Antipolítica


Abril 2019

Como afirmó con ácida lucidez Groucho Marx (intelectual y humorista estadounidense, 1890 – 1977), la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.
Dejando de lado las enormes diferencias entre Mauricio Macri y Cristina de Kirchner y más allá de la inocencia de los crédulos, hay algo que hoy se sabe; que está en el aire: como bien definió en su momento Edmond Thiaudiere (filósofo y novelista francés 1837 – 1930), la política es el arte de disfrazar de interés general el interés particular.
En nuestro caso, el interés particular de las tres corporaciones que desde hace más de 7 décadas lucran a expensas del pueblo y comandan el hundimiento nacional como medio para lograrlo. Verdaderas oligarquías simbióticas: la de los empresarios prebendarios, la de los sindicalistas millonarios y la de los políticos profesionales.

Lo político es sin duda una gran ocupación, fuente de fortuna y modo de vida para mucha gente. Actividad que por cierto merece un capítulo medular en la aún inédita Historia Universal del Parasitismo.
Mas una ocupación sin conexión alguna con el verdadero bienestar general ni con la evolución cultural de los ciudadanos, virtuosidades que sólo surgen del intercambio voluntario de un casi infinito número de intereses dentro de la comunidad, en pos de acuerdos que a todos y cada uno convengan.

Lo cierto y visible es que la política divide. Que no posee (en lo fáctico, más allá de bellos enunciados) vocación universalista y que, por el contrario, crea grietas.
Porque lo que une a los seres humanos es el ejercicio de la negociación de sus múltiples intereses en el respeto, la diversidad y la reflexión en base al diálogo, la justicia y la tolerancia. Seis ítems que están muy lejos de la actividad política real. Que es básicamente agresión coactiva de quienes tienen poder de presión en el nombre de algunos sobre todos los demás bajo el imperio de instituciones, estatutos y normas de relación no-voluntarias.
Bajo formas que no son contractuales; como deberían ser en una sociedad de personas libres, evolucionadas y responsables de sus actos, a tono con este siglo.

En la Argentina real, como norma general, la burocracia gubernamental a cualquier nivel genera oportunidades para que el poder de los intereses creados de nuestras tres oligarquías y sus factores de presión, influyan. Corrompan. Tuerzan las garantías teóricas del sistema. Frenen la meritocracia y abonen, deseándolo o no, la ineficacia, los sobrecostos, el nepotismo, la dádiva clientelar y las mafias criminales del capitalismo de amigos.
Es inevitable que estas oportunidades se generen, por más diferencias que haya entre las licencias éticas de un Estado macrista y otro kirchnerista. Y está en la naturaleza humana usarlas porque quienes son depositarios de poder gubernamental a cualquier nivel… no son ángeles sino simples mujeres y hombres, moralmente débiles.

Aunque pregone lo contrario, la política -globalmente considerada- garantiza en los hechos desde siempre y aún hoy que el hombre sea lobo del hombre y que, aunque disfrazada, impere la ley del más fuerte; de los monopolios (en particular los estatales) y de las transas en innegable detrimento de los más. De los débiles. De los ilusos. De los ignorantes. De los pobres.

Resulta claro que el poder político seguirá siendo agresión en tanto no se reduzca a formas de colaboración para la solución de problemas comunes, sin imperio alguno.
Y asimismo que la mejor forma de delegación del poder (de “democratización” de ese poder, si se quiere) es dárselo a las personas; al pueblo llano en un ámbito competitivo, voluntario y contractual de libre mercado.
No evolucionaremos por el camino (cristiano, gandhiano, budista, confuciano… ¿feminista?) de la no violencia hasta que cada lobo humano sea frenado y convertido en servicial cordero por el efecto de muchos iguales compitiendo -sin ventajas- con él por el favor de la gente en lo que sea que ofrezca o, lo que es lo mismo, por el voto diario de sus billeteras; sean estas grandes o chicas. De sus intereses personales, sean estos los que fuesen. No hay otra.

Esto es: poner el natural afán de diferenciación, ganancia y superación propio de creativos y empresarios, al verdadero servicio de la comunidad. Con inteligencia, sin coacción externa a sí mismos e incluso aunque ellos no lo desearen así.

Será el camino del fin de las 3 corporaciones parásitas que frenan a la nación. Y de su terrible faena de corrupción moral sobre millones de crédulos e “inocentes” votantes, convertidos en cómplices de sus latrocinios y en “inadvertidos” artífices del hundimiento argentino.



El Poder de la Esperanza


Marzo 2019

Sucede de tanto en tanto a lo largo de la historia, que “los de abajo” toman finalmente sus cuerdas y proceden a ahorcar a “los de arriba”. Quiebres que se verifican cuando las diferencias de fortuna y bienestar son demasiado grandes pero sobre todo cuando los desfavorecidos sienten que se quedan atrás, sin oportunidad de avanzar.
La insurrección prospera entonces y se ven cosas como el sangriento terrorismo de Estado acaecido durante el famoso “período del terror” de 1793/94 a poco de triunfar por las armas la Revolución Francesa, o el actual terrorismo de Estado de Venezuela a través del voto inicial en favor de la revolución chavista, con el apoyo de masas sin esperanza de las barriadas más pobres de sus ciudades.

Para las élites pensantes, el modo de desactivar bombas tales, que casi sin excepción conducen a calamidades peores de las que las motivaron (revoluciones rusa, cubana y sandinista, por caso), está en entender a tiempo el alcance de las palabras “sin oportunidad de avanzar”.

