Migajas

Septiembre 2011

La sonriente hipocresía que caracteriza a la mayor parte de nuestra sociedad, sigue sirviéndonos para disimular y postergar de manera crónica la superación de los barbarismos que nos frenan.
Porque mediante la conjunción recurrente del cortoplacismo de la legión de los oportunistas, con el aval al robo fiscal y reglamentario de la legión de los progresistas, vuelve a desecharse por abrumadora mayoría en este año electoral, la idea de una Argentina inclusiva y poderosa. De una Argentina distribuidora y creadora al mismo tiempo.

Una suerte de prudencia económica mal entendida que nos abrocha con dureza al “más vale malo conocido…” mientras refrendamos comunitariamente el mito del avestruz, enterrando la cabeza para no ver ni aprovechar las extraordinarias oportunidades que nos ofrecen el fuerte “viento de cola” para nuestras exportaciones, la desesperada búsqueda de destino de los capitales del primer mundo o las fantásticas herramientas tecnológicas que hoy están a nuestra disposición para multiplicar el beneficio de lo anterior.
Porque, no nos confundamos: las promesas de Tecnópolis y las inalcanzables 160 millones de toneladas de granos (que podrían ser 260 o 360) son sólo expresión de deseos si seguimos con el combo socialista de altos impuestos, cierre económico, inseguridad jurídica y ahuyentamiento de inversiones.

Nuestros dirigentes siguen convenciendo a un electorado golpeado y amenazado, con promesas de mero mantenimiento de nuestro modelo de limosnas crónicas, pobrezas y decadencias dentro de márgenes tolerables, en equilibrio con el mantenimiento de sus propios negociados con el Estado dentro de márgenes redituables.
Lo único seguro es que la clase política argentina ofrece al pueblo migajas mientras, perdido todo pudor ético y vocación de servicio, se enriquece por izquierda de manera escandalosa.

Señoras; Señores: despertemos: viviendo en un territorio y con una población de tan enormes potencialidades, los argentinos podríamos ser sino la primera, la segunda o tercera potencia del mundo, con todo lo que ello significa en calidad de vida general, en polo de atracción de talentos y fortunas inversoras, en responsabilidades de liderazgo y orgullo nacional.

Elegir estatistas es aceptar las migajas y rechazar los manjares, dando prioridad a las mismas pulsiones negativas que vienen marcando el paso de nuestras acciones en el cuarto oscuro, desde que empezamos a decaer: resentimiento, odio, envidia del vecino y deseo de daño ajeno. Prefiriendo en forma mayoritaria (y no sólo a través de los Kirchner) ver cómo sobre-paga, sufre, tropieza, e incluso cae por tierra aquel que está un escalón por encima mío a tener que ver cómo prospera diferenciándose, aunque ello implique, paralelamente, un progreso para mí.
Un tipo de igualitarismo en verdad estúpido y suicida además de despreciable, situado en las antípodas del estricto igualitarismo ante la ley que sabiamente prescribía nuestra Constitución. Y que nos llevó al 7° lugar del mundo hace 100 años.

Pobreza no es, desde luego, sinónimo de desigualdad social. Porque debemos saber, en acuerdo con los estudiosos del tema, que estos deseos sucios no suelen dirigirse contra los verdaderamente poderosos. Ni siquiera contra quienes lucran a diario con el robo de nuestra labor, desde el gobierno. Apuntan más bien contra quienes están cerca, son conocidos y comparables, con lo que su utilización política por parte del populismo es aún más corrosiva (y destituyente) de lo que podría suponerse.

Concedamos que los (demasiado numerosos) estratos bajos de nuestra población se encuentran más motivados en su voto por el entendible temor a caer aún más bajo que por estas pulsiones negativas, condicionados como están por décadas de educación pública basura y freno (por vía dirigista) a sus posibilidades de auto elevación. Frenos sufridos a manos de dirigencias (tanto cívicas como militares) cerradamente defensoras del autoritarismo de Estado. Nunca defensoras del -menos controlable- poder enriquecedor de la libertad, también prescripto por nuestra Carta Magna.

Nuestros pacientes lectores, alertados en la saludable costumbre de intuir aquella mayor parte del iceberg que se encuentra bajo el agua, no tendrán dificultad en seguir aquella definición clásica que enseña que aún profundizando, no se encontrará ninguna diferencia de naturaleza (tal vez sólo de grado) entre el poder de un jefe de horda y el de un gobierno moderno compuesto de un jefe de Estado, ministerios, juzgados y cámaras.
La finalidad de maximizar la riqueza de la población y su consecuente libertad real de elección coincide absolutamente, claro está, con el objetivo final de máxima de los libertarios cual es la abolición del Estado por costoso, corruptor, innecesario, peligroso e indeseable. Del despedir al jefe de horda y a todos sus esbirros, ensanchando el espacio y el oxígeno destinados al crecimiento económico y maduración responsable de la sociedad. Porque el problema no son los argentinos sino el sistema, que compele de manera irrefrenable a un comportamiento delincuencial. 
Un objetivo final de máxima que probablemente siga siendo utópico por unas cuantas décadas (no ya siglos), habida cuenta del potencial liberador de la tecnología informática que hoy despunta y que los Estados repartidores de migajas sencillamente no podrán detener.




La Evolución de la Solidaridad

Septiembre 2011

Un pueblo evolucionado debe ser, obviamente, un pueblo de gente generosa. Inclusiva, sensible y solidaria con los desafortunados, en especial aquellos que están más cerca.

En la campaña electoral de los días que corren escuchamos al gobernador, candidato presidencial, médico y socialista H. Binner poner el acento de su propuesta en este último punto.
Haciendo de la solidaridad la llave para promover el bienestar general y resolver los conflictos sociales. En el medio para retomar nuestro prestigio y poder económico -con el plus de la autoridad moral- en el top ten mundial.
Este colocar el trineo por delante de los perros es un planteo teórico que agrada a muchísima gente. Personas que se dicen dispuestas a compartir todo lo necesario -a través de los impuestos- para que nuestra sociedad crezca en forma pareja, aún sacrificando velocidad si esta implicase desigualdad. Mujeres y hombres a los que les gusta verse como solidarios, éticos y que en virtud de ello votan izquierdas como la de Binner sin dejarse arrastrar por el egoísmo.

Resulta innegable el “éxito de ventas” emocional de esta presentación, y razonamientos de similar calibre fundamentan el atractivo del progresismo en general. En verdad, el arco partidario entero se encuentra transversalmente penetrado de esta amable, condescendiente visión del progreso.

Pero la solidaridad, la ética, el problema del egoísmo, los impuestos y la igualdad son otra cosa.

En primer lugar porque la misma noción de una solidaridad coactiva (por medio de impuestos) contradice la naturaleza intrínseca del acto solidario, voluntario por definición.
Llamando a las cosas por su nombre, esa “política solidaria” es en la práctica algo así como “quito por la fuerza, me quedo y reparto a discreción para seguir tapando parte del actual desastre de pobreza y decadencia ética, causado por la incompetencia de mi modelo populista. Si no puedo atraer capitales para crecer en serio, al menos distribuyo todo lo que pueda aspirarse hoy, aunque signifique hambre por falta de inversión para mañana”.

En todo caso, los votantes de esta vasta coincidencia transversal deberían renunciar al robo oficial que apadrinan sobre aquellos contribuyentes que no están de acuerdo con seguir alimentando las arcas de un sistema de auxilios que consideran ineficaz, mediante dineros restados a la producción y al trabajo real.
Sistema social-fascista que mostró ya desde el vamos su ineptitud para construir una Argentina potencia, siendo historia infalseable que en 1945 nuestro país era la potencia de Latinoamérica, acreedor del Primer Mundo, que el Banco Central rebosaba de oro y que la opinión pública global nos ubicaba como destinados a sentarnos en la mesa de las grandes decisiones. Y que a la caída de su primer régimen, en 1955, nos habíamos transformado en la nación que aún hoy somos: quebrada, deudora, de dirigencia ignorante, mal educada y soberbia. Sin crédito, futuro ni prestigio y superada hasta por sus vecinos sudamericanos.

Renunciar al robo y a todo puño amenazante sobre gente pacífica, por ejemplo, apoyando que aquella parte de impuestos afectada a la solidaridad forzada sea reintegrada a quienes expresen su voluntad de usar ese dinero en reinversiones productivas o iniciativas particulares de ayuda, que generen solidaridad evolucionada a través de empleos y oportunidades diversas, priorizando la dignidad del esfuerzo por sobre la limosna. Como podría ser dedicarlo a sus emprendimientos, viviendas, indumentaria, vehículos, turismo, cultura y otras necesidades vitales que demanden mano de obra real, innovación, integración globalizada de proveedores y en definitiva, rápida creación aumentada de riqueza social.
La tecnología informática actual lo hace posible, desde luego, con la simple instrumentación de una tarjeta tributaria o el acceso electrónico al manejo de la propia cuenta impositiva, con algún retrocontrol interactivo de la autoridad de cobro, por caso.

Línea de razón que nos conduce, en segundo lugar, a la mentira de la bella afirmación de estar dispuestos a apoyar tributariamente la solidaridad forzada: la misma inmensa mayoría transversal que simpatizó con esta idea en la última votación, sería la primera en atropellarse en presentaciones de acogimiento a tales exenciones. Querrían menos voracidad fiscal sobre su gasoil, sus cigarrillos, sus alimentos, su electricidad, su agua y su gas. Menos impuestos bancarios, menos ABL, menos IVA encareciéndolo todo o menos retenciones a quienes compran y producen desde el interior, entre muchas otras cargas paralizantes. ¿O no son argentinos modelo 2011, acaso? Sería de estricta justicia y nadie objetaría, claro, que los aportes de quienes sí deseen seguir pagando estos niveles de imposición sean destinados a los planes sociales digitados por el gobierno clientelar de turno.

Como bien reza el lema del poco conocido (pero muy argentino) Partido Liberal Libertario “tienes derecho a escoger líderes para ti pero no tienes derecho a imponer dictadores a otros”.

