Sesgos

Julio 2023

 

Hace unos días la bien informada periodista Inés Capdevila publicó un artículo en el que se refería a algunos puntos de la plataforma electoral de La Libertad Avanza (J. Milei).

Bajo el encabezado inicial Ideas disruptivas pero viejas, se detenía en 3 propuestas (dolarización, vouchers educativos, portación de armas) y en los resultados que las mismas habían obtenido en otros países, data que analizaba con un claro sesgo negativo. Sin embargo y más allá de los títulos, la descalificación se revertía por sí tras la impresión de que, mediando algunas correcciones y previsiones basadas en esas mismas experiencias, las propuestas serían aquí no sólo viables sino benéficas.

En lo que toca a la posible dolarización, el ejemplo elegido por la periodista fue el de Ecuador, donde computaba como resultados a favor la desaparición de la inflación y una fuerte reducción de la pobreza junto al crecimiento de la producción y al blindaje del país contra casi todas las crisis externas sucedidas, exceptuando la pandemia que encontró al Estado con escaso margen de maniobra fiscal para auxiliar a una población encerrada. Los argumentos en contrario se centraban en el aumento de la desigualdad (pese a la caída de la pobreza), a una relativa desindustrialización y al aumento de los episodios de inseguridad de la mano de mafias y traficantes de drogas que lavan allí sus dólares malhabidos. 

Tres situaciones solucionables en nuestra Argentina: la primera, dando continuidad  y fuerte impulso mediático a la batalla cultural en proceso en favor de la libertad y contra el pobrismo clientelar, bajo la idea fuerza genérica de no me importa la desigualdad porque no soy envidioso; me importa la pobreza. Y demostrando en los hechos las bondades en innovación, emprendedorismo, generación de empleo y sobre todo movilidad social ascendente, de un capitalismo con conciencia comunitaria (eficiencia dinámica y gestión social empresarial) propio del siglo XXI. 

Puntualmente, Milei propone legalizar el uso de monedas en competencia con el peso, evaluando una eventual dolarización pensada como el reaseguro de un país adicto a la droga inflacionaria, para una segunda etapa. 

En lo que respecta a la desindustrialización y al no aporte de valor agregado a la producción primaria, debe tomarse nota de las diferencias productivas y de potencialidad entre Ecuador y Argentina en un sinnúmero de rubros, datos todos que alejan dicha posibilidad. La tercera objeción, referida a mafias, narcos, lavado de activos e inseguridad asociada, resulta obviable mediando decisión política en la estricta implementación de unas pocas reglas básicas de convivencia, orden público y libertad financiera responsable.

En el tema de los vouchers educativos, el artículo ponía como ejemplo a Chile. Allí se implementó desde 1981 el subsidio a la demanda (los alumnos de bajos recursos) en lugar de a la oferta (las escuelas públicas) para que los establecimientos compitiesen por su clientela estimulando así la excelencia. Y se continuó con el subsidio de algunos colegios privados, creando de este modo un sistema mixto. Como resultados a favor computaba la dinamización de todo el sistema y el mayor número general de escolarizados, creciendo también tanto el gasto por alumno como los resultados chilenos en las pruebas Pisa a nivel mundial. Los argumentos negativos se centraban en que, con el tiempo, surgió una segregación basada en que a los colegios privados y semi privados se les permitieron libertades programáticas y posibilidades de lucro que a las escuelas públicas no, tendiéndose entonces a una selección natural de “mejores alumnos” por propia economía de formación. La discriminación resultante aportó a una insatisfacción social por desigualdades varias que derivó finalmente en los graves disturbios de 2019, seguidos por la exigencia de cambio (en proceso) de la entera Constitución nacional. 

Son objeciones y derivaciones que hallan solución en, justamente, aprender de aquella experiencia ajena. El sistema de vouchers que Milei propone (recién para una tercera generación de reformas) nos sirve, en todo caso, en la larga transición hacia un sistema completamente privado a darse a futuro en una sociedad de propietarios, libertaria y exenta de pobreza. Portando además el potencial de frenar nuestra decadencia cultural si aplicamos con mayor justeza que en Chile las ideas de la libertad. Esto es: prioridad presupuestaria estatal para el rubro educación, libertad de currícula y de ganancia para todos por igual con libre acción competitiva en becas o sobre cuotas, así como de implementar fuertes bonus por resultados para docentes y directivos de escuelas públicas. Además, claro, de cláusulas generales anti segregación (pocas pero de gran sentido común) bajo estrictas y taxativas penalidades.

Un tercer tema tratado era el de la portación de armas. Y el ejemplo elegido fue el de otro país cercano, Brasil, donde J. Bolsonaro liberalizó en 2019 su tenencia “a las personas de bien para disuadir a los violentos”. Los resultados positivos consignados parecen demoledores ya que los femi/homicidios disminuyeron desde su pico máximo histórico de casi 60.000 en 2018 a 40.800 en 2022, no obstante considerar que los resultados de este tipo de políticas suelen reflejarse a largo plazo. Por su parte, las argumentaciones negativas se diluyen en una serie de motivos menores en el intento de explicar la brusca baja, tales como envejecimiento poblacional, aumento de recursos en seguridad y profesionalización de la delincuencia.  Y en objetar que la intención oculta del presidente fue (a similitud de EEUU) la de armar mejor a la población, empoderándola ante la eventualidad de que autoridades más estatistas quisieran en lo sucesivo imponer medidas que contrariaran legítimos intereses y libertades personales de la gente de bien. A nuestro modo de ver, argumentos que potencian la propuesta de J. Milei de facilitar a los argentinos honestos (mayores, sin antecedentes penales y previo curso de capacitación) su libre adquisición y portación.

Nos resistimos a creer que medios de comunicación serios, no rentados por el kirchnerismo, hayan establecido una línea editorial direccionada en contra del libertario.

Un sesgo estatista y pro regulador, no obstante, parece permear últimamente a profesionales de la pluma que hasta hace poco defendían con valentía toda acción en favor de la disminución del poder político (vale decir, de la coacción estatal) y del aumento del poder social (es decir, de la más amplia libertad de acción privada).

Antipatria, Mussolini y Electroshock

Julio 2023

 

Muchos y documentados análisis se han hecho y mucho se ha dicho de cierto sobre el peronismo y las razones de su perdurabilidad en el tiempo a pesar de los malos resultados de sus diversas gestiones.

Hoy está a la vista un nuevo desastre nacional en ítems como deuda, inseguridad, salud y educación pública. Y en la pérdida diaria de valor del peso, causando fuga de cerebros y una gran movilidad social descendente (pobreza) con altos niveles generales de desesperanza, incertidumbre y desconfianza. Ítems que posicionan con solidez al gobierno de los Fernández + Massa como el peor de los últimos 40 años aunque conservando, según encuestas, una intención de voto de al menos 25 %.

El que a pesar de todo existan todavía tantos argentinos dispuestos a seguir apoyando a esta dirigencia en la tarea de profundizar el pobrismo fiscalista en curso implica algunas duras certezas que no deben silenciarse.

Porque el fallido nacional, el que la Argentina esté de rodillas, humillada frente a países a los que antes miraba por sobre el hombro o en actitud mendicante frente a organismos de crédito y potencias económicas de las que deberíamos ser pares (o superiores, a esta altura) no es algo que a ellos les preocupe. Tienen un norte distinto y no les interesa formar parte de un proyecto compartido. No, al menos, de uno compartido con otros argentinos cuya hoja de ruta es la Constitución; Carta Magna que desprecian; contra la que se alzan cada día a cara descubierta.

