Sigamos Participando

Junio 2015

Si todavía creemos que el gobierno es quien debe planear, impulsar y regular nuestro acontecer económico, si creemos que el uso de este poder no provoca el encumbramiento de una élite oportunista apoyada en los políticos más falsos, agresivos y corruptos, si creemos que las legislaturas no trabajan en beneficio de los deshonestos y que no asfixian, frenan y eventualmente hacen quebrar a los honestos; si en general seguimos creyendo -como el pajarillo de Chávez- que el Estado es la solución y no el problema, somos en verdad terriblemente ingenuos. O estúpidos. O para el caso, mala gente.

Nadie ignora que el único Poder real que tiene el gobierno (y aún el Estado) es el poder de la fuerza física. Del forzamiento extorsivo armado. Y que carece del Poder moral con el que podría intentar justificar de algún modo esa coacción. Una supuesta autoridad ética con vocación desinteresada de servicio que queda aplastada bajo la abrumadora evidencia en contrario que nos brindan los políticos cada vez que les toca ejercer el mando.

Ni aún las malas personas que votan avalando la corrupción de la cleptocracia, la Mentira y el desguace y venta de nuestras instituciones republicanas ignoran que las sociedades nacen, crecen, llegan a su apogeo y caen. Completando un círculo histórico donde las necias… caen mucho antes.
Uno que nuestra Argentina vivió, gozando su gran momento en el primer tercio del siglo XX para luego sufrir el tropiezo con la piedra peronista, cayendo por las escaleras hasta nuestros días.
Así, con el entendimiento aturdido por los golpes de la rodada, una parte demasiado grande de nuestro electorado porfía en elegir como remedio otra dosis del veneno populista que la está matando.

Sin perjuicio de lo anterior, hay edificantes ejemplos históricos de sociedades que nacieron de nuevo, resurgiendo del cieno. Casos reales donde comprobar que el círculo virtuoso aparece y se acelera con fuerza cuando sus dirigentes aumentan con perspicacia el único ingrediente verdaderamente universal de la prosperidad: la libertad.
Porque nada es tan característico de una economía fuerte, soberana e inclusiva y de un pueblo orgulloso de sí mismo como la libertad; como el rechazo social de la esclavitud; sea su víctima pobre o rica, ignorante o erudita, blanca o negra.

La aplicación del poder de la fuerza bruta a través del implacable sometimiento impositivo y reglamentario de todos quienes pretenden crear riqueza honesta, no puede terminar bien; de hecho no lo hace y es la madre de todas nuestras miserias morales y económicas.
El recurso de las bestias que a esta altura de la civilización seguimos usando como contrato-base de nuestro orden social tiene que empezar a cambiar. Y es nuestra responsabilidad de personas evolucionadas ayudar por todos los medios a que así suceda.

¿Cuánto más bienestar familiar tendríamos si dejásemos a la gente reinvertir tan sólo 30 % del más de 50 % del dinero que le quitan de sus ingresos (a través de impuestos/inflación/deuda) para despilfarrarlo en un clientelismo que todo lo posterga?
¿Cuántos empleos nuevos podrían crearse si empezar un nuevo negocio no fuese tan difícil por lo brutal de la presión tributaria y el  cúmulo –verdaderamente hartante- de estúpidos requerimientos?
¿De cuánto crédito barato dispondríamos si el Estado no estorbara con cepos, persecuciones contables y regulaciones sin fin; si no ahuyentara los capitales o si dejara de usar como Caja de Gastos Corrientes al sistema financiero (¡y previsional!) público y privado?

Hoy, la tendencia de nuestro electorado nos empuja hacia una menor libertad de acción, no mayor. No es de sorprender que el ingreso de los argentinos disminuya año a año, resbalando por un círculo vicioso donde la decadencia nacional y sus sucesivas crisis de bancarrota dan excusa a los gobiernos para confundir al electorado, pedir más cheques en blanco y recortar más derechos personales.

Cuando uno está encadenado no puede producir.
Conformamos 3 generaciones de ciudadanos que se han suicidado moral y económicamente a través del voto: sin mayor violencia, sangre ni terror; más bien a través de un asfixiante proceso de invasiones estatales a la privacidad, “democráticamente” impuestas.

Por fortuna a esta tendencia se opone otra: la de la joven libertad individual que proyecta y supone la apasionante tecnología informática de redes, que crece a un ritmo que las fronteras de los viejos estados-nación no pueden detener. Con ella podremos disminuir gradualmente su Poder de forzamiento y reconstruir así la prosperidad que nos robaron.

Por cierto, la Historia es una gran maestra en esto de tratar de enseñarnos a no tropezar demasiadas veces con la misma piedra.
Durante la extensísima era pre-industrial, el control de los gobiernos sobre la economía no logró más que penurias, frenos al ascenso social y crisis financieras, cuando no guerras, muerte y hambrunas.
Si durante miles de años de prueba y error los funcionarios no pudieron conducir eficazmente el viaje humano hacia el bienestar (donde sólo tuvieron que decidir sobre herrerías artesanales, telares y agricultura básica) ¿cuánto más difícil –inútil y dañina- será la tarea de un planificador actual sumergido en la inmensa complejidad de nuestra economía del conocimiento?
¿Qué clase de ceguera general hace creer a nuestros campeones socialistas que pueden tener éxito en manipular a las personas (a los mercados) en busca de un mayor bienestar para todos, improvisando entre la casi infinita variedad de intereses, intercambios y creatividades de la civilización post-industrial?

No hay tal ceguera entre su dirigencia. Hay  sí, angurria de Poder, de riqueza rápida y de venganza resentida frente a la propia incapacidad. Vicios que prosperan naturalmente entre violencias, cuando no hay competencia real y se restringen las libertades.
El resto es ingenuidad… y simple falta de estudio.






Miedo a la Riqueza

Junio 2015

Inquietudes ecológicas y de supervivencia tales como la biodiversidad en riesgo, el calentamiento global, la provisión de agua dulce, la superpoblación, la producción de más alimentos, la contaminación o la energía limpia y abundante no van a ser limitantes dentro de unos años para nosotros ni para quienes nos siguen. Al menos si no queremos positivamente que lo sean.
Estos y otros problemas pueden ser superados sin estancamiento ni resignaciones por parte de las sociedades desarrolladas y también por parte de los países pobres o en desarrollo.
No es necesario frenar el ascenso de millones de personas hacia un mayor bienestar ni retrotraer a la humanidad a un utópico estadio pastoril, que en modo alguno podría sostenerla.

Prospectivas tan avanzadas como las del novísimo ecomodernismo postulado por un calificado núcleo de científicos ambientalistas no hacen sino confirmar, a su vez, los postulados libertarios sobre el particular, siempre racionales y proclives a la empatía filantrópica.
De acuerdo con ellos, hoy podemos confiar más que nunca en la innovación privada surgida de una empresarialidad con libertad inversora y creativa. Podemos apoyarnos en las nuevas tecnologías en proceso y en el sentido común subyacente a toda sociedad para instrumentar las soluciones más inteligentes, dentro de este mismo siglo, frente a las principales amenazas que aquejan al planeta.

