Ecologistas de Avanzada

Mayo 2009

El ecologismo, el conservacionismo, el uso de los recursos no renovables en forma sustentable, el rostro humano y amigable con el medio ambiente, en cultura, arte o espiritualidad, la economía al servicio del hombre y de la biodiversidad de nuestro planeta, son todas banderas claramente liberales. Con mayor propiedad aún, libertarias.

Los problemas alimentarios que hoy enfrenta el mundo, las amenazas climáticas con origen en la polución humana, las pruebas nucleares radioactivas, los derrames petroleros, la contaminación de espejos de agua dulce, la deforestación y prácticamente todos los desastres ecológicos, de extinción animal y sobreexplotación de los mares son culpa directa o indirecta de los Estados nacionales. Particularmente de aquellos con sistemas más dirigistas y contrarios al libre mercado. En especial de los regímenes de socialismo comunista, como puede comprobarse en la increíble acción depredadora de Rusia y China sobre sus territorios desde la segunda mitad del siglo XX, sin duda de índole genocida.

Que los Estados y los estatistas han sido la mayor fuente de desgracias humanas a todo nivel, es algo que a esta altura de nuestro camino evolutivo está fuera de cuestión. (*)

¿Se han preguntado porqué las gallinas, los caballos o las ovejas no se encuentran en peligro de extinción, mientras que sí lo están las tortugas marinas, las ballenas o los elefantes africanos?
Muy sencillo: sobre las 3 primeras especies rigen los derechos de propiedad mientras que para las 3 últimas rige el infantil son de todos.

Hablando de elefantes, observemos un edificante ejemplo al paso: diferentes países adoptaron diferentes estrategias con vista a su preservación. Zaire, Kenia y Tanzania, por caso, optaron hace unos años por lo convencional: los elefantes son de propiedad pública y se los protege con decisión (y aplauso de grupos verdes), con todos los gastos que ello implica a cargo de sus contribuyentes. El resultado de este accionar es…que se siguen extinguiendo. Hay ahora menos de la mitad de los elefantes que había al momento de tomarse la “opción estatista”.
Botswana y Zimbabwe, en cambio, adoptaron la estrategia inteligente: la mejor para los elefantes, no para los burócratas. Aquí el gobierno vendió en propiedad las manadas a los consejos tribales regionales y a particulares (con derechos de caza y de percibir cánones de cazadores y otros por cada animal utilizado). Y el resultado “liberal” obviamente, fue espectacular: la población de elefantes aumentó rápidamente. Por la misma razón por la que no se extinguen las vacas a pesar de su utilización intensiva como alimento humano.

¿Cuál creen que hubiese sido la opción tomada por Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Fidel Castro o Evo Morales? Si. Adivinaron. Los hundimientos de pueblos, economías y ecosistemas nunca son casuales.

La tecnología actual posibilita acciones que antes hubieran sido de difícil implementación. El riesgo de extinción de las ballenas azules, por ejemplo, puede conjurarse mediante el expediente de adjudicar derechos de propiedad a empresas que administren el recurso mediante su explotación racional. Podría ser con fines conservacionistas o meramente utilitarios. Como sea, el objetivo del empresario será siempre aumentar sus planteles, mantenerlos sanos, bien alimentados y electrónicamente protegidos de balleneros piratas y furtivos. A su costa. Sin corrupción posible.

Si las selvas amazónica o filipina no fueran tierra fiscal concesionada sino vendidas en propiedad absolutamente privada y negociable (sin discriminación a extranjeros), la deforestación dejaría de ser un problema planetario. Las valiosas especies arbóreas quedarían protegidas de incendiarios y depredadores oportunistas a costa de los particulares, ya que la supervivencia de la empresa con su finca comercial incluido el recupero de la inversión inicial, dependería del uso racional del recurso, de la replantación constante y del manejo científico de la valiosa biodiversidad de la que es poseedora. Nadie trabaja para perder su patrimonio. Antes bien para incrementarlo en beneficio de su descendencia (¡y de la humanidad!), para lo cual el afán de ganancia oficia de poderoso estímulo. Descontando, como en el ejemplo anterior, que “explotación comercial” es un concepto tan amplio como para incluir… a un grupo de filántropos que aporten capital privado con el sólo objeto de preservar y permitir visitas de turismo ecológico, entre muchas otras posibilidades que el ingenio humano liberado de impuestos y bloqueos mentales nacionalistas podría crear.

Si en lugar de tanto estatismo imbécil nuestra república y otro centenar de naciones hubiesen determinado la propiedad privada del subsuelo, como hicieron algunas sociedades más perspicaces, el cercano agotamiento de recursos como el petróleo más la crisis energética no estarían en la agenda actual.
Los incentivos para la exploración, extracción y administración económica del recurso (cualquier recurso valioso) hubieran forzado un derrotero histórico totalmente diferente. El mercado siempre orienta, a través del precio libre, tanto la demanda racional cuanto la oferta de sustitutos o la creación de “reservas” de distinta disponibilidad, estimulando la investigación, el avance de nuevas alternativas comerciales y la máxima tasa de conservación o nueva prospección posible compatible con el crecimiento económico deseado por cada actor. Algo que el intervencionismo estatal jamás pudo ni podrá hacer. Porque los actores son unos 6.500 millones.
Argentina sería hoy, desde luego, una potencia productora y exportadora de petróleo, gas, oro, plata, aluminio, piedras preciosas, cobre, agua dulce, tungsteno y muchos otros recursos que hubieran estado al servicio de la riqueza de nuestra población, en lugar de dormir a la espera de la obsolescencia vía el desarrollo de sustitutos y nuevas tecnologías operativas.

El tema excede el espacio físico de esta nota pero la habilitación y el respeto de los derechos de propiedad, son el principio y el fin. El alfa y el omega del bienestar humano y ambiental.
Los ecologistas de mentalidad madura ya lo comprendieron. Los verdes antiglobalización adscriptos a la izquierda troglodita y al nacionalismo discriminador, aún no.



(*) http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/ artículo “Estado” de Julio 2008

Sociedad de Esclavos

Mayo 2009

¿Somos una sociedad de mujeres y hombres libres, como nos gusta creer? ¿O se trata de un autoengaño?
Cuando algunos eligen crear o trabajar en empresas y negocios, producir bienes o servicios mientras otros hombres se dedican a usar las armas del Estado para saquear y confiscar a los primeros como modo de vida, parece aventurado catalogar a esa sociedad como libre.

Los vampiros del esfuerzo ajeno, cualquiera sea el grado de su vampirismo (y en la Argentina es muy elevado) conspiran contra el nivel de ingresos de toda la sociedad parasitando a sus víctimas, restándoles energía creativa e imponiéndoles una degradación que conlleva también el propio fin.
La historia de todas las dictaduras del globo y la de nuestra propia y terrible decadencia a manos de despotismos electos lo prueba.
Quienes se benefician de la sangría argumentan que sólo así puede solucionarse el grave conflicto de intereses entre quienes tienen mucho y quienes no tienen nada.

La verdad y la justicia, claro, están en otra parte ya que no hay divergencia de intereses entre personas que no pretenden lo que no han ganado siendo que en un marco de libre intercambio (del que estamos muy lejos), los intereses racionales no chocan entre sí. Sólo se complementan y potencian en la sinergia de un círculo virtuoso: el de la distribución de la riqueza vía el rápido aumento de los ingresos reales de todos. (1)

El bien común no puede lograrse mediante sacrificios humanos, como en la cultura precolombina, desangrando a algunas mujeres y hombres (o empresas y negocios) en beneficio de algunos otros. No somos animales sacrificables, medios para, números en la pantalla del burócrata cuyo destino es subsidiar la vida de vagos, avivados, mafiosas y otros, enriqueciendo políticos en el camino. Aunque una mayoría opine lo contrario.

Si seguimos internándonos en la trampa de aceptar que el infortunio de algunos es una hipoteca con peso de lápida sobre las ganas de crecer de otros, seguiremos decayendo como lo venimos haciendo desde hace más de seis décadas. Años en los que el voto mayoritario apoyó a quienes, aplicando conceptos paleo-económicos, consolidaron la pobreza y la des-educación hundiendo a millones en la desesperanza. Provocando golpes militares que sólo atinaron a administrar el corrupto cáncer estatista, pasando la pelota al siguiente civil inepto.

No se puede vivir en una eterna emergencia que “justifique” fraudes, robos y violación de propiedades por parte del Estado.
Tampoco puede considerarse emergencia a todas las desdichas humanas, muchas elegidas por acción u omisión como pereza, vicios insalubres, incapacidad laboral o agresiva incultura limitante.

El dar es un acto de generosidad y nobleza moral mas no un deber coactivo que deba ser impuesto por la fuerza de las armas. La solidaridad voluntaria se troca en robo bajo amenaza cuando el Estado viola su obligación de proteger los derechos de las personas; en este caso los de aquellas forzadas a solventar el supuesto “derecho” de otras a una casa gratuita, a un trabajo para el que no se esforzaron en calificar o a boletos de ferrocarril a precios de quebranto. El vano intento de lograr fines contradictorios (redistribución de capital de trabajo con crecimiento social) sólo lleva a la destrucción económica y moral, caso del que nuestra patria es ejemplo palmario.

El votante populista dirá “la sociedad me debe una forma fácil de tener mi propia casa. Es mi ‘derecho’ a la vivienda digna. ¿Cómo? No lo sé. De alguna manera” El problema es que de alguna manera siempre significa alguien con rostro, familia, sueños, problemas, nombre y apellido. Y ocurre que no existe el “derecho” de algunas personas a violar los derechos de otras. So pena de africanización… como la que nos está distinguiendo.

Se sabe que sin el derecho de propiedad privada ningún otro derecho es real. Es el primer “derecho humano” después del derecho a la vida porque si el creador de algo no es dueño del resultado de su esfuerzo, tampoco es realmente dueño de su vida no pudiendo sustentarla en acuerdo a la inteligencia, el tiempo y el trabajo empleados en la creación de ese algo. Sostener lo contrario, negando el derecho a disponer de lo propio equivale a convertir a los seres humanos en propiedad del Estado, admitiendo que son sus esclavos o bienes de uso. De los que puede succionar toda la riqueza creada que le parezca conveniente, necesaria o “apropiada”.

En definitiva, los derechos individuales (primer enunciado de nuestra ignorada Constitución) son el medio civilizado de poner a sociedad y Estado bajo el control de la ley moral. Protección de mujeres y hombres libres contra la fuerza bruta de la “superioridad numérica”. La sociedad no es, para nuestra Constitución, un fin en sí misma. Sí lo es el hombre. La sociedad es sólo un medio para la coexistencia ordenada, voluntaria y pacífica de las personas. El individuo no le pertenece y no puede concederle (o revocarle) el permiso de ser libre puesto que cada ser humano posee su vida por completo, como derecho natural anterior a la sociedad y al Estado. Y su vida, como vimos en acuerdo con los más brillantes pensadores de la historia universal, incluye a sus bienes, como extensión del propio ser. El individuo que trabaja, produce y comercia mientras otros disponen del producto de su esfuerzo es, entonces, un esclavo.
Y como tal le asisten los derechos de rebelión, impugnación, resignación bajo protesto o secesión entre otros.

Si las doctrinas nacionalista (militar), peronista, radical o socialista desconocen los derechos del individuo (esencialmente el derecho in-avasallable a la propiedad con todo lo que de él se deriva) sus postulados son la ley del linchamiento legalizado.

Evitemos consolidar en las urnas este sistema criminal donde el gobierno se halla en libertad de hacer lo que le venga en gana mientras los ciudadanos sólo podemos trabajar, comerciar o producir algo si nos conceden el permiso.
Por el contrario, podríamos apoyar con nuestro voto a aquellos candidatos capaces de reeditar el honesto “sueño americano” traducido aquí en el sueño del inmigrante que podía, en una generación, construir su casa, acceder a una vejez con seguridad económica y dejar a sus hijos en buena situación inicial, sin pedir permiso ni parasitar a nadie.