Al menos 8,6 millones de conciudadanos (25 % del padrón) no desean vivir en una república con independencia de poderes. No en una con instituciones de control imparciales en el escrutinio legal de cada uno de los actos del gobierno, en efectiva defensa de las minorías.

Ellos tienen un proyecto nacional distinto. Hegemónico: con los 3 poderes subsumidos en una sola mano, electa por el simple “somos más”. Con un Estado grande, cobijador de más y más empleados públicos que controlen y regulen al sector privado. Que sea un férreo esclavizador de pagadores cautivos. Con impuestos sobre minorías seleccionadas tan altos y progresivos como sea necesario, al efecto de asegurarles a ellos y a cada vez más personas el derecho subsidiado a un ingreso mensual suficiente, a la vivienda propia, a la jubilación y al esparcimiento. Aparte de todos los demás derechos adquiridos sin cargo alguno de contraprestación aparente (educación, salud, seguridad, defensa, justicia, infraestructura etc.).

Sumatoria de derechos que para ser efectivizados, claro, requieren de la derogación parcial o total de derechos constitucionales anteriores de mayor entidad (derecho de propiedad y disposición, derecho a libertades personales y de industria, derecho a igualdad frente a los impuestos etc).

Estos derechos previos son los que nuestros próceres, sin una sola excepción, defendieron frente al poder imperial (y al de los caudillos provinciales) y cuyo mandato de estricto cumplimiento quedó definido en nuestra Constitución liberal, haciendo posible el ascenso argentino de desierto semisalvaje a potencia mundial en pocas décadas. Un sitial de riqueza y prestigio que mantuvimos con sus más y sus menos durante 80 años y que recibió el tiro de gracia durante la década de los ’40 del pasado siglo.

En Abril del ’45 Benito Mussolini era fusilado, colgado de los pies y ultrajado en plaza pública junto a su mujer.  Caía el fascismo en Italia al mismo tiempo que su primo nazi en Alemania pero en nuestro país… J. D. Perón, gran protector de jerarcas fugitivos, implantaba las ideas corporativas de su admirado Duce dando el banderazo de largada a una decadencia cultural (aluvión zoológico), ética (sobre todo) y económica  (su corolario) que sigue hasta hoy.

Su basamento, totalmente emocional, fue lo que hasta entonces era uno de los pecados capitales, la envidia, que pasó a ser reivindicado bajo otro nombre: “justicia social”.

La patria de nuestros próceres, aun hoy portadora de hondos sentimientos de orgullo por los logros sociales de su exitosísima meritocracia, por nuestro prestigio e influencia o por el gran poder de la moneda argentina frente al orbe nada significó ni significa para los peronistas y sus laderos. Fueron y son en este sentido, auténticos antipatrias.

¿Cómo reconstruir una patria republicana en fraterna unidad con 8 millones seiscientos mil antipatrias dentro? La respuesta más obvia es que no parece posible.

Argentina constituye a esta altura de los acontecimientos y vista la intención de voto, un Estado fallido. Uno con al menos dos proyectos de país antagónicos; de aspiraciones totalmente divergentes. Puesta entre la espada y la pared, media población elegirá el modelo “productivista” de libre mercado y la otra mitad, el modelo “estatista” o clientelar parasitario atentos a que, según encuestas, más del 40 % sigue queriendo un Estado grande y paternalista.

Lo que nos lleva a ver con escepticismo los esfuerzos de candidatos como P. Bullrich o J. Milei por revivir la fenecida unidad nacional con un electroshock desfibrilador.




La Desconexión

Junio 2023

 

Más allá de quejas pueriles del tipo “malos dirigentes culpables, buen pueblo inocente”, guste o no, nuestros gobernantes representan un extracto proporcional de los valores, valentías y cobardías de nuestra población. Extracto adulterado, sin embargo, desde el momento en que la previa “selección natural” en el mundillo político se dirime en una competencia donde prevalecen en general los más tenaces y obsesivos; los más vivos, taimados y traicioneros. A diferencia de la competencia positiva del mundo privado del mercado, la preselección estatal es una competencia mayormente negativa ya que no existe, salvo excepciones, el político sabio y desinteresado sólo movido por su vocación de servicio al prójimo y al país como supone la teoría democrática. Se trata de un mito angélico en el que pocas personas creen.

La idea de desconexión, de ajenidad entre la política y la gente no es algo nuevo sino consustancial al ciudadano común desde siempre.

Al decir de Henry L. Mencken (1880–1956, respetado autor, educador y periodista norteamericano) “El hombre medio, a pesar de sus errores, percibe con claridad en última instancia que el gobierno es algo ajeno a él y a la mayoría de sus prójimos; que se trata de un poder separado, independiente y hostil, sólo parcialmente bajo su control y capaz de causarle grandes perjuicios”.

El desinterés e incluso la hostilidad de un creciente porcentaje de nuestra población para con la clase política entronca en esa sensación incómoda, políticamente muy incorrecta que considera a la democracia, en el fondo, no sólo entorpecedora y demasiado costosa sino anti ética.

En efecto: declaradamente “consensual”, el ideal legislativo democrático promueve que el bloque 1 se alíe con el bloque 3 para robar a los votantes del bloque 2. Que el bloque 2 acuerde con el 3 para frenar con regulaciones, en realidad, al bloque 1. Que los bloques 1 y 2 conspiren parcialmente contra el 3 y así en forma constante y tan cambiante como cambiantes sean los intereses particulares de sus integrantes, a su vez transitorios y  “borocotizables”.

Todo ello constituye para el sentido común popular, en última instancia, un fraude moral. Un procedimiento cínico, alejado del concepto clásico de lo que es útil por la vía de ser justo y transparente. Injusticia que deriva en inequidad, luego en iniquidad y al final del día… en esclavitud.

En la Edad Media el epítome del esclavo era el siervo de la gleba que, atado a la tierra de su señor sin opción de abandono, debía entregar cada año alrededor del 50 % del producto al amo feudal, quien detentaba las armas y el monopolio de la violencia junto, claro, con el de la ley.

En la Argentina del siglo de la economía del conocimiento nuestros agricultores (por caso) entregan cada año sin poder evadirlo el 75 % de lo logrado, al amo Estado. Que si bien no es el dueño de la tierra, tuvo la viveza de colocarse poco a poco en posición de obligarlos mediante extorsión fiscal a trabajar frenéticamente para él en situación más esclavizante aún que la de los siervos de la gleba, a través de un idéntico herramental monopólico de ley + violencia.

Nuestros productores trocaron así gradualmente en arrendatarios de facto de su propia heredad, siempre sujetos a la amenaza de quiebra, embargo y confiscación. Otras actividades formales de a pie (no encaramadas al ingenio artillado del gobierno) no llegan a entregar tanto al amo estatal pero la sumatoria de violencias bajo ley tributaria que se abate sobre ellas no baja del 50 % del producido útil; similar a la de los esclavos medievales.

La extorsión fiscal monopólica, justificada en todo lo que el Estado nos brinda a cambio de esta agresión no consentida es inaceptable, más allá de que los monopolios sean casi siempre perjudiciales para el consumidor sin que esta sea la excepción. También fue, es y será inaceptable, siempre, pretender que el fin (servicios, en este caso) justifique los medios (violencias) so pena de inequidad e iniquidad (injusticias) a plazo fijo. Algo, esto último, en lo que todas las iglesias están en deuda con su prédica moral y se hallan en grave contradicción conceptual, sea por cobardía o por ánimo acomodaticio para con el Estado.