Es un hecho, para la verdadera intelligentsia, que toda la población terrestre puede tener acceso al nivel de vida logrado hoy por las sociedades más desarrolladas (y más, por supuesto, sin límites cósmicos visibles) si confiamos en las actuales, esperanzadoras tendencias ecomodernistas en una variedad de campos científicos.
Más aún si los potenciamos para que hagan su “tarea conservacionista”  liberándolos -en lo posible- del peso muerto que los maniata. Vale decir, del dogal impositivo y reglamentario con el que gobiernos retrógrados, pedantes y costosos (el argentino es un excelente ejemplo) frenan a los pueblos en su potencial libre-empresista de ahorro, inversiones y desarrollo tecnológico acelerado.

En verdad, las sociedades triunfan o fracasan en el logro del bienestar general (bien común, si se quiere) en directa proporción al grado de su racionalidad; no al de sus sentimientos. Algo crucial desde el momento en que se considera “un sentimiento” la adhesión de muchos millones de argentinos al ideario peronista (en general, al populismo social-fascista). Tal y como si se tratase de la adhesión a un club de fútbol.

Por otra parte, la aplicación de la razón al problema del bienestar económico del mayor número en un país se traduce de inmediato en mayor innovación y productividad; que es lo mismo que decir mayor cuidado ambiental, movilidad social y riqueza promedio. También, claro, en más millonarios… y mayores desigualdades puntuales.
Pero ocurre que vivimos en una sociedad con miedo a la riqueza (y a las diferencias). Peor aún: una donde el mayor temor se da entre los ciudadanos electores libres (cuidado: muchos no lo son en nuestro sistema de democracia delegativa de masas clientelizadas) que sienten simpatía por las ideas de izquierda. 
Porque intuyen -bien- que permitir a los empobrecidos acceder de pronto a posibilidades reales de progreso a través del propio esfuerzo, dislocaría esos ideales de reparto forzado de lo ajeno que de algún modo vergonzante tranquiliza hoy sus conciencias.

Que la riqueza creciente de una sociedad provoca disparidades de ingreso, es un hecho inocultable. Y que en caso de riqueza creciente a alta velocidad, como podría ser el de nuestra Argentina, las desigualdades podrían ser aún mayores, es asimismo cierto.
La república capitalista de Singapur ostenta, por caso, el récord mundial de “millonarios per cápita”: uno de cada seis ciudadanos es dueño de más de 1 millón de dólares; y en ascenso. ¿Y qué pasa con los otros cinco “desigualados”? Nada; tomando el ranking corregido a paridad de poder adquisitivo, su ingreso per cápita es de 64.600 dólares al año (el nuestro en esa medición es de ¡15.900… y en descenso!). No son ellos los estúpidos, ciertamente.

Por eso es muy importante poner en claro frente al (increíble; genocida) 40 % de argentinos pobres, que la enorme desigualdad de fortunas, ingresos y oportunidades que hoy ostenta nuestra sociedad se deben al enriquecimiento malhabido de miles de “empresarios” cortesanos protegidos de toda competencia, de miles de políticos, sindicalistas, funcionarios y otros acomodados que se elevaron al calor de la corrupción, y al aumento patrimonial de miles de sus familiares, asesores, esbirros, amigos y amigas de conveniencia.
Un tipo de enriquecimiento maligno ya que para hacerlo posible, el Estado tuvo que impedir el progreso de la inmensa mayoría de los argentinos a través de un dirigismo y una tributación feroces. Que ahuyentaron inversiones, crecimiento empresario y oportunidades de buenos negocios; que bloquearon capacitaciones, ahorros, consumos, exportaciones y nuevos empleos.
Se trata del tipo de riqueza y la clase de rico al que debemos temer.

Las desigualdades provocadas por una riqueza honesta y creciente, en cambio, forman parte de un círculo virtuoso en el que la mayoría honrada  gana. Y donde  los vivillos y vivillas pierden.
El villano de la película es el legislador, no el empresario. Son los palos en la rueda que pone el gobierno, no la libre empresa.
El enemigo íntimo es la maldita aplanadora del colectivismo, no el capitalismo: un modelo de asombrosa moralidad que eleva a la integridad y a la confiabilidad al rango de virtudes cardinales, las que aunadas a la autoestima y al interés familiar producen un auge de beneficios sociales a un nivel que los socialistas jamás alcanzarían.  Hablamos de un modelo que obliga a la gente a sobrevivir no ya por sus vicios sino por sus virtudes, creciendo como personas; asumiendo en plenitud sus libertades (y responsabilidades) individuales.

Lo que hemos venido votando desde el ‘45, claro está, es su absoluto contrario: un sistema que prefiere la coacción, la vileza y el temor… al respeto por lo ajeno, los incentivos éticos y los premios en metálico como elementos motivadores. Sigamos participando.






Post Democracia

Mayo 2015

Suele decirse que los liberales –en particular los libertarios, su vanguardia intelectual- tienen el mejor producto aunque no sepan cómo venderlo. Que no tienen en Argentina un líder confiable para las mayorías, que aúne solvencia teórica y magnetismo personal; uno capaz de rebatir el viejo relato del establishment ideológico que hundió al país, generando entusiasmo popular por ideas-fuerza más avanzadas. Más progresistas, en la acepción inteligente y solidaria del término progreso.

Suele argumentarse también que no se trata de un problema de oferta sino de demanda: las mayorías no demandan libertad de empresa por la simple razón de que no creen que ese camino pueda llevarlas (en el tiempo de una vida) a un mayor bienestar; prefieren el conformismo modesto pero seguro del populismo asistencialista. De la servidumbre tranquila sobre la que nos prevenía despectivamente Mariano Moreno hace ya más de 200 años.

Son sentimientos y resignaciones que tienen fundamento, en parte porque la marca-imagen “persona exitosa” se encuentra gravemente desprestigiada en nuestro país.
Algo comprobable tomando el caso emblemático de los automóviles. Un auto bello y exclusivo pasando a nuestro lado evocará casi de manera automática a conductor sospechoso. Ese tipo de vehículo sólo será accesible (en la percepción general) a: un político corrupto (p. ej. un joven camporista), un narcotraficante vinculado al poder y/o con contactos policiales, un “empresario” cortesano, un sindicalista mafioso, cualquier familiar, abogado, querida o testaferro de los anteriores o bien, a mucha distancia, a un profesional, inversor o empresario honesto y exitoso.
Resultado del test: mayoría de orígenes espurios del dinero, todos cercanos al Estado, en la percepción sobre la catadura ética (o autoridad moral) de quienes poseen hoy el bienestar y la riqueza.

Las palabras dinero y malhabido se encuentran demasiado cerca en el inconsciente colectivo argentino. Un logro 99 % atribuible al socialismo; en particular (aunque no excluyente) al justicialista y a su tenaz trabajo de demolición del sistema de valores meritocráticos con premio al trabajo productivo que había elevado a nuestros abuelos inmigrantes y junto con ellos, a la República.
Una situación fáctica que lleva al común de la gente a relacionar hoy a casi cualquier emprendimiento de éxito material importante y a la capacidad de generar empleo privado apreciable… con lo inmoral. Con lo avivado, sucio, tramposo y sin códigos.

