Camino Inverso

Agosto 2010

Según recientes encuestas, 62 % de los argentinos son partidarios de un Estado fuerte y controlador de todo y de todos, fundándose en la idea de que las personas, cuando son libres para hacer dinero y así materializar sus deseos, se tornan (en su mayoría) rapaces, insensibles, egoístas… y peligrosas para el resto de la sociedad. El 63 % cree que los grupos emprendedores privados, cualquiera sea su iniciativa innovadora, deben someterse a la primacía de los monopolios estatales y el 57 % es partidario, además, de “profundizar la distribución del ingreso” entendiendo por tal la vieja muletilla quitémosle al rico para darle al pobre.

Continúa el consenso, entonces, con las políticas de quito bajo amenaza, controlo, me quedo y reparto, en aplicación continua desde hace varias generaciones.
Apañando el forzamiento bajo aquel códice primitivo. Negando la ciencia económica evolucionada, que ya mensura el horroroso costo (en pobreza) de la violencia como norma. Apoyando conceptos superados como el dirigismo repartidor de lo ajeno, promotor de más desigualdad. Conceptos minados de “trampas gatillo” pero sostenidos por casi todo el arco político y gran parte de la opinión pública de este país.

Lo que no puede explicar ningún partidario de este consenso básico ciudadano es porqué, si las personas con poder real de decisión devienen “malas”, los gobiernos (formados por personas con poder real de decisión) habrán de ser “buenos”.
Porque si no son “buenas”, entonces hemos estado colocando a gente interesada y rapaz al comando de esa peligrosísima máquina de fuerza monopólica a la que llamamos Estado. Como con el soldado futurista a bordo del transformer, en el que su capacidad de daño se magnifica de manera extraordinaria.

Sería ingenuo por otra parte, tratar de desvincular estas ideas-fuerza surgidas a partir de los años 30, de la grave pérdida de prestigio y poder económico de nuestro país en el mundo a lo largo de, precisamente, los últimos 80 años.

En realidad, sólo un reducido núcleo duro de personas poco informadas o de intelecto deshonesto sostiene en este nuevo siglo que el estatismo es superior a la libre empresa, al efecto de elevar la riqueza social. La inmensa mayoría sabe bien que las inversiones productivas son el único camino al dinero y el bienestar generales. Que a más libertad de innovación privada se corresponde más progreso material. Y que a más frenos burocráticos, faltas de respeto a la propiedad, controles discriminantes y prohibiciones discrecionales, esa modernidad para todos se ve obstaculizada e incluso se detiene.
Pero aún sabiéndolo muchos (demasiados) eligen un Estado grande y “metido”, por temor a cosas como el desamparo económico, el fantasma del abuso de poder por parte de la patronal, la delincuencia rampante… o por simple envidia.

Deberíamos procurar entonces algunas respuestas alternativas para estas cuestiones porque la misma gente que opina así, manifiesta en encuestas de más elevado porcentual aún, su descreimiento y desconfianza para con los monopolios de justicia y seguridad federal, por ejemplo, mal-provistos (justamente) por el Estado. Siendo también los mismos que torpedean su sistema, eludiendo todos los impuestos y mandatos intervencionistas que su “viveza criolla” les permita.

El desamparo económico, por su parte, es el resultado lineal de décadas de combate al capital, a la libertad de negocios, a las ganancias reinvertibles y a los emprendedores. Frenando la multiplicación de empresas eficientes en producir y exportar a precios competitivos -mediante discriminaciones de tipo tributario- para subsidiar a empresas ineficientes digitadas por burócratas “iluminados”. Décadas de un jugar a ser Dios (“controlando” billones de variables) que, como puede verse, resultaron en un espectacular tiro por la culata. Caer de potencia continental acreedora a país mendigo, significó un balazo en el hombro a generaciones de jefes y jefas de familia, que vieron su esfuerzo de elevación económica mutilado por un sistema caníbal.
No necesitamos más de lo mismo. Si, menos Estado promotor de descomposición ética, para sacar del desamparo a la creciente legión de ciudadanos empujados a la indignidad de ser carga parásita de terceros.

Por otro lado, los empresarios inescrupulosos sólo encuentran campo fértil para el abuso laboral y salarial sobre sus empleados en sistemas como el nuestro, cerrados a la competencia. La libertad de empresa con baja exacción fiscal implica explosión de aterrizaje de dineros, explosión de nuevos emprendimientos y explosión de demanda de empleo. Colocando al trabajo en posición de ventaja sobre el capital, toda vez que un muy vigoroso flujo inversor supere la oferta laboral, aún con el agregado de inmigración calificada. Iniciando una apuesta ciertamente audaz, cuyo techo consiste en acercar a nuestra Argentina a un símil “paraíso fiscal” que multiplique por cien la tasa de capitalización, la creación de negocios (¡con tecnologías y dinero succionados al Primer Mundo!), y la explosión real del ingreso de nuestros trabajadores.

La “solución” estatista (radical, socialista, peronista o militar) a este problema, consistió en aliarse a la manera fascista con sindicalistas corruptos, para extorsionar a una patronal maniatada entre mezquinas prohibiciones y gabelas e impedida de hacer crecer a sus empresas. Diseñando una republiqueta “de cabotaje”, con mil limitaciones pero bajo su control de caja.

Por último, haber votado quitarle “al rico” su ingreso para redistribuirlo “al pobre”, también está visto, fue darse con el bate en la propia nuca porque los ingresos no se redistribuyen; se ganan. Usemos el camino inverso, abriendo la oportunidad a todos de ganarlos en serio. Porque la revolución actual, la de la riqueza en una sociedad donde todos puedan ser propietarios, comienza por barrer electoralmente a quienes lo vienen impidiendo: la bien cebada oligarquía político-sindical y sus carísimos “empresarios” cortesanos.

De Barbaries y Vanguardias

Agosto 2010

Fue muy gráfica aquella frase del “estadista” N. Kirchner refiriéndose al complejo agroindustrial exportador argentino: voy a ponerlos de rodillas. Dio en el clavo, al salirse de sí, con la descripción del fin último y real de una institución -el Estado- nacida para forzar.

Es teoría aceptada que el Estado se originó cuando una tribu de nómades armados cayó sobre una población pacífica que vivía del cultivo de sus tierras (¿toda similitud actual será coincidencia?).
Tras el saqueo, el incendio y las violaciones de rigor los asaltantes se retiraron planeando el próximo golpe sobre otra comunidad similar. Pero pasado algún tiempo en estos menesteres, cayeron en cuenta de que sería más útil y menos costoso para ellos ejercer un saqueo controlado. Las víctimas podrían así recuperarse para volver a producir más pronto, y los nómades atacantes podrían volver al año siguiente para hacerse de más bienes. Lo que llevó, mejor aún, a terminar estableciéndose en el asentamiento sometido sin molestarse en viajar, para mejor controlar y cobrar los tributos a su tribu esclava.
Con el correr de los años el mestizaje entre dominadores y dominados eventualmente borró las diferencias étnicas y culturales. Mas la institución de control y cobro perduró intacta, perfeccionándose hasta lo que hoy conocemos como estados-nación, que siguen ejerciendo su dominio sobre una determinada área geográfica, mediante la fuerza de las armas.

¿Qué es en realidad un Estado? Es una agencia monopólica (no admite competencia) cuya tarea es la coacción institucional, con instituciones pensadas para garantizar la estabilidad y el progreso… de la propia agencia. Un ente invasor que lleva en su ADN las semillas indetenibles del incremento constante de su propio tamaño y “éxito” operativo.

Desde luego, ninguno de nosotros firmó contrato social alguno ni acepta tácitamente entregar tributos al Estado, si no es bajo amenaza. Y si alguien duda de esto, le bastaría con imaginar qué pasaría si mañana se tomase una sola y pequeña medida: despenalizar la evasión impositiva. Vale decir, quitar la pistola de la espalda a los 40 millones de ciudadanos argentinos que “eligieron libremente” vivir bajo este sistema.

Todos sabemos que a través de la historia, los Estados (no los individuos gobernados) han comandado guerras, desacuerdos, genocidios, explotación en masa, dictaduras de las mayorías sobre las minorías, discriminaciones económicas selectivas, represión, venganzas personalizadas e infinidad de calamidades cuya expresión creciente coincidió con el poder creciente de esos mismos Estados. Ayer nomás, durante el siglo XX, estos monopolios coactivos -ya crecidos- asesinaron a más de 170 millones de seres humanos (sin contar los sacrificados en guerras), que osaron oponerse a sus políticas internas.
También sabemos que sin importar qué tan perversa pueda llegar a ser una persona en particular, nunca podría causar el daño que causaron aquellas que lograron multiplicar por mil su poder, encaramándose a la maquinaria estatal (como Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Milosevic, Saddam y algunos argentinos entre muchos otros). Si hubiesen tenido que afrontar el costo de sus decisiones con dinero de sus propios bolsillos o hambre de sus propios estómagos en lugar de usar la posibilidad de externalizarlo sobre cabezas ajenas, otra hubiese sido la historia.

A lo largo de la primera década de este siglo XXI la ciencia económica siguió evolucionando sobre la experiencia acumulada. La vanguardia científica de la Escuela Austríaca, responsable de los “milagros” económicos alemán, italiano y japonés de posguerra y a la que adscriben numerosos premios nobeles, sostiene ya que la nueva concepción dinámica del orden espontáneo impulsada por la función empresarial globalizada concluye dando por tierra con todas las viejas teorías justificativas de la existencia del Estado. Es más: se demuestra que, aunque se lo pretenda limitado, siempre crecerá violando sus límites dada la propia naturaleza de los seres humanos que lo usufructúan; que el estatismo es teóricamente inviable, que su destino es un nuevo colapso empobrecedor y que, en definitiva y a esta altura de la evolución tecno-informática, la excusividad del poder es totalmente innecesaria.

A nivel de la gente común se cree todavía que es necesario porque se confunde la existencia del Estado, con lo necesarios que son los muchos servicios y subsidios (tapando sus desaguisados) que hoy ofrece con carácter monopólico. Cuando bastaría que cualquier necesidad dejara de ser declarada “pública” para que surjan los incentivos necesarios posibilitando que toda la energía creativa de los emprendedores locales (y del planeta) satisfaga en competencia abierta dicho requerimiento, mejor y más barato. Apelando a todas las innovaciones jurídicas y tecnológicas necesarias descubiertas y por descubrirse, bajo la condición de liberar en serio la función empresarial con la consecuente justa y plena captación privada de sus resultados económicos.

La gente de trabajo resulta hoy esquilmada con intervenciones, regulaciones e impuestos destinados a solventar el propio aparato recaudador y controlador. Y también a financiar los mencionados gastos y servicios públicos de exorbitante costo unitario real, bien enmascarado en el fárrago estatal. Su desaparición, lejos de traducirse en el abandono de cosas como rutas, escuelas, asistencia social y hospitales implicará su mejora en calidad, cantidad y baja de costos para usuarios que a su vez ganarán más dinero, en un entorno de muy ampliadas oportunidades laborales.

Debemos reconocer que incluso el liberalismo clásico con todos sus ideales republicanos, fracasó en el intento de poner límites al poder del Estado. Y debemos empezar a considerar también que la mayoría de sus economistas y referentes políticos van quedando desactualizados al seguir proponiendo más de las mismas e ingenuas pretensiones. ¡Ni qué decir de los que, con mentalidad de bárbaros esclavistas, todavía apoyan más medidas socializantes, coercitivas y violentadoras!