Más allá de la gradualidad o de la obvia comprensión de muchas situaciones puntuales de real emergencia, se trata de distintas maneras de entender el vocablo “ayudar”, abriendo paso aquí también a la tan declamada como poco asumida no violencia.
Ya que ética también significa renuncia a la violencia como forma de lograr nuestros objetivos, además del apoyo a la cultura del trabajo y del respeto a lo honradamente obtenido por otros.

Y en tercer lugar, quienes así han sufragado no deben perder de vista que estar dispuestos a “sacrificar velocidad de crecimiento si implica desigualdad”, también significa condenar a los 10 chicos por día que en nuestro país mueren por desnutrición, a seguir muriendo durante cada día, mes y año siguientes. O significa condenar a otras 15 personas por día que mueren en accidentes por nuestra injustificable falta de autopistas, por dar sólo dos ejemplos entre muchos. Significa ser cómplices de estos crímenes y aceptar sobre sus espaldas la responsabilidad de haber reelegido a estatistas para que insistan, una y otra vez, con sus recetas mil veces fracasadas.

3.600 niños y 5.500 automovilistas por año, más todos los adultos obligados a soportar sin necesidad situaciones de indigencia que amargan y acortan sus vidas, marcan también el verdadero rostro del egoísmo sin límites de gente que gusta considerarse socialmente sensible y que puede darse el lujo de esperar disfrutando del actual festival de subsidios y corrupción intervencionista, mientras condena a muerte a indefensos (por edad o por ignorancia) que no pueden hacerlo.
Este tipo de barbarie debería ser considerada crimen de lesa patria y sus responsables, ser duramente castigados/as por la Justicia y por la Historia.

Entonces y de una buena vez ¡bienvenida la desigualdad, carajo! Porque es el ojo de la aguja por donde hay que pasar, ineludiblemente, para llevar un enérgico, decidido, sustentable bienestar a desamparados y desprotegidos.
Desde luego las sociedades más ricas (con menos pobres), donde proliferan las fundaciones y donaciones voluntarias, son las que tienen mayores y más constructivas solidaridades per cápita para los realmente necesitados.

Si fuésemos un poco menos envidiosos, vengativos y egoístas nos molestarían la pobreza fabricada por el populismo y la vagancia viciosa que le es inherente, no las diferencias.
Son las diferencias las que energizan el esfuerzo creativo que sumará a la riqueza del conjunto. Mientras que el igualitarismo de mérito que aplana y desanima por las vías del saqueo impositivo y reglamentario… es el cáncer que está devorando los huesos de nuestra Argentina.

Pequeño Análisis Nocturno

Agosto 2011

Con acuerdo al resultado de la “superencuesta” de este mes, la mitad del 75,5 % de los ciudadanos habilitados a votar apoyan la idea de otro período presidencial para C. F. de Kirchner.

A grandes trazos y refiriéndonos al apoyo a candidatos presidenciales, la realidad es como sigue: sobre un padrón nacional de 28.853.000 personas, emitieron su voto 21.757.000 (el 75,5 %) de las cuales 777.000 lo hicieron en blanco.
La mitad de los 20.980.000 que eligieron en forma positiva un candidato -10.490.000 ciudadanos- optaron por la Sra. de Kirchner. Eso representa algo más del 36 % de todos los adultos autorizados a votar, teniendo en cuenta que unas 7.000.000 de personas decidieron no presentarse.

Aún suponiendo un alto número de impedidos, viajeros (los residentes en el extranjero no integran el padrón) y fallecidos de última hora, son muchos ciudadanos. Que deben sumarse a los que concurrieron pero votaron en blanco y a quienes anularon intencionalmente su voto. Toda gente que viene demostrando a las claras su desinterés por la cosa pública, su descreimiento para con la dirigencia política, su negativa a avalar semejante representación y en última instancia, su opinión antisistema.
Si nuestra democracia fuese democrática, ese porcentaje de bancas y cargos debería quedar vacante (que “se vayan todos”, literalmente y aunque sea por partes), ahorrando al país los correspondientes gastos no avalados.

Así las cosas, la opinión explícita del 36 % de los adultos ha sido clara: avalaron el presente autoritarismo de fuerte tendencia anti republicana, la violación de la letra y el espíritu -protectores de la propiedad y la libertad- del único pacto social que todavía nos une (la Constitución de 1853) y el enriquecimiento ilícito de funcionarios, “empresarios” amigos, sindicalistas, operadores políticos, Madres, Abuelas, Hijos, Cuñados, Secretarios y otros corruptos exitosos a quienes salvaron por ahora de enfrentar a un Poder Judicial serio y a un Servicio Penitenciario adecuadamente motivado.
Avalaron el robo liso y llano a las AFJP, el manejo sucio de los 500 millones de Santa Cruz, el saqueo de las jubilaciones futuras a la Anses, el uso de las reservas del Banco Central para gastos políticos y la enorme emisión inflacionaria de billetes.
Avalaron el crecimiento del más antidemocrático clientelismo extorsivo, el duro sometimiento de las autonomías federales ahogo/premio financiero mediante y el brutal silenciamiento de pluralismo y denuncias cívicas con la Ley de Medios (Ley Mordaza) en conveniente “tenaza” con la anulación de los contralores institucionales.
Avalaron más Estado deficitario con Justicia genuflexa y una mayor “redistribución” a través de más impuestos, en especial de las retenciones a la renta del complejo agro industrial. Aún sabiendo que el fondo duro y profundo de la palabra redistribuir se encuentra en el tándem inversión – producción eficiente – exportación – buenos empleos y no en el tándem igualitarismo sin mérito – resentimiento – dádiva del capo – promoción de desgracia ajena.

Y cubriendo todo ello con un manto de impunidad, avalaron de manera totalmente irresponsable el presente atajo ficticio de la “fiesta” de subsidios y consumo. Aún sabiendo que cuando implosione víctima de sus evidentes errores, la cuenta indexada y el lucro cesante se harán extensivos hasta nuestros hijos y nietos (no solo los suyos) durante muchos años.

Es sólo un pequeño análisis nocturno a la estadística de este verdadero voto delincuente de casi 4 de cada 10 argentinos habilitados, que puede traducirse en: “la democracia republicana, representativa y federal que marca la Constitución nos importa un bledo. Sólo nos sirve de ella el acto eleccionario, reuniendo como sea la mayoría necesaria para ahorcarla de una buena vez y con su propia soga, porque nos recuerda nuestra propia incapacidad”.

Al cabo una “fiesta de consumo” muy escasa y relativa, por cierto, que remarca la imperiosa necesidad de arremangarse para generar una alternativa diferente, efectiva, inspiradora. Realista y terrenal.
Porque si todos estos avalistas de iniquidades hicieron lo suyo por simple conveniencia circunstancial, como quien elige un par de zapatillas de la góndola en base a precio-rendimiento, queda claro que el camino es aceptarlo y ofrecerle al votante lo que desea: una opción más rendidora.
Más utilitaria. De apariencia novedosa, brillante, más efectiva para el llenado de sus bolsillos y para el rápido disfrute de un nivel muy superior de consumo.

Los capitalistas liberal libertarios sabemos que detrás de nuestra máxima menos Estado, más Sociedad no sólo se alinean una mayor igualdad de oportunidades, cultura del trabajo, justicia, solidaridad y corrección ética. También se alinea el más grande y veloz poder creador de riqueza social que existe: el que generan la libertad y la no violencia.

Malditos Impuestos

Agosto 2011

Existe en la opinión pública argentina una seria confusión en relación al tema -fundamental- de la pobreza, la riqueza y su distribución. Un malentendido fogoneado por pocos pero muy politizados beneficiarios, que empieza perjudicando a los menos instruidos y de menores ingresos para afectar luego, fatalmente, a todo el resto de la sociedad.
Tal confusión podría empezar a despejarse en favor de las mayorías, poniendo coto a estos beneficios mal habidos, si centramos el razonamiento básico en uno de los principales factores que atentan contra la tan deseada distribución de la riqueza, cual es la presión tributaria.

Cuando un empresario (podría ser un comerciante de calzado, una productora rural, un prestador de servicios de limpieza a oficinas, un fabricante de colchones o la propietaria de una academia de inglés) pierde 10 billetes de 100 pesos por cada $ 1.000 perdidos pero el fisco sólo le permite quedarse con 660 pesos (con suerte) por cada $ 1.000 ganados o cuando no puede resarcirse correctamente en años de vacas gordas de la descapitalización sufrida durante años de vacas flacas, su actividad de negocios y su racionalidad (u optimismo de largo plazo) a la hora de reinvertir, quedan afectadas.
Ese empresario no aumentará su actividad ni demandará mano de obra en la proporción en que podría hacerlo, mientras que sus decisiones de inversión tenderán a hacerse menos cuantiosas y más conservadoras. Actualización tecnológica y renovación de infraestructura serán aplazadas tanto como sea posible, al tiempo que potenciales nuevos empresarios decidirán no iniciarse en esa actividad de riesgo.

Como ha estado sucediendo en nuestra nación, el dinero (externo o interno) disponible para la producción disminuye cuando se presume expuesto a exacción fiscal elevada aún antes de generar ganancia o siquiera acumularse bajo la forma de ahorro. La mayor parte de esa intención inversora muere nonata sin que los ciudadanos electores se enteren y la que ya está produciendo, se ve desalentada de emprender nuevas actividades.

Como consecuencia inevitable de mediano y largo plazo, con el mantenimiento de este modelo se negó a la población la posibilidad de hacerse de productos y servicios más baratos (por abundantes) y mejores (por competitivos) con lo que los salarios efectivos perdieron poder absoluto de compra por cada día de permanencia en el sistema.
También se negó a la población la posibilidad de exportar más excedentes productivos, impidiendo en forma artera el nacimiento de cadenas regionales enteras de fabricación e intercambio, que hubiesen aportado enormemente al desarrollo social.
Las caídas de nivel de empleo y de capacidad adquisitiva que el gobierno deseaba evitar o revertir a través de intervenciones impositivas, quedaron potenciadas y el país entero como sistema interdependiente terminó bajando un escalón tras otro en el ranking de las naciones y de su ingreso comparativo per cápita.

