La Búsqueda de la Felicidad

Junio 2017

John Locke (médico y filósofo inglés, 1632-1704) dejó asentado de una vez y para siempre que el principio fundante de la libertad es el derecho individual a la búsqueda de la felicidad.
Principio luego incorporado a la Constitución de los Estados Unidos la cual, junto a la reintroducción del sistema democrático tras casi 2.100 años de intervalo, trató de asegurar para sus ciudadanos por vez primera los derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad.
Nuestra Carta Magna, que reconoce como muchas otras su inspiración en la norteamericana, asienta su letra y espíritu en la libertad y en su mencionado principio fundante.

Argentina progresó espectacularmente durante 8 décadas, hasta casi mediados de la pasada centuria, tras la aplicación práctica de los principios económicos derivados de la protección al derecho de propiedad que marca la Constitución.
El implícito derecho a la búsqueda de la felicidad empero, si bien muy mejorado durante ese período, no encontró idéntico nivel de concreción práctica ya que en los hechos la economía y la política estuvieron regidas por una cerrada élite de terratenientes y aristócratas ilustrados.
Eso cambió a partir de los años ’40 del siglo XX, cuando el poder estatal decidió apartarse de la Constitución por el peor de los caminos: abandonando la protección al derecho de propiedad.
 Acabó así con la seguridad jurídica que a su amparo había propiciado nuestra elevación económica y educativa.

El resultado de esta decisión popular tan poco perspicaz fue, desde luego, la decadencia económica y educativa pero también un mal cambio de guardia en la élite dominante, que pasó a manos de funcionarios de escasa calificación mayormente corruptos y a empresarios prebendarios poco competitivos, pero con gran poder de lobby. Poder que usaron para extorsionar a los sucesivos gobiernos canjeando contratos públicos ventajosos y protección arancelaria permanente, por empleo industrial clientelizable más o menos masivo.
Un negocio que engordaba a ambas partes (bastante bien representadas hoy día por el tándem opositor Massa - de Mendiguren) pero que no podía sino llevarnos a multiplicar por 100 el tamaño del Estado y a dividir por igual guarismo la competitividad global de nuestra economía.
Situación que poco o nada ayudó en la genuina búsqueda individual de felicidad por parte de la mayoría de los ciudadanos.

Sin embargo, a casi -otros- ochenta años vista, puede que estemos montados sobre la bisagra de un nuevo cambio de guardia en la élite rectora. Porque quienes tienen las cartas ganadoras para este siglo tecnológico son quienes poseen el conocimiento y las ideas. Que no son precisamente los políticos tradicionales ni los pseudo-empresarios de “taller protegido”.
La democracia, aún en su mejor versión, la republicana, deberá adaptarse a tecnologías que todo lo transparentan, que todo lo aceleran y que -lo más importante- empoderarán como nunca y en forma individual a la gente del llano.

Si no lo hace de manera drástica, fenecerá como sistema útil.

Algo que a los libertarios no nos quita el sueño ya que nunca caímos en el error de elevar este sistema al nivel de culto incuestionable, cristalizado y… sacralizado.
Esto es así porque apoyamos el desarrollo de la sociedad civil, que es voluntaria, en oposición a la sociedad política, que es coercitiva y promovemos las soluciones de mercado, que son libres, en oposición al intervencionismo dirigista, que es obligatorio.
Todo ello en adhesión al Principio de No Agresión (que caracteriza al pensamiento libertario) y a su correlato, la no violencia como base organizativa innegociable para toda sociedad que quiera llamarse a sí misma civilizada.

En línea con lo anterior, se va imponiendo en el mundo el llamado “índice de felicidad”, más que el puro PBI, como modo de establecer un ranking de sociedades satisfechas de sí mismas. O, dicho de otra manera, de individuos a los que no sólo se les permite, sino que se les facilita la búsqueda y el logro de su felicidad, obtenida por métodos honestos; no violentos.

El índice se basa en un mix de PBI per cápita, expectativa de vida saludable, percepción de ausencia de corrupción pública y privada, de generosidad social, de contención familiar y de libertad para realizar las opciones de vida que se elijan.

Los regímenes populistas, autoritarios, totalitarios y/o los resultados empíricos de las políticas de izquierda en general a todo orden nos han hecho ver en estos últimos cien años (de penosa, lenta evolución humana bajo su predominio) su capacidad para poner palos en la rueda de la felicidad de la gente. De las personas trabajadoras y de mérito. De su habilidad (restando recursos) para frenar posibilidades de realizar sus opciones de vida.
Han profundizado la desigualdad, generado desempleo (o empleo público, que es casi lo mismo), empeorado estúpidamente el ecosistema y limitado las posibilidades de educación de excelencia a gran escala. Han roto los lazos sociales con grietas alimentadas a base de facilismo impositivo y resentimiento emocional y sobre todo han coartado gravemente las libertades individuales atacando la institución de propiedad privada, piedra basal de la creación de riqueza, cultura, ciencia y bienestar general a escala adecuada.
Todas acciones contrarias al antes mencionado decálogo de condiciones que determinan el índice de felicidad de una sociedad.

El relativamente escaso avance general, fue logrado a pesar de los Estados y no por ellos. Empujado por personas que desafiaron heroicamente a las máquinas de impedir buscando, justamente, su felicidad.

El derecho a la búsqueda de la felicidad, concepto altamente liberal y par inseparable de las libertades individuales sabiamente protegidas por nuestra Constitución, es algo que nuestro gobierno y nuestra élite pensante deberán grabar a fuego en sus respectivas hojas de ruta.

   










El Norte No Violento

Mayo 2017

Personajes como Jesús de Nazaret, Mahatma Gandhi o Martin Luther King predicaron y practicaron la no violencia.
Con abstracción de credos, ejemplificaron con sus vidas la superioridad moral de la no violencia, su efectividad final y sobre todo su estatus en tanto paradigma de comportamiento civilizado. De abjuración de la barbarie como paso necesario, de cara al siguiente escalón evolutivo consecuente con un bienestar superior.