No nacimos para ser forzados; una revolución pacífica de respeto, tolerancia y verdaderas libertades, está en marcha. Porque como dijo George Orwell “En época de engaños, decir la verdad es un acto revolucionario.

País Rico

Agosto 2010

La riqueza económica de un país no es otra cosa que la riqueza del promedio de sus habitantes.

Se trata, empero, de un concepto relativo ya que un rico en Bolivia puede asumirse pobre si se compara con un rico en los Estados Unidos y un pobre en Italia puede considerarse rico midiéndose con un pobre de Bangladesh.

Por otra parte, los recursos naturales de un país no garantizan la riqueza del promedio de sus habitantes. Nigeria es un gran país con enormes recursos naturales, donde el ingreso promedio de sus ciudadanos es muy bajo mientras que Holanda, casi sin recursos naturales y con mayor densidad poblacional, goza de un ingreso por habitante de entre los más elevados del mundo.

Ni siquiera un buen promedio de habitantes cultos, bien alimentados, sanos, con aceptables niveles de educación secundaria, terciaria y fuerte tradición emprendedora garantizan una situación de bienestar. Como podría ser el caso de Argentina, un país que además cuenta con grandes recursos físicos, y que sin embargo no cesa de decaer en cuanta medición comparativa exista.

Aunque no siempre fue así, hoy día la nuestra es una nación relativamente pobre y lo que es peor, con tendencia hacia el empobrecimiento. Los pobres en Argentina ganan poco pero también los ricos, comparativamente, tienen bajos ingresos. Hay poco dinero efectivo, tangible, gastable en el país. Vemos con desánimo que “no nos alcanza” mientras en otras partes del planeta este dinero se genera con cierta abundancia, e incluso sobra para ahorrar, consumir y reinvertir.

El destino, está visto, pertenece a los audaces y si queremos programar un país donde el habitante promedio tenga altos ingresos (y que después cada uno haga con sus ganancias lo que quiera), debemos ponernos de acuerdo en crear riqueza con menos mezquindad; en grande; con más audacia y decisión.

Sería fácil hacerlo, si quisiéramos, porque nuestra Argentina tiene todavía 2 de los 3 factores básicos que abren las puertas, por derecha, al reparto acelerado de dinero. Y puede obtener el tercero con mera decisión política (vía presión del voto ciudadano). Porque del tercer factor, las sociedades más ricas están llenas y se hallan a la búsqueda, casi desesperada, de sitios atractivos dónde ponerlo.
Los 2 factores que tenemos son el capital humano (gente preparada y preparable) y el capital físico (recursos naturales, cierta infraestructura y ventajas comparativas). El tercer factor, el que nos falta y el más fácil de conseguir porque sólo depende de nuestra voluntad, es el capital efectivo (las inversiones en metálico).

Lléguese por la vía que se llegue, en la estación terminal del razonamiento social, la disponibilidad de dinero y el bienestar para el mayor número son simples cuestiones de capital de inversión. Razón por la cual lo que nuestros pobres (y también nuestros ricos) necesitan es un sistema de reglas que lo atraiga, lo aferre y lo multiplique sin más pérdida de tiempo.
Ese sistema ya está inventado por gente mucho más inteligente que nosotros, por supuesto, y se llama capitalismo.

Obreros con buenos sueldos, buenas casas y buenos autos, es capitalismo. Jubilados disfrutando sin apremios de sus “años dorados”, es capitalismo. Educación y servicios de salud de primera, es capitalismo. Autopistas, trenes bala, puertos ultramodernos y comunidades ecológicas, es capitalismo. Moneda fuerte para viajar y orgullo nacional detrás del poder económico, es capitalismo. Orden, respeto por lo ajeno y seguridad con tecnologías de punta… es capitalismo.
Incluso banderas socialistas como participación en las ganancias, mejor distribución de la propiedad y una más efectiva solidaridad son puro y avanzado capitalismo. En los hechos, no en los sueños. Con aportes voluntarios de tiempo, creatividad y dinero reemplazando a la ineficiente coacción estatal contra natura.

Nuestra propia historia muestra lo que toda persona sabe de antemano en lo más profundo de su mente y de su corazón: el autoritarismo económico, el dirigismo y el intervencionismo -que no funcionan sino a punta de pistola- son juegos de suma negativa. Maniatan la iniciativa privada, expulsan cerebros e inversiones, dislocan mercados, deprimen la productividad del conjunto y… galvanizan rencores.
Juegos agradables a la satisfacción del resentimiento, pero tóxicos para la elevación del espíritu y la riqueza en una sociedad.
Los monopolios estatales argentinos (seguridad, infraestructura, subsuelo, espacio aéreo, salud, jubilación, legislación, moneda, educación, reglamentarismo financiero, justicia, prisiones etc.) además, han sido y son fuente inagotable de la más ruin discriminación y de su hija: la mega-corrupción. Simplemente porque son monopolios y porque quienes los comandan no son santas ni superhombres sino débiles seres humanos.

Toda persona sabe en lo profundo, también, que el juego de suma positiva se llama libertad de empresa, se llama creatividad en competencia, se llama no discriminación ni violencia impositiva sobre el manso. Todo lo cual constituye la esencia del sistema capitalista.

A más libertad de negocios, a menos monopolio asfixiante, mayor será la lluvia de capitales de inversión. A más estatismo “protector” (léase parasitario, corrompedor, frenador), a menos confianza en la potencia creadora individual, mayor resultará la sequía de capitales de inversión. Es una ecuación de hierro.
Si existiera un pueblo con la audacia de avalar la asunción de un gobierno de verdadera pureza capitalista a todo orden, esa sociedad se convertiría en poco tiempo en una de las más prósperas y opulentas del planeta. Aunque se tratase de un arruinado país centro africano, porque el ejército global de los inversores no discrimina: sólo pide (y devuelve) productividad y seguridad.

Por entendibles motivos de “autopreservación política” los sistemas del mundo real son mixtos, reptando todos muy lejos de la pureza. Y la mixtura argentina, por su elevada dosis de estatismo, es altamente tóxica para la creación de riqueza.
Desintoxicar el sistema acercándose al juego de suma positiva implica el voto de la crónica mayoría peronista, radical y socialista pobre, en defensa propia. Fulminando a los traidores de lesa patria que sigan proponiendo el atrasismo del “Estado protector” que los pisó… fulminando su bienestar.

Prohibido Explotar

Julio 2010

Lo que necesitamos, en verdad, es un gobierno que deje de explotar a nuestra economía.

Tenemos al peronismo kirchnerista que la explota con saña pero de nada vale apoyar a figuras, partidos o conglomerados opositores de reemplazo cuya intención confesa es seguir explotándola. Con menos prepotencia, con más orden en las calles y más respeto por las formas institucionales, pero sin cambiar el planteo explotador de fondo. Partidos que levantan sus voces con indignación contra efectos y síntomas (corrupción, pobreza, inflación, delincuencia, contaminación etc.) pero que dejarán intactas las causas que los generan.

Casi todos los argentinos estaríamos de acuerdo en que nuestro país tuviera poder económico, autoridad moral y fuera escuchado con respeto en el concierto internacional. En recuperar las Malvinas y convertirnos en meca de capitales, tecnología e inmigración calificada. O en que nuestra población accediera a la mejor educación, salud, seguridad y justicia disponibles en el planeta.

Para ello, estaríamos también de acuerdo en multiplicar los negocios honestos dando lugar a más empresas, emprendimientos y cooperativas de toda clase. Es decir, a que se invirtiera mucho más dinero y creatividad en actividades generadoras de más y mejores empleos.

Casi todos estamos de acuerdo en esto y en algunas otras cosas pero nos falta ser conscientes de algo: no pudimos lograrlo durante el último siglo (ni lo podremos lograr en el próximo), por la vía elegida de explotar a nuestra economía.
El planteo explotador de fondo sólo cambiará cuando la mayoría de los argentinos, votando en defensa propia, le bajen el pulgar a las variantes parasitarias para subírselo a las productivas.

Por poner un ejemplo, la vía civilizada para recuperar las islas pasa, guste o no, por la autodeterminación de los kelpers. Y estos sólo elegirían formar parte de la Argentina si nuestro país fuese más respetuoso que Gran Bretaña en ítems como propiedad a salvo del fisco, en protección de derechos individuales o en las libertades para contratar, acordar, crear, consumir y comerciar; seguridades jurídicas que harían de la nuestra una nación varias veces más rica, estimulante, poderosa y atractiva que su actual madre patria.

Lo cierto es que la ingenuidad y falta de educación de nuestras mayorías impide aquel voto popular, corrector e inteligente, que implica entender la dinámica del Estado.
La Argentina llegó a ser un gran país, a imitación de los Estados Unidos, poniendo ambos en funciones constituciones que obligan al Estado a respetar integralmente las libertades de la gente. Aunque en la realidad, esa pretensión fue igual a querer que funcione un cinturón de castidad dejando la llave en poder del usuario.

El idealismo de la teoría funcionó (en términos históricos) poco tiempo. Mientras duró, la nación del norte experimentó un aumento tan veloz de energía económica liberada y de bienestar, como el mundo jamás había conocido. Con cien años de retraso, nuestro país siguió esas cláusulas libertarias y como es sabido, su crecimiento asombró al orbe. Fuimos la segunda potencia de América y, mientras Estados Unidos se enredaba en la guerra civil, propiciando el comienzo de un intervencionismo estatal que constituiría el virus de su decadencia, nuestro país avanzó a zancadas de gigante, descontando la ventaja.

Sin embargo el caso argentino fue como un relámpago iluminando la noche: sólo un par de generaciones en la historia de nuestra sociedad (1536-2010), que en la actualidad sigue insistiendo con el corporativismo como modelo, a contramano del espíritu constitucional.

En el caso norteamericano, el mundo asiste al drama de su Estado hipertrófico, macrocéfalo, causando el debilitamiento de su vigor productivo, la mengua de su status de ejemplo de civilización en libertad y las tremendas torpezas de su actuación como gendarme del planeta.

Así las cosas, debemos usar el hambre de bienestar y la sed de justicia que nos devoran para hacer comprender a los oprimidos (que somos todos menos el gobierno, sus amigos “empresarios” con privilegios, los activistas totalitarios y los capo-mafia sindicales) el daño que nos causa esta brutal explotación de la economía por parte de los beneficiarios de nuestro sistema fascista corporativo, mal disfrazado de democracia republicana.

Como enseña el abogado, escritor y pensador argentino Carlos Mira “en la Argentina, una enorme porción del derecho general civil ha sido derogada por el derecho laboral general y este, a su vez, ha sido derogado en gran medida por los estatutos profesionales especiales. La manía fascista de dividir a la sociedad según “ramas de actividad” arruinó la idea de un orden jurídico universal para nuestra sociedad y, por ese camino, ha lesionado incluso el principio de igualdad ante la ley. Este sistema obliga a la sociedad a estar en una permanente tensión entre grupos sociales y pone al Estado (en realidad a los vivos que lo ocupan) en la situación ideal del repartidor que, como todo el que reparte, se queda con la mejor parte.” (*)
Explotando nuestra economía mediante el expediente de darle gas al enfrentamiento tribal entre sectores que exigen a Mamá Estado que los beneficie a costa de otros sectores, los funcionarios gobernantes obtienen riqueza e impunidad.

