¿Igualdad, para qué?

Abril 2022

 

“¿Libertad, para qué?”  Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)

En un reportaje reciente, la escritora Isabel Allende (n.1942) afirmó refiriéndose a nuestra región que “la desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”.

Se trata por cierto de un concepto, el de la igualdad económica, muy meneado en los últimos años tanto por nuestros gobiernos y dirigencia social en general como por la jerarquía católica y de izquierda en particular y que se encuadra entre las muchas propuestas “políticamente correctas” que conducen por línea directa a efectos contrarios a los pretendidos: en este caso a peores promedios de pobreza, ignorancia y exclusión y a mayores desigualdades, dependencia y desesperanza con más predadores sociales activos (reales, no imaginarios).

Dicho esto bajo el supuesto -por obvios antecedentes puesto en duda- de que en verdad se pretendan evitar tales efectos antes que usarlos con frio cálculo político por conveniencia electoral (o falsamente pastoral, por qué no).

El tratar de igualar económicamente apelando a la redistribución forzada a través de impuestos es una noción foránea que choca contra el mandato constitucional de nuestros Padres Fundadores quienes nos prescribieron, en cambio, la igualdad de oportunidades a través del recto camino de la (anterior y fundante) igualdad ante la Ley.

Nuestros próceres abominaban sin excepciones del robo tributario; de su efecto discriminatorio y frenante, aplicado desde antaño por el imperialismo colonial. Mínimo Estado indispensable, máximo lucro productivo por mérito honesto y consecuente desarrollo nacional con mínima exacción impositiva posible, era su norte.

La historia de nuestro espectacular despegue (a partir de 1860) y llegada al estrellato planetario hasta el comienzo de nuestra decadencia al invertirse del todo esta fórmula en 1946, es harto conocida.

Llamemos entonces a las cosas por su nombre: la igualdad económica planteada en este 2022 no responde al “anhelo altruista de vastos sectores” sino a simples resentimientos individuales, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo a inconfesables sentimientos de inferioridad, culpa e impotencia personal por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Desde luego, no podemos ignorar este drama humano ni suprimir a los millones que se auto enjaularon en las mazmorras de la decadencia. Prisiones mentales que de hecho son el resultado a largo plazo del adoctrinamiento estatista operado a través de contenidos obligatorios sesgados en la educación nacional (pública y privada) en sus tres niveles durante 3 generaciones.

No podemos acallar esa sensación, tan extendida, de ira creciente frente a las desigualdades. Mas sí podemos reinterpretar esa ira con la misma mirada de estadista de los autores de nuestra Constitución, que dieron categoría rectora a la igualdad de oportunidades.

Un tipo de igualdad que, bien mirada, es la que en verdad demandan quienes hoy se rebelan ante la espiral de pobrezas y sometimientos, de resignaciones e injusticias a la que son empujados mientras nuestras oligarquías se enriquecen sin pausa a vista y paciencia de todos.

Ricas oligarquías modelo siglo XXI; bien argentas y bien definidas por diversos analistas y autores y que son 3: la oligarquía política (la casta y su enorme red de parásitos), la oligarquía de los empresarios protegidos (coimeros cortesanos de la Patria Contratista y el capitalismo de amigos) y la oligarquía sindical (millonaria, retrógrada y mafiosa por donde se la mire).

La ira de la gente buena y trabajadora se debe a la falta de oportunidades. A lo que perciben como el “portazo en la cara”; el cierre de facto a sus posibilidades de acceso a la elevación cultural y económica.

No hay bronca de gente honesta cuando existen oportunidades reales de crecimiento y movilidad social; cuando hay perspectivas ciertas de que los hijos estén un día mejor que sus padres. No existe ira cuando impuestos y regulaciones no asfixian su trabajo, su emprendedorismo ni su disfrute de lo ganado. Y sobre todo cuando la justicia se aplica pareja, no hay impunidad para nadie y los castigos son ejemplares; cuando robo y crimen… no pagan (caso Cuadernos y caso Nisman, por poner 2 ejemplos).

En esas condiciones, en ese “sistema”, la desigualdad entre patrimonios honestamente ganados importa un rábano a la gente buena, no envidiosa, porque la sociedad entera se encuentra en igualdad de oportunidades para elevarse.

Es la desigualdad de oportunidades reales de progreso, de llegar a “pertenecer” al escalón superior al propio en lo cultural o económico disfrutando de sus ventajas lo que motoriza desde lo profundo esa furia a la que se refiere la Sra. Allende, y que hoy crece.

La ira de la gente mala y empobrecida se debe, por otro lado, a sus previsibles dificultades de acceso a la “contención” tribal clientelar de las 3 oligarquías que, del brazo y en acuerdo de conveniencias, depredan (y rigen hoy) nuestra Argentina.

En definitiva y parafraseando a Lenin, bien podríamos preguntarnos ¿Igualdad económica nivelando hacia abajo, para qué?

Por el contrario, si los argentinos lográsemos mostrar más inteligencia emocional que resentimientos, aplaudiríamos el surgimiento de enormes desigualdades económicas honestas: decenas, cientos, miles de mujeres y hombres, empresarios emprendedores y multimillonarios al estilo de Bill Gates, del cual se ha calculado que su fortuna personal (unos 130 mil millones de dólares) representa sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás.

Y que es, además y con lo propio para horror de la izquierda, uno de los principales filántropos del mundo superando en monto con aportes de dinero inteligentes (reproductivos, no clientelares) a infinidad de Estados “solidarios” y “presentes”.

 

 

Estatismo Salvaje

Marzo 2022

 

Vivimos inmersos en un estatismo salvaje.

Un lugar donde, en palabras del respetado analista Sergio Berensztein “el aparato estatal es elefantiásico, ineficiente, opaco y con bolsones de desidia y corrupción donde anidan, resisten y se reproducen actores económicos, políticos y sociales que, con narrativas “progresistas y populares”, se convirtieron en una maquinaria conservadora y extractiva que tiene de rehén a una sociedad civil exhausta y maltratada”.

Maquinaria extractiva en grado de demencia, agregamos, recordando que desde mediados del siglo pasado quedó derogado de facto, entre otros, el fundacional Artículo 17 de nuestra Constitución (“La propiedad es inviolable y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella” y “La confiscación de bienes queda borrada para siempre del Código Penal Argentino”) para llegar a la situación actual donde se confisca a destajo propiedad privada con tasas de entre el 60 y 90 % de la renta real. Saqueo que en particular se ceba en los infelices ciudadanos entrampados en blanco, pasto de la sumatoria de organismos recaudadores nacionales, provinciales y municipales. Un modo de estatismo comandado por hienas fiscales en el sentido más literal y carroñero del término.

Este marco socialista y extractivo es por lejos la causa número uno de nuestra decadencia (y consecuente pobreza) y  configura el escenario en el que el actual gobierno pretende seguir aumentando impuestos… a todo lo que aún se mueve. Elevando además el nunca computado impuesto inflacionario, tributo inmisericorde pero funcional a la nomenklatura del progresismo argento que, junto a los elevadísimos IVA e impuestos internos, arrean bajo su látigo a la totalidad de la población, incluyendo a la legión -hoy mayoritaria- de quienes pretenden fugar bajo los paraguas gemelos del trabajo en negro, el empleo público y el desempleo subsidiado.

