Vuelta de Tuerca


Enero 2020

Los ciudadanos votamos regularmente eligiendo entre candidatos para tal o cual puesto gubernamental, más para evitar males mayores (la elección de los peores al comando de la peligrosa maquinaria del Estado) que por real convencimiento y entusiasta aceptación del sistema.

De hecho, son muchos los sondeos de opinión (en nuestro país pero también en otras sociedades) que revelan un altísimo porcentaje de decepción con el sistema democrático en sí y con sus resultados a la hora de promover el “bien común”, facilitando la creación y el justo derrame de riquezas que eleven el poder de consumo y por ende, el bienestar general.
Si hiciese falta prueba irrefutable de la no-aceptación básica, de la falta de confianza y el fastidio de la gente para con el entero sistema, esta prueba está dada por la siempre violenta obligatoriedad impositiva. Que es, literalmente, un rifle en la espalda sin el cual nadie entregaría parte alguna del resultado de su esfuerzo en dineros al fisco; menos aún más de la mitad de sus ingresos como ocurre aquí. De bajarse ese rifle, pocos en su sano juicio optarían por tributar para que el gobierno (aún el elegido por ellos mismos) siguiera decidiendo a su criterio sobre el mejor destino del 50 % entregado y dictándoles de mil maneras qué no pueden hacer con el 50 % remanente.
En un escenario así, Gobierno y Estado darían por tierra en pocas semanas por directa, masiva, voluntaria y fulminante decisión popular de no-pago. Muchas decenas de miles de personas, integrantes de ejecutivos, legislativos, asesorías, ministerios y organismos paralelos, operadores, punteros y mafias de choque conexas deberían, finalmente, capacitarse y buscar trabajo… en algo productivo.
Distinta y selectiva sería, por cierto, la valoración de los agentes estatales que sí prestan servicios útiles a la sociedad como justicia, seguridad, salud, educación o infraestructura entre otros.

A pesar del cúmulo de disconformidades, de los inmensos sobrecostos e ineficiencias, de penurias económicas, inseguridad y bretes laborales, del bloqueo de tantos horizontes de progreso y de la visible decadencia nacional, las críticas a la democracia raramente se verbalizan: la mayoría de las personas sienten pavor de quedar etiquetadas como “políticamente incorrectas”. Y entonces callan; miran al suelo gorra en mano y sólo mascullan por lo bajo las duras imprecaciones de su desacuerdo.
Así como es aceptado en penoso silencio que bajo el mismo y sacralizado término democracia se cobijen sin contradicción aparente formas de organización social real tan opuestas como las de Suiza y Venezuela. Y como interesante es saber que nuestra sabia Constitución de 1853 no menciona en parte alguna la palabra democracia y sí, en cambio, el término república.

La elección cada 4 años de un entero sistema de vida “a paquete cerrado” obligatorio para todos por simple mayoría, es en verdad un modo muy primitivo de dirimir cuestiones que involucran gran complejidad e innúmeras opiniones; en especial frente a la disponibilidad tecnológica que para las decisiones personalizadas brinda este siglo de la información, de la interconexión y de la más asombrosa diversificación potencial de opciones.
Digamos, en tanto manifestación de principios y por sentido común, que el ser humano no nació para ser forzado y que, cualquiera sea el área de acción a considerar, el forzamiento es de por sí ineficiente como método de gestión comparado con lo voluntario; con lo positivamente incentivado.
La libertad de elección personal que la tecnología de redes hoy nos propone, en línea con una economía más abierta y participativa, en orden a la tolerancia para con lo diverso y en sinergia con la no-violencia como norte evolutivo, hacen de nuestro actual sistema, guste o no, un fósil institucional. Un experimento más de organización social (por caso, de unos 244 años de edad) con muy graves defectos, destinado a ser reemplazado y superado como lo fueron tantos otros a lo largo de nuestra milenaria historia.

Las revueltas de izquierda (Chile y Colombia), derecha (Bolivia) o indigenistas (Ecuador) entre otras que se han visto alrededor del mundo, aunque impulsadas por motivaciones en apariencia disímiles tienen el común denominador de la creciente necesidad de la gente de tomar sus propias, diarias decisiones.
Las une el hartazgo de tener que depender de intermediarios políticos, instituciones impuestas y hasta constituciones que frenan, impiden, complican, sobre-regulan, tergiversan y frustran el logro de sus miles, millones… trillones de deseos individuales superpuestos. Propósitos lícitos y diversos; cambiantes e imbricados; originales; incluso vanguardistas. Casi nunca antisociales de por sí.
La gente ve encorsetadas su libertad de acción y sus sueños cooperativos por estructuras costosas, opacas y arcaicas, fácilmente presionables. ¡Comprables! Por imposiciones jerárquicas y edictos innecesarios; forzosos, invasivos de su privacidad y hasta ofensivos de su dignidad.

La arisca libertad tecnologizada del tercer milenio por un lado y el “paquete cerrado” sometedor y clientelar de la vieja democracia delegativa de masas por el otro chocan como trenes de frente dentro de los cerebros de la gente común, dolorosamente minados de paradigmas estatistas.
Es el entero sistema democrático (en los hechos, dictadura de mayoría), mortalmente detonado por el pobrismo en su protocolo retaceador de derechos individuales, justicia proba, respetos a la propiedad y contrapesos republicanos el que, tras la colisión, arde frente a nuestros ojos.

Disrupción mental cuya expresión local es la grieta moral que hoy nos divide por mitades, entre decentes e indecentes. Entre los que en Octubre tuvieron a bien rematar en el piso del baño al fiscal A. Nisman avalando con el arma de su voto a sus ultracorruptos mandantes… y el resto.
Disrupción que es parte de una nueva historia. Una de rupturas profundas donde, en acuerdo con el último diagnóstico del programa de las Naciones Unidas para el desarrollo (PNUD), la “desigualdad” genérica que motoriza levantamientos civiles en distintas partes del mundo debe traducirse en una disconformidad de nuevo cuño, no ya tan marcada por el nivel de ingresos sino por la falta de equidad en las posibilidades de acceso al bienestar, por las limitaciones de una educación pública incapaz de preparar a los menos afortunados para un futuro laboral globalizado y por un devenir ambiental amenazante, que demostró la impotencia de reglamentarismos abstrusos y deliberaciones sin fin por parte de las pesadas burocracias estatales, mayormente percibidas como superpobladas de parásitos costosos, soberbios e ignorantes.

