Cuando Menos es Más

Octubre 2017

Durante un reciente viaje por Italia, recorriendo diversos pueblos y ciudades nos llamó la atención volver sobre la comprobación de cuántos de estos sitios, tan antiguos y encantadores, contaban con el hecho de haber sido en algún momento ciudades-Estado.
Y de que, de una mirada más detenida sobre sus respectivos derroteros, surgía como patrón común el que fueron precisamente esos períodos de independencia los que marcaron la menor cantidad de corruptelas e iniquidades junto al mayor auge económico y sentimiento de orgullo en libertad de sus poblaciones.

Fue la historia de ciudades como Florencia, Venecia, Milán, Bolonia o Perugia (con sus tierras circundantes), pero también la de asentamientos más pequeños como Asís, Pisa, Amalfi, San Geminiano, Arezzo o Verona entre otros.
San Geminiano, por caso, sigue siendo una pequeña ciudad en altura, fortificada y de estilo medieval, que vivió su apogeo durante los siglos XIII y XIV como ciudad libre y que halló su crecimiento en aquellos años especializándose en el cultivo y comercio del azafrán. A partir de allí, su riqueza y bienestar fueron también perdición ya que la cercana Florencia, más poderosa, terminó anexándola por la fuerza a sus dominios.

La prosperidad que conlleva la independencia de un gran Estado burocrático, lejano, siempre propenso a un mayor tributarismo e indolencia es algo que se replica en ciudades o mini-Estados autónomos actuales, tales como Mónaco, Singapur, Liechtenstein, Barbados, Andorra, Granada, Malta o San Marino. Naciones, algunas, que se cuentan entre las de más alto PBI per cápita del mundo a pesar de no poseer, prácticamente, recursos naturales. Entre otras ciudades autónomas no tan independientes pero más libres, estimulantes y ricas que el resto de sus respectivos países como en los casos de Macao, Shenzhen o Hong Kong en China.

Resulta sintomático, por otra parte, que la intelligentsia occidental haya perdido de vista el dato fundante de que la Grecia clásica, paradigma de civilización democrática y vanguardia de la mejor tradición de evolución humana en su momento… nunca fue un país. Mucho menos un Estado-nación equiparable de algún modo a los pesados ingenios político-territoriales que soportamos hoy.
Lo que conocemos por “Grecia” en su período de mayor gloria, libertad intelectual y riqueza no era sino una constelación de ciudades-Estado independientes (en eventual interacción) tal como las italianas durante el medioevo y el renacimiento. Sólo unidas por un idioma, algunas creencias religiosas y un cierto origen étnico-geográfico.

El actual gigantismo de la mayoría de los Estados con sus aberrantes cuotas de impositivismo y abusos de poder, con más el caos de los desacuerdos políticos expresados con furia en las calles tanto como sufridos silenciosamente en las periferias, contrasta con el orden, la baja imposición y el bienestar de pequeños enclaves… de escala más humana.

La estrategia libertaria de desarrollo generalizado, libertad y no-violencia (utopía por ahora) es hoy más que nada un retorno conceptual, recargado y tecnologizado, a sistemas exitosos probados tanto en el pasado como en la actualidad.

También fue y es posible, desde luego, la existencia de un gran país exitoso sin Estado, como lo demostró durante casi mil años una entidad tan grande como la isla de Irlanda entre los siglos VII y XVII, posiblemente la sociedad más avanzada de su tiempo, regida sin inconvenientes por cortes y leyes libertarias funcionando dentro de una sociedad sin gobierno (sin rastros de justicia monopólica ni de coacción estatal), hasta su brutal anexión por parte de la vecina Inglaterra. Un largo episodio histórico de convivencia civil y progreso sin tutelajes parásitos, convenientemente “olvidado” por los historiadores oficiales.

Que mayorías electorales clientelizadas durante muchas décadas prefieran hoy cierta idea difusa de seguridad por sobre el más arriesgado concepto libertad, no es novedad. Es la respuesta esperable al infantilismo social cultivado sin pausa por todos los programas oficiales de educación.
Preferir la “regulocracia” fiscalista de un Estado-mamá al más adulto emprendedorismo capitalista de un sistema de libertades es, en este marco, entendible. Sobre todo, cuando el contexto incluye en nuestro país un desesperante porcentaje de pobreza -ya estructural- generada y nutrida por el propio fiscalismo que dice combatirla.

El aún vigente triunfo maradoniano de la sinvergüenzada empobrecedora es algo sumamente notable a nivel nacional, si bien resulta algo menos notable a escala provincial y baja otro punto de notabilidad cuando la observamos a nivel municipal.
Una secuencia delincuencial descendente que apoya su lógica en la de las relaciones interpersonales: a niveles locales y cuanto más pequeña sea la comunidad, la gente se conoce más. Existen lazos familiares, de amistad, barriales y comerciales tangibles, cotidianos e incluso históricos entre individuos, que potencian el reconocimiento social para aquellas personas con real vocación de servicio público desinteresado y solidario, tanto como refuerzan el antiguo (y eficaz) freno de condena social a toda incorrección, a través de diversos niveles de ostracismo.
El combo todavía vigente de avales intra-estatales al robo, a la insolencia de los peores y a la estafa desciende otro nivel hacia su mínimo cuando nos centramos en las relaciones y acuerdos personales. Libres; voluntarios y privados; laborales, de servicios o de negocios.

Si dejamos que algo de cierta civilizada evolución siga su curso natural, será el mercado (o sea todos) reemplazando de a poco a la regulación mafiosa lo que hará la diferencia.

El norte debe estar, entonces, en el aval legislativo y el fomento ejecutivo de comunidades descentralizadas con más y más independencia a todo nivel, sin tantos límites a la libertad contractual individual y de unión en eventuales redes de acuerdos intercomunitarios.
Des-demonizando incluso a la tan temida palabra secesión. Entendiendo a y simpatizando con catalanes, kurdos, escoceses, chechenos y tantas otras gentes en busca de autodeterminación; de una escala más humana, menos corrupta para la resolución de sus problemas y para el logro de sus sueños de mayor progreso en libertad.
Para ejercer, en suma, el siempre vetado derecho a la búsqueda de la felicidad.





