La Constitución Chilena

Septiembre 2022

 

El rechazo popular en Chile al proyecto de nueva constitución, nos interpela.

Por cierto, se trataba de una Carta que nació vieja. Con ampulosas recitaciones de nuevos derechos que para ser efectivizados requieren, como parece ser costumbre, de la violación de derechos previos de mayor calado. Un “contrato social” más restrictivo de la propiedad y de las libertades contractuales en general;  vale decir, aún más frenador de inversiones que el actual en tanto más repartidor coercitivo de lo ajeno. Y retrógrado en cuanto a encuadre civilizador sobre enquistes sociales violentos, apologistas de atrasadas costumbres precolombinas.

En suma, otra constitución voluntarista e intervencionista favorecedora del pobrismo, a ser evitada.

El mensaje que nos compete y que como argentinos deberíamos procesar es que las personas que protestaron en las calles chilenas a partir de Octubre del 2019 (nueva clase media, hace 30 años casi inexistente), en su mayoría querían participar más del avance económico logrado desde la dictadura de Pinochet y su Constitución (aprobada en plebiscito, vale recordarlo). En modo alguno ralentizar ni detener ese progreso; mucho menos revertirlo.

Claro que para lograr el objetivo de real igualdad de oportunidades de mejora para todos lo antes posible con respeto a las normas fundantes de la civilización occidental el camino racional era, en todo caso, una constitución más de avanzada; más audaz y de mayor vuelo intelectual: más capitalista, no más comunista-indigenista. Giro perspicaz que la constituyente no logró plasmar.

De Suiza a Singapur pasando por Irlanda, hace tiempo se demostró que más libertades e inversión privada (no existe tal cosa como “inversión pública”, sólo gasto poco eficiente) con menos impuestos conducen por línea directa al aumento de los ingresos reales -por emprendedorismo y tasa de capitalización- de toda la población. Así como se demostró hace tiempo, de la dictadura cubana a la de Corea del Norte pasando por la venezolana, que más Estado planificador conduce por línea directa (sangre, censura y torturas mediante) a la caída de  ingresos reales y derechos humanos de toda la población con excepción de los de sus reducidas nomenklaturas. 

Los sistemas esclavistas (estatistas) de sumisión tributaria como el que pretende imponernos el peronismo, no funcionan. No, al menos, para mejorar la igualdad  de oportunidades y por ende la económica para los estratos más (por ellos) empobrecidos. Mucho menos para generar verdadera riqueza comunitaria extendida. Sí funcionan, y muy bien, para la reducción del pueblo a la servidumbre clientelar en beneficio directo de las 3 oligarquías mafiosas que hoy cabalgan sobre nuestra Argentina, cual jinetes del apocalipsis rumbo al averno: la oligarquía política fiscalista (incluyendo a los líderes planeros), la sindical y la de los empresaurios amigos; un trío hermanado en el terrible daño social de lo mal habido.

El gran Juan Bautista Alberdi no se equivocaba: brindemos protección constitucional a la libertad más plena en todo sentido y lo demás se nos dará por añadidura. Pocas y poderosas normas fundantes que aseguren más empresarialidad en abierta competencia relacionándose contractualmente. Y menos Estado “iluminado” y coactivo estorbando a gran escala la movilidad social ascendente con altos impuestos discriminantes, subsidios y reglas distorsivas, clientelismo, negociados seriales, costosos monopolios minados de nepotismo y más empleo público

El rechazo de los ciudadanos chilenos debería difundirse aquí con la potencia y por los canales adecuados a fin de llamar a la reflexión a nuestra población “apolítica”. Nos referimos a ese gran número de personas carentes de convicciones que terminan inclinando la balanza electoral sin contar con una visión de conjunto ni valores éticos racionalmente fundados. Ciudadanía de sufragio volátil; sólo interesada en  sustento de corto plazo, motivaciones de momento y recreación liviana. Gente las más de las veces ignorante y fatua (y como tal, influenciable) víctima, claro, de nuestro orwelliano adoctrinamiento izquierdista.

¿Quisieran por ventura en las próximas elecciones, esta vez, poner unas fichas a la cultura del respeto a los proyectos de vida ajenos, del mérito y sobre todo de la protección efectiva de la propiedad para encarar en serio el progreso económico (así como moral y cultural) de largo plazo?

 Si la respuesta a tales interrogantes fuera si, les sería útil entonces imitar los modos de acción para el progreso de nuestros vecinos de Chile. Ejemplo de protesta en dura rebeldía y posterior decisión ciudadana. Apoyando al político de su agrado… que más en contra esté del intervencionismo dirigista.






 

Antipolítica

Septiembre 2022

 

¿Tenemos, en verdad, libertad de pensamiento crítico? ¿O sólo creemos tenerla? Veamos.

Como afirmó con ácida lucidez Groucho Marx (intelectual y humorista estadounidense, 1890-1977) “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Porque más allá de la inocencia de los crédulos, hay algo que se sabe; que está en el aire: como también lo definió en su momento Edmond Thiaudiere (filósofo y novelista francés 1837-1930) “la política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular”.

En nuestro caso, el interés particular de las tres corporaciones que desde hace más de 7 décadas lucran a expensas del pueblo, comandando el hundimiento nacional. Verdaderas oligarquías simbióticas: la de los políticos fiscalistas, la de los empresarios prebendarios y la de los sindicalistas millonarios.

Lo político es sin duda una gran ocupación, fuente de fortuna y modo de vida para mucha gente. Actividad que por cierto merece un capítulo medular en la aún inédita Historia Universal del Parasitismo. Mas una ocupación sin conexión alguna con el verdadero bienestar general ni con la evolución cultural de los ciudadanos, virtudes que sólo surgen del intercambio voluntario constante de un casi infinito número de intereses dentro de la comunidad, en pos de acuerdos que a todos y cada uno convengan.

Lo cierto y visible es que la política divide. Que no posee (más allá de bellos enunciados) vocación universalista y que, por el contrario, crea grietas.

Porque lo que une a los seres humanos es el ejercicio de la negociación de sus múltiples intereses en el respeto, la diversidad y la reflexión en base al diálogo, la justicia y la tolerancia. Seis ítems que están muy lejos de la actividad política real. Que es básicamente agresión -vía saqueo- de quienes tienen poder de presión en nombre de algunos sobre todos los demás, bajo el imperio de instituciones, estatutos y normas de relación no-voluntarias. Bajo formas que no son contractuales; como deberían serlo en una sociedad de personas libres, evolucionadas y responsables de sus actos, a tono con este siglo. Y los próximos

Como norma general, la burocracia gubernamental genera oportunidades para que el poder de los intereses creados de nuestras tres oligarquías y sus factores de presión, influyan. Corrompan. Tuerzan las garantías teóricas del sistema. Frenen la meritocracia y abonen, deseándolo o no, la ineficacia, los sobrecostos, el nepotismo, la dádiva clientelar y las lucrativas mafias criminales del capitalismo de amigos.