En Argentina, perdida la cultura del trabajo (como ya se perdió para un tercio del electorado, y en aumento), el votante empobrecido sólo atina a ver la enorme cantidad de dinero tirada por el gobierno en “política” y subsidios y la gastada por los ricos en sus lujos, concluyendo en el erróneo “la plata está; sólo es cuestión de recaudarla con firmeza, repartirla bien y que me llegue mi parte”.
De ahí a desencadenar a través del voto un efecto dominó que nos lleve a Argenzuela -al modelo madurista de ruina y éxodo- a través de una escalada de acciones directas autocebantes, hay sólo un paso.
Uno que bien podría dar nuestro electorado en Octubre y cuya probabilidad de ocurrencia podría atenuarse -aún con nuestra cultura del esfuerzo tan lastimada- si una mayoría de las familias que desde hace décadas vienen cayendo, percibiera con nitidez y realismo una luz al final del túnel.
Paso que incluso podría revertirse haciendo de nuestra Argentina una verdadera tierra de oportunidades si percibiesen no solo una luz sino todo un abanico de luces libertarias para emprender, trabajar y crear sin palos impositivos, legislativos ni laborales en la rueda.
Es obvio por comprobable que la planificación central de la economía no funciona. Que su fiscalismo, burocracia y reglamentarismo cerril no funcionan. Que la dádiva, las prácticas corruptas, la tergiversación docente de los valores y el clientelismo no funcionan. Que la progresiva clausura de libertades individuales y de derechos de propiedad y disposición que venimos votando desde hace décadas, no funcionan; que han arrastrado a todos hacia abajo y que han elevado solo a los políticamente conectados.

Nuestro gran país no funciona. Todos podemos percibirlo.
Y también percibimos que a caballo de la ignorancia y de su hija, la desesperanza, avanza una marea conceptual socialista que clama por “más impuestos a la riqueza”.
Sin enterarse de que en el otrora paraíso socialista europeo, hoy ultra endeudado, cada vez más países retroceden asustados desde las antiguas prácticas del Estado Providencia. Ni de que 9 de ellos ya eliminaron los tan “políticamente correctos” (en realidad sumamente estúpidos) impuestos a la riqueza, tras comprobar el daño que causó a sus economías la fuga de emprendedores y de capitales: una marea de verdaderos exiliados fiscales; fortunas y cerebros que huyeron (y aún huyen) en busca de mejores garantías a la propiedad honradamente adquirida y de un clima de negocios más abierto.

La mismísima y supuesta “Tierra de la Libertad”, Estados Unidos, sufre hoy (tras décadas de dirigismo, burocracia y fiscalismo crecientes) una epidemia de candidatos socialistas del partido Demócrata que, a caballo de encuestas favorables, se proponen a cargos públicos para los comicios del 2020 prontos a dar el golpe de gracia a la otrora meca del capitalismo.
¡Bien! Ya que los argentinos al parecer resentimos, odiamos (¿envidiamos?) tanto a los norteamericanos, qué mejor oportunidad de “revancha” que extender una alfombra roja a todos sus emprendedores, innovadores, creativos, científicos, filántropos, hacedores y capitalistas inversores, invitándolos a mudarse al sur con sus millones y sus tecnologías. Instándolos a construir su sueño americano… libre, poderosa, audazmente desde aquí.
¿Qué mejor “venganza” y giro de la historia que absorber en nuestro directo beneficio sus mejores energías, sus mejores mentes e ideas, dejando que la nación del norte se seque y consuma en su propio horno estatista mientras nosotros, ya más sabios (o escaldados), nos alejamos de él?

El master plan que despeje con decisión las barreras impositivas, laborales, previsionales y regulatorias que están impidiendo tal curso de acción debería ser explícito. Y de absoluta prioridad para quienes nos gobiernan.
La antes mencionada “oportunidad de avanzar” para los desmoralizados compatriotas que hoy sólo atinan a prever un voto en favor del modelo chavista está en la posibilidad claramente entrevista de un gran boom económico, de una gran inyección de inversiones productivas y de emprendedorismos de base operando sin trabas a todo nivel.
Para ello, deben internalizar un hecho histórico: que la riqueza legítima que fecunda al resto siempre ha sido acumulada antes por pequeñas minorías movidas por el talento, la ambición, el esfuerzo y, por qué no, la suerte.
Y que es posible que esas personas se enriquezcan más cada vez, desde el momento en que acceden a la capacidad de reinvertir con eficacia (cuando el Estado-croupier no se lo lleva) casi todo su patrimonio “sobrante”.
Beneficiando de paso la actividad económica de su entorno en un efecto no sólo de “derrame” sino multiplicador… a escala impredecible. Mayor cuanto más riqueza creen para sí esta clase de empresarios proactivos.

Si una persona de clase asalariada quisiese invertir, comenzar un nuevo negocio, adquirir nuevas habilidades y progresar podría hacerlo interactuando en un entorno así; inverso al actual y de ingresos incrementados,  ya que sería uno donde empleados y salarios serían los ítems demandados en tanto empresas y empleadores pasarían a ser… ¡los ofertados!

El desastre no es lo que podría sobrevenir de sacarle el dogal del cuello, el bozal del morro y la mochila del lomo a la gente de a pie (al capitalismo popular) en nuestro país.
El desastre y su pendiente infernal, señoras, señores, es lo que tenemos hoy mismo frente a nuestros ojos en el cercano espejo venezolano.
En el reflejo posible de la “conurbanización” final de toda la Argentina a una sola e inmensa villa miseria.




Ventajas de la Cristiana Humildad


Marzo 2019

Bien harían el Papa Francisco I y los religiosos que adhieren a sus extrañas ideas económicas en tener presente, en verdadero ejercicio de cristiana humildad (por qué no decirlo), la incompatibilidad intrínseca entre las doctrinas católica y socialista.

Es sabido desde tiempos del mítico Adán que el pecado original causante de la caída de la humanidad y de su consecuente expulsión del paraíso terrenal fue el de orgullo o arrogancia, tras creer el hombre y la mujer poder ser omniscientes como Dios.
Y también que, según hizo notar el gran pensador austríaco Friedrich A. von Hayek (1899 -1992, filósofo, jurista, economista y premio Nobel) el socialismo resulta ser, contrario sensu general, la más cabal expresión política, social y económica de aquel pecado original de arrogancia.
Una ideología, la socialista, poseedora de un entendible atractivo para muchísimas personas si consideramos, desde el punto de vista católico, a la “humanidad caída” como propensa a rebelarse contra el mandato natural (divino) de tener que lidiar con dolor en contextos sociales… de futuros ciertamente inciertos. Rebelión contra la propia naturaleza humana que, en busca de la certidumbre perdida, cae en la arrogancia de creer que es posible crear -a fuerza de instituciones coactivas- un “hombre nuevo”. Domesticado. Aplacado en su afán de lucro y socialmente ordenado por la perfecta maquinaria de un gran Estado omnipresente y omnisciente.

