Elogio de la Inmoderación

Agosto 2015

Resulta muy común escuchar a la gente decir que lo mejor con respecto a política socio-económica, será siempre hallar “el justo medio”; ese equilibrio equidistante tanto de comunistas como de libertarios; ni sumisa esclavitud en masa ni airada libertad individual.
Lo moderado, el centro, aquello que se considera como alejado por igual de los extremos se traduce, así, en el conocido modelo de economía mixta que nos rige. En esa supuesta receta magistral, mezcla de estatismo y capitalismo que desde hace siglos todo político que vive de los impuestos, la emisión y la deuda nacional, trata de hacer funcionar.

Nuestra Argentina viene optando por el mix de un clientelismo de subsidios moderados y favoritismo legal para ciertos millonarios “empresarios” cortesanos. Por un moderado respeto del estado de derecho y un moderado uso de la fuerza bruta extorsiva. Optando por un moderado grado de seguridad, en equilibrio con un grado moderado de terror. Por un populismo que nos concede moderadas libertades personales mientras nos aplica una –a su criterio-  moderada esclavitud (impositiva, reglamentaria).
Somos una sociedad que opta por tolerar con moderación este sistema con sus mil y un inconvenientes, trabas, pérdidas de dinero, tiempo y oportunidades, destratos, caídas de planes familiares, estrés, cooptaciones corruptas y decepciones comerciales. Que elige tolerar un respeto apenas moderado de la Constitución.
Una sociedad que opta por aceptar decaer frente al resto del mundo, si, pero de manera gradual y moderada.

Curiosamente, la moderación generalizada que todo lo justifica encuentra su límite, su “hasta aquí llegamos”, en el rechazo histérico que generan las palabras de cualquier defensor del capitalismo explícito, vale decir de la libertad, de la responsabilidad y moralidad del hombre. De su sacralidad individual y del respeto por sus decisiones, dejando la extorsión a un lado.
Caídas sus caretas, saltan entonces a la luz el odio, los insultos, las descalificaciones personales, los bombos, los piquetes y gritos de la turba; la furia de los intolerantes pronta a caer sobre cualquiera que se atreva a proponer límites al gobierno.
Pero claro, la violencia en la voz no es más que el estertor agónico de la razón en la garganta. Y cuando el sistema de retroalimentación de ignorancias los junta en una misma votación, tras un mismo y avispado candidato (cosa que la intelligentsia nunca debió permitir), se forma una supernova de sandez; una masa crítica de mal comportamiento social. De creer que todo problema puede arreglarse mediante el mágico poder de la fuerza bruta dirigista.
Una creencia que arrastra en estos días a demasiados “ciudadanos” de nuestra ex república hacia el redil del referente de la impunidad, Daniel Scioli.

La moderación de la mayor parte de nuestra élite intelectual nos condujo hasta el borde del abismo venezolano, donde nos encontramos. ¿O acaso habrán sido su pusilanimidad y su  ya clásica tendencia a venderse al mejor postor?
Señores: el punto medio de encuentro entre el sabio y el imbécil sólo condujo al medio-imbecilismo, al azuce del oportunismo explícito de las mafias más violentas, mendaces y lanzadas. Las mismas que, intra gobierno, vemos operar abiertamente hoy y aquí.
No es necesario ni correcto ser centrista (o para el caso, equilibrista). En cuestiones de índole política, sólo hay que ser razonablemente ético y práctico.

La compulsa política que se vive con tanta pasión y dramatismo en nuestro país no es más que la disputa entre fascistas de distinto grado a los que desde el llano se les pide tan solo… “moderación”.
Quien decida sacar la cabeza de la bolsa  verá que el modelo que nos sujeta, de propiedad privada nominal regida al detalle en su uso y disposición por controles estatales, no es otra cosa que fascismo.
Un sistema que no es moral ni práctico. Que hundió y hunde a todas las sociedades que de un modo u otro fueron colaboracionistas a su implementación.
Partidos que aquí se dicen “socialistas” o “progresistas” son en verdad, fascistas. No aplican al socialismo real, que aspira a nacionalizar medios de producción y servicios igualando el ingreso de la población por medio de la deslegitimación del capital. Es decir, de la abolición del libre albedrío y del derecho de propiedad.
Socialismo y fascismo, primos hermanos, coinciden en considerar al ser humano no como un fin en sí mismo sino como un medio (o cosa sin opinión relevante) usable a los fines de otros.

En el extremo opuesto del arco se encuentra el sistema liberal cuya vanguardia intelectual, el libertarianismo, propone avanzar con decisión hacia las mayores libertades personales en lo jurídico, hacia la sacralidad del hombre como fin en sí mismo en lo moral y hacia el capitalismo de libre mercado en lo económico como expresión lógica de los dos puntos anteriores. Y cuanto más se avance, tanto mejor: sus beneficios retornan al pueblo en proporción geométrica.
Podemos ver en la actualidad cómo, en aquellos lugares donde se permite un grado más o menos alto de libertades capitalistas, la sociedad responde como aquellos autos modificados para grandes aceleraciones, cuando el conductor presiona el botón de cambio de combustible a nitrometano (nitro). Saltan hacia adelante superando todo lo conocido. Sucede bajo diferentes modos y prevenciones en Singapur, en Liechtenstein, en Hong Kong y en muchas partes de la inmensa China entre otros sitios-ejemplo, con ingresos promedio al tope del ranking y todos los indicadores sociales en alza.

No necesitamos ningún justo medio ni ningún “cambio justo” como el que propone Sergio Massa. Menos aún, más de lo mismo. Necesitamos un cambio libertario; y urgente. Uno que ponga dinero en serio en los bolsillos de la gente y autoestima reparadora de la vergüenza de lo que cada votante facho ha hecho de la patria.


¿Será Mauricio Macri quien dé el primer paso hacia la inmoderación?






De Herramientas, Religión y Resultados

Julio 2015

Tal y como lo describió el mismísimo Karl Marx, el interés del Estado aún cuando el gobierno que lo use empiece con las mejores intenciones de “bien común”, más pronto que tarde acaba convirtiéndose en un propósito particular privado, opuesto a otros propósitos privados.
Es el forzamiento reemplazando la persuasión por conveniencias lo que no sirvió ni sirve al efecto del tan meneado “bien común”.
Aclarando que nos referimos al efecto de beneficio real, no al del relato de cartón pintado, colchones y monoblocks pergeñado por nuestros populistas, cínicos  jineteadores de masas embrutecidas.

Así sucede en el mundo real ya que la gran mayoría de los “representantes” políticos se representan primero a sí mismos. Algo natural y esperable en tanto seres humanos laborando en condiciones de impunidad.
Se venden de una u otra forma, con excusas ideológicas o sin ellas a representantes de otro poder o a capitalistas “amigos” dispuestos a aprovechar (¡cómo no!) las antinaturales, abstrusas reglas del sistema. Haciéndolo en clave de lobbies y de beneficios monetarios compartidos con aquellos.  

La sacrosanta democracia, la  “voluntad popular” y hasta el concepto mismo de bien común giran entonces… para mostrarnos su media faz leprosa, la que corresponde a la lucha de tribus que a continuación se desata.
En posición de vender favores,  ellos colocan a la sociedad en la disyuntiva de dividirse en grupos de presión en lucha por aumentar su parte en la sustracción a una torta que no crece, a expensas de otros grupos con menos poder circunstancial de extorsión.
Es el canibalismo social de quienes no atinan a estudiar ni a comprender la relación entre la sacralidad del ser humano que no debe convertirse en “medio” de ningún otro (porque es “fin” en sí mismo con todo lo que eso implica) y la ingente riqueza social que se genera cuando, efectivamente, no permitimos que el fin justifique los medios. Cuando la libertad vence a la esclavitud y la evolución en el pensamiento económico racional se impone al dogma tribal del atropello redistribucionista.