En tanto exista Estado coactivo es inevitable que las oportunidades estatales se generen, independientemente de qué coalición gobierne. Y está en la naturaleza humana usar esas oportunidades porque quienes son depositarios de poder gubernamental, al nivel que sea, no son ángeles sino simples mujeres y hombres… moralmente débiles.

 Aunque pregone lo contrario, la política garantiza en los hechos desde siempre que el hombre sea lobo del hombre y que, aunque disfrazada, impere la ley del más fuerte; de los monopolios (en particular los estatales) y de las transas en innegable detrimento de los más. De los débiles. De los ilusos. De los ignorantes. De los pobres.

Resulta claro que el poder político seguirá siendo agresión en tanto no se reduzca a formas de colaboración para la solución de problemas comunes, sin imperio alguno.

Y es claro, asimismo, que la mejor forma de delegación, “democratización” o descentralización del poder con vistas a lo anterior es empezar alguna vez a devolvérselo a las personas; al soberano; al pueblo llano en un ámbito competitivo, voluntario y contractual de libre mercado.

No evolucionaremos por el camino (cristiano, gandhiano, budista, confuciano) de la no violencia hasta que cada lobo humano sea frenado y convertido en servicial cordero por el efecto de muchos iguales compitiendo -sin ventajas artificiales- con él por el favor de la gente en lo que sea que ofrezca o, lo que es lo mismo, compitiendo por el voto diario de sus billeteras; sean estas grandes o chicas. Compitiendo por la elección diaria de cada individuo con base en sus intereses y responsabilidades personales, sean estas las que fuesen. No hay otra.

Esto es: poner el natural afán de diferenciación, ganancia y superación humana propio de creativos y empresarios, al servicio de la comunidad. Incluso si ellos no lo desearen así. Sin estúpidos resentimientos ni envidias. Con inteligencia; sin coerción, amenazas ni violencia: …con incentivos.

Será el camino del fin para las 3 corporaciones parásitas que frenan a la nación. Y de su despreciable faena des-educativa de putrefacción ética sobre millones de votantes, hoy sucios cómplices del hundimiento argentino.

 

 





Reacción

Agosto 2022

 

La explicación más obvia a la aparición de J. Milei y otros libertarios en posición expectable en las encuestas de cara a las elecciones del año próximo, podemos hallarla en la palabra reacción.

Sufrimos, qué duda cabe, el peor gobierno desde la restauración democrática; sumatoria tóxica de ineptitud, violencia fiscal, parasitismo y consolidación mafiosa. Uno que aplica a la nación un “encarnizamiento terapéutico”; profundizando medidas que, cien veces probadas en otros tantos intentos autoritarios de soberbia dirigista, nos desbarrancaron desde la gloria del primer mundo a nuestra actual ruina e insignificancia internacional. A la fuga de cerebros y capitales. Al resentimiento por propia incapacidad y al odio profundo a las libertades y planes del prójimo.

El declive de nuestro país de tal manera acelerado, dispara desde el anarcopobrismo fáctico del actual peronismo, una reacción de similar intensidad ideológica y sentido contrario: el anarcocapitalismo teórico; un modelo definido como el sistema contractual voluntario de la no-violencia. Su regla número uno, el principio de no agresión, es la prohibición del inicio del uso de la fuerza en el marco del respeto por los proyectos de vida de cada persona responsable de sus acciones. Estipulando castigo con cargo de estricto resarcimiento efectivo del victimario a la víctima (no “a la sociedad”) para quien inicie violencia o enarbole la amenaza de su uso, incluyendo a los funcionarios y a las actuales modalidades confiscatorias o conculcatorias de gobierno, en su mayor parte no voluntarias (coactivas).

Como se ve, el modo libertario puro es algo demasiado avanzado (en lo gandhiano, al menos) como para ser aplicado sin más a una población tan incivil y atrasada de ideas, con instituciones tan inoperantes, disfuncionales y/o violentas como la nuestra.

Los libertarios argentinos lo saben y entienden que nuestra comunidad requiere décadas de previa y dura batalla cultural, revirtiendo el adoctrinamiento de corte esclavizante que el sistema educativo estatista nos inculcó durante las últimas 3 o 4 generaciones para formarnos en el modelo de sumisión de rebaño y robo fiscal.

El mismo que hoy está terminando de ahorcar a los argentinos honestos con la cínica complicidad de varios millones de compatriotas que creen poder salvarse agrediendo por delegación política (a través de emisión y deuda; de reglas, cepos e impuestos discriminantes) a quienes no iniciaron violencia; descartando, pisoteando y arruinando sus pacíficos proyectos de vida.

El repentino avance en los sondeos de estas ideas se debe entonces, mayormente, a una reacción de furia transversal; liberadora; de chicotazo emocional en reversa ante la brutal desesperanza  que causa el crimen de sueños, economía y república en curso. Porque, en verdad, la mayoría todavía no sabe lo que significa el libertarismo real; y si lo supiera recularía asustada en su ignorancia, confirmando el clásico del esclavo que no desea ser liberado.

Luz aún incipiente, la batalla cultural está en pañales.

Paralelamente y desde hace un tiempo, las encuestas reportan una progresiva disminución del apoyo ciudadano a la democracia en toda Latinoamérica. Que el entero sistema está en problemas es algo de lo que ya no hay dudas. La actual técnica de selección de autoridades y reparto de poderes, entendida como el mejor modo posible de organización social, está en entredicho. Algo que no se debe a supuestas preferencias autoritarias de la sociedad sino a la forma en que interpretan la democracia los líderes políticos de la hora, hablando de ella ad nauseam mientras pervierten su alma de austeridad republicana y servicio cívico desinteresado; perversión que está en la naturaleza humana y que es parte (insoluble) del problema.

La fe en la democracia se pierde, en la práctica, porque los pobristas la han usado para desguazarla; para involucionar en términos históricos retrocediendo hacia su vieja, querida y conveniente dictadura. Hacia un autoritarismo (hoy de tipo chavista) sin libertades personales aunque de modos maternales: contenedor, igualitario hacia abajo, censurador, clientelar y… confortablemente embrutecedor.

Desde el extremo opuesto, la reacción libertaria también pretende usar la democracia. Quiere hacerlo para acceder al poder y transformarla, evolucionando en términos históricos hacia un sistema organizativo donde primen las grandes libertades personales de un sistema liberal a todo orden asociado a un capitalismo sin complejos. Vale decir, usarla para un tránsito hacia las antípodas de la dictadura.

Demás está decir cuál de estos dos extremos interpreta más cabalmente el espíritu que nuestros próceres quisieron infundirnos con la Constitución de 1853 y cuál pretende reemplazarla por una carta fascista, como la de 1949.




