La Inversión del Sentido de la Política

Septiembre 2015

La revolución norteamericana del siglo XVIII, sacándose de encima el yugo monárquico del Estado Británico, inauguró el período de crecimiento y bienestar a gran escala más impresionante y veloz de toda la historia humana.
Una epopeya liderada por una pequeña élite de hombres ilustrados, racionales y con un elevado sentido de la ética que pasaron a la historia con el nombre de “Padres Fundadores”.
Su idea genial: asegurar mediante una Constitución inteligente y revolucionaria algo que hasta entonces nunca se había dado: que el Estado fuese el protector de los derechos de cada hombre; de su libertad para buscar la felicidad. Protegiendo a todos los ciudadanos de aquellos que violaran sus derechos -sus libertades- iniciando el uso de la fuerza física. Y que tal sistema no dependiese de las intenciones o el carácter moral de algún funcionario, impidiendo toda tergiversación legal que directa o indirectamente apuntara hacia la restauración de la tiranía.

Su espíritu quedó sintetizado en las palabras de uno de esos hombres, Thomas Jefferson: “Los dos enemigos de la gente son los criminales y el gobierno, de modo que atemos al segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero”.

Un siglo más tarde aquí, en nuestra Argentina, esa epopeya tuvo su contraparte liderada por otro pequeño grupo de hombres ilustrados, racionales y con elevado sentido de la ética. La Constitución que idearon (la que en teoría nos rige) transcribió gran parte de las disposiciones y se inspiró en los mismos nobles ideales de la norteamericana.

Tanto en el país del norte como en el nuestro, el impulso libertario inicial (con su correlato de fuerte desarrollo y bienestar) operó a pleno aún cuando sujeto a gradual desaceleración, durante unos 80 años.
Sin embargo ambos convencionales pecaron de optimismo, subestimando a largo plazo la capacidad humana de poner el ingenio al servicio de la ambición parasitaria en el delicado ámbito de la legislación, que fue violando gradualmente los principios racionales que le daban legitimidad. Y efectividad práctica, claro.

No analizaremos aquí la evidente declinación moral estadounidense a través del tiempo ni sus actuales, raquíticos, índices de crecimiento.
Limitémonos a observar con objetividad qué sucedió en nuestra nación durante las últimas 8 décadas.
En ese lapso el concepto sobre la naturaleza del gobierno realizó un giro de 180º: ya no es el protector de las libertades de la gente sino su más peligroso conculcador. Ya no nos ampara de los violentos que inician la fuerza; es él quien la inicia agrediéndonos mediante coacción (tributaria, reglamentaria) bajo cualquier formato y en toda cuestión que sea funcional a sus caprichos; a sus intereses facciosos. Ya no promulga leyes que sean refugio de individuos oprimidos sino otras que sirven de arma a los opresores; normas subjetivas que fomentan incertidumbres y miedos. Cuya interpretación, además, se reservan.

La inversión moral está completa. El modelo falsificado reemplazó al original: nos encontramos de nuevo en el punto de partida de las monarquías autoritarias o del feudalismo medieval con sus siervos de la gleba (mírese sino, la brutal realidad de nuestras provincias).
El Estado puede hacer hoy lo que se le antoje cargando el yugo de sus costos sobre el progreso de todos mientras los ciudadanos sólo pueden trabajar, crear, producir, instruirse, poseer, donar o comerciar bajo incontables condiciones, sobrecostos y permisos.
Igual que en las épocas más oscuras de la historia humana, cuando predominaba la fuerza bruta y quienes nada producían dictaminaban sobre qué, dónde, cómo, cuándo y cuánto producir. Cuando la búsqueda personal y familiar de la felicidad no figuraba, ni por asomo, entre lo permitido.

Podríamos preguntarnos entonces ¿cuál es la autoridad moral, ética, contractual de las personas que nos exigen estos “permisos”, más allá de la mera fuerza bruta? ¿Dónde y cuándo firmamos aceptando su potestad para prohibirnos todo lo que nuestra Constitución permite?
Porque lo más cercano a un Contrato Social válido es esa Constitución Nacional que ellos violan y falsifican desde los años ’40 del siglo pasado.

Consideremos pues estas cuestiones de fondo, que van mucho más allá de la coyuntura política.
Y procuremos obrar en consecuencia no sólo al momento de votar, cada dos o cuatro años, sino con las semillas de docencia de cada una de las opiniones que expresamos en nuestra vida de relación.

Los patriotas que nos legaron aquel espíritu libertario no se merecen menos.




En Busca del Escalón Perdido

Septiembre 2015

Una amiga se preguntaba hace poco porqué la democracia, sin excepción, termina dejando en todos un regusto amargo en cuanto a sus resultados prácticos. Aún entre quienes usualmente votan “a ganador”. Para no hablar de los que, vez tras vez, “pierden”.
¿No es acaso el mejor modelo de organización social conocido por el hombre, el más civilizado y universalmente aceptado?
Se supone (así nos lo enseñaron) que es el sistema de los contrapesos más perfectos y las instituciones más confiables para la resolución pacífica de los innumerables conflictos que se dan en una sociedad moderna. El que protege los derechos de todos y en particular los de las minorías.
¿Por qué tenemos la pesada sensación, entonces, de que “no funciona” bien? ¿Puede equivocarse tanta gente al mismo tiempo?  ¿Hay acaso alguna alternativa que no sea volver a las dictaduras?

La respuesta que casi nadie da pero que todos saben es que el consenso no calificado puede estar equivocado -y casi siempre lo está- sobre cualquier tema que se dirima por simple mayoría; en especial sobre las muy complejas cuestiones de política socio-económica.
Y que, en efecto, existe una propuesta o tendencia más avanzada de organización social: la libertaria, inexistente en la época en que Winston Churchill lanzara su famosa máxima “la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás”.
Un sistema de ideas desarrollado por notables pensadores desde los años ’70 del pasado siglo y que empieza a hallar condiciones ideales a su implementación a partir de la primera década de este siglo XXI, con sus redes globales de comunicación social y la explosión niveladora de la tecnología informática, aplicada en más y  más áreas de la vida cotidiana.

Intelectuales de la talla de John Locke (1632-1704), Thomas Jefferson (1743-1826), Bertrand Russell (1872-1970), Leonard Read (1898-1983), Murray N. Rothbard (1926-1995), Robert Nozic (1938-2002), Anthony de Jasay (1925), David Friedman (1945), Hans H. Hoppe (1949) o Jesús Huerta de Soto (1956) jalonan entre muchos otros una extensa lista de brillantes contribuyentes al pensamiento libertario a lo largo del tiempo. Como el catedrático español citado en último término, autor de uno de los más vanguardistas conceptos de capitalismo aplicado: el de la eficiencia dinámica en la función empresarial y su intrínseca moralidad.
Unidos todos en la coincidencia del estricto respeto de los derechos individuales, la libertad responsable y el principio de no-agresión inicial en todos los campos de la acción humana como pasaportes hacia una sociedad más tolerante y evolucionada, mucho más justa (sin nuestras atrasadas dictaduras de mayoría) y de la mayor abundancia en cuanto a bienestar material.

