Noviembre 2009
Vemos en estos días cosas tales como la elección de Brasil para sede de los Juegos Olímpicos, el cambio de su condición de deudor a la de acreedor del FMI, o que más de 20 millones de pobres hayan trepado a la clase media durante los últimos años. Signos, entre otros, del despegue de nuestro vecino hacia el estatus de gran potencia.
Hoy día su economía es 5 veces la nuestra pero no siempre fue así. Como todo el mundo sabe, la Argentina, que llegó a ser la segunda economía de América y la séptima del planeta, estaba llamada a ser un país líder; de primer orden. Mucho antes y en forma más contundente que Brasil. Con un alto nivel de vida general e integrada al mundo sin indigentes ni ignorantes. Apuntando a una matriz productiva de altísima tecnología asentada sobre una sociedad evolucionada y cosmopolita.
¿Qué pasó? ¿Quién apagó la luz? ¿Dónde estamos? Estamos en la Argentina quebrada y mendicante, maleducada y violenta que supimos conseguir. Fiel reflejo de nuestros votos socializantes, dándonos con el bate en la propia nuca. Porque fue el sufragio mayoritario el que entronizó a la larga lista de ignorantes y ladrones que, bajo la promesa de satisfacer resentimientos vergonzantes, hizo pedazos aquel sueño de llegar a ser un país de primera división.
El razonamiento lineal que los políticos proponen a una población cada vez más hundida en la des-educación y la miseria es “saquémosle a los que más tienen para disminuir la pobreza”, “más impuestos progresivos” o “que la crisis la paguen los ricos”. Cuando lo justo -siempre- es que la crisis la pague quien la causó; en este caso, los votantes kirchneristas. Con el colaboracionismo de votantes “de izquierdas” cuyos legisladores apoyaron todos los ataques al capital, a la propiedad y su usufructo que impidieron el aflujo de cerebros y dinero. Y cuando ya deberíamos saber que extorsionando a “los ricos” bajo impuestos excesivos sólo se arriba al efecto opuesto, demostrado una y otra vez durante 8 mil años de Historia: la redistribución final de más pobreza.
No es preciso ser muy listo para entender que a mayor ganancia, el privado destinará más dinero a inversiones en su afán de ser más competitivo; y que a mayor competitividad y crecimiento le seguirá una elevación del nivel salarial y una mayor demanda de personal, poniendo cada vez más dinero en manos de más gente.
Es más: también distribuirá riqueza sin intermediación estatal parasitaria, a través de una mayor demanda productiva de servicios y otros bienes creados por terceros.
Es el comienzo del capitalismo popular, fabricando una sociedad de propietarios. No existe modo más rápido, más sustentable y menos duro de poner dinero en bolsillos de los que menos tienen.
En este círculo virtuoso el impuesto es un serio obstáculo, ya que se extrae a costa de la ganancia y opera, por tanto, en el sentido opuesto a la creación de riqueza. Más impuestos significan menos dinero en manos de más gente, menos demanda puntual para lo que ofrecen los sectores comercial y de servicios, menos inversiones en crecimiento y menor competitividad del país en su conjunto.
También significan precios más altos para todo lo que un argentino cualquiera necesite para avanzar; desde una manzana a un movimiento bancario, pasando por un litro de gasoil, un teléfono celular con internet o la cuenta de la peluquería. Los impuestos están enquistados de manera intrincada en los costos de cada necesidad de nuestra vida, encareciéndola de manera notable.
Se supone que para proteger el derecho de todos a acceder al bienestar, el Estado se hace del dinero a través del sistema tributario, apoyado en la fuerza policial. Y cumple dicho supuesto a través de la provisión de servicios como educación, justicia, seguridad, salud y (ahora) jubilación… públicas y universales. Lo hace también a través de la construcción de calles y rutas, de centrales de energía, control de fronteras o asistencia a los desvalidos dentro de un cierto “modelo” planificado de sociedad.
Un creciente número de ciudadanos, no obstante, va cayendo en cuenta de la terrible contradicción existente entre ese derecho “a acceder al bienestar” y los resultados obtenidos mediante la provisión de todos estos servicios e infraestructuras.
Con niveles impositivos de entre los más elevados del mundo, el Estado argentino retribuye a su pueblo con calidades de educación, justicia, seguridad, salud, jubilaciones, caminos, energía, defensa y contención social… a niveles de desastre.
Señoras y señores: bienvenidos al mundo extorsivo y rasador del anarco-estatismo, con protestas simultáneas de todos los sectores y por todos los “servicios”, con marchas, cortes, huelgas, corrupción desbocada, matonismo gubernamental y violencias retroalimentadas. Bienvenidos a la consecuencia de los votos victoriosos como solidarios, progres, con sensibilidad social o simpatizantes de Papá-Estado-Benefactor.
Es la competencia lo que hace eficiente a un sistema, lo que mejora servicios y disminuye costos. Y es el dinero en poder de la gente de trabajo (no de la oligarquía política y sus amigos) lo que potencia esa competencia, con el público eligiendo entre distintas opciones. Mejorando el resultado cuanto mayor sea el número de áreas abiertas a la opción popular.
Lo estatal es la negación de la competencia y de sus incentivos. Es el pago obligatorio con independencia de la calidad del producto entregado. Es la ineficiencia, el derroche, la corrupción inevitable a gran escala y finalmente, el canibalismo social.
¿Queremos superar otra vez al Brasil? ¿Queremos acceder en serio al bienestar general? Quebremos los colmillos de este gobierno vampiro y sus “leyes” e impuestos desangrantes, volviendo esa enorme masa de dinero a manos de las personas del llano. Sobraría entonces poder económico para que, quienes son hoy víctimas de la escuela o el hospital estatal, elijan en competencia buenos colegios privados para sus hijos y medicina de primera para sus familias.
sábado 7 de noviembre de 2009
domingo 1 de noviembre de 2009
Argentina, Levántate y Anda
Noviembre 2009
Tallada en piedra sobre el Monumento a la Bandera en Rosario, Santa Fe, se encuentra la siguiente inscripción:
“Cuán execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución”
Manuel Belgrano
Sentencia que cae como una maza sobre la conducción política sin duda execrable, que a diario ultraja nuestra dignidad nacional, violando en letra y espíritu la Constitución protectora de libertades que nos legaran los Padres Fundadores. Verdadero decálogo para un desarrollo acelerado que, mientras fue letra viva, nos impulsó a la vanguardia del mundo.
Al gobierno argentino no le interesa la competitividad, el aumento de nuestras producciones ni la elevación real (a escala seria, con abundante empleo y altos salarios) del nivel de vida de su gente. No tiene como objetivos mediatos volver a superar a Brasil y México ni recuperar las Malvinas. No desea establecer condiciones de progreso para etnias autóctonas, pobres e indigentes ni promover un clima de concordia, austera eficiencia estatal ni sana cultura del trabajo. No busca que nuestro país sea meca inmigratoria de artistas, creativos, deportistas, científicos, educadores de avanzada, empresarios de punta y capitalistas emprendedores. O de toda mente valiosa y fortuna en fuga, que se sienta oprimida por la máquina de absorber e impedir de su Estado natal.
A nuestro gobierno le interesa antes que nada y como sea, atornillarse al poder para asegurarse impunidad, privilegios y oportunidades de seguir haciendo fortuna. Y en segundo lugar, exprimir y manejar a todo argentino que muestre alguna señal de actividad bajo su (varias veces) fracasado modelo de Estado atropellador, reglamentarismo obtuso y asfixiante presión impositiva. Acciones que, claro, chocan de frente con lo anterior.
A los votantes kirchneristas tampoco les interesan estas cosas. Prefieren la ventaja de corto plazo de un “plan” social, de vivienda o tarifas subsidiadas por “alguien”, de carne de vaca barata y de fútbol codificado “gratis”. Prefieren seguir siendo rentistas estatales como sea, en todo y hasta el fin a costillas de “otros”, con la secreta satisfacción de ver cómo quiebran o sufren vecinos y conocidos que pusieron capacitación y esfuerzo en superar la situación de pobreza que los igualaba. Para esos… ¡leña impositiva por alcahuetes individualistas! El hundimiento de la patria y su traición a los ideales de Belgrano y otros próceres les tiene sin cuidado; asumen muy bien su voto parásito o delincuente.
Por su parte los simpatizantes socialistas, cobistas, pinosolanistas, radicales, aristas y otros que en general dicen querer aquella Argentina de primera, en realidad no la desean.
Ya nadie puede llamarse a engaño sobre los antecedentes de sus candidatos “de oposición” que, cada vez que juzgan, gobiernan o legislan se atropellan en el apuro por regimentar más aún toda actividad productiva o ahuyentar inversiones a través de más quiebres a la seguridad jurídica. Siempre listos al aumento del torniquete tributario, a estatizar lo que se pueda y a sumarse a la inmadura estudiantina de chillidos antiliberales.
Lo que en realidad desean estos votantes es una Argentina pequeña, de cabotaje, pacata y bajo estricto control de un Estado-Papá, donde no despunten grandes negocios, grandes fortunas ni grandes libertades; creativas, personales ni de disposición patrimonial. Pulsiones que desnudan a un gran sector, penosamente mezquino y empantanado en un resentimiento vergonzante que es espejo de su propia cobardía.
La estúpida administración de pobrezas en la que todos estos argentinos están embarcados sólo nos lleva al desastre. Pobreza ética, pobreza de ideas superadoras, pobreza de ambiciones y sobre todo, pobreza de patriotismo nos conducen por una bien merecida espiral descendente cuyo espantoso fondo empezamos a distinguir: decadencia, desesperación, delincuencia, indigencia, desnutrición y muerte.