Hampa o Cuestionamiento Social

Septiembre 2017


Resulta obvio que más allá de reaseguros constitucionales que fallan con cronométrica regularidad, el Estado es una maquinaria extremadamente peligrosa.
Para empezar, por estar su gestión en manos de seres humanos (y no de ángeles), susceptibles a todas las concupiscencias y defectos que ello implica.
Y en segundo lugar porque de la “competencia” que se da por las candidaturas políticas no surgen los mejores (los más cercanos a ángeles) sino todo lo contrario.
O bien, como en el raro caso actual, políticos mejor intencionados pero que seguirán conduciéndonos hacia el Gran Hermano de un sistema paternalista (llámese desarrollista, neoliberal, conservador, etc.): controlador, invasivo en lo fiscal-regulatorio, castrador en lo económico, omnipresente y a todo efecto obligatorio además de costoso e ineficiente… en comparación con el potencial de sistemas donde imperen mayor libertad y respeto por los derechos individuales (vale decir por la creatividad, el emprendedorismo y el progreso familiar sin ataduras ni complejos).

Esta perogrullada (la del peligro y el lastre que representa un Estado) que todos conocemos pero que pocos adultos asumen en la profundidad necesaria, es algo que puede comprobarse a lo largo de los últimos 8000 años de Historia. Desde los sanguinarios tiranos de la antigüedad, pasando por monarquías y dictaduras de toda clase hasta la imposición, poco más de dos siglos ha, de los Estados-nación y de los regímenes democráticos de fiscalismo compulsivo que hoy tenemos por normales.

Y con respecto al sistema democrático (que no es lo mismo que republicano), supuestamente “el peor de los sistemas exceptuando a todos los demás” (frase desactualizada, por otra parte, ya que la tecnología sí nos permite hoy la posibilidad de sistemas mejores. En bienestar, en no violencia y en gobernanza eficiente), vienen a nuestra mente los hechos verificados en su cuna, Atenas, Grecia, alrededor del año 353 antes de Cristo.
En ese entonces, la novedosa aplicación democrática que permitiera abrir nuevas rutas y tácticas comerciales creó una gran riqueza para un número creciente de personas, aunque otras quedaran rezagadas en este ítem.
Disparidad de “velocidades de avance” que llevó finalmente a generar una grieta entre envidiosos y envidiados. Y a que una cierta mayoría de ciudadanos más pobres tomara el control de las instituciones democráticas dando rienda a su inventiva… en aumento de impuestos, reglamentarismo dirigista, persecuciones fiscales, embargo de bienes, ejecuciones y redistribución de la riqueza.
El método no funcionó (la economía dejó de generar oportunidades y de sacar gente de la pobreza) y no sólo los que eran pobres siguieron siéndolo, sino que nuevos pobres se les agregaron haciendo crecer de esta manera la grieta y con ella el bando de los envidiosos.
Los atenienses pudientes que quedaron tuvieron que concentrar sus esfuerzos en improductivas protecciones contra las confiscaciones de la propia Atenas.
En esa circunstancia de división y furias, la ciudad otrora solvente e independiente fue invadida y sojuzgada por Filipo II de Macedonia, quien terminó siendo recibido como un liberador.

Veintitrés siglos más tarde todavía estamos viendo repeticiones “a estreno mundial” de la misma película, levemente aggiornada en cuanto a escenarios y actores.

En nuestro 2017 la gente se acostumbró a que el gobierno controle, reglamente y grave cualquier transacción de bienes o servicios que ocurra en la sociedad, en la misma forma en que antes lo hacía la Iglesia con las expresiones y comportamientos privados de las personas.
Si bien hemos logrado la separación de Iglesia y Estado, el desafío de separar cosas tales como Economía y Estado para poder avanzar, sigue siendo el mismo.
Recordemos que la democracia llegó a ser popular porque prometió menos impuestos y más libertad de la que existía bajo la monarquía. Y que no pudo cumplir su promesa debido, entre otras cosas, al temprano abandono de sus componentes republicanos y libertarios.
Aun así, mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o ningún Estado democrático detentando el monopolio de la fuerza. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias!
Sin embargo, podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías!
Ahora todo es democracia intervencionista, pero… señores, señoras, la noche está en pañales.

Una sociedad libre, voluntaria, de baja o nula imposición es aquella en la que el gobierno reduce al máximo su interferencia en la acumulación de ahorro y capital de producción, generando subas en la tasa de capitalización.
Círculo virtuoso que podría evolucionar en forma ilimitada, creando el mejor ámbito posible para las inversiones, el empleo, el auge económico y en definitiva para las posibilidades reales de elección de la gente, en toda área imaginable de la acción humana.
Tendríamos en Argentina a 45 millones de mentes trabajando para solventar los -muy complejos- conflictos y oportunidades diarias, votando con su poder de compra (o de negativa a la compra/contratación) por la mejor solución para cada uno en coordinación con los demás, en cada caso, necesidad y circunstancia.
Bajo el Estado coactivo, en cambio, tenemos a unas pocas personas intentando resolver los problemas de todos, y todos somos obligados a punta de pistola a aceptar las soluciones de quien gobierna.