Celebridades del mundo del cine como Clint Eastwood, Angelina Jolie, Tom Selleck, Bruce Willis, Keanu Reeves o Kurt Russell son libertarios declarados, por caso, al igual que millones de personas comunes a lo ancho del planeta. Personas para las que el valor más importante es la libertad, no la democracia. Que priorizan la sociedad civil, que es voluntaria, en oposición a la sociedad política que es coercitiva. Y que promueven las soluciones de mercado, que son libres, en oposición al intervencionismo que es obligatorio. Porque es obvio que el mercado (el libre, no el que conocemos aquí) somos todos, superando en representatividad real y en eficiencias conducentes a cualquier padrón electoral.

¿Cómo se traduce, políticamente, esto? ¿Anarquismo? ¿Caos social, ley del más fuerte y triunfo de la codicia frente al debilitamiento o la desaparición del gobierno? Obviamente, no. Se traduce en orden y justicia sin hijos y entenados dentro de una heterarquía (o estructura horizontal en forma de red) reemplazando gradualmente al estatismo y su jerarquía (o estructura vertical en forma de pirámide).
Pero sepámoslo: la propaganda de los fascismos gobernantes (el nuestro es un buen ejemplo) seguirá enfocada en esos temores. En los mismos miedos atávicos que tantas veces paralizaron el avance de la humanidad en beneficio de la oligarquía dominante. Y lo hará, como es su costumbre, con inmensas sumas restadas a la producción para sumarlas al apoyo de una visión unidireccional, conservadora del status quo y al soporte de férreos controles sobre los contenidos de la educación pública y privada.

A quienes estuviesen interesados en profundizar en esta luminosa línea de pensamiento recomendaríamos… ajustarse el cinturón de seguridad mental y empezar por leer la obra El Mercado para la Libertad, de Morris y Linda Tannehill o en su defecto el libro de Raúl Costales Domínguez, Ni Parásito ni Víctima: Libre. Ambos publicados en nuestro país; de fácil lectura y gran claridad conceptual. Desnudan el hecho de que la democracia que hoy “disfrutamos”, como muchos sospechaban no es el fin de la historia -ni mucho menos- en el largo camino de la humanidad en la tarea de alumbrar el mejor sistema posible para vivir en sociedad. De que es sólo una etapa más en esa búsqueda; bastante primitiva además y destinada a ser superada como tantas otras.

Entretanto se impone lentamente el regusto amargo; la sensación de fracaso y de falta de resultados que mencionaba nuestra amiga.
Y se afianzan sus inconvenientes: tendencia al aumento constante de los impuestos y del tamaño del Estado, tendencia a la selección de los más cínicos y corruptos para conducirlo y tendencia a reducir las libertades de opción a los honestos para crear grandes masas de dependientes de la dádiva y del empleo público, que aseguren la permanencia del modelo en el tiempo.
Inconvenientes inherentes a la naturaleza misma del sistema, que lo hacen insustentable a largo plazo como no sea a través de un aumento también constante de la regimentación invasiva y del control de cada aspecto de nuestras vidas. Algo que leninistas, maoístas, castristas y chavistas nos mostraron, años ha,  dónde termina.

Como dijo alguien con sentido común -de seguro descendiente de aquel niño que vio que el rey estaba desnudo- si necesitamos apoyar una pistola en la espalda de las personas decentes para que nuestro sistema funcione, estamos en problemas. No sólo por las graves contradicciones morales que ello implica sino por sus inconsistencias económicas ya que, como cualquier estudiante de esa ciencia sabe, la eficiencia productiva, el crecimiento sustentable y la abundancia general “no funcionan bien” (o funcionan muy mal) bajo coacción digitada. 

O mirando las cosas desde otro ángulo… ¿aceptaría Ud. ser operado en una clínica donde los análisis, los procedimientos quirúrgicos y posoperatorios fueran decididos por mayoría a través del voto de todos los administrativos, el personal de maestranza, los médicos y sus auxiliares? Porque lo que hacemos en nuestra actual circunstancia es aceptar este proceder para las decisiones más serias desde la cuna hasta la tumba sin mayores cuestionamientos.

Aún así es mayoría la buena gente que en verdad quiere hacer algo para mejorar el mundo que recibirán sus hijos y nietos.
Y que quiere hacerlo en el sentido correcto; es decir colaborando a que la ética, el respeto por lo ajeno, las responsabilidades personales y la libertad a todo orden en un entorno de absoluta no-violencia sean los valores que se impongan.
Hablamos de esa mayoría silenciosa, en parte acallada por las extorsiones del clientelismo y del terrorismo de Estado fiscal, que intuye correctamente que nuestro país… ni siquiera vive en democracia. Que en realidad nunca lo hizo; ni durante las 3 generaciones (entre 1860 y 1940) de la época de oro de la Argentina liberal, ante la que el mundo se inclinaba con respeto.
Ciudadanos que intuyen que lo nuestro es algo más primitivo aún; que nuestras vidas se malgastan en un estadio pre-democrático; que saben que nuestra población es hoy como esa mujer golpeada que una y otra vez elige seguir junto al marido golpeador. Y que ese marido machista, “paternal” y sobrador que la degrada de mil maneras desde hace tanto tiempo no es otro que el peronismo. Siempre distinto en sus mil disfraces. Siempre igual en su corrupción esencial.

 Colaborar hoy a la resolución pacífica de los innumerables conflictos que se dan en una sociedad moderna, entonces, implica hacerlo con más inteligencia. Abjurando de la  esclavitud estatista que nos hunde sin remedio, aunque a veces pueda habernos resultado cómoda.
Para defender en cada casa, en cada familia, en cada escuela, en cada plaza, calle, club, empresa, comercio y organización… la sacralidad y preeminencia del hombre y de la mujer responsables de sus actos por sobre la masa indiferenciada que tira la piedra y esconde la mano igualando a justos y pecadores.
Para defender el respeto por sus elecciones personales, incluyendo las económicas, las educativas, las morales y las contractuales sin otro límite que el respeto de igual derecho en los demás.
Y para adaptar gradualmente todas nuestras instituciones a esos mandatos racionales de última generación republicana. Dificultando al ignorante forzar al sabio, al indolente parasitar al trabajador, al ladrón despojar al honesto y al violento atropellar al manso.

Simplemente porque son el siguiente escalón evolutivo en la búsqueda del mayor bienestar para el mayor número.
Y porque, disguste a quien disguste, es historia escrita en piedra que el capitalismo de libre mercado funcionó mejor que ningún otro método en orden a ese objetivo cada vez que se lo aplicó, aún en forma parcial (como fue casi siempre el caso). 
Y porque sus resultados fueron más espectacularmente benéficos para los postergados cuanta mayor decisión, amplitud, velocidad, profundidad y limpieza hubo en su implementación.







Buenos Aires Tour

Agosto 2015

La incapacidad para asimilar políticamente los cambios sociales de los últimos años, nos pone ante el riesgo de una implosión del sistema constitucional instaurado a mediados del siglo XIX.