En verdad, la humanidad no ha avanzado mucho desde los tiempos de Cristo: en lo medular, seguimos viviendo en sociedades violentas. Comunidades cuyos modelos operativos no funcionan si no es con una gran pistola apoyada en la espalda de su gente.
Algo que marca, de movida, el nivel de sus ineficiencias; el grado de desperdicio de energía productiva humana.
Arrastramos los pies entre sistemas que terminan fatalmente en mayorías poco (y mal) educadas, luego compradas con “derechos” que, para hacerse efectivos, deben violar derechos anteriores de otras personas. Sistemas que también resultan en una casta que vive de esta compra, que lucra con la política, que prospera parasitando el esfuerzo ajeno y que hace prosperar a sus cómplices, sean estos pseudo empresarios, sindicalistas u oportunistas militantes.

En este sentido el mundo “demócrata”, aún en sus mejores ejemplos (ni hablemos del resto), semeja un vehículo que gira en grandes círculos sobre la arena y que con cada vuelta se entierra un poco más.

La ineficacia intrínseca de la violencia que rige todavía nuestras vidas es la explicación última de casi todos los males de nuestra civilización.
Pobreza, déficit educativo, contaminación, malnutrición, guerras y enfrentamientos, odios y resentimientos, desesperanza y estrés vivencial, escasez de incentivos, miedo a los abusos y al apropiado sustento en la vejez entre otros dramas humanos son el resultado directo de sistemas tuertos. Cegados por el árbol que les impide ver el bosque de posibilidades del siglo XXI y cuya legalidad se reduce, finalmente, a un arma encañonando a los honestos.

 Existen minorías, cómo no, con visión de largo plazo y alto grado de civilidad. Con honradez intelectual en su apego a la no violencia en todo el ámbito de las acciones humanas. Personas conocedoras de la alta efectividad de la misma en su aplicación práctica a través de mecanismos de acción cooperativa, voluntaria: modelos que devienen pacificadores sociales por naturaleza y por interés propio.
Empero minorías cuya influencia no logra superar el violento umbral fáctico del sistema.

En cuanto a no violencia como sinónimo de progreso en nuestro pago chico, podemos constatar un paso adelante y dos para atrás consolidando el declive nacional, en cada uno de los comicios y golpes concomitantes habidos entre 1916 y 2011.
Un escenario donde las elecciones 2015 podrían haber sido (está por verse) el punto de inflexión. En modo alguno una panacea rápida e indolora mas si un cambio de tendencia.

Para redescubrir y apoyar un norte posible (o uno ideal; lo que importa es la dirección) antes convendría volver a visualizar la línea horizontal de las ideologías existentes.
Desde su margen izquierda, donde impera el ideal comunista totalitario, cuyo centro de gravedad son la masa proletaria y la autoridad suprema que ordena propugnando la abolición de la propiedad privada y de la herencia, hasta su margen derecha donde campea el ideal liberal libertario cuyo centro es el individuo propietario de sí mismo y de sus creaciones, propugnando la abolición de toda forma de coerción, de los impuestos bajo amenaza y, en última instancia, del mismo Estado (por caro, innecesario y peligroso).
Entre ambas banderas antagónicas, podemos recorrer el menú de las ideologías intermedias que toman sus postulados forzosamente híbridos, ora más de un extremo, ora más del otro.

De lo que no pueden caber dudas es de que la violencia más explícita contra la persona y su libre albedrío se sitúa sobre el borde izquierdo. Y de que la no violencia más contundente, a ese mismo orden fundamental, se sitúa sobre el borde derecho.

En una pequeña prueba de naturalezas, veríamos también que mientras para los libertarios la existencia de un núcleo de comunistas voluntarios (eventualmente coactivos entre sí) no sería un problema en su sociedad abierta mientras no violentaran al resto, para los totalitarios la existencia de un núcleo de personas libres en su seno, por más que no coaccionaran a nadie, resultaría intolerable desde el momento en que “contagiaría” fatalmente a los demás.
Por otro lado, tomando un ejemplo de efectividades conducentes veríamos que, en caso de una agresión externa a sus respectivas sociedades, la mejor y más efectiva respuesta sería la dada por la comunidad libertaria (la no-violencia, siempre basada en el Principio de No-Agresión, no implica no-defensa) porque la libertad haría que la creatividad, el capital y la alta tecnología (bélica defensiva y de contrainteligencia, para el caso) florecerían allí con muchísima más fuerza.
Razonamiento que se replica en el caso de la seguridad interior y de la prevención, represión y resarcimiento real a la víctima sobre todos los delitos comunes que impliquen agresión.

Un sistema liberal de punta como el que propone la filosofía libertaria hoy, no sólo es mejor por conveniencia económica directa de cada integrante honesto de la sociedad, sino que es el más justo, repartidor y ético (o meritocrático, si se quiere).
Hablamos de situarnos en el período histórico que nos toca, el Antropoceno, de abrir nuestras mentes al ambientalismo de vanguardia, el Ecomodernismo y de visualizar las inmensas posibilidades de un ordenamiento económico tan avanzado como el de la nueva Eficiencia Dinámica aplicada a una gestión empresarial con rol social.
Guste o no, el mercado en libre competencia (para cualquier rubro, desde educación hasta leche en polvo pasando por sindicalización) es un mecanismo profundamente democrático, no violento y no clientelista que, bajo la soberanía popular e insobornable de los consumidores (todos los habitantes), barre con los monopolios y con todos quienes no acaten los plebiscitos diarios de la gente de a pie, pretendiendo cobrar más de lo que un objeto o servicio vale. Valor definido tanto por un precio de lista… como por un tributo coactivo.

A más libertad y competencia, más castigo y quebrantos para las empresas explotadoras y/o cortesanas que siempre existen.
A menos libertad y apertura a la competencia, más oligopolio y monopolio, más Estado, más subsidio al indolente, corrupción e impunidad con peor distribución del ingreso. O bien: a más violencia (a más condicionantes de uso sobre derechos de propiedad en mengua), mayor ineficacia y lentitud en la creación de riqueza social. Conceptos todos de estricto sentido común y justicia de resultados, por otra parte.
Lo cual es igual a decir que cuanto más cerca del margen izquierdo de la línea ideológica estén nuestras simpatías políticas, tanto peor nos irá como país y junto con él a nosotros y a nuestros hijos a mediano y largo plazo. Y viceversa.

