Socialistas en su Salsa


Mayo 2013

El odio que suscitan las ideas novedosas, superadoras en los campos de la política y la economía que amenacen con tornar obsoletas preciadas creencias anteriores, es tan profundo e inexorable como el de las persecuciones religiosas ocurridas en tiempos pasados. Es, de hecho, el mismo tipo de rechazo irracional.

También es un hecho (y en modo alguno casual) el que en esta Argentina avergonzante que nos toca vivir, casi todos los partidos políticos sean de centro-izquierda.
Ya que incluso aquellos que no se definen de esa manera coinciden en postular un Estado dirigista; con fuerte presencia en la vida social y empresaria de la nación.
Podríamos afirmar así sin temor a equivocarnos que en mayor o menor grado, díganlo o no, la casi totalidad de la oferta electoral puede ubicarse dentro del amplio campo socialista.

Y el socialismo es justamente una de esas preciadas creencias anteriores bajo amenaza, que deberían ser mejor entendidas.

Porque se trata de una doctrina según la cual la vida y el producto del trabajo son propiedad social, no individual. Donde los seres humanos no tienen derecho a vivir buscando su propio bien. Y según la cual la justificación de la propia existencia consiste en servir a un Estado que puede disponer de cada uno como mejor le cuadre, con tal de conseguir el bienestar colectivo o tribal.
Objetivo que casi nunca se logra en la práctica por una larga lista de razones y excusas, todas muy humanas desde luego, y que cuando se logra es a un costo tan elevado que supera por mucho el valor global de las ventajas alcanzadas.

Puesto en el contexto de la valiosísima brevedad de una vida y de la alta prioridad que cada generación asigna al bienestar futuro de sus propios hijos, es grave.
Es muy grave que haya porcentajes tan mayoritarios de centro-izquierdistas argentinos sostenedores de una creencia que en todas partes produjo y produce, por defecto, una acumulación de lucros cesantes y daños emergentes tan pavorosa que nadie con algún nivel de responsabilidad política se atreve a mensurar.

El socialismo versa entonces sobre sistemas que sólo pueden ofrecernos, cuanto más, un lento declive y cuanto menos un freno de alto impacto a la iniciativa creadora individual, a la inversión reproductiva y al surgimiento de nuevas ocupaciones propias de este nuevo siglo, con nuevos paradigmas globales y millones de nuevos empleos sustentables (y de nuevos ex pobres).
Trata de antiguas creencias basadas en la amenaza sobre el manso y en lo no-voluntario (¿alguna duda? pruébese, sino, con despenalizar toda evasión tributaria: que la “vox dei” decida si les paga o no).

¿Queremos disfrutar de ciudades tecno-eco-amigables sin sucios cableados aéreos? ¿Queremos quintuplicar nuestras exportaciones agro-industriales? ¿Queremos una moneda prestigiosa y estable? ¿Queremos seguridad personal y Justicia implacables? ¿Queremos energía limpia y abundante? ¿Queremos impecables autopistas en cada ruta nacional y trenes ultra modernos? ¿Queremos educación privada (o símil privada) para todos? ¿Queremos una previsión social de primera? ¿Queremos más fuerza laboral y menos ni-ni? ¿Queremos diez o veinte etcéteras más en la misma línea de avance?
Cosas como estas podrían ser muy convenientes para gente evolucionada, para ecologistas, para viajeros, para consumidores, para inversores, para los más vulnerables, para jóvenes con espíritu, para los mayores, para los obreros… y también para los sindicatos.
En general para la buena gente con inquietudes, que deplora el robo y los aprietes. Las zancadillas, las mentiras y las extorsiones.

¿Queremos en verdad acercarnos a la meritocracia apoyados en el poder de una riqueza generalizada? Porque eso y no otra cosa son la justicia social y la redistribución de sus ventajas, bien interpretadas.
¿Queremos en realidad salir de nuestra creencia en la cleptocracia y la violencia, como método para lograr el desarrollo?
Podrá caer el kirchnerismo, desaparecer La Cámpora, los bustos y calles en honor de Néstor (y de otros sinvergüenzas) pero si seguimos aferrados a taras mentales cuasi religiosas, ninguna de nuestras potencias llegará, nunca, a ser acto.
Simplemente, seguiremos declinando. Sacándonos la alfombra bajo los pies unos a otros a través de altos impuestos y nuevas desinversiones. Con aprietes económicos más prolijos “conforme a derecho” pero… sin cambio alguno de paradigma.

A nivel global, el muy bien pago funcionariado de la burocracia internacional y las nomenclaturas políticas locales con todos sus privilegios bloquean disimuladamente, por supuesto, toda iniciativa que apunte -en lo comunitario- a migrar de las jerarquías (estructuras verticales con forma de pirámide) a las heterarquías (estructuras horizontales en forma de red). La informática en proceso de redes comunicacionales, sin embargo, trabaja sin pausa contra este neo-colonialismo cultural y en favor de la gente honesta del llano.
Así como el Papa y el capitalismo demolieron el muro comunista, la gente pensante en red demolerá los clientelismos estatistas.

En definitiva, como nos lo muestra el derrotero Ecuador - Venezuela - Cuba, no hay gran diferencia de objetivos finales entre socialismo y comunismo, excepción hecha de los medios: el comunismo trata de esclavizar a los individuos por la fuerza bruta mientras que el socialismo procura hacerlo por medio del voto clientelar. La misma diferencia táctica que hay entre el asesinato y el aborto.   

Dicen los sabios que toda verdad pasa por tres etapas. Primero, es ridiculizada. Segundo, es violentamente objetada. Tercero, es aceptada como obvia.




La Infamia como Laxante

Mayo 2013

En una Argentina en descomposición, sacudida por el gobierno más ladrón e incompetente de su historia, mientras la Constitución Nacional y los valores más sagrados de nuestros próceres caen por tierra, mucha gente se pregunta cómo pudimos rodar tan bajo y qué cosa son en realidad el Estado y las creencias que lo sustentan.
Porque sucede que el negocio político está dejando caer parte de su disfraz y en la desnudez de su barbarie, permite a los ciudadanos entrever sus miserias como pocas veces antes.

Quienquiera que se tome la molestia de indagar en los orígenes de la institución que aún hoy -pleno informático siglo XXI- sigue teniendo el poder de obtener dinero de las personas mediante la fuerza de las armas (en una caracterización operativa que comparte únicamente con los asaltantes) entenderá, a su vez, el origen de su propio desasosiego cultural, económico y hasta parental.

Tal como nos explica Mancur Olson (profesor, economista y sociólogo norteamericano, 1932-1998), el origen histórico del Estado como institución remite a la transformación de grupos de bandidos ambulantes en bandidos estacionarios. De nómadas saqueadores de comunidades rurales estables, a dominadores de ellas y cobradores de tributos que pasaron a convertirse, a partir de allí, en sinónimo de labor esclava.
O en sus propias palabras “…si el líder de una banda de bandidos ambulantes que solo encuentra pequeñas ganancias es lo suficientemente fuerte como para tomar control de determinado territorio y de mantener fuera a los otros bandidos, él puede monopolizar el crimen en esa zona y se puede convertir en un bandido estacionario”.
Constatación de ADN originario que nos aclara de dónde vienen, quiénes son, a qué se dedican y qué futuro pretenden las oligarquías políticas, sindicales y cortesano-empresarias estacionadas desde entonces sobre la temible maquinaria represora del Estado.