No debemos dejarnos confundir: la redistribución de la renta “de ricos a pobres” que por ese medio pretenden lograr todos quienes adscriben al amplio campo de la izquierda obtiene, siempre y sin excepción, un efecto inverso al buscado.
El resultado final es un inmenso lucro cesante oculto de efecto geométricamente acumulativo y que aplana la actividad creadora del complejo laboral. Una bola de nieve que avanza deslizando todo sueño de gran potencia y de verdadera inclusión social por el retrete de la historia, en línea con otras naciones regidas por letales payasos socialistas como Tanzania, Corea del Norte o Venezuela.

La receta estatista para sortear estos “inconvenientes” ha sido la institución del subsidio. Un deporte nacional (o ilusionismo financiero) que permite ganar tiempo hasta la siguiente elección, consistente en hacer funcionar a fuerza de inyección dineraria, situaciones de bonanza ficticia que de otro modo quedarían engranadas o estallarían por inviables.
Claro que el dinero necesario para subsidiar se obtiene de la combinación de más impuestos, más deuda y más emisión siendo esta última fuente, en realidad, redundante con la primera ya que la impresión de más billetes significa inflación, por definición el “impuesto al pobre”. Como se ve, neto deslizamiento de fichas dentro del mismo tablero y corset reglamentario que sólo acelera la espiral descendente del conjunto, descripta más arriba.
No hay magia en la herramienta económica; sólo fría lógica con crecimiento racional (que puede ser muy grande) o engaño y robo por interpósito idiota útil ignorante.

Puede que impuestos altos, progresivos, ideológicos (como el de la herencia) o discriminatorios de las manifestaciones de riqueza satisfagan ciertas pasiones de gran vileza como la envidia, el deseo de desgracia ajena y el igualitarismo sin mérito pero siempre resultan en cruel -e inútil- prolongación de miseria sobre los más necesitados.

El apoyo electoral a estas bajezas atrae al rayo de su propio castigo: está más que comprobado que la utopía fiscalista del “Estado Benefactor” sólo “distribuye” riqueza cierta a algunos funcionarios corruptos, empresarios o sindicalistas mafiosos y operadores políticos cercanos al poder a expensas de millones de oportunidades nonatas potencialmente generadoras de trabajo, autoestima, progreso y dinero real para la gente común.

Para distribuir en serio se necesitarían ingresos fiscales mucho mayores y con tendencia sostenida al crecimiento real. Cosa que se conseguiría incorporando cientos de miles (o millones) de nuevos contribuyentes al sistema: emprendimientos comerciales y mayor capacidad contributiva individual de más personas. Cosa que presupone condiciones atractivas de ganancia legal y facilidad de negocio (generalización del business friendly), mejores que en otras partes. Condiciones cuyo primer y más importante paso consiste en frenar el obtuso impositivismo vigente. Algo tan básico como que el ingreso de muchos más sujetos pagando, compensaría con creces la rebaja de las alícuotas (o la derogación de los actuales impuestos) anti inversión. Y porque a mayor audacia en la rebaja, más capitales se orientarían hacia aquí incorporándose a la producción.

Con la aplicación de tal sentido común, la bonanza de nuestra gente tendería a ser tal que haría casi innecesaria la asistencia estatal, posibilitando así una aún menor presión tributaria. Acción que vendría a potenciar el círculo virtuoso de condiciones capitalistas para todos, inversión multiplicada y empleos bien remunerados.

Ese círculo es lo que un verdadero estadista consideraría “redistribución”. Porque coloca al empresario en la más dura competencia con sus pares y al asalariado en la posición estrella de poder armar su destino en un mercado de alta demanda laboral.

Entrada Libre y Gratuita

Agosto 2011

No existe hoy en el mundo, un Estado cuyas políticas no se hallen influidas por el más común bloqueo mental de nuestro tiempo. Aquel que lleva al gobernante a creer que sus intervenciones legales y económicas pueden servir al país, mientras considera sus resultados sobre cierto grupo “en problemas” (casi siempre es un grupo, un sector, una parcialidad) sin meditar en profundidad qué consecuencias producirán esas intervenciones a largo plazo, con sus posibles derivaciones y efectos cascada, no sólo sobre ese grupo sino sobre toda la comunidad. Las consecuencias inmediatamente visibles no son, desde luego, todas las consecuencias. Sólo son las “políticamente correctas”; las de corto aliento; convenientes, si, para el voto y el bolsillo del funcionario y sus amigos pero casi siempre de suma negativa para la nación como un todo interdependiente.

Es necesario para la presidente, para el legislador o para el juez de la Corte calar mucho más hondo si pretenden sostener la ficción de ser verdaderos estadistas que conducen al conjunto social hacia un bienestar superior. Condición intelectual y ética, ésta última, ausente en nuestro bello país desde hace al menos siete décadas.

A colación de las recientes invectivas del inspirado músico Fito Páez contra los votantes capitalinos (que hablan más de su persona y de su nivel de inteligencia que de sus insultados), nos parece oportuno levantar un tanto el velo de lo que ocurre en relación a intérpretes que se especializan en morder la mano de quien les da de comer.

Resultan comunes en nuestro país los grandes recitales públicos de cualquier clase, profusamente publicitados como de “entrada libre y gratuita”. Los artistas contratados -o comprados- cobran su cachet, abonado desde alguno de los 3 niveles de gobierno (nacional, provincial o municipal), con arreglo cierto a las necesidades del calendario electoral.
Los funcionarios a cargo de los respectivos Ejecutivos se presentan, así, brindando en forma personal y magnánima a determinada cantidad de individuos (el “grupo” del que hablábamos al principio) la posibilidad de asistir, invitados, a estos eventos.

Destinado a cultivar un sentimiento de lealtad y agradecimiento al líder -o al führer o capo, en nuestros regímenes mafiosos- este “sobrecito” artístico es sólo una entre muchas otras prácticas coimeras conocidas en general como clientelismo. Pero sucede que los beneficios que recibe la gente no son “regalo del líder”, en verdad, sino una mini devolución sobre las bestiales sumas que previamente el líder les quita.
Tan bestiales como que en nuestro país, la carga impositiva sobre los que cobran un sueldo es de alrededor del 50 % de sus ingresos contando IVA, impuestos provinciales y municipales e impuestos al mismísimo trabajo. Sin contar los demás tributos implícitos en cada cosa que cualquier miembro de la familia del asalariado compra. Sumas que representan gran parte del precio de aquello que está adquiriendo, desde gasoil a una lata de arvejas pasando por la cuota del lavarropas. Cosas que costarían mucho menos si decidiéramos abolir esas cargas, “aumentando” así en forma muy importante los haberes generales.

Esos mismos billetes tan duramente ganados y entregados son despilfarrados (esterilizados) a vista de todos, en corruptelas como la de las valijas de Antonini a cambio de deuda externa más cara, en Madres delincuentes, en inútiles y concurridos periplos de 5 estrellas, en cuentas numeradas del exterior o en “untar” magistrados y senadores que sostengan -como sea- el statu quo.
E innúmeras dádivas filo-mafiosas como la del “fútbol para todos”, la de la publicidad oficial o la de… financiar recitales.

Si nos abstenemos de usar cerebro, ética y experiencia histórica para suponer, por un momento, que la mejor manera de promover el bienestar general es a través de la exacción impositiva, deberemos tener presentes un par de cosas. En el uso de nuestro (siempre escaso) dinero en cosas tales como los recitales de Fito Páez, Teresa Parodi o Ignacio Copani, los políticos se florean eligiéndole un destino (el clientelismo musical, por caso) a expensas de otro. Como podría ser el fomento a la creación de nuevo empleo a través de incentivos que multipliquen la inversión productiva, por medio de desgravaciones sobre impuestos como Ganancias, Bienes Personales, Cheque o Ingresos Brutos. Desgravar es parecido, aunque obviamente mucho más eficiente (y elevador de estima) que reintegrar o subvencionar, que son sus variantes dirigistas en este gran negocio de elegir en nombre del pueblo el destino de dineros previamente expropiados.
Acciones estatales como los festivales, que podrían haber sido realizadas (sin costo impositivo) por iniciativa privada, además, prostituyen y quitan trabajo multiplicador de empleos genuinos a emprendedores, generando el consiguiente lucro cesante social.
El tiro de gracia termina dándolo la propia naturaleza humana a través del comportamiento comprobado durante cientos de años, en la falacia de este negocio de la coacción llamado Estado, donde el funcionario imbuido con tal poder de decisión siempre acaba llevando agua económica para su molino particular, grupal o ideológico; tarde, mal o nunca para el molino de todos.

Prácticas que, por otro lado, van atornillando el letrero de Gran Década Infame, a la que venimos transitando desde el 2003 caracterizada (en versión corregida y aumentada con respecto a la empequeñecida década infame del pasado) como entonces, por la compra, soborno y manipulación de votantes.

Lo correcto, lo impensable para la mentalidad social-estatista que nos frena sería dotar de verdadero poder económico al común de la gente, propiciando una sociedad de propietarios en lugar de la actual sociedad de mendigos subsidiados.

Accediendo a respeto social, autoestima alta y bolsillos bien provistos todos podrían pagar la entrada a los recitales de su preferencia, entre muchas otras libre-elecciones de compra.
Comunidad de propietarios y libertad real de elección que, demás está decirlo, sólo puede brindarnos un capitalismo avanzado, sin lugar para envidias estúpidas ni temores retrógrados.

Ciudad-Estado y Secesión

Julio 2011

Más allá del panorama nacional, con oficialismo y oposición mayoritaria batallando por detalles de forma pero coincidiendo de fondo en planteos estatistas (frenadores de la libre empresa, fiscalistas, intervencionistas), podemos levantar la mirada hacia el horizonte y observar qué sucede en otras partes. Qué experiencias viven ciertos grupos humanos inteligentes, adelantándose al futuro y disfrutándolo ya.