Pero aunque bajo la tranquilidad de esta visión las mayorías no demanden libertad para el capital y para las empresas sino el mantenimiento o aumento de la violencia fiscal sobre sus cuellos (para seguir en la “servidumbre tranquila” de la actual podredumbre ética), lo cierto es que tal elección está implosionando por anticipado y acabará de deshacerse al fragor de las bombas económicas de mediano plazo que, una vez más, el populismo armó para todos y todas asegurando la continuidad de nuestra decadencia.
Por más que se vuelva a votar asistencialismo en Octubre, quien asuma deberá presentarse revestido de amianto para enrostrar las consecuencias sociales de su colaboracionismo y para mal-conducir al país partiendo otra vez… del escalón inmediato inferior.

Y por supuesto, una vez más, la solución a sus angustias, culpas y estrés post-traumático se llamará capitalismo. Un sistema que (como ningún otro) ha sido atacado de manera ciega e iracunda durante generaciones. Inundando de datos falsos y torcidos a muchas millones de mentes sencillas, de quienes hubieron de ser sus beneficiarios.
Hoy día, nuestra juventud no tiene virtualmente idea de qué se trata ni manera de informarse objetivamente sobre su verdadera naturaleza pese a que el capitalismo es, por sobre sus bellezas prácticas, el único sistema político-económico moral creado por el hombre en toda su historia.
Un sistema cuidadosamente distorsionado por la intelectualidad canalla que, salvo breves excepciones, nos viene conduciendo en beneficio propio (nunca de la verdadera emancipación de las personas) desde hace más de 7 décadas.
Porque es típico de los enemigos del ahorro y del capital acusarlos de desastres que son posibles y resultan tales sólo mediante la intervención estatal, a través del bloqueo de los delicados mecanismos del intercambio (estorbando y torciendo millones de decisiones diarias de empresas y sobre todo, de gente de a pie).
Catástrofes económicas como la histórica crisis global del ’29 o la del reciente 2008, pasando por nuestro colapso populista del 2001. Todas debidas al intervencionismo impidiendo el funcionamiento del sentido común popular; del “mercado libre” que a diferencia de los burócratas interesados, todo lo ve.
Evitémoslas y hagamos que el sistema tienda gradualmente hacia un esquema de elecciones diarias de compra o abstención dentro de una sociedad “rica”; una de “todos propietarios” que a diferencia de la actual, respete la propiedad privada. Sin indigentes, casi sin pobres y de altos ingresos per cápita a nivel general. Donde el pre-requisito de sociedad rica se logra de la manera más rápida e incruenta (no en una vida sino en 5 o 6 años), justamente, por la misma doble vía de la libertad económica y la no-violencia fiscal.

Consideremos nuestro actual ingreso de escasos 14.000 dólares y comparémoslo con el de Noruega (100.000) o bien con el de Canadá (51.000) o Australia (67.000): nuestra Argentina podría superar a cualquiera de esos países, como lo hizo en el pasado.
Lo haría apuntando a decisiones personales de consumo o no consumo, no sólo de productos materiales sino de bienes como gobernanza, educación, salud, previsión o seguridad entre otros. Decisiones personales reales… por solvencia.
Poniendo así en primer plano un tipo de elección post-democrática, más cotidiana y evolucionada; una donde cada ciudadano vota y juzga sólo en aquellas cuestiones para las que está calificado, que son las de sus preferencias, necesidades e intereses. Sin obligar por la fuerza a otros ciudadanos a acatarlas y financiarlas.





Los 8 Cartelones

Mayo 2015

De las alturas del hall central del edificio que la agencia recaudadora provincial ARBA tiene en la Diagonal Norte de la Ciudad de Buenos Aires, cuelgan 8 grandes cartelones.  
Leyéndolos podremos por fin entender que: Pagar es Contribuir, Contribuir es Crecimiento, Contribuir es Cultura, Contribuir es Educación, Contribuir es Infraestructura, Contribuir es Trabajo, Contribuir es Seguridad y… Contribuir es Salud.  ¿Será así?

Desde esta modesta columna quisiéramos contradecir a nuestros modernos émulos del Sheriff de Nottingham y de sus esbirros enfrentados a Robin Hood, quien en la Edad Media y desde el bosque de Sherwood procuraba quitarles por la fuerza lo que por la fuerza habían ellos quitado a honestos trabajadores desarmados.
Cierto es que la vil tarea de recaudador es una profesión que genera desprecio desde hace milenios. Tal y como la de usurero, métier en el que la familia presidencial argentina también es versada.

Aclaremos primero la semántica básica, que el actual gobierno se especializa en tergiversar: la palabra contribuir refiere, entre personas bienintencionadas, a entrega voluntaria.  Supuesto que en este caso no ocurre (bastaría para probarlo que se despenalizara el no-pago de impuestos; en muy poco tiempo hasta el más culposo votante de partidos de izquierda, favorable a la imposición, dejaría de tributar). Para el caso, se trata de entregas de dinero bajo amenaza; lo que vulgarmente se denomina extorsión o robo.
En perfecto alineamiento con los códigos de la Mafia, el primer aserto de ARBA, “Pagar es Contribuir” debe leerse entonces como que  pagar… no es garantía de nada en el trato entre un enorme Estado armado hasta los dientes y un ciudadano o empresa comercial de a pie. Pero que podría significar estar un paso más cerca de no ser vejado, embargado, confiscado y arrestado por ese Poder.

La segunda afirmación “Contribuir es Crecimiento” resulta tan vana como la hipocresía de quienes redactaron la primera. Esto es así ya que el tal crecimiento equivale a producción real (bienes, servicios, comercio) capaz de elevar la calidad de vida de la población a través de un aumento sustentable de sus ingresos. Y el único sector que puede hacerlo es el privado dado que lo que el Estado “produce” (asistencialismo, servicios e infraestructura, básicamente) adolece de alta ineficiencia crónica en resultados, si consideramos su relación costo-calidad. La insatisfacción manifiesta de los “clientes” cautivos de sus enormes monopolios y de la asfixiante tributación coactiva que los sostiene nos exime de mayores comentarios.
Los intentos públicos de creación de riqueza fueron y son simples forzamientos contra natura, no sustentados en la racionalidad económica ni en la consecuente conveniencia del conjunto social sino en mezquinas consideraciones políticas, de ventaja sectorial y de corrupción (inmensos y tentadores retornos).
El sector privado siempre pudo, puede y podrá hacer todo (si; absolutamente todo, sin excepción) a menor precio, con mayor efectividad, transparencia y justicia en el reparto… en las condiciones adecuadas. Esto es en competencia limpia; sin prejuicios; sin resentimientos heredados ni  supersticiones anti capitalistas.

Por lo tanto, transferir vía extorsión dinero privado al sector público restándolo de la reinversión productiva y el gasto familiar libremente elegido, no sólo no es contribuir al crecimiento sino que es contribuir al freno de la potencialidad de nuestro país para crecer elevando a todos conforme a sus méritos, sin ventajismos ni discriminaciones. Y para poder, ahí sí, ser solidarios en serio con quienes todavía lo necesiten.