Lo que parecía impensable hace un año, resulta muy posible hoy: el kirchnerismo podría seguir gobernando por otros 4 u 8 años a través de un triunfo de la fórmula Scioli – Zannini.
Si como muchos suponen, D. Scioli resulta víctima de algún accidente o es desplazado de la presidencia mediante alguna maniobra pseudo legal,  C. Zannini podría empujar a nuestra Argentina por la senda venezolana de mordaza informativa, violencia piquetera, cierre económico, freno a la movilidad social y corrupción… en grados aún más altos que los actuales asegurando para los suyos, clientelismo exacerbado mediante, mucho más que 8 años de gobierno. 
Si fuesen sólo 8, el modelo en vigencia se habría aplicado aquí durante dos décadas seguidas.

El caso Venezuela (donde el chavismo gobierna decidiendo sobre vidas y bienes desde hace 17 años) nos permite asomarnos a un futuro probable: en un país de 28 millones de habitantes, 1 millón y medio ya emigraron huyendo del socialismo real y otros 2 millones 800 mil –según estudios serios- en su mayoría jóvenes, se aprestan a hacerlo. Se trata de un verdadero vaciamiento de cerebros, emprendedores y capitales ya que los que se van con sus familias en busca de sitios más libres son los más productivos y preparados.
Una extrapolación simple de estas cifras a nuestra población actual nos llevaría a un equivalente donde 2,25 millones de argentinos de élite decidirían abandonar el país en las primeras oleadas y otros 4,26 millones  tratarían de hacerlo después.

El tipo de instituciones extractivas del peor populismo peronista habría triunfado, entonces, en toda la línea (incluyendo un Poder Judicial bien sometido, como ocurre con el venezolano) y la Constitución liberal de 1853/60, la que permitiera a la República Argentina sus únicos 80 años de gloria y poder, habría implosionado de hecho. Estaríamos hablando de la ruptura de nuestro Contrato Social. El que nos mantiene desde entonces unidos como nación.

En esa eventualidad y adelantándonos al desastre, cabe aquí la valentía (y la conveniencia ético-económica) de preguntarse sobre la posibilidad de denuncia del tal Contrato o pacto. Sucede en países como España con regiones que buscan su independencia de un Estado central que ya no los representa; sucede en Barcelona, el país vasco e incluso en la provincia de Valencia entre otras.
Tal vez se esté acercando la hora de cuestionarse si la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con sus 3 millones de habitantes, por ejemplo, debe seguir mansamente sentada en un tren que acelera hacia el averno; si los porteños deben seguir siendo expoliados por los habitantes de otras regiones que tuvieron a bien elegir ineptos y delincuentes para que los gobernaran, haciendo implosionar la Constitución Nacional; violándola con alevosía tanto en letra como en espíritu.
O si prefieren, plebiscito mediante, separarse como en el pasado del resto de la confederación para pasar a ser una Ciudad Estado.
A imagen y semejanza de Mónaco o Singapur, por caso. Poderosas, respetadas e independientes, con bajos impuestos, altísimo desarrollo económico, alta densidad poblacional, grandes libertades para ser y hacer y elevadísimos ingresos promedio per cápita.

No es necesario tener exclusividad de dominación sobre un extenso territorio, gobernar sin límites republicanos ni aplicar estúpidos torniquetes fiscales sobre los rehenes más productivos para lograr el bienestar real de la gente. Más bien es a la inversa: como casi siempre, la verdad está en lo acotado, en lo perspicaz, diverso, particular y disidente; donde menos se la espera.

Una Buenos Aires independizada del vasallaje impositivo-reglamentario de los incapaces, del asfixiante yugo populista de los corruptos conformaría un Estado más que viable cuyo poderío financiero acabaría con la pobreza, llevando a sus víctimas a la clase media en muy poco tiempo. Tal como pide la Iglesia.
Y promovería a sus habitantes y a todos los argentinos que instalaran allí sus domicilios y empresas a la riqueza sin prejuicios, la solidaridad bien entendida y la elevación personal en todo sentido.
Dejando que los distritos del resto del país elijan libremente al vivillo que más les apetezca para que siga hundiéndolos.
Eso sí: teniendo frente a sus narices el ejemplo vivo, con instituciones inclusivas, de lo que pudieron ser… y no quisieron.

Es más; con algún cinismo podríamos visualizar incluso al Sr. Scioli o a su sucesor implementando la construcción de un “muro de Berlín” a lo largo de la Av. General Paz, con sus reflectores,  alambradas de púas y sus guardias con perros, para impedir la fuga masiva hacia la libertad de sus mejores ciudadanos. Y al Sr. Rodríguez Larreta, a su vez, armando un prolijo Check Point Charlie a la altura de Liniers.

Mas volviendo a la realidad actual, digamos que una iniciativa semejante implicaría profundizar hasta el hueso en el hoy devaluado concepto “democracia” dando la posibilidad de elegir en serio, sin extorsiones ni cortapisas, qué queremos.
¿A nombre de qué debería impedirse a personas libres optar? No serían en tal caso personas libres sino simples rehenes esquilables, ciudadanos-objeto usables más allá de su consentimiento. En una palabra, medios al servicio de los fines de otros.
Es precisamente la inmoralidad que vivimos hoy y que un nuevo golpe electoral del Frente para la Victoria consolidaría.

Hace unos años, las provincias bolivianas de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija amenazaron al Estado izquierdista de Evo Morales con avanzar en un proceso de secesión. Sus autoridades lo hicieron en disconformidad con las políticas paleo-económicas de corte indigenista que Morales pretendía imponer por la fuerza bruta del número sobre sus regiones, las más (relativamente) pro capitalistas –y por ello prósperas, claro está- del país.
El gobierno central cedió entonces atribuciones a las autonomías locales y los reclamos independentistas pasaron a archivo.
Siguen sin embargo siendo un antecedente válido de que tal cosa no es mera utopía en Sudamérica, sino algo posible. Grandes crisis suelen ser, históricamente, grandes oportunidades.

Los que profesamos un pacífico pero inconmovible convencimiento libertario sabemos que la persona siempre es anterior al Estado. Y que este ingenio no puede ostentar sobre ella más poderes y legitimidad de los que esa persona voluntariamente le delega. Poderes y legitimidad que en nuestra Argentina sólo tienen cierto viso de verosimilitud a través de un único Contrato Social: la Constitución de 1853/60, en su parte dogmática.
Desaparecida esta de facto, no existe más contrato que la conveniencia personal de cada uno de los pobladores de este suelo, tal y como ocurría antes de su sanción.

El proceso de involución decadente que padecemos se halla muy cerca de lograrlo. Estemos pues preparados porque a la hora menos pensada… aparecerá con más violencia que nunca el ladrón del autoritarismo estatal horadando las paredes de cada una de nuestras casas.






Elogio de la Inmoderación

Agosto 2015

Resulta muy común escuchar a la gente decir que lo mejor con respecto a política socio-económica, será siempre hallar “el justo medio”; ese equilibrio equidistante tanto de comunistas como de libertarios; ni sumisa esclavitud en masa ni airada libertad individual.
Lo moderado, el centro, aquello que se considera como alejado por igual de los extremos se traduce, así, en el conocido modelo de economía mixta que nos rige. En esa supuesta receta magistral, mezcla de estatismo y capitalismo que desde hace siglos todo político que vive de los impuestos, la emisión y la deuda nacional, trata de hacer funcionar.