Armas

Julio 2022

 

Según encuestas, la tendencia del electorado con vista a las presidenciales de Octubre del año próximo se encamina (con alta volatilidad) hacia el enfrentamiento de 3 fuerzas en relativa paridad, a saber: Frente de Todos, Juntos por el Cambio y libertarios. De profundizarse esta tendencia a caballo del desastre anarcopobrista en curso, no resulta temerario imaginar un balotaje entre las 2 últimas opciones, quedando los votantes del Frente en posición de decidir quién será nuestro presidente entre 2023 y 2027. Ante tal eventualidad cabría esperar que una parte significativa de los mismos, por pura desesperación revanchista, apoyen al candidato libertario catapultándolo a la victoria.

Todo hace prever que tal candidato sería el Lic. J. Milei, autodefinido como anarcocapitalista en lo filosófico a largo plazo y pragmático minarquista (partidario del Estado mínimo) en lo mediato. Proceso de mediatez que, conforme el plan que su equipo perfila, podría durar décadas.

Así las cosas no estaría de más acercarnos al casi desconocido ideario ancap real, al menos en algunos temas que empiezan a despertar interés y generar polémica, dada la muy fuerte disrupción que este atípico presidenciable y otros libertarios mente-aperturistas están provocando.

Uno de esos temas, de gran actualidad, es el de la portación civil de armas.

Una violencia gratuita campea hoy en nuestra Argentina. Una donde los ciudadanos de bien se arraciman, corren y se esconden donde pueden como conejos asustados mientras mafias policiales, judiciales, sindicales, parásito-estatales, barrabravas, asociaciones ilícitas políticas y delincuentes comunes tejen lazos de mutua seguridad corrupta.

Ciertamente el anti-capitalismo es el principal causante del apogeo delictivo que hoy padecemos, omnipresente desde las más altas magistraturas a los más bajos estratos de pobreza e ignorancia. Hablamos del mismo pobrismo que hace ya casi 8 décadas nos bajó a garrotazos del primer mundo al grito de “más Estado dirigista, menos Sociedad abierta”. El generador del modelo de valores que nos rige, propio de gángsters e incompetentes fabricantes de villas miseria. Del adoctrinamiento en mitos históricos, envidias, resentimientos, avivadas y odio profundo a la libertad.

It’s a fact (es un hecho) dirían los norteamericanos, no una situación opinable. Como también es un hecho que nuestra Constitución, redactada bajo fuerte inspiración de la de ellos, no prohíbe la libre portación de armas.

El monopolio de la violencia que los ciudadanos honestos cedimos de facto al Estado y sus agentes para que nos protegiera junto con nuestras propiedades, hoy los protege primero (y casi únicamente) a ellos… de nosotros. La ecuación de nuestro supuesto contrato social se invirtió. Y es lo que motivó al libertario Milei a sugerir que volvería a invertirla para que el pueblo soberano (el patrón, el empleador, el pagador o mandante), retome la potestad personal de decidir si quiere portar armas, dónde y cuándo. Y, agregamos, el derecho conjunto a resolver en qué medida y bajo qué condiciones le renovaría al gobierno (su servidor, su empleado, su mandadero pago o mandatario) el permiso de portarlas y usarlas.

Los funcionarios públicos, desde luego, son partidarios de otra solución: la de desarmar por completo a la población, incluyendo a todas las personas de bien que poseen armas legalmente adquiridas y declaradas. De este modo, con el contra-intuitivo caso del jefe desarmándose ante su servidor, el monopolio de ataque y defensa quedaría por completo para el bando del Estado… y de los malvivientes (quienes siempre hallarán la forma de estar bien pertrechados sin declarar nada a nadie).

La letra chica de esta “solución” nos dice, obviamente, que los funcionarios contarán con las fuerzas de seguridad en efectivo monopolio legal de las armas, como el mejor reaseguro de protección al gobierno contra cualquier intento del soberano (el contribuyente, por caso) de ponerse de pie plantándose frente al peso esclavizante de sus tributos y otros abusos en grave alza. Afianzando, claro está, un tipo de “soberano” manejable: resignado, tímido, pusilánime y genuflexo.

Dejando de lado el delito público y volviendo al delito privado, donde casi todos nuestros líderes democráticos propician como táctica ideal la no resistencia, la entrega y el manso sometimiento al desquiciado que nos agrede, debe decirse que existe otra forma de proceder.

Más allá de opiniones de café, de valentías o cobardías circunstanciales, más armas en poder de quienes no piensan delinquir (la enorme mayoría de la gente) disminuye la criminalidad real, como lo demuestran investigaciones estadísticas serias. Porque el conocimiento por parte del atracador de que la víctima podría estar armada, tiene un fuerte efecto disuasivo, protector de patrimonios, honras y vidas humanas.

El icónico estado norteamericano de Texas, por caso, orgulloso abanderado de la libre portación es uno de los más seguros, con bajos índices porcentuales de homicidios y delictualidad (de las 20 ciudades grandes más seguras de EEUU, 6 se encuentran en esa jurisdicción).

Un arma en poder de un padre o madre de familia hace más difícil, no más fácil, la acción del violador, el secuestrador, el asaltante o el delincuente merodeador. ¿O acaso la legítima defensa propia dejó de ser un derecho protegido por nuestros jueces? Porque si así fuera, se impondría la necesidad de otra acción legislativa correctora sin medias tintas, en aras de la seguridad pública y de una justicia absolutamente protectora de los honestos.

Más allá del clarísimo tema de la responsabilidad penal y civil que pueda caberle a quien las use, de sitios de venta, cursos habilitantes, prohibición por antecedentes y demás condiciones razonables de tenencia que se quieran incluir, prohibirlas, al decir de Cesare Beccaria (1738–1794, jurista italiano considerado el padre del derecho penal), “sería lo mismo que prohibir el uso del fuego porque quema o del agua porque ahoga”. Con el mismo argumento habría que prohibir los cuchillos en las casas o los autos en las calles: son armas letales, como podrían serlo cientos de otros objetos y elementos de la vida cotidiana.

En tanto arribe, con el tiempo, un verdadero sistema libertario con no-corruptas y avanzadas agencias de seguridad privada bajo contrato, en coordinación con grandes compañías de seguros limpiando eficazmente el campo de acción social, la libertad para decidir tener y portar (o no) armas se impone en nuestro medio como un derecho individual que no debe ser conculcado.





 

El País Libertario

Junio 2022

 

Es cierto que los seres humanos coordinados pueden hacer cosas que no pueden hacer por separado. Lo que todavía no se ha podido demostrar es porqué esa coordinación tiene que hacerse por la fuerza y el castigo y porqué esa coordinación estatal para hacer cosas es mejor que la coordinación del mercado o la coordinación voluntaria a través de las ideas. Como tampoco se ha demostrado que la coordinación a escala de Estado sea la mejor de las posibles. En verdad, lo que llamamos Estado no es más que un grupo de personas organizadas que obtienen rentas, poder y estatus a costa de extraérselas al resto de la sociedad.