Recordemos, entretanto, que los políticos y funcionarios estatales no son mejores personas, más sabias, santas ni justas que las demás. No son más competentes que el pueblo soberano individualmente considerado, voto por voto, decisión de gasto por decisión de gasto para decidir día por día cómo ese dinero se multiplicará en una mayor riqueza social.
Son capaces de las mismas barbaridades que cualquiera aunque se diferencien del resto al actuar dentro de una organización liberada de la norma ancestral de que robar es malo para la sociedad y conlleva castigo (allí no consideran robo el quitar dinero por la fuerza si tal acción es rotulada como “impuesto”). Operando en una zona liberada de las reglas de la competencia ya que las “empresas” estatales (de Aerolíneas Argentinas a Policía Federal) no quiebran ni afrontan las consecuencias comerciales de hacer las cosas mal. Se limitan a extraer más dinero forzado de los contribuyentes.
En definitiva y en el mejor de los casos, funcionarios y políticos integran un ente liberado del tipo de normas y consecuencias (respeto por lo ajeno, competencia comercial honesta, etc.) que impiden al resto de los mortales hacer, justamente, barbaridades. Y es así como las hacen de manera constante, cargando en cabeza ajena el costo de experimentos económica y moralmente ruinosos; pérdidas que en estricta justicia… deberían asumir en forma personal.

Pesados tributos, mayores a los que los señores feudales imponían en el Medioevo a sus siervos de la gleba, son los que nuestro esclavizado pueblo soporta hoy: ya alcanzan a 7 meses al año de trabajo sin paga para los que están en blanco entre impuestos frontales, superpuestos, autocebantes y enmascarados (la inflación es uno entre decenas).
El hecho de que el gobierno usa muy mal ese dinero manchado de sangre, privaciones y sueños rotos, de empleos e innovaciones productivas que nunca verán la luz, es un dato muy real.
Contrastémoslo con la certeza científica (si; la economía es una ciencia) de que la plena disponibilidad a todo nivel de un mercado de capitales, grandes o chicos, es el medio que provee los mayores y más veloces incentivos conocidos por el hombre para el aumento de la productividad social y para llevarnos, como consecuencia, a un genuino bienestar general ascendente.

Y lleguemos entonces a la conclusión de que si en verdad queremos mejorar la cultura, el trabajo, la educación, la infraestructura, la seguridad y la salud a las que aluden los 6 cartelones restantes, el camino no es “contribuir” pasivamente con más impuestos sino pasar a revistar en el bando de la Resistencia política. En el bando de los Robin Hood recargados del siglo XXI, recuperando los dineros robados para la Corona.
Porque cada peso que quitemos al Estado dejándolo en poder de su dueño para que lo gaste o invierta como quiera, será un peso que multiplicará por 4 su valor en la creación de más oportunidades de verdadera riqueza y emancipación populares.
Será un peso cuyo destino dependerá de la decisión de todos (si; el mercado libre somos todos, no los cortesanos y vivillos de hoy) en lugar de depender de la decisión de otra (u otro ¡por Dios! ¿quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?) burócrata ignorante de sonrisa pintada, soberbia al canto y pretensiones de madrecita iluminada.






Una Ideología Dañina

Abril 2015

Se dice que no hay demasiada diferencia de ideas entre los tres candidatos con posibilidades de llegar (hoy por hoy) a la presidencia en las elecciones 2015.
Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri afirman creer, en efecto, que una cultura tributaria que devenga equilibrista entre la producción privada de riqueza y el máximo gasto asistencial es deseable a cualquier plazo y de que contribuir a ello con el Estado a través de fuertes impuestos es sinónimo de crecer.
Lo apoyan cabalgando la ola de un amplio consenso social al respecto. El mismo consenso mayoritario falto de visión que nos condujo por vía directa a la decadencia y a la necesidad de esa asistencia que, desde hace 70 años, resulta cada vez más imperativa.  

Lo que los diferencia es una mera cuestión de grado, no de fondo, donde el grado mayor estaría representado por el Sr. Scioli y el menor por el Ing. Macri.
Coinciden; aún dentro del contexto sintetizado hace pocos días por el periodista José M. García Rozado, conforme al cual sólo 10,5 millones de dadores (empresarios, empleados privados y cuentapropistas en blanco) están sosteniendo a 16,2 millones de receptores (empleados públicos, pensionados sin contribución, beneficiarios de programas alimentarios, asignaciones por hijo, planes asistenciales o laborales y jubilados reales de una Anses gravemente vaciada –igual que el Banco Central y antes las AFJP- en función de los gastos corrientes del Estado).  Algo a todas luces insostenible.

El sentido común indica y la experiencia mundial confirma que la del impuesto es una ideología, a más de violenta e inmoral, dañina. Y que, además, se realimenta.
A más impuestos, menos renta empresaria y dinero honesto para las familias (hoy, se les extrae directa o indirectamente cerca del 50 % de lo que ganan). Menos inversión, reinversión, creación de negocios y buenos empleos sustentables que generen consumo seguro. A más impuestos más esterilización económica, Estado pisoteador de derechos, des-educación con antivalores, burocracia, clientelismo, mala asignación de recursos y botín para los amigos. Peor aún, más parasitismo social crónico y caciques ignorantes hostigando a los ciudadanos que se obstinen en crear riqueza.
Porque guste o disguste, en eso se basa el sistema que nos hundió. Ese es el núcleo duro de su “doctrina”. Es la madre del borrego y la madre de las recetas acerca de cómo hacer pedazos un gran país. De cómo quebrarle el espinazo a una gran sociedad. De cómo prostituir la cultura del trabajo y los sueños de nuestros abuelos inmigrantes  reemplazándolos por el “modelo” de la obsecuencia delincuente con robo legalizado a gran escala.
Llamando a las cosas por su nombre, la del impuesto es la ideología de la sinvergüenzada. No importa con qué careta socialista o solidaria se la disfrace; todo argentino, en su interior, lo sabe.

La explicación a que nuestro tipo de organización social nunca encuentre paz ni equilibrio está en que en una economía de estatismo mixto, la puja por los recursos extraídos asume la forma de  un conflicto o guerra constante entre grupos de presión (verdaderas tribus corporativas), luchando para arrebatar por la fuerza del lobby y de la corrupción (casi nunca por la persuasión, la competencia y los acuerdos libres) una ventaja económica, en general transitoria, sobre otro grupo.  Algo digno de la era del simio; de la ley de la fuerza bruta.

Un sinsentido pasible de reducirse primero y eliminarse por completo después, reemplazando los tips de la cultura de la sinvergüenzada por los de una nueva cultura no tributaria que saque la alfombra bajo los pies a los sinvergüenzas, haciéndolos caer en el mundo del trabajo.
Un cambio que podría ser iniciado por la actual dirigencia política opositora, aconsejada por una élite intelectualmente ilustrada a nivel siglo XXI. A la altura de las modernas ideas de eficiencia dinámica y función empresarial en el mismo concepto de libertad de industria que garantizaba nuestra Constitución.  

Necesitamos, por tanto, que quien gane troque en estadista y que en lugar de seguir a la manada lidere un cambio gradual hacia la nueva cultura no-violenta que nuestra Argentina necesita para volver a ser un gran país; ese que no atracaba a nadie con impuestos; el que atrajo a nuestros abuelos y bisabuelos. 

Lo necesitamos guiando a nuestra gente lejos de las ideologías dañinas. 
Poniéndole el título y con el folclore que le cuadre. Sin importar a qué superstición económica cavernaria haya apelado durante la campaña electoral.
Porque lo que debe buscar ese estadista es, justamente, asegurar la mayor libertad de acción positiva para sus conciudadanos estimulando todo su potencial creativo.