No es esta una ecuación complicada. Es sólo una con vistas a establecer un norte, una dirección, una tendencia que impulse seriamente los ideales pacifistas de Jesús, Gandhi y King hacia adelante.


¿Conflicto Docente?

Abril 2017

El conflicto docente está resultando en un perfecto espejo de nuestra quebrada sociedad.
Con la remanida excusa del aumento salarial, el sindicalista filo-marxista R. Baradel y sus cómplices tomaron una vez más a los niños del cuartil más pobre de nuestra sociedad como rehenes, usándolos de escudos humanos.
Al mejor estilo del terrorismo islámico anti liberal patrocinado por su admirado Irán. Menos sangriento, por ahora, pero igual de efectivo a largo plazo al objeto de aniquilar las posibilidades de superación de millones de chicos, para seguir lucrando con la “fábrica de pobres” (con el "daño colateral" de muertes prematuras por carencias de todo tipo, por qué ocultarlo) que tan bien gerenció el peronismo a lo largo de su historia.
Como que su más icónica creación, las “villas miseria”, llegan hoy a 6.300 en todo el país, con una población estable de 12 millones de almas.

Si no fuese un drama desgarrador, provocaría risa observar a Baradel y los suyos enfurecerse por lo bajo de los sueldos de sus afiliados (dato rigurosamente cierto) … después de que su abuelo, su padre y él mismo votaran (y lograran, una y cien veces) los gobiernos basura que bajaron a patadas a nuestra Argentina del primer mundo a lo largo de los últimos 70 años.
Nos haría reír con ganas ver que tan luego los docentes que desplazaron durante ese lapso a nuestros queridos Maestros sarmientinos, son los que hoy extorsionan al país y al entero sistema democrático.
Nada menos que los responsables de la ruina de nuestra educación pública con su prédica sostenida en favor de la imbécil idea de que quien tiene más es porque se lo quitó a quien tiene menos, en favor de un resentimiento larvado, de un estatismo cerril y de la redistribución forzada de ingresos. Con su prédica subrepticia en contra de la cultura del estudio, del trabajo, del derecho de propiedad y del capitalismo creador de riqueza.
Lavados cerebrales que a su tiempo condujeron en manada a votantes ya des-educados y clientelizados, a sufragar contra sus propios intereses. Como que 21.520.000 argentinos votaron por este tipo de genialidades en el año 2011 y, a pesar de las iniquidades visibles, nada menos que 16.680.000 volvieron a hacerlo en la primera vuelta de las elecciones 2015.

El ex preceptor Baradel y sus oportunistas compañeros de ruta exigen hoy al primer gobierno de -tímida- centro derecha después de más de 7 décadas de intenso daño populista (incluyendo a los inútiles gobiernos militares nacional-filo-peronistas), los sueldos y condiciones laborales que tienen… sociedades cuyos abuelos, padres e hijos votaron por ideas republicanas y filo-liberales diametralmente opuestas a las que tres generaciones de argentinos (incluido él mismo) votaron. Y/u obtuvieron.

No hay mayor culpable del desastre argentino actual que él mismo, el sindicalista H. Yasky y todos los de su canalla precedente. Responsables en primer grado de los bajos sueldos, el escaso prestigio o las malas condiciones laborales y previsionales de sus “defendidos”.
Culpabilidad refrendada, por si hiciese falta, con su explícito apoyo en la marcha del último 24 de Marzo a las guerrillas del ERP y Montoneros, que intentaron llevarnos por la vía de sus fusiles hacia una dictadura comunista.

Las carcajadas se convierten en estentóreas si, imaginación mediante, incursionamos en la contrafáctica permitiéndonos recrear lo que hubiese sucedido con los maestros de haber continuado con nuestra evolución capitalista a partir de 1945.
Superando a las actuales potencias agroexportadoras y postindustriales Australia, Canadá o Nueva Zelanda nuestra Argentina sería hoy una superpotencia de escala planetaria agroexportadora y postindustrial, de altísimo PBI per cápita. Con nuestra dirigencia marcando el paso al orbe, con nuestra intelectualidad liderando las vanguardias tecnológica y cultural… y con nuestros “docentes” percibiendo haberes de primerísimo nivel en orden a políticas libertarias de estricto mérito individual y de la más amplia libertad en la elección parental.

Verdaderos educadores, trasladándose entre labores en poderosas Dodge Ram último modelo en lugar de hacerlo en descangallados Dodge 1500 de los ‘70.

Parece obvio comprobar que desde tiempo inmemorial conviven dos Argentinas; y que desde 1860 esta división se patentiza entre quienes aman la Constitución Nacional de corte capitalista y liberal que (en los papeles) nos rige, y quienes la aborrecen.
Los sindicalistas docentes se sitúan, junto a toda la izquierda socialista o filo comunista y la gran mayoría del peronismo, en esta segunda vereda: la de quienes no aceptan nuestro Contrato Social y hacen todo lo posible por quebrarlo.   





Deber de Élite

Marzo 2017

De mantenerse la actual sumatoria impositiva (de cada 3 pesos producidos en blanco el Estado termina succionando 2, en particular de los sectores más competitivos) la Argentina va a seguir hundiéndose en la categoría de país inviable a la inversión productiva.
Aunque el deseo de ser meca de los ahorros del orbe esté tapizado y alfombrado de republicanismo, seguiremos internándonos en un purgatorio de capitalismo fallido y pobrismo triunfante.
Caminando hacia un destino final de disgregación o bien de pura y dura esclavización al estilo cubano.

Hay quienes se distienden confiados en que el gobierno, por su parte, promete encargarse del caso estudiando y consensuando para el mediano plazo una reforma tributaria “integral”.
Mas no deberíamos confiar en que el Estado pueda solucionar este problema (ni ningún otro, ciertamente) porque en verdad el Estado (con sus tres poderes, en sus tres niveles y con todos sus “servicios” a la rastra) es y seguirá siendo el problema.
Un ente crónicamente ineficaz por resultados en todo lo que toca, en nuestro caso consolidados tras 200 años de prueba con especial ánimo deconstructivo en los últimos 70.