Las anteriores son palabras de Miguel Anxo Bastos (n.1967, notable economista y catedrático español) que saltando el océano caen como un mazo sobre el aquelarre socioeconómico argentino. Agregado de miserias que es una nueva vuelta de tuerca del caos conceptual (ensalada mental) peronista. Desastre que tiene al menos la virtud de actuar a modo de laxante cerebral ayudando a muchos connacionales a expulsar el bolo emocional de mitos y pulsiones tóxicas que inadvertidamente, o no tanto, siguen cargando.

Ocurre así que muchos argentinos empiezan a descubrir asombrados a través de referentes libertarios que es posible un ejercicio de la libertad tal que, saltando sobre clichés estatistas inculcados desde la infancia, se atreva a mencionar como norte posible y deseable de largo plazo la abolición de los impuestos… y del mismísimo Estado.

Resulta asombroso cómo estas nuevas, fascinantes y todavía utópicas ideas (como un día lo fue la democracia representativa) propias de un capitalismo tecnológico y post moderno de vanguardia, prenden entre los jóvenes e impulsan la imagen pública de sus representantes políticos. O no tan asombroso si tenemos en cuenta que por ser jóvenes es que quieren pisar a fondo el acelerador de la historia con poca paciencia por las formas, dejando atrás las demoledoras frustraciones del dirigismo que (retorciendo esas mismas formas) nos hunde. Y que los hace desear irse.

La violencia comunista y anticomunista de los ’70, la crasa ineptitud económica de los ’80, la corrupción de los ´90, el infame, ruinoso y ultra corrupto relato kirchnerista que los siguió y todos sus protagonistas, quedaron obsoletos. Son contaminantes; igual que el “Estado presente”, ente compulsivo y rapaz, destructor de iniciativas individuales que todo lo asfixia y frena desde lo fiscal y reglamentario.

Lo nuevo, lo correcto, lo elevador… el futuro, es lo no-violento; lo libre y voluntario. Son los valores éticos del mérito en lo educativo, la libre contractualidad con respeto a la propiedad en lo económico o el ecomodernismo en lo ambiental entre tantas otras cosas.

Porque los jóvenes están descubriendo que no nacieron para ser forzados, es que lo libertario está hoy en auge. Y no solamente entre los centennials y millennials. También lo está entre los muchos adultos que logramos superar la inmadurez de nuestras adolescencias de siglo XX (al decir del gran intelectual francés André Maurois, quien no fue socialista a los 20 no tuvo corazón; quien siguió siéndolo después de esa edad, no tiene cerebro) y entre los mayores que hoy se sienten tocados por el revulsivo conceptual al que los arroja el desastre del anarcopobrismo en curso.

Por cierto, el tránsito de la esclavitud fiscal al autogobierno, de la sumisión del infante a la responsabilidad adulta, no es fácil: el desarrollo económico y cultural es desestabilizador; un proceso disruptivo de diferentes velocidades; una evolución que genera al unísono bienestar y descontento.Y porque, arrinconadas, las fuerzas del mainstream izquierdista (junto a mafias, planeros y empresaurios) beneficiarias del actual sistema presionarán desesperadas por cambios gatopardistas para que, en el fondo, nada cambie siendo que al trocar gradualmente en algo optativo, el Estado acabaría desapareciendo sin pena ni gloria; drama existencial que los intervencionistas que viven de él sorbiendo sangre ajena no estarán dispuestos a permitir.

La cuestión planteada al principio, de la “escala de Estado”, es otro tema interesante a dilucidar. Suele imaginarse al anarcocapitalismo como un sistema a la escala del actual Estado territorial, aunque sin coerción; con una dirección gerencial dividida a conveniencia del solapamiento de diversos esquemas contractuales.

Sin embargo lo más probable es que el flujo de las necesidades termine concretándose en asociaciones comunales con distintas escalas y modos para la prestación de diferentes servicios. Nos asociaríamos de una manera para usufructuar un puerto o un monorriel, de otra para los servicios de salud o seguridad y de una tercera para construir y administrar calles, puentes, plazas o autopistas.

Es lo que sucede en la vida civil en casi todo aspecto; sólo haría falta extender gradualmente este modelo de sentido común no monopólico de la gente de a pie, a todas las funciones. Ya hay calles privadas en barrios cerrados y justicia privada competitiva en tribunales de mediación, por ejemplo, y en ambos casos las cosas funcionan bien, como también en la medicina, seguridad y educación privadas, muy superiores a sus equivalente públicos.

Para algunas cosas la asociación voluntaria con o sin tercerización sería a escala individual; para otras, a nivel local y zonal. Otros casos podrían demandar asociaciones a escala regional, continental o bien planetaria, cosa dable de implementar en cada caso con la tecnología y el expertise disponibles, en redes interactivas de primer, segundo, tercer o cuarto grado.

El acceso universal a estos servicios privados -por casi todos deseados- es sólo simple cuestión de disponibilidad de dinero, cosa que estaría previamente solucionada en una sociedad capitalista sin complejos basada en la moderna eficiencia dinámica con función social empresaria, incentivadora de la participación de los empleados en las ganancias tanto como de la solidaridad privada inteligente.

La necesidad hace al servicio, a la diversidad de opciones y sobre todo al costo. El ingenio, la innovación, la inventiva nunca han faltado a la cita cuando el honesto afán de lucro en libre competencia comercial se hizo presente.

Nada impediría que pequeñas comunidades “a escala humana” sin coacción estatal acuerden con individuos, empresas u otras comunidades la resolución de sus necesidades de manera convencional… o bien bajo formas y conveniencias cuyo alcance no podemos aún prever.

Lo que sí sabemos es que a través de la historia, las utopías devinieron reales cuando una mayoría las entendió; y deseó entonces el cambio hacia el siguiente escalón evolutivo.





10 Palabras

Mayo 2022

 

Las 10 palabras más destructivas del idioma castellano, repetidas innumerables veces y bajo mil formas a través de nuestra historia son “hola, soy funcionario del Estado y estoy acá para ayudarte”.

10 palabras causantes de la casi totalidad de nuestra decadencia moral y consecuente miseria. De nuestras mafias estructurales, corrupción,  muertes prematuras evitables, des-educación, vergüenza internacional y desesperanza de largo plazo.

Ronald Reagan aseguraba siendo presidente de los Estados Unidos que, en cualquier caso, el gobierno no era la solución sino el problema y se mofaba de las intervenciones estatales parodiando a los políticos dirigistas: “…si se mueve, aplíquesele un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlese. Si no se mueve más, otórguesele un subsidio…”.

El alud inmigratorio de 1880 a 1930 que hizo estallar la prosperidad cambiando de cuajo la historia económica de nuestro país estuvo motivado por la necesidad de exiliarse fiscalmente, de huir de países intervencionistas con gobiernos “presentes” para venir a una nación nueva que ofrecía precisamente lo contrario: gran libertad para emprender, con un Estado económicamente “ausente”.