(1) ver artículo “Capitalismo Popular” en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Destruyamos al Agro

Mayo 2009

El problema agropecuario es un caso serio. Un dilema que nos viene desde el fondo de la historia. Porque la Argentina (y antes el virreinato) inició su existencia apoyada en una sola columna: la producción agroganadera, base vital y dominante de toda la vida económica y comercial de la nación.
Nuestra historia, nuestra identidad, nuestra cultura, nuestra tradición y nuestro subconsciente colectivo, así como nuestra imagen en el extranjero desde siempre y aún hoy, están muy ligadas a lo agrario. Al campo argentino; a esa pampa tan desmesurada como nuestro carácter y tan mítica como nuestro destino de grandeza.

A partir de la sanción de la Constitución en 1853, nuestro país saltó a un ciclo de desarrollo acelerado que nos hizo trepar en el ranking de la prosperidad, hasta situarnos en las primeras décadas del siglo XX entre los 10 mejores países del mundo.

El modelo económico que motorizaba esta espectacular evolución, el que marcaba -y marca- la Constitución siguiendo el pensamiento de los Padres de la Patria, era el modelo liberal.
El sistema agro-exportador funcionó en sincronía con nuestros clientes compradores y los incentivos del mercado potenciaron la incorporación de tecnología y capitales allí donde la demanda marcara el mayor beneficio para el país en su conjunto. El mundo necesitaba alimentos de calidad y la Argentina, en efecto, los proveía. Así crecimos.

Ensamblando nuestras ventajas comparativas con las necesidades de un planeta hambriento, la producción agropecuaria se transformó en la locomotora natural de nuestro progreso.
El agro con su corriente exportadora no inhibió a las demás actividades y desde principios del pasado siglo XX pudo verse una industrialización creciente en gran cantidad de rubros.
A modo de ejemplo, tenemos que la cantidad de establecimientos industriales en esa época pasó de 36.500 en 1908 a 48.700 en 1913 y a 61.000 en 1924. Diversas situaciones en el comercio internacional a lo largo de esos años crearon la necesidad local de ciertos productos (la demanda) estimulando su fabricación nacional (la oferta) en un constante incremento de la producción manufacturera. Las leyes de libre mercado funcionaron tal como siempre lo habían hecho y así siguieron operando (como al mismo tiempo lo hacían en otros países similares: Australia, Canadá etc.) a pesar de crecientes imposiciones e interferencias de nuestros gobiernos.

Desarrollo total y exportación de materias primas no son -para la gente dotada de cerebro- conceptos contrapuestos sino complementarios. Estados Unidos, la sociedad más poderosa del mundo, fue y sigue siendo una potencia agro-exportadora.
Argentina, que hacia principios de los 40 era todavía acreedora del Primer Mundo y superior a los 2 países antes nombrados eligió, a partir de 1945, profundizar con decisión el modelo opuesto.

Nuestra política de sustitución de importaciones se basó, desde entonces y hasta el día de hoy, en frenar a la locomotora agropecuaria (y agroindustrial) quitándole ganancias reinvertibles para transferirlas al gobierno. Que fomentó con subsidios, corrupción, “amiguismo” y leyes prebendarias un modelo de industria protegida, incapaz de competir en el mercado mundial. Orientada a un mercado interno tan cautivo como pequeño. Un verdadero taller protegido a gran escala.

El estúpido temor, nunca justificado, de que íbamos a quedar condenados a ser una república pastoril manejada por una élite con decenas de millones de sub-ocupados miserables, nos condujo derechamente a la miseria. Mientras nuestros competidores que eligieron no estrangular al agro, nadan en la abundancia desde hace muchos años.

Australia y Canadá siguieron apoyando su modelo agro-exportador, que traccionó naturalmente a sus economías hacia una industrialización orientada a lo exportable.
Hoy son potencias agropecuarias, industriales, tecnológicas, culturales y de avanzada en la generación de conocimientos con todo lo que ello significa para el nivel de vida de sus poblaciones.

Sabiendo que decir esto es una simplificación por demás burda, ya que también tallaron las motivaciones de fondo de muchos cínicos traidores, que conquistaron el poder en nuestra patria buscando adrede estos resultados de desastre, para medrar montados en la ignorancia y la pobreza del pueblo.
Sabiendo también que los brutales frenos aplicados a nuestro despegue operaron -y operan- con trasfondo ideológico.
La envidia de la prosperidad ajena sumada al resentimiento que genera la propia incapacidad, fueron sentimientos importados por inmigrantes activistas de izquierda corridos de la Europa del 900, que sembraron en Argentina la cultura ideológica del fracaso. Y la víctima propiciatoria en nuestro caso fue el sector agropecuario en su conjunto, responsable primario del éxito nacional.

Peronistas, militares, radicales, socialistas, democristianos, neonazis, humanistas, marxistas, progresistas y nacionalistas apoyan este modelo económico, envasándolo bajo diversas presentaciones. No querer verlo, es ser colaboracionista de quienes hundieron -y hunden- nuestra Argentina.

Acogotar a la gallina de los huevos de oro es hoy Política de Estado. “El campo”, el enemigo a liquidar. Cae la intención de siembra y la retención de hembras para madres, quiebran por doquier empresas agropecuarias grandes y chicas de alta eficiencia productiva, desaparece la reinversión y el uso de tecnología ante el derrumbe de la rentabilidad, aumenta el endeudamiento para salir de un torniquete fiscal minado de impuestos confiscatorios y bajan los saldos exportables con riesgo cierto de desabastecimiento interno, mientras el sector entero implosiona lentamente hacia la ruina.
Más de 60 años de tipos de cambio diferenciales, retenciones a las exportaciones, triples y cuádruples tributaciones sobre un mismo bien (la tierra), impuestos discriminantes, prohibiciones al libre comercio y cientos de otras agresiones conformaron el paquete de “herramientas” utilizado para una transferencia (o simple robo) de capital del agro al gobierno cuyos resultados están a la vista.
Los montos totales son espeluznantes (muchas decenas de miles de millones de dólares), lo mismo que la defraudación moral y el colapso económico que provocó en toda la sociedad.

Los alimentos, “la soja”, son el petróleo de nuestra época. ¿Qué pensaríamos si Arabia Saudita dinamitara sus pozos petrolíferos? ¿Si Japón hiciera quebrar con impuestos a Toyota, Sony, Honda y Toshiba? ¿Si Suiza arrasara con sus industrias farmacéuticas y de relojería? Porque eso es lo que Argentina hace con su complejo agro-industrial. En lugar de potenciar por 10 su producción, facilitando el desarrollo de industrias integradas que también exporten valor agregado a precios competitivos.

Pensemos otra vez nuestro próximo voto y señoras, señores, tengamos presente aquel dicho porteño: el calavera no chilla.

Neo-Populismo en Campaña

Mayo 2009

Durante el curso de la presente campaña electoral apuntando a una renovación parcial de las legislaturas, el ex presidente Sr. N. Kirchner nos ha gritado “si pierde Cristina el país va a explotar”.
Expresión que se añade a otras como “si perdemos, la Argentina vuelve al 2001”, “no volvamos al neo-liberalismo de los 90” o bien el remanido “nosotros o el caos”.

Se trata de la clásica danza tribal del peronismo convocando al “voto con miedo”.

Miedo infligido a una vasta franja poblacional colocada en forma criminal por el neo-populismo (Alfonsín/ Menem/ De La Rua/ Duhalde/ Kirchner/ Kirchner) en situación de pobreza estresante y peligro cierto de terminar en la zanja de la indigencia. Miedo a que gane alguien con ideas razonables y éticas, que aplique la madre de las justicias retroactivas. A que gane alguien que realmente sepa cómo hacer de nuestra Argentina un país respetado, poderoso y con un alto nivel de vida para todos. Porque un giro económico y de corrección política tan brutal, creen, causaría turbulencias y reacomodamientos sociales que los harían caer, desde el precario equilibrio económico que a duras penas y con auxilio estatal todavía conservan. Creencia que por cierto es falsa.

Hay otras motivaciones además del miedo, claro está, para votar otra vez a los neo-populistas: odio por codicia de bienes ajenos, orgullo negado a reconocer que se ha estado traicionando (y hundiendo) a la patria con el voto durante años, resentimiento, envidia, pretensión de lograr “derechos” de ventaja parasitaria a costa del sacrificio de otros, etc. Toda una colección de sucias pulsiones vengativas enmascaradas bajo palabras altruistas.

El periodismo responsable tiene la obligación patriótica de desenmascarar ante toda la sociedad las torpes mentiras estatistas. Porque cuando escuchamos que “si pierde Cristina el país explota”, lo que debe ser comentado in extenso es que el país ya está en la cuenta regresiva de la explosión, debido a la incapacidad, vileza y soberbia ignorancia demostrada durante 6 largos años por el matrimonio presidencial.
Explicando que el “extraordinario” crecimiento económico 2003 – 2007 estuvo por debajo del de muchos otros países en desarrollo que también se beneficiaron de la “extraordinaria” suba del precio de las materias primas. Y que con semejante viento de cola pudimos haber hecho mucho más, sin hundir a los sectores productivos. Teniendo en cuenta, además, que el cacareado crecimiento kirchnerista fue en gran medida falso ya que se partió de cifras de PBI que habían retrocedido a valores de la década del 80 luego del colapso de la Alianza radical-socialista del 2001. Y que ni siquiera la recuperación del PBI así aplanado (para llegar a finales de la primera gestión Kirchner a valores que ya habíamos tenido en los 90) puede ser calificado de “récord” ya que hacia la época del Centenario, nuestra nación crecía mucho más. Alcanzábamos el 7° lugar entre las grandes potencias e íbamos camino de ubicarnos entre las 2 o 3 sociedades más ricas y avanzadas del mundo, cuando hoy ocurre lo opuesto.

Acabado el viento de cola, acotado el flujo de dólares robados a la reinversión agropecuaria que encubría las inmoralidades neo-populistas, queda al descubierto la realidad: una Argentina desnuda, violada y saqueada corre hacia esa explosión que el propio ex presidente vaticina. El país del 2001 está, si, a la vuelta de la esquina. No será más que el resultado matemático de lo perpetrado, cerrando el círculo vicioso de una nueva vuelta de tuerca de esta trampa caza-giles (y enriquece-políticos) denominada “justicia social redistributiva”.

Hacer periodismo responsable y veraz, sería desasnar al público acerca de la cantinela del “neo-liberalismo menemista de los 90”.
Porque sólo la intención de confundir con mala fe puede explicar el ansia furiosa de identificar a Menem con… ¡el liberalismo!

Las presidencias de C. Menem conformaron un acabado ejemplo de las más clásicas “virtudes” peronistas. Mafia fascista al gobierno, corrupción desatada, nepotismo, connivencia de caciques sindicales, pactos antirrepublicanos para la perpetuación del poder, empresarios “amigos” colmados de prebendas, parlamentos genuflexos, Justicia muy manoseada y con escasa independencia, intervencionismo económico, educación oficial basura con anti-valores, concentración de la riqueza en pocas manos con aumento de la desigualdad, impuestos confiscatorios, alto gasto del Estado con muy alto endeudamiento, altos niveles de pobreza y desocupación, bloqueo de instituciones destinadas al control de los funcionarios y despreocupación total por los marginados, una vez ordeñados sus votos. 100 % peronismo. ¿Qué más?

El que haya ordenado algunas privatizaciones (empresas estatales cuyo enorme déficit ya se había fagocitado al gobierno radical de R. Alfonsín) amañadas, desprolijas, torpes y plagadas de coimas monumentales, no lo hace liberal en modo alguno.