A pesar de que nuestra realidad fue sustituida a lo largo de ese último lapso por un laberinto de espejos deformantes (la Leyenda o Relato peronista acerca de lo que pasó con más el ocultamiento de lo que nos perdimos), la élite pensante argentina sigue teniendo el deber de superarlo.
¿Cómo? Educando a la sociedad. Marcando el ritmo al común en una mirada crítica más vanguardista acerca de nuestro devenir social a largo plazo. Con una visión mucho más profunda (o revolucionaria en el mejor sentido) que la que se ve, salvo notables excepciones, por estos días.
Para dejar atrás la clase de nacionalismo al que nuestra sociedad se aficionó, traducido en una estúpida, estéril revancha del Estado y sus parásitos contra la globalización (inevitable, por otra parte) y contra su consecuencia final: la libertad de elección de las personas del llano.
Un nacional-socialismo de turbas que, pisoteando sabios preceptos constitucionales de libertad económica e igualdad ante la ley, promovió y promueve su reemplazo por un sistema de protección social de cartón pintado para una creciente legión de nuevos pobres, con el “valor agregado” de grandes oportunidades de riqueza por izquierda para la oligarquía surgida de cada nueva camada de vivillos políticos.
Un modelo que sólo pudo ser sostenido a través de una consistente descomposición ética (sindicatos docentes al frente) en línea con subsidios, deuda, inflación y finalmente con el desmoralizante 2 sobre 3 de tributos cobrados, como es habitual (y ya incorporado a “lo normal”), mediante amenaza armada.

La élite intelectual tiene el deber de influir a través de todo medio disponible para alejar al país del riesgo de continuidad de esos 5 generadores de miseria; de ineficiencias sociales en estado puro que aún perduran y que amenazan con perpetuarse a través de estrategias gatopardistas.
Debe hacerlo aumentando por todas las vías la independencia mental y (a través de ella) la autosuficiencia económica de más de 20 millones de argentinos que no las tienen para que, por fin, puedan elegir. Optar libre e individualmente, teniendo con qué.
Para poder decidir entre dos o más bienes, formas de vida, futuros posibles, solidaridades inteligentes, yugo tributario o prosperidad familiar escapando a la estrecha dicotomía tribal de lo malo y lo peor.

Para encarar esta tarea hace falta valor: se trata de ideas que van contra el paradigma estatista y proteccionista que en nuestro decadente país es, claro está, mayoritario; tanto entre la opinión pública como en casi toda la prensa editorial.
Una valentía como la que en su momento tuvieron nuestros próceres rebelándose en forma temeraria contra el imperio español, en gran inferioridad de condiciones, sabiendo que si fracasaban sus familias quedarían en la ruina y ellos mismos serían ejecutados.

La autosuficiencia económica de nuestra gente viene cayendo desde hace 7 décadas de la mano del proteccionismo, ese verdadero coto de caza comercial que encarece todos los bienes de consumo al tiempo que enriquece a los “empresarios” cortesanos que los producen.
Porque no es empresario quien sólo puede producir dentro de un “taller protegido” sino aquel que crea valor desde la nada sin subsidios ni ventajas discriminantes (¿volviendo a la sabia igualdad ante la ley, quizás?), soluciona problemas de competitividad, reinvierte gran parte de las ganancias y se pregunta constantemente ¿cómo puedo hacerlo mejor?

Cortar el círculo vicioso peronista que pialó al país entre un déficit insostenible, niveles de pobreza intolerables, impuestos paralizantes y millones de trabajadores rehenes de empresas globalmente inviables requiere, tal vez, de más deuda que financie una transición no sangrienta hacia lo viable.
Si no la hacemos, el encalle argentino en el fondo del averno totalitario es mera cuestión de tiempo. De un par de períodos populistas más, a lo sumo.

Aunque estemos en un túnel oscuro, la luz de nuestro círculo virtuoso podría perfilarse en este 2017 electoral con sólo reemplazar nuestra viveza criolla de tiro corto por algo de sentido común.
Supongamos, en un ejemplo 100 % hipotético, que el fabricante de pantalones A goza de una protección arancelaria del 200 %, que vende 20.000 unidades mensuales y que viabiliza una cadena de producción que sostiene a un total de 200 empleados.
Sigamos suponiendo que bajar esa protección estatal a cero implicaría el cierre de su fábrica y el despido de los 200 trabajadores.
Sin embargo, también implicaría que los clientes argentinos de esos pantalones, en lo sucesivo importados con salvaguardas anti dumping dentro de una negociación global inteligente, podrían adquirirlos un 200 % más baratos.
20.000 personas al mes se encontrarían, así, con más dinero en el bolsillo tras adquirir su pantalón. Dinero que destinarían a su siguiente necesidad insatisfecha.
Un contexto que haría, por caso, que el fabricante B, ofertante perteneciente a un sector de la economía sin protección arancelaria, vea aumentada sus ventas. Y que, con acuerdo a tal tendencia, decida ampliar su capacidad de producción incorporando tecnología, nuevos empleados y/o servicios pagos conducentes provistos por los empresarios C y D.
El emprendedor extranjero E, a su vez, vería la oportunidad y arriesgaría capital en un negocio innovador con base local orientado también al mercado externo, incorporando empleados en el proceso.
La secuencia del ejemplo se cierra con los 200 desocupados de la ex fábrica de pantalones de A y otros 50 más, contratados por los empresarios B, C, D y E en combinación con sus respectivas cadenas comerciales.