Hoy sabemos que el derecho humano de la mayoría a un bienestar real modelo siglo XXI (que, está demostrado desde los tiempos de Jefferson y Alberdi, depende en más o en menos de la mayor o menor vigencia de los derechos individuales) no cuenta, en la práctica, para el rígido sistema de Estados-nación soberanos.
Aunque todos intuyan que los derechos humanos -en primer lugar el de propiedad, cimiento y soporte de todos los demás- estén antes que cualquier “soberanía nacional”. Y que la identidad individual sea mucho más real que la identidad nacional e incluso que la religiosa.
Comentarios precedentes, todos, que en nuestra modesta opinión deberían ser desarrollados por los educadores de nuestra sociedad en tanto ejemplo de valores fundantes que eviten la “deriva cubana” que hoy nos frena.
En tanto ejemplo del derecho de nuestro pueblo a cuestionar todo y a exigir la potestad libertaria de decidir en serio sobre sus vidas, relaciones y producidos, sin parar mientes en tabúes decimonónicos. Mucho menos en miopes envidias de tiempos helénicos.

El proceso seguido por la muy bolivariana “república” de Venezuela constituye un ejemplo de la clase de tobogán hacia la dictadura socialista que muchos (demasiados) millones de argentinos parecen desear todavía para nuestra patria.
Visible en nuestras pantallas casi en tiempo real, dejó ilustrado de qué manera el hampa, encaramada al Estado y al comando del monopolio de la fuerza, es capaz de tomar de los pelos a toda una sociedad para conducirla a puntapiés hacia el matadero totalitario.
Para los venezolanos bastaron un par de micos -montados sobre un barril de petróleo estatizado- durante 18 años, blandiendo frente a la intelligentsia local la navaja del poder militar-narco-mafioso. Clientelizando con migajas y relatos infantiles al resto de la población compuesta, como es usual en nuestros populismos, por ignorantes e idiotas útiles.
Un proceso eficaz que enriqueció a ambos, a sus familiares y cómplices hasta niveles de vértigo.
En el caso argentino, afortunadamente, no bastaron 12 años de barbarie para que nuestra propia pareja de usureros hipercorruptos -montados en este caso sobre un silobolsa de soja robada- afianzaran la caída nacional.
Aunque de haber ganado el peronismo las presidenciales 2015 (cosa de la que estuvo muy cerca), el tobogán hacia el despeñadero cubano se hubiera consolidado con fuerza.









Alejándonos del Averno

Agosto 2017

Se sabe, en nuestro país al menos, que cerca del 80 % de las personas están poco o mal informadas sobre los temas de la política nacional (gobernanza, sustentabilidad financiera, seguridad jurídica, relaciones internacionales, fiscalidad, realidad parlamentaria etc.) y que tampoco tienen interés en saber ni entender más sobre estos asuntos.
Muchos, demasiados, consideran una pérdida de tiempo dedicar esfuerzo mental y práctico a asuntos que, piensan, no podrán modificar; tiempo ya de por sí escaso en orden a sus intereses principales: la supervivencia diaria, el eventual progreso económico familiar y los tiempos de ocio. 
Delegan esta tarea en la corporación política, eligiendo cada tanto de entre los postulantes a quienes mejor parezcan encarnar sus anhelos. Incluso si algunos de estos anhelos se contraponen al bien común honestamente entendido.

Los decepcionantes resultados prácticos de tal procedimiento, ya sea porque los elegidos no ganan o porque aún ganando no cumplen sus expectativas, llevó a ese mismo 80 % a un escepticismo político cuasi crónico. A desconfiar de las instituciones, autoridades y leyes regulatorias que sus supuestos representantes pergeñaron e impusieron, en una acumulación de matriz sedimentaria.
Incluyendo en el descrédito a ítems tan básicos como la Justicia, la limpieza del acto eleccionario o el manejo de los dineros obtenidos de impuestos, deuda y emisión.

Los expertos concluyen que nuestro ciudadano promedio es apático para lo público. Que está desinformado y que sus elecciones políticas no están gobernadas por su racionalidad sino mayormente por sus sentimientos: en general deseos difusos, odios, miedos, ansiedades y emociones primarias.
Además, hoy, tenemos más de un tercio consolidado de electores a quienes no les importa la moralidad de sus candidatos, la sustentabilidad fiscal del país ni la suerte de sus nietos sino sus perspectivas de consumo inmediato.
Una situación bien definida por el periodista J. Morales Solá cuando dijo que, para millones de argentinos hundidos en la sordidez de los conurbanos, la ética funciona sólo entre quienes tienen aseguradas dos comidas calientes al día.
Caldo de cultivo clientelista en estado puro, claro está, para una estrategia populista “de manual”.
Resulta también concluyente que la gente percibe a las ideologías tradicionales como anquilosadas. Que perdió el respeto y desmitificó a las autoridades. Y que ve con claridad la epidemia de corrupción gubernamental que la rodea.

Gente, sin embargo, que a fuerza de desilusiones y carencias empieza a darse cuenta de algunas cosas simples, como que la corrupción empobrece y mata. Como que un empresario no podría corromperse comprando favores a un burócrata que no tuviese favores que vender.
Y de que una libertad (de comercio y en todo sentido) en justa competencia, fomentaría la baja de precios y la eficiencia productiva con más y mejores salarios sustentables… en tanto el proteccionismo que nos rige sólo ha fomentado el privilegio, el statu quo y la creatividad para la coima.

Hablamos de una opinión pública cuyo poder se va horizontalizando y anarquizando (en el mejor sentido) al ritmo de la revolución informática, a pesar de la pauperización e infra-educación inducidas por el estatismo.
Una cuya militancia declina y donde los oradores son cada vez menos escuchados, sin que importe la dimensión de sus aparatos partidarios ni la historia de sus instituciones, supuestamente representativas.
En verdad, la gente común no cree que el presidente, el parlamento o la corte la represente. Ni que le responda.
Cree más en lo que podría obtener de un buen empleo y del mercado libre que de la política y sus flacas limosnas, cada día más envenenadas.
Como el ecosistema terráqueo mismo, nuestra sociedad conforma una diversidad tumultuosa y compleja. Contradictoria, si. Pero llena de vida; en constante evolución y reacomodamiento.

Hecho este análisis básico, fáctico, cabe preguntarnos si nuestra dirigencia estará esta vez a la altura del desafío adelantándose a los hechos para guiar al pueblo por la cornisa correcta o si, una vez más, optará por correr detrás de un carro que se desbarranca.