Tenemos entonces al sector explotado (los indigentes y asalariados con la inflación y otros impuestos, el agro con las retenciones, la industria eficiente con el subsidio a la otra, los desocupados con las reglas laborales sindicales que ahuyentan empleadores etc. etc.) hundiéndose en una pérdida general de competitividad, reflejada con claridad en el descenso-país.
Y tenemos al sector explotador (parásitos de ley, con “derecho” vitalicio al esfuerzo ajeno), que vive y prospera a expensas de los legítimos derechos a la prosperidad de terceros, prosperidad que sin fascismo se redistribuiría en bienestar y crecimiento, a través del consumo y la reinversión.



(*) del sitio www.economiaparatodos.com.ar

Armas

Julio 2010

A esta altura de la historia, la Argentina debería ser uno de los 3 o 4 mejores países de la Tierra: era un sitial al que estábamos destinados. La inteligentzia mundial así lo preveía hasta hace unos 80 o 90 años, con el liberalismo de la Constitución de Alberdi todavía en el poder.

Los países “de las inferiores”, sin embargo, nos pasaron por arriba y hoy vociferamos junto a otros payasos socialistas desde la retaguardia resentida de esa misma historia, debatiéndonos entre el canibalismo económico creador de miseria y la más abyecta decadencia ética. Con seguridad, algo digno de la triste mezcla de cretinos y delincuentes que signó al corporativismo dirigista aplicado desde entonces.

Pero nuestros gobernantes (y los aspirantes con posibilidades a serlo), no se dan por aludidos. Ellos siguen pidiendo crédito electoral bajo el mantra autista: júzguennos por nuestras buenas intenciones y no por las consecuencias de nuestras creencias y acciones.
Por razones que no viene al caso comentar aquí, nuestros votantes les han otorgado este crédito una y otra vez, sin fisuras, durante generaciones. Avalando a los representantes de nuestros dos partidos mayoritarios de centro izquierda en el gobierno de la nación, con las catastróficas consecuencias que, a todo orden, tenemos a la vista.

Uno de estos órdenes es el de la inseguridad.
El delito impune, los crímenes y la violencia gratuita campean por todas partes, a imagen y ejemplo de quienes ejercen las más altas magistraturas. Los ciudadanos de bien se arraciman, corren y se esconden donde pueden como conejos asustados, mientras mafias y pandillas tejen lazos de mutua seguridad corrupta con nuestros representantes policiales, judiciales y políticos. Es la Argentina caída y saqueada del bicentenario, donde las leyes los protegen a ellos de nosotros.

El populismo que nos bajó a garrotazos del primer mundo y la consecuente suba de incompetentes y gángsters siempre imperturbables al gobierno, son las causantes directas de este desastre. Pobreza por doquier, malnutrición, exclusión social, desesperanza laboral, des-educación, fogoneo de bajas pasiones como el odio, el resentimiento o la envidia, discriminación ideológica y por honestidad entre muchas otras duras lacras progresistas, guisaron a fuego lento el apogeo delictivo que hoy padecemos.

Se trata de un cáncer que viene creciendo desde hace décadas pero responsables prima facie de este caos, como es el caso del actual gobernador de Buenos Aires, insisten ante los medios y las legislaturas con la más curiosa de las soluciones: desarmar por completo a la población. Refiriéndose con esto a los millones de ciudadanos, trabajadores de bien y pagadores de impuestos que poseen armas legalmente adquiridas, declaradas y registradas.
Quedando de este modo su uso reservado al bando del Estado… y la delincuencia. Porque los malvivientes siempre encontrarán formas de estar bien armados, obviamente, sin declarar nada a nadie. ¿Solución curiosa? No tanto: observada con mirada adulta, nuestra pseudo democracia tiene en las fuerzas de seguridad estatales su mejor reaseguro de protección al gobierno. Contra cualquier intento del soberano (la ciudadanía) de ponerse de pie para plantarse frente sus desmadres o de rebelarse contra el peso esclavizante de sus tributos. Ellos quieren un jefe que se desarme ante su servidor, resignándose a ser un “soberano” tímido, manejable, pusilánime y genuflexo.

Más allá del clarísimo tema de la responsabilidad que pueda caberle a quien use armas, nuestra Constitución no nos prohíbe su portación. La de los Estados Unidos, que nos sirvió de modelo, lo permite expresamente siendo sus ciudadanos celosos custodios de este derecho fundamental, propio de hombres y mujeres libres.
Prohibirlo, al decir de Cesare Beccaria (1738–1794, considerado el padre del derecho penal) “sería lo mismo que prohibir el uso del fuego porque quema o del agua porque ahoga”. Con el mismo argumento habría que prohibir los cuchillos en las casas o los autos en las calles: son armas letales, como podrían serlo cientos de otros objetos y elementos de la vida cotidiana.

Más armas en poder de quienes no piensan delinquir (la enorme mayoría de la gente) disminuye la criminalidad, como lo demuestran las más serias investigaciones estadísticas, y viceversa. Porque el conocimiento por parte del atracador de que la víctima podría estar armada, tiene un fuerte efecto disuasivo, protector de propiedades y vidas humanas.
Un arma en poder de un padre o madre de familia hace más difícil, no más fácil, la acción del violador, el secuestrador, el asaltante o el criminal merodeador. ¿O acaso la legítima defensa propia dejó de ser un derecho humano protegido por nuestros jueces? Porque si así fuese, se impondría la necesidad de otra acción civil correctora, en aras de nuestra propia seguridad.

La táctica propiciada por las autoridades de la no resistencia, la entrega y el sometimiento al desquiciado, puede resultar atractiva para algunas personas pero la crónica diaria desmiente su supuesta efectividad, teniendo en cuenta el “efecto coctel” de: juventud sin horizontes, educación basura (sin principios) y droga fácil que nos inunda al compás del estatismo clientelar. Que a su vez es el arma propia de esas mismas autoridades, para abrirse paso hacia la cueva de la impunidad política, el enriquecimiento sucio y las repugnantes sociedades del poder.
Y esa sí es un arma de altísima peligrosidad, que deberíamos quitarles mediante otra arma igualmente letal para ellos: el voto inteligente; el voto patriótico; el voto no comprado; el voto en defensa propia y de todos los honestos y honestas, que son carne de matadero en esta tierra de maleantes en que se va convirtiendo nuestra Argentina.

Estado Garca

Junio 2010

La palabra garca designa en nuestro lunfardo a los oligarcas que prosperan aplicando sobre sus relaciones aquel mismo término del inicio, con sus sílabas invertidas.

Todos sabemos que en nuestro bello país exportador, los productores de materias primas tributan un elevado impuesto antes de impuestos: las tremendas “retenciones” a las exportaciones. Bajo la ley “el que exporta se jode”, se los despoja de ganancias legítimas que hubieran sido reinvertidas en sus lugares de origen, tras lo cual pasan a enfrentar al igual que el resto de la población una larga lista de pagos al Fisco.

Aparte del Impuesto Inflacionario pagamos aquí un IVA muy importante, burdamente sumado sobre cada cosa que tocamos. Desde un par de zapatillas hasta el repuesto de un molino eólico. Desde un camión con acoplado hasta la vianda y el cuaderno de un escolar. Dinero restado de las manos de todos, que también podría haber sido reinvertido en sus lugares de origen a través de las decisiones individuales de compra de millones de personas; no de la decisión de un burócrata, por más iluminado que se crea.

Nuestros patrióticos funcionarios han cargado, además, impuestos fantásticamente altos sobre ciertos productos de interés masivo, como los combustibles, el tabaco, los automóviles, el fluido eléctrico, las loterías y muchos otros que resultan encarecidos, en forma artificial.
Pero todo esto constituye solamente un piso. Desde allí nuestro Estado, cual ejército de ocupación, pasa a exigir fuertes tributos permanentes para las burocracias municipales, sobre todos nuestros bienes y ganancias, sobre los ingresos brutos, sobre los terrenos y casas (otra vez), sobre los depósitos y extracciones bancarias, a través de mañosos “sellados” siempre obligatorios, sobre nuestros vehículos (otra vez, para permitirnos usarlos), sobre cualquier cosa que sea importada, sobre el trabajo en blanco o el sindicato forzoso, a través de la estafa previsional, el impuesto a la herencia y sobre muchos otros ítems tan violentadores como injustos.

Dicen que cierta vez el presidente Ronald Reagan ironizó sobre el sinsentido del Estado ordenando: “Si se mueve, póngasele un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlese y si no se mueve más, otórguesele un subsidio”. Su ironía se cumple aquí a rajatabla.

Menos de la mitad de todo lo que generamos con grandes sacrificios queda en nuestro poder: no es que seamos un pueblo de vagos que no quieren avanzar; es que nos exprimen, nos frenan y regulan demasiado. Queda poco que podamos reinvertir y gastar para generar más riqueza social interactuando con otros conciudadanos. Ni hablar de quienes sueñan con (y precisan de) la inversión extranjera.

Todos estos impuestos son como hilos de miedo, sudor y sangre que se suman, debilitándonos entre los colmillos del Estado vampiro con la contundencia final de una yugular abierta.
Dando forma a un “capitalismo” altamente inmoral de amigos corruptos y empresas estatales deficitarias, que sólo crean riqueza suficiente para que las pandillas políticas consigan sus objetivos de más poder aplicable a impunidad, clientelismo y venganza sucia. Beneficiando a una minoría y perjudicando a la mayoría mediante la tenaza desangre - competencia desleal, aplicada sobre los negocios privados no subsidiados.

Este sistema infame y esclavista a la medida de vivos y parásitos, tranquiliza a muchos, a pesar de todo. Son los que piensan que si las cosas les salen mal, Mamá Estado vendrá al rescate pero si no van tan mal, será satisfactorio saber que están contribuyendo para auxiliar a quienes sí estén en problemas.

Desde luego no habrá rescate decente alguno porque el círculo vicioso de nuestra decadencia ya tomó la temible forma de una espiral descendente. Y aquel altruismo hipócrita falla por la base, cuando la misma gente que encadena con sus votos a toda la población en esta trampa, es la que primero procura escabullirse de Mamá Estado pagando lo menos posible y evadiendo las cargas hasta donde su temeridad se lo permita.
Es la misma gente que huye en cuanto puede de los “beneficios universales y gratuitos” ofrecidos por el gobierno, haciendo estudiar a sus hijos en escuelas privadas, asociándose a la medicina prepaga o defendiéndose mediante alguna agencia de seguridad. Servicios e innovaciones que otros argentinos ofrecen, luchando con la dificultad de tener que generar algo con la limosna que les queda tras haber sido garcados.

Lo estatal, el progresismo socialista que nos hunde, no es más que la expresión de esa oligarquía política haciéndose rica a la vista de todos y a costa de sacrificar increíbles oportunidades de creación de riqueza social, que beneficiarían a todos menos a ellos. Carcajeándose off the record de los infelices ciudadanos de toda clase que los votan y que aportan soñando con paliar desigualdades, caídas laborales y miserias ¡100 % causadas por la succión de energías creativas de nuestro propio... Estado garca!

¿Otra Vez Sopa?