Está claro que hoy es posible, en buena medida, controlar el futuro y aventar la incertidumbre.
Algo factible a través del uso de nuestras tecnologías e inteligencias. Pero no para insistir en el imposible de controlarlo todo a través de la consabida planificación central restrictiva y extractiva, violentadora de libre albedríos, sino a través de una cada vez más perfecta comprensión de la naturaleza inmutable del ser humano, de sus afanes de ganancia y superación, para ordenarlos sutil y contractualmente en dirección al bienestar del mayor número. En dirección a una cada vez mayor certidumbre y tranquilidad socioeconómica, entendidas como plataforma ideal para la movilidad de clases y la elevación cultural.

La vanguardia intelectual humanista representada hoy por las corrientes libertarias de pensamiento crítico, sabe desde hace mucho que el modelo estatista redistribuidor (como el que siempre aplicaron el peronismo, los radicales y los militares, como el pasteurizado que también aplica, más allá de lo que digan, el gobierno de Cambiemos, como el brutal que aplicará el peronismo kirchnerista si logra retomar el poder este año) nunca funcionó para bien en grado ni parte alguna, simplemente porque está imposibilitado -por ley natural (divina, si se quiere)- de hacerlo.

De entre el sinfín de razones fácticas y teóricas para que esto sea así, veamos tres.
1) No es posible para el planificador central obtener (menos aún manejar) toda la data que necesitaría en simultáneo para coordinar con eficiencia sus múltiples órdenes. Por razones de volumen y, sobre todo, de casi infinita complejidad ya que nuestro proceso socioeconómico real es impulsado y modificado por las decisiones constantes de 44 millones de individuos interactuando dinámicamente en función empresarial (en el más amplio sentido de esta acepción).
2) Ningún planificador ni grupo de planificadores centrales puede decidir bien, con justicia individual objetiva, en gestiones de implicancia económica general (incluidas sus derivaciones colaterales con efectos cascada y mariposa), por sobre la suma de los millones de decisiones diarias subjetivas (porque eso es lo que son), de toda la población sometida a sus criterios.
3) El tirano “benévolo” de turno se esforzará, en el mejor de los casos, en conducirnos a su paraíso de certidumbres “de la cuna a la tumba” a través de un sólido corset coactivo de leyes e instituciones. Garrote en alto, intentará que nadie se aparte de la fila de sus dictados, so pena de terminar desbaratando el todo. Una rigidez inevitable que colisiona con nuestra naturaleza, que es creativa de nueva información; que es descubridora de nuevos fines y medios para hacer cosas mejores o distintas y que conlleva una función empresarial individual innata atada al afán de bienestar y diferenciación.  

Hablamos de información diaria no creada o peor aún, abortada, que en tanto tal no puede ser recolectada ni transmitida a la cúpula planificadora, siempre urgida a coordinar lo que deberemos hacer hoy y lo que debería suceder mañana. Un mañana que se les seguirá escapando a diario; que permanecerá ignoto (estéril) y que por tanto resultará depresor para el conjunto a mediano y largo plazo.
No sólo por la permanente falta de datos en el vértice sino en razón de la falta de estímulos de ganancia del sistema.
Un sistema, el socialista, inhibidor de la innovación, del riesgo empresario, de la llegada de capitales de exiliados fiscales de otros malos sitios y de la audacia emprendedora y creativa de la gente.

Hablando de hechos, no de teorías, es este pecado de arrogancia de izquierdas de creer saberlo todo, de creer poder manipular al todo y a todos, tan popular por desgracia, el que nos sigue llevando al desbarranque; resbalando y golpeándonos una y cien veces en el empedrado descendente de nuestra decadencia.
Se trata del pecado político de soberbia que conduce fatalmente (cual divino castigo, si se quiere) al bloqueo de las posibilidades de superación de los que menos tienen.
Y a las más injustas e inmensas diferencias de fortuna, facilitando el mayor y más veloz enriquecimiento de ruines y mafiosos, como es hoy tan evidente entre exfuncionarios, sindicalistas y pseudo-empresarios argentinos.

Un poco de cristiana humildad, por favor.




El Perro del Hortelano


Febrero 2019

¿Cómo gestionar un país en el que la mitad de sus empleados en relación de dependencia “trabajan” en el Estado? ¿Cómo hacerlo si, además, casi la mitad del movimiento económico revista en la economía informal sin pagar impuestos ni aportes? ¿Cómo volverlo atractivo a las inversiones productivas con leyes y estatutos laborales cuasi fascistas? ¿Cómo tornarlo competitivo a nivel global con una presión impositiva agobiante, de más de un tercio del PBI que para colmo, si se computa sobre el universo de los que la pagan (la mitad que opera en el circuito formal), sobrepasa por mucho la mitad de ese mismo producto?

Tomemos el caso icónico de la actividad agrícola, desde hace más de 70 años exprimida sin solución de continuidad: a Diciembre de 2015 el peronismo kirchnerista le expropiaba la insana cifra del 94 % de la renta mientras que a Diciembre de 2018, el actual gobierno continuaba expropiándole el 66 % (dos tercios).
Renta confiscada estúpidamente, además; al mejor estilo “perro del hortelano”, teniendo en cuenta el desastroso resultado-argentino-global resultante de haber destinado esos dineros (de retenciones, cambios diferenciales, superposiciones tributarias discriminatorias, etc.) durante tantas décadas a subsidiar a otros sectores de la economía en la esperanza de auxiliarlos (subsidiarlos) en su “despegue”. Algo que, como era previsible, no ocurrió: el Estado “no pasó ni dejó pasar”.

Porque, veamos: ¿qué sucedió con el subsector agrícola cuando el Estado-perro-del-hortelano lo dejó (en forma tan parcial como infrecuente) pasar? Tratándose de una actividad netamente federal, “de tierra adentro”, el tal dinero alternativo de los productores se volcó en muy alta proporción sobre los pueblos y ciudades del interior, inyectando prosperidad visible a lo largo y ancho de sus cadenas sociales. Arraigando a sus poblaciones.
Botones de muestra que marcan con crueldad la diferencia con los dineros “dulces” de industriales protegidos por aquellos subsidios, que con tanta frecuencia terminaron en mansiones esteñas, autos importados, viajes rumbosos y cuentas en el exterior. Cuando no en coimas y negociados de obra pública con la oligarquía político-sindical.