El sistema liberal abomina por definición de todas y cada una de las costumbres peronistas que signaron el gobierno del Sr. Menem. Gobierno que sobrevivió vendiendo “las joyas de la abuela” y que fue tan peronista como lo es el del santacruceño, que en aquel entonces no se cansaba de felicitar y apoyar el neo-populismo de tenue disfraz capitalista que a ambos beneficiaba.

“Nosotros o el caos” es otra confusión semántica (de las que está minado este gobierno) y quiere decir en realidad “nosotros somos el caos”. Caos que por cierto se extenderá a medida que avance electoralmente la Coalición Cívica de la Sra. E. Carrió (pan-radicalismo más socialistas) quienes ya mostraron sus afiladas y usualmente ocultas garras, en ocasión de apoyar al kirchnerismo en el reciente saqueo de los bienes privados a cargo de las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones. Además de haber integrado con las mismas ideas el también desastroso gobierno del Sr. F. De La Rua.

Todo parece perdido, entonces. Aunque la prensa libre y con vocación patriótica de cierta docencia podría concluir al menos que, si los gobiernos son inevitables (cosa que dudamos), es mil veces preferible ser gobernados por empresarios que por abogados, poetas, filósofos, sociólogos, curas o comandantes.
Por lo menos los primeros poseen el know how de la riqueza. Los otros, ni eso.

El Poder como Problema

Abril 2009

Podríamos analizar brevemente esta cuestión, repensándola bajo el siguiente punto de vista: tenemos por un lado a los hombres y mujeres de los partidos que participan en el juego de la democracia, que sólo se diferencian en cuestiones cosméticas. Ya que en lo esencial están de acuerdo en cubrirse y protegerse mutuamente (la lealtad política) dentro de un sistema que les reserva privilegios, oportunidades de negocios y poder sobre la gente trabajadora que paga la cuenta.
Tenemos también a dueños de ciertas empresas y sindicalistas que, consecuentes con la lógica corporativa del sistema, se posicionan para resultar beneficiados en el dictatum de leyes, regulaciones económicas y prebendas a cambio de apoyo al gobierno. O más bien de apoyo al incremento patrimonial y a la impunidad de sus integrantes.
Están además todos los beneficiarios de planes sociales, subsidios indirectos, puestos de favor o jubilaciones de privilegio, interesados en mantenerse siempre en situación de ventaja parasitaria a costillas de lo que generen otras personas. Más otro dato importante: las tareas propias de la maquinaria del Estado están a cargo de una gran burocracia de empleados, que los contribuyentes no pueden remover ni cambiar.

Todos ellos están de acuerdo en sostener con votos, con propaganda, con movilizaciones, dinero o chantajes el poder coercitivo, aplanador y sin opciones, del Estado.

Como muchos otros, se confunden en la defensa de un monopolio: el monopolio del uso de la fuerza armada que respalda este poder, dando pie al cobro compulsivo de tributos sobre diversos bienes, propiedad de gente pacífica. Personas que no sólo se encuentran atomizadas y desarmadas sino con las mentes condicionadas por una vida de adoctrinamiento oficial en la conveniencia de someterse en majada al poder político dejando las cosas, básicamente, como están.
Tenemos también el elegante fraude que, bajo el nombre de Constitución Nacional, nos acuna en la creencia de que nuestros derechos y propiedades están amparados por un bello y complejo sistema de equilibrios y contrapesos entre los tres poderes independientes de la república. Se omite, por supuesto, la incómoda aclaración de que los tres forman parte de una misma organización (el Estado) y tienen, dentro de su área, el mismo monopolio coactivo apoyado en las armas -y en la política económica- que controla el partido de gobierno. La supuesta independencia, no es tal.

Todo descansando en el absurdo de querer suponer que las mujeres y hombres que nos gobiernan son seres honestos, desinteresados, imbuidos de amor a la patria y con verdadera vocación de servir al prójimo sin pensar en otra retribución que la satisfacción del deber cumplido. Y que además cuentan con el bagaje intelectual de conocimientos de avanzada como para asegurarnos una posición de inteligente preeminencia en el ranking de la prosperidad mundial. Mito que de ser (aún al 50%) cierto, garantizaría el funcionamiento de la democracia, tanto como de cualquier otro sistema (monarquía, aristocracia, dictadura, tribalismo etc.) sin inconvenientes ya que estaríamos en manos de reales servidores públicos. No existe tal. Quienes estén capacitados para verlo, habrán avanzado otro paso en la comprensión del problema.

Lo cierto es que el poder siempre corrompe, porque el ser humano es una criatura imperfecta, más allá de las excepcionalidades.
No existen mujeres ni varones que sean inmunes a la corrupción del poder. Quien posea poder para dominar y dañar, hacer el bien o ayudar, fatalmente dominará y dañará a sus semejantes de un modo u otro, porque usará ese poder en su propio beneficio, el de sus familiares y amigos, el de las personas que lo ayudaron a acceder a ese sitial y las que lo ayudan a mantenerlo. De eso se trata la corrupción. Y porque aún el “buen uso” del poder que brindan las armas queda totalmente deslegitimado desde el momento en que un solo ser humano se vea agredido sin haber iniciado agresión. Un ejemplo entre mil podría ser el del gobierno apropiándose del fruto de su trabajo, sus ahorros o su capital productivo para aplicarlo a iniciativas con las que esa persona no está de acuerdo y que no financiaría si estuviese en posición de decidirlo (tales como la “Universidad” de las Madres de Plaza de Mayo y sus planes de fomento al terrorismo intelectual liberticida).

En verdad, el poder no consentido aplicado sobre seres humanos pacíficos es el anti-camino. La contra-evolución. La tiranía de quien compra el mayor número de votos para expoliar con tranquilidad a las minorías. Es lo primitivo; la ley de las bestias. Y lo que todavía nos rige.

Debemos tender hacia un sistema de organización social que cumpla con aquella ley moral de “el fin no justifica los medios” si queremos dejar de ser cómplices de los violentos y de los ladrones. Si queremos empezar a construir la no violencia y la estricta justicia de méritos que todos afirmamos desear. Si pretendemos dejar de ser colaboracionistas para empezar a militar en la resistencia a favor de lo correcto.
Un sistema que subordine el poder a las decisiones voluntarias y responsables de cada persona. Que considere a cada ser humano como un fin en si mismo, en lugar de considerarlo como un medio al servicio de los fines socialistas. Alguien único, irrepetible, sagrado y con derechos in-avasallables. Aunque una mayoría opine lo contrario. Que sea la peor pesadilla de los totalitarios y de todos los que pretenden vivir del esfuerzo ajeno enarbolando un garrote agresor.

Democratizando el poder para distribuirlo entre toda la población, impidiendo que se concentre en manos de unos pocos.
No es imposible. En todo caso es tan utópico como alguna vez lo fue la democracia. Porque democratizar el poder significa entregar a cada individuo de la sociedad la cuota de poder que le permita decidir cosas tales como cuándo, bajo qué cláusulas y a qué agencia supertecnologizada de seguridad privada me afiliaré aportando el dinero que hoy me quitan (con los impuestos) para brindarme una “protección” monopólica que no me conforma. (1)



(1) Para ampliar en este tema, ver nota Acerca del Sistema Libertario de Abril 09 en http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Acerca del Sistema Libertario

Abril 2009

Por mínima que sea su capacidad de discernimiento, cualquier persona está en condiciones de darse cuenta de ciertas verdades.
Una de ellas es que la razón de ser del Estado es el control. Control que siempre implica invasión a la autonomía individual de alguien. Tanto controla un presidente como un invasor y la esencia de esa invasión no varía si esta es llevada a cabo por un hombre contra otro, tal como un delincuente común; por un hombre contra todos, como en una tiranía o por todos los hombres contra uno, como en las modernas democracias.
La gente se acostumbró a que el gobierno controle, reglamente y grave cualquier transacción de bienes o servicios que ocurra en la sociedad, en la misma forma en que antes lo hacía la Iglesia con los comportamientos y expresiones de las personas. El desafío de separar las cosas sigue siendo, aún hoy, el mismo.
Recordemos que la democracia llegó a ser popular porque prometió menos impuestos y más libertad de la que existía bajo la monarquía, mas no pudo cumplir su promesa.

Los libertarios sostienen con sólida fundamentación filosófica que la propiedad de una persona es la extensión de su vida y que la libertad puede definirse como ausencia de invasión a la persona o a sus bienes mientras que el precio del progreso puede resumirse en la no-limitación de la libertad.
No pretenden saber lo que es bueno para la humanidad, y defienden la idea de que cada persona puede hacer lo que desea siempre que no perjudique a los demás, sin otra limitación.
Cada quien es libre de perseguir sus propios fines en la vida y uno de esos fines podría ser un estado llamado felicidad. Sin perder de vista que aún viviendo en las condiciones de máxima libertad posible, habrá mucha gente que fallará en alcanzar sus metas.

El libertarianismo como sistema integral basa su funcionamiento en la economía de mercado, traducida en los planes personales de millones de individuos, cada cual coordinando el suyo con los de los demás, dando como resultado espontáneo una interacción extraordinariamente compleja. Tan imposible de idear como de controlar.

El sistema estatista, en cambio, magnifica el poder de los ricos a través de la concreción de sobornos con el fin de redirigir el dinero de nuestros impuestos hacia sus proyectos. Porque el Estado escucha mayormente a los grupos de presión o a los que prometen ganancias y ventajas para la clase política.

En una sociedad libre, el gobierno dejaría de interferir en la acumulación del ahorro y del capital de producción impulsando muy fuertes subas de la tasa de capitalización, lo que se daría en forma ilimitada creando el mejor ámbito posible para el progreso económico y las posibilidades reales de elección de la gente, en todos los ámbitos de la acción humana.
Tendríamos en Argentina a 40 millones de mentes trabajando para solventar los conflictos, votando voluntariamente con sus pesos por la mejor solución para cada uno de ellos bajo sus propias circunstancias. Bajo el Estado coactivo, tenemos a unas pocas personas intentando resolver los problemas de todos, y todos somos obligados a punta de pistola a aceptar las soluciones de quien gobierna.

Mucha gente piensa que la sociedad no podría funcionar con poco o ningún Estado democrático detentando el monopolio de la fuerza. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados son democracias! Sin embargo podría recordárseles que en los siglos XVII y XVIII mucha gente también pensaba que la democracia no podría funcionar, y que un sistema así se desintegraría en el caos en cuestión de meses. ¡Al fin y al cabo, todos los países civilizados eran monarquías! Ahora todo es democracia intervencionista pero… la noche está en pañales.

Recordemos también que el Estado nació cuando la gente renunció a parte de su libertad por pereza, dejando que un “ente superior” llevara parte de sus asuntos. Y que el problema apareció cuando el ente se hizo tan fuerte como para pasar a extorsionar y presionar a todos; aún a quienes no lo querían.
Si bien hemos acabado con el “derecho divino” de los reyes, en realidad y en el estado actual de evolución social, lo hemos sustituido por el gobierno absolutista de la mayoría.


Al decir de Bakunin: “aquellos que reclaman lo posible, jamás logran nada. Pero aquellos que reclaman lo imposible, al menos logran lo posible”. Los servicios de seguridad y justicia, prestados por el Estado, son la base de funcionamiento de todo el orden social. Son considerados como “lo más importante” y parecería locura que el gobierno se desentendiera de los mismos. Sin embargo, podríamos considerar que la alimentación y el vestido son aún más básicos, aunque son pocos los que sugieren su estatización ya que es sabido que las granjas y fábricas colectivas llevaron a las hambrunas y desastres económicos más espeluznantes de la historia humana. No se ha encontrado un solo ámbito en el que la acción del Estado sea más eficiente o eficaz y barata que la provista por empresarios en el mercado. Podríamos referirnos a sanidad y educación tanto como a justicia y seguridad. Aunque menos obvio, esto puede aplicarse también a defensa militar, asistencia a los desposeídos, relaciones exteriores o sitios públicos entre muchas otras cosas.

