El País Libertario

Junio 2022

 

Es cierto que los seres humanos coordinados pueden hacer cosas que no pueden hacer por separado. Lo que todavía no se ha podido demostrar es porqué esa coordinación tiene que hacerse por la fuerza y el castigo y porqué esa coordinación estatal para hacer cosas es mejor que la coordinación del mercado o la coordinación voluntaria a través de las ideas. Como tampoco se ha demostrado que la coordinación a escala de Estado sea la mejor de las posibles. En verdad, lo que llamamos Estado no es más que un grupo de personas organizadas que obtienen rentas, poder y estatus a costa de extraérselas al resto de la sociedad.

Las anteriores son palabras de Miguel Anxo Bastos (n.1967, notable economista y catedrático español) que saltando el océano caen como un mazo sobre el aquelarre socioeconómico argentino. Agregado de miserias que es una nueva vuelta de tuerca del caos conceptual (ensalada mental) peronista. Desastre que tiene al menos la virtud de actuar a modo de laxante cerebral ayudando a muchos connacionales a expulsar el bolo emocional de mitos y pulsiones tóxicas que inadvertidamente, o no tanto, siguen cargando.

Ocurre así que muchos argentinos empiezan a descubrir asombrados a través de referentes libertarios que es posible un ejercicio de la libertad tal que, saltando sobre clichés estatistas inculcados desde la infancia, se atreva a mencionar como norte posible y deseable de largo plazo la abolición de los impuestos… y del mismísimo Estado.

Resulta asombroso cómo estas nuevas, fascinantes y todavía utópicas ideas (como un día lo fue la democracia representativa) propias de un capitalismo tecnológico y post moderno de vanguardia, prenden entre los jóvenes e impulsan la imagen pública de sus representantes políticos. O no tan asombroso si tenemos en cuenta que por ser jóvenes es que quieren pisar a fondo el acelerador de la historia con poca paciencia por las formas, dejando atrás las demoledoras frustraciones del dirigismo que (retorciendo esas mismas formas) nos hunde. Y que los hace desear irse.

La violencia comunista y anticomunista de los ’70, la crasa ineptitud económica de los ’80, la corrupción de los ´90, el infame, ruinoso y ultra corrupto relato kirchnerista que los siguió y todos sus protagonistas, quedaron obsoletos. Son contaminantes; igual que el “Estado presente”, ente compulsivo y rapaz, destructor de iniciativas individuales que todo lo asfixia y frena desde lo fiscal y reglamentario.

Lo nuevo, lo correcto, lo elevador… el futuro, es lo no-violento; lo libre y voluntario. Son los valores éticos del mérito en lo educativo, la libre contractualidad con respeto a la propiedad en lo económico o el ecomodernismo en lo ambiental entre tantas otras cosas.

Porque los jóvenes están descubriendo que no nacieron para ser forzados, es que lo libertario está hoy en auge. Y no solamente entre los centennials y millennials. También lo está entre los muchos adultos que logramos superar la inmadurez de nuestras adolescencias de siglo XX (al decir del gran intelectual francés André Maurois, quien no fue socialista a los 20 no tuvo corazón; quien siguió siéndolo después de esa edad, no tiene cerebro) y entre los mayores que hoy se sienten tocados por el revulsivo conceptual al que los arroja el desastre del anarcopobrismo en curso.

Por cierto, el tránsito de la esclavitud fiscal al autogobierno, de la sumisión del infante a la responsabilidad adulta, no es fácil: el desarrollo económico y cultural es desestabilizador; un proceso disruptivo de diferentes velocidades; una evolución que genera al unísono bienestar y descontento.Y porque, arrinconadas, las fuerzas del mainstream izquierdista (junto a mafias, planeros y empresaurios) beneficiarias del actual sistema presionarán desesperadas por cambios gatopardistas para que, en el fondo, nada cambie siendo que al trocar gradualmente en algo optativo, el Estado acabaría desapareciendo sin pena ni gloria; drama existencial que los intervencionistas que viven de él sorbiendo sangre ajena no estarán dispuestos a permitir.

La cuestión planteada al principio, de la “escala de Estado”, es otro tema interesante a dilucidar. Suele imaginarse al anarcocapitalismo como un sistema a la escala del actual Estado territorial, aunque sin coerción; con una dirección gerencial dividida a conveniencia del solapamiento de diversos esquemas contractuales.

Sin embargo lo más probable es que el flujo de las necesidades termine concretándose en asociaciones comunales con distintas escalas y modos para la prestación de diferentes servicios. Nos asociaríamos de una manera para usufructuar un puerto o un monorriel, de otra para los servicios de salud o seguridad y de una tercera para construir y administrar calles, puentes, plazas o autopistas.

Es lo que sucede en la vida civil en casi todo aspecto; sólo haría falta extender gradualmente este modelo de sentido común no monopólico de la gente de a pie, a todas las funciones. Ya hay calles privadas en barrios cerrados y justicia privada competitiva en tribunales de mediación, por ejemplo, y en ambos casos las cosas funcionan bien, como también en la medicina, seguridad y educación privadas, muy superiores a sus equivalente públicos.

Para algunas cosas la asociación voluntaria con o sin tercerización sería a escala individual; para otras, a nivel local y zonal. Otros casos podrían demandar asociaciones a escala regional, continental o bien planetaria, cosa dable de implementar en cada caso con la tecnología y el expertise disponibles, en redes interactivas de primer, segundo, tercer o cuarto grado.

El acceso universal a estos servicios privados -por casi todos deseados- es sólo simple cuestión de disponibilidad de dinero, cosa que estaría previamente solucionada en una sociedad capitalista sin complejos basada en la moderna eficiencia dinámica con función social empresaria, incentivadora de la participación de los empleados en las ganancias tanto como de la solidaridad privada inteligente.

La necesidad hace al servicio, a la diversidad de opciones y sobre todo al costo. El ingenio, la innovación, la inventiva nunca han faltado a la cita cuando el honesto afán de lucro en libre competencia comercial se hizo presente.

Nada impediría que pequeñas comunidades “a escala humana” sin coacción estatal acuerden con individuos, empresas u otras comunidades la resolución de sus necesidades de manera convencional… o bien bajo formas y conveniencias cuyo alcance no podemos aún prever.

Lo que sí sabemos es que a través de la historia, las utopías devinieron reales cuando una mayoría las entendió; y deseó entonces el cambio hacia el siguiente escalón evolutivo.





10 Palabras

Mayo 2022

 

Las 10 palabras más destructivas del idioma castellano, repetidas innumerables veces y bajo mil formas a través de nuestra historia son “hola, soy funcionario del Estado y estoy acá para ayudarte”.

10 palabras causantes de la casi totalidad de nuestra decadencia moral y consecuente miseria. De nuestras mafias estructurales, corrupción,  muertes prematuras evitables, des-educación, vergüenza internacional y desesperanza de largo plazo.