La generalización del efecto virtuoso de esta destrucción creativa tendría otra ventaja: aumentar el bienestar general a través del crecimiento simultáneo del consumo, de la competitividad argentina y por ende de nuestra capacidad de exportar.
Crecería así la cantidad de ciudadanos con ingresos aumentados y a renglón seguido la cantidad de nuevos propietarios. Interesados a su vez en proteger y aumentar la vigencia del derecho de propiedad (a través del voto, por ejemplo), condición necesaria para la vigencia real del resto de los derechos, incluidos los humanos.
Repotenciando de este modo la corriente inversora y reinversora.
Hablamos de una revolución poderosa cuyo círculo cerraría hermanando la rebaja de aranceles “protectores” con rebajas impositivas a gran escala, desregulaciones laborales consensuadas individualmente sobre base retributiva a nivel local y desregulaciones comerciales y financieras masivas sobre base competitiva a nivel global.

Con una visión ya más libertaria, digamos que por ahora el gobierno sigue teniendo un rol en la provisión de infraestructura, salud y educación públicas, además de seguridad, justicia, previsión social y asistencia mínima para los millones de pobres e indigentes que nos legaron décadas de cretinismo y delincuencia gubernativa, de Leyendas y Relatos estupidizantes.
Pero no tiene por qué ser así. La necesidad de tales servicios podría ser suplida en el futuro, en abierta competencia y con alta tecnología, por proveedores particulares (nativos o no) a una sociedad de propietarios dotados -capitalismo mediante- de un poder económico tal que les permita optar, cambiar y adaptar cada bien que se desee usufructuar a las más diversas realidades financieras, personales y familiares.
A medida que el Estado se retirara abriría espacio empoderando a ciudadanos hoy de a pie y sin perspectivas, en sus inmensos monopolios poco productivos. Porque allí donde haya una demanda aparecerán las más creativas ofertas… si las dejan.
Escasa sería la pobreza a asistir en un entorno semejante. ONG’s voluntarias dedicadas a una solidaridad inteligente podrían cubrir la mayor parte de ese déficit, como ya ocurrió en nuestra nación durante su época de oro, cuando grandes organizaciones de caridad apadrinadas por la Iglesia brindaban asistencia y abrían puertas de utilidad social a los desesperanzados, sin cargar al resto del pueblo con el costo

Brillantes mentes libertarias nos preceden con explicaciones plausibles de cómo y a qué velocidad podría desarrollarse una sociedad así, liberada de cadenas, yugos y mafias estatales. Tan civilizada como para darse cuenta tanto de su poder creador como de su natural auto organizador sin pistolas a la espalda.

Las personas “de izquierda” y los vagos improductivos odian esta idea. Porque intuyen correctamente que es cierta y que podría ser el futuro, contradiciendo (y mejorando) todo lo que hoy sostienen.
Para peor, a través de tecnologías democratizadoras hasta un nivel de vértigo, que hoy son vanguardia científica y cultural.
Nuestros intelectuales sólo tienen que plegar sus convicciones a tal futuro para que la profecía se auto cumpla, con fuerza creciente.
Y para quedar en la Historia como los que iluminaron el camino al resto, como en su momento hicieran Alberdi y Sarmiento.


Las Claves de lo Posible

Febrero 2017

En lo que respecta a sistemas de organización social y en palabras de Mijaíl Bakunin (intelectual ruso, 1815-1876) “Aquellos que reclaman lo posible, jamás logran nada. Pero aquellos que reclaman lo imposible, al menos logran lo posible”.
Botón de conocimiento de la naturaleza humana que termina abrochando Vaclav Havel (político y escritor checo, 1936-2011) con su definitorio “Culturas hay muchas, pero civilización una sola: donde se respetan los derechos individuales”.
Lo posible. Lo civilizado. Dos conceptos que la mayoría relaciona sin mayor análisis con el vocablo democracia.

Sin embargo, para funcionar como método útil de ordenamiento comunitario (porque de eso se trata; de utilidad real; sin derivas hacia la dictadura plebiscitaria, violadora de derechos individuales), la democracia debe cumplir -al menos- 7 requisitos previos:

1) Ciudadanía con un cierto standard de bienestar material, cultural y ético que la haga capaz de identificar y excluir del juego a toda persona mafiosa (corrupta, violenta, mendaz).
2) Políticos con probada vocación de servicio y alto sentido de responsabilidad moral, plenamente conscientes de la estricta temporalidad de sus cargos.
3) Burocracia profesional y eficiente cuyo costo sea igual o menor a la afectación que tal gasto cargue sobre la productividad de cada minoría activa relativa.
4) Verdadera y profunda división de Poderes.
5) Presupuestos equilibrados, sostenidos con tributos cuya sumatoria sea compatible con la competitividad potencial de cada actividad.
6) Funcionamiento real de partidos políticos basados en plataformas de compromisos específicos, donde se detallen acciones concretas y consecuencias esperables en cada área.
7) Férreo compromiso de tolerancia recíproca y de respeto al espíritu y la letra de la Constitución por parte de todos los participantes del sistema.

Está claro que son excepción las sociedades que cumplen con los requisitos para un funcionamiento democrático que sea beneficioso para el conjunto.

La Argentina de comienzos de 2017 no está entre ellas y es probable que no lo esté en mucho tiempo a juzgar por la enorme cantidad de individuos que, tenazmente y a sabiendas, apoyaron y apoyan a políticos delincuentes violadores de los derechos personales de la gente.
Ciudadanos que votaron y votan contra ese núcleo vital de nuestro espíritu constitucional, cuyo violentado bloquea (y no sólo para ellos) el logro de la primera de las condiciones antes apuntadas.

Aparte de los cristinistas confesos son millones los que, a no dudarlo, volverán a hacerlo este año en un enésimo intento de timo justicialista encolumnados tras S. Massa, R. Lavagna, F. Solá y otros ex altos funcionarios del kirchnerismo depredador. Todos en perfecto conocimiento del “modelo” santacruceño desde el inicio mismo de sus mandatos. Sin atenuantes en su complicidad con un gobierno -y para muestra basta un botón- que forzó la aparición de 1.200 nuevas “villas miseria”, sólo en la provincia de Buenos Aires.