Es imperioso un cambio mental cualitativo que nos ayude a quebrar esa espiral. Acelerando el despegue y salteando etapas, apalancados por la potencia moral de valores definitorios. Como la decisión de no tolerar violencia social alguna. Como dar preeminencia a las elecciones personales por sobre las imposiciones coactivas. Como volver a confiar en las personas. Como responsabilizar y hacer resarcir sin atenuantes a quien cause daños o perjuicios a terceros o a sus bienes. Como empezando a entender el derecho humano básico "a no formar parte" y el absoluto derecho a decidir a qué organizaciones vamos a aportar, y a qué nivel, para formar parte. Y que bajo reglas contractuales de convivencia inteligente, los ciudadanos gocen de enormes libertades para florecer y desarrollarse como cada uno elija, en un entorno de civilizada tolerancia. En suma, iniciando un camino que democratice el poder de decisión poniéndolo en manos de la gente y quitándoselo a los simios del látigo.
La fabulosa tecnología informática, el imparable avance de las redes de interconexión personales y la fuerza de la economía del conocimiento en este siglo XXI, lo hacen más posible que nunca.
La proliferación de nuevos emprendedores y grandes capitales dispuestos a huir del dirigismo y de la torpe angurria impositiva de los países centrales, nos abren posibilidades únicas. Sólo hay que saber verlas. Logrando la claridad mental y el amor a la patria necesarios para usarlas en beneficio de nuestra población. Porque esto sería pasar a administrar riqueza bajo aquel mismo espíritu constitucional, bien reinterpretado.
En un entorno semejante, no sólo kelpers y brasileños pedirían formar parte de una Argentina en crecimiento exponencial, sino que hasta los propios europeos volverían a empujarse tras el mostrador de ingreso.
De tener en claro estos objetivos de máxima, cada quien podría apoyar con su voto a los candidatos cuyas propuestas se orienten en la dirección más conducente: aquellos que nos propongan más libertades de todo tipo y menos estatismo opresor.
Tallada en piedra sobre el Monumento a la Bandera en Rosario, Santa Fe, se encuentra la siguiente inscripción:
“Cuán execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución”
Manuel Belgrano
Sentencia que cae como una maza sobre la conducción política sin duda execrable, que a diario ultraja nuestra dignidad nacional, violando en letra y espíritu la Constitución protectora de libertades que nos legaran los Padres Fundadores. Verdadero decálogo para un desarrollo acelerado que, mientras fue letra viva, nos impulsó a la vanguardia del mundo.
Al gobierno argentino no le interesa la competitividad, el aumento de nuestras producciones ni la elevación real (a escala seria, con abundante empleo y altos salarios) del nivel de vida de su gente. No tiene como objetivos mediatos volver a superar a Brasil y México ni recuperar las Malvinas. No desea establecer condiciones de progreso para etnias autóctonas, pobres e indigentes ni promover un clima de concordia, austera eficiencia estatal ni sana cultura del trabajo. No busca que nuestro país sea meca inmigratoria de artistas, creativos, deportistas, científicos, educadores de avanzada, empresarios de punta y capitalistas emprendedores. O de toda mente valiosa y fortuna en fuga, que se sienta oprimida por la máquina de absorber e impedir de su Estado natal.
A nuestro gobierno le interesa antes que nada y como sea, atornillarse al poder para asegurarse impunidad, privilegios y oportunidades de seguir haciendo fortuna. Y en segundo lugar, exprimir y manejar a todo argentino que muestre alguna señal de actividad bajo su (varias veces) fracasado modelo de Estado atropellador, reglamentarismo obtuso y asfixiante presión impositiva. Acciones que, claro, chocan de frente con lo anterior.
A los votantes kirchneristas tampoco les interesan estas cosas. Prefieren la ventaja de corto plazo de un “plan” social, de vivienda o tarifas subsidiadas por “alguien”, de carne de vaca barata y de fútbol codificado “gratis”. Prefieren seguir siendo rentistas estatales como sea, en todo y hasta el fin a costillas de “otros”, con la secreta satisfacción de ver cómo quiebran o sufren vecinos y conocidos que pusieron capacitación y esfuerzo en superar la situación de pobreza que los igualaba. Para esos… ¡leña impositiva por alcahuetes individualistas! El hundimiento de la patria y su traición a los ideales de Belgrano y otros próceres les tiene sin cuidado; asumen muy bien su voto parásito o delincuente.
Por su parte los simpatizantes socialistas, cobistas, pinosolanistas, radicales, aristas y otros que en general dicen querer aquella Argentina de primera, en realidad no la desean.
Ya nadie puede llamarse a engaño sobre los antecedentes de sus candidatos “de oposición” que, cada vez que juzgan, gobiernan o legislan se atropellan en el apuro por regimentar más aún toda actividad productiva o ahuyentar inversiones a través de más quiebres a la seguridad jurídica. Siempre listos al aumento del torniquete tributario, a estatizar lo que se pueda y a sumarse a la inmadura estudiantina de chillidos antiliberales.
Lo que en realidad desean estos votantes es una Argentina pequeña, de cabotaje, pacata y bajo estricto control de un Estado-Papá, donde no despunten grandes negocios, grandes fortunas ni grandes libertades; creativas, personales ni de disposición patrimonial. Pulsiones que desnudan a un gran sector, penosamente mezquino y empantanado en un resentimiento vergonzante que es espejo de su propia cobardía.
La estúpida administración de pobrezas en la que todos estos argentinos están embarcados sólo nos lleva al desastre. Pobreza ética, pobreza de ideas superadoras, pobreza de ambiciones y sobre todo, pobreza de patriotismo nos conducen por una bien merecida espiral descendente cuyo espantoso fondo empezamos a distinguir: decadencia, desesperación, delincuencia, indigencia, desnutrición y muerte.
Es imperioso un cambio mental cualitativo que nos ayude a quebrar esa espiral. Acelerando el despegue y salteando etapas, apalancados por la potencia moral de valores definitorios. Como la decisión de no tolerar violencia social alguna. Como dar preeminencia a las elecciones personales por sobre las imposiciones coactivas. Como volver a confiar en las personas. Como responsabilizar y hacer resarcir sin atenuantes a quien cause daños o perjuicios a terceros o a sus bienes. Como empezando a entender el derecho humano básico "a no formar parte" y el absoluto derecho a decidir a qué organizaciones vamos a aportar, y a qué nivel, para formar parte. Y que bajo reglas contractuales de convivencia inteligente, los ciudadanos gocen de enormes libertades para florecer y desarrollarse como cada uno elija, en un entorno de civilizada tolerancia. En suma, iniciando un camino que democratice el poder de decisión poniéndolo en manos de la gente y quitándoselo a los simios del látigo.
La fabulosa tecnología informática, el imparable avance de las redes de interconexión personales y la fuerza de la economía del conocimiento en este siglo XXI, lo hacen más posible que nunca.
La proliferación de nuevos emprendedores y grandes capitales dispuestos a huir del dirigismo y de la torpe angurria impositiva de los países centrales, nos abren posibilidades únicas. Sólo hay que saber verlas. Logrando la claridad mental y el amor a la patria necesarios para usarlas en beneficio de nuestra población. Porque esto sería pasar a administrar riqueza bajo aquel mismo espíritu constitucional, bien reinterpretado.
En un entorno semejante, no sólo kelpers y brasileños pedirían formar parte de una Argentina en crecimiento exponencial, sino que hasta los propios europeos volverían a empujarse tras el mostrador de ingreso.
De tener en claro estos objetivos de máxima, cada quien podría apoyar con su voto a los candidatos cuyas propuestas se orienten en la dirección más conducente: aquellos que nos propongan más libertades de todo tipo y menos estatismo opresor.
lunes 19 de octubre de 2009
Democracia y Cia. S.R.L.
Octubre 2009
La democracia republicana, representativa y federal argentina está muerta y enterrada. Fue reemplazada por extorsión mafiosa en estado puro, camuflada tras una bulliciosa pantalla de instituciones castradas. El resultado no es democrático ni constitucional, desde luego. Ni siquiera se ajusta al paraguas de la montaña sedimentaria de leyes-basura populistas que en sí, no son más que codificación de la injusticia.
La propia Constitución fue siempre una “molestia” para las volátiles mayorías argentinas y hubo de ser violada de un modo u otro por multitud de sicarios electos, liquidando libertades cívicas o económicas según el particular paladar de quien ejercía el poder. No sirvió en la práctica, al menos durante los últimos 79 años. Tampoco el bello sistema democrático allí propuesto, con sus delicados contrapesos republicanos.
Poco pudo hacer el Poder Judicial (el Tercer Poder que iba a controlar con incorruptible ejemplaridad a los otros dos), superado por incontables desbordes, infiltraciones, amenazas y ahogos financieros que acabaron sometiéndolo al Ejecutivo.
Aceptamos que ese texto constitucional representa el único pacto o “contrato social” básico que todos los argentinos acordaríamos “firmar” y respetar. Comprendemos que es el acuerdo que mantiene unida a la sociedad haciendo posible la existencia de la Argentina como nación sin secesiones. Y podemos también afirmar sin sombra de duda, que el pacto no se cumplió.
Vemos por otra parte, que el actual gobierno hace todo lo posible por confirmarnos que aquí no habrá república ni federalismo. Que seguirá derogando propiedad privada y derechos individuales con las armas discrecionales de la Afip-KGB-Gestapo-Oncca, del amedrentamiento con palos y capuchas, del control de la prensa, del pago en efectivo por la prostitución de legisladores “opositores” y del manejo clientelar de pobreza e ignorancia.