Soportamos ineficientes, pésimos servicios públicos de pago obligatorio en seguridad, educación, justicia, previsión, defensa, salud e infraestructura a los que se añaden ineficientes, pésimos servicios de costosas “empresas” estatales tanto como de soluciones solidarias, laborales y habitacionales sustentables para la creciente legión de víctimas económicas de su demagogia. También soportamos ineficientes, pésimos servicios administrativos del patrimonio “de todos”: nuestro capital nacional relativo viene en disminución desde hace más de siete décadas, en línea con el ascenso de nuestra deuda.

Delicias todas del monopolio estatal forzoso, facturadas al sideral costo de la carga impositiva más elevada del planeta (para los infelices que la pagan), sumada a una inflación actual y a una deuda para nuestros hijos y nietos que eleva el precio cierto de estos servicios a valores de insanía.

Extrapolado a praxis de competencia privada, el directorio en pleno hubiera sido eyectado a patadas, insultado y demandado penalmente por los accionistas tras la proyección de resultados visto el primer balance y memoria anual, allá por el ´45.

Ciertas telarañas mentales empiezan a despejarse, al menos, a lomos de la impresionante batalla cultural que por todos nosotros están dando los jóvenes libertarios argentinos. Para ellos y para cada vez más ciudadanos, está claro que cualquiera de los ineficientes, pésimos servicios que a precio de oro nos presta el “indispensable” Estado puede ser prestado desde el sector privado (local o no) con mucha mayor eficiencia y variedad, a mucho menor costo y en limpia competencia antimonopólica, a través de miríadas de combinaciones contractuales (y de becas) posibles. Con cambios de enfoque social elevadores de la autoestima responsable. Con ideas originales conducentes apalancadas en las nuevas tecnologías; innovadoras, inteligentes y sobre todo superadoras del servilismo esclavo que caracteriza hoy a tantos adoctrinados, empobrecidos, embrutecidos y clientelizados por el Gran Hermano Justicialista.

En definitiva, como bien se dijo, el desarrollo es un proceso integrado de libertades que se conectan entre sí. Libertades políticas y económicas que abren el ascenso social y permiten a los individuos ampliar sus capacidades para llevar el tipo de vida que valoran. La esclavitud (cualquiera sea su grado) siempre atrofia a las personas provocando en forma directamente proporcional… pobreza y marginación.




Descentralización

Junio 2023

 

Se ha propuesto con razón que los beneficiarios de planes sociales y de otras dádivas personalizadas del gobierno no tengan derecho a voto en tanto sigan siendo subsidiados por sus conciudadanos. Si en verdad queremos, como decimos, acercarnos a un orden social no explotador debemos procurar que quienes viven de los impuestos de los contribuyentes no sigan tomando decisiones relativas a esos mismos impuestos ya que ello significa añadir al perjuicio, el insulto. Esto implica también, en estricta justicia y por el mismo motivo, excluir del derecho a voto a  la totalidad de los empleados estatales y contratistas públicos que se hallen cobrando del erario, durante el tiempo que permanezcan en dicha situación.

Siendo ello políticamente imposible, queda demostrada otra vez por vía de este invisibilizado absurdo, la inviabilidad ética y económica del sistema democrático tal como aquí se lo entiende. Inviabilidad, al menos, en lo que respecta a la pretensión de que el pleno social se eleve a la mayor velocidad posible en dirección al bienestar que proveen la cultura, el mutuo respeto, las libertades públicas y su corolario… la riqueza.

Nos encontramos a una altura de la historia en la que nadie puede negar la evidencia de una experiencia empírica que más allá de todo relato sesgado o adoctrinamiento nacional-colectivista sostenido, demostró que el Estado ha marchado siempre hacia una explotación económica creciente de la ciudadanía con especial acento en sus minorías más creativas y productivas, con el consecuente freno social.

Teoría y praxis se unen hoy gritando ¡inconsistencia! frente a la creciente tendencia gubernamental a regular y gravar la renta y posesión de las propiedades muebles e inmuebles por ser contractiva del comercio, frenando su poder (único, irreemplazable) creador de riqueza a través de las reglas del mercado. Praxis y teoría vuelven a unirse gritando ¡incompatibilidad! con el propio interés del Estado que, se supone, existe para promover el progreso inteligente y veloz del mayor número posible de sus ciudadanos. Incompatibilidad que al no poder detenerse desnuda, otra vez, la torpe falacia de su justificación de ser.

Caro, innecesario (al decir libertario) y peligroso, el Estado sólo podría encontrar un muy resbaloso justificativo de existencia en la decidida promoción del capitalismo, pero esta implica a poco andar que tome más y más fuerza el (para sus burócratas letal) verbo “descentralizar”.

Es historia: el capitalismo y su gran promoción social (aún antes de la Revolución Industrial y del auge liberal) florecieron con fuerza -y no por albur- en numerosas ciudades Estado independientes del sur de Alemania, norte de Italia y otros sitios durante la post Edad Media, en condiciones de extrema descentralización política.

En verdad, la descentralización, el desguace de las estructuras piramidales (jerárquicas) estadocéntricas en beneficio de nodos administrativos más localistas y de menor tamaño burocrático, a escala más humana y más eco friendly, es hoy el futuro deseable.

El desarrollo económico y la integración voluntaria que suponen la inmigración honesta, la apertura comercial y cultural se ven naturalmente potenciadas en la diversidad de interacciones libres y de intereses específicos que se dan en sociedades con una libertad real de opciones civiles, en función de comunidades múltiples; cuantas más, mejor. Estructuras independientes o fuertemente federales que irradien su singularidad a sus entornos y progresen al modo de su elección cooperando, a nivel superior, en redes complementarias de mutua conveniencia (heterárquicas).

Vaya como ejemplo práctico de la actitud a adoptar: los adalides del indigenismo y de las culturas ancestrales que en nuestro país encuentran su más proactiva defensa en gente de simpatías socialistas, harían bien en tomar nota de que la centralización que ellos apoyan en lo político de hecho ha destruido y destruye desde el hueso a decenas de estas culturas, etnias, lenguas y religiones.

Y que, por el contrario, la diversidad que impulsa la descentralización (tanto por historia como por norma) es el ámbito ideal para el libre desarrollo de todos quienes estén interesados en explorar o conservar modos alternativos de vida; de organización social y económica. Apoyarla es la forma inteligente de revertir la integración forzada y de cambiar uniformidad cultural y resistencia social por cooperación voluntaria en libertad.

Contra el estatismo clientelar y asistencial, los libertarios visualizan en lo global un futuro de descentralizaciones anti mayoritarias con miles de regiones y ciudades libres como las hoy excepcionales Andorra, Mónaco, Singapur, Hong Kong, Liechtenstein o San Marino, con inmensas oportunidades de real movilidad social, diversidad y expansión económica en competencia.




Sócrates y Nosotros

Mayo  2023

 

Surgen en nuestro medio y son cada vez más, las ideas políticamente incómodas; incorrectas para el actual estadío evolutivo de nuestra sociedad. Pensamientos originales que pueden atemorizar pero que resultan estimulantes para las mentes que van unos pasos más allá del resto.

Una de estas inquietudes plantea que la bella máxima democrática “un hombre, un voto” ha resultado hasta aquí inconducente. O lenta hasta la exasperación por no decir contraproducente a efectos del bienestar real (ingreso duro y puro, elevación cultural y social) de los “humildes”.