Ronald Reagan aseguraba siendo presidente de los Estados Unidos que, en cualquier caso, el gobierno no era la solución sino el problema y se mofaba de las intervenciones estatales parodiando a los políticos dirigistas: “…si se mueve, aplíquesele un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlese. Si no se mueve más, otórguesele un subsidio…”.

El alud inmigratorio de 1880 a 1930 que hizo estallar la prosperidad cambiando de cuajo la historia económica de nuestro país estuvo motivado por la necesidad de exiliarse fiscalmente, de huir de países intervencionistas con gobiernos “presentes” para venir a una nación nueva que ofrecía precisamente lo contrario: gran libertad para emprender, con un Estado económicamente “ausente”.

Vinieron a trabajar duro sin ser estorbados y a hacer dinero para su familia sin ser robados ni esclavizados con tributos ni regulaciones estúpidas. Y lo lograron, creando en el proceso una verdadera gallina de los huevos de oro comunitaria.

Todo parece indicar que está llegando la hora de otro cambio de cuajo. Eyectando a este gobierno que, en estado de pánico agresivo, sólo atina a acogotar hasta la muerte lo que queda de la gallina.

Un gran cambio cultural y estructural como lo fue aquel y que como entonces, llevará su tiempo. Décadas en nuestro caso, probablemente.

Cambios estructurales profundos; cirugía mayor (sobre la que cada día aumenta el consenso) a aplicarse sobre temas medulares como previsión social, libertades económicas, contractuales y gremiales, seguridad jurídica, carga impositiva, “empresas” públicas, asistencialismo, legislación laboral, atribuciones del Estado y cristiana subsidiariedad entre otros.

Y desde luego, fijando un norte claro y explícito de largo plazo pues, como se sabe, no hay vientos favorables para quienes no saben hacia dónde van.

Madurar socialmente y crecer, es un riesgo. Pero los estadistas que sucedan a este gobierno predador deberán arriesgarse recalculando el costo-beneficio del no-cambio; o el de gradualizar el cambio en demasía.

Ya comprobamos durante 77 largos años que prohibir, restringir y cargar fiscalmente bajo el falso pretexto de “no dejar a nadie atrás” o de “combatir las desigualdades” no es el camino. Más bien fue la senda hacia la trampera estatista y sus arenas movedizas.

La mejor opción es ser audaz e innovar; soltar los dogales, estimular a fondo a todo emprendedor local o extranjero con la zanahoria de una ganancia plena e ir para adelante.

Porque el caos del desamparo y la desesperación no son lo que podría sobrevenir sino lo que tenemos aquí y ahora. El experimento peronista (y hasta hace muy poco, radical) de aumentar impuestos, regulaciones y subsidios tuvo un crescendo de décadas y se correspondió exactamente con el crescendo de la pobreza.

Fracasó. Es el desastre que los argentinos tenemos entre manos hoy; con empresas cada día más inviables y ciudadanos cada vez más empobrecidos.

El populismo uniformiza y su luz guía es el tribalismo (la contención social nacionalista) pero la uniformidad es -al fin del día- comisariato político, sociedad estratificada, pobreza, resignación y previsibilidad… de muerte prematura por represión o carencias.

Lo libertario, por el contrario, diversifica y su luz guía es el cosmopolitismo; es abierto, conflictivo y hasta cierto punto imprevisible pero trae consigo el auge económico, la libertad de opciones y la cooperación voluntaria capitalista. Y con ello, la movilidad social ascendente.

Empecemos a desterrar de nuestras mentes esas 10 palabras venenosas y asumamos que el Estado, hojarasca retórica aparte, no es otra cosa que… compulsión.

Como enseñó Alfred N. Witehead (erudito filósofo inglés, 1861 – 1947) “Las relaciones entre personas o grupos sociales toman una de estas dos formas: fuerza o persuasión. El comercio es el gran ejemplo de las relaciones persuasivas. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental ejemplifican el reino de la fuerza. El triunfo de la persuasión sobre la fuerza es el signo de una sociedad civilizada”.

 

 

 

 

 

 

 

Evolución

Mayo 2022

 

En opinión de Jorge Luis Borges (1899 – 1986), el más culto, famoso y polémico escritor argentino de la historia, la democracia como sistema no era entre nosotros sino “un abuso de la estadística; una superstición muy difundida porque la gente no entiende de política, como no podemos entender todos de retórica, de psicología o de álgebra”.

Quiso decir, deslegitimando la regla de la mayoría, que un problema algebraico nunca hallará solución en una compulsa popular como tampoco la hallará un problema tan enormemente complejo como lo es decidir sobre decenas de líneas de acción en los más diversos campos de un gobierno de 4 años de duración, con sólo un voto en un día. Voto más emocional que racional, además.

Debemos dar crédito a Borges: la resbalosa esperanza argentina de que el día de la elección prevalezca (al menos) el sentido común, no es el modo más eficiente de organizar el funcionamiento de una comunidad que pretenda elevarse sin pérdida de tiempo y de manera integral; como quedó demostrado en nuestro país en muchas, demasiadas ocasiones.

Ya lo había advertido un estadista de la talla de sir Winston Churchill cuando opinó que la democracia era el peor de los sistemas de gobierno posibles… exceptuando a todos los demás.

Algo cierto dentro de su contexto histórico pero que hoy se ve modificado por los impresionantes avances tecnológicos acumulados en los últimos tres cuartos de siglo, que cambiaron la calificación ciudadana de hombre masa a individuo empoderado. Aserto que se verifica en un proceso retroalimentado y en aceleración; muy desigual en espacio y tiempo pero indetenible, como todo avance humano.

Y que en sinergia con lo anterior se ve también modificado por la aparición a principios de los ’70 del ideario de un hombre bisagra en la historia del pensamiento como lo fue Murray Newton Rothbard (1926 – 1995, economista, historiador y profesor norteamericano) quien con su Manifiesto Libertario y sus agudas fundamentaciones morales -más aún que las puramente utilitaristas- sentó las bases del movimiento que hoy constituye nuestra vanguardia intelectual; el más completo ideario de la libertad y la no violencia como paradigmas irrenunciables de civilización. Como luz guía de esperanzadoras utopías en proceso.

Como un día lo fue la idea democrática, cuando todo a su alrededor era una “obvia normalidad” más que secular de monarquías absolutistas y tiranías totalitarias.

El actual aquelarre socioeconómico argentino, producto del dirigismo salvaje al que nos somete este enésimo gobierno peronista, está resultando en revulsivo mental para una masa crítica de población: la que decide elecciones; la de los indecisos y apolíticos.

Por reacción y a medida que el país cae en la alienación pobrista, se agranda la posibilidad de que operadores libertarios profundicen la influencia de sus ideas disruptivas de poder capitalista y civilidad avanzada dentro de la coalición opositora. O que, de ahondarse la crisis a niveles de catástrofe, se conviertan en una tercera fuerza real capaz de imponer en balotaje sus condiciones a los actuales socialdemócratas de Juntos por el Cambio con vistas a su victoria electoral en 2023.