Junio 2010

La causa del colapso de nuestra gran nación, lo que nos frenó y nos frena, lo que viene causando gravísimos daños a nuestro país, es la colisión entre lo que nos proponen una y otra vez los políticos de siempre y la cada vez más grave necesidad de algo inteligente, superador, evolucionado.
Entendiendo por inteligente, hoy, el aprovechamiento a fondo de la globalización y de los avances tecnológicos, insertados en una economía del conocimiento modelo siglo XXI. Tres palancas que están elevando el bienestar de pueblos con menos capacidades y ventajas comparativas que el nuestro. ¿Por qué nuestros políticos no quieren usarlas? Porque estos motores sólo funcionan bien con grandes cantidades de capital privado ingresando al circuito productivo. Un factor inalcanzable con sus anticuadas ideas basadas en el “quito, me quedo, reparto y controlo”.

Tras enterrar el inconmensurable error colectivista del siglo pasado, la experiencia empírica nos enseña día tras día, incluso observando lo que pasa con los quiebres estatales de Europa hoy, que a más libertades de opción y respeto a los bienes ajenos, se corresponde más riqueza y paz social para más personas. Y que esto choca de frente con el dirigismo reglamentarista, subsidiador, corrupto y de altos impuestos progresivos que bajo distintas denominaciones, las mayorías argentinas eligen desde hace muchas décadas.

Esta colisión entre lo que predican nuestros políticos y lo que nos conviene a todos es una tragedia atribuible a simple y masiva ignorancia. Ignorancia trabajada por estos mismos náufragos de las ideologías tóxicas del pasado (socialismo, comunismo, populismo, corporativismo) fundadas en la envidia, el robo, el odio y el forzamiento. Insistiendo en instalar aquella vieja estupidez (ya sepultada por la Historia junto con los regímenes totalitarios) de la “lucha de clases” con el individuo malo, peligroso y egoísta contra el Estado bueno, paternal y justiciero.

Estado “bueno” pero… comandado por miles de altos funcionarios de todo nivel que ¡oh! son personas con las mismas motivaciones que las demás. Esto es: conseguir tanto bienestar como puedan para ellos y sus familias. Igual que el individuo “malo, peligroso y egoísta” que no se arriesgará trabajando duramente y bancando un emprendimiento productivo si no espera, a su tiempo, conseguir un buen lucro.
Porque dejando de lado los cuentos de hadas, señoras, todos sabemos que nadie entra al gobierno para empobrecerse, perder popularidad y vivir peor que antes. El patriotismo y la vocación de servicio, señores, murieron de muerte natural hace tiempo. Probablemente entre 1910 y 1930.

Es natural que todos tengamos las mismas inclinaciones, pero existe un pequeño problema: mientras que el individuo (o el directorio de una empresa, es igual) obtiene su dinero del aporte voluntario de quienes consumen su servicio o producto, los altos funcionarios sólo pueden obtener su lucro achicando (robando con las armas del Estado) nuestra propiedad y nuestra libertad. Vale decir, nuestros bienes más preciados.

Además, el emprendedor privado debe moverse en un mundo contractual y entre reglamentos estatales tan arbitrarios como intrincados. Rebuscándoselas sin “sacar los pies del plato” so pena de terminar incriminado, despojado y preso.
Nuestros políticos no. Ellos lucran bajo otra ley, minada de fueros y omertá, haciendo crecer al Estado para llevar más y más lejos su poder (y con él su propia impunidad). Acojinados por dinero ajeno, ponen amplificador a sus cuentos de control institucional, legislativo, judicial o constitucional: partes de un juego destinado a adormecer o sobornar a los votantes que hacen este sistema posible, haciéndoles creer que mejoró la igualdad y que así se redistribuye mejor. Cuando la realidad indica que el país del trabajo no subsidiado no hace otra cosa que caminar hacia su propia ruina, bajo las órdenes de quienes no producen nada.

El cálculo costo-beneficio de esta colisión ha resultado increíblemente desventajoso para el contribuyente forzoso (el 99 % de los argentinos) tanto como para el necesitado/ignorante cautivo que sostuvo a los funcionarios, si lo medimos por sus resultados: nuestro ingreso per cápita cayó de entre los 10 mejores del mundo hace cien años al puesto número 60 o 70 actual. Fracasamos como nación. ¡Nos pasaron por arriba! Somos mucho más pobres, dependientes y “desiguales” que antes.

Lo cierto es que resulta casi imposible hacer coincidir el juego real de la democracia con lo que más conviene al pueblo (el bienestar masivo de una sociedad de propietarios).
Aunque… si existe una oportunidad, esta se encuentra en la creación de las condiciones para el ingreso de inversiones de capital productivo, de capital tecnológico, de capital cultural, educativo y humano sin trabas, como lo comentábamos al principio.

Esto significaría superar el choque frontal entre lo que conviene a los políticos de siempre y lo que conviene a la gente del llano que trabaja, produce y crea para mantenerlos.
Ya tomamos la sopa de estos vivillos durante más de tres generaciones. No sigamos siendo colaboracionistas.

No es función de esta columna indicar a nadie qué es lo que debe hacer. Antes bien sugerir repensar sobre lo que no debería.
Pero como sostiene el intelectual español Manuel Lamas “Las economías crecen y los individuos prosperan a pesar de los gobiernos, no gracias a ellos. Este antagonismo se dirime hoy entre estatistas y liberales: Estado o mercado; público o privado; planes sociales o capital; intervención o desregulación; subsidios o iniciativa; dirigismo o creatividad; masa o individuo; igualitarismo material o libertad.” A lo que nosotros agregaríamos en definitiva: continuar apoyando el forzamiento vejatorio de los mansos o intentar avanzar apoyando la no-violencia en todo el campo de la acción humana, sin excepciones.

Tendencia

Junio 2010

Un político argentino contemporáneo ya fallecido, uno de los muy pocos que unió en su persona las virtudes de sensibilidad social, honestidad e inteligencia superior, y que por supuesto nunca gozó de apoyo electoral suficiente, es autor de una notable enseñanza conocida como “Postulado de la Tendencia”. La idea subyacente es que aún partiendo de una situación social enferma (como la actual, donde ya no podemos llamar sino decadencia a una “emergencia” que lleva cien años), no es necesario alcanzar de golpe formas puras de economía de mercado antimonopólicas; no violentas, sino que basta ponerse en movimiento en dicho sentido para lograr resultados inmediatos y positivos. Lo que cuenta es el sentido del movimiento porque la perfección de lo ideal, en política, no existe.

Bien. Todos conocemos el poder de las expectativas como generadoras de autoprofecías -de opresión y caída- cumplidas. Y del pesimismo o el cinismo nacional como lubricadores de nuestro sufragio cabizbajo, como reses en el matadero socialista.

Lo cual nos lleva a suponer que, mediando un mayor conocimiento popular del sentido de la Historia, enterándose de cuáles son las ideas que marchan en la línea de vanguardia de la evolución humana, del enorme poder libertario que nos acerca la informática, de las ventajas de apostar a una economía del conocimiento globalizada y de alta tecnología… sería dable esperar un cambio de expectativas.

Si las mayorías supiesen hacia dónde va el mundo en realidad, el sentido del movimiento se vería acompañado de la creencia en un futuro mejor, apalancando así nuestro escape de la trampera.
Es hora de recordarlo: si los Estados con sus costosísimas imposiciones al pueblo emprendedor, si los funcionarios con sus costosísimas conveniencias corruptas, si la estupidez y la ceguera -abonadas por la ignorancia- no hubiesen entorpecido el florecimiento de la cooperación y de la iniciativa voluntarias, ninguno de los principales problemas que hoy agobian al planeta existiría.

La energía no sería un problema, ni deberíamos preocuparnos de ahorrarla. Por el contrario, su costo sería muy bajo y su obtención abundante, sin contaminación ni desastre climático. La fusión, o tal vez el control del poder de la antimateria ya se hubiesen producido, además de masivos aprovechamientos eólicos, geotérmicos, mareológicos y solares, incluso desde el espacio.

El hidrógeno (energía limpia, el elemento más abundante del universo) habría reemplazado ya a los combustibles fósiles y el agua potable, otro drama actual, sería obtenida sin límites mediante el tratamiento del agua de mar, merced a ese mismo sobrante energético.
Beneficios como el riego y la forestación en gran escala, la proliferación de eco emprendimientos y comunidades ultramodernas en sitios hoy inhabitables, serían cosa habitual.
La biotecnología y la ingeniería genética hace tiempo hubieran obtenido resultados asombrosos en la multiplicación de “panes y peces” liberando a todos los pueblos del flagelo del hambre y del agobio de muchas enfermedades evitables.

Sin motivos de discordia por energía, alimentos, espacio vital o agua, las distintas sociedades hubiesen tendido a interconectarse cooperando entre sí mediante el libre intercambio de valores, conocimientos, ventajas, servicios y personas.
El comercio competitivo, destructor de monopolios y promotor primario de fortuna, hubiese distribuido bienes, inversiones y empleos en su expansión. Los niveles de vida serían hoy mucho más altos y esta creciente sociedad de propietarios nos hubiese asegurado una mayor paz, ya que las personas estarían más interesadas en proteger el orden y sus respectivos derechos de propiedad que en depredar los del vecino para sobrevivir.

En un contexto semejante, el multiculturalismo interracial hubiera avanzado con ventaja para todos, las barreras aduaneras hubieran tendido a desaparecer más rápido y los Estados coactivos hubieran ido perdiendo sus excusas para frenarnos debiendo sus integrantes, finalmente, pasar a trabajar en algo productivo como todos los demás.

¿Quién dijo que la escasez, el temor y los sufrimientos son el estado natural del ser humano? Sólo a un retrógrado estatista (discriminador y parásito) se le pudo ocurrir esto, en su beneficio.
El estado natural de la humanidad es la riqueza, el bienestar y la cultura general, el ocio creativo, la espiritualidad sin impedimentos, la nutrición abundante, la absoluta libertad de elección individual y la expansión de las fronteras de nuestra ciencia y nuestra raza más allá de la Tierra y de los prejuicios.

El enemigo de los pobres del mundo (y ahora de la supervivencia del planeta mismo) ha sido siempre el Estado opresor y ladrón con sus efectos esterilizantes sobre la iniciativa privada.
Y los amigos de esos millones de desheredados serán siempre la libertad y el respeto por lo ajeno, promotores de la inventiva y el progreso.

Entonces es la educación, otra vez y como siempre, la instancia final donde todo debe resolverse. Desde la capacitación laboral adecuada, hasta el aporte de información cierta, accesible a todos desde la escuela, sobre las tendencias de largo plazo (motivadoras, porque eso es elevar enseñando) en el apasionante tema de la evolución de nuestros ordenamientos sociales.

Se trata de una empresa de largo aliento pero un atajo para el mientras tanto podría intentarse a través de una mega campaña publicitaria, masiva y prolongada, de gran creatividad y perspicacia, a cargo de los mejores profesionales.
Mostrando en forma palmaria y con numerosos ejemplos el brutal engaño del dirigismo populista. La horrible realidad de sus efectos. Lo monstruoso del genocidio nacional en proceso.
Y mostrando de manera edificante las muchas ventajas y posibilidades de bienestar que una sociedad abierta brindaría a todas las familias argentinas.

Éramos tan vivos...