No somos los primeros en pensarlo. Cinco siglos antes de Cristo, Sócrates desestimó la supuesta utilidad práctica de la democracia (inventada por sus coetáneos) advirtiendo que derivaría fatalmente en demagogia bajo el impulso natural de la mayoría menos creativa a apropiarse de los bienes de la minoría más creativa. Mente brillante si las hubo, tras enseñar en el ágora verdades de este calibre murió ejecutado… obviamente por votación.

Desde la reinstauración de la democracia en su versión actual (EEUU, fines del siglo XVIII) y confirmando la previsión socrática, las mayorías de “desposeídos” han intentado siempre y en todas partes, sin excepción, hacerse a través del voto de más bienes materiales a costa de las minorías de “poseedores”.

Fue y es poco probable, sin embargo, que una mayoría de más idiotas se burle en forma sistemática de una minoría de más listos beneficiándose a su costa. Lo que en verdad sucede es que la redistribución termina produciéndose de hecho dentro del grupo de los desposeídos. Y que son los poseedores mejor posicionados en lo político quienes logran hacerse subvencionar en forma consistente y sistemática por… los humildes.

Es la historia en curso de nuestro peronismo, de sus ricos caudillos con su corte de vivillos y del vasto bajo pueblo, planero y conurbanizado (o con destino de serlo).

Si quien esto lee se sintiera de pronto muy mal y debiera ir de urgencia a un hospital para que lo salvaran, incluso operándolo, no querría que su diagnóstico ni el ejecutante de la operación fueran decididos por simple mayoría, a mano alzada, en abierta compulsa entre todos los empleados del nosocomio (un hombre, un voto).

En lo importante, queremos estar en manos de especialistas. De estudiosos. De gente probadamente eficaz en su área.

En uno de sus diálogos con Adeimantus, hermano de su discípulo Platón, Sócrates preguntó “Si tuvieras que emprender un viaje en barco por el medio del océano, ¿quién te gustaría que eligiera al líder del barco? ¿todos los de la tripulación o únicamente los más educados e inteligentes?” a lo que el aludido respondió “los más preparados para tomar la decisión, obviamente. Los que han sido educados”. Y Sócrates dijo “Entonces, ¿por qué seguimos pensando que todos tienen la potestad de elegir a los líderes de un país?”.

A diferencia de Platón, Sócrates no escribió ningún libro porque pensaba que cada uno debía arribar a sus propias conclusiones. Son las nuevas ideas y conclusiones a las que nosotros debemos arribar ahora, en nuestra circunstancia.

Una regla empírica dice que la humanidad evoluciona en círculos, siguiendo la forma de un resorte; dos pasos hacia arriba y uno hacia abajo, una y otra vez.

A través de miles de años de historia de nuestra organización social, las élites poblacionales que marcaron el camino pasaron de tiranías crueles y supersticiosas a cultas pero no menos autoritarias monarquías y de allí, utopía mediante, a sistemas democráticos con un grado algo mayor de respeto por los derechos humanos tras el revolucionario lema “un hombre, un voto”.

Otra regla tan empírica como la anterior dice que las utopías conducentes pasan por 3 etapas: primero son rechazadas de plano, después son duramente contraargumentadas como imposibles o muy peligrosas para finalmente… ser aceptadas como obvias. Así sucedió con la democracia republicana hace 250 años cuando todo lo conocido y civilizado a su alrededor eran monarquías.

Hoy y aquí la utopía política es la libertaria y se encuentra en su etapa número 2, cuando todo lo conocido y civilizado a nuestro alrededor son democracias.

Sus referentes procuran usar la defectuosa representatividad democrática existente para arribar al poder y desde allí abrir la puerta a la etapa número 3, ubicándonos en un tránsito gradual que en el mejor de los casos podría durar muchas décadas pero que con toda probabilidad se verá interrumpido y lentificado por la referida “regla del resorte” de la evolución humana.

¿Un tránsito hacia dónde? He ahí la cuestión: la de las inquietudes éticas que están moviendo a las mentes más despiertas de nuestro tiempo. Un tiempo vibrante, inestable, lleno de tendencias disruptivas y herramientas como la IA que irrumpen, se espiralizan y empiezan a sacarnos de las zonas de confort de nuestra adolescencia mental; de todo el castrador (e irresponsable) mundo del “Estado Mamá”.

Allí, la nueva corrección política estaría en apuntar a un norte que evite a las minorías el ser avasalladas en sus derechos humanos. Empezando por los de propiedad y libre disposición, derechos de base que son condición necesaria (y garantía fáctica) de todos los demás. Avasallamiento que ocurre hoy dentro del actual sistema de esclavitud fiscal y de valores -o antivalores- socio institucionales forzados por el primitivo “somos más”.

Tránsito hacia un destino ideal que evite por completo que algunas de esas minorías se vean travestidas en esclavistas (la casta); parásitas de sus pares y de sus “humildes”.

Dicho norte, fundado (a diferencia de lo actual) en el principio de no agresión y en el respeto por los proyectos de vida ajenos, no es otro que el de una sociedad basada en lo contractual; o sea, en lo voluntario. Dependiente por entero de las millones de gestiones diarias de la gente;  de acciones tan competitivas y cooperativas como solidarias en el ágora no-violento del “mercado”. Modo orientado a ser administrados en cada rubro (seguridad, justicia, previsión, sistema penal resarcitorio, educación, infraestructura, defensa, salud etc.) por profesionales eficaces operando bajo contratos diversos, suscriptos con redes ciudadanas liberadas de impuestos y, por tanto, ricas.

La pobreza, la angustia y la muerte por carencias (o por inseguridad) no son lo que podría sobrevenir en esta hipótesis sino lo que tenemos hoy y aquí; con nuestras cabezas sobre el suelo y las botas del poder estatal pisando sobre ellas. Botas avaladas por el mismo tipo de voto que ejecutó, hace 25 siglos, al sabio filósofo griego.





Utopías y Realidades; el Plan B

Mayo 2023

Es objetivo declarado de estas notas de campaña dentro de la batalla cultural en proceso, el aporte de ideas que ayuden a despertar conciencias y valentías cívicas repensando nuestro Contrato como sociedad, aun cuando estos planteos resulten incómodos; incluso revulsivos.

Así las cosas, a partir de Diciembre habrá que dar la oportunidad a la coalición de centro derecha, si gana, de que implemente su plan de salvataje de la república. De enderezamiento de la economía. De urgente recuperación de valores éticos y cívicos (cultura del trabajo y del mérito) a través de la educación y el “avive” del soberano, por todos los medios.

Habrá que darle la oportunidad de superar la oposición de empresaurios, castas parásitas, privilegiados “legales” y mafias de todo tipo que con extorsiones, bloqueos, piedras, paros salvajes, dinero ensangrentado de la corrupción para medios mendaces, coimas, transas políticas y marchas clientelizadas… procurarán que nada cambie para que el vampirismo populista que los nutre, continúe.

En suma, habrá que darle al nuevo gobierno la oportunidad de que, una vez más, intente poner en práctica la Constitución. Esa que, cuando se aplicó (al menos en su sección de respetos a la propiedad y a las libertades), nos elevó al top ten planetario haciéndonos meca de brazos, cerebros y capitales de riesgo; todo ello sin subsidios.

