Febrero 2026
En la
actual instancia de nuestro proceso de evolución cultural, una mayoría
inestable aprueba la consigna de mediano plazo de nuestro presidente acerca de
“hacer de la Argentina el país más libre del mundo”.
Aprobación
condicionada por una serie de dudas pero apoyada a su vez en el deseo
mayoritario de no volver a experimentar el sistema de pobrismo clientelar que
signó nuestras tres últimas generaciones, hundiendo al país.
Así lo ratifica la encuesta difundida en una publicación reciente del autor y periodista J. Fernández Díaz; compulsa basada en una indagación de tipo emocional sobre las preferencias de nuestro electorado.
Abusando
de la síntesis, el trabajo concluye en que el voto positivo argentino se divide
hoy, básicamente, entre un 83 % “transaccional” y un 17 % “estatista”.
Se
asume asimismo que ese 83 % se forma con un 46 % de “individualistas”
(conservadores + libertarios) y un 37 % de “solidarios” que recelan de un J. Milei
al que, no obstante, ayudaron a entronizar.
El
sustrato emocional de este 37 % se consigna como de incertidumbre, algo de
furia y mucho de impotencia en tanto comparte con el restante 46 % de los transaccionales
un sentimiento de descrédito para con las instituciones del Estado.
El corolario de esta encuesta realizada a fines del año pasado es que el 17 % de estatistas duros sumado al 37 % de transaccionales dubitativos conformaría un teórico 54 % del electorado, capaz de frenar (y desandar) el camino liberalizador emprendido, si el gobierno de La Libertad Avanza no logra revertir de manera visible antes de octubre ’27 el combo de inflación, mafias enquistadas, alta pobreza, anomia judicial y educativa con degradación ética, quiebre previsional y exceso de impuestos y gastos de las burocracias provinciales sin respaldo productivo.
Vale
decir, si no logra revertir sensiblemente la ruina heredada de las gestiones peronistas
anteriores.
De lograrse la percepción general de que la reversión de estos problemas se va haciendo tangible, parece asegurada la reelección del presidente Milei, la suma de nuevos legisladores oficialistas y la continuidad de sus políticas por, al menos, otros 4 años.
Veríamos
en tal caso a partir del ’28 un nuevo loop corrector de leyes antes “podadas”
por la oposición y una aceleración de las reformas estructurales que los
libertarios consideran herramental necesario para apalancar con mayor seguridad
jurídica el siguiente salto cuantitativo hacia aquel “país más libre del
mundo”. Eslogan obviamente basado en los
estudios e informes de especialistas que relacionan en forma directamente
proporcional los índices de libertad económica y seguridad jurídica de los
países con los índices de prosperidad de sus poblaciones.
El sistema dirigista que durante los últimos 70 años nos condujo, con breves interregnos, hasta el desastre del ’23, usó como palanca a la democracia delegativa de masas.
Una
herramienta fallida por donde se la mire, pensada siglos ha para asegurar una
utopía republicana jamás lograda en los hechos y que a fuerza de ingenuidades sin
par nos lanzó a una danza de corrupciones, mafias, cobardías y avivadas
cruzadas entre los tres poderes supuestamente representativos e independientes
de un Estado que no cesó de crecer; de hacerse más y más pesado y de abrumar (o
bien pervertir) con discriminaciones, amenazas, impuestos y regulaciones al
sector creativo de nuestra economía.
La
constitución falló; la república falló; la deriva pobrista improductiva y anti
propiedad privada no pudo ser detenida y la nación Argentina en tanto proyecto
compartido -brutal grieta ética mediante- también falló.
Aun así y partiendo de esta realidad, la meta de “país más libre del mundo” es, para los libertarios, sólo una etapa intermedia (republicana aún) en la larga marcha hacia el anarcocapitalismo; hacia nuestro más alto potencial de poder ciudadano, riquezas comunitarias ética aplicada y solidaridad voluntaria inteligente. Hacia un norte libre de coacciones, vislumbrado para más allá del fin de este siglo.
En el entretanto, deberemos seguir lidiando con el primitivismo de un sistema disfuncional y con la barbarie de un modelo basado en tributos no voluntarios succionados por virtuales amos políticos; algo más cercano a la violencia medieval que al futuro hipertecnológico en ciernes.
Mucho del herramental de este futuro ancap aún no ha nacido y resulta aventurado especular al respecto, habida cuenta de la progresión geométrica de avances que nos augura la sinergia de computación cuántica e IAG.
No
obstante ello, podemos entrever un camino donde se darían postas tales como la
apertura de los monopolios estatales a la competencia de iniciativa privada, la
venia de acción para grandes compañías de seguros de capacidades, intereses y estandarizaciones
ampliadas operando una seguridad privada expeditiva y cárceles restitutivas en coordinación
con mediación judicial extendida, como camino hacia un sistema de justicia
totalmente privado y competitivo, por mérito. También la libertad de currícula
educativa y el empleo de vouchers nominales de transición para lo público; la
competencia abierta de monedas, incluso privadas y cripto, una gran libertad de
banca, crédito y negocios así como de afiliación sindical con fuerte apertura desreguladora
en el área comercial y de servicios. En esa misma línea veríamos la aparición
de sistemas privados de salud super diferenciados (con una multiplicidad de
opciones hoy inexistente) y una apertura a la integración de nuestros sistemas
defensivos con el de empresas paramilitares y de inteligencia privadas, más el
bonus de libertad de portación responsable. También puede preverse un auge en
los mercados de capitales de inversión en sinergia con nuevos fondos de pensión
y capitalización libres, desde luego, de condicionamientos políticos y
económicos de corte nacionalista como los que maniataron a las viejas AFJP, luego
saqueadas por el dirigismo en el poder.
Singapur, Suiza e Irlanda lideran el ranking de países más libres del mundo (y sus poblaciones disfrutan de muy altos ingresos per cápita, además de otras ventajas). Alcanzarlos y superarlos es la actual meta de nuestro gobierno.
Como pudo percibirse en la última edición del Foro de Davos (Suiza), nuestra Argentina se va convirtiendo en un caso de estudio global tanto como en un novísimo faro ideológico. Uno que apunta más allá de lo mejor que hoy puede esperarse de lo “malo conocido”.