¿Y qué pasó, entretanto, con la inmensa mayoría; con la gente de a pie, asalariados y sub-ocupados sin privilegios?
Concedamos que, como efecto colateral, las retenciones hayan conseguido deprimir artificialmente un tanto el precio interno de ciertos alimentos en góndola (suposición resbalosa, si las hay), aún al costo de deprimir también a la producción agrícola y sus cadenas de valor.
La contracara de esta decisión política son las décadas habidas de proteccionismo a la industria, asegurándole un mercado cautivo (la Argentina) donde vender todo tipo de bienes a alto precio y baja calidad relativa.
Los fabricantes nativos, cuyas empresas venían creciendo a ritmo aceptable sin subsidios y en abierta competencia con el mundo hasta mediados de los años ’40, ganaron en toda la línea con el cambio de reglas en tanto los integrantes del pueblo llano, incluidos aquellos a los que la nueva industria protegida brindó empleo, perdieron.
Sí: fueron hundidos; se empobrecieron porque a lo largo de 3 generaciones pagaron elevados sobreprecios por casi todo lo que necesitaron y que podrían haber conseguido a menor valor y mayor calidad de una industria local abierta y competitiva o, claro está, del resto del mundo.
La sumatoria económica de tanto tiempo, tantas diferencias de valor y tantos efectos multiplicadores perdidos nunca se calculó, que sepamos, pero confluye sin duda en una cifra de dimensiones colosales; tan colosales como para explicar la mayor parte de nuestros actuales estándares de miseria, ignorancia inducida (bajeza moral) y decadencias de todo orden propias de una economía endogámica.

Los interrogantes iniciales de esta nota marcan nuestra actual situación y nuestros dilemas… en ese exacto sentido.
Volvamos entonces una vez más sobre la gran pregunta clásica: ¿cuándo se “jodió” la Argentina? y reflexionemos sin prejuicios con la siguiente, breve comparación.
Australia y Canadá eran países agroexportadores que luchaban por acercarse a nuestros niveles salariales, culturales, educacionales y productivos; pero ellos no cambiaron el paradigma después de la Segunda Guerra Mundial ni cayeron en el error de exprimir y frenar al agro para subsidiar a su industria y a su burocracia.
Resultado: hoy son potencias agroexportadoras e industriales globalmente competitivas, casi sin pobreza, conflictos intra-sociales ni desocupación, con pueblos educados y PBI enormemente superiores al nuestro.

¿Acaso eso nos dice algo, aparte de la vergüenza que representan estos sonoros cachetazos (sonrisa sobradora incluida) de los angloparlantes a nuestra inteligencia y a nuestro orgullo nacional?





Los Zapatos del Presidente


Enero 2019

Debe ser difícil e ingrato estar hoy en los zapatos del presidente Macri, inmerso como está en las consecuencias de la crisis devaluatoria que comenzara en Abril del año pasado. Con un país a los bandazos. Aferrado al timón que recibió a fines de 2015 con minoría parlamentaria en ambas cámaras. Y en circunstancias que no deben olvidarse.

Condiciones que configuraban una hipoteca poco menos que ilevantable, incluyendo una economía en default y encaminándose hacia la hiperinflación, un Banco Central casi sin reservas, presión tributaria confiscatoria, grave atraso cambiario con cepo de divisas, tarifas subsidiadas hasta en un 90 %, provincias gravemente insustentables e ingentes trabas a los derechos de propiedad y libre empresa.
Con un tercio de sus ciudadanos en situación de pobreza; con desocupación creciente a pesar de haber aumentado sin necesidad la planta permanente de agentes estatales en más de un millón y medio de personas, en alta proporción militantes del propio sistema depredador y dispuestos a entorpecer cualquier gestión de retorno a la racionalidad sin el más mínimo prurito patriótico; un accionar irresponsable que consolidó en el empleo público a un insostenible 50 % de los trabajadores en relación de dependencia.
Un gobierno que había desaprovechado la mejor década de la historia para los valores de los productos nacionales, dilapidando esos recursos en un clientelismo rampante y en una auténtica orgía de corrupción (estimada, hasta ahora, entre 100 y 200 mil millones de dólares).
El actual presidente recibió una Argentina no sólo sin modales sino cortoplacista, infantil y negadora. Con varios juicios multimillonarios perdidos a pagar, por ruptura de contratos e incumplimientos internacionales.
Desalineada de occidente aunque, eso sí, asociada por vía de coimas y retornos a un puñado de narco-dictaduras y regímenes delincuentes.
A fines de 2015 campeaba la impunidad judicial para con los corruptos, el narcotráfico y las mafias de casi todos los sectores relacionados con lo público y lo gremial, al amparo de miles de funcionarios y jueces venales designados ad hoc por la propia administración.
El sistema de infraestructura vial, ferroviaria y energética así como la de las áreas sanitaria, militar y educativa se encontraba “a punto de colapso” por falta de inversiones.
Situación a la que deben añadirse varias trampas armadas a modo de mecanismos de relojería que estallaron sobre el nuevo equipo a poco de asumir, tales como las calculadas deuda (estafa) del “dólar futuro” y la relampagueante sentencia de la Corte por inmediatos pagos coparticipables a las provincias; comprometiendo en ambos casos cifras descomunales fuera de toda cuenta.
Milagro Sala, Hebe de Bonafini, Lázaro Báez y Cristóbal López, cual jinetes del apocalipsis, dominaban entonces el “campo popular” a galope tendido en su raid de vaciamientos al erario, mientras el país pasaba de exportador a importador de gas y petróleo, acumulando facturas anuales que aún hoy cortan el aliento.
El nuevo gobierno se encontró también con una AFIP, una SIDE (o AFI), un INDEC y un costoso conglomerado de medios estatales y paraestatales funcionales al Relato, dedicados a perseguir opositores, generar propaganda, difundir fake news y cubrir las propias fechorías.
Coronando el cúmulo de “cargas de profundidad destituyentes” desgranadas en su huida, los 3 millones y medio de nuevos jubilados ingresados al sistema sin aportes; dinamitando a la ya quebrada y saqueada ANSES al punto de volver casi infinanciable el de por si grave déficit fiscal previsto para el año de arranque, 2016.
El aún hoy impune, aberrante asesinato del fiscal Nisman y el infame encubrimiento de los autores del atentado terrorista a la AMIA resultan prueba elocuente de aquella situación de desmadre y alta traición.