En la actualidad y dadas las restricciones que la decadencia nacional impone como ineludible data de la realidad, la idea libertaria se circunscribe a proponer un minarquismo (Estado mínimo) como norte para una primera etapa… que bien podría abarcar décadas.

No obstante y a modo de ejemplo histórico asimilable deberíamos recordar que la lucha por terminar con la esclavitud fue para abolirla por completo, no para mejorar la alimentación de los esclavos.

Lo que eventualmente vendría en nuestra Argentina sería entonces un tránsito orientado a vencer la incredulidad de la gente y la resistencia de los propios funcionarios a la verdadera plataforma libertaria de largo plazo, superadora tanto del liberalismo clásico (de poca conciencia social integradora) como del neoliberalismo menemista (corrupto, clientelar, autoritario y ventajero como todo peronismo).

En verdad, lo utópico del muy gradual acercamiento al ideal del anarcocapitalismo libertario que proponen referentes como J. L. Espert o J. Milei no es tanto por lo imposible cuanto por la dificultad para poner proa a ese destino partiendo desde la situación actual.

La doble valla que nos mantiene detenidos en el infierno es mental para el pueblo llano que vive de su producción y de conveniencia para quienes viven del esfuerzo ajeno prestando servicios que no les serían requeridos bajo esa modalidad, si hubiese libertad de contratación.

Obviamente el Estado se resiste hoy a permitir esa libertad de elección porque aceptar la voluntariedad de las relaciones implicaría dejar de hablar de un ente compulsivo basado en la fuerza de las armas para empezar a hacerlo de una asociación voluntariaEn una palabra, de evolución.





¿Igualdad, para qué?

Abril 2022

 

“¿Libertad, para qué?”  Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)

En un reportaje reciente, la escritora Isabel Allende (n.1942) afirmó refiriéndose a nuestra región que “la desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”.

Se trata por cierto de un concepto, el de la igualdad económica, muy meneado en los últimos años tanto por nuestros gobiernos y dirigencia social en general como por la jerarquía católica y de izquierda en particular y que se encuadra entre las muchas propuestas “políticamente correctas” que conducen por línea directa a efectos contrarios a los pretendidos: en este caso a peores promedios de pobreza, ignorancia y exclusión y a mayores desigualdades, dependencia y desesperanza con más predadores sociales activos (reales, no imaginarios).

Dicho esto bajo el supuesto -por obvios antecedentes puesto en duda- de que en verdad se pretendan evitar tales efectos antes que usarlos con frio cálculo político por conveniencia electoral (o falsamente pastoral, por qué no).

El tratar de igualar económicamente apelando a la redistribución forzada a través de impuestos es una noción foránea que choca contra el mandato constitucional de nuestros Padres Fundadores quienes nos prescribieron, en cambio, la igualdad de oportunidades a través del recto camino de la (anterior y fundante) igualdad ante la Ley.

Nuestros próceres abominaban sin excepciones del robo tributario; de su efecto discriminatorio y frenante, aplicado desde antaño por el imperialismo colonial. Mínimo Estado indispensable, máximo lucro productivo por mérito honesto y consecuente desarrollo nacional con mínima exacción impositiva posible, era su norte.

La historia de nuestro espectacular despegue (a partir de 1860) y llegada al estrellato planetario hasta el comienzo de nuestra decadencia al invertirse del todo esta fórmula en 1946, es harto conocida.

Llamemos entonces a las cosas por su nombre: la igualdad económica planteada en este 2022 no responde al “anhelo altruista de vastos sectores” sino a simples resentimientos individuales, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo a inconfesables sentimientos de inferioridad, culpa e impotencia personal por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Desde luego, no podemos ignorar este drama humano ni suprimir a los millones que se auto enjaularon en las mazmorras de la decadencia. Prisiones mentales que de hecho son el resultado a largo plazo del adoctrinamiento estatista operado a través de contenidos obligatorios sesgados en la educación nacional (pública y privada) en sus tres niveles durante 3 generaciones.

No podemos acallar esa sensación, tan extendida, de ira creciente frente a las desigualdades. Mas sí podemos reinterpretar esa ira con la misma mirada de estadista de los autores de nuestra Constitución, que dieron categoría rectora a la igualdad de oportunidades.

Un tipo de igualdad que, bien mirada, es la que en verdad demandan quienes hoy se rebelan ante la espiral de pobrezas y sometimientos, de resignaciones e injusticias a la que son empujados mientras nuestras oligarquías se enriquecen sin pausa a vista y paciencia de todos.

Ricas oligarquías modelo siglo XXI; bien argentas y bien definidas por diversos analistas y autores y que son 3: la oligarquía política (la casta y su enorme red de parásitos), la oligarquía de los empresarios protegidos (coimeros cortesanos de la Patria Contratista y el capitalismo de amigos) y la oligarquía sindical (millonaria, retrógrada y mafiosa por donde se la mire).

La ira de la gente buena y trabajadora se debe a la falta de oportunidades. A lo que perciben como el “portazo en la cara”; el cierre de facto a sus posibilidades de acceso a la elevación cultural y económica.

No hay bronca de gente honesta cuando existen oportunidades reales de crecimiento y movilidad social; cuando hay perspectivas ciertas de que los hijos estén un día mejor que sus padres. No existe ira cuando impuestos y regulaciones no asfixian su trabajo, su emprendedorismo ni su disfrute de lo ganado. Y sobre todo cuando la justicia se aplica pareja, no hay impunidad para nadie y los castigos son ejemplares; cuando robo y crimen… no pagan (caso Cuadernos y caso Nisman, por poner 2 ejemplos).

En esas condiciones, en ese “sistema”, la desigualdad entre patrimonios honestamente ganados importa un rábano a la gente buena, no envidiosa, porque la sociedad entera se encuentra en igualdad de oportunidades para elevarse.

Es la desigualdad de oportunidades reales de progreso, de llegar a “pertenecer” al escalón superior al propio en lo cultural o económico disfrutando de sus ventajas lo que motoriza desde lo profundo esa furia a la que se refiere la Sra. Allende, y que hoy crece.

La ira de la gente mala y empobrecida se debe, por otro lado, a sus previsibles dificultades de acceso a la “contención” tribal clientelar de las 3 oligarquías que, del brazo y en acuerdo de conveniencias, depredan (y rigen hoy) nuestra Argentina.

En definitiva y parafraseando a Lenin, bien podríamos preguntarnos ¿Igualdad económica nivelando hacia abajo, para qué?

Por el contrario, si los argentinos lográsemos mostrar más inteligencia emocional que resentimientos, aplaudiríamos el surgimiento de enormes desigualdades económicas honestas: decenas, cientos, miles de mujeres y hombres, empresarios emprendedores y multimillonarios al estilo de Bill Gates, del cual se ha calculado que su fortuna personal (unos 130 mil millones de dólares) representa sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás.