Demás está decirlo, la ética libertaria bloquea la expropiación de rentas de propiedad privada y el atropello de otros derechos individuales, neutralizando con abundantes oportunidades de progreso la mayor parte del resentimiento social.
Por eso es la ideología más aborrecida por las izquierdas que, tras las huellas de nazis y fascistas promueven una densa red de reglamentaciones totalitarias para el control de precios y salarios, de inversiones y finanzas, de exportaciones e importaciones, de educación y seguridad. Para finalizar siempre con el intento de control del disenso en pensamientos y palabras.
Para ese gran partidario de la libertad y de la no violencia que fue Cristo, finalmente, el fin nunca justificó los medios, no importa cómo quiera acomodarse el relato; algo importante de recordar a efectos de interpretar correctamente el impactante discurso del Papa argentino en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, de hace pocos días.

Dijo Francisco I, textualmente, que el sistema económico actual degrada y mata; que ya no lo aguantan los campesinos, los trabajadores ni los pueblos; que debemos rechazar el nuevo colonialismo y que también debemos luchar para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos, bregando por un redentor cambio de estructuras.

Resulta obvio para cada vez más mujeres y hombres pensantes que  totalitarismos corruptos hasta la médula, como la dictadura de mayoría que padecemos en la Argentina, degradan a los ciudadanos (previamente empobrecidos) sometiéndolos a la cultura de la dádiva. Para no hablar de las muertes prematuras de cientos de miles por pobreza, malnutrición, desesperanza vital, enfermedades y accidentes evitables, debidos todos a su incompetencia criminal.
Un sistema vil que, está a la vista, ya no aguantan campesinos ahogados bajo el yugo de impuestos confiscatorios, trabajadores desempleados o estatales con sueldos miserables ni pueblos enteros del interior que languidecen al ritmo de la destrucción de sus economías regionales a manos de políticas cambiarias y financieras forzadoras… que hace ya 70 años, se revelaron obsoletas por contraproducentes. Por ser generadoras de las enormes villas miseria que hoy rodean a todas las ciudades del país.

Sin duda debemos rechazar el nuevo colonialismo económico de un Estado cada vez más pesado, omnipresente y mentiroso; más paternalista y anulador de emprendedores, creativos, honestas y honestos que pretendan elevar a sus familias trabajando. Paternalista de un padre borracho y golpeador, claro, no de uno que promueva libertades en pos de la madurez responsable de sus hijos.

Por eso coincidimos con Francisco en que todos debemos luchar para superar “las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos”. Teniendo muy en claro que la exclusión es hija de la pobreza, esa que los clientelismos y los amigos de la cultura de la dádiva (sean laicos o religiosos) desean perpetuar para mantener su influencia y poder. Y que de la pobreza, de la falta de techo (propiedad), de bienestar, de la ausencia de futuro para los hijos y de autoestima no se sale con fiscalismo coactivo y conmiseración sino con buenos empleos.
Debemos luchar hombro con hombro con la Iglesia pero no por más empleo público sino por más seguridad jurídica y por su consecuencia: el trabajo productivo; ese que surge del único sector que crea riqueza real, el sector privado.  El de la iniciativa individual; nuestra y de afuera, con capitales de riesgo, empresarios estimulados y mentes innovadoras.
 Debemos luchar, sí, por una revolución de verdad:  la revolución mental que representa reconocer en el Estado saqueador de bienes ajenos (que justifica medios violentos con fines engañosos), al verdadero enemigo de la moral y por carácter transitivo, de los necesitados.

El Estado socialista supuestamente “benefactor” es hoy la personificación práctica del mal. Es el promotor del dolor por impotencia popular y de la impudicia gubernamental a todo nivel. De la deuda que crece y crece, de los frenos a la producción, del quiebre de empresas y familias, de la consecuente depredación ambiental, de todas las guerras internacionales y desde luego del tráfico de drogas entre muchas otras calamidades que, como bien señala nuestro Vicario, campean en derredor.

Marx mismo, un resentido redactor de octavillas devenido “economista”,  no lo haría mejor. Es claro que casi en ningún lugar del mundo actual funciona el capitalismo; el libre mercado, la competencia abierta, la libertad de crear, producir y comerciar sin tapujos.
Lo que hay son lamentables “economías mixtas” con predominio dirigista, ventajismo cortesano, trabas por doquier y alta imposición.

Por eso y sólo por eso el dinero es hoy más que nunca el “estiércol del Diablo” descripto por el Papa: merced a la inmunda corrupción del estatismo dominante y a la pegajosa, putrefacta red de reglas totalitarias que sus legisladores nos imponen bajo amenaza.
Un sistema violento y perverso a más de estúpido, que deja poco espacio a las mujeres y hombres justos que desean usar esa herramienta con limpieza.  





El Rostro Humano

Julio 2015

Dejar el bienestar social en manos del Estado es dar al autoritarismo un rostro humano. Y el autoritarismo nunca lo tiene, mal que les pese a los social-fascistas que vienen eligiendo (para todos, estén o no de acuerdo) a los atropelladores que nos rigen. 

Contra toda apariencia, el asistencialismo estatista que impera en los corazones de nuestras mayorías es profundamente anti-humano: además de ser forzador con quienes no lo eligieron, su corrupción intrínseca mata; su cerrazón económica fabrica pobreza estable a ritmo de metralla y su fascinación impositivo-reglamentaria recorta y deroga las garantías individuales de nuestra Constitución. Las mismas que hasta hace 7 décadas nos habían hecho grandes entre los grandes y en meca de los millones que desde todo el orbe y huyendo de la opresión de sus gobiernos, quisieron progresar trabajando.

Uno de los peores colectivistas totalitarios de todos los tiempos, Vladimir Ilich Uliánov mejor conocido como Lenin, animaba a los suyos a conquistar y “usar la pistola del Estado” sabedor de que el monopolio llamado Estado… no es otra cosa que un arma. Una a usarse, claro está, en beneficio de cierta nomenklatura.
Súbitos megamillonarios contemporáneos como Castro, Chávez, Kirchner, Putin, Amín, Ortega, Marcos, Kim Il Sung y otros han seguido esa directriz y han usado sin escrúpulos el arma estatal.

Una máquina bien aceitada y potencialmente letal, capaz de impedir la movilidad social, pervertir a la gente sencilla por medio del clientelismo y la des-educación, destruir ahorros, ideas o acciones productivas y desplumar a todos por igual en una escala… bíblica.
Un ingenio artillado –y esto es muy importante- iniciador de agresiones contra los mansos que nunca, jamás podrá tener rostro humano. Mal que les pese a los que se benefician con su violencia autoritaria: “capitalistas” amigos, religiosos empantanados en la cultura de la dádiva, funcionarios traficantes de favores y la legión de inútiles, acomodados, esbirros, viciosos, vagos y malentretenidos (o simples idiotas útiles) que se creen con derecho a vivir sine die del sacrificio del prójimo; de la postergación de sus planes.