Porque coincidiendo con este tránsito generacional hacia lo personal-familiar, los pronósticos electorales prevén para Octubre otro leve retroceso de la irracionalidad. Un acotamiento numérico de la barbarie emocional de masas que desde hace más de siete décadas empuja a nuestra Argentina hacia el averno.
Cabe preguntarnos, decíamos, si percatándose del sentido en el que fluye la corriente subterránea de la Historia, un gobierno y una oposición renovados decidirán cambiar el objeto de nuestro creciente endeudamiento.
Haciendo virar el mismo desde la posición de eterno bombero de un déficit público insujetable a la posición de sustituto de una muy fuerte rebaja de impuestos y regulaciones (laborales incluidas) que permita la transición ordenada (y rápida) hacia una economía sana, sustentable, basada en inversiones inteligentes.
Con feroces aportes privados de capital de riesgo, management, capacitación, reconversión laboral y tecnologías modelo siglo XXI. 

Sería un primer paso por la cornisa correcta. Anticipándonos, como a fines del siglo XIX, a las sociedades “centrales”.

En aquel entonces recibíamos a sus emigrantes emprendedores, hartos de costosos Estados omnipresentes que abortaban su movilidad social a través de impuestos vampirizantes y regulaciones dirigistas.
Hoy recibiríamos a sus capitalistas, hartos de costosos Estados omnipresentes que abortan su creatividad empresarial a través de impuestos vampirizantes y regulaciones dirigistas.








Volvió y Fue Millones

Julio 2017

Cuando vemos a hombres jóvenes de clase baja cubiertos con mantas y durmiendo bajo las mansardas en respuesta a los pesos recibidos a ese efecto de su puntero kirchnerista (hecho varias veces comprobado, no seamos ingenuos), a los lavadores de parabrisas o vendedores de pañuelos de papel y a los tullidos o saltimbanquis en los semáforos; cuando vemos a mujeres desgreñadas, con niños, pidiendo limosna a toda hora en las veredas, puertas de iglesias y shoppings o a ancianas mendigas hablando solas, arropadas entre sus bolsas y sentadas a la intemperie; cuando vemos por televisión o desde el auto la precariedad de la vida y de las viviendas de cientos y cientos de miles de argentinos en las villas miseria, multiplicadas en los miserables conurbanos de nuestras ciudades; al margen de sentir lástima (y/o rechazo) y de intentar vanamente, aquí y allá,  ayudarlos con algo,  solemos pensar en definitiva “…se lo buscaron solos con su voto, con su sumisión tenaz a delincuentes políticos, año tras año. Se lo buscaron del mismo modo sistemático que sus padres antes que ellos. Y que sus abuelos antes que sus padres durante décadas, apoyando de viva voz a peronismos y populismos que se sabían inviables, incorrectos, ladrones, resentidos y mentirosos sin más; de tiro corto y consecuencias largas…”

La efímera satisfacción de pasar al cuarto oscuro para “clavar” una boleta vengativa contra “el rico” les volvió a millones como un búmeran en el rostro, lanzándolos a ellos mismos y a sus hijos al dolor, a la exclusión educativa y a la pobreza, cuando no a la calle y a una muerte prematura.

Volvió y fue millones, ciertamente.

El presidente M. Macri no tiene nada que ver con esto, que no es otra cosa que el resultado matemático de largos setenta años de violaciones al mandato liberal de la Constitución, sobre todo en el campo de la economía y de la creación de riqueza, base absolutamente ineludible de beneficios populares en educación, salud y prosperidad familiar en libertad.
Tal vez sí le quepa responsabilidad a su padre, F. Macri, en tanto cabal “capitán de industria” de la “patria contratista y proteccionista” y de su correlativa corrupción que, sin duda, empobreció y empobrece… mató y mata.
Tal como tienen responsabilidad, con nombre y apellido, todos y cada uno de los millones de emisores del voto delincuente y la militancia canalla que nos bajó a puntapiés del primer mundo, sitio donde estábamos hace tan sólo tres generaciones.

Mauricio no es Franco. Y es más que probable que sienta en su interior la misión de limpiar su apellido de anteriores errores y tropelías, aún a costa de perder su salud y parte de su fortuna. O toda, como le sucedió al honorable radical Marcelo T. de Alvear durante la época de oro en la que nuestro país crecía a paso veloz en todos los rubros e iba camino de alcanzar -y superar- a las potencias de la época.

¿Volverán millones de argentinos responsables del colapso a virar, esta vez en el sentido correcto, tras la esperanza del ejemplo… que quiere darnos nuestro presidente?




Enmendando a Nuestros Mayores

Julio 2017

Escepticismo y disconformidad abonan y potencian el hambre de la gente por el uso de tecnologías informáticas que tiendan a distribuir horizontalmente el poder de decisión sobre todos y cada uno de los aspectos prácticos de sus vidas personales.
Derechos individuales, en definitiva, que hoy reposan en manos de un Estado sobredimensionado e invasivo y de la sobreapoderada clase política que lo usufructúa.

Vivimos un proceso de cambio evolutivo de curso inevitable, que deberá llevar durante este mismo siglo al entero sistema democrático a un replanteo drástico de todos sus supuestos. Partidocracia de lobbies, representatividad real y atropellos de simple mayoría incluidos.

Algo que en sentido general fue previsto ya en Septiembre de 1787 por Benjamín Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos.
Según una conocida anécdota, el prócer fue abordado por una mujer cuando salía del Salón de la Independencia, al final del último día de la Convención Constituyente, preguntándole “Bueno Doctor ¿Qué tenemos, una república o una monarquía?” A lo que un Franklin de ceño fruncido rápidamente respondió “Una república… si se puede mantener”.
Aludía así a sus reparos tras el duro prolegómeno de meses de intensas discusiones, casi “palabra por palabra”, que concluyeron en la Constitución que más tarde los argentinos tomaríamos como modelo y que a poco andar, en 1789, debió modificarse con el agregado de 10 enmiendas.
Tras los primeros abusos de poder, las mismas intentaban reforzar el preclaro concepto de otro de los Padres Fundadores, Thomas Jefferson, quien advertía “Cuando los gobiernos temen a la gente, hay libertad. Cuando la gente teme al gobierno, hay tiranía”.