La realidad es que el Frente de Todos en el gobierno con C. F. de Kirchner como principal responsable aplicó al país y seguirá aplicando por los próximos 20 meses su versión del sistema colonial que nos mantuvo en la sumisión, el aislamiento y el atraso desde 1536 hasta 1860: fuertemente extractivo, dirigista, patrimonialista y proteccionista.

Patria sí, colonia no, decía el vacuo eslogan peronista de hace 50 años, trocado al cabo de sucesivos gobiernos de hampones justicialistas en “patria no, colonia si”. En este caso del eje China-Rusia, peligrosas dictaduras con las que hoy se pretende alinearnos.

Este estatismo salvaje, retrógrado y violento, negador de propiedad privada, de derechos humanos y sobre todo de libertad de ideas para crecer constituye la médula de la batalla cultural que los libertarios argentinos libran desde dentro de Juntos por el Cambio contra quintacolumnistas como el gobernador radical G. Morales y desde fuera de esa coalición con sorprendentes héroes cívicos como J. L. Espert y J. Milei que, enfrentados con vehemencia a tantos intereses oligárquicos y mentalidades colonizadas, están torciendo la balanza en favor de una real igualdad de oportunidades con el creciente apoyo de millennials y centennials que son, numéricamente, nuestro futuro.



Extremismos

Marzo 2022

Según encuestas confiables una amplia mayoría de los argentinos, sin importar la coalición política a la que adhieran,  se percibe estatista.

Vale decir, partidaria de gobiernos dirigistas que regulen a su mejor criterio cada aspecto de nuestra vida en sociedad. Algunos por simple izquierdismo anti capitalista pero los más lo son sólo por desear un Estado que iguale oportunidades; que proteja a los “perdedores” del accionar de un libre mercado que, piensan, no debe ser anulado.

Son personas que creen que el sistema capitalista es bueno al efecto de crear riqueza social aunque sin perder de vista que las personas que operan en él suelen ser egoístas, autoritarias e insensibles. Malas. Gente que, claro, hace de la mano invisible del mercado irrestricto un mecanismo con fallas; injusto y excluidor. En líneas generales, empobrecedor de pobres y enriquecedor de ricos. Una encerrona conceptual que hallaría solución en el conjunto de regulaciones redistributivas que el Estado paternalmente impone.

¡Ensoñación adolescente! El Estado no hace eso: en la realidad adulta es, siempre, el elefante en el bazar que provoca las fallas “del mercado”, la pobreza y el atraso.

Lo primero que debe decirse para empezar a despejar el lodo mental que nos frena, es invitar a levantar la mirada y ver qué tan bien o tan mal les va al resto de las sociedades con las que compartimos este planeta en lo referente a pobreza y riqueza social; a bienestar o carencia material; a libertad real de elecciones de vida o… resignación.

En otras palabras: invitar a observar qué tan alto es el ingreso promedio por persona en cada modelo social.

Veremos entonces un muestrario real de sistemas de gobernanza que van del extremo colectivismo en su margen izquierdo al extremo liberalismo en su margen derecho. Del comunismo al anarcocapitalismo, si se prefiere, con un centenar de gradaciones intermedias.

No existe en ninguna sociedad el estatismo o socialismo puro, excluido todo proceso de mercado incluido el negro (estarían allí casi todos muertos), ni existe tampoco el capitalismo de mercado llevado a su extremo, por razones que luego explicaremos.

Sí existen países que van de semi extremos como Corea del Norte y Cuba o Venezuela por izquierda a Singapur e Irlanda o Suiza por derecha Y lo que se observa en cuanto a resultados en modernidad y bienestar general (ingresos por persona) a lo largo de este muestrario de siniestra a diestra nos exime de mayores comentarios ya que resulta en una visión que es… regla: a mayores dosis de libertad de empresa, de prensa y de respeto a la propiedad con menores impuestos, mayores logros en progreso económico y justicia para el pleno de la población. Y viceversa. Se trata de resultados directamente proporcionales y sin excepciones. Palo y a la bolsa en lo que toca al análisis racional del caso.

El resto resulta del tipo de análisis más frecuente entre nosotros: el no-racional o por izquierda; el que se basa en resentimientos, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo en inconfesables sentimientos de culpa, inferioridad e impotencia por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Si hoy no existen ejemplos de sociedades que vivan un liberalismo extremo o anarcocapitalismo aplicado, es por razones de condicionamiento educativo.

Las mismas razones que hacen que los argentinos se declaren hoy mayormente intervencionistas, a pesar de haber tenido su apogeo de gloria, poder económico, crecimiento y oportunidades para todos durante su período menos estatista (de 1860 hasta 1945 aproximadamente).

La enseñanza tanto pública como privada, los programas de estudio obligatorios primarios, secundarios y terciarios con particular énfasis en los de historia y cívica han sido una herramienta esencial en la construcción de los Estados modernos. Adoctrinan con contenidos que al no ser cuestionados permanecen en las mentes, aferrándose con fuerza en el subconsciente durante toda la vida.

Se trata de un hecho visible: la mayoría de las personas reciben desde niños y aceptan en forma pasiva proposiciones ideológicas preelaboradas sobre la democracia, las elecciones o el Estado a través del plan educativo… estatal. Y nunca más las ponen en duda.

Es normal y comprensible, pues, esta ignorancia y este sesgo cuasi innato de aceptación a-crítica de la esclavitud tributaria, de la sacralización del sistema, de la normalización de la maquinaria de Estados territoriales incuestionables, de ciudadanos “mandantes” desarmados (¿?) y de autoridades políticas de sabiduría, ética y bondad superiores. Estamentos o Poderes estos últimos que, casualmente, reciben sus privilegios y pagas mensuales del modelo fiscal extractivo nutrido a piacere y ad nauseam (lo deciden ellos) del trabajo privado del resto.

Transitamos y laboramos dentro de un corral conceptual pre-digerido que produce grandes rendimientos en legitimidad a los que viven de indicarnos desde su supuesto desinterés y vocación de servicio (¡!) cómo y qué debemos producir, cuánto debemos ganar y qué destino debemos dar a ese dinero. Armas del Estado a su servicio y confortables despachos de por medio, claro.

Es por tanto letal para esta casta siempre creciente aceptar cambios en la manera de transmitir valores, si estos se dan en un marco de elevada conciencia personal y libertad de cuestionamiento; en un entorno de ideas sin encepar.

Y es al mismo tiempo una verdad derivada de la directa proporcionalidad de la visión de nuestro listado, que un “extremismo” libertario quitando impuestos y delegando gradualmente las tareas del Estado (y sus fallidas vacas sagradas) en el pueblo llano productor, cooperador y creador sólo podría conducirnos a un -bello- extremismo en libertad, poder, seguridad, prestigio y riqueza social.

Al momento de redactar esta nota nuestra Argentina sigue remando hacia la margen izquierda del listado, con todas las consecuencias que de esa elección se derivan. Boga que se sostiene en el socialismo conceptual de sus mayorías, tal como lo consignábamos al comienzo.