Genocidios, opresiones, hambrunas y el despilfarro de recursos e ideas más terribles y demoledores, más frenantes y masivos a lo largo de todo el periplo humano fueron siempre el producto de personas malvadas y/o incompetentes, cuya maldad e incompetencia se vieron multiplicadas por mil en la mencionada maquinaria. Nunca el resultado de individuos (ni empresas) actuando a riesgo y costa propia, por más perversos que hubieren sido. 

Contrario sensu, siguiendo a la joven y brillante intelectual ecuatoriana Gabriela Calderón de Burgos en su artículo Verdaderos Revolucionarios, “…la idea de que una nación deje de ser pobre gracias a individuos que buscan lucrar, no gracias a una clase política todopoderosa que dice desear el bien para todos, resulta increíble para la gran mayoría. Pero si miramos los hechos dejando a un lado la carga emotiva, hay fuertes indicios de que precisamente eso es lo que nos cuenta la historia del desarrollo de la humanidad”.

Origen del Estado. Desastres históricos de Estado. Desasosiego y dura constatación de que la sociedad crece no “por” sino “a pesar” del Estado… son pensamientos de absoluta actualidad en una Argentina que concluye este mes su Súper Década Infame.
Nuestra década perdida de este siglo. Tan infame en desperdicio de oportunidades, inmoralidades y traiciones a la república, que deja como niños de pecho a los protagonistas de la anterior década infame de los años ’30 del siglo pasado.

Puede que no sea necesaria otra guerra civil, 160 años después. Tal vez basten como laxantes la infamia, la pobreza crónica y la vergüenza por el atraso con respecto a otros pueblos para que todos se den cuenta de que el asistencialismo no conduce a parte alguna. De que votándolo, condenan sobre todo a sus hijos y a sus nietos.
De que los Binner, Kirchner, Solanas, Alfonsín, Scioli, Lavagna, Stolbizer, Buzzi, Massa y tantos otros que hacen de la redistribución forzada el núcleo de sus programas nunca nos van a conducir a parte alguna que valga la pena, porque el estatismo -siempre esterilizante- está impreso en su ADN político. Ellos seguirán canibalizándonos, cual dinosaurios de evolución trunca. Como tantos jóvenes mentalmente viejos de nuestro país, verdaderos antipatria, “killers” de ignorantes, que trabajan en favor del clientelismo y de una estabilidad igualitaria en la pobreza.

La solidaridad obligada a través de impuestos anti-inversión para subsidiar corrupción y vagos improductivos no sirve.
Sólo debe ser usada en forma quirúrgica, nominal, como paliativo específico y dentro del esquema de transición hacia una Argentina poderosa. Absolutamente libre, abierta, inteligente, captadora de cerebros y de grandes capitales, original y creadora, pujante y competitiva, de riqueza extendida, Justicia implacable y con 90 % de clases medias donde el asistencialismo deje -casi- de ser necesario.

Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o (más allá en el futuro) ningún Estado detentando el monopolio de la fuerza para cooptar labor ajena (v. gr. tributos coactivos). ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias!
Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías!
Ahora todo es democracia intervencionista pero señores, señoras, jóvenes ¿saben qué?… la noche está en pañales (y la caballería tecnológica galopa bajo las estrellas en nuestra ayuda).

Asumámoslo: en el largo camino del pueblo hacia la libertad, la democracia liberal es un paso válido que podría conducirnos hacia nuestro siguiente escalón ascendente: el Estado Mínimo.




Igualitarismo Económico


Abril 2013

Al tiempo que nuestra Argentina intenta ingresar derrapando y con  acelerador a fondo en la recta totalitaria, nos parece apropiado insistir brevemente sobre la “cuestión igualitaria” en lo que respecta a las diferencias entre ricos y pobres.

La liberación de la miseria socialista (o intervencionista) insumirá a nuestra sociedad un largo tiempo, sin duda. Principalmente porque el atractivo mental que el “control” estatal sobre los exitosos ejerce sobre los bajos instintos de la gente (que desea que “no se escapen” demasiado lejos del promedio), es enorme.
Debemos tomar en serio el dato de que el pecado capital de la envidia (y su alter ego político, el igualitarismo económico) se traduce hoy en una pulsión nacional frenante, con serio peso electoral.

Ya está claro que este tipo de tendencia en países rezagados como el nuestro sólo conduce a una miseria crónica, institucionalizada y progresiva, tal como la que tenemos. Y en países más (previamente) desarrollados -como algunos del hemisferio norte- a internarse en una ciénaga de paternalismos infinanciables, como puede verse en sus cada vez más recurrentes crisis de deuda, fuga de capitales, ralentización del crecimiento y paro juvenil.
En todos los casos se intenta llegar a un inasible equilibrio entre el poder creador del capitalismo basado en la idea del afán de lucro y el poder desmoralizante de los impuestos basado en la idea de la solidaridad forzada; concepto contradictorio en sí mismo que, además, carece de justificación práctica.

A pesar de todo el voluntarismo socialista (que procura dar cauce político a la pulsión negativa de la envidia) y de la mala prensa siempre reservada a las aplicaciones capitalistas y a conceptos como propiedad privada o sociedad abierta, sucede que la Historia se ha emperrado en mostrarnos una y otra vez cómo, allí donde las iniciativas de los individuos prevalecen sobre las restricciones del Estado la sociedad florece en poder, bienestar y riqueza. 
Y nos ha mostrado también que a mayor dosis de audacia capitalista se corresponde un mayor impacto en “bien común” sustentable, a la inversa de lo que se ve en los casos de control intervencionista.

El periodista y escritor Carlos Alberto Montaner nos acerca un ejemplo reciente de lo anterior en su brillante artículo “Las tres duras lecciones de Corea del Norte”, donde compara la evolución gemela de ambas Coreas a partir de 1953 (la totalitaria del norte versus la liberal del sur), en una de cuyas partes expone “…sesenta años más tarde, Corea del Sur tiene 32.400 dólares per cápita (dos veces el ingreso de Chile, el país más rico de América Latina), mientras Corea del Norte apenas alcanza los 1.800 (la mitad del de Nicaragua, el país más pobre de América Latina)…”
Ambas habían partido por igual de un ingreso per cápita menor al de Honduras, en aquel entonces el país más pobre de Hispanoamérica.

El capitalismo liberal y más aún su futuro, el anarcocapitalismo, son los sistemas que tienen, por lejos, el mayor potencial de aumento de bienestar para el mayor número y en el menor plazo para cualquier grupo humano. 

Poder libertario verificable una y otra vez, parcial o totalmente a lo largo de toda la experiencia histórica.

Potencialidad que implica “dejar hacer” (e invertir) a emprendedores de todo tipo en toda clase de negocios sin que el gobierno los entorpezca ni despoje.
Y que implica “tolerar” que algunos (o muchos) de ellos se enriquezcan por derecha y en gran forma, separándose del resto (ese es el estímulo, precisamente). Y no sólo tolerarlo sino facilitarlo, para que cada vez haya más propietarios interesados en mejorar y proteger su propiedad y menos proletarios interesados en robar la del vecino como estrategia de supervivencia.