Vinieron a trabajar duro sin ser estorbados y a hacer dinero para su familia sin ser robados ni esclavizados con tributos ni regulaciones estúpidas. Y lo lograron, creando en el proceso una verdadera gallina de los huevos de oro comunitaria.

Todo parece indicar que está llegando la hora de otro cambio de cuajo. Eyectando a este gobierno que, en estado de pánico agresivo, sólo atina a acogotar hasta la muerte lo que queda de la gallina.

Un gran cambio cultural y estructural como lo fue aquel y que como entonces, llevará su tiempo. Décadas en nuestro caso, probablemente.

Cambios estructurales profundos; cirugía mayor (sobre la que cada día aumenta el consenso) a aplicarse sobre temas medulares como previsión social, libertades económicas, contractuales y gremiales, seguridad jurídica, carga impositiva, “empresas” públicas, asistencialismo, legislación laboral, atribuciones del Estado y cristiana subsidiariedad entre otros.

Y desde luego, fijando un norte claro y explícito de largo plazo pues, como se sabe, no hay vientos favorables para quienes no saben hacia dónde van.

Madurar socialmente y crecer, es un riesgo. Pero los estadistas que sucedan a este gobierno predador deberán arriesgarse recalculando el costo-beneficio del no-cambio; o el de gradualizar el cambio en demasía.

Ya comprobamos durante 77 largos años que prohibir, restringir y cargar fiscalmente bajo el falso pretexto de “no dejar a nadie atrás” o de “combatir las desigualdades” no es el camino. Más bien fue la senda hacia la trampera estatista y sus arenas movedizas.

La mejor opción es ser audaz e innovar; soltar los dogales, estimular a fondo a todo emprendedor local o extranjero con la zanahoria de una ganancia plena e ir para adelante.

Porque el caos del desamparo y la desesperación no son lo que podría sobrevenir sino lo que tenemos aquí y ahora. El experimento peronista (y hasta hace muy poco, radical) de aumentar impuestos, regulaciones y subsidios tuvo un crescendo de décadas y se correspondió exactamente con el crescendo de la pobreza.

Fracasó. Es el desastre que los argentinos tenemos entre manos hoy; con empresas cada día más inviables y ciudadanos cada vez más empobrecidos.

El populismo uniformiza y su luz guía es el tribalismo (la contención social nacionalista) pero la uniformidad es -al fin del día- comisariato político, sociedad estratificada, pobreza, resignación y previsibilidad… de muerte prematura por represión o carencias.

Lo libertario, por el contrario, diversifica y su luz guía es el cosmopolitismo; es abierto, conflictivo y hasta cierto punto imprevisible pero trae consigo el auge económico, la libertad de opciones y la cooperación voluntaria capitalista. Y con ello, la movilidad social ascendente.

Empecemos a desterrar de nuestras mentes esas 10 palabras venenosas y asumamos que el Estado, hojarasca retórica aparte, no es otra cosa que… compulsión.

Como enseñó Alfred N. Witehead (erudito filósofo inglés, 1861 – 1947) “Las relaciones entre personas o grupos sociales toman una de estas dos formas: fuerza o persuasión. El comercio es el gran ejemplo de las relaciones persuasivas. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental ejemplifican el reino de la fuerza. El triunfo de la persuasión sobre la fuerza es el signo de una sociedad civilizada”.

 

 

 

 

 

 

 

Evolución

Mayo 2022

 

En opinión de Jorge Luis Borges (1899 – 1986), el más culto, famoso y polémico escritor argentino de la historia, la democracia como sistema no era entre nosotros sino “un abuso de la estadística; una superstición muy difundida porque la gente no entiende de política, como no podemos entender todos de retórica, de psicología o de álgebra”.

Quiso decir, deslegitimando la regla de la mayoría, que un problema algebraico nunca hallará solución en una compulsa popular como tampoco la hallará un problema tan enormemente complejo como lo es decidir sobre decenas de líneas de acción en los más diversos campos de un gobierno de 4 años de duración, con sólo un voto en un día. Voto más emocional que racional, además.

Debemos dar crédito a Borges: la resbalosa esperanza argentina de que el día de la elección prevalezca (al menos) el sentido común, no es el modo más eficiente de organizar el funcionamiento de una comunidad que pretenda elevarse sin pérdida de tiempo y de manera integral; como quedó demostrado en nuestro país en muchas, demasiadas ocasiones.

Ya lo había advertido un estadista de la talla de sir Winston Churchill cuando opinó que la democracia era el peor de los sistemas de gobierno posibles… exceptuando a todos los demás.

Algo cierto dentro de su contexto histórico pero que hoy se ve modificado por los impresionantes avances tecnológicos acumulados en los últimos tres cuartos de siglo, que cambiaron la calificación ciudadana de hombre masa a individuo empoderado. Aserto que se verifica en un proceso retroalimentado y en aceleración; muy desigual en espacio y tiempo pero indetenible, como todo avance humano.

Y que en sinergia con lo anterior se ve también modificado por la aparición a principios de los ’70 del ideario de un hombre bisagra en la historia del pensamiento como lo fue Murray Newton Rothbard (1926 – 1995, economista, historiador y profesor norteamericano) quien con su Manifiesto Libertario y sus agudas fundamentaciones morales -más aún que las puramente utilitaristas- sentó las bases del movimiento que hoy constituye nuestra vanguardia intelectual; el más completo ideario de la libertad y la no violencia como paradigmas irrenunciables de civilización. Como luz guía de esperanzadoras utopías en proceso.

Como un día lo fue la idea democrática, cuando todo a su alrededor era una “obvia normalidad” más que secular de monarquías absolutistas y tiranías totalitarias.

El actual aquelarre socioeconómico argentino, producto del dirigismo salvaje al que nos somete este enésimo gobierno peronista, está resultando en revulsivo mental para una masa crítica de población: la que decide elecciones; la de los indecisos y apolíticos.

Por reacción y a medida que el país cae en la alienación pobrista, se agranda la posibilidad de que operadores libertarios profundicen la influencia de sus ideas disruptivas de poder capitalista y civilidad avanzada dentro de la coalición opositora. O que, de ahondarse la crisis a niveles de catástrofe, se conviertan en una tercera fuerza real capaz de imponer en balotaje sus condiciones a los actuales socialdemócratas de Juntos por el Cambio con vistas a su victoria electoral en 2023.

En la actualidad y dadas las restricciones que la decadencia nacional impone como ineludible data de la realidad, la idea libertaria se circunscribe a proponer un minarquismo (Estado mínimo) como norte para una primera etapa… que bien podría abarcar décadas.