Es por ese condicionante de voto delincuente (enemigo de la civilización; amigo de la tribalización) que, perdido todo orgullo y a pesar de los esfuerzos del actual gobierno no-peronista por encarrilar en algo el desbarajuste, nuestro sistema híbrido sigue y seguirá forzando a la nación a avanzar con sobrecargas intolerables; tosiendo, escupiendo sangre y tropezando.
Y es por idéntica razón que Fernando Iglesias (notable periodista, escritor y político argentino contemporáneo) reflexiona con tristeza “En esta Argentina los problemas no se solucionan; más bien se regulan, se acompañan, se cabalgan”.
Sabiendo que, en la mayor parte de los casos, regular un “problema” no es superarlo. Es sólo complicarlo, cargando costos -“costo argentino”- sobre la productividad potencial y la riqueza relativa del conjunto.

La Argentina, una sociedad básicamente individualista, es hoy una verdadera bolsa de gatos de intereses enfrentados y sus tres poderes estatales, pésimos arbitradores de sus muchas diferencias.

Reclamar lo imposible equivale a exigir que todos los problemas de nuestra sociedad se resuelvan con la máxima inteligencia empática, celeridad y eficiencia procurando el menor daño (o postergación de justas expectativas) posible para cada una de las partes involucradas.
Lo que, con acuerdo a los conocimientos conductuales y tecnológicos más vanguardistas, a nuestro natural individualista y a la experiencia socio-económica universal acumulada, implica maximizar las oportunidades de resolución privada e inter-personal de conflictos y estrategias de crecimiento, minimizando la participación mal-arbitradora del Estado, tradicional cabalgador y regulador de problemas.

La máxima velocidad de avance socio económico se encuentra en el “imposible” libertario de romper las cadenas, liberando todo nuestro potencial. De confiar plenamente en la gente democratizando hasta el hueso cada área de la actividad comunitaria, sin excepciones.
Marcando (un siglo después) una vez más, el rumbo del cambio a un planeta sumido en crisis existencial.

Por ejemplo, abriendo a la participación y creatividad empresarial reductos hoy monopólicos como la justicia, la defensa, la educación y recapacitación laboral, la salud, la infraestructura, el sistema carcelario, la previsión y asistencia social, la investigación o la seguridad pública entre otros. Inmensos cotos de caza para oportunistas y corruptos que tan mal funcionan, que están tan anquilosados y que son tan enormemente costosos, aunque ese precio se disfrace con emisión (inflación), merma del PBI (decadencia) y deuda (hipoteca contra nuestros hijos).
Debido, justamente, a la ausencia de competencia. A la ausencia de sentido común y de confianza en las propias capacidades.

He ahí el “imposible” que debemos reclamar para acercarnos a “lo posible”, empezando por una democracia de verdad. Modesta en sus mil frustrantes limitaciones, pero aceptablemente útil; entendida no como Fin del Camino sino como un paso más en el largo aprendizaje social de la humanidad.

Para llegar por último al pleno ejercicio del libre albedrío con responsabilidad personal en la más audaz libertad  de elección de vida, de no violencia activa y de innovación creativa. De redes de acuerdos voluntarios, de generación de riqueza, de tecnologías revolucionarias y de oportunidades… sin tope.

¿Acaso debe ponérsele techo a nuestro Norte de alta civilización? La clave para alcanzarla un día sin dar cabida a los autoritarismos, desde luego, está en defender siempre, en cada elección y cambio de opiniones, igualmente altos derechos personales.



La Rueda del Éxito

Enero 2017

Hubo una Argentina exitosa.
La única que supimos conseguir en los 480 años de historia que median entre 1536 (primera fundación de Buenos Aires) y 2016.
Una donde todos los indicadores, desde la tasa de industrialización, pasando por el kilometraje comparado de vías férreas y el nivel de acreencias sobre otras sociedades, hasta los niveles salariales de nuestros trabajadores se ubicaban entre los mejores del ranking mundial.
Era esa Argentina que llegaba al apogeo de su prestigio en la época del glorioso Centenario, cuando líderes globales y testas coronadas se inclinaban con respeto y admiración ante nuestros representantes… y frente a nuestra moneda.

Una república donde, entre otras cosas, el renunciar al conformismo para tomar riesgos era parte de nuestro ADN.
O al menos lo era del ADN de los millones de inmigrantes europeos que desde 1860 bajaron de los barcos, dispuestos a trabajar duro para progresar en un país donde el gobierno no fuera un obstáculo ni una carga, como el de los lugares de donde provenían.
La Argentina fue ese país del let it be del genial John Lennon: el que dejaba ser y dejaba hacer como pocos en su tiempo.  Aquel cuyos gobiernos casi no estorbaban ni detraían ingresos reinvertibles. El que unía los mayores retos a la mejor promesa de resultados en patrimonio y bienestar familiar.
Fueron décadas en que sólo nos limitaron nuestros sueños y nuestra capacidad para hacerlos realidad. El Estado y su ideología social-estatista no eran las lápidas que hoy nos aplastan (que nos “protegen”, diría un proteccionista).

El sentirse bien frente a desafíos o riesgos laborales y empresariales es, a esta altura, más importante que nunca y tiene una gran incidencia en el logro del sentimiento de realización personal de cada ciudadano. Logros que, sumados, son los éxitos del país.

Sin embargo, no es lo estamos enseñando a nuestros chicos: a ser disruptivos, emprendedores… e intelectualmente honestos.
A cuestionarse todo, en especial los dogmas políticos frenantes.
A arriesgarse a crear algo mejor o a mejorar lo existente con mente abierta. Y a levantarse más rápido cuando sobrevengan las caídas.
No les estamos enseñando, sobre todo, a respetar la propiedad ajena con todo lo que ello implica en cuanto a las convicciones y sentimientos personales para con el estatismo fiscalista.
Vale decir, no están aprendiendo a abortar al enano fascista que todo argentino lleva adentro. Y a su hermana gemela, la envidia socialista que completa la dupla que envenenó la mente de sus mayores a lo largo de tres generaciones.
Para trocar así el paradigma de la igualdad económica por el de la igualdad ante la ley, tal como lo prescribieran los Padres Fundadores de la Argentina exitosa. Única forma racional y sustentable de llegar a la soñada igualdad de oportunidades, claro.