Nuestra Argentina viene optando por el mix de un clientelismo de subsidios moderados y favoritismo legal para ciertos millonarios “empresarios” cortesanos. Por un moderado respeto del estado de derecho y un moderado uso de la fuerza bruta extorsiva. Optando por un moderado grado de seguridad, en equilibrio con un grado moderado de terror. Por un populismo que nos concede moderadas libertades personales mientras nos aplica una –a su criterio-  moderada esclavitud (impositiva, reglamentaria).
Somos una sociedad que opta por tolerar con moderación este sistema con sus mil y un inconvenientes, trabas, pérdidas de dinero, tiempo y oportunidades, destratos, caídas de planes familiares, estrés, cooptaciones corruptas y decepciones comerciales. Que elige tolerar un respeto apenas moderado de la Constitución.
Una sociedad que opta por aceptar decaer frente al resto del mundo, si, pero de manera gradual y moderada.

Curiosamente, la moderación generalizada que todo lo justifica encuentra su límite, su “hasta aquí llegamos”, en el rechazo histérico que generan las palabras de cualquier defensor del capitalismo explícito, vale decir de la libertad, de la responsabilidad y moralidad del hombre. De su sacralidad individual y del respeto por sus decisiones, dejando la extorsión a un lado.
Caídas sus caretas, saltan entonces a la luz el odio, los insultos, las descalificaciones personales, los bombos, los piquetes y gritos de la turba; la furia de los intolerantes pronta a caer sobre cualquiera que se atreva a proponer límites al gobierno.
Pero claro, la violencia en la voz no es más que el estertor agónico de la razón en la garganta. Y cuando el sistema de retroalimentación de ignorancias los junta en una misma votación, tras un mismo y avispado candidato (cosa que la intelligentsia nunca debió permitir), se forma una supernova de sandez; una masa crítica de mal comportamiento social. De creer que todo problema puede arreglarse mediante el mágico poder de la fuerza bruta dirigista.
Una creencia que arrastra en estos días a demasiados “ciudadanos” de nuestra ex república hacia el redil del referente de la impunidad, Daniel Scioli.

La moderación de la mayor parte de nuestra élite intelectual nos condujo hasta el borde del abismo venezolano, donde nos encontramos. ¿O acaso habrán sido su pusilanimidad y su  ya clásica tendencia a venderse al mejor postor?
Señores: el punto medio de encuentro entre el sabio y el imbécil sólo condujo al medio-imbecilismo, al azuce del oportunismo explícito de las mafias más violentas, mendaces y lanzadas. Las mismas que, intra gobierno, vemos operar abiertamente hoy y aquí.
No es necesario ni correcto ser centrista (o para el caso, equilibrista). En cuestiones de índole política, sólo hay que ser razonablemente ético y práctico.

La compulsa política que se vive con tanta pasión y dramatismo en nuestro país no es más que la disputa entre fascistas de distinto grado a los que desde el llano se les pide tan solo… “moderación”.
Quien decida sacar la cabeza de la bolsa  verá que el modelo que nos sujeta, de propiedad privada nominal regida al detalle en su uso y disposición por controles estatales, no es otra cosa que fascismo.
Un sistema que no es moral ni práctico. Que hundió y hunde a todas las sociedades que de un modo u otro fueron colaboracionistas a su implementación.
Partidos que aquí se dicen “socialistas” o “progresistas” son en verdad, fascistas. No aplican al socialismo real, que aspira a nacionalizar medios de producción y servicios igualando el ingreso de la población por medio de la deslegitimación del capital. Es decir, de la abolición del libre albedrío y del derecho de propiedad.
Socialismo y fascismo, primos hermanos, coinciden en considerar al ser humano no como un fin en sí mismo sino como un medio (o cosa sin opinión relevante) usable a los fines de otros.

En el extremo opuesto del arco se encuentra el sistema liberal cuya vanguardia intelectual, el libertarianismo, propone avanzar con decisión hacia las mayores libertades personales en lo jurídico, hacia la sacralidad del hombre como fin en sí mismo en lo moral y hacia el capitalismo de libre mercado en lo económico como expresión lógica de los dos puntos anteriores. Y cuanto más se avance, tanto mejor: sus beneficios retornan al pueblo en proporción geométrica.
Podemos ver en la actualidad cómo, en aquellos lugares donde se permite un grado más o menos alto de libertades capitalistas, la sociedad responde como aquellos autos modificados para grandes aceleraciones, cuando el conductor presiona el botón de cambio de combustible a nitrometano (nitro). Saltan hacia adelante superando todo lo conocido. Sucede bajo diferentes modos y prevenciones en Singapur, en Liechtenstein, en Hong Kong y en muchas partes de la inmensa China entre otros sitios-ejemplo, con ingresos promedio al tope del ranking y todos los indicadores sociales en alza.

No necesitamos ningún justo medio ni ningún “cambio justo” como el que propone Sergio Massa. Menos aún, más de lo mismo. Necesitamos un cambio libertario; y urgente. Uno que ponga dinero en serio en los bolsillos de la gente y autoestima reparadora de la vergüenza de lo que cada votante facho ha hecho de la patria.


¿Será Mauricio Macri quien dé el primer paso hacia la inmoderación?






De Herramientas, Religión y Resultados

Julio 2015

Tal y como lo describió el mismísimo Karl Marx, el interés del Estado aún cuando el gobierno que lo use empiece con las mejores intenciones de “bien común”, más pronto que tarde acaba convirtiéndose en un propósito particular privado, opuesto a otros propósitos privados.
Es el forzamiento reemplazando la persuasión por conveniencias lo que no sirvió ni sirve al efecto del tan meneado “bien común”.
Aclarando que nos referimos al efecto de beneficio real, no al del relato de cartón pintado, colchones y monoblocks pergeñado por nuestros populistas, cínicos  jineteadores de masas embrutecidas.

Así sucede en el mundo real ya que la gran mayoría de los “representantes” políticos se representan primero a sí mismos. Algo natural y esperable en tanto seres humanos laborando en condiciones de impunidad.
Se venden de una u otra forma, con excusas ideológicas o sin ellas a representantes de otro poder o a capitalistas “amigos” dispuestos a aprovechar (¡cómo no!) las antinaturales, abstrusas reglas del sistema. Haciéndolo en clave de lobbies y de beneficios monetarios compartidos con aquellos.  

La sacrosanta democracia, la  “voluntad popular” y hasta el concepto mismo de bien común giran entonces… para mostrarnos su media faz leprosa, la que corresponde a la lucha de tribus que a continuación se desata.
En posición de vender favores,  ellos colocan a la sociedad en la disyuntiva de dividirse en grupos de presión en lucha por aumentar su parte en la sustracción a una torta que no crece, a expensas de otros grupos con menos poder circunstancial de extorsión.
Es el canibalismo social de quienes no atinan a estudiar ni a comprender la relación entre la sacralidad del ser humano que no debe convertirse en “medio” de ningún otro (porque es “fin” en sí mismo con todo lo que eso implica) y la ingente riqueza social que se genera cuando, efectivamente, no permitimos que el fin justifique los medios. Cuando la libertad vence a la esclavitud y la evolución en el pensamiento económico racional se impone al dogma tribal del atropello redistribucionista.

