Las Claves de lo Posible

Febrero 2017

En lo que respecta a sistemas de organización social y en palabras de Mijaíl Bakunin (intelectual ruso, 1815-1876) “Aquellos que reclaman lo posible, jamás logran nada. Pero aquellos que reclaman lo imposible, al menos logran lo posible”.
Botón de conocimiento de la naturaleza humana que termina abrochando Vaclav Havel (político y escritor checo, 1936-2011) con su definitorio “Culturas hay muchas, pero civilización una sola: donde se respetan los derechos individuales”.
Lo posible. Lo civilizado. Dos conceptos que la mayoría relaciona sin mayor análisis con el vocablo democracia.

Sin embargo, para funcionar como método útil de ordenamiento comunitario (porque de eso se trata; de utilidad real; sin derivas hacia la dictadura plebiscitaria, violadora de derechos individuales), la democracia debe cumplir -al menos- 7 requisitos previos:

1) Ciudadanía con un cierto standard de bienestar material, cultural y ético que la haga capaz de identificar y excluir del juego a toda persona mafiosa (corrupta, violenta, mendaz).
2) Políticos con probada vocación de servicio y alto sentido de responsabilidad moral, plenamente conscientes de la estricta temporalidad de sus cargos.
3) Burocracia profesional y eficiente cuyo costo sea igual o menor a la afectación que tal gasto cargue sobre la productividad de cada minoría activa relativa.
4) Verdadera y profunda división de Poderes.
5) Presupuestos equilibrados, sostenidos con tributos cuya sumatoria sea compatible con la competitividad potencial de cada actividad.
6) Funcionamiento real de partidos políticos basados en plataformas de compromisos específicos, donde se detallen acciones concretas y consecuencias esperables en cada área.
7) Férreo compromiso de tolerancia recíproca y de respeto al espíritu y la letra de la Constitución por parte de todos los participantes del sistema.

Está claro que son excepción las sociedades que cumplen con los requisitos para un funcionamiento democrático que sea beneficioso para el conjunto.

La Argentina de comienzos de 2017 no está entre ellas y es probable que no lo esté en mucho tiempo a juzgar por la enorme cantidad de individuos que, tenazmente y a sabiendas, apoyaron y apoyan a políticos delincuentes violadores de los derechos personales de la gente.
Ciudadanos que votaron y votan contra ese núcleo vital de nuestro espíritu constitucional, cuyo violentado bloquea (y no sólo para ellos) el logro de la primera de las condiciones antes apuntadas.

Aparte de los cristinistas confesos son millones los que, a no dudarlo, volverán a hacerlo este año en un enésimo intento de timo justicialista encolumnados tras S. Massa, R. Lavagna, F. Solá y otros ex altos funcionarios del kirchnerismo depredador. Todos en perfecto conocimiento del “modelo” santacruceño desde el inicio mismo de sus mandatos. Sin atenuantes en su complicidad con un gobierno -y para muestra basta un botón- que forzó la aparición de 1.200 nuevas “villas miseria”, sólo en la provincia de Buenos Aires.

Es por ese condicionante de voto delincuente (enemigo de la civilización; amigo de la tribalización) que, perdido todo orgullo y a pesar de los esfuerzos del actual gobierno no-peronista por encarrilar en algo el desbarajuste, nuestro sistema híbrido sigue y seguirá forzando a la nación a avanzar con sobrecargas intolerables; tosiendo, escupiendo sangre y tropezando.
Y es por idéntica razón que Fernando Iglesias (notable periodista, escritor y político argentino contemporáneo) reflexiona con tristeza “En esta Argentina los problemas no se solucionan; más bien se regulan, se acompañan, se cabalgan”.
Sabiendo que, en la mayor parte de los casos, regular un “problema” no es superarlo. Es sólo complicarlo, cargando costos -“costo argentino”- sobre la productividad potencial y la riqueza relativa del conjunto.

La Argentina, una sociedad básicamente individualista, es hoy una verdadera bolsa de gatos de intereses enfrentados y sus tres poderes estatales, pésimos arbitradores de sus muchas diferencias.

Reclamar lo imposible equivale a exigir que todos los problemas de nuestra sociedad se resuelvan con la máxima inteligencia empática, celeridad y eficiencia procurando el menor daño (o postergación de justas expectativas) posible para cada una de las partes involucradas.
Lo que, con acuerdo a los conocimientos conductuales y tecnológicos más vanguardistas, a nuestro natural individualista y a la experiencia socio-económica universal acumulada, implica maximizar las oportunidades de resolución privada e inter-personal de conflictos y estrategias de crecimiento, minimizando la participación mal-arbitradora del Estado, tradicional cabalgador y regulador de problemas.

La máxima velocidad de avance socio económico se encuentra en el “imposible” libertario de romper las cadenas, liberando todo nuestro potencial. De confiar plenamente en la gente democratizando hasta el hueso cada área de la actividad comunitaria, sin excepciones.
Marcando (un siglo después) una vez más, el rumbo del cambio a un planeta sumido en crisis existencial.

Por ejemplo, abriendo a la participación y creatividad empresarial reductos hoy monopólicos como la justicia, la defensa, la educación y recapacitación laboral, la salud, la infraestructura, el sistema carcelario, la previsión y asistencia social, la investigación o la seguridad pública entre otros. Inmensos cotos de caza para oportunistas y corruptos que tan mal funcionan, que están tan anquilosados y que son tan enormemente costosos, aunque ese precio se disfrace con emisión (inflación), merma del PBI (decadencia) y deuda (hipoteca contra nuestros hijos).
Debido, justamente, a la ausencia de competencia. A la ausencia de sentido común y de confianza en las propias capacidades.

He ahí el “imposible” que debemos reclamar para acercarnos a “lo posible”, empezando por una democracia de verdad. Modesta en sus mil frustrantes limitaciones, pero aceptablemente útil; entendida no como Fin del Camino sino como un paso más en el largo aprendizaje social de la humanidad.

Para llegar por último al pleno ejercicio del libre albedrío con responsabilidad personal en la más audaz libertad  de elección de vida, de no violencia activa y de innovación creativa. De redes de acuerdos voluntarios, de generación de riqueza, de tecnologías revolucionarias y de oportunidades… sin tope.

¿Acaso debe ponérsele techo a nuestro Norte de alta civilización? La clave para alcanzarla un día sin dar cabida a los autoritarismos, desde luego, está en defender siempre, en cada elección y cambio de opiniones, igualmente altos derechos personales.



La Rueda del Éxito

Enero 2017

Hubo una Argentina exitosa.
La única que supimos conseguir en los 480 años de historia que median entre 1536 (primera fundación de Buenos Aires) y 2016.
Una donde todos los indicadores, desde la tasa de industrialización, pasando por el kilometraje comparado de vías férreas y el nivel de acreencias sobre otras sociedades, hasta los niveles salariales de nuestros trabajadores se ubicaban entre los mejores del ranking mundial.
Era esa Argentina que llegaba al apogeo de su prestigio en la época del glorioso Centenario, cuando líderes globales y testas coronadas se inclinaban con respeto y admiración ante nuestros representantes… y frente a nuestra moneda.

Una república donde, entre otras cosas, el renunciar al conformismo para tomar riesgos era parte de nuestro ADN.
O al menos lo era del ADN de los millones de inmigrantes europeos que desde 1860 bajaron de los barcos, dispuestos a trabajar duro para progresar en un país donde el gobierno no fuera un obstáculo ni una carga, como el de los lugares de donde provenían.
La Argentina fue ese país del let it be del genial John Lennon: el que dejaba ser y dejaba hacer como pocos en su tiempo.  Aquel cuyos gobiernos casi no estorbaban ni detraían ingresos reinvertibles. El que unía los mayores retos a la mejor promesa de resultados en patrimonio y bienestar familiar.
Fueron décadas en que sólo nos limitaron nuestros sueños y nuestra capacidad para hacerlos realidad. El Estado y su ideología social-estatista no eran las lápidas que hoy nos aplastan (que nos “protegen”, diría un proteccionista).

El sentirse bien frente a desafíos o riesgos laborales y empresariales es, a esta altura, más importante que nunca y tiene una gran incidencia en el logro del sentimiento de realización personal de cada ciudadano. Logros que, sumados, son los éxitos del país.

Sin embargo, no es lo estamos enseñando a nuestros chicos: a ser disruptivos, emprendedores… e intelectualmente honestos.
A cuestionarse todo, en especial los dogmas políticos frenantes.
A arriesgarse a crear algo mejor o a mejorar lo existente con mente abierta. Y a levantarse más rápido cuando sobrevengan las caídas.
No les estamos enseñando, sobre todo, a respetar la propiedad ajena con todo lo que ello implica en cuanto a las convicciones y sentimientos personales para con el estatismo fiscalista.
Vale decir, no están aprendiendo a abortar al enano fascista que todo argentino lleva adentro. Y a su hermana gemela, la envidia socialista que completa la dupla que envenenó la mente de sus mayores a lo largo de tres generaciones.
Para trocar así el paradigma de la igualdad económica por el de la igualdad ante la ley, tal como lo prescribieran los Padres Fundadores de la Argentina exitosa. Única forma racional y sustentable de llegar a la soñada igualdad de oportunidades, claro.

Todavía vamos con la manada por el camino errado. Error visible en el fracaso de todos los países que hoy intentan acercarse (contra natura, cual modernos Sísifos; sin haber evolucionado un ápice y en la desordenada marea de las dictaduras plebiscitarias) al rasamiento de ingresos y beneficios por medio de altas cargas tributarias impuestas por la fuerza. Lo que es igual a decir: atacando frontalmente al derecho de propiedad; el que posibilita todos los demás.
“Detalle” que debe recordarse una y otra vez para evitar la trampa de terminar creyendo que los impuestos (aún los decididos por legisladores electos) son voluntarios e inevitables. Supuestos falsos, como bien sabe todo libertario.

Las sociedades que erosionan el derecho de propiedad y disposición son como el soldado de infantería que por ineptitud se pega un tiro en el pie derecho, demorando su avance. Y las que bloquean en sus hijos el sentimiento de responsabilidad individual, el gusto por el riesgo inconformista en lo cultural y laboral o la ambición de crecimiento personal y bienestar familiar, se lo descerrajan también en el izquierdo, deteniendo por completo su marcha.

Por otra parte, es cierto a medias como dicen algunos bienintencionados, que la polarización de la riqueza muestra que un puñado de ricos es cada vez más rico mientras una creciente ola de desafortunados va convirtiéndose en más pobre.
Lo es a medias porque, aunque existe una gran desigualdad con los más ricos, la pobreza disminuyó cuantitativamente en términos reales a nivel global en las últimas décadas.
Mas la causa de que esa desigualdad sea tan grande y de que la pobreza no esté siendo reducida más rápido y con efectos mucho más contundentes, es el duro imperio de favoritismos injustos (y sus correspondientes negociados) surgidos de la maquinaria estatal coactiva alimentada por los votos de muchos como ellos, tras la idea de rasar la desigualdad mediante regulaciones e impuestos (aplicados “¡a otros!”) a ser distribuidos luego entre “los pobres”.

Aunque en una situación de verdadera competencia se vería muy atenuada, la desigualdad en sí no es el problema ni debería preocupar a nadie que no esté carcomido por la envidia. Sí la pobreza y lo lento de su erradicación.

Se ve en todas partes aunque con especial didactismo en el caso argentino, cómo este sistema de solidaridad forzada -siempre creciente por propia dinámica- condujo a lo largo de los últimos setenta años al brete en el que nos hallamos.
Con un tercio de la población entre la carencia y la miseria, con alta corrupción, emisión (impuesto inflacionario) y deuda (impuesto a nuestros hijos), con un 50 % del empleo en negro (impuesto de precarización clientelar) y con más de la mitad de la ciudadanía dependiendo para su supervivencia de un “trabajo” o limosna del Estado.
O sea, dependiendo de la decreciente fracción privada que trabaja, produce y aporta bajo protesto para sostener este dislate.

Lo que hasta ayer parecía fuera de toda duda e ideológicamente irrefutable para los defensores del Gran Estado Mamá, hoy tambalea.
Hubo una Argentina exitosa, donde sus ciudadanos sólo pedían a los 3 poderes del Estado que los dejara ser y los dejara hacer. Que se abstuviesen de bloquear o hundir sus iniciativas con estatutos discriminantes, con tributos sin fin o con dirigismos económicos y legales plenos de soberbia intervencionista.
Y hubo gobiernos exitosos que así lo hicieron. Siendo austeros y absteniéndose de obstruir; quitándose de en medio. Dejando de desconfiar de la gente que los bancaba. Y de vender su honra y su alma, como Judas, por 30 monedas de plata.

La moraleja conducente es la de que el camino al éxito nacional no es el de la afirmación de nuevos liderazgos políticos fuertes sino el que lleva con premura hacia la consolidación de una ciudadanía cada vez más libre y responsable, que decida por sí qué destino dar al producto de su esfuerzo. Incluido el destino caritativo, tan necesario en este enésimo naufragio peronista.
Porque esa fue, es y será la fórmula mágica del desarrollo social. Un desarrollo que hace a la solidaridad casi innecesaria.

Para dar inicio al círculo virtuoso del crecimiento, para generar la imprescindible confianza interna y externa que atraiga inversiones productivas y sociales a gran escala, el gobierno de Cambiemos debería explicar claramente hacia dónde vamos, cómo, en qué plazos y porqué.
Iluminando el camino y brindando certezas con convicción. Elevando la mirada ciudadana más allá del derrotero de salida del fangal social-fascista y de nuestro lamentable Estado Mamá, tan contrario a la cultura del trabajo.
Porque las expectativas generan esperanza y una esperanza realista genera tendencias contagiosas. Y eso es lo que importa: ponerse en marcha haciendo circular al capital ya que dando incentivos que acicateen la sana ambición de la gente, volvería a manifestarse aquel ADN laborioso, optimista, audaz; aquella certeza de que el futuro está en nuestra Argentina y no afuera.

De este modo la rueda, hoy detenida, tornaría a girar.









De Donald Trump a Gary Johnson

Diciembre 2016

La reciente elección de Donald Trump como líder de la primera potencia económica del planeta no debería ser percibido por el “círculo rojo” internacional como un cisne negro, sino como la continuidad natural de una serie de eventos socio-políticos que desnudan el espectacular fracaso de las democracias, que se hunden abrazadas al paradigma mayoritario de Estados cada vez más pesados, dadivosos y controladores.

Entendiendo que con la palabra “fracaso” referida a la democracia como se la entiende hoy (de cultura del subsidio por oposición a la cultura del trabajo), nos referimos a realidades como el estancamiento económico del primer mundo (retroceso, para sus generaciones jóvenes) y su pavoroso nivel de endeudamiento. Al brexit y al auge de los separatismos. O al ascenso de nacionalismos tan nostálgicos como peligrosos en Francia, Austria, Holanda, Bulgaria y Rusia entre otros sitios.
Realidades que impactan sobre los sueños personales y comunitarios de la mayor parte de la humanidad, que tenía al actual mundo “desarrollado” como meta o ejemplo de cómo debían hacerse las cosas.
Un fracaso que se ve reflejado en las caras de cientos de millones de decepcionados que perciben la brecha infranqueable que se va consolidando entre el pueblo -frenado en su movilidad social- y las elites beneficiarias de privilegios surgidos de la maquinaria auto-protegida del mismo Estado que se supone, debía evitarlos.

La gente honesta del llano en el occidente impositivamente esquilmado de hoy no confía en el establishment político, sindical ni empresarial-cortesano ni se ve representada por ellos.
Más bien se representa cada vez más a sí misma y se siente amenazada por la pérdida o estancamiento de sus ingresos, por los avances tecnológicos sobre los empleos de menor calificación, por los inmigrantes y hasta por la inseguridad previsional y financiera, por la amenaza ambiental o el terrorismo islámico; siete frentes de conflicto que descarrilan a vista y paciencia de todos por obra de un reglamentarismo intervencionista tan asfixiante en lo creativo como costoso en lo económico, que bloquea los anticuerpos naturales de un mercado competitivo.

Cuando lo obvio es que la organización social debe estar estructurada para potenciar las capacidades individuales en lugar de tropezar una y otra vez dentro del corral colectivista, ese alimentador serial de las elites corruptas que nos hunden.

En este sentido, entre las empresas de vanguardia empieza a experimentarse con la llamada holocracia. Un sistema de trabajo sin jerarquías fijas donde las decisiones surgen de consensos flexibles, participativos e inteligentes en función del equilibrio entre eficiencia general de la organización y competitividad de mercado por un lado e integración, pertenencia y satisfacción de sus integrantes por el otro. Todo dentro de un claro marco de respeto a las prerrogativas del capital, como condición ineludible de inversiones e incentivos.

En lo político y en tanto etapa superior de la democracia, la holocracia o “gobierno por todos” puede mejorar bastante el inmenso déficit de aprovechamiento de capacidades individuales que padecemos.
Algo en proceso de concreción merced al incremento de las aplicaciones informáticas y a la creciente interacción de la gente en distintos niveles de redes horizontales, refractarias al parasitismo autoritario de las jerarquías políticas, sindicales y empresario prebendarias.
Puede ser, incluso, un paso intermedio en el camino hacia una organización social verdaderamente avanzada, libre, libertaria al fin, donde las potencialidades personales habrán de proyectarse al máximo. Llevándonos a una explosión de progreso de alcances tales que desafían nuestra actual imaginación, severamente limitada por un estatismo penosamente anacrónico.

Claro que para que la autoridad se distribuya entre todos, es necesario que exista una suerte de constitución o contrato voluntario que fije las reglas del juego, organizándolo.
Uno donde funcionarios políticos reducidos a su mínima expresión numérica (y de costo), nos deleguen su poder de tomar decisiones, limitándose a ejecutarlas. En verdad, una súper democracia.

Una autoridad dispersa entre millones de individuos no sería caótica (ni “iluminada”, ni saqueadora, ni frenante de iniciativas como en el sistema actual), sino que estaría tan bien estructurada como lo está, por ejemplo, un corazón humano; progresivamente integrado desde su gestación por millones de moléculas “tontas” formadas a su vez por células individuales sin especialización inicial. Y logrando una perfecta auto-coordinación funcional.
Una situación en la que la mera coexistencia espacio-temporal de unidades individuales bajo la acción sincronizante del ADN (para el caso, un contrato social inteligente, no coactivo) hace posible la existencia de órganos como este, de alta complejidad.
Organizaciones biológicas eficientes a las que los científicos denominan “fenómenos emergentes”: ingenios naturales de funcionamiento espontáneo donde el orden no surge “de arriba” o “de afuera” sino auto-coordinado desde adentro.
El mismo fenómeno de “mano invisible” descripto hace siglos por Adam Smith, repitiéndose en el “misterioso” funcionamiento de mercados complejos (y sumamente exitosos hoy en día, como el caso Singapur) donde interactúan gran número de individuos con muy diferentes intereses.

La reciente elección en Estados Unidos podría tener la virtud de actuar como un revulsivo; como el cachetazo global que desencadene una revolución conceptual.
Trump ganó, pero la notable actuación del Libertarian Party cosechando el 3,27 % de los votos (más de 4,3 millones de personas optaron por su candidato, Gary Johnson) en medio de una virulenta polarización, lo colocan como el tercer partido del país y habla de un gran número de personas cuyos ideales bien podrían expandirse y rodar a favor de la pendiente -sobre los errores que el republicano sin duda cometerá- originando la bola de nieve que cambie el curso de la historia.

Porque el sistema que sirve, más allá del rótulo que se le quiera poner (democracia, critarquía, aristocracia, monarquía, cleptocracia, tiranía, anarquía, kakistocracia, holocracia etc.) es el de la libertad, que brinda oportunidades de desarrollo a las capacidades individuales, que son las que a su vez mueven el verdadero ascenso socio-económico de las mayorías mucho más allá de cualquier dádiva clientelar.

Pero el hecho revolucionario, lo disruptivo, lo que puede ser provocado por un eventual “efecto Trump” está en asumir que la libertad sin medios (sin dinero para poder en verdad decidir entre dos o más opciones de lo que sea), es una entelequia; no sirve.
Y que la única manera de hacer que el dinero fluya hacia los bolsillos de quien lo merezca por esfuerzo honesto, es sometiéndonos al imperio de la norma de normas: el Derecho de Propiedad. Y que cuanto más completo y garantizado sea su imperio, mayores serán las posibilidades de cada integrante de la sociedad de superar sus limitaciones sin robar al prójimo y de mejorar su bienestar familiar en serio.

El tenebroso sistema comunista, así como su sobrino vergonzante, el socialismo de facto que hoy nos rige, fracasaron en este punto.

En el primer caso aboliendo la propiedad privada al costo de aniquilar a decenas de millones de seres humanos en el proceso y en el segundo, coartándola seriamente a través de una pegajosa red de regulaciones e impuestos discriminantes aplicados por la fuerza, al costo de frenar el ascenso de centenares o miles de millones de personas hacia un mayor bienestar. Y al de arrastrar en su caída al entero sistema democrático.




El Proyecto S, ejemplo de Ambientalismo Libertario

Noviembre 2016

Es hecho observable en todo el campo de la acción humana y no sólo en economía, que mientras lo socialista tiende genéricamente al cierre, lo liberal lo hace hacia la apertura.
Siguiendo los respectivos hilos evolutivos, también se verá que lo colectivista tiende a destruir el medio ambiente por vía de su ineficiencia jurídico-económica en tanto lo libertario lo interviene proyectándolo hacia adelante, en virtud de la razón inversa.

El populismo argentino como expresión real de 7 décadas de políticas de centro-izquierda ha sido fiel a esta secuencia de cierres, con efectos siempre negativos sobre los ecosistemas natural y social.
 Fiel a esta tenaz protección del obsecuente, el vago y el corrupto a costa del ciudadano con valores y, por supuesto, del productor eficiente. A este usar la función pública y los planes sociales como sucedáneo de seguro crónico de desempleo y a las barreras aduaneras como guiño a los vivillos de siempre, oportunistas de zona liberada y mercados cautivos.  Impulsando este tratar de “vivir con lo nuestro” cuyo resultado fáctico fue haber pasado del top six mundial, de tener salarios más altos que en Europa, de ser meca de su emigración con un PBI mayor al de toda Latinoamérica sumada… a la actual “conurbanización” argentina con su increíble 32,2 % de miseria.
Un lugar, eso sí, de grandes “conquistas sociales” donde 8 millones 700 mil argentinos son pobres y 1 millón 700 mil, directamente mendigos indigentes. Pasto del clientelismo, las mafias y el latrocinio.
Todo un sistema “socio-ecológico” que durante décadas regó y fertilizó las malezas mientras pisoteaba y arrancaba los plantines de trigo que intentaban crecer a su lado.

Hoy, sin embargo y contra todo pronóstico, con un impensado gobierno de centro-derecha que brega por la restauración republicana en lo institucional, aunque no todavía por el liberalismo de nuestros Padres Fundadores en lo productivo, nos balanceamos al borde de otra gran oportunidad.
Pero el estatismo, ese verdadero “opio del pueblo” que siguen prefiriendo nuestras mayorías, nos cierra el paso. Es el paradigma-tapón que obstruye cual bolo narcótico la creación de nueva riqueza social… y que hace necesario un verdadero enema mental.

Revulsivas para muchos, las ideas libertarias que salen al cruce de este bloqueo, en su carácter de expresión de máxima de nuestro potencial creativo en la mayor libertad, trascienden al liberalismo clásico y a la derecha conservadora.
Y lo hacen con el ímpetu de la empatía social, la dignidad y libre albedrío del individuo (no de la tribu o electorado clientelar), con tecnología para una economía participativa (cooperativa, abierta de ida y vuelta) y con un ambientalismo de vanguardia, con el objetivo de abrir la mente de las mayorías.

En tal sentido, nos parece pertinente traer a modo de ejemplo un tipo de política ecológica (y también económica) en línea con estas ideas avanzadas.
Una que vuelva a dar lugar a la audacia que un día tuvimos (para pasar de desierto semisalvaje al top six planetario), a la innovación, al pensamiento lateral y sobre todo al paradigma de origen de aquel círculo virtuoso: el uso, reinversión y disfrute sin podas de lo que cada uno produjo en honesta competencia.
Necesitamos una política que vuelva a confiar en el ingenio humano libre de lastres burocráticos y en el hacerse cargo de los problemas y de sus soluciones en tanto grupo humano inteligente. Con alta autoestima. Motivado por el progreso de cada una de sus familias. En franco proceso de liberación de las cadenas psíquicas del Estado socialista, a saber: miedos, inseguridades, odios, resentimientos y envidias.

El ambientalismo de punta, lejos de los eslóganes desactualizados de la izquierda, se llama hoy ecomodernismo.
Intervención humana pro-positiva para superar la vieja dicotomía entre un planeta bucólico y pastoril, aunque incapaz de alimentar a una población en crecimiento con ansias de consumo en bienestar por parte de los cientos de millones que aún no lo lograron… y un planeta polucionado que sí es capaz de hacerlo, aunque a costa de la biodiversidad y la calidad general de vida.

Porque ya en los años ’60 se propuso en nuestro país un plan visionario, representativo tanto del actual ecomodernismo como de la filosofía libertaria, que planteaba forestar parte de la meseta patagónica con 300 millones de árboles.
Incorporando a la producción intensiva a una gran franja de desierto con (hasta hoy) monocultivo lanar extensivo y bajísimo valor fundiario. Asentando nuevas poblaciones; generando trabajo y riqueza lejos de Buenos Aires.
Y cambiando el clima a través del frenado de los vientos, de la producción a gran escala de oxígeno fotosintético, de la evapotranspiración ambiental y del riego planificado.
En su momento el presidente A. Frondizi se interesó y apoyó este audaz planteo denominado por su creador, el ingeniero ítalo-argentino Folco Doro (1930–2000), Proyecto Sequoia. Intención presidencial que quedó trunca, como no podía ser de otra manera, tras su prematuro y estúpido derrocamiento.

El plan preveía -y aun prevé- plantar una barrera de árboles (pinos, álamos y otras especies) de 1.400 kms. de largo por 100 kms. de ancho, bajando por el centro de la meseta desde el Alto Valle del Rio Negro hasta el fin del continente.
Algo perfectamente posible; probado en pequeña escala en los montes de cascos de muchas estancias patagónicas, que nacieron y prosperaron en la misma situación edafo-climática mediando riego y cuidado humano.
Las nuevas pautas políticas de la Argentina y la eventual valorización de la región hacen hoy factible encontrar financiamiento de largo plazo para un emprendimiento de este tipo, tan ambicioso. Más privado que público, si bien por ahora forzosamente mixto.

Organizado en módulos de 18.000 hectáreas con 800 árboles/ha. el proyecto apela al agua existente (en ríos y subterránea), a distribuirse mediante sistemas de bombeo movidos por energía eólica.
En el interior de la barrera, nuevas y viejas poblaciones y más de 350.000 has de pasturas y producciones intensivas protegidas del viento darían la necesaria sustentabilidad, sin hablar de la industria del aprovechamiento y replantado racional de la madera que vaya surgiendo de esta inmensa forestación.

He aquí una alternativa superadora al necio conservacionismo actual que sólo atina a “sentarse” sobre los montes nativos (improductivos) de provincias norteñas pobres, impidiendo las inversiones e intervenciones inteligentes que, en un contexto de verdadera desregulación y libertad de mercados, proveerían trabajo de calidad y divisas para la nación con escasa afectación del balance fotosintético y la huella de carbono.
Además de cumplir con el deber moral (y geoestratégico) de proveer alimentos para un mundo hambriento, que ya cuenta con 7.350 millones de personas que serán 9.500 millones hacia el 2050 y más de 11.000 millones a fin de siglo.

Pintar nuestro mapa de verde aumentando el bienestar de la gente no es tan difícil si abrimos la mente al aire fresco del pro-activismo libertario cerrándola al socialismo que, durante 70 años y con mil excusas, nos frenó.



Setenta y Dos

Octubre 2016 

72 años (1917-1989) de “reeducación” y genocidio llevados adelante por psicópatas comunistas, no bastaron en la Unión Soviética para hundir el espíritu emprendedor humano que hoy vuelve a manifestarse, aún entre legislaciones frenantes y transas mafiosas enquistadas en el Estado.
72 años (1943-2015) de “reeducación” y estafas oportunistas llevadas adelante por peronistas vivillos tampoco habrán bastado en la Argentina para hundir el espíritu emprendedor de nuestro pueblo, que hoy puede empezar a surgir otra vez aún entre legislaciones asfixiantes y transas mafiosas enquistadas en el Estado.
Aun así, debemos asumir en profundidad que el objetivo de la mayor parte de nuestros políticos populistas y de sus militantes de base sigue siendo, simplemente, el robo impune.

Tal y como nos muestran sus líderes: los Evos, Dilmas, Lulas, Kirchners, Menems, Chávez, Maduros, Castros, Ortegas o Correas entre otros para los que robar ha sido… un mero acto de servicio.
Como también lo era asaltar bancos, poner bombas entre la gente o secuestrar adversarios en los tiempos en que muchos de ellos revistaban en organizaciones guerrilleras, tal como nos lo recordó hace poco en un notable artículo, el estadista y ex presidente uruguayo Julio M. Sanguinetti.
El eje del resto de izquierdistas-socialistas más “moderados” pasa, en cambio, por un resentimiento sordamente rabioso.
Uno al que los conduce la evidencia histórica -trágica- de sus propios errores de soberbia intervencionista (en realidad, ignorancia) y de su bloqueo o incapacidad volitiva para asumir y usufructuar con inteligencia social la verdadera naturaleza humana, la evolucionada belleza de la moral libertaria y las reglas de oro de la economía.

No es un problema que los argentinos pensantes podamos soslayar habida cuenta de que hace menos de un año, el 48,66 % de nuestros compatriotas en voto válido de balotaje apoyó de manera explícita, disfrazada o no, alguna de esas 2 variantes: robo o resentimiento.
La utopía del muy costoso Estado Benefactor… protector de la cuna a la tumba al estilo europeo, que llevó a esos países tan respetuosos y ordenados a la virtual quiebra, al desestimulo inversor y a un crecimiento cercano a cero y que llevó al nuestro a la súper-quiebra (moral y productiva), es aquí un paradigma muy extendido ya que no sólo abarca al universo entero de aquel 48,66 % sino que está severamente enquistado en gran parte del 51,34 % restante.

Lo real, lo probado hasta el hartazgo por la historia, es que el estatismo congela las malas situaciones económicas perpetuando el poder de las corporaciones.
Protegiéndolas de la competencia de los emprendedores a los que abruma de burocracia, tributos, prohibiciones y estatutos supra constitucionales hasta dejar a la mayoría de ellos tendidos en el camino.
Demasiados piensan para su coleto que el dinero es “malo”, que el capitalismo envilece y que es correcto incriminar a los ricos entorpeciendo la génesis y ascenso de su riqueza. Y que, si por ventura despegan, será justo sacarles todo lo posible.
Aparte de fórmula ideal de la ideología pobrista, se trata de una concepción burda que ni tan siquiera distingue si esos “ricos” prosperaron duramente por derecha o graciosamente por proteccionismo anti-mercado de izquierda.

Son legión quienes prefieren creer que el único dinero realmente “libre de mal” es el gubernamental, quitado a “ellos” y destinado a la solución de todos los conflictos.

Son el sabotaje emergente del veneno inyectado gota a gota durante 72 años en nuestra cultura ciudadana. Mediante un combo de idiotas útiles y del uso del sistema educativo para inculcar aversión por la riqueza como señuelo y muestra válida de éxito, por el poder creador del individuo y por la filosofía de la libertad en general.
El colapso de estos valores y el crecimiento del poder estatal, sus impuestos y regulaciones discriminantes, operaron juntos para consolidar al establishment mafioso que nos hunde dejando a los argentinos más inseguros que nunca antes sobre cómo seguir sus inclinaciones naturales de superación, realizarse y ser felices.
El precio en esfuerzo, tenacidad y sobrecostos colaterales a soportar fue tal que sólo unos pocos hombres y mujeres excepcionales pudieron con él. Nunca sabremos cuántos cientos de miles de jóvenes con vocación empresaria fueron abortados en estas 7 décadas, y en particular en estos 12 últimos años de peronismo explícito con fuerte viento comercial de cola. Invariablemente, el establishment optó por no escucharlos.

La historia contrafáctica nos grita que tras 72 años de energía empresarial en libertad con baja imposición la Argentina sería hoy una superpotencia plena de talentos, riqueza social, justicia, producciones y modernidad.
¡Los kelpers hubiesen rogado y logrado hace tiempo su anexión a la República y los mejores jugadores de fútbol del mundo revistarían, como cosa normal, en los clubes locales!

Debemos superar el paradigma paternalista, autoritario y rasador (resentido e igualitarista) que nos frena.
Debemos abandonar el ideal estatista que destroza nuestra fibra moral a fuerza de bombo, Eva, Che y corrupción mafiosa. El mismo que viene premiando al vago, al inútil y al cretino militante mientras vampiriza a la gente ética hasta disecarla.
Hemos vivido en un sistema cuyos equipos de gestión operaron sin pausa a través de muchos gobiernos no sólo contra la integridad sino contra la inteligencia argentina.

El costo político de corregir este rumbo no es el de soportar la ruidosa rebelión de los que apuestan contra la cultura del trabajo real y en favor de un gran “taller protegido” llamado Argentina Socialista Siglo XXI, sino afrontar las tremendas consecuencias de no hacerlo.
Costos versus consecuencias que deberían ser, para empezar, poderosamente explicitadas por el actual gobierno a través de un bombardeo mediático de saturación con llegada a todos los hogares, aún los más aislados. Aunque más no sea como sucedáneo en emergencia de un cambio educativo de fondo que demandará décadas.

Nuestra crítica constructiva al gobierno del presidente Macri incluye la decepción de no observar en todo el texto del proyecto de Presupuesto Nacional 2017 mención alguna que explicite intenciones de reducir nuestro insostenible gasto público, de reducir nuestra insostenible presión tributaria ni de reducir nuestro insostenible dirigismo financiero-laboral-reglamentario, más propio de economías centralizadas como las que reptaban detrás de la Cortina de Hierro durante el pasado siglo.
Seamos realistas: las inversiones nacionales y extranjeras seguirán siendo escasas y esquivas a la noble intención macrista de reactivar el país con instituciones republicanas que protejan la propiedad privada generando mucho más empleo sustentable, mientras estas tres rémoras anti-propiedad no sean removidas.

Asumamos y viralicemos que en el veloz capitalismo de superpotencia que anhelamos para la patria, los perros corren tirando por delante del trineo; nunca empujando desde atrás.








No Es la Economía

Septiembre 2016

La verdadera grieta argentina es la que separa a los partidarios del perfeccionamiento de un Estado benefactor inclusivo operando a expensas del sector productivo, de aquellos que creen preferible apuntar a una sociedad más inclusiva a través de la producción, a expensas del peso del Estado sobre la economía.

El gobierno del presidente Macri, si bien mucho más republicano e ilustrado que el anterior, no está cambiando las cosas en este último sentido.

El continuado Estado providencia viene de dividir a su vez a la sociedad en grupos de presión corporativa, en estéril lucha crónica por la obtención de privilegios “legales” a ser pagados de una u otra forma por “otros” a través de instituciones coactivas de tipo extractivo.
Al otro lado de una verdadera grieta o abismo conceptual se sitúan quienes eligen el camino de la libertad, entendida como tendencia a la liberación de la coacción y de todo estado de sometimiento bajo “persuasión” armada.
Es decir, quienes prefieren caminar hacia una real libertad política entendiéndola como más justa, más productiva y por ende mucho más generadora de riquezas.
Preferencia cuya secuela necesaria es un capitalismo “de siglo XXI” o de eficiencia dinámica en la coordinación social de la función empresarial, a todo orden.
Dicho esto último sin disminuir los méritos del capitalismo “clásico” decimonónico, que hizo crecer la población europea un 300 % en 100 años al mitigar por vez primera las hambrunas y horrendos abusos pre-capitalistas, que habían mantenido por siglos su crecimiento vegetativo en alrededor del 3 %.

Parece increíble que todavía tengamos que auto persuadirnos de la validez de las bases morales y éticas que sustentan la evolución liberal.
Porque la verdadera justificación del sistema de la libertad no estuvo ni está en sus beneficios económicos (que existen, que son muchos y directamente proporcionales al grado de libertad y de responsabilidad individual sobre los propios actos) sino -para horror de los socialistas- en el reconocimiento de que cada mujer y hombre sin distinción de título, clase o riqueza… es alguien inavasallable, sagrado en su libre albedrío y un fin en sí mismo; nunca un medio para los fines de otros; jamás una esclava o animal obligados por el Estado (o por empresarios cortesanos, prebendarios de sus regulaciones y protecciones) a la explotación y el sacrificio para satisfacer las necesidades de un tercero. Sea cual sea el grado de su necesidad ya que debemos recordar que el fin no justifica los medios.
Necesidad causada, justamente, por los desbarajustes del socialismo igualitario y su siempre violenta “ingeniería social”, bloqueadora serial de derechos individuales; ahuyentadora de inversión y crecimiento empresarial; coartadora de empleo en los elevados niveles requeridos.

Desde luego, se trata de una grieta o cuestión de inmoralidad más que de economía. Que remite a la barbarie de pretender el “derecho” de imponer a punta de pistola las doctrinas morales de quien está al comando de la trituradora estatal. Sin que cambie mucho, en tal sentido, si es Cristina Fernández o Mauricio Macri quien nos sojuzgue, encadene, detenga y saquee a través de una maraña de tributos confiscatorios y cientos de miles de páginas de reglas obtusas o estatutos discriminantes supra-constitucionales.

Es este (el de la “libertad de hacer” y de disponer) un principio, mandato y espíritu constitucional inclaudicable que sin embargo claudica a diario en nuestro país desde hace al menos 70 años, frenando además el enorme potencial solidario que tendría más y más gente del llano… empoderada de riqueza honesta.
Los convencionales de 1853 sabían que sólo existen 2 maneras para que los ciudadanos traten entre sí: la lógica o las armas. Y optaron por la lógica del mercado y de la libertad.

Violar el mandato de que el fin no justifica los medios no es gratuito. Negarse a establecer como norte el sistema de la libertad tiene consecuencias a corto y medio, pero sobre todo a largo plazo. El espectáculo de la interminable lista de injusticias y desastres institucionales de la Argentina y el mundo, patentiza su precio.
Sacrificar la ética, la corrección, el prestigio en aras de un objetivo de ventaja personal o de grupo es, para cualquier empresa privada en situación de competencia, letal.
Sacrificar la moral en aras de permitir al fin justificar los medios para salir del paso en situaciones de emergencia material crónica es, para la coherencia principista judeo-cristiana, igualmente letal.
¿Por qué no habría de serlo, en un sentido amplio de acción y consecuencia social, para esa entelequia virtual tan alienante que llamamos Estado?

A mediados del siglo XIX, D. F. Sarmiento definió con magistral precisión nuestra grieta: civilización o barbarie.
Los prohombres de la generación de 1880, con todas las limitaciones y asperezas de la época, direccionaron la nación hacia el primero de esos términos y nuestra Argentina creció hasta ubicarse en el top 6.
En los ’40, sin embargo, una nueva generación dirigente reorientó las reglas en dirección a un populismo oportunista que nos hizo descender a toda consecuencia hasta el actual top 30.
La grieta sigue siendo la misma: libertad de creación y disposición (liberalismo) o dirigismo asistencialista (socialismo). En las elecciones de Octubre pasado, 12.900.000 argentinos votaron por la civilización mientras que 12.190.000 lo hicieron por la barbarie.


Si la actual gestión no logra reorientar claramente a la nación en dirección al sistema de la libertad, de la alta seguridad jurídica y la baja imposición, la sombra de un “brexit” a nuestra medida puede tornarse real.




El Descenso Democrático

Agosto 2016

Las mejoras en bienestar, civilidad y empatía social no suelen verificarse en línea recta sino más bien en forma de espiral. Algo así como un paso y medio girando hacia arriba para luego retroceder otro paso por la diagonal opuesta. Reiniciando más tarde el mismo ciclo de progreso circular; lento, muchas veces frustrante y trabajoso, pero constante.

Una evolución que en el campo de las ideas se verifica hoy, entre otras cosas, en una propensión generalizada a la desmitificación, al cuestionamiento de prohibiciones, a la ruptura de barreras y tabúes mentales. Y en la tendencia al rechazo de conceptos impuestos sobre las causas de éxito y fracaso o riqueza y pobreza; en suma, de felicidad o resentimiento que anteriores generaciones no habían dado en cuestionarse.
En nuestro medio, esta misma tendencia a poner en tela de juicio la utilidad (y moralidad) de definiciones y obligaciones colectivas “legales” de talante paternal exigibles por vía forzada, se vio abonada por el uso y abuso que de ellas hizo nuestra clase política con el aval de toda la intelectualidad progresista, con su habitual máscara de “corrección política”.

Es una gran verdad, por otra parte, que la mayoría de las democracias han seguido, con variaciones locales, un trayecto natural de descenso hacia lo que hoy se denomina patrimonialismo.
Un tipo de decadencia que a nadie debería sorprender desde el momento en que uno de sus protagonistas iniciales (nada menos que Sócrates, hace unos 2400 años) definió al sistema como inviable a largo plazo por su inclinación cierta a que la mayoría menos creativa votase casi siempre en favor de expropiar la riqueza de la minoría más creativa, a fin de repartírsela entre ellos.
En lo que tal vez fuera la primera y más clara comprensión teórica de lo que más tarde llegaría a ser la democracia delegativa de masas (socialismo) y de su natural frenante.

En nuestra práctica resultó democracia devenida en peronismo patrimonialista, apoyado por 10.490.000 argentinos votándolo en el año 2011 y por la friolera de 12.190.000 en 2015 (curiosamente, casi la misma cantidad de ciudadanos alemanes que votaron por el nacional-socialista Adolf Hitler en 1933, elevándolo al poder), otorgando explícito permiso de asociación para el enriquecimiento ilícito y la violación constitucional a funcionarios estatales, pseudo-capitalistas amigos, intermediarios de favores discriminantes y en general a corruptos violentadores de toda edad, sexo y pelaje cultural.
Avalando entre todos, electores y elegidos, un sistema estructural de atropello, maniatado y robo… con un modesto grado -eso sí- de derrame sucio. Patrimonialismo proveedor además de un relato justificante que, aunque infantil por lo insostenible, suministra algún sedante a sus conciencias alteradas de modernos Judas.

Siendo también una argentina verdad, como alguna vez dijo el mismo A. Hitler, que las masas son femeninas y estúpidas: responden a un manejo basado en emociones y violencia.

En disrupción con todo lo anterior coincidimos con el catedrático, filósofo, economista, historiador y sociólogo libertario alemán contemporáneo Hans H. Hoppe cuando desde su libro del 2001 Democracy, The God That Failed desgrana las semillas intrínsecas de su inviabilidad y fundamenta por oposición en favor de la ética de no-agresión. Del tránsito hacia un tipo más evolucionado de sociedad, basada en la contractualidad voluntaria a todo orden. Hacia un cuerpo social que se eleve desde la masa electoralmente manipulable… al individuo valioso en la auto-conciencia de su potencial; de su libre albedrío y de su estatus de “inatropellable”.
La actual tendencia a desmitificar y desacralizarlo todo debería alcanzar también a este, nuestro dios institucional, comenzando por repensarlo sin prejuicios para mejorarlo y, finalmente, superarlo.

¿Acaso las sociedades más civilizadas no lograron separar en su momento a la Iglesia del Estado? Algo que fue beneficioso para ambas instituciones, acotando el poder de opresión (y venalidad) del segundo al tiempo que aumentaba la autoridad moral de la primera.
Tal vez sea hora de empezar a separar, también, a la Economía del Estado. E incluso a separar la territorialidad del bárbaro concepto de Estado en tanto titular legal de un virtual “coto de caza” impositivo-reglamentario de jurisdicción exclusiva.

Un principio de este tipo de tendencias se ve en la huida de los británicos de la Unión Europea.
Al igual que los separatistas catalanes en España o los de la Liga del Norte en Italia entre muchos otros casos, la gente en regiones o ciudades puja por quitarse de encima los inmensos costos de una estructura estatal lejana, coartadora y a todas luces sobredimensionada que sólo favorece a una casta de bien cebados burócratas. Gente que nunca produjo nada (como los Chávez, los Maduro, los Menem o los Kirchner en nuestro sub continente) pero que se cree con derecho a decidir sobre vidas y haciendas de personas que en modo alguno los autorizaron a tal cosa.
Las secesiones son maneras socialmente intuitivas (y muy válidas) de “parar el carro” a la violencia extractiva de terceros vivillos.

Así como el movimiento “Ni Una Menos” en Argentina movilizó la toma de conciencia y la indignación popular contra la violencia de género… el abuso físico y psicológico contra niños o ancianos podría convertirse en el siguiente escalón de esta cruzada. Que bien podría culminar en el categórico rechazo a los cínicos forzamientos de nuestra clase política, expresada en un nunca más a la democracia patrimonialista de masas clientelizadas, como parte del lento avance circular hacia un nuevo tipo de civilidad.

El sistema de setenta años que venimos de derrocar en las urnas (y que está por verse si no sobrevive en otra suerte de gatopardismo político) es el que “evolucionó” de afirmar que hay que sacrificar a la élite competente en beneficio de la masa, a concluir hoy que se debe sacrificar a todos en beneficio de una élite de funcionarios y sus amigos (todos incompetentes).
Es el que pasó de ridiculizar las promesas capitalistas de beneficios a futuro, a concluir en la prohibición de facto tanto de las ventajas futuras como de los beneficios actuales posibles.
Es el que derivó de afirmar que el capital crece explotando el talento de los desposeídos y coartándolos en su bienestar, a concluir que se debe maniatar a los capitalistas, no dejando crecer a los que no trabajen para la gloria y fortuna de la élite estatal.
Es el que pasó del intento contraproducente de redistribuir la riqueza por la fuerza, al rabioso intento de destruirla acogotando sin más a la gallina de los huevos de oro.
Es el que a nivel mundial se vistió de “verde” pasando de afirmar que el capitalismo impide la distribución popular de los frutos del progreso tecnológico, a concluir que el progreso tecnológico debe ser frenado e incluso retrotraído.

Es aquel cuyo relato se deshilachó entre las cuchilladas suicidas de una mística hueca: la del imbécil sacrificio de auto condenarse al estancamiento igualitario del… “todos pobres”.

Porque los campeones progresistas que justificaron todas las canalladas que hoy degradan a nuestros hombres y mujeres no cesaron de negar -a cara de piedra- una realidad que siempre les fue adversa para refugiarse en los mitos de las democracias patrimonialistas que siguieran bancando económicamente su parasitismo intelectual -tan disolvente- en escuelas, institutos, fundaciones, universidades, reparticiones oficiales, prensa panfletaria, asesorías políticas, destinos diplomáticos, legislaturas, juzgados y otros “curros”.

Ciertamente la desmitificación, el escepticismo y la rebelión conceptual general sobre la viabilidad de nuestro sistema de poder, sobre su grado evolutivo y sobre la cuestión de a quiénes beneficia, están más que justificados. Son un verdadero deber.