Sucintamente, tal fue el punto de partida al que habría que sumar en la columna del “debe” a los millones de planes sociales y AUH entonces en marcha, pagos y asignaciones que el gobierno de Cambiemos sólo atinó a aumentar en número y monto durante estos últimos 3 años en la esperanza de desactivar las recurrentes protestas y pseudo estallidos sociales teledirigidos desde las usinas de restauración curro-populista, abroqueladas en su ya clásico “cuanto peor, mejor”.

En verdad y en coincidencia con el diagnóstico y las recomendaciones iniciales de varios conocidos economistas locales, consideramos que la nueva administración debió haber blanqueado de entrada y con absoluta crudeza el estado de la nación, debió haber buscado un amplio acuerdo político y debió haber utilizado la marea de crédito entonces disponible para bajar fuertemente los impuestos.
Además de lo que sí se hizo, estas medidas implicaban, junto con una reforma laboral a tono con este siglo consensuada bajo amenaza de referéndum (“el que golpea primero…”), colocar al país en condiciones de competitividad y dotarlo de seguridad jurídica ante los ojos del mundo. Vale decir, abrir en serio las compuertas a la famosa lluvia general de inversiones productivas que nunca se dio.
Cumplido este supuesto, el resto de los problemas hubiese quedado empequeñecido o bien muy facilitadas sus vías de solución.

No se hizo así y ahora, a Enero de 2019, los subsidios a las tarifas de servicios públicos se sitúan (luego de haber bajado del 90 hasta el 30 %) en el orden del 60 % de su valor real al tiempo que se prevé que nada menos que la mitad del presupuesto nacional se aplique durante el año al rubro “gasto social” (cifra récord, equivalente al 11 % del PBI).
La mitad de los trabajadores en relación de dependencia siguen en el Estado, tal como en 2015, en tanto la presión impositiva, lejos de disminuir, aumentó.
Tampoco se ven movimientos audaces, conceptualmente sólidos y consensuados con transparencia en dirección a la baja de impuestos ni a la desregulación de nuestras jurásicas reglamentaciones laborales y sindicales. Ni en dirección a la sustentabilidad definitiva de nuestro fundido sistema previsional.
Temas medulares, si los hay, que junto a los anteriores frenan cualquier esperanza de inversiones a gran escala. Que impiden cualquier conato de crecimiento serio, como antesala a la generación de la capacitación y el empleo que reduzcan los niveles argentinos de bajeza moral, de ignorancia y finalmente… de pobreza.

No quisiéramos estar en sus zapatos ya que a esta altura resulta evidente que al cabo de sus 4 años de mandato y al margen de muchos buenos ajustes “menores”, el gobierno de Cambiemos no habrá logrado frenar nuestra decadencia. Mucho menos revertirla. Por más que la excusa de la herencia recibida sea 100 % cierta y que su peso (también cultural, prebendario, clientelar y filo-mafioso en gran parte de la población) sea excesivo para una administración en minoría parlamentaria.

Si bien como libertarios argentinos hemos afirmado que nuestro modelo de democracia es inviable, para empezar por la ya irremontable grieta entre honestos y delincuentes (o cómplices), entre cultores del trabajo y defensores del parasitismo que divide transversalmente a sangre y fuego al país, y que la respuesta definitiva sólo puede provenir de un viraje pronunciado hacia la verdadera libertad de industria y al más absoluto respeto a los derechos de propiedad y disposición, debemos convenir que en el “mientras tanto” este sistema renqueante debe seguir. Y que otro período presidencial de la misma coalición constituye el mal menor frente a la posibilidad de que los mismos vivillos/corruptos mendaces del ‘15 u otros peronistas tan demagogos como irresponsables vuelvan a tomar las riendas. Y nos lancen al abismo de sus dislates económicos y éticos (al abismo de la pobreza y sus violencias) con mucha mayor fuerza que la actual. Porque es parte importante de la grieta el hecho de que muchos millones de argentinos con poco que perder no teman -y hasta deseen- vivir en dictaduras socialistas como las de Venezuela o Cuba.

Puede que el presidente y sus equipos asuman que fracasaron por pusilanimidad. Por falta de valentía. Desgastándose hasta la extenuación en multitud de escaramuzas en general correctas aunque periféricas, sin atreverse a encarar el nudo del problema.
Puede que finalmente caigan en la cuenta de que el equipo entero deberá inmolarse por la nación en esta contienda decisiva exponiendo frente a los argentinos, como no lo hicieron antes, la realidad de una situación que sigue siendo terminal.
Ofreciendo una explicación con mea culpa por el tiempo perdido, que demuela nuestros mitos; uno a uno, sin anestesia y sin piedad.
Una exposición inteligente, didáctica y lapidaria que recorra problemas, soluciones, perspectivas y… tiempos.
Que aclare de una vez el costo de hacer o no “lo que hay que hacer” a corto, mediano y largo plazo, con la mira puesta en un país viable.

Hablamos de un discurso de Estado que debería llevarse a efecto durante los próximos meses a un nivel profesional-publicitario… de saturación. Para que, una vez bien comprendido por todos los argentinos, hasta por los más aislados, apolíticos o duros de entendederas, se le pida al pueblo en plebiscito electoral el aval para embarcarse en una nueva épica; mucho más audaz; la de un país orgulloso de sí mismo; la de una sociedad no sólo sustentable sino realmente libre. Capitalista sin complejos y como tal, poderosa. Inclusiva en serio.

Algo que sin ese previo sinceramiento, de corte brutal, no será posible.