Mayo 2010

“Cuanto mayor sea el número de leyes y decretos, más ladrones y bandidos habrá” Lao Tsu (filósofo chino. Siglo VI a.C.)

Hace 2600 años, las personas sabias ya habían comprendido lo inútil del reglamentarismo gubernamental -forzoso y masivo- para solucionar los problemas de la gente.
El socialismo, esa plaga que Dios destinó como castigo a la humanidad durante los últimos 150 años, aún no lo comprendió.
Si bien en retirada intelectual, todavía son muchas las personas crédulas que aceptan la violencia implícita de sus postulados. Políticos y burócratas en obvia defensa de su fuente de ingresos los revalidan a diario, aún a sabiendas de ser tiranosaurios ideológicos. Como bien sabe todo emprendedor argentino, se trata de devoradores de personas, empleos, creatividad e inversiones productivas.

Los partidos socialistas siguen levantando las banderas de un Estado paternal, grande y presente, de su intervención sobre las relaciones de valores y sobre el movimiento comercial, de fuertes impuestos digitados y progresivos, de la regulación gubernamental detallada sobre todas las áreas posibles (en especial las económicas, educativas y laborales), y del uso discrecional de fondos públicos para tratar de compensar los muchos daños colaterales que este corset reglamentario nos causa.
Pero están lejos de ser los únicos ya que radicales y peronistas de todas las ramas, el Ari de Carrió, el Proyecto Sur de Solanas y la mayoría de las demás agrupaciones políticas, también se nutren de esta suerte de “pasta base” dirigista, hostil a las ideas de la libertad individual de elección y de la sociedad abierta.

Autodestruyéndonos una y otra vez en el mantra de un suicidio colectivo cuyos crueles resultados, sin embargo, están a la vista: la proporción de gente y empresas que necesitan ayuda para sobrevivir en la Argentina es enorme. Y como era de prever, la ineficiencia estatal y los “sobrecostos” en la tarea de auxiliar a los caídos son igualmente pavorosos.

Señoras, señores, abramos los ojos: si quisiéramos duplicar de la noche a la mañana el monto de lo que cada necesitado recibe, bastaría con reemplazar a sindicalistas, piqueteros, punteros políticos, intendentes y funcionarios de “bienestar social” por instituciones religiosas, ONGs y fundaciones filantrópicas privadas en la distribución de estas ayudas.

Si quisiéramos llegar luego a una mayor rentabilidad empresaria, a traducirse en mayores inversiones de capital para generar así más y mejor pagos empleos, deberíamos comenzar -antes que dictar nuevas leyes- removiendo el impedimento de miles de insensatas prohibiciones y regulaciones “legales”.
Empezarían a darse entonces las condiciones para un repotenciamiento de instituciones religiosas de caridad, ONGs y fundaciones, lo que a su vez disminuiría la presión sobre los aportes estatales, posibilitando así una rebaja proporcional de impuestos: vía directa al aumento de la tasa de capitalización general, al aterrizaje de dinero extranjero y a la creación de nuevas empresas competitivas.

El consiguiente aumento en la demanda de empleo haría caer los índices de indigencia y la ayuda necesaria volvería a disminuir, proyectándonos al círculo virtuoso de un verdadero capitalismo popular; de una sociedad de propietarios.
La riqueza se genera en la especialización y el intercambio. Cuando no se respeta el derecho de propiedad (derecho de poseer algo y disponer de ello como se prefiera) las personas no pueden intercambiar sus bienes libremente y el sistema deviene en la ley del más fuerte y en la miseria mayoritaria.

La igualdad que así se logra es la igualdad de oportunidades porque cuanto más libre, cuanto menos estrangulada esté una sociedad, más riqueza distribuirá, redistribuirá y volverá a distribuir. Multiplicando por diez las chances de que, quienes hoy están ahogados por la pobreza, fabriquen su propia y nueva riqueza emergiendo del estúpido juego socialista de suma cero donde unos pocos ganan y todos los demás pierden.

Un juego donde la vida se reduce a un reclamo pedigüeño a desesperación creciente, para que el Estado subsidie a cada grupo a costa de los demás, faltando el respeto a los derechos de propiedad e iniciativa. Un sistema insostenible de ayudas y privilegios donde sólo prosperan “empresarios” amigos del poder, gángsters y políticos que se alzan con “derechos” hereditarios a ser sostenidos por la comunidad.
Planteo donde desaparecen los incentivos y se confunde la igualdad ante la ley con la pretensión de igualar rentas y patrimonios. Porque en definitiva, las promesas del Estado de Bienestar socialista no son más que escandalosas mentiras para que un grupo de inútiles se mantenga en el poder.

Las ideas distribucionistas que concitan tanta adhesión irreflexiva son un rasero horizontal que nivela en la miseria. Debemos ser conscientes de que atacando las desigualdades bloquearemos fatalmente la elevación del promedio. Son las dos caras de una misma moneda.
Socialistas de todos los partidos no sólo han estado nivelándonos en la miseria sino que han robado el futuro de nuestros hijos. Porque el mercado sirve a los deseos de la gente recompensando a los innovadores que, en cada área, procuran materializar esos deseos y esperanzas. Sus ataques al dinamismo de nuestro mercado han tendido a perpetuar el statu quo, sacrificando el futuro de la libertad para preservar las rémoras empobrecedoras del pasado. Al tiempo que nuestros estatistas jurásicos tienen su gris noción de cómo debería ser el futuro, los mercados libres construyen una red interconectada de muchos futuros diferentes.

Ciertamente se necesitan reformas profundas. Es válido intentarlo desde la estructura de los partidos mayoritarios tanto como apoyar el surgimiento de espacios políticos más evolucionados, como el recientemente creado Partido Liberal Libertario. Porque sin un giro ético copernicano, Argentina seguirá siendo por otros cien años… un proyecto fallido.

Ser Responsables

Mayo 2010

Nos movemos dentro de una pseudo democracia que tiene sus días contados. No sólo en lo que toca a su conducción actual, sino en lo que respecta a casi todo el arco opositor, cultores de la misma visión de la política como medio para lucrar mientras obligan y despojan a otros por la fuerza; a años luz de distancia del utópico “servicio público desinteresado”. Políticos profesionales que ponen por delante de la elevación popular, sus ruinosas ideas estatistas deteniendo al país, mientras acarician a contrapelo el sentido de la Historia.

Los jerarcas jurásicos que trafican con lo ajeno no van a ser repudiados hoy ni mañana. Quizás nos lleve otra generación pero acabarán extinguiéndose bajo el meteoro de una evolución tecno-cultural masiva que les hará imposible seguir embruteciendo deliberadamente a esos “humildes” que -está a la vista- antes multiplicaron y empobrecieron.
Serán reemplazados por el crecimiento gradual, natural, de una sociedad con más individuos conscientes de que pueden multiplicar por mil su acceso a la riqueza, en la medida en que arrojen a nazis y socialistas por la borda. Una sociedad con más ánimo higienizador de parásitos ladrones y opresores.

Esto surge de prospectivas serias sobre tendencias globales de mediano y largo plazo aunque nada nos impide entrar en un verdadero plano de política-ficción, imaginando algunas mejoras al deficiente sistema actual.

Una posibilidad sería la derogación del secreto del voto.
En tal supuesto las elecciones seguirían efectuándose de acuerdo al cronograma usual y mediante el nuevo método, ya probado, del voto electrónico pero los sufragios de la ciudadanía pasarían a ser “cantados”.
Prolijos listados oficiales accesibles a todos, dejarían registro de la elección de cada ciudadano. Con nombre, apellido e identificación. Constando públicamente de esta sencilla manera, qué candidatos apoyó cada quien.
Esta acción abriría las puertas a la incorporación masiva de un importante valor hoy menospreciado: el de la responsabilidad personal.

¿Se puede defender con honestidad la inmadurez de seguir eludiendo la responsabilidad sobre los propios actos mediante el muy argentino expediente de “tirar la piedra y esconder la mano”?

El voto es un arma, con la cual podemos causar gran daño a otras personas. Su uso implica absoluta responsabilidad sobre las decisiones que libremente podamos tomar, al empuñarla.
Responsabilidad civil y económica, por supuesto, para que los platos rotos los pague… la gente que los rompió.
Es decir, quienes avalaron con su voto a los responsables de daños como el aumento del desempleo, de la pobreza, de la fuga de capitales, del endeudamiento o de la violación de derechos humanos que son base de otros derechos, tales como la propiedad privada y la seguridad personal. Daños graves y… cuantificables.

En una sociedad razonablemente informatizada, la responsabilidad económica por los perjuicios causados podría traducirse al finalizar el período, en aumento de impuestos personales para los millones de votantes que apoyaron a los dirigentes nocivos, con proporcional desgravación para el resto.
Por su parte, la opción de castigo cívico o cuando lo anterior no fuese posible, podría orientarse a la conculcación del derecho de voto durante cierto número de años para estos ciudadanos culpables, ahora identificados.

Una reforma tan revolucionaria apuntando a curar nuestra crónica constipación política, operaría como un laxante social apurando la evacuación higiénica del bolo ideológico que nos frena.

Un primer y rápido efecto generado por este súbito hacerse cargo estaría dado por el aumento de abstención voluntaria y voto en blanco. Ese verdadero voto antisistema que la corporación política se niega a reconocer (el voto en blanco no cuenta) por terror a perder sus privilegios, disuadiendo de su uso mediante extorsión psicológica (“es un voto perdido”).
Claro que ante la carga pública de tener que responsabilizarse de las estupideces que vayan a cometer sus candidatos, muchos retrocederían espantados corriéndose hacia la madurez de pensar “si ya no puedo esconder la mano, mejor no tiro la piedra”.

Porque lo que hoy quieren de máxima quienes finalmente votan así es que los dejen trabajar y “que se vayan todos”. Que les saquen las botas de encima y las manos de los bolsillos. O al menos que los gobernantes y el resto de los votantes sepan que determinado porcentaje de la población no avala la autoridad de este Estado, no desea responsabilizarse de sus desmanes ni se considera representado por ellos. Y que verían con agrado que su parte proporcional de cargos electivos quedara sin cubrir, bajando así el gasto y terminando con su proscripción legal. Ya que al no ser tenidos en cuenta, se trata todavía de electores proscriptos.

Un crecimiento del voto en blanco a más del 50 % equivaldría a quitar de un tirón la alfombra bajo los pies de los políticos tradicionales, negándoles representatividad. Como cuando se revoca ante escribano, el poder dado a un administrador infiel.
De lo cual se sale, por ejemplo, llamando a nuevas elecciones para dar oportunidad al pueblo soberano de optar por otra clase dirigencial o por otras propuestas innovadoras que impliquen dejar atrás aquellos viejos vicios indigestos.

Sabiendo que todo lo anterior sería pasar de Democracia SRL a Democracia Responsable, cosa que corresponde al campo de la ciencia ficción. Porque nuestra pseudo democracia es un típico negocio monopólico estatal, con clientes cautivos. Y ese negocio prospera cultivando la irresponsabilidad ciudadana.

Ser responsables (enseñándolo desde el hogar y la escuela) y estar dispuestos a afrontar las consecuencias de todo lo que hacemos, es condición ineludible para sacar a nuestro país del pantano.
Asumiendo en profundidad que esa misma responsabilidad adulta sobre los propios actos, es condición ineludible para llevar adelante, una vez salidos del barro, los bellos ideales de la libertad.