Tal como haría un padre criterioso, se trata de creer en nuestra gente en lugar de convertirla en pusilánime y dependiente.

¿No vemos acaso que el Estado-zorro está en el gallinero llenando sus bolsas mientras nos grita que la libertad es peligrosa? Lo peligroso es lo coactivo, la violencia económica señores, porque perpetúa nuestra pobreza. 
Lo dañino es seguir alimentando al zorro; hacerlo cada día más grande con nuestros tributos y con nuestros votos.





Lo Tuyo es Tuyo

Abril 2015

Lo tuyo es tuyo es el lema de la conocida compañía de recuperación de vehículos robados Low Jack.
Y es también el leitmotiv que debería inspirar a nuestra Argentina en el camino de retorno al poder internacional, al orgullo nacional y a la prosperidad personal de cada ciudadano partiendo desde la ciénaga moral y económica en que nos debatimos.
Vale decir, la fuerza ética que debería guiarnos en la recuperación de lo que nos fue robado con el colaboracionismo, al menos en la última elección presidencial, de 11.600.000… “argentinos” (sobre un padrón de 28.800.000) votando por el modelo de oportunismo-de-corto-plazo-y-alta-corrupción que todavía nos rige.

¿Es realmente nuestro lo nuestro o sólo es dable poseerlo a través de una relación de acomodo con el poder político, en una transa vil de “consumo y zafo pisando al prójimo mientras hundo a mi país”?

Hablamos del mismo poder político en retirada que intentó, hace menos de 30 días, reunir en una concentración de apoyo a toda su “militancia” en procura de contrarrestar el impacto psicológico de la marcha de indignados del 18 de Febrero.
En aquella marcha “de los paraguas” se reunieron espontáneamente en un solo lugar y bajo una lluvia torrencial, cerca de 400 mil personas. Una cantidad que hubiera sido mucho mayor de haber resultado un día tan agradable como el que tocó a la demostración gubernamental, 2 semanas después, que llegó a sumar con el aporte del  aparato clientelista estatal, unas 150 mil almas.
Cifras que no mueven el tablero electoral en sí mismas pero que sirven de indicador acerca de la proporción de ciudadanos que albergan deseos de un cambio político sustancial.

La fracción pensante de nuestra sociedad debería asumir el deber de guiar ese cambio, con el norte puesto en impedir que legislaciones regresivas sigan impidiendo ejercer en plenitud el derecho de propiedad a la ciudadanía. O que el mismo esté condicionado de manera mafiosa por los gobernantes para favorecer a vivillos obsecuentes y, a través de ellos, a sí mismos.

En estricta justicia la moralidad de la no-violencia en el respeto por lo ajeno, paga. Paga en prosperidad individual e inmediato desarrollo social, si damos por sobreentendido el concepto de justicia definido hace ya  1.800 años en Roma: dar a cada uno lo suyo.
En estricta injusticia, en cambio, nuestros gobiernos han venido invirtiendo la definición (quitar por la fuerza para redistribuir lo ajeno) sólo para comprobar con rabia, una y otra vez, que el crimen (la inmoralidad) no paga.
No paga toda vez que es brutalmente visible que el país retrocede sin pausa, hundiéndose en los rankings que miden la libertad. Y en sus consecuentes: los de pobreza, educación y corrupción.
Aunque sí pague en riqueza rápida para los políticos que controlan el poder y para los empresarios o sindicalistas cortesanos de su indigno capitalismo de amigos.

No puede ser más estúpida (y es causa directa de nuestra desgracia) la idea hasta ahora predominante de pretender como “moral” el colgar una espada de Damocles rasadora sobre todo aquel que intente progresar con esfuerzo, redireccionando su ganancia en favor de quienes no quisieron o pudieron progresar en igual medida.  O de los que retrocedieron hacia la pobreza por obra de la propia aplicación de este rasamiento igualitarista (o totalitario).
Estúpida por lo contraproducente con respecto al objetivo de mejorar a la máxima velocidad posible el bienestar del conjunto, incluidos desde luego los más pobres. Más allá de las diferencias. Más allá de resentimientos y envidias, promotoras siempre fallidas (como fallido resulta en definitiva todo lo inmoral) de intentar mejorar el ingreso de un sub-sector o tribu a expensas de terceros envidiados. O lo que es igual, a costa de la capacidad del conjunto del prójimo para producir más riqueza en libertad.

En tal sentido sería digno de necios perder de vista lo esencial. Esto es: que nuestro ordenamiento social real, la democracia delegativa de masas clientelizadas, consiste hoy en lo advertido en su momento por Thomas Jefferson (1743-1826, ilustre libertario y tercer presidente de los Estados Unidos): un sistema donde el 51 % puede permitirse (y habitualmente lo hace) mandar al diablo los derechos del 49 % restante. Aunque sería igual con el 99,5 % atropellando al 0,5 % restante: lo esencial, amigos pensantes, es asumir hasta las últimas consecuencias que los derechos de un solo ser humano valen igual que los de un millón. Que el individuo está antes que el Estado.
¿Qué derechos? Por empezar los de propiedad y disposición de bienes, garantía fundante de casi todos los demás. Porque son los derechos de los que dependen las inversiones de capital y la aplicación plena de la fantástica creatividad humana; de la famosa productividad social que hace levantar vuelo a la economía de un país haciendo desaparecer la escasez. Haciendo aparecer la riqueza.
Sin ellos -nuestra decadencia lo prueba- son letra muerta todos los derechos (y hasta los pseudo-derechos) que de una u otra forma dependen de dinero “sustentable” para su implementación como los de educación, justicia, seguridad, defensa, salud, previsión social, infraestructura pública, ingreso digno, financiación, vivienda etc.

Es un gran deber cívico, entonces, hacer saber esto al pueblo llano; a los más empobrecidos, usados y embrutecidos: hay una relación de proporcionalidad directa entre el grado de forzamiento dirigido a que lo tuyo sea menos tuyo o que lo de otro sea menos suyo (a través de impuestos progresivos y trabas al comercio, por ejemplo) y el grado de pérdida de casi todos tus demás derechos.

En esta exacta y recta línea, es muy cierto lo que afirma el Papa Francisco: no hay religión verdadera, no hay cambios sociales, no hay derechos humanos si no es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.

Y la vía libertaria (o en su defecto lo que más se le aproxime en práctica política) es la más ética y veloz vía conocida por el hombre para lograr estos objetivos.





Servidumbre, Paraíso e Infierno Fiscal

Marzo 2015

Dijo Mariano Moreno “quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”.
Y es sin duda la libertad, no la continuidad de nuestra larga servidumbre, la que nos sacará del actual letargo ético (y productivo).
Marca admirablemente este contraste el que los Kirchner y sus amigos sacaran la mayor parte de su dinero malhabido del país con destino a paraísos fiscales, confirmando que la Argentina es ya un infierno fiscal; una tierra de maleantes y siervos de la gleba a la que nadie quiere ingresar.

La represión que asegura nuestra servidumbre se verifica no sólo en la violencia verbal del actual régimen con sus amenazas extorsivas, tan características de las democracias no republicanas. Se ve también en las innúmeras regulaciones y en los cepos que reducen el derecho de propiedad a su mínima expresión, inhibiendo emprendimientos e inversiones. Y se confirma en la violencia impositiva (hoy abiertamente confiscatoria; a nivel saqueo en algunas actividades como es el caso del agro, al que se le quita más del 75 % de la renta) que constituye un caso de terrorismo de Estado fiscal de claro espíritu esclavista.