Un resultado que se logró aun cuando el tamaño de “lo estatal” y su avance sobre “lo privado” crecía año tras año al compás de un nacionalismo cerril. Éxito que no podrá reeditarse dada la marea socialista que sobre mentes y bienes hemos sufrido desde entonces. Dado el alto grado de decadencia a todo orden al que hemos llegado.

Un nuevo punto de partida que hace a la Constitución de 1853 y sus promesas esperanzadoras, lamentablemente, de muy difícil (por no decir imposible) aplicación.

Mayormente porque la aludida tiranía fiscalista y consecuente resignación (la aceptación final del esclavo) se encuentran enquistadas en las cabezas de una fracción demasiado grande y transversal de nuestro electorado.

El norte izquierdista de intelectuales, artistas y políticos, apuntado sin descanso durante los últimos 78 años a que seamos un pueblo de mayoría pobre, bruta y sobre todo sometida mental y laboralmente al Estado (su soñado “hombre nuevo”; el real)… fue logrado.

Con el concurso de los ministerios de Educación y Economía, siempre funcionales a los intereses corporativos del Estado del que forman parte, el gobierno elegido en 2019 culmina en estos días la tarea.

No obstante ser propio de gente madura el aceptar los hechos tal cual son (creemos que nuestra Argentina, en cuanto a desunión por valores y mafias clientelares, pasó el punto de no retorno), nos queda el deber de apoyar a la Administración que surja de las elecciones de Octubre.

Sin duda la veremos penar durante cuatro años enfrentando a una antipatria (en tanto antirrepública y anticonstitución) cuya agresividad estará motorizada por la certeza de que su prevalencia es, a mediano plazo y por lo antedicho, irreversible.

El acompañamiento a quien gobierne, sin embargo, no debe bloquear el diseño de un “plan B” en previsión del eventual fracaso de la política de crecimiento con reconciliación y unión nacional (el plan A, anti Grieta y pro Constitución).

Tras ese fracaso resultaría inaceptable el reflujo peronista que nos desbarrancaría hacia una Argenzuela cabal. Una donde los emigrantes ya no se contarían por cientos de miles sino por millones. Cosa más que posible si asumimos en plenitud el nivel de adoctrinamiento estatista, de miedo profundo a la libertad y sobre todo a la responsabilidad individual inculcado durante las últimas décadas en las mentes de nuestra muy fragilizada población.

Y este “plan B” no puede ser otro que refundar el país, como en 1810, abriendo la puerta a la disolución de un Estado fallido (como hicieron la Unión Soviética, Yugoslavia o Checoslovaquia, tres ejemplos cercanos en el tiempo) aceptando la realidad de los hechos sin esconder la cabeza bajo tierra. Siendo valientes en defensa de lo nuestro sin entregar nuestra tierra, la de nuestros ancestros y la de nuestros hijos a ladrones, parásitos confesos, vivillos y resentidos por propia incapacidad como son los millones de argentinos que votan a sabiendas, una y otra vez, a delincuentes para que los representen.

Es el planteo de la o las secesiones que tanto horroriza a los aleccionados por la currícula educativa obligatoria social-nacionalista, pero que cuenta con grandes atractivos.

Porque dar a luz reagrupamientos ideológicamente más homogéneos, los tiene. Y muchos.

Por empezar, el de la gran satisfacción de ver a todos los ladri-progresistas robándose entre sí en su sistema de suma cero; implosionando entre impuestazos, recriminaciones, saqueos, puebladas, fugas y rechinar de dientes cuando deban enfrentar la ausencia de sus víctimas tradicionales, adheridas por domicilio fiscal a jurisdicciones protectoras de las libertades individuales y de los verdaderos derechos humanos (empezando por los de propiedad privada y libre disposición, base y garantía de todos los demás).

Un plan B basado en el respeto por los proyectos de vida del prójimo ciudadano y en las más amplias libertades cívicas. Como la de decidir no pertenecer a una comunidad de valores torcidos. Ni aportar a un modelo redistributivo por el que se siente repugnancia, como aquel en el que sus impuestos acaben financiando organizaciones liberticidas tan abyectas como la “Universidad” de las Madres de Plaza de Mayo, por poner un ejemplo entre miles.

Difícil es aventurar el derrotero de tales licencias cívicas y lo que el pueblo en auténtica libertad decidiría pero sea cual fuere el resultado, este será mejor que el anarcopobrismo que hoy tenemos entre manos o de lo que podría sobrevenir en otros cuatro años de gobierno peronista.

Una posibilidad que cae de madura estaría dada por la secesión de la odiada ciudad de Buenos Aires del resto de la “confederación”. Nueva unidad política bajo la forma de poderosa Ciudad Estado (como lo son Singapur o Mónaco) que podría incorporar inicialmente a partidos vecinos afines como Vicente López, San Isidro, Lanús o Tres de Febrero y tal vez San Fernando o Tigre.

La sola eliminación de la ruinosa coparticipación federal más una liberalización financiera y regulatoria inmediata catapultarían a la nueva nación a muy altos niveles de ingreso por habitante, en tanto centro financiero internacional de baja imposición e imán de multitud de empresas e industrias del conocimiento.

Podrían secesionarse no sólo grandes ciudades sino provincias enteras, como es el caso de Mendoza, donde hace pocos años se coqueteó con la idea de dejar atrás al kirchnerismo tras comprobarse mediante encuestas que una decisión así contaba con la aprobación de cerca del 70 % del electorado. Es bien conocida la potencialidad de esta provincia, en la que un rápido acuerdo soberano de libre comercio con Chile le abriría las puertas al inmenso mercado del Pacífico, no sólo en lo que a vitivinicultura se refiere. Córdoba, Santa Fe o Entre Ríos podrían seguir esta vía como así también distintas uniones distritales dentro de la provincia de Buenos Aires, como podría ser el caso del eje Azul-Tandil-Olavarría, partidos de similar orientación ideológica, limítrofes y complementarios. O uniones en red independizables, dentro de esa u otras jurisdicciones.

Proyectos todos compatibles con el anarcocapitalismo, al cual el candidato J. Milei adscribe para el largo plazo.

Fuertes ideas descentralizantes, anti poder político y pro poder social propugnadas por otra parte por el mayor intelectual libertario vivo, el austríaco Hans H. Hoppe, principal discípulo y continuador del estadounidense Murray N. Rothbard, recreador y sistematizador de esta verdadera ética de la libertad en los ’70 del pasado siglo.

Por mera presión generacional, un Milei perdidoso en la elección 2023 vería facilitada una candidatura exitosa en el ’27, al incorporarse al padrón electoral una gran cantidad de jóvenes partidarios de las nuevas ideas del liberalismo radical, coincidente con la salida de una significativa masa de adultos de tendencia filopobrista.





Cambiando Saberes


Abril 2023

 

El saber popular dicta que la democracia representativa y el Estado que la sustenta son el Fin de la Historia en lo que a organización social se refiere.

Y que de dicho supuesto se infiere la inclusión de “todos” organizados y copropietarios de lo público (Estado), garantizando mediante el voto individual nuestro propio “autogobierno” (democracia representativa). Un modelo social superador del de las viejas monarquías absolutistas donde un rey hereditario era literalmente propietario del reino que estuviese bajo el dominio de sus armas, brindando a sus súbditos protección y justicia.

Dentro de este marco de saberes inculcados por la educación oficial desde la más tierna infancia, la evolución supuesta en este cambio de paradigma (de rey a presidente y de súbdito a ciudadano) no es algo que merezca duda.