Y que es, además y con lo propio para horror de la izquierda, uno de los principales filántropos del mundo superando en monto con aportes de dinero inteligentes (reproductivos, no clientelares) a infinidad de Estados “solidarios” y “presentes”.

 

 

Estatismo Salvaje

Marzo 2022

 

Vivimos inmersos en un estatismo salvaje.

Un lugar donde, en palabras del respetado analista Sergio Berensztein “el aparato estatal es elefantiásico, ineficiente, opaco y con bolsones de desidia y corrupción donde anidan, resisten y se reproducen actores económicos, políticos y sociales que, con narrativas “progresistas y populares”, se convirtieron en una maquinaria conservadora y extractiva que tiene de rehén a una sociedad civil exhausta y maltratada”.

Maquinaria extractiva en grado de demencia, agregamos, recordando que desde mediados del siglo pasado quedó derogado de facto, entre otros, el fundacional Artículo 17 de nuestra Constitución (“La propiedad es inviolable y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella” y “La confiscación de bienes queda borrada para siempre del Código Penal Argentino”) para llegar a la situación actual donde se confisca a destajo propiedad privada con tasas de entre el 60 y 90 % de la renta real. Saqueo que en particular se ceba en los infelices ciudadanos entrampados en blanco, pasto de la sumatoria de organismos recaudadores nacionales, provinciales y municipales. Un modo de estatismo comandado por hienas fiscales en el sentido más literal y carroñero del término.

Este marco socialista y extractivo es por lejos la causa número uno de nuestra decadencia (y consecuente pobreza) y  configura el escenario en el que el actual gobierno pretende seguir aumentando impuestos… a todo lo que aún se mueve. Elevando además el nunca computado impuesto inflacionario, tributo inmisericorde pero funcional a la nomenklatura del progresismo argento que, junto a los elevadísimos IVA e impuestos internos, arrean bajo su látigo a la totalidad de la población, incluyendo a la legión -hoy mayoritaria- de quienes pretenden fugar bajo los paraguas gemelos del trabajo en negro, el empleo público y el desempleo subsidiado.

La realidad es que el Frente de Todos en el gobierno con C. F. de Kirchner como principal responsable aplicó al país y seguirá aplicando por los próximos 20 meses su versión del sistema colonial que nos mantuvo en la sumisión, el aislamiento y el atraso desde 1536 hasta 1860: fuertemente extractivo, dirigista, patrimonialista y proteccionista.

Patria sí, colonia no, decía el vacuo eslogan peronista de hace 50 años, trocado al cabo de sucesivos gobiernos de hampones justicialistas en “patria no, colonia si”. En este caso del eje China-Rusia, peligrosas dictaduras con las que hoy se pretende alinearnos.

Este estatismo salvaje, retrógrado y violento, negador de propiedad privada, de derechos humanos y sobre todo de libertad de ideas para crecer constituye la médula de la batalla cultural que los libertarios argentinos libran desde dentro de Juntos por el Cambio contra quintacolumnistas como el gobernador radical G. Morales y desde fuera de esa coalición con sorprendentes héroes cívicos como J. L. Espert y J. Milei que, enfrentados con vehemencia a tantos intereses oligárquicos y mentalidades colonizadas, están torciendo la balanza en favor de una real igualdad de oportunidades con el creciente apoyo de millennials y centennials que son, numéricamente, nuestro futuro.



Extremismos

Marzo 2022

Según encuestas confiables una amplia mayoría de los argentinos, sin importar la coalición política a la que adhieran,  se percibe estatista.

Vale decir, partidaria de gobiernos dirigistas que regulen a su mejor criterio cada aspecto de nuestra vida en sociedad. Algunos por simple izquierdismo anti capitalista pero los más lo son sólo por desear un Estado que iguale oportunidades; que proteja a los “perdedores” del accionar de un libre mercado que, piensan, no debe ser anulado.

Son personas que creen que el sistema capitalista es bueno al efecto de crear riqueza social aunque sin perder de vista que las personas que operan en él suelen ser egoístas, autoritarias e insensibles. Malas. Gente que, claro, hace de la mano invisible del mercado irrestricto un mecanismo con fallas; injusto y excluidor. En líneas generales, empobrecedor de pobres y enriquecedor de ricos. Una encerrona conceptual que hallaría solución en el conjunto de regulaciones redistributivas que el Estado paternalmente impone.

¡Ensoñación adolescente! El Estado no hace eso: en la realidad adulta es, siempre, el elefante en el bazar que provoca las fallas “del mercado”, la pobreza y el atraso.

Lo primero que debe decirse para empezar a despejar el lodo mental que nos frena, es invitar a levantar la mirada y ver qué tan bien o tan mal les va al resto de las sociedades con las que compartimos este planeta en lo referente a pobreza y riqueza social; a bienestar o carencia material; a libertad real de elecciones de vida o… resignación.

En otras palabras: invitar a observar qué tan alto es el ingreso promedio por persona en cada modelo social.

Veremos entonces un muestrario real de sistemas de gobernanza que van del extremo colectivismo en su margen izquierdo al extremo liberalismo en su margen derecho. Del comunismo al anarcocapitalismo, si se prefiere, con un centenar de gradaciones intermedias.

No existe en ninguna sociedad el estatismo o socialismo puro, excluido todo proceso de mercado incluido el negro (estarían allí casi todos muertos), ni existe tampoco el capitalismo de mercado llevado a su extremo, por razones que luego explicaremos.

Sí existen países que van de semi extremos como Corea del Norte y Cuba o Venezuela por izquierda a Singapur e Irlanda o Suiza por derecha Y lo que se observa en cuanto a resultados en modernidad y bienestar general (ingresos por persona) a lo largo de este muestrario de siniestra a diestra nos exime de mayores comentarios ya que resulta en una visión que es… regla: a mayores dosis de libertad de empresa, de prensa y de respeto a la propiedad con menores impuestos, mayores logros en progreso económico y justicia para el pleno de la población. Y viceversa. Se trata de resultados directamente proporcionales y sin excepciones. Palo y a la bolsa en lo que toca al análisis racional del caso.

El resto resulta del tipo de análisis más frecuente entre nosotros: el no-racional o por izquierda; el que se basa en resentimientos, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo en inconfesables sentimientos de culpa, inferioridad e impotencia por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Si hoy no existen ejemplos de sociedades que vivan un liberalismo extremo o anarcocapitalismo aplicado, es por razones de condicionamiento educativo.

Las mismas razones que hacen que los argentinos se declaren hoy mayormente intervencionistas, a pesar de haber tenido su apogeo de gloria, poder económico, crecimiento y oportunidades para todos durante su período menos estatista (de 1860 hasta 1945 aproximadamente).