Una represión cuyo resultado visible es el buen pasar de una oligarquía de parásitos y ladrones encaramados al Estado, viviendo a costillas de una masa de esclavos que labora sin paga durante más de 6 meses al año para sostenerlos. Porque contrario a lo afirmado por la presidente con respecto a que la presión fiscal es del 31,2 % del PBI, la misma supera en verdad el 50 % para los que pagan siendo que más del 40 % del trabajo en nuestro país opera en negro. Para no hablar de las estafas símil-tributarias de la inflación, del vaciamiento previsional (AFJP y Anses) y del Banco Central.

En las antípodas, la condición de “libertad peligrosa” a la que aludía Moreno sería hoy el marco de seguridad jurídica que estimulara el surgimiento de un mercado abierto y competitivo que repartiese de una buena vez la riqueza nacional entre el pueblo llano, ordenando los resultados en base al mérito, a la eficiencia y a la protección patrimonial de lo logrado. Extendiendo a todos el goce pleno de los más amplios derechos de propiedad.
Algo que significaría el fin de la prepotencia de los amos (sean estos estatales o privados) y el comienzo de la emancipación para personas frustradas de todas las clases, que tengan voluntad de superación. Que tengan hambre de progreso sustentable y por derecha para ellos y para sus familias.

Hoy como en 1810, la fórmula sigue siendo simple: más sociedad, igualdad de trato y honradez con menos Estado, privilegios de trato y corrupción. O lo que es igual, más mercado y menos autoritarismo; más libertad de industria y de elevación individual con menos castigo al exitoso por ignorancia… o envidia.

En el camino que va del infierno al paraíso fiscal la Argentina debe hallar su sitio cerca de la entrada de este último destino. En el límite mismo, de ser posible. Usando nuestra proverbial creatividad (o viveza criolla bien entendida, si se quiere; la misma que usaron los conservadores catapultando a nuestro país de mendigo a millonario entre fines del siglo XIX y principios del XX) para captar la máxima cantidad de ventajas de dicha situación relativa con el mínimo de sus inconvenientes.
Ya que lo que Mariano Moreno veía de peligroso en la libertad (la posibilidad de caer en manos de mafias tan mentirosas como explotadoras) forma parte de la realidad diaria de nuestra sociedad, tan proclive a apoyar izquierdismos. A alinearse en la utopía infantil de un Estado maternal que la releve de responsabilidades; vale decir, a encolumnarse en el sueño cobarde de esa “servidumbre tranquila” despreciada por el prócer.

Un desprecio inteligente. Más aún, visionario habida cuenta de lo que podemos ver hoy a nuestro alrededor con sólo girar la cabeza: las sociedades que menos crecen, las que enfrentan las más graves crisis de deuda y empantanamiento productivo, son las que tienen los mayores y más costosos Estados paternalistas o “benefactores” disminuyendo el rango de los derechos de propiedad y disposición de bienes de sus ciudadanos.
Mientras que las sociedades que más crecen, las que registran mayor afluencia de capitales y emprendedores, las que tienen más millonarios per cápita, mejores empleos, super-ciudades inteligentes, calidad y esperanza de vida son aquellas en las que el peso del Estado disminuye más y más, abriendo paso a esa libertad peligrosa (la libertad para hacer) que Moreno anhelaba para nuestro pueblo.

Si es cierto que el órgano más sensible de los argentinos es el bolsillo, asumámoslo entonces con decisión y busquemos la máxima conveniencia popular de mediano plazo apoyando a aquellos dirigentes que se encuentren más cerca del ideal moreniano: los que propongan la más evolucionada libertad para cuestionar, crear, producir, comerciar,  ganar, pagar, contratar y disponer. Aunque tal propuesta parezca “peligrosa”.

Significaría un voto de confianza al sentido común de nuestra gente. A su natural tendencia a acercarse al paraíso fiscal buscando formas de colaboración imaginativas, más eficaces y voluntarias como modo de enfrentar los problemas comunes, para variar, en lugar de confiar en los políticos populistas de siempre. Sabelotodos que demostraron hasta el cansancio que su sistema autoritario de planificación y redistribución central atada al infierno fiscal de quienes intentan progresar es un auténtico desastre, en tanto contraproducente para todos.

Lo peligroso, hoy, es seguir apoyándolos. Seguir en la tranquila servidumbre socialista que nos estupidiza, nos frena y nos degrada.

La misma que corta todos los días las piernas a nuestro pueblo, hundiéndolo en la pobreza.





Recalculando el Cambio

Marzo 2015

El colapso económico de claras raíces morales al que nos llevó la casta de incompetentes que nos viene gobernando, ha servido para que la mayor parte del electorado se alinee hoy en una inédita voluntad de cambio. De cuán fuerte sea ese impulso al cambio, dependerá el resultado en dinero (bienestar) que el argentino promedio halle en sus bolsillos en los próximos años.
A mayor continuidad con lo conocido, menor cantidad de bienestar sustentable para cada uno y viceversa.

No deberíamos temer al cambio ya que, ciertamente, todo cambia. Y al igual que cualquier otro ente, la sociedad y sus oportunidades de movilidad social también necesitan de tanto en tanto un reseteo.
Lo necesitan sus sistemas económicos, políticos y organizativos que, como nos enseña la historia, cambian.

Hace 100 años los salarios de los argentinos eran superiores a los de italianos, españoles, franceses o alemanes y nuestra locomotora corría a kilómetro lanzado, descontando terreno a la estadounidense.
Argentina era el segundo país más poderoso de América (superando a Canadá) y su producto bruto era mayor al de toda Latinoamérica sumada, México y Brasil incluidos.
También allí hubo un cambio. Uno afianzado con feroz decisión por el equipo de J. Perón y E. Duarte, quienes viraron el timón nacional hacia la izquierda alejándonos del puerto liberal-capitalista para poner proa al autoritario-populista.
Hoy nos superan en ingreso vecinos como Uruguay o Chile, siendo que nuestro país habrá crecido durante el período del actual peronismo a un ritmo menor al 4 % anual promedio, aun partiendo con efecto rebote sobre cifras grotescamente aplastadas por el anterior colapso populista del 2001 y con un vendaval de cola ayudándonos. Una cifra por debajo de los crecimientos logrados en la región, lo que supone una continuidad en el retroceso.

El reseteo que la computadora social de nuestra Argentina necesita podría inspirarse en el título del film… Volver al Futuro.
No sería raro si consideramos las bellas palabras de Francisco L. Bernárdez (poeta y diplomático argentino, 1900-1978) ya que “lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.
¿Cómo es posible que sigamos entrampados en un sistema tan primitivo (el autoritario-populista); donde el bienestar de toda una enorme y diversa sociedad dependa del sentido común, la salud o el humor de una sola persona? Cae de maduro que las decisiones deben democratizarse.
El modelo de desarrollo que hace un siglo era representado por los conservadores y su sistema liberal-capitalista es hoy nuestro futuro, bajo la bandera de las más avanzadas verdades libertarias.

