Enero 2026
Parte
de la explicación a los logros electorales ´23 y ´25 del partido La Libertad
Avanza y de las “ideas de la libertad” en general sobre el estatismo que es su
antónimo político (esclavitud fiscal y reglamentaria) estaría dada por el
cambio de expectativas sociales devenido de la evolución tecnológica. Un área
en el que los jóvenes llevan naturalmente la delantera.
El paradigma de hoy apunta a la exigencia por parte del consumidor-votante de que todos y cada uno de los aspectos de su vida en sociedad-país se adapten a las elecciones de su preferencia.
Vale
decir, contrario a la noción en vigencia consistente en tratar (sólo tratar) de
encaramar a la maquinaria del Estado a un paquete o grupo cerrado de personas (incontrolables
en la práctica) para que decidan en su lugar cómo, de dónde y cuánto dinero les
será detraído así como cuál será el destino de cada uno de esos aportes tributarios
compulsivos.
Hay
un deseo latente de personalización de elecciones en los proyectos de vida
individuales o familiares, en un contexto en el que las nuevas tecnologías
facilitan estas opciones personales en todos los campos. En particular en el
económico y potencialmente, en el político.
Por un lado, las nuevas generaciones desconfían por igual de los poderes ejecutivo, legislativo o judicial y por otro sienten que el ascensor social que podría ser su norte, está detenido.
Desde
el Estado, vil oportunismo, corrupción endémica y desigualdad estratificada
vapulearon a este grupo etario por décadas bloqueando sus sueños de un modelo más
justo de progreso, encuadrado en el mérito.
Se
sienten, por ello, agraviados y usan las redes sociales para autoconvocarse
horizontalmente bajo la novísima imagen-ícono del “luchador por la libertad”,
sintiéndose parte de una generación que busca oportunidades y resultados tangibles
surgidos de una política capitalista enérgica, más que “representantes” (bien
cebados) adscriptos al sistema.
Se trata de un desprecio por la jerarquía establecida (tan afín a reglamentarlo todo) traducido en una sorda resistencia contra el “antiguo régimen”, que será más visible en la medida que nuevas generaciones accedan al voto bajo la percepción de que el contrato constitucional argentino dejó de funcionar como ascensor social hace… más de un siglo.
Como
ejemplo de esta percepción, digamos que en aquel entonces el desarrollo
energético de EEUU despegaba hacia la gloria de la abundancia socioeconómica
reconociendo a los superficiarios la propiedad del subsuelo mientras, con
iguales principios constitucionales, consolidábamos aquí la idea colonial de
“las minas son del rey”: tiro en la nuca a la libertad económica y guiño
político al mercantilismo clientelar que siguió.
A
partir de allí, capas sedimentarias de normas y privilegios se acumularon a
modo de lápida sobre los argentinos de a pie, erigiendo el Estado Corporativo
que a su tiempo el peronismo reforzó con estúpida furia “reivindicativa”, hundiendo
a nuestra patria sin remedio.
El punto donde hoy nos encuentra la historia es un momento bisagra donde una creciente fracción de votantes “avivados” empieza (sólo empieza) a torcer la extendida mentalidad Estado-dependiente y la voluntad de cambio del resto de votantes dubitativos o “sometidos”.
Mas el
giro del paquebote nacional es -por fuerza- lento y en lo esencial, una enorme
cantidad de argentinos sigue inmersa (“contenida”, en el más puro sentido
tribal) en un caldo de dirigismo monopólico que multiplica a sus dependientes
de menor ánimo crítico y honestidad.
Individuos
que bajan la frente y se resignan a la obediencia política en contextos laborales
de gran mediocridad (pseudo-subsidios al desempleo, subproducto del pobrismo clientelar),
visible por caso en las legiones de empleados públicos provinciales y
municipales. Un sistema que no paga ni fomenta la innovación eficiente ni la
creación disruptiva sino que la anula; uno donde los más taimados, rapaces y
antipatrias de entre ellos, claro está, hacen carrera navegando entre las
corrupciones que el modelo ofrece.
Así las cosas, el paradigma emergente no ve a los políticos como sus representantes sino como una parcialidad más, con las mismas motivaciones básicas que otras, en busca de lucro personal; ya no como abnegados semi-ángeles imbuidos del deseo de servir con desinterés a la comunidad.
Y ve
a todos los Estado-dependientes (planeros crónicos, empresarios y sindicalistas
protegidos, empleados públicos superfluos, profesionales e intermediarios que
medran en mercados cautivos, etc.) como ciudadanos, sí, pero convertidos en una
pesada carga impositiva y regulatoria para el resto. Pasibles sin embargo de
ser de algún modo incorporados de forma útil a la Argentina productiva y
cosmopolita que perciben en proceso de formación.
Hablamos de tendencias macro que podrán enojar y/o decepcionar a muchos, sobre todo a los relativamente beneficiados por el statu quo del antiguo régimen pero que no pueden ser ignoradas y, muy probablemente, tampoco revertidas.
Tendencias
y anhelos apoyados hoy en un creciente mar de smartphones y otros medios
informáticos de conexión horizontal, que en sinergia potencian de manera
natural la lenta evolución del mundo hacia lo libertario.
Un
camino vanguardista en el que los argentinos volvemos, más de un siglo después…
a “hacer punta”.
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