Nunca un ser humano con rostro real, un ciudadano privado, sea un desalmado millonario capitalista o un diabólico presidente de empresa multinacional, podría hacer semejante daño, ni aunque se lo propusiera como objetivo de vida. Entre otros motivos porque su afán de ganancias, si existiese competencia real no bloqueada por el Estado, quedaría inmediatamente limitado por el interés público; por el bien común reflejado en la decisión voluntaria de todos los consumidores de su producto, sea cual fuere.
Los malos capitalistas amigos existen porque el gobierno los protege a fin de que sus negocios, siempre dañinos para la mayoría, se ensamblen en sus proyectos de poder y riqueza malhabida. Son lacras sociales que no podrían medrar sin el intervencionismo interesado del Estado. Gente que no debe su fortuna a sus habilidades productivas sino a la legislación “protectora” promovida desde algún oscuro lobby y asegurada luego por funcionarios matones.

Aunque parezca increíble, este sistema autoritario creador de una élite inmoral y oligárquica, promotor de negociados y nutrido de la competencia política entre los peores (los más aptos para sobresalir en ese mundo de tiburones parásitos), es el destinatario de nuestras esperanzas de “bienestar social”.

Por caso, hay una enorme cantidad de gente, supuesta ciudadanía pensante, que ve como “logros a preservar” a cosas tales como la asignación estatal por hijo y por embarazo o los planes de ayuda social a un sinnúmero de argentinos empobrecidos.
Ciertamente no son ningún logro ni hay que preservarlos. Sólo son el resultado de enormes errores de política económica y deben ser desmantelados junto con sus causales tan rápido como sea posible. Haber empobrecido sin necesidad a tantos compatriotas (y con ellos al país) es parte del rostro inhumano del estatismo. De lo autoritario como sistema.
Dar un rostro humano al bienestar de los argentinos implica quitar gradual pero implacablemente dicha responsabilidad a nuestros gobiernos, para que no sigan empeorando las cosas. Para que dejen de frenar y hostigar a quienes podrían revertirlas.
Implica empezar a trasladar esa tarea a la solidaridad privada, a la de instituciones religiosas y organizaciones no gubernamentales, carentes todas de intereses clientelares. Centradas, en cambio, en la capacitación, en la pronta inserción laboral y en la recuperación de las dignidades y autoestimas perdidas.
E implica liberar la potencialidad productiva de nuestros empresarios, de nuestros emprendedores y creativos, de nuestros técnicos, educadores y capitalistas, sacándoles la bota de encima.

Los subsidios que degradan a millones de necesitados podrían desaparecer al mismo ritmo en que la actividad privada ponga dinero en los bolsillos de la gente con más inversiones, negocios y empleos genuinos. Un ritmo que dependerá del grado de libertad que el pueblo decida darse a sí mismo, “dándose permiso” para hacer, crecer y enriquecerse en conjunto aunque… “tolerando” asimetrías inevitables: combatiendo la envidia igualitaria que todo lo pudre.
A mayor grado de libertad de acción y menor de saqueo impositivo, más velocidad de avance en prosperidad y bienestar social.
Tal es el círculo virtuoso de las sociedades ganadoras. Unidas en el orgullo de sí mismas y de su destino.
Esas donde el rostro individual de cada ciudadano responsable, de cada madre de familia, de cada hijo agradecido se impone por sobre el odio divisionista e irracional de la masa vociferante.

En verdad, el tema de fondo no es el del pobre contra  el rico sino el del Estado contra el hombre, lo que es igual a decir gobierno totalitario versus derechos individuales o bien socialismo versus capitalismo. Una antinomia que sólo se zanjará cuando nos atrevamos a respondernos la pregunta clave… los argentinos del 2015 queremos ¿dictadura o libertad?






Sigamos Participando

Junio 2015

Si todavía creemos que el gobierno es quien debe planear, impulsar y regular nuestro acontecer económico, si creemos que el uso de este poder no provoca el encumbramiento de una élite oportunista apoyada en los políticos más falsos, agresivos y corruptos, si creemos que las legislaturas no trabajan en beneficio de los deshonestos y que no asfixian, frenan y eventualmente hacen quebrar a los honestos; si en general seguimos creyendo -como el pajarillo de Chávez- que el Estado es la solución y no el problema, somos en verdad terriblemente ingenuos. O estúpidos. O para el caso, mala gente.

Nadie ignora que el único Poder real que tiene el gobierno (y aún el Estado) es el poder de la fuerza física. Del forzamiento extorsivo armado. Y que carece del Poder moral con el que podría intentar justificar de algún modo esa coacción. Una supuesta autoridad ética con vocación desinteresada de servicio que queda aplastada bajo la abrumadora evidencia en contrario que nos brindan los políticos cada vez que les toca ejercer el mando.

Ni aún las malas personas que votan avalando la corrupción de la cleptocracia, la Mentira y el desguace y venta de nuestras instituciones republicanas ignoran que las sociedades nacen, crecen, llegan a su apogeo y caen. Completando un círculo histórico donde las necias… caen mucho antes.
Uno que nuestra Argentina vivió, gozando su gran momento en el primer tercio del siglo XX para luego sufrir el tropiezo con la piedra peronista, cayendo por las escaleras hasta nuestros días.
Así, con el entendimiento aturdido por los golpes de la rodada, una parte demasiado grande de nuestro electorado porfía en elegir como remedio otra dosis del veneno populista que la está matando.

Sin perjuicio de lo anterior, hay edificantes ejemplos históricos de sociedades que nacieron de nuevo, resurgiendo del cieno. Casos reales donde comprobar que el círculo virtuoso aparece y se acelera con fuerza cuando sus dirigentes aumentan con perspicacia el único ingrediente verdaderamente universal de la prosperidad: la libertad.
Porque nada es tan característico de una economía fuerte, soberana e inclusiva y de un pueblo orgulloso de sí mismo como la libertad; como el rechazo social de la esclavitud; sea su víctima pobre o rica, ignorante o erudita, blanca o negra.

La aplicación del poder de la fuerza bruta a través del implacable sometimiento impositivo y reglamentario de todos quienes pretenden crear riqueza honesta, no puede terminar bien; de hecho no lo hace y es la madre de todas nuestras miserias morales y económicas.
El recurso de las bestias que a esta altura de la civilización seguimos usando como contrato-base de nuestro orden social tiene que empezar a cambiar. Y es nuestra responsabilidad de personas evolucionadas ayudar por todos los medios a que así suceda.

¿Cuánto más bienestar familiar tendríamos si dejásemos a la gente reinvertir tan sólo 30 % del más de 50 % del dinero que le quitan de sus ingresos (a través de impuestos/inflación/deuda) para despilfarrarlo en un clientelismo que todo lo posterga?
¿Cuántos empleos nuevos podrían crearse si empezar un nuevo negocio no fuese tan difícil por lo brutal de la presión tributaria y el  cúmulo –verdaderamente hartante- de estúpidos requerimientos?
¿De cuánto crédito barato dispondríamos si el Estado no estorbara con cepos, persecuciones contables y regulaciones sin fin; si no ahuyentara los capitales o si dejara de usar como Caja de Gastos Corrientes al sistema financiero (¡y previsional!) público y privado?

Hoy, la tendencia de nuestro electorado nos empuja hacia una menor libertad de acción, no mayor. No es de sorprender que el ingreso de los argentinos disminuya año a año, resbalando por un círculo vicioso donde la decadencia nacional y sus sucesivas crisis de bancarrota dan excusa a los gobiernos para confundir al electorado, pedir más cheques en blanco y recortar más derechos personales.