La enseñanza tanto pública como privada, los programas de estudio obligatorios primarios, secundarios y terciarios con particular énfasis en los de historia y cívica han sido una herramienta esencial en la construcción de los Estados modernos. Adoctrinan con contenidos que al no ser cuestionados permanecen en las mentes, aferrándose con fuerza en el subconsciente durante toda la vida.

Se trata de un hecho visible: la mayoría de las personas reciben desde niños y aceptan en forma pasiva proposiciones ideológicas preelaboradas sobre la democracia, las elecciones o el Estado a través del plan educativo… estatal. Y nunca más las ponen en duda.

Es normal y comprensible, pues, esta ignorancia y este sesgo cuasi innato de aceptación a-crítica de la esclavitud tributaria, de la sacralización del sistema, de la normalización de la maquinaria de Estados territoriales incuestionables, de ciudadanos “mandantes” desarmados (¿?) y de autoridades políticas de sabiduría, ética y bondad superiores. Estamentos o Poderes estos últimos que, casualmente, reciben sus privilegios y pagas mensuales del modelo fiscal extractivo nutrido a piacere y ad nauseam (lo deciden ellos) del trabajo privado del resto.

Transitamos y laboramos dentro de un corral conceptual pre-digerido que produce grandes rendimientos en legitimidad a los que viven de indicarnos desde su supuesto desinterés y vocación de servicio (¡!) cómo y qué debemos producir, cuánto debemos ganar y qué destino debemos dar a ese dinero. Armas del Estado a su servicio y confortables despachos de por medio, claro.

Es por tanto letal para esta casta siempre creciente aceptar cambios en la manera de transmitir valores, si estos se dan en un marco de elevada conciencia personal y libertad de cuestionamiento; en un entorno de ideas sin encepar.

Y es al mismo tiempo una verdad derivada de la directa proporcionalidad de la visión de nuestro listado, que un “extremismo” libertario quitando impuestos y delegando gradualmente las tareas del Estado (y sus fallidas vacas sagradas) en el pueblo llano productor, cooperador y creador sólo podría conducirnos a un -bello- extremismo en libertad, poder, seguridad, prestigio y riqueza social.

Al momento de redactar esta nota nuestra Argentina sigue remando hacia la margen izquierda del listado, con todas las consecuencias que de esa elección se derivan. Boga que se sostiene en el socialismo conceptual de sus mayorías, tal como lo consignábamos al comienzo.

Con la muerte literalmente en un extremo y la vida en el otro, sepa el año próximo el pueblo elegir y sepa la oposición trazar ya la hoja de ruta más rápida y menos dolorosa para reinstalar a la nación en el derrotero de una gloria cuyas libertades y respetos nunca debió extraviar.





Sin Violencia Institucional

Febrero 2022

La democracia es ciertamente un mal método para solucionar en forma pacífica y a conformidad de todas las partes los conflictos que presenta la vida en sociedad; conflictos que por otra parte siempre existirán.

Ateniéndonos a su propia definición de soluciones “de consenso por mayoría”, quedaría decretado su fallo por ineficiencia grave desde el momento en que una clara mayoría de las sociedades que la han adoptado tropieza desde hace décadas (centurias en algunos casos) con serios problemas de funcionamiento y facilitación del desarrollo, en medio de fuertes quejas tanto de inequidad cuanto de freno productivo desde los más variados sectores.

El sistema falla incluso en su versión más sofisticada, la “democracia monitorizada”, donde un cúmulo de asociaciones intermedias, fundaciones y organizaciones no gubernamentales locales e internacionales en intento de acuerdo con las instituciones oficiales de “control y contrapeso” pujan por condicionar la natural tendencia al abuso gubernamental, a la corrupción y al constante aumento del tamaño, atribuciones y consiguiente peso improductivo del Estado, sin lograrlo.

En tanto, como bien dijo el conocido autor norteamericano Orson Scott Card (1951), “si los cerdos pudieran votar, el hombre con el balde de comida siempre sería elegido, no importa cuántos cerdos hubiera sacrificado ya en el recinto de al lado”. Y es precisamente en este sector mayoritario de personas ética y/o culturalmente menos dotadas, que puede hallarse a la madre del borrego del fallo democrático ya que usualmente sus votos darán prioridad a la preferencia temporal más breve por sobre el diferimiento (ahorro e inversión; capacitación y trabajo), eligiendo recargar fiscal y reglamentariamente a la minoría más creativa; aquella que a su esfuerzo y riesgo crea valor socio económico real beneficiando a su entorno con efecto multiplicador.

La pulsión hacia el “hombre del balde” está en nuestra naturaleza, entre los impulsos emocionales prejuiciosos que el actual sistema es incapaz de encuadrar para utilizar con inteligencia en favor de la totalidad de la población.

A esta altura del siglo XXI, desde la atalaya provista por las tecnologías de interacción global en redes horizontales, el creciente encriptamiento de la privacidad (incluyendo la financiera), la inteligencia artificial y la computación cuántica facilitándolo todo o la acción filantrópica útil pasando cuantitativa y voluntariamente a los individuos más ricos y exitosos (reales multiplicadores del bienestar general, además),  se ve con claridad que la transferencia gradual del control de vidas y sueños desde las estructuras del viejo Estado territorial a la gente de a pie no sólo es más factible que nunca sino que ha entrado en un curso evolutivo irreversible. Libertario.

Cuanto antes lo asumamos, tanto mejor será porque dicho curso nos conduce al empoderamiento de los individuos con encuadre de su emocionalidad en cooperación voluntaria, en detrimento del ruinoso colectivo obligatorio conducido por unos pocos autoritarios “legalmente” bendecidos.

Nos lleva a la promoción social traccionada por emprendedores que dejan el camino de la servidumbre fiscal para producir, ganar y sumar riqueza en competencia a gran escala. A la libre contractualidad y a las opciones electivas en todos los órdenes. Al “buen dinero en el bolsillo” para todo el que quiera ganarlo trabajando, para terminar con humillaciones como la AUH, las limosnas (planes) sociales, los merenderos, las listas en las marchas y tantas otras abyectas esclavizaciones “militantes”.

Amén de poder decidir para qué patrón trabajar ya que en un sistema  libertario de alta competencia es el asalariado, no el empresario, el que tiene la sartén por el mango sin necesidad de mafia sindical alguna. Para pasar a decidir entonces qué jubilación, qué educación, qué salud o qué seguridad, entre otros servicios, le apetece a cada uno contratar.

Un “buen dinero” que por cierto puede ser muy abundante Y horizontalmente repartido, con todo y las desigualdades, si la enormidad de recursos hoy malgastados en corrupción, parasitismo y dirigismo inútil (nuestro aquelarre de reglas paralizantes, mafias, impuestos, emisión y deuda) dejaran de esterilizarse y se reinvirtiesen libremente.

Si bien la perfección nunca será alcanzada en tanto que somos humanos, la mano invisible del moralista Adam Smith es -sin punto de comparación- menos dañina y abusiva que la mano visible del Gran Estado Artillado Ideal de Alberto y Cristina Fernández, cráneos del balde.