Problemas todos tan ciertos como solucionables por la vía superadora del gradual acercamiento de nuestra abotagada intelligentsia… a un contexto libertario; como el que venimos sembrando desde hace años a través de estas notas de campo, divulgación general de otras tantas ideas anticipatorias.
Encuadre que propone orientarnos hacia un sistema capitalista que replique aquí, para empezar, las políticas de baja imposición y consecuentes altos ingresos promedio por ciudadano logrados por países como Irlanda o Singapur, con recursos naturales enormemente menores a los argentinos.
Al menos mientras esperamos que las decisiones libres, diarias, responsabilizadas y soberanas de la gente común empoderada por las tecnologías de redes -el “mercado”- sean las que rijan nuestra vida en sociedad y nos lancen hacia una abundancia meritocrática, esa sí, de nivel superlativo.

Un encuadre diametralmente opuesto a la orientación de este enésimo gobierno populista que al cabo y despejada ya la hojarasca inicial, no atina más que a proponernos una nueva vuelta de tuerca de… más de lo mismo (de lo que nos hundió, por supuesto): más gasto público y más impuestos.
Lápida de plomo que recaerá no sólo sobre el campo y los jubilados sino sobre el pleno de esa clase media urbana y juventud filo-estatista que, con su voto, ayudó esta vez a encumbrar a los Fernández.

Porque señores, señoras: como bien anticipó el gran Ludwig von Mises “lo peor que le puede pasar a un socialista es que su país sea gobernado por socialistas que no son sus amigos”.










Verdad, dura Verdad


Enero 2020

Otra vez. La matriz barbárica del pobrismo peronista y su Estado policial otra vez encumbrada en el poder, asegurando la continuidad de nuestra decadencia por otros 4 años. Estado policial que es la única forma de sostener un modelo social-fascista tan injusto y violentador como carente de futuro. O como bien consignó alguien hace un par de meses, otra vez la descarnada realidad de los peores crápulas empinados a un poder longevo y bestial.
Porque verdad como pocas es que los peronistas han fatigado la infamia a lo largo de las últimas 7 décadas. Un ex gobernador y senador violador, además de corrupto, es sólo un ejemplo entre mil de similar catadura entre los dirigentes de ese espacio político mas… ¿quién votó a la bestia? ¿quién apoyó en el cuarto oscuro a el/la que mató al fiscal Nisman? Sin duda otro “conciudadano” de entre los 12.473.000 que optaron por el kirchnerismo en Octubre, escupiendo en la urna las tenebrosas carcajadas de un idiotismo criminal.
Es la confirmación del viejo síndrome argento de la mujer golpeada, que volvió bajo la forma de millones y que una y otra vez consiente y hasta disfruta del cínico, violento Sodoma de su propia degradación.

“Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y de reflexionar”, dijo un ya sabio Mark Twain. Cosa invariablemente cierta en política; en la democracia delegativa de masas o partidista actual que, muy lejos de su ideal ateniense y de acuerdo con la respetada filósofa Diana Cohen Agrest, siempre desemboca en una aporía o contradicción irresoluble consistente en que el representado, llevado por las promesas, vota equivocado porque el representante, en cuanto asume el poder, deja de representarlo para representarse a sí mismo.
Cada día más alejados de aquel ideal democrático del ágora y la asamblea real de los ciudadanos ilustrados, devenimos en una versión moderna de los esclavos o siervos de la gleba medievales a quienes se les quitaba cada año el 50 % de su producto, cifra curiosamente coincidente con la de la brutal confiscación impositiva que cae como yugo de quebracho sobre la cerviz nacional, frenándonos.
Se trató antes y se trata hoy del sometimiento servil a los integrantes de gobiernos corruptos e incompetentes que, con honrosas y breves excepciones, nos hundieron en la pobreza enriqueciéndose. Como está a la vista.

Cada vez con mayor frecuencia la política y los políticos no sólo contribuyen al problema: son el problema.
Como lo demuestran de manera palmaria las recientes declaraciones del senador ultrakirchnerista Carlos Caserio para quien la clase política no es la que debe hacer el esfuerzo que nuevamente se impone, como sí debe hacerlo la gente “normal”, sino que está para otra cosa: para dictarle a esa gente cómo hacerlo.
En un contexto donde cada legislador cuesta a los argentinos 10 (diez) veces más -en euros- de lo que cuesta a cada español mantener uno y donde acaban de legislarse impuestazos que agravan la ya confiscatoria presión tributaria, estas palabras suenan a cachetazo contra quienes trabajan, producen y pagan; a descarada imposición de amo a esclavos; de cafisho a meretrices; a burla insoportable y al más crudo desafío al espíritu constitucional.
Suenan a justa rebelión fiscal y penal de mansos saqueados e insultados contra parásitos soberbios y saqueadores, que retrotrae rápidamente a la Bastilla, al filo de las guillotinas, a la indignación o al “…o juremos con gloria morir”.

Este es el resultado de permitir de hecho y lo que es mucho peor conceptualmente que otro, usualmente más ignorante y resentido, decida cómo he de vivir. Que un tercero, muy posiblemente responsable de su mala situación por décadas de mal-voto propio o de sus padres, decida qué ruinosas reglas debo forzadamente acatar… para seguir hundiéndome con él.
Es el resultado de ser mentalmente esclavos. Siervos de la gleba en el siglo XXI que con igual mirada bovina y cerebro colonizado que sus pares del medioevo se resignan a su suerte y nada hacen por mejorarla, siquiera sea pensando en sus hijos y nietos.
Ya no son los reyes absolutistas, la nobleza feudal ni el terror religioso los que dominan, claro; las oligarquías vampiras que lucran a costa del inmenso resto son hoy la corporación política, la sindical y la de los empresarios prebendarios; las tres en aceitada omertá y coordinación.

Las mentes esclavas son el mal de nuestro tiempo y el veneno socialista del pobrismo clientelar, la droga que las mantiene dopadas en cautiverio.

Atruenan las palabas de Mark Twain, más obvias aún en sociedades como la nuestra con tan alta proporción de incultura y falta de ética, legado (junto con la proliferación de villas miseria) de más de 7 décadas de predominio básico del manual justicialista.

La fracción relativamente sana de nuestro pueblo, las 12.898.000 personas que en Octubre votaron divididas por Macri, Lavagna, Espert o Gómez Centurión, deberían abrir sus mentes con la misma valentía que tuvieron nuestros padres fundadores en 1810. Y como ellos, contra toda probabilidad, abrazar hoy las ideas humanistas de la cooperación libertaria. De la economía participativa y de la función social empresaria liberada de trabas y tributos en tanto cauces efectivos de un capitalismo de vanguardia.

Ser revolucionarios en serio, barriendo a corruptos, inútiles, vagos ideologizados y demás parásitos sociales con la implementación gradual pero firme de instituciones eficaces en todo sentido, de bajos costos reales ajustados a la competencia. Lo que implica abrir  mentes y  legislación a la privatización gradual -inicialmente parcial- de costosísimas “vacas sagradas” como la justicia (generalizando los mecanismos de mediación) o la educación pública (con vouchers co-aplicables a la educación privada en simultáneo con la descentralización académico-económica de todas las escuelas estatales posibles, con participación de sus directivos y docentes) entre otras como seguridad, previsión o salud.