Cuando uno está encadenado no puede producir.
Conformamos 3 generaciones de ciudadanos que se han suicidado moral y económicamente a través del voto: sin mayor violencia, sangre ni terror; más bien a través de un asfixiante proceso de invasiones estatales a la privacidad, “democráticamente” impuestas.

Por fortuna a esta tendencia se opone otra: la de la joven libertad individual que proyecta y supone la apasionante tecnología informática de redes, que crece a un ritmo que las fronteras de los viejos estados-nación no pueden detener. Con ella podremos disminuir gradualmente su Poder de forzamiento y reconstruir así la prosperidad que nos robaron.

Por cierto, la Historia es una gran maestra en esto de tratar de enseñarnos a no tropezar demasiadas veces con la misma piedra.
Durante la extensísima era pre-industrial, el control de los gobiernos sobre la economía no logró más que penurias, frenos al ascenso social y crisis financieras, cuando no guerras, muerte y hambrunas.
Si durante miles de años de prueba y error los funcionarios no pudieron conducir eficazmente el viaje humano hacia el bienestar (donde sólo tuvieron que decidir sobre herrerías artesanales, telares y agricultura básica) ¿cuánto más difícil –inútil y dañina- será la tarea de un planificador actual sumergido en la inmensa complejidad de nuestra economía del conocimiento?
¿Qué clase de ceguera general hace creer a nuestros campeones socialistas que pueden tener éxito en manipular a las personas (a los mercados) en busca de un mayor bienestar para todos, improvisando entre la casi infinita variedad de intereses, intercambios y creatividades de la civilización post-industrial?

No hay tal ceguera entre su dirigencia. Hay  sí, angurria de Poder, de riqueza rápida y de venganza resentida frente a la propia incapacidad. Vicios que prosperan naturalmente entre violencias, cuando no hay competencia real y se restringen las libertades.
El resto es ingenuidad… y simple falta de estudio.






Miedo a la Riqueza

Junio 2015

Inquietudes ecológicas y de supervivencia tales como la biodiversidad en riesgo, el calentamiento global, la provisión de agua dulce, la superpoblación, la producción de más alimentos, la contaminación o la energía limpia y abundante no van a ser limitantes dentro de unos años para nosotros ni para quienes nos siguen. Al menos si no queremos positivamente que lo sean.
Estos y otros problemas pueden ser superados sin estancamiento ni resignaciones por parte de las sociedades desarrolladas y también por parte de los países pobres o en desarrollo.
No es necesario frenar el ascenso de millones de personas hacia un mayor bienestar ni retrotraer a la humanidad a un utópico estadio pastoril, que en modo alguno podría sostenerla.

Prospectivas tan avanzadas como las del novísimo ecomodernismo postulado por un calificado núcleo de científicos ambientalistas no hacen sino confirmar, a su vez, los postulados libertarios sobre el particular, siempre racionales y proclives a la empatía filantrópica.
De acuerdo con ellos, hoy podemos confiar más que nunca en la innovación privada surgida de una empresarialidad con libertad inversora y creativa. Podemos apoyarnos en las nuevas tecnologías en proceso y en el sentido común subyacente a toda sociedad para instrumentar las soluciones más inteligentes, dentro de este mismo siglo, frente a las principales amenazas que aquejan al planeta.

Es un hecho, para la verdadera intelligentsia, que toda la población terrestre puede tener acceso al nivel de vida logrado hoy por las sociedades más desarrolladas (y más, por supuesto, sin límites cósmicos visibles) si confiamos en las actuales, esperanzadoras tendencias ecomodernistas en una variedad de campos científicos.
Más aún si los potenciamos para que hagan su “tarea conservacionista”  liberándolos -en lo posible- del peso muerto que los maniata. Vale decir, del dogal impositivo y reglamentario con el que gobiernos retrógrados, pedantes y costosos (el argentino es un excelente ejemplo) frenan a los pueblos en su potencial libre-empresista de ahorro, inversiones y desarrollo tecnológico acelerado.

En verdad, las sociedades triunfan o fracasan en el logro del bienestar general (bien común, si se quiere) en directa proporción al grado de su racionalidad; no al de sus sentimientos. Algo crucial desde el momento en que se considera “un sentimiento” la adhesión de muchos millones de argentinos al ideario peronista (en general, al populismo social-fascista). Tal y como si se tratase de la adhesión a un club de fútbol.

Por otra parte, la aplicación de la razón al problema del bienestar económico del mayor número en un país se traduce de inmediato en mayor innovación y productividad; que es lo mismo que decir mayor cuidado ambiental, movilidad social y riqueza promedio. También, claro, en más millonarios… y mayores desigualdades puntuales.
Pero ocurre que vivimos en una sociedad con miedo a la riqueza (y a las diferencias). Peor aún: una donde el mayor temor se da entre los ciudadanos electores libres (cuidado: muchos no lo son en nuestro sistema de democracia delegativa de masas clientelizadas) que sienten simpatía por las ideas de izquierda. 
Porque intuyen -bien- que permitir a los empobrecidos acceder de pronto a posibilidades reales de progreso a través del propio esfuerzo, dislocaría esos ideales de reparto forzado de lo ajeno que de algún modo vergonzante tranquiliza hoy sus conciencias.

Que la riqueza creciente de una sociedad provoca disparidades de ingreso, es un hecho inocultable. Y que en caso de riqueza creciente a alta velocidad, como podría ser el de nuestra Argentina, las desigualdades podrían ser aún mayores, es asimismo cierto.
La república capitalista de Singapur ostenta, por caso, el récord mundial de “millonarios per cápita”: uno de cada seis ciudadanos es dueño de más de 1 millón de dólares; y en ascenso. ¿Y qué pasa con los otros cinco “desigualados”? Nada; tomando el ranking corregido a paridad de poder adquisitivo, su ingreso per cápita es de 64.600 dólares al año (el nuestro en esa medición es de ¡15.900… y en descenso!). No son ellos los estúpidos, ciertamente.

Por eso es muy importante poner en claro frente al (increíble; genocida) 40 % de argentinos pobres, que la enorme desigualdad de fortunas, ingresos y oportunidades que hoy ostenta nuestra sociedad se deben al enriquecimiento malhabido de miles de “empresarios” cortesanos protegidos de toda competencia, de miles de políticos, sindicalistas, funcionarios y otros acomodados que se elevaron al calor de la corrupción, y al aumento patrimonial de miles de sus familiares, asesores, esbirros, amigos y amigas de conveniencia.
Un tipo de enriquecimiento maligno ya que para hacerlo posible, el Estado tuvo que impedir el progreso de la inmensa mayoría de los argentinos a través de un dirigismo y una tributación feroces. Que ahuyentaron inversiones, crecimiento empresario y oportunidades de buenos negocios; que bloquearon capacitaciones, ahorros, consumos, exportaciones y nuevos empleos.
Se trata del tipo de riqueza y la clase de rico al que debemos temer.

Las desigualdades provocadas por una riqueza honesta y creciente, en cambio, forman parte de un círculo virtuoso en el que la mayoría honrada  gana. Y donde  los vivillos y vivillas pierden.
El villano de la película es el legislador, no el empresario. Son los palos en la rueda que pone el gobierno, no la libre empresa.
El enemigo íntimo es la maldita aplanadora del colectivismo, no el capitalismo: un modelo de asombrosa moralidad que eleva a la integridad y a la confiabilidad al rango de virtudes cardinales, las que aunadas a la autoestima y al interés familiar producen un auge de beneficios sociales a un nivel que los socialistas jamás alcanzarían.  Hablamos de un modelo que obliga a la gente a sobrevivir no ya por sus vicios sino por sus virtudes, creciendo como personas; asumiendo en plenitud sus libertades (y responsabilidades) individuales.