Todavía vamos con la manada por el camino errado. Error visible en el fracaso de todos los países que hoy intentan acercarse (contra natura, cual modernos Sísifos; sin haber evolucionado un ápice y en la desordenada marea de las dictaduras plebiscitarias) al rasamiento de ingresos y beneficios por medio de altas cargas tributarias impuestas por la fuerza. Lo que es igual a decir: atacando frontalmente al derecho de propiedad; el que posibilita todos los demás.
“Detalle” que debe recordarse una y otra vez para evitar la trampa de terminar creyendo que los impuestos (aún los decididos por legisladores electos) son voluntarios e inevitables. Supuestos falsos, como bien sabe todo libertario.

Las sociedades que erosionan el derecho de propiedad y disposición son como el soldado de infantería que por ineptitud se pega un tiro en el pie derecho, demorando su avance. Y las que bloquean en sus hijos el sentimiento de responsabilidad individual, el gusto por el riesgo inconformista en lo cultural y laboral o la ambición de crecimiento personal y bienestar familiar, se lo descerrajan también en el izquierdo, deteniendo por completo su marcha.

Por otra parte, es cierto a medias como dicen algunos bienintencionados, que la polarización de la riqueza muestra que un puñado de ricos es cada vez más rico mientras una creciente ola de desafortunados va convirtiéndose en más pobre.
Lo es a medias porque, aunque existe una gran desigualdad con los más ricos, la pobreza disminuyó cuantitativamente en términos reales a nivel global en las últimas décadas.
Mas la causa de que esa desigualdad sea tan grande y de que la pobreza no esté siendo reducida más rápido y con efectos mucho más contundentes, es el duro imperio de favoritismos injustos (y sus correspondientes negociados) surgidos de la maquinaria estatal coactiva alimentada por los votos de muchos como ellos, tras la idea de rasar la desigualdad mediante regulaciones e impuestos (aplicados “¡a otros!”) a ser distribuidos luego entre “los pobres”.

Aunque en una situación de verdadera competencia se vería muy atenuada, la desigualdad en sí no es el problema ni debería preocupar a nadie que no esté carcomido por la envidia. Sí la pobreza y lo lento de su erradicación.

Se ve en todas partes aunque con especial didactismo en el caso argentino, cómo este sistema de solidaridad forzada -siempre creciente por propia dinámica- condujo a lo largo de los últimos setenta años al brete en el que nos hallamos.
Con un tercio de la población entre la carencia y la miseria, con alta corrupción, emisión (impuesto inflacionario) y deuda (impuesto a nuestros hijos), con un 50 % del empleo en negro (impuesto de precarización clientelar) y con más de la mitad de la ciudadanía dependiendo para su supervivencia de un “trabajo” o limosna del Estado.
O sea, dependiendo de la decreciente fracción privada que trabaja, produce y aporta bajo protesto para sostener este dislate.

Lo que hasta ayer parecía fuera de toda duda e ideológicamente irrefutable para los defensores del Gran Estado Mamá, hoy tambalea.
Hubo una Argentina exitosa, donde sus ciudadanos sólo pedían a los 3 poderes del Estado que los dejara ser y los dejara hacer. Que se abstuviesen de bloquear o hundir sus iniciativas con estatutos discriminantes, con tributos sin fin o con dirigismos económicos y legales plenos de soberbia intervencionista.
Y hubo gobiernos exitosos que así lo hicieron. Siendo austeros y absteniéndose de obstruir; quitándose de en medio. Dejando de desconfiar de la gente que los bancaba. Y de vender su honra y su alma, como Judas, por 30 monedas de plata.

La moraleja conducente es la de que el camino al éxito nacional no es el de la afirmación de nuevos liderazgos políticos fuertes sino el que lleva con premura hacia la consolidación de una ciudadanía cada vez más libre y responsable, que decida por sí qué destino dar al producto de su esfuerzo. Incluido el destino caritativo, tan necesario en este enésimo naufragio peronista.
Porque esa fue, es y será la fórmula mágica del desarrollo social. Un desarrollo que hace a la solidaridad casi innecesaria.

Para dar inicio al círculo virtuoso del crecimiento, para generar la imprescindible confianza interna y externa que atraiga inversiones productivas y sociales a gran escala, el gobierno de Cambiemos debería explicar claramente hacia dónde vamos, cómo, en qué plazos y porqué.
Iluminando el camino y brindando certezas con convicción. Elevando la mirada ciudadana más allá del derrotero de salida del fangal social-fascista y de nuestro lamentable Estado Mamá, tan contrario a la cultura del trabajo.
Porque las expectativas generan esperanza y una esperanza realista genera tendencias contagiosas. Y eso es lo que importa: ponerse en marcha haciendo circular al capital ya que dando incentivos que acicateen la sana ambición de la gente, volvería a manifestarse aquel ADN laborioso, optimista, audaz; aquella certeza de que el futuro está en nuestra Argentina y no afuera.

De este modo la rueda, hoy detenida, tornaría a girar.









De Donald Trump a Gary Johnson

Diciembre 2016

La reciente elección de Donald Trump como líder de la primera potencia económica del planeta no debería ser percibido por el “círculo rojo” internacional como un cisne negro, sino como la continuidad natural de una serie de eventos socio-políticos que desnudan el espectacular fracaso de las democracias, que se hunden abrazadas al paradigma mayoritario de Estados cada vez más pesados, dadivosos y controladores.

Entendiendo que con la palabra “fracaso” referida a la democracia como se la entiende hoy (de cultura del subsidio por oposición a la cultura del trabajo), nos referimos a realidades como el estancamiento económico del primer mundo (retroceso, para sus generaciones jóvenes) y su pavoroso nivel de endeudamiento. Al brexit y al auge de los separatismos. O al ascenso de nacionalismos tan nostálgicos como peligrosos en Francia, Austria, Holanda, Bulgaria y Rusia entre otros sitios.
Realidades que impactan sobre los sueños personales y comunitarios de la mayor parte de la humanidad, que tenía al actual mundo “desarrollado” como meta o ejemplo de cómo debían hacerse las cosas.
Un fracaso que se ve reflejado en las caras de cientos de millones de decepcionados que perciben la brecha infranqueable que se va consolidando entre el pueblo -frenado en su movilidad social- y las elites beneficiarias de privilegios surgidos de la maquinaria auto-protegida del mismo Estado que se supone, debía evitarlos.

