio internacional a lo largo de esos años crearon la necesidad local de ciertos productos (la demanda) estimulando su fabricación nacional (la oferta) en un constante incremento de la producción manufacturera. Las leyes de libre mercado funcionaron tal como siempre lo habían hecho y así siguieron operando (como al mismo tiempo lo hacían en otros países similares: Australia, Canadá etc.) a pesar de crecientes imposiciones e interferencias de nuestros gobiernos.

Desarrollo total y exportación de materias primas no son -para la gente dotada de cerebro- conceptos contrapuestos sino complementarios. Estados Unidos, la sociedad más poderosa del mundo, fue y sigue siendo una potencia agro-exportadora.
Argentina, que hacia principios de los 40 era todavía acreedora del Primer Mundo y superior a los 2 países antes nombrados eligió, a partir de 1945, profundizar con decisión el modelo opuesto.

Nuestra política de sustitución de importaciones se basó, desde entonces y hasta el día de hoy, en frenar a la locomotora agropecuaria (y agroindustrial) quitándole ganancias reinvertibles para transferirlas al gobierno. Que fomentó con subsidios, corrupción, “amiguismo” y leyes prebendarias un modelo de industria protegida, incapaz de competir en el mercado mundial. Orientada a un mercado interno tan cautivo como pequeño. Un verdadero taller protegido a gran escala.

El estúpido temor, nunca justificado, de que íbamos a quedar condenados a ser una república pastoril manejada por una élite con decenas de millones de sub-ocupados miserables, nos condujo derechamente a la miseria. Mientras nuestros competidores que eligieron no estrangular al agro, nadan en la abundancia desde hace muchos años.

Australia y Canadá siguieron apoyando su modelo agro-exportador, que traccionó naturalmente a sus economías hacia una industrialización orientada a lo exportable.
Hoy son potencias agropecuarias, industriales, tecnológicas, culturales y de avanzada en la generación de conocimientos con todo lo que ello significa para el nivel de vida de sus poblaciones.

Sabiendo que decir esto es una simplificación por demás burda, ya que también tallaron las motivaciones de fondo de muchos cínicos traidores, que conquistaron el poder en nuestra patria buscando adrede estos resultados de desastre, para medrar montados en la ignorancia y la pobreza del pueblo.
Sabiendo también que los brutales frenos aplicados a nuestro despegue operaron -y operan- con trasfondo ideológico.
La envidia de la prosperidad ajena sumada al resentimiento que genera la propia incapacidad, fueron sentimientos importados por inmigrantes activistas de izquierda corridos de la Europa del 900, que sembraron en Argentina la cultura ideológica del fracaso. Y la víctima propiciatoria en nuestro caso fue el sector agropecuario en su conjunto, responsable primario del éxito nacional.

Peronistas, militares, radicales, socialistas, democristianos, neonazis, humanistas, marxistas, progresistas y nacionalistas apoyan este modelo económico, envasándolo bajo diversas presentaciones. No querer verlo, es ser colaboracionista de quienes hundieron -y hunden- nuestra Argentina.

Acogotar a la gallina de los huevos de oro es hoy Política de Estado. “El campo”, el enemigo a liquidar. Cae la intención de siembra y la retención de hembras para madres, quiebran por doquier empresas agropecuarias grandes y chicas de alta eficiencia productiva, desaparece la reinversión y el uso de tecnología ante el derrumbe de la rentabilidad, aumenta el endeudamiento para salir de un torniquete fiscal minado de impuestos confiscatorios y bajan los saldos exportables con riesgo cierto de desabastecimiento interno, mientras el sector entero implosiona lentamente hacia la ruina.
Más de 60 años de tipos de cambio diferenciales, retenciones a las exportaciones, triples y cuádruples tributaciones sobre un mismo bien (la tierra), impuestos discriminantes, prohibiciones al libre comercio y cientos de otras agresiones conformaron el paquete de “herramientas” utilizado para una transferencia (o simple robo) de capital del agro al gobierno cuyos resultados están a la vista.
Los montos totales son espeluznantes (muchas decenas de miles de millones de dólares), lo mismo que la defraudación moral y el colapso económico que provocó en toda la sociedad.

Los alimentos, “la soja”, son el petróleo de nuestra época. ¿Qué pensaríamos si Arabia Saudita dinamitara sus pozos petrolíferos? ¿Si Japón hiciera quebrar con impuestos a Toyota, Sony, Honda y Toshiba? ¿Si Suiza arrasara con sus industrias farmacéuticas y de relojería? Porque eso es lo que Argentina hace con su complejo agro-industrial. En lugar de potenciar por 10 su producción, facilitando el desarrollo de industrias integradas que también exporten valor agregado a precios competitivos.

Pensemos otra vez nuestro próximo voto y señoras, señores, tengamos presente aquel dicho porteño: el calavera no chilla.