Trabajando en línea con la naturaleza humana en lugar de descerrajar cepos a todo lo que se mueve, usaríamos nuestro afán de lucro y sueños familiares en favor del bienestar de toda la sociedad sin forzamientos ni amenazas.

¡Sin violencia institucional!




Verdaderos Imbéciles

Enero 2022

 

Hemos escuchado a un ministro decir que el aumento de impuestos proyectado es correcto por “solidario”. Y hemos leído en comentarios de Instagram, defensas al impuesto a la herencia con argumentos tales como “Si tu padre te hereda dos casas, qué tiene de grave entregar una a quien la necesita? ¿Tan difícil te resulta practicar la igualdad?”

Lo cierto es que no se puede prescindir de la moral a la hora de hablar de economía dado que las acciones inmorales, contrarias a la ética implícita en la sacralidad laica de las personas, desembocan tarde o temprano en desastre. Los bestiales atropellos y genocidios del socialismo comunista son ejemplo final de ello; más cerca, lo son los 77 años de brutal pendiente económico-social argentina provocada por el violento “igualitarismo” pobrista del justicialismo.

La servidumbre fiscal es, de por sí, inmoral. Lo es en tanto compulsiva; simple robo basado en la fuerza de las armas. Como que nadie firmó nunca el supuesto contrato social mediante el cual acepta pagar impuestos “por el costo de vivir en una sociedad civilizada”. Aserto que se prueba con sólo imaginar qué pasaría si el gobierno despenalizara las obligaciones tributarias: sin importar las consecuencias del supuesto riesgo de dejar de vivir “en una sociedad civilizada”, en uso de su decisión personal y soberana, nadie o casi nadie pagaría un impuesto más. ¿Democracia full contact? Puñetazo y a la lona. Punto.

Claro que se trata de un ejercicio teórico; algo que no podría ser sino gradual dado el desmadre fiscal y el desastre de indigencia actuales, pero la civilización no caería.

Los ciudadanos de bien se organizarían sin inconvenientes y su sociedad estallaría de prosperidad, por cierto, al reinvertirse productivamente gran parte de la monstruosa cantidad de dinero antes esterilizada. Sólo caerían por tierra (y deberían empezar, por fin, a trabajar) las oligarquías política y de empresaurios cortesanos, de los sindicatos y organizaciones sociales mafiosas… y todos sus cómplices.

Como nos hace ver el gran Adam Smith (moralista escocés, 1723 – 1790), pocas cosas buenas hemos visto de quienes han pretendido actuar honestamente en bien del pueblo. Muchas, en cambio,  de quienes han actuado con honradez en busca de su propio bien y el de su familia.

Esto es así porque las personas se benefician mutuamente (aunque no se propongan ayudar al prójimo) del simple cooperar en libertad contractual con el aporte de sus respectivos talentos.

Y si bien el egoísmo es algo natural, también lo es la satisfacción de ver la felicidad de los demás, aunque nada se saque de ello como no ser el placer de contemplarla.

Digamos finalmente, para quienes se preocupan por las personas “caídas” o “perdedoras” en un supuestamente insensible sistema capitalista real, que el Estado no es el único salvador de última instancia posible. Antes bien es el peor, habida cuenta del inmenso costo de intermediación que hay entre la gente expoliada con impuestos (como el de herencia, mencionado más arriba) y la gente necesitada de auxilio. Y habida cuenta de su inmensa ineficiencia en la distribución del saldo a sus beneficiarios, así como en la exigencia de contraprestaciones y/o capacitaciones.

La caridad privada también existe, es importante en nuestro país y desde luego mucho más inteligente, direccionada y efectiva (peso por peso) que la estatal.

Esta clase de solidaridad voluntaria , la única verdadera (ya que la otra es simple “vivir de lo ajeno” sin  sentido ni valor moral al ser compulsiva), se encuentra frenada aquí no por falta de vocación sino por exigüidad de medios al tener que operar en un sistema socialista con el índice de saqueo tributario más elevado del planeta.

En sociedades donde han aflojado un poco más el bozal al capitalismo apareció, a pesar del Estado, una clase de empresarios multimillonarios que se caracterizan, justamente, por sus cuantiosas donaciones en ayuda directa y filantropía inteligente. Mayor a la que -mal- parten y reparten la mayoría de los gobiernos.

Personas como Warren Buffett, que lleva aportados 30.900 millones de dólares o Bill Gates, 29.500 o Li Ka-Shing 10.700 o Jeff Bezos, 10.000 o Mackenzie Scott y George Soros, 8.000 millones de dólares cada uno, entre muchos otros.

Imaginemos entonces qué clase de solidaridad se vería en nuestra Argentina si se soltase al 100 % el dogal a los emprendedores potenciales de esta tierra de creativos.

Cuántos multimillonarios benefactores y grandes empresas multiplicadoras de empleo y  riqueza podríamos tener.

Sí. Fuimos unos verdaderos imbéciles al priorizar la igualdad económica (la única útil es la igualdad ante la Ley) por sobre las libertades individuales y la férrea protección a la propiedad que ordenaba nuestra Constitución.

 

 

 

 

Cerrando la Caja de Pandora

Diciembre 2021

 

Los estudios históricos son siempre edificantes.

Y la historia argentina reciente, la de las últimas tres generaciones, resulta particularmente instructiva por su fácil interpretación, atentos a las pocas efectividades conducentes que la definen.

Deviene clara y directa si dejamos de lado la sarasa que usualmente envuelve a este período y vamos, como recomendaba J. Ortega y Gasset, “a las cosas”.

Guitarreo que arranca con la excusa de que “el mundo”, durante y después de las grandes guerras, viró hacia un cierre comercial y geopolítico que tornó inviable nuestro “modelo agro-exportador”, obligándonos desde entonces a la sustitución de importaciones y al proteccionismo.

Una excusa peronista, de toda la izquierda y hasta hace poco del radicalismo que resulta bajada de un paletazo para volar en sobrepique hacia el averno cuando comprobamos que precisamente allí, al infierno internacional, nos llevó la política de esquilmar y pisar la cabeza al “campo” (frenando su evolución multiplicadora) para subsidiar a una industria “modelo taller protegido” capitaneada por pseudo empresarios cortesanos y contratistas coimeros amigos del poder, satisfechos de enriquecerse cazando en el zoológico.

Pretexto que también se incinera si estudiamos la evolución de nuestro “modelo agro-exportador” gemelo del hemisferio sur de aquel entonces, Australia, que continuó con su sistema no-pisador del agro, consolidándose a poco andar como potencia industrial-exportadora, tecnológico-exportadora y desde luego agro-exportadora de categoría planetaria. Un sitial en el ranking en el que la Argentina podría estar hoy.

