Mayo 2026
Una minoría ilustrada (o perspicaz) y de mente abierta observa
y aprueba, desde hace unos años, el cambio de paradigma que se opera a nivel
global.
Un viraje que se manifiesta en la aceleración relativa de
sucesos como guerras, fallidos económicos, colapso de ecosistemas, migraciones,
represiones, inoperancias de la ONU, caducidad de viejas certezas de gobernanza…
y en una notable desorientación ética y cultural; subproducto esta última de la
confusión general y consecuente incertidumbre existencial.
Hay quienes ven en esto (y en otras señales) una serie de
anomalías momentáneas; algo “normal”. Una tormenta pasajera de eventos que
eventualmente terminará como tantas otras veces en los últimos 250 años en una
vuelta al redil institucional habitual, acaso levemente readaptado.
Otros, en cambio, ven los síntomas de un movimiento tectónico
social más profundo; gradual, obviamente, pero disruptivo a gran escala.
Parece plausible que los avances de las varias (y frenéticas) sinergias tecnológicas del presente estén dando vía franca frente a nuestros ojos al meteoro que llevará, a su tiempo, a la extinción de dinosaurios institucionales del porte de los Estados-nación. Ingenios artillados que, después de todo y a dos siglos y medio de su invención y puesta en marcha, han dado vida y sustento a legiones de burócratas y a prósperos caciques políticos, así como a sus cortes de pseudo-empresarios protegidos, intelectuales funcionales y mafiosos varios… pero que no pudieron cumplir con lo que de ellos se esperaba. Vale decir, con el fin de milenarios abusos de impronta monárquica en cuanto a sometimientos “voluntarios” de escasa opción, cargas injustificadas con legalidad positiva ad hoc e irritantes privilegios de casta.
Prácticamente ninguna de las pocas repúblicas liberales que encabezan el ranking de prosperidad relativa de los 193 (ONU dixit) Estados nacionales del planeta logró prohijar una sociedad no-violenta (no extracto-coactiva). Ni que hablar de los restantes Estados, cuyos sistemas de gobierno distan mucho o bien son la antítesis de los ideales representativos, -y eventualmente- republicanos y federales previstos: fallan en serie bellas constituciones, división de poderes, contrapesos y controles. Falla la representatividad legislativa cierta -en especial en su faz fiscalista- mientras la justicia real hace agua por doquier allí donde se insiste en imponer sin anuencia explícita el monopolio estatal (irremediablemente corrupto, como tan bien se ve en nuestra Argentina) de su administración.
Aunque en un acto de piedad intelectual acordásemos
atribuir las mejores intenciones a sus impulsores del siglo XVIII, lo cierto es
que todo resultó en un gran fallido; uno donde en la práctica el Leviatán fue
devorando en forma creciente a sus mandantes. A sus derechos y a sus bienes.
Una de las caras más espantosas de este sistema son las
guerras, donde en virtud de la facilidad de tercerización de costos y de la (objetivamente
estúpida) retórica nacionalista propia de los grandes Estados, se involucra a
toda la población civil, sus familias, dineros, labores y propiedades en
conflictos de una masividad y brutalidad antes desconocidas ya que, como todo
historiador sabe, las guerras hasta el siglo XVII, antes de los geniales
“Estados-nación” eran, en comparación, juegos de niños: pocos involucrados (todos profesionales) mayormente
costeados por sus señores (punto clave, si los hay), muchos amagues y
escaramuzas, pocos muertos reales y eventuales batallas en lugares abiertos,
con pocos costos y molestias para la población civil; data esencial inmune, por
cierto, a la evolución del armamento.
Las nuevas generaciones aborrecen (con toda razón) la guerra y, como hiciéramos notar en una nota reciente, la tendencia actual apunta a la exigencia por parte del consumidor-votante de que todos y cada uno de los aspectos de su vida en sociedad-país se adapten a las elecciones de su preferencia.
Es decir, contrario a la noción en vigencia consistente
en tratar (sólo tratar) de encaramar a la maquinaria del Estado a un paquete o
grupo cerrado de personas (incontrolables en la práctica) para que decidan en
su lugar cómo, de dónde y cuánto dinero les será detraído, así como cuál será
el destino de cada uno de esos aportes tributarios compulsivos.
Hay un deseo latente de personalización de elecciones en
los proyectos de vida individuales o familiares, en un contexto en el que las
nuevas tecnologías facilitan estas opciones contra-totalitarias en todos los
campos. En particular en el económico y potencialmente, en el político.
Ciertamente los libertarios ancap creen que la diversidad a todo orden es un activo, no un pasivo a acotar con regulaciones como exigen los colectivistas-nacionalistas, partidarios del -siempre corrupto- Estado policial al que el brete institucional “aceptado” nos ha conducido.
El paradigma global está cambiando. Empecemos a abrir la
mente a soluciones realmente nuevas (aun de largo plazo), porque las hay, para
los gravísimos problemas del hoy.
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