Con la muerte literalmente en un extremo y la vida en el otro, sepa el año próximo el pueblo elegir y sepa la oposición trazar ya la hoja de ruta más rápida y menos dolorosa para reinstalar a la nación en el derrotero de una gloria cuyas libertades y respetos nunca debió extraviar.





Sin Violencia Institucional

Febrero 2022

La democracia es ciertamente un mal método para solucionar en forma pacífica y a conformidad de todas las partes los conflictos que presenta la vida en sociedad; conflictos que por otra parte siempre existirán.

Ateniéndonos a su propia definición de soluciones “de consenso por mayoría”, quedaría decretado su fallo por ineficiencia grave desde el momento en que una clara mayoría de las sociedades que la han adoptado tropieza desde hace décadas (centurias en algunos casos) con serios problemas de funcionamiento y facilitación del desarrollo, en medio de fuertes quejas tanto de inequidad cuanto de freno productivo desde los más variados sectores.

El sistema falla incluso en su versión más sofisticada, la “democracia monitorizada”, donde un cúmulo de asociaciones intermedias, fundaciones y organizaciones no gubernamentales locales e internacionales en intento de acuerdo con las instituciones oficiales de “control y contrapeso” pujan por condicionar la natural tendencia al abuso gubernamental, a la corrupción y al constante aumento del tamaño, atribuciones y consiguiente peso improductivo del Estado, sin lograrlo.

En tanto, como bien dijo el conocido autor norteamericano Orson Scott Card (1951), “si los cerdos pudieran votar, el hombre con el balde de comida siempre sería elegido, no importa cuántos cerdos hubiera sacrificado ya en el recinto de al lado”. Y es precisamente en este sector mayoritario de personas ética y/o culturalmente menos dotadas, que puede hallarse a la madre del borrego del fallo democrático ya que usualmente sus votos darán prioridad a la preferencia temporal más breve por sobre el diferimiento (ahorro e inversión; capacitación y trabajo), eligiendo recargar fiscal y reglamentariamente a la minoría más creativa; aquella que a su esfuerzo y riesgo crea valor socio económico real beneficiando a su entorno con efecto multiplicador.

La pulsión hacia el “hombre del balde” está en nuestra naturaleza, entre los impulsos emocionales prejuiciosos que el actual sistema es incapaz de encuadrar para utilizar con inteligencia en favor de la totalidad de la población.

A esta altura del siglo XXI, desde la atalaya provista por las tecnologías de interacción global en redes horizontales, el creciente encriptamiento de la privacidad (incluyendo la financiera), la inteligencia artificial y la computación cuántica facilitándolo todo o la acción filantrópica útil pasando cuantitativa y voluntariamente a los individuos más ricos y exitosos (reales multiplicadores del bienestar general, además),  se ve con claridad que la transferencia gradual del control de vidas y sueños desde las estructuras del viejo Estado territorial a la gente de a pie no sólo es más factible que nunca sino que ha entrado en un curso evolutivo irreversible. Libertario.

Cuanto antes lo asumamos, tanto mejor será porque dicho curso nos conduce al empoderamiento de los individuos con encuadre de su emocionalidad en cooperación voluntaria, en detrimento del ruinoso colectivo obligatorio conducido por unos pocos autoritarios “legalmente” bendecidos.

Nos lleva a la promoción social traccionada por emprendedores que dejan el camino de la servidumbre fiscal para producir, ganar y sumar riqueza en competencia a gran escala. A la libre contractualidad y a las opciones electivas en todos los órdenes. Al “buen dinero en el bolsillo” para todo el que quiera ganarlo trabajando, para terminar con humillaciones como la AUH, las limosnas (planes) sociales, los merenderos, las listas en las marchas y tantas otras abyectas esclavizaciones “militantes”.

Amén de poder decidir para qué patrón trabajar ya que en un sistema  libertario de alta competencia es el asalariado, no el empresario, el que tiene la sartén por el mango sin necesidad de mafia sindical alguna. Para pasar a decidir entonces qué jubilación, qué educación, qué salud o qué seguridad, entre otros servicios, le apetece a cada uno contratar.

Un “buen dinero” que por cierto puede ser muy abundante Y horizontalmente repartido, con todo y las desigualdades, si la enormidad de recursos hoy malgastados en corrupción, parasitismo y dirigismo inútil (nuestro aquelarre de reglas paralizantes, mafias, impuestos, emisión y deuda) dejaran de esterilizarse y se reinvirtiesen libremente.

Si bien la perfección nunca será alcanzada en tanto que somos humanos, la mano invisible del moralista Adam Smith es -sin punto de comparación- menos dañina y abusiva que la mano visible del Gran Estado Artillado Ideal de Alberto y Cristina Fernández, cráneos del balde.

Trabajando en línea con la naturaleza humana en lugar de descerrajar cepos a todo lo que se mueve, usaríamos nuestro afán de lucro y sueños familiares en favor del bienestar de toda la sociedad sin forzamientos ni amenazas.

¡Sin violencia institucional!




Verdaderos Imbéciles

Enero 2022

 

Hemos escuchado a un ministro decir que el aumento de impuestos proyectado es correcto por “solidario”. Y hemos leído en comentarios de Instagram, defensas al impuesto a la herencia con argumentos tales como “Si tu padre te hereda dos casas, qué tiene de grave entregar una a quien la necesita? ¿Tan difícil te resulta practicar la igualdad?”

Lo cierto es que no se puede prescindir de la moral a la hora de hablar de economía dado que las acciones inmorales, contrarias a la ética implícita en la sacralidad laica de las personas, desembocan tarde o temprano en desastre. Los bestiales atropellos y genocidios del socialismo comunista son ejemplo final de ello; más cerca, lo son los 77 años de brutal pendiente económico-social argentina provocada por el violento “igualitarismo” pobrista del justicialismo.

La servidumbre fiscal es, de por sí, inmoral. Lo es en tanto compulsiva; simple robo basado en la fuerza de las armas. Como que nadie firmó nunca el supuesto contrato social mediante el cual acepta pagar impuestos “por el costo de vivir en una sociedad civilizada”. Aserto que se prueba con sólo imaginar qué pasaría si el gobierno despenalizara las obligaciones tributarias: sin importar las consecuencias del supuesto riesgo de dejar de vivir “en una sociedad civilizada”, en uso de su decisión personal y soberana, nadie o casi nadie pagaría un impuesto más. ¿Democracia full contact? Puñetazo y a la lona. Punto.

Claro que se trata de un ejercicio teórico; algo que no podría ser sino gradual dado el desmadre fiscal y el desastre de indigencia actuales, pero la civilización no caería.

Los ciudadanos de bien se organizarían sin inconvenientes y su sociedad estallaría de prosperidad, por cierto, al reinvertirse productivamente gran parte de la monstruosa cantidad de dinero antes esterilizada. Sólo caerían por tierra (y deberían empezar, por fin, a trabajar) las oligarquías política y de empresaurios cortesanos, de los sindicatos y organizaciones sociales mafiosas… y todos sus cómplices.

Como nos hace ver el gran Adam Smith (moralista escocés, 1723 – 1790), pocas cosas buenas hemos visto de quienes han pretendido actuar honestamente en bien del pueblo. Muchas, en cambio,  de quienes han actuado con honradez en busca de su propio bien y el de su familia.