Lo que hemos venido votando desde el ‘45, claro está, es su absoluto contrario: un sistema que prefiere la coacción, la vileza y el temor… al respeto por lo ajeno, los incentivos éticos y los premios en metálico como elementos motivadores. Sigamos participando.






Post Democracia

Mayo 2015

Suele decirse que los liberales –en particular los libertarios, su vanguardia intelectual- tienen el mejor producto aunque no sepan cómo venderlo. Que no tienen en Argentina un líder confiable para las mayorías, que aúne solvencia teórica y magnetismo personal; uno capaz de rebatir el viejo relato del establishment ideológico que hundió al país, generando entusiasmo popular por ideas-fuerza más avanzadas. Más progresistas, en la acepción inteligente y solidaria del término progreso.

Suele argumentarse también que no se trata de un problema de oferta sino de demanda: las mayorías no demandan libertad de empresa por la simple razón de que no creen que ese camino pueda llevarlas (en el tiempo de una vida) a un mayor bienestar; prefieren el conformismo modesto pero seguro del populismo asistencialista. De la servidumbre tranquila sobre la que nos prevenía despectivamente Mariano Moreno hace ya más de 200 años.

Son sentimientos y resignaciones que tienen fundamento, en parte porque la marca-imagen “persona exitosa” se encuentra gravemente desprestigiada en nuestro país.
Algo comprobable tomando el caso emblemático de los automóviles. Un auto bello y exclusivo pasando a nuestro lado evocará casi de manera automática a conductor sospechoso. Ese tipo de vehículo sólo será accesible (en la percepción general) a: un político corrupto (p. ej. un joven camporista), un narcotraficante vinculado al poder y/o con contactos policiales, un “empresario” cortesano, un sindicalista mafioso, cualquier familiar, abogado, querida o testaferro de los anteriores o bien, a mucha distancia, a un profesional, inversor o empresario honesto y exitoso.
Resultado del test: mayoría de orígenes espurios del dinero, todos cercanos al Estado, en la percepción sobre la catadura ética (o autoridad moral) de quienes poseen hoy el bienestar y la riqueza.

Las palabras dinero y malhabido se encuentran demasiado cerca en el inconsciente colectivo argentino. Un logro 99 % atribuible al socialismo; en particular (aunque no excluyente) al justicialista y a su tenaz trabajo de demolición del sistema de valores meritocráticos con premio al trabajo productivo que había elevado a nuestros abuelos inmigrantes y junto con ellos, a la República.
Una situación fáctica que lleva al común de la gente a relacionar hoy a casi cualquier emprendimiento de éxito material importante y a la capacidad de generar empleo privado apreciable… con lo inmoral. Con lo avivado, sucio, tramposo y sin códigos.

Pero aunque bajo la tranquilidad de esta visión las mayorías no demanden libertad para el capital y para las empresas sino el mantenimiento o aumento de la violencia fiscal sobre sus cuellos (para seguir en la “servidumbre tranquila” de la actual podredumbre ética), lo cierto es que tal elección está implosionando por anticipado y acabará de deshacerse al fragor de las bombas económicas de mediano plazo que, una vez más, el populismo armó para todos y todas asegurando la continuidad de nuestra decadencia.
Por más que se vuelva a votar asistencialismo en Octubre, quien asuma deberá presentarse revestido de amianto para enrostrar las consecuencias sociales de su colaboracionismo y para mal-conducir al país partiendo otra vez… del escalón inmediato inferior.

Y por supuesto, una vez más, la solución a sus angustias, culpas y estrés post-traumático se llamará capitalismo. Un sistema que (como ningún otro) ha sido atacado de manera ciega e iracunda durante generaciones. Inundando de datos falsos y torcidos a muchas millones de mentes sencillas, de quienes hubieron de ser sus beneficiarios.
Hoy día, nuestra juventud no tiene virtualmente idea de qué se trata ni manera de informarse objetivamente sobre su verdadera naturaleza pese a que el capitalismo es, por sobre sus bellezas prácticas, el único sistema político-económico moral creado por el hombre en toda su historia.
Un sistema cuidadosamente distorsionado por la intelectualidad canalla que, salvo breves excepciones, nos viene conduciendo en beneficio propio (nunca de la verdadera emancipación de las personas) desde hace más de 7 décadas.
Porque es típico de los enemigos del ahorro y del capital acusarlos de desastres que son posibles y resultan tales sólo mediante la intervención estatal, a través del bloqueo de los delicados mecanismos del intercambio (estorbando y torciendo millones de decisiones diarias de empresas y sobre todo, de gente de a pie).
Catástrofes económicas como la histórica crisis global del ’29 o la del reciente 2008, pasando por nuestro colapso populista del 2001. Todas debidas al intervencionismo impidiendo el funcionamiento del sentido común popular; del “mercado libre” que a diferencia de los burócratas interesados, todo lo ve.
Evitémoslas y hagamos que el sistema tienda gradualmente hacia un esquema de elecciones diarias de compra o abstención dentro de una sociedad “rica”; una de “todos propietarios” que a diferencia de la actual, respete la propiedad privada. Sin indigentes, casi sin pobres y de altos ingresos per cápita a nivel general. Donde el pre-requisito de sociedad rica se logra de la manera más rápida e incruenta (no en una vida sino en 5 o 6 años), justamente, por la misma doble vía de la libertad económica y la no-violencia fiscal.

Consideremos nuestro actual ingreso de escasos 14.000 dólares y comparémoslo con el de Noruega (100.000) o bien con el de Canadá (51.000) o Australia (67.000): nuestra Argentina podría superar a cualquiera de esos países, como lo hizo en el pasado.
Lo haría apuntando a decisiones personales de consumo o no consumo, no sólo de productos materiales sino de bienes como gobernanza, educación, salud, previsión o seguridad entre otros. Decisiones personales reales por solvencia.
Poniendo así en primer plano un tipo de elección post-democrática, más cotidiana y evolucionada; una donde cada ciudadano vota y juzga sólo en aquellas cuestiones para las que está calificado, que son las de sus preferencias, necesidades e intereses. Sin obligar por la fuerza a otros ciudadanos a acatarlas y financiarlas.





Los 8 Cartelones

Mayo 2015

De las alturas del hall central del edificio que la agencia recaudadora provincial ARBA tiene en la Diagonal Norte de la Ciudad de Buenos Aires, cuelgan 8 grandes cartelones.  
Leyéndolos podremos por fin entender que: Pagar es Contribuir, Contribuir es Crecimiento, Contribuir es Cultura, Contribuir es Educación, Contribuir es Infraestructura, Contribuir es Trabajo, Contribuir es Seguridad y… Contribuir es Salud.  ¿Será así?

Desde esta modesta columna quisiéramos contradecir a nuestros modernos émulos del Sheriff de Nottingham y de sus esbirros enfrentados a Robin Hood, quien en la Edad Media y desde el bosque de Sherwood procuraba quitarles por la fuerza lo que por la fuerza habían ellos quitado a honestos trabajadores desarmados.
Cierto es que la vil tarea de recaudador es una profesión que genera desprecio desde hace milenios. Tal y como la de usurero, métier en el que la familia presidencial argentina también es versada.