Vivimos algo así como un clímax -exaltado a toda orquesta- en la película de nuestra vida, donde la voladura final de las bases sobre las que asentábamos nuestra anuencia, nos releva de cualquier “promesa” anterior de respeto y obediencia hacia representaciones espurias; que no reconocemos como propias.
Llevándonos a preguntarnos en feroz seguidilla ¿pero…por qué trabajar para este ilícito 6 meses al año (es lo que nos cuesta a cada uno “la contribución”) y sólo 6 para el resto de nuestros sueños y necesidades familiares? ¿A santo de qué contrato se nos exige tirar nuestro tributo al pozo sin fondo de vagos, corruptos y ladrones? ¿Cuándo autorizamos a esta gente a violentar nuestras libertades, que son superiores y muy anteriores a ellos? ¿Qué poder creen por ventura que les cedimos para maniatar, amenazantes, nuestros movimientos comerciales o para embretarlos entre gigantescos monopolios estatales, fuentes de la peor corrupción? ¿Quiénes son estos padrinos para disponer con prepotencia de nuestros bienes, de nuestra capacidad de crecimiento y de nuestro esfuerzo a su infeliz criterio, mientras hunden a nuestra sociedad en la decadencia más humillante frente a países de menor potencial? ¿Por qué habríamos de sentirnos atados a los reglamentos y respetos de esta Democracia S.A. dominada por corporaciones prebendarias igualmente mafiosas, “legitimada” por electores corrompidos con nuestros impuestos? ¿Para esquivar el látigo del déspota y a los esbirros de su Estado policial? Muy probable. ¡El zorro está dentro del gallinero! ¿Hay vida más allá de esta brutal dictadura de mayorías? ¿En qué momento delegamos en estos taimados individuos, supuestos servidores abocados a la protección de nuestros derechos, el monopolio de la fuerza resignando el rol de ciudadanos mandantes, bien armados para la autodefensa? ¿Cómo es posible que nos expriman a impuestazos mientras choferes y secretarios, sindicalistas y otros amanuenses descarados se enriquecen a través de ventajas discrecionales hasta niveles de escándalo? ¿Somos tan idiotas como para conformarnos con un cambio de amo, a cual más extorsionador, cada cuatro años? Porque de eso se trata esa cáscara vacía que pomposamente denominamos democracia.
Es necesario caer en cuenta de que sin poner límites claros, estrictos e inviolables a quienes pretendan ostentar algún poder sobre nosotros, no podemos proceder a elección alguna. No haber tenido la inteligencia de preverlo, nos condujo a lo que vemos en esta explosión de podredumbres, donde un grupo de mafias conjuradas va perfeccionando el control de nuestro territorio.
Deberíamos recordar que la democracia no es un fin sino un medio entre muchos otros probados por el hombre, en busca del mejor sistema de organización social. En modo alguno es el final del camino en la búsqueda de este noble objetivo. A lo sumo podríamos considerarla como un paso intermedio, bastante primitivo por cierto, en la vía de experimentación, inteligencia social y avance tecnológico que nos llevará al siguiente estadío.
El fin es el bienestar de la gente, no el hacer funcionar a cualquier costo sistemas imperfectos y dañinos. Nunca está bien obcecarse empleando la fuerza bruta, y menos aún en el campo de la acción humana ya que, como lo entendieron los más evolucionados de la especie (de Einstein a Gandhi, de Confucio a Cristo) el único camino válido es el de la libertad y la no violencia.
Existe un solo sistema social compatible con estos elevados estándares y ese es el libertarianismo, donde las personas optan por los códigos de vida de su preferencia sin robar ni ser robados, asociándose a otras personas o comunidades con iguales y pacíficos intereses. Las tecnologías actuales lo hacen posible en teoría y ya existen partidos libertarios en el mundo que privilegian la tendencia tecnológico-informática hacia la heterarquía (o estructuras de diverso grado en forma de red) por sobre las actuales jerarquías (o estructuras políticas en forma de pirámide) que pugnan por demorar estos avances. Se trata, en síntesis, de lo voluntario primando por sobre lo coactivo. Única forma definitiva y civilizada de superar el odio, la envidia y el resentimiento que emponzoñan nuestra patria.
Deberemos lidiar entretanto con funcionarios plantados en la ignorancia y con terror al pensamiento, que ni siquiera rinden pleitesía al Estado como institución sino, peor aún, a unas pocas personas bien identificadas.
La democracia republicana, representativa y federal argentina está muerta y enterrada. Fue reemplazada por extorsión mafiosa en estado puro, camuflada tras una bulliciosa pantalla de instituciones castradas. El resultado no es democrático ni constitucional, desde luego. Ni siquiera se ajusta al paraguas de la montaña sedimentaria de leyes-basura populistas que en sí, no son más que codificación de la injusticia.
La propia Constitución fue siempre una “molestia” para las volátiles mayorías argentinas y hubo de ser violada de un modo u otro por multitud de sicarios electos, liquidando libertades cívicas o económicas según el particular paladar de quien ejercía el poder. No sirvió en la práctica, al menos durante los últimos 79 años. Tampoco el bello sistema democrático allí propuesto, con sus delicados contrapesos republicanos.
Poco pudo hacer el Poder Judicial (el Tercer Poder que iba a controlar con incorruptible ejemplaridad a los otros dos), superado por incontables desbordes, infiltraciones, amenazas y ahogos financieros que acabaron sometiéndolo al Ejecutivo.
Aceptamos que ese texto constitucional representa el único pacto o “contrato social” básico que todos los argentinos acordaríamos “firmar” y respetar. Comprendemos que es el acuerdo que mantiene unida a la sociedad haciendo posible la existencia de la Argentina como nación sin secesiones. Y podemos también afirmar sin sombra de duda, que el pacto no se cumplió.
Vemos por otra parte, que el actual gobierno hace todo lo posible por confirmarnos que aquí no habrá república ni federalismo. Que seguirá derogando propiedad privada y derechos individuales con las armas discrecionales de la Afip-KGB-Gestapo-Oncca, del amedrentamiento con palos y capuchas, del control de la prensa, del pago en efectivo por la prostitución de legisladores “opositores” y del manejo clientelar de pobreza e ignorancia.
Vivimos algo así como un clímax -exaltado a toda orquesta- en la película de nuestra vida, donde la voladura final de las bases sobre las que asentábamos nuestra anuencia, nos releva de cualquier “promesa” anterior de respeto y obediencia hacia representaciones espurias; que no reconocemos como propias.
Llevándonos a preguntarnos en feroz seguidilla ¿pero…por qué trabajar para este ilícito 6 meses al año (es lo que nos cuesta a cada uno “la contribución”) y sólo 6 para el resto de nuestros sueños y necesidades familiares? ¿A santo de qué contrato se nos exige tirar nuestro tributo al pozo sin fondo de vagos, corruptos y ladrones? ¿Cuándo autorizamos a esta gente a violentar nuestras libertades, que son superiores y muy anteriores a ellos? ¿Qué poder creen por ventura que les cedimos para maniatar, amenazantes, nuestros movimientos comerciales o para embretarlos entre gigantescos monopolios estatales, fuentes de la peor corrupción? ¿Quiénes son estos padrinos para disponer con prepotencia de nuestros bienes, de nuestra capacidad de crecimiento y de nuestro esfuerzo a su infeliz criterio, mientras hunden a nuestra sociedad en la decadencia más humillante frente a países de menor potencial? ¿Por qué habríamos de sentirnos atados a los reglamentos y respetos de esta Democracia S.A. dominada por corporaciones prebendarias igualmente mafiosas, “legitimada” por electores corrompidos con nuestros impuestos? ¿Para esquivar el látigo del déspota y a los esbirros de su Estado policial? Muy probable. ¡El zorro está dentro del gallinero! ¿Hay vida más allá de esta brutal dictadura de mayorías? ¿En qué momento delegamos en estos taimados individuos, supuestos servidores abocados a la protección de nuestros derechos, el monopolio de la fuerza resignando el rol de ciudadanos mandantes, bien armados para la autodefensa? ¿Cómo es posible que nos expriman a impuestazos mientras choferes y secretarios, sindicalistas y otros amanuenses descarados se enriquecen a través de ventajas discrecionales hasta niveles de escándalo? ¿Somos tan idiotas como para conformarnos con un cambio de amo, a cual más extorsionador, cada cuatro años? Porque de eso se trata esa cáscara vacía que pomposamente denominamos democracia.
Es necesario caer en cuenta de que sin poner límites claros, estrictos e inviolables a quienes pretendan ostentar algún poder sobre nosotros, no podemos proceder a elección alguna. No haber tenido la inteligencia de preverlo, nos condujo a lo que vemos en esta explosión de podredumbres, donde un grupo de mafias conjuradas va perfeccionando el control de nuestro territorio.
Deberíamos recordar que la democracia no es un fin sino un medio entre muchos otros probados por el hombre, en busca del mejor sistema de organización social. En modo alguno es el final del camino en la búsqueda de este noble objetivo. A lo sumo podríamos considerarla como un paso intermedio, bastante primitivo por cierto, en la vía de experimentación, inteligencia social y avance tecnológico que nos llevará al siguiente estadío.
El fin es el bienestar de la gente, no el hacer funcionar a cualquier costo sistemas imperfectos y dañinos. Nunca está bien obcecarse empleando la fuerza bruta, y menos aún en el campo de la acción humana ya que, como lo entendieron los más evolucionados de la especie (de Einstein a Gandhi, de Confucio a Cristo) el único camino válido es el de la libertad y la no violencia.