Honorable Gobierno

Abril 2010

Para que un sistema tan tosco como el que nos rige le sirva a la gente el gobierno debe ser, al menos, honorable (y por tosquedad nos referimos a la trillada realpolitik populista, imponiendo la fuerza bruta del "somos más" o bien "tenemos el aparato forzador”).

Es decir, los funcionarios de gobierno empezando por las más altas magistraturas deben procurar ser ejemplo visible, de igualmente altas virtudes cívicas.
Desde tiempos antiguos, la propia existencia de ciertas élites estuvo justificada en el ejemplo de los comportamientos públicos (e idealmente, privados) que dicha élite representaba en el imaginario del pueblo. No es muy diferente hoy en día.
La gente “simple” sigue recibiendo por ósmosis social el mensaje-ejemplo de sus referentes; y quienes se vean situados en cualquier relativa posición de preeminencia, deben considerar la gran responsabilidad que sus opiniones y actitudes públicas implican.

La historia de las noblezas, aristocracias, liderazgos místicos o republicanos e incluso de los grupos de muy superior cultura o competencia profesional y científica, es la de personas que se elevaron por diferentes causas diferenciándose del promedio. Asumiéndose como gente calificada para liderar la elevación general. Los ejemplos a seguir, visibles a todos y nacidos de virtudes como la valentía, el esfuerzo honrado, la ética, la compasión o el más simple sentido común aplicado con inteligencia, se situaban en el pedestal de lo correcto, de lo deseable, de lo emulable. O de lo elegible por votación.
Aristócratas indolentes desprestigiaron en su momento a la aristocracia así como empresarios corruptos desprestigian al capitalismo, más allá de que sean las coactivas reglas de juego socialistas las que generen “zonas liberadas” para sus humanas rapacidades.

Pero es el Estado y sus funcionarios de gobierno quienes imprimen con más fuerza en millones de mentes sencillas las coordenadas de “lo que hay que hacer” para elevarse, ya que todo lo que ellos entregan u obtienen es blanco de la mirada popular.


Para que nuestra democracia empezara finalmente a servir de algo a la gente (nos referimos a algo más que servir de pantalla para enriquecer a vagos, atropelladores y mafiosos, elevando el robo, la burla al industrioso, el desorden y el parasitismo al nivel de políticas de Estado), sus dirigentes deberían volverse honorables. Porque de otro modo son, simplemente, un estorbo muy costoso. Un estorbo peligroso y prescindible, vaciado de toda autoridad moral.

Ya que si la política es un negocio como cualquier otro, menos costoso y mucho más eficiente nos resultaría el negocio privado. Que al menos es voluntario, cambiando impuestos por retribuciones a servicios efectivamente prestados en libre competencia, en la miríada de casos donde esto es posible.

Aquella conversión al servicio público desinteresado es difícil de imaginar en nuestros políticos. Aunque sigan pregonando hasta el hartazgo que esa es, justamente, su abnegada vocación.

Milenios de experiencia nos enseñan que el poder público corrompe de manera inevitable a casi todos quienes lo ejercen, afectando más temprano que tarde su honorabilidad. Y también nos enseñan que muchos de quienes resistieron los cantos de sirena de la corrupción, resultaron ser líderes ingenuos, incapaces o sin la visión estratégica de conjunto y de futuro que su elevada responsabilidad demandaba. Dato que muestra a la honorabilidad como condición necesaria mas no suficiente.

Razones por las cuales los libertarios abogamos por acotar los peligrosísimos “poderes públicos” a su mínima expresión mediante la transferencia gradual de dichos poderes a la gente, en una descentralización política y económica llevada a su máxima escala tecnológica. Retomando así el control humano dentro de nuestro propio planeta de los simios.

Volviendo al caso que nos ocupa, sin embargo, sólo podría ser honorable un gobierno surgido de verdaderos principios no-violentos, cultura planetaria, compromiso con la libertad, inteligencia superior y experiencias constructivas.
Requisitos en ningún caso cumplidos por los gobiernos de los últimos cien años de decadencia, salvo brevísimas excepciones. Requisitos directamente invertidos en el caso del actual, que reemplazó la vocación desinteresada de servicio público por la vocación interesada de enriquecimiento ilícito operando sobre la desunión, el odio, la exaltación de la bajeza a todo orden y la venganza sucia. Verdaderos corsarios desorbitados de la política comprando con dinero ajeno a todos quienes se quieran vender.

Sinvergüenzada y absoluta negación del honor, que todo argentino y argentina de bien debe rechazar. No sólo del peronismo gobernante sino de cualquier dirigente que proponga otra vez las “soluciones” populistas que demostraron cien veces su inutilidad para elevar, dignificar con trabajo y servir a los nuevos pobres. Aunque sí fueron útiles para llegar al poder mediante la adulación y (como padres pusilánimes) el permisivismo más irresponsable.

Rechazo absoluto, declarado, movilizado y terminante para suprimir en nuestro gran país los efectos degradantes de la miseria. Lanzando a nazis y socialistas por la borda. Para frenar nuestra caída frente a Chile, Colombia, Perú o Uruguay. Para volver a colocarnos por delante de Brasil, México, Canadá, Australia, España o Italia. Para lanzarnos a la caza y superación de Inglaterra, Francia, Japón o Alemania, ocupando de una vez por todas el lugar de liderazgo que se corresponde a nuestro impresionante pasado.

Prisiones

Abril 2010

¿Le parece que son demasiados los delitos violentos, los despojos y los hechos de corrupción que a policías y jueces “se les escapan”, y que quedan sin su justo castigo?
¿Le parece que el sistema de prisiones con escarmiento al delincuente, reeducación y posterior reinserción social no está funcionando como usted -ciudadano de opinión- cree que debería funcionar?
¿Le parece que los convictos quedan libres demasiado rápido y que las víctimas de sus delitos casi nunca reciben la reparación de daños que merecen?
¿Le parece que todo este modelo de apresamientos, condenas y cárceles obsoletas tan poco satisfactorio o la atención de los malvivientes presos viviendo de nuestros dineros como vagos enjaulados, “no cierra” y nos resulta caro?

Si su respuesta a estas preguntas es afirmativa, está usted del lado correcto de los barrotes y merece saber que existen explicaciones al desaguisado actual, tanto como alternativas libertarias inteligentes (aunque sólo para ciudadanos de mente abierta).

La noción de prisión como sitio de reeducación de criminales apareció recién a fines del siglo XVIII. Se intentó a partir de entonces y mediante técnicas de tipo militar, la reconversión de los reos en individuos dóciles a la autoridad y la ley del monarca.
A poco andar, sin embargo, se comprobó que el efecto logrado era el contrario: las cárceles se convirtieron en la “escuela de delito y vicios” que aún hoy conocemos. El egreso de individuos útiles fue siempre la excepción, no la norma.

Aunque la experiencia negativa aconsejaba un urgente cambio de enfoque, el sistema penitenciario siguió con su táctica de castigo y ocio militarizado. Permitiendo que el problema de la realimentación de violencias entre los convictos, siguiera vigente hasta nuestros días. ¿Por qué?

Porque las comunidades que se sienten amenazadas se avienen a resignar libertades, derechos y dignidades en aras de su seguridad.
Porque a más delincuentes, más delitos y más temor entre la gente de a pie, lo que a su vez hace deseable la mano firme de un “orden” centralizado: la supuesta necesidad de la existencia de un Estado omnipresente y “protector” se ve así reforzada.
Crecieron entonces fuerzas policiales e impositivas poderosas que además de proteger y servir a los gobernantes, asumieron autoridad para avasallarnos en intimidades financieras, laborales, de movimiento, de disenso y hasta de elecciones personales en formas de vida poco convencionales.

Por otra parte, los malvivientes sirven a toda una constelación de jerarcas estatales y sindicales que “redondean” sus ingresos con utilidades del juego, la trata de blancas, el narcotráfico, el contrabando, las extorsiones mafiosas, el lavado de dinero, la adulteración de medicamentos, las fuerzas de choque marginales y muchas otras acciones delictivas, que todos conocemos.

Nuestros gobernantes no solo se benefician con la promoción de mejores “operadores políticos” en sus cárceles sino que crean nuevos inadaptados en el seno de la sociedad civil. Hacen esto a través de políticas que bloquean un progreso económico rápido para individuos, familias y empresas.
Muy altos impuestos, leyes restrictivas e intervencionismo comercial constante no sólo frenan la reinversión privada y ahuyentan el aterrizaje de nuevos empleadores sino que brindan más poder discrecional (y corruptibilidad) al Estado y sus funcionarios. Que fabrican pobreza al disminuir la actividad productiva aumentando la desocupación, la irresponsabilidad social, el uso de drogas… y el delito, acicateado por la desesperanza. Despertemos: las altas tasas de criminalidad son una construcción política de primera necesidad, que se paga sola.

¿A qué cambiar el sistema, entonces? ¿Dónde estaría el negocio de una verdadera conversión de criminales y ladrones?

En el tema que nos ocupa, está claro el engaño estatal de pretender que quien delinque comete un crimen “contra la sociedad” y que es esta la que debe ser “compensada”… con castigo de prisión. Con todo el proceso (costo policial, costo judicial, costo penitenciario) a cargo del erario público, que es dinero de nuestros impuestos, dinero de nuestra inflación, dinero de nuestra deuda externa… ¡manejado por los mismos funcionarios corruptos!
El reo que resulta confinado no paga un centavo aunque lo hacen (a precio inflado) quienes nada tuvieron que ver con el ilícito. Despertemos otra vez: los damnificados por el inadaptado de turno son personas con nombre y apellido; no “la sociedad”, que no es nadie. El daño causado puede ser cuantificado en dinero, que debe destinarse a resarcir a los perjudicados. Y los costos ocasionados por la captura, el juzgamiento, y la posterior manutención del delincuente, no deben ser pagados “por todos” sino por él mismo.

El principal escollo para llevar esto a la práctica es el Estado, que verá reducido su “negocio” ya que serán necesarias prisiones privadas autofinanciadas, donde el convicto deberá trabajar en una línea de producción determinada, generando ingresos con los que pagará los costos de su propia estadía y los costos que ocasionó para ser llevado hasta ese sitio, más la indemnización fijada por el juez para reintegrar -con intereses- los daños causados a sus víctimas: personas con nombre y apellido.
Modernas cárceles de alta tecnología e implacable seguridad computarizada, con beneficio para empresarios creativos que se atrevan al desafío de manejar e instruir, en áreas diversas y bajo protocolos evolucionados, mano de obra tan especial.

Estará el castigo de largos años de privación de su libertad y la ventaja de su recuperación (real) a través de la disciplina del trabajo. Estará el fuerte disuasivo de tener que devolver con sudor, rutina y lágrimas todo lo “obtenido” violando derechos ajenos. Y estará la justicia de no cargar sobre los contribuyentes costos que no son de su incumbencia, mientras se compensa a las víctimas -al menos en parte- por los perjuicios sufridos.

Envidia y Pobreza

Abril 2010

Se trata, qué duda cabe, de dos palabras que han caminado de la mano a lo largo de la historia. Dando fe de la antigua sabiduría religiosa que sindica a la envidia entre los siete Pecados Capitales, esperable fuente de perdición y desgracias.
Confirmando los más actuales análisis socio-económicos que vinculan la disminución de la pobreza al nivel de seguridad jurídica que proteja el derecho de propiedad sobre patrimonios y ganancias, como condición previa a la aparición de inversiones en gran escala.