Esto es así porque las personas se benefician mutuamente (aunque no se propongan ayudar al prójimo) del simple cooperar en libertad contractual con el aporte de sus respectivos talentos.

Y si bien el egoísmo es algo natural, también lo es la satisfacción de ver la felicidad de los demás, aunque nada se saque de ello como no ser el placer de contemplarla.

Digamos finalmente, para quienes se preocupan por las personas “caídas” o “perdedoras” en un supuestamente insensible sistema capitalista real, que el Estado no es el único salvador de última instancia posible. Antes bien es el peor, habida cuenta del inmenso costo de intermediación que hay entre la gente expoliada con impuestos (como el de herencia, mencionado más arriba) y la gente necesitada de auxilio. Y habida cuenta de su inmensa ineficiencia en la distribución del saldo a sus beneficiarios, así como en la exigencia de contraprestaciones y/o capacitaciones.

La caridad privada también existe, es importante en nuestro país y desde luego mucho más inteligente, direccionada y efectiva (peso por peso) que la estatal.

Esta clase de solidaridad voluntaria , la única verdadera (ya que la otra es simple “vivir de lo ajeno” sin  sentido ni valor moral al ser compulsiva), se encuentra frenada aquí no por falta de vocación sino por exigüidad de medios al tener que operar en un sistema socialista con el índice de saqueo tributario más elevado del planeta.

En sociedades donde han aflojado un poco más el bozal al capitalismo apareció, a pesar del Estado, una clase de empresarios multimillonarios que se caracterizan, justamente, por sus cuantiosas donaciones en ayuda directa y filantropía inteligente. Mayor a la que -mal- parten y reparten la mayoría de los gobiernos.

Personas como Warren Buffett, que lleva aportados 30.900 millones de dólares o Bill Gates, 29.500 o Li Ka-Shing 10.700 o Jeff Bezos, 10.000 o Mackenzie Scott y George Soros, 8.000 millones de dólares cada uno, entre muchos otros.

Imaginemos entonces qué clase de solidaridad se vería en nuestra Argentina si se soltase al 100 % el dogal a los emprendedores potenciales de esta tierra de creativos.

Cuántos multimillonarios benefactores y grandes empresas multiplicadoras de empleo y  riqueza podríamos tener.

Sí. Fuimos unos verdaderos imbéciles al priorizar la igualdad económica (la única útil es la igualdad ante la Ley) por sobre las libertades individuales y la férrea protección a la propiedad que ordenaba nuestra Constitución.

 

 

 

 

Cerrando la Caja de Pandora

Diciembre 2021

 

Los estudios históricos son siempre edificantes.

Y la historia argentina reciente, la de las últimas tres generaciones, resulta particularmente instructiva por su fácil interpretación, atentos a las pocas efectividades conducentes que la definen.

Deviene clara y directa si dejamos de lado la sarasa que usualmente envuelve a este período y vamos, como recomendaba J. Ortega y Gasset, “a las cosas”.

Guitarreo que arranca con la excusa de que “el mundo”, durante y después de las grandes guerras, viró hacia un cierre comercial y geopolítico que tornó inviable nuestro “modelo agro-exportador”, obligándonos desde entonces a la sustitución de importaciones y al proteccionismo.

Una excusa peronista, de toda la izquierda y hasta hace poco del radicalismo que resulta bajada de un paletazo para volar en sobrepique hacia el averno cuando comprobamos que precisamente allí, al infierno internacional, nos llevó la política de esquilmar y pisar la cabeza al “campo” (frenando su evolución multiplicadora) para subsidiar a una industria “modelo taller protegido” capitaneada por pseudo empresarios cortesanos y contratistas coimeros amigos del poder, satisfechos de enriquecerse cazando en el zoológico.

Pretexto que también se incinera si estudiamos la evolución de nuestro “modelo agro-exportador” gemelo del hemisferio sur de aquel entonces, Australia, que continuó con su sistema no-pisador del agro, consolidándose a poco andar como potencia industrial-exportadora, tecnológico-exportadora y desde luego agro-exportadora de categoría planetaria. Un sitial en el ranking en el que la Argentina podría estar hoy.

Recordemos que ya en 1896 nuestro país llegó a estar en el primer lugar mundial en ingresos por habitante. Según datos duros, a 1945 y desde la primera década del siglo, la industrialización eficiente (en paralelo con Australia), sin subsidios y de mercado libre, la misma que fue prostituida y abortada a partir de aquel año, acumulaba un coeficiente de crecimiento anual notable.

La historia nos muestra que durante el período que siguió, el estatismo nacionalista con su cerrazón anti empresa competitiva y globalmente integrada ciertamente nos hundió. Y que el dirigismo caudillista, reinstaurado, nos humilló hasta lo indecible haciéndonos retroceder en el concierto de las naciones avanzadas primero y en el de nuestra atrasada región después.

¿Qué más nos muestra? Que las comunidades humanas se componen de personas naturalmente egoístas y conflictivas, sólo encauzadas en sociedades atractivas, justas, solidarias y productivas… por instituciones sabias.

Y que las más sabias son las que más se apoyan en el mercado; es decir, en la suma de los votos de todos y cada uno en las libre-elecciones personales del día a día.

Tales como las instituciones que nos ordenó nuestra Constitución liberal de 1853 que, cuando se respetaron, nos elevaron por vía directa al rango de potencia.

Las efectividades conducentes que marcaron nuestra historia desde aquel quiebre con la Argentina liberal (la de “los conservadores”) están más que claras; llamemos al pan, pan y al vino, vino: al romper lanzas con el mercado (con el mundo, en realidad), J. D. Perón, un vivillo poco ilustrado, autoritario y sobrador, abrió nuestra Caja de Pandora liberando los demonios naturales del egoísmo y la conflictividad.

Con el cínico concurso de su esposa M. E. Duarte hizo estallar todas las consecuencias de las más bajas pasiones sociales: envidia, resentimiento, odio de clase y sed de venganza del inútil sobre el laborioso, del mafioso sobre el honesto, del botarate sobre el ahorrativo y del ignorante fiestero sobre el emprendedor estudioso.

Lo peor de la argentinidad salió entonces a flote y envenenó el alma nacional a lo largo de la historia de 3 generaciones al punto de que aún hoy, con el país arruinado, los peronistas alineados detrás de un pobrismo cerril obtuvieron más del 33 % de los votos.

Gran llamado de atención: más de 7 millones de personas ensobrando un apoyo claramente delincuente, habida cuenta del amplio conocimiento general sobre el grueso calibre de las complicidades, latrocinios, ineptitudes, mentiras e inmoralidades en que incurrió el pleno de su dirigencia.

Puede que el vivillo no haya sido, en su intimidad, anti empresario; que no haya querido maniatar el uso de la propiedad privada ni derogarla fiscalmente; incluso puede que haya soñado con una Argentina donde el mérito, el respeto y el trabajo productivo fuesen base de bienestar para todos pero ciertamente sus acciones irresponsables, bravatas, gruesos errores de apreciación y arrestos oportunistas nos situaron con firmeza en el sendero contrario.