Aclaremos primero la semántica básica, que el actual gobierno se especializa en tergiversar: la palabra contribuir refiere, entre personas bienintencionadas, a entrega voluntaria.  Supuesto que en este caso no ocurre (bastaría para probarlo que se despenalizara el no-pago de impuestos; en muy poco tiempo hasta el más culposo votante de partidos de izquierda, favorable a la imposición, dejaría de tributar). Para el caso, se trata de entregas de dinero bajo amenaza; lo que vulgarmente se denomina extorsión o robo.
En perfecto alineamiento con los códigos de la Mafia, el primer aserto de ARBA, “Pagar es Contribuir” debe leerse entonces como que  pagar… no es garantía de nada en el trato entre un enorme Estado armado hasta los dientes y un ciudadano o empresa comercial de a pie. Pero que podría significar estar un paso más cerca de no ser vejado, embargado, confiscado y arrestado por ese Poder.

La segunda afirmación “Contribuir es Crecimiento” resulta tan vana como la hipocresía de quienes redactaron la primera. Esto es así ya que el tal crecimiento equivale a producción real (bienes, servicios, comercio) capaz de elevar la calidad de vida de la población a través de un aumento sustentable de sus ingresos. Y el único sector que puede hacerlo es el privado dado que lo que el Estado “produce” (asistencialismo, servicios e infraestructura, básicamente) adolece de alta ineficiencia crónica en resultados, si consideramos su relación costo-calidad. La insatisfacción manifiesta de los “clientes” cautivos de sus enormes monopolios y de la asfixiante tributación coactiva que los sostiene nos exime de mayores comentarios.
Los intentos públicos de creación de riqueza fueron y son simples forzamientos contra natura, no sustentados en la racionalidad económica ni en la consecuente conveniencia del conjunto social sino en mezquinas consideraciones políticas, de ventaja sectorial y de corrupción (inmensos y tentadores retornos).
El sector privado siempre pudo, puede y podrá hacer todo (si; absolutamente todo, sin excepción) a menor precio, con mayor efectividad, transparencia y justicia en el reparto… en las condiciones adecuadas. Esto es en competencia limpia; sin prejuicios; sin resentimientos heredados ni  supersticiones anti capitalistas.

Por lo tanto, transferir vía extorsión dinero privado al sector público restándolo de la reinversión productiva y el gasto familiar libremente elegido, no sólo no es contribuir al crecimiento sino que es contribuir al freno de la potencialidad de nuestro país para crecer elevando a todos conforme a sus méritos, sin ventajismos ni discriminaciones. Y para poder, ahí sí, ser solidarios en serio con quienes todavía lo necesiten.

Recordemos, entretanto, que los políticos y funcionarios estatales no son mejores personas, más sabias, santas ni justas que las demás. No son más competentes que el pueblo soberano individualmente considerado, voto por voto, decisión de gasto por decisión de gasto para decidir día por día cómo ese dinero se multiplicará en una mayor riqueza social.
Son capaces de las mismas barbaridades que cualquiera aunque se diferencien del resto al actuar dentro de una organización liberada de la norma ancestral de que robar es malo para la sociedad y conlleva castigo (allí no consideran robo el quitar dinero por la fuerza si tal acción es rotulada como “impuesto”). Operando en una zona liberada de las reglas de la competencia ya que las “empresas” estatales (de Aerolíneas Argentinas a Policía Federal) no quiebran ni afrontan las consecuencias comerciales de hacer las cosas mal. Se limitan a extraer más dinero forzado de los contribuyentes.
En definitiva y en el mejor de los casos, funcionarios y políticos integran un ente liberado del tipo de normas y consecuencias (respeto por lo ajeno, competencia comercial honesta, etc.) que impiden al resto de los mortales hacer, justamente, barbaridades. Y es así como las hacen de manera constante, cargando en cabeza ajena el costo de experimentos económica y moralmente ruinosos; pérdidas que en estricta justicia… deberían asumir en forma personal.

Pesados tributos, mayores a los que los señores feudales imponían en el Medioevo a sus siervos de la gleba, son los que nuestro esclavizado pueblo soporta hoy: ya alcanzan a 7 meses al año de trabajo sin paga para los que están en blanco entre impuestos frontales, superpuestos, autocebantes y enmascarados (la inflación es uno entre decenas).
El hecho de que el gobierno usa muy mal ese dinero manchado de sangre, privaciones y sueños rotos, de empleos e innovaciones productivas que nunca verán la luz, es un dato muy real.
Contrastémoslo con la certeza científica (si; la economía es una ciencia) de que la plena disponibilidad a todo nivel de un mercado de capitales, grandes o chicos, es el medio que provee los mayores y más veloces incentivos conocidos por el hombre para el aumento de la productividad social y para llevarnos, como consecuencia, a un genuino bienestar general ascendente.

Y lleguemos entonces a la conclusión de que si en verdad queremos mejorar la cultura, el trabajo, la educación, la infraestructura, la seguridad y la salud a las que aluden los 6 cartelones restantes, el camino no es “contribuir” pasivamente con más impuestos sino pasar a revistar en el bando de la Resistencia política. En el bando de los Robin Hood recargados del siglo XXI, recuperando los dineros robados para la Corona.
Porque cada peso que quitemos al Estado dejándolo en poder de su dueño para que lo gaste o invierta como quiera, será un peso que multiplicará por 4 su valor en la creación de más oportunidades de verdadera riqueza y emancipación populares.
Será un peso cuyo destino dependerá de la decisión de todos (si; el mercado libre somos todos, no los cortesanos y vivillos de hoy) en lugar de depender de la decisión de otra (u otro ¡por Dios! ¿quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?) burócrata ignorante de sonrisa pintada, soberbia al canto y pretensiones de madrecita iluminada.






Una Ideología Dañina

Abril 2015

Se dice que no hay demasiada diferencia de ideas entre los tres candidatos con posibilidades de llegar (hoy por hoy) a la presidencia en las elecciones 2015.
Daniel Scioli, Sergio Massa y Mauricio Macri afirman creer, en efecto, que una cultura tributaria que devenga equilibrista entre la producción privada de riqueza y el máximo gasto asistencial es deseable a cualquier plazo y de que contribuir a ello con el Estado a través de fuertes impuestos es sinónimo de crecer.
Lo apoyan cabalgando la ola de un amplio consenso social al respecto. El mismo consenso mayoritario falto de visión que nos condujo por vía directa a la decadencia y a la necesidad de esa asistencia que, desde hace 70 años, resulta cada vez más imperativa.  

Lo que los diferencia es una mera cuestión de grado, no de fondo, donde el grado mayor estaría representado por el Sr. Scioli y el menor por el Ing. Macri.
Coinciden; aún dentro del contexto sintetizado hace pocos días por el periodista José M. García Rozado, conforme al cual sólo 10,5 millones de dadores (empresarios, empleados privados y cuentapropistas en blanco) están sosteniendo a 16,2 millones de receptores (empleados públicos, pensionados sin contribución, beneficiarios de programas alimentarios, asignaciones por hijo, planes asistenciales o laborales y jubilados reales de una Anses gravemente vaciada –igual que el Banco Central y antes las AFJP- en función de los gastos corrientes del Estado).  Algo a todas luces insostenible.