Podríamos capitalizar el ejemplo de Ciudades-Estado o mini países de existencia real y que funcionan aceptablemente bien.
Luxemburgo, Singapur, Mónaco, Andorra, San Marino, Liechtenstein o las originales ciudades capitalistas de China como Hong Kong o Macao entre otros enclaves independientes donde se aplican ideas económicas de gran libertad, son sitios que figuran al tope de los rankings de ingreso per cápita y nivel de vida general, a pesar de tener algunas de las más altas densidades demográficas del planeta y carecer, casi, de recursos naturales.
El glamoroso Mónaco, por ejemplo, es el 2° país más pequeño del mundo… y el que soporta el récord de habitantes por kilómetro cuadrado. Luxemburgo, con sólo 2.586 Km2 y con una población de 480.000, es el país con la mayor renta per cápita del mundo con unos 84.000 dólares promedio por habitante y por año.
Topes tributarios del 18 % como el de Liechtenstein (con similar nivel de ingresos por persona) son, por cierto, factores clave en orden al logro del elevado bienestar del que disfruta su gente.

Recordemos que nuestra inmensa, rica y potencialmente muy poderosa Argentina, a gatas nos asegura hoy un ingreso medio de algo más de 14.500 dólares, con el 50 % de la ciudadanía en la pobreza o al borde de ella… y una agresión impositiva que, sobrepasando el 34 %, se ubica entre las peores del orbe.

Los más perspicaces futurólogos y analistas coinciden: la tendencia mundial hacia el aumento de población, poder e influencia económica de mega-urbes, como las que hoy pueden verse en países como Brasil, India, Estados Unidos, Japón o México está conduciendo a igualmente crecientes pretensiones de autogestión política, a todo nivel.
Sus “ricas” poblaciones presionarán de manera gradual en el mismo sentido a quienes las dirigen, por no subsidiar obligadamente con sus impuestos a regiones distantes, menos pobladas y/o más pobres con las que no se identifican.
Y a mediano o largo plazo (dentro de este mismo siglo), la autonomía económica con percepción de mejora conducirá a muchas de ellas a la lisa y llana independencia.
Tras el ejemplo de casos reales y exitosos como los mencionados más arriba y avanzando por voluntad localista hacia gestiones graduales de secesión, nacerán nuevas Ciudades-Estado.

Forzando un poco la imaginación, podríamos visualizar también a Buenos Aires como candidata a eyectarse al real power de la libertad y a M. Macri (o quien sea) rompiendo las cadenas del obsoleto populismo, que hoy la ahorca desde adentro (el gobierno central) y desde afuera (la provincia).

El mundo rebosa de capitales en busca de refugio donde invertirse con seguridad jurídica, poca imposición y libertad económica. ¿Qué impediría a una Buenos Aires independiente brindárselo? ¿Qué le impediría ser un poderoso centro financiero internacional, orgulloso paraíso fiscal y sede de cientos (o miles) de mega y micro empresas? ¿Por qué no tener bajo su protección, por caso, a competitivas multinacionales farmacéuticas, educativas, de vanguardia cultural, de ultramoderna seguridad y defensa privadas, de investigación biotecnológica, de robótica, de multimedios globales o de nuevos servicios computarizados?

A más libertades, más dinero fluyendo y más emprendedores aterrizando para crear en poco tiempo un impresionante círculo de enriquecimiento virtuoso. Un paradigma que los liberal-libertarios pretendemos extrapolar exponencialmente hacia adelante, sin temor al crecimiento ni a la innovación.

Nos atreveríamos incluso a pronosticar que, con un entorno así, la migración interna desde la “zona socialista” del subsidio, la complicación comercial y el impuestazo resultaría demoledora, como ejemplo vivo del “voto con los pies”.
El gobernador D. Scioli (o el censor G. Mariotto, o quien sea)… ¡terminaría levantando un nuevo muro de Berlín con guardias armados sobre el perímetro de la ciudad!
Desde luego, el triunfo de la persuasión sobre la fuerza será siempre el signo de una sociedad civilizada y nadie debería a esta altura dudar de que lo que no logra el garrote totalitario, lo consigue el incentivo voluntario.

Una sola zona franca liberada donde ondee la bandera libertaria de la no violencia y el “permiso” para progresar (y ayudar) sin estúpidas sobrecargas, donde imperen las normas del contraterrorismo de Estado fiscal, obraría de ejemplo a imitar en otras jurisdicciones opresoras. Entendiendo que la verdadera patria y la verdadera democracia son aquellas que sirven a la prosperidad y a la libertad de elección de su gente. Y que lo demás es solo cháchara interesada. Porque hay quienes sienten al patriotismo con profundidad suficiente como para encarar la tarea de hacer que la Argentina, aún por partes, sea más poderosa que Gran Bretaña, Japón o Canadá y, porqué no, que la renta per cápita de nuestro pueblo sea mayor que la de Luxemburgo.

Las mentes agarrotadas de la mayoría de nuestros compatriotas mayores no dejan mucho lugar, hoy día, al optimismo pero cabe la esperanza de que jóvenes inteligentes y de visión vanguardista introduzcan entre sus pares los vibrantes ideales de la libertad.
Los estudiantes rebeldes que toman colegios, los universitarios que promueven asambleas anti autoridad, los jóvenes piqueteros desempleados que cortan avenidas y puentes pidiendo ser oídos, los rockeros de letras contestatarias o los adolescentes “zombies” sin curiosidad por el porvenir presentan, todos ellos, oídos ávidos a un mensaje como el planteado, verdaderamente revolucionario. ¡Subversivo! Necesitado de idealismo y de corazones valientes pero esta vez, para hacer el bien con no-violencia y bienestar.

Levantando la Mirada

Julio 2011

Suman muchos millones los argentinos que no se conforman con la mera supervivencia en un mal sistema. Pateador serial de problemas que inevitablemente se agrandarán con el tiempo. Como viene sucediendo una y otra vez desde hace 66 años, por lo menos, mientras alimentamos villas miseria cerrando la economía con cargo a nuestra producción eficiente. “Piolada” argentina que nos llevó al espectacular retroceso-país en la tabla de posiciones, con cargo… a los sectores más vulnerables.
Son muchos los argentinos hartos de hartazgo absoluto. Hartos de pobreza-por-palos-en-la-rueda y dispuestos a cambios que, a la vista de lo actual, podrían definirse como revolucionarios.

Pero daría igual si fuese una sola persona la que se plantara frente al Leviatán para hacerle saber que su gobierno, su legislatura y sus jueces no la representan, que no los votó y que no les reconoce autoridad alguna sobre sí, moral ni electiva. Que no está de acuerdo en financiar a Madres comunistas amigas de lo ajeno, dádivas y fútbol a parásitos sociales o educación basura que siga inculcando polvorientos antivalores, cien veces fracasados.
Una sola mujer u hombre valiente, de pie y con voz tonante para hacerle saber al Estado que sólo accede a entregar sus tributos, propios de esclavo, para evitar las represalias que funcionarios opresores harían caer sobre él y su familia. Que no desea ser cómplice de las improvisaciones de un dirigismo resentido promoviendo más desocupación, miseria y delincuencia. Que tampoco quiere ser partícipe de posiciones diplomáticas tan estúpidas como mendaces ni apañar a sindicatos minados de mafiosos.
Y que se siente parte de una vasta resistencia silenciosa que abomina de la marea de corrupción que nos cubre y del populismo talibán que avanza con los imberbes fisco-terroristas de La Cámpora y con forzadores profesionales de la talla de C. Zanini, H. Verbitsky, D. Conti, R. Feletti o C. Kunkel, entre tantos otros.

La única forma civilizada de superar el suicida afán por los bienes del prójimo promovido por el culto oficial del parasitismo y de la envidia que emponzoñan la sociedad, es tomar como norma en todos y cada uno de los casos de interacción social el áureo principio de lo voluntario primando sobre lo coactivo.
No es algo imposible: como dijo Henry Ford antes de inventar el automóvil para todos, “imposible significa que aún no has encontrado la forma adecuada de hacerlo” agregando a continuación que “si a principios del siglo XX le hubiésemos preguntado a la gente qué cosa necesitaba, sólo hubieran respondido: un caballo mejor”.
Hoy responderían “una democracia política mejor”.

Es bien sabido desde la época de los reyes absolutos que los tributos son simples exacciones coactivas, no consentidas. Es decir, liso y llano robo por parte de la corona. Y que la única diferencia entre un ladrón y un recaudador de impuestos es que el segundo opera con una maquinaria monopólica de fuerza armada apoyándolo.
También es bien sabido que los actuales regímenes democráticos legitiman la continuidad de estas exacciones en el aval de una mayoría relativa de legisladores, avalados a su vez por el voto de una mayoría relativa del pueblo. Pueblo que quedaría obligado a pagar el “contrato” tributario así suscripto.

Aunque cualquier chico de 7 años sabe, a su vez, que esos mismos mandantes (el pueblo) desautorizarían en los hechos, en el acto y en bloque a sus mandatarios (los legisladores), si se diera el caso en que el gobierno decidiera dejar de apoyar la pistola en la espalda de los ciudadanos para efectivizar dicho cobro (despenalizando el “delito” de evasión impositiva, por ejemplo). Muy pocos pagarían, avalando los gastos de sus funcionarios.
La inmensa mayoría optaría por no hacerlo, sin importar sus consecuencias. Y estarían en absoluta y justa razón, en provocar que se vayan todos. En constatar (esta vez en verdadera libertad) aquello de vox populi vox dei.

El ruido de rotas cadenas, sin embargo, deberá esperar a que principie el fin de nuestra era del simio.

Sobrevivimos en un sistema podrido desde su misma base ya que es esta financiación tributaria -ilegítima por coercitiva- la que provee al gobernante de turno de fondos virtualmente ilimitados, con los que comprar votaciones populares, legisladores, pan, circo y jueces, trocando en inútil floreo dialéctico al delicado mecanismo teórico de los contrapesos republicanos.

Fondos que solventan un aquelarre de marionetas y fantoches, danzando al compás de las carcajadas de gobernantes amorales que tironean de los hilos mientras se hacen millonarios. Dando acabada forma a esta Argentina 2011 en la que, al decir de otro pensador, el español Francisco de Quevedo (1580-1645): “donde no hay justicia es peligroso tener razón ya que los imbéciles son mayoría”.