No obstante y a modo de ejemplo histórico asimilable deberíamos recordar que la lucha por terminar con la esclavitud fue para abolirla por completo, no para mejorar la alimentación de los esclavos.

Lo que eventualmente vendría en nuestra Argentina sería entonces un tránsito orientado a vencer la incredulidad de la gente y la resistencia de los propios funcionarios a la verdadera plataforma libertaria de largo plazo, superadora tanto del liberalismo clásico (de poca conciencia social integradora) como del neoliberalismo menemista (corrupto, clientelar, autoritario y ventajero como todo peronismo).

En verdad, lo utópico del muy gradual acercamiento al ideal del anarcocapitalismo libertario que proponen referentes como J. L. Espert o J. Milei no es tanto por lo imposible cuanto por la dificultad para poner proa a ese destino partiendo desde la situación actual.

La doble valla que nos mantiene detenidos en el infierno es mental para el pueblo llano que vive de su producción y de conveniencia para quienes viven del esfuerzo ajeno prestando servicios que no les serían requeridos bajo esa modalidad, si hubiese libertad de contratación.

Obviamente el Estado se resiste hoy a permitir esa libertad de elección porque aceptar la voluntariedad de las relaciones implicaría dejar de hablar de un ente compulsivo basado en la fuerza de las armas para empezar a hacerlo de una asociación voluntariaEn una palabra, de evolución.





¿Igualdad, para qué?

Abril 2022

 

“¿Libertad, para qué?”  Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)

En un reportaje reciente, la escritora Isabel Allende (n.1942) afirmó refiriéndose a nuestra región que “la desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”.

Se trata por cierto de un concepto, el de la igualdad económica, muy meneado en los últimos años tanto por nuestros gobiernos y dirigencia social en general como por la jerarquía católica y de izquierda en particular y que se encuadra entre las muchas propuestas “políticamente correctas” que conducen por línea directa a efectos contrarios a los pretendidos: en este caso a peores promedios de pobreza, ignorancia y exclusión y a mayores desigualdades, dependencia y desesperanza con más predadores sociales activos (reales, no imaginarios).

Dicho esto bajo el supuesto -por obvios antecedentes puesto en duda- de que en verdad se pretendan evitar tales efectos antes que usarlos con frio cálculo político por conveniencia electoral (o falsamente pastoral, por qué no).

El tratar de igualar económicamente apelando a la redistribución forzada a través de impuestos es una noción foránea que choca contra el mandato constitucional de nuestros Padres Fundadores quienes nos prescribieron, en cambio, la igualdad de oportunidades a través del recto camino de la (anterior y fundante) igualdad ante la Ley.

Nuestros próceres abominaban sin excepciones del robo tributario; de su efecto discriminatorio y frenante, aplicado desde antaño por el imperialismo colonial. Mínimo Estado indispensable, máximo lucro productivo por mérito honesto y consecuente desarrollo nacional con mínima exacción impositiva posible, era su norte.

La historia de nuestro espectacular despegue (a partir de 1860) y llegada al estrellato planetario hasta el comienzo de nuestra decadencia al invertirse del todo esta fórmula en 1946, es harto conocida.

Llamemos entonces a las cosas por su nombre: la igualdad económica planteada en este 2022 no responde al “anhelo altruista de vastos sectores” sino a simples resentimientos individuales, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo a inconfesables sentimientos de inferioridad, culpa e impotencia personal por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Desde luego, no podemos ignorar este drama humano ni suprimir a los millones que se auto enjaularon en las mazmorras de la decadencia. Prisiones mentales que de hecho son el resultado a largo plazo del adoctrinamiento estatista operado a través de contenidos obligatorios sesgados en la educación nacional (pública y privada) en sus tres niveles durante 3 generaciones.

No podemos acallar esa sensación, tan extendida, de ira creciente frente a las desigualdades. Mas sí podemos reinterpretar esa ira con la misma mirada de estadista de los autores de nuestra Constitución, que dieron categoría rectora a la igualdad de oportunidades.

Un tipo de igualdad que, bien mirada, es la que en verdad demandan quienes hoy se rebelan ante la espiral de pobrezas y sometimientos, de resignaciones e injusticias a la que son empujados mientras nuestras oligarquías se enriquecen sin pausa a vista y paciencia de todos.

Ricas oligarquías modelo siglo XXI; bien argentas y bien definidas por diversos analistas y autores y que son 3: la oligarquía política (la casta y su enorme red de parásitos), la oligarquía de los empresarios protegidos (coimeros cortesanos de la Patria Contratista y el capitalismo de amigos) y la oligarquía sindical (millonaria, retrógrada y mafiosa por donde se la mire).

La ira de la gente buena y trabajadora se debe a la falta de oportunidades. A lo que perciben como el “portazo en la cara”; el cierre de facto a sus posibilidades de acceso a la elevación cultural y económica.

No hay bronca de gente honesta cuando existen oportunidades reales de crecimiento y movilidad social; cuando hay perspectivas ciertas de que los hijos estén un día mejor que sus padres. No existe ira cuando impuestos y regulaciones no asfixian su trabajo, su emprendedorismo ni su disfrute de lo ganado. Y sobre todo cuando la justicia se aplica pareja, no hay impunidad para nadie y los castigos son ejemplares; cuando robo y crimen… no pagan (caso Cuadernos y caso Nisman, por poner 2 ejemplos).

En esas condiciones, en ese “sistema”, la desigualdad entre patrimonios honestamente ganados importa un rábano a la gente buena, no envidiosa, porque la sociedad entera se encuentra en igualdad de oportunidades para elevarse.

Es la desigualdad de oportunidades reales de progreso, de llegar a “pertenecer” al escalón superior al propio en lo cultural o económico disfrutando de sus ventajas lo que motoriza desde lo profundo esa furia a la que se refiere la Sra. Allende, y que hoy crece.

La ira de la gente mala y empobrecida se debe, por otro lado, a sus previsibles dificultades de acceso a la “contención” tribal clientelar de las 3 oligarquías que, del brazo y en acuerdo de conveniencias, depredan (y rigen hoy) nuestra Argentina.

En definitiva y parafraseando a Lenin, bien podríamos preguntarnos ¿Igualdad económica nivelando hacia abajo, para qué?

Por el contrario, si los argentinos lográsemos mostrar más inteligencia emocional que resentimientos, aplaudiríamos el surgimiento de enormes desigualdades económicas honestas: decenas, cientos, miles de mujeres y hombres, empresarios emprendedores y multimillonarios al estilo de Bill Gates, del cual se ha calculado que su fortuna personal (unos 130 mil millones de dólares) representa sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás.

Y que es, además y con lo propio para horror de la izquierda, uno de los principales filántropos del mundo superando en monto con aportes de dinero inteligentes (reproductivos, no clientelares) a infinidad de Estados “solidarios” y “presentes”.

 

 

Estatismo Salvaje

Marzo 2022

 

Vivimos inmersos en un estatismo salvaje.