Una revolución de verdad, que implique que las partidas presupuestarias que se vayan ahorrando se apliquen directamente a la rebaja de impuestos para así poner “ plata en el bolsillo” de los argentinos. Sólo que esta vez, dinero genuino; billetes que podrían usar para empezar a elegir y pagar (a diferencia de lo actual) sólo por lo que usan; servicios de mejor nivel en todas las áreas de sus vidas.
Generando, además, nuevo empleo bien pago para los trabajadores que vayan abandonando el ámbito estatal.
 

Sobre la Libertad


Diciembre 2019

Con una frase en un artículo reciente, el periodista Jorge Fernández Díaz resumió uno de los más retardatarios (y profundos) dramas humanos “…así como existe la pasión por la libertad, existe también la pasión por quitársela a otros”.

Debe tenerse en cuenta que el quite de libertades (sobre todo económicas) es la pulsión-madre de la izquierda en general, hoy victoriosa en Argentina, en apoyo de su vetusta ideología de praxis pobrista.
Una pulsión, la de frenar al prójimo, férreamente sustentada en -al menos- dos pecados capitales: la envidia y la soberbia. Iniquidades de las que debería tomar nota la jerarquía católica, tan alineada en su opinable doctrina social (a notabilísima diferencia de los credos protestantes) con el más rancio asistencialismo pobrista.
Envidia que asoma su sucio rostro tras la acientífica idea de que ganancia empresaria y capitales deben ser podados y embozalados a fin de lograr mejoras en el bienestar de los más. Y soberbia que emerge rugiente, fuera ya de todo cauce, tras la igualmente estúpida pero orgullosa idea socialista de que el Estado puede controlarnos a todos y a la totalidad del proceso económico, succionando de la actividad productiva el dinero que considere necesario para luego manejarlo con mayor eficiencia social de lo que lo harían sus dueños; vale decir, quienes lo crearon.
Pecados y mitos que encuentran anticipado castigo en situaciones tan dolorosas y frustrantes como las que atraviesa nuestro país, tras “olvidar” que esa entelequia llamada Estado es un simple agregado de mujeres y hombres tan falibles (tan peligrosos y malévolos, en todo caso) como los sospechosos sujetos creadores de la riqueza a succionar. Con la crucial diferencia de carecer -los funcionarios succionadores- de los suficientes incentivos para invertir (y cuidar) ese dinero con el máximo efecto multiplicador posible ya que nada les costó ganarlo ni habrán de recibir mayor ni menor retribución por ello, a no ser la coima para canalizarlo sin más consideraciones en favor de un tercero.
Mientras que el efecto socialmente multiplicador de las decisiones del particular succionado podrían haber estado en invertirlo en mejor educación para sus hijos, en mejorar la casa familiar, en reinvertirlo en su emprendimiento productivo o aún en contribuir con distintas obras solidarias… de su personalísima elección.

La acumulación de impuestos, que en Argentina representa más del 50 % del precio de todo lo que vemos y tocamos, es un clarísimo ejemplo de quite de libertades al ciudadano trabajador, que queda privado de elegir dónde destinar más de la mitad de todo lo que produce y gana.
Quien vota a referentes de izquierda (pobristas), apoya esta limitación. Vota en favor de la violación del espíritu constitucional, de su propia clientelización y del maniatado de todos quienes no están de acuerdo en ser invadidos en su privacidad y maneados con pseudo leyes y regulaciones de todo tipo, como paso previo a su esquila tributaria. Vota en favor de sobrecargar (y eventualmente abortar nonatos o hundir) a todos los que podrían emprender, crear, mejorar y optar dónde invertir multiplicando la riqueza en nuestra sociedad. No dejarlos crecer, frenarlos, quitarles esas libertades contra todo sentido común y de decencia, es su opción. Es, ni más ni menos, vender el futuro de sus propios hijos para disfrutar ya del bíblico “plato de lentejas” de… envidia y soberbia.
Sin maquillaje de “corrección política”, no otra es la opción que tomaron 13 millones 19 mil conciudadanos (el 38,2 % de un padrón electoral de 34 millones 82 mil) votando por Fernández o Del Caño en Octubre de este año. Quedando enfrentados a 12 millones 848 mil personas (el 37,7 % del mismo padrón) que votaron por Macri, Lavagna, Espert o Gómez Centurión identificándose con la Constitución, el respeto a la propiedad y la división de poderes, más que con las susodichas envidia y soberbia. Por no mencionar los estremecedores, terribles avales electivos a toda la red mafiosa de corrupción empresario-estatal-sindical y narco tanto como al asesinato del fiscal A. Nisman.
Como se ve, la grieta -que es claramente ética y moral- parte al país por mitades ya que el restante 24,1 % del padrón electoral lo constituyen quienes no quisieron votar (21,9 %) y quienes votaron en blanco o impugnaron sus sufragios.

La despreciable pasión por quitar libertades e impedir progresar a otros alimenta una decadencia que ya lleva 74 años y retarda el resurgimiento de la Argentina Potencia de hace un siglo, aunque esta vez con más perspicacia; de un modo más rápida y naturalmente distributivo. Vale decir, retarda la aparición de una sociedad más apoyada en lo libertario que en lo liberal, que frene y revierta la ley de hierro que dice que a medida que aumenta la participación estatal en la economía, disminuyen en forma proporcional tanto la solidaridad privada (transformadora y efectiva en serio) como la economía participativa.
Porque lo libertario es pasión inteligente por la libertad y la elevación del prójimo… tanto como por las propias.




Lecciones Chilenas


Noviembre 2019

“Quien no es socialista a los 20 años, no tiene corazón. Quien sigue siéndolo después de esa edad, no tiene cerebro” André Maurois (intelectual francés 1885 -1967).

El desorden, los saqueos y la destrucción de propiedad pública y privada que hemos estado viendo en Santiago y otras ciudades chilenas, protagonizados mayormente por jóvenes, resultan campo propicio para la reflexión y abren la mente a lecciones a considerar para nuestro país.
En verdad las manifestaciones de protesta, tumultos y desmanes son un signo de los tiempos y de ningún modo patrimonio exclusivo de nuestro vecino. Ocurren en Hong Kong, España, Haití, Líbano, Francia, Bolivia etc. y por muy variados motivos.

Hablamos, por otro lado, del país más avanzado de nuestra región. El que tiene una inflación menor al 3 % anual y el de mayor ingreso promedio por habitante, producto de un crecimiento sostenido sin solución de continuidad a través de 7 administraciones tanto de centro izquierda como de centro derecha, que coincidieron en mantener un modelo económico abierto y pro mercado, integrado al mundo y de perfil exportador. Modelo correcto que permitió el inédito surgimiento de una importante clase media, históricamente inexistente.

Varios de los 18 millones de habitantes de Chile pueden estar preocupados y frustrados por el aumento del costo de vida. Mas sólo unos pocos miles de jóvenes han sido lo bastante estúpidos como para causar tal caos y devastación, atrayendo tras de sí a masas de gente pacífica, causando muertes y afectando gravemente la vida y el trabajo de todo el resto. Un resto racional que sabe que incendiar propiedades, matar inocentes e intentar voltear con violentas puebladas a un gobierno democráticamente elegido, no resolverá nada.
En el Chile de 2019, además, la desigualdad que tantos ponen como excusa para el levantamiento es un mito: la medida internacionalmente aceptada para medirla es el índice Gini, que va de cero a uno, siendo cero la igualdad ideal y uno la desigualdad máxima. Pues bien, Chile fue puntuado en esta escala  con un coeficiente de 0.49 (Brasil 0.51, España 0.36, Colombia 0.50, Japón 0.32, Argentina 0,42, Sudáfrica 0.60, Noruega 0.27, Estados Unidos 0.41 etc.) cuando en el año 2000 su índice era de 0.58; vale decir, viene mejorando en forma consistente desde un pasado de fuerte desigualdad de clase, además de haber aumentado su clase media y de haber crecido económicamente en ingreso por habitante hasta superar a todos sus vecinos.
La pobreza, asimismo, que era sólo del 8,6 % hacia 2017, cae en curva descendente partiendo desde un índice de 27,6 % en 1994, como bien señala una reciente editorial del diario La Nación.
En cuanto a la movilidad social, un componente central de este ítem, el índice que la mide es el Bartholomew que ubica al Chile  de hoy con coeficientes superiores a los de España, Gran Bretaña o Estados Unidos, por caso.

Tal vez estos jóvenes estén genuinamente enojados; sea porque su educación fue deficiente, porque no consiguen un buen empleo o por el motivo que fuere.
Pero a nadie debe escapar que son revolucionarios cuyo paradigma es el capturado por las cámaras, en la imagen de un muchacho de 18 o 20 años tomándose una selfie mientras prende fuego a una tienda de comestibles, a otro destrozando las instalaciones del subte o a un tercero robándose de la vidriera un televisor de pantalla plana. Revolucionarios de fuste, sin duda, que prueban su superioridad moral y valentía (¿o cobardía?)  haciendo cosas como esas al tiempo de vociferar y grafitear con ira (¿o impotencia ante la propia incapacidad?) sus previsibles consignas socialistas o anarco-comunistas.

La mayoría de las personas hoy día en nuestros países y sobre todo las de menos edad, parecen venir formateadas para pensar (¿docencia “baradeliana”, tal vez?) que pueden resolver cualquier injusticia económica con más socialismo.
Simplemente… piensan en sus dificultades y se enojan, sin ir más allá en el análisis de sus problemáticas: ¿por qué aumenta mi costo de vida? ¿por qué no progreso? ¿cuál es la raíz, la causa de estas frustrantes circunstancias? ¿cómo puedo arreglarlas?
Podríamos preguntar, para empezar, cuántos libros ha leído aquel joven rebelde este año. O cuántos cursos en línea gratuitos ha tomado. ¿Ha hecho algo para solucionar su problema? Tal vez en lugar de incendiar edificios podría estar viendo innumerables videos útiles en YouTube, aprendiendo a codificar en Python o formándose para alguna otra actividad útil que lo atraiga. Sin costo. Desarrollando con honestas ansias de progreso habilidades comercializables. 
Pero no; el formato izquierdista no trata sobre cómo resolver las propias limitaciones: el socialismo que hoy campea le significará no tener que mover un dedo (excepto para encender el  fósforo incendiario). Bastará con hacer berrinches cada vez más violentos, hasta que otra persona (¿un ya asfixiado contribuyente, tal vez?) cargue con el costo y arregle sus problemas existenciales; aunque ni siquiera pueda definirlos.

Despertemos, señoras y señores. La verdadera revolución no es la de este lumpen vago y asalvajado, muy posiblemente telecomandado desde Caracas, Teherán o La Habana ni la de la legión de idiotas útiles (prensa incluida) que los justifican.
La verdadera Revolución (o con mayor propiedad, la más efectiva Evolución), es la que hoy llevan adelante los jóvenes libertarios. Es la que un día no lejano detonará  bajo las asentaderas de los oligarcas de las mafias empresariales, sindicales y políticas que nos vampirizan transando entre ellos con ayuda de la trituradora tributaria del Estado.
Liberando al pueblo de sus cadenas como proclama nuestro Himno para darle todo el poder a la gente común. Empoderamiento económico para emprender y progresar sin trabas ni parásitos y empoderamiento de los derechos civiles para que la gente honesta decida sobre su vida; sobre lo ganado y lo donado como a cada uno le plazca.

En verdad, los rockeros rebeldes deberían aggiornar sus vetustas letras y canciones de protesta, dejando atrás las consignas resentidas de los ’70 que nos trajeron a este desastre para adoptar las banderas de vanguardia de la verdadera rebeldía revolucionaria de hoy y “hacer lío”, como sugiere el Papa, poniéndose en serio del lado de los desposeídos y del “peligroso” (para el establishment estatista-opresor) tándem capitalismo libertario + no violencia a todo orden, que terminaría con sus esclavitudes.
Poniéndose con justa indignación del lado de la libertad; de los robados, frenados y hundidos por los vivillos corruptos de aquellas tres oligarquías simbióticas.

La situación actual argentina, con la mayoría de los sub-40 mirando con simpatía al modelo de Estado policial para un socialismo autoritariamente “redistribuidor” que primero los embrutece y luego una y otra vez los usa y empobrece, revela ignorancia; y una triste orfandad ideológica presta a ser llenada.
Es más: la juventud ha acumulado creencias sobre la injusticia que validan, otra vez, la violencia.

Es por tanto un gran desafío, aceptado por los libertarios, la necesidad de un manejo comunicacional (y a largo plazo, educativo en valores) que ilustre al soberano y que cambie sus expectativas. Así como la conveniencia de proponer un proyecto social inspirador que vaya más allá del mero crecimiento económico (que en el modelo libertario podría ser enorme) para que no se replique aquí el paradójico… “caso Chile”.






El Futuro de la Grieta y el Proyecto S.


Octubre 2019

En un interesante artículo publicado el mes pasado, con el que coincidimos, el respetado analista y catedrático Alejandro Katz sostiene que la Argentina, entendida como comunidad de destino, dejó de existir. Que la idea de una vida en común confiando en nuestros compatriotas dejó de tener sentido porque ya no compartimos un mismo ideal de patria. Porque ya no hay una casa ni una causa en común.
Quedaron fraguados dos modelos de país completamente distintos; dos concepciones éticas -y por tanto económicas- de fondo, opuestas; que nos separan casi por mitades y que se han constituido en un abismo infranqueable.

Es una verdad omnipresente en estos días electorales, tal como se difundió desde el rectorado de la Universidad de San Andrés, que la liza que se dirime no trata de economía. Ni siquiera del relevo entre gobiernos sino de algo previo a todo eso; trata de una decisión de vida en sociedad definida por  2 valores contrapuestos: decencia e indecencia.
O sea, vigencia constitucional, instituciones republicanas y justicia independiente versus impunidad mafiosa para con el saqueo corrupto, los asesinatos (como el del fiscal Nisman) y los narcos, además de censura y nuevo asalto a la propiedad con fuerte fiscalismo reglamentarista.
Acordamos con lo allí mencionado en el sentido de que sin decencia social no hay libertad posible y que sin ella no tiene sentido vivir tal entorno, ni sentirlo como propio.

Supuesto el caso de que el kirchnerismo se haga con el control del aparato del Estado tras demostrar este mes en las urnas que los indecentes son mayoría, no estaría de más empezar a pensar en un contundente “Plan B”.
Basado, claro está, en las acertadas premisas del Lic. Katz. Que bien podría implicar un aceleramiento vertiginoso de los hechos en dirección a un futuro de poder y riqueza sin precedentes, al menos para la fracción decente de la sociedad, de la mano de los representantes del extremo opuesto del arco (y los de mayor consistencia doctrinaria): los libertarios.
Esto es así porque los libertarios ponen a la persona, su familia, sus libertades creativas, solidarias y productoras de riqueza (bienestar general) en primer lugar… y al Estado después; a su servicio. Jamás a la inversa ya que el ser humano (con su intangibilidad, libre albedrío y plena asunción -tanto civil como penal- de sus responsabilidades individuales) es ética y moralmente superior además de históricamente anterior a la entelequia colectiva que denominamos Estado. Y porque miles son las formas posibles en las que la libertad y la no violencia (la contractualidad voluntaria en red como sistema) podrían difundirse por todo el campo de la interacción comunitaria, si hubiera la voluntad política de permitirlas.

Así las cosas, dejando ingenuidades albertistas de lado y ante un avasallamiento de la Constitución Nacional y consecuente ruptura del último “pacto social” protector de libertades que aún nos une, quedarían lícitamente abiertos los caminos del Proyecto S: la Secesión.
Empezando por la más obvia: la de la Ciudad de Buenos Aires en unión, tal vez, con la de algunos partidos cercanos (San Isidro, Vicente López etc.) donde la decencia haya logrado conservar su mayoría. Como modo de escapar a la conurbanización general de la Argentina en sintonía con el proceso chavo-cristinista en ciernes, pero también como posible puerta de un ingreso acelerado al Primer Mundo.
Los avezados constitucionalistas que tenemos podrán sin duda dar forma jurídica (tras la caída de la Carta Magna alberdiana) a esta suerte de denuncia del Pacto de San José de Flores firmado en 1859 por el que la provincia de Buenos Aires y su ciudad portuaria homónima aceptaron, tras años de férrea independencia, integrarse a la Confederación bajo la Constitución de 1853.

Los mismos líderes de Juntos por el Cambio o en su defecto los del PRO, podrían encabezar las acciones para separar de un tajo a estos territorios de la Argentina populista, en acuerdo con J. L. Espert y otros referentes libertarios que nunca han temido llamar a las cosas por su nombre y que saben cómo revertir los lamentables errores político-económicos del presidente M. Macri.
Territorios que, por otra parte, tienen mayor extensión que países europeos de extraordinaria riqueza. O que la República de Singapur, por caso, Ciudad-Estado de pequeñas dimensiones, cero recursos naturales y gran población que, adherida a la seguridad jurídica de una economía de corte libertario, logra impresionantes ingresos promedio por habitante y constituye dentro del top-five mundial una de las pocas zonas del planeta donde impera el hiper-Primer Mundo.
¿Por qué nuestra fantástica Buenos Aires (la que nos lega H. Rodríguez Larreta y su obra), con valentía cívica y bien conducida, no podría emular estos casos de éxito popular? Tenemos aeropuerto, sede de gobierno y puerto; incluso fronteras aceptablemente prefijadas.
Resulta impactante visualizar el enorme flujo de emprendedores e inversionistas (sobre todo argentinos) que el nuevo enclave podría captar y la velocidad a la que podría crecer, superando en poco tiempo al entero PBI de la restante Argentina socialista, corporativa… fascista.
Resulta emocionante visualizar el efecto que esta potencia económica en ascenso causaría en la población vecina, sojuzgada por el obtuso estatismo peronista. Y la marea de ex conciudadanos pidiendo visa para sortear el muro e ingresar al “mundo libre”.
Pero lo más impresionante sería observar en el tiempo el dominó de jurisdicciones que, a la vista de las diferencias y con jefes presionados por la opinión pública, por plebiscitos autoconvocados o por el propio voto regular irían adhiriendo, como islas confederadas, al nuevo país. O al menos al nuevo sistema, con la vista puesta en un eventual final de República reconciliada.

En ocasiones, lo que no se consigue transfundiendo educación en valores se logra por el atajo de ofrecer ejemplos poderosos que impliquen audacia, ética y valentía.
Y, por qué no, con ejemplos rotundos de cómo otras familias, vecinas e iguales, prosperan económicamente.
Verdaderos cachetazos despertadores con el potencial de trocar a millones de indecentes en decentes. ¿Se trataría acaso de pura conveniencia, a todo orden? Bienvenida sea, porque eso se llama… capitalismo.

Dejaríamos así que las Cristinas, Hebes, Magarios, Milagros y Contis, que los Grabois, D’ Elías y Cúneos, que los De Pedros, Solanas, Baradeles y Moyanos, que los Balcedos, Aníbales, Insfranes, Víctor Hugos… sus títeres y tanta otra canalla, se macere en su propia cocción de pobrismo. Restando nuestros impuestos de lo que dispondrían para seguir con su infame tarea de demolición.




Se Cierne la Tormenta


Septiembre 2019

Si bien el castrismo, el sandinismo, el chavismo y el kirchnerismo son experimentos infames y fallidos todavía conservan (especialmente en nuestro suelo) considerable poder electoral.
Son infames por su natural violento, ladrón y sectario, apoyado clientelarmente en el parasitismo y en el odio de clase. Y son fallidos porque, aun habiendo atropellado toda institución republicana que osara limitarlos, nunca lograron crear riqueza ni alcanzar su consecuencia: bienestar general sustentable. Por el contrario, sólo generaron retracción de inversiones y su corolario: más pobreza.

¿Por qué tantos millones de personas apoyan aquí este fracaso? ¿Por qué votan una y otra vez por quienes los empobrecen, maltratan, subestiman e infantilizan?
Saben bien que son mafiosos y falsos, que prohíjan impunidades asqueantes y que se enriquecen cometiendo monumentales desfalcos a cara de piedra, indiferentes a toda evidencia. Saben que violan la Constitución Nacional, que hunden a nuestra Argentina en todos los rankings y que la asocian con dictaduras delincuentes.

Y sin embargo los bancan, con vergüenza o sin ella, buscando su complicidad.

Tanto el famoso síndrome de Estocolmo como el de la mujer golpeada, tomados en “modo tribu”, aportan desde lo sociológico explicaciones plausibles. Más plausibles aún si agregamos al cóctel 7 décadas de des-educación; es decir promoción docente de revisionismos mendaces, mitos económicos y antivalores éticos: irresponsabilidad social transfundida gota a gota a través de 3 generaciones desde la “educación” pública (y no sólo a las clases media-baja y baja), potenciada por periodistas, locutores y analistas adoctrinados en la misma escuela de graves ignorancias conceptuales acerca de cómo funciona el círculo virtuoso de la prosperidad.
Sumémosles a estos votantes, en acuerdo con el  lúcido análisis del politólogo justicialista Eduardo Fidanza, consistentes sentimientos de orfandad (falta de representación), fatalismo (ante las mafias, los narcos y el delito callejero), recelo (desconfianza hacia los políticos) y miedo (frente la marea de inmigrantes y la escasez de empleo).
Tendremos así un peligroso caldo emocional de incultura, frustraciones y resentimientos. De broncas defensivas poco racionales, en suma, con duros ánimos resilientes detrás de los cuales se agazapa, apenas contenida, la violencia.

Violencia que es, políticamente hablando, lo que ofrece el kirchnerismo. Por eso millones de votantes lo avalan aun sabiendo de su natural de bandidaje prepotente. Cediendo en el fondo como mujeres golpeadas, a la necesidad de ser contenidas en sus miserias, de tener a alguien que se imponga a otras tribus “hablando en su nombre” y que les demuestre cierto grado de compasión, ocupándose de sus necesidades primarias entre las cuales no es menor la necesidad de “pertenecer”; aun (bajados ya los lienzos de toda defensa moral) a una asociación delincuencial. Aun a una que a mediano plazo los conduzca a un matadero bolivariano del que ni sus nietos zafarán.
La alternativa, creen y se justifican confusamente, sería aún peor. Porque lo importante es el hoy, dicen; después se verá. Y si debemos marchar al matadero, piensan y callan, que sea arrastrando a todos quienes todavía tienen algún dinero, saciando al menos la sed de nuestro largo resentimiento. Y si es con una dosis de revanchismo, humillación por sometimiento (o huida) y saqueo legalizado, tanto mejor ya que son visiones que anestesian el angustiante sentimiento de impotencia ante la propia incapacidad.

Señoras, señores, los electorados sí pueden suicidarse; la Historia Universal avala esta afirmación y Venezuela es un ejemplo; nunca subestimemos la estupidez humana.
Pero sobre todo, no subestimemos la cínica maldad de los intelectuales del populismo. Ni la abominable traición a los ideales sanmartinianos de decenas de miles de presuntos beneficiarios de la nomenklatura estatista. Esos que, creen, podrán lucrar dirigiendo el desguace de nuestra nación y su entrega al lumpen en connivencia con las mafias, desde confortables oficinas con vista al río en las narco-torres de Puerto Madero.

El gobierno de M. Macri (que en el imaginario de propios y extraños fue de “centro-derecha” pero en los duros hechos un perfecto ejemplo de “centro-izquierda”), carga con la gran responsabilidad de no haber sabido o podido desarmar la mega bomba socio-económica dejada sobre su escritorio por el kirchnerismo a fines de 2015, ingenio que finalmente le estalló en la cara a partir de Abril del ‘18.

El fracaso en lograr desactivar la (a esta altura ya clásica) celada peronista de cuentas impagas, irresponsabilidades, robos, mafia y platos rotos, tiene al menos dos causas eminentes.
La primera es la muy criticada actitud de no blanquear ante la sociedad con la más extrema crudeza y desde el principio, la gravedad de la situación socio-económica e institucional y el verdadero estado de las cuentas nacionales que se recibían; data que hacía (hace aún) de nuestro país un ente inviable.
Pero la segunda, no menos importante, es el haber fallado en explicar a la sociedad con precisión y perspicacia también desde el inicio, cuál era el norte hacia donde querían dirigirnos, cómo haríamos ese trayecto y cuánto tiempo nos demandaría llegar. Cuál era el premio y cuál la posición concreta (para cada sector) a la que se arribaría tras el sacrificio que habría de encararse.
Faltó el relato que entusiasmara; el mito (todos son relatos y mitos inspiradores en este sentido; algunos notablemente más eficaces en lo social-utilitario, como el capitalismo y otros más perjudiciales para la gente, como el socialismo; ninguno alcanzará jamás el ideal, por otra parte) que diera alas a la confianza. Faltó la imagen vívida de un futuro posible que despertara, en serio, la esperanza (¡qué palabra tan poderosa!) de una amplia mayoría ciudadana.
Sin motivación no hay epopeya; no hay mística; no hay la voluntad ni el temple nacional necesario para encarar (con consenso) la áspera tarea de hacer viable a la Argentina llevando a cabo las profundas reformas estructurales que, Macri sabía, había que encarar. A falta de estas dos actitudes valientes por parte de sus líderes, una sociedad confundida se colocó gradualmente a la retranca (en lugar de dar a su gobierno la autoridad para hacer esas reformas) impidiéndolas. Impulsando un endeudamiento creciente como única vía posible no ya de corregir las causas de nuestra inviabilidad sino de, simplemente, postergar la explosión. Cosa que tampoco se logró, como está visto.

Como escuchamos hace poco, el voto argentino 2019 se va asemejando al drama de una familia de jóvenes cuyos abuelos dilapidaron toda su fortuna en fiestas, en regalos y en las patas de los caballos del hipódromo; a continuación sus padres los endeudaron en bancos y financieras para seguir manteniendo el nivel de vida del clan, incluido el de sus mayores (después de todo, abuelos y nietos gritaron día y noche durante años pidiendo ¡flan!) y ahora esos hijos, frente a la quiebra en ciernes, consideran imponer nuevamente a los ancianos viciosos al mando …añorando aquel bienestar perdido.
Es claro que los abuelos cachafaces solo están capacitados para “reventar” lo que reste en viejas y nuevas adicciones para después, ya por completo aislados, empobrecidos e irascibles, encarar a los gritos el reparto de bastonazos entre su descendencia.
No está tan claro que los padres, en cambio, sean incapaces de renegociar las deudas que contrajeron con sus amigos banqueros y pongan a toda la familia a estudiar y trabajar, por fin, restableciendo el orden y la esperanza.

Se cierne la tormenta. Entre los casi seguros bastonazos y ruina final al estilo chavista y la oportunidad de una redención, como libertarios hoy optamos por esta última como mal menor. 



El Ejemplo Irlandés


Agosto 2019

La mejor receta para combatir la pobreza argentina es el simple crecimiento de nuestra economía, cuyo tamaño es increíblemente pequeño en relación a nuestra población. A nuestra geografía e historia.

El crecimiento de una economía se apoya en una síntesis de 5 factores: capital, tecnología, ahorro, inversión y trabajo. Todos ellos seriamente dañados aquí por políticas de corte fiscal-populista, redistributivo y autárquico, votadas y aplicadas casi sin solución de continuidad durante los últimos setenta años. Una orientación errada, evidente responsable de nuestro fracaso. De nuestra pobreza.
Fallido patentizado hoy por un Estado demasiado grande para el tamaño de una economía modelo “taller protegido” que nos impone endeudamiento, emisión inflacionaria e impuestos muy altos. Tanto, que bloquean toda posibilidad de ahorro, base a su vez de inversiones productivas generadoras de crecimiento y empleo.

En un notable artículo reciente, el economista Roberto Cachanosky nos recuerda el caso irlandés; una sociedad pobre y de bajos ingresos hasta principios de los ’90.
País isleño situado al oeste de Gran Bretaña, Irlanda no cuenta con pampa húmeda ni Vaca Muerta alguna, tiene menos superficie que la provincia de Formosa y una población de sólo 4,8 millones. Pero hoy logra un ingreso anual por habitante de U$S 68.800 (y en rápido aumento), que supera al argentino en más de 4 (cuatro) veces. Y que los coloca quintos en el ranking mundial, por encima de los Estados Unidos y de sus vecinos ingleses.
Ah! la exportación de sus productos (básicamente conocimiento), supera en más de 5 (cinco) veces a todas nuestras exportaciones.
¿El secreto irlandés para pasar a jugar en primera división? Austeridad en el gasto estatal, bajos impuestos del orden de 12,5 % y apertura al mundo con facilidades regulatorias y laborales que la hacen competitiva a la hora de atraer emprendedores innovadores y capitalistas inversores.
Una división en la que nuestra Argentina jugó durante los 80 años que duró la etapa de economía liberal (a partir de 1853), que nos elevó al primer puesto en el ranking mundial de ingresos por habitante en el año 1895 y que nos mantuvo en el top ten durante décadas.

Irlanda es un caso ciertamente interesante porque también estuvo en el top ten antes de ahora y además… durante la friolera de 1.000 (mil) años.
En efecto; la isla celta es ejemplo histórico (entre los siglos VII y XVII de nuestra era) de una sociedad con leyes y cortes libertarias funcionando sin gobierno, legislatura, justicia estatal ni cosa parecida. Se trataba, eso sí, de una sociedad altamente organizada que fue la más culta y civilizada de la Europa de su tiempo.
Funcionaba con un sistema donde los “hombres libres”, voluntariamente asociados en cuerpos comunales denominados tuath, se reunían en asambleas anuales donde se decidían tanto políticas generales cuanto propósitos sociales beneficiosos.
La dimensión geográfica (cambiante) de un tuath la constituía la suma total de los terrenos de sus miembros. La soberanía, así, se subordinaba al derecho de propiedad de sus integrantes libres; algo inverso al sistema actual de estados-nación soberanos y coactivos que subordinan a sí mismos los derechos de propiedad de quienes les dan origen, legitimidad y sustento.
El país estuvo constituido de este modo por 80 o 100 tuaths, que elegían cada uno un rey-sacerdote ceremonial que era a la vez líder militar y presidente de asambleas pero que no podía decidir guerras, impartir justicia, legislar ni ordenar ninguna otra agresión inconsulta por su cuenta.
La justicia, totalmente privada, era impartida por juristas profesionales llamados brehons, versados en las leyes consuetudinarias y cuerpos de costumbres, seleccionados por las partes en conflicto en base a su sabiduría e integridad. Cabe señalar que había varias escuelas de jurisprudencia que competían entre si en tanto las sentencias se hacían cumplir en base a un complejo sistema de seguros, garantes, castigos, multas, fiadores y ostracismos sumamente desarrollado. Los criminales, por su parte, eran considerados deudores que debían restitución personal a su víctima; sistema inverso al actual donde el crimen se considera una ofensa “a la sociedad”.
Es interesante señalar que las milicias y por tanto cualquier aventura militar que las involucrara eran solventadas con aportes voluntarios de la comunidad, con lo que casi no existían tales aventuras y si las había, eran de escasa duración; simples reyertas según los estándares del resto de Europa. Otra gran enseñanza para la actualidad, por cierto.

Este bello y pacífico armado social, muy avanzado para su era, terminó con la invasión y brutal sojuzgamiento de Irlanda por parte de la monarquía absolutista inglesa (el Estado coercitivo y su violencia, como siempre).
Pero demostró una vez más, pese al obvio silencio de la historiografía estatista,  cómo puede funcionar una sociedad sin Estado. Sin coacción social y en forma totalmente voluntaria, sin caer en el caos ni la indefensión. Por el contrario, prosperando más que sus pares subsumidas, por el simple y motivador hecho de ser voluntaria y por no tener que cargar con los terribles sobrecostos de una corporación política que mucho ordena, nada produce y que si lo hace, lo hace mal.

La Argentina debe multiplicar en varias veces las ridículas dimensiones de su economía para terminar en serio con la pobreza. Y el único camino conocido para lograrlo es liberando de ataduras todo su enorme potencial: volcándonos sin complejos a un capitalismo de siglo XXI.
El ruido de rotas cadenas será entonces el de los herrajes que nos tienen maneados, representados por la impedimenta pseudo legal montada por nuestras 3 viejas y muy ricas oligarquías simbióticas de políticos profesionales, empresarios prebendarios y sindicalistas mafiosos. 
Tres corporaciones parásitas que roban y estorban a mansalva. Que impiden la evolución de nuestra sociedad.
Podemos seguir el ejemplo de Irlanda, claro, así como el de Singapur donde un Estado casi sin corrupción, muy liberal en lo económico, frugal en sus erogaciones y garante de una altísima actividad económica debida a impuestos de menos del 12%, logra ingresos de U$S 95.000 anuales por persona.
Sin perder de vista la saga de países “nuevos” y perspicaces, de rápido crecimiento en los últimos años como Uzbekistán, cuyas tasas impositivas totales de apenas 4 % para pymes y de hasta 12 % para grandes empresas están atrayendo a emprendedores y capitalistas, a pesar del temor que provoca su historial de ex satélite del soviet.




Estatismo, Educación y Pobreza


Julio 2019

Impunidad aparte, la posibilidad de que la multiprocesada y condenada Cristina F. de Kirchner se alce con la presidencia argentina (ya sea en forma directa o por interpósita persona) y de que sus cómplices camporistas lo hagan con la gobernación de Buenos Aires, remite a la visión de millones de personas dejándose empujar, arrinconar en vidas miserables, robar y hasta matar, bajo el efecto combinado de ignorancias inducidas,  miedos y sobre todo… falsas esperanzas.
Un derrotero de entrega y fatalismo visible hoy en la huida de las garras del siniestro SEBIN y de la ruina, vía emigración, de millones de venezolanos en diáspora.

La extensa lista de antivalores a la que los sindicatos “docentes” de nuestro país adscriben desde hace mucho tiempo, representan bien a ese “Socialismo Siglo XXI” venezolano de miedos, falsas esperanzas y fatalismo al que los kirchneristas nos deslizarán si acceden nuevamente al poder. Valores torcidos que son el sustrato ideológico de su “núcleo duro” (unos 8,5 millones de votantes), como parte del daño causado a generaciones de estudiantes en todos los niveles educativos de la nación.
Daño que básicamente continuará mientras el Estado continúe dictando contenidos obligatorios que no adscriban con claridad meridiana a los valores de la libertad; a los de nuestro mejor pasado alberdiano y sarmientino.
Si no adscriben a la más absoluta responsabilidad penal, parental y económica sobre las propias elecciones de vida. Al respeto cerval por los derechos constitucionales, en especial el de propiedad, madre de todos los demás. Y a una Justicia de “todos iguales frente a la ley”, en tanto único igualitarismo moralmente válido que asegure férreamente y sin excepciones los dos supuestos anteriores.  
Si no fulminan al colectivismo parasitario, basado en la estúpida idea de creer que se puede mejorar algo gravando y subsidiando, en una sociedad de funcionamiento utópico donde cada uno viva del resto. Y donde todavía se crea que el gobierno es un agregado de gente buena y sabia tratando (¡y pudiendo!) arreglar por la fuerza y desde arriba, los problemas de todos.
Si no adscriben al emprendedorismo, a la innovación, al ahorro para inversión y vejez, al esfuerzo educativo, laboral y cultural, a la constante del cambio tecnológico, a la plena integración con el mundo, a la total libertad sindical y sobre todo a la ética de una honestidad sin dobleces.

Tal y como están planteadas las cosas en nuestra Argentina y aunque la administración Macri retenga la presidencia este año, si no se cambia radicalmente nuestra lamentable orientación resentido-culposo-pobrista, si el capitalismo cultural (y por ende el económico) no se convierte en norte de mayorías, seguiremos condenados a aumentar año tras año el caudal de votantes dispuestos a dejarse empujar, arrinconar en vidas miserables, robar y hasta matar tras la ilusión de reivindicaciones de una irrealidad… penosa.

Lo mejor sin cortapisas sería que el gobierno tendiera a no dictar contenido educativo coactivo alguno a nadie y que se retirara gradualmente de un metier en el que los resultados de su gestión de más de 7 décadas se han revelado calamitosos. Que se quitara de en medio abriendo a la libertad de las más avanzadas, flexibles, profesionales e imaginativas iniciativas privadas de inversión, contenidos y gestión esta área tan sensible; demasiado importante para confiársela a un Estado siempre ideologizado y para colmo con una monumental historia de ineptitudes y sobrecostos.
Lo más sensato sería que dejara de obligar a todos a “aprender” ideas sólo en apariencia incuestionadas sobre cientos de temas. Como sobreentendidos corporativismos, autoritarios y masificantes; como inconsultas y ruinosas sumisiones impositivas o como extraños derechos a la interrupción de la vida de terceras personas; asuntos donde la diversidad de posturas morales y valoraciones éticas o utilitarias es (o podría ser) inmensa.
Como para muestra bastan un par de botones, fruto de esta “educación” estatal colonizada por quintacolumnistas y minada de antivalores han sido los votos que inclinaron la balanza llevándonos a la “conquista social” de colocarnos en la situación desesperante de que seis millones y medio (en disminución) de trabajadores del sector privado formal (el productivo) deban solventar ¿de por vida? a través de confiscación tributaria a veintiún millones (en aumento) de personas colgadas del sector estatal subsidiado (planeros y símil). Votos contumaces, que también posibilitaron al gobierno anterior aumentar en un 70 % (¡!) el ultra-ineficiente empleo público provincial, en el pueril intento de disfrazar la desocupación rampante que producía (y aún produce) su irresponsable modelo pobrista.
Desde luego, en el largo plazo el mejor programa de ayuda para la miseria es el crecimiento. Las inversiones. El buen empleo. En cuanto al corto plazo, es claro que las organizaciones privadas de caridad, sus ramas eclesiales solidarias y ONG’s ayudan a los pobres de manera mucho más inteligente que los gobiernos. Bien haría el Estado en cerrar el Ministerio de Acción Social y traspasar el 50 % (¡!) del presupuesto nacional que hoy se aplica a este tipo de ayudas, a estas instituciones.

Bien haría también en desguazar la maquinaria de la educación pública ideologizada (anticapitalista, anti- inversora y por ende anti buen empleo) que viene lavando el cerebro de la sociedad tras el objetivo de inculcarnos a fuego la fantástica idea de que políticos y políticas saben mejor que el resto de nosotros en qué consiste el bienestar general sustentable y, sobre todo, cómo llegar a él.
Toda una casta de docentes, intelectuales y divulgadores de mitos, rentados para convencer a la ciudadanía de que quienes comandan el Estado saben mejor que cada ciudadano productor cómo usar su dinero; cómo multiplicarlo generando empleo, cómo ayudar a otros (¿empezando por la propia familia, tal vez?), en qué cosas gastarlo mejor y cómo ahorrarlo en previsión de las eventualidades de la vida.
Para convencernos de que jamás deberemos calcular ni cuestionar el costo-beneficio final de su accionar ni rebelarnos contra el verdadero saqueo impositivo con el que se sostienen cómodamente al mando sin producir nada.

Todo parte de una parafernalia digna del peor oscurantismo medieval; de siervos de la gleba esclava en la que el estatismo sumió a toda la población argentina.
Atornillando los antivalores socialistas responsables del actual conformismo ignorante de la mayor parte del padrón electoral, que asegura a las oligarquías (o “corpos”) simbióticas de empresaurios depredadores, sindicalistas mafiosos y políticos fabricantes de pobreza poder mudar de caretas cada dos años, cambiando algo para que nada verdaderamente importante cambie.