Desde luego y siendo que aún no fue derogado el precepto moral que enseña que el fin no justifica los medios, no existe argumentación alguna que pueda legitimar esta violencia pseudo legal sobre gente pacífica y honesta, imponiéndoles solidaridades forzadas como solución a las situaciones de miseria creadas y nutridas por las imbecilidades económicas (y éticas) aplicadas por los propios violentadores.

En verdad pagar impuestos es, en nuestro sistema, contribuir al fortalecimiento de la mafia estatal avalando el forzamiento sistemático como norma de organización social.
Arriando el ideal de una república de personas libres y protegidas, en capacidad de decidir su destino y el de sus hijos. Pero sin abandonar nuestro deber cívico de reflexión sin tabúes y de docencia socio-familiar en los valores de la no violencia que, donde fueron (en alguna medida) aplicados, siempre demostraron su fantástico poder benéfico a todo nivel.

Un Faro de Esperanza

Junio 2011

Cabal exponente de las peores facetas de su tradición clientelar, el presente ciclo peronista consiguió revivir del letargo la vieja tendencia argentina hacia la división.
Lejos de gobernar para todos trabajando por la unidad social con mutuas libre-conveniencias basadas en el esfuerzo integrado inteligente, los Kirchner y sus laderos buscaron y hallaron los medios para inyectar combustible pesado a la fragua -siempre latente- de nuestra desunión.

No es materia de la presente nota discurrir acerca de este “uso del enfrentamiento” modelo 2011, sus motivaciones reales, la categorización ética de las personas ahora alineadas en uno u otro bando ni la descripción del odio (y fuertes deseos de la más violenta acción directa), enquistados en mentes y corazones a ambos lados del abismo. Todo compatriota conoce la realidad de la partición nacional y está pronto a defender, vomitando más que explicando y desde sus entrañas, su visión económica de estos planteos.

La construcción pasa, en este caso, por preguntarnos desde una vereda opositora (aunque superadora) cómo neutralizar tanto rechazo fratricida.

De qué manera frenar la corrosiva permisividad cultural que existe hacia acciones o ideas de gobierno claramente ladronas, en un todo contrarias al espíritu de nuestro pacto constitucional. Ese que impide desde 1853 un retorno a iniciativas de secesión o guerra civil.
Cómo revertir el claro ambiente anti-empresa y anti-inversión que refuerza a diario nuestro propio “muro de Berlín”. Verdadera pared bloqueadora de oportunidades avalada si no de forma sí de fondo, por todo centroizquierdista sufragante.

Cómo evitar, en última instancia, el desarrollo y avance de otra ultraderecha fascista y vengativa, que sea percibida por millones de indignados como único contra-péndulo posible a un totalitarismo -creciente- en los 3 Poderes, tergiversador y destituyente de casi todos los derechos fundacionales de nuestra nacionalidad. Empezando por los derechos que protegen al patrimonio de las personas frente a las extorsiones del terrorismo de Estado fiscal, auténtica piedra basal de nuestro declive.

La respuesta a cómo lograrlo y cómo dar con la fórmula para que los argentinos reescalemos posiciones, poniendo “en su sitio” al más de medio centenar de países que nos superaron durante los últimos 70 años no se encuentra, está claro, entre lo hoy políticamente correcto o factible.
No existen soluciones reales de centro, de izquierda moderada, de manu militari o siquiera de derecha conservadora para la partición nacional. Para el enfrentamiento mortal entre aquellos que apoyan a repartidores de dádivas con dinero ajeno y efecto derrame hacia Ferraris, yates, hoteles o aviones y los que apoyan el respeto al capital y al trabajo con efecto derrame hacia los laboriosos que se lo ganen.

La única cura real y definitiva para este desangre esterilizador está en la gradual adopción del cuerpo de ideas más avanzado y superador que existe: el sistema liberal libertario.

Consideremos que, dentro de una institucionalidad podrida, la voz multiplicada de unos pocos y enérgicos representantes de este joven let it be (déjalo ser) económico-social, provocaría otro tipo de efecto derrame: el del fantástico poder inspirador de aquellas ideas fuertes y claras que propulsan sin miedo la abundancia material, calzada en la ética de un absoluto respeto al prójimo y a sus iniciativas innovadoras en el marco de una democracia “permitidora”, de grandes libertades personales.
Sería apostar a adelantarnos por segunda vez al futuro y a otras sociedades ya que si bien existen partidos libertarios en el mundo, ninguno llegó aún al poder del Estado para empezar a desmontar su aterradora capacidad coactiva de daño económico y cohecho. Capacidad ejercida, justamente, a través de la restricción de nuestras libertades comerciales para encadenarnos a su mafia.

Todo lo libertario es solución definitiva al odio y la desunión. Porque en la exacta medida en que empecemos a sacudirnos las leyes-basura impositivo reglamentarias del Estado-ladrón, empezarán a inundarnos los hoy esquivos capitales de inversión, las innovaciones jurídicas y tecnológicas, los emprendedores empresariales, los educadores de vanguardia y la súper infraestructura que necesitamos a todo orden, sin cargo alguno a nuestros impuestos. Creando, a igual velocidad, nuevo empleo y bienestar traducidos en dinero sólido (no en papel pintado inflacionario) en el bolsillo de cada ciudadano que se proponga ascender por su propio esfuerzo. Sin robar al vecino y a sus planes de mejora, por interpósito funcionario de la Afip.
Con impuestos en baja en esta nueva cultura tributaria (la de atraer capitales) y mayor ingreso real en las familias por trabajos creativos en oferta creciente, se esfumarían 9 de cada 10 razones para detenerse en el tiempo culpando a otro argentino, desde la insatisfacción de nuestro septuagenario juego de suma cero.

Aún una sola voz coherente, poderosa y amplificada dentro de esta cleptocracia en descomposición, podría hacer la diferencia despertando conciencias. Acelerando el fin de esta demencial fábrica de pobres (el “modelo” de subsidios, retornos y apoyos políticos) para saltar al lugar de liderazgo que nos corresponde. Arrojando por la borda los estúpidos complejos de inferioridad socialistas, absteniéndonos de pedir perdón por ser más ricos, más poderosos y más respetuosos de los derechos humanos que otros.

Cuando la libre unión estratégica entre empresario y empleado sea redescubierta como más conveniente para ambos que el tándem escalada de amenazas sindicales versus fuga de capitales, quedará superada esta falsa división que solo aporta al juego de los políticos profesionales, en su vil comercio de votos y coimas.
Entonces la Argentina dejará de ser una mujer golpeada y volverá a ser aquel faro de esperanza en la noche de nuestros abuelos inmigrantes, que un día fue.

¡Libertad de Elección Ya!

Junio 2011

De la mano de Internet, hoy nos resulta fácil dar un rápido giro virtual al globo. Está al alcance de todos observar (y aprender) que en naciones con Estados intervencionistas, como nuestra Argentina, la libertad de elección de la sociedad se encuentra restringida. Que en repúblicas aún más totalitarias (y pobres), como la socialista Tanzania, esta libertad es casi nula. Y que en países de mercado relativamente libre, como la capitalista Singapur, las personas gozan de una mayor libertad de elección.

¿Por qué decimos esto y qué significa libertad de elección?

Lo recordamos suponiendo que el objetivo de máxima de todo Estado y (dos pasos evolutivos más allá) de cualquier sistema de ordenamiento comunitario, es la felicidad de la gente. Felicidad que puede definirse, socialmente y de acuerdo a su interpretación más avanzada, como libertad de elección.
En efecto: una persona es más feliz cuanta mayor sea su posibilidad de elegir. De optar libremente entre distintos bienes, como dónde y con qué nivel de excelencia educará a sus hijos, a quién ayudará económicamente, qué motocicleta 0 Km. comprará, en qué momento dejará de ser víctima de un matrimonio violentador, cuál oferta laboral aceptará, a qué sistema jubilatorio, sindical o de medicina prepaga elegirá aportar, con qué ropa nueva se gratificará, qué crédito tomará para mudarse o para equipar mejor su casa, qué servicios de seguridad contratará en esta etapa de su vida, etc.

Siendo “la sociedad” una entelequia inexistente (¿alguien vio y tocó alguna vez una sociedad?) definida como la simple suma de las mujeres y hombres que coinciden en una misma comarca con diferentes sueños, problemas y necesidades, la posibilidad real para la mayor cantidad de personas de elegir y acceder a cosas percibidas como bienes, coincidirá siempre con la mayor felicidad social posible.
Todo gobierno que coarte la diversidad y contundencia de estas opciones, trabaja contra la felicidad de su pueblo. Sea por bloqueo intervencionista a producciones e importaciones o bien imponiendo políticas económicas anti-capital, que dinamiten el puente de acceso de los más al dinero necesario para efectivizar estas elecciones personalísimas.

Ciertamente el dinero no lo es todo. No hace, compra ni asegura una vida más plena y feliz, pero ayuda en un… ¿80 %?
Un gobierno que desee realmente, sin intereses de clase ni mafia de por medio la felicidad de su pueblo, procurará mediante protecciones inteligentes que cada persona de esa sociedad disponga de más dinero honestamente ganado, como facilitador de bienestar. Sin importar que haya quien acumule o gaste más y quien acumule o gaste menos, mientras todos tengan oportunidad cierta de mejorar su ingreso (lo contrario sería dar preeminencia a los factores resentimiento, parasitismo y sobre todo envidia).

Hace 100 años, hacia la época del Centenario y bajo ideas liberales, nuestro país había logrado ubicarse entre los 7 mejores del mundo con todo lo que eso significaba como proceso en marcha de mejora general. Y… desde hace unos 66 años, radicales socialistas y militares pero sobre todo peronistas, vienen tratando de detenerlo… basados en intereses de mafia y de clase.
Lo lograron en casi toda la línea: el resultado de su idiotez serial es terrorífico; de gran crueldad para con los que menos tienen.