Demás está decirlo, la ética libertaria bloquea la expropiación de rentas de propiedad privada y el atropello de otros derechos individuales, neutralizando con abundantes oportunidades de progreso la mayor parte del resentimiento social.
Por eso es la ideología más aborrecida por las izquierdas que, tras las huellas de nazis y fascistas promueven una densa red de reglamentaciones totalitarias para el control de precios y salarios, de inversiones y finanzas, de exportaciones e importaciones, de educación y seguridad. Para finalizar siempre con el intento de control del disenso en pensamientos y palabras.
Para ese gran partidario de la libertad y de la no violencia que fue Cristo, finalmente, el fin nunca justificó los medios, no importa cómo quiera acomodarse el relato; algo importante de recordar a efectos de interpretar correctamente el impactante discurso del Papa argentino en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, de hace pocos días.

Dijo Francisco I, textualmente, que el sistema económico actual degrada y mata; que ya no lo aguantan los campesinos, los trabajadores ni los pueblos; que debemos rechazar el nuevo colonialismo y que también debemos luchar para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos, bregando por un redentor cambio de estructuras.

Resulta obvio para cada vez más mujeres y hombres pensantes que  totalitarismos corruptos hasta la médula, como la dictadura de mayoría que padecemos en la Argentina, degradan a los ciudadanos (previamente empobrecidos) sometiéndolos a la cultura de la dádiva. Para no hablar de las muertes prematuras de cientos de miles por pobreza, malnutrición, desesperanza vital, enfermedades y accidentes evitables, debidos todos a su incompetencia criminal.
Un sistema vil que, está a la vista, ya no aguantan campesinos ahogados bajo el yugo de impuestos confiscatorios, trabajadores desempleados o estatales con sueldos miserables ni pueblos enteros del interior que languidecen al ritmo de la destrucción de sus economías regionales a manos de políticas cambiarias y financieras forzadoras… que hace ya 70 años, se revelaron obsoletas por contraproducentes. Por ser generadoras de las enormes villas miseria que hoy rodean a todas las ciudades del país.

Sin duda debemos rechazar el nuevo colonialismo económico de un Estado cada vez más pesado, omnipresente y mentiroso; más paternalista y anulador de emprendedores, creativos, honestas y honestos que pretendan elevar a sus familias trabajando. Paternalista de un padre borracho y golpeador, claro, no de uno que promueva libertades en pos de la madurez responsable de sus hijos.

Por eso coincidimos con Francisco en que todos debemos luchar para superar “las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos”. Teniendo muy en claro que la exclusión es hija de la pobreza, esa que los clientelismos y los amigos de la cultura de la dádiva (sean laicos o religiosos) desean perpetuar para mantener su influencia y poder. Y que de la pobreza, de la falta de techo (propiedad), de bienestar, de la ausencia de futuro para los hijos y de autoestima no se sale con fiscalismo coactivo y conmiseración sino con buenos empleos.
Debemos luchar hombro con hombro con la Iglesia pero no por más empleo público sino por más seguridad jurídica y por su consecuencia: el trabajo productivo; ese que surge del único sector que crea riqueza real, el sector privado.  El de la iniciativa individual; nuestra y de afuera, con capitales de riesgo, empresarios estimulados y mentes innovadoras.
 Debemos luchar, sí, por una revolución de verdad:  la revolución mental que representa reconocer en el Estado saqueador de bienes ajenos (que justifica medios violentos con fines engañosos), al verdadero enemigo de la moral y por carácter transitivo, de los necesitados.

El Estado socialista supuestamente “benefactor” es hoy la personificación práctica del mal. Es el promotor del dolor por impotencia popular y de la impudicia gubernamental a todo nivel. De la deuda que crece y crece, de los frenos a la producción, del quiebre de empresas y familias, de la consecuente depredación ambiental, de todas las guerras internacionales y desde luego del tráfico de drogas entre muchas otras calamidades que, como bien señala nuestro Vicario, campean en derredor.

Marx mismo, un resentido redactor de octavillas devenido “economista”,  no lo haría mejor. Es claro que casi en ningún lugar del mundo actual funciona el capitalismo; el libre mercado, la competencia abierta, la libertad de crear, producir y comerciar sin tapujos.
Lo que hay son lamentables “economías mixtas” con predominio dirigista, ventajismo cortesano, trabas por doquier y alta imposición.

Por eso y sólo por eso el dinero es hoy más que nunca el “estiércol del Diablo” descripto por el Papa: merced a la inmunda corrupción del estatismo dominante y a la pegajosa, putrefacta red de reglas totalitarias que sus legisladores nos imponen bajo amenaza.
Un sistema violento y perverso a más de estúpido, que deja poco espacio a las mujeres y hombres justos que desean usar esa herramienta con limpieza.  





El Rostro Humano

Julio 2015

Dejar el bienestar social en manos del Estado es dar al autoritarismo un rostro humano. Y el autoritarismo nunca lo tiene, mal que les pese a los social-fascistas que vienen eligiendo (para todos, estén o no de acuerdo) a los atropelladores que nos rigen. 

Contra toda apariencia, el asistencialismo estatista que impera en los corazones de nuestras mayorías es profundamente anti-humano: además de ser forzador con quienes no lo eligieron, su corrupción intrínseca mata; su cerrazón económica fabrica pobreza estable a ritmo de metralla y su fascinación impositivo-reglamentaria recorta y deroga las garantías individuales de nuestra Constitución. Las mismas que hasta hace 7 décadas nos habían hecho grandes entre los grandes y en meca de los millones que desde todo el orbe y huyendo de la opresión de sus gobiernos, quisieron progresar trabajando.

Uno de los peores colectivistas totalitarios de todos los tiempos, Vladimir Ilich Uliánov mejor conocido como Lenin, animaba a los suyos a conquistar y “usar la pistola del Estado” sabedor de que el monopolio llamado Estado… no es otra cosa que un arma. Una a usarse, claro está, en beneficio de cierta nomenklatura.
Súbitos megamillonarios contemporáneos como Castro, Chávez, Kirchner, Putin, Amín, Ortega, Marcos, Kim Il Sung y otros han seguido esa directriz y han usado sin escrúpulos el arma estatal.

Una máquina bien aceitada y potencialmente letal, capaz de impedir la movilidad social, pervertir a la gente sencilla por medio del clientelismo y la des-educación, destruir ahorros, ideas o acciones productivas y desplumar a todos por igual en una escala… bíblica.
Un ingenio artillado –y esto es muy importante- iniciador de agresiones contra los mansos que nunca, jamás podrá tener rostro humano. Mal que les pese a los que se benefician con su violencia autoritaria: “capitalistas” amigos, religiosos empantanados en la cultura de la dádiva, funcionarios traficantes de favores y la legión de inútiles, acomodados, esbirros, viciosos, vagos y malentretenidos (o simples idiotas útiles) que se creen con derecho a vivir sine die del sacrificio del prójimo; de la postergación de sus planes.