La verdadera democratización va más allá, incluso, de recuperar la república perdida. De luchar a brazo partido con alguna posibilidad de éxito parcial contra las eternas tentaciones y caprichos de funcionarios y legisladores electos, en los cientos de temas que impactan a diario en nuestras vidas y las de nuestros hijos.

El cambio que asoma en nuestra era tecnológica de redes y economía del conocimiento es aquel que profundiza la democracia hasta el hueso potenciando las decisiones de la gente; llevándolas desde el nivel “representativo” hasta el nivel “personal”. De lo basto y obligatorio a lo detallado y voluntario. De la irresponsabilidad de la manada (fuimos todos… no fue nadie; es de todos… no es de nadie) a la responsabilidad del individuo con su implacable justicia restitutiva, pero sobre todo con sus estimulantes premios al esfuerzo.
Cambio para el que hay un solo camino expedito: el de la libertad y la no violencia. El de la competencia limpia sin hijos y entenados dentro del más audaz y abarcativo concepto de función empresarial y la más moderna eficiencia dinámica. El camino del retorno a la moralidad del mérito, desandando en 4 años 7 décadas de dádivas contraproducentes con dinero ajeno, corrupción endémica y anti-cultura del trabajo. Revirtiendo 7 décadas de estúpido desangre de “contribuyentes” y duros frenos a la movilidad social de los honestos.

Como todos saben (o deberían saber), el mercado libre y competitivo, ese concepto tan odiado por los defensores del terrorismo de Estado fiscal, es la suma de las decisiones personales de todos los integrantes de una sociedad. Ni más ni menos que eso.
Aunque no les guste, es la más perfecta forma de democracia con votaciones diarias de los ciudadanos en cantidades mucho mayores que en las espaciadas elecciones políticas, decidiendo qué ventajas, productos, servicios o empresarios prosperarán y cuáles se hundirán por no querer servir a la gente en comodidad, precio y calidad.
Sin intermediarios difíciles de controlar. Sin negociados a costa del esfuerzo de otros. Sin vivillos parásitos ni inmensos costos de representación. Democracia directa, instantánea, autocontrolada y continua. Totalmente libre, asombrosamente justa, inapelablemente soberana. Hasta el hueso y sin trampas. ¿Qué más?

El resto fluirá casi naturalmente: el surgimiento y afluencia de capitales, los emprendedores y creativos innovadores, el ambiente pro-negocios limpios, la poda regulatoria con baja de impuestos, los aumentos de productividad y demanda laboral, la fuerte suba del salario real, el aumento de capacidad de consumo, el ascenso social y educativo de la población y, claro, la multiplicación de la solidaridad no compulsiva (la verdadera, la moral, la que suma).

Tal y como admitió finalmente el filósofo comunista Jean Paul Sartre (1905-1980) “Estamos condenados a ser libres y la total libertad es responsabilidad y compromiso”.
Se trata del norte al que debemos apuntar. Del objetivo ético más elevado, cercano a “lo imposible”, si queremos dejar a nuestros descendientes la herencia de “lo posible”.

Debemos superar entonces la seducción de la barbarie que nos propone esta democracia envilecida, votando una y otra vez por el menos intervencionista de los candidatos que se postulen a cada cargo. Aceptando el compromiso y asumiendo la responsabilidad.



Esquizofrenia General

Febrero 2015

La primera imagen que nos viene a la mente cuando observamos al equipo económico argentino intentando corregir las variables del mercado en favor de los más pobres, es la de un grupo de dementes armados de barretas, intentando “ajustar” los sensores digitales de una planta de componentes electrónicos.
Una y otra vez el efecto a mediano plazo de estas acciones es, por supuesto, el contrario al que se proclama desear. Y en el proceso de estas “correcciones” se violan (siempre) gran cantidad de derechos individuales de propiedad, conduciendo todo en definitiva a una secuencia de fraudes extractivos.

Demás está decir, no somos tan ingenuos como para creer que lo que el kirchnerismo proclama desear es lo que en realidad pretende.
Hasta el más infeliz connacional sabe que la prioridad uno de sus conductores fue la de asegurarse un impresionante flujo de riqueza malhabida. Y que su prioridad número dos (en curso) es que el atraco termine de fluir con impunidad, para poder disfrutar de ese dinero a cuatro o cinco generaciones vista.
Allí termina “el modelo”. Está claro y asumido que todo el resto durante los últimos 11 años (el destino de la Argentina y las oportunidades de su población) se supeditó a estas dos prioridades.

Sin llegar tan lejos, el resto del liderazgo de izquierda y centro izquierda incluyendo al kirchnerista Scioli (Alfonsín, Massa, Stolbizer, Ripoll, Solanas, De la Sota, Cobos, Rodríguez Saa, Altamira, Bonasso, Binner, Lousteau, Lozano, Bárbaro, Artaza, Moyano etc.) comparte en sus postulados básicos el criterio de la barreta. Tal vez cambiándola, algunos de ellos, por martillo y tenaza.
Un grado más cerca de la fineza intelectual también lo comparten los dirigentes de centro y centro derecha (Macri, Aguad, López Murphy, Carrió, Sanz, de Narváez, Prat Gay, Sturzenegger, Michetti , Reutemann etc.) tal vez cambiando martillos por limas y espátulas.

Todo este herramental inadecuado afecta con la fuerza de un tornado, como decíamos, derechos humanos básicos de las clases baja y media-baja impidiendo con gran efectividad cualquier intento de migración hacia la clase media.
¿Cuáles? Principalmente los de propiedad ya que cuando un padre de familia invierte su tiempo en conseguir “propiedad” (su sueldo o algunos dólares para atesorar, p. ej.), está invirtiendo esfuerzo -gran parte de su existencia terrena mensurada en tiempo- haciendo con ese acto, de ese bien, parte de su vida.
Y cuando sin su consentimiento un estatista autoritario le quita parte de ese salario (o de su capacidad de ahorro) a través de impuestos, inflación, deudas sobre su futuro y el de su prole u otros atracos, le está quitando partes de su vida.
El derecho a disponer de la propia vida es un derecho humano básico en paralelo, entonces, con el derecho a disponer de aquella propiedad bien ganada que es parte extensiva de esa vida.
Ese derecho humano de propiedad violado por el freno de las barretas dirigistas en la rueda de la libertad de comercio, ganancia y disposición (que posibilitarían su despegue económico), es la causa primera de su permanencia en la  desgracia.

La totalidad de los políticos nombrados (y muchos otros) seguirán afirmando contra la evidencia de siglos que la “afinación” (subsidio, prohibición, redistribución, protección, regulación etc.) del gobierno sobre el mercado es necesaria para evitar los padecimientos de la gente frente a ciclos de euforias y depresiones financieras, desocupación, explotación por parte de empresarios oportunistas, monopolios extorsivos y otras calamidades similares.
Lo que en verdad logran una y otra vez con estas políticas de fuerza es regular no al mercado sino a las personas, impidiéndoles hacer negocios que harían, para obligar a parte de ellas a hacer negocios bajo modos y formas que de poder optar no harían, llevándonos a una enorme pérdida de valor general (por ineficiencias acumuladas) a nivel país.
Al haber impedido durante los últimos 70 años la generación de riqueza, creatividad y empleo, el intervencionismo nos embretó en toboganes económicos de alzas y bajas, en desocupación (con aumento de empleo público basura para disimularla), en luz verde (vía bloqueo de competencia) para empresarios amigos, oportunistas y explotadores laborales, en la creación deficitaria de cientos de monopolios estatales extorsivos y en muchas otras calamidades.
Como va quedando en claro para cada vez más gente, la perinola electoral de nuestra democracia delegativa de masas clientelizadas siempre cae en el “todos pierden” (o “todos ponen”) demorando, cuando no frenando por completo, el avance social.
Está claro, asimismo, que el leitmotiv político de norma es tratar de infundir temor ciudadano, presentándose como protectores contra un supuesto (y falso) futuro capitalista plagado de las calamidades… que ellos mismos provocan y mantienen hoy.