Una manera de hacerlo visible pasa, precisamente, por el análisis de posiciones de ranking que pueden aparecer como frías y abstractas pero que explican los sufrimientos de la pobreza como enfermedades, agobios y muertes prematuras, des-educación, subempleo y estrés por impotencia con demolición de esperanzas, vejaciones que clavan sus garras con particular saña entre los más indefensos.

Recorriendo el índice de ingreso per cápita publicado por las Naciones Unidas, veremos que en el 2009 la Argentina ya ocupaba el puesto número… ¡50! con escasos 14.559 dólares (los primeros datos de cierre 2010 ahondan este naufragio), mientras que la socialista Tanzania era la economía 149° con un ingreso medio de 1.319 dólares y Singapur (un país diminuto, superpoblado y sin recursos naturales) se situaba en 4° lugar con 50.701 dólares de ingreso anual promedio por persona.

Los muy calificados doctores populistas que nos hundieron dirán “¡ah! pero esos son números en crudo, sin considerar el índice de paridad de poder adquisitivo que también calcula la ONU”.
Bien, veamos entonces las posiciones corregidas según dicho índice: en ese ranking nuestra Argentina pasaba al puesto… ¡59°! mientras Tanzania también descendía al número… 157 y el pequeño Singapur capitalista mantenía su 4° lugar.

La dura realidad, en síntesis, es que los desgraciados habitantes de Tanzania no pueden elegir prácticamente nada con sus miserables 1.319 dólares al año mientras que los más felices ciudadanos de Singapur disfrutan la decisión de cómo gastar o ayudar voluntariamente a otros con sus 50.701 dólares en el bolsillo.
La actual inflación argentina (clásica, deliberada política de Estado del peronismo para tapar desaguisados y sostener el recalentamiento inducido de la economía como anzuelo caza-bobos electoral) nos reafirma, casi a marcha forzada, en la senda de Tanzania. Nuestra libertad de elegir entre más bienes y mayor calidad de vida real disminuye por goteo, en verdad, día a día.

Oponerse fue, es y será inútil: el capitalismo de libre empresa demuestra una y otra vez su aplastante superioridad en crear riqueza para todos (aunque sea “de la nada”, como en Singapur) allí donde sea que se aplique, por más espasmos de contrariedad y furia que esta realidad provoque en la mayoría de nuestros votantes, y en los políticos inútiles que los representan.

A más capitalismo, habrá más diferencia entre ricos y pobres pero también más riqueza (con libertad de elección) para todos y en consecuencia, menos pobreza con mayor felicidad social.
Nuestros sobreabundantes referentes de centroizquierda, unidos al fin en algo, retrucarían entre dientes con la famosa pregunta del genocida Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) “¿Libertad, para qué?”

P.S.I. Pacto Social Inteligente

Mayo 2011

Bajo el lema “democracia real ya”, las multitudes españolas protagonistas de la protesta 15 M estuvieron abocadas -a través de asambleas abiertas- a la definición de sus exigencias, redactadas en un documento de 8 puntos considerados claves.
En casi todos ellos pueden verse propuestas interesantes y de relativa audacia intelectual que significarían mejoras ciertas (si bien modestas), en contradictoria mezcla con otras propuestas colectivistas francamente regresivas, que sin duda empeorarían la situación de desempleo y falta de horizontes que da origen a esta pueblada.
Como es natural en estos casos, la insatisfacción por el statu quo se expresa de manera confusa, a veces con ignorancia teñida de (justificado) resentimiento, pero siempre empapada en deseos de fuerte cambio que, en esencia, sólo pueden ser satisfechos con metodología liberal-libertaria. Con menos violencias impuestas y más libertades civiles.

Considerando el hecho argentino de encontrarnos en un proceso electoral nos pareció inspirador, a modo de reflexión, tomar esos mismos 8 puntos rescatando lo positivo, más el aporte de ideas como las mencionadas, de las que circulan profusamente hoy por las redes sociales del ibérico 15 M.
Podríamos llamarlo nuestro Pacto Social Inteligente, si se quiere. O considerarlo un vistazo a la vanguardia, a la línea de fuego de los que hoy levantan su puño derecho contra la opresión de un funcionariado peligroso, incapaz y de manos sucias.

1. Eliminación de los privilegios de la clase política.
Supresión de sus privilegios en el pago de impuestos, categorización de aportes y monto de jubilaciones.
Equiparación de sus salarios con la media nacional, más los viáticos indispensables para el cumplimiento de sus funciones.
Eliminación de sus inmunidades judiciales e imprescriptibilidad de los delitos de corrupción.
Publicación y control público permanente de sus patrimonios.
Reducción de los cargos de libre asignación y del uso de partidas discrecionales.
Control de ausentismo en cargos electos con rápida aplicación de sanciones específicas.

2. Contra el desempleo.
Eliminar toda traba a la contratación, para que los desempleados encuentren empleo, en lugar de depender de planes sociales. Desregular el mercado laboral para viabilizar el teletrabajo, el microemprendimiento, el cooperativismo, la contratación de horas o días sueltos, altas, bajas o reducciones de jornada, todo libremente negociado entre las partes.
No interferir, incentivar ni desincentivar el mercado laboral mediante medidas anti empresarias con el dinero de todos los ciudadanos.
Volver a las cuentas de capitalización voluntarias (esta vez sin las ruinosas imposiciones estatales que las destruyeron) permitiendo la decisión individual sobre la edad jubilatoria.

3. Derecho a la vivienda.
Respeto estricto al derecho de propiedad en todas sus dimensiones, desde el propio cuerpo y la vida de las personas hasta su patrimonio bienhabido. Reducción o eliminación de todos los impuestos y pseudo leyes que lo vulneran, encareciendo el acceso a la vivienda.
Reducción o eliminación de los costos laborales para que los empleados dispongan de una renta más elevada y puedan costear alquileres o hipotecas.
Profunda reforma del sistema bancario, que genere alta competencia real en libertad inyectando más fondos prestables en el mercado.

4. Servicios públicos de calidad.
Suprimir aquellos servicios que podría prestar directamente la sociedad civil organizada en cooperativas y entidades sin fines de lucro.
Drástica reducción de gastos inútiles con control independiente de los presupuestos y drástica reducción del peso, volumen y costo de las administraciones de gobierno en sus 3 niveles.
Universalización del acceso a la medicina y seguros médicos privados, encarando la transición con la mayor parte del actual presupuesto de salud pública, convertida en cheques de libre canje entregados a quienes necesiten esta atención.
Universalización del acceso a la educación privada mediante el mismo sistema, promotor de competencia y excelencia para todos.
Evitar la estatización de la investigación científica, desgravando y desregulando la importación e inversión privada para ese destino, de universidades, particulares y empresas.
Liberar el mercado del transporte de personas o mercaderías y bajar sus costos impositivos, propiciando la competencia y la aparición de nuevos actores, sin restricciones públicas (ni de mafias privadas) discriminantes.

5. Control de las entidades bancarias.
Liberalización del sector acabando por ley con la discrecionalidad del Banco Central en el uso indebido de reservas o emisión de moneda y deuda carentes de respaldo.
El papel del Estado no es hacer de banquero, ni rescatar empresas, inversores ni bancos irresponsables con nuestro dinero.
Libre inversión y flujos de capital sin discriminación reglamentaria ni impositiva, hacia y desde cualquier lugar del mundo incluidos los paraísos fiscales, que por cierto denotan la existencia opresora de infiernos fiscales.
Firme tendencia a la separación de la economía del Estado, completando el círculo iniciado con la separación (igual de traumática) de la Iglesia del Estado.

6. Fiscalidad.
Proporcionalidad fiscal para no desincentivar la creación de riqueza y para no dejar a la sociedad civil sin los recursos necesarios para una máxima fluidez económica.
Eliminación de impuestos ideológicos, como los sucesorios y contra el patrimonio.
Drástica reducción de los restantes impuestos para desincentivar la fuga de capitales y la evasión. Y para incentivar la llegada de capitales, tecnologías y emprendedores en fuga, provenientes de sitios más fiscalistas.
Tope constitucional o férreamente legal a la presión impositiva, globalmente considerada para cada sujeto imponible.

7. Libertades ciudadanas y democracia participativa.
No al control de Internet. Protección a la libertad de información y al periodismo de investigación.
Utilizar las últimas tecnologías de comunicaciones para fomentar la participación del individuo en decisiones que puedan afectarlo, en una tendencia creciente a evitar la adopción de decisiones colectivas.
Modificación de las leyes electorales apuntando a un sistema auténticamente representativo, no discriminatorio y proporcional, donde la abstención, el voto en blanco y el voto nulo también tengan representación legislativa.
Garantizar la independencia del Poder Judicial, evitando todo nombramiento, influencia o interferencia por parte del Poder Ejecutivo.
Los partidos deben ser libres de organizarse internamente como deseen, por más que nos repugne la tiranía interna. Lo importante es que el sistema electoral general sea absolutamente libre, voluntario y democrático.

8. Reducción del gasto militar.
En este último punto, no podemos compararnos con España y su circunstancia.
La tendencia debe ser siempre hacia un mayor profesionalismo de alta retribución, priorizando la tecnología y la especialización más avanzada e innovadora por sobre el número físico de tropas.
Debe darse espacio a un futuro de inversión integrada con empresas nacionales o extranjeras líderes en ingeniería de armas, comunicación y robótica y a la eventual exportación de servicios argentinos de seguridad especializada.
El objetivo final es una protección ciudadana de amplia cobertura, totalmente privada, de altísima eficiencia y bajo costo individual para los contribuyentes.

Maduración de Indignados

Mayo 2011

Tal vez nuestra castigada sociedad debiera seguir -electoralmente hablando- el conocido pensamiento de la Sra. Mae West (actriz estadounidense 1893 – 1980) “cuando tengo que elegir entre dos males, siempre me gusta tomar el que nunca he intentado antes”. Al menos apuraríamos el proceso de prueba y error en el que se nos va la vida, evitando tropezar una y otra vez con la misma piedra. Tropezaríamos así con una distinta cada 4 años y con otra media piedra cada 2.