Nunca un ser humano con rostro real, un ciudadano privado, sea un desalmado millonario capitalista o un diabólico presidente de empresa multinacional, podría hacer semejante daño, ni aunque se lo propusiera como objetivo de vida. Entre otros motivos porque su afán de ganancias, si existiese competencia real no bloqueada por el Estado, quedaría inmediatamente limitado por el interés público; por el bien común reflejado en la decisión voluntaria de todos los consumidores de su producto, sea cual fuere.
Los malos capitalistas amigos existen porque el gobierno los protege a fin de que sus negocios, siempre dañinos para la mayoría, se ensamblen en sus proyectos de poder y riqueza malhabida. Son lacras sociales que no podrían medrar sin el intervencionismo interesado del Estado. Gente que no debe su fortuna a sus habilidades productivas sino a la legislación “protectora” promovida desde algún oscuro lobby y asegurada luego por funcionarios matones.

Aunque parezca increíble, este sistema autoritario creador de una élite inmoral y oligárquica, promotor de negociados y nutrido de la competencia política entre los peores (los más aptos para sobresalir en ese mundo de tiburones parásitos), es el destinatario de nuestras esperanzas de “bienestar social”.

Por caso, hay una enorme cantidad de gente, supuesta ciudadanía pensante, que ve como “logros a preservar” a cosas tales como la asignación estatal por hijo y por embarazo o los planes de ayuda social a un sinnúmero de argentinos empobrecidos.
Ciertamente no son ningún logro ni hay que preservarlos. Sólo son el resultado de enormes errores de política económica y deben ser desmantelados junto con sus causales tan rápido como sea posible. Haber empobrecido sin necesidad a tantos compatriotas (y con ellos al país) es parte del rostro inhumano del estatismo. De lo autoritario como sistema.
Dar un rostro humano al bienestar de los argentinos implica quitar gradual pero implacablemente dicha responsabilidad a nuestros gobiernos, para que no sigan empeorando las cosas. Para que dejen de frenar y hostigar a quienes podrían revertirlas.
Implica empezar a trasladar esa tarea a la solidaridad privada, a la de instituciones religiosas y organizaciones no gubernamentales, carentes todas de intereses clientelares. Centradas, en cambio, en la capacitación, en la pronta inserción laboral y en la recuperación de las dignidades y autoestimas perdidas.
E implica liberar la potencialidad productiva de nuestros empresarios, de nuestros emprendedores y creativos, de nuestros técnicos, educadores y capitalistas, sacándoles la bota de encima.

Los subsidios que degradan a millones de necesitados podrían desaparecer al mismo ritmo en que la actividad privada ponga dinero en los bolsillos de la gente con más inversiones, negocios y empleos genuinos. Un ritmo que dependerá del grado de libertad que el pueblo decida darse a sí mismo, “dándose permiso” para hacer, crecer y enriquecerse en conjunto aunque… “tolerando” asimetrías inevitables: combatiendo la envidia igualitaria que todo lo pudre.
A mayor grado de libertad de acción y menor de saqueo impositivo, más velocidad de avance en prosperidad y bienestar social.
Tal es el círculo virtuoso de las sociedades ganadoras. Unidas en el orgullo de sí mismas y de su destino.
Esas donde el rostro individual de cada ciudadano responsable, de cada madre de familia, de cada hijo agradecido se impone por sobre el odio divisionista e irracional de la masa vociferante.

En verdad, el tema de fondo no es el del pobre contra  el rico sino el del Estado contra el hombre, lo que es igual a decir gobierno totalitario versus derechos individuales o bien socialismo versus capitalismo. Una antinomia que sólo se zanjará cuando nos atrevamos a respondernos la pregunta clave… los argentinos del 2015 queremos ¿dictadura o libertad?






Sigamos Participando

Junio 2015

Si todavía creemos que el gobierno es quien debe planear, impulsar y regular nuestro acontecer económico, si creemos que el uso de este poder no provoca el encumbramiento de una élite oportunista apoyada en los políticos más falsos, agresivos y corruptos, si creemos que las legislaturas no trabajan en beneficio de los deshonestos y que no asfixian, frenan y eventualmente hacen quebrar a los honestos; si en general seguimos creyendo -como el pajarillo de Chávez- que el Estado es la solución y no el problema, somos en verdad terriblemente ingenuos. O estúpidos. O para el caso, mala gente.

Nadie ignora que el único Poder real que tiene el gobierno (y aún el Estado) es el poder de la fuerza física. Del forzamiento extorsivo armado. Y que carece del Poder moral con el que podría intentar justificar de algún modo esa coacción. Una supuesta autoridad ética con vocación desinteresada de servicio que queda aplastada bajo la abrumadora evidencia en contrario que nos brindan los políticos cada vez que les toca ejercer el mando.

Ni aún las malas personas que votan avalando la corrupción de la cleptocracia, la Mentira y el desguace y venta de nuestras instituciones republicanas ignoran que las sociedades nacen, crecen, llegan a su apogeo y caen. Completando un círculo histórico donde las necias… caen mucho antes.
Uno que nuestra Argentina vivió, gozando su gran momento en el primer tercio del siglo XX para luego sufrir el tropiezo con la piedra peronista, cayendo por las escaleras hasta nuestros días.
Así, con el entendimiento aturdido por los golpes de la rodada, una parte demasiado grande de nuestro electorado porfía en elegir como remedio otra dosis del veneno populista que la está matando.

Sin perjuicio de lo anterior, hay edificantes ejemplos históricos de sociedades que nacieron de nuevo, resurgiendo del cieno. Casos reales donde comprobar que el círculo virtuoso aparece y se acelera con fuerza cuando sus dirigentes aumentan con perspicacia el único ingrediente verdaderamente universal de la prosperidad: la libertad.
Porque nada es tan característico de una economía fuerte, soberana e inclusiva y de un pueblo orgulloso de sí mismo como la libertad; como el rechazo social de la esclavitud; sea su víctima pobre o rica, ignorante o erudita, blanca o negra.

La aplicación del poder de la fuerza bruta a través del implacable sometimiento impositivo y reglamentario de todos quienes pretenden crear riqueza honesta, no puede terminar bien; de hecho no lo hace y es la madre de todas nuestras miserias morales y económicas.
El recurso de las bestias que a esta altura de la civilización seguimos usando como contrato-base de nuestro orden social tiene que empezar a cambiar. Y es nuestra responsabilidad de personas evolucionadas ayudar por todos los medios a que así suceda.

¿Cuánto más bienestar familiar tendríamos si dejásemos a la gente reinvertir tan sólo 30 % del más de 50 % del dinero que le quitan de sus ingresos (a través de impuestos/inflación/deuda) para despilfarrarlo en un clientelismo que todo lo posterga?
¿Cuántos empleos nuevos podrían crearse si empezar un nuevo negocio no fuese tan difícil por lo brutal de la presión tributaria y el  cúmulo –verdaderamente hartante- de estúpidos requerimientos?
¿De cuánto crédito barato dispondríamos si el Estado no estorbara con cepos, persecuciones contables y regulaciones sin fin; si no ahuyentara los capitales o si dejara de usar como Caja de Gastos Corrientes al sistema financiero (¡y previsional!) público y privado?