Nuestros avisados lectores supondrán qué fue de la Constitución, de las famosas enmiendas y de los temores de Franklin y Jefferson. O sea, qué es hoy de la democracia insignia. Veamos.

La Primera Enmienda garantiza que el congreso no pueda censurar; es decir, hacer leyes que restrinjan la libertad de expresión, religión o reunión pacífica.
Lo que, teniendo en cuenta el abstruso y costoso reglamentarismo vigente, empeorado después de los atentados del 11/09/01 o más aún con Trump en la presidencia, es literalmente una broma.
Pero más grave aún es la propia censura intra-ciudadana, bien representada por los estudiantes universitarios que protestan con violencia contra cualquier idea que no se ajuste a su estrecha agenda filo-socialista (de un adoctrinamiento que pretenden sea obligatorio) y que, por tanto, consideren ofensiva.


La Segunda garantiza que “el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido”.
Un derecho importante que asegura que sea el Estado quien deba temer a sus patrones y mandantes y no a la inversa. Derecho y reaseguro de hombres y mujeres libres que sin embargo se encuentra bajo el fuego permanente y el pedido de revocatoria de casi todos los medios de comunicación formadores de opinión. Y por supuesto del Estado y sus integrantes, en la inteligencia de que tal soberanía práctica contraría sus intereses de clase. El propio Franklin, un visionario y sabio libertario que tenía claros los condicionantes de la naturaleza humana y de la riqueza o pobreza de los pueblos aclaró: “la democracia son dos lobos y un cordero votando sobre qué se va a comer. ¡La libertad es un cordero bien armado rebatiendo el voto!”

La Tercer Enmienda es más pintoresca, garantizando que ningún soldado pueda alojarse en una casa sin el consentimiento del propietario.
Algo que en sí no está mal, aunque sea obsoleto por contexto histórico. El ejército norteamericano nunca ha debido alojarse entre la población civil.

La Cuarta, por su parte, garantiza que “el derecho del pueblo a la seguridad en sus domicilios, papeles y efectos, contra registros y detenciones arbitrarias, será inviolable”.
La violación diaria de esta Enmienda es flagrante. Hoy día el gobierno federal espía a todos, entra en las intimidades familiares, privadas o financieras cuando le conviene y exige declaraciones impositivas tan invasivas e incriminatorias cuanto abusivas, bajo amenaza de cárcel. La pesadilla del Gran Hermano está más cerca de la realidad estadounidense que nunca antes.

La Quinta asegura que nadie puede estar obligado a responder por las consecuencias de un delito sin acusación del gran jurado.
Sin embargo, Barack Obama firmó la Ley de Autorización de Defensa Nacional por la que cualquier ciudadano puede ser detenido por militares en suelo estadounidense sin que se requiera proceso alguno. La policía, asimismo, está facultada a requisar teléfonos celulares y computadoras sin proceso, violando las garantías contra la autoincriminación que esta enmienda también proveía.

Conectadas con la anterior, la Sexta y Séptima Enmiendas garantizan en juicios penales o de propiedad procedimientos rápidos, públicos y con jurado imparcial.
Los centros de detención militares, el alto secreto y los tribunales especiales, así como la nueva y atropelladora Ley Civil de Extinción de Dominio vigentes o en gateras, dan por tierra con las intenciones protectoras de los constituyentes para con la seguridad jurídica sin excepciones para con las personas del llano.

La Octava protege contra “el castigo cruel e inusual”, refiriéndose a quienes violan leyes federales.
El problema está en que, al momento de sancionarse, había sólo cuatro delitos federales y ahora hay miles mientras la presión impositiva, que en aquel entonces fluctuaba en pocos puntos del PBI, se encuentra en niveles de asfixia.
La misma categorización actual como delitos (con muy graves penas) de acciones u omisiones que afecten el poder de los integrantes del gobierno para financiarse compulsivamente con la labor ajena es, a puro sentido común, un castigo cruel e inusual.

En cuanto a la Novena y Décima enmiendas, garantizan por su parte la limitación de los poderes de la administración federal en favor de los gobiernos estaduales y de las personas. Todo lo cual ha sido fuertemente revertido desde entonces (y continúa su camino de profundización) a ojos vista.

Las consecuencias de estas violaciones se encadenaron multiplicándose y la “Land of Free” ya no es lo que era, por cierto. Los temores de sus próceres se vieron confirmados y esto, en cierto modo, terminó arrastrando al resto del mundo.
Porque el hecho de poner los derechos del Estado por encima de los derechos de la gente -limitando sus libertades- tiene como consecuencia (costo) global la decadencia a todo orden. Verdad válida hasta para una superpotencia.

Algo aleccionador para nosotros teniendo en cuenta que, con sólo leer el último informe de su Reserva Federal, inferiremos que el 72 % de las empresas de los Estados Unidos hoy no son rentables, dato que no tiene precedentes.
Por otra parte, el 40 % de los jóvenes de ese país siguen viviendo con sus padres, constituyendo el porcentaje más alto de los últimos 75 años; señal muy significativa en una economía que tampoco este año logrará arañar (siquiera) el 2 % de crecimiento.
Los salarios ajustados por inflación han permanecido inmóviles desde el 2009, otro dato clave que junto al del gigantesco endeudamiento nacional, que hace años superó la barrera de su PBI anual, no hace más que confirmar que estatismo y centralidad regulatoria equivalen a crisis.

Las encuestas dicen que en nuestro país el 80 % de los ciudadanos están desinteresados de la política. No confían en su Justicia, en su Congreso ni en sus organismos de seguridad.

