Dos Condiciones

Octubre 2026

 

Según Joel Mokyr, Nobel de economía 2025, para avanzar hacia un desarrollo serio y sostenible son necesarias dos condiciones: unidad cultural y ausencia de censura.

Un ideal donde la unidad cultural está representada por una comunidad intelectual abierta en ciencia y tecnología, en sinergia con I + D (investigación y desarrollo). Vale decir, teoría y práctica retroalimentándose sin frenos ideológicos, aunque dentro de parámetros éticos consensuados.

Algo de muy difícil concreción plena en la actual instancia de nuestro proceso de evolución cultural.  O sea, en el marco de las divisiones políticas existentes con coactivos, masivos, excluyentes Estados-nación dominando el todo y a todos detrás de sus actuales fronteras, estén o no de acuerdo sus parcialidades internas.

La segunda condición, ausencia de censura, se relaciona directamente con el estorbo estatal anterior. Su eventual concreción queda planteada en nuestra nota de divulgación (https://libertadynoviolencia.blogspot.com/2026/06/el-principio-del-fin.html ) de junio de este año, que versa sobre el tópico libertario “lo pequeño es posible”; título por otra parte del último libro de Miguel Anxo Bastos (1967, economista y catedrático español), subtitulado “cómo el tamaño define el futuro de una nación”.

Algo que se alinea con los dichos del austríaco Hans H. Hoppe (principal referente vivo del anarcocapitalismo) quien eleva 7 escalones la vara europea del poder económico, cultural, militar y sobre todo ético, al proponer la idea de su re-división (o neo-secesión) subcontinental en “mil Liechtensteins”, re-integrados a todo efecto práctico en redes hiper tecnológicas de conveniencia.

Porque, y de eso no se habla, la actual debilidad de Europa como un todo relevante se deriva de la división interna de sus naciones. De sus irreconciliables grietas; ideológicas, de valores culturales y migratorias. Y por ende de sus desacuerdos ciudadanos en cuanto a “modelo de país”.

Lo que durante los últimos dos siglos y medio fue la forma política dominante, tambalea hoy bajo el paradigma de un veloz cambio de era.

Hablamos de estructuras institucionales (democracia delegativa de masas, burocracias auto replicantes, etc.) que pierden eficacia al ritmo de la emergencia de tecnologías (IAG, computación cuántica, etc.) que están haciendo mutar la economía, la información, el empoderamiento personal y hasta las relaciones humanas.

No resulta extemporáneo que su soberanía (su capacidad para garantizar autoridad ética y orden) se debilite ya que estos monopolios jurídico-militares (los Estados-nación) nacieron de la mano visible de monarquías absolutistas y se consolidaron durante la era obrero-industrial; ambas, circunstancias perimidas.

Y cuidado; tomemos nota: las nuevas generaciones ya no asumen a la clase política como sus representantes sino como meros individuos, buscadores de espacios personales.

El ser humano arrastra, por otra parte, un freno atávico frente al progreso que lo programa para desconfiar de la inteligencia, relacionándola de manera inconsciente con la maldad. Peligro cierto pero que afecta a un muy pequeño porcentaje de la humanidad y que sí se manifiesta cuando esos pocos crápulas acceden al comando de entes coactivos tan poderosos como los Estados-nación, donde los desfalcos y el daño que pueden causar se potencian por mil (nuestro “justicialismo” es buena prueba de ello). Desfalcos que se reducen a un mínimo cuando en el totus social impera la libre competencia; esto es, la más fuerte promotora conocida de cooperación eficiente.

De ahí la noción de los “mil Liechtensteins” en competencia, aplicable como norte ideal de destino de largo plazo para todas y cada una de las diferentes comunidades, regiones, culturas y preferencias que existen en mundo.

Es decir, simple libertad real de elección de modo de vida y proyecto comunitario compartido; algo que a esta altura del siglo XXI debería ser algo obvio y fuera de toda discusión.

Libertad cultural y ausencia de censura son flores evolutivas que prosperarían en un planteo semejante. Uno dividido en miles de comunidades de escala humana. Más homogéneas, amigables y eficaces; de parámetros éticos consensuados. Integradas entre sí a través de redes privadas de primero, segundo, tercer y cuarto grado para todo lo que resulte útil al conjunto, incluyendo justicia, seguridad, infraestructura y defensa, desde luego.

¿Un mundo utópico? Puede ser, pero muchas de las grandes ideas que impulsaron nuestra evolución fueron, a su tiempo, utopías. Lo fue en su momento la democracia, por cierto.

El modelo libertario es hoy el que mejor representa el ideal humano de no-violencia + libertades personales.

Los antiguos griegos habían arribado ya al concepto de una coherencia natural entre el bien, la belleza y la verdad, denominándolo kalakogathía.

Y señoras, señores…el anarcocapitalismo liberal se define, precisamente, en esa conjunción.