Hoy, la tendencia de nuestro electorado nos empuja hacia una menor libertad de acción, no mayor. No es de sorprender que el ingreso de los argentinos disminuya año a año, resbalando por un círculo vicioso donde la decadencia nacional y sus sucesivas crisis de bancarrota dan excusa a los gobiernos para confundir al electorado, pedir más cheques en blanco y recortar más derechos personales.

Cuando uno está encadenado no puede producir.
Conformamos 3 generaciones de ciudadanos que se han suicidado moral y económicamente a través del voto: sin mayor violencia, sangre ni terror; más bien a través de un asfixiante proceso de invasiones estatales a la privacidad, “democráticamente” impuestas.

Por fortuna a esta tendencia se opone otra: la de la joven libertad individual que proyecta y supone la apasionante tecnología informática de redes, que crece a un ritmo que las fronteras de los viejos estados-nación no pueden detener. Con ella podremos disminuir gradualmente su Poder de forzamiento y reconstruir así la prosperidad que nos robaron.

Por cierto, la Historia es una gran maestra en esto de tratar de enseñarnos a no tropezar demasiadas veces con la misma piedra.
Durante la extensísima era pre-industrial, el control de los gobiernos sobre la economía no logró más que penurias, frenos al ascenso social y crisis financieras, cuando no guerras, muerte y hambrunas.
Si durante miles de años de prueba y error los funcionarios no pudieron conducir eficazmente el viaje humano hacia el bienestar (donde sólo tuvieron que decidir sobre herrerías artesanales, telares y agricultura básica) ¿cuánto más difícil –inútil y dañina- será la tarea de un planificador actual sumergido en la inmensa complejidad de nuestra economía del conocimiento?
¿Qué clase de ceguera general hace creer a nuestros campeones socialistas que pueden tener éxito en manipular a las personas (a los mercados) en busca de un mayor bienestar para todos, improvisando entre la casi infinita variedad de intereses, intercambios y creatividades de la civilización post-industrial?

No hay tal ceguera entre su dirigencia. Hay  sí, angurria de Poder, de riqueza rápida y de venganza resentida frente a la propia incapacidad. Vicios que prosperan naturalmente entre violencias, cuando no hay competencia real y se restringen las libertades.
El resto es ingenuidad… y simple falta de estudio.






Miedo a la Riqueza

Junio 2015

Inquietudes ecológicas y de supervivencia tales como la biodiversidad en riesgo, el calentamiento global, la provisión de agua dulce, la superpoblación, la producción de más alimentos, la contaminación o la energía limpia y abundante no van a ser limitantes dentro de unos años para nosotros ni para quienes nos siguen. Al menos si no queremos positivamente que lo sean.
Estos y otros problemas pueden ser superados sin estancamiento ni resignaciones por parte de las sociedades desarrolladas y también por parte de los países pobres o en desarrollo.
No es necesario frenar el ascenso de millones de personas hacia un mayor bienestar ni retrotraer a la humanidad a un utópico estadio pastoril, que en modo alguno podría sostenerla.

Prospectivas tan avanzadas como las del novísimo ecomodernismo postulado por un calificado núcleo de científicos ambientalistas no hacen sino confirmar, a su vez, los postulados libertarios sobre el particular, siempre racionales y proclives a la empatía filantrópica.
De acuerdo con ellos, hoy podemos confiar más que nunca en la innovación privada surgida de una empresarialidad con libertad inversora y creativa. Podemos apoyarnos en las nuevas tecnologías en proceso y en el sentido común subyacente a toda sociedad para instrumentar las soluciones más inteligentes, dentro de este mismo siglo, frente a las principales amenazas que aquejan al planeta.

Es un hecho, para la verdadera intelligentsia, que toda la población terrestre puede tener acceso al nivel de vida logrado hoy por las sociedades más desarrolladas (y más, por supuesto, sin límites cósmicos visibles) si confiamos en las actuales, esperanzadoras tendencias ecomodernistas en una variedad de campos científicos.
Más aún si los potenciamos para que hagan su “tarea conservacionista”  liberándolos -en lo posible- del peso muerto que los maniata. Vale decir, del dogal impositivo y reglamentario con el que gobiernos retrógrados, pedantes y costosos (el argentino es un excelente ejemplo) frenan a los pueblos en su potencial libre-empresista de ahorro, inversiones y desarrollo tecnológico acelerado.

En verdad, las sociedades triunfan o fracasan en el logro del bienestar general (bien común, si se quiere) en directa proporción al grado de su racionalidad; no al de sus sentimientos. Algo crucial desde el momento en que se considera “un sentimiento” la adhesión de muchos millones de argentinos al ideario peronista (en general, al populismo social-fascista). Tal y como si se tratase de la adhesión a un club de fútbol.

Por otra parte, la aplicación de la razón al problema del bienestar económico del mayor número en un país se traduce de inmediato en mayor innovación y productividad; que es lo mismo que decir mayor cuidado ambiental, movilidad social y riqueza promedio. También, claro, en más millonarios… y mayores desigualdades puntuales.
Pero ocurre que vivimos en una sociedad con miedo a la riqueza (y a las diferencias). Peor aún: una donde el mayor temor se da entre los ciudadanos electores libres (cuidado: muchos no lo son en nuestro sistema de democracia delegativa de masas clientelizadas) que sienten simpatía por las ideas de izquierda. 
Porque intuyen -bien- que permitir a los empobrecidos acceder de pronto a posibilidades reales de progreso a través del propio esfuerzo, dislocaría esos ideales de reparto forzado de lo ajeno que de algún modo vergonzante tranquiliza hoy sus conciencias.

Que la riqueza creciente de una sociedad provoca disparidades de ingreso, es un hecho inocultable. Y que en caso de riqueza creciente a alta velocidad, como podría ser el de nuestra Argentina, las desigualdades podrían ser aún mayores, es asimismo cierto.
La república capitalista de Singapur ostenta, por caso, el récord mundial de “millonarios per cápita”: uno de cada seis ciudadanos es dueño de más de 1 millón de dólares; y en ascenso. ¿Y qué pasa con los otros cinco “desigualados”? Nada; tomando el ranking corregido a paridad de poder adquisitivo, su ingreso per cápita es de 64.600 dólares al año (el nuestro en esa medición es de ¡15.900… y en descenso!). No son ellos los estúpidos, ciertamente.

Por eso es muy importante poner en claro frente al (increíble; genocida) 40 % de argentinos pobres, que la enorme desigualdad de fortunas, ingresos y oportunidades que hoy ostenta nuestra sociedad se deben al enriquecimiento malhabido de miles de “empresarios” cortesanos protegidos de toda competencia, de miles de políticos, sindicalistas, funcionarios y otros acomodados que se elevaron al calor de la corrupción, y al aumento patrimonial de miles de sus familiares, asesores, esbirros, amigos y amigas de conveniencia.
Un tipo de enriquecimiento maligno ya que para hacerlo posible, el Estado tuvo que impedir el progreso de la inmensa mayoría de los argentinos a través de un dirigismo y una tributación feroces. Que ahuyentaron inversiones, crecimiento empresario y oportunidades de buenos negocios; que bloquearon capacitaciones, ahorros, consumos, exportaciones y nuevos empleos.
Se trata del tipo de riqueza y la clase de rico al que debemos temer.