Consideremos objetivamente nuestra situación, mientras nos limpiamos el polvo de la última rodada.
Por caso: el famoso y vituperado diezmo (10 % de los ingresos) que imponía la más poderosa institución de forzamiento medieval (la Iglesia), se ve empequeñecido en nuestro país por el treintaycuatrezmo (34 % de los ingresos) que nos impone la más poderosa institución de forzamiento contemporáneo (el Estado). Una presión impositiva que está entre las más altas del mundo.

Sin embargo y contra lo que pudiera suponerse con sumas tan monumentales -y durante tantos años- a disposición de nuestra administración pública, la miseria asciende en este 2011 a más del 30 % y en el “país de las vacas y el trigo”, más del 9 % de los hogares se encuentran en “riesgo alimentario severo”, mientras que nuestro impuesto al pobre (la inflación deliberada) se ubica entre los más elevados del planeta.

Con solo ver esto y sin siquiera considerar el interminable muestrario de la caída argentina en todos los rankings comparativos, basta para concluir que el modelo no sirve. No funciona porque no produce riqueza social. No atrae inversiones a gran escala, no crea empresas nuevas ni empleo genuino al nivel que necesitamos. No libera potencia creativa. No innova ni cambia paradigmas de fondo, más allá del palabrerío.
Sólo sirve como frenética máquina emparchadora, obturando grietas sobre un volcán bajo presión, a través de un burdo (y destructivo) juego de aprietes a mercados y estadísticas.
Con desembolsos y prebendas políticas o empresarias discrecionales, muy corruptas, vengativas e ineficientes pero compra-votos, arrojadas en todas direcciones (¡12.000 millones de dólares al año sólo en subsidios (*) a transportes y energía!).

Emparchar para seguir violando la moderna comprensión de la ciencia económica con manotazos de aficionados nunca funcionó, aquí ni en ninguna otra parte como no sea para ganar una elección, robar entremedio y colapsar más temprano que tarde. Por más viento de cola en comercio exterior que toque en suerte (y la suerte de los Kirchner en este sentido ha sido, según expertos, la mejor de los últimos cien años), factor que explica casi por sí sólo en este caso el habernos podido sostener tanto tiempo en el dislate.

Es la gente trabajadora de las villas quien debe enriquecerse y no unos pocos funcionarios políticos y sindicalistas mafiosos. Es la gran clase media y no unos pocos “empresarios” cebados en el soborno y la ventaja.
Dueños de empresa que vemos hoy entre la fantasmagórica galería de pusilánimes y oportunistas que capitanean la Unión Industrial, por ejemplo, quienes en lugar de plantarse frente al poder exigiendo un entorno de alta competitividad para inundar el mundo con productos argentinos como firme sustento del crecimiento interno, continúan con su complicidad de lobistas apuntando a la ganancia inmediata y al eterno proteccionismo infantilizante, a costa del empobrecimiento general.
Actitud despreciable que nos recuerda aquellas palabras atribuidas a Carlos Marx “cuando empecemos a ahorcar capitalistas, se pelearán entre ellos para vendernos la soga”.

Lo que conviene, en particular al 30 % de argentinos pobres e indigentes, es la aparición de miles de nuevos emprendedores que traigan su dinero, lo arriesguen montando empresas y creando abundante empleo fresco para producir sin trabas estúpidas lo que sea, vendiendo agresivamente en el exterior y aquí mismo. Poniendo en competencia al “coto de caza” de los pseudo empresarios cortesanos obligándolos a pelear por sus mejores empleados, pagar sueldos de primer mundo, actualizar sus productos, bajar sus precios y retiros mal habidos o desaparecer.

Está claro que el campo progresista cuenta, a caballo de sus métodos, con los votos suficientes como para seguir inyectando a la sociedad con más toxinas anti libre-empresa.

De Cristina a Hermes y de Ricardo a Pino, pasando por Hugo y Daniel, la propia inercia de estos frenos llevará a sus ejecutores a la disyuntiva de hierro de profundizar el modelo o implosionar, abrazados a la bomba que -por acción u omisión- armaron. Una situación en la que, previsiblemente, optarán por seguir internándonos en el forzamiento totalitario sobre lo ajeno.
Lo harán, como ya se avizora, avanzando más aún sobre el capital de explotación y sobre la propiedad privada de los medios de producción. Vale decir, obteniendo a patadas, por poco tiempo y con final de tragedia asegurado, una fracción de lo que podríamos haber obtenido de manera permanente con las más inteligentes (pero menos útiles para la mafia) recetas de la libertad, sin necesidad de terrorismo fiscal de Estado.

Es lo que confusamente sienten los millones de simpatizantes de “los indignados” del 15 M español cuando gritan que no son marionetas ni mercancía en manos de políticos o banqueros y que quieren democracia real ya. El poder a la gente, a las personas individuales con sus convicciones, planes de vida y sufrimientos reales, para que dejen de ser un número (bi partidismo, listas masivas, totalitarismos) y empiecen a ser únicas, valiosas, escuchadas, autonómicas e in-avasallables (la persona absolutamente “sagrada”, protegida y en poder de su destino, esencia por otra parte de las nuevas ideas libertarias).


(*) Recordemos que se subsidia para forzar el funcionamiento de algo que no funciona en lugar de preguntarse porqué no funciona, procediendo a modificar lo que falla para dejar de tirar nuestro dinero. El motivo es que quien subsidia, clienteliza y manipula.

Hay Plata para Todo

Mayo 2011

Existe en toda sociedad la percepción cierta y generalizada de que “hacer lo correcto”, ser -a conciencia- intelectualmente honesto, laborioso, justo, benevolente y educado constituye una inversión (en esfuerzo de vida) que, tarde o temprano, rinde los mejores dividendos. O debería rendirlos, como veremos.
No sólo porque las religiones así lo aconsejen en referencia a nuestra vida en el más allá sino porque el propio sentido común nos compele a pensar que valores como el estudio, la honradez y la tenacidad en el trabajo, en un entorno “normal”, conducen tanto a la realización personal como a la prosperidad material en este mundo.

En verdad creemos que “el crimen no debería pagar” en ningún sentido y que un sistema de justicia perfecta debería premiar siempre, con resultados, a los muchos hombres y mujeres que hacen lo correcto.
Y aunque la realidad nos contraría con ejemplos de gente intelectualmente deshonesta, atropelladora y parásita (de quienes trabajan duro) que hace fortuna en pocos años, es por esa misma creencia que pocos los proponen de ejemplo para sus hijos.

Pues bien; resulta que la religión y el sentido común, en una comprensión ampliada del problema, no se equivocan. Las tendencias naturales y éticas se complementan para bien porque nuestro mundo está -realmente- bien diseñado; por Dios o por un orden natural evolutivo, como se prefiera.
Así como en la naturaleza (o en manejo igualado de condiciones) las plantas nobles suelen prevalecer sobre las malezas, el hacer lo correcto (sin distorsión estatal de por medio) llevaría naturalmente a la prosperidad del mayor número. El respeto por lo ajeno y la educación rendirían elevados dividendos. La honestidad y la generosidad voluntaria serían fuente virtuosa de bienestar. Y la justicia perfeccionada promovería riqueza, al tiempo que castigaría al distorsionador (o violentador) y al falso.

En verdad hay dinero para todo, en cantidades literalmente asombrosas. Para salud pública y educación de primera. Para ciudades limpias y amigables, con seguridad de altísima tecnología. Para miles de kilómetros de autopistas, puertos, terminales aéreas, subterráneos y trenes ultra modernos. Para un sistema de justicia rápido, eficiente, que no cargue ningún costo a la víctima y sí todo al victimario, en prisiones de avanzada pensadas para el trabajo resarcitorio. Para sostener con verdadera dignidad a todos los que estén en real situación de penuria. Para invertir grandes sumas simultáneamente en cientos de miles de proyectos, líneas de investigación y desarrollos, mucho más allá de la capacidad de imaginar, permitir o prohibir de un legislador, de un juez o de un ministro dirigistas. Dinero volcado a pleno empleo y buenos sueldos. Y para todos los ítems de confort, consumo y solidaridad que nos propongamos alcanzar.

Hay mucho dinero, afuera y aquí mismo, listo para aterrizar y hacer a los argentinos la vida más agradable. Pero no puede obtenerse a patadas (disimuladas con mejor o peor educación) como pretende la centroizquierda criolla sino a través de un círculo de virtudes como las mencionadas más arriba, guiadas por los más avanzados conceptos socio económicos de libertad y no violencia.

La percepción general de lo que debería ser chocó hasta ahora contra la realidad de las mafias dominantes y contra la evidencia de una ciencia económica anquilosada, cuyo “reloj biológico” atrasa 50 años.
Pero los paradigmas evolucionan y las cosas cambian: porque a lo largo de la primera década de este siglo XXI la economía dio un importante salto evolutivo sobre la experiencia acumulada.
La vanguardia científica de la Escuela Austríaca, responsable de los “milagros” económicos alemán, italiano y japonés de posguerra y a la que adscriben numerosos premios nobeles, sostiene ya que la nueva concepción dinámica del orden espontáneo impulsada por la función empresarial globalizada concluyen dando por tierra con todas las viejas teorías justificativas de la propia existencia del Estado, como soporte social. Que el estatismo es teóricamente inviable, que su destino no es otro que un nuevo colapso empobrecedor (como empieza a verse incluso en Estados Unidos, Japón y Europa) y que, en definitiva y a esta altura de la evolución tecno-informática, la exclusividad del poder es totalmente innecesaria.
Nos aguarda un gran futuro de innovación, creatividad, alta competencia, producción sustentable y bajos precios. Días por venir de abundancia material y oportunidades reales para todo el que quiera progresar por derecha, con millones de nuevos empleos en áreas hoy inexistentes y miles de nuevas empresas proveyendo en libertad, con menos parásitos corruptos, lo que el estatismo hoy sofoca con sus pesados monopolios coactivos.