Ese humano afán de lucro y esas desigualdades tan opuestas a la idea igualitaria, sin embargo, no significan menos solidaridad sino más. Como puede verse en los casos de tantos multimillonarios del hemisferio norte que financian enormes fundaciones filantrópicas no clientelares, que generan empleo y brindan todo tipo de ayudas.  Más que muchos Estados corruptos, por cierto.
Aún así ellos sólo serían entre nosotros la punta de un iceberg social mucho más amplio, donde el crecimiento en número y poder económico de la clase media multiplicaría por cien el impulso solidario. Presunción confirmable con sólo ver la fantástica reacción de la ciudadanía argentina ante cada emergencia “natural” que se presenta. ¡Aún entre pobres! (o más bien… entre empobrecidos).

Una sociedad audaz, capitalista sin complejos, rica, tiene entonces menos carenciados y mucho más poder solidario. Una fórmula perfecta y por demás obvia a la que podríamos llamar, siguiendo el razonamiento de Ayn Rand (valiente filósofa y escritora, 1905-1982), “la virtud del egoísmo”. O como diríamos los libertarios, el aprovechamiento social inteligente de las tendencias más fuertes y permanentes de la naturaleza humana.

Dos obstáculos impiden el acceso de nuestra nación (que como nuestro papa, bien podría llegar a ser prima inter pares) a este círculo virtuoso: por un lado, el statu quo de las oligarquías política, sindical y cortesano-empresaria, con sus privilegios dependientes del forzamiento impositivo-reglamentario de la población. Y por otro, la estupidez casi masiva de la gente en dejarse usar por ellos bajo el embrujo de suciedades contraproducentes como el resentimiento social, azuzado en nuestra fragua estatal del odio de clases.

El objetivo libertario de una Argentina poderosa e integrada no depende sólo de dinero y dádivas, entonces. También depende de instalar entre el cuartil más postergado del electorado -elevándolo en la superación de la envidia- que lo inteligente, lo que debe importarnos, es eliminar la pobreza y no la desigualdad.




Voto Esclavo y Resistencia


Abril 2013

Volveré y seré millones de votos esclavos, podría haber dicho alguna demagoga de ley visto que la democracia, cuando es lastrada con demasiados millones de empleados públicos, de odiadores, de vagos, envidiosos e indigentes desesperados deja de ser un sistema civilizado de organización social.

Se transforma, como alguien dijo hace poco, en simple método para el arreo de ganado clientelizado.
Animales humanos usables (como cualquier bestia de servicio), con supervivencia gatillada a los “planes sociales” suministrados por un grupo de vivillos operando con dinero que no les pertenece.
La democracia republicana, representativa y federal deviene así en poco más que una bomba lubricadora de votos delincuentes, aunque (podría decirse, forzando la empatía) de electores cuasi inocentes por pura estupidez condicionada.

En dos palabras, voto esclavo.

La única forma de que algo así funcione superando la estupidez general, es que esta sea controlada por una élite inteligente.
Como la que operó a pesar de todo y con notable éxito durante los 80 años de progreso que siguieron a la sanción de nuestra Constitución (desde 1853; hace 160 años). Élite desaparecida en acción durante los siguientes 80 de decadencia (hasta 2013), reemplazada por los referidos grupos de vivillos.

Motivaciones diversas y muy distintos resultados, con forzamientos similares. Con el fraude patriótico de los caudillos conservadores durante el primer período o con el fraude clientelar de los punteros estatistas durante el segundo, pero siempre con el mismo voto falseado.

Un mal sistema que nos hizo subir a patadas violando el mandato electivo de la Constitución para luego hacernos declinar a trompadas violando, además, su mandato económico.
Retrocediendo durante la caída hasta el actual modelo jurásico donde la mayoría simplemente arrolla a las minorías, donde las leyes devienen arma y refugio de opresores antes que defensa de oprimidos y donde los cruciales derechos humanos de libertad y propiedad (base de todos los demás) se ven reducidos a materia residual opinable.

Algo no aceptable para que la totalidad de la población lo avale en tanto “contrato social” nacional de respeto y trabajo honesto.

Como sucede con los agropecuarios, a los que el Estado quita más del 80 % de su renta, a pesar de tener profundamente invertidos en el país grandes capitales, lícitamente adquiridos. Y que la quita sin mensurar las consecuencias en lucro cesante y daño emergente del conjunto (es decir, del bienestar popular) a largo plazo.
De hecho, se ha creado una situación en la que gran parte de la ciudadanía no avala -ni firmaría- en modo alguno el “contrato” de facto vigente cimentado en el voto esclavo y que nada tiene que ver con lo acordado hace exactas 16 décadas, en nuestra carta magna.

La pusilanimidad de los pueblos es proverbial cuando de rebelarse para destituir y encarcelar a los falsarios se trata aún cuando, como en nuestro caso, la Constitución lo prescriba con dureza.
Antes bien los ciudadanos suelen dejarse empujar, arrinconar, robar y matar en vidas miserables, presas de miedos y falsas esperanzas. 
Como lo probaron las interminables filas de mansas personas de bien insultadas, usadas y luego exterminadas en el Gulag de Stalin, en los campos de Mao, en el Reich de Hitler o en el violento eje corrupto de Castro y Chávez, excremento ideológico de anti-valores al que los sindicatos “docentes” (¿?) de nuestro país adscriben.

Caminando en filas como aquellas y más allá del voto esclavo, una importante mayoría de argentinos cree todavía en la magia del control socio-económico centralizado. Autoritario. Mesiánico.
Mas los delirios mágicos devienen fatalmente en delirios de persecución, transformando de a poco la planificación centralizada de la vida de la gente en un reinado del terror.

Equiparando esta experiencia trágica a un juego para su mejor comprensión, podríamos asimilar los problemas de nuestra sociedad a los planteados por mil partidas de ajedrez jugadas en simultáneo. De este lado, las figuras negras; de aquel lado, las blancas.
Nuestro líder dirigista pondría entonces a trabajar a sus funcionarios: celular en mano para dar órdenes, algún ministro sería responsable del movimiento de todos los alfiles y otro, de todas las torres. Procediendo así con cada tipo de piezas negras (peones, caballos etc.) a lo largo de la fila de tableros, el resultado previsible sería… una aplastante victoria para los ajedrecistas del bando blanco.

¿No hubiese sido mejor dejar a los funcionarios sin “ordenar” nada y a los ajedrecistas del bando negro tomar sus propias decisiones acerca de cómo y cuándo mover un caballo o una torre?

Si la línea de los tableros fuese la cordillera de los Andes, los chilenos serían sin dudas los jugadores de piezas blancas: sin hacer ninguna maravilla con su apocado gobierno de centro-derecha, Chile confió más que nosotros en su gente, en su cooperación espontánea e iniciativa privada. Eso fue suficiente para que en estos últimos 10 años (y a pesar del terremoto sufrido) nos “pasara el trapo” dejándonos atrás en todas las  mediciones de desempeño comparativo, empezando por las de educación, pobreza e inclusión.