La esquizofrenia general de terror (y hasta de odio resentido) al mercado, a la libre cooperación, a la no-violencia con su sociedad abierta y a la creación de capitales genuinos de inversión, inoculada a nuestro pueblo a lo largo de generaciones a través de ideólogos estatistas que van de M. Lebensohn a H. Verbitsky, debe ser curada.   
Argentina figura en el puesto 169 sobre 178 en el último ranking internacional de libertad económica. Y para curarse, el pueblo debe saber de qué se trata este antiguo embauque; saber que liberando nuestro potencial los salarios reales subirían al mismo (y máximo) nivel de un mercado competitivo en fuerte crecimiento, que es el nivel más elevado que cada empleador puede permitirse repartir.


Aunque las apariencias políticas engañen, cada argentino debe saber que en Agosto y Octubre estará votando no sólo con su bolsillo sino con el de sus hijos y el de sus nietos si lo hace, en cada categoría, por el menos estatista de los candidatos.





Tomando Conciencia


Febrero 2015

Nunca tendremos una sociedad perfecta ni con equidad total.
El ventajismo y la falibilidad humanas son proverbiales y en verdad son muy ingenuos (o interesados) quienes insisten en la utopía de modificar la naturaleza de nuestra especie corriendo tras el mito de una sociedad de altruistas, tal como proponen los socialismos.
No es casual que esta clase de utopías, propias del actual -y muy retrasado- estadio evolutivo, sólo “funcionen” mediante una masiva aplicación de violencia. Nuestra sociedad vive aceptando violencia de facto o como amenaza, por ejemplo, tras el dictado de ucases que favorezcan en el corto plazo a alguna parcialidad (poseedora de votos, lobby o potencial clientelar) a costa de otras. O bien a través del cobro compulsivo de los tributos que sostengan esas directivas contra natura. Y a quien las dicta.

La idea que subyace al sistema de la libertad, en cambio, baja a tierra la realidad comprobable de que los daños que provoca el gobierno con sus intromisiones y confiscaciones, al principio pequeños, se realimentan y crecen de manera sistemática.
Lo que empieza como una pequeña injusticia “tolerable” contra algún pacífico grupo ciudadano (cierta “sabia” regulación, impuesto, negociado, etc.) suele alcanzar con el tiempo y por efectos dominó o mariposa, dimensiones catastróficas de efecto general.
Es nuestra Historia. Está en los libros y está en las calles; a la vista, lado a lado con la pobreza crónica, la desesperanza y las muertes prematuras. Codo a codo con la ignorancia popular y con el increíble declive argentino en el ranking de las naciones.

En una sociedad más evolucionada y abierta, de mujeres y hombres libres, los desacuerdos e inequidades que se suscitasen entre personas o grupos tenderían a corregirse de manera automática.
Esto es así porque, minimizado el estorbo (y saqueo) gubernamental y maximizada por contrapartida la libertad popular para crear riqueza (y por ende la real libertad de optar en todo sentido), los ciudadanos simplemente dejarían de relacionarse con la firma que afecte sus intereses y proyectos familiares o que de alguna manera los ofenda, mandándola a la quiebra o al ostracismo.
Reemplazándola sin más por otra que les sirva. Estimulando así la amplitud mental necesaria como para reemplazar en el párrafo anterior, llegado el caso, la palabra firma por el vocablo Estado, en pos de un orden social más justo. Uno en el que la mayor parte de la gente tenga la oportunidad de realizar su potencial pleno sin necesidad de violentar “democráticamente” al prójimo.

Es cosa juzgada que la pobreza en nuestra sociedad aumenta al ritmo de los programas de planes sociales, que cada vez nos cuestan más. Y que los argentinos más vulnerables son los que resultan más dañados por la carrera -espiralizada- entre inflación e impuestos.
Vivimos mentalmente encorsetados en un modelo de base falseada que hace imposible para la mayoría la realización de ese potencial pleno.  Ya que lo que esa mayoría acaba apoyando una y otra vez es en realidad un sistema que institucionaliza la violencia como método válido de organización social.
Algo que sin duda podríamos etiquetar como… jurásico. Y que constituye toda una superstición; esquizofrénica, además, por más apoyo electoral que suscite, desde el momento en que son millones los que creen con sinceridad poder lograr mejoras a través de políticos que por gracia real les concedan “derechos”, sin considerar que todo derecho cuyo cumplimiento implique violar un derecho anterior de otro ciudadano no es en absoluto un derecho puesto que no existe tal “derecho a violar un derecho” so pena de que la totalidad de los derechos carezcan de sentido.

Este corset mental asentado en temores supersticiosos que destruyó la seguridad jurídica apartándonos del estado de derecho, es el mismo que impide al común de la gente despertar a la comprobación de que el Estado nunca fue la mejor solución de nada. De que el Estado siempre fue (y sigue siendo) el problema.
Adoctrinados por generaciones en el ridículo argumento de un gobierno probo y protector capaz de acabar con la pobreza rectificando con sabiduría los “fallos” del mercado (es decir, los fallos de la suma de las decisiones personales de toda la población), casi todos adhieren de hecho al antiguo consejo “si querés imponer tu tabú, conseguite un arma”. Donde el arma no es ya una espada sino el voto dentro del modelo de democracia delegativa de masas clientelizadas, mejor caracterizado como dictadura de mayoría.

Nuestra Argentina es claro ejemplo de zona de desastre electo pero incluso a primer nivel mundial, si después de 240 años de democracia aún se necesita un arma -iniciando la agresión- para imponer el sistema, es obvio que estamos en problemas.
Problemas evolutivos como especie que sigue dominada por las armas de minorías oligárquicas, fuertemente interesadas en bloquear la aplicación de sistemas voluntarios implacables contra el inicio de cualquier agresión, basados en una cultura no-tributaria; en una absoluta libertad de conciencia y comercio, de muy alta tecnología defensiva y procedimientos no-violentos a todo orden.
Estas oligarquías minoritarias son hoy la de políticos profesionales, la de empresarios cortesanos y la de sindicalistas funcionales. Grandes “corpos” que apalancadas por legiones de idiotas útiles refuerzan a diario la estructura del Estado que posibilita su dominio.

It’s a fact, como dicen los ingleses.

Y es cierto asimismo que en tanto humanos, jamás tendremos una sociedad perfecta ni con equidad total.
Sin embargo, un primer paso en nuestra evolución hacia el bienestar general, orientado a liberarnos permanentemente de los males causados por la inmoralidad intrínseca del gobierno, es asumir que debemos repudiarlo por caro, peligroso e innecesario para luego, liberarnos de él. Algo que hoy, más que nunca antes, es posible.