Un lugar donde, en palabras del respetado analista Sergio Berensztein “el aparato estatal es elefantiásico, ineficiente, opaco y con bolsones de desidia y corrupción donde anidan, resisten y se reproducen actores económicos, políticos y sociales que, con narrativas “progresistas y populares”, se convirtieron en una maquinaria conservadora y extractiva que tiene de rehén a una sociedad civil exhausta y maltratada”.

Maquinaria extractiva en grado de demencia, agregamos, recordando que desde mediados del siglo pasado quedó derogado de facto, entre otros, el fundacional Artículo 17 de nuestra Constitución (“La propiedad es inviolable y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella” y “La confiscación de bienes queda borrada para siempre del Código Penal Argentino”) para llegar a la situación actual donde se confisca a destajo propiedad privada con tasas de entre el 60 y 90 % de la renta real. Saqueo que en particular se ceba en los infelices ciudadanos entrampados en blanco, pasto de la sumatoria de organismos recaudadores nacionales, provinciales y municipales. Un modo de estatismo comandado por hienas fiscales en el sentido más literal y carroñero del término.

Este marco socialista y extractivo es por lejos la causa número uno de nuestra decadencia (y consecuente pobreza) y  configura el escenario en el que el actual gobierno pretende seguir aumentando impuestos… a todo lo que aún se mueve. Elevando además el nunca computado impuesto inflacionario, tributo inmisericorde pero funcional a la nomenklatura del progresismo argento que, junto a los elevadísimos IVA e impuestos internos, arrean bajo su látigo a la totalidad de la población, incluyendo a la legión -hoy mayoritaria- de quienes pretenden fugar bajo los paraguas gemelos del trabajo en negro, el empleo público y el desempleo subsidiado.

La realidad es que el Frente de Todos en el gobierno con C. F. de Kirchner como principal responsable aplicó al país y seguirá aplicando por los próximos 20 meses su versión del sistema colonial que nos mantuvo en la sumisión, el aislamiento y el atraso desde 1536 hasta 1860: fuertemente extractivo, dirigista, patrimonialista y proteccionista.

Patria sí, colonia no, decía el vacuo eslogan peronista de hace 50 años, trocado al cabo de sucesivos gobiernos de hampones justicialistas en “patria no, colonia si”. En este caso del eje China-Rusia, peligrosas dictaduras con las que hoy se pretende alinearnos.

Este estatismo salvaje, retrógrado y violento, negador de propiedad privada, de derechos humanos y sobre todo de libertad de ideas para crecer constituye la médula de la batalla cultural que los libertarios argentinos libran desde dentro de Juntos por el Cambio contra quintacolumnistas como el gobernador radical G. Morales y desde fuera de esa coalición con sorprendentes héroes cívicos como J. L. Espert y J. Milei que, enfrentados con vehemencia a tantos intereses oligárquicos y mentalidades colonizadas, están torciendo la balanza en favor de una real igualdad de oportunidades con el creciente apoyo de millennials y centennials que son, numéricamente, nuestro futuro.



Extremismos

Marzo 2022

Según encuestas confiables una amplia mayoría de los argentinos, sin importar la coalición política a la que adhieran,  se percibe estatista.

Vale decir, partidaria de gobiernos dirigistas que regulen a su mejor criterio cada aspecto de nuestra vida en sociedad. Algunos por simple izquierdismo anti capitalista pero los más lo son sólo por desear un Estado que iguale oportunidades; que proteja a los “perdedores” del accionar de un libre mercado que, piensan, no debe ser anulado.

Son personas que creen que el sistema capitalista es bueno al efecto de crear riqueza social aunque sin perder de vista que las personas que operan en él suelen ser egoístas, autoritarias e insensibles. Malas. Gente que, claro, hace de la mano invisible del mercado irrestricto un mecanismo con fallas; injusto y excluidor. En líneas generales, empobrecedor de pobres y enriquecedor de ricos. Una encerrona conceptual que hallaría solución en el conjunto de regulaciones redistributivas que el Estado paternalmente impone.

¡Ensoñación adolescente! El Estado no hace eso: en la realidad adulta es, siempre, el elefante en el bazar que provoca las fallas “del mercado”, la pobreza y el atraso.

Lo primero que debe decirse para empezar a despejar el lodo mental que nos frena, es invitar a levantar la mirada y ver qué tan bien o tan mal les va al resto de las sociedades con las que compartimos este planeta en lo referente a pobreza y riqueza social; a bienestar o carencia material; a libertad real de elecciones de vida o… resignación.

En otras palabras: invitar a observar qué tan alto es el ingreso promedio por persona en cada modelo social.

Veremos entonces un muestrario real de sistemas de gobernanza que van del extremo colectivismo en su margen izquierdo al extremo liberalismo en su margen derecho. Del comunismo al anarcocapitalismo, si se prefiere, con un centenar de gradaciones intermedias.

No existe en ninguna sociedad el estatismo o socialismo puro, excluido todo proceso de mercado incluido el negro (estarían allí casi todos muertos), ni existe tampoco el capitalismo de mercado llevado a su extremo, por razones que luego explicaremos.

Sí existen países que van de semi extremos como Corea del Norte y Cuba o Venezuela por izquierda a Singapur e Irlanda o Suiza por derecha Y lo que se observa en cuanto a resultados en modernidad y bienestar general (ingresos por persona) a lo largo de este muestrario de siniestra a diestra nos exime de mayores comentarios ya que resulta en una visión que es… regla: a mayores dosis de libertad de empresa, de prensa y de respeto a la propiedad con menores impuestos, mayores logros en progreso económico y justicia para el pleno de la población. Y viceversa. Se trata de resultados directamente proporcionales y sin excepciones. Palo y a la bolsa en lo que toca al análisis racional del caso.

El resto resulta del tipo de análisis más frecuente entre nosotros: el no-racional o por izquierda; el que se basa en resentimientos, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo en inconfesables sentimientos de culpa, inferioridad e impotencia por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Si hoy no existen ejemplos de sociedades que vivan un liberalismo extremo o anarcocapitalismo aplicado, es por razones de condicionamiento educativo.

Las mismas razones que hacen que los argentinos se declaren hoy mayormente intervencionistas, a pesar de haber tenido su apogeo de gloria, poder económico, crecimiento y oportunidades para todos durante su período menos estatista (de 1860 hasta 1945 aproximadamente).

La enseñanza tanto pública como privada, los programas de estudio obligatorios primarios, secundarios y terciarios con particular énfasis en los de historia y cívica han sido una herramienta esencial en la construcción de los Estados modernos. Adoctrinan con contenidos que al no ser cuestionados permanecen en las mentes, aferrándose con fuerza en el subconsciente durante toda la vida.

Se trata de un hecho visible: la mayoría de las personas reciben desde niños y aceptan en forma pasiva proposiciones ideológicas preelaboradas sobre la democracia, las elecciones o el Estado a través del plan educativo… estatal. Y nunca más las ponen en duda.