Hoy, elegir izquierdas es ser colaboracionistas en la infame traición a la patria marcada por el voto esclavo. Votar menos Estado y más Sociedad, menos regimentarismo y más libertad de industria a todo orden es, en cambio, ponerse del lado correcto: el de la Resistencia.




Egoísmo y Utopía


Marzo 2013

¿Son los libertarios unos locos utópicos? ¿Es su norte económico capitalista, contrario a los impuestos, una idea egoísta y disolvente?

Quienes -tras un viaje intelectual que bien puede llevar una vida- arriban al puerto libertario, tienen muy presente la actual creencia mayoritaria que, en diferentes grados, avala (o tolera) al estatismo. Y que lo hacen pensando en problemáticas concretas que refieren en definitiva a la igualdad de oportunidades.

Asuntos comunitarios que van de la educación pública a la asistencia de pobres y desvalidos, pasando por la protección de derechos individuales, la sustentabilidad ambiental, el coto a los abusos laborales o la seguridad, entre muchos otros.
Problemas tan apasionantes como mal resueltos, que generan un gran desafío a la inteligencia y a la creatividad aplicadas, rubros, por otra parte, en los que el liberalismo ha estado siempre a la vanguardia habida cuenta de su natural innovador y de su consecuente eficiencia legal-económica, generadora de la confianza que se necesita para estimular a la gente más emprendedora y para atraer el capital de riesgo necesario a cada área potencial de avance.

La energía y velocidad de acción de esta fórmula ganadora es lo que los libertarios, eventualmente, llevan a un nivel superior.

La opinión mayoritaria que hoy avala el estatismo, no cree que un sistema basado en acuerdos voluntarios sea una forma razonable de organización. Les parece evidente, en principio, la dificultad de coordinación que tendrá cualquier grupo de individuos que se esfuercen en realizar diferentes partes de una tarea en común (la construcción de una sociedad justa), accionando libremente sin un gobierno nacional que los discipline ni un plan que los guíe.

Sin embargo es exactamente lo que sucede con la comunidad científica y con el avance continuo de las ciencias, tanto teóricas como aplicadas: la investigación académica es mayormente libre y su coordinación y validación (o rechazo) a lo ancho del globo, espontáneas. La única condición para que esto sea posible es que exista un propósito subyacente (el avance del conocimiento a través del “método” científico) y que cada aporte se evalúe en relación con ese propósito. Así, cada aporte contribuye de manera espontánea con la práctica científica que se revele más eficiente y cientos de miles de acciones sin coordinación aparente proveen con gran efectividad el basamento diario para el avance de nuestra muy compleja civilización tecnológica.

Existen lamentables ejemplos históricos de lo que sucede cuando la planificación estatal pretende dirigir y coordinar las investigaciones científicas, como fue el caso en la Unión Soviética, orientándolas según criterios políticos y a través de actitudes totalitarias.
Cosa que ocurre aquí con el (des) manejo central -con criterios políticos- del ingreso, del gasto, de los valores relativos y de las relaciones contractuales entre 40 millones de particulares.
Un ámbito por lo menos tan complejo como el del avance de la ciencia. E igualmente apto, desde luego, a ser coordinado en forma espontánea y cooperativa por los propios interesados.

Situación libertaria que no implicaría el tan temido relajo de controles sino una intensificación de los mismos, habida cuenta de la fuerte competencia (e intenso premio al mérito) que imperaría en todos los sentidos sociales. Aplicando máxima presión sobre más empresas privadas en enérgico crecimiento cuanti y cualitativo, fuertes demandantes a su vez de empleo e insumos.
Un entorno más difícil para empleadores obligados a ceder en sueldos, “bonus” y participaciones (que percibirán condicionadas a su propia supervivencia), que para empleados pactando modalidades personalizadas, con re-calificaciones y entrenamientos laborales pagos crecientes. Una manera de invertir el reloj de la historia en favor de los asalariados, dando el puntapié inicial de un proyecto que incluya muy en concreto a los más pobres (hoy clientelizados).

Cosa que reduciría muy rápidamente las necesidades solidarias de nuestra sociedad a una fracción de las actuales, tornándolas manejables por medios no delincuenciales. Post estatales.

Una situación que podría darse fluyendo suavemente hacia un  capitalismo de vanguardia ultra tecnológica como el descripto por el brillante economista, filósofo y catedrático español Jesús Huerta de Soto (n. 1956).
Basándonos en los nuevos y superadores conceptos de eficiencia dinámica surgidos como natural derivación de los procesos más modernos de mercado, impulsados por la enorme potencialidad (a un tiempo creativa y coordinadora) de la función empresarial.  Entendida como la capacidad del empresariado para buscar, descubrir y superar coordinadamente los diferentes desajustes sociales que se presenten, en beneficio de la comunidad y de su área en la nueva red inteligente (horizontal y sin “coronitas” políticas).

Un capitalismo modelo siglo XXI que deje atrás los viejos paradigmas paretianos de eficiencia estática que siguen enseñándose en las universidades del atraso y que aún nos frenan y empobrecen.
Y tal vez lo más significativo: asegurando a su través la relación simbiótica entre economía y ética. Porque la no violencia libertaria presupone la responsabilidad social y moral empresaria tanto como la del trabajo. Tal como que no es posible construir un sistema virtuoso partiendo de dinero sucio; manchado en la sangre de una extorsión mafiosa. Como la implícita en la feroz agresión impositiva que los dirigistas pretenden hacer pasar por… ética.

Es claro que los avances sociales logrados mediante la “inteligencia en red” (como en las ciencias) no pueden ser obtenidos mediante ninguna técnica de coordinación por  manu militari.
Y asimismo lo es que hasta los más impactantes logros de la mutua y espontánea adaptación no están exentos de defectos y que siempre son relativos ya que lo libertario no es dogma coactivo (como nuestro nacional-socialismo) sino búsqueda en libertad, de lo mejor.  

No debería perderse de vista que el libertarianismo argentino actual, entendiendo de manera cabal la necesidad de evitar cambios traumáticos, adhiere al postulado de la tendencia.
Al convencimiento de que, aunque nunca se llegue al ideal, basta ponerse en marcha hacia el objetivo correcto para que la propia dinámica de las fuerzas económicas y sociales (o de mercado) guíe, mejore y acelere gradualmente el rédito comunitario del proceso.
Ya que una tendencia firme y explícita hacia la más honesta igualdad de oportunidades, contraria a cualquier tipo de privilegio, dentro de un marco de absoluto respeto a las garantías y derechos personales y a la más irrestricta libertad de empresa, redistribuirá riqueza casi desde el inicio demostrando el enorme poder de aquel círculo virtuoso donde el bien llama al bien y el beneficio social, a más beneficios. Sin violencia de arriba dando ejemplo a la de abajo.