El sentido común indica y la experiencia mundial confirma que la del impuesto es una ideología, a más de violenta e inmoral, dañina. Y que, además, se realimenta.
A más impuestos, menos renta empresaria y dinero honesto para las familias (hoy, se les extrae directa o indirectamente cerca del 50 % de lo que ganan). Menos inversión, reinversión, creación de negocios y buenos empleos sustentables que generen consumo seguro. A más impuestos más esterilización económica, Estado pisoteador de derechos, des-educación con antivalores, burocracia, clientelismo, mala asignación de recursos y botín para los amigos. Peor aún, más parasitismo social crónico y caciques ignorantes hostigando a los ciudadanos que se obstinen en crear riqueza.
Porque guste o disguste, en eso se basa el sistema que nos hundió. Ese es el núcleo duro de su “doctrina”. Es la madre del borrego y la madre de las recetas acerca de cómo hacer pedazos un gran país. De cómo quebrarle el espinazo a una gran sociedad. De cómo prostituir la cultura del trabajo y los sueños de nuestros abuelos inmigrantes  reemplazándolos por el “modelo” de la obsecuencia delincuente con robo legalizado a gran escala.
Llamando a las cosas por su nombre, la del impuesto es la ideología de la sinvergüenzada. No importa con qué careta socialista o solidaria se la disfrace; todo argentino, en su interior, lo sabe.

La explicación a que nuestro tipo de organización social nunca encuentre paz ni equilibrio está en que en una economía de estatismo mixto, la puja por los recursos extraídos asume la forma de  un conflicto o guerra constante entre grupos de presión (verdaderas tribus corporativas), luchando para arrebatar por la fuerza del lobby y de la corrupción (casi nunca por la persuasión, la competencia y los acuerdos libres) una ventaja económica, en general transitoria, sobre otro grupo.  Algo digno de la era del simio; de la ley de la fuerza bruta.

Un sinsentido pasible de reducirse primero y eliminarse por completo después, reemplazando los tips de la cultura de la sinvergüenzada por los de una nueva cultura no tributaria que saque la alfombra bajo los pies a los sinvergüenzas, haciéndolos caer en el mundo del trabajo.
Un cambio que podría ser iniciado por la actual dirigencia política opositora, aconsejada por una élite intelectualmente ilustrada a nivel siglo XXI. A la altura de las modernas ideas de eficiencia dinámica y función empresarial en el mismo concepto de libertad de industria que garantizaba nuestra Constitución.  

Necesitamos, por tanto, que quien gane troque en estadista y que en lugar de seguir a la manada lidere un cambio gradual hacia la nueva cultura no-violenta que nuestra Argentina necesita para volver a ser un gran país; ese que no atracaba a nadie con impuestos; el que atrajo a nuestros abuelos y bisabuelos. 

Lo necesitamos guiando a nuestra gente lejos de las ideologías dañinas. 
Poniéndole el título y con el folclore que le cuadre. Sin importar a qué superstición económica cavernaria haya apelado durante la campaña electoral.
Porque lo que debe buscar ese estadista es, justamente, asegurar la mayor libertad de acción positiva para sus conciudadanos estimulando todo su potencial creativo.

Tal como haría un padre criterioso, se trata de creer en nuestra gente en lugar de convertirla en pusilánime y dependiente.

¿No vemos acaso que el Estado-zorro está en el gallinero llenando sus bolsas mientras nos grita que la libertad es peligrosa? Lo peligroso es lo coactivo, la violencia económica señores, porque perpetúa nuestra pobreza. 
Lo dañino es seguir alimentando al zorro; hacerlo cada día más grande con nuestros tributos y con nuestros votos.





Lo Tuyo es Tuyo

Abril 2015

Lo tuyo es tuyo es el lema de la conocida compañía de recuperación de vehículos robados Low Jack.
Y es también el leitmotiv que debería inspirar a nuestra Argentina en el camino de retorno al poder internacional, al orgullo nacional y a la prosperidad personal de cada ciudadano partiendo desde la ciénaga moral y económica en que nos debatimos.
Vale decir, la fuerza ética que debería guiarnos en la recuperación de lo que nos fue robado con el colaboracionismo, al menos en la última elección presidencial, de 11.600.000… “argentinos” (sobre un padrón de 28.800.000) votando por el modelo de oportunismo-de-corto-plazo-y-alta-corrupción que todavía nos rige.

¿Es realmente nuestro lo nuestro o sólo es dable poseerlo a través de una relación de acomodo con el poder político, en una transa vil de “consumo y zafo pisando al prójimo mientras hundo a mi país”?

Hablamos del mismo poder político en retirada que intentó, hace menos de 30 días, reunir en una concentración de apoyo a toda su “militancia” en procura de contrarrestar el impacto psicológico de la marcha de indignados del 18 de Febrero.
En aquella marcha “de los paraguas” se reunieron espontáneamente en un solo lugar y bajo una lluvia torrencial, cerca de 400 mil personas. Una cantidad que hubiera sido mucho mayor de haber resultado un día tan agradable como el que tocó a la demostración gubernamental, 2 semanas después, que llegó a sumar con el aporte del  aparato clientelista estatal, unas 150 mil almas.
Cifras que no mueven el tablero electoral en sí mismas pero que sirven de indicador acerca de la proporción de ciudadanos que albergan deseos de un cambio político sustancial.

La fracción pensante de nuestra sociedad debería asumir el deber de guiar ese cambio, con el norte puesto en impedir que legislaciones regresivas sigan impidiendo ejercer en plenitud el derecho de propiedad a la ciudadanía. O que el mismo esté condicionado de manera mafiosa por los gobernantes para favorecer a vivillos obsecuentes y, a través de ellos, a sí mismos.

En estricta justicia la moralidad de la no-violencia en el respeto por lo ajeno, paga. Paga en prosperidad individual e inmediato desarrollo social, si damos por sobreentendido el concepto de justicia definido hace ya  1.800 años en Roma: dar a cada uno lo suyo.
En estricta injusticia, en cambio, nuestros gobiernos han venido invirtiendo la definición (quitar por la fuerza para redistribuir lo ajeno) sólo para comprobar con rabia, una y otra vez, que el crimen (la inmoralidad) no paga.
No paga toda vez que es brutalmente visible que el país retrocede sin pausa, hundiéndose en los rankings que miden la libertad. Y en sus consecuentes: los de pobreza, educación y corrupción.
Aunque sí pague en riqueza rápida para los políticos que controlan el poder y para los empresarios o sindicalistas cortesanos de su indigno capitalismo de amigos.

No puede ser más estúpida (y es causa directa de nuestra desgracia) la idea hasta ahora predominante de pretender como “moral” el colgar una espada de Damocles rasadora sobre todo aquel que intente progresar con esfuerzo, redireccionando su ganancia en favor de quienes no quisieron o pudieron progresar en igual medida.  O de los que retrocedieron hacia la pobreza por obra de la propia aplicación de este rasamiento igualitarista (o totalitario).
Estúpida por lo contraproducente con respecto al objetivo de mejorar a la máxima velocidad posible el bienestar del conjunto, incluidos desde luego los más pobres. Más allá de las diferencias. Más allá de resentimientos y envidias, promotoras siempre fallidas (como fallido resulta en definitiva todo lo inmoral) de intentar mejorar el ingreso de un sub-sector o tribu a expensas de terceros envidiados. O lo que es igual, a costa de la capacidad del conjunto del prójimo para producir más riqueza en libertad.