Sin embargo, dado que el libre cuestionamiento intelectual es algo propio de personas inteligentes (quien esto lee, por caso), nos permitiremos presentar a modo de estimulante mental, una campana diferente.

En el caso de la primitiva monarquía absoluta sucedía que el capital tierra “arrendado” a terceros a cambio de cierta parte convenida de su producto, era propiedad de la familia real o feudal. Así las cosas, era de primordial interés para el soberano el conservar y acrecentar dicho capital con vista al éxito financiero, prestigio y sobre todo continuidad de su dinastía con el beneplácito de sus súbditos, sin cuya relativa anuencia le sería muy difícil sostenerse en el tiempo.

Por tal motivo, los impuestos (modo obvio de aumentar el gasto corriente de su corte) eran usualmente bajos ya que su resta de la renta privada de los habitantes implicaba una menor tasa de capitalización popular y por ende una erosión al capital productivo del que él era, en última instancia, dueño interesado.

Lo mismo corría para con el exceso regulatorio o la justicia amañada, suma de ineficiencias que redundarían al final del día en su propio quebranto económico y ético. En el de “su” reino frente a otros. Dos cuestiones en las que su mejor “virtud” impactaba de modo proporcional tanto en el ánimo colaborativo y prosperidad de su pueblo como en la riqueza a largo plazo de su Casa.

Los estímulos corren en otra dirección en el caso de la democracia representativa y su moderno Estado territorial con sus (¡también!) monopolios de seguridad y justicia.

Los funcionarios democráticos tienen acceso a la “renta fiscal” pero no al capital productivo, el que se encuentra repartido entre los ciudadanos. Por lo tanto carecen del incentivo hacia preferencias temporales de largo plazo para conservarlo y acrecentarlo y tienen claro que su autoridad caducará en pocos años con lo que su “momento” siempre será “ahora” tanto para quedarse con algo como para visibilizar su accionar frente a los clientes-votantes.

Tenderán pues a aumentar impuestos y regulaciones a minorías subjetivamente seleccionadas, tanto como a amañar la justicia para mejor disponer para sí y para su parcialidad de gratificaciones inmediatas. Y estarán inclinados, naturalmente, a hacer crecer el gasto de la “corte” del gobierno aumentando su tamaño y atribuciones (v.gr. el poder político) para congraciarse con socios, amigos y parientes haciéndolos vivir, como ellos, del Estado. La maximización de la propiedad privada y riqueza nacional futura de la ciudadanía de a pie (v.gr. el poder social), como es comprensible, no será su prioridad.

Bajo esta óptica, no se ve en el análisis tendencial ventaja evolutiva real de un sistema al otro sino más bien todo lo contrario.

Los absolutismos practicados en reinos, principados y ducados hereditarios o ciudades Estado de Europa (de los que sobreviven algunas pequeñas pero muy exitosas excepciones) cayeron en desuso en su momento por circunstancias históricas que no es del caso enumerar, mas no por falta de eficiencia económica estructural, modus racional “de base” del que mucho podría aprenderse.

De más está decir que las grandes monarquías europeas actuales no son asimilables a aquellas sino al sub grupo parlamentario de las democracias representativas.

El aprendizaje del caso no implica, desde luego, un retorno a los monarcas sino el apalancamiento del avance de la élite intelectual honesta hacia un más inteligente norte evolutivo de nuestra especie… y de nuestra Argentina.

Lo que hoy sí se sabe con certeza merced a la comprobación empírica y al aporte académico del liberalismo radical es que el desarrollo real,  sin relatos voluntaristas, puede darse con gran potencia en un sistema orientado a que todas las libertades teóricas enunciadas en nuestra Constitución (y algunas otras) tornen en letra viva conectándose sin trabas entre sí para sinergizar propiedad, recursos económicos, seguridad, transparencia y más oportunidades sociales en un marco de opciones civiles amplias. Incluyendo entre esas libertades, incluso, la posibilidad de secesión.





Acerca del Odio al Estado

Marzo 2023

 

Con respecto a lo que podemos esperar a largo plazo de la idea de organización social más beneficiosa, es el gobierno lo que es y será por siempre. El Estado, un constructo accidental en la larga historia de nuestra especie, no tendrá la misma suerte.

Importa señalar esta diferencia si es que nos interesa definir un norte ideal a la hora de aportar nuestro grano de arena al progreso humano. Si es que nos interesa apostar a largo plazo por el emprendedorismo, por la sacralidad inherente a cada individuo y por su búsqueda personal de la felicidad en el marco de una sociedad de mutuos respetos que adopte el principio de no-agresión como norma fundante.

En efecto, el Estado en tanto ente territorial monopólico y coercitivo nunca fue (ni es hoy) per se necesario para el mantenimiento de comportamientos civilizados.

Aunque no haya más ciego que quien no quiere ver, lo visible en la actualidad es que el Estado es más bien un impedimento para el sano orden social. Un freno burocrático (y muy costoso) para mejoras comunitarias más creativas y veloces; sin tanta cortapisa autoritaria discriminante.

Visión que demanda el esfuerzo consciente de superar el cúmulo doctrinal inculcado en nuestras cabezas desde niños por la educación estatal y privada de currícula obligatoria favorable, entre otras graves falsedades conceptuales, a que se considere a su burocracia como “monopolio natural” e insustituible en toda mediación.

Así las cosas, cualquiera puede ver que los esforzados emprendedores que logran triunfar económicamente, generan trabajo y promueven así el bienestar de otros, lo hacen 9 de cada 10 veces… a pesar del Estado. Y que son solo una fracción de los que hubieran triunfado en actividades constitucionalmente lícitas de no mediar un engorroso listado de impedimentos estatales “legales”.

Lo estatal, el poder político como contraposición (por carga económica parasitaria) al poder social que genera la renta, no es en modo alguno el formato definitivo de organización social para la solución de problemas.

No tuvo en el pasado la nociva preponderancia que tiene hoy y sin duda será sucedido a largo plazo por ordenaciones de convivencia distintas a las actuales. Más libres de mitos y temores interesados; más racionales y poderosas en el logro de un más efectivo bien común.

Ni siquiera la democracia, ni aún la republicana, es el Fin de la Historia en el humano camino hacia la no-violencia y sus sistemas de facilitación para el modo de autogobierno que mejor aporte a la búsqueda individual de la felicidad, respetando igual derecho del prójimo.

La verdad se va abriendo paso entre la intelectualidad contemporánea (al menos la honesta) que empieza a tomar nota de que el Estado, a fin de cuentas, es el Gran Corruptor.

Lo es con un modelo des-civilizador que  ha ido trocando las preferencias temporales de la gente desde las de largo plazo (ahorro, inversión y sacrificio del ahora en aras de un futuro mejor) a las de corto, de “pájaro en mano”, con la enormidad de consecuencias en cadena que ello acarrea.

La afectación de los derechos de propiedad y disposición que el Estado propicia en aras de solventar su creciente estructura (tributos y reglamentaciones coactivas que sustraen renta ciudadana) asegura una disminución de bienes futuros, entendidos como potenciales no logrados de inversiones privadas socialmente más eficientes no realizadas. Los ciudadanos (el mercado) tienden así a reorientar sus menguantes aportes hacia el corto plazo, afianzando el proceso des-civilizador.

Reorientaciones que, además, son menos eficaces (incluso perjudiciales) en función de la grave distorsión de precios relativos que provoca el intervencionismo estatal.