Llegamos así a un 2021 en que la mayoría de los connacionales anhela un “trabajo” en el gobierno o bien desea emigrar.

Peronistas o no pero eso sí, arracimados como ovinos contra el menguante calor del poder, una masa crítica de argentinos se hunde lentamente junto a su Titanic mental en las heladas aguas de nuestra miseria estatizante.

Los analistas anticipan, no obstante, un momento bisagra en nuestra historia. Las próximas presidenciales (si se producen) podrían ser una nueva y rara oportunidad para cerrar esa Caja, exorcizando a sus demonios.

7 millones de voto-delincuentes definidos, hoy se oponen. Los banca una poderosa corporación de pseudo empresarios protegidos y coimeros, sindicalistas mafiosos, burócratas parásitos de la máquina de impedir, partidos de izquierda y líderes de organizaciones sociales filo-comunistas; beneficiarios todos del sistema fisco-esclavista que encadena a la nación, impidiéndole ponerse de pie.

¿Estará la oposición, esta vez, a la altura del desafío? ¿Tendrán sus dirigentes la valentía necesaria para aplicar el shock de  medidas coordinadas que corrija con convicción nuestros gravísimos problemas culturales y estructurales? ¿Contarán con la sabiduría política que logre los consensos y alianzas que para tal tarea se precisan? ¿Serán capaces de generar una fuerte corriente de esperanza social (único modo de soportar lo insoportable) a través de la épica de la libertad? ¿Lograrán cerrar de una vez y para siempre nuestra hedionda Caja de Pandora?

Los próximos 24 meses y la acción -siempre referente- de ciudadanos patriotas, como en 1853, lo dirán.





Proyecto de Vida

Noviembre 2021

Juan Bautista Alberdi, insigne patriota y padre de la Constitución (único pacto social que -a duras penas- todavía nos une) aclaró: “el pueblo no es soberano de mi libertad, de mis bienes o de mi persona, pues ello lo tengo de la mano de Dios; no tiene soberanía sino para impedir que se me prive de esos bienes y si alguna vez lo hacen se convierten en perjuros y traidores”.

Por su parte, el mayor pensador liberal argentino vivo, Alberto Benegas Lynch, define al liberalismo como el respeto irrestricto por los proyectos de vida del otro (no la adhesión a sus proyectos) mientras no haya lesión de derechos. Agregando que imponer al vecino nuestro proyecto de vida hace la existencia invivible, tal y como se ve en nuestro depredado país.

Quienes se oponen al ideario liberal (y en consecuencia a nuestra Constitución alberdiana), están en contra de que se respete el proyecto de vida de sus conciudadanos, prefiriendo imponer el propio a viva fuerza.

Sin excepción, todos ellos se definen como “progresistas”; a saber: de pensamiento socialista (o de izquierda) en alguna de sus múltiples variantes y gradaciones.

Otra definición clásica, empero, ilumina la cuestión: todo izquierdista es, en el fondo, un incompetente fracasado que cree que las personas que tienen éxito le deben algo.

Para ese argentino o argentina de hoy, el resentimiento halla arrope en la ideología populista, donde no se envidia ni se desea el mal a los corruptos dueños de fortunas mal habidas sino sólo a quienes poseen dineros bien ganados.

La dura realidad es que los votantes “progresistas” no bregan por el progreso sino por el retroceso en cuanto a movilidad social al apoyar un pobrismo que, si bien satisface sus pulsiones de envidia vengativa, los ancla a una inmovilidad (en ignorancia y pobreza) de tipo feudal; todo un regreso al medioevo que conlleva, cual boomerang, un justo castigo a su soberbia socialista. La de pretender decidir entre algunos el proyecto de vida de todos, usando en el proceso a la discordia (grieta) como método/negocio.

Los verdaderos progresistas son aquí los liberales. Y de entre ellos, los más vanguardistas y efectivos en cuanto a movilidad social ascendente, los libertarios (reales revolucionarios de nuestra era de millennials y centennials en aumento), audazmente capitalistas y pro mercado.

Luchadores en favor de la libertad de la gente común en pos del avance sin trabas de acuerdos contractuales voluntarios y simultáneos de mutua conveniencia en todos los órdenes; de avanzar literalmente en millones de proyectos de vida (hoy bloqueados), que no afecten justos derechos de otros.

Un colectivo de ánimo cooperativo cada vez más numeroso que empieza a torcer en favor de la concordia interpersonal la batalla cultural argentina y que obviamente no considera derechos constitucionales válidos a los adquiridos a costa de derechos anteriores de terceros.

Llegando a la mitad de su mandato y más allá de la compra fraudulenta de votos y trampas caza bobos de “diálogo y acuerdos”, está claro que el régimen que nos rige, conforme los postulados del Foro de San Pablo que integra, insistirá con su plan (excluyente) de conquista del poder con fines pecuniarios para la nomenklatura y sus socios.

Plan que consiste en desalentar inversiones, asfixiar y cerrar empresas, aumentar la pobreza, fomentar con constancia la mentira y emitir sin pausa mientras subvierte a las instituciones para blindar su impunidad. El crecimiento de la miseria a nivel general y la destrucción de las clases medias seguirán así alineados con el mandato explícito de dicho Foro: control social por miedo, a través de carencias programadas que lleven al abandono de todo sueño.

Sabido es que cuando la economía cae, los deseos primitivos de igualitarismo, subsidio y alimentación básicas (aunque sean en un contexto de supervivencia en semi esclavitud) predominan por sobre las esperanzas familiares de educación, trabajo genuino y progreso en libertad. Se trata, claro, del círculo vicioso del estatismo clientelar que el kirchnerismo pretende asegurar.

La contracara de este sistema ruinoso es aquello que a mediano o largo plazo será inevitable porque se alinea con la natural evolución humana hacia la no agresión y las libertades. Los jóvenes (y los mayores que superaron sus irreflexiones adolescentes) adhieren hoy a los principios libertarios porque su mismo y natural apuro por liberarse y realizarse los impele a la ideología que con mayor velocidad puede acercarlos a su idea de una sociedad estimulante: abierta e integrada; rica e innovadora. Y porque se atreven a pisar a fondo el acelerador de la historia.

Lo que nos lleva a una reflexión final acerca de lo que hoy y aquí se ve como… utopía libertaria: como explicó Arthur Schopenhauer (erudito filósofo alemán, 1788-1860) “Toda verdad pasa por tres etapas. Primera, es ridiculizada. Segunda, es violentamente objetada. Tercera, es aceptada como obvia.”





Dos Por Ciento

Octubre 2021

El autor francés Jean D ‘Ormesson (1925-2017) acuñó el término ineptocracia para definir “el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y la riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.

Precisa descripción de nuestro presente y de cómo las mayorías argentinas torpedearon y lastimaron a la nación y al pleno de nuestra sociedad durante los últimos 76 años (con muy breves excepciones), eligiendo en modo cómplice a delincuentes y/o ineptos. Terrible aserto que confirman 7 décadas consecutivas de gráficas en declive.

En consonancia con lo anterior, las gráficas de presión impositiva, asistencialismo, pobreza e inmovilidad social se han revelado extraordinariamente paralelas y coincidentes en su macabra trayectoria ascendente.