Función Empresarial, Papá Noel y Socialismo


Diciembre 2018

Está en nuestra naturaleza.
Todos tenemos la capacidad de darnos cuenta o de idear oportunidades de ganancia sobre posibilidades que se abren en nuestro entorno.  Opciones grandes, regulares o mínimas de ganancia en el ámbito familiar, moral, monetario, de bienestar personal o de la clase que sea.
La propensión a aprovechar estas oportunidades de ventaja es innata y puede definirse en un sentido abarcativo como la función empresarial de nuestra especie.
Así, la Madre Teresa de Calcuta puede ser un ejemplo paradigmático de función empresarial, de empresaria; con su visión creativa, con su modo disruptivo y con su esfuerzo personal, aplicados a aunar voluntades y conseguir colaboraciones en pos de su objetivo de ganancia solidaria.

La función empresarial es inherente a la naturaleza humana; a la supervivencia y progreso de cualquier sociedad, en cada parte de su complejísima red de interacciones.
Acciones que se emprenden porque de algún modo cada uno piensa que al implementarlas sale ganando.
Lo importante a nivel comunitario, sin embargo, es el efecto de ajuste o coordinación socioeconómica que estas interacciones desencadenan.
Un efecto virtuoso que recomienza cada día cuando nos levantamos… alineando nuestro comportamiento con las más variadas necesidades ajenas; con intereses de personas a las que probablemente nunca conozcamos.

Sirvan todas estas obviedades como introducción para señalar que la función empresarial en todas sus formas y fines constituye el motor del crecimiento, del orden, del “mercado” y de la verdadera y más poderosa justicia social. Además del reaseguro de la sustentabilidad de nuestras libertades más preciadas. O de su recupero, desde lo que queda de ellas. Lo cual sí es importante porque la enfermedad autoinmune que nos inoculó el “modelo peronista” desde los años ’40 del siglo pasado (la idea genérica del pensamiento corporativo, el autarquismo y la redistribución forzada como camino de elevación social sustentable) se manifiesta a pleno en la muy sólida mayoría que todavía cree que el secreto está en lograr una suerte de equilibrio áureo entre mercado e impuestos, entre el contrato y la pistola, regido desde un Estado virtuoso.
Hablamos de votantes “moderados” de centro izquierda, centro o centroderecha que siguen creyendo en El Dorado de ese mix perfecto, resultante de un sabio arbitraje estatal entre capitalismo y socialismo.

Pues bien; lamentamos informar una vez más que Papá Noel no existe; que debemos crecer, madurar y despertar a la realidad; que el Estado nunca fue (ni será) sabio y virtuoso, por la simple razón de que está integrado por seres humanos que no son ninguna de las dos cosas; que no tienen autoridad moral ni están capacitados para dictar a todo el resto cuánto dinero deben entregarles y qué antojadizas reglas deben cumplir, so pena de represalias aplicadas por una fuerza que quieren, obviamente, seguir monopolizando.
Agreguemos a esto que sus líderes no son producto de una meritocracia orientada a la vocación de servicio sin fines de lucro sino políticos; surgidos de una competencia feroz, basada en valores que están en las antípodas de lo anterior.

Ahora bien, retomando el tema de nuestra enfermedad autoinmune y sus consecuentes idealizaciones, la verdad es que buscar una alquimia entre capitalismo y socialismo es como intentar un equilibrio entre alimento y veneno; ninguna dosis de tóxico será buena, mezclada entre lo que ingerimos. Entendiendo por “socialismo”, cualquiera sea el grado en que se lo aplique, a todo sistema de agresión institucional y sistemática en contra del libre ejercicio de la función empresarial de los ciudadanos.
Aún sabiendo que el fin no justifica los medios, los simpatizantes de izquierdas son prisioneros del uso del mal medio de la coacción institucional, la violencia o la amenaza de su uso para irrumpir con fuerza en el proceso de función empresarial y cooperación social natural, con el objeto de torcer sus impulsos más relevantes… a su “mejor” criterio.
Es claro que el sistema socialista no funciona si no es con un Estado policial por detrás, apuntalándolo (y si no creemos eso, si creemos en Papá Noel, despenalicemos la evasión impositiva y veamos qué sucede). Lo contrario, desde luego, es un sistema contractual; no violento.

El efecto de ajuste y coordinación socioeconómica de la función empresarial combinada de cada una de las personas para con el conjunto se ve así distorsionada por la coerción estatal. Al recibir señales falsas se reacciona, claro está, con respuestas erróneas. Descoordinadas. Distópicas.
Que tuercen un efecto antes virtuoso en dirección a la desigualdad, la pobreza y los enfrentamientos tribales.
Es historia. Es nuestra historia. ¿Querremos cambiarla?
Señoras, señores, crezcamos: la mejor forma de lidiar con el socialismo es saberlo nocivo… en cualquier proporción.





Pobreza Cero, Inversión Cien


Noviembre 2018

Nuestra Argentina figura en reportes especializados como la tercer economía más cerrada del planeta.
Aún a casi 3 años de gobierno de Mauricio Macri y su coalición Cambiemos, supuestamente liberal.

Se sabe, según esos mismos estudios, que el cuartil superior de países que estuvieron relativamente más abiertos al comercio internacional durante las últimas décadas es hoy 9 (nueve) veces más rico (en ingreso efectivo por persona; en bienestar real) que el cuartil de países que eligieron cerrarse más a la competencia; a la integración.
Además, tienen un sexto de su porcentual promedio de pobreza en la cual su decil más bajo es 11 (once) veces más “rico” que su similar de los países cerrados.

Llegamos a este sótano de réprobos planetarios por obra y virtud del sistema de redistribución populista tantas veces refrendado en las urnas (quitar a la producción eficiente para subsidiar a la ineficiente), ejemplificado hoy por el referente peronista Sergio Massa, por caso, cuando denigra al agro o por el gobernador radical Gerardo Morales cuando propone duplicarle las retenciones. Por no mencionar más que a dos supuestos políticos “racionales moderados”.