Las desigualdades provocadas por una riqueza honesta y creciente, en cambio, forman parte de un círculo virtuoso en el que la mayoría honrada  gana. Y donde  los vivillos y vivillas pierden.
El villano de la película es el legislador, no el empresario. Son los palos en la rueda que pone el gobierno, no la libre empresa.
El enemigo íntimo es la maldita aplanadora del colectivismo, no el capitalismo: un modelo de asombrosa moralidad que eleva a la integridad y a la confiabilidad al rango de virtudes cardinales, las que aunadas a la autoestima y al interés familiar producen un auge de beneficios sociales a un nivel que los socialistas jamás alcanzarían.  Hablamos de un modelo que obliga a la gente a sobrevivir no ya por sus vicios sino por sus virtudes, creciendo como personas; asumiendo en plenitud sus libertades (y responsabilidades) individuales.

Lo que hemos venido votando desde el ‘45, claro está, es su absoluto contrario: un sistema que prefiere la coacción, la vileza y el temor… al respeto por lo ajeno, los incentivos éticos y los premios en metálico como elementos motivadores. Sigamos participando.






Post Democracia

Mayo 2015

Suele decirse que los liberales –en particular los libertarios, su vanguardia intelectual- tienen el mejor producto aunque no sepan cómo venderlo. Que no tienen en Argentina un líder confiable para las mayorías, que aúne solvencia teórica y magnetismo personal; uno capaz de rebatir el viejo relato del establishment ideológico que hundió al país, generando entusiasmo popular por ideas-fuerza más avanzadas. Más progresistas, en la acepción inteligente y solidaria del término progreso.

Suele argumentarse también que no se trata de un problema de oferta sino de demanda: las mayorías no demandan libertad de empresa por la simple razón de que no creen que ese camino pueda llevarlas (en el tiempo de una vida) a un mayor bienestar; prefieren el conformismo modesto pero seguro del populismo asistencialista. De la servidumbre tranquila sobre la que nos prevenía despectivamente Mariano Moreno hace ya más de 200 años.

Son sentimientos y resignaciones que tienen fundamento, en parte porque la marca-imagen “persona exitosa” se encuentra gravemente desprestigiada en nuestro país.
Algo comprobable tomando el caso emblemático de los automóviles. Un auto bello y exclusivo pasando a nuestro lado evocará casi de manera automática a conductor sospechoso. Ese tipo de vehículo sólo será accesible (en la percepción general) a: un político corrupto (p. ej. un joven camporista), un narcotraficante vinculado al poder y/o con contactos policiales, un “empresario” cortesano, un sindicalista mafioso, cualquier familiar, abogado, querida o testaferro de los anteriores o bien, a mucha distancia, a un profesional, inversor o empresario honesto y exitoso.
Resultado del test: mayoría de orígenes espurios del dinero, todos cercanos al Estado, en la percepción sobre la catadura ética (o autoridad moral) de quienes poseen hoy el bienestar y la riqueza.

Las palabras dinero y malhabido se encuentran demasiado cerca en el inconsciente colectivo argentino. Un logro 99 % atribuible al socialismo; en particular (aunque no excluyente) al justicialista y a su tenaz trabajo de demolición del sistema de valores meritocráticos con premio al trabajo productivo que había elevado a nuestros abuelos inmigrantes y junto con ellos, a la República.
Una situación fáctica que lleva al común de la gente a relacionar hoy a casi cualquier emprendimiento de éxito material importante y a la capacidad de generar empleo privado apreciable… con lo inmoral. Con lo avivado, sucio, tramposo y sin códigos.

Pero aunque bajo la tranquilidad de esta visión las mayorías no demanden libertad para el capital y para las empresas sino el mantenimiento o aumento de la violencia fiscal sobre sus cuellos (para seguir en la “servidumbre tranquila” de la actual podredumbre ética), lo cierto es que tal elección está implosionando por anticipado y acabará de deshacerse al fragor de las bombas económicas de mediano plazo que, una vez más, el populismo armó para todos y todas asegurando la continuidad de nuestra decadencia.
Por más que se vuelva a votar asistencialismo en Octubre, quien asuma deberá presentarse revestido de amianto para enrostrar las consecuencias sociales de su colaboracionismo y para mal-conducir al país partiendo otra vez… del escalón inmediato inferior.

Y por supuesto, una vez más, la solución a sus angustias, culpas y estrés post-traumático se llamará capitalismo. Un sistema que (como ningún otro) ha sido atacado de manera ciega e iracunda durante generaciones. Inundando de datos falsos y torcidos a muchas millones de mentes sencillas, de quienes hubieron de ser sus beneficiarios.
Hoy día, nuestra juventud no tiene virtualmente idea de qué se trata ni manera de informarse objetivamente sobre su verdadera naturaleza pese a que el capitalismo es, por sobre sus bellezas prácticas, el único sistema político-económico moral creado por el hombre en toda su historia.
Un sistema cuidadosamente distorsionado por la intelectualidad canalla que, salvo breves excepciones, nos viene conduciendo en beneficio propio (nunca de la verdadera emancipación de las personas) desde hace más de 7 décadas.
Porque es típico de los enemigos del ahorro y del capital acusarlos de desastres que son posibles y resultan tales sólo mediante la intervención estatal, a través del bloqueo de los delicados mecanismos del intercambio (estorbando y torciendo millones de decisiones diarias de empresas y sobre todo, de gente de a pie).
Catástrofes económicas como la histórica crisis global del ’29 o la del reciente 2008, pasando por nuestro colapso populista del 2001. Todas debidas al intervencionismo impidiendo el funcionamiento del sentido común popular; del “mercado libre” que a diferencia de los burócratas interesados, todo lo ve.
Evitémoslas y hagamos que el sistema tienda gradualmente hacia un esquema de elecciones diarias de compra o abstención dentro de una sociedad “rica”; una de “todos propietarios” que a diferencia de la actual, respete la propiedad privada. Sin indigentes, casi sin pobres y de altos ingresos per cápita a nivel general. Donde el pre-requisito de sociedad rica se logra de la manera más rápida e incruenta (no en una vida sino en 5 o 6 años), justamente, por la misma doble vía de la libertad económica y la no-violencia fiscal.

Consideremos nuestro actual ingreso de escasos 14.000 dólares y comparémoslo con el de Noruega (100.000) o bien con el de Canadá (51.000) o Australia (67.000): nuestra Argentina podría superar a cualquiera de esos países, como lo hizo en el pasado.
Lo haría apuntando a decisiones personales de consumo o no consumo, no sólo de productos materiales sino de bienes como gobernanza, educación, salud, previsión o seguridad entre otros. Decisiones personales reales por solvencia.
Poniendo así en primer plano un tipo de elección post-democrática, más cotidiana y evolucionada; una donde cada ciudadano vota y juzga sólo en aquellas cuestiones para las que está calificado, que son las de sus preferencias, necesidades e intereses. Sin obligar por la fuerza a otros ciudadanos a acatarlas y financiarlas.