Vale decir, hemos demostrado de manera empírica que a más impuesto y subsidio se corresponde más indigencia y desesperanza. Dos mulas y dos asnos enyugados a la par, cinchando juntos para el mismo lado.

Nunca debe subestimarse la estupidez humana, por cierto.

Hasta aquí, hemos arruinado la vida a tres generaciones completas de argentinos en el altar de ese idiotismo que adrede confundió la igualdad ante la ley prescripta por nuestra Constitución con una “igualdad económica” pergeñada por quienes se encargaron de violar a ambas por igual. Un rasero manejado por vivillos demagogos, que falseó la visión humanista de nuestros padres fundadores.

¡Mulas y asnos en acción!  Fiscalismo y pobrismo en acto.

Durante tres cuartos de siglo, gran parte de las elites intelectuales locales y de la Iglesia se cebaron, por distintas irreflexiones e intereses, avalando esta “confusión” ruinosa.

Perseveraron hasta lograr el cuasi fallido país actual (ya más un lugar que un país), entrampado en la red de mafias anti-productivas, de desastres educativo-laborales, de fuga de cerebros y de estatismo saqueador con impuestos progresivos… que son de público conocimiento.

La única igualdad que conduce a la felicidad (y prosperidad) del mayor número es la igualdad ante la ley que, bien aplicada, acaba con horrores como los privilegios de casta, el desquicio ético y moral, la discrecionalidad tributaria, la esclavitud social crónica o la delincuencia como ejemplo, hoy rampantes a todo nivel.

El igualitarismo económico y la redistribución forzosa que este implica no son más que sanatas contra natura; injustas, contraproducentes y vejatorias. Cero inteligentes.

Llegada ya la tercer década del siglo XXI, tanto la Iglesia como el socialismo nativo deben aceptar que la tierra no es plana, que nuestro planeta gira en torno al sol y que lo correcto es dejar de seguir bregando por una utópica (y distópica) nivelación coactiva de ingresos a través del fomento del pecado de la envidia social por desigualdades, para pasar a fomentar lo esencial: la reversión del sistema de la dádiva y del daño cultural; de la miseria que durante tantos lustros y con tanta irresponsabilidad propiciaron.

Las desigualdades no son lo importante. En realidad no importan nada, si logramos sofrenar las estúpidas vilezas de la envidia; lo importante es la pobreza.

Es más: lo que nuestra Argentina necesita hoy son enormes desigualdades; algunas decenas de Bill Gates enormemente ricos. Y si son algunos centenares o algunos miles de Bill Gates muchísimo más ricos que el resto de nosotros y que vivan increíblemente bien, tanto mejor.

Lo que clérigos e izquierdistas de pelajes varios ocultan es que la fortuna personal de Bill Gates, por tomar el caso, más de 130 mil millones de dólares, se estima en sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás. Y que es, con lo propio, el principal filántropo solidario del mundo.

Está claro que en general los emprendedores exitosos generan más riqueza a su alrededor (y en ondas sucesivas) de la que ellos logran en lo personal.

¿Es desigual una persona así? Sí. ¿Sacó a miles de la pobreza, mejoró el bienestar material de otros cientos, hizo ricos a varias decenas más? Sí. ¿Dónde está el problema, entonces, si todos “subimos”? ¿Que unos suban más que otros? ¿Y qué con eso? ¿Ganan la envidia y el resentimiento por-propia-incapacidad a pesar de todo? ¿Preferimos que mulas y asnos sigan rebuznando una y otra vez?

Bill Gates o Marcos Galperin surgieron a pesar del Estado, no por él. Son hijos de lo que, a pesar de todos los palos en la rueda, pudieron hallar de libre mercado en sus entornos.

¿Y si probamos con la libertad?





La Segunda República

Septiembre 2021

 

Dijo el Sr. Juan D. Perón:

“Con un fusil o con un cuchillo, a matar al que se encuentre”. (Junio ‘47).

“Levantaremos horcas en todo el país para colgar a los opositores”. (Septiembre ‘47).

“Vamos a salir a la calle de una sola vez para que no vuelvan nunca más ni los hijos de ellos”. (Junio ‘51).

“Distribuiremos alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos”. (Agosto ‘51).

“¡Ah… si yo hubiese previsto lo que iba a pasar… entonces sí: hubiera fusilado a medio millón, o a un millón, si era necesario! Tal vez ahora eso se produzca”. (Mayo ‘70). 

“¡Al amigo, todo, al enemigo, ni justicia!”. (Junio ’72).

¿Cómo calificar objetivamente a un alto funcionario que haya expresado en público, frente a la prensa y ante el mundo tales ideas, propuestas, órdenes? ¿Estadista? ¿Político demócrata? Ciertamente no. ¿Matón peligroso? ¿Demente antisocial? ¿Vivillo argento? Lo cierto es que hay expresiones de las que, políticamente, no se vuelve.

Aunque esta persona haya dicho y hecho muchas otras cosas imperdonables (y algunas otras positivas, claro) a lo largo de su vida, lo dicho y afirmado en estas solas citas lo juzga para siempre, sin plazo ni remedio.

Como sea, el hombre está muerto pero… a quienes siguen definiéndose como peronistas (en cualquiera de sus variantes) a 74 años de aquellas primeras palabras y a 47 de su entierro, les cae el sayo de asumir lo propio: que son seguidores de un líder que, aparte haber sido responsable directo de matanzas sin ley (Triple A, por ejemplo) después de azuzar por años a la ultra izquierda y de haber echado a rodar entre nosotros (en especial entre los más pobres e ignorantes) un daño socioeconómico y cultural sin par, se reveló siempre con claridad meridiana como un intolerante detractor del espíritu y la letra de nuestra Constitución.

De hecho, cuando pudo (1949) la cambió reemplazándola por un patético libelo fascista, derogado tras su huida. Una constitución totalitaria; anti libertades y anti propiedad privada que anhelan reeditar sus seguidores, actualmente en el gobierno.

En las últimas elecciones generales (2019) una sólida mitad del electorado apoyó estos dichos y en general toda esta negra línea de conductas, largamente conocida por los argentinos. Hecho que prueba de manera concluyente que el pobrismo mafioso opuesto a los principios de nuestra Carta Magna, sigue en pie y goza de buena salud.

Se trata entonces de asumir la realidad de muchos millones de personas alzadas contra la Constitución vigente. Contra la justicia independiente, el respeto a los patrimonios, la libertad de industria,  las instituciones de contralor, etc.

Ciudadanos a quienes no debemos menospreciar ni negar en su legítimo derecho a elegir. A decidir en qué clase de sociedad desean vivir. Tal y como lo han expresado una y otra vez a lo largo de más de 7 décadas en innumerables votaciones, siempre contra la república como sistema.

Tienen todo el derecho a volver a su constitución de 1949 o a cualquier otra de similar tenor. ¿Quiénes somos el 50 % restante de la población para impedirlo, para forzarlos, para torcer sus elecciones de vida imponiéndoles las nuestras?

El que avalemos el tipo de organización que se deriva de la constitución de 1853 y defendamos a la actual Carta Magna es nuestra elección de vida, no la de ellos.