En tal sentido sería digno de necios perder de vista lo esencial. Esto es: que nuestro ordenamiento social real, la democracia delegativa de masas clientelizadas, consiste hoy en lo advertido en su momento por Thomas Jefferson (1743-1826, ilustre libertario y tercer presidente de los Estados Unidos): un sistema donde el 51 % puede permitirse (y habitualmente lo hace) mandar al diablo los derechos del 49 % restante. Aunque sería igual con el 99,5 % atropellando al 0,5 % restante: lo esencial, amigos pensantes, es asumir hasta las últimas consecuencias que los derechos de un solo ser humano valen igual que los de un millón. Que el individuo está antes que el Estado.
¿Qué derechos? Por empezar los de propiedad y disposición de bienes, garantía fundante de casi todos los demás. Porque son los derechos de los que dependen las inversiones de capital y la aplicación plena de la fantástica creatividad humana; de la famosa productividad social que hace levantar vuelo a la economía de un país haciendo desaparecer la escasez. Haciendo aparecer la riqueza.
Sin ellos -nuestra decadencia lo prueba- son letra muerta todos los derechos (y hasta los pseudo-derechos) que de una u otra forma dependen de dinero “sustentable” para su implementación como los de educación, justicia, seguridad, defensa, salud, previsión social, infraestructura pública, ingreso digno, financiación, vivienda etc.

Es un gran deber cívico, entonces, hacer saber esto al pueblo llano; a los más empobrecidos, usados y embrutecidos: hay una relación de proporcionalidad directa entre el grado de forzamiento dirigido a que lo tuyo sea menos tuyo o que lo de otro sea menos suyo (a través de impuestos progresivos y trabas al comercio, por ejemplo) y el grado de pérdida de casi todos tus demás derechos.

En esta exacta y recta línea, es muy cierto lo que afirma el Papa Francisco: no hay religión verdadera, no hay cambios sociales, no hay derechos humanos si no es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.

Y la vía libertaria (o en su defecto lo que más se le aproxime en práctica política) es la más ética y veloz vía conocida por el hombre para lograr estos objetivos.





Servidumbre, Paraíso e Infierno Fiscal

Marzo 2015

Dijo Mariano Moreno “quiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”.
Y es sin duda la libertad, no la continuidad de nuestra larga servidumbre, la que nos sacará del actual letargo ético (y productivo).
Marca admirablemente este contraste el que los Kirchner y sus amigos sacaran la mayor parte de su dinero malhabido del país con destino a paraísos fiscales, confirmando que la Argentina es ya un infierno fiscal; una tierra de maleantes y siervos de la gleba a la que nadie quiere ingresar.

La represión que asegura nuestra servidumbre se verifica no sólo en la violencia verbal del actual régimen con sus amenazas extorsivas, tan características de las democracias no republicanas. Se ve también en las innúmeras regulaciones y en los cepos que reducen el derecho de propiedad a su mínima expresión, inhibiendo emprendimientos e inversiones. Y se confirma en la violencia impositiva (hoy abiertamente confiscatoria; a nivel saqueo en algunas actividades como es el caso del agro, al que se le quita más del 75 % de la renta) que constituye un caso de terrorismo de Estado fiscal de claro espíritu esclavista.

Una represión cuyo resultado visible es el buen pasar de una oligarquía de parásitos y ladrones encaramados al Estado, viviendo a costillas de una masa de esclavos que labora sin paga durante más de 6 meses al año para sostenerlos. Porque contrario a lo afirmado por la presidente con respecto a que la presión fiscal es del 31,2 % del PBI, la misma supera en verdad el 50 % para los que pagan siendo que más del 40 % del trabajo en nuestro país opera en negro. Para no hablar de las estafas símil-tributarias de la inflación, del vaciamiento previsional (AFJP y Anses) y del Banco Central.

En las antípodas, la condición de “libertad peligrosa” a la que aludía Moreno sería hoy el marco de seguridad jurídica que estimulara el surgimiento de un mercado abierto y competitivo que repartiese de una buena vez la riqueza nacional entre el pueblo llano, ordenando los resultados en base al mérito, a la eficiencia y a la protección patrimonial de lo logrado. Extendiendo a todos el goce pleno de los más amplios derechos de propiedad.
Algo que significaría el fin de la prepotencia de los amos (sean estos estatales o privados) y el comienzo de la emancipación para personas frustradas de todas las clases, que tengan voluntad de superación. Que tengan hambre de progreso sustentable y por derecha para ellos y para sus familias.

Hoy como en 1810, la fórmula sigue siendo simple: más sociedad, igualdad de trato y honradez con menos Estado, privilegios de trato y corrupción. O lo que es igual, más mercado y menos autoritarismo; más libertad de industria y de elevación individual con menos castigo al exitoso por ignorancia… o envidia.

En el camino que va del infierno al paraíso fiscal la Argentina debe hallar su sitio cerca de la entrada de este último destino. En el límite mismo, de ser posible. Usando nuestra proverbial creatividad (o viveza criolla bien entendida, si se quiere; la misma que usaron los conservadores catapultando a nuestro país de mendigo a millonario entre fines del siglo XIX y principios del XX) para captar la máxima cantidad de ventajas de dicha situación relativa con el mínimo de sus inconvenientes.
Ya que lo que Mariano Moreno veía de peligroso en la libertad (la posibilidad de caer en manos de mafias tan mentirosas como explotadoras) forma parte de la realidad diaria de nuestra sociedad, tan proclive a apoyar izquierdismos. A alinearse en la utopía infantil de un Estado maternal que la releve de responsabilidades; vale decir, a encolumnarse en el sueño cobarde de esa “servidumbre tranquila” despreciada por el prócer.

Un desprecio inteligente. Más aún, visionario habida cuenta de lo que podemos ver hoy a nuestro alrededor con sólo girar la cabeza: las sociedades que menos crecen, las que enfrentan las más graves crisis de deuda y empantanamiento productivo, son las que tienen los mayores y más costosos Estados paternalistas o “benefactores” disminuyendo el rango de los derechos de propiedad y disposición de bienes de sus ciudadanos.
Mientras que las sociedades que más crecen, las que registran mayor afluencia de capitales y emprendedores, las que tienen más millonarios per cápita, mejores empleos, super-ciudades inteligentes, calidad y esperanza de vida son aquellas en las que el peso del Estado disminuye más y más, abriendo paso a esa libertad peligrosa (la libertad para hacer) que Moreno anhelaba para nuestro pueblo.

Si es cierto que el órgano más sensible de los argentinos es el bolsillo, asumámoslo entonces con decisión y busquemos la máxima conveniencia popular de mediano plazo apoyando a aquellos dirigentes que se encuentren más cerca del ideal moreniano: los que propongan la más evolucionada libertad para cuestionar, crear, producir, comerciar,  ganar, pagar, contratar y disponer. Aunque tal propuesta parezca “peligrosa”.

Significaría un voto de confianza al sentido común de nuestra gente. A su natural tendencia a acercarse al paraíso fiscal buscando formas de colaboración imaginativas, más eficaces y voluntarias como modo de enfrentar los problemas comunes, para variar, en lugar de confiar en los políticos populistas de siempre. Sabelotodos que demostraron hasta el cansancio que su sistema autoritario de planificación y redistribución central atada al infierno fiscal de quienes intentan progresar es un auténtico desastre, en tanto contraproducente para todos.

Lo peligroso, hoy, es seguir apoyándolos. Seguir en la tranquila servidumbre socialista que nos estupidiza, nos frena y nos degrada.

La misma que corta todos los días las piernas a nuestro pueblo, hundiéndolo en la pobreza.