Dulce Democracia

Marzo 2011

El Sr. Pérez tiene una casa propia, donde habita con su esposa y cuatro hijos solteros de entre 17 y 23 años. También su madre forma parte del grupo ya que está a su cargo y vive con ellos.
Supongamos que la familia Pérez quiere iniciar una obra de ampliación en su casa. Su idea es un garaje de planta baja con vivienda incorporada en el primer piso.

Podrían entonces contratar a un constructor matriculado para que haga el cálculo de materiales, de estructura, de sistemas eléctricos o sanitarios y para que dirija las tareas propias de la obra.
O… podrían votar en familia, abuela incluida, decidiendo por simple mayoría cuál de sus 7 miembros se hará cargo del diseño, los cálculos estructurales y la dirección del proyecto.

De tomar esta última opción, lo más probable es que la construcción termine en desastre o al menos que adolezca de graves y peligrosas fallas.
Resulta evidente que no es esta una opción viable: nadie en su sano juicio dejaría algo tan importante en manos improvisadas, ni siquiera con la mejor buena voluntad de por medio.

Este ejemplo insensato es aplicable a la democracia política tal como la conocemos. Que no es otra cosa que adoptar por simple mayoría, “en dulce montón” y sin puerta de escape esta misma opción inviable, en lo que se refiere a la construcción del bienestar social.
Porque ¿qué pueden decidir -para todos- una “política” o un “político” frente a la inmensa complejidad de los deseos, opciones y problemas cruzados de millones de personas como las que interactúan sin pausa en cualquier sociedad, con diferentes ideas (todas respetables… ¿o no?) sobre lo que a cada uno conviene? ¿Qué puede saber -en nombre de todos- un ministro, un secretario de gobierno, un legislador, un “asesor” (o cientos, incluso miles de ellos) acerca de los millones de sueños, proyectos e intercambios personales diarios, superpuestos, cambiantes e inter-relacionados y con feed back creativo que se suscitan entre familias y amigos, entre la gente de trabajo, entre grupos, ONG’s y empresas o entre las propias sociedades? ¡Siempre estuvieron superados! ¡La utopía es pretender manejar a todos, interfiriéndolo todo contra natura!

Hablar de gobiernos hoy en día, es hablar el lenguaje del pasado. Como con las antiguas monarquías, se trata de castas ensorbecidas con privilegios robados al esfuerzo ajeno que no estuvieron ni están capacitadas para comprender, menos para dirigir y mucho menos para beneficiar sin exclusiones al conjunto.

Los funcionarios y legisladores designados por algunos para “solucionarnos la vida” a todos, solo tienen capacidad y poder para poner camisas de fuerza a los conocimientos e iniciativas, evitando que se generen más conocimientos e iniciativas por fuera de lo establecido por ellos mismos. Visión estrecha que se traduce en estancamiento y recorte de ingresos a gran escala, de factura garantida.
En nuestro país, esta clase de idioteces frenantes de grueso calibre pueden verse con especial nitidez y frecuencia.

La pobreza que experimenta gran parte de la humanidad se debe a esta falta de sentido común, que subterráneamente y gracias a tecnologías como Internet y a sus redes horizontales en crecimiento, se encuentra en retroceso. Los enlaces cibernéticos salvan hoy los obstáculos geográficos haciendo de fronteras y otras discriminaciones, especies en peligro de extinción.
Puede que el siglo XXI sea finalmente el de la desaparición del Estado: ese “mafioso simpático”, celoso patrón de territorios demarcados al que la gente le dará progresivamente la espalda, a medida que se percaten de que no lo necesitan. Nutriendo la tendencia naturista a considerar un “cerdo autoritario” a todo aquel que sostenga que el poder político es necesario y que confiere privilegios.

Naturalmente, esta costumbre de atarnos con correajes y cadenas que nos impiden crecer creó una corte de pseudo-empresarios genuflexos, de vagos excluidos (aterrados y violentos), de sindicalistas atropelladores y de funcionarios incombustibles, vitalicios todos en el absurdo privilegio de disponer a su antojo de bienes que no les pertenecen. Corte corrupta, como toda corte mafiosa, que lucra con la sangre de los necesitados y en favor de la propia supervivencia del sistema.

La soberbia nos gobierna pero lo cierto es que nadie puede manejarlo todo en dirección a maximizar riqueza, bienestar y aceptación generales. Ni siquiera podría hacerlo un grupo ilustrado, ni aún tratándose de uno muy grande y cargado de títulos. Mucho menos algún autócrata cretino que se crea con derecho a imponer sus normas económicas a minorías pacíficas que no las comparten.
Manejar de forma inteligente el muy complejo mercado de la interacción humana no es tarea de algunos ni de un lote de gobiernos pedantes sino de la humanidad entera.

Volviendo al Sr. Pérez, tal sería el caso de tomar la primera opción: la de contratar al especialista.
Y en los asuntos de todos, el especialista somos todos. Cada cual en su propio campo de excelencia, en competencia por brindar el mejor servicio (el que sea, sin tabúes decimonónicos) al menor costo. Y sin los monopolios de la mafia estatal interfiriendo, desde luego. ¿Existe una más perfecta forma de democracia? Es la democracia del mercado, donde el consumidor (de cualquier cosa, desde pan a educación pasando por asistencia social) es el soberano, votando a diario con su ayuda voluntaria, con su compra o con su abstención, bajando o subiendo el pulgar a los prestadores del servicio que necesite, tantas veces como quiera.

O como enseña, entre otros, el pensador español Enrique Fonseca: “La evolución lógica del capitalismo global es la muerte del Estado y el nacimiento de empresas privadas que le sustituyen. Estados privados si lo prefieres llamar así. Justicia, moneda, seguridad y defensa privada. Y todo mientras sigues tomando tu coca-cola en el bar de la esquina. Todos vivís en el mismo bloque de edificios, y tomáis café juntos. Pero de la misma forma que tenéis contratadas distintas compañías de telefonía móvil, usáis distintos servicios de justicia. Me diréis ¿qué pasa cuando haya un conflicto entre dos personas pertenecientes a distintos estados-empresa? Pues lo mismo que pasa actualmente cuando un francés tiene problemas con un español. Los gobiernos llegan a un acuerdo. En este caso, al ser empresas privadas, saben que cuanto mejores tratos firmen, mejor se situarán frente a la competencia y mayores beneficios lograrán. De lo contrario, la posibilidad de sus clientes de pasarse a cualquier otra empresa es tan fácil como la que tienes actualmente para cambiarte de Movistar a Claro. Estados compitiendo entre ellos para darte un mejor servicio a menor precio. ¿Existe mejor política de recorte de impuestos?”

La Política del Arrebato

Marzo 2011

Leyes de mayoría y aplauso público consagran aquí la política del arrebato. Verdadero tiro en el pie de nuestra república, compartido por casi todo el arco opositor.
A diario se inventan derechos que, al hacerse efectivos, demuelen derechos anteriores y más importantes. A diario se arman consensos sobre el negocio de la necesidad apelando al soborno más descarado, fraguando juridicidades a medida y dando andamiaje legal a un nuevo ejército invasor: el de los parásitos ladrones que avanzan colonizando la propiedad ajena.

Políticas esquizofrénicas, llevadas a cabo por delincuentes (no importa su investidura) y que impactan por efecto derrame, a todo nivel.

Vivimos inmersos en una gran inseguridad pero ¿Sabía usted que -en suba al menos desde la época del presidente Alfonsín- los suicidios superan en 20 % a las muertes por homicidio? ¿Y que casi el 70 % son de jóvenes de 15 a 24 años? Sí. Un joven se suicida cada 3 horas en Argentina.
¿Se le ocurrió a usted pensar que podría existir algún punto de conexión con el hecho de que ocupemos el puesto 62 en el ranking de resultados educativos, entre 65 países testeados?
Con impecable lógica, el funcionariado docente ignoró el reciente bicentenario de Domingo F. Sarmiento, nuestro gran educador e incorruptible partidario, por cierto, de la poderosa sociedad abierta que nos elevó al primer mundo.

¿Pensó en la durísima indignidad, el íntimo sentimiento de traición a la patria de quienes sabiendo que votar centro-izquierdas es colaborar para que nuestra bandera sea usada como trapo de piso (o algo peor) por países que nos van dejando atrás, reiteran su “voto al delincuente” empujados por el temor y la necesidad? Porque el mapa del sufragio en esta Argentina inmoral es el aberrante mapa de la necesidad.

De acuerdo a las encuestas nuestra juventud, que debería ser la fuerza impulsora de un futuro nacional brillante, cree (sabe) que no podrá mantener siquiera el mismo nivel de vida de sus padres. No se engañan porque conocen el paño desde que nacieron. Salidas laborales que se cierran como un embudo, sueldos y subsidios de miseria crónica, imposibilidad de formar una familia asegurándole un bienestar acorde a los adelantos de este siglo, miedo a la emigración, desesperanza vital, desesperación y vicios estupidizantes para olvidarla, delincuencia desinhibida (cuando ya todo da igual) o bien… la muerte como elección.

La política del arrebato fue la escalera que la mayoría de los argentinos eligió para bajar a este pozo ciego de atraso, expulsión social y muerte. Y sigue siendo el camino para profundizarlo. La pala siempre se llamó “impuestos progresivos” y el balde “reglamentaciones legales”.

Arrebatando la ganancia reinvertible y hasta el capital de producción. Como hace el tándem Kirchner-Scioli con el sector agrario, por poner un ejemplo de producción eficiente, con el nuevo Impuesto a la Herencia provincial que se superpone al Impuesto nacional a los Bienes Personales que lo reemplazaba, a su vez superpuesto al Impuesto Inmobiliario rural provincial, que ya venía superpuesto al Impuesto Vial municipal, tributando todos con altas alícuotas una y otra vez sobre el mismo bien. Después de haberle podado con “retenciones” el 35 % del precio de su principal producto, claro. Y antes de esquilarlo nuevamente con los muy pesados Impuestos al Cheque, Ingresos Brutos, Ganancias y con innumerables “permisos” y “aportes”. Además de las elevadas tasas de IVA y del Impuesto Inflacionario. Porque lo demencial es la sumatoria, potenciada por nuestro enloquecedor reglamentarismo dirigista y de intervención extorsiva intra-mercados.

Arrebato contraproducente tanto en la agropecuaria como en otras áreas vitales de la red horizontal del trabajo honesto, que sólo sirve a la satisfacción de un igualitarismo tan envidioso como estúpido, y que conduce sin escalas a esa tan conveniente pobreza que sufren los necesitados.

A pesar de todo, el escape de la trampera sigue siendo sencillo ya que el desarrollo, al igual que la pobreza, está a la breve distancia de una elección.
Para desarrollarnos, sólo deberíamos elegir a personas comprometidas con la siguiente progresión: fuerte libertad económica y laboral = ingreso masivo de capitales de inversión = fuerte creación de empleo productivo y bien pago = más dinero honesto en manos de mucha más gente. Y que después cada ex-necesitado haga con su dinero lo que quiera: que lo done a la iglesia, que ayude a su abuela, que eduque a sus hijos o que monte una fábrica de caramelos. O de acero.