Por otra parte, intra-Estado, el mismo efecto tóxico se verifica en el propio sistema democrático que propende a la renovación cada cuatro años de los funcionarios políticos (que se saben administradores mas no dueños de los dineros sustraídos de la renta privada) impulsándolos a gastar (o robar) ya, por sobre el ideal del estadista de gobernar para el país que vendrá, dado que los resultados de los gastos de largo plazo no resultarán visibles en la siguiente elección.

Esto nunca podría ocurrir en un sistema de formato libertario cuyo norte estaría en implementar un sistema de fortísimo incentivo inversor, creador serial de riqueza, oportunidades y bienestar generalizados (capitalismo), en lugar de estarlo en la riqueza y el bienestar de los profesionales de la política clientelar (pobrismo). Porque en la descentralización que sobrevendría estos serían gradualmente reemplazados (desde la propia comuna, cada vez mejor autogobernada en libre red colaborativa global) por equipos de gerentes profesionales fáciles de calificar, tercerizar, despedir o reponer, al exclusivo servicio de las verdaderas necesidades de la gente de a pie: más y mejor trabajo e ingresos, mucho mejor seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura, paz social y esparcimiento con la mayor variedad de oferta en competencia, al menor costo posible, para el mayor número.

El odio al capitalista promovido desde hace siglos por la izquierda cambia, educando en valores al soberano, por el odio al Estado. El verdadero corruptor; creador y protector de mafias. El gran vampiro; obeso, oportunista y mentiroso. El leviatán que frena y revierte el progreso de las familias que componen la sociedad, devorando sus ingresos; esclavizándolas bajo el peso de sus grilletes reglamentarios e impositivos (siempre discriminantes, además).

El Estado, ente que los constituyentes pretendían encadenar con el bello artilugio de la división de poderes, los frenos y contrapesos, ciñéndolo a su tarea de promover el desarrollo a través del trabajo productivo de la gente común (actividad privada) se ha quitado esas cadenas para transferirlas, multiplicadas, al pueblo al que se supone debía proteger y hacer crecer en libertad. Y ha crecido Él, con nuestra sangre, hasta aplastarnos a todos. El desastre argentino es prueba visible de ello.

Es nuestra tarea hacer ver a la élite honesta y al electorado en general que es al Estado a quien se debe odiar y que es el amo castrador que este mismo año debemos empezar a quitarnos de encima, no votándolo.

Cuestionando y boicoteando mental y fácticamente hasta donde sea posible, además,  todo lo que de Él provenga.





El Sistema No Funciona

Febrero 2023

 

“Dadle poder a una ignorante y tendréis una energúmena”. Es precisamente lo que tenemos hoy y aquí desde hace más de 3 años, otra vez, al comando del Estado.

En verdad se nos va la vida (a las dos generaciones anteriores ya se les fue) esperando el “click” democrático. El número mágico de mayorías necesarias; el umbral de masa crítica electoral que permita empoderar a políticos con verdadero potencial de estadistas. Que los hay.

Entendiendo que ser estadista hoy implica haber asumido que nuestra prosperidad no va a depender de personas sino de instituciones. Y que electa la persona, deberá proponerse reformarlas en serio apuntando a convertirlas a mediano y largo plazo en Contratos Sociales reales; con norte final en redes de acuerdos cooperativos voluntario-inclusivos en lugar de coactivo-extractivos. Y en hacer que los nombres propios de los administradores designados lleguen a ser irrelevantes. Como lo es, por caso, el del presidente de Suiza. Una persona cuyo nombre casi nadie conoce en un país sin pobreza y que funciona como un reloj, donde cada uno se ocupa de lo suyo sin pensar en el gobierno más que como se piensa, casi, en un grupo de gerentes contratados.

No otra es la plataforma libertaria nacional de largo plazo.

Hoy y aquí, una -aun- enorme parte del electorado piensa en el gobierno como en un ente con el nombre propio de una mamá que (en su imaginario) les dá de comer, los arropa, les cuenta historias y les dice siempre qué hacer.

Que esa mamá sea tan peligrosa (para la riqueza social) como los payasos del Orinoco y esté en las antípodas de la calificación de estadista, los tiene sin cuidado. Es su mamá. Son sus infantes. En verdad, sus esclavos porque el comando de una energúmena ignorante no puede sino propiciar la pérdida de sus libertades (y consecuentes oportunidades de ascenso) a manos de quienes bajo su orden detentan hoy el poder en la Argentina: la costosísima casta de funcionarios parásitos, la corporación mafiosa de sindicalistas millonarios y la legión de empresaurios oportunistas acomodados al “capitalismo” de amigos. Todos hundiendo (esclavizando) con cinismo a la inmensa mayoría, planeros y ni-ni incluidos.

No sorprende en este marco de ya octogenaria decadencia, que los sondeos de opinión arrojen porcentajes muy altos de descreimiento en cuanto a la utilidad real, tangible de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. Números que revelan una fuerte decepción con la democracia republicana y su sistema de frenos y contrapesos en tanto sistema de “autogobierno”.

De entre estos disconformes, los simpatizantes peronistas y de otros espacios favorables a la confiscación impositiva botarían sin problemas la república para estacionarse en la dictadura plebiscitaria clientelar o “democracia popular”.

Del lado racional o “liberal” de la grieta en cambio y a pesar de la decepción, se desea mantener la normativa republicana de nuestra Constitución limitándose a un nuevo intento de ponerla en funcionamiento, buscando a un tiempo mayor eficiencia y austeridad fiscal relativa.

Pero la verdad debe ser dicha, desgraciadamente, para horror de muchos millones de bienintencionados.

Y esa verdad, a la luz de 250 años de experiencias, es que la (hoy) ingenua ilustración decimonónica del brillante J. B. Alberdi y sus contemporáneos así como antes la de T. Jefferson y otros ilustres caballeros protolibertarios creadores de la Constitución norteamericana, inspiradora de la nuestra y de tantas otras, en cierto punto se demostró fallida. El bello sistema que idearon, simplemente no funciona.

La división de poderes, los controles y contrapesos no lograron su cometido explícito de encadenar a los gobiernos ciñéndolos a su función de promover el desarrollo a través de la actividad privada. De encargarse de proteger la vida, la propiedad y la libertad en la búsqueda individual de la felicidad.

Tras dos siglos y medio de pruebas, cada vez más estudiosos coinciden en que el modelo de protección de minorías (y la minoría más pequeña es la de una sola persona) a través de constituciones escritas no logró asegurar aceptablemente ninguno de aquellos fines.

Y lo que es peor, el tamaño del Estado y el número de sus auto-atribuciones no han dejado de aumentar; tendencia constante comprobada aquí y en el resto del mundo, más allá de agónicos “serruchos” estadísticos entre ocasionales (vanos) intentos de reversión. Lo que significa que la carga económica del poder político avanza lenta pero segura sobre el poder social; vale decir sobre la labor real de producción, ahorro, comercio y reinversión (tasa de capitalización) de la sociedad civil. Lo que equivale a decir, sobre los derechos de propiedad.

La reacción libertaria aparecida en los últimos tiempos aquí y en otras partes, cual duro anticuerpo, es síntoma de que nos acercamos al límite físico del sistema. Insustentabilidad evidenciada en los alarmantes macro datos de déficit crónico y astronómica deuda en ascenso, en especial entre los países más desarrollados.