El catálogo libertario incluye pensamientos como los que siguen: sólo yo debo decidir si le doy dinero a los pobres y cuánto; quien viola mis derechos debe pagarme a mi, no a la sociedad; sólo es delito lo que viola los derechos de otra persona (no los reglamentos arbitrarios del Estado o sus “leyes” injustas que más parecen licencias para extorsionar); tengo derecho a retener todo lo que gané honradamente; en vez de cobrar impuestos generales, debe cobrarse por los servicios que cada quien recibe; la propiedad privada es inviolable y sólo su dueño debe determinar su uso; sólo yo debo decidir lo que produzco, a quién se lo vendo y en cuánto; debe prohibirse al Estado endeudarse a mi nombre mediante deuda pública; deben utilizarse los activos del Estado para cancelar la deuda pública actual; tengo derecho a comprar productos “abaratados” (subsidiados) por gobiernos extranjeros; cada quien debe pagar por su jubilación sin obligar a otros a hacerlo; debe eliminarse el uso de los impuestos, subsidios e incentivos, para beneficiar a cualquier persona o grupo; sólo yo debo decidir cómo gasto mi dinero; debo responsabilizarme por mis actos sin pasarle mis facturas a otros; tengo derecho a portar un arma para defensa propia; sólo yo decido qué le introduzco a mi cuerpo (tabaco, alcohol u otras drogas) o si uso o no cinturón de seguridad; tengo derecho a trabajar sin tener que pedir permiso, licencia o pertenecer a una organización profesional u ocupacional. Y muchos otros de este tenor.

Se supone que necesitamos al Estado en la lucha contra el terrorismo, la pobreza o las drogas sin reparar en que son problemas que el propio Estado ha creado. Como aquella inscripción colocada en cierta institución de caridad “este hospicio fue construido por una persona piadosa, aunque primero fabricó los pobres que lo habitan”. La pobreza podría ser erradicada con facilidad si tan solo el gobierno dejase de crearla.

La desaparición del inmenso gasto aplicado al mito del “Estado benefactor” con sus comisiones de rigor, implicaría mucho mayor riqueza en la sociedad haciendo a las personas más generosas, humanas y caritativas para con los marginados ya que la historia nos enseña que la indiferencia hacia el prójimo aumenta en la misma medida que crece la intervención del gobierno.

Sólo el Estado y los delincuentes comunes se basan en la violencia (o en la amenaza de su uso) para lograr sus metas. El resto de la población depende de la cooperación voluntaria. Porque ¿quién tiene derecho a imponer su voluntad sobre sus semejantes? Todos responderíamos ¡nadie! Y sin embargo aceptamos mansamente y a diario en los principios y en las prácticas que nos la impongan por la fuerza. ¿Cuántos impuestos pagaría Ud. si se despenalizara la evasión?

El objetivo del libertarianismo hoy, a pesar de todo esto, es aceptar el marco legal establecido como punto de partida y modificar gradualmente la legislación conforme las disposiciones constitucionales. Las instituciones privadas deberían ir reemplazando a las estatales a lo largo de años para que cuando finalmente el Estado desaparezca ni siquiera nos hayamos dado cuenta. Los movimientos secesionistas, una férrea oposición en el Congreso a proyectos totalitarios (como la que llevan a cabo los legisladores del Movimiento Libertario en Costa Rica) y toda protesta conducente a impedir que los seres humanos se arroguen el “derecho” de no respetar a otros en su persona o en su propiedad, se consideran caminos válidos.

En definitiva, todo se reduce a dar preeminencia a la cooperación por sobre el uso de la fuerza en un ámbito donde cada persona pueda seguir sus sueños, trabajar para lograrlos y disfrutar sus logros sin temor a perderlo todo por el capricho de algún político.

Es verdad que el Estado no posee mayor honestidad o buen juicio que el promedio de sus líderes, personas más bien mentirosas y de poca vocación abnegada de servicio. Lo que sí tiene es fuerza bruta, aunque ciertamente no hemos nacido para ser forzados.
No hay ningún buen acto que para ser llevado a cabo requiera otro malo. No está moral ni éticamente permitido conseguir un bien comenzando por un mal. Que el Estado sea moralmente malo, sería ya razón suficiente para abolirlo incluso si las soluciones del mercado no implicasen una mejoría.

Tal vez logremos que cada vez más gente despierte pensando “Si. Eso es en lo que yo creo. Este hombre está diciendo lo que pensé durante toda mi vida”… y proceda a votar en consecuencia.



Para ampliar en este tema, ver nota Libertarianismo de Marzo 2006 en
http://www.libertadynoviolencia.blogspot.com/

Robo Justificado

Abril 2009

Aún subsiste el mito de que los delitos constituyen “ofensas a la sociedad” y que el delincuente debe ser castigado (p/ej. enviándolo a prisión) con todos los gastos de captura, juicio y reclusión a cargo de la misma “sociedad” ofendida.
El engaño, para el caso, consiste en que “la sociedad” no es nadie. No tiene existencia real ni física. Es una entelequia que designa en abstracto a un conglomerado impreciso de individuos, que (ellos sí) son los que existen, tienen nombre y sentimientos; derechos y bienes. La ofensa del delincuente se ejecuta por norma contra uno o más individuos; personas concretas e identificables que deben ser resarcidas, debido a que sus derechos individuales fueron violados.
El sistema actual está planteado para justificar el cobro compulsivo de los impuestos que según nos dicen, se utilizarán para sostener el sistema carcelario de “la sociedad” que no puede, claro está, ser resarcida.
Si hubiese verdadera justicia, nada deberían pagar terceras personas que no tuvieron culpabilidad en ese delito particular y tampoco debería costearlo la víctima, desde luego, sino el propio ofensor en un campo de trabajo apropiado (1).

También goza de salud otro mito primitivo, consistente en justificar la delincuencia bajo el argumento de que “al delincuente lo hizo la sociedad”. Según esta línea de pensamiento, el sistema de libre mercado en vigencia promueve una cruel explotación del hombre por el hombre, dificultando la educación popular y las mejoras en el nivel de vida de las clases obreras. Esto conduce a pobreza crónica con inmovilidad social, generadoras a su vez de una gran desesperanza. Se empuja así a nuestros jóvenes por el camino de las drogas y el delito como vía de fuga para con un orden de vida tan alienante como injusto.
La violencia resultante, entonces, tiene su génesis en el egoísmo, la insensibilidad y el insaciable afán de lucro de los empresarios. Y en semejante contexto, se termina “razonando” que la propiedad es un robo, el impuesto una reparación social y el que delinque… es en el fondo un justiciero. Alguien que trata de sobrevivir y prosperar dentro de la ley de una selva que no eligió.

La libertad económica y el respeto por la propiedad privada que reclaman los liberales, son así ideas carentes de sentido o sólo ventajosas para las clases acomodadas.
La libertad sin dinero ni propiedades es sólo una palabra hueca que no sirve de nada.

En mayor o menor grado, todos los socialistas han alimentado este mito con pasión, explotando la confusa sed de revancha vengativa que anida en muchos seres humanos, secretamente resentidos contra la vida, sus antecesores, el destino, sus pecados electorales o la propia incapacidad.
La trampa es convincente porque mezcla premisas correctas con derivaciones falsas para llegar a conclusiones erróneas.
Es cierto que libertad sin propiedad no sirve de mucho pero lo inteligente es crear las condiciones para que todos puedan ser propietarios y tengan buenos ingresos. Lo cual sólo es posible en una economía libre protegida por instituciones eficaces. Jamás donde gobiernan los ladrones del esfuerzo, los sueños y el ahorro ajeno.
Es verdad que cierta violencia social puede ser engendrada por la falta de sensibilidad y el afán sin coto de riquezas pero no de los empresarios honestos sino de la corrupta oligarquía política, sindical y de pseudo-empresarios prebendarios, dueños de cuentas numeradas en el exterior y mansiones fastuosas.
Es cierto que la desesperanza puede conducir al disloque moral y a la delincuencia, como también es cierto que la condena a permanecer en la pobreza aún cuando la gente se esfuerce duramente para salir de ella constituye una grave injusticia. Pero la causa de estas situaciones aberrantes no es el mercado libre (que no tenemos en Argentina desde hace muchos años) sino el freno populista a las inversiones y a la acumulación del ahorro que derivan en la vil explotación del pueblo por parte del gobierno, que provee educación de mala calidad e impide por clientelismo la mejora en el nivel intelectual y de vida de los más indefensos, dado que allí se encuentra su negocio.
Un ejemplo muy actual de esto último puede verse en la deliberada destrucción del poder económico de una pujante clase media del interior rural que iba surgiendo al calor del trabajo duro, fuertes reinversiones, nuevas tecnologías y eficiencia productiva de punta.
La solución (negocio) progresista fue bajarles la caña en el morro haciéndolos retroceder de propietarios a proletarios para domesticarlos forzándolos a hincarse y estirar sus gorras a la espera de alguna moneda bajo la forma de subsidios.

Resulta obvio que ni el sistema de propiedad privada es un robo ni los impuestos son una reparación. Muy por el contrario, los impuestos (exacción no consentida) son el verdadero robo mientras que el respeto cabal por la civilizada institución de la propiedad es la llave maestra del ahorro, la inversión, el éxito y la satisfacción consumista de los oprimidos.

Por lo tanto, al delincuente no lo hace “la sociedad” sino el gobierno, con sus políticas violentas y desactualizadas, de un intervencionismo obsoleto de conveniente impedimento a la creación masiva de nuevos propietarios.
En última instancia, quienes crean, multiplican, alientan y crían delincuentes son las mujeres y hombres que apoyan con su voto a los candidatos del social-estatismo que nos gobierna y nos hunde en la ley de la selva desde hace muchas décadas. Violando los derechos individuales de futuros criminales, como el derecho a obtener una educación de alta calidad y empleos estimulantes y bien remunerados, al forzar medidas económico-legales propias de la era de los simios. Muy convenientes para la gente astuta “del campo nacional y popular” pero lapidarias para “el campo de la patria y el trabajo”.

(1) para ampliar en este tema, ver

Revolucionarios y Oportunistas

Abril 2009

Es lugar común de sabiduría popular afirmar que las crisis generan oportunidades. Una Argentina decadente y arruinada, que se debate entre manotazos de ahogada con el segundo peor gobierno de su historia (el primero, aún más divisionista, dañino y pisoteador de derechos transcurrió entre 1945 y 1955), clama por esa oportunidad. Y la confusión económica mundial podría ser, vista con alguna perspicacia, un pasaporte dorado con destino directo a la economía de la abundancia.

Por muchas razones, nuestro país está mejor preparado que otros para dar un salto de calidades y cantidades que, obviando etapas, nos coloque en pocos años entre el pelotón de vanguardia sin apelar a sacrificios extraordinarios. Excepto el sacrificio político e intelectual de colgar el orgullo en el perchero, admitiendo que nos fue mal porque durante más de 7 décadas hicimos del resentimiento y la deshonestidad nuestras pulsiones rectoras.
Toda una revolución mental por cierto, a primera vista imposible. Aunque a segunda vista podría no serlo tanto ya que el período kirchnerista tiene la dudosa virtud de estar haciendo visible hasta para los más tontos, los horrores morales y económicos del populismo (o fascismo socialista).
La república bajo ataque, sacude las conciencias y corazones de millones de argentinos de bien.