Harían bien, en todo caso, en terminar de romper con ella obligando por defecto a los socialistas que desde todos los frentes políticos los cabalgan, a rever sus ideas “iluminadas”, sus ansias de parasitismo social y su descarada intención de seguir impidiendo mediante sobrepesos y frenos estatales el despegue de nuestra Argentina.  





La Búsqueda de la Felicidad

Junio 2017

John Locke (médico y filósofo inglés, 1632-1704) dejó asentado de una vez y para siempre que el principio fundante de la libertad es el derecho individual a la búsqueda de la felicidad.
Principio luego incorporado a la Constitución de los Estados Unidos la cual, junto a la reintroducción del sistema democrático tras casi 2.100 años de intervalo, trató de asegurar para sus ciudadanos por vez primera los derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad.
Nuestra Carta Magna, que reconoce como muchas otras su inspiración en la norteamericana, asienta su letra y espíritu en la libertad y en su mencionado principio fundante.

Argentina progresó espectacularmente durante 8 décadas, hasta casi mediados de la pasada centuria, tras la aplicación práctica de los principios económicos derivados de la protección al derecho de propiedad que marca la Constitución.
El implícito derecho a la búsqueda de la felicidad empero, si bien muy mejorado durante ese período, no encontró idéntico nivel de concreción práctica ya que en los hechos la economía y la política estuvieron regidas por una cerrada élite de terratenientes y aristócratas ilustrados.
Eso cambió a partir de los años ’40 del siglo XX, cuando el poder estatal decidió apartarse de la Constitución por el peor de los caminos: abandonando la protección al derecho de propiedad.
 Acabó así con la seguridad jurídica que a su amparo había propiciado nuestra elevación económica y educativa.

El resultado de esta decisión popular tan poco perspicaz fue, desde luego, la decadencia económica y educativa pero también un mal cambio de guardia en la élite dominante, que pasó a manos de funcionarios de escasa calificación mayormente corruptos y a empresarios prebendarios poco competitivos, pero con gran poder de lobby. Poder que usaron para extorsionar a los sucesivos gobiernos canjeando contratos públicos ventajosos y protección arancelaria permanente, por empleo industrial clientelizable más o menos masivo.
Un negocio que engordaba a ambas partes (bastante bien representadas hoy día por el tándem opositor Massa - de Mendiguren) pero que no podía sino llevarnos a multiplicar por 100 el tamaño del Estado y a dividir por igual guarismo la competitividad global de nuestra economía.
Situación que poco o nada ayudó en la genuina búsqueda individual de felicidad por parte de la mayoría de los ciudadanos.

Sin embargo, a casi -otros- ochenta años vista, puede que estemos montados sobre la bisagra de un nuevo cambio de guardia en la élite rectora. Porque quienes tienen las cartas ganadoras para este siglo tecnológico son quienes poseen el conocimiento y las ideas. Que no son precisamente los políticos tradicionales ni los pseudo-empresarios de “taller protegido”.
La democracia, aún en su mejor versión, la republicana, deberá adaptarse a tecnologías que todo lo transparentan, que todo lo aceleran y que -lo más importante- empoderarán como nunca y en forma individual a la gente del llano.

Si no lo hace de manera drástica, fenecerá como sistema útil.

Algo que a los libertarios no nos quita el sueño ya que nunca caímos en el error de elevar este sistema al nivel de culto incuestionable, cristalizado y… sacralizado.
Esto es así porque apoyamos el desarrollo de la sociedad civil, que es voluntaria, en oposición a la sociedad política, que es coercitiva y promovemos las soluciones de mercado, que son libres, en oposición al intervencionismo dirigista, que es obligatorio.
Todo ello en adhesión al Principio de No Agresión (que caracteriza al pensamiento libertario) y a su correlato, la no violencia como base organizativa innegociable para toda sociedad que quiera llamarse a sí misma civilizada.

En línea con lo anterior, se va imponiendo en el mundo el llamado “índice de felicidad”, más que el puro PBI, como modo de establecer un ranking de sociedades satisfechas de sí mismas. O, dicho de otra manera, de individuos a los que no sólo se les permite, sino que se les facilita la búsqueda y el logro de su felicidad, obtenida por métodos honestos; no violentos.

El índice se basa en un mix de PBI per cápita, expectativa de vida saludable, percepción de ausencia de corrupción pública y privada, de generosidad social, de contención familiar y de libertad para realizar las opciones de vida que se elijan.

Los regímenes populistas, autoritarios, totalitarios y/o los resultados empíricos de las políticas de izquierda en general a todo orden nos han hecho ver en estos últimos cien años (de penosa, lenta evolución humana bajo su predominio) su capacidad para poner palos en la rueda de la felicidad de la gente. De las personas trabajadoras y de mérito. De su habilidad (restando recursos) para frenar posibilidades de realizar sus opciones de vida.
Han profundizado la desigualdad, generado desempleo (o empleo público, que es casi lo mismo), empeorado estúpidamente el ecosistema y limitado las posibilidades de educación de excelencia a gran escala. Han roto los lazos sociales con grietas alimentadas a base de facilismo impositivo y resentimiento emocional y sobre todo han coartado gravemente las libertades individuales atacando la institución de propiedad privada, piedra basal de la creación de riqueza, cultura, ciencia y bienestar general a escala adecuada.
Todas acciones contrarias al antes mencionado decálogo de condiciones que determinan el índice de felicidad de una sociedad.

El relativamente escaso avance general, fue logrado a pesar de los Estados y no por ellos. Empujado por personas que desafiaron heroicamente a las máquinas de impedir buscando, justamente, su felicidad.

El derecho a la búsqueda de la felicidad, concepto altamente liberal y par inseparable de las libertades individuales sabiamente protegidas por nuestra Constitución, es algo que nuestro gobierno y nuestra élite pensante deberán grabar a fuego en sus respectivas hojas de ruta.