Existe un solo sistema social compatible con estos elevados estándares y ese es el libertarianismo, donde las personas optan por los códigos de vida de su preferencia sin robar ni ser robados, asociándose a otras personas o comunidades con iguales y pacíficos intereses. Las tecnologías actuales lo hacen posible en teoría y ya existen partidos libertarios en el mundo que privilegian la tendencia tecnológico-informática hacia la heterarquía (o estructuras de diverso grado en forma de red) por sobre las actuales jerarquías (o estructuras políticas en forma de pirámide) que pugnan por demorar estos avances. Se trata, en síntesis, de lo voluntario primando por sobre lo coactivo. Única forma definitiva y civilizada de superar el odio, la envidia y el resentimiento que emponzoñan nuestra patria.
Deberemos lidiar entretanto con funcionarios plantados en la ignorancia y con terror al pensamiento, que ni siquiera rinden pleitesía al Estado como institución sino, peor aún, a unas pocas personas bien identificadas.
viernes 9 de octubre de 2009
Tierra de Maleantes
Octubre 2009
Ciertamente, nuestra Argentina es un crisol de razas. De una afortunada combinación que nos legó elevados estándares de inteligencia y belleza. De aptitudes para el liderazgo y la creatividad en campos como la ciencia, el arte o la producción.
Así se lo demostramos al mundo cuando la tremenda corriente inmigratoria que había estado llegando desde finales del siglo XIX al amparo de las reglas liberales de nuestra Constitución, hizo estallar la prosperidad catapultando a nuestro país al estatus de gran potencia emergente, a principios del siglo XX.
La fusión fecunda de todos esos temperamentos criollos y extranjeros se produjo a través de la protección del derecho de cada uno a su individualidad. Comprendiendo, en acuerdo con las ideas de nuestros Padres Fundadores y con el espíritu de su Carta Magna, que el respeto por la sagrada institución de la propiedad privada, constituía el alfa y el omega del desarrollo.
No se trató de la unión a través de la nivelación hacia abajo con un igualitarismo gris, golpeador, estúpido y contraproducente como el que tenemos en la actualidad. Nadie hubiese venido con estas reglas.
La cultura del trabajo, el espíritu de progreso, el optimismo avasallante, la poderosa tendencia al ahorro y la inversión que caracterizaron a aquellos compatriotas, aparecieron sólo cuando se dieron ciertas condiciones: gran libertad económica y seguridad jurídica, muy pocos impuestos y regulaciones laborales.
Millones de personas bajaron de los barcos votando con los pies, tras la promesa de que aquí se respetaba la propiedad, el derecho a ejercer toda industria lícita y a gozar íntegramente del usufructo del trabajo honrado, sin temor de que burócratas iluminados pretendiesen quitárselo. Venían para ser juzgados y premiados por su capacidad y ambición individuales, no por su pertenencia a algún grupo con privilegios. Venían tras el derecho a ser individuos plenos y productivos, huyendo de una Europa socialmente anquilosada, autoritaria, minada de impuestos discriminatorios y reglas paralizantes que mataban la creatividad y el surgimiento de nuevas oportunidades para su población en aumento.
A nadie le interesa emigrar hoy a Cuba ni a Venezuela. Ni siquiera a Suecia. Como que nadie que valga la pena quiere venir ni traer negocios, trabajo y capitales a esta Argentina que involuciona hacia el colectivismo.
Los electores peronistas y radicales (socialistas) cleptómanos que nos arruinaron, siguen buscando en la ilusión de una autoestima tribal (el privilegio de un grupo a costa de otro grupo) la identidad individual que no logran a través del sano esfuerzo laboral que sirvió a sus bisabuelos. Esfuerzo que hacen imposible a otros para no tener que verlos crecer, a través de intrincadas prohibiciones productivas o financieras y cargas tributarias de la más vil factura.
Sus dirigentes sobreviven entre una masa de votantes-clientes aferrados al criminal argumento de que el trabajo y la vida del individuo “pertenecen a la sociedad” y que ellos tienen derecho a quitarle su dinero a discreción, en beneficio de un difuso “bien de todos”. Aunque ¡oh!... algo no funciona cuando la única forma de llevar a la práctica una doctrina de esta naturaleza, es por medio de la fuerza bruta.
Obviamente, el bienestar de la mayoría se perjudica en forma grave cuando cientos de miles de emprendedores son expropiados de los fondos que hubiesen podido emplear en capitalizar sus emprendimientos, generando mayor competitividad, empleo y riqueza social. Una y otra vez, el sabio axioma de que el fin no justifica los medios devuelve el sopapo corrector a estos violadores compulsivos de derechos de propiedad, sumiéndolos en más pobreza y pérdida de oportunidades. Sus votos de izquierda son, qué duda cabe, un verdadero tiro en el pié.
El que un tercio de los sufragios haya apoyado la opción de violación vengativa representada por el oficialismo es algo preocupante. Pero que otro tercio continúe apoyando consignas que suponen insistir con este estatismo reglamentador, escupidor serial de “leyes” que combaten al capital con fuerza de metralla, es algo digno de ser labrado en las puertas de la Fundación de Ayuda al Suicida. Los “moderados” radicales apoyaron durante décadas todo tipo de leyes impositivas, discriminatorias y contrarias a la libertad de comercio e industria que garantizaba la Constitución. Todas violatorias de la propiedad y su usufructo como, hace muy poco, la ley que confiscó los activos de los fondos de jubilaciones y pensiones (AFJP). Lo mismo los “civilizados” socialistas y del ex-Ari que vienen de bendecir la reestatización de Aerolíneas, los superpoderes del Ejecutivo, el Consejo de la Magistratura o la precipitada y corrupta ley mordaza (o de Medios).
Santo Tomás de Aquino establece al respecto en su Suma Teológica, que las leyes son injustas si son contrarias al bien común o si la distribución de las cargas es desigual (presupuestos cabalmente cumplidos aquí). Y que sin esas condiciones “la ley es violencia tiránica y debe ser resistida”.
Agrega, por si hubiese alguna duda, que la ley injusta no es propiamente ley y que nadie está obligado en conciencia a su cumplimiento.
La tierra de los próceres de mente avanzada y dirigentes honestos, con vocación de servicio hasta el límite de la propia pobreza, cambió su paradigma a tierra de maleantes.
Como no podía ser de otra manera, también cambiamos educación, prestigio internacional, crecimiento productivo y opulencia financiera por el descrédito de ser un país cuasi delincuente, triste monigote agresivo que se junta con la escoria del planeta a rumiar resentimientos y robar a los suyos.
No es casual que seamos la sociedad con mayor número de psicólogos per cápita y que dos tercios de nuestra población se encuentren empantanados en una inmadura creación destructiva. En lugar de apoyar la destrucción creativa que significaría la adultez de barrer a maleantes e ineptos volviendo a liberar, como nuestros mayores, la potencia creadora de cada argentino.
Ciertamente, nuestra Argentina es un crisol de razas. De una afortunada combinación que nos legó elevados estándares de inteligencia y belleza. De aptitudes para el liderazgo y la creatividad en campos como la ciencia, el arte o la producción.
Así se lo demostramos al mundo cuando la tremenda corriente inmigratoria que había estado llegando desde finales del siglo XIX al amparo de las reglas liberales de nuestra Constitución, hizo estallar la prosperidad catapultando a nuestro país al estatus de gran potencia emergente, a principios del siglo XX.
La fusión fecunda de todos esos temperamentos criollos y extranjeros se produjo a través de la protección del derecho de cada uno a su individualidad. Comprendiendo, en acuerdo con las ideas de nuestros Padres Fundadores y con el espíritu de su Carta Magna, que el respeto por la sagrada institución de la propiedad privada, constituía el alfa y el omega del desarrollo.
No se trató de la unión a través de la nivelación hacia abajo con un igualitarismo gris, golpeador, estúpido y contraproducente como el que tenemos en la actualidad. Nadie hubiese venido con estas reglas.
La cultura del trabajo, el espíritu de progreso, el optimismo avasallante, la poderosa tendencia al ahorro y la inversión que caracterizaron a aquellos compatriotas, aparecieron sólo cuando se dieron ciertas condiciones: gran libertad económica y seguridad jurídica, muy pocos impuestos y regulaciones laborales.
Millones de personas bajaron de los barcos votando con los pies, tras la promesa de que aquí se respetaba la propiedad, el derecho a ejercer toda industria lícita y a gozar íntegramente del usufructo del trabajo honrado, sin temor de que burócratas iluminados pretendiesen quitárselo. Venían para ser juzgados y premiados por su capacidad y ambición individuales, no por su pertenencia a algún grupo con privilegios. Venían tras el derecho a ser individuos plenos y productivos, huyendo de una Europa socialmente anquilosada, autoritaria, minada de impuestos discriminatorios y reglas paralizantes que mataban la creatividad y el surgimiento de nuevas oportunidades para su población en aumento.
A nadie le interesa emigrar hoy a Cuba ni a Venezuela. Ni siquiera a Suecia. Como que nadie que valga la pena quiere venir ni traer negocios, trabajo y capitales a esta Argentina que involuciona hacia el colectivismo.
Los electores peronistas y radicales (socialistas) cleptómanos que nos arruinaron, siguen buscando en la ilusión de una autoestima tribal (el privilegio de un grupo a costa de otro grupo) la identidad individual que no logran a través del sano esfuerzo laboral que sirvió a sus bisabuelos. Esfuerzo que hacen imposible a otros para no tener que verlos crecer, a través de intrincadas prohibiciones productivas o financieras y cargas tributarias de la más vil factura.
Sus dirigentes sobreviven entre una masa de votantes-clientes aferrados al criminal argumento de que el trabajo y la vida del individuo “pertenecen a la sociedad” y que ellos tienen derecho a quitarle su dinero a discreción, en beneficio de un difuso “bien de todos”. Aunque ¡oh!... algo no funciona cuando la única forma de llevar a la práctica una doctrina de esta naturaleza, es por medio de la fuerza bruta.