Es normal y comprensible, pues, esta ignorancia y este sesgo cuasi innato de aceptación a-crítica de la esclavitud tributaria, de la sacralización del sistema, de la normalización de la maquinaria de Estados territoriales incuestionables, de ciudadanos “mandantes” desarmados (¿?) y de autoridades políticas de sabiduría, ética y bondad superiores. Estamentos o Poderes estos últimos que, casualmente, reciben sus privilegios y pagas mensuales del modelo fiscal extractivo nutrido a piacere y ad nauseam (lo deciden ellos) del trabajo privado del resto.

Transitamos y laboramos dentro de un corral conceptual pre-digerido que produce grandes rendimientos en legitimidad a los que viven de indicarnos desde su supuesto desinterés y vocación de servicio (¡!) cómo y qué debemos producir, cuánto debemos ganar y qué destino debemos dar a ese dinero. Armas del Estado a su servicio y confortables despachos de por medio, claro.

Es por tanto letal para esta casta siempre creciente aceptar cambios en la manera de transmitir valores, si estos se dan en un marco de elevada conciencia personal y libertad de cuestionamiento; en un entorno de ideas sin encepar.

Y es al mismo tiempo una verdad derivada de la directa proporcionalidad de la visión de nuestro listado, que un “extremismo” libertario quitando impuestos y delegando gradualmente las tareas del Estado (y sus fallidas vacas sagradas) en el pueblo llano productor, cooperador y creador sólo podría conducirnos a un -bello- extremismo en libertad, poder, seguridad, prestigio y riqueza social.

Al momento de redactar esta nota nuestra Argentina sigue remando hacia la margen izquierda del listado, con todas las consecuencias que de esa elección se derivan. Boga que se sostiene en el socialismo conceptual de sus mayorías, tal como lo consignábamos al comienzo.

Con la muerte literalmente en un extremo y la vida en el otro, sepa el año próximo el pueblo elegir y sepa la oposición trazar ya la hoja de ruta más rápida y menos dolorosa para reinstalar a la nación en el derrotero de una gloria cuyas libertades y respetos nunca debió extraviar.





Sin Violencia Institucional

Febrero 2022

La democracia es ciertamente un mal método para solucionar en forma pacífica y a conformidad de todas las partes los conflictos que presenta la vida en sociedad; conflictos que por otra parte siempre existirán.

Ateniéndonos a su propia definición de soluciones “de consenso por mayoría”, quedaría decretado su fallo por ineficiencia grave desde el momento en que una clara mayoría de las sociedades que la han adoptado tropieza desde hace décadas (centurias en algunos casos) con serios problemas de funcionamiento y facilitación del desarrollo, en medio de fuertes quejas tanto de inequidad cuanto de freno productivo desde los más variados sectores.

El sistema falla incluso en su versión más sofisticada, la “democracia monitorizada”, donde un cúmulo de asociaciones intermedias, fundaciones y organizaciones no gubernamentales locales e internacionales en intento de acuerdo con las instituciones oficiales de “control y contrapeso” pujan por condicionar la natural tendencia al abuso gubernamental, a la corrupción y al constante aumento del tamaño, atribuciones y consiguiente peso improductivo del Estado, sin lograrlo.

En tanto, como bien dijo el conocido autor norteamericano Orson Scott Card (1951), “si los cerdos pudieran votar, el hombre con el balde de comida siempre sería elegido, no importa cuántos cerdos hubiera sacrificado ya en el recinto de al lado”. Y es precisamente en este sector mayoritario de personas ética y/o culturalmente menos dotadas, que puede hallarse a la madre del borrego del fallo democrático ya que usualmente sus votos darán prioridad a la preferencia temporal más breve por sobre el diferimiento (ahorro e inversión; capacitación y trabajo), eligiendo recargar fiscal y reglamentariamente a la minoría más creativa; aquella que a su esfuerzo y riesgo crea valor socio económico real beneficiando a su entorno con efecto multiplicador.

La pulsión hacia el “hombre del balde” está en nuestra naturaleza, entre los impulsos emocionales prejuiciosos que el actual sistema es incapaz de encuadrar para utilizar con inteligencia en favor de la totalidad de la población.

A esta altura del siglo XXI, desde la atalaya provista por las tecnologías de interacción global en redes horizontales, el creciente encriptamiento de la privacidad (incluyendo la financiera), la inteligencia artificial y la computación cuántica facilitándolo todo o la acción filantrópica útil pasando cuantitativa y voluntariamente a los individuos más ricos y exitosos (reales multiplicadores del bienestar general, además),  se ve con claridad que la transferencia gradual del control de vidas y sueños desde las estructuras del viejo Estado territorial a la gente de a pie no sólo es más factible que nunca sino que ha entrado en un curso evolutivo irreversible. Libertario.

Cuanto antes lo asumamos, tanto mejor será porque dicho curso nos conduce al empoderamiento de los individuos con encuadre de su emocionalidad en cooperación voluntaria, en detrimento del ruinoso colectivo obligatorio conducido por unos pocos autoritarios “legalmente” bendecidos.

Nos lleva a la promoción social traccionada por emprendedores que dejan el camino de la servidumbre fiscal para producir, ganar y sumar riqueza en competencia a gran escala. A la libre contractualidad y a las opciones electivas en todos los órdenes. Al “buen dinero en el bolsillo” para todo el que quiera ganarlo trabajando, para terminar con humillaciones como la AUH, las limosnas (planes) sociales, los merenderos, las listas en las marchas y tantas otras abyectas esclavizaciones “militantes”.

Amén de poder decidir para qué patrón trabajar ya que en un sistema  libertario de alta competencia es el asalariado, no el empresario, el que tiene la sartén por el mango sin necesidad de mafia sindical alguna. Para pasar a decidir entonces qué jubilación, qué educación, qué salud o qué seguridad, entre otros servicios, le apetece a cada uno contratar.

Un “buen dinero” que por cierto puede ser muy abundante Y horizontalmente repartido, con todo y las desigualdades, si la enormidad de recursos hoy malgastados en corrupción, parasitismo y dirigismo inútil (nuestro aquelarre de reglas paralizantes, mafias, impuestos, emisión y deuda) dejaran de esterilizarse y se reinvirtiesen libremente.

Si bien la perfección nunca será alcanzada en tanto que somos humanos, la mano invisible del moralista Adam Smith es -sin punto de comparación- menos dañina y abusiva que la mano visible del Gran Estado Artillado Ideal de Alberto y Cristina Fernández, cráneos del balde.

Trabajando en línea con la naturaleza humana en lugar de descerrajar cepos a todo lo que se mueve, usaríamos nuestro afán de lucro y sueños familiares en favor del bienestar de toda la sociedad sin forzamientos ni amenazas.

¡Sin violencia institucional!