En rigor, todos los partidarios de modelos que proponen mejorar el bienestar por la vía de un gran Estado empresario, proteccionista, redistribuidor y regulador, eligen no ver lo que está probado: que de cada peso que eroga una empresa privada promedio, 30 centavos son para inversiones mientras que de cada peso que gasta el sector estatal, sólo van a inversiones 7 centavos. Vale decir, 300 mil pesos por cada millón contra sólo 70 mil.
Si hablamos de eficacia en la aplicación del dinero (siempre escaso, por definición), se trata de una regla de hierro sin excepciones dado que el rubro “inversiones” engloba no sólo lo abonado en concepto de tecnología, maquinarias o capital de producción sino también lo pagado privadamente por infraestructura, seguridad, capacitación, defensa legal, mejora social, salud y otros ítems conexos. Dejando claro que las áreas de acción de lo particular y de lo estatal, al fin del camino acaban convergiendo.
En definitiva, todo puede llegar a ser hecho y provisto desde arriba por el Estado o bien por las personas desde el llano, en la sociedad contractualmente organizada.
Al fin del día, sin embargo, la cuestión se define en el resultado socioeconómico logrado. En los duros hechos.

La inversión antecede a la productividad y de esta depende a su vez la reducción de la pobreza, reducción que para ser sustentable sólo puede basarse en el crecimiento.
Por lo comentado más arriba, a mayor participación de lo estatal en el conjunto, menor inversión (aunque, eso sí, mayor consumo de pan para hoy que será más hambre para mañana).
Nuestro sistema nacional-populista tan apegado a lo estatal, resignó crecimiento en un acumulado de muchas décadas, hormigonando así la lápida de pobreza estructural que nos aplasta (pobreza que asombra a la región y al mundo).

Hoy el crecimiento está, a todo efecto práctico, detenido. Sólo unos pocos sectores internacionalmente competitivos se vislumbran con posibilidades de crecer: energía, turismo, agro, minería, tal vez pesca… aunque el peso del Estado sobre la actividad productiva es tal (impuestos, regulaciones, legislación laboral, crédito, etc.) que difícilmente aparezcan, aún en dichas áreas, las inversiones necesarias en el tiempo y la escala adecuadas a una reducción seria de la pobreza.

La pobreza cero es posible, desde luego. Y en no demasiado tiempo.
Para conseguirla, sólo debemos maximizar la inversión privada (nacional o extranjera, el dato no tiene la menor importancia) minimizando al mismo tiempo la pública.
De cero a cien, la ecuación de pobreza cero cerrará a una velocidad directamente proporcional a la del acercamiento de nuestra sociedad al punto de inversión estatal cero y de inversión “desde el llano” cien.

Las condiciones para que ese dinero aterrice en nuestro país son conocidas; todo argentino pensante es capaz de recitarlas y no habremos de repetirlas aquí.
Lo que no todos saben es que la velocidad y potencia del resultado (¿décadas o… sólo años? ¿Argentina potencia de clase mundial o… sólo pobreza cero?) será a su vez directamente proporcional al grado de libertades (económicas, contractuales, comerciales, culturales, sindicales, solidarias, financieras y de todo tipo) que nuestra sociedad se atreva a permitirse a sí misma.
A más Estado a todo nivel, menos Sociedad ofreciendo productos y servicios (públicos y privados) innovadores. Y viceversa.  

Claro que como todo estudioso actual de lo libertario sabe, la super potencia capaz de elevar a una sociedad hasta la estratósfera coincidirá con el punto teórico de máxima: Sociedad cien y Estado cero.  O dicho de otro modo: inversión cien, impuestos cero.



Cambiemos


Octubre 2018

¿Es posible cambiar… en serio?

Según encuestas y a casi tres años de abandonar el poder, la expresidente Cristina F. de Kirchner y su partido, conservan una sorprendente cantidad de seguidores.
Sorprendente porque son ciudadanos que volverían a votar por ella y por su equipo… después de las lapidarias revelaciones y confesiones habidas en este tiempo.
O sea, aun sabiendo a ciencia cierta que se trata de ladrones. Y a escala monumental.

Es evidente que apoyar a delincuentes para encumbrarlos en las más altas magistraturas ofreciéndoles nuevo poder y protección dentro del sistema, requiere aceptarse plenamente como partícipe necesario de un acto delictual. Como mínimo, en calidad de cómplice.
Según sondeos fiables, un tercio de los electores argentinos, más de 11 millones de personas, estarían eventualmente dispuestos a emitir este tipo de voto… delincuente.
¿Sorprendente? No tanto si consideramos que otro presidiario fehacientemente condenado por robar desde el poder del Estado, L. I. “Lula” da Silva, reunía hasta hace poco la intención de voto de más del 39 % de los electores del Brasil (unos 44 millones de ciudadanos, equivalentes a toda la población argentina).

Está claro que el voto truhan, el voto cómplice a sabiendas, siempre existió. Aquí y en todas partes, configurando el primero de los muchos defectos que tiene la democracia en tanto sistema de organización social.
Y está claro asimismo que cuando estos votos exceden cierto límite (y 11 millones lo exceden) el resultado se vuelve incompatible con nuestro -teórico- ordenamiento republicano, representativo y federal.
Compatible, si, en cambio, con los diversos autoritarismos electivos que los argentinos hemos tenido por democracias republicanas y que no han dudado en violar la independencia de los poderes, el respeto por la propiedad y en general el pleno de las garantías de la Constitución; para no hablar de la ablación de su espíritu (que era, durante el apogeo nacional, absolutamente protector y liberal).
Este voto delincuente es el problema más letal que tenemos dado que apoyar a un ladrón es… ser un ladrón, no en potencia sino en acto. Con el acto mismo del sufragio.

Así, sin importar cuáles sean sus condiciones económicas individuales ni su responsabilidad en ello a través de votos anteriores, 11 millones de ladronas y ladrones sufragando para llevar a sus cómplices a los poderes públicos, manifestándose para que otros les solventen la vida, opinando y confundiendo a jóvenes e incautos con sus valores torcidos o simplemente circulando por las calles con mirada turbia y pretensiones de inocencia cívica… son un escollo insuperable a la creación de inclusión social real.
Conscientes de ello o no, son mano de obra esclava de una verdadera fábrica de pobres trabajando a doble turno. Militando a cara de perro contra la honestidad intelectual.

Cuando una masa crítica de ciudadanos rompe con la buena fe -como está sucediendo en nuestra Argentina- se quiebra el Contrato Social; ese que hace que todos estemos voluntariamente de acuerdo en una suerte de pacto no escrito en virtud del cual admitamos la existencia de una autoridad, de unas normas éticas y de unas leyes a las que habremos de someternos.
Hablamos de reglas básicas de convivencia que la Constitución de 1853 procuró en su momento codificar, evitando la secesión de las partes y la desintegración de la república.