Obviamente, el bienestar de la mayoría se perjudica en forma grave cuando cientos de miles de emprendedores son expropiados de los fondos que hubiesen podido emplear en capitalizar sus emprendimientos, generando mayor competitividad, empleo y riqueza social. Una y otra vez, el sabio axioma de que el fin no justifica los medios devuelve el sopapo corrector a estos violadores compulsivos de derechos de propiedad, sumiéndolos en más pobreza y pérdida de oportunidades. Sus votos de izquierda son, qué duda cabe, un verdadero tiro en el pié.
El que un tercio de los sufragios haya apoyado la opción de violación vengativa representada por el oficialismo es algo preocupante. Pero que otro tercio continúe apoyando consignas que suponen insistir con este estatismo reglamentador, escupidor serial de “leyes” que combaten al capital con fuerza de metralla, es algo digno de ser labrado en las puertas de la Fundación de Ayuda al Suicida. Los “moderados” radicales apoyaron durante décadas todo tipo de leyes impositivas, discriminatorias y contrarias a la libertad de comercio e industria que garantizaba la Constitución. Todas violatorias de la propiedad y su usufructo como, hace muy poco, la ley que confiscó los activos de los fondos de jubilaciones y pensiones (AFJP). Lo mismo los “civilizados” socialistas y del ex-Ari que vienen de bendecir la reestatización de Aerolíneas, los superpoderes del Ejecutivo, el Consejo de la Magistratura o la precipitada y corrupta ley mordaza (o de Medios).
Santo Tomás de Aquino establece al respecto en su Suma Teológica, que las leyes son injustas si son contrarias al bien común o si la distribución de las cargas es desigual (presupuestos cabalmente cumplidos aquí). Y que sin esas condiciones “la ley es violencia tiránica y debe ser resistida”.
Agrega, por si hubiese alguna duda, que la ley injusta no es propiamente ley y que nadie está obligado en conciencia a su cumplimiento.
La tierra de los próceres de mente avanzada y dirigentes honestos, con vocación de servicio hasta el límite de la propia pobreza, cambió su paradigma a tierra de maleantes.
Como no podía ser de otra manera, también cambiamos educación, prestigio internacional, crecimiento productivo y opulencia financiera por el descrédito de ser un país cuasi delincuente, triste monigote agresivo que se junta con la escoria del planeta a rumiar resentimientos y robar a los suyos.
No es casual que seamos la sociedad con mayor número de psicólogos per cápita y que dos tercios de nuestra población se encuentren empantanados en una inmadura creación destructiva. En lugar de apoyar la destrucción creativa que significaría la adultez de barrer a maleantes e ineptos volviendo a liberar, como nuestros mayores, la potencia creadora de cada argentino.
jueves 1 de octubre de 2009
La Mejor Intención, el Peor Resultado
Octubre 2009
La Iglesia y muchas otras organizaciones solidarias claman por el “combate contra la pobreza” como verdadera prioridad nacional.
¿Quién podría estar en desacuerdo? El flagelo de la desnutrición, la deserción escolar por miseria, la desesperanza como madre de delincuencias o la degradación de dignidad y autoestima que conlleva la indigencia son gravísimas realidades de esta Argentina que, en su oportunidad, elegimos deconstruir.
Sin perjuicio de ello, la lucha de los periodistas contra la Ley de Medios, la de los hombres de la agroindustria contra los impuestos expropiatorios o la de los juristas contra el Consejo de la Magistratura, no deben considerarse como “distracciones” sectoriales que restan energía al más urgente combate contra la pobreza. Esas y otras nobles luchas civiles coinciden en la prioridad señalada. Pero como mujeres y hombres de acción práctica denuncian, atacan y se oponen a iniciativas estatales que son las génesis de esa pobreza que nos ahoga. Prefieren embestir contra las causas de que el sistema que nos rige sea una fábrica de hacer pobres… además de seguir paliando desde la retaguardia sus interminables efectos.
Los gobiernos de las últimas décadas se distinguieron por su esfuerzo en intentar un gran asistencialismo bajo múltiples formas. Y en paralelo para solventarlo, una cada vez mayor presión impositiva y reglamentaria sobre el agro, la industria, el comercio y los servicios. Sobre los que crean, distribuyen y multiplican la riqueza en nuestra sociedad.
Como sea, la transferencia de fondos bajo la forma de subsidios al consumo o de aportes directos en efectivo, fue enorme.
Aún dejando de lado lo que implica en el rubro corrupción un manejo semejante, la fórmula en sí debe ser revisada: el lamentable resultado-país que se presenta ante nuestros ojos, es prueba irrebatible de que avanzamos por el camino errado. Seguir apretando el torniquete de la asfixia sobre los únicos que pueden crear empleos y sueldos reales, es algo que sencillamente no sirve. Y que llama en forma temeraria a una rebelión fiscal, considerando que por atracos impositivos de menor cuantía de los que estamos teniendo aquí, Luis XVI, su familia y sus cómplices fueron guillotinados o Ceausescu y su mujer, fusilados en la plaza.
La solución al dilema excede el espacio de un artículo de divulgación, pero podríamos empezar señalando algunas verdades del más puro sentido común.
La idea clásica del asistencialismo (antes llamado caridad) era la de ayudar a los necesitados a ayudarse a sí mismos. Apoyando al beneficiario para hacerlo independiente y productivo sin pérdida de tiempo.
Conveniencias políticas de índole electoral han cambiado el enfoque de esta cuestión, llevándolo a equiparar asistencia con “derecho” y a equiparar ese supuesto derecho con oportunidad ventajosa de obtener un aporte permanente a costa de los demás. Se genera así un enfrentamiento crónico entre diferentes corporaciones (empresas públicas, industrias prebendarias, sectores económicos subsidiados etc.) o grupos de presión (piqueteros, desocupados, beneficiarios de “planes”, de viviendas cuasi gratuitas etc.) que pugnan ante los funcionarios por alzarse con los favores y dineros.
La alternativa sería, claro, una economía libre con fuertes aportes de capital privado, generando riqueza y empleos bien pagos en grandes cantidades. Creando un ambiente de ahorro y sana cultura laboral, para bajar los índices “de necesidad” a niveles civilizados. Cobrarían entonces importancia distintas organizaciones y nuevas formas de asistencia privadas (Cáritas, Red Solidaria, ONGs, fundaciones con desgravación impositiva, donaciones testamentarias particulares, cooperativas de trabajo etc.) relevando progresivamente al Estado de tales funciones.
Demás está decir que la eficiencia privada para hacer que cada peso llegue a su legítimo destinatario fue, es y será incomparablemente más efectiva que la del gobierno. Y mucho menos susceptible al cobro de “comisiones”.
Esto cambiaría la noción del “derecho” a la asistencia como amenaza constante sobre la producción del prójimo, perdiendo el merecimiento de auxilio quienes simplemente se nieguen a trabajar y pretendan usufructuar estos dineros en forma fraudulenta. O como decían nuestros abuelos, aquellos cuya condición se debe a la vagancia, los vicios, la imprevisión y el derroche.
Por definición, el dinero privado además de voluntario es limitado y está sujeto a auditorías más estrictas que el dinero malhabido del gobierno. Este último es virtualmente ilimitado en el sentido de que puede seguir extrayéndose por la fuerza de los sufridos contribuyentes sin coto aparente, tal como ha venido sucediendo en nuestro país.
Cierta saludable tendencia a una incomodidad creativa se hace necesaria, si pretendemos estimular una suerte de disuasión en lugar de seguir ofreciendo avivadas atractivas a los potenciales beneficiarios. Esto puede lograrse si la ayuda incluye condiciones “desagradables” (estricta contraprestación laboral, aceptación de empleo ofrecido, capacitación obligatoria, severas normas de responsabilidad parental etc.). Los recursos limitados, así, traen implícito cierto nivel de elegibilidad que impide el engaño por parte de quien no merezca ser auxiliado por el sacrificio ajeno.
Resulta claro para toda persona decente, que la mujer o el hombre que reciban asistencia de otros deberían considerarlo algo transitorio e indigno. Casi como pedir limosna por las veredas; y que el mero ofrecimiento de tal dádiva debería ser sentida casi como un insulto al respeto por ellos mismos.
Sí deberían exigir con toda justicia y firmeza, las condiciones de orden, garantías constitucionales y bonanza económica que les permitan ganarse honestamente la vida, acceder al confort de la modernidad y progresar por el propio esfuerzo sin tener que entregar bajo amenaza gran parte de lo obtenido, para que otros vivan de manera parasitaria.
El mensaje socialista es, en cambio, de una disolvencia inmoral. “Carenciados argentinos: no pierdan su gloriosa despreocupación, sus vicios espontáneos ni su naturaleza antisocial o agresiva. Sigan votando populismos. El Estado siempre les garantizará casa, comida, salud y educación nacional y popular a costillas de otras personas”.
La Iglesia y muchas otras organizaciones solidarias claman por el “combate contra la pobreza” como verdadera prioridad nacional.
¿Quién podría estar en desacuerdo? El flagelo de la desnutrición, la deserción escolar por miseria, la desesperanza como madre de delincuencias o la degradación de dignidad y autoestima que conlleva la indigencia son gravísimas realidades de esta Argentina que, en su oportunidad, elegimos deconstruir.