Se trata ante todo de un sistema ético cuyo “descubrimiento” tiende a compeler a quienes llegan a él a esforzarse por la libertad de sus semejantes (perfectos desconocidos) más que en favor de sí mismos.
Algo verificable tras la comprensión de que la libertad del mayor número (para trabajar, ganar, multiplicar, crear y vivir como les plazca) hace crecer en forma directamente proporcional la cantidad de oportunidades de bienestar (felicidad) ofrecida por el conjunto a cada persona integrante de esa sociedad.

¿Qué será más egoísta y utópico, entonces? ¿Seguir confiando en el Estado o empezar a hacerlo en las personas del llano? ¿Quién nos dará más oportunidades reales? Los resultados de lo primero, están a la vista. Las posibilidades de lo segundo, también.
Está en nuestras manos presionar, inducir y votar por lo que más se acerque a esta concepción avanzada de sociedad.




El Problema del Fracaso


Marzo 2013

Vivimos en una nación fallida, camino de su disolución.
Somos, definitivamente, ratas de laboratorio de un experimento ideológico fracasado. De un necio reintentar de 7 décadas, a resultas del cual transitamos hoy una guerra civil larvada.

Una estafa a gran escala “a lo Richter” y en toda la línea, perpetrada hasta el presente por el pleno de la intelectualidad nacional-populista argentina tras cuyos falsos, inmaduros cantos de sirena tomó impulso un voto tóxico masivo.
Intoxicados con el alcohol de este facilismo suicida, millones de abuelos, padres e hijos cavaron una gran fosa electoral, bailaron a su alrededor e hicieron tropezar a la Argentina con la misma piedra haciéndola  caer dentro, una y otra vez.

Ya no hay educación que merezca el nombre de tal en nuestra ex república. Si la hubiera, todos los ciudadanos conocerían la historia que seguramente algunas de esas abuelas aún recuerdan de primera mano. Y que sería bueno refiriesen a sus hijas y nietas, aunque esta vez sin el acostumbrado autoengaño de contar hechos (o efectos) escondiendo responsabilidades (o causas).
La Historia con mayúsculas de los tiempos “del Centenario” y antes de la gran estafa, cuando nuestro país se contaba entre las 10 potencias más ricas y avanzadas del planeta.

Una Argentina abierta, integradora y promisoria, meca de millones de inmigrantes europeos quienes, junto a otros tantos criollos, no pedían que el Estado les diese una mano (subsidios) sino que, simplemente, no les pusiera las manos encima (impuestos e intervención)  dejándolos trabajar, ganar y reinvertir.
Una Argentina granero del mundo pero también crecientemente industrial igual que nuestros gemelos de esa época, Canadá y Australia, quienes a pesar de las crisis siguieron adelante con sus políticas agro-exportadoras sin caer en  saqueos redistributivos sobre el campo. Y que corriendo el siglo, era obvio, fueron también potencias industriales, tecnológicas y culturales, sacándonos hasta hoy inconmensurables ventajas en cuanto a bienestar popular.

Fuimos un país con una visión optimista de su destino superior y cuyas ciudades se preparaban, con magníficas construcciones, infraestructuras públicas y privadas (¡imponencias que aún perduran!) para ser cabeza de una república imperial.
La desocupación era casi inexistente y los salarios, superiores a los de grandes países europeos. Un empleado o una maestra podían comprar un terreno y construirse una casa. Incluso ahorrar. El peso argentino era atesorado en el mundo, nuestro prestigio internacional y diplomático estaba en su apogeo, teníamos la mayor cantidad de vías férreas por habitante y uno de los mejores índices educativos de la tierra.
Nuestros científicos así como las inversiones en ciencia, institutos especializados y tecnología estaban a la misma altura que en los países líderes. Nuestra gestión agropecuaria era la más evolucionada y pujante del orbe y nuestro ingreso anual per cápita aumentaba más que el norteamericano o el inglés, las superpotencias de entonces: ¡la locomotora argentina avanzaba hacia el horizonte, lanzada a la caza de los gigantes!

Fue, claro está, una época de señores, no de ladrones. Fue la época liberal. Pero de un liberalismo económico serio, inteligente, no la trágica neo-parodia del Martínez de Hoz-Menem trucho.

Había fraude electoral y las mujeres no tenían derechos cívicos, es cierto. Todo lo decidía una élite ilustrada sin participación popular, es cierto. No existían las ventajas sociales, laborales ni previsionales que después llegarían, es cierto.
Pero también es cierto que en la misma época, las sociedades de punta tampoco tenían estas cosas. O las tuvieron de manera despareja y bajo formas incipientes, siendo que la exclusión era algo aún más común y penoso que aquí.
El modelo liberal (y el libertario más aún) es, por definición, el más abierto a los avances de la modernidad y de habérselo seguido en el tiempo, tales estímulos y otros aún mejores (¿participación voluntaria en las ganancias?) hubiesen surgido con naturalidad, incluso antes de que el peronismo procurara llevarlos a la práctica atropellando y estafando a todos, como efectivamente hizo.

El problema del fracaso, de “vivir” las consecuencias de un fallido como el que nos ocupa, no está en que vayamos a morir mañana de hambre y frío en alguna cuneta sino en el atraso relativo en el que, poco a poco, todos vamos quedando.
Una declinación que conlleva sufrimientos evitables tales como pobreza crónica, falta de vivienda y servicios, mal-empleo, polución, mal-nutrición, enfermedades desgastantes, educación deficiente,  frustración y vergüenza familiar (y nacional) constantes, alto nivel de injusticias, violencias, vicios, robos y accidentes.
En definitiva para millones de argentinos, grave impotencia existencial, desesperanza, resignación… y  muerte prematura.

Con esta guerra civil larvada que hierve sorda acumulando presión bajo la superficie de nuestra sociedad, somos llevados por el camino más largo, corrupto e ineficiente. El del gasto inútil de aquellas energías creativas que podrían haber sido aplicadas a proyectarnos unidos, como hace un siglo, hacia la modernidad y el bienestar.

Sin duda debiéramos poner a nuestra intelligentzia a trabajar para presentar a todos los que sufren este estado de cosas, un proyecto que los incluya muy en concreto. En nuevos paradigmas de educación, capacitación y reinserción laboral con oportunidades reales, de acceso al crédito, de fuerte consumo familiar, de seguridad en serio y de justicia rápida e igualitaria. Un nuevo proyecto de responsabilidad social empresaria en libertad creando riqueza para todos, con severo juicio y castigo para la rapiña y el privilegio estatal. 




Por la Razón o por la Fuerza


Febrero 2013

Pocos se dan cuenta de que alguien reirá de sus creencias políticas en el futuro. Un futuro descorazonadoramente cercano, además.
Parecería procedente prevenirse: el estado actual del conocimiento social o “democrático” resulta en verdad digno de sorna para cualquiera que, suspendiendo por unos minutos sus pre-juicios mentales (del tipo “el Estado es imprescindible”), se permita una mirada objetiva sobre lo que nos rodea.

Porque, como llegó a señalar el gran Carlos Pellegrini en un exceso de cinismo “no hay voto más libre que el voto que se vende”.
Comprobación profunda y terrible que marca al gen letal, nacido con el propio sistema electoral. El mismo que nos condujo a este presidencialismo prostituido, minado de fallos muy difíciles de revertir y sumido en el lento proceso de su propia descomposición.