El mundo desarrollado se encuentra en problemas. Se trata de una crisis provocada por la siempre torpe intervención del Estado (esta vez el norteamericano) en el mercado de capitales a través del consabido, pedante despliegue de prohibiciones y ordenanzas regulatorias y contrarregulatorias inconducentes. (1)
El resultado de este dirigismo consiste y seguirá consistiendo en un impactante freno a la actividad económica, alta desocupación y… más estatismo.
No ocurrirá otra cosa ya que las superestructuras gubernamentales de Estados Unidos, la Unión Europea, China, Japón y demás potencias emergentes junto con las instituciones supranacionales del tipo de las Naciones Unidas o el Fondo Monetario están dirigidas por una muy numerosa y bien paga casta de burócratas que no permitirá que poder y privilegios se les escapen de las manos.
No importa que la solución correcta esté en dejar quebrar a banqueros irresponsables, inversionistas angurrientos y deudores imprudentes. La solución conveniente es más gasto público que pase por sus manos, salvando o estatizando a bancos, empresas y particulares aprovechadores, con dinero succionado de impuestos pagados por millones de contribuyentes que nada tuvieron que ver.

Planteado el derrotero de la crisis, deberíamos entonces ser, aparte de revolucionarios, oportunistas aprovechando la estupidez ajena para catapultarnos hacia arriba. Dejemos que los gobiernos del Primer Mundo exploten a sus pueblos y detengan así sus economías como mejor les parezca.
Argentina debería reinventarse como la alternativa distinta, la opción inteligente a la falta global de sentido común. La viveza criolla podría mostrar su lado constructivo, al menos por una vez.

Abramos nuestra nación a las riquezas indecisas de todo el orbe para hacer estallar nuestra cacareada potencialidad en una generación. La nuestra. Usemos sin culpa el dinero acumulado durante años por otras sociedades quitándoselo a nuevos desarrollos en sus propias industrias o en otras regiones.

Aprovechémonos sin escrúpulos del miedo a las caídas accionarias, a la pérdida de valor de las propiedades en países centrales y a los altos impuestos sobre capitales y ganancias.

Quebremos la solidaridad mafiosa con sistemas bancarios y financieros que funcionan en complicidad con Estados que violan los derechos a la privacidad documental y a la absoluta libertad en las transacciones.

Ignoremos las quejas que vendrán de gobiernos fiscalistas y parasitarios convirtiendo a nuestro país en verdadero paraíso fiscal, refugio de fortunas, destino de negocios, meca de inversiones y centro financiero internacional con una legislación de avanzada para el control del dinero sucio combinada con el mayor respeto por las decisiones y bienes de los inversionistas.

Cortejemos el afán de ganancias y la ambición de extranjeros millonarios y empresas exportadoras en busca de expansión integrada facilitando el ingreso y absoluta protección de sus patrimonios en nuestro territorio. Si el dinero no tiene banderas, prestémosle la nuestra y que trabaje para nuestra gente.

Sustraigamos capitales de investigación, cerebros, artistas y emprendedores creativos a las sociedades más ricas del globo ofreciéndoles el entorno de libertad, apertura mental y respeto por la propiedad intelectual y económica más apropiado para su desarrollo.

Quitemos trabas al libre comercio, regulaciones laborales retrógradas e impuestos a propios y extraños, acercándonos a las presiones tributarias más bajas del planeta. Su consecuencia directa será el crecimiento exponencial de nuestra producción, seguida del crecimiento exponencial del bienestar de nuestro pueblo.

La gradualidad de estos cambios no debería superar los tiempos de un período de gobierno. Brindemos seguridad jurídica y estabilidad institucional con un Parlamento renovado que -para empezar- tome las riendas del desquicio actual plantándose con firmeza en algunas nuevas, pocas y expeditivas reglas consensuadas. Sin ceder ante la Presidencia ni ante la Corte frente a intentos de frenar el beneficio de sus representados.
Apartándonos de la confusión mundial, del apriete a los ciudadanos honestos de los países desarrollados y del juego vil de la costosa nomenklatura internacional podríamos mutar en “mosca blanca” del mundo, usando los errores ajenos en nuestro propio y directo beneficio.

Aunque tenemos el capital de inteligencia (escondido entre la actividad privada) suficiente como para manejar el caballo desbocado en que se transformaría nuestra nación lanzada a un crecimiento vertiginoso, esto es por ahora solo política-ficción.
Debemos sin embargo tener presente que las utopías inspiran, movilizan, entusiasman y cambian puntos de vista sobre cuestiones en las que el voto ciudadano puede ir marcando tendencias. Apoyando a los candidatos menos estatistas, por ejemplo.


(1) para más detalles, ver art. crisis de Octubre 2008

El Voto con Miedo

Marzo 2009

En Argentina se asimila legalidad a democracia y democracia a voto popular. Punto. Y falso ya que han existido y existirán sistemas legales con aplicación de una justicia muy superior a la que tenemos, sin democracia. Incluso sin Estado.
Y porque la democracia practicada como se la entiende aquí, de elegir cada 4 años un amo que haga lo que le venga en gana, es una caricatura impúdica, casi sin punto de contacto con el espíritu de nuestra Constitución.

En la Argentina de hoy el voto mayoritario pretende el poder de decidir sobre vidas, honras y fortunas, disponiendo de patrimonios y derechos privados hasta el límite de vampirismo o aniquilación que los incapaces (o “vivillos”) electos tengan a bien decidir. En un contexto tan primitivo e irracional, el voto de la gente adquiere una importancia monstruosa. Hipertrófica.
Es el vértigo del todo o nada. La ruleta rusa en cada elección.

Esta es la oscura realidad que todos sabemos existe, más allá de las bonitas garantías en contrario por escrito de nuestra carta magna.

Así las cosas, cobra desproporcionada importancia el “voto con miedo”: la decisión personal que deben tomar frente a la urna todos los ciudadanos colocados por este y otros gobiernos anteriores en una situación de equilibrio económico inestable.
Suman millones quienes dependen de “planes sociales”, quienes viven de jubilaciones insuficientes, quienes se resignan a un mal pago empleo público, quienes se consideran no preparados (por una educación oficial deficiente) para ingresar en una “economía del conocimiento” o quienes piensan con horror que desapareciendo la maraña de subsidios cruzados, frenos al libre comercio, muy altos impuestos e intervenciones sobre el dólar la inflación los devoraría. Más los parientes, proveedores y amigos de todas estas personas, que temen por las consecuencias que a ellos les generaría su caída desde el borde de subsistencia en que se hallan. Millones de personas que definen una elección, sobre la base de un voto temeroso rumiado sobre premisas falsas. Porque el criminal chantaje al que son sometidos opera al revés de lo que sus víctimas suponen.

Decenas de reflexiones constructivas, éticas y de sentido común podrían derivarse de esta brevísima exposición del problema pero limitémonos a lo básico.

Primero: nuestro país viene cayendo desde hace muchas décadas (también en los últimos 6 años) en los rankings internacionales que comparan todo tipo de desempeños. Desde índices de producción y exportaciones, pasando por índices de corrupción o de libertad económica hasta índices de pobreza, educación o mortalidad. La nación sigue hundiéndose y las agujas de todos los marcadores nos señalan alerta roja. Supimos estar en el puesto número 7 y ahora vamos por el ¿107? ¿Qué clase de argentinos seguirían apoyando “más de lo mismo”? Ya no hay lugar para distraídos y palurdos. El colaboracionismo se transforma cada día más en franca y vil traición a la patria. Y esto no es gratis: se paga con más miseria, humillación social y resignaciones.

Segundo: no existe (repetimos: no existe) otra forma de salir de la indigencia, de la precariedad económica, del equilibrio inestable que estresa y arruina la vida, que a través de la actividad productiva privada. Para lo cual se necesitan grandes inversiones, que sólo aterrizan donde hay seguridad jurídica y libertad económica garantizada. Jamás en sitios con gobiernos imprevisibles e impuestos confiscatorios.
Por lo tanto, millones de víctimas bajo chantaje deben saber que el sistema que podrían seguir sosteniendo por temor a perderlo todo, será el sistema que sin duda alguna los conducirá a perderlo todo, más rápido de lo que suponen. La desesperación que desnudan las últimas y temerarias maniobras del gobierno revelan la escasez de sus márgenes de tiempo. Nadie logró violar impunemente todas las reglas de la sana economía sin convocar al caos. Y el caos es la puerta del infierno para los que cuentan con pocos recursos de defensa. El ejemplo de los colapsos socialistas de 1989 y del 2001 todavía está fresco.

Tercero: no hay posibilidad alguna de que un eventual gobierno de la oposición relativamente más sensata, perjudique a los más vulnerables (se excluye a populistas y socialistas que siguen considerando justo el sistema que nos hundió: “quito por la fuerza y reparto lo que no es mío”). Porque ya no quedan en ese sector idiotas que coman vidrio.
Contrariamente a lo que se busca hacer creer, tal gobierno avanzaría con pies de plomo coordinando acciones de efectiva protección social con acciones de efectivo estímulo productivo.
Se han sugerido medidas de poderosa simpleza -incompatibles con el ciego odio ideológico del “modelo” actual- como la de computar a cuenta de impuestos, los aportes empresarios que se destinen a instituciones benéficas privadas (mucho más eficientes y menos corruptas que las estatales) y en menor medida (al principio) los que se destinen a fundaciones científicas, artísticas o culturales fomentando así el desarrollo y la creación de empleo estable de calidad en el llamado “cuarto sector”.
Con prioridad en la atracción de grandes capitales para dar “pleno gas” a la multiplicación de capacitación y empleos, se apuntaría a desmontar los insensatos impuestos “especiales” y regulaciones intervencionistas que asfixian e impiden el arranque de las locomotoras agroindustriales, petroquímicas, mineras, y de infraestructura concesionada entre otras con enorme poder multiplicador.
Los subsidios al consumo y los “planes” bajarían gradualmente en la medida que el despegue productivo genere demanda de trabajo y salarios crecientes para cada sector poblacional de la Argentina.
Un Estado más austero, más honesto y transparente, más cuidadoso de los resguardos republicanos y con ingresos crecientes en función del explosivo crecimiento “liberado” del sector privado podría sentar las bases de una Justicia más implacable y modernizada o de una función pública profesionalizada, con retribuciones que atraigan a los mejores elementos de la sociedad.

Nuestro país puede lograr en pocos años un bienestar sorprendente para todos, alcanzando objetivos que a otras sociedades les llevaría décadas. No debemos temerle al capitalismo, a la libertad, a la sociedad abierta ni a los empresarios más creativos y audaces.

El miedo no debería abroquelarse tras un voto retrógrado sino contra el modelo de mentiras, vendettas, envidias, odios, resentimientos, crasa ignorancia y bajezas que nos viene haciendo rodar por las escaleras de la decadencia.

Sociedad Abierta

Marzo 2009

Nos hallamos en la era del simio. Un tiempo donde prevalecen la violencia, la amenaza coactiva, las vejaciones humillantes, el despojo constante pretendiendo repartirse lo que pertenece a otro, las faltas de respeto y un temor primitivo a la represalia vil bajo el reinado de la ignorancia. Todos síntomas de escasa evolución cívica, que se manifiestan en nuestra Argentina siglo XXI con especial potencia y tozudez.

A diario vemos a amables abuelas, jóvenes llenos de nobles ideales, sesudas abogadas de edad mediana, trabajadores del comercio, enfermeras y viejos maestros retirados así como a amas de casa, ejecutivos bancarios o sacerdotes católicos sostener abiertamente que sus ideas son más bien “de izquierda”.
Millones de personas votan y se movilizan con un trasfondo ideológico de simpatías “progresistas”.
Creen (¿de buena fe?) que una fuerte presencia del Estado es imprescindible para promover la creación de riqueza, lograr que ésta se distribuya con justicia a través del tejido social y para mantener bajo control tanto el caos interno como la rapiña de poblaciones foráneas.
Piensan, ante todo, que es muy necesario sujetar el “egoísmo” capitalista dentro de límites estrictos para obligar a la caridad con los desfavorecidos, en la “jungla del mercado libre”. Todo conmovedoramente altruista y humanitario. De avanzada y generosa conciencia social.