Sin perjuicio de ello, la lucha de los periodistas contra la Ley de Medios, la de los hombres de la agroindustria contra los impuestos expropiatorios o la de los juristas contra el Consejo de la Magistratura, no deben considerarse como “distracciones” sectoriales que restan energía al más urgente combate contra la pobreza. Esas y otras nobles luchas civiles coinciden en la prioridad señalada. Pero como mujeres y hombres de acción práctica denuncian, atacan y se oponen a iniciativas estatales que son las génesis de esa pobreza que nos ahoga. Prefieren embestir contra las causas de que el sistema que nos rige sea una fábrica de hacer pobres… además de seguir paliando desde la retaguardia sus interminables efectos.
Los gobiernos de las últimas décadas se distinguieron por su esfuerzo en intentar un gran asistencialismo bajo múltiples formas. Y en paralelo para solventarlo, una cada vez mayor presión impositiva y reglamentaria sobre el agro, la industria, el comercio y los servicios. Sobre los que crean, distribuyen y multiplican la riqueza en nuestra sociedad.
Como sea, la transferencia de fondos bajo la forma de subsidios al consumo o de aportes directos en efectivo, fue enorme.
Aún dejando de lado lo que implica en el rubro corrupción un manejo semejante, la fórmula en sí debe ser revisada: el lamentable resultado-país que se presenta ante nuestros ojos, es prueba irrebatible de que avanzamos por el camino errado. Seguir apretando el torniquete de la asfixia sobre los únicos que pueden crear empleos y sueldos reales, es algo que sencillamente no sirve. Y que llama en forma temeraria a una rebelión fiscal, considerando que por atracos impositivos de menor cuantía de los que estamos teniendo aquí, Luis XVI, su familia y sus cómplices fueron guillotinados o Ceausescu y su mujer, fusilados en la plaza.
La solución al dilema excede el espacio de un artículo de divulgación, pero podríamos empezar señalando algunas verdades del más puro sentido común.
La idea clásica del asistencialismo (antes llamado caridad) era la de ayudar a los necesitados a ayudarse a sí mismos. Apoyando al beneficiario para hacerlo independiente y productivo sin pérdida de tiempo.
Conveniencias políticas de índole electoral han cambiado el enfoque de esta cuestión, llevándolo a equiparar asistencia con “derecho” y a equiparar ese supuesto derecho con oportunidad ventajosa de obtener un aporte permanente a costa de los demás. Se genera así un enfrentamiento crónico entre diferentes corporaciones (empresas públicas, industrias prebendarias, sectores económicos subsidiados etc.) o grupos de presión (piqueteros, desocupados, beneficiarios de “planes”, de viviendas cuasi gratuitas etc.) que pugnan ante los funcionarios por alzarse con los favores y dineros.
La alternativa sería, claro, una economía libre con fuertes aportes de capital privado, generando riqueza y empleos bien pagos en grandes cantidades. Creando un ambiente de ahorro y sana cultura laboral, para bajar los índices “de necesidad” a niveles civilizados. Cobrarían entonces importancia distintas organizaciones y nuevas formas de asistencia privadas (Cáritas, Red Solidaria, ONGs, fundaciones con desgravación impositiva, donaciones testamentarias particulares, cooperativas de trabajo etc.) relevando progresivamente al Estado de tales funciones.
Demás está decir que la eficiencia privada para hacer que cada peso llegue a su legítimo destinatario fue, es y será incomparablemente más efectiva que la del gobierno. Y mucho menos susceptible al cobro de “comisiones”.
Esto cambiaría la noción del “derecho” a la asistencia como amenaza constante sobre la producción del prójimo, perdiendo el merecimiento de auxilio quienes simplemente se nieguen a trabajar y pretendan usufructuar estos dineros en forma fraudulenta. O como decían nuestros abuelos, aquellos cuya condición se debe a la vagancia, los vicios, la imprevisión y el derroche.
Por definición, el dinero privado además de voluntario es limitado y está sujeto a auditorías más estrictas que el dinero malhabido del gobierno. Este último es virtualmente ilimitado en el sentido de que puede seguir extrayéndose por la fuerza de los sufridos contribuyentes sin coto aparente, tal como ha venido sucediendo en nuestro país.
Cierta saludable tendencia a una incomodidad creativa se hace necesaria, si pretendemos estimular una suerte de disuasión en lugar de seguir ofreciendo avivadas atractivas a los potenciales beneficiarios. Esto puede lograrse si la ayuda incluye condiciones “desagradables” (estricta contraprestación laboral, aceptación de empleo ofrecido, capacitación obligatoria, severas normas de responsabilidad parental etc.). Los recursos limitados, así, traen implícito cierto nivel de elegibilidad que impide el engaño por parte de quien no merezca ser auxiliado por el sacrificio ajeno.
Resulta claro para toda persona decente, que la mujer o el hombre que reciban asistencia de otros deberían considerarlo algo transitorio e indigno. Casi como pedir limosna por las veredas; y que el mero ofrecimiento de tal dádiva debería ser sentida casi como un insulto al respeto por ellos mismos.
Sí deberían exigir con toda justicia y firmeza, las condiciones de orden, garantías constitucionales y bonanza económica que les permitan ganarse honestamente la vida, acceder al confort de la modernidad y progresar por el propio esfuerzo sin tener que entregar bajo amenaza gran parte de lo obtenido, para que otros vivan de manera parasitaria.
El mensaje socialista es, en cambio, de una disolvencia inmoral. “Carenciados argentinos: no pierdan su gloriosa despreocupación, sus vicios espontáneos ni su naturaleza antisocial o agresiva. Sigan votando populismos. El Estado siempre les garantizará casa, comida, salud y educación nacional y popular a costillas de otras personas”.
jueves 17 de septiembre de 2009
Honores Inmerecidos
Septiembre 2009
Uno de los subproductos de la decadencia que, en todos los órdenes, caracteriza a nuestra República Argentina lo constituye esa turbia afición -desde unos 25 años a esta parte- por cambiar los nombres a calles y otros sitios públicos, imponiendo los de personas inapropiadas.
Difícilmente exista lugar en el país donde ediles, legisladores o mandatarios se hayan abstenido de este tipo de torpeza que desnuda, por cierto, penosas miserias culturales y éticas tanto de sus autores como de quienes los apoyan.
Es sabido que la verdadera Historia de cualquier personaje sólo puede empezar a escribirse, libre de apasionamientos, no menos de 50 años después de su muerte. Los períodos históricos no pueden ser calificados por los propios actores interesados. Serán entonces los estudiosos que nos sobrevivan quienes tendrán la última palabra con respecto a las políticas de Estado y los hacedores de hoy. Los resultados que, para el conjunto social, el prestigio y la potencia económica de la patria tengan sus acciones en el largo plazo marcarán el tenor de su inclusión en los libros definitivos, de la mano del análisis de los bisnietos de aquellos contemporáneos.
En definitiva, la ilusión de brindar lustre y grandeza precipitada a través de este tipo de “homenajes” amañados, sólo consigue un inútil desacuerdo generador de rencores. Y la seca enseñanza por defecto, de lo siguiente: el honor póstumo que se pretende imponer, no es más que un cínico recordatorio de aquellas personas que se creyeron con “derecho” a disponer por la fuerza la redistribución de la riqueza que otros produjeron, reduciendo a esos trabajadores-creadores a bienes de uso. Recordatorio subrayado por el desastre de desnutrición, delincuencia y pobreza “inexplicable” que nos viene golpeando, producto directo de haber conducido a la nación por esa senda infame. Porque es claro que no existe tal “derecho” de algunos hombres a violar el derecho de los demás; y que la única forma de llevar tal atropello adelante es poniéndoles un revólver en la espalda. Todo inmoral, primitivo y contraproducente, por cierto.
Como todos los populismos, el socialismo vampiro que nos viene arruinando es una sicótica búsqueda de lo inmerecido. Porque a la grandeza se llega a través de la racionalidad en apoyo del honesto esfuerzo productivo individual, mientras que los falsarios tratan (con soberbia) de dejar de lado el ejercicio racional de admitir la preeminencia de la libertad sin coacciones, sin robo, como único camino ético y moral hacia la gloria. Violando con espectacular descaro el grito sagrado de nuestro Himno y el espíritu liberal de nuestra Constitución.
Al no respetar cabalmente el derecho a la propiedad privada, los estatistas nativos dinamitaron por la base la construcción de una sociedad más inclusiva y progresista (en el buen sentido de ambas palabras). Asfixiantes y abusivos impuestos de toda clase o torniquetes reglamentarios contrarios al libre ejercicio de toda industria lícita son claras muestras de tal (estúpida) violación.
Las señoras y señores que nos perjudicaron gobernando mal, ya sea por ineptitud e ignorancia, ya sea por medio de mafias corruptas con fines de lucro malhabido, ya sea movidos por resentimientos derivados del odio hacia sí mismos o por una combinación de todo esto, son responsables de que hoy los argentinos no disfrutemos de los ingresos, infraestructuras y ventajas que desde hace tiempo deberíamos tener.
Abundancia de empleos ofrecidos e ingresos elevados a todo nivel para que cada cual pueda comprar lo que soñó o ser generoso en lo que quiera sin robárselo a otro, usando al gobierno como arma. O infraestructura normal con decenas de miles de kilómetros de autopistas, trenes bala entre ciudades y modernizados cargueros para mover la producción entre océanos, más y mucho mejores aeropuertos, energía limpia y renovable sin restricciones, educación y salud pública subsidiarias de primer nivel, seguridad y justicia súper tecnologizadas, grandes nuevos puertos de aguas profundas, asfalto en zonas rurales, agua potable y manejo de deshechos con la más moderna ingeniería urbana para todos los centros poblados, wi fi sobre todo el territorio nacional y cientos de otras ventajas básicas.
Como cientos de avenidas, instituciones y hasta poblaciones que llevan hoy los nombres de mujeres y hombres que dedicaron su vida a impedir, por limitaciones intelectuales e intereses personales, que nuestro despegue se concretara. A no dejar que los argentinos de los últimos 60 años viviéramos bien.