Es dentro de este cadáver institucional donde circulan y se afanan los 40 millones de rehenes de nuestra ex república.
Basta abrir los ojos para observar qué tan lejos estamos (tras 160 años de intentos) de la bella teoría constitucional, de la vocación desinteresada de servicio público, de la intocable división de poderes protectora de minorías, personas y bienes.

No. El control del Estado garantiza hoy y aquí riqueza personal, poder absoluto para el reparto de cargos de fábula, empleos públicos y privilegios. Un sitio donde negocios políticos y de empresarios cortesanos se confunden en una trenza corrupta, que crece retroalimentándose. Y donde los “recursos” coactivos de la nación (impuestos, emisión, deuda) son simple botín clientelar distribuible a discreción a través de todos los niveles del gobierno.

Poca cosa fuera de este núcleo duro realmente importa.

Estado, votaciones, soberanía territorial, fuerzas del orden, poderío fiscal, referentes políticos, dictado de leyes, economía digitada, gobierno… son, en el imaginario de las multitudes que “deciden”, conceptos aceptados que se funden y confunden.
Es ya una obviedad que la democracia así entendida encarna, al decir de Hans Hermann Hoppe (autor, economista, sociólogo y filósofo alemán nacido en 1949), el dios que falló.
Conclusión que desnuda en Argentina y en algunos otros países de electorados tóxicos como Venezuela, Angola o Irán, su cara más terminal, blanqueando la asociación ilícita de clientes y políticos. Pero que puede verificarse hasta en Alemania, cuna del muy europeo (y cada día más insostenible) capitalismo renano, máximo ejemplo de eficiencia en el intento de combinar Estado benefactor con economía de mercado. Todos acaban deglutiendo su propia y sacralizada utopía sin contemplaciones.

Cada vez más, para la mitad honesta y creativa de nuestra población el Estado representa una amenaza, un enemigo de sus progresos, ingresos y patrimonios. Un ente ineficaz (improductivo, depredador, coimero), injusto (el 80 % descree de la Justicia y de la ecuanimidad de este extraño Gran Hermano) y peligroso por donde se lo mire. Una verdadera mafia o monopolio de forzamiento, engaño y sobre todo… de robo a gran escala.
Para en análisis libertario que nos identifica, no ya la palanca de algún desarrollo social sino una fábrica de pobres funcionando “a cucheta caliente”, destruyendo riqueza y honestidades a mayor velocidad de la que pueden ser creadas. El mal en estado casi puro.

Podemos sonreír con el negro cinismo del prócer, porque el sistema entero es nulo de nulidad ética absoluta. Y porque además falló miserablemente en todas las áreas, hundiendo a más de un tercio de nuestra sociedad en un pantano criminal de miseria y muertes evitables. De desesperante atraso con respecto a naciones como Brasil, México, Alemania, Corea, Canadá, Francia, Japón y otras a las que, poco antes de optar por profundizar en este tan cretino (nunca mejor adjetivado) fiscalismo “solidario”,… ¡mirábamos de arriba! Superándolas, aunque hoy nos parezca increíble, en niveles salariales y en casi todas las demás variables productivas.

A su tiempo, las fichas caerán en su sitio porque en definitiva se trata de sentido común; de lo voluntario primando por sobre lo coercitivo; de evolución espiritual. Del ser humano libre y pensante imponiéndose al primate que enarbola un garrote. De que el mercado (todos nosotros, tecnológicamente unidos por su intermedio en voto perfecto o decisión cotidiana) castigue con pobreza y exclusión a los mafiosos que hacen fraude y atropellan, evitando que se auto-premien con riquezas malhabidas.
Ya que con verdadera competencia a todo nivel, franqueamos el paso a una etapa superior: la meritocracia.
Es el norte adonde debemos apuntar durante este interregno socializante, para dejar de ser conducidos por la fuerza y empezar a serlo por la razón.
A favor y no en contra de la libre-potencia creativa de la tríada invencible: trabajo + mente + capital. Hagámoslo.

No hay otra forma definitiva y civilizada de superar sin violencia social el odio, la envidia y el resentimiento que emponzoñan nuestra patria: cortemos las manos al juego monopólico del Estado y demos a todos las mismas limpias oportunidades de prosperar a través del propio esfuerzo. Liberando a millones del “voto esclavo”.

Para todo lo cual no sirve seguir apoyando “oposiciones” de centro-izquierda. Empecemos a dar soporte a quienes nos propongan razonar con más crudeza; más a fondo. A quien nos prometa más cooperación voluntaria y menos “solución” estatal. Al político que con mayor firmeza nos proponga quitarnos de la nuca la dura bota impositiva. La que hoy aplasta la cara de laboriosos y honestos contra los excrementos de su corrupción militante, siempre impune.





Fracasamos


Febrero 2013

El levantamiento juvenil de Mayo de 1968 en Francia dejó, entre otras cosas, un legado de brillantes eslóganes que parecen pensados para nuestra Argentina de Febrero de 2013.
Así, consignas como “no le pongas parches, la estructura está podrida”, “trabajador: tienes 25 años pero tu sindicato es del siglo pasado”, “prohibido prohibir” o “la imaginación al poder” resuenan aquí con asombrosa actualidad.

Es grave que los gobiernos kirchneristas hayan desperdiciado una década tan favorable al país frenando y lastimando a la sociedad con su metralla de estupideces económicas y mentiras mafiosas, pero no es menos grave la gran desorientación en materia política de la propia ciudadanía llamada a ponerles coto.  
Una inmadurez debida en parte al hecho de que a los partidos de oposición -para seguir con los eslóganes- “no se les cae una idea”.
Sus referentes se oponen, censuran e incluso advierten airadamente (desde la inoperancia de su diseminación) al gobierno pero carecen, casi todos ellos, de programas alternativos.

Donde la clave se halla en la palabra alternativos. Porque lo cierto es que sí tienen ideas, propuestas y hasta programas mas no son una alternativa clara al sistema socializante de “Estado benefactor” que practica el peronismo K. Dato que se traduce electoralmente en el resignado más vale malo conocido que bueno por conocer.

Puede que nuestra “esperanza opositora” esté fraccionada en lo superficial pero ciertamente está unida con muy leves diferencias de grado en la aprobación de lo primordial: los lineamientos de lo que se conoce, desde hace más de 66 años, como doctrina justicialista.
Colorido collage de ideas orientadas a una “tercera posición” (ni comunistas ni capitalistas), ensambladas por J. D. Perón en los ‘40 quien bajo el lema justicia social, independencia económica y soberanía política pretendió llevar a cabo en nuestro país una revolución mental, social y productiva.
Un fenomenal intento explícito de superar nuestras eternas discordias en pos de la ansiada “unidad nacional”, a través de la cooperación de todas las clases sociales bajo un gran Estado paternalista, subsidiador, llamado a intervenir en todas las interacciones y necesidades particulares o de conjunto. En especial las de índole económica.

Una suerte de variación sobre el modelo sueco de Estado providencia (que el propio Perón admiraba). Modelo que, como en Suecia, acabó fracasando aquí también -mucho antes que con los super civilizados nórdicos- con más el costo de un pavoroso lucro cesante social, verdadera mochila de arrastre en nuestra decadencia.