Si es tan fácil ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no se lo hace con decisión en casi ninguna parte? Porque somos sociedades esclavas, que producen mayormente para sus amos del gobierno (sin contrato alguno de servicios firmado, como corresponde a todo esclavo), y que no están en posición fácil de decidir ninguna cosa importante. La pseudo democracia que nos rige regula en los hechos -con mano de hierro en guante de terciopelo- un gran campo de trabajos forzados, rodeado por torres de vigilancia.

El brillante economista e historiador norteamericano Robert Higgs nos ilustra el caso recordando que la esclavitud tradicional, que existió en todas partes durante miles de años, siempre tuvo opositores, tratados invariablemente (por la sociedad) de idealistas utópicos o subversivos peligrosos, blancos en cualquier caso de agresión violenta.
En la actualidad, la idea de que la esclavitud es una institución justificada y moralmente defendible terminó. Pero los mismos argumentos que antaño se esgrimieron en su defensa, son utilizados hoy para oponerse a la abolición de esa nueva forma de esclavizar y someter, a la que llamamos Estado o gobierno: “un complejo institucional que reposa en las mismas endebles fundamentaciones intelectuales que la vieja esclavitud”.

Se dice (falsamente) que el Estado tal como lo conocemos es algo natural, que ha existido siempre y que todas las sociedades lo tienen. Exactos argumentos que sostenían los defensores de la antigua esclavitud: “todas las sociedades tienen esclavos; es algo natural y así ha sido siempre; no podemos cambiarlo”.
También se afirma hoy que la gente es incapaz de cuidarse por sí misma, que sin gobierno las relaciones comerciales entrarían en caos y que allí donde se carece de Estado las personas se encuentran mucho peor. Los esclavistas, claro, voceaban esta misma falacia argumental palabra por palabra reemplazando “gobierno o Estado” por “esclavitud”.
Y se dice, finalmente, que sin un Estado como el actual las personas vagarían sin control, robando y matando; que abolir el gobierno central es necio, utópico e impracticable y que el mal menor es procurar que la gente esté alimentada y entretenida para quitar de sus mentes toda idea de que existe explotación impositiva y reglamentaria.
Al igual que los modernos y costosos amos, nuestros antepasados también sostenían que los esclavos liberados se dedicarían al pillaje y la violencia, que terminar con la esclavitud era una utopía peligrosa y que lo mejor era mantener a los esclavos medianamente hospedados, alimentados y vestidos, quitando de sus mentes la estúpida noción de que sus necesidades podían ser mejor solventadas en libertad.

Todo absolutamente falso, ahora y antes. Tal y como se probó una vez abolida la antigua institución de esclavitud y como se probará cuando empiecen a abolirse por partes las infames obligaciones esclavas que nos imponen estos “demócratas” parásitos para mantenernos en el subdesarrollo, en la ignorancia y al servicio de sus lujos.
Todos y cada uno de los "servicios" que nos provee el Estado pueden ser prestados por diferentes personas sin monopolios legales, a menor costo y con muchísima mayor eficiencia.

La inseguridad es innecesaria. Las graves fallas en educación y justicia son innecesarias. Las tremendas deficiencias de los sistemas de salud e infraestructura vial son innecesarias. La pobreza misma y los suicidios juveniles son innecesarios. Y el Estado-mafia tal como lo conocemos, causa directa de todo lo anterior es también, por supuesto, innecesario.

El Desarrollo es una Elección

Marzo 2011

Argentina fue hasta 1930 e incluso hasta el ‘45 un país de gran progreso, respetado y escuchado. La inercia de este prestigio nos permitió circular con todo y nuestra creciente estupidez mayoritaria, quizá, hasta mediados de los ‘60 pero a juzgar por nuestro presente, podría concluirse que desde entonces venimos deconstruyendo una nación retrógrada. Lo cual remite a una población de electores mezquinos y corruptos.

Sostener este aserto sería, sin embargo, una verdad a medias ya que lo que hoy destaca, ante todo, es una gran ignorancia. Una caída de nivel cultural, de sentido de responsabilidad personal y de comprensión plena de consecuencias. Producto de la destrucción de nuestra educación pública, cuyo origen puede a su vez rastrearse hasta el aciago día en que una cierta masa crítica de Maestros terminó de ser degradada al rango sindical de “docentes” (o trabajadores de la educación).
Dimos así inicio a un camino de distorsión de valores y déficit de conocimientos actuales e históricos en gran parte de nuestra población, que trabó y frenó -como con un hierro- los delicados engranajes de la democracia para terminar infantilizando por completo el criterio de selección electoral.

En palabras de Marco Tulio Cicerón (sabio romano, 106 - 43 AC) “no saber lo que ha ocurrido antes de nosotros, es como seguir siendo niños”, sentencia que podría completarse con palabras de Harry Truman (político estadounidense, 1884 - 1972): “la mejor manera de dar consejos a los niños es averiguar primero qué desean y enseguida aconsejarles que lo hagan”. Enseñanza que resume la esencia –el auténtico Santo Grial- de todo pensamiento populista, sea cual sea el disfraz que lo disimule.

El egoísmo, la envidia, la pereza, el disfrute ante la desgracia ajena o incluso el deseo de apoderase por la fuerza de bienes de otros son pulsiones normales que pueden encontrarse en cualquier grupo humano. Una sociedad inmadura (mal - educada), claro está, tendrá menor autocontrol que otra educada y sus tendencias destructivas tenderán a aflorar con mayor facilidad.

Los populismos nacionalistas o socialistas y en general las agrupaciones políticas que se autotitulan humanistas, social demócratas o de izquierda, aprendieron a usar estas “fuerzas innatas”. Lo hicieron incorporando estas negatividades al modo normal de entender la competencia política, nutriéndolas con arte y manejándolas en beneficio de sus dirigentes y de algunos sectores por ellos digitados (empresariado y sindicalismo amigos, empleo público como sucedáneo a seguro de desempleo etc.)
Hallaron así su solución al problema de la desconfianza y el enfrentamiento social “instintivo”, afianzando su red de privilegios mediante el manejo de una instrucción pública orientada a la clientelización perpetua de la política. Y capitalizando para sí la lógica de la lucha entre grupos, por los restos de un pastel imposibilitado de crecer al mismo ritmo que las demandas de la gente.
Cuanta menos materia gris y cultura histórica en el padrón electoral, más fácil les será a esta clase de políticos persuadir a los votantes de que la vagancia, el robo y el reparto del botín, contraproducentes e inmorales en lo personal, trocan (por interpósita persona: el funcionario electo) en “bien” común. Ofrecer a alguien escaso de valores un atajo para vivir con menos dependencia del estudio, el trabajo y el mérito a cambio de su voto es, qué duda cabe, una gran idea y explica perfectamente la popularidad de la izquierda.

Pero apelar al canibalismo social para deconstruir, burlando las reglas de la economía y de la ética tiene un costo muy elevado.
En un entorno semejante, las disconformidades, los enfrentamientos y los correspondientes cortes, usurpaciones, escarches, paros, marchas y piquetes no pueden sino estar cada vez más en primer plano.

Era esperable que esta concepción inmoral de la política nos trajera hasta el callejón sin salida donde renunciar a estas armas de alto poder equivale a renunciar a formar parte del juego o resignarse a obtener, en el mejor de los casos, un apoyo cercano al 20 % de los votos “válidos” (*).

El sistema se encuentra en descomposición por ignorancia. Des-aprendimos colectivamente el manejo inteligente de las pulsiones “peligrosas”, cual es, usarlas…pero a favor de toda la sociedad. Como en el judo, un deporte cuyo arte consiste en utilizar la fuerza, el impulso del adversario para quedar en ventaja, capitalizar la sinergia y ganar.

Cómo aprovechar el impresionante poder motivador del afán de lucro, de la envidia o incluso del egoísmo que sobresale en algunos individuos, encauzándolo en un orden que maximice el beneficio social, es algo que se sabe desde los tiempos de Adam Smith (economista y teólogo escocés, 1723 - 1790, autor del incunable “La Riqueza de las Naciones”).

Lo que se sabe, desde luego, es que el único sistema económico social que funciona es el capitalismo liberal, en cuyo novísimo extremo de potencia creativa se sitúa el modelo libertario. Se sabe que fracasados están los criminales experimentos comunistas de soviéticos y chinos. Que fracasados están los decepcionantes experimentos socialistas nórdicos y los cada día más patéticos intentos europeos por apuntalar el insostenible “Estado de bienestar”. Y que fracasado está, en fin, el largo experimento norteamericano con avance sin pausa del peso intervencionista de su Estado, que está haciendo virar a la superpotencia hacia el declive.
Casi todas las sociedades padecen el mismo cáncer, que en nuestro caso es metástasis y en otros, tumores en diferentes etapas. El estatismo y la coacción matan y en el extremo opuesto, ciertamente, el desarrollo es una elección de proporción directa al grado de inversión capitalista que nos atrevamos a permitirnos.

¿Importa más evitar las desigualdades que sacar a las masas de la pobreza? ¿Satisface más impedir el enriquecimiento por derecha de algunos que aumentar el nivel de ingresos de la mayoría? ¿Es preferible una sociedad estancada con tal de evitar la envidia resentida de ver el progreso del vecino? Tal parece nuestro credo nacional, al decir de las encuestas. Sigamos pues votando a los dirigistas de siempre. La miseria y la desesperanza, el barro y la desnutrición también son una elección.

(*) Forma parte de esta “lógica” que la clase política ignore la abstención, los votos en blanco o auto impugnados, definiéndolos como no válidos.

Ceguera Psicológica

Marzo 2011

El problema no está en la naturaleza de los sucesos sino en la forma en que los percibimos, configurando muchas veces una verdadera ceguera psicológica.

Vemos los resultados visibles pero no las consecuencias menos obvias de cada decisión de gobierno, las que de manera invariable resultan mucho más significativas.
Por caso, puede considerarse la forma como la Presidente gira cuantiosos fondos a municipios adictos para obras de pavimentación y embellecimiento urbano o con destino a sostener gremialistas aeronáuticos, paliando el déficit de Aerolíneas o bien al fútbol televisado gratuito. ¿Lo hace con dinero propio, con donaciones de la multitud de políticos enriquecidos o de los afiliados de su partido? No. Emplea para ello dinero público.

Dinero detraído entonces de otro lugar menos mediatizado, como podría ser la investigación sobre cáncer, diabetes, transplantes, cardiopatías y sida con fondos privados.
Pocos son los que se fijan en la calidad de vida de estos pacientes; la televisión casi no los muestra y además ellos no votan: para la próxima elección, incluso es probable que hayan muerto. Cada día mueren cientos pero aún así el dinero se toma de ellos, quizá indirecta o tal vez directamente, perpetrando una agresión “involuntaria” pero letal, que queda en silencio.

Con seguridad, un ordenamiento amigable a la democracia de mercado redireccionaría esos fondos dando prioridad a prevenir enfermedades y muerte, asuntos con evidente relevancia en la valoración pública, soberanía del voto consumidor mediante. Resultados complejos, creativos e interactivos que se dan por combinación de millones de micro opciones (cooperación espontánea de mutuo beneficio en red tridimensional) fruto de la libertad, que al planificador central por fuerza se le escapan.