   










El Norte No Violento

Mayo 2017

Personajes como Jesús de Nazaret, Mahatma Gandhi o Martin Luther King predicaron y practicaron la no violencia.
Con abstracción de credos, ejemplificaron con sus vidas la superioridad moral de la no violencia, su efectividad final y sobre todo su estatus en tanto paradigma de comportamiento civilizado. De abjuración de la barbarie como paso necesario, de cara al siguiente escalón evolutivo consecuente con un bienestar superior.

En verdad, la humanidad no ha avanzado mucho desde los tiempos de Cristo: en lo medular, seguimos viviendo en sociedades violentas. Comunidades cuyos modelos operativos no funcionan si no es con una gran pistola apoyada en la espalda de su gente.
Algo que marca, de movida, el nivel de sus ineficiencias; el grado de desperdicio de energía productiva humana.
Arrastramos los pies entre sistemas que terminan fatalmente en mayorías poco (y mal) educadas, luego compradas con “derechos” que, para hacerse efectivos, deben violar derechos anteriores de otras personas. Sistemas que también resultan en una casta que vive de esta compra, que lucra con la política, que prospera parasitando el esfuerzo ajeno y que hace prosperar a sus cómplices, sean estos pseudo empresarios, sindicalistas u oportunistas militantes.

En este sentido el mundo “demócrata”, aún en sus mejores ejemplos (ni hablemos del resto), semeja un vehículo que gira en grandes círculos sobre la arena y que con cada vuelta se entierra un poco más.

La ineficacia intrínseca de la violencia que rige todavía nuestras vidas es la explicación última de casi todos los males de nuestra civilización.
Pobreza, déficit educativo, contaminación, malnutrición, guerras y enfrentamientos, odios y resentimientos, desesperanza y estrés vivencial, escasez de incentivos, miedo a los abusos y al apropiado sustento en la vejez entre otros dramas humanos son el resultado directo de sistemas tuertos. Cegados por el árbol que les impide ver el bosque de posibilidades del siglo XXI y cuya legalidad se reduce, finalmente, a un arma encañonando a los honestos.

 Existen minorías, cómo no, con visión de largo plazo y alto grado de civilidad. Con honradez intelectual en su apego a la no violencia en todo el ámbito de las acciones humanas. Personas conocedoras de la alta efectividad de la misma en su aplicación práctica a través de mecanismos de acción cooperativa, voluntaria: modelos que devienen pacificadores sociales por naturaleza y por interés propio.
Empero minorías cuya influencia no logra superar el violento umbral fáctico del sistema.

En cuanto a no violencia como sinónimo de progreso en nuestro pago chico, podemos constatar un paso adelante y dos para atrás consolidando el declive nacional, en cada uno de los comicios y golpes concomitantes habidos entre 1916 y 2011.
Un escenario donde las elecciones 2015 podrían haber sido (está por verse) el punto de inflexión. En modo alguno una panacea rápida e indolora mas si un cambio de tendencia.

Para redescubrir y apoyar un norte posible (o uno ideal; lo que importa es la dirección) antes convendría volver a visualizar la línea horizontal de las ideologías existentes.
Desde su margen izquierda, donde impera el ideal comunista totalitario, cuyo centro de gravedad son la masa proletaria y la autoridad suprema que ordena propugnando la abolición de la propiedad privada y de la herencia, hasta su margen derecha donde campea el ideal liberal libertario cuyo centro es el individuo propietario de sí mismo y de sus creaciones, propugnando la abolición de toda forma de coerción, de los impuestos bajo amenaza y, en última instancia, del mismo Estado (por caro, innecesario y peligroso).
Entre ambas banderas antagónicas, podemos recorrer el menú de las ideologías intermedias que toman sus postulados forzosamente híbridos, ora más de un extremo, ora más del otro.

De lo que no pueden caber dudas es de que la violencia más explícita contra la persona y su libre albedrío se sitúa sobre el borde izquierdo. Y de que la no violencia más contundente, a ese mismo orden fundamental, se sitúa sobre el borde derecho.

En una pequeña prueba de naturalezas, veríamos también que mientras para los libertarios la existencia de un núcleo de comunistas voluntarios (eventualmente coactivos entre sí) no sería un problema en su sociedad abierta mientras no violentaran al resto, para los totalitarios la existencia de un núcleo de personas libres en su seno, por más que no coaccionaran a nadie, resultaría intolerable desde el momento en que “contagiaría” fatalmente a los demás.
Por otro lado, tomando un ejemplo de efectividades conducentes veríamos que, en caso de una agresión externa a sus respectivas sociedades, la mejor y más efectiva respuesta sería la dada por la comunidad libertaria (la no-violencia, siempre basada en el Principio de No-Agresión, no implica no-defensa) porque la libertad haría que la creatividad, el capital y la alta tecnología (bélica defensiva y de contrainteligencia, para el caso) florecerían allí con muchísima más fuerza.
Razonamiento que se replica en el caso de la seguridad interior y de la prevención, represión y resarcimiento real a la víctima sobre todos los delitos comunes que impliquen agresión.

Un sistema liberal de punta como el que propone la filosofía libertaria hoy, no sólo es mejor por conveniencia económica directa de cada integrante honesto de la sociedad, sino que es el más justo, repartidor y ético (o meritocrático, si se quiere).
Hablamos de situarnos en el período histórico que nos toca, el Antropoceno, de abrir nuestras mentes al ambientalismo de vanguardia, el Ecomodernismo y de visualizar las inmensas posibilidades de un ordenamiento económico tan avanzado como el de la nueva Eficiencia Dinámica aplicada a una gestión empresarial con rol social.
Guste o no, el mercado en libre competencia (para cualquier rubro, desde educación hasta leche en polvo pasando por sindicalización) es un mecanismo profundamente democrático, no violento y no clientelista que, bajo la soberanía popular e insobornable de los consumidores (todos los habitantes), barre con los monopolios y con todos quienes no acaten los plebiscitos diarios de la gente de a pie, pretendiendo cobrar más de lo que un objeto o servicio vale. Valor definido tanto por un precio de lista… como por un tributo coactivo.