Sin embargo, caído el peronismo en 1955 y a pesar de tanto relato y apronte contrapuesto, todos los gobiernos, civiles o militares, transitaron sus períodos sin modificar estos objetivos y presupuestos de base. Abierta o aviesamente, todos intentaron lograr justicia social, independencia económica, soberanía política y unidad nacional a través de las más diversas tácticas estatistas. Con más o menos intervencionismo (y excesiva presión tributaria) pero bloqueando siempre y sin excepciones… la llave maestra del desarrollo: una real libertad de creación y disposición de riquezas.
Vale decir, atemorizados de sus propios compatriotas. Desconfiados de sus capacidades, principios y racionalidad económica. Porque un crecimiento enérgico de bienestar y autoestima en los más, hubiese puesto plazo fijo a sus ventajas. A su enjuiciamiento, a su castigo y a su restitución de lo robado con corrupciones dirigistas.

Bajo el sacro paraguas de la palabra democracia, hasta el más tonto lo sabe, se guarecen hoy en todo el mundo “familias” fluctuantes de costosísimas mafias parásitas, administrando territorios “blindados” bajo el sub-sistema clientelismo soberano.
Conformando así un ranking de gobiernos golpeadores, confiscadores (eso sí, “nacionales”), en el que Argentina descolla.

Ahora, si la única verdad es la realidad, entonces es tiempo de ventilar a los cuatro vientos, sumando el poder de la informática al de la docencia y la publicidad masivas, las conclusiones de casi 7 décadas de experiencia en nuestro fracaso como sociedad avanzada. En no ser hoy el libre paraíso-ejemplo y meca de emprendedores que hace tan sólo 90 años el mundo entero apostaba que seríamos.

Fracasamos en lo de la justicia social al cambiar oportunidades serias de progreso (ética del trabajo, educación de punta, libertad de empresa, justicia real)… por dádivas de todo tipo, insostenibles en el tiempo. Fracasamos en lo de la independencia económica al cambiar el tremendo poder de negociación que brinda una economía de mercado operando a escala planetaria y creando sin mordazas… por el negocito de cabotaje con mercadito cautivo y proteccionismo sin fin. Fracasamos en lo de la soberanía política al cambiar el sólido bienestar popular que hubiese podido respaldarla… por ataduras, impuestos y bravatas patrioteras “para la gilada”.  Y fracasamos en lo de la unidad nacional, como es público y notorio en esta Argentina caníbal, tan crispada de odios y ultradividida.

La corrección de estos fracasos y el posterior logro de los objetivos planteados (suponiendo, para empezar, que sigamos tras esas metas de mínima tan modestas como poco evolucionadas) pasa justamente por el “grito de Alcorta” de los dichos de aquel Mayo francés.
No deberíamos seguir poniendo parches sobre una estructura podrida, corrupta. No deberíamos confiar en sindicatos que, desde ideologías superadas por la historia, frenan el avance de este siglo XXI. No deberíamos votar por gente proclive a prohibir más que a permitir. Y sí deberíamos emular a los bisabuelos inmigrantes que triunfaron rompiendo paradigmas asistencialistas; logrando con su trabajo duro, tenaz e innovador que su imaginación tomara el poder.
  

Democratizando


Enero 2013

La presidente y su entorno desearían democratizar la Justicia (vale decir, jueces sometidos a elección popular) así como la parte dogmática de nuestra Constitución (propiedad privada sometida a elección popular), como parte de un raid refundador que atenúe todo control republicano o freno institucional a la voluntad directa del pueblo.  

Convengamos, de cualquier modo, que la tendencia en un futuro no lejano apunta hacia algún tipo híbrido de democracia directa. De consultas individuales con aplicaciones cotidianas y personalizadas, a caballo de avances tecnológicos que acabarán conectando en red interactiva y en tiempo real a todos los ciudadanos. Y a estos con el resto de la ciudadanía global en un intercambio de informaciones, opiniones, coordinación espontánea y soluciones innovadoras que chocarán de frente con los viejos clichés del clientelismo soberano.
Algo que bien podría constituir el paso previo al principio del fin de los rapaces Estados nacionales territoriales, tal como los conocemos desde el -tampoco tan lejano- siglo XVIII.

El fundamento de la Sra. presidente, digno de ser considerado, sería evitar que los habitantes de este suelo permanezcan esclavos de sistemas, modos, valores o tradiciones que -en lo personal- no hayan elegido ni avalen. Para que no haya más sometidos contra su voluntad, forzados a aceptar y financiar lo que otro decidió por ellos.

Porque si, como afirma el gobierno, la gente quiere cambiar las reglas, subvertir lo establecido y decidir por sí misma sobre qué le conviene y qué no ¿quiénes son la Constitución o la Justicia para impedírselo? ¿Quién es nadie, en realidad, para impedirlo violentando el libre albedrío de sus semejantes? ¡Adelante! ¡Cirugía democrática hasta el hueso para todo, todos y todas! Un ciudadano, un voto; con decisión soberana individual y posterior respeto absoluto de su empleada pública número uno. Punto.
Situación teórica que implicaría la existencia de millones de ciudadanos destituyentes del “Contrato Social” argentino (es decir, aquello que ha impedido hasta ahora la secesión de las partes), sintetizado en los férreos derechos de propiedad y libertad de industria garantizados por la Constitución de 1853, hoy bajo ataque.

Rescisión de contrato donde el primer punto de “democracia a fondo” a considerar habrá de ser, obviamente, consultar a cada uno acerca de si desea o no desea pagar este o aquel impuesto. O en su forma más sencilla, despenalizando la evasión impositiva para que cada quien elija democráticamente si prefiere tributar al Estado lo que en cada caso le toca, o prefiere destinar esas sumas al pago voluntario de los servicios cooperativos, privados o de ONG’s solidarias sustitutivos (algo que la tecnología informática disponible hace hoy más que posible).
En la inteligencia de que la demanda de tales prestaciones por vías no estatales conllevaría una explosión de ofertas competitivas, estimularía la creatividad nacional, multiplicaría la inversión, el empleo y los niveles salariales  aportando riqueza social a una escala que, desde de la caverna paleo-económica en que nos hallamos, no puede hoy siquiera imaginarse. 

Derivaciones todas de un razonamiento presidencial ciertamente interesante, prima facie evolucionado, de alta civilidad, y tolerancia por la libertad de opciones.
Incluida la opción de desligarse parcial o totalmente del monopolio estatal.

Resulta interesante notar que tal procedimiento libertario sería, ni más ni menos, la aceptación a última instancia de una realidad que trasciende los deseos patrióticos y el color de las ideologías con las que cada argentino elige ver aquello que lo rodea.
Sería asumir la evidencia histórica de que siempre fuimos (y seguimos siendo) una sociedad rebelde y dividida en multitud de facciones irreconciliables, irreductibles en sus visiones de lo que es mejor para todos y para cada uno. Un grupo humano habituado a obligar por votos o botas, a palos o bajo amenaza a otros a aceptar ideas que les repugnan, volteando vengativamente todo lo anterior. Y a disentir agriamente luego con cada detalle, modo, persona y prontuario de nuestro mismo redil ideológico.
Porque el poderoso animus dividendi de los argentinos es algo que existió desde el principio, estallando con violencia en forma recurrente y por distintos motivos a lo largo de toda nuestra historia. No fue creado por este gobierno, que sólo se limitó a volver a exacerbarlo.