Roto ese contrato, ya no es posible debatir (mala fe o acción directa de por medio) desacuerdos de fondo, como los planteados por el periodista J. Fernández Díaz en un artículo reciente.
Tales como quién es aquí realmente “el pueblo” y quién “la oligarquía” o bien quién es el explotador y quién el explotado. Discutir si ser cosmopolita y abierto es anti argentino o si propiciar inversiones extranjeras es ser entreguista. Debatir racionalmente si competir es igual a darwinismo salvaje o si ajustar la economía para hacerla sustentable es un planteo inabordable por “neoliberal”. Tanto como descalificar el crecimiento por mérito propio por ser “de derecha” o como afirmar que las empresas privadas son estructuras de esclavización y que la agroindustria argentina es un mero resabio colonial.
Demasiada gente, por otra parte, cree que la Ley es un truco de los poderosos, que toda persona merece un subsidio (¡porque la gratuidad es un derecho humano!), que lo estatal es mejor que lo privado y que lo nacional es mejor a lo extranjero.
Se trata de personas para quienes todo orden es fascista y que opinan que aplicar la autoridad para restablecer la ley es… represión. Que creen que el espíritu emprendedor es sospechoso, el esfuerzo reaccionario y la propiedad, finalmente, un robo.


Nada de esto puede ser civilizadamente debatido y saldado en democracia sin violencia si el contrato social está quebrado. Si no hay confianza intracomunitaria: si el adversario se transformó, tras 7 décadas de adoctrinamiento pobrista, en enemigo falsario hecho y derecho.

La grieta moral, señoras y señores, llegó para quedarse.
Alineando sin más eufemismos de un lado a los ladrones y del otro a los honestos, haciendo de nuestra Argentina 2018 un país democráticamente inviable por su incapacidad para acordar un proyecto de vida en común, ya que no hay forma de ponerse de acuerdo con 11 millones de personas que adhieren a la falta de ética como valor fundante. Para no hablar de otro tanto de filo-peronistas “normales” e izquierdistas desactualizados, de todo pelaje.
¿Hay salida? Siempre la hay, si abrimos nuestra mente cuestionándonos preconceptos, mitos y tabúes; muchos arrastrados desde la juventud y nunca revisados.

Aquí va uno: si la democracia en nuestro caso es “el dios que falló” (como bien tituló su libro del 2001 el brillante intelectual austríaco Hans Hermann Hoppe), la libertad de elección personal como sistema funcionando bajo el paraguas de una contractualidad total, es el camino evolutivo que marca nuestra creciente adscripción a tecnologías que terminarán haciendo de la interconexión en tiempo real, la respuesta a los requerimientos de comunidades más complejas y ricas, de intereses multiplicados y oportunidades cada vez más diversas.
Un sistema, el libertario, que irá reuniendo a las personas en subsistemas virtuales de su elección paso a paso y contrato individual por contrato individual, para todas las necesidades de la vida. Incluyendo seguridad implacable a través de agencias armadas y de inteligencia privadas, justicia rápida a través de agencias de mediación privadas (basadas en un concepto retributivo: del reo hacia la víctima, no hacia “la sociedad”) en lugar del actual modelo punitivo, cárceles privadas financiadas por el propio trabajo y retribución de los condenados, previsión social, médica y patrimonial a través de redes de compañías de seguros de acción ampliada, educación privada de excelencia para todos empezando con vouchers parentales individuales y autogestión profesional docente de unidades ex estatales, poderosa solidaridad privada para los rezagados con conexión directa a capacitación y empleo, basada en la fuerza multiplicadora de la sustitución de la exacción impositiva por ingresos reinvertibles extendidos para la comunidad y sus empresarios, infraestructura privada de todo tipo financiada por capitales de riesgo y pagada a lo largo de décadas por los usuarios reales de cada obra o red de obras y tantas otras iniciativas competitivas que podrían hacer estallar la prosperidad, terminar con la pobreza y abrir nuestro anquilosado sistema, tan extractivo; tan depresor; tan estatista, violento y… zombie.
Abriéndolo con audacia hacia un emprendedorismo sin las limitantes de nuestro ventajero reglamentarismo; sin hijos y entenados. Hacia la creatividad innovadora y la riqueza general acelerada, en el contexto de una sociedad que crezca en base al mérito mientras se aliviana del peso muerto del Estado. ¿Queremos ir hacia allí? Parafraseando al refrán: si sabemos hacia dónde queremos ir, seremos capaces de aprovechar los vientos favorables, que siempre los hay.

En este sentido, la idea de las “free cities”, aplicada con gran éxito en China y de manera incipiente en la legislación de Honduras (allí las llaman Regiones Especiales de Desarrollo) y otros sitios, puede muy bien ser una alternativa inteligente para permitir en nuestro país la instalación de polos de trabajo y vida disruptivos, traccionadores, experimentales a escala limitada si se quiere, liberados de las limitantes institucionales, legales, laborales, impositivas y de otras clases que frenan al resto de la Argentina. Algo así como una zona franca potenciada en la que (a ejemplo real de China), mientras menos control haya del gobierno, más éxito tendrá.
La propuesta trata de enclaves productivos que operan bajo nomas políticas y jurídicas diferentes a las del resto del país. Normas contractuales aplicadas en una o más “ciudades libres” enteramente nuevas y de localización a convenir, administradas por un consorcio de empresas (y/u ONG´s) que compran un terreno propicio, redactan su estatuto de funcionamiento y crean sus propias autoridades.
Sitios que operan con sus propias reglas, libremente aceptadas por los ciudadanos que quieran participar.

Ciertamente hay que dejar atrás tabúes arraigados como el de la “soberanía” y temores egoístas a un efecto contagio (por éxito visible) que ponga en el tembladeral a un extenso lote de creencias tan envidiosas como ladinas.
Pero es también un camino conducente a ese futuro posible de decisiones personales no coactivas, libertades inéditas y riqueza honesta que, por el sólo peso de los hechos, acabaría poniendo fin a nuestra inacabable grieta.