La envidia y su primo hermano el resentimiento, se encuentran en el núcleo duro de la desgracia nacional. Constituyen, desde luego, el cimiento fundante que sustenta la versión justicialista K (al igual que todas las de su signo, basada en la confiscación de renta y capital ajeno), aunque su efecto tóxico pueda rastrearse mucho más atrás. Ambas iniquidades tuvieron participación estelar ya en el quiebre del dominio conservador a partir de 1916, cuando bajo el ingenuo paraguas principista de don Hipólito Irigoyen prosperó la novedad del “Estado subsidiador de vivos y ahuyentador de eficientes”, de una serie de jóvenes radicales y veteranos socialistas. Todos largamente abrevados en la penosa, oscura fuente del resentimiento personal.

El rencor hacia la élite que no había permitido elecciones irrestrictas y la envidia de comprobar que algunos se enriquecían más rápido que otros, prevalecieron. Triunfó en toda la línea el avance de un torniquete impositivo-reglamentario que consiguió en poco tiempo… que no se enriqueciera nadie, excepto los políticos corruptos y sus digitados. Porque la única movilidad social que generan pulsiones tan despreciables es la movilidad social descendente. Con estúpido regocijo de las mayorías se colgaron de la palanca, aplicando los frenos a esa locomotora lanzada que era nuestro país.
Recordémoslo una vez más: la Argentina venía hasta entonces creciendo a gran ritmo en su industrialización y exportaciones, en la educación e inclusión social de carenciados e inmigrantes, en su prestigio científico, cultural y en multitud de rubros perfilándose (desde la nada) en potencia de peso mundial. No fue suficiente. Primó una impaciencia irresponsable; casi adolescente.

Resulta obvio, por otra parte, que la convicción general de que la pobreza es moralmente inaceptable en un país rico, tuvo que esperar a la aparición de ese país rico, circunstancia que nunca se hubiese producido bajo un dominio dirigista y corporativo, como el que siguió al liberalismo conservador del Centenario. De hecho y al correr del siglo de predominio populista, Argentina dejó de ser un país rico. La política del perro del hortelano llegó -a partir de allí- para quedarse y nuestro país ingresó en la espiral de pobreza, pequeñez de miras y decadencia que sigue asombrando al orbe.

Lo que todavía no se entiende bien es que tampoco sirve disimular hoy resentimientos y envidias, bajo el disfraz del apoyo a los mismos partidos “socialmente sensibles” que nos condujeron al desastre. No sirve porque cada día son más visibles las motivaciones parasitarias de ese apoyo.
La tradición, las simpatías, el sustrato ideológico-económico de movimientos como el radicalismo, el socialismo, de todos los peronismos, del “partido militar” o de nuevas agrupaciones como la de F. Solanas e incluso E. Carrió, provienen de una misma matriz. De un mismo caldo conceptual primigenio entrampado en una melaza de creencias perimidas. Que no asimilan ni aceptan que la dictadura de los simios coactivos trepados a los monopolios del Estado va quedando atrás; que las tecnologías y conocimientos que acompañan al nuevo milenio ponen en ventaja a aquellas sociedades que comprenden que la libertad y no el gobierno, es la verdadera amiga de los desfavorecidos.

Dirigentes desactualizados a quienes resulta insoportable aceptar que no sirven los impuestos elevados. Que no sirve subsidiar a unos a costa de la productividad de otros. Que no sirve cargar de reglamentos y prohibiciones a quienes deben crear, invertir y fabricar en competencia con el mundo. Que la anquilosada “estatutocracia” laboral argentina no sirve para lograr más empleos de calidad. Que el intervencionismo en general no sirve al objetivo de generar riquezas ni de distribuirlas, sin pisotear el art. 17 de la Constitución (*). Y que desapareciendo los privilegios legales motorizados en última instancia por la envidia, la única manera de hacer dinero será enriqueciendo a los demás a través de la producción y el más amplio libre comercio, en honesta competencia.

No debemos perder de vista que, al decir del estudioso ibérico Xavier Sala-I-Martín “el espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho más bien para muchísima más gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo juntas”.

A los progresistas no les importa la pobreza, con tal que los ricos no se hagan más ricos. No así a las buenas personas sensatas a las que no les importa la desigualdad porque no son envidiosas: les importa la pobreza. Ellas saben que el objetivo de achicar las diferencias de fortunas y el objetivo de reducir el número de los postergados son mutuamente excluyentes. Y que la comunidad entera se beneficia cuando algunos se enriquecen más.

En síntesis: el pecado de la envidia trae implícito, también en política y para horror de los sociólogos de izquierda, su propio castigo como generador de indignidades y pobreza.
Toca a cada argentino decidir en el silencio de su conciencia, cómo traducir esto en acciones, votos, no-votos u opiniones expresadas que sirvan a una Argentina más inclusiva, con muchísimos más propietarios y cantidad de grandes fortunas.



(*) “La propiedad es inviolable y la confiscación de bienes queda
borrada para siempre del Código Penal Argentino”

Insolentes Pretensiones

Marzo 2010

El desmoralizante hecho de estar viviendo un período tan negro de nuestra historia, conducidos por individuos de pocas luces y mentalidad adolescente, repitiendo los errores de anteriores gobiernos de incapaces y mafiosos, perdiendo años y más años de “vientos de cola” como jamás habíamos tenido, nos mueve a cuestionar la base sobre la que se asienta nuestra tolerancia de ciudadanos libres.

En el sistema que teóricamente nos rige, una persona tiene el derecho de elegir para sí el líder que más le guste aunque, claro, ese derecho termina donde comienza el de otra persona que podría no aceptar que la primera quisiera imponerle un déspota, un confiscador o un violador de instituciones.
Para evitar que la fuerza del número se transforme en el derecho de las bestias, la Constitución Nacional prevé protecciones y límites al poder. Mas como todos saben esas garantías son desde hace muchas décadas y por decisión del Poder Ejecutivo, entelequias inoperantes. Con la complicidad actual de un Poder Judicial tan presionado cuanto pusilánime y de un Poder Legislativo cuya mayoría (¿?) opositora está formada mayormente por mujeres y hombres de convicciones también contrarias al claro mandato de capitalismo protector prescripto por nuestros Padres Fundadores al redactar la Carta Magna.

El sistema real que nos rige es, pues, violación electiva serial de preceptos constitucionales. Violación del “contrato social” fundacional en el que basar una tolerancia respetuosa. Violación del “acuerdo” de renuncia a la resistencia y autodefensa armada a cambio de la vigencia de ciertos derechos y garantías que no son negociables.

Por eso, la mecha de la implosión nacional por pretensiones derivadas de la falta de límites, está hoy furiosamente encendida.
Insolentes pretensiones de un gran malón de jinetes parásitos en su intento de domar, someter, y apropiarse a rebencazos del trabajo y la honesta propiedad ajena. Matadores del espíritu de libre empresa que atrajo a nuestros bisabuelos inmigrantes y que puso a la Argentina en el mapa del respeto mundial. Idiotas útiles al sueño de los Kirchner, de un pueblo trabajando de rodillas para los políticos y sus amigos, con sumisión de majada y mirada bovina.

En verdad toda minoría (*) tiene el derecho de decidir cómo quiere vivir, qué tipo de reglas básicas civilizadas aceptar o, finalmente, a eligir qué líderes habrán de custodiar su sistema de valores. Y que en ausencia de acuerdo, la supremacía de la mayoría sobre la minoría no existe en absoluto. ¿O alguien se opone a estos principios, más allá de que nos hallemos hoy y aquí en plena era del simio? Porque oponerse a esto significa afirmar que existe el “derecho” de algunos al forzamiento sobre mujeres y hombres pacíficos que a nadie han dañado. Implica rotularse de usador de personas, de partidario primitivo de los sacrificios humanos. Acordando que las familias no tienen derechos que el malón no pueda atropellar.

Llevar ciertos razonamientos al extremo, a veces clarifica su grado de justicia o buena intención. Podríamos imaginar, por ejemplo, un acuerdo general que tienda a eliminar todo aquello que no sea voluntario en los procedimientos políticos, económicos y sociales. Excepción hecha del juzgamiento y castigo de delitos, todo lo impuesto, lo conseguido bajo amenaza, quedaría gradualmente desterrado del ordenamiento legal.
Vedado lo coactivo a nivel gubernamental, reinaría la cooperación voluntaria de mutua conveniencia. Imaginemos entonces a nuestros “solidarios” votantes de partidos filo-socialistas (¿70 % de los electores?) pagando los elevados impuestos y acatando los intrincados reglamentos comerciales y laborales que sus líderes siempre han predicado y practicado. Compartiendo por libre elección y entre todos quienes hayan votado ese acuerdo, el producto de su esfuerzo. Sin obligar a quienes no votaron eso a someterse a normas que ellos consideran contrarias al bien común. Este 30 % “contrera” podría contribuir con la sociedad sin forzamientos y en sus propios términos. Desde las variantes comunistas (¿5 % del padrón electoral?) a los diversos grados de capitalismo de mercado (¿25 % restante?). Suena fantástico. Muy civilizado y tolerante, por cierto.
La experiencia empírica de 8.000 años de historia humana nos asegura que de llevarse esto a la práctica, en poco tiempo se vería cómo ese 25 % más libre cuadruplicaría en producción y aportes sociales al 75 % restante, transformándose en motor y bote salvavidas de la comunidad toda. ¡Resultado cantado!

Sin embargo, en un contexto no violento como el descripto lo que ocurriría sería otra cosa. Las personas con simpatías de izquierda o progresistas de ningún modo desean pagar impuestos y compartir ganancias sino obligar por la fuerza a quienes producen y crean, a entregarles a ellos (de una u otra forma) el producto de su esfuerzo. Una pretensión ruin aunque muy humana. Por tanto, quitado del medio el factor coactivo perderían interés en el sistema, derivando hacia su siguiente línea de conveniencia egoísta: el capitalismo liberal creador de riqueza.

Lo imaginado en este razonamiento utópico sirve para entrever el nudo de la cuestión social: un sistema de reglas que violenten libertades básicas de elección (como el que tenemos) saca a flote lo más oscuro y ruin del ser humano, aunque la motivación pueda parecer altruista. Reglas más flexibles y voluntarias, en cambio, tenderán a enmarcar un sistema de resultados virtuosos, aunque la motivación pueda parecer egoísta.

A la gente no le interesa la ideología, la Constitución, ni el voto. Le interesa el resultado. Le interesa su bienestar, la seguridad de su vejez, el futuro de sus hijos o la satisfacción de ganar más y retener, para poder disfrutar y ayudar. Y esas cosas no se logran en una escala que valga la pena mediante el violentado de voluntades y bolsillos, sino poniendo a la naturaleza humana a trabajar a favor. El dirigente que sepa ver esto, pasará al bronce.

(*) La minoría más pequeña, igual de inviolable, es una sola persona.

Cooperación

Marzo 2010

Es un hecho que sólo los delincuentes y los gobiernos dependen de la fuerza o de la amenaza de su uso para el logro de sus fines, mientras que todas las demás personas dependemos exclusivamente de la cooperación voluntaria para obtener los nuestros. No por casualidad las palabras “delincuente” y “gobierno” son términos que nuestra historia va empujando a confluir, en el punto de la sinonimia.