Siguiendo entonces al refrán “si no puedes contra él, únetele”, tal vez lo más eficiente sería considerar aceptar este rasgo como premisa. Como punto de partida de un razonamiento radicalmente diferente. Tal y como podría serlo si dispusiéramos un uso inteligente de esta  fuerza natural de creatividad en lo diverso y de rebeldía a toda imposición autoritaria, orientándola en favor del avance y desarrollo de las personas en lugar de seguir anulándonos en discutir qué tanto debe frenarnos -en masa- el Estado.

El deseo tan profundamente democratizador de nuestra presidente así como la furia divisionista que ha caracterizado a sus mandatos y al de su marido podrían deberse, después de todo, a la intención final de lanzar a la Argentina hacia un nivel superior de democracia.
Un nivel revolucionario. Subversivo de un orden estatal brutalmente injusto y vejatorio, donde nuestra sociedad vuelva a marcar el rumbo al orbe y coseche antes que nadie los poderosos beneficios de la libertad.

Saltar sin escalas desde la era del simio hasta el futuro que aún no alcanzan las sociedades más avanzadas es, también, una opción.




Explotación y Trata Obrera


Enero 2013

Según concluyó -hace ya un siglo- el admirado intelectual y revolucionario socialista Jan Waclav Makhaïski (1866-1926), “el socialismo es, finalmente, un régimen social basado en la explotación de los obreros por los intelectuales y profesionales”.
Los intelectuales y políticos profesionales adherentes en diverso grado a planteos socialistas, constituyen hoy y aquí una amplia mayoría. Cuya mayor parte, a su vez, recibe de manera directa o indirecta, por derecha o por izquierda, prebendas desde el Estado. Obteniendo así comodidades, honores y dineros originados en la explotación que éste ejerce sobre el sector trabajador a través de fuertes impuestos como el inflacionario o el IVA, entre otros métodos de expropiación y reducción a la servidumbre.

Pocos son los políticos e intelectuales que se declaran partidarios de acabar con la trata de obreros. De una sociedad propiciadora de grandes fortunas honestas en lo individual y de consecuente proliferación de clases medias en lo general. De una amplia libertad de comercio con impuestos en franca disminución. Impulsores de una población más responsable, culta y en consecuencia, menos permeable al imbecilismo económico.

Por el contrario, el consenso populista en que se basa la explotación del hombre por el hombre es que la cultura, más que un medio de conocimiento, es un medio de gobierno: de conformismo, de rechazo a lo diferente, de propaganda y…doma de obreros.
Un consenso que une a la mayoría de los referentes políticos de la Argentina, haciendo coincidir al peronismo kirchnerista (o sciolista*), con la Unión Cívica Radical, el Socialismo o el Proyecto Sur entre otros. Es clara para todos ellos la necesidad de que la sociedad sea “modelada” culturalmente por el Estado dentro de un esquema igualitario -en el sentido económicamente rasador del término- y que ese sentimiento envidioso, ladrón, sea inculcado en el corazón de todos sus niños. Porque una multitud pobre, frenada y uniforme ofrece condiciones ideales a su servidumbre.

Por eso los intelectuales y profesionales de izquierda, en relación directa al grado que revista su anti-capitalismo, odian la diversidad. Por eso detestan el cuestionamiento innovador, la libertad de pensamiento que acarrearía la riqueza creciente de muchos y sobre todo, la pluralidad mediática que los desenmascara.

La enriquecida oligarquía gobernante progre sabe que la eventual elevación de las clases más bajas (un anhelo natural, ancestral, que no necesita ser “modelado” para imponerse), dispararía una bala de plata contra el corazón de su sistema esclavista.  Quedarían sitiados en la Bastilla, con la guillotina aguardándolos en la plaza.
Saben que la naturaleza humana con su afán innato de originalidad creativa y bienestar familiar, trabaja contra ellos. Que la tecnología participativa de redes fluyendo imparable a través de la Internet, trabaja contra ellos. Que el mismo reloj de la Historia trabaja contra ellos, odiadores de un liberalismo que les impide reducir por completo al prójimo a un estado zombie de tributación dirigida, eternos pagadores de platos rotos y corrupción ajena.

El concepto de que “debemos” pagar sus impuestos y que hacerlo es “contribuir a crecer” es completamente falso. Esta exacción no consentida, este verdadero tributo al amo es la llave maestra del poder dictatorial ejercido sobre tantos, por unos pocos oligarcas.

¿Por qué una integrante de esa casta parásita, la Sra. Alicia Kirchner, ministro de desarrollo social, manejaría mejor el dinero de las retenciones al campo en la parte que le toca al veterano productor agropecuario José Buenudo, que el propio Sr. Buenudo?
La Sra. ministro transferiría ese dinero a la (nueva rica) Sra. de Bonafini, por ejemplo, contribuyendo con su semillero de terroristas económicos de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, o en todo caso con alguno de sus escandalosos “planes” clientelares de viviendas co-administrados en su momento por el Sr. Shoklender.
El Sr. Buenudo, en cambio, lo gastaría en su pueblo. Pagando a los albañiles que arreglarían su galpón, al gomero que proveería de neumáticos nuevos a su tractor, al vendedor de alambre y postes o al supermercado local que surte a su personal.
Probablemente también daría más trabajo a obreros de una fábrica argentina, abonando el anticipo de una camioneta nueva. O pagando con ventaja y por adelantado parte del fertilizante y del alimento balanceado de su próxima campaña.

¿Cuál de ambos manejaría mejor, en definitiva, esa -discriminatoria- “retención” al trabajo del productor, con más provecho social, con mayor honestidad y eficiencia? La respuesta es obvia.

Multipliquemos este pequeño ejemplo por 40 millones de casos (incluyendo ahora a los obreros explotados, descriptos por J. W.  Makhaïski). Volvamos a multiplicar el resultado por la gran cantidad de impuestos, descarados u ocultos, con que se nos grava. Y multipliquemos luego la dosis de libertad de elección de esos 40 millones, no sólo para el sabor de su yogurt sino para cada aspecto y necesidad de sus vidas incluyendo seguridad, salud, educación, legislación, justicia, solidaridad o infraestructura.
Empezaremos entonces a comprender la tremenda fuerza potencial de los conceptos libertarios de rebelión, riqueza y poder popular.

En nuestro hoy “redistribucionista”, el campo y el pueblo del Sr. Buenudo languidecen. Sus jóvenes emigran o se encaminan hacia la municipalidad para que les asignen un empleo público.
Eso sí: los clientelismos corruptos de explotadores como Luis D’Elía, Hebe de Bonafini, Milagro Sala, Fernando Esteche, Jorge Capitanich, Alicia Kirchner y cientos más… florecen.

(*) Versión igual de mafiosa y fiscalista pero más letal, porque se expresa sin insultos personales entre sonrisas engañosas y en voz muy baja.