La gente honesta del llano en el occidente impositivamente esquilmado de hoy no confía en el establishment político, sindical ni empresarial-cortesano ni se ve representada por ellos.
Más bien se representa cada vez más a sí misma y se siente amenazada por la pérdida o estancamiento de sus ingresos, por los avances tecnológicos sobre los empleos de menor calificación, por los inmigrantes y hasta por la inseguridad previsional y financiera, por la amenaza ambiental o el terrorismo islámico; siete frentes de conflicto que descarrilan a vista y paciencia de todos por obra de un reglamentarismo intervencionista tan asfixiante en lo creativo como costoso en lo económico, que bloquea los anticuerpos naturales de un mercado competitivo.

Cuando lo obvio es que la organización social debe estar estructurada para potenciar las capacidades individuales en lugar de tropezar una y otra vez dentro del corral colectivista, ese alimentador serial de las elites corruptas que nos hunden.

En este sentido, entre las empresas de vanguardia empieza a experimentarse con la llamada holocracia. Un sistema de trabajo sin jerarquías fijas donde las decisiones surgen de consensos flexibles, participativos e inteligentes en función del equilibrio entre eficiencia general de la organización y competitividad de mercado por un lado e integración, pertenencia y satisfacción de sus integrantes por el otro. Todo dentro de un claro marco de respeto a las prerrogativas del capital, como condición ineludible de inversiones e incentivos.

En lo político y en tanto etapa superior de la democracia, la holocracia o “gobierno por todos” puede mejorar bastante el inmenso déficit de aprovechamiento de capacidades individuales que padecemos.
Algo en proceso de concreción merced al incremento de las aplicaciones informáticas y a la creciente interacción de la gente en distintos niveles de redes horizontales, refractarias al parasitismo autoritario de las jerarquías políticas, sindicales y empresario prebendarias.
Puede ser, incluso, un paso intermedio en el camino hacia una organización social verdaderamente avanzada, libre, libertaria al fin, donde las potencialidades personales habrán de proyectarse al máximo. Llevándonos a una explosión de progreso de alcances tales que desafían nuestra actual imaginación, severamente limitada por un estatismo penosamente anacrónico.

Claro que para que la autoridad se distribuya entre todos, es necesario que exista una suerte de constitución o contrato voluntario que fije las reglas del juego, organizándolo.
Uno donde funcionarios políticos reducidos a su mínima expresión numérica (y de costo), nos deleguen su poder de tomar decisiones, limitándose a ejecutarlas. En verdad, una súper democracia.

Una autoridad dispersa entre millones de individuos no sería caótica (ni “iluminada”, ni saqueadora, ni frenante de iniciativas como en el sistema actual), sino que estaría tan bien estructurada como lo está, por ejemplo, un corazón humano; progresivamente integrado desde su gestación por millones de moléculas “tontas” formadas a su vez por células individuales sin especialización inicial. Y logrando una perfecta auto-coordinación funcional.
Una situación en la que la mera coexistencia espacio-temporal de unidades individuales bajo la acción sincronizante del ADN (para el caso, un contrato social inteligente, no coactivo) hace posible la existencia de órganos como este, de alta complejidad.
Organizaciones biológicas eficientes a las que los científicos denominan “fenómenos emergentes”: ingenios naturales de funcionamiento espontáneo donde el orden no surge “de arriba” o “de afuera” sino auto-coordinado desde adentro.
El mismo fenómeno de “mano invisible” descripto hace siglos por Adam Smith, repitiéndose en el “misterioso” funcionamiento de mercados complejos (y sumamente exitosos hoy en día, como el caso Singapur) donde interactúan gran número de individuos con muy diferentes intereses.

La reciente elección en Estados Unidos podría tener la virtud de actuar como un revulsivo; como el cachetazo global que desencadene una revolución conceptual.
Trump ganó, pero la notable actuación del Libertarian Party cosechando el 3,27 % de los votos (más de 4,3 millones de personas optaron por su candidato, Gary Johnson) en medio de una virulenta polarización, lo colocan como el tercer partido del país y habla de un gran número de personas cuyos ideales bien podrían expandirse y rodar a favor de la pendiente -sobre los errores que el republicano sin duda cometerá- originando la bola de nieve que cambie el curso de la historia.

Porque el sistema que sirve, más allá del rótulo que se le quiera poner (democracia, critarquía, aristocracia, monarquía, cleptocracia, tiranía, anarquía, kakistocracia, holocracia etc.) es el de la libertad, que brinda oportunidades de desarrollo a las capacidades individuales, que son las que a su vez mueven el verdadero ascenso socio-económico de las mayorías mucho más allá de cualquier dádiva clientelar.

Pero el hecho revolucionario, lo disruptivo, lo que puede ser provocado por un eventual “efecto Trump” está en asumir que la libertad sin medios (sin dinero para poder en verdad decidir entre dos o más opciones de lo que sea), es una entelequia; no sirve.
Y que la única manera de hacer que el dinero fluya hacia los bolsillos de quien lo merezca por esfuerzo honesto, es sometiéndonos al imperio de la norma de normas: el Derecho de Propiedad. Y que cuanto más completo y garantizado sea su imperio, mayores serán las posibilidades de cada integrante de la sociedad de superar sus limitaciones sin robar al prójimo y de mejorar su bienestar familiar en serio.

El tenebroso sistema comunista, así como su sobrino vergonzante, el socialismo de facto que hoy nos rige, fracasaron en este punto.

En el primer caso aboliendo la propiedad privada al costo de aniquilar a decenas de millones de seres humanos en el proceso y en el segundo, coartándola seriamente a través de una pegajosa red de regulaciones e impuestos discriminantes aplicados por la fuerza, al costo de frenar el ascenso de centenares o miles de millones de personas hacia un mayor bienestar. Y al de arrastrar en su caída al entero sistema democrático.