Jugaron con la falta de educación y la desesperación de los indefensos, maniobrando a espaldas de todo patriotismo para mantener su antigualla anti-empresa en el poder. Fracasaron en toda la línea y el pueblo pagó con su sangre esta caída.
Aún seguimos teniendo las herramientas y las oportunidades para volver a ser el faro ético y económico de los pueblos malgobernados del planeta. Para construir velozmente (y sin mucho esfuerzo) una Argentina opulenta y generosa, abierta a todos y llena de oportunidades.
Mas no podremos gozar ese destino sin antes convencernos de que el virus socialista que bajó de los barcos oculto entre las oleadas inmigratorias del Centenario y que hoy sigue causando nuestro desangre, debe ser combatido y aniquilado con masivos antibióticos capitalistas. Enormes aportes de capital. Enorme surgimiento de nuevos negocios y emprendedores. Enormes producciones y exportaciones. Enormes ganancias empresarias (por derecha) y reinversiones. Enormes aumentos (reales) de sueldos con requerimientos de más empleados. Enormes mejoras en el bienestar de los más postergados. Y para lograr ese milagro argentino, enormes libertades económicas, creativas, reglamentarias, laborales y de disposición patrimonial. Todo muy avanzado y abierto. Lejos de nuestras obsoletas, mezquinas obsesiones dirigistas.
Ese día, los carteles de dirigentes e intelectuales colaboracionistas que traicionaron y vendieron al país llevándolo de potencia acreedora a tierra de mendigos, serán descolgados en silencio.
Uno de los subproductos de la decadencia que, en todos los órdenes, caracteriza a nuestra República Argentina lo constituye esa turbia afición -desde unos 25 años a esta parte- por cambiar los nombres a calles y otros sitios públicos, imponiendo los de personas inapropiadas.
Difícilmente exista lugar en el país donde ediles, legisladores o mandatarios se hayan abstenido de este tipo de torpeza que desnuda, por cierto, penosas miserias culturales y éticas tanto de sus autores como de quienes los apoyan.
Es sabido que la verdadera Historia de cualquier personaje sólo puede empezar a escribirse, libre de apasionamientos, no menos de 50 años después de su muerte. Los períodos históricos no pueden ser calificados por los propios actores interesados. Serán entonces los estudiosos que nos sobrevivan quienes tendrán la última palabra con respecto a las políticas de Estado y los hacedores de hoy. Los resultados que, para el conjunto social, el prestigio y la potencia económica de la patria tengan sus acciones en el largo plazo marcarán el tenor de su inclusión en los libros definitivos, de la mano del análisis de los bisnietos de aquellos contemporáneos.
En definitiva, la ilusión de brindar lustre y grandeza precipitada a través de este tipo de “homenajes” amañados, sólo consigue un inútil desacuerdo generador de rencores. Y la seca enseñanza por defecto, de lo siguiente: el honor póstumo que se pretende imponer, no es más que un cínico recordatorio de aquellas personas que se creyeron con “derecho” a disponer por la fuerza la redistribución de la riqueza que otros produjeron, reduciendo a esos trabajadores-creadores a bienes de uso. Recordatorio subrayado por el desastre de desnutrición, delincuencia y pobreza “inexplicable” que nos viene golpeando, producto directo de haber conducido a la nación por esa senda infame. Porque es claro que no existe tal “derecho” de algunos hombres a violar el derecho de los demás; y que la única forma de llevar tal atropello adelante es poniéndoles un revólver en la espalda. Todo inmoral, primitivo y contraproducente, por cierto.
Como todos los populismos, el socialismo vampiro que nos viene arruinando es una sicótica búsqueda de lo inmerecido. Porque a la grandeza se llega a través de la racionalidad en apoyo del honesto esfuerzo productivo individual, mientras que los falsarios tratan (con soberbia) de dejar de lado el ejercicio racional de admitir la preeminencia de la libertad sin coacciones, sin robo, como único camino ético y moral hacia la gloria. Violando con espectacular descaro el grito sagrado de nuestro Himno y el espíritu liberal de nuestra Constitución.
Al no respetar cabalmente el derecho a la propiedad privada, los estatistas nativos dinamitaron por la base la construcción de una sociedad más inclusiva y progresista (en el buen sentido de ambas palabras). Asfixiantes y abusivos impuestos de toda clase o torniquetes reglamentarios contrarios al libre ejercicio de toda industria lícita son claras muestras de tal (estúpida) violación.
Las señoras y señores que nos perjudicaron gobernando mal, ya sea por ineptitud e ignorancia, ya sea por medio de mafias corruptas con fines de lucro malhabido, ya sea movidos por resentimientos derivados del odio hacia sí mismos o por una combinación de todo esto, son responsables de que hoy los argentinos no disfrutemos de los ingresos, infraestructuras y ventajas que desde hace tiempo deberíamos tener.
Abundancia de empleos ofrecidos e ingresos elevados a todo nivel para que cada cual pueda comprar lo que soñó o ser generoso en lo que quiera sin robárselo a otro, usando al gobierno como arma. O infraestructura normal con decenas de miles de kilómetros de autopistas, trenes bala entre ciudades y modernizados cargueros para mover la producción entre océanos, más y mucho mejores aeropuertos, energía limpia y renovable sin restricciones, educación y salud pública subsidiarias de primer nivel, seguridad y justicia súper tecnologizadas, grandes nuevos puertos de aguas profundas, asfalto en zonas rurales, agua potable y manejo de deshechos con la más moderna ingeniería urbana para todos los centros poblados, wi fi sobre todo el territorio nacional y cientos de otras ventajas básicas.
Como cientos de avenidas, instituciones y hasta poblaciones que llevan hoy los nombres de mujeres y hombres que dedicaron su vida a impedir, por limitaciones intelectuales e intereses personales, que nuestro despegue se concretara. A no dejar que los argentinos de los últimos 60 años viviéramos bien.
Jugaron con la falta de educación y la desesperación de los indefensos, maniobrando a espaldas de todo patriotismo para mantener su antigualla anti-empresa en el poder. Fracasaron en toda la línea y el pueblo pagó con su sangre esta caída.
Aún seguimos teniendo las herramientas y las oportunidades para volver a ser el faro ético y económico de los pueblos malgobernados del planeta. Para construir velozmente (y sin mucho esfuerzo) una Argentina opulenta y generosa, abierta a todos y llena de oportunidades.
Mas no podremos gozar ese destino sin antes convencernos de que el virus socialista que bajó de los barcos oculto entre las oleadas inmigratorias del Centenario y que hoy sigue causando nuestro desangre, debe ser combatido y aniquilado con masivos antibióticos capitalistas. Enormes aportes de capital. Enorme surgimiento de nuevos negocios y emprendedores. Enormes producciones y exportaciones. Enormes ganancias empresarias (por derecha) y reinversiones. Enormes aumentos (reales) de sueldos con requerimientos de más empleados. Enormes mejoras en el bienestar de los más postergados. Y para lograr ese milagro argentino, enormes libertades económicas, creativas, reglamentarias, laborales y de disposición patrimonial. Todo muy avanzado y abierto. Lejos de nuestras obsoletas, mezquinas obsesiones dirigistas.
Ese día, los carteles de dirigentes e intelectuales colaboracionistas que traicionaron y vendieron al país llevándolo de potencia acreedora a tierra de mendigos, serán descolgados en silencio.
martes 8 de septiembre de 2009
El Porqué de un Imposible
Septiembre 2009
Bajo diversas denominaciones (desde FreJuLi a Frente para la Victoria), el partido peronista rigió con escaso impedimento los destinos nacionales desde 1945.
Sus postulados básicos de fuerte intervención del Estado, de menosprecio por la ciencia económica seria, de pactos con cúpulas corporativas y del mantenimiento de desigualdades sociales crónicas a través del tándem impuestos-subsidios-inflación-deuda, han marcado el derrotero y el resultado argentino desde entonces.
Los interregnos militares de facto, resultaron períodos signados a fuego no sólo por los oficiales de simpatías peronistas que siempre conformaron una considerable fracción de sus filas, sino por la adscripción mayoritaria del ejército a un sustrato ideológico nacionalista, corporativo y filo-fascista desde antes, incluso, de la irrupción de Juan Perón como elemento dominante.
Por su parte el radicalismo, tercera pata responsable de la actual situación, difirió sólo en cuestiones de grado y modo con aquella concepción de la sociedad. Sus sucesivos intentos de cooptar o transar con el aparato sindical y con las burocracias de educación, seguridad social o salud clientelizadas por los peronistas, terminaron en estruendosos fracasos. El omnipresente movimiento se rió de estos esfuerzos por trocar el refrito en un “populismo domesticado”, hostilizando sin piedad a los radicales y a sus aliados socialistas cada vez que fueron gobierno.
Vanos esfuerzos e inmensas pérdidas de tiempo, tratando por todos los medios de hacer funcionar un sistema paternalista de “reordenamiento” de ingresos y sujeción fiscal de empresas y ciudadanos, a todas luces inviable. Todos los recursos de la portentosa imaginación nacional se aplicaron a full, sin escrúpulos ni desmayos y durante más de seis décadas en aras de aquel objetivo imposible.
Los estudiosos saben que casi todos los fracasos éticos, conflictos de intereses, enfrentamientos armados, decepciones sociales o productivas y en general los males de la sociedad, son causados por entes colectivos; no por una supuesta agresividad individual. Parafraseando al brillante filósofo social Arthur Koestler (1905-1983) diríamos con mayor precisión que “los males de la humanidad no se deben a formas individuales de locura sino que son causados por delirios colectivos siempre generados por algún sistema de creencias basado en las emociones”. Koestler había evolucionado después de una vida dedicada a la reflexión, desde el socialismo marxista hasta la defensa de las libertades creativas y productivas manifestadas en la búsqueda personal de cada ser humano.