Es hora de hacer historia, sin importar el tiempo que tome. De promover una revolución de verdad, con ideales virtuosos y evolucionados. Poderosos. Tiempo de vender el mejor producto y de levantar la voz, subvirtiendo con dureza los “valores del robo y del atraso” (quito, me quedo, reparto y controlo).
Los dos tercios de nuestro electorado que se asumen estatistas sólo deben comprender que la resistencia libertaria es su amiga, que todo lo que desea es que dejen de combatirla con eslóganes desactualizados y que por propia y pura conveniencia presten su acuerdo en integrarse al mundo posible de este siglo.
Comprender que los resultados y el dinero más democráticamente repartidos son los que provienen de la diversidad y no de la homogeneidad forzada del conglomerado social. A través de los más audaces incentivos económicos para todos, potenciando sin trabas la mayor disparidad de acciones y pensamientos a todo nivel. Así enseña la nueva economía inteligente, trabajando a favor y no en contra de la naturaleza humana, que es como las sociedades se liberan y enriquecen y como las virtudes florecen.

Porque el enemigo nunca son los empresarios que arriesgan y crean sino los políticos mafiosos que no sólo no producen nada sino que siembran la ignorancia deliberada y su consecuencia: el temor a la libertad.

De Eso no se Habla

Mayo 2011

Toca a esta generación de argentinos ser testigos, tal como sucedió con nuestros abuelos a principios de los ’50, de cobardes ataques con todo el poder del Estado a la libertad de prensa, de corrupción a mansalva y de la profundización de un “modelo”, que nunca fue más que el “escofinado” a lo que nos queda del derecho de propiedad privada. A la garantía básica de todos los demás derechos humanos.
Un derrotero que sigue las tácticas del comandante Chávez y su “solución final” totalitaria, a las que nuestro gobierno adhiere con mayor tozudez cada día. Avizorando para el próximo mandato la reforma constitucional que, bajo los sones de “La Cámpora”, acabe de una vez la faena de degüello de la gallina de los huevos de oro, iniciada hace 65 años.

La caída de nuestra bandera y la derrota económica de la Argentina, hincada ante sus vecinos y ante el mundo, más allá de las risitas socarronas de chilenos y brasileños, de colombianos y uruguayos que apuestan a que en el país de los ciegos el tuerto es rey, tiene al menos la virtud de hacer ver con crudeza descarnada la realidad de lo que es la fuerza destructiva del Estado y de su sistema, la democracia política.
Pero de esto último no se habla, claro. Porque tocar al dios Estado y a su sistema, es iluminar el Tabú Mayor. Es provocar alaridos histéricos de la turba clientelizada y de inquisidores prontos a encender la hoguera, que apartará la atención de sus vilezas.

Parece que hay cosas que no deben ser analizadas, pensadas ni cuestionadas, sencillamente, porque el negocio es demasiado grande y sucio.

La no violencia, esa misma de la que Cristo consagró el concepto y más tarde Gandhi marcó el método, terminará sin embargo por imponerse. Es el camino inexorable de la evolución civilizada y con seguridad veremos el principio de su triunfo antes de que termine el siglo, apalancado por la tecnología de la comunicación y las imparables redes globales. Que harán estallar fronteras discriminatorias, legislaciones esclavizantes y castas vampiras de políticos y funcionarios que hacen de la dictadura ladrona por el atajo cavernario -y automutilante- del simplista “somos más”, su propia succión vital sobre los mansos.

Si bien hace ya 2400 años los propios griegos inventores de la democracia política -a través de la voz de Sócrates- se percataron de que el sistema estaba destinado a fracasar pues “la mayoría menos creativa siempre elegirá vivir en forma parasitaria de la minoría más creativa mediante la confiscación de su riqueza y su distribución entre ellos”, en lo que se considera la primera y más clara comprensión del socialismo, veamos algunas otras negatividades más actuales.

Está más que comprobado en la práctica que la competencia política conforma un hábitat ideal para personas que desarrollen aptitudes para la demagogia, el soborno o el oportunismo mentiroso. Favoreciendo de este modo las habilidades agresivas (violentas) en detrimento de las defensivas y creando un ambiente irrespirable para aquellas personas íntegras que sientan aversión por el robo y la coacción.
Optar finalmente por el menos mafioso, fraudulento, hipócrita y ladrón es una mala solución en orden a llegar de una vez por todas a la riqueza generalizada, con una justicia implacable y transparente.

La democracia política coloca a personas de estas características en puestos intercambiables a cargo de los monopolios del gobierno, con todas las “oportunidades” que esto implica.
El funcionario debe aprovechar esta ventaja táctica dilapidando y “mordiendo” dinero ajeno tan rápido como pueda ya que su continuidad nunca está asegurada. Mantener el valor patrimonial (y la sustentabilidad) de los recursos a su cargo no es cosa que esté entre sus prioridades, como sí sucede con los propietarios privados, “seguros” de la duración a largo plazo de su propiedad.

Aunque… para defender sus bienes de estos peligrosos monopolios estatales inmunes a la quiebra, muchos propietarios privados tenderán a su vez a corromperse, perdiendo tiempo y escrúpulos morales en el desarrollo de sus habilidades de negociación política “por izquierda”.

Tampoco los miembros de los poderes judicial y legislativo, que según la Constitución debieran controlar estos desfalcos, logran sus posiciones accidentalmente. A mayor demagogia y desinhibición ética, más probabilidades de llegar, y más rápido, a la cima de estos resortes del Estado. Mala tendencia que, por otra parte, se retroalimenta.

Los mismos jueces de la Corte Suprema son nombrados por el Ejecutivo y confirmados por el Senado. Como parte integral de la institución del gobierno, dependen de los impuestos para su retribución y difícilmente estén interesados en limitar el poder del Estado o en reducir la carga que pesa sobre los contribuyentes.

Como no podía ser de otra manera, montañas de leyes espurias, avaladas por esta Corte, frenan y obstaculizan la contratación, el comercio, el uso creativo de la propiedad y hasta nuestra vida privada. Esta verdadera usina de inseguridad jurídica no solo aleja a posibles inversionistas sino que promueve el caos social, la evasión, el estrés, la violencia y la fuga de jóvenes, cerebros y capitales. Un pegajoso fárrago estatista que sustituye a la Ley y al Orden, como cualquiera puede percibir en esta Argentina 2011.

Se trata de mucha gente peligrosa con un poder de saqueo demasiado grande, sobre el número cada vez menor de los honestos que se esfuerzan en innovar, poner dinero, asumir riesgos patrimoniales, producir y dar empleos reales.

Por otro lado y si todo el mundo está de acuerdo en que los monopolios son “malos” ¿por qué nos querrían hacer creer que los monopolios estatales son “buenos”? En conciencia, todos saben la respuesta.
El caso de la Seguridad podría ser un ejemplo, aunque hay muchos otros como Justicia, Defensa, Moneda, Asistencia Social, Infraestructura, Educación, Salud, Control Comercial etc.

Producir protección es una actividad competitiva como cualquier otra. Si no hay libertad total de contratación y acceso a este negocio (y no la hay) el precio siempre tenderá a elevarse, bajando su calidad tal como predice el manual económico.
El monopolio forzoso de la seguridad pública tiende, por lógica, a derivar en gangsterismo. En protección al Estado recaudador antes que a la gente. En un peligro para bienes y personas. En un obstáculo a lo que por justicia corresponde: el castigo de los reos y el recupero de lo que perdimos y donde la confianza en la autoridad de aplicación se degrada hasta desaparecer. ¿Le suena a proceso conocido?

Pruebas al canto: la presión fiscal en Argentina (que incluye el costo de esta pésima Seguridad estatal) está en una cifra récord pero la inseguridad y la impunidad son mayores que nunca antes. ¿Queremos más de lo mismo? Votemos pues otra vez a un socialista, partidario de una sociedad bien fiscalizada.
Los impuestos -ocultos y encareciendo todo lo que tocamos- ascienden ya al 34 % del producto bruto del país. Una carga económica que bien podría asemejarnos a los esclavos de las monarquías del siglo XVII.

Nadie pagaría estos tributos sin el brutal armamento del gobierno apuntándole por la espalda. Daríamos a ese dinero, por cierto, un uso más productivo, satisfactorio y multiplicador.

Lo real es que por más belleza literaria que posea, la Constitución no dota a los ciudadanos comunes ni a las minorías que declara proteger, con los medios para tutelar el cumplimiento de esta protección. No es posible en la práctica impedir que el partido de gobierno abuse de sus poderes porque no hay medios efectivos que obliguen al oficialismo a observar las normas redactadas para controlarlo. Su interpretación de estos mandatos restrictivos es invariablemente laxa mientras que aplica con criterio inverso los más imaginativos frenos legales y hasta amenazas penales, contra el accionar de sus adversarios ideológicos.
Los resortes coactivos del Estado hacen la diferencia en orden a quién prevalece en esta pulseada de doble standard.

Suena propio de imbéciles, por otra parte, confiar en que una institución (el Estado) “autorizada” a gravar sin consentimiento, pueda ser protectora del trabajo y su resultado: más propiedad para más gente.
Poco o nada es lo que puede hacerse contra la simple mayoría numérica en este sistema violento de democracia política, para contrarrestar la tendencia a la opresión y al abuso del poder. Aunque resulte doloroso, todo lo que se diga a favor de la noble idea de un gobierno constitucional y limitado, será siempre una utopía.

Se nos dirá entonces ¿cuál es la alternativa? Es, por supuesto, apoyar la democracia de mercado que, como en el caso-ejemplo de la Seguridad, dé a la sociedad posibilidades de elegirlo todo con votos diarios (en lugar de cada 4 años), en competencia abierta y sin pagar dos veces por la misma prestación de servicios básicos, como sucede con los casos actuales de la seguridad, la salud, la educación y tantas otras cosas.
¿Por qué? Porque es lo voluntario. Lo no violento. Lo correcto y porque además la competencia genera inversiones y trabajo. Y porque la multiplicación del empleo genera poder de compra en la gente. Y porque ese poder brinda la posibilidad de elegir en el mercado, lo que sea. Y porque poder elegir en serio, finalmente, hace más libres y felices a las personas.

El derrocamiento de una persona, de un gobierno o de todo un sistema es, por fin, una cuestión de opinión pública. Traspasados ciertos umbrales de desconfianza y sentido común, el forzamiento de los honestos y de los pacíficos, tendrá siempre sus horas contadas.