Lo mismo vale, claro está, para quienes votaron en 2019 y votarán en este 2021 por la alianza kirchnerista. ¿Qué clase de esclavismo de facto puede obligar -pistola en la nuca mediante- a la mitad de la población que votó y votará en contra, a someterse contra natura a su sistema totalitario?

¿Por qué primitivo y violento modo “legal” de imposiciones confiscatorias deberíamos sentirnos obligados a desangrar patrimonios y sueños familiares de progreso transfiriendo nuestro dinero a destinos improcedentes e inmorales, que violentan nuestro sentido ético además de operar en favor de la propia ruina, la de nuestros hijos y la de toda la gente honesta del país?

Señores, señoras, salgamos de la genuflexión, pongámonos de pie y consideremos opciones más terminantes antes de que sea demasiado tarde: checos y eslovacos se separaron en 1993 dando fin a tres cuartos de siglo de Checoslovaquia como unidad, para dar paso a la República Checa y a Eslovaquia como países independientes con acuerdo de sus poblaciones, en una decisión racional de preferencias. Sin guerra civil ni emigraciones masivas al extranjero. Por el contrario; desde entonces ambos pueblos forman parte de la Unión Europea y se administran separadamente acorde sus ideas, sentimientos y conveniencias.

Los historiadores dan cuenta de que nuestra sociedad siempre estuvo partida ideológicamente en dos. Diversas etiquetas marcaron esta división a través del tiempo y hasta la actualidad, pero una síntesis válida sería la de trazar una línea entre caudillismo autarquizante por un lado y cosmopolitismo liberal (liberalismo político, al menos) por el otro. En términos de nuestro debate actual, democracia oligárquica, clientelar, cerrada y mafiosa versus democracia cabal; abierta, republicana y federal.

Va siendo tiempo de asumir con madurez esta realidad de nación fallida que ya no podemos modificar y de plantearnos permitir (plebiscitos sucesivos mediante) que cada jurisdicción decida su pertenencia por sí, para terminar conformando dos bloques relativamente homogéneos que echen a rodar el proceso de procurarse nuevas constituciones; acuerdos sociales de base de los que hoy carecemos; carencia causal del -histórico- mutuo poder de veto y de nuestra subsecuente decadencia.

Parece ser este el traumático camino que debemos recorrer para ver un día, quizás, a esa nación laboriosa, justa, muy libre, creativa, generosa, no resentida y… unida que soñaron nuestros  antepasados.

Una situación que podría darse cuando la vecindad estatista, aplicando sin ambages sus principios “solidarios”, termine despedazándose en una orgía de extracciones mutuas, desplome productivo, aislamiento, inseguridad y pobreza extremas, levantamientos, recriminaciones, represión y finalmente, férrea dictadura repartidora de migajas.

Contexto propicio, si los hay, a la fuga de dineros y personas hacia la vecindad capitalista, tal como ocurría con el muro de Berlín y entre las dos Alemanias. Y que en nuestro caso podría terminar implosionando de igual modo: con la rendición incondicional del “lado de la mecha” kirchnerista y su disolución como tal dando lugar, ahí sí, a una nación veraz y viable. A una nueva Argentina.

A nuestra Segunda República.

 

 

 

 

 

Una Oportunidad para la Democracia

Agosto 2021

 

"La historia de Occidente, desde la era de las polis

griegas hasta la resistencia actual al socialismo, es

esencialmente la historia de la lucha por la libertad contra

los privilegios de los burócratas''. Ludwig von Mises

 

Se dice de la democracia que es el arte de lo posible. Que a pesar de sus muchos y graves defectos es la forma más civilizada, la menos violenta, de dirimir los desacuerdos sociales que siempre existirán. Suposición más que dudosa a esta altura del siglo de la inteligencia artificial, la ciudadanía en red y la computación cuántica pero que sin lugar a dudas se resquebraja sin remedio en Argentina al exacto ritmo en que nuestra democracia deja de ser republicana y subsidiaria (no confundir con subsidiadora), derivando hacia una autocracia clientelar que troca ciudadanía responsable por lumpen embrutecido mientras nivela hacia abajo.

Así y todo y aun deslizándonos hacia el averno totalitario, sabemos que los deseos generales de movilidad social y bienestar material, tarde o temprano prevalecen. Y que Adam Smith siempre tuvo razón, mal que les pese a los socialistas de la fecha: de la mano invisible de las cada día más poderosas tecnologías de integración voluntaria y decisión personalizada en red horizontal que se consolidan con las nuevas generaciones de millennials y centennials, lo creativo individual repercute y repercutirá cada vez con más fuerza en lo social-comunitario. Se trata de manos rebeldes, revolucionarias en serio, que conllevan el poder de liberarnos gradualmente de extorsiones, distorsiones y coacciones estatales así como de elevar económicamente a todos -aún con desigualdades- nivelando hacia arriba.

Es cuestión de tiempo que esta mano invisible con esteroides de IA acogote a populismos pobristas y parásitos profesionales. Y un paso más allá, que las criptomonedas liquiden el poder opresor y discrecional de nomenklaturas, bancos centrales y Estados territoriales, guadañándolos por su base: la tributación forzada que todo lo invade. La hoz de la no-violencia terminará segando sus privilegios; sepultando después sus antojadizas fronteras y traspasando de hecho la soberanía a quienes decidirán, como individuos y comunidades libres, con quienes asociarse y bajo qué condiciones vivir.

La democracia representativa, aún la más liberal y republicana, será vista entonces como cosa del pasado. Tal como ahora vemos a las monarquías absolutistas del siglo XV, a su terrible inmovilidad social y al derecho divino de sus reyes. Será percibida como algo primitivo; vejatorio; inadmisible por lo injusto con sus muchas minorías.

¿Pantallazos del futuro? ¿Evolución cultural en proceso? ¿La humanidad entrando en modo alien? ¿O en la síntesis de todo ello, no-violencia en acto?

Entretanto… transitamos la edad oscura, feudal de un peronismo que miente, roba, oprime, des-educa, corrompe, somete y destruye valor creativo poniendo a la nación de rodillas -como nunca antes- frente al orbe.

Ciertamente una democracia republicana y subsidiaria, sistema que no tenemos, podría evolucionar adaptándose a esta nueva etapa de la histórica lucha de los seres humanos por la libertad a la que hacía referencia von Mises. Podría seguir siendo por un tiempo la forma más civilizada -vale decir, más contractual- de dirimir los conflictos.

Posible continuidad madurativa que se hace visible en el creciente poder inclusivo de la sumatoria de individuos interconectados por intereses honestos, superador del supuesto “bien común” de las burocracias estatales; infantilizantes y extractivas por definición.

Como bien dice el conocido economista y analista político Claudio Zuchovicki “hoy la política representativa está en conflicto con la sociedad a la que pretende representar. Los políticos sólo ven fronteras; las nuevas generaciones ven la libertad que les dan las nuevas conexiones. Si pretendemos alguien que nos cuide y nos diga qué hacer bajo el pretexto de buscar el bien colectivo, estamos perdiendo el sentido común de la acción humana”.