Nuestro Movimiento Peronista es claramente un sentimiento (una emoción) de escaso asidero lógico. Cualquier análisis objetivo de sus acciones y consecuencias, lo hubiera suprimido por contraproducente a poco andar.
La fría razón, sin embargo, poco tiene que ver aquí. Esto se trata (y eso sí provoca frío) de conveniencia mafiosa en pos del enriquecimiento de la casta dirigente, combinado con el sostenimiento de un gran número de parásitos-clientes.
La técnica usada consiste en el fomento deliberado de un atávico sentimiento tribal, que pone al valor seguridad por encima del (más riesgoso) valor progreso.
Apelando al instinto de pertenencia (el sentirse querido, contenido y aceptado) a la tribu, al grupo o a la masa, se desalienta intencionalmente la más laboriosa (y superadora) búsqueda personal de uno mismo.
Promoviendo una sumisión grupal con uniformidad de simbolismos, acciones y creencias se logra desarticular parte de la identidad individual en favor de la identidad de grupo, haciendo que la gente resigne libertad de pensamiento, de expresión y de actuación propia. Se trata de una identificación cómoda y segura; protectora; tranquilizadora…y sumamente funcional a los intereses de su dirigencia.
Pero el tribalismo no aporta al progreso social porque implica identificar al propio grupo como el más importante, considerando a “los otros” como distintos, de menor importancia relativa y por lo tanto inferiores en valor, o con menos derechos.
No debe olvidarse que las malintencionadas referencias al “bien público” olvidan que “el público” es sólo una cierta cantidad de individuos con nombre y apellido. Y que cualquier divergencia presunta entre los intereses de las personas reales y este difuso “bien público”, se traducirá en el atropello de legítimos derechos de algunas mujeres y hombres con familias, sueños y problemas en beneficio de los deseos y conveniencias de otras mujeres y hombres, también con nombre y apellido.
La trampa consiste en estimular la percepción de una sociedad claramente dividida, donde la concordia será siempre un bien transitorio. Esto bloquea en forma inevitable la corrección de desigualdades sociales, ya que las muchas tensiones subyacentes entre las diferentes “tribus” impondrán límites de corto alcance a cualquier forma de cooperación. La historia peronista, desde el “cinco por uno” hasta la “guerra de la soja” pasando por los “imberbes estúpidos”, se ha apoyado siempre en la desunión y es prueba viviente de dichas limitaciones.
El nudo del conflicto entre grupos se halla en la renuncia a las identidades individuales en favor de una identidad colectiva. Perdiendo conciencia personal, se anestesia la tendencia a reconocer razón y humanidad a gente de otros grupos que podrían ostentar diferentes creencias o apariencia.
Esta modalidad segregante y desconfiada que actúa entre turbas (o legislaturas) disciplinadas e incitaciones al “voto clasista”, impide que nos acerquemos unos a otros como individuos iguales en nuestra propia humanidad. Único basamento válido para construir progreso y desmontar desigualdades, superando los prejuicios primitivos que el progresismo promociona sin descanso.
Es claro que los logros del ser humano alcanzan su realización más plena cuando las personas encuentran su identidad como seres únicos, valiosos e irrepetibles. Nunca cuando la pierden diluyendo sus responsabilidades en una identificación tribal.
Nadie podrá empujarnos a ejercer violencia (usando al gobierno como arma) sobre otro ser humano distinto, si nos sabemos parte de un solo grupo: la humanidad.
No existe otro modo civilizado de reconocer y ser reconocido como persona y de contar con el derecho humano individual a no ser violentado en forma alguna.
Bajo diversas denominaciones (desde FreJuLi a Frente para la Victoria), el partido peronista rigió con escaso impedimento los destinos nacionales desde 1945.
Sus postulados básicos de fuerte intervención del Estado, de menosprecio por la ciencia económica seria, de pactos con cúpulas corporativas y del mantenimiento de desigualdades sociales crónicas a través del tándem impuestos-subsidios-inflación-deuda, han marcado el derrotero y el resultado argentino desde entonces.
Los interregnos militares de facto, resultaron períodos signados a fuego no sólo por los oficiales de simpatías peronistas que siempre conformaron una considerable fracción de sus filas, sino por la adscripción mayoritaria del ejército a un sustrato ideológico nacionalista, corporativo y filo-fascista desde antes, incluso, de la irrupción de Juan Perón como elemento dominante.
Por su parte el radicalismo, tercera pata responsable de la actual situación, difirió sólo en cuestiones de grado y modo con aquella concepción de la sociedad. Sus sucesivos intentos de cooptar o transar con el aparato sindical y con las burocracias de educación, seguridad social o salud clientelizadas por los peronistas, terminaron en estruendosos fracasos. El omnipresente movimiento se rió de estos esfuerzos por trocar el refrito en un “populismo domesticado”, hostilizando sin piedad a los radicales y a sus aliados socialistas cada vez que fueron gobierno.
Vanos esfuerzos e inmensas pérdidas de tiempo, tratando por todos los medios de hacer funcionar un sistema paternalista de “reordenamiento” de ingresos y sujeción fiscal de empresas y ciudadanos, a todas luces inviable. Todos los recursos de la portentosa imaginación nacional se aplicaron a full, sin escrúpulos ni desmayos y durante más de seis décadas en aras de aquel objetivo imposible.
Los estudiosos saben que casi todos los fracasos éticos, conflictos de intereses, enfrentamientos armados, decepciones sociales o productivas y en general los males de la sociedad, son causados por entes colectivos; no por una supuesta agresividad individual. Parafraseando al brillante filósofo social Arthur Koestler (1905-1983) diríamos con mayor precisión que “los males de la humanidad no se deben a formas individuales de locura sino que son causados por delirios colectivos siempre generados por algún sistema de creencias basado en las emociones”. Koestler había evolucionado después de una vida dedicada a la reflexión, desde el socialismo marxista hasta la defensa de las libertades creativas y productivas manifestadas en la búsqueda personal de cada ser humano.
Nuestro Movimiento Peronista es claramente un sentimiento (una emoción) de escaso asidero lógico. Cualquier análisis objetivo de sus acciones y consecuencias, lo hubiera suprimido por contraproducente a poco andar.
La fría razón, sin embargo, poco tiene que ver aquí. Esto se trata (y eso sí provoca frío) de conveniencia mafiosa en pos del enriquecimiento de la casta dirigente, combinado con el sostenimiento de un gran número de parásitos-clientes.
La técnica usada consiste en el fomento deliberado de un atávico sentimiento tribal, que pone al valor seguridad por encima del (más riesgoso) valor progreso.
Apelando al instinto de pertenencia (el sentirse querido, contenido y aceptado) a la tribu, al grupo o a la masa, se desalienta intencionalmente la más laboriosa (y superadora) búsqueda personal de uno mismo.
Promoviendo una sumisión grupal con uniformidad de simbolismos, acciones y creencias se logra desarticular parte de la identidad individual en favor de la identidad de grupo, haciendo que la gente resigne libertad de pensamiento, de expresión y de actuación propia. Se trata de una identificación cómoda y segura; protectora; tranquilizadora…y sumamente funcional a los intereses de su dirigencia.
Pero el tribalismo no aporta al progreso social porque implica identificar al propio grupo como el más importante, considerando a “los otros” como distintos, de menor importancia relativa y por lo tanto inferiores en valor, o con menos derechos.
No debe olvidarse que las malintencionadas referencias al “bien público” olvidan que “el público” es sólo una cierta cantidad de individuos con nombre y apellido. Y que cualquier divergencia presunta entre los intereses de las personas reales y este difuso “bien público”, se traducirá en el atropello de legítimos derechos de algunas mujeres y hombres con familias, sueños y problemas en beneficio de los deseos y conveniencias de otras mujeres y hombres, también con nombre y apellido.
La trampa consiste en estimular la percepción de una sociedad claramente dividida, donde la concordia será siempre un bien transitorio. Esto bloquea en forma inevitable la corrección de desigualdades sociales, ya que las muchas tensiones subyacentes entre las diferentes “tribus” impondrán límites de corto alcance a cualquier forma de cooperación. La historia peronista, desde el “cinco por uno” hasta la “guerra de la soja” pasando por los “imberbes estúpidos”, se ha apoyado siempre en la desunión y es prueba viviente de dichas limitaciones.
El nudo del conflicto entre grupos se halla en la renuncia a las identidades individuales en favor de una identidad colectiva. Perdiendo conciencia personal, se anestesia la tendencia a reconocer razón y humanidad a gente de otros grupos que podrían ostentar diferentes creencias o apariencia.
Esta modalidad segregante y desconfiada que actúa entre turbas (o legislaturas) disciplinadas e incitaciones al “voto clasista”, impide que nos acerquemos unos a otros como individuos iguales en nuestra propia humanidad. Único basamento válido para construir progreso y desmontar desigualdades, superando los prejuicios primitivos que el progresismo promociona sin descanso.
Es claro que los logros del ser humano alcanzan su realización más plena cuando las personas encuentran su identidad como seres únicos, valiosos e irrepetibles. Nunca cuando la pierden diluyendo sus responsabilidades en una identificación tribal.
Nadie podrá empujarnos a ejercer violencia (usando al gobierno como arma) sobre otro ser humano distinto, si nos sabemos parte de un solo grupo: la humanidad.
No existe otro modo civilizado de reconocer y ser reconocido como persona y de contar con el derecho humano individual a no ser violentado en forma alguna.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