El bello encuadre republicano (ya no democrático) falló por la ya obvia razón de que tanto los poderes divididos como su compleja ingeniería de controles mutuos deben funcionar con hombres y mujeres de carne y hueso con sus humanas debilidades y lícitos deseos individuales de progreso, apoyados en un modelo de financiación forzada (impuestos). Es decir, todas las personas que integran los poderes y organismos del Estado y su (ahora) enorme masa de funcionarios rentados (incluida la judicatura del sector “auto-controlador”) cargan con la misión de “ajustarse” a sí mismas en favor de “otros” (el sector que genera la renta). Y eso, por comprensibles razones, no sólo no ha ocurrido sino que por tendencia natural corrió desde el vamos en sentido opuesto, pasando de los iniciales, frugales Estados mínimos a los monstruos burocráticos de la actualidad, que casi todo lo asfixian y pervierten. Nuestro país es ejemplo de ello, cayendo en un siglo de la riqueza a la pobreza.

La racionalidad de la teoría libertaria está, justamente, en apoyarse en las tendencias naturales innatas de los seres humanos para avanzar con incentivos institucionales inteligentes en línea con el máximo posible de acuerdos voluntarios, en lugar de insistir en forzar dichas inclinaciones, a contrapelo, mediante el primitivo (y costosísimo) sistema policíaco-estatal de imposiciones económico-reglamentarias y amenazas de terribles castigos por violarlas.

Imposiciones supuestamente  ideadas y aplicadas, cómo no, por individuos de superior bondad, inteligencia y honestidad, plenos de vocación desinteresada de servicio.

Se trata en todo caso de crudas verdades que el sistema educativo uniformador sin fisuras y de currícula oficial obligatoria trató durante generaciones de ocultar mediante un bien planeado adoctrinamiento, tanto a nivel escolar como superior, en la sacro-santidad del Estado como ente (cuasi angélico) integrado “por todos”. Y en la incuestionable “moralidad” del pago de los tributos por Él decididos y de obediencia a las leyes por Él dictadas así como a sus muchos y muy potentes símbolos nacionalistas (A. Einstein afirmaba, por su parte, que el nacionalismo era una enfermedad infantil de la humanidad).

Un condicionamiento mental que resulta ser de tan difícil superación para la mayoría como, por cierto, fuente de conmiseración intelectual y zozobra social para la minoría que ya lo consiguió.

Es tarea de la fracción pensante no alienada, pues, dar la correspondiente batalla cultural, cada cual a su modo y virtud en las casas, en las calles, en las aulas, en los medios, en las plazas, en los campos, en los montes, en los sitios de trabajo, en las playas, en los cafés o donde sea que dos argentinos se encuentren. Aportando el personal grano de arena en la noble tarea de liberar las enormes potencialidades de nuestra comunidad, hoy engrilladas.

 

 

 


Villas Miseria para Todos y Todas.

Enero 2023

 

En Argentina, como en muchos otros países, las encuestas coinciden en mostrar una creciente disconformidad con la democracia representativa, tal como se la entiende hoy.

Además y más marcadamente que en otras partes existe aquí un hartazgo para con la mayoría de los políticos que la gerencian.

Tras el extendido clamor para que “se vayan todos” de principios de siglo, nos encontramos frente a una sensación similar en este fin de ciclo kirchnerista.

Un ciclo de 16 largos años (y breve interludio de 4) de gobiernos peronistas que no dejaron nada sin hacer para cimentar la percepción de que “la democracia” sirve de poco y que los políticos profesionales, sus funcionarios, asesores y referentes comunitarios son casi sin excepción mentirosos, corruptos y soberbios. Pero sobre todo inútiles. Ineptos.

Y que asentados en esa ineptitud, en lugar de crear las condiciones para una movilidad social ascendente por generación de riqueza, nos guiaron cuesta abajo en todos los sentidos en los que puede hundirse una sociedad. Empezando por el sentido de la ética.

La brutal movilidad social descendente que hoy capitanea S. Massa en nombre del triunvirato de ineptos que nos gobierna se inscribe en el modo policial y encepador de la Patria Socialista a la que el actual  ministro de economía siempre adscribió, en tanto peronista redistribuidor coactivo de lo ajeno. Nada nuevo bajo el sol.

Más allá de qué tan larga sea la interminable fila de idiotas útiles (¿30 % del padrón electoral?) que volverán a ceder al síndrome de la mujer golpeada cayendo ante los cantos de sirena de los A. Fernández, Manzur, Scioli, Schiaretti, de Pedro, Uñac, Lavagna, Insaurralde, Urtubey, Massa o quienquiera que coloquen como “moderado” mascarón de proa cazabobos este año… más allá de la legión de empresaurios vivillos, protegidos y ultragatopardistas y de los sindicalistas millonarios y mafiosos que defenderán a capa y cuchillo extorsivo sus aberrantes privilegios, todo argentino debe ser informado (por más intolerable que le sea escucharlo) de que esta gran asociación ilícita hoy denominada Frente de Todos, solo se trata y se tratará de nomenklaturas ricas con cuentas numeradas en Seychelles, impuestos y regulaciones sin freno para todos y todas, pueblo pobre y villa miseria general… sin más esperanza que ser acompañados (a diferentes velocidades, eso sí) por quintacolumnistas cipayos al infierno del socialismo castro-chavista. Vale decir, a un pobrismo al palo.

El oficialismo reúne hoy con claridad meridiana a todos quienes pugnan por carnear a la Argentina honesta. Por acuchillar sin más a lo que resta de la gallina de los huevos de oro. A los que, alienados de frustración y resentimiento, desean escupir sobre las tumbas de nuestros próceres y sus mandatos liberales. Sobre las historias ejemplares de innumerables tanos y gallegos (entre otros) que forjaron trabajando, sin robar a nadie, la América Libre de m´hijo el dotor. Reúne en este 2023 a los cómplices que se aferran sin vergüenza al robo de los privilegios estatales para seguir parasitando el esfuerzo de los decentes a como dé lugar; de los (cada vez menos) que estudian, se esfuerzan, invierten, ahorran y crean valor resistiéndose a huir del país.

Valga como ejemplo la jornada del martes 20 de Diciembre pasado, cuando algunos cientos de los muchos compatriotas que fueron a recibir a nuestra selección vandalizaron el obelisco, destruyeron rejas,  semáforos, luminarias, monumentos, carteles, quioscos cercanos y mobiliario urbano del Metrobús; apedrearon a bomberos y policías, sustrajeron billeteras y celulares y hasta robaron un cajero automático entero tras forzar la puerta del Banco Galicia. Otros compañeros, entretanto, robaban decenas de ruedas a autos estacionados de personas que se habían acercado a Ezeiza para homenajear a los campeones.

Con altísimo grado de probabilidad, quienes hicieron todo esto podrían identificarse casi en un ciento por ciento como simpatizantes kirchneristas. Por cierto, todo un símbolo y representación práctica de cientos de miles de sus votantes, más allá de los millones de conciudadanos peronistas, usuales portadores de falsos ropajes republicanos, cuidadas apariencias y maneras más civilizadas; un tanto menos bárbaras mas igual de tóxicas.

Grandes aportantes con su voto, todos, al descreimiento generalizado en el sistema democrático y al descrédito de nuestra clase política, tras 40 años consecutivos de gobiernos electos desde la última dictadura.

La batalla cultural que debemos dar para revertir esto es enorme. Los cambios de fondo intra-Estado y antimafia a implementar son enormes. Los intereses del privilegio en estatutos y canonjías que habremos de afectar son enormes. Pero la conurbanización total de la Argentina si no lo hacemos está, esta vez sí, a la vuelta de la esquina.