Recordemos que ya en 1896 nuestro país llegó a estar en el primer lugar mundial en ingresos por habitante. Según datos duros, a 1945 y desde la primera década del siglo, la industrialización eficiente (en paralelo con Australia), sin subsidios y de mercado libre, la misma que fue prostituida y abortada a partir de aquel año, acumulaba un coeficiente de crecimiento anual notable.

La historia nos muestra que durante el período que siguió, el estatismo nacionalista con su cerrazón anti empresa competitiva y globalmente integrada ciertamente nos hundió. Y que el dirigismo caudillista, reinstaurado, nos humilló hasta lo indecible haciéndonos retroceder en el concierto de las naciones avanzadas primero y en el de nuestra atrasada región después.

¿Qué más nos muestra? Que las comunidades humanas se componen de personas naturalmente egoístas y conflictivas, sólo encauzadas en sociedades atractivas, justas, solidarias y productivas… por instituciones sabias.

Y que las más sabias son las que más se apoyan en el mercado; es decir, en la suma de los votos de todos y cada uno en las libre-elecciones personales del día a día.

Tales como las instituciones que nos ordenó nuestra Constitución liberal de 1853 que, cuando se respetaron, nos elevaron por vía directa al rango de potencia.

Las efectividades conducentes que marcaron nuestra historia desde aquel quiebre con la Argentina liberal (la de “los conservadores”) están más que claras; llamemos al pan, pan y al vino, vino: al romper lanzas con el mercado (con el mundo, en realidad), J. D. Perón, un vivillo poco ilustrado, autoritario y sobrador, abrió nuestra Caja de Pandora liberando los demonios naturales del egoísmo y la conflictividad.

Con el cínico concurso de su esposa M. E. Duarte hizo estallar todas las consecuencias de las más bajas pasiones sociales: envidia, resentimiento, odio de clase y sed de venganza del inútil sobre el laborioso, del mafioso sobre el honesto, del botarate sobre el ahorrativo y del ignorante fiestero sobre el emprendedor estudioso.

Lo peor de la argentinidad salió entonces a flote y envenenó el alma nacional a lo largo de la historia de 3 generaciones al punto de que aún hoy, con el país arruinado, los peronistas alineados detrás de un pobrismo cerril obtuvieron más del 33 % de los votos.

Gran llamado de atención: más de 7 millones de personas ensobrando un apoyo claramente delincuente, habida cuenta del amplio conocimiento general sobre el grueso calibre de las complicidades, latrocinios, ineptitudes, mentiras e inmoralidades en que incurrió el pleno de su dirigencia.

Puede que el vivillo no haya sido, en su intimidad, anti empresario; que no haya querido maniatar el uso de la propiedad privada ni derogarla fiscalmente; incluso puede que haya soñado con una Argentina donde el mérito, el respeto y el trabajo productivo fuesen base de bienestar para todos pero ciertamente sus acciones irresponsables, bravatas, gruesos errores de apreciación y arrestos oportunistas nos situaron con firmeza en el sendero contrario.

Llegamos así a un 2021 en que la mayoría de los connacionales anhela un “trabajo” en el gobierno o bien desea emigrar.

Peronistas o no pero eso sí, arracimados como ovinos contra el menguante calor del poder, una masa crítica de argentinos se hunde lentamente junto a su Titanic mental en las heladas aguas de nuestra miseria estatizante.

Los analistas anticipan, no obstante, un momento bisagra en nuestra historia. Las próximas presidenciales (si se producen) podrían ser una nueva y rara oportunidad para cerrar esa Caja, exorcizando a sus demonios.

7 millones de voto-delincuentes definidos, hoy se oponen. Los banca una poderosa corporación de pseudo empresarios protegidos y coimeros, sindicalistas mafiosos, burócratas parásitos de la máquina de impedir, partidos de izquierda y líderes de organizaciones sociales filo-comunistas; beneficiarios todos del sistema fisco-esclavista que encadena a la nación, impidiéndole ponerse de pie.

¿Estará la oposición, esta vez, a la altura del desafío? ¿Tendrán sus dirigentes la valentía necesaria para aplicar el shock de  medidas coordinadas que corrija con convicción nuestros gravísimos problemas culturales y estructurales? ¿Contarán con la sabiduría política que logre los consensos y alianzas que para tal tarea se precisan? ¿Serán capaces de generar una fuerte corriente de esperanza social (único modo de soportar lo insoportable) a través de la épica de la libertad? ¿Lograrán cerrar de una vez y para siempre nuestra hedionda Caja de Pandora?

Los próximos 24 meses y la acción -siempre referente- de ciudadanos patriotas, como en 1853, lo dirán.





Proyecto de Vida

Noviembre 2021

Juan Bautista Alberdi, insigne patriota y padre de la Constitución (único pacto social que -a duras penas- todavía nos une) aclaró: “el pueblo no es soberano de mi libertad, de mis bienes o de mi persona, pues ello lo tengo de la mano de Dios; no tiene soberanía sino para impedir que se me prive de esos bienes y si alguna vez lo hacen se convierten en perjuros y traidores”.

Por su parte, el mayor pensador liberal argentino vivo, Alberto Benegas Lynch, define al liberalismo como el respeto irrestricto por los proyectos de vida del otro (no la adhesión a sus proyectos) mientras no haya lesión de derechos. Agregando que imponer al vecino nuestro proyecto de vida hace la existencia invivible, tal y como se ve en nuestro depredado país.

Quienes se oponen al ideario liberal (y en consecuencia a nuestra Constitución alberdiana), están en contra de que se respete el proyecto de vida de sus conciudadanos, prefiriendo imponer el propio a viva fuerza.

Sin excepción, todos ellos se definen como “progresistas”; a saber: de pensamiento socialista (o de izquierda) en alguna de sus múltiples variantes y gradaciones.

Otra definición clásica, empero, ilumina la cuestión: todo izquierdista es, en el fondo, un incompetente fracasado que cree que las personas que tienen éxito le deben algo.

Para ese argentino o argentina de hoy, el resentimiento halla arrope en la ideología populista, donde no se envidia ni se desea el mal a los corruptos dueños de fortunas mal habidas sino sólo a quienes poseen dineros bien ganados.

La dura realidad es que los votantes “progresistas” no bregan por el progreso sino por el retroceso en cuanto a movilidad social al apoyar un pobrismo que, si bien satisface sus pulsiones de envidia vengativa, los ancla a una inmovilidad (en ignorancia y pobreza) de tipo feudal; todo un regreso al medioevo que conlleva, cual boomerang, un justo castigo a su soberbia socialista. La de pretender decidir entre algunos el proyecto de vida de todos, usando en el proceso a la discordia (grieta) como método/negocio.

Los verdaderos progresistas son aquí los liberales. Y de entre ellos, los más vanguardistas y efectivos en cuanto a movilidad social ascendente, los libertarios (reales revolucionarios de nuestra era de millennials y centennials en aumento), audazmente capitalistas y pro mercado.