A más libertad y competencia, más castigo y quebrantos para las empresas explotadoras y/o cortesanas que siempre existen.
A menos libertad y apertura a la competencia, más oligopolio y monopolio, más Estado, más subsidio al indolente, corrupción e impunidad con peor distribución del ingreso. O bien: a más violencia (a más condicionantes de uso sobre derechos de propiedad en mengua), mayor ineficacia y lentitud en la creación de riqueza social. Conceptos todos de estricto sentido común y justicia de resultados, por otra parte.
Lo cual es igual a decir que cuanto más cerca del margen izquierdo de la línea ideológica estén nuestras simpatías políticas, tanto peor nos irá como país y junto con él a nosotros y a nuestros hijos a mediano y largo plazo. Y viceversa.

No es esta una ecuación complicada. Es sólo una con vistas a establecer un norte, una dirección, una tendencia que impulse seriamente los ideales pacifistas de Jesús, Gandhi y King hacia adelante.


¿Conflicto Docente?

Abril 2017

El conflicto docente está resultando en un perfecto espejo de nuestra quebrada sociedad.
Con la remanida excusa del aumento salarial, el sindicalista filo-marxista R. Baradel y sus cómplices tomaron una vez más a los niños del cuartil más pobre de nuestra sociedad como rehenes, usándolos de escudos humanos.
Al mejor estilo del terrorismo islámico anti liberal patrocinado por su admirado Irán. Menos sangriento, por ahora, pero igual de efectivo a largo plazo al objeto de aniquilar las posibilidades de superación de millones de chicos, para seguir lucrando con la “fábrica de pobres” (con el "daño colateral" de muertes prematuras por carencias de todo tipo, por qué ocultarlo) que tan bien gerenció el peronismo a lo largo de su historia.
Como que su más icónica creación, las “villas miseria”, llegan hoy a 6.300 en todo el país, con una población estable de 12 millones de almas.

Si no fuese un drama desgarrador, provocaría risa observar a Baradel y los suyos enfurecerse por lo bajo de los sueldos de sus afiliados (dato rigurosamente cierto) … después de que su abuelo, su padre y él mismo votaran (y lograran, una y cien veces) los gobiernos basura que bajaron a patadas a nuestra Argentina del primer mundo a lo largo de los últimos 70 años.
Nos haría reír con ganas ver que tan luego los docentes que desplazaron durante ese lapso a nuestros queridos Maestros sarmientinos, son los que hoy extorsionan al país y al entero sistema democrático.
Nada menos que los responsables de la ruina de nuestra educación pública con su prédica sostenida en favor de la imbécil idea de que quien tiene más es porque se lo quitó a quien tiene menos, en favor de un resentimiento larvado, de un estatismo cerril y de la redistribución forzada de ingresos. Con su prédica subrepticia en contra de la cultura del estudio, del trabajo, del derecho de propiedad y del capitalismo creador de riqueza.
Lavados cerebrales que a su tiempo condujeron en manada a votantes ya des-educados y clientelizados, a sufragar contra sus propios intereses. Como que 21.520.000 argentinos votaron por este tipo de genialidades en el año 2011 y, a pesar de las iniquidades visibles, nada menos que 16.680.000 volvieron a hacerlo en la primera vuelta de las elecciones 2015.

El ex preceptor Baradel y sus oportunistas compañeros de ruta exigen hoy al primer gobierno de -tímida- centro derecha después de más de 7 décadas de intenso daño populista (incluyendo a los inútiles gobiernos militares nacional-filo-peronistas), los sueldos y condiciones laborales que tienen… sociedades cuyos abuelos, padres e hijos votaron por ideas republicanas y filo-liberales diametralmente opuestas a las que tres generaciones de argentinos (incluido él mismo) votaron. Y/u obtuvieron.

No hay mayor culpable del desastre argentino actual que él mismo, el sindicalista H. Yasky y todos los de su canalla precedente. Responsables en primer grado de los bajos sueldos, el escaso prestigio o las malas condiciones laborales y previsionales de sus “defendidos”.
Culpabilidad refrendada, por si hiciese falta, con su explícito apoyo en la marcha del último 24 de Marzo a las guerrillas del ERP y Montoneros, que intentaron llevarnos por la vía de sus fusiles hacia una dictadura comunista.

Las carcajadas se convierten en estentóreas si, imaginación mediante, incursionamos en la contrafáctica permitiéndonos recrear lo que hubiese sucedido con los maestros de haber continuado con nuestra evolución capitalista a partir de 1945.
Superando a las actuales potencias agroexportadoras y postindustriales Australia, Canadá o Nueva Zelanda nuestra Argentina sería hoy una superpotencia de escala planetaria agroexportadora y postindustrial, de altísimo PBI per cápita. Con nuestra dirigencia marcando el paso al orbe, con nuestra intelectualidad liderando las vanguardias tecnológica y cultural… y con nuestros “docentes” percibiendo haberes de primerísimo nivel en orden a políticas libertarias de estricto mérito individual y de la más amplia libertad en la elección parental.

Verdaderos educadores, trasladándose entre labores en poderosas Dodge Ram último modelo en lugar de hacerlo en descangallados Dodge 1500 de los ‘70.

Parece obvio comprobar que desde tiempo inmemorial conviven dos Argentinas; y que desde 1860 esta división se patentiza entre quienes aman la Constitución Nacional de corte capitalista y liberal que (en los papeles) nos rige, y quienes la aborrecen.
Los sindicalistas docentes se sitúan, junto a toda la izquierda socialista o filo comunista y la gran mayoría del peronismo, en esta segunda vereda: la de quienes no aceptan nuestro Contrato Social y hacen todo lo posible por quebrarlo.