Como sabemos, la cooperación entre individuos o empresas es por lo común ágil, fluida, imaginativa, económica, personal y libre…mientras que lo estatal es lento, burocrático, regimentado, costoso, genérico y obligatorio. Tanto así como comparar una computadora solar móvil de pantalla táctil, del grosor de una tarjeta y 150 gramos… con una vieja caja registradora mecánica en bronce lustrado de 30 kgs. de peso.
Una empresa que se manejara hoy día con aquellas cajas registradoras, colapsaría en el mismo caos de ineficiencias y crispaciones en el que está colapsando nuestro ordenamiento social.
Lo moderno y fácil, lo natural y previsible es la tendencia a la resolución personalizada de necesidades considerando los intereses de todos y cada uno de los involucrados, mediante el uso intensivo de tecnología informática, en especializaciones profesionales cada vez más avanzadas. Alejándonos de los sistemas paquidérmicos y sus “soluciones” masificantes.

El Estado y todos sus maravillosos “servicios” existen y funcionan merced al exclusivo expediente de restar energía (fondos invertibles) a la red de cooperación voluntaria de negocios, servicios e intereses personales de la gente. La parasitan; la entorpecen justificando su control, eventualmente la detienen y hasta la aniquilan. Para que el gobierno subsidie, con más fondos restados a la reinversión (más impuestos), a algunos de esos sectores previamente asfixiados.

La verdad es que todo lo coactivo, todo lo que para funcionar necesite de encañonamiento por la espalda siempre será menos útil y práctico que su variante voluntaria. Porque debemos saber que siempre y para cada caso y problema hay una variante cooperativa, opcional a la variante forzada. Con la ventaja de que esa opción no-violenta con acuerdo de las partes es, en todas las instancias, moral y éticamente superior.

No obstante y por razones ideológicas, jamás nuestro populismo de 80 años permitiría el desarrollo a gran escala de variantes privadas de libre elección alternativas al poder del Estado en temas centrales como, por ejemplo, justicia, educación o seguridad.
Nuestra Argentina actual es una demostración “de manual” de objetivos conseguidos parcialmente y a palos, que resultan de soluciones ineficientes, a través de un sistema que hace del forzamiento y la extorsión, un culto. Se extorsiona al votante, por caso, con el terrorífico despliegue de una pobreza que exige “urgente aporte estatal”, pero que es en realidad hija única y directa del estrangulamiento, también estatal, sobre la inversión empresaria.

Señores, señoras: lo colectivo es necesariamente represivo. Violento.

Pocos perciben que nuestra costosa burocracia es intermediación inútil. Que los servicios que presta el Estado pueden ser suplidos -gradualmente si se quiere- por prestadores profesionales en el marco de una cooperación voluntaria para contratos e intereses múltiples, dentro de un mercado desregulado. Y que los actuales trabajadores de esta burocracia coactiva serían los mismos que operarían el sistema de red de servicios privados, con trabajos mucho más estimulantes y mejor pagos.
Pocos perciben el pavoroso costo de los servicios estatales. Porque si sumáramos todos los impuestos (también los que están ocultos en el precio de cada cosa que tocamos, que bien pueden constituir la mitad de su valor) a la mensura económica de todos los entorpecimientos infligidos a los ciudadanos que “hacen” o a los que “hubieran querido hacer” cosas, arribaríamos a conclusiones que nos harían caer del asiento.
Nos cobran la mala seguridad, educación o justicia pública a precio de oro, para mantener al mismo tiempo un Estado intermediario voraz. Ese mismo dinero vuelto a manos de la gente sobraría para subcontratar en forma particular cualquier servicio que la vida civilizada demande.
Claro que los asalariados sufren hoy la falta de dinero en esta torpe economía de subsistencia, por simple ineptitud criminal de nuestros gobernantes pero si pusiéramos nuestra Constitución Nacional liberal en vigencia eso volvería a no ser así.

Recientes y muy serios cálculos hechos en India, nos demuestran qué tan costosa puede resultar la estupidez.
Este país de superficie similar a la Argentina, se obstinó como nosotros desde 1947 en políticas proteccionistas y subsidiadoras, enemigas de la libertad económica tanto como de la inversión extranjera y la competitividad.
Hacia 1990 viraron 180 grados tirando por la borda el socialismo que los frenaba, abriendo su economía y quitando al Estado del medio en lo posible, para globalizar sus producciones. Hoy, tras dos décadas de crecer a más del 7 % anual aumentando notablemente la riqueza de su población, la India se perfila como otra nueva superpotencia. Rango que no había alcanzado nunca en su milenaria historia.
No haber cambiado al liberalismo antes, le costó a esta nación la muerte por pobreza de más de 14 millones de chicos, el analfabetismo de 261 millones más y la condena a la indigencia para otras 109 millones de personas.

Y por casa ¿cómo andamos? Cada uno de nosotros tiene el deber de oponerse a la violencia en todas sus formas (incluido el terrorismo de Estado fiscal) en dirección a una sociedad cada día más pacífica, voluntaria, cooperativa por libre elección y no-violenta. No hay otro camino inteligente hacia una sociedad, finalmente más justa. Más rica. Más perfecta y respirable para nuestros hijos. ¡Meditemos con especial cuidado nuestras simpatías políticas!

Miedo al Debate

Marzo 2010

Es probable que el más demoledor argumento que pueda esgrimirse en demérito de nuestro sistema de elección de estadistas, se halle en que la mayoría de los electores habilitados carecen de libertad de entendimiento.

Nadie niega ya que la Argentina, a pesar de su enorme potencial, se hunde lentamente desde los años que siguieron a nuestro apogeo, en el Centenario (1910), cuando una real generalización del voto y la falta de liderazgo inteligente precipitaron el abandono del orden legal y económico liberal que nos venía elevando, de la mano de una élite.

Como en su momento advirtió Carlos Pellegrini “Lo que importaba y urgía antes de emancipar la masa electoral, era educarla y formar su criterio. Faltando esta condición previa, la libertad, puesta al servicio de la ignorancia, equivalía a un arma de fuego en manos de un niño: en lugar de la anarquía contra la ley se tendría la anarquía según la ley”. Que fue lo que, precisamente, nos sucedió.

La mayoría de las personas rehúye un debate de ideas de este calibre, porque lo consideran “políticamente incorrecto” y porque temen que sus conclusiones, llevadas a la fecha actual, las pongan en un callejón conceptual sin salida, de difícil digestión.
Sin embargo, para que una democracia no colapse con el tiempo, esa libertad de entendimiento, ilustración básica, madurez cívica o inteligencia social debe ser anterior al voto universal.

Nuestro pueblo sigue sin ser libre ya que tras los primeros tropiezos de esa turbulenta democracia de masas, el cuerpo social dio por tierra al quebrarse el orden constitucional con la irrupción del fascismo cívico-militar en el primer golpe, del año 1930.
La idea corporativa barrió definitivamente con la idea librecambista de mercado abierto, configurando un estrecho ataúd económico cuya tapa quedó bien remachada por el subsiguiente régimen peronista entre las décadas del 40 y 50.
La asfixia de la producción competitiva se mantuvo con imperceptibles altibajos hasta el día de hoy, constituyendo un mito muy pintoresco, por cierto, aquel que sostiene que la tapa del ataúd fascista se levantó para confirmar el fracaso liberal, con las duplas Videla/Martínez de Hoz y Menem/Cavallo.
Los remaches corporativos, por el contrario, siguieron firmes en su sitio y esto siguió garantizando educación-basura (vacía de valores evolucionados) para las mayorías mantenidas en la pobreza, lo que a su vez sirvió de reaseguro a la oligarquía política, en su tarea de impedir la formación inteligente y civilizada de criterios que pretendía Pellegrini.

La marea avanzó demasiado como para empezar a hablar ahora de voto calificado, teniendo en cuenta que para emitir aquí un sufragio válido no es necesario siquiera saber leer y escribir. Y teniendo en cuenta también que los grados universitarios de los dirigentes de este último siglo no fueron óbice para la estúpida sucesión de agujeros que afanosamente taladraron en el piso de nuestro propio barco.

El presente gobierno, además, viene estimulando desde hace más de seis años un clima de intolerancia, persecución económica, división y odio; de venganza sucia, envidia y tergiversación de valores (como son la cultura del trabajo honrado y la vergüenza por el parasitismo social). Lograron reavivar así, por bestial conveniencia, la insensata polarización que tantas veces en la historia bloqueó el despegue de nuestra economía, y que tuvo su paroxismo de desunión en la época del “5 por 1”, del “alambre de fardo para ahorcar opositores” y de la quema de iglesias.

Pulsiones rabiosamente destructivas que han calado otra vez en el alma de muchos argentinos, con preocupante influencia sobre el arco del 70 % “no kirchnerista”, que también se sienta sobre la tapa del ataúd corporativo con el credo socialista: anti-producción competitiva y acogotamiento impositivo-reglamentario.

Todo lo cual no exime a los ciudadanos pensantes formadores de opinión de superar su miedo al debate de opciones de fondo. Aunque se trate de opciones de largo plazo, para orientar a las mayorías en la buena dirección. Adelantándonos otra vez, como hace cien años, a la tendencia mundial. Porque el desacuerdo extremo, la furia creciente alimentada por el convencimiento en cada bando de que sus derechos están siendo pisoteados, podrían acabar en alguna clase de enfrentamiento civil armado de autodefensa que haga colapsar lo que queda de nuestro ordenamiento social.

La manera inteligente de desactivar las tensiones anulándolas para siempre, pasa por la lógica de la cooperación voluntaria.
Dos países pueden alejar el espectro de una guerra interconectando sus sociedades con redes comerciales, de negocios, apertura económica y cooperación creciente de mutua conveniencia. Dos personas, dos grupos o dos bandos también.

Nuestro Estado intervencionista, metido en el medio de todos y de todo, azuza la discordia con leyes discriminadoras, corrupción descarada, y ventajas indignantes para quienes lo apoyan. Podríamos decir, parodiando a Bill Clinton: “es el sistema, estúpido”.

Las tendencias cooperativas y voluntarias de largo plazo son, en cambio, el debilitamiento progresivo de la violencia de las democracias numéricas y sus fronteras arbitrarias, la apertura comercial e inmigratoria entre los pueblos, la globalización de códigos, la fusión multirracial y multicultural o el avance de comunidades libres de la mano de alta tecnología informática y de seguridad, con el poder que da el dinero fluyendo en comunidades liberadas del agobio de políticos ladrones.
Toda acción conducente a este revolucionario shock de prosperidad y no discriminación, nos sirve.

Otros pueblos lo van comprendiendo. ¿Queremos un ejemplo concreto? El partido Movimiento Libertario de Costa Rica, con su mensaje de libertades individuales, libre comercio, Estado mínimo y economía del conocimiento para la riqueza popular logró más del 8 % de los votos presidenciales en las elecciones generales habidas en el 2006 y acaba de obtener más del 20 % con su candidato a presidente en las recientes elecciones 2010. ¿Son alienígenas…o fríos anglosajones nórdicos acaso? No. Hablan castellano igual que nosotros y se nos parecen bastante.