Luchadores en favor de la libertad de la gente común en pos del avance sin trabas de acuerdos contractuales voluntarios y simultáneos de mutua conveniencia en todos los órdenes; de avanzar literalmente en millones de proyectos de vida (hoy bloqueados), que no afecten justos derechos de otros.

Un colectivo de ánimo cooperativo cada vez más numeroso que empieza a torcer en favor de la concordia interpersonal la batalla cultural argentina y que obviamente no considera derechos constitucionales válidos a los adquiridos a costa de derechos anteriores de terceros.

Llegando a la mitad de su mandato y más allá de la compra fraudulenta de votos y trampas caza bobos de “diálogo y acuerdos”, está claro que el régimen que nos rige, conforme los postulados del Foro de San Pablo que integra, insistirá con su plan (excluyente) de conquista del poder con fines pecuniarios para la nomenklatura y sus socios.

Plan que consiste en desalentar inversiones, asfixiar y cerrar empresas, aumentar la pobreza, fomentar con constancia la mentira y emitir sin pausa mientras subvierte a las instituciones para blindar su impunidad. El crecimiento de la miseria a nivel general y la destrucción de las clases medias seguirán así alineados con el mandato explícito de dicho Foro: control social por miedo, a través de carencias programadas que lleven al abandono de todo sueño.

Sabido es que cuando la economía cae, los deseos primitivos de igualitarismo, subsidio y alimentación básicas (aunque sean en un contexto de supervivencia en semi esclavitud) predominan por sobre las esperanzas familiares de educación, trabajo genuino y progreso en libertad. Se trata, claro, del círculo vicioso del estatismo clientelar que el kirchnerismo pretende asegurar.

La contracara de este sistema ruinoso es aquello que a mediano o largo plazo será inevitable porque se alinea con la natural evolución humana hacia la no agresión y las libertades. Los jóvenes (y los mayores que superaron sus irreflexiones adolescentes) adhieren hoy a los principios libertarios porque su mismo y natural apuro por liberarse y realizarse los impele a la ideología que con mayor velocidad puede acercarlos a su idea de una sociedad estimulante: abierta e integrada; rica e innovadora. Y porque se atreven a pisar a fondo el acelerador de la historia.

Lo que nos lleva a una reflexión final acerca de lo que hoy y aquí se ve como… utopía libertaria: como explicó Arthur Schopenhauer (erudito filósofo alemán, 1788-1860) “Toda verdad pasa por tres etapas. Primera, es ridiculizada. Segunda, es violentamente objetada. Tercera, es aceptada como obvia.”





Dos Por Ciento

Octubre 2021

El autor francés Jean D ‘Ormesson (1925-2017) acuñó el término ineptocracia para definir “el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y la riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.

Precisa descripción de nuestro presente y de cómo las mayorías argentinas torpedearon y lastimaron a la nación y al pleno de nuestra sociedad durante los últimos 76 años (con muy breves excepciones), eligiendo en modo cómplice a delincuentes y/o ineptos. Terrible aserto que confirman 7 décadas consecutivas de gráficas en declive.

En consonancia con lo anterior, las gráficas de presión impositiva, asistencialismo, pobreza e inmovilidad social se han revelado extraordinariamente paralelas y coincidentes en su macabra trayectoria ascendente.

Vale decir, hemos demostrado de manera empírica que a más impuesto y subsidio se corresponde más indigencia y desesperanza. Dos mulas y dos asnos enyugados a la par, cinchando juntos para el mismo lado.

Nunca debe subestimarse la estupidez humana, por cierto.

Hasta aquí, hemos arruinado la vida a tres generaciones completas de argentinos en el altar de ese idiotismo que adrede confundió la igualdad ante la ley prescripta por nuestra Constitución con una “igualdad económica” pergeñada por quienes se encargaron de violar a ambas por igual. Un rasero manejado por vivillos demagogos, que falseó la visión humanista de nuestros padres fundadores.

¡Mulas y asnos en acción!  Fiscalismo y pobrismo en acto.

Durante tres cuartos de siglo, gran parte de las elites intelectuales locales y de la Iglesia se cebaron, por distintas irreflexiones e intereses, avalando esta “confusión” ruinosa.

Perseveraron hasta lograr el cuasi fallido país actual (ya más un lugar que un país), entrampado en la red de mafias anti-productivas, de desastres educativo-laborales, de fuga de cerebros y de estatismo saqueador con impuestos progresivos… que son de público conocimiento.

La única igualdad que conduce a la felicidad (y prosperidad) del mayor número es la igualdad ante la ley que, bien aplicada, acaba con horrores como los privilegios de casta, el desquicio ético y moral, la discrecionalidad tributaria, la esclavitud social crónica o la delincuencia como ejemplo, hoy rampantes a todo nivel.

El igualitarismo económico y la redistribución forzosa que este implica no son más que sanatas contra natura; injustas, contraproducentes y vejatorias. Cero inteligentes.

Llegada ya la tercer década del siglo XXI, tanto la Iglesia como el socialismo nativo deben aceptar que la tierra no es plana, que nuestro planeta gira en torno al sol y que lo correcto es dejar de seguir bregando por una utópica (y distópica) nivelación coactiva de ingresos a través del fomento del pecado de la envidia social por desigualdades, para pasar a fomentar lo esencial: la reversión del sistema de la dádiva y del daño cultural; de la miseria que durante tantos lustros y con tanta irresponsabilidad propiciaron.

Las desigualdades no son lo importante. En realidad no importan nada, si logramos sofrenar las estúpidas vilezas de la envidia; lo importante es la pobreza.

Es más: lo que nuestra Argentina necesita hoy son enormes desigualdades; algunas decenas de Bill Gates enormemente ricos. Y si son algunos centenares o algunos miles de Bill Gates muchísimo más ricos que el resto de nosotros y que vivan increíblemente bien, tanto mejor.

Lo que clérigos e izquierdistas de pelajes varios ocultan es que la fortuna personal de Bill Gates, por tomar el caso, más de 130 mil millones de dólares, se estima en sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás. Y que es, con lo propio, el principal filántropo solidario del mundo.

Está claro que en general los emprendedores exitosos generan más riqueza a su alrededor (y en ondas sucesivas) de la que ellos logran en lo personal.

¿Es desigual una persona así? Sí. ¿Sacó a miles de la pobreza, mejoró el bienestar material de otros cientos, hizo ricos a varias decenas más? Sí. ¿Dónde está el problema, entonces, si todos “subimos”? ¿Que unos suban más que otros? ¿Y qué con eso? ¿Ganan la envidia y el resentimiento por-propia-incapacidad a pesar de todo? ¿Preferimos que mulas y asnos sigan rebuznando una y otra vez?

Bill Gates o Marcos Galperin surgieron a pesar del Estado, no por él. Son hijos de lo que, a pesar de todos los palos en la rueda, pudieron hallar de libre mercado en sus entornos.

¿Y si probamos con la libertad?