En el mejor de los casos podemos ver lo que hace hoy la Presidente e incluso llegar a aplaudirla pero no vemos su alternativa: los políticos son expertos en publicitar lo que hacen sin mostrar lo que dejan de hacer.
Existe un pavoroso cementerio oculto de consecuencias invisibles -en todo gobierno censor de la libre iniciativa- cuyo costo nunca recae sobre quien decide desde un escritorio el destino de dineros ajenos. Haciendo que no funcione en la democracia política la lógica del aprendizaje en carne propia.
Las consecuencias positivas benefician a su autor mientras que las negativas, invisibles, son soportadas por todos los demás con un coste neto de pérdida para el conjunto social. El lucro cesante del país, claro, queda enterrado: no se mide ni se siente.

Ni qué decir si trasladamos este razonamiento a todo el ámbito de la tributación, destinada a un sinnúmero de fines discrecionales. Incluso la pensión mensual de quienes nunca aportaron o la Asignación por Hijo, por poner ejemplos de extrema sensibilidad, siguen restando con fuerza al capital de reinversión que hubiera generado la buena educación y/o el buen empleo que el padre y el abuelo de ese hijo necesitaban, para proveer adecuadamente a su familia sin necesidad de degradantes limosnas clientelizadas. ¿Hace falta decir que más de lo mismo que se probó durante tantos años no es la solución?

Pero el fondo oscuro de esta democracia política de suma negativa es mucho peor. Ya no es teoría ni especulación malintencionada. Ya no es parte del malvado discurso librecambista, bloqueador de soluciones solidarias al desastre social. Esta vez la impugnación ética y práctica proviene de hechos comprobados, modalidades y resultados fríamente expuestos tras estos dos nuevos períodos de gobiernos progresistas, del campo nacional y popular.

Porque si algo queda en claro después de otros 8 años de peronismo, es la maestría que el sistema populista en su conjunto ha adquirido en el sofisticado arte de abusar en beneficio propio de los mecanismos formales de la democracia vaciándolos por completo del espíritu republicano, viejo y sabio suavizador de sus aristas más violentas.
Nuestros reyes del subsidio llegaron a la mayoría de edad. La “ocupación veintenal” del sillón de Rivadavia sentó jurisprudencia: ya “es Ley” -aceptada hasta por la Corte- la costumbre de caminar, de aquí en más, por el sendero que discurre entre los límites interiores de la regla escrita civilizada y los bordes exteriores del hampa. Al menos mientras discurren cómo redactar, tal vez con ayuda de "La Cámpora", otra Constitución más acorde a este último parámetro.

Atrás quedaron estupideces como la independencia de los Poderes, la transparencia y austeridad en los actos de gobierno, la estricta honradez (aún a costa del propio patrimonio) implícita en la vocación del servicio público, la letra y el espíritu del único pacto social que nos une (la Constitución de 1853) o la simple educación en el trato y en el gesto, de quienes hablan al mundo representándonos.
Atrás quedaron utopías irreales, propias de locos y fanáticos como pensar en la próxima generación o siquiera más allá de la próxima elección, promoviendo la apertura de puertas y ventanas a las tecnologías, ideologías, y conocimientos de punta, a la innovación creativa, la eficiencia dinámica en producción e intercambio, la empresarialidad competitiva o la libre inversión a gran escala, con sus efectos en creación de nuevos emprendimientos, bienestar y más dinero limpio -también a gran escala- en manos de más gente.
Todas esas idioteces e inocentadas quedaron muy atrás, superadas por el lucrativo clientelismo nac&pop que inmoviliza la pobreza atornillando las caretas institucionales en su lugar, mientras compra conciencias con dinero sucio (es decir, sustraído con emisión inflacionaria y deuda financiera o robado a través de coacción impositiva, previa amenaza de cárcel).

Más aún. ¿Existe en todo esto diferencia real, de fondo, entre el oficialismo y la oposición con representación parlamentaria? ¿Es válido, en definitiva, acordar libertad a los enemigos de la libertad, de la riqueza argentina en grande y por derecha? La respuesta está dada por los propios hechos, como sugeríamos más arriba. Hechos de décadas, no de años.
Bienvenidos entonces al apriete que supimos conseguir. Porque ahora si; la dependencia permanente está instalada y con esta mafia se come, se cura y se educa.

Aunque la inmensa mayoría aún no se dio cuenta debido a la gradualidad del proceso, seguimos pagando tributo y recibiendo órdenes de gente que perdió la justificación moral, ética e incluso legal que, hasta cierto punto y bajo estrictas condiciones, la habilitaba.
El sistema sigue en marcha por inercia apoyado en su telaraña de prohibiciones y amenazas, dentro de un entorno vil donde casi todos están demasiado ocupados en sólo sobrevivir, pero al igual que en aquel cuento infantil, el emperador está desnudo y ya hay “chicos” que lo señalan.

Por cerrada que sea nuestra ceguera psicológica, no puede ocultarse que el contrato argentino está roto. El pacto de unión nacional bajo el sistema republicano, representativo y federal está muerto -y momificado- dentro de esa cáscara casi hueca, a la que damos el nombre de democracia.

Para reconstruirlo bajo normas que procuren excluir las facilidades mafiosas que lo destruyeron, bastaría reorientar nuestras opiniones -y votos- con ese norte: prohijando el voto diario y específico (no cada 4 años y genérico) de cada habitante del país, como la mejor manera de evolucionar profundizando la democracia. ¿De qué manera práctica? Apoyando a los candidatos que nos propongan un mercado y una sociedad lo más libre posible de violencia fiscal-reglamentaria, donde cada uno premie (haciendo crecer) o castigue (haciendo fundir) con su venia o no, al que nos ofrezca la mejor opción de lo que sea, desde pan a educación pasando por empleos. Corruptos y monopolios, fuera.

Educando al Soberano

Febrero 2011

Que la Argentina está golpeada y enferma es algo que -salvo ignorancia extrema o cinismo intelectual- saben propios y extraños. Se ve por doquier: la realidad que nos rodea es un puñetazo en el ojo y otro en la boca del estómago de todo habitante de este país.

Nuestro interminable descenso en todos los rankings de bienestar, riqueza, desempeño y perspectivas no sorprende a nadie, sencillamente porque se lo percibe como el resultado lógico del tándem que la mayoría viene avalando desde los años 40 del siglo pasado, profundizado por el actual gobierno: alta regulación comercial, proteccionismo sin fin en mix con favoritismo, híper-falseamiento estadístico, ideológico, histórico, legal y económico, clientelismo con subsidio-dependencia crecientes, paleo-reglamentación laboral, impuestos tan asfixiantes como regresivos y la esperable corrupción inherente a la suma de todos estos ítems. Un tándem letal, que nos garantiza la permanencia entre los países condenados a un crecimiento comparativo tan lento, que bien puede asimilarse a encogimiento.
Administrando pobreza entre una crisis y la siguiente, el knock out no está lejos. El puñetazo ascendente al mentón de nuestra sociedad bien podría llegar, de seguir así, en las presidenciales de Octubre.

Porque quien crea que nuestras elecciones son la competencia entre proyectos políticos o entre líderes que encarnan ideales contrapuestos se equivoca. Sólo se nos permite optar entre martilleros delincuentes rematando por anticipado -en la campaña electoral- lo que piensan sustraer a “otros”, transfiriendo las consecuencias al que sigue. Remate que mayormente se desarrolla entre banderas rojas y cánticos de odio, aunque también incluye algunos elaborados disimulos gatopardistas (cambiar para que nada de fondo cambie).

La verdadera competencia es aquella que nos da la posibilidad de optar entre bienes mientras que la oferta política argentina nos obliga a optar entre males, reduciéndose a una compulsa para elegir al menos ladrón o al menos inepto, para que siga abusando del monopolio que aborta o recorta el 90 % de nuestras iniciativas de evolución (el Estado con su agobiante poder de freno y saqueo; “de apriete” sobre el manso).
Porque esos millones de “otros” expropiados del dinero que ganaron trabajando, por supuesto, tienen cara, nombre, apellido, familias, problemas y planes que sufrirán. También compromisos solidarios y proyectos económicos de progreso que deberán resignar a manos del burócrata electo, de sus amigos, sus clientes, sus planes y sus privilegios vitalicios.

Debemos enfrentar esta realidad, de muy deficiente creación y distribución de riquezas. Para seguir por la revisión de nuestras convicciones más inteligentes acerca de cómo solucionar la cuestión de crear, y rápido, mucho más empleo productivo y bien pago en el país. Senda distributiva que nos lleva una vez más a concluir analizando la cuestión educativa, madre indiscutida del borrego.

A 200 años exactos del nacimiento de D. F. Sarmiento, nuestro gran educador, tal vez sea el momento de reconsiderar el tema. Porque el fracaso nacional contemporáneo sólo puede explicarse por vía de la incultura. Por desinformación introducida a bombo totalitario sobre mayorías empobrecidas, sumergidas luego en la vieja licuadora democrática capaz, si, de contar mas nunca de pesar. Real des-educación de mayorías sin opciones reales de elección, embretadas en una educación estatal entusiasta partidaria del abandono de los sabios preceptos sarmientinos.
Verdadera guerrilla intelectual, contracultura de muerte y atraso que se resume en el siguiente ejemplo paradigmático: coincidiendo con el aniversario del gran sanjuanino, una editorial oficialista pondría en las escuelas primarias estatales un libro con la historia tergiversada del Che Guevara: de psicópata homicida totalitario que murió en su ley a… “luminoso ejemplo de fidelidad hasta el fin a sus elevados valores comunistas”.

A confesión de partes, relevo de pruebas.

Sabemos que nuestra preciada libertad de elección, esa que despreció Guevara, depende directamente de la verdad. Verdad que debe iluminar la inteligencia para templar la voluntad y poder hacer así lo que es correcto al “ser persona”, alejándose de la bestia coactiva.

Educar, entonces, es convertir a alguien en persona, mediante la suma de información y formación. Es cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con ideas evolucionadas, seducir con la excelencia y promover actitudes preparando a los individuos para que vivan y elijan su vida de la mejor manera posible. Lo que implica incluir hábitos de responsabilidad, respeto, valores morales y autoestima que prevengan un descenso al primitivismo tribal socialista que desprecia los logros individuales en aras del impersonal ente colectivo o sujeto-masa. Concepto degradante, por cierto, tan inasible como conveniente al manejo dirigista del (o la) jerarca o legislador/a de turno.
Y cuando hablamos de moral, palabra resbalosa si las hay, tenemos en claro que la misma consiste en el uso correcto de aquella libertad de elección, sin oprimir ni degradar.

Sarmiento ya lo había comprendido. Por eso y entre otras cosas, importó maestras norteamericanas que hicieron escuela inculcando aquí, a nuestros niños, los sabios principios de absoluto respeto por lo ajeno, por la libertad de elección e iniciativa individual irrestrictas. Poderosas normas éticas que venían de llenar de prosperidad a los Estados Unidos, en el exitosísimo y más grande experimento libertario de la historia, conducido por los presidentes Jefferson, Madison y Monroe.

Aunque una mega campaña publicitaria persuasiva, de largo aliento, inteligente y creativa financiada por nuestras reservas morales podría ser de utilidad para cambiar ya ciertos paradigmas, nada reemplazará a los próximos 30 años seguidos de verdadera educación al soberano que nuestra Argentina, otra vez, necesita.

Mejor, Argentina

Febrero 2011

No sólo los argentinos piensan que el suyo es un país “condenado al éxito”. Cientos de miles, tal vez millones de extranjeros medianamente informados y disconformes con las políticas que deben soportar en sus propias sociedades, ven en la Argentina algo así como una tierra prometida en potencia.
Un “lugar” atractivo hacia donde podrían emigrar (si se diesen las condiciones para hacerlo) y/o donde podrían volcar trabajo, experiencia y capital para forjarse un nivel de vida superior. O donde invertir para crearse seguridad a futuro, pensando en hijos y nietos.
Al igual que la mayoría de nosotros, ellos sopesan las ventajas comparativas reales, observan nuestra evolución y esperan.
¿Qué suma de factores diferencia a este “lugar”, que lo proyectan como imaginario ideal entre tantas otras comunidades y sitios?

Después de décadas de autoagresión educativa y jurisprudencial, la Argentina decayó a una población con grandes diferencias de instrucción y bienestar aunque todavía solidaria, de especial perspicacia y creatividad, muy permeable a las nuevas tecnologías y de veloz reacción ante los estímulos económicos (¡también en sentido negativo!).
Prueba de ello es que, contestatarios y conflictivos en su propia nación, los argentinos cambian y se adaptan ni bien emigran a sistemas donde el mérito paga más que el desorden, destacando enseguida como líderes de equipo, como innovadores, como técnicos habilidosos o maestros, de ser necesario, en la improvisación multifuncional.
Una innata apertura mental en potencia a gran escala que no pasa desapercibida a quienes nos miran y que hace de esta sociedad de gentes orgullosas pero cálidas, sin taras étnicas ni religiosas, una interesante apuesta de crecimiento explosivo bajo la sola condición de coincidir en una organización que se desprenda del ancla ideológica modelo años 40 y 50 del siglo pasado para adoptar modalidades y paradigmas más vanguardistas, propios de este siglo XXI.
Un país de enormes dimensiones, escasa población, paisajes maravillosos, abundancia de recursos y climas. De inquietudes culturales tan originales como descollantes. Con tecnología y biogenética pecuaria y agro-industrial de primer nivel mundial, productor eficiente de los alimentos que el planeta demanda con desesperación. Y de muchas otras cosas, considerando innumerables emprendimientos en potencia, a la espera de un retroceso en el nivel de autoagresión de corte socialista: violencia fiscal con despotismos legislativos (o “leyes” totalitarias) anti-inversión, anti-ganancia, anti-libertad y en general anti-empresa.

¿Estamos condenados al éxito? la esperanza sigue viva y la caída argentina bien podría tratarse de un tropiezo pasajero. Después de todo, hace un siglo y con el mismo crisol racial (y con aquellas libertades laborales y económicas en relativa vigencia) fuimos capaces de escalar en poco tiempo todos los rankings de calidad de vida, convirtiéndonos en el segundo país de América y metiéndonos en el top ten de las potencias dominantes. ¡Es historia: emprendedores y dineros pugnaban por ingresar!

Sin embargo, para combatir la confusión que mezcla basura política inmoral entre los buenos deseos y la solidaridad de la gente, debemos tener antes en claro el fondo de la cuestión. Fondo que tiene muchos y brillantes analistas, entre los que elegimos hoy al escritor y filósofo canadiense Stefan Molyneux, un pensador actual sin venda sobre los ojos.
En sus palabras, el uso de la violencia para que algunos obtengan lo que quieren es la base de la sociedad en que vivimos.
Para la gente común y honesta, el romper cualquiera de los cientos de miles de reglas inventadas sobre el comercio para beneficiar a esos “algunos”, el libre intercambio entre adultos libres que no sea de su agrado (o el de las corporaciones que los apoyan), el intento de evitar el pago de un plan fraudulento de “jubilaciones” o la negativa a financiar acciones que la conciencia repele, causarán arresto y procesamiento, encarcelamiento y hasta muerte. Empleados vestidos de azul, pagados con dinero retenido de nuestra labor pero que defienden a esos “algunos” y que se auto adjudican el monopolio de las armas, lo efectivizarán.
Este es parte del lejano fondo de la cuestión, en línea con el principio de no-agresión que fundamenta todos los sistemas de la moral humana que enseñan que la violencia, la intimidación y las amenazas están mal, son inmorales y sólo empeoran cualquier problema o necesidad que intentemos resolver. Es de sentido común: los sistemas basados en premisas falsas se tornan cada vez más complicados, en una acumulación generacional de errores, correcciones y ajustes que acaban en una complejidad ridícula, haciendo al sistema entero insostenible y embarazoso.
Es entonces cuando algunas almas valientes sacan un papel en blanco, dejan de lado sus preconceptos y comienzan de cero basándose en la razón y la evidencia en lugar de hacerlo sobre los fracasos acumulados de la historia.

¿Se aplica esto a nuestro entorno? Sin dudas trabajar la opinión y el sufragio con la no-violencia estatal como norte sería más evolucionado, más correcto y mucho más inteligente pues lo haríamos con el innato espíritu emprendedor e innovador de nuestra naturaleza a favor. Por eso y como esperanza, mejor Argentina.

Aplicar las premisas de una sociedad multicultural, abierta, pro-empresa, libre y tolerante que proteja jurídicamente al propietario y sea inflexible con el terrorismo de Estado fiscal y la agresión reglamentaria mata-proactivos provocaría, en mix con las potencialidades de nuestro país, una explosión de prosperidad difícil de imaginar. Generando un círculo virtuoso que asombraría al mundo y que nos proyectaría a una situación de absoluto liderazgo.

Pero aún una instrumentación a medias bajo la tendencia indicada catalizaría un aluvión tal de inversiones, ideas, culturas, tecnologías, capitales, turistas, educadores y de los propios extranjeros vejados en sus países que aguardan este giro, que cambiarían nuestro destino. Trocándolo de demagogia coactiva y decadente… en gozoso capitalismo popular.

Doctrina Social

Febrero 2011

La única doctrina social que sirve es aquella que favorece la aparición de condiciones sociales proactivas.

Una que apunte toda la energía disponible a la preparación y fertilización de un campo donde florezcan en abundancia el trabajo estable y bien pago, la ética del estudio, del mérito y de la autovaloración individual. Una doctrina que confíe en nuestra gente. Soltando el dogal a la mayoría no-corrupta para dejar aparecer los estímulos económicos que harían a la sociedad florecer en personas que se sientan únicas, valiosas, realizadas e irrepetibles trascendiendo la infantil identificación en masa irresponsable; capaces de elevarse espiritual y materialmente por su esfuerzo y para sus familias. No es difícil. Sólo requiere sentido común social y una buena campaña publicitaria, centrada en no votar a quienes impidan el surgimiento de esas condiciones.

Hace ya 200 años, el economista francés Jean Baptiste Say definió su famosa Ley: El crecimiento en todas las sociedades depende del estatus del empresario porque es el único que combina las innovaciones científicas, el trabajo y el capital. Por tanto las únicas políticas económicas eficaces son las que liberan de forma duradera al empresario.

La desocupación, la indigencia, la des-educación, el atraso general y los subsidios, manotazos o planes “correctores” desesperados que son aquí moneda corriente desde hace décadas, pueden atribuirse sin riesgo de error a la larga sucesión de gobiernos que optaron por hacer caso omiso del sentido común que implican las palabras de Say.
Como la política no se orientó a liberar la creatividad y el espíritu innovador del empresario -en especial de los micro empresarios en proyecto- allanando obstáculos tales como los frenos impositivos, laborales o crediticios, se afectó en forma grave el potencial de crecimiento de la economía real, con los resultados conocidos.

La gente que sabe esto y guarda silencio, los que consienten (en cualquier grado y con cualquier excusa) a dirigismos que dan más y más poder al fisco, son colaboracionistas de los regímenes totalitarios (disfrazados de democracia republicana) que venimos padeciendo y que -hoy sabemos- siempre estuvieron “calzados” en la perpetuación de la pobreza.
Colaboran dándoles un poder innecesario que beneficia de tal manera a jerarcas, mafiosos y a hombres de negocios corruptos, que resulta estúpido esperar sea ejercido con mesura. Colaboran así con el sufrimiento y la demolición de esperanzas de la parte más desprotegida e ignorante de nuestra sociedad, avalando este suicidio colectivo con negación de la realidad. O simplemente intentando “ganar tiempo” en el vano propósito de no reconocer sus yerros. Porque el otro camino pasa, claro, por decir la verdad y encarar un patriotismo inteligente.

No tiene lógica aguardar por la cuadratura del círculo. Nunca fue posible burlar las leyes de la economía. No existe una cosa tal como “vía intermedia solidaria” entre capitalismo y socialismo que extraiga y fusione lo mejor de ambos mundos, como que no existe, en referencia a la salud humana, un compromiso entre vida sana y droga. Mucha droga mata y un poco de droga daña pero lo mejor para una vida larga y saludable es no introducir narcóticos en absoluto, alimentarnos bien… y mantenernos proactivos.
A los efectos de crear y distribuir riqueza social a gran escala, toda la experiencia económica acumulada (y en particular la del último siglo) revalida una y otra vez la extraordinaria eficacia del libre comercio, de la libre inversión y movilidad, de la sociedad abierta y tolerante, del respeto por los derechos de propiedad y renta o de lo voluntario e innovador primando por sobre lo coactivo y centralmente planificado.
En definitiva: de lo pacífico primando por sobre lo violento validando todo un sistema de libertades -o liberal- que, donde fue cabalmente aplicado, siempre promovió crecimiento y movilidad social; moderadas si su instrumentación se acotó y más impactantes (como en China o India) en aquellos sectores donde el grifo capitalista se abrió con mayor convencimiento.

Los frenos a la movilidad social y económica, sin excepción, son los componentes violentos, socialistas, obligatorios bajo amenaza de prisión; los más primitivos -diríamos- o con más cercanía a lo simiesco, a la caverna y al garrote para instrumentar la exacción impositiva (siempre involuntaria) o las “leyes” que favorecen a algunos a costillas de todos (siempre resistidas), imponiendo la “redistribución” forzosa de ganancias (y hasta de capitales). Violencias, como es lógico, jamás impulsoras de un “más para todos”. Contraproducentes incluso para generar siquiera un “algo para los más necesitados” ya que poniendo los perros detrás del trineo sólo se logra un empuje caótico, altamente ineficaz, tan saturado de ladridos y mordeduras como escaso de avances.

El patriotismo inteligente que reordene a los perros delante del trineo, favoreciendo un avance veloz en la creación de una Argentina poderosa (y voluntariamente inclusiva) es aquel que, con la mente enfocada en sacar de la pobreza e ignorancia al mayor número en el plazo más breve, castigue severamente en opiniones y votos a los políticos que propongan más de la misma estúpida violencia anti-empresa. A los partidos que ya fracasaron. A los personajes de “linda sonrisa” o aspectos “serios e inteligentes” que sólo fueron y son felpudos colaboracionistas, recitadores de frases hechas. O a todos los “buenudos/as” que insistan en sostener las mismas ideas de paleo economía intervencionista, estatista o populista que van empujando a nuestro país hacia la ciénaga de los más atrasados, resentidos y delincuentes del ranking mundial.

La actual doctrina fiscalista y anti libre-empresa es, claramente, la mejor doctrina anti pueblo y anti desarrollo.

Si a la Globalización

Enero 2011


El proceso de globalización tecno-cultural y económica que experimenta la humanidad es otra oportunidad; un nuevo tren partiendo del andén que la Argentina podría perder.

Como sucedió al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando nuestra nación era acreedora de las potencias triunfantes pero la mayoría eligió el modelo fascista que nos proponía el peronismo. El mismo que acababa de conducir al desastre a Italia y Alemania.
El mismo que aherrojó -hasta el día de hoy- con elevados tributos, estatutos profesionales asfixiantes y un sindicalismo mafioso (superiores a la Constitución y a la Ley) todo intento de avance de la competitividad argentina a nivel mundial.

Como en 1983 cuando la mayoría volvió a elegir las ideas vetustas del radicalismo, mientras pueblos más perspicaces iniciaban la revolución conservadora que relanzaría la ventaja capitalista en innovación científica aplicada con Estados Unidos, Japón e Inglaterra a la cabeza.

O más cerca en el tiempo, como nos pasó en 2003 cuando la mayoría volvió a elegir un peronismo que, era de preverse, dejaría pasar el tren de condiciones internacionales increíblemente favorables para nuestro despegue, si acelerábamos a fondo las turbinas agro-industrial y biotecnológica. Y que lo dejaría pasar para conservar esta Argentina ratonil, asustada y de cabotaje, rebosante de indigentes pero, eso si, caldo de cultivo ideal para el clientelismo y el enriquecimiento ilícito.

Globalizar es casi un sinónimo de liberalizar. Un término estúpidamente demonizado en nuestro país, a raíz de lo actuado por dos payasos ineptos tildados por la izquierda de “liberales”. Que tomaron una serie de medidas contradictorias (denotando una supina ignorancia sobre los limpios principios de la competencia), con las que siguieron dañando nuestra matriz económica y social.
Porque lo de J. A. Martínez de Hoz y C. S. Menem fue cualquier cosa menos liberalismo. El déficit de enormes empresas públicas del primero como telón de fondo para una apertura indiscriminada, con los militares en el poder regimentando y condicionando desde la prensa, la justicia y el gasto hasta el mercado cambiario y de capitales, descalifica de movida cualquier parodia de verdadera libertad en acción. Y el hecho de que un populista hipercorrupto como Menem venda esas “joyas de la abuela” en beneficio propio y de su entorno amparándose bajo la pantalla de una “economía de mercado”, constituye algo caricaturesco y en las antípodas, también, de la alta competitividad y responsabilidad exigibles de una sociedad abierta. Sólo fue un sucio capitalismo de amigos para pocos y minado de contradicciones, tal como el del modelo K.

El liberalismo no es un decálogo dogmático como desearían los totalitarios, desde luego, sino una práctica no-violenta en constante evolución: la práctica del respeto por las elecciones personales del prójimo. La de comprobar el fenómeno concreto de que la pobreza retrocede allí donde las empresas y todos los intercambios de mercado accionan en libertad, conforme dichas elecciones individuales.

No fue el libre comercio (liberal) el causante de las guerras, hambrunas y genocidios ocurridos a lo largo del último siglo sino el desmadre de Estados autoritarios liderados por políticos “iluminados”, violadores seriales de ese respeto sagrado y obstaculizadores de la evolución social.

La práctica de la globalización tiende a coincidir con los principios liberales en muchos puntos. Puntos que erizan la piel a estatistas (siempre violentos) de toda laya, partidarios de una sociedad cerrada, dirigida sin opciones por esos “iluminados” y básicamente fiscalista.

Como decir no a la xenofobia, a las trabas aduaneras e inmigratorias y a los encuadres sindicales forzados y a la tendencia al mestizaje cultural, a la libre circulación de bienes, servicios y personas y a la libertad de asociación laboral. Como aumentar la competencia entre empresarios, entre empleados, entre intelectuales, entre educadores y en general a todo nivel, con inmediatas ventajas para el usuario consumidor (el verdadero soberano).
Una situación donde cada quien reconsidera sus propios marcos de referencia, con el aporte de nuevos factores tomados del cruce de las distintas culturas, modalidades e ideas que pasan a interactuar, innovando dentro de la sociedad. Una situación de crecimiento y movilidad social, donde los vendedores de espejitos de colores caen en merecida desgracia y donde el mérito paga.

Porque globalizar también significa empezar a liquidar los privilegios y prerrogativas a los que se habituaron la clase política, los empresarios “amigos”, las mafias sindicales, los intelectuales de cabotaje y todos los vagos profesionales colgados del Estado (vale decir de la labor del prójimo).
Al distribuir técnicas, conocimientos y nuevas opciones de elección y progreso, crecen la empresarialidad en todas las clases sociales, la eficiencia general del sistema distribuidor de riquezas por medio del trabajo productivo y el acceso a la propiedad. Tornando a los parásitos ladrones más visibles y repudiables.

Nada como el espíritu de empresa para demoler al izquierdismo oscurantista que se aprovecha de los pobres y de los ignorantes.
Las solidaridades concretas generadas por la prosperidad que surge del libre intercambio, son el verdadero fundamento de la paz interior que tanto necesitamos.
Y aunque la globalización genera tantas oportunidades como frustraciones, para estar seguro de no crecer basta con atacarla y elegir al socialismo en cualquiera de sus presentaciones: un sistema hundido por sus propios fracasos, momificado, sin futuro ni proyecto viable y que hoy sólo atina a defender la retaguardia de derechos adquiridos.

No desarrollarse es una elección, pero debemos elegir sabiendo que el camino al desarrollo está libre: pasa por el comercio internacional y el liberalismo competitivo de libre mercado.

Circuitos Simiescos

Enero 2011


Más de siete años de gobiernos K.
Miles de valiosos días desperdiciados desde que E. Duhalde consiguiera, apenas, estabilizar hacia 2003 el desastre del 2001 del que (en su turno populista) fue responsable la Alianza radical-socialista. Tarea lograda mediante el aporte masivo de impuestos extraídos, una vez más, del complejo agro exportador.

Tiempo K desperdiciado incluso en cuanto al objetivo de mínima de hacer de la Argentina un país con menos pobres.
8 millones de pobres más 4,5 millones de indigentes, según cálculos conservadores y en ausencia de mediciones oficiales no falseadas, hacen el espectacular 31 % actual que, sobre 40 millones de connacionales, ratifica el veredicto lapidario de fracaso para este nuevo turno de incapaces.

Si nuestros gobernantes hubieran aprovechado al 100 % las muy favorables condiciones económicas del mercado internacional, la Argentina ocuparía hoy el lugar de consideración mundial y de superpotencia en ciernes del que está disfrutando Brasil. Un país con problemas mucho más serios pero cuya economía nos supera 5 veces y que, hacia 1930, ostentaba un PBI… 28 % inferior al nuestro.

Aún si hubiesen aprovechado a medias el muy afortunado viento de cola que todavía tenemos, no habría aquí pobres ni indigentes. Pero no: confisca la propiedad de tu prójimo, redistribúyela con fines electorales y habrás cocinado… una crujiente lucha de clases. Eso fue -y es- mucho más redituable para la nomenklatura político/empresario-cortesano/sindical gobernante.

El hecho es que para asegurarse impunidad y permanencia en el poder, nuestros políticos dejaron de lado toda oportunidad de despegue. Se eligió, en cambio, cabalgar sobre esa ola de alta demanda internacional de alimentos y materias primas quedándose con la renta reinvertible del complejo agro biotecnológico, petrolero y minero (más retenciones anti-exportación e impuestos superpuestos sobre el capital mediante) y con la del resto del mismo empresariado competitivo (altos impuestos a las Ganancias, Ingresos Brutos y Cheque mediante) más la renta de toda la población en general (altos impuestos al Valor Agregado e Inflación Deliberada mediante). Y se eligió saquear (¡otra vez!) las cajas jubilatorias, las reservas del Banco Central y succionar hacia el Estado todo crédito obtenible para financiar así un festival de subsidios y “planes” clientelistas cruzados, la compra de voluntades editoriales, judiciales, legislativas, barrabravistas, municipales y provinciales, el falseamiento de los precios relativos y el planchado del dólar entre muchas otras incoherencias espanta capitales.

De ambiente pro-inversiones, innovación de riesgo empresarial, excelencia escolar y universitaria en simbiosis con nuestro potencial exportador o simplemente… de amor a la patria queriendo verla poderosa como antaño, ni hablar. ¡Vade retro; todo eso viene de la mano de elevadas ganancias particulares, pocos negociados, libertad laboral y seguridad jurídica!
Mejor este recalentamiento inducido de la economía que inyecte gas a la falsa fiesta consumista de algunos sectores sociales (no los más necesitados), en un afilado anzuelo electoral caza-bobos.

La economía, sin embargo, es una ciencia vengativa que no perdona errores y que, por desgracia, no obedece la autorizada voz de mando de la Sra. Cristina ¿o era Isabel? Da igual: el pastel explosivo para el que venga está armado, pues, con un sabroso condimento: el largo repliegue policíaco-judicial frente a delincuentes comunes, políticos mafiosos y cortadores de calles.

Que la decadencia es nuestro norte con socialismos “habladores” similares a este, no nos cabe duda. El “crecimiento” que tuvimos durante estos miles de días fue prácticamente cero considerando el aumento vegetativo de la población y la mentira estadística. Es algo que se ve por doquier. Apenas igual al de otras decenas de países emergentes por el favorable contexto que nos tocó en suerte, pero a gatas recuperando los índices productivos y de capacidad instalada que habían caído a pique tras el neo colapso radical de principios de siglo. Se trató de resultados muy modestos, logrados a pesar del estorbo estatal.
Con inteligencia y honestidad (escondidas pero existentes en nuestra sociedad, por cierto) ese crecimiento debió haber estado en el orden del 20 % anual acumulativo.

Sin inversiones masivas, sin innovación capitalista masiva, sin apuntar a una sociedad de propietarios masiva, sin microcréditos y maxicréditos sustentables a largo plazo, sin un respeto masivo por los derechos de propiedad… no hay crecimiento real. Y aquí no hubo nada de eso.

El modelo peronista (y populista en general) está basado no sólo en la sinvergüenzada sino en la ignorancia y aún en la imbecilidad: crear una situación en la que la mayoría de los argentinos no pueda vivir sin depender del Estado es el modelo del enfrentamiento de facciones por los trozos restantes de un pastel que no se multiplica y del sometimiento total del sistema de libre empresa, único creador de riqueza. Algo que marcha a contrapelo del sentido común y, como ya es costumbre aquí, de toda la experiencia mundial acumulada al respecto.

Un sistema percibido como ineficaz e inmoral, pero del que la parte más subsidio-dependiente de nuestra sociedad teme salir. Aunque si seguimos en esta ausencia de reflexión seria sobre el mercado del empleo el único camino posible será el que ya estamos transitando: el de la violencia social. Y cuidado; atención religiosos e instituciones de caridad: esa desconfianza generalizada -en aumento- en las relaciones laborales y sociales envenena incluso la solidaridad.

El destino de la Argentina, hoy un país pobre, está atado al grado de su globalización. La satanización de esta y de la economía competitiva que surgiría del trío demanda especializada, inversiones y empresarialidad con eficiencia dinámica (vulgo: capitalismo liberal), sirve para galvanizar los temores sociales en torno de líderes incapaces y/o corruptos que, hallándose aún en la era del simio, no pueden sino prolongar nuestra agonía.

Repensemos con gran cuidado, otra vez, nuestro próximo voto.

Dos Argentinas

Enero 2011

Desde hace más de siete años, el peronismo gobernante promueve con éxito la desunión económica y el enfrentamiento civil, agitando todos los fantasmas de revanchismo que hasta ahora pudo hallar, en pos de su estrategia del divide y reinarás.

Lograron así dos Argentinas enfrentadas en una sorda pulseada principista. No se trata, como podría suponerse, de la conservadora contra la socialista ni de la “blanca y rica” versus la “negra y pobre”. Tampoco la de los “derechos humanos” de izquierda enfrentando a los “represores” de derecha y ni siquiera de la empresaria “explotando” a la proletaria.

No. Hoy día esas son divisiones “caza bobos” manipuladas por los intelectuales del resentimiento ladrón, para consumo del idiota útil promedio.

Siguiendo al pensador español Alberto Marigil, diremos en cambio que una es la Argentina que nos chupa la sangre y vive del cuento del Estado, la que nos parasita y saquea nuestra capacidad de trabajo. La otra, es la que produce honradamente y sufre el desmesurado intervencionismo subsidiador, tanto como el elevadísimo costo económico frenante de las burocracias estatales.
No importa la cultura, la capacidad económica, el lugar de residencia ni el color de piel. Lo que importa (y lo que tenemos el deber moral de combatir) es que de un lado se alinean los argentinos que perpetran este latrocinio (1), y del otro están sus víctimas.

En este contexto de ojos abiertos, de arrancarse la capucha para mirarles la cara a los secuestradores, la democracia tal y como aquí se la entiende, es un engaño. Un fraude por el que esos mismos intelectuales del resentimiento ladrón nos inducen a creernos libres, eligiendo un tirano cada 4 años. Tratando de hacernos olvidar que la democracia es hija de la libertad y que eso nunca funciona al revés.
Porque de lo que se trata es de elegir un/a patrón/a esclavista que no respete la propiedad y el trabajo privados ni la obvia, justa y conveniente apropiación particular de sus resultados.
Desde luego y en ecuación directamente proporcional, a menos respeto menos inversiones e innovación, lo que se traduce en menos crecimiento económico y menos demanda de empleo, que conduce a menos poder adquisitivo general, menos crédito, menos propietarios y menos nuevos pequeños empresarios.

Por desgracia no se trata un rapto excepcional de locura suicida sino que es una fórmula de aplicación diaria, rastreable en cada declaración de principios, discurso y plataforma electoral, en casi todo el espectro político argentino.
Esta falta de respeto al derecho-humano-base de propiedad privada constituye un sinsentido violento y regresivo pero aceptado por una ciudadanía adormecida en las penurias cotidianas, que cumple la horrible función de poner cerrojo a un sistema donde esa misma ciudadanía será montada, domada y uncida al arado del populista de turno, donde deberá yugar a punta de látigo hasta agotar su último suspiro muriendo por fin sobre el propio surco, no sin antes entregar a sus hijos como reemplazo.

Así es como viene sucediendo en nuestro país, donde esta agresión estatal crónica bloquea el acceso de los más pobres a la propiedad. A poder construir un futuro seguro para sus niños, crear riqueza original y progresar en serio saliendo de okupas para convertirse en compradores solventes. Condenando a los menos instruidos a ser eternos mendigos y votantes esclavos de su propia desgracia ignorante.
El piquetero violento que blande su palo, colérico por haberse convertido en changarín mal remunerado en negro, debería sacudir el palo sobre su propia nuca porque nadie más que él, su padre, su abuelo, su mujer, su madre y su abuela son los culpables (por mal voto anti-propiedad) de su dramática situación.

La Argentina del trabajo es la de nuestro maravilloso complejo agro-industrial, la del comercio y los servicios innovadores, la de la industria no subsidiada, la de los inversores de riesgo; en suma, la que estudia, compite y avanza a pie firme teniendo al mundo entero por mercado.

La otra Argentina, la que nos parasita y que saquea nuestra capacidad de trabajo es, en cambio, la representación más pura de lo que el paleo populista Arturo Jauretche llamaría cipayos vendepatria.
Estos constituyen una masa heterogénea de “ciudadanos” (más bien habitantes) que abarca desde políticos deseosos de vivir (¡y enriquecerse!) de la política hasta gente empobrecida por su mal-voto que desea (¡cómo no!) ser compensada a expensas de lo ajeno y mucha otra que ha perdido el hábito del esfuerzo por la capacitación y el trabajo honrado. Tienen un común denominador: su rendición a pulsiones representativas de lo más negativo y primitivo de la naturaleza humana, como son el odio, la envidia, el egoísmo, la deshonestidad intelectual, la pereza y el resentimiento. Su lema es: “para qué querés tener razón y trabajo real si podés comprar mayorías”.
Gente a la que el arrodillamiento de nuestro país y su decadencia en todos los rankings la tiene sin cuidado. Gente a la que no conmueve la muerte de niños aborígenes en el Chaco ni la aparición de neo-favelas como hongos por toda nuestra república. Su subsidio, corrector de sus malas elecciones es lo primero. Se trata de gente que apoya a la kakistocracia (2) gobernante aunque vean desangrarse a la Argentina productiva bajo sus zarpas.
La Constitución los denomina infames traidores a la patria y en lo que va de su reinado, como es lógico, se constató un aumento de la dependencia, la violencia y la marginalidad.

Los gobiernos tienen el deber de velar en lo posible por la prosperidad de sus ciudadanos, por la libertad de su prensa y por su seguridad. También saben que la economía de mercado, la democracia y el estado de derecho son las herramientas al servicio de esos objetivos.
El capitalismo liberal, que asigna prioridad a los resultados por sobre las intenciones, que es favorable a la globalización de la economía empresarialmente competitiva con sus enormes oportunidades, es el camino más directo. Nunca la confiscación de la propiedad ajena a través de altos impuestos y redistribución forzosa porque no hay bastantes ricos como para saciar a todos los empobrecidos y porque atentando contra la ganancia y la reinversión del capital, se atenta proporcionalmente y a plazo fijo contra el bienestar de las mayorías. ¡Debemos pasar de la ideología a la economía!

La Argentina ladrona recurre al patrioterismo y a la incitación al odio de clase, para atender sus propios intereses en un verdadero enfrentamiento psicológico con la Argentina honrada.
Señores: démosle la espalda de una vez a este “capitalismo de amigos” menemista-kirchnerista que sólo beneficia al entorno de los déspotas, más dotados ellos mismos para el saqueo que para la atracción de las inversiones que necesitamos con desesperación.


(1) Robo, fraude, atropello y corrupción.
(2) Del griego, kakistoi, los peores.

Autoridad Moral

Diciembre 2010

Si algo está claro a esta altura es que el “modelo” en vigencia implica, como elemento ineludible de su desarrollo, tener el gobierno más corrupto de nuestra historia. Corrupción -o descomposición ética ofensiva- a la vista de todos que no sólo significa robo, sino entronización de todo un sistema de violencia mafiosa y engaño premeditado llevado al nivel de norma social rectora. Retorciendo hasta el punto de quiebre el brazo de las sabias -aunque inocentes- reglas republicanas. Burlando toda defensa institucional que los constituyentes del siglo XIX hubiesen previsto contra esta degeneración tan perniciosa a mediano plazo para los que menos tienen, aseveración demostrada en nuestra actual pérdida de educación, respeto y ética empresarial a todo orden, como masivos generadores de pobreza y desesperanza.

Escuchamos en voz baja de muy altos funcionarios, por cierto, ensayos de defensa pretendiendo justificar lo injustificable bajo el argumento de que todos ellos necesitarán en el futuro abultadas cuentas bancarias, que les ayuden a refugiarse o eludir las consecuencias judiciales de los barbarismos socio-políticos y económicos que hoy están cometiendo.
Declaraciones que deberían ofender profundamente a las muchísimas personas que aún mantienen su dignidad en esta Argentina decadente, al punto de llevarlas a cuestionar su propia actitud de justificación y servilismo impositivo frente a personas que carecen de toda autoridad moral. Ausencia de cuestionamiento íntimo que las va convirtiendo, también por cierto, en ciudadanía co-responsable bajo la misma obediencia conceptual pasiva.

Ni nacimos de un repollo ni esto empezó hace siete años. La verdad sin edulcorantes es que el Estado no debe regalar “planes sociales”, netbooks, subsidios a feed lots ni al transporte sino que debe establecer las condiciones para que cada actor social pague sus gastos por sí mismo, con ingresos “de primer mundo” surgidos de un entorno de gran producción y empleo.

Resulta evidente que nos estuvieron “metiendo el perro”.
El mismo perro ladino con distintos collares (militar, radical, peronista y similares) cuando a todas luces convenía un cambio de perro; no de collar. O mejor aún, no mantener a perro macaco alguno. O al menos y mientras los propietarios evolucionan, no al perrus económicus populista.
Porque señoras, señores, la economía no es un asunto consensual, como tampoco lo es la biomecánica. Es una ciencia exacta que además, condiciona la mayoría de los resultados sociales desde educación a corrupción, pasando por creatividad empresarial o nivel de seguridad pública. Son legión aquí los economistas inútiles y desactualizados (o corrompidos por el poder), como que hay ingenieros y biólogos que no sirven a sus objetivos.

Ciertamente nuestra nación tiene reservas morales con autoridad para barrer y desinfectar esta marea negra que nos hunde cada vez más en la podredumbre y la miseria. Y reservas intelectuales capaces de cambiar el paradigma de empresas nacionales que semejan pingüinos empetrolados, impedidas de expresar la enorme capacidad argentina en libertad a escala mundial, creando riqueza en su camino.

Porque la vanguardia económica de hoy, sabe ya que la mejor y más ética dinámica para las interacciones sociales en la vida real no se compadece con criterios basados en los modelos de estática comparativa surgidos en el siglo XIX, sino que responde a los modernos conceptos libertarios de alta eficiencia, a través de una función empresarial de manos libres creativa, coordinadora, tecnologizada y por propia naturaleza, de gran adaptabilidad.
Se trata un giro copernicano de 180° que deja obsoletos a todos los viejos esquemas intervencionistas de leyes y reglas político sindicales anti-libre comercio y anti-competencia. Es el giro que necesita nuestro bello país para superar rápidamente a sus vecinos y dar un gran salto hacia el verdadero bienestar.

El manejo de los trillones de micro datos y su adición geométrica en constante variación, que surgen espontáneamente de toda la interacción humana (el “mercado”), es algo que supera cualquier pretensión estatal de control benéfico inteligente.
Sepamos que el dirigismo económico y las elevadas cargas impositivas que tenemos sólo frenan, distorsionan y entorpecen el proceso. Creando pobreza donde debería reinar la prosperidad. Creando conflicto donde podría funcionar la cooperación privada. Creando corrupción donde debería imponerse la ética del mérito.

Mientras que el “Estado de bienestar” -basado en anticuados conceptos de eficiencia estática- fracasa en todo el mundo, los novísimos desarrollos de la eficiencia dinámica que privilegian el impulso a los empresarios innovadores que luchan por descubrir y superar los desajustes sociales coordinando creatividad y capacidad…utilizan como huracán a favor la acción simultánea, cambiante y multidimensional de los comportamientos y anhelos de todo aquel que necesita “algo”.

La dimensión ética de este replanteo es igualmente notable, ya que todo tiende a caer en su lugar siguiendo los principios esenciales de “lo moral”, configurados a través de la evolución humana. La libertad absoluta de elección a todo nivel, la no violencia impositiva y reglamentaria estatal, el respeto legal a la propiedad ajena y a las decisiones personales sobre su usufructo, acciones todas generadoras del ambiente cooperativo y creativo necesario, son exclusivamente compatibles con el concepto dinámico de eficiencia en la asignación de los recursos, por medio de la función empresarial. Una función que crea y transforma permanentemente información económica subjetiva, práctica y diseminada, imposible de encorsetar sin dramáticas caídas de productividad (y de ingresos reales para la gente).

La falta de autoridad moral que marca a fuego a la mayoría de nuestros políticos los convierte automáticamente en ineptos para liderar este tipo de revoluciones liberadoras. Neguémosle entonces a estos carceleros aprovechadores disfrazados de corderos (porque eso es lo que son), el apoyo de nuestro voto.

Historias de Familia

Noviembre 2010

Quienes apoyan el “modelo” del actual gobierno peronista (en su tránsito por los mismos laberintos sin salida en que se perdieron los 26 gobiernos anteriores), pueden asimilarse al caso de aquella familia formada por padres poco afectos al trabajo, con hijos estudiantes crónicos e inclinados a la parranda que pretende, a pesar de todo, el derecho a vivir siempre bien surtida. Recurren para ello al “fiado” del almacén más cercano y cuando les cierran la cuenta por falta de pago, hacen lo propio con el que está unas cuadras más allá.

Situación imaginaria que se corresponde con el caso real de la maraña de subsidios cruzados con que el Estado subvenciona a empresas y particulares -a guisa de alimentación endovenosa- “fiándoles” cierta renta para mantener con vida la actividad económica. Y ello a pesar del impresionante “viento de cola” externo, dado por la gran disponibilidad de capitales y los altos precios con fuerte demanda de materias primas y alimentos procesados.

La familia de esta historia pasa así sus meses viviendo de la estafa a almacenes y tiendas cada vez más alejadas, hasta agotar el stock de comerciantes crédulos de la ciudad. Cortado el abastecimiento de vituallas, lejos de empezar a trabajar y estudiar arman una banda con la familia vecina y se enmascaran para obtener dinero dedicándose al asalto de transeúntes, casas y empresas.
Equivalente real: la impositiva carga de retenciones a la gente del agro y el gobierno aumenta la intervención subsidiando a Aerolíneas, al fútbol, a las cooperativas estatales “de trabajo” etc.

Cuando el dinero se les acaba y ya asumidas como delincuentes, nuestras familias (con ayuda de vecinos de la villa de emergencia crecida detrás de unas vías cercanas), organizan piquetes, bloquean y amenazan a tres supermercados, una textil de indumentaria y dos estaciones de servicio exigiendo la entrega quincenal y gratuita de productos a la jefatura piquetera.
Realidad del modelo: nos encontramos aquí en la etapa de confiscación de jubilaciones privadas y de otorgamiento de millones de pensiones a personas que nunca aportaron.

Pasa el tiempo y muchos hijos de estos “ciudadanos” dejan la escuela para unirse a las actividades de sus padres, formando nuevas bandas dedicadas al robo de bancos y depósitos por toda de ciudad. Las profesiones de barrabrava, traficante, piquetero y puntero de conurbanos pasan a ser actividades en alza que incorporan trabajos entretenidos, bien remunerados y que no exigen calificación de estudios. Paliando así una desocupación que aumenta, al compás del éxodo financiero de la gente de bien.
Traducción real de esta última parte: el gobierno aumenta el impuesto inflacionario, cede más espacio al sindicalismo mafioso o saquea la Anses y el Banco Central para seguir emparchando su ingeniería socio económica coactiva. Un modelo que no cierra; que falla desde el vamos como todo lo progresista, por simple insuficiencia de incentivos e inversiones.

Mas si de algo podemos estar seguros es que hoy todo apunta a la esperanza oficialista: llegar de pie a las elecciones del 2011 merced a la transfusión selectiva del dinero así robado (vampirizado a la producción), bajo la forma de “planes”, favores y dádivas a potenciales clientes de urna.

Epílogo de la historia: el discurso de división y odio revanchista que adorna esta “píldora” es anecdótico; es carne de “gilada” y mero veneno social disolvente. Lo importante para ellos es conservar el poder que les asegure impunidad judicial y más oportunidad de negocios corruptos. El mismo dinero sucio en cifras suficientemente abultadas les dará protección anti-cárcel, piensan, en un futuro más distante.

Y no nos llamemos a engaño: otros peronistas, radico-socialistas y militares no han sido más que el mismo perro con distinto collar. Sus comparsas de incompetentes recorrieron idénticos callejones sin salida con diferentes músicas y disfraces. Para conducirnos, cada 10 años, a esa crisis que termina dejando a nuestra Argentina, una y otra vez, un escalón más abajo.

Ideas Claras

Noviembre 2010

¿Creemos en la idea de que poner sueldos altos y seguros en los bolsillos de la gente mejoraría el humor social? Es posible cambiar para beneficiar a la Argentina y a sus habitantes mediante el poder del dinero. Es factible transformar en poco tiempo a nuestro país en uno poderoso y respetado.
Sería poco traumático habilitar una sociedad de propietarios para que la mayoría de los argentinos pasara a defender con fiereza sus derechos a la propiedad y al capitalismo de libre mercado porque así les convendría (lo que venimos haciendo es frenarla).

En un entorno así no sería difícil poner en funcionamiento servicios de salud, previsionales, de justicia, educación o seguridad públicas de gran eficiencia y tecnología por una fracción de lo que cuestan los pésimos servicios actuales.
Podríamos tener sin inconvenientes decenas de miles de kilómetros de autopistas, ultramodernas terminales aéreas y portuarias, extensos sistemas ferroviarios operativos con varios trenes bala, cientos de miles de hectáreas irrigadas de producción intensiva en zonas hoy desérticas, energía abundante, barata y limpia. Inversiones multimillonarias por doquier y abundancia de buenos empleos. Buenas casas y poder de compra para las clases media y baja.

Es posible volver a unirnos en el orgullo nacional y también ser más solidarios con los desvalidos… teniendo con qué. El círculo virtuoso de la riqueza está a nuestro alcance. El bienestar de las mayorías (hoy criminalmente empobrecidas) es una meta mesurada y lograble. Está a la breve distancia de una idea. De una campaña publicitaria inteligente, que llegue a todos, proponiendo la fuerte decisión política de un cambio real de paradigmas dando lo actual, de una vez por todas, por fracasado.

No puede negarse que la Argentina avanza. Las nuevas tecnologías y la inercia misma del mundo nos empujan. El problema es que lo hace en carreta en tanto algunos países vecinos avanzan en auto y otras sociedades más lejanas lo hacen en avión. Y que mientras nos movemos entre el polvo de la carreta perdiendo posiciones en la carrera del bienestar, hay millones de argentinos que sufren carencias de todo tipo, humillante desculturización y muertes prematuras por pobreza. Un sufrimiento innecesario, que fue y que sigue siendo evitable.
La gente cambia. Las sociedades cambian y evolucionan a diferentes velocidades. Y la experiencia histórica nos enseña que los puntos de quiebre a partir de situaciones insatisfactorias anteriores, son catalizados por minorías muy poco numerosas, portadoras de ideas fuertes y claras.

La idea comunista que llevó al armado de la dictadura soviética en 1917, fue una bisagra histórica llevada a efecto con toda intencionalidad por un grupo notablemente reducido de personas decididas. No fue algo masivo (incluso hubo de ser aplicado al costo de decenas de millones de asesinatos). Las mayorías siempre han sido proclives al statu quo; a dejar las cosas como están y a soportar con paciencia, calamidades que perciben vagamente como inevitables.

Las grandes bisagras históricas de la Argentina también fueron llevadas a efecto por elites reducidas de personas con ideas-fuerza claras: las del capitalismo liberal de los constituyentes de 1853 que eyectaron al país durante los siguientes 80 años hasta los primeros puestos del ranking, y las ideas del corporativismo estatal (radical/socialista/peronista) de los últimos 80 años, que nos devolvieron a los últimos puestos de ese mismo listado.

Ese bajarnos del avión para treparnos a la carreta, sigue siendo reversible por la misma via tradicional. No debemos subestimar el poder de impacto, el gran atractivo de las ideas poderosas, claras, audaces, revolucionarias, sobre una mayoría con vocación “seguidora” que siempre está a la busca de nuevos líderes.

La demoledora tarea de des-educación llevada a cabo durante las últimas ocho décadas, podría volverse en contra de los propios aprendices de brujo que la capitanearon en su beneficio, dado que una masa crítica con escaso discernimiento puede ser volcada con facilidad tanto en uno como en otro sentido.
Si no tenemos las autopistas ni la seguridad de alta eficiencia que deberíamos tener a esta altura, si los ingleses desde Malvinas o los brasileños desde su posición de nuevos ricos nos siguen mirando desde arriba con sonrisa burlona, es porque así lo vienen decidiendo nuestros votantes, volcados hacia el venenoso “sentido de tribu” o de “contención estatal” por los populistas compradores de conciencias.

El sistema capitalista no sólo es mejor por conveniencia económica directa de cada integrante de la sociedad, sino que es el más justo, repartidor y ético. Recordemos que el mercado en libre competencia (para cualquier rubro, desde educación hasta leche en polvo pasando por sindicalización) es un mecanismo profundamente democrático, no violento y no clientelista que, bajo la soberanía popular e insobornable de los consumidores (todos los habitantes), barre con los monopolios y con todos quienes no acaten los plebiscitos diarios de la gente de a pie, pretendiendo cobrar más de lo que un objeto o servicio vale.
A más libertad y competencia, más castigo y quebrantos para las empresas especuladoras (incluyendo al Estado) y los patrones explotadores que siempre existen. A menos libertad y competencia, más oligopolio e impunidad con peor y más injusta distribución del ingreso. No es esta una ecuación complicada.

Nuestra Argentina es un país atrasado que ya no recuerda lo que es la libertad de empresa. Con una mayoría de ciudadanos temerosos del capital privado y de la competencia, aprensivos de la gran riqueza, desconfiados del poder multiplicador del dinero y crédulos, en cambio, de las virtudes en los “hombres públicos”, estamos hechos.
Para curar a nuestra patria impulsemos sin miedo nuevas ideas claras y fuertes, aunque sean “políticamente incorrectas”.

¿Revolucionario?


Octubre 2010

En el obligado acto del día 17 de este mes, el Sr. Moyano (*) afirmó, entre otras inexactitudes, que el proyecto de ley que obligaría a las empresas a entregar el 10 % de sus ganancias a los empleados es no sólo deseable sino en verdad revolucionario.
Demás está decir que no sólo es indeseable por contraproducente a mediano plazo para sus supuestos defendidos, sino que de revolucionario no tiene nada. Revolución sería subvertir el orden existente cuando en este caso, por el contrario, se lo estaría perfeccionando.

Lo revolucionario hoy, aquí y en todo el mundo, es la poderosa idea-fuerza de abolir la violencia que genera el Estado con sus atropellos “legales”. Porque existen otros derechos éticamente superiores, anteriores y de mayor efectividad práctica a los efectos del bienestar del mayor número.
Lo del Sr. Moyano y sus compañeros peronistas, lo de sus primos hermanos ideológicos socialistas y radicales, lo de sus parientes putativos del Proyecto Sur o del Acuerdo Cívico entre otros, es lo reaccionario; lo que protege y preserva privilegios verdaderamente intolerables.

Sigue pendiente, a nivel global, la habilitación de otros derechos que los gobernantes se niegan a reconocernos. Normas de enorme impacto en la tarea de hacer efectiva nuestra condición de personas individualmente valiosas, únicas e irrepetibles. Literalmente sagradas e intocables. Y acreedoras, además, a un nivel de abundancia ética y material muy superior al actual.
Apoyando leyes que respeten a cada ciudadano como a una minoría en sí misma, poniéndolo a salvo de la agresión y haciéndolo depositario de autoridad sobre su propio autogobierno, anterior y superior a cualquier pretensión coactiva de terceros, incluido el propio Estado.  
Haciendo en contrapartida responsable a cada uno de sus propios actos, e impidiendo su dilución irresponsable (como ocurre hoy) en las decisiones de una masa indiferenciada.

Verdaderos derechos humanos de segunda generación que superarán algún día la tara que frena el progreso de la humanidad: la vileza de la envidia, de las propias incapacidades y resentimientos, del egoísmo y la rapiña,  llevadas al nivel de norma social rectora a través de sistemas que  eluden la consecuencia personal de ser malas personas, propiciando el reino del “tirar la piedra y esconder la mano” que nos caracteriza.   

Las libertades individuales son nuestro destino como humanos no esclavos y la no violencia (adelantada por Cristo, Gandhi o Luther King), nuestro camino.   Sin libertad, obviamente, la democracia deja de ser un camino, un medio, para convertirse en un fraude. “Fraude patriótico” practicado con cinismo en nuestro país durante, al menos, las últimas ocho décadas.

Por eso, es nuestro deber de personas no sometidas luchar por abolir los irritantes privilegios de los campeones de la pobreza: personas que, escudadas en el Estado, impiden que la sociedad goce de estos y de muchos otros beneficios.

Nos toca, qué duda cabe, vivir una época de barbarie. Hoy, todo es democracia intervencionista; burdos manejos de masas para elegir por prepotencia numérica a déspotas, que aplicarán a todos y por la fuerza su propia normativa. La que beneficia a quienes los ayudaron a llegar a ese comando, a los “empresarios” amigos, a la corporación sindical y a ellos mismos.
Un sistema tan primitivo y discriminador que debería repugnar a quienes se precian de conservar un mínimo de dignidad.
Bárbaro y regresivo porque además, muchos de quienes votan a violentos para que sometan por la fuerza al prójimo en su beneficio, empiezan a hacerlo sin empacho. Con cínica satisfacción y fatalismo.

Hablar de revolución, en cambio, es hablar del derecho de cada uno a rechazar esta trampa mafiosa, a no aceptar ser representados por criminales, dinosaurios ideológicos y felpudos, a no reconocerles potestad para quitarnos el dinero por la fuerza con sus impuestos, ni para decidir sobre la educación de nuestros hijos, sobre el ataque a nuestra prensa ni sobre la pensión de nuestros mayores. Porque lo vienen haciendo muy mal; porque vienen robándonos, vejándonos, frenando nuestra iniciativa individual, arruinándonos y enriqueciéndose con ello.

Hablamos de la libertad para crear, arriesgar, invertir, producir, negociar, vender, crecer y disponer del fruto de este trabajo como mejor le parezca a cada miembro de nuestra sociedad sin temor a que un funcionario lo impida, en uso del monopolio de la fuerza.  Hablamos de la revolución que significa disponer de dinero limpio sin ser obligados a mantener a una maldita corte de vagos y parásitos; de cafishos y vivillos. Libertad para cambiar, elegir y ser contratados por nuevos empleadores que nos participen voluntariamente de sus ganancias porque en la expansión ello les convendrá. O para destinar parte de esta creciente riqueza al esfuerzo solidario que nuestra conciencia nos indique.
Todos derechos conculcados o inexistentes en esta tierra de maleantes, donde imperan las leyes del gángster y del perro del hortelano, potenciadas por cien en la coacción estatal.

Hablamos de la evolución de comprender finalmente que el forzamiento siempre es perverso; engendra violencia y conflicto de facciones. Que nada bueno ni eficiente surge de lo malo. Que el Estado ha sido durante toda su historia el principal forzador y que de ello se derivan la desigualdad y la pobreza que azotan a las sociedades hoy. Y de asumir que votando dirigentes que nos sigan proponiendo más de lo mismo (que el Estado, con más intervención, arregle el daño que el propio Estado causó), solo prolongará nuestra agonía. Eso sí sería ser revolucionarios.


 (*) 17 de Octubre: día peronista por antonomasia. Moyano, Hugo: sindicalista y Secretario Gral. de la Confederación General del Trabajo en Argentina.

Buenas Personas

Octubre 2010

Muchos son en nuestro país quienes se consideran a sí mismos buenas personas, expresando el honesto deseo de que la parte más postergada de la población tenga chances reales de acceso a educación de calidad, buenos trabajos y verdadero bienestar.
Gente que procura ser, en el día a día, inclusiva y solidaria con los que menos tienen: una forma de proactividad que termina derivando (lamentablemente) en el voto por candidatos que, desde el Estado, se encarguen del asunto… y de preferencia con dinero ganado por otros.

Buenas personas que han expresado por décadas su apoyo a todas las variantes del peronismo que nos gobierna o a todas las combinaciones de radicales y socialistas intentadas desde 1916 a la fecha. Del mismo modo a una multitud de partidos zonales y provinciales, especialistas en promover repartos clientelistas (comisión mediante) sobre producciones declinantes, en lugar de privilegiar la creación de nuevas oportunidades laborales en un enérgico entorno pro-empresa.

Pero todo se paga y nada hay de gratuito en cargar sobre el sistema impositivo un espíritu generoso que debería asumirse como responsabilidad propia.

Como el Estado es la ficción donde todo el mundo trata de vivir a expensas de todos los demás (en especial las empresas y actividades subsidiadas), los monopolios estatales crecidos al amparo de estos sufragios, siempre terminan explotando, en primer lugar, a aquellos postergados que esas buenas personas pretendían beneficiar. Aunque legisladores, jueces y funcionarios ataquen “solo” a aquellos contribuyentes que aparenten mayor poder adquisitivo y/o productivo. Aunque legisladores, jueces y funcionarios promocionen “solo” a los más empobrecidos y/o débiles de la escala. O precisamente por ello.

Nuestra gran nación ya está de rodillas frente a otras, con la cabeza cubierta de hematomas por los “palos” que las buenas personas nos (auto) propinan con ese bate de béisbol llamado voto. ¿Quiénes son los malos de la película? ¿Los partidarios del libre mercado, del avance tecnológico, de la propiedad segura y de las inversiones de capital? ¿O acaso los soñadores de ese paraíso de igualdad, hermandad, contención estatal y bienestar para todos?

El paraíso de la izquierda, del socialismo, del progresismo, del Estado grande y protector desde la cuna hasta la tumba no existió más que en los sueños de personas que acabaron apoyando a criminales aprovechadores, que los engatusaron arreándolas en dirección al voto delincuente. Un voto generador de todo aquello que se quería (¿se quería?) evitar. Un voto-freno a la creación de nuevas empresas, riqueza social, negocios limpios y oportunidades de elevación para los que menos tienen.

¿Acaso el progresismo funciona en alguna parte? El idolatrado “modelo sueco” quebró como el mejor, a pesar de la disciplina y civilidad nórdicas. Hoy Suecia retrocede sobre sus errores, con gobiernos que procuran girar 180° hacia la libertad para revertir estancamiento y desmotivación.
La sociedad que más crece es la china, a tasas que cuadruplican las norteamericanas y europeas. Mientras los chinos comprueban que a más dosis de “capitalismo salvaje” se corresponden tasas más “salvajes” de crecimiento y bienestar, los Estados Unidos de Bush-Obama, alejándose cada vez más de los preceptos de sus Padres Fundadores, comprueban que a mayor dosis de Estado omnipresente, se corresponden tasas más declinantes.

Ver en directo cómo el virus socialista infecta y detiene progresivamente a la superpotencia, debería movernos a reflexión.

La Argentina también se aleja cada día más de los preceptos de los artífices de nuestra época más gloriosa: Alberdi, Sarmiento, Roca, Sáenz Peña. Cuando la potencia del capitalismo liberal nos impulsaba con fuerza hacia la cima.
Hoy sabemos que no hay magia ni ensueños envidiosos que valgan: sólo sirven la libertad e iniciativa privadas sin cortapisas. Y que a más potencia creadora con beneficio individual, se corresponde un más veloz progreso para los menos dotados, para los empobrecidos por el estatismo, para los que trabajaron duro pero fracasaron en elevar a sus familias, bajo el peso de parásitos ladrones del esfuerzo ajeno.

Según el sociólogo Arthur O. Frasier “los impuestos transforman al ciudadano en súbdito, a la persona libre en esclava y al Estado (nuestro supuesto servidor) en dueño de nuestras vidas y bienes. Cuanto mayores son los impuestos y más insidiosa la acción recaudatoria, más súbditos y más esclavos somos del Estado”. Son pensamientos que calzan como un guante en nuestra realidad cotidiana, y en las propuestas de casi todo el arco político “opositor”.

No existe otro camino ni atajo alternativo. Debemos gritarlo con voz estentórea: el poder del Estado es básicamente recaudador y predatorio. Nada crea, facilita ni acelera, como no sea la decadencia, en la misma proporción con la que aplasta la libertad de educarse, elegir, trabajar, ganar y disponer de lo propio.
Hoy estamos entrampados en una fenomenal transferencia coactiva de recursos desde los sectores eficientes, que engrosa las carteras de empresarios ineptos y políticos irresponsables. Una trampa minada de pseudo derechos que se otorgan a expensas de derechos de terceros y que hace de nuestra sociedad una fantástica fábrica de pobres. Los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial fabrican pobres a mayor velocidad de la que el sector productivo eficiente es capaz de neutralizarlo. Si tan sólo dejaran de crear pobreza con su habitual metralla de estupideces, las tres cuartas partes del problema estarían superadas.

Millones de buenas personas causaron, con sus votos favorables a oficialismos y oposiciones miméticas, un holocausto de miseria, sufrimientos, muertes evitables y humillación nacional.
No fueron buena gente. Son los villanos de nuestra película y los cómplices de la más letal y sanguinaria podredumbre: aquella que enriquece a delincuentes y mafiosos; aquella que le hace el juego a incapaces e ignorantes que avanzan, soberbios, tomando ruinosas decisiones coactivas; pisando sobre las cabezas de chicos desnutridos y madres indigentes.