Y mirando al piso cuando a renglón seguido admiten que el fin justifica los medios, al aceptar que para tratar por esa vía de conseguir estos fines es necesario aplicar violencia contra personas pacíficas que a nadie habían dañado, robándoles (quitarle a otro mediante amenaza algo que le pertenece fue, es y será siempre, robo) una parte importante del fruto de sus trabajos, ahorros y capital de producción. O entorpeciendo y recortando mediante leyes injustas, su derecho de vender, comprar, donar, trasladar o disponer libremente sin impedimentos artificiales de lo que es suyo. Mirando también para otro lado cuando la historia les demuestra que jamás Estado alguno creó riqueza y que cada vez que pretendió redistribuir por la fuerza la riqueza creada por el sector privado sólo logró caídas de productividad, de inversión, de tasa de capitalización, de crecimiento y de calidad y cantidad de empleo perjudicando con crueldad a los más pobres.
Y que las sociedades que menos “sujetaron” al egoísta ¡oh porca casualidad! son las que hicieron historia aumentando el nivel de riqueza social, el número de propietarios, el acceso al bienestar y los índices de inclusión.

En lo que respecta a los cuentos del caos y la rapiña foránea, son sólo eso: cuentos funcionales a la enriquecida y bien cebada oligarquía política, sindical y de empresarios cortesanos.
Las personas pensantes saben que lo que provoca caos social y rapiña es la miseria sostenida por el freno socialista a la inversión, el desastre de los sistemas educativos y sanitarios oficiales, la justicia corrompida o los parlamentos serviles al tirano. En suma, la desesperanza. Calamidades todas derivadas en línea recta de la rapiña estatal sobre el sector productivo.

Por tanto, no es más altruista y solidario quien bendice con su voto al violento que quedará a cargo de perpetrar el robo sino el capitalista que se arriesga a invertir en algún negocio honesto.
Ese “egoísta” brindará mejores oportunidades de empleos bien pagos contribuyendo al progreso económico general, con arreglo al mérito de cada uno.

Comprobaremos entonces que tanto la dulce anciana como el buen maestro del ejemplo son seres que abominan de la no violencia, de los acuerdos y desembolsos exclusivamente voluntarios y del respeto total por el libre albedrío del prójimo, sus libertades y derechos. Retrocederían como frente al mismo diablo si se les propusiera poner sus “nobles” ideales distributivos en práctica entre quienes sostengan estas ideas, sumando a quienes así lo deseen sin obligar a otros con un garrote a hacer lo mismo.
Nuestra amiga abogada progresista de edad mediana y el sacerdote de simpatías izquierdistas odian la libertad de elección (la ajena, claro), desean una sociedad cerrada y están prontos a garrotear al prójimo para que entregue de una vez la bolsa, votando “en democracia” sicarios que lo hagan ensuciándose las manos por ellos. Se encuentran aún inmersos en la era del simio.

Los “simios” violentos y totalitarios son legión en nuestra postrada república, que involucionó desde el luminoso camino de sociedad abierta que habían marcado prohombres de la talla de Alberdi, Sarmiento, Pellegrini o Alvear.
De haber seguido los sabios principios liberales de los padres del éxito nacional -de remoto desierto semisalvaje a potencia económica y cultural en pocas décadas- hoy estaríamos disfrutando de un nivel evolutivo muy distinto.
Con nuestros recursos naturales, con nuestra innata creatividad y capacidad (apreciada por otros cada vez que un argentino cualquiera descolla trabajando afuera, dentro de un sistema que lo estimule a crear y ganar), con nuestra calidez y hospitalidad multicultural seríamos a esta altura un país extraordinario.

La sociedad abierta hacia donde avanzaba la Argentina del Centenario hubiese evolucionado por un derrotero de libertad e inteligencia aplicadas. Derrotero opuesto al del fascismo ladrón y al del obtuso socialismo nacionalista, que signan la caída y el arrodillamiento de la patria desde hace más de 50 años.

Nuestro ingreso per cápita se situaría hoy entre los 3 o 4 más altos del mundo. No habría casi desocupación, incultura ni pobreza. Nuestra población estaría mejor distribuída con poderosos polos productivos en todo el interior, sería más numerosa y habría incorporado nuevas oleadas de inmigración calificada. Nuestra economía habría entrado de lleno haciendo punta en un plano post-industrial de alta tecnología, situándonos por PBI entre las 7 u 8 sociedades más ricas del planeta.
Inteligente y precozmente globalizados, nuestro mercado sería la humanidad, el prestigio de nuestros productos especializados altísimo y el nivel de vida de nuestra gente envidiado por todos.
Y probablemente nuestros líderes estarían sentados en la reducida mesa donde se deciden los destinos del mundo, aportando sensatez, apertura y solidaridad para con pueblos atrasados, víctimas de gobiernos violentos e ignorantes.

Tal vez podamos decir un día “¿comprende? No era usted. Era el sistema”.

Constituciones

Marzo 2009

Es sabido que nuestra Constitución Nacional, creada a mediados del siglo XIX, lleva una fuerte impronta de la Constitución de los Estados Unidos, creada a fines del siglo XVIII.
Nuestros Padres Fundadores se inspiraron en ella, atentos a la admiración que causaba en todo el orbe el sistema de libertades con estrictos y bien pensados controles al poder del gobierno, que estaba haciendo prosperar de manera espectacular a la joven república del norte.

El modelo norteamericano -más preclaro hoy que nunca- se basa en algunos conceptos-fuerza que pretendieron asegurar las libertades individuales y la propiedad privada (dos conceptos gemelos, interdependientes e indivisibles) contra el poder del Estado, que durante toda la historia había demostrado ser la mayor fuente de violación a estos principios, de despotismo, servidumbre forzada, violencia innecesaria, amenazas, corrupción, y la mayor fuente de limitaciones al crecimiento económico y cultural de la gente común. Vale decir, de las mayorías pobres con honestas inquietudes de progreso.

Se procuró salvaguardar estos derechos diseñando un sistema de gobierno no definido como democracia sino como república.
Se reconoce allí que los derechos de las personas nacen con ellas mismas, son más importantes y existen antes que el Estado. Por tanto, el Estado republicano se crea como mero servidor secundario, responsable de la custodia de estos derechos anteriores a él mismo. Esta es la misión protectora de los gobiernos, quienes de ningún modo están autorizados a reducirlos, condicionarlos o destruirlos.
Sistemas de elección indirectos y fragmentados, Estados federales con gran autonomía en atribuciones soberanas así como una cuidadosa división de poderes con complejos reaseguros de controles mutuos procuran asimismo minimizar el peligro del despotismo de las mayorías. Tenían muy presentes las sabias palabras de Cicerón: “el imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo y esa tiranía es tanto más cruel cuanto que no hay monstruo más terrible que esa fiera que toma la forma y el nombre del pueblo”.

Con base en lo anterior, también ponen reparos a la formación de un gran poder militar y al involucramiento en guerras y conflictos innecesarios, que se transforman rápidamente en excusas para recortar libertades personales, reducir la transparencia de los actos oficiales y aumentar la intervención sobre la economía.

Se defiende igualmente el derecho a la tenencia y portación de armas entendiéndose esto en la justificada desconfianza de los constituyentes hacia el poder del Estado, que siempre ha pretendido detentar el monopolio de la violencia y la fuerza armada como elemento de dominio y amedrentamiento sobre toda la sociedad.
La disuasión por las armas debe estar en todo caso del lado de los propietarios. Si el gobierno se asemeja a un custodio contratado para proteger nuestros derechos, autorizaremos que porte armas mas no por ello le entregaremos las nuestras ya que nos colocaríamos en estado de indefensión frente al propio empleado. No tiene sentido, por otra parte, prohibir el uso de armas a quienes no están inclinados a delinquir.

Se pone énfasis asimismo en la inviolabilidad de la libertad de prensa en todos sus aspectos como garantía ineludible a la existencia del republicanismo y en la indispensable garantía que también representa el funcionamiento de una Justicia que defienda siempre la primacía de nuestros derechos individuales en toda circunstancia y sin excepciones, por sobre eventuales legislaciones injustas. Por supuesto defienden también el derecho a la libertad religiosa y a la privacidad de los datos financieros y personales tanto como del domicilio por sobre las pretensiones invasivas que con demasiada asiduidad y facilidad logran los aparatos fiscales y de investigaciones del Estado.

Como todos podemos ver, los propios estadounidenses han ido alejándose de los prudentes preceptos de su Constitución. Y es esa sin duda la causa principal de su relativa decadencia económica, de la mengua de su estatus de ejemplo de civilización en libertad y de la mala imagen internacional que genera su torpe actuación como gendarme del mundo.
Nuestra Constitución, pensada y redactada por próceres imbuidos de los mismos sabios principios, registra una violación todavía más flagrante, desaprensiva y torpe.
Lo que se logró mientras estos principios constitucionales fueron medianamente respetados hasta los años 40 del pasado siglo y lo que decaímos desde que fueron abandonados a partir de esa fecha puede traducirse en algunos datos objetivos de gran contundencia.
Tal sería el caso de un somero análisis de la evolución de nuestro PBI en comparación con el de algunos países. Veamos.

Con cifras tomadas en millones de dólares a moneda constante, tenemos que hacia 1820, el PBI argentino era de 799 millones, el de Brasil era de 3.105 (4 veces más), el de España era de 12.970 (16 veces más) y el de Estados Unidos de 12.412 millones, similar al español.
Las superpotencias eran Francia y el Reino Unido, con PBI de 38.423 y 35.129 millones de dólares respectivamente.

Hacia 1890 y con nuestra Constitución ya obrando su efecto, tenemos que Argentina llegaba a 8.885 millones (con un crecimiento real que galopaba al 10 % anual promedio desde 1880), Brasil tenía un PBI de 11.270 (sólo 20 % mayor al nuestro), España 32.793 (sólo 4 veces más) y Estados Unidos 214.712 millones (24 veces más que el argentino), habiendo dejado atrás a Francia (95.000) y al Reino Unido (144.719).

En 1930 el PBI argentino ya era de 51.360 millones, el de Brasil 36.618 (28 % menor), el de España 65.685 (sólo 22 % mayor) y el de Estados Unidos 768.272 millones, sólo 15 veces mayor al nuestro. La locomotora argentina iba descontando ventaja al gigante norteamericano, ya era la segunda economía de América y (aprox.) la séptima del mundo.

El abandono de los mandatos constitucionales de respeto por los derechos individuales y la propiedad privada que había empezado gradualmente antes de 1930, se fue acentuando a partir del golpe militar de aquel año y alcanzó su más perfecta culminación a mediados de la década de 1940.
Nunca más volvieron a aplicarse y el nuevo populismo (al menos en lo que respecta a su falta de respeto con esos principios) se tradujo en un rosario de mandatarios civiles y militares enemigos del claro legado ideológico y moral de nuestros Padres Fundadores. Tomemos como muestra el principio, un intermedio y el fin de este último período, analizando el desempeño nacional.

En 1943 el PBI argentino era de 65.875 millones. El de Brasil 60.339 (todavía un 8 % menor que el nuestro) y el de España, 63.449 millones (3 % inferior). Los Estados Unidos tenían para ese entonces (plena guerra mundial) un PBI de 1.581.094 millones, 24 veces más grande que el argentino.

Ya para 1976 (caía el gobierno de Isabel Perón) nuestro PBI era de 213.232 y el de Brasil, 498.823 (57 % mayor al argentino). El PBI de España era de 333.720 (36 % mayor) y el de los Estados Unidos 3.701.163 millones.