En efecto, ya podemos vislumbrar que la puja entre un gobierno intervencionista y ciudadanos que se reconfiguran generacionalmente en torno a las facilidades de acceso al libre hacer empresarial, cultural y científico con base en la innovación… no tiene solución.

Esto es así porque la gestión estatal, acorde al primitivismo en que vivimos, busca controlar y dirigir a la sociedad a su conveniencia a través de imposiciones fiscales y trabas reglamentarias, mucho más que generar condiciones ideales para la creatividad, las ganas de confiar, interactuar y de producir (lo que sea), mejorando así la calidad de vida de todos. Senda que remitiría al verdadero bien común.

Replantearse estos tópicos para un próximo gobierno más racional en lo económico y menos minado de procesados, convictas, mafiosos, oportunistas y ladrones, es vital.

Los libertarios, al menos, lo tenemos claro.

 

Violencias

Julio 2021

 

La Argentina que conocimos, la tierra entrañable de nuestros padres y abuelos, la del acuerdo casi unánime por el trabajo y la honradez, la del mérito, la clase media y la Constitución republicana, está desapareciendo. Como en la fábula de la rana en agua hirviente, la miseria y la inseguridad se van adueñando de nuestra sociedad, otrora ubicada entre las mejores del mundo en educación, producto, libertades e ingresos. Junto con nuestros hijos, estamos siendo expulsados de nuestro lugar y de nuestros valores. Esto es violencia.

La incompetencia que nos hunde campea en todas las áreas de la mano de la casta de jerarcas impunes que nos preside. Una ineptitud prepotente y coactiva que en pocas cosas se expresa mejor que en su política impositiva. Con ideas realmente estúpidas, polvorientas banderas tribales como la  progresividad, que a esta altura del saber económico (teórico y empírico) sólo pueden ser entendidas a la luz de un resentimiento ignorante con más la búsqueda deliberada de la carencia.

Hablamos de ese afán de ataque fiscal en jauría “a los que más tienen” que alcanza su paroxismo destructivo (no confundir con “destrucción creativa”) en la imposición discriminada por tamaños: a todo efecto, los Elon Musk de nuestra nación deben ser entorpecidos, desincentivados… expoliados no importa qué tanto contribuyan o puedan llegar a contribuir con el progreso y prestigio del país, con el empleo o con la solidaridad social; su ejemplo y su afán de ganancia superadora deben ser abortados.

A contramano de nuestra actual orientación pobrista deberíamos saber que en las sociedades que funcionan, la moderna eficiencia dinámica con responsabilidad empresarial capitalista se vincula cada vez más con lo social; que lo científico se ensambla con lo productivo y lo local con lo global. Mal que les pese a los igualitaristas, hoy lo individual repercute vinculándose con fuerza extraordinaria en lo integral.

Data como la que destaca el lúcido catedrático argentino Marcelo Elizondo, la de saber que hoy ostentamos la mayor presión impositiva del planeta en relación a nuestro nivel de desarrollo , donde en muchos casos los tributos superan el 100 % de las ganancias netas, nos advierten acerca del nivel de nuestro extravío y de las verdaderas intenciones del kirchnerismo: ahuyentar o fundir selectivamente para reinar con su clepto-nomenklatura sobre una masa atomizada, atemorizada y sin capacidad efectiva de reacción.

Datos de esta estrategia, como el de saber que nuestras inversiones productivas son la mitad que las del promedio mundial, aterran. ¿Cómo no van a achicar inversiones o a huir las grandes empresas, viéndose bajo ataque directo? Por la confiscatoria progresión impositiva, desde luego, aunque también por la sobrerregulación, el abuso gremial y la falta de seguridad jurídica en temas como estos y tantos otros que violan la letra y el espíritu de nuestra Constitución. Que pisotean el Acuerdo Social republicano establecido con sangre y trabajo por nuestros antepasados; ese que (increíblemente) todavía nos mantiene unidos.

La gangsteril excusa de que saqueando (y/o expulsando) a los jugadores mayores vamos a beneficiar a las pymes, a la “solidaridad” pública y a los consumidores de menos recursos se escurre como agua entre los dedos ni bien se cae en cuenta de que en la economía del conocimiento que transitamos, la investigación y el desarrollo (I&D) que impulsan el avance de las sociedades son llevados adelante sólo en un 10 % por los Estados y otro tanto por los sistemas educativos en tanto grandes compañías privadas lo hacen en el 80 % restante de los casos. Las nuevas tecnologías no sólo suman; multiplican. Y las multinacionales que invierten a riesgo propio en ello participan de cadenas globales, tienen alianzas disruptivas y crean ecosistemas con pymes locales, con las que interactúan generando círculos virtuosos que fungen como verdaderos motores sociales.

Los grandes emprendimientos (y las personas exitosas) que nuestros líderes pobristas pretenden seguir sobregravando, son los mismos que crean saber aplicado, capacitan a sus trabajadores y proveedores y se involucran (a pesar del feroz entorpecimiento estatal) en causas de solidaridad inteligente.

La competencia a la que el imbecilismo nativo se opone por principio ya no es la torpe puja de la Revolución  Industrial decimonónica; hoy supone conexión y colaboración. Un ágora donde las innovaciones contagian su beneficio a otras empresas, donde sus avances aumentan la economía de escala y la multiplican. Donde hacen permanentes sus ventajas comunales, ampliando además su base; donde potencian sinergias con sus socios; donde multiplican, diseminan y aceleran el crecimiento nacional. Beneficios sistémicos, todos, abiertos a experimentos tan dinámicos como adaptativos; conformes al siglo que nos toca. Una economía fiscalista, cerrada y centralmente planificada es una condenada al desacople de la evolución global en todos estos ítems, tan cruciales.

Entendiendo esto, podemos comprender cómo y porqué lo impositivo-progresivo es hoy una herramienta maestra de dominación; es la violencia en acto que nuestra autocracia usa para terminar con el poder de elección de vida (o el ya menguante lobby defensivo) de vastos sectores sociales, a la par de con la república. Porque, obviamente, sólo puede optar quien conserva posibilidades viables de supervivencia y progreso. Una mayoría de formoseños o santacruceños, por ejemplo, ya no pueden hacerlo; están de rodillas.

Los tributos, en verdad, siempre han sido violencia tribal aunque no sean progresivos. Su propio nombre lo indica. Fueron y son simple robo obtenido mediante amenaza ya que lo único que diferencia a un recaudador de impuestos de un ladrón común es que el primero tiene una gran maquinaria coactiva por detrás, apoyándolo. Contraproducentes y primitivos, son el acto inmoral por excelencia pretendiendo que el fin justifique los medios.

Los libertarios, para espanto y furia de todos quienes parasitan al prójimo a través del Estado, portamos la llave de una sociedad más justa; mucho más solidaria; civilizada; con oportunidades reales y verdadera movilidad social. Una donde la contractualidad voluntaria en crecimiento volvería a colocar al mérito y a la honestidad al tope del mástil poniendo gradualmente a la no-violencia en acto.

Ah!... no violencia argentina: virtud tan anhelada de la boca para afuera (sobre todo por las mujeres) como traicionada con bestial cinismo cada 2 años en el cuarto oscuro.