Las cifras actuales nos ubican en un panorama desolador: el PBI argentino es de 338.700 millones mientras que el brasileño alcanza 1.665.000 (5 veces el nuestro) y Estados Unidos 14.330.000 millones, con una economía que nos supera más de 42 veces.
Huelga cualquier comentario, ya que la explicación más cruda al empecinamiento esquizofrénico en autoliquidarnos que nos caracteriza, consiste en que nuestro Estado le teme a la prosperidad porque prefiere la redistribución de la pobreza, que garantiza las ventajas que para sus integrantes y amigos significa el control de la Caja.

La gigantesca trampa caza-bobos que representa el mal llamado “Estado de bienestar” fue desnudada con humor por el ex presidente norteamericano Ronald Reagan, quien dijo en una ocasión “aparentemente hay más conciencia de algo que nosotros los estadounidenses hemos sabido por algún tiempo y es que las diez palabras más peligrosas en el idioma inglés son: hola, soy del gobierno y he venido aquí para ayudar”.

Contrafáctica

Febrero 2009

La historia contrafáctica es el desarrollo teórico con base en la historia real, del conocido ¿qué hubiera pasado si…?
Diversos autores a lo largo del tiempo, han practicado este ejercicio imaginativo para algunas encrucijadas históricas permitiéndonos visualizar muy gráficamente aquello “de lo que nos salvamos” tanto como aquello “de lo que nos perdimos”.
Lo que nos permite extraer ciertas conclusiones y en definitiva, aprender algo más sobre lo actuado.

Los historiadores saben que lo que parece un avance lineal de acontecimientos inevitables es en realidad el resultado de miles de factores e imponderables interactuando en un caos escasamente controlado. Y que multitud de instituciones y creencias que hoy aceptamos cual verdades eternas, de ningún modo lo fueron en el pasado ni está escrito que lo sean en el futuro. Solo son estadíos transitorios producto de una superposición de ignorancias, golpes de audacia, indecisiones, circunstancias confusas o casualidades.

Podemos usar esta idea imaginando una posible evolución de la humanidad a lo largo del último siglo, en ausencia de la depredación mafiosa, los enfrentamientos y guerras inútiles o el brutal freno a la libertad creativa llevada a efecto sin excepción por los Estados nacionales.
Sabemos por otra parte que una y otra vez a lo largo de milenios de historia, desde las sociedades primitivas hasta las polis griegas de la edad clásica, desde la Irlanda libre de los siglos VII al XVII a las ciudades-estado renacentistas, desde el libertarianismo Jeffersoniano de la independencia de EEUU hasta la critarquía de Somalia en los ’90 entre muchos otros emocionantes intentos, las personas han tratado de vivir su vida en libertad, sin dañar a otros ni ser agredidos. Sin parásitos sobre las espaldas ni pistolas en la nuca para obligarlas a hacer y pagar aquello que voluntariamente no harían ni costearían.
El descreimiento general en la aptitud de los Estados para asegurar felicidad y progreso es de larga data y está plenamente justificado. Las modernas superestructuras estatales que segregan a la humanidad en naciones y erigen costosísimas burocracias destinadas al control de los seres humanos así encapsulados en casi todos los aspectos de sus vidas, han sido lapidarias para la mejor evolución de nuestra especie.

Paz, libertad comercial y financiera, creatividad económica y su consecuencia: creatividad científica, libertad de elección absoluta de forma y lugar de vida, justicia y seguridad imparciales sin hijos ni entenados, educación para la responsabilidad individual y la no violencia, destierro del cobro compulsivo por servicios “públicos” no solicitados y del cobro compulsivo para usufructo de la nomenklatura política y sus amigos han sido virtudes inexistentes en nuestro tiempo. Y por eso también han sido inmensos los frenos al progreso, al respeto y la felicidad de la gente.

Un mundo con más libertades individuales y menos superestructuras violentas (más sociedad y menos Estado), hubiera resultado en la inexistencia de los problemas más graves que en el presente amenazan a la humanidad.

El gobierno nos pide, por ejemplo, que ahorremos energía eléctrica, petróleo y agua potable. Se trata de bienes escasos que debemos cuidar cuya producción y consumo implica, además, una agresión a nuestro entorno ecológico.
La verdad es que nos enfrentan ahora a problemas que no deberían haberse presentado nunca. Problemas originados en los inmensos frenos al avance de la civilización aplicados por estas toscas superestructuras de control y ahogo productivo -los Estados nacionales- durante largas décadas.
La ausencia de impedimentos tales como falsos conflictos internos y externos, excesivo reglamentarismo, corrupción y burocracia prebendaria se hubiese traducido en una explosión de inversiones, producción, creatividad privada e investigación aplicada muchísimo mayor a la verificada hasta ahora. Lo que hubiera generado a su vez un nivel muy superior de bonanza económica general, de avance de las ciencias y de la tecnología (tanto como de la solidaridad, las artes o la educación), con soluciones preventivas a los problemas que hoy enfrenta, estúpidamente, nuestro planeta.

El mundo ya estaría siendo movido por combustibles como el hidrógeno (el elemento más abundante del universo) y las energías solar, eólica, geotérmica o mareológica, de escasa polución y virtualmente inagotables. Con base en estas disponibilidades, ya habría también abundante oferta de agua potable para todos obtenida tanto de la desalinización de aguas marinas cuanto del reciclado de las contaminadas. Nuevas tecnologías aplicadas en ingeniería genética y manejo climatológico tendrían ya en práctica soluciones imaginativas y sustentables para los problemas del hambre (mayor producción de alimentos), de un gran número enfermedades o del efecto invernadero entre otros.
Minimizada la dependencia del petróleo, disponibles las soluciones a los dilemas del hambre y la sed, avanzando hacia un ambiente de enriquecedora tolerancia multicultural sin tanta frontera discriminante, tenderían también a desaparecer los motivos que hacen de las guerras y los odios un drama recurrente. Motivos que hacen de los Estados una necesidad, sólo en apariencia inevitable.

Las limitaciones y sufrimientos impuestos por nuestros gobiernos no eran inevitables. Nos fueron endosadas como subproducto de su angurria y de su impericia.
Deberíamos estar disfrutando de toda la energía barata que nos viniese en gana gastar, usando toda el agua que considerásemos necesaria para nuestro solaz y movilizándonos en más veloces, potentes y accesibles vehículos tanto como deseáramos, sin culpa alguna, entre infinidad de otras ventajas y mejoras a nuestro nivel de vida.

Y señores; cada vez que un gobierno los conmine a circular a 80 por una ruta estrecha, piensen que esa molesta prohibición es otro ejemplo de nuestra pesada lápida estatista. A esta altura de la historia, la seguridad vial no pasa por reducir velocidades que todos deseamos aumentar sino por el ocultamiento de que deberíamos tener decenas de miles de kilómetros de ultraveloces autopistas inteligentes, y de que muchos argentinos mueren a diario, precisamente por no tenerlas. Aunque viajen a 80.

Patriotismo Inteligente

Enero 2009

¿Queremos recuperar las Malvinas? ¿Queremos que la República sea escuchada con atención, con respeto, con interés y -porqué no- con prudente temor por la comunidad internacional? ¿Queremos ser uno de los faros morales y económicos del planeta? ¿Queremos que nuestra moneda nacional sea buscada, atesorada y valorada por los extranjeros, que sea unidad de cuenta y refugio seguro frente a crisis provocadas en otras partes por Estados irresponsables? ¿Queremos que nuestra bandera sea reconocida con admiración y que nuestro país sea objeto de deseo por parte de la emigración industriosa, de los innovadores de punta, de los artistas e intelectuales de excelencia o de los más poderosos capitales de la producción? ¿Queremos sentirnos orgullosos del bienestar superior de nuestra sociedad, de un crecimiento que asegure el futuro de nuestros hijos y de una solidaridad generosa con poblaciones menos afortunadas, víctimas de gobiernos de ladrones e ignorantes?
Finalmente y como directa derivación de lo anterior ¿Queremos no uno sino cinco trenes bala y la modernización de los ramales existentes? ¿No diez sino cincuenta mil kilómetros de autopistas? ¿No un plancito estatal de cien mil sino un aluvión productivo de cinco millones de autos nuevos para todos los argentinos? ¿Y no treinta mil viviendas “soviéticas” en guetos monoformes como parideras en serie sino tres millones de nuevas casas confortables, con buena tecnología, ubicación y diseño, tan individuales y distintas como sus dueños, para todos aquellos que hoy no podrían pagarlas?

Si la respuesta a estas preguntas es “sí”, debemos entonces dejar de votar a traidores vendepatrias.
Porque patriotismo es amor a la patria. Y amarla es desear verla poderosa y respetada. Solidaria y rica. Admirada por sus logros morales y económicos. De población bien alimentada, bien educada, bien vestida, gozando de altos niveles de ingresos generales y de las ventajas de una civilización superior. Respetuosa de vidas y derechos, pacífica, culta, abierta y avanzada. Dando ejemplo de inteligencia social.

Los individuos que nos gobernaron durante los últimos 25 años de democracia ininterrumpida, apoyados en el voto incuestionable de la mayoría, así como la mayor parte de los legisladores de la oposición, también votados por importantes e incuestionables primeras minorías, sabotearon sistemáticamente el logro de estos nobles objetivos. Lo hicieron aplicando a todos (también a quienes no los avalaron con el voto) sus antiguas recetas de paleo-política y paleo-economía. Las que nos aseguraron el desprestigio y la decadencia. El embrutecimiento y la desnutrición infantil. Así como la prosperidad, claro, para avivados, vagos y mafiosos encaramados a la coacción estatal.
Con gravísimos errores de visión que se originan al fijar la prioridad en los efectos que una medida tiene a corto plazo y sobre un reducido sector en lugar de atender al largo plazo, a las oportunidades globales y a toda la sociedad en su conjunto.
Con gravísimos errores de apreciación moral de políticas y políticos que pugnaron por llegar a cualquier clase de poder que los habilitara para enriquecerse burlando consecuencias judiciales y a prostituir las instituciones republicanas, el federalismo y la misma Constitución Nacional en su directo beneficio.

Han lucrado sobre la sangre de los indefensos aniquilando su derecho a una vida mejor. Han promovido la inseguridad y cosificado nuestras vidas con un estatismo trasnochado y corrupto que jamás funcionó en parte alguna.

Han vendido nuestra Patria por un plato de lentejas. Traicionando a nuestros próceres y a nuestros padres fundadores; a San Martín, Belgrano, Alberdi y a Sarmiento.
En nuestras ciudades del interior, las “lentejas” son ahora algunas obras públicas (con dinero sucio, saqueado a sus legítimos propietarios) destinadas a comprar lealtades de voto que aseguren la perpetuidad de la ignominia.
Malvinas nunca estuvo más lejos. Jamás fuimos tan irrelevantes en el mundo. Nunca considerados tan soberbios en la necedad de nuestra ignorancia. Nuestra moneda no es atesorada por nadie y nuestra bandera va camino de simbolizar al “vivo” que se jacta de meter un gol con la mano, al guerrillero sicópata homicida de máscara romántica o a las que azuzan el odio de clases y la amenaza airada como motor de la historia. Esa es la dura realidad.
Nos sentimos humillados ante naciones con menos recursos humanos y naturales, que nos van dejando en la polvareda.

Es necesario acabar de asumir que votando delincuentes, mafiosos, pedantes ineptos o cavernarios anclados al pasado seguiremos remachando la tapa de nuestro propio ataúd colectivo. Precisamos un patriotismo inteligente que frene nuestro desbarranque y gire 180 grados hacia la decencia y la comprensión popular de cómo se crea la riqueza de las naciones.

Durante décadas nuestras mayorías practicaron un voto “no positivo” en favor de impedir la acumulación de capital.
Tiremos toda esa basura socialista por la borda y practiquemos este patriotismo inteligente difundiendo entre las personas poco informadas las virtudes de la libertad, la responsabilidad personal, la no violencia social ni económica y los enormes beneficios de un capitalismo popular creador de empleo y oportunidades verdaderas para todos. La soberanía sobre Malvinas y todo lo demás, vendrá solo.

Voto Cantado

Enero 2009

Los partidos políticos que compitieron por la presidencia de nuestra nación en los comicios de los últimos 25 años, pueden ser separados con bastante claridad en dos grandes grupos.

Por un lado están aquellos cuya tendencia general se orienta a dar preeminencia al respeto por los acuerdos particulares, por los derechos de propiedad privada, por la libertad de comercio, por un rol subsidiario del Estado (el gobierno no debe involucrarse en la solución de problemas y necesidades que pueden ser resueltos por la actividad privada), por el respeto a la plena vigencia de las instituciones republicanas, la independencia de poderes, el federalismo y la Constitución. Las personas que apoyan o conforman estas agrupaciones, además, tienden a ser poco tolerantes con las faltas de ética, transparencia, austeridad y honradez en las acciones de gobierno. O al menos son estos, postulados reiterados en la imagen y el discurso.
Estos partidos son conocidos como liberales o de centroderecha.

Y por otro lado están aquellos cuya tendencia general se orienta a dar preeminencia a lo colectivo, a la propiedad condicionada, al intervencionismo económico y a un rol preponderante del Estado en la vida diaria. Tienden a pensar que el fin justifica los medios y no dan mucha importancia a la pureza del funcionamiento republicano y constitucional, subordinando los principios a las urgencias. Las personas que apoyan o conforman estas agrupaciones (mayoritarias, desde luego), tienden a ser tolerantes con la corrupción y el enriquecimiento de sus referentes, no viendo relación alguna entre estas tendencias y la desgracia argentina en general. Son los partidos conocidos como populistas, socialistas o nacionalistas.

Repasando los resultados de las seis elecciones sucesivas habidas desde el retorno a la democracia hace un cuarto de siglo, vemos que nuestros conciudadanos apoyaron las ideas “populistas” impidiendo la prueba de los postulados “liberales”, con la siguiente contundencia (en números redondos):

1983
populistas……………….... 14.625.000 (97 %)
liberales………………....... 327.000 ( 3 %)
en blanco o no votaron.. 2.915.000 (16 % del padrón)


1989
populistas……………….......15.347.000 (92 %)
liberales……………….......... 1.397.000 ( 8 %)
en blanco o no votaron….. 3.150.000 (16 % del padrón)

1995
populistas……………….......16.691.000 (96 %)
liberales………………............. 703.000 ( 4 %)
en blanco o no votaron...... 4.630.000 (21 % del padrón)


1999
populistas……………….......17.090.000 (90 %)
liberales………………........... 1.859.000 (10 %)
en blanco o no votaron…... 5.050.000 (21 % del padrón)

2003
populistas……………….......16.085.000 (83 %)
liberales………………........... 3.302.000 (17 %)
en blanco o no votaron…... 5.747.000 (22 % del padrón)

2007
populistas………………........17.700.000 (97 %)
liberales………………............... 548.000 ( 3 %)
en blanco o no votaron….... 8.824.000 (32 % del padrón)

Con el fin de aventar confusiones aclararemos que candidatos presidenciales de este período como los señores Lavagna y Menem o la señora Carrió, por ejemplo, no pueden ser situados en el bando “liberal”. Son, por tanto, básicamente “populistas” ya sea por su tendencia hacia el Estado papá (sistemas de simpatía con el mal llamado “Estado de bienestar”), ya sea por su innata corrupción estructural o su inevitable “capitalismo” prebendario y deuda-dependiente entre muchas otras cosas.
El caso actual del señor precandidato Reutemann, por caso, tampoco difiere en esto.
Como sea, los populistas han monopolizado la escena, el control, las decisiones y la representación del país, sin duda alguna, durante este período.

Los resultados de esta elección son claros: por citar algunos ítems, aumentos de pobreza y desocupación, altísimo endeudamiento, inseguridad, deficiente educación y salud públicas, graves caídas en productividad interna y competitividad internacional, constante aumento de la voracidad fiscal, ausencia consecuente de inversión extranjera, notable desprestigio y brutal descenso en casi todos los rankings de comparación global, aún a nivel sudamericano.
Podemos concluir entonces con certeza… que estamos eligiendo mal. Un espejismo cíclico de euforias triunfalistas y caídas catastróficas tratando de evadir una realidad que a cada nuevo y genial manotazo estatista, nos deja un escalón más abajo.

Las votaciones mencionadas son impactantes. Lapidarias. Reflejan impotencia, inmadurez, tendencia autodestructiva, sordo y sólido resentimiento ante la propia incapacidad, muy baja autoestima nacional y una gran dosis de cinismo. Porque convengamos que el núcleo duro de palurdos y palurdas que “no sabían” lo que apoyaban una y otra vez, son tan sólo algunas decenas de miles de personas.

La inmensa mayoría “se equivocó” adrede. A sabiendas de que pasaría a ser cómplice de gobiernos depredadores, vengativos y altamente nocivos para la Argentina del trabajo y la producción.
Fueron votos cantados. Rebeldes. A contra-conciencia. Desafiantes. Con sed de ver al que ahorra, invierte, produce, comercia y gasta en su comunidad con un buen dogal al cuello. Un gran método, ciertamente, para hacer pedazos a un gran país.

La tragedia argentina parece una demostración cabal de que la mayoría se equivoca siempre. De que la democracia no funciona porque no es otra cosa que una torpe variante de la dictadura (“dictadura de la mayoría”). De que la demagogia y el negociado siempre triunfan sobre la industriosidad y el costoso igualitarismo de méritos sobre las libertades personales de progreso.
Cayendo presas de la más triste desesperanza, si no fuera porque también sabemos de sociedades que fueron capaces de rectificarse sacudiéndose a los parásitos, a los bandidos y a los idearios criminales que los atascaban en el fangal de la decadencia.
¿Seremos portadores ocultos de las reservas de patriotismo inteligente necesarias para salir del marasmo socialista que nos asfixia y nos hunde?

Violencia

Enero 2009

En su reciente mensaje de fin de año, el Papa Benedicto XVI reiteró un precepto moral caro al catolicismo, tanto como a la mayoría de los credos religiosos: “debemos condenar la violencia en todas sus manifestaciones”.
Y resaltamos la palabra todas llamando la atención sobre violencias tal vez menos obvias que matar o golpear a otro ser humano aunque no por ello menos inmorales y dañinas.

¿No es violento acaso, impedir con premeditación que aquella señora empleada de comercio pueda comprarse un auto nuevo? El “progresismo” la forzó durante años a utilizar modelos viejos y ruidosos que se descomponían con frecuencia. O a caminar y apiñarse en transportes públicos para cumplir con sus obligaciones. O para irse de viaje. Desde luego, no puede pagar lo que cuesta el auto que razonablemente debería tener. Sin embargo sabe que en Estados Unidos, por ejemplo, un vehículo similar cuesta…casi la mitad. O sea un precio que ella sí podría pagar. Fue violentada por “alguien” que decidió -deliberadamente- que no tuviera un mejor nivel de vida, a pesar de ser ello factible. Y ese “alguien” obtuvo de eso una ventaja a sus expensas.
La diferencia de valores por ese auto aquí o allá no es culpa del fabricante argentino (la producción automotriz nacional trabaja con eficiencia y costos razonables) sino del gobierno y sus abusivos impuestos, que cargan sobre el precio final de venta hasta hacer huir a la señora de la concesionaria.
Si bajaran los impuestos hasta un nivel “razonable” (digamos el de Estados Unidos, por caso, aunque también es demasiado alto) el precio de venta al público caería en picada. Millones de argentinos podrían tener mejores autos.

¿Quién es el gobierno para arrogarse la autoridad moral de violentar a la señora negándole el derecho a tener el auto que eligió y que podría comprar? ¡Ella ni siquiera los votó!
Tal vez el del auto no sea el mejor ejemplo, teniendo en cuenta la confusión que aporta el "plan autos" lanzado por la presidencia. En realidad, un manotazo de ahogado para sólo 100.000 "beneficiarios" con dinero saqueado a las jubilaciones privadas, sin resignar impuesto alguno, a tasas elevadas y plazos cortos.
Debemos despertar a una realidad que el Estado procura ocultarnos: cada cosa que tocamos está cargada por una larga lista de complejos impuestos que encarece su precio en forma artificial.

Creando -con parlamentarios cipayos de la cleptocracia- leyes tributarias convenientes a sus intereses, el gobierno nos obliga mediante amenaza de violencia -a través de la fuerza pública- a pagar enormes sobreprecios. No solo por los autos sino por el pan, los zapatos, los lavarropas o los cuadernos. Por las computadoras, los pasajes, los cigarrillos o las revistas. Por la pintura, los juguetes, los alquileres o el atún en lata. Y por todo lo demás. Impidiéndonos conseguir todo aquello que necesitamos y que con seguridad podríamos comprar si sus precios bajasen… a la mitad.
Se dirá entonces: sin cobrar esto el Estado no podría subsistir. No nos importaría que los políticos, sindicalistas y vagos avivados se quedaran sin su curro y tuvieran que empezar a trabajar en serio como cualquiera de nosotros, pero ¿qué pasaría con todas las familias que sobreviven gracias a la asistencia social?

Volvamos entonces al ejemplo de la primera señora: quitando impuestos del medio, ella compraría el auto nuevo que desea. La concesionaria ganaría y también la empresa de camiones que lo transporta desde la fábrica. Ganaría la fábrica haciendo un vehículo más y también el importador que trajo las cinco gomas, su fletero y la compañía de seguros en tránsito. Derivaciones que podrían multiplicarse por mil y por los cientos de miles de autos nuevos que se venderían. O usados. Y por los millones de nuevos compradores de pan, zapatos, lavarropas o cuadernos, con sus cadenas de valor de producción, ventas y servicios conexos.

Fábrica de autos que vende más, gana más e invierte más para crecer en producción, aumentando sueldos y dotación de empleados, desde ingenieros y contadores hasta obreros y administrativos. Y genera más trabajos conexos para más personas. Muchas de ellas podrían tener una familia. ¿No serán las mismas que recibían del gobierno su “plan social” de subsistencia? El mismo “alguien” que impide a la señora mejorar su calidad de vida, impide a todos los que dependen de estos indignos subsidios mejorar igualmente sus niveles de vida, saliendo del desempleo y la carencia.

El freno a la violencia que representa la exacción impositiva redunda inevitablemente en prosperidad. Lo agresivo, lo que restringe libertades entorpeciendo mercados, además de incorrecto es un muy mal negocio social.
Coincidimos con el Papa: la violencia no es negociable en ninguna de sus manifestaciones.

Mas el negocio político corre por otros carriles y otros son sus intereses de clase. Los conocemos.
Buenos Aires se apresta a un nuevo aumento de impuestos, empezando por el de patente. Ya es una exacción elevada e inadmisible, por el sólo derecho a usar un auto que habíamos pagado con todos sus irritantes recargos.
Sabemos que en Estados Unidos (primera potencia mundial, recordemos) un vehículo medio sólo tributa quince dólares al año, adhiriendo un sticker al parabrisas.

Salta a la vista que nuestros gobernantes se encuentran seriamente confundidos o son muy cínicos, cuando nos exhortan a no evadir impuestos apelando al slogan “por una nueva cultura tributaria porque menos deudores es más justo para todos”. En estricta justicia, esas palabras deberían ser su propia medicina ya que la nueva cultura tributaria es comprender que los tributos deben descender a marcha forzada con firme tendencia al cero.
Y que los deudores del sistema son todos los que, desde hace muchos años, viven y prosperan a costa del esfuerzo y el capital ahorrado por otros. La